Por qué Rusia perdió la Guerra Fría: el recorrido de Sarah Paine por las explicaciones rivales

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Resumen

Sarah Paine parte de una premisa: si el mundo está entrando en una segunda Guerra Fría, conviene revisar la primera. Quiere entender por qué terminó como terminó y por qué sus protagonistas creyeron que terminó así. La pregunta de la conferencia es "¿por qué Rusia perdió la Guerra Fría?". En lugar de dar una sola respuesta, Paine recorre las explicaciones que compiten entre sí. Empieza por la que considera más popular en Estados Unidos, que Ronald Reagan derrotó por sí solo a la Unión Soviética. Después presenta contraargumentos externos (lo que otros le hicieron a la URSS), internos (las cartas que la propia URSS jugó mal) y, por último, algunas explicaciones generales. A lo largo de la charla cita a muchos rusos, porque, según Paine, reflexionaron a fondo sobre cómo desapareció el mundo que conocían. Tras la conferencia hay una larga conversación con Dwarkesh sobre la economía planificada, el petróleo y la experiencia de Paine en Moscú en 1988-1989.

42 min de lectura
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La tesis de "Reagan lo hizo solo"

Paine abre con una foto de los Gorbachov y los Reagan en el rancho de Reagan, ya terminada la Guerra Fría, pasándolo en grande. Según Paine, la imagen sugiere que algo no encaja del todo con el relato del vencedor solitario. Aun así, expone la tesis con detalle. Reagan fue un hombre de palabras y hechos. Ante el Parlamento británico dijo que los regímenes implantados por bayonetas no echan raíces. En la Puerta de Brandeburgo pidió a Gorbachov que abriera esa puerta y derribara el muro. Ante la Asociación Nacional de Evangélicos pronunció el discurso del "imperio del mal".

En cuanto a los hechos, Paine recuerda que el rearme empezó con Carter, después de la invasión soviética de Afganistán, y que Reagan lo intensificó. Desplegó misiles en Europa, financió insurgencias anticomunistas, ordenó patrullajes militares más agresivos, se quedó a media docena de barcos de su marina de seiscientos buques y quiso construir un escudo antimisiles, la Iniciativa de Defensa Estratégica. El problema para Moscú, explica Paine, es que intentó igualar ese esfuerzo cuando el PNB conjunto de Estados Unidos, la OTAN y Japón era siete veces el soviético. Durante la Guerra Fría la CIA estimaba que la URSS dedicaba quizá un 20% de su PNB a defensa. Con estadísticas mejores, posteriores al fin de la Guerra Fría, la cifra resultó ser de al menos un 40 o 50%, y hay quien habla de un 70% si se incluye la infraestructura ligada a lo militar. Como comparación, Paine da estas cifras: Estados Unidos gastaba menos del 8%, Alemania menos del 6%, Japón menos del 2% y la Alemania nazi un 55%.

Varios soviéticos coinciden con esta lectura. Valentin Falin, exembajador en Alemania Occidental, sostuvo que la estrategia estadounidense de agotar a la URSS en la carrera armamentística, sumada a la que se libraba en la frontera china, sumió a la economía en una crisis permanente. Georgi Arbatov, el americanista soviético más conocido, dijo que la guerra de Afganistán fue sumamente ventajosa para Estados Unidos, que financiaba al otro bando: "obtuvimos nuestro Vietnam". Y Gorbachov advirtió al Politburó, un año después de llegar al poder, que los estadounidenses apostaban a que la URSS temía la Iniciativa de Defensa Estratégica y por eso la presionaban para agotarla. Según esta explicación, ganar la carrera armamentística garantizó la victoria en la Guerra Fría.

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Helsinki, Carter y la erosión de la fe comunista

El primer contraargumento mira a los presidentes Ford y Carter. Desde la Segunda Guerra Mundial, la URSS quería una conferencia europea que confirmara sus fronteras ampliadas, y durante mucho tiempo nadie se interesó. Cuando los europeos occidentales aceptaron, Estados Unidos se sumó a regañadientes. Los aliados insistieron en incluir cláusulas de derechos humanos, cosa que en Washington se consideró absurda porque los soviéticos nunca las iban a cumplir. Para sorpresa general, disidentes del Bloque del Este y activistas occidentales empezaron a exigir a los comunistas que cumplieran lo firmado y a contrastar la liberación que prometía el comunismo con la dictadura que realmente ofrecía. El movimiento cobró vida propia. Robert Gates, exdirector de la CIA, lo resumió así: los soviéticos querían desesperadamente esa conferencia, y sentó las bases del fin de su imperio.

Carter reforzó esa línea al convertir los derechos humanos en principio de su política exterior, como dijo en su discurso de graduación en Notre Dame. El traductor de inglés de Gorbachov afirmó que ese énfasis tuvo gran eco entre los ciudadanos soviéticos y les hizo desear una sociedad más abierta. Paine cita también a Eduard Shevardnadze, ministro de Exteriores de Gorbachov, que se preguntaba en qué era grande su país: ¿en territorio, en población, en armas, o en la falta de derechos y en una mortalidad infantil de las más altas del mundo? ¿Quería ser un país temido o uno respetado? El periodista Vitaly Ignatenko consideraba el comunismo esencial para la supervivencia de la URSS, pero también una ideología antidemocrática que no podía perdurar. El diplomático Oleg Grinevsky sostuvo que su rechazo dejó un vacío que selló el destino del país, y Boris Yeltsin declaró que nadie quería una nueva Unión Soviética. Según este argumento, las cláusulas de Helsinki y la campaña de Carter destruyeron la propia creencia comunista en el comunismo.

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Nixon, Mao y la frontera china

Los partidarios de Nixon dirán que fue él quien jugó la carta china para sobreextender a la URSS. Paine cree que los chinos responderían que fue Mao quien jugó la carta estadounidense. En 1969 hubo una guerra fronteriza chino-soviética. China tenía la bomba desde 1964, ya no necesitaba ceder ante Moscú y se mostraba más dura en sus disputas territoriales. Según el relato de Paine, los soviéticos preguntaron a Estados Unidos si le parecería bien que bombardearan a China con armas nucleares, suponiendo que a Washington no le gustaban los chinos. Estados Unidos dijo que no. Los chinos sacaron la conclusión de que su principal adversario era quien quería atacarlos con armas nucleares. Hasta entonces, el principal enemigo de ambos era Estados Unidos. Desde ese momento lo eran el uno para el otro, y Washington quedó libre para elegir con quién acercarse. Eligió a China.

La consecuencia, explica Paine, es que la URSS tuvo que militarizar una larguísima frontera asiática además de la europea, con fuerzas mecanizadas y armamento nuclear muy costosos. Pide al público imaginar que Estados Unidos tuviera que mantener fronteras así con Canadá y México: sería ruinoso, y Estados Unidos es mucho más rico de lo que nunca fue la URSS.

Paine reúne estos argumentos en una tesis de "efecto presidencial acumulativo". Nixon juega la carta china y sus sucesores la juegan cada vez mejor. Ford empieza con los derechos humanos, Carter apuesta por ellos e inicia el rearme, y Reagan lo culmina desde una posición de fuerza ideológica y militar. Para quienes piensan que la política exterior estadounidense fue incoherente, Paine responde que no la miran a nivel estratégico: había distintas tácticas, pero ambos partidos compartían los objetivos de libre comercio, democracia y contención del comunismo.

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Submarinos, disuasión y el giro hacia las causas internas

Otra escuela deja de lado la teoría del gran hombre y se fija en las "plataformas", término del Pentágono para los grandes sistemas militares, en concreto el submarino nuclear con armas nucleares. La disuasión exige una capacidad de segundo ataque totalmente fiable. Desde Carter, que se graduó en Annapolis y fue submarinista, y con más intensidad bajo Reagan, la marina estadounidense desplegó sus submarinos para seguir a los soviéticos en sus bastiones de aguas territoriales. En Moscú se temió que un primer golpe estadounidense pudiera destruir tanto su capacidad de primer ataque como la de segundo ataque. Valery Boldin, asesor de Gorbachov, admitía que la flota era la fuerza más poderosa de Estados Unidos y que la geografía soviética no permitía igualarla. El mariscal Yázov decía que la flota era el principal medio de ataque atómico estadounidense. En una visita a Estados Unidos en 1987, el mariscal Ajroméyev, que se suicidaría al final de la Guerra Fría, les dijo a sus anfitriones: "Ustedes saben dónde están nuestros submarinos, pero nosotros no sabemos dónde están los suyos". El almirante Trost, que lo recibió, concluyó que la incapacidad soviética de mantener una defensa fuerte llevó a la desaparición de la URSS como amenaza.

Paine señala entonces que todas estas explicaciones son "ombliguistas": miran solo lo que hizo o dejó de hacer Estados Unidos, como un tenis jugado en media cancha. Invoca a Clausewitz, que insiste en la reciprocidad de la guerra y en mirar al otro lado de la red, y a Arnold Toynbee, para quien las civilizaciones no mueren asesinadas sino por suicidio. Hasta aquí ha hablado del asesinato. Ahora pasa al suicidio.

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El imperio que cayó como fichas de dominó

El primer argumento interno es que la URSS era un imperio y su derrumbe supuso perder la Guerra Fría. Paine observa que la teoría del dominó, tan temida en Occidente durante Corea y Vietnam, acabó aplicándose al comunismo y no al capitalismo. En 1988-89 hubo manifestaciones en todo el bloque. Dentro de la URSS se pedían libertades políticas. En el Bloque del Este se pedía libertad frente a la URSS, además de soluciones para unas economías en ruinas, algo que Gorbachov quizá no captó. De forma muy atípica, Moscú no envió tanques. Gorbachov alentó en Europa del Este las mismas reformas, la glásnost y la perestroika, que impulsaba en casa.

Todo empezó en Polonia, que había tenido grandes protestas obreras en 1956, 1970, 1976 y 1980-81, cuando surgió Solidaridad. En 1988 el nivel de vida había caído más de un 3% en pocos años y el gobierno, sin fondos, quiso subir los precios de los alimentos básicos. Los polacos salieron a la calle. El gobierno ofreció a Solidaridad participar en conversaciones políticas si suspendía las huelgas, y Solidaridad aceptó. La Iglesia católica, con enorme legitimidad, un papa polaco y simpatía por Solidaridad, complicaba aún más la situación para el régimen. Las conversaciones de la Mesa Redonda se celebraron en febrero de 1989 con el aliento soviético. Un soviético aconsejó a los polacos que se dieran prisa: como país pequeño, sus errores serían pequeños, mientras que los de la URSS serían grandes. Paine comenta que en eso tenían toda la razón.

El Partido Comunista polaco creyó que había amañado las reglas electorales a su favor. Las elecciones coincidieron con el día en que Deng Xiaoping lanzó los tanques en Tiananmén, lo que Paine presenta como dos soluciones distintas al mismo problema. Solidaridad ganó todos los escaños que pudo disputar menos uno, y de los escaños designados por los comunistas solo tres candidatos ganaron. El resto lo ganó la opción "ninguno de los anteriores", que la Iglesia había ayudado a enseñar a los votantes. La legitimidad del partido quedó destruida.

Cuatro meses después el contagio llegó a Alemania Oriental. En el 40.º aniversario del Estado se manifestaron 70.000 personas en Leipzig, y en una semana unas 1,4 millones en todo el país. Erich Honecker, el aspirante a "hombre de los tanques", ya había caído: sus políticas de vivir de la deuda desde 1971 casi habían arruinado el país. Dimitieron el Consejo de Ministros y, el 8 de noviembre, el Politburó. El 9, lo que quedaba del gobierno anunció nuevas normas de viaje. En una rueda de prensa, Günter Schabowski no sabía cuándo entraban en vigor e improvisó: "inmediatamente". Las multitudes acudieron a las seis puertas del Muro y en una de ellas los guardias abrieron. En la primera semana más de la mitad de la población de Alemania Oriental visitó el Oeste, y en un mes emigró el 1%. Schabowski reconoció después que no tenían ni idea de que abrir el muro sería el principio del fin.

Los rusos, dice Paine, quedaron impactados por su impopularidad. Esperaban gratitud por liberar Europa del Este, no culpa por haberla esclavizado. El científico y parlamentario Yuri Ryzhov constató que los antiguos satélites se alejaron tan rápido y tan lejos como pudieron. El viceministro Anatoly Kovaliov admitió que no sabían si el ejército de Alemania Oriental dispararía contra los manifestantes o contra ellos, y que lo mismo valía para los ejércitos polaco y húngaro.

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Aliados ruinosos y un "tercer mundo" interno

Otra explicación culpa a los satélites en mal estado. Hacia 1960, muchos países a punto de independizarse estaban hartos de sus colonizadores europeos, y la URSS les ofreció un programa para dejar fuera de juego a Occidente. Muchos aceptaron. Pero a finales de los setenta llegó una recesión que se prolongó en los ochenta y hundió los precios de las materias primas, en muchos casos a la mitad. Eso arruinó los ingresos de nuevos aliados como Angola, Yemen del Sur, Etiopía o Nicaragua. La URSS dependía del petróleo, que llegó a representar hasta el 55% de su presupuesto, y su precio también se desplomó. Brézhnev se encontró con un gran grupo de amigos ineficaces justo cuando no tenía dinero para mantenerlos.

Al mismo tiempo, las nacionalidades internas querían salir del imperio, y se sublevaron todas a la vez. Paine recuerda una regla fundamental de los imperios continentales: no librar guerras en dos frentes. Rusia tenía tantos que no podía llevar la cuenta. Hubo movimientos estudiantiles en Kazajistán y Yakutia, en extremos opuestos del país, desde la llegada de Gorbachov. Hacia 1990 había, según Paine, entre 60 y 76 rebeliones étnicas en marcha. Por eso se puede argumentar que la URSS se arruinó en el Tercer Mundo mientras ignoraba su propio tercer mundo interno.

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"Es la economía, estúpido"

La economía soviética creció bien en la reconstrucción de posguerra, pero se estancó desde mediados de los setenta. En la década anterior a Gorbachov crecía entre uno y dos puntos menos que la estadounidense, y el efecto acumulado fue enorme. Paine explica el mecanismo. En la planificación central todos mienten. Cada subunidad declara menos inventario del que tiene y pide más insumos de los que necesita, por miedo a quedarse corta. Las mentiras se acumulan al subir por la cadena y el gobierno acaba sin saber el valor real del capital, del trabajo, de la productividad ni de las preferencias del consumidor. La mala asignación pasa inadvertida hasta convertirse en catástrofe. Paine da un ejemplo: entre un 20 y un 40% de las cosechas se pudría, y el país gastaba divisas escasas en importar alimentos para compensarlo.

Con la caída del petróleo, la situación entró en espiral. Desde 1985 hasta el fondo de la crisis rusa en 1998, la participación del bloque oriental en el PIB mundial cayó drásticamente. Los déficits, las balanzas comerciales y la deuda se dispararon, y el PIB llegó a contraerse a tasas de dos dígitos. Yázov reconoció que carecían de la riqueza de la OTAN y que debían buscar una alternativa a la carrera armamentística. Un funcionario del servicio exterior sostuvo que las causas del colapso fueron internas: una economía agotada por una carrera armamentística monstruosa y por tener enemigos en medio mundo. El propio Gorbachov dijo al Comité Central que no estaban rodeados de ejércitos invencibles sino de economías superiores, y repetía que vivir así era imposible.

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Gorbachov y sus suposiciones falsas

Paine cita a Tocqueville, que en su libro sobre el fin de la monarquía francesa escribió que el momento más peligroso para un mal gobierno es cuando empieza a reformarse. Según Paine, rusos de todas las tendencias coinciden en que el papel de Gorbachov fue decisivo, y Gorbachov actuó sobre varias suposiciones falsas.

La primera era la dirección irreversible de la historia: se avanzaba hacia el comunismo, nunca de vuelta al capitalismo. Leonid Shebarshin, alto cargo del KGB, dijo que al gobierno nunca se le ocurrió que fuera posible retirarse del socialismo. Paine añade una observación propia. La URSS era un "imperio invertido", o "imperio rosquilla": a diferencia de lo habitual, la población de Europa del Este era más educada y más rica que la de la metrópoli rusa. Eso explica por qué querían irse y también, en opinión de Paine, por qué Putin los quiere de vuelta.

La segunda suposición se refería a los sentimientos de los vecinos. Gorbachov creía que le darían el mérito de la liberación. Para él, el reloj empezaba con su mandato; para los demás, con Stalin. Anatoly Cherniáyev, su asesor de política exterior, lamentó que los satélites no adoptaran el "socialismo con rostro humano" y les dieran "la espalda de forma brutal", y que la relación con los antiguos amigos los tomara por sorpresa. Paine ironiza: ocupas a la gente, nunca te vas, fusilas a sus gobernantes, impones un sistema ineficaz, ¿y te sorprende que no te aprecien? Añade que Estados Unidos invierte miles de millones en ayuda, incluso se retira, y aun así no lo quieren.

La tercera era que si desaparecía el Pacto de Varsovia desaparecería la OTAN, y que si se disolvía el Comecon pasaría lo mismo con la Comunidad Europea. Paine responde que las organizaciones coercitivas y las voluntarias se disuelven por razones muy distintas. La cuarta era que Estados Unidos compartiría la mentalidad continental de no querer una Alemania unificada y fuerte. Mientras Gorbachov estaba de vacaciones, Bush padre y Kohl aceleraban una unificación con toda Alemania en la OTAN.

Muchos colaboradores cercanos de Gorbachov acabaron culpándolo: sus errores exteriores derivaban de los interiores. Vladimir Lukin dijo que Gorbachov "no era un Deng Xiaoping" y que en Occidente lo adoran porque para ellos todo resultó sencillo y barato, mientras que para los rusos fue muy costoso. Arbatov atribuyó la desintegración a la estupidez de sus propios líderes. Paine lo compara con alguien que se pone una bolsa de plástico en la cabeza por error. Aun así, considera que la revisión del legado estalinista llegaba con mucho retraso.

Pecados de omisión y la responsabilidad de Yeltsin

Paine distingue entre pecados por acción y por omisión. Algunos sostienen que el pecado del Ejército Rojo fue no hacer lo que hizo el ejército de Deng: aplastar a los manifestantes con tanques. El Partido Comunista chino sigue en el poder treinta años después. Paine bautiza esta tesis con un acrónimo propio, TTD (despliegues oportunos de tanques, por sus siglas en inglés).

Otros vuelven al gran hombre y culpan a Boris Yeltsin. En el relato de Paine se le atribuye la eliminación del Artículo 6 de la Constitución soviética, que garantizaba el monopolio del Partido Comunista. Después, como jefe de Rusia, firmó con los líderes de Ucrania y Bielorrusia los Acuerdos de Belavezha, que disolvieron formalmente la URSS. Según esta lectura, fue un suicidio deliberado que abrió la puerta a los partidos políticos y a la independencia de las nacionalidades.

Explicaciones generales: inevitable o por los pelos

Las últimas dos explicaciones usan la misma evidencia y llegan a conclusiones opuestas. La primera dice que el colapso era inevitable: un sistema brutalmente ineficiente, que ni sus propios inventores querían. Yuri Ryzhov lo atribuyó a la podredumbre del sistema, y el periodista Teimuraz Stepanov a "genes de la desintegración" presentes desde el principio. La segunda sostiene que hizo falta todo a la vez para que la Guerra Fría terminara en términos occidentales. Kovaliov dijo que los factores internos, ideológicos, económicos y militares se fusionaron. Si se quita uno, quizá la Guerra Fría termine igual, pero de otra manera. Occidente, según esta lectura, tuvo suerte.

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Bush y Kohl: comprar la unificación alemana

Paine amplía esta segunda tesis: también hizo falta la coincidencia de dos líderes excepcionales, Helmut Kohl y George Bush padre ("no el hijo que se metió en guerras eternas"). Repasa la trayectoria de Bush: piloto naval y héroe de guerra, graduado de Yale con honores, millonario con su propia empresa petrolera, congresista por Texas, embajador ante la ONU, representante en China antes de las relaciones formales, director de la CIA y ocho años vicepresidente. Kohl, el canciller con el mandato más largo desde Bismarck, era doctor en historia y ciencias políticas, había pasado por los negocios y el gobierno estatal y presidió la CDU durante un cuarto de siglo.

Kohl, dice Paine, decidió "comprar Alemania Oriental, un turista a la vez". Honecker había apostado desde 1971 por garantizar beneficios sociales y de consumo financiándolos con deuda, sobre todo con Alemania Occidental, en lugar de invertir. Equilibrar las cuentas habría supuesto una caída del 30% del nivel de vida, así que el régimen necesitaba el dinero de los turistas. Kohl pagó varios cientos de millones de marcos adicionales a cambio de flexibilizar los viajes, y otros 500 millones a Hungría para que abriera su frontera con Austria y dejara salir a los alemanes orientales. Cuando presentó su plan de unificación de diez puntos, empezó a transferir mucho dinero a una URSS en derrumbe, incluidos 100 millones de dólares en alimentos, sobre todo carne.

En enero de 1990, Bush y Kohl decidieron acelerar la unificación antes de que la crisis tumbara a Gorbachov. Los obstáculos eran muchos: Gorbachov se oponía a una Alemania unida y, aún más, a una Alemania en la OTAN. Los expertos del Departamento de Estado pedían ir despacio. El ministro de Exteriores de Kohl, Genscher, miembro de un partido de coalición al que Kohl no podía destituir, dudaba de la OTAN. Gran Bretaña y Francia no querían una Alemania que las eclipsara económicamente. Se repartieron las tareas. Kohl tranquilizaría a Moscú y se ocuparía de la unificación financiera: los soviéticos pensaban en términos militares, en dónde se despliegan las tropas, pero al adoptar Alemania Oriental el marco occidental, Bonn controlaría el dinero y las decisiones. Paine considera que ese es el instrumento de poder que los soviéticos no entendían, y por eso estaban en semejante lío. Bush debía retrasar lo máximo posible las reuniones con británicos y franceses.

Paine describe una escalada en la que cada concesión costaba más. Primero se pagaba por una Alemania unificada, luego por una con la parte occidental en la OTAN y después por toda Alemania en la OTAN. Por aceptar la unificación ya no se pagaban cientos de millones de marcos sino 5.000 millones. Gorbachov aceptó que los Estados eligieran sus alianzas y recibió de Estados Unidos las "nueve garantías" y un acuerdo comercial que deseaba. Tras la unión económica llegó la Declaración de Londres, que invitaba a Europa del Este a coordinarse con la OTAN, a cambio de la promesa de una cumbre del G7 que aceleraría la ayuda. Finalmente Gorbachov aceptó la pertenencia de Alemania a la OTAN, y Alemania aportó 15.000 millones de marcos, incluidos edificios de apartamentos para los soldados soviéticos repatriados. Paine explica el motivo: que se dedicaran a comprar muebles y no a dar un golpe. La unificación se produjo a mediados de septiembre de 1990. Alemania aceptó además la frontera con Polonia. Stalin había desplazado Polonia unos 200 kilómetros hacia el oeste, a costa de un tercio del territorio alemán, con 12 millones de alemanes expulsados, de los cuales murieron dos millones. Era un asunto muy presente en la memoria colectiva.

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La Guerra del Golfo y el cuidado de no humillar a Gorbachov

Un mes y medio antes del tratado de unificación, Saddam Hussein invadió Kuwait. Según Paine, estaba en bancarrota tras la guerra con Irán, debía mucho a Kuwait y quería además sus yacimientos, que lo convertirían en el productor de petróleo decisivo. Pero la Guerra Fría ya había terminado y Moscú cooperó. Gorbachov necesitaba dinero y aceptaba la retirada iraquí de Kuwait, pero no un cambio de régimen: Irak le debía entre 10.000 y 13.000 millones de dólares. Evgueni Primakov viajó a Bagdad varias veces. En la primera sacó a los rehenes rusos, en la segunda a los occidentales, incluidos estadounidenses, y en la tercera le tocó presenciar el bombardeo de la coalición. Paine pregunta si el bombardeo habría continuado con escudos humanos occidentales: Rusia quitó esa carta de la mesa.

Sergey Tarasenko, asistente de Shevardnadze, explicó que preferían canalizar la respuesta por la ONU, donde tenían veto, y que convencieron a China con el mismo argumento. La línea roja, según Kovaliov, era que las tropas estadounidenses no entraran en Irak y que se respetara su integridad territorial. Paine sostiene que esta es la principal razón por la que la guerra terrestre terminó a las cien horas: lo crucial era cerrar la Guerra Fría, y Saddam era un asunto menor. Romper ese equilibrio habría alegrado a Mitterrand y a Thatcher, que se oponían a la unificación. Mitterrand encontró consuelo en convertir la Comunidad Europea en la Unión Europea a través de Maastricht. Thatcher "simplemente perdió": dijo que Alemania sería el Japón de Europa, peor aún, que obtendría en paz lo que Hitler no logró en la guerra, y quería dejar indefinidamente al Ejército Rojo en Alemania. Paine pide imaginar ese escenario con Putin hoy.

Bush le dijo a Kohl que no iba a bailar sobre el Muro de Berlín. Según Paine, ambos evitaron humillar a Gorbachov para que no cayera antes y los intransigentes no llegaran antes al poder. Pasaron 20 años hasta que Putin consolidó su poder, y ese tiempo permitió a Europa del Este integrarse militar, política y económicamente en Occidente para que "el cemento fraguara". El costo, según Paine, fue que Bush nunca recibió el crédito que merecía y no fue reelegido. Anatoly Adamishin, del servicio exterior soviético, dijo que es difícil negar que fue la URSS quien puso fin a la Guerra Fría. Edwin Meese, consejero y fiscal general de Reagan, opinó que empezó y terminó por las políticas soviéticas. El comité del Nobel dio el premio a Gorbachov, no a Bush. Paine cierra la conferencia con la esperanza de que el público llegue a una respuesta más compleja que "Ronnie lo hizo".

56:22

¿Cómo sobrevivió tanto tiempo la planificación central?

En la conversación posterior, Dwarkesh plantea que lo más intrigante no es por qué cayó la URSS, sino cómo un sistema tan ineficiente, brutal y colonial duró 74 años. Paine responde con Corea del Norte, que debería haber colapsado y no lo hace. Los regímenes autoritarios son muy buenos manteniendo el poder coercitivo, y existe una asimetría entre construir y destruir: criar y educar a una persona lleva años, matarla lleva segundos. Stalin usaba múltiples servicios de inteligencia para monopolizar la información y pagaba a la élite, la nomenklatura. Paine recuerda que la esclavitud y la servidumbre son muy antiguas en la historia humana.

Dwarkesh insiste en que la URSS llegó a tener en los sesenta y setenta un PNB del 60% del estadounidense, y que Paul Samuelson llegó a prever que lo superaría hacia los noventa. Paine responde que era esencialmente una economía de guerra que nunca se desmovilizó: racionamiento y precios fijados, como Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, pero mantenidos para siempre. Además duda de los datos. El rublo no era convertible y muchas cosas se medían por peso. La URSS decía ser el mayor productor de televisores porque fabricaba los más pesados, que, según Paine, en su época allí se incendiaban espontáneamente. Menciona a Murray Feshbach, un analista del gobierno estadounidense que ajustaba bien esas estadísticas, y a la CIA, que no era estúpida y aun así subestimó el gasto militar a la mitad o un tercio de su valor real. Dwarkesh añade el ejemplo del acero: las metas por tonelaje incentivaban barras gruesas que otras fábricas debían adelgazar, y ambos procesos se sumaban al PIB. Paine lo resume con Adam Smith: los precios son un milagro.

Dwarkesh sugiere que las economías de mediados de siglo, basadas en industria pesada, eran más fáciles de planificar que una economía moderna. Paine contrasta el énfasis comunista en la industria pesada con Japón en la era Meiji, Taiwán y Corea, que empezaron por la industria ligera y los bienes de consumo, y aclara que no es economista. Dwarkesh apunta que los soviéticos seguían usando planes de los años treinta. Paine añade que el "Rust Belt" estadounidense fue el precio de una economía dinámica, mientras que en la URSS todo se convirtió en Rust Belt. Se perdieron la revolución de los plásticos (en Moscú la crema agria se servía con un cucharón sucio en un frasco de vidrio que llevaba el cliente) y la informática, lo que también explica que no pudieran poner chips en sus misiles.

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El petróleo: sostén y verdugo

Dwarkesh subraya el peso del petróleo. Las tasas de crecimiento ya bajaban a finales de los cincuenta, cuando se descubrieron los grandes yacimientos siberianos, y entre 1973 y 1985 el petróleo aportó en torno al 80% de las divisas. Con ellas se importaban grano y tecnología, se mantenía al ejército y se subsidiaba a Europa del Este. Pregunta si sin ese petróleo la URSS habría caído treinta años antes. Paine dice que no lo sabe, pero que sin duda no habría podido permitirse el programa africano y otras iniciativas. Recuerda la disputa sobre vender tecnología para los gasoductos hacia Europa: los europeos querían venderla, Estados Unidos intentaba impedirlo. Y señala que no ahorraron nada; gastaron toda la riqueza petrolera.

Dwarkesh relaciona esto con Putin: entre 2000 y 2008 el barril pasó de 10 a 140 dólares, lo que explicaría en parte su popularidad, y los líderes reciben crédito o culpa por tendencias macro. Paine añade que tras el colapso el nivel de vida ruso implosionó durante unos veinte años, agravado por un diseño deliberado del imperio que repartía la producción por todo el territorio: al desmoronarse, alguien se encontraba con "un cuarto de avión". Con el dinero del petróleo, Putin subió el nivel de vida y recibió el crédito, y cuando eso se agotó se volcó, en su mentalidad, en recuperar el imperio, algo que a los rusos también les gusta.

Más adelante Dwarkesh pregunta si nadie en el gobierno vio la fragilidad de depender de un producto tan volátil. Paine cita una larga cronología de la Guerra Fría publicada al principio de la era Putin por autores furiosos con el desenlace. Año tras año registraban los enormes ingresos petroleros y criticaban que no se guardó ni invirtió nada: comprar grano occidental es consumo, no inversión.

Por qué Europa del Este se recuperó y Rusia no, y por qué la reforma salió mal

Ante la pregunta de por qué Polonia o Alemania Oriental se recuperaron y la metrópoli no, Paine señala que esos países siempre estuvieron más conectados a Occidente: Checoslovaquia era un país plenamente desarrollado antes de la guerra, y Polonia fue un centro de la Ilustración. En los archivos de Bush padre encontró abundante correspondencia de líderes polacos en 1988-89 que reconocían que su banca y su sistema financiero eran un desastre y pedían expertos para diseñar su sistema legal. Bush se implicó y, supone Paine, los derivó al sector privado. Hubo asesores como Jeffrey Sachs en Rusia, pero allí no era una sociedad entera pidiendo consejo, y los rusos creían que ya lo sabían todo. Para Paine, la economía era un punto ciego soviético. Bajo los zares, Rusia funcionaba como una versión del imperio mongol, que cobraba sobre el comercio y vendía materias primas sin tradición mercantil ni manufacturera, y los comunistas no tenían interés en cambiarlo. Compara esto con los niños estadounidenses que venden limonada o reparten periódicos y aprenden desde pequeños a comprar y vender.

Dwarkesh pregunta por qué las reformas de Gorbachov no solo fracasaron, sino que empeoraron las cosas hasta la hiperinflación. Paine cree que Gorbachov, como político de primera línea del partido, entendía la reforma política, y cedió poder político antes de arreglar la economía, justo lo contrario de la conclusión china. A eso suma la falta de tradición. Como hipótesis que reconoce no poder probar, y advirtiendo que los especialistas podrían proponer otra cosa, plantea que la geografía llana y expuesta a invasiones obligó a Rusia a mantener un gran ejército y una economía de guerra. En cambio, en Gran Bretaña los comerciantes ricos influían en las leyes, y la marina enviaba lejos a los hombres armados, que no podían dar golpes en la capital. Dwarkesh complementa: Gorbachov descentralizó hacia empresas casi autónomas, pero consideraba inmorales los precios y la propiedad privada, así que la asignación se resolvía con tratos a puerta cerrada y corrupción. Paine añade que no había sistema jurídico y que los sistemas jurídicos tardan mucho en construirse.

Sobre la apuesta de Europa del Este por endeudarse para comprar tecnología occidental y volverse competitiva, Paine la ve como la última carta de líderes desesperados, que además importaban alimentos y bienes de consumo para contener el malestar.

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Moscú, 1988-1989

Paine relata su año académico 1988-89 en Moscú. La única forma de conseguir una buena comida semanal era dar una hora de conversación en inglés a una familia con estatus diplomático. Lo que más deseaba esa familia era un vídeo, así que Paine gastó su escasa divisa en la tienda diplomática para comprarles uno, y a cambio comió el resto del año. Con el vídeo llegaron las películas occidentales, en las que, por ejemplo, un fugitivo corría por una sección de frutas repleta, y eso impresionaba a los rusos. Paine especula, sin datos, que Raisa Gorbachova debió de darse cuenta en su visita de que una madre con cupones de comida en Estados Unidos tenía más poder adquisitivo que ella gracias a Walmart, y que las élites que viajaban hacían esas comparaciones.

Paine cuenta que alguien contó los productos de un supermercado soviético y salieron unos setenta y tantos. La sección de carnes olía a podrido. Paine compraba huesos con divisa en el mercado campesino porque no podía pagar carne, y con remolacha rusa, manzanas húngaras medio podridas y tomates rumanos en lata preparaba un borscht creíble. Las patatas tenían partes podridas gelatinosas. Compraba caramelos polacos porque eran los únicos comestibles. Su hermano le decía que estudiaba "dos países en el carril de emergencia", Rusia y China. Dwarkesh observa que un surtido tan reducido facilita la planificación central y complica comparar el PIB, porque las patatas se medían por libra. Paine también vio en la televisión soviética las protestas de Tiananmén, cubiertas solo porque Gorbachov estaba en Pekín con toda la prensa.

Sobre el ambiente, Paine dice que nadie preveía la disolución inminente. Entre la gente educada de Moscú y Leningrado había mucho optimismo: creían que por fin serían una democracia plena, sin idea de las jornadas de trabajo que exige una economía capitalista ni de dónde sale la riqueza, y sin la formación necesaria ("tienes a Marx memorizado; eso no te sirve de nada"). Al mismo tiempo descubrían los horrores del estalinismo, que muchos intuían por sus propias familias. En el campo la vida era mucho peor y empeoraría. La decepción posterior fue tan extrema como la euforia, y surgió la idea de que Occidente les debía arreglarlo todo. Paine resume la respuesta occidental: ustedes atrasaron a medio mundo con un modelo que no funciona. La administración Bush quería ayudar, pero temía que el dinero acabara en la corrupción porque no había estructura legal donde colocarlo.

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El Tercer Mundo, los dictadores y la generosidad estratégica

Dwarkesh propone que la competencia por países del Tercer Mundo fue secundaria, porque el capitalismo liberal ganaba de todos modos por su atractivo y su producción. Paine discrepa en parte. Sin proteger las economías liberales de Europa y los milagros de Japón, Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong, no habría dónde demostrar que funcionan. Añade que la Guerra Fría fue cualquier cosa menos fría en el Tercer Mundo, con decenas de millones de muertos: quien perdía una guerra civil pedía ayuda a una superpotencia, la otra respondía y la riqueza se destruía cada vez más rápido. Los comunistas eran muy eficaces ganando guerras civiles, como Mao, y después generaban pobreza. Dwarkesh plantea el dilema de apoyar a otros dictadores para contrarrestarlos, o de alienar a la India, como en una conferencia anterior. Paine admite que no tiene respuesta, aunque cree que en muchos casos eran mejores que la alternativa, porque es difícil superar a Pol Pot o a Mao.

Paine atribuye parte del éxito a la generación de la Segunda Guerra Mundial, optimista y generosa. La Ley GI dio universidad y préstamos hipotecarios a los veteranos blancos (los afroamericanos fueron excluidos, lo que Paine califica de problema), y el Plan Marshall enriqueció tanto a Europa como a Estados Unidos. Paine defiende los acuerdos en los que ambas partes ganan como estrategia básica y critica el giro estadounidense hacia enfoques de suma cero. Insiste en los plazos largos: lo que hizo Bush no dio frutos antes de las elecciones, y con la deuda pública ocurre lo mismo. Dwarkesh observa que pagar a Gorbachov por la unificación fue una ganga si se mide en décadas de crecimiento. Paine cita la máxima de que los políticos piensan en la próxima elección y los estadistas en la próxima generación, e incluye entre estos últimos a Bush, Kohl, Mitterrand y la generación de la guerra.

Lo que Paine no sabe y lo que vio

Dwarkesh pregunta qué sentido tenía gastar tanto en armas nucleares redundantes. Paine dice que no sabe la respuesta y menciona armas nucleares tácticas cuyo operador quedaba dentro del radio de la explosión, que por suerte no se desplegaron. Sobre la ruptura chino-soviética, Dwarkesh observa que guarnecer la frontera con un millón de soldados costaba en torno al 2% del PIB, algo que un crecimiento algo mayor habría compensado, de modo que la economía pesaría más que la diplomacia. Paine desconfía de las estadísticas y recurre a su "muestra de uno". Moscú le pareció asombrosamente atrasada en casi todo, salvo un metro retro que funcionaba. Unos conocidos le contaron que había hospitales fuera de Moscú sin agua corriente, y que cuando su hijo se cortó con un cristal tuvieron que ir a otro sitio porque no había hilo para los puntos.

Sobre por qué el Ejército Rojo no disparó en 1989 como en 1956 o 1968, Paine habla de un cambio generacional. Los líderes ya no tenían estómago para masacrar. Gorbachov y su generación se habían horrorizado de jóvenes con Checoslovaquia en 1968, pensando que el verdadero comunismo no podía ser eso, y Gorbachov creyó haber encontrado una alternativa y animó a los polacos a seguirla, sin la experiencia que le faltaba y que nadie en una economía dirigida podía tener.

Ante el dilema de Tocqueville (reformar un régimen brutal suele hacer perder el poder), Paine dice que la pregunta la supera, porque le cuesta justificar un notable en un trabajo. Se declara partidaria de reformas graduales, sobre todo legales, aprobadas lentamente por la Duma y con apoyo de los expertos de la Unión Europea. Pero cree que, por los horrores en Ucrania, Rusia tendrá que pagar reparaciones y que para esta generación no habrá final feliz. En cambio, ve que Europa y Ucrania, bajo amenaza existencial, están mejorando sus instituciones, aunque no se sabe cómo terminará esa historia. Dwarkesh compara la expectativa de que Gorbachov o Yeltsin arreglaran toda la economía con la imposibilidad de que un presidente estadounidense arregle la sanidad, que supone el 20% del PIB. Paine lo llama arrogancia estadounidense y señala el código fiscal: cada línea fue negociada por alguien y nadie lo toca, mientras el debate público se distrae con quién usa qué baño.

Sobre Corea del Norte, Dwarkesh menciona un libro que sostiene que el régimen no puede reformarse, porque cualquier apertura revelaría que todo lo que dice es falso. Paine coincide en que Kim Jong-un está atrapado: si se retira, es hombre muerto. Menciona la creencia, presente en partes de Asia, de que las dinastías duran tres generaciones. Kim es la tercera, y si se cree, puede convertirse en profecía autocumplida.

Finalmente, Dwarkesh observa la tragedia de la historia rusa del siglo XX frente a la recuperación de Japón y Alemania. Paine la atribuye a un origen preindustrial difícil, en el que Rusia sobrevivió siendo más despiadada que sus vecinos y aniquilando principados y kanatos. En la era industrial, en cambio, el poder depende de la riqueza, que exige leyes, instituciones y estabilidad. Rusia, según Paine, no vivió el Renacimiento ni la Reforma, y ahora Putin ha atrasado el reloj una generación como mínimo por haber matado a tantos ucranianos.

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Conclusión: lecciones para una segunda Guerra Fría

Paine reconoce que debería terminar con una nota más optimista y la encuentra en el propio relato. La Guerra Fría se mantuvo fría en el mundo industrializado, lo que evitó una guerra nuclear, aunque fue trágica en otras partes. Una generación reflexiva de todo Occidente diseñó una estrategia que permitió un final no nuclear a la desintegración soviética, y de ahí se pueden extraer estrategias para la segunda. Mientras los soviéticos vivían vidas miserables que ellos mismos se habían creado, los estadounidenses y europeos occidentales pagaban impuestos y armas nucleares, pero viajaban, compraban casas y vivían plenamente mientras esperaban a que el otro lado cambiara.

Esa es, según Paine, la clave para la crisis actual: cooperar con los aliados, construir instituciones, mejorar las leyes y no "quemar la casa", esperando a que Putin o Xi Jinping cambien de rumbo. Advierte que recortar la financiación de las universidades destruiría el capital intelectual del que dependen las empresas tecnológicas, y que alejar a los aliados y desmantelar instituciones sin reflexionar convertiría a Estados Unidos en un "adversario cooperativo", el tonto que se pone la bolsa de plástico en la cabeza. Dwarkesh ve paralelismos con un liderazgo soviético envejecido que vivía de la deuda. Paine los considera terribles, pero insiste en que no hay por qué seguir ese camino. Dice que por eso da estas conferencias de estrategia: para dar herramientas con las que cada uno llegue a sus propias decisiones. "Eso es asunto suyo, no mío."