¿Qué estamos escalando? Dwarkesh sobre el aprendizaje por refuerzo, el aprendizaje continuo y los plazos de la IAG

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Resumen

En este ensayo narrado, publicado originalmente en su blog dwarkesh.com, Dwarkesh plantea una pregunta incómoda para quienes esperan una inteligencia artificial general (IAG) en muy pocos años: si de verdad estamos cerca de un sistema que aprenda como un humano, ¿por qué los laboratorios dedican tanto esfuerzo a entrenar de antemano habilidades concretas? Su postura es doble. Considera que los modelos actuales carecen de la capacidad de aprender en el trabajo, y que eso explica su limitado impacto económico. Al mismo tiempo, espera inteligencias genuinamente similares a las humanas en la próxima década o dos, y cree que la gente subestima lo transformadoras que serán.

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La contradicción de los plazos cortos y el escalado del RL

Dwarkesh dice que le desconcierta que algunas personas tengan plazos "súper cortos" para la IAG y, a la vez, sean optimistas sobre escalar el aprendizaje por refuerzo (RL) sobre los LLM. Su razonamiento es que ambas cosas encajan mal. Si estuviéramos cerca de un aprendiz similar a un humano, todo el enfoque de entrenar con resultados verificables estaría "condenado".

Describe la práctica actual así: los laboratorios intentan incorporar una serie de habilidades en los modelos mediante el entrenamiento intermedio, y existe toda una cadena de suministro de empresas que construyen entornos de RL para enseñar al modelo a navegar por un navegador web o a usar Excel para construir modelos financieros. De ahí extrae un dilema. O bien estos modelos pronto aprenderán sobre la marcha de forma autodirigida, lo que haría inútil toda esa preparación previa, o bien no lo harán, y entonces la IAG no es inminente. Los humanos, recuerda, no necesitan una fase especial de entrenamiento en la que ensayen cada programa que vayan a usar en su trabajo.

Para reforzar el punto cita una entrada de blog de Beren Millidge: cuando vemos que los modelos de vanguardia mejoran en las pruebas de rendimiento, no solo hay que pensar en la mayor escala y en las ideas ingeniosas de investigación en ML, sino también en los miles de millones de dólares que se pagan a doctores, médicos y otros expertos para redactar preguntas y proporcionar respuestas de ejemplo y razonamientos dirigidos a capacidades muy concretas.

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La robótica como caso más claro

Según Dwarkesh, esta tensión se ve con más nitidez en la robótica. Sostiene que, en un sentido fundamental, la robótica es un problema de algoritmos y no de hardware ni de datos. Su argumento es que un humano, con muy poco entrenamiento, puede aprender a manejar el hardware actual para hacer un trabajo útil. Por tanto, con un aprendiz similar a un humano, la robótica estaría en gran parte resuelta. Como no lo tenemos, hace falta ir a mil hogares distintos y practicar un millón de veces cómo recoger platos o doblar ropa.

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El contraargumento del investigador de IA automatizado

Dwarkesh recoge una réplica que ha oído a quienes esperan un despegue en los próximos cinco años. Según esta réplica, todo ese RL "chapucero" sirve para construir un investigador de IA superhumano. Después, un millón de copias de ese "Ilya automatizado" resolverían cómo lograr un aprendizaje robusto y eficiente a partir de la experiencia.

A Dwarkesh esto le recuerda el viejo chiste: "Estamos perdiendo dinero en cada venta, pero lo compensaremos con el volumen". Le parece muy poco plausible que un investigador automatizado descifre el algoritmo de la IAG sin tener las capacidades básicas de aprendizaje de un niño. Los humanos llevan más de medio siglo rompiéndose la cabeza con ese problema.

Añade una segunda objeción: aunque uno crea en esa estrategia, no describe lo que realmente hacen los laboratorios con el RL a partir de recompensas verificables. Para automatizar a Ilya no hace falta incorporar de antemano la habilidad de un consultor para hacer diapositivas de PowerPoint. Por eso concluye que las acciones de los laboratorios revelan una visión del mundo en la que los modelos seguirán generalizando mal y aprendiendo mal en el trabajo, lo que obliga a incorporar de antemano las habilidades que se espera que sean económicamente útiles.

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¿No es más eficiente entrenar las habilidades una sola vez?

Otra objeción posible es que, aunque el modelo pudiera aprender esas habilidades sobre la marcha, sería mucho más eficiente incorporarlas una vez durante el entrenamiento que repetir el aprendizaje para cada usuario y cada empresa. Dwarkesh concede que tiene mucho sentido integrar la fluidez con herramientas comunes como navegadores y terminales. También reconoce que una de las grandes ventajas de las IAG será poder compartir conocimiento entre copias.

Su objeción es otra: cree que la gente subestima cuántas habilidades específicas de cada empresa y de cada contexto requiere la mayoría de los trabajos. Y hoy no existe una forma robusta y eficiente de que las IA adquieran esas habilidades.

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La bióloga y los macrófagos

Para ilustrarlo, Dwarkesh cuenta una cena reciente con un investigador de IA y una bióloga. La bióloga tenía plazos largos para la IAG, y cuando le preguntaron por qué, explicó que parte de su trabajo reciente en el laboratorio consistía en mirar portaobjetos y decidir si un punto era realmente un macrófago o solo lo parecía. El investigador de IA respondió que la clasificación de imágenes es un problema de aprendizaje profundo "de libro de texto", justo el tipo de tarea para la que se pueden entrenar estos modelos.

A Dwarkesh el intercambio le pareció revelador porque refleja la diferencia clave entre su perspectiva y la de quienes esperan un impacto económico transformador en pocos años. En su opinión, los trabajadores humanos son valiosos precisamente porque no hace falta construir tediosos bucles de entrenamiento para cada pequeña parte de su trabajo. No sale a cuenta crear un sistema de entrenamiento a medida para identificar macrófagos según la forma particular en que ese laboratorio prepara sus muestras, y luego otro para la siguiente microtarea, y así sucesivamente. Lo que se necesita, sostiene, es una IA que aprenda de la retroalimentación semántica o de la experiencia autodirigida y que luego generalice como lo hace un humano.

Cada día, argumenta, una persona hace cien cosas que requieren juicio, conciencia de la situación y habilidades y contexto aprendidos en el trabajo. Esas tareas varían entre personas e incluso de un día para otro para la misma persona. Por eso cree que no se puede automatizar ni siquiera un solo empleo incorporando un conjunto predefinido de habilidades, y mucho menos todos.

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La IAG real será mucho más grande de lo que se imagina

Dwarkesh matiza que no es un escéptico de la IAG en sí. Cree que mucha gente subestima la magnitud de lo que será una IAG verdadera, porque solo imagina más del régimen actual. No piensa, por ejemplo, en miles de millones de inteligencias similares a las humanas en servidores que pueden copiar y fusionar todo lo que aprenden. Dwarkesh dice esperar exactamente eso, inteligencias reales "similares a cerebros", en la próxima década o dos, algo que califica de auténtica locura.

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El retraso en la difusión económica como excusa

A veces se dice que las IA no están más desplegadas en las empresas, ni aportan mucho valor fuera de la programación, porque la tecnología tarda en difundirse. Dwarkesh lo considera una excusa que oculta un hecho más simple: los modelos carecen de las capacidades necesarias para generar un valor económico amplio.

Su argumento es que, si estos modelos fueran como humanos en un servidor, se difundirían a una velocidad increíble y serían mucho más fáciles de integrar que un empleado normal. Podrían leer todo el Slack y el Drive de una empresa en minutos y extraer al instante las habilidades de los demás empleados de IA. Además, describe el mercado laboral humano como un "mercado de limones": es difícil distinguir de antemano a los buenos candidatos, y contratar a alguien que resulta ser malo sale muy caro. Esa dinámica no existiría si bastara con crear otra instancia de un modelo de IAG ya verificado. Por eso Dwarkesh espera que difundir mano de obra de IA en las empresas sea mucho más fácil que contratar a una persona, y recuerda que las empresas contratan gente constantemente.

De ahí extrae una medida. Si las capacidades estuvieran realmente al nivel de una IAG, la gente estaría dispuesta a gastar billones de dólares al año en los tokens que generan estos modelos, ya que los trabajadores del conocimiento de todo el mundo cobran en conjunto decenas de billones de dólares anuales en salarios. Según Dwarkesh, los laboratorios están tan lejos de esa cifra porque sus modelos no se acercan ni de lejos a la capacidad de esos trabajadores.

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Por qué mover la portería está, en parte, justificado

Dwarkesh se anticipa a la objeción de que exigir decenas de billones en ingresos es mover la portería. Hasta hace poco, la gente preguntaba si los modelos podían razonar, si tenían sentido común o si solo reconocían patrones. Reconoce que los defensores de la IA tienen razón al criticar a los escépticos por cambiar constantemente los criterios, y que es fácil subestimar el enorme progreso de la última década.

Pero sostiene que cierto cambio de objetivos está justificado. Si le hubieran mostrado Gemini 3 en 2020, cuenta, habría estado seguro de que podía automatizar la mitad del trabajo intelectual. Hemos ido resolviendo lo que creíamos que eran los cuellos de botella suficientes para la IAG: comprensión general, aprendizaje con pocos ejemplos, razonamiento. Y aun así no tenemos IAG. Ante eso, le parece razonable concluir que la inteligencia y el trabajo tienen mucho más de lo que pensaba. Aunque estemos muy cerca, y en muchos aspectos se haya superado lo que antes habría llamado IAG, el hecho de que las empresas no generen los billones de dólares que la IAG implicaría le revela que su definición anterior era demasiado estrecha.

Dwarkesh prevé que esto seguirá ocurriendo. Su predicción es que, para 2030, los laboratorios habrán avanzado de forma significativa en el aprendizaje continuo, que llama su "caballito de batalla", y que los modelos generarán cientos de miles de millones de dólares al año. Pero no habrán automatizado todo el trabajo del conocimiento, y él dirá que se ha avanzado mucho pero que aún faltan otras capacidades. Lo resume así: los modelos se vuelven más impresionantes al ritmo que predicen los partidarios de plazos cortos, pero más útiles al ritmo que predicen los de plazos largos.

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¿Qué estamos escalando?

En el preentrenamiento, explica Dwarkesh, existía una tendencia muy clara y general: la pérdida mejoraba de forma consistente a lo largo de varios órdenes de magnitud de cómputo. Aun así, matiza que se trataba de una ley de potencias, que es tan débil como fuerte es el crecimiento exponencial.

Su crítica es que se está intentando "blanquear" el prestigio del escalado del preentrenamiento, que describe como casi tan predecible como una ley física, para justificar predicciones optimistas sobre el RL con recompensas verificables. Para este último, dice, no existe ninguna tendencia sólida y públicamente conocida. Y cuando los investigadores intentan reconstruir sus implicaciones a partir de los escasos datos públicos, los resultados son desalentadores. Cita una publicación de Toby Ord que relaciona los resultados de distintos benchmarks de la serie o de OpenAI. Según Ord, haría falta algo así como multiplicar por un millón el cómputo total de RL para obtener un salto equivalente al de un solo nivel de GPT.

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El aprendizaje continuo como motor tras la IAG

Dwarkesh repasa los escenarios de "singularidad" más comentados: una de software puro, en la que los modelos escriben el código de un sucesor más inteligente, y otra de software más hardware, en la que también mejoran el hardware de sus sucesores. En su opinión, todos ignoran lo que cree que será el principal motor de mejora más allá de la IAG: el aprendizaje continuo. Los humanos se vuelven más capaces sobre todo por la experiencia en el dominio correspondiente.

Menciona una sugerencia que le hizo Beren Millidge en una conversación. El futuro podría parecerse a agentes con aprendizaje continuo que salen a hacer distintos trabajos, generan valor y luego llevan lo aprendido a un modelo central tipo "mente colmena", que realiza algún tipo de destilación por lotes con todos ellos. Los agentes podrían estar bastante especializados: contendrían lo que Karpathy llamó el "núcleo cognitivo", más los conocimientos y habilidades propios del trabajo para el que se despliegan.

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Un avance gradual, no un jaque mate

Dwarkesh no espera que el aprendizaje continuo se resuelva de una vez. Cree que se parecerá a lo que pasó con el aprendizaje en contexto. GPT-3 ya mostró en 2020 que era muy potente, hasta el punto de que el artículo se tituló "Los modelos de lenguaje son aprendices de pocas muestras". Sin embargo, el aprendizaje en contexto no quedó resuelto entonces, y según Dwarkesh todavía queda mucho por mejorar, desde la comprensión hasta la longitud del contexto.

Prevé una trayectoria similar. Los laboratorios probablemente lanzarán el próximo año algo que llamarán aprendizaje continuo, y se considerará un progreso real. Pero el aprendizaje a nivel humano en el puesto de trabajo podría tardar otros cinco a diez años en perfeccionarse. Por eso no espera ganancias desmesuradas del primer modelo con aprendizaje continuo que se despliegue y mejore con el uso. Si alguien resolviera el problema por completo de golpe, sí sería "jaque mate", como le dijo Satya en el podcast cuando le preguntó por esa posibilidad. Pero Dwarkesh cree que lo probable es otra cosa: algún laboratorio logrará una tracción inicial, al experimentar con la función quedará claro cómo se hizo, y otros laboratorios replicarán y mejorarán pronto el avance.

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La competencia entre laboratorios seguirá siendo feroz

Dwarkesh cierra con una corazonada: la competencia entre las empresas de modelos seguirá siendo intensa. Se basa en que las supuestas ventajas acumulativas del pasado, como el uso de los usuarios en el chat o los datos sintéticos, han hecho muy poco por frenar una competencia cada vez mayor. Más o menos cada mes, las tres grandes empresas se turnan en el primer puesto, y el resto no se queda muy atrás. Alguna fuerza, que podría ser el robo de talento, los rumores en San Francisco o la simple ingeniería inversa, ha neutralizado hasta ahora cualquier ventaja abrumadora que un laboratorio pudiera haber tenido. Dwarkesh deja abierta cuál de esas fuerzas es la decisiva.