¿Pueden cuatro youtubers llevar de vuelta a puerto una fragata del siglo XVIII? Tres días a bordo del Shtandart

Traducido del English

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Resumen

Michelle Khare quiso comprobar si un grupo de youtubers de 2023 era capaz de hacer lo que los marineros del siglo XVIII hacían de forma habitual: aprender a manejar un velero de aparejo de cruz y devolverlo sano y salvo a tierra. La motivación es en parte personal. Khare cuenta que sus antepasados cruzaron el Atlántico en el siglo XVII en un barco «no muy distinto de este», y no le cabe en la cabeza que alguien atravesara mar abierto sin Google Maps. Durante unas 48 horas a bordo de la fragata Shtandart, el capitán y la tripulación formaron a Khare y a otros tres creadores. Al final, tenían que llevar ellos mismos el barco de vuelta a La Rochelle.

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Una tripulación improbable

Khare define al grupo como «la tripulación más improbable». Max Fosh, un youtuber británico que describe su especialidad como «hacer cosas increíblemente tontas», había coincidido con Khare una sola vez, durante unas tres horas, antes de aceptar pasar 48 horas en lo que Fosh llama un barco pirata. Fosh asegura tener «las manos más suaves del mundo» por no haber hecho nunca trabajo manual. Sam Denby dirige Wendover Productions, Half as Interesting y Jet Lag: The Game. Denby sospecha que lo invitaron solo porque Michael Reeves no había respondido a los mensajes directos de Khare en Instagram. Reeves, que se dedica sobre todo a construir proyectos de robótica «en tierra», acabó respondiendo, con dos semanas de retraso, y también se unió.

El grupo esperaba una experiencia preparada. Denby dice que suponía que sería uno de esos rodajes en los que «tiramos de los cabos para la cámara». Esa idea se vino abajo durante la visita al barco. El cabrestante con el que se levanta el ancla no tiene ninguna ayuda eléctrica ni hidráulica, y solo el ancla pesa 250 kilos. Si los cuatro no la subían, el barco se quedaría donde estaba. La visita incluyó también las hamacas del alcázar, los camarotes del capitán y del primer oficial, y los retretes. Cuando alguien preguntó si se había caído gente por la borda, un miembro de la tripulación respondió que la vida humana «no era tan valiosa como ahora», y que quien no tuviera el valor de mantenerse dentro del barco, sencillamente había tenido mala suerte.

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El capitán y el barco

El capitán del barco es Vladimir Martus, que también lo construyó. Martus explica que el Shtandart es una auténtica réplica construida con las mismas técnicas que el original de 1703, y que la construcción llevó seis años de «aprender haciendo, cometiendo errores». Lo describe como un barco de tres palos con nueve velas repartidas entre los tres mástiles y el bauprés. El desafío del cañón, más adelante en el viaje, se refiere a él como una fragata de 28 cañones.

Martus es tajante sobre el aspecto de los youtubers a su llegada: «desde luego, no como marineros profesionales», y gente que «obviamente no sabe nada de navegación, ni de barcos, ni de velas». Aun así, cree que día y medio basta para que aprendan a manejar los cabos y lleven el barco de vuelta al puerto. «Ningún problema», dice, frente al recuento de la tripulación: 148 cabos y cuatro personas. Plantea el viaje como una filosofía más que como un truco. Cree que, de vez en cuando, la gente debería «poner las manos en algo real» y enfrentarse a un desafío de verdad, en lugar del desafío de conseguir otro cliente o hacer crecer su audiencia.

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Salir de La Rochelle por un puente estrecho

El primer desafío consistía en salir del puerto de La Rochelle por un canal muy estrecho. El camino estaba flanqueado por yates de aspecto caro y, una vez abierto el puente, solo tenían unos minutos para pasar. La tripulación manejaba el timón mientras el capitán daba órdenes como «todo a babor» y «diez a estribor». La rueda del timón era más pequeña de lo que Fosh esperaba, y Fosh bromeó al respecto. Reeves vaticinó: «Vamos a hundir este barco, tío». Denby repitió una y otra vez que «no deberían darnos responsabilidades». Fosh optó por tomárselo con calma, con el argumento de que «es el vídeo de Michelle; aunque todo salga mal, es cosa de Michelle».

Lo consiguieron. Después, el capitán les dijo que la parte peligrosa no estaba donde ellos pensaban. En el puente solo había medio metro entre el extremo de la verga y la estructura, así que estuvieron a punto de rozar las velas.

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Baldear la cubierta, y para qué sirve realmente

Su primera tarea en el mar fue baldear la cubierta. Por las películas, Khare siempre había dado por hecho que se trataba simplemente de limpiar, pero descubrió que tiene otra finalidad. Empapar con agua salada la madera del casco impide que crezcan hongos y bacterias y ayuda a que el barco dure. Todo el grupo lo hace cada mañana.

Resultó más difícil de lo que esperaban. Cuando terminaron la cubierta principal, les dijeron que no estaba lo bastante bien y que tendrían que repetirla después de acabar el alcázar. Denby no entendía cómo alguien podía saber que estaba sucia, porque todo parecía igual. Entonces se acercó un miembro de la tripulación, señaló unas motas y tenía razón. Una tarea que habían imaginado de dos minutos les llevó una buena media hora. Reeves dijo que esperaba un barco museo en el que el personal grita a los visitantes por tocar cosas, y que esto le gustaba más. Khare lo llamó «un museo interactivo».

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Aprender a manejar los cabos

Con la cubierta terminada, la tripulación empezó a aprender la jarcia. En 24 horas serían responsables de llevar el barco de vuelta a tierra. El capitán explicó la idea básica: las velas tienen que estar en la posición correcta y las vergas tienen que estar orientadas. Las brazas giran las vergas a izquierda y derecha para recoger el viento, y las escotas hinchan la vela desde un lado determinado. Una sola maniobra pequeña, dijo, puede implicar 36 puntos distintos en los que hay que soltar un cabo, cobrarlo y volver a amarrarlo. La tripulación practicó a amarrar cabos en las cabillas: por debajo de la cabilla, un ocho, una segunda vuelta plana contra la tabla y, después, una vuelta de bloqueo.

Denby calculó que habían aprendido unos cinco de «los 3.000 cabos que tiene este trasto», exagerando a propósito. Más tarde, Denby reflexionó sobre lo desconocido e intimidante que le resultaba aquel ritmo de aprendizaje. Siempre hay algo que hacer, y el primer día Denby acabó mentalmente agotado de preguntarse: «¿cuándo se acaba esto?». La jornada terminó preparando y largando el ancla, con todas las velas recogidas. Khare señaló que aquello solo había sido el día de entrenamiento. Al día siguiente saldrían al Atlántico.

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La guardia de fondeo y la ansiedad social

Los cuatro creían que su jornada había terminado, pero no era así. Les asignaron la guardia de fondeo: asegurarse de que el barco se mantuviera en su sitio durante la noche mientras los demás dormían. Martus les enseñó a vigilar la posición del barco en los instrumentos. Si se desplazaba fuera de un círculo marcado, tenían que despertar de inmediato a la tripulación para que el barco no garreara hacia lo que tenía alrededor. El grupo reconoció que medio había pensado que solo les estaba enseñando algo chulo. Alguien comentó que, a esas alturas, ya deberían saber que aquí nada es por diversión.

Entonces el barco se salió del círculo, y el grupo empezó a discutir si eso contaba de verdad. Denby sugirió que dependía de la línea de tendencia, de si claramente se estaban alejando. Otro miembro señaló que las instrucciones decían simplemente «fuera del círculo». Alguien concluyó que «el miedo a despertar a alguien es mayor que el de acabar contra una isla». Reeves, en su papel de ingeniero, tuvo la última palabra: estaba fuera del círculo, así que tenían que despertar a alguien. El oficial al que despertaron miró la pantalla. Todo estaba bien y el barco prácticamente no tenía velocidad. Pero llevaba más de media hora fuera del círculo, así que deberían haber ido antes. Su explicación fue que tenían «ansiedad social». (Aquí sigue un segmento patrocinado, que se omite).

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Levar el ancla a mano

El segundo día, antes de adentrarse más en el Atlántico, la tripulación tuvo que levar el ancla con el cabrestante. En él se encajan unas barras, y la tripulación las empuja dando vueltas. El capitán dijo que el ancla pesa 250 kg y la cadena, otros 200 a 300 kg, que es algo peligroso y que toda la operación podría llevar una hora. Denby no entendía cómo podía tardarse tanto.

Fosh aprovechó el momento para reflexionar: Fosh es, «por naturaleza, bastante de tomar atajos», siempre intentando hacerse la vida lo más fácil posible, y esta experiencia consistía en «hacer las cosas como es debido» y «trabajar de verdad por tu supervivencia». A mitad de la tarea, la tripulación tuvo un descanso de cinco minutos y se enteró de que los últimos diez metros serían los más duros. Para entonces el ancla cuelga libre, y en la práctica, hasta ese momento, la tripulación había estado tirando del barco hacia el ancla. Lo consiguieron, y alguien exclamó que querían «descorchar una botella de champán».

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Cuaderno de bitácora: dudas sobre el equipo

En un simulacro de cuaderno de bitácora, Khare hizo balance tras 24 horas. Todo era más complicado de lo que nadie esperaba. Khare señaló que Denby no dejaba de cuestionar cada orden del capitán, y se preguntaba si Denby no sabía acatar la autoridad o simplemente aún no confiaba en Khare. Reeves, en cambio, parecía estar en su elemento, contemplando a menudo el océano «con un asombro infantil». Khare reconoció no tener claro si esa tripulación llegaría a ser alguna vez un equipo de verdad.

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Disparar un cañón

El siguiente desafío consistía en cargar, preparar y disparar uno de los cañones de la fragata, que pesan unos 500 kg cada uno. Primero, la tripulación arrastró el cañón hasta su posición, con el «enemigo» situado a babor. Cuando pasaron unos barcos pesqueros, alguien preguntó si había que esperar a que pasaran los «civiles» y se negó a disparar contra «pescadores inocentes». Tras varias rondas de empujar hacia atrás y tirar hacia delante a la cuenta, se eligió a un jefe de pieza. Tras una cuenta atrás de cinco segundos y un bocinazo, Reeves lo encendió. Reeves dijo que se sintió «como un millón de dólares».

A Reeves le impresionó cuánto confiaba en ellos la tripulación, y dijo que el carácter práctico del viaje había sido una grata sorpresa. Reeves también dijo que entendía el atractivo de estar «donde no hay nadie y simplemente tienes que sacarlo adelante».

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Sam Denby y ceder el control

Khare observó que Reeves y Fosh le estaban cogiendo el tranquillo mientras a Denby aún le costaba ceder el control. Denby ofreció una explicación. Al convertirse en creador hacia los 18 años, nada más terminar el instituto, Denby tuvo que ocuparse enseguida de los impuestos y de ser responsable de otras personas. Fue un salto rápido a la edad adulta, y en tierra Denby acaba asumiendo el liderazgo de forma natural. En el barco, admitió Denby, los demás aprendieron más rápido, y Denby se dedicaba sobre todo a seguir, especialmente a Khare. Denby también descubrió que el trabajo se estaba volviendo «casi meditativo»: vas, tiras de un cabo.

Martus hizo una observación generacional. La gente de la vieja escuela como él es distinta de una generación más joven que pasa mucho tiempo con el móvil y no presta atención a los demás en la mesa. Aun así, dijo, a medida que se fueron conociendo mejor, le parecieron «chicos majos y listos».

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Escalar el mástil de 100 pies

Khare concluyó que la camaradería de la tripulación había «empezado bastante bien», pero que aún le quedaba «camino por recorrer». Para reforzarla antes del desafío final, Khare eligió una tarea que los marineros de verdad hacían para reparar velas, desenredar cabos y ayudar a izar o arriar las velas: escalar el mástil de unos 100 pies (unos 30 metros). Khare señaló que los arneses no servían de nada durante el 85 % de la subida.

La escalada fue concurrida y aterradora. Una persona advirtió que, si vomitaba, le caería encima a Denby. Otra comentó que la escala «no era muy segura», y Fosh subió con unas «botas absolutamente enormes». Denby, en cambio, lo calificó de «increíble» y se preguntó en voz alta cómo un primer vídeo de YouTube había acabado llevando hasta allí. Martus explicó que la escalada es también la forma en que la tripulación evalúa psicológicamente a los aprendices, para ver si son valientes y mentalmente fuertes o débiles. Juzgó a este equipo como «muy fuerte». Cuando Khare preguntó si estaban más unidos como equipo, alguien lo llamó «vínculo traumático». Esa noche, alguien improvisó un cuento para dormir sobre cuatro intrépidos exploradores en un mar agitado.

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El desafío final: encontrar La Rochelle

La última mañana, tras una última tarea izando una bandera (el primer intento de Khare quedó demasiado tenso y hubo que repetirlo), Martus planteó el desafío: devolver el Shtandart a La Rochelle, a unas 20 a 25 millas. Cuando le preguntaron en qué dirección, respondió: «Eso es lo que tenéis que averiguar». Tras 24 horas navegando, no tenían una idea clara de dónde estaban y, cuando se les preguntó, cada uno señaló hacia un sitio distinto.

Empezaron por la brújula, que indicaba que se dirigían entre el norte y el noroeste. Sobre una gran carta náutica (una persona encontró en ella su propia casa), el grupo razonó que habían salido de la bahía por el sur y seguido la costa hacia el norte. Eso significaba que podían volver a entrar por arriba, suponiendo que aquella tierra fuera una isla. Además, el viento estaba rolando.

Para virar, Fosh explicó que debían fijarse en los cabos del lado de babor de cada vela. A medida que el barco viraba, había que girar las vergas para que el viento tomara el otro lado. Llamaron a la tripulación por el intercomunicador. La tripulación tenía instrucciones de seguir sus órdenes «aunque lo que digamos esté completamente mal», y Fosh se encontró, de forma algo repentina, dando órdenes. Alguien comentó que la tripulación estaba «confiando demasiado en nosotros». El barco viró. La brújula mostraba que aún no iban completamente hacia el sur porque seguían girando, pero tenían tierra a la izquierda, tal como querían. Martus dijo que estaba realmente impresionado: nada roto y el barco rumbo aproximadamente en la dirección correcta.

Después tenían que averiguar cómo aprovechar el viento disponible. Debatieron qué lado cobrar según la dirección del viento, y alguien le preguntó a Fosh si era un marinero en secreto. Su plan era girar el timón a estribor, largar las tres velas principales empezando por arriba y luego devolver el timón a la vía. Cuando preguntaron si podían empezar por la vela mayor, Martus les dijo que podían hacer lo que quisieran: «el barco es vuestro». Cada vela se abrió con una cuenta atrás, y se declaró que la vela mayor estaba «más abierta que nunca».

Luego llegaron las correcciones. El barco giraba muy despacio. Se fijaron en la bandera para calcular el viento y cuadraron las vergas perpendiculares a él. Cuando una vela no se colocaba bien, localizaron el problema en un cabo que había que aflojar mucho más abajo. Por último, recorrieron el barco tensando los cabos flojos. Martus le dijo a Khare que todo estaba «muy bien hecho» y que tomara el timón y pusiera rumbo a La Rochelle. Cuando apareció tierra a la vista, Fosh confirmó que era la ciudad.

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Reflexiones en tierra

De vuelta en puerto, los youtubers reflexionaron sobre la experiencia. Uno de ellos dijo que le gustaba que simplemente le dijeran de qué cabo tirar y apartarse un tiempo de tomar decisiones. A Denby, a quien más le había costado ceder el control, eso le resultó atractivo. A otro le parecía imposible estar en el agua y no sentirse algo relajado. Fosh dijo que la faceta tonta seguía formando parte de Fosh, pero que le sorprendía cuánto sabía y poder decir con seguridad: «sí, esto es lo que hay que hacer». El grupo elogió a Martus por haber construido el barco «para poder aprender sobre el mundo».

Martus describió lo que ha hecho el Shtandart desde que empezó a navegar en 2000: acoger a jóvenes «de todas las naciones» para enseñarles no solo a navegar, sino también «la habilidad de estar juntos», y el valor del trabajo duro. Lo describió como dedicarse a lo que le gusta en la vida.

Khare volvió a la pregunta inicial. Al principio, Khare no entendía cómo alguien podía pasar meses viviendo en un barco así. Tras solo unos días, dijo Khare, empezó a tener sentido: la verdadera aventura exige confianza en uno mismo, en las personas que te rodean y en vivir el momento. Volver a pisar tierra firme se le hizo extraño al grupo, y algunos dijeron que no les habría importado quedarse a bordo un poco más.