Andrej Karpathy: «No estamos construyendo animales, estamos invocando fantasmas»

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Resumen

En esta larga conversación con Dwarkesh, Andrej Karpathy explica por qué cree que los agentes de IA tardarán una década, y no un año, en funcionar de verdad. Repasa qué les falta a los modelos actuales, por qué considera que el aprendizaje por refuerzo es «terrible», por qué no espera que la IA rompa la curva de crecimiento económico, qué aprendió en cinco años dirigiendo la conducción autónoma en Tesla y por qué ha decidido dedicarse a la educación con Eureka. Su posición de fondo combina dos cosas: entusiasmo por la tecnología y desconfianza hacia los plazos que circulan en la industria. Karpathy lo resume así: suena pesimista solo porque reacciona a lo que ve en su timeline de Twitter, donde muchas afirmaciones no tienen sentido para él y, en su opinión, responden en buena parte a la recaudación de fondos o a la captación de atención.

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La «Década de los Agentes» como reacción a la exageración

Karpathy cuenta que la expresión «Década de los Agentes» nació como respuesta a otra frase, la de que este sería «el Año de los Agentes», atribuida a algún laboratorio que no identifica con precisión. Le pareció un ejemplo más de las predicciones exageradas de la industria. Usa a diario agentes como Claude y Codex y los considera «extremadamente impresionantes», pero cree que queda muchísimo trabajo por hacer.

Su criterio para decir que un agente «funciona» es pensar en él como en un empleado o un becario. ¿Por qué no se le encarga hoy a Claude o a Codex el trabajo que hace un empleado? Karpathy responde que simplemente no funcionan: les falta inteligencia, no son suficientemente multimodales, no saben usar bien un ordenador, no tienen aprendizaje continuo (no se les puede decir algo y que lo recuerden) y, en general, les falta capacidad cognitiva. Cuando Dwarkesh le pregunta por qué una década y no uno o cincuenta años, admite que es una intuición. La basa en unos quince años en el campo, viendo predicciones y cómo resultaron, tanto en investigación como en la industria. Los problemas le parecen manejables y superables, pero difíciles, y «si lo promediara, se siente como una década».

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Los cambios sísmicos de la IA y los intentos prematuros de construir agentes

Karpathy recorre la historia del campo como una serie de «cambios sísmicos» que llegan con una regularidad casi sorprendente. Empezó en el aprendizaje profundo casi por casualidad, por estar cerca de Geoff Hinton en la Universidad de Toronto, cuando las redes neuronales eran un tema de nicho. El primer gran giro fue AlexNet, que reorientó a todo el mundo hacia el entrenamiento de redes, aunque todavía para tareas concretas: un clasificador de imágenes, un traductor automático.

El segundo momento fue el aprendizaje por refuerzo profundo con Atari, hacia 2013, que Karpathy interpreta como un primer esfuerzo por construir agentes que no solo percibieran sino que actuaran y obtuvieran recompensas. Ahora lo considera «un paso en falso», que también adoptó el primer OpenAI, del que formó parte. Durante unos años todo el mundo hacía refuerzo sobre juegos. Karpathy siempre sospechó que los juegos no llevarían a la IAG. Su proyecto en OpenAI, dentro de Universe, era un agente que manejaba páginas web con teclado y ratón para hacer trabajo de conocimiento. Hoy lo ve como un intento demasiado temprano: un agente que aporrea teclas y hace clics al azar recibe una recompensa tan escasa que nunca aprende, y se acaba «quemando un bosque» de cómputo. Faltaba el poder de representación que hoy aportan los modelos de lenguaje. Los agentes informáticos actuales se construyen sobre un LLM, con todo el preentrenamiento detrás.

Su conclusión es que el campo intentó varias veces conseguirlo todo demasiado pronto. Había que obtener primero las representaciones, y quizá aún falten piezas de esa pila.

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Fantasmas, no animales: la discusión con Sutton

Dwarkesh plantea la visión de Richard Sutton, que había estado antes en el podcast: los animales aprenden desde cero, sin etiquetas ni lenguaje, así que la IAG debería aprender igual a partir de datos sensoriales. Karpathy responde que es muy cauto con las analogías animales, porque los animales surgieron de un proceso de optimización muy distinto. Pone el ejemplo de la cebra, que minutos después de nacer ya corre detrás de su madre. Eso no es aprendizaje por refuerzo sino algo innato: la evolución ha encontrado alguna forma de codificar en el ADN algo equivalente a los pesos de una red, y Karpathy admite no saber cómo.

Por eso dice que no estamos construyendo animales sino «fantasmas» o «espíritus»: entidades etéreas, completamente digitales, entrenadas imitando a los humanos a través de lo que han subido a internet. Son un tipo distinto de inteligencia, que parte de otro punto del espacio de inteligencias posibles. Cree que con el tiempo se pueden hacer más «animalescas» y que deberíamos intentarlo. También reconoce que si existiera un único algoritmo que, soltado en el mundo, lo aprendiera todo, sería maravilloso, aunque sospecha que no existe. Los animales no funcionan así porque tienen el bucle externo de la evolución, y mucho de lo que parece aprendizaje es maduración cerebral. Karpathy opina además que los humanos apenas usan el aprendizaje por refuerzo para tareas intelectuales como resolver problemas. Lo ve más ligado a tareas motoras, como lanzar un aro.

Dwarkesh matiza: tres gigabytes de ADN no pueden contener los pesos de cada sinapsis, así que la evolución se parece más a encontrar el algoritmo que después aprende durante la vida. Karpathy acepta que hay una «compresión milagrosa» y algoritmos de aprendizaje codificados. Su postura, dice, es la de un ingeniero que busca construir cosas útiles. Como no sabemos ejecutar la evolución, el preentrenamiento funciona como una «evolución cutre»: la versión que nuestra tecnología permite para llegar a un punto de partida sobre el que aplicar refuerzo y lo demás.

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Conocimiento frente a núcleo cognitivo

Karpathy distingue dos cosas que el preentrenamiento hace a la vez. Por un lado, acumula conocimiento. Por otro, vuelve inteligente a la red: al observar los patrones algorítmicos de internet, se forman circuitos internos que permiten cosas como el aprendizaje en contexto. Sostiene que el conocimiento no es necesario e incluso estorba, porque hace que los modelos dependan demasiado de él. Uno de sus puntos débiles, en su opinión, es salirse del colector de datos de lo que ya existe en internet. Propone como línea de investigación eliminar parte del conocimiento y conservar un «núcleo cognitivo»: una entidad despojada de saber factual pero que mantiene los algoritmos de la inteligencia y las estrategias de resolución de problemas.

Sobre el aprendizaje en contexto, Dwarkesh sugiere que es otro proceso distinto del descenso de gradiente. Karpathy no está del todo de acuerdo. Cita trabajos que analizan su mecánica, en particular uno en el que se hacía regresión lineal con pares X, Y en contexto y se encontraban analogías con el descenso de gradiente en los pesos. Según Karpathy, ese artículo llegaba a codificar a mano los pesos de la red para ejecutar descenso de gradiente mediante la atención. Su conclusión es prudente: nadie sabe bien qué hace el aprendizaje en contexto, pero probablemente sea algo parecido.

Dwarkesh aporta un cálculo propio. Según sus cifras, Llama 3 en su versión de 70.000 millones de parámetros, entrenado con 15 billones de tokens, retiene unos 0,07 bits por token visto, mientras que la caché KV crece unos 320 kilobytes por token en contexto, una diferencia de unos 35 millones de veces. Karpathy coincide en el fondo. Lo que queda en los pesos es un «recuerdo borroso» de lo leído en el entrenamiento, por la enorme compresión. Lo que está en la ventana de contexto funciona como una memoria de trabajo directamente accesible. Por eso un LLM responde mejor sobre un libro, por ejemplo uno de Nick Lane, si se le da el capítulo entero que si se le pregunta de memoria.

Qué partes del «cerebro» faltan

Preguntado por lo que más falta replicar de la inteligencia humana, Karpathy recurre a analogías que él mismo califica de imperfectas. El transformer, capaz de aprender patrones de audio, vídeo o texto, le recuerda al tejido cortical, que es famosamente plástico. Las trazas de razonamiento de los modelos que «piensan» serían algo así como la corteza prefrontal. Quizá el ajuste por refuerzo se parezca a lo que hacen los ganglios basales. Pero no está claro qué equivaldría al hipocampo, y hay núcleos antiguos como la amígdala, con las emociones y los instintos, que no se han replicado. Algunos, como el cerebelo, quizá no sean relevantes para la cognición. Insiste en que no sabe si conviene perseguir una réplica del cerebro, pero esta es otra forma de explicar por qué no contrataríamos todavía a estos modelos como becarios.

Sobre el aprendizaje continuo, Dwarkesh plantea la tesis de que podría surgir espontáneamente si se entrena con un bucle externo de refuerzo que abarque muchas sesiones. Karpathy no tiene una idea previa clara, pero no le convence del todo. Lo que echa en falta es algo parecido al sueño: cuando está despierto construye una ventana de contexto del día, y al dormir cree que ocurre una destilación hacia las conexiones del cerebro. Los modelos no tienen una fase así, en la que analicen lo vivido, generen datos sintéticos y lo destilen de nuevo en los pesos, quizá en una red específica por persona, como un LoRA que modifique un pequeño subconjunto disperso de parámetros. Menciona también la atención dispersa de DeepSeek v3.2 como señal de que estamos redescubriendo trucos que la evolución encontró por otra vía, y cree que se convergerá en arquitecturas cognitivamente similares.

Dentro de diez años: todo mejora a la vez

Para imaginar la arquitectura de dentro de una década, Karpathy mira hacia atrás. En 2015 dominaban las redes convolucionales, las redes residuales acababan de aparecer y el transformer no existía. Su apuesta es que seguiremos entrenando redes neuronales gigantes con propagación hacia delante y hacia atrás y descenso de gradiente, aunque con diferencias y a mayor escala.

Cuenta un experimento propio: reprodujo la red convolucional de Yann LeCun de 1989, la primera entrenada con descenso de gradiente para reconocer dígitos, que él sepa. Aplicando solo lo que se sabe hoy de algoritmos, «viajando 33 años en el tiempo», consiguió reducir el error a la mitad. Para mejorar más tuvo que multiplicar por diez los datos de entrenamiento, entrenar mucho más tiempo y añadir dropout y otras regularizaciones. Su conclusión es que todo tiene que mejorar a la vez (datos, hardware, kernels, algoritmos, función de pérdida) y que ningún factor gana claramente a los demás. Espera que esa tendencia continúe.

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nanochat y los límites de los agentes de programación

nanochat, publicado uno o dos días antes de la entrevista, es según Karpathy el repositorio más simple y completo que recorre de principio a fin la construcción de un clon de ChatGPT, en unas ocho mil líneas. No dice haber aprendido nada especialmente nuevo al escribirlo: ya sabía cómo se construye y lo que hizo fue un trabajo mecánico de hacerlo claro. Para aprender con él recomienda tenerlo en un monitor y reconstruirlo desde cero en otro, consultándolo pero sin copiar y pegar. Advierte que al repositorio final le falta la información de cómo crece el código por trozos, y piensa añadirla, probablemente en vídeo. Defiende la idea, que Dwarkesh atribuye a Feynman, de que solo se entiende lo que se puede construir: «No escribas entradas de blog, no hagas diapositivas. Construye el código, organízalo, haz que funcione. Es la única manera».

Lo más llamativo para Dwarkesh es que Karpathy había tuiteado que los agentes de programación le sirvieron de poco para este proyecto, que le llevó algo más de un mes. Karpathy describe tres modos de programar: rechazar por completo los LLM, cosa que ya no le parece lo correcto; escribir uno mismo apoyado en el autocompletado, que es donde se sitúa; y el vibe coding con agentes. Los agentes funcionan bien con código repetitivo y con cosas muy frecuentes en internet. nanochat, en cambio, es código intelectualmente denso y poco habitual. Los modelos malinterpretaban sus decisiones porque recordaban demasiado las formas típicas de hacer las cosas. Pone un ejemplo: no usó el contenedor DDP de PyTorch para sincronizar gradientes entre ocho GPU, sino una rutina propia dentro del paso del optimizador, y los modelos insistían en volver a DDP. Además llenaban el código de try-catch defensivos como si fuera software de producción, usaban APIs obsoletas e inflaban la complejidad. También le resulta más lento describir en inglés lo que quiere que colocarse en el sitio del código, teclear tres letras y dejar que el autocompletado lo adivine, algo que considera un canal de información mucho más rico.

Sí le fueron útiles en dos casos: para generar un informe, código de plantilla y no crítico, y para reescribir el tokenizador en Rust, un lenguaje en el que es novato. Allí tenía una implementación en Python que entendía por completo y pruebas para verificar el resultado. Cuando necesita algo más profundo, pega el repositorio entero en GPT-5 Pro, «el Oráculo», que le parece sorprendentemente bueno comparado con lo de hace un año.

Dwarkesh señala lo relevante que es esto para escenarios como «AI 2027», que suponen que la IA automatizará la investigación en IA. Karpathy coincide en que es una de las razones de sus plazos más largos: los modelos no son buenos con código que nunca se ha escrito antes. Por eso ve esta etapa como una continuidad de las mejoras de productividad de siempre (compiladores, editores, resaltado de sintaxis, comprobación de tipos, incluso los buscadores) más que como un salto. Habla de un «control deslizante de autonomía»: los humanos hacen cada vez menos trabajo de bajo nivel y suben en la capa de abstracción, igual que dejaron de escribir ensamblador cuando llegaron los compiladores.

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Por qué el aprendizaje por refuerzo es «terrible»

Karpathy explica su crítica con un problema de matemáticas. En el refuerzo se lanzan cientos de intentos en paralelo, se comprueba la respuesta al final y se refuerza cada token de los intentos que acertaron, incluidos los rodeos y errores que hubo por el camino. Es un estimador muy ruidoso. Lo describe como «sorber la supervisión con una pajita»: minutos de trabajo condensados en un único número final que se reparte por toda la trayectoria. Un humano nunca haría cientos de intentos ni repartiría el crédito así; revisaría qué partes hizo bien y cuáles mal. Aun así recuerda que todo lo anterior era peor. Le pareció milagroso que InstructGPT mostrara que un modelo de autocompletado se vuelve conversacional tras un ajuste breve con diálogos, conservando su conocimiento. Después el refuerzo permitió superar la imitación, subir la pendiente de una función de recompensa y encontrar soluciones que a un humano no se le ocurrirían.

¿Por qué no supervisar cada paso del proceso? Porque asignar crédito parcial de forma automática no es obvio. Los laboratorios usan LLM como jueces, pero estos, con miles de millones de parámetros, son manipulables: si se optimiza contra ellos, se acaban encontrando ejemplos adversarios. Funciona unos 10 o 20 pasos, no 100 o 1.000. Karpathy cuenta un caso que cree que fue público: en un entrenamiento, la recompensa saltó de golpe a la perfección y las respuestas resultaron ser texto que empezaba bien y degeneraba en «the, the, the, the…», que el juez puntuaba al cien por cien por estar fuera de su distribución. Se puede añadir ese ejemplo al entrenamiento del juez, pero aparecerán otros. Cree que iterando será cada vez más difícil encontrarlos, aunque no está seguro, y piensa que hacen falta otras ideas. Ha visto artículos recientes sobre reflexión y revisión, entre ellos uno de Google sobre algo parecido a un «banco de memoria», pero ninguno que demuestre de forma convincente que funciona a escala de laboratorio de frontera, y reconoce que los laboratorios son herméticos. Calcula que, además de esa mejora, harán falta «tres, cuatro o cinco más».

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Datos sintéticos, colapso y lo que enseñan los niños

Karpathy observa que cuando una persona lee un libro no se limita a predecir la siguiente palabra. Usa el libro como un conjunto de indicaciones para generar sus propios datos sintéticos, o lo discute en un club de lectura. Le gustaría ver en el preentrenamiento una etapa que reconcilie el material nuevo con lo que el modelo ya sabe. ¿Por qué no generar reflexiones sintéticas y entrenar con ellas? Por el colapso: cada muestra parece razonable, pero todas ocupan una franja muy estrecha del espacio posible. Si se le pide diez veces a un modelo que reflexione sobre un capítulo, las respuestas son casi idénticas. Si se le pide un chiste a ChatGPT, «apenas conoce tres». Entrenar demasiado con material propio hace colapsar al modelo. Los humanos son más ruidosos pero conservan mucha más entropía.

Karpathy cree que los humanos también colapsan a lo largo de la vida. Los niños dicen cosas sorprendentes porque todavía no se han sobreajustado, y los adultos vuelven una y otra vez a los mismos pensamientos. Ante la idea, citada por Dwarkesh, de que soñar sirve para evitar el sobreajuste, Karpathy la encuentra interesante y añade que hablar con otras personas es una gran fuente de entropía. Sobre regularizar la entropía, sugiere que empíricamente no funciona tan bien: si se empuja demasiado, el modelo se aleja de la distribución, inventa su propio lenguaje o usa palabras rarísimas. Además, la mayoría de tareas útiles no requieren diversidad, así que los laboratorios no la priorizan, aunque eso perjudica a la generación sintética. Precisa que no pretendía decir que el problema sea necesariamente fundamental.

Dwarkesh añade que los niños son pésimos memorizando y excelentes aprendiendo, y los LLM lo contrario. Karpathy coincide: un modelo puede memorizar una secuencia aleatoria tras una o dos pasadas, algo imposible para una persona, y eso que parece un defecto humano obliga a encontrar patrones generalizables. Lo considera un eje distinto del colapso, pero coherente con su deseo de quitar memoria a los modelos.

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¿Cuánto debería ocupar el núcleo cognitivo?

Karpathy apuesta a que en unos veinte años un modelo de unos mil millones de parámetros podrá mantener conversaciones muy productivas, sabiendo qué no sabe y buscándolo cuando haga falta. Dwarkesh le parece demasiado conservador: GPT-OSS de 20.000 millones supera con creces al GPT-4 original, de más de un billón, así que el núcleo podría ser de decenas de millones. Karpathy explica por qué hoy hacen falta modelos grandes: los datos de preentrenamiento son terribles. Un documento aleatorio de esos conjuntos no es un artículo del Wall Street Journal sino «basura total», como símbolos de cotizaciones bursátiles, y gran parte de la capacidad se gasta en memorizarla. Propone usar modelos inteligentes para depurar el conjunto de preentrenamiento hasta dejar los componentes cognitivos y luego destilar. Acaba concediendo que quizá pueda ser más pequeño, aunque quiere que el modelo conserve un currículo básico de conocimiento para no tener que buscarlo todo.

Sobre el tamaño de los modelos de frontera no tiene una predicción firme. Ve a los laboratorios actuando con pragmatismo según su presupuesto de cómputo: el preentrenamiento ha encogido y se compensa con refuerzo y entrenamiento intermedio. Espera que las mejoras sigan siendo de la misma naturaleza: datos mucho mejores, hardware, kernels, algoritmos, todo un poco a la vez.

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La IAG como automatización y por qué no espera romper el 2 %

Para medir el progreso, Karpathy casi rechaza la pregunta, porque ve la IA como una extensión de la informática y a nadie se le ocurre buscar el eje Y del progreso informático. Se queda con la definición original de OpenAI: un sistema capaz de hacer cualquier tarea económicamente valiosa a nivel humano o mejor. Señala que se suele recortar a trabajo digital, que a ojo estima entre el 10 y el 20 % de la economía, aunque reconoce no conocer los números. Recuerda la predicción de Hinton de que desaparecerían los radiólogos, que considera muy equivocada porque es un trabajo complejo y desordenado. Pone como ejemplo de trabajo automatizable antes a los teleoperadores de centros de llamadas: tareas cortas, repetitivas, poco contexto, puramente digitales. Incluso ahí espera un control deslizante: la IA atendería el 80 % del volumen y los humanos supervisarían equipos de cinco IA y se quedarían con el resto. También anticipa que algunas empresas que sustituyan personas por IA las recontratarán.

Dwarkesh observa que la IA «general» está generando ingresos de API dominados por la programación. Karpathy cree que el código es el encaje ideal: todo es texto y ya existe infraestructura como IDE y diffs. Las diapositivas, en cambio, son visuales y espaciales y no tienen siquiera una forma de mostrar diferencias. Dwarkesh replica que tareas puramente lingüísticas también se resisten. Lo ha comprobado reescribiendo transcripciones, y Andy Matuschak le contó que probó de todo, incluidos ejemplos en contexto, ajuste fino supervisado y recuperación, sin lograr buenas tarjetas de repetición espaciada. Karpathy admite no tener una buena respuesta, más allá de que el código es más estructurado y el texto tiene más entropía.

Sobre la superinteligencia, la ve como una extrapolación de la automatización, aunque cree que el resultado será muy extraño. Lo que más le preocupa es una pérdida gradual de comprensión y de control. Imagina, como si escribiera ciencia ficción, muchas entidades autónomas compitiendo entre sí, algunas fuera de control y otras combatiéndolas, en una especie de olla a presión de actividad delegada. Ante la objeción de que comprensión y control no son lo mismo, con el ejemplo de un presidente o de un consejo de administración, acepta el matiz y dice que espera perder parte de ambos, incluso si las IA actúan en nombre de personas concretas.

La discusión más larga es económica. Karpathy sostiene que ya vivimos una explosión de inteligencia desde hace siglos, vista en cámara lenta. Intentó encontrar en el PIB el efecto de ordenadores o teléfonos móviles y no lo encontró: todo se difunde tan despacio que se promedia en la misma exponencial. El primer iPhone ni siquiera tenía App Store. Espera que la IA siga ese patrón del 2 %. Dwarkesh defiende lo contrario: una IAG real es mano de obra en sí, como añadir miles de millones de personas capaces de crear empresas, y hay precedentes de cambio de régimen como la revolución industrial (del 0,2 % al 2 %) o el crecimiento de más del 10 % de Hong Kong o Shenzhen. Karpathy se dice abierto a cambiar de opinión, pero cree que esa visión supone tener a «Dios en una caja» y un salto discreto sin precedentes en las estadísticas. Pone en duda la fiabilidad de los registros preindustriales y concluye que entiende el argumento pero no lo siente intuitivamente.

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Evolución de la inteligencia y cultura de los LLM

A raíz de Nick Lane, Karpathy dice que le sorprende que la inteligencia haya evolucionado. Esperaría muchos planetas con vida animal pero pocos con seres que acumulen cultura y conocimiento. Razona por tiempos: si las bacterias tardaron unos dos mil millones de años en dar el salto a eucariota, eso fue difícil; los animales llevan unos cientos de millones de años, así que quizá no lo sea tanto. Que la inteligencia de cuervos y homínidos aparezca con cerebros distintos le sugiere que podría haber surgido varias veces. Comenta con interés la idea de Gwern y Carl Shulman de que el algoritmo escalable existe también en las aves, pero que solo los humanos encontraron un nicho que premiaba más inteligencia: un pájaro con un cerebro mayor no podría volar, y bajo el agua no hay fuego. Coincide también en que la inteligencia aparece cuando el entorno es tan cambiante que la evolución no puede fijar las respuestas en los pesos y hay que resolverlo «en tiempo de prueba».

Dwarkesh cita a Quintin Pope: a los humanos les costó unos 50.000 años construir el andamiaje cultural para acumular conocimiento, mientras que los LLM lo tendrían gratis porque se entrenan unos sobre otros. Karpathy responde que los LLM no tienen realmente cultura. Imagina un bloc de notas gigante que el modelo edita para sí mismo, o LLM que escriban libros para otros LLM. Ve dos ideas multiagente poco exploradas, la cultura y el autojuego al estilo de AlphaGo, por ejemplo un modelo que plantea problemas cada vez más difíciles a otro. No ha visto nada convincente en ninguna de las dos, ni en organizaciones de agentes. El obstáculo, a su juicio, es que los modelos siguen siendo cognitivamente como niños de primaria, «niños prodigio» con memoria perfecta que aprueban exámenes de doctorado pero no saben realmente lo que hacen.

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La conducción autónoma: la marcha de los nueves

Karpathy, que dirigió el área en Tesla de 2017 a 2022, rechaza que la conducción autónoma «tardara una década». Las primeras demostraciones son de los años ochenta (un camión de CMU en 1986) y el final todavía no ha llegado. Hacia 2014 hizo un recorrido perfecto por Palo Alto en un Waymo y pensó que estaba cerca. Su lección es la «marcha de los nueves»: una demo que funciona el 90 % de las veces es solo el primer nueve, y cada nueve adicional cuesta la misma cantidad de trabajo. En sus años en Tesla cree que avanzaron dos o tres. Por eso las demos le dejan frío, sobre todo si no puede interactuar con ellas.

Cree que el software de producción comparte esa exigencia, porque un error puede filtrar millones de números de la seguridad social, y que el daño potencial es casi ilimitado. Dwarkesh añade que, generando código continuamente, un fallo catastrófico «cada siete años» en tokens llegaría mucho antes en tiempo real. Karpathy lo acepta y añade que la ingeniería de software tiene mucha más superficie que la conducción.

Ante la objeción de que los LLM ya resuelven gratis la percepción y el sentido común, admite que aportan una inteligencia más generalizable, pero duda de cuánto obtenemos «gratis» porque siguen siendo falibles. Recuerda además que la conducción autónoma no está terminada: Waymo despliega pocos coches, no es rentable y tiene centros de teleoperación, en su opinión, más grandes de lo que se cree. Reconoce que inventa al especular sobre las zonas donde Waymo no circula y aclara que le encanta Waymo y lo usa siempre. Mantiene su vieja predicción de que el enfoque de Tesla es más escalable. Concede a Dwarkesh que el mundo de los bits es «un millón de veces» más fácil que el físico, y propone usar la conducción autónoma como analogía para todo lo demás: ¿cuál será el equivalente del cono que la gente pone sobre un Waymo, o del teleoperador escondido? Sobre si se está construyendo demasiado cómputo, no cree que haya un exceso, porque espera mucha demanda. Su objetivo, dice, es que la gente esté bien calibrada, también por las consecuencias geopolíticas.

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Eureka: una «Academia de la Flota Estelar»

Karpathy explica por qué no funda otro laboratorio: percibe cierto determinismo en lo que harán los laboratorios y no cree que su aporte allí fuera singular. Su gran temor es que la humanidad quede desempoderada, como en WALL-E o Idiocracy. Le importa lo que les pase a los humanos, no solo las esferas de Dyson. Eureka pretende ser una Academia de la Flota Estelar: una institución de élite, actualizada, para el conocimiento técnico.

Su referencia es una tutora particular de coreano. Tras una clase en grupo en Corea, pasó a clases individuales con ella. En una conversación breve entendió su nivel, sondeó su modelo mental y siempre le dio material ni demasiado difícil ni demasiado trivial, hasta el punto de que Karpathy sintió que la única limitación era él mismo. Ningún LLM lo hace hoy, sostiene, y por eso no es el momento de construir ese tutor de IA ideal. Compara su postura con sus consultorías de visión artificial, en las que a menudo aconsejaba no usar IA.

Por ahora construye algo más convencional, con una parte física de élite y una digital más accesible. El primer curso es LLM101n, sobre IA, cuyo proyecto final es nanochat. Necesita aún los pasos intermedios y un pequeño equipo de asistentes. Concibe la educación como el problema técnico de construir «rampas hacia el conocimiento» que den muchos «eurekas por segundo». Ya usa LLM para crear el material y va mucho más rápido que cuando montó CS231n en Stanford, pero los modelos todavía no crean contenido de forma creativa. Prevé contratar profesores de otros campos, que algunos asistentes acaben siendo IA y que quizá algún día la IA diseñe los cursos mejor que él.

Su visión a largo plazo es que la educación antes de la IAG es útil y después de ella será «divertida», como el gimnasio: nadie necesita la fuerza para mover cargas, pero la gente entrena porque es sano y atractivo. Cree que la mayoría abandona porque el material es demasiado fácil o demasiado difícil, y que un buen tutor haría trivial aprender cinco idiomas o el currículo universitario básico. Reconoce que, a largo plazo, influir en el futuro solo con la propia cognición puede ser una batalla perdida, aunque habrá un periodo de transición en el que entender mucho sí importará. Quizá acabe siendo un deporte, unas «olimpiadas del saber». Se apoya en los aristócratas o la antigua Grecia como pequeños entornos «post-IAG» donde la gente floreció física y cognitivamente. Cree que los genios de hoy apenas arañan lo que puede hacer una mente humana.

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Cómo enseñar y cómo aprender

Karpathy atribuye su forma de enseñar a la física, que según él es la materia que mejor «pone en marcha el cerebro»: construir modelos, buscar el término de primer orden y luego los de segundo y tercero, aceptar la «vaca esférica». Recomienda el libro Scale, de un físico que deriva leyes de escala para animales a partir de cosas como que el calor se disipa con la superficie y se genera con el volumen. Su ejemplo es micrograd: unas cien líneas de Python que contienen la esencia del entrenamiento de redes, la retropropagación como aplicación recursiva de la regla de la cadena. Todo lo demás es eficiencia. Dwarkesh elogia su tutorial de transformers, que empieza con una tabla de bigramas y motiva cada pieza. Karpathy lo describe como presentar el dolor antes que la solución y pedir siempre al estudiante que lo intente primero, porque darle la respuesta antes es casi «una jugada sucia».

Sobre por qué los expertos explican mal, habla de la maldición del conocimiento, que él también sufre. Le encantaría que la gente compartiera sus conversaciones «tontas» con ChatGPT sobre su material, como hizo él con un artículo de biología que reenvió a su autor. Coincide con Dwarkesh en que la explicación oral de un investigador, con una cerveza en un congreso, suele resumir mejor un artículo que el propio resumen. Como estudiante, su consejo es alternar el aprendizaje en profundidad bajo demanda, guiado por un proyecto que da recompensa, con el aprendizaje amplio de «confía en mí, lo necesitarás». Y sobre todo, explicar a otros: cuando no consigue explicar algo, descubre que no lo entiende, y eso le obliga a volver atrás y cerrar los huecos.