De dónde viene la casa mallorquina: Carlos García-Delgado y la pista de Ibiza

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Resumen

En la cuarta y penúltima sesión del ciclo «Hecha entre muchos. Arquitectura popular del Mediterráneo», celebrada en la sede de la Fundación Juan March en Palma, el arquitecto y urbanista Carlos García-Delgado abordó una pregunta concreta. El título general hablaba de arquitectura popular balear, pero él anunció que se centraría en algo más preciso: la casa más típica de la Mallorca rural. Es una casa de fachada ancha, con puerta central y una ventana a cada lado, que en Mallorca funciona casi como la casa. Quería averiguar cuándo se empezó a construir, quién la introdujo y cómo pudo extenderse por toda la isla de forma tan absoluta.

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Su respuesta final contradice la hipótesis de la que él mismo partió en sus primeras investigaciones. Según García-Delgado, esa casa no la trajeron los catalanes en 1229 ni los musulmanes antes que ellos, sino los romanos. Llegó a esa conclusión al comparar Mallorca con Ibiza.

El presentador y la trayectoria del ponente

Pablo, el presentador, recordó el sentido del ciclo. Frente a la figura del arquitecto estrella, quería hablar de ese otro arquitecto anónimo que es el pueblo: una arquitectura que no responde a la visión genial de una persona, sino al esfuerzo continuado de una comunidad a lo largo del tiempo.

Presentó a García-Delgado como un habitual de la casa, con intereses muy diversos, que ha escrito sobre urbanismo y también sobre el carácter de los mallorquines a través de un álter ego literario. Empezó a ejercer como arquitecto y urbanista en 1972, después de estudiar arquitectura e ingeniería industrial en la Universidad Politécnica de Cataluña, donde también fue profesor. Como urbanista participó en los equipos de los planes especiales de los centros históricos de Málaga y Palma. Entre sus libros, el presentador destacó Las raíces de Palma (2000), El yo creativo (2022) y el reciente El origen de Colón, más allá del ADN. Sobre el tema de la sesión ha publicado dos títulos que el presentador calificó de clásicos: Arquitectura tradicional de la isla de Mallorca (1992) y La casa popular mallorquina (1996). Desde entonces, añadió, ha seguido investigando y elaborando las teorías que iba a exponer.

Antes y después de la Revolución Industrial

García-Delgado organizó toda la charla en torno a un corte: antes y después de la Revolución Industrial. Hasta el siglo XX, sostuvo, las cosas cambiaban muy despacio y evolucionaban de generación en generación. Para dar la escala del cambio posterior recordó que desde el 1 de enero de 1900 la población mundial ha pasado, según su cálculo aproximado, de en torno a mil millones a 8.000 millones. Propuso una imagen: si el tiempo desde el Neolítico midiera dos metros, un siglo sería un milímetro. En ese último milímetro, dijo, la Revolución Industrial acabó con un periodo que venía del Neolítico.

En Mallorca, según él, la casa de la que iba a hablar se mantuvo con mucha claridad hasta mediados o finales del siglo XX, y con la industrialización «se ha ido un poco a pique».

Los objetos hechos a mano: el llaüt como modelo

Antes de entrar en la casa, se detuvo en los objetos artesanales, porque para él la casa evolucionó igual que ellos. Hoy, dijo, cualquier diseñador se plantea innovar y hacer algo distinto de lo que se hizo antes. Durante miles de años no fue así: el artesano se preocupaba de perfeccionar lo que había recibido de sus antepasados.

Su ejemplo fue el llaüt mallorquín, que calificó de «verdadera joya de diseño». Aseguró no haber visto en todo el Mediterráneo, ni en el resto de España, Italia, Grecia, Marruecos o Turquía, una barca comparable. Atribuyó esa calidad al trabajo minucioso de los mestres d'aixa mallorquines. Cada vez que hacían un llaüt nuevo tenían en mente el tipo que se había construido durante siglos. Su primera aspiración era hacerlo tan bien como sus antepasados y, si acaso, mejorar algo. Así evolucionaban los diseños hasta la Revolución Industrial.

Extendió la idea a la ropa y a la cerámica de uso doméstico. Por ejemplo, el botijo de hace cincuenta o cien años no era muy distinto del que usaban los romanos, porque había evolucionado lentamente y probablemente casi siempre para mejor. Añadió que el llaüt de la imagen es seguramente de los últimos de madera. Ahora se fabrican de plástico y, según los expertos que los tratan a diario, no navegan igual. Él reconoció no ser navegante, pero dijo estar convencido de que tienen razón.

Un repaso a la historia de Mallorca: talayóticos y honderos

Para situar la casa hizo un resumen histórico. La cultura talayótica habría empezado hacia el 2000 o el 1500 a.C. La caracterizan los talayots, construcciones troncocónicas y mastodónticas que él interpreta como fortalezas para protegerse de los tiros con honda, el arma de los habitantes de Mallorca y Menorca durante siglos. Según García-Delgado, esa defensa explica que ni griegos, ni cartagineses, ni romanos entraran en la isla hasta muy tarde. Los honderos eran capaces de agujerear los cascos de los barcos y hundirlos. Describió la talayótica como una cultura muy encerrada en sí misma.

Los talayóticos, explicó, eran más aliados de Cartago que de Roma, y los honderos trabajaban más para los cartagineses. Roma no entró en Mallorca hasta después de la caída de Cartago, que él situó en el 145 a.C. En el 123 a.C., unos veinte años después, los romanos consiguieron desembarcar protegiendo los cascos de los barcos con pieles. En ese momento, subrayó, Mallorca seguía en la prehistoria: no conocía la escritura ni la moneda, cuando en Grecia la Ilíada y la Odisea se habían escrito siglos antes.

El contraste con Ibiza es central en su argumento. Ibiza no era talayótica ni tenía honderos. Estaba ocupada por los cartagineses desde aproximadamente el siglo VI a.C. y pertenecía a un ámbito púnico que ocupaba la costa sur del Mediterráneo, Andalucía y la península hasta Cartagena. Mientras tanto, Mallorca y Menorca seguían al margen de lo que ocurría en Grecia, en el norte de África o en Roma.

Las cabañas de roter

Antes de llegar a la casa protagonista mencionó otras edificaciones ancestrales, como las cabañas de roter. Admitió no saber qué antigüedad pueden tener, aunque supone que es mucha, probablemente anterior a los romanos y más relacionada con la cultura talayótica.

Explicó quiénes eran los roters. En Mallorca hay poca tierra cultivable fuera del llano, y el resto del terreno es muy pedregoso. Había que limpiar los campos de piedras, y con ellas se construían bancales: muros de contención que creaban terrazas planas cultivables. El roter hacía ese trabajo sin cobrar. El acuerdo habitual con el propietario le daba derecho a un número determinado de cosechas una vez que el campo fuera cultivable. Vivían con una sobriedad tremenda, comían lo que podían cultivar ellos mismos y tardaban años en obtener beneficio. Al final entregaban al dueño el campo abancalado. Las cabañas donde vivían estaban hechas con abundante piedra, que era lo que sobraba, y con techos de lajas de piedra y ramas de acebuche, una madera muy resistente.

La casa de tres huecos: un tipo repetido incansablemente

Después presentó a la protagonista: una casa en planta baja con puerta central y una ventana a cada lado. En la imagen aparecía su dueño fumando en pipa al sol, entre gallinas. Cualquiera diría que es la casa que dibuja un niño, reconoció. Pero sostuvo que no es tan evidente y que tiene una historia que explica su presencia en Mallorca.

La versión más sencilla tiene una sola crujía: su profundidad es la longitud de una viga de madera apoyada en el muro de fachada y en el muro trasero. A menudo se le añadían a los lados espacios para almacén o cochera, pero en las imágenes se distingue claramente el núcleo central como la idea original y el resto como añadidos. Señaló que las pequeñas ventanas laterales delatan una antigüedad considerable. Eran ventanucos sin vidrio, pensados solo para dar algo de luz y ventilación, no para mirar afuera. De una de esas casas dijo que se creería perfectamente que fuera del siglo XV. En algunos ejemplos el marco entero de la ventana es una única piedra monolítica, tan pequeña que apenas hace falta reja.

El tipo evoluciona sin perder su lógica. Se le añade un piso superior que originalmente servía de granero, con una ventana central grande por la que se echaba el grano directamente desde un carro o una escalera. A menudo el piso superior repite exactamente el dibujo del inferior, con un hueco central más grande que la puerta de abajo justifica. García-Delgado admitió que podía haber una razón funcional, porque la estancia central era más importante que los dormitorios laterales, pero lo que le llamó la atención fue la voluntad de repetir. Se detuvo en un ejemplo que calificó de «fantástico»: una casa con las ventanas superiores desplazadas de los ejes que, aun así, mantiene la simetría.

Para él, la simetría es la característica fundamental. La casa puede crecer en altura o añadiendo crujías paralelas en horizontal, pero conserva siempre una simetría rigurosa y una circulación central. Desde la puerta se suele ver el fondo, con un eje visual abierto hasta el huerto o el jardín trasero. Mostró plantas de una casa que situó en Porto Petro: la casa mínima, la misma con una segunda crujía detrás y la misma con un piso superior, a veces con escalera independiente. Siempre es el mismo tipo. En un caso, los constructores mantuvieron la simetría incluso con la escalera, aunque eso interrumpe la visual desde la entrada. Él lo presentó como una solución ingeniosa e interesante arquitectónicamente. Recorrió además ejemplos de Valldemossa y de Felanitx, ya plenamente urbanos, y una casa racionalista de los años 30 o 40 del siglo XX en Felanitx. Esa casa, dijo, mantiene la idea incrustada en la mente de su arquitecto, cuando antes no había arquitectos y construían los maestros de obras o los propios habitantes.

Para describir esa mentalidad usó la analogía del sastre. Si hoy uno encarga una americana, el sastre la hace automáticamente con solapas, botones y la forma que los hombres llevan usando desde tiempo inmemorial. Del siglo XIX hacia atrás, decir «voy a hacerme una casa» era lo mismo: la casa era puerta, dos ventanas y, arriba, tres ventanas. Si al artesano se le ocurría una mejora, la introducía «con mucho atrevimiento». Si funcionaba y era bien acogida, pasaba a formar parte de la información acumulada que hacía que las casas estuvieran bien diseñadas, igual que la ropa.

Primera hipótesis: ¿la trajeron los catalanes? La casa gótica de Jaume II

La primera sospecha obvia, dijo, es que la casa llegara con la conquista de 1229. Ironizó con que en Mallorca muchas veces parece que la historia empieza ese año, cosa que no es cierta, pero es lo primero que hay que comprobar. Según García-Delgado, la respuesta es rápida y negativa. Para darla se detuvo en el reino independiente de Mallorca, un periodo que considera fascinante y del que cree que nunca se acabará de hablar.

Jaime I dejó a su hijo Jaime II el reino de Mallorca como reino independiente, con capital en Perpiñán, donde todavía se puede visitar el castillo de los reyes de Mallorca. Recordó que ambos reyes habían nacido en Montpellier. Llamó a Jaime II «un fenómeno» colonizando la isla. Según él, fue el primer rey de Europa que, mediante las ordinacions, hizo aparecer un campesino libre que no dependía de ningún señor, en una Europa feudal. Destacó que su tutor había sido Ramon Llull. Las ordinacions ofrecían a quien quisiera instalarse créditos muy ventajosos para construir su casa en el pueblo. Jaime II fundó, según recordaba, doce pueblos de nueva planta, con un trazado hecho por urbanistas instalados en Sineu, en el centro de la isla.

La parcelación de esos pueblos, explicó, no respondía a la casa de tres huecos, sino a la llamada casa gótica europea o catalana, todavía más simple. Son dos paredes separadas por la longitud de una viga, unos 4 o 5 metros, con una puerta abajo y una ventana arriba. Las parcelas eran estrechas porque se pensaron para esta casa. Comparó el plano de Aigues-Mortes, planificada hacia 1240, con el de Campos. En Campos, dijo, la calle principal de entrada al pueblo sigue llena de estas casas. Cree que algunas de las que mostró son casi con seguridad de las primeras, del siglo XIV, a partir de 1300.

La diferencia estructural es clave para su argumento. En la casa de tres huecos las vigas se apoyan en la fachada y en el muro trasero. En la casa gótica se apoyan en las paredes medianeras. Como es estrecha, la casa gótica tiene que ser profunda, deja espacios intermedios sin ventilación y resulta más insalubre. La de tres huecos, en cambio, ventila todas sus estancias hacia la calle o hacia el patio trasero, y el ponente la consideró mucho más higiénica. En la casa gótica era habitual que la planta baja albergara a los animales o el taller del artesano, carpintero o herrero, y que la vivienda estuviera arriba. Es una casa vertical: si crece, lo hace en altura, porque las crujías que añada en profundidad quedarán oscuras. Mostró como ejemplos un pueblo catalán y San Gimignano.

Su conclusión fue que la casa popular que importaron los catalanes no era la de tres huecos, sino la gótica estrecha. Esta sigue existiendo en muchos pueblos y comparte el espacio con la otra. Pero cuando en Mallorca alguien quiere hacerse una casa, afirmó, siempre piensa en la de fachada ancha.

Dos anomalías que delatan otra idea de casa

García-Delgado señaló dos rarezas de la casa gótica en Mallorca. La primera es que allí las vigas nunca se apoyan en las medianeras, como sería natural en ese tipo. Se apoyan en la fachada y en una pared intermedia, con una segunda crujía detrás. Es decir, se repite el sistema constructivo de la casa de tres huecos. Dijo que tomaron nota del detalle pero no pudieron explicarlo hasta el final de la investigación, cuando entendieron el origen del otro tipo.

La segunda rareza es que, incluso en parcelas estrechas de unos 5 metros, se encaja a la fuerza la composición de puerta y dos ventanas. Mostró ejemplos en Portocolom y una casa del barrio de La Lonja de Palma donde, dijo, prácticamente no caben las persianas y, sin embargo, los tres huecos están metidos «empecinadamente». También mostró una casa señorial en la plaza de San Francisco con sus tres huecos «como Dios manda» y, al lado, una estrecha que también intenta incluirlos. Para él, esto indica que los tres huecos estaban en la mente del artesano, del maestro de obras o del propietario: la casa era de tres huecos.

Descartó también la masía catalana como antecedente. Por un lado, dijo, las masías más antiguas aparecen en Cataluña a partir de los siglos XIV y XV, después de la conquista de Mallorca. Por otro, aunque tienen tres huecos, surgen de agrupar tres crujías góticas y apoyan las vigas en paredes perpendiculares a la fachada, nunca en la fachada misma como se hace en Mallorca.

Segunda hipótesis: la «casa andalusí»

Si no la trajeron los catalanes, pensaron, quizá ya estaba arraigada en la isla. Palma era una ciudad grande, y la isla tenía, según el ponente, unos 40.000 habitantes en 1229. La mirada se dirigió a al-Ándalus. Encontraron en Málaga y Sevilla casas que, según él, son prácticamente iguales en concepción a una de Felanitx, y vieron el tipo muy repetido en los pueblos andaluces, sobre todo del interior y no de la costa, un matiz que explicaría más adelante.

Viajaron también al Magreb. Mostró una foto antigua, de un viaje que cree que hicieron en los años 90, de un poblado del Atlas marroquí con casas de tierra del mismo color que la montaña, porque están hechas con su tierra. Lamentó que hoy ya no se conserve en ese estado. Allí vieron algunas casas claramente de tres huecos con las vigas cargando en el muro de fachada. La hipótesis cobró fuerza y, según dijo, era la única explicación que se les ocurría. En su primer libro llegaron a llamarla «casa andalusí», convencidos de que no podía venir de otro sitio.

El descubrimiento que lo echó todo por tierra: Ibiza

Entonces, contó, se produjo «un percance» que echó abajo la tesis. Fue un descubrimiento que, admitió, podían haber hecho antes: Ibiza, justo al lado. La isla tuvo los mismos colonizadores catalanes, los mismos árabes, los mismos romanos y el mismo clima. Sin embargo, allí no está la casa de tres huecos. La casa ibicenca no es simétrica, no tiene tres huecos ni teja, y no tiene el color de tierra de las mallorquinas: es blanca. Tiene techo plano, impermeabilizado y aislado térmicamente con una mezcla de algas y cal. «Nada que ver», repitió.

Según García-Delgado, pronto vieron que la casa ibicenca es africana, cartaginesa: la trajeron los cartagineses en el siglo VI a.C. Cuando llegaron los romanos, ya se la encontraron, y los ibicencos, «por muy romanos», árabes o catalanes que fueran, siguieron construyendo la misma casa. Añadió que las casas blancas y cúbicas se encuentran en toda la costa del norte de África, en Túnez y en la costa marroquí, con Tánger como ejemplo, y en la costa sur de la península, que también colonizaron los cartagineses. Así explicaba que en Andalucía la casa de tres huecos aparezca sobre todo en el interior. El arco de la colonización púnica, desde Fenicia, recorre el sur del Mediterráneo, pasa por Andalucía y llega hasta Cartagena e Ibiza, que describió como su «broche final». Alternó imágenes de Ibiza, de pueblos andaluces y de Túnez para mostrar que es la misma casa.

Aclaró que las casas ibicencas que se construyen hoy no prolongan la tradición: se hacen porque la gente las pide y porque hay promotores y clientes dispuestos a pagarlas. Según él, quedan muy pocas auténticas, aunque todavía quedan algunas.

La casa como dato arqueológico vivo

De ese hallazgo extrajo la tesis central de la charla. La casa es el elemento arqueológico vivo más significativo de un lugar y el artefacto que permite remontarse más siglos atrás, porque se ha reconstruido una y otra vez: una casa aguanta muchas generaciones y se sigue rehaciendo durante 10, 20 o 40 generaciones. Cambiaban la lengua, la religión y la comida, pero no la casa. Y no hace falta excavar para estudiarla, porque está por encima del suelo. Según él, esto duró hasta que la Revolución Industrial acabó con esta continuidad, igual que acabó con el llaüt de madera.

La respuesta: la casa romana

Volviendo a Mallorca, recordó que mientras en Ibiza se construían casas cartaginesas, en Mallorca seguían los talayots y las hondas. Veinte años después de la caída de Cartago entró el general romano Quinto Cecilio Metelo. En ese momento, sostuvo, se hizo por primera vez en la historia una casa en Mallorca. En los poblados talayóticos había cubículos donde la gente vivía, probablemente con techos vegetales, pero no había un concepto de casa como el que ya tenía Ibiza.

La casa que trajeron los romanos, la que se ve en Pompeya y en tantos sitios, es la de tres huecos. Quien tenía poco dinero construía solo la primera crujía; quien tenía más añadía crujías o incluso un patio. Según él, las casas señoriales de Palma, con tres huecos más anchos y un patio, conservan seguramente una reminiscencia del atrium romano. Precisó que eso no significa que esas casas sean romanas, sino que se ha mantenido la idea de casa que trajeron los romanos. Comparó casas de Pompeya con otra de Portocolom para mostrar la transparencia del eje central. Los árabes, dijo, nunca hacían esa transparencia y siempre interponían un recodo en la entrada, mientras que en Mallorca se mantuvo el eje romano.

Su conclusión fue que Mallorca conserva la casa romana porque la primera casa que se construyó allí fue la romana, e Ibiza conserva la primera que se construyó en la suya, la de Cartago. Cerró con una secuencia de imágenes alternas de Ibiza, Cartago, Roma, Mallorca y pueblos andaluces para subrayar lo distintas que son.

Pregunta: ¿no sorprende una pervivencia tan larga?

En el turno de preguntas, el presentador planteó si no le sorprendía una persistencia de tantos siglos. García-Delgado admitió que ver la casa ibicenca les hizo pensar que todo lo que habían supuesto estaba mal. Añadió un argumento que llamó de los «paquetes generacionales». Cada persona conoce a sus abuelos y a sus padres y conocerá a sus hijos y nietos: al menos cinco generaciones. Hoy en ese paquete pasan muchas cosas, porque todo se innova «para vender más», según sus palabras. Antes de la Revolución Industrial, en cinco generaciones apenas cambiaba nada.

Calculó que una generación son unos 30 años, así que un paquete son unos 150. Repetido diez veces, se llega casi a la época romana, y con cinco, a la época árabe. «Los romanos no están tan lejos», concluyó. El presentador resumió que la idea de una construcción que no busca innovar sino mantener y perfeccionar le parecía bastante convincente. El ponente habló de «una inercia tremenda».

Pregunta: ¿qué pasa en el resto de la península?

El presentador preguntó entonces si, dado que los romanos no lograron imponer su casa donde había una tradición asentada como en Ibiza, el tipo existía en otras zonas romanizadas. García-Delgado respondió que sí. Cuando lo vieron repetido en Andalucía, pensaron que era cosa árabe, pero también está en el resto de España. En Cataluña, además de la casa estrecha, hay casas de tres huecos. Y en Galicia aparece construida con granito. Su explicación es que los árabes estuvieron en toda España, pero los romanos también.

En Galicia, dijo, las casas circulares de los castros celtas fueron abandonadas por una casa que funcionaba mejor, igual que en Mallorca se abandonaron los recintos talayóticos. Lo que había antes, sostuvo, no tenía consistencia suficiente para llamarse casa. Imaginó el argumento ante los celtas: el ángulo recto permite que una pared sirva a dos vecinos, mientras que en los castros cada pared servía a una sola vivienda. Las innovaciones que funcionaban mejor, concluyó, sí se aceptaban rápidamente.

Pregunta: Menorca, y el «al·lot» como prueba de continuidad

Sobre Menorca, explicó que cada una de las tres islas ha seguido su propia historia. Menorca estuvo siempre menos habitada que Mallorca, tuvo también poblados prehistóricos importantes, fue romanizada y conserva la casa de tres huecos. Pero allí, a diferencia de Mallorca, arraigó la masía catalana. En Mallorca, insistió, no se encuentra «ni una». Él cree que en Menorca la colonización catalana tuvo mayor influencia.

A partir de aquí defendió una idea más general: cuando cambia un dominador, lo que cambia es el poder, no la gente. Lo ilustró con la palabra mallorquina al·lot («niño»), un caso que dijo haber discutido muchas veces con historiadores y filólogos. La vocal neutra inicial, que describió como típicamente árabe y ausente en Cataluña, el comienzo en «al-» y el hecho de que, según su investigación, al-walad signifique niño en árabe le indican que la población no fue exterminada. Añadió, por experiencia propia, que esas vocales neutras son muy difíciles de pronunciar para un catalán.

Con las casas, según él, ocurre algo parecido: solo se cambia una tipología de vivienda cuando se sustituye masivamente la población. Mientras eso no ocurre, llegaran almorávides, almohades o cristianos, la gente seguía viviendo en sus casas de tres huecos y repitiéndolas.

Pregunta del público: técnicas constructivas y la idea de casa

Un asistente señaló que en el Magreb se encuentran técnicas constructivas casi idénticas a las mallorquinas, y que en Pompeya y Herculano también se ven bóvedas y otras soluciones usadas tradicionalmente en la isla. García-Delgado le dio la razón en que los sistemas constructivos pueden repetirse de un lugar a otro. Pero precisó que su tesis es otra: la idea de casa persiste por encima de las culturas dominantes, de los materiales disponibles e incluso del clima, que en Galicia es muy distinto del de Mallorca. El mismo tipo se puede construir con tierra, ladrillo o bloques de piedra. Lo que permanece es la idea de casa, no tanto la técnica.

Relacionó esto con la anomalía de las vigas que había dejado pendiente. En Mallorca las vigas se apoyan siempre en la fachada porque la idea constructiva que se tiene de la casa es que la fachada es el muro de carga, no los laterales. Por eso incluso las casas góticas estrechas de la isla adoptaron ese sistema. Y añadió, presentándolo expresamente como hipótesis y para «el que sea un poco más malpensado», que quizá también influya que en Mallorca uno procura vivir por su cuenta sin depender demasiado del vecino. El muro medianero puede crear problemas con el vecino, mientras que apoyar las vigas en la fachada evita tener nada en común con él. Cerró con una broma dirigida a los «queridos mallorquines»: aquí todo tiene que ver con todo.