El discurso fúnebre de Pericles: la palabra, los hechos y el elogio de la democracia ateniense

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Resumen

La primera sesión del ciclo La fuerza de la palabra en la Antigüedad, celebrada en la Fundación Juan March, estuvo dedicada al discurso fúnebre que Tucídides atribuye a Pericles, pronunciado en el invierno de 430/429 a. C. en honor de los atenienses caídos en el primer año de la guerra del Peloponeso. Laura Sancho Rocher, catedrática de Historia Antigua en la Universidad de Zaragoza, planteó una pregunta de fondo: qué nos dice este texto sobre la manera en que Atenas se veía a sí misma, sobre su democracia y sobre sus ciudadanos. La tesis que recorre la conferencia es que el discurso explica el poder de Atenas no por su origen ni por sus hazañas militares, sino por un estilo de vida, un sistema político y un carácter cívico. A lo largo de la sesión, el actor Javier Lara leyó varios fragmentos del discurso y de otros textos antiguos, que Sancho Rocher fue comentando.

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Ser político en Atenas era ser orador

Antes de entrar en el texto, Sancho Rocher aclaró qué significaba ser un político influyente en la Atenas democrática del siglo V. No equivalía a dirigir un partido ni a haber sido elegido primer ministro o presidente. Según la conferenciante, los términos rhétor (orador) y politikós (político) eran intercambiables: Pericles fue un gran político porque fue un gran orador. Y ser un gran orador no consistía solo en pronunciar discursos hermosos, sino en persuadir de forma regular a asambleas de miles de ciudadanos y lograr que la política que uno aconsejaba resultara beneficiosa para la ciudad. En ese sentido, Pericles habría sido quizá el político más influyente de Atenas desde mediados del siglo V hasta su muerte en 429, un año después de este discurso.

La ponencia subrayó también una circunstancia sobre las fuentes. No es frecuente conservar discursos deliberativos redactados por los propios políticos, porque no los ponían por escrito: los preparaban a conciencia, pero debían improvisar en función de lo que habían oído o esperaban oír de sus rivales. Por eso es una fortuna poder leer discursos de Pericles en la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides. Además, el discurso fúnebre no es un discurso político en sentido estricto, puesto que no se dirige a un órgano decisorio como el Consejo o la Asamblea. Es un discurso ceremonial y, precisamente por eso, sí pudo haber sido escrito de antemano.

Sancho Rocher recordó asimismo el marco temporal: la guerra duró veintisiete años; en la época clásica se combatía en primavera y verano, y el invierno se dedicaba a preparar la campaña siguiente. Tucídides vivió toda la guerra, aunque no terminó su relato; los últimos años se conocen por las Helénicas de Jenofonte.

Para introducir el discurso, la conferenciante se ocupó de tres cuestiones: la ceremonia en la que se inscribía, el género retórico al que pertenece y el problema de su autoría.

Una ceremonia igualitaria y tradicional

La ceremonia era, según Tucídides y el propio Pericles, una costumbre, un nómos; más aún, un nómos pátrios, una costumbre ancestral. Sancho Rocher citó a Demóstenes, que tres cuartos de siglo después seguía afirmando que los atenienses eran los únicos que pronunciaban discursos fúnebres para elogiar la virtud de quienes habían luchado por la ciudad.

Lo esencial de esta costumbre, según la ponente, era la igualdad. Se trata de un discurso democrático, y la característica de la democracia era que todos los ciudadanos eran iguales. Por eso en la ceremonia no se singularizaba a nadie: no se destacaba a quien había sido general, jefe de caballería o capitán de una nave. Todos quedaban igualados y ennoblecidos por haber dado la vida por la ciudad.

Sobre el origen, Sancho Rocher planteó que, para que en 431 la costumbre pudiera considerarse sin origen conocido, debió de introducirse tras la segunda guerra médica. Situó esa introducción entre 478 como muy pronto y 465 como muy tarde, fecha en que los atenienses derrotaron definitivamente a los persas en la batalla del Eurimedonte y los expulsaron del Egeo.

El ritual exigía repatriar los restos de los caídos. Una vez en Atenas, se distribuían en diez féretros, correspondientes a las diez tribus o phylai, las circunscripciones territoriales en que se dividía la ciudadanía, más un féretro adicional vacío para los desaparecidos cuyos cuerpos no se habían podido recuperar. A la ceremonia se añadía un discurso que se encargaba a un orador prestigioso y popular; ese año el elegido fue Pericles, que por entonces tendría algo más de sesenta y cinco años.

La lectura del pasaje de Tucídides completó la descripción: tres días de exposición de los huesos bajo una tienda, en la que cada pariente llevaba sus ofrendas; la procesión con féretros de ciprés en carros; la participación abierta a ciudadanos y extranjeros; la presencia de las mujeres de la familia con sus lamentos; el enterramiento en el sepulcro público, «en el más bello arrabal de la ciudad»; y, finalmente, el elogio pronunciado por un hombre elegido por la ciudad. Tucídides añade que Pericles subió a una tribuna elevada para que la multitud pudiera oírlo desde lo más lejos posible.

Sancho Rocher localizó ese lugar en el Cerámico, el barrio del noroeste de Atenas dividido por la muralla del siglo V; el cementerio público, el demósion sema, quedaba fuera de ella. Los restos arqueológicos actuales, comentó, dicen poco de la belleza que seguramente tenía el barrio. También matizó una afirmación de Tucídides: este dice que los muertos de Maratón fueron enterrados en el propio campo de batalla por su valor excepcional, pero la conferenciante recordó que en 490 la costumbre del cementerio público aún no existía y que enterrar a los caídos en el lugar del combate era probablemente la práctica helénica habitual. Así ocurrió con los griegos de distintas ciudades muertos en Platea en 479, cuyas tumbas estaban en esa ciudad beocia y eran protegidas y honradas por los plateos.

El género del epitafio: pocos ejemplos, un modelo compartido

El segundo punto fue el género, el epitáphios lógos u oración fúnebre. De los casi dos siglos en que se mantuvo la costumbre se conservan, según Sancho Rocher, solo cinco ejemplos completos y algún fragmento. La ponente proyectó un cuadro comparativo de sus partes:

  • Un pasaje relativamente largo de un epitafio de Gorgias.
  • El de Pericles en Tucídides, el único completo del siglo V.
  • Dos de comienzos del siglo IV: el de Lisias y el que aparece dentro del diálogo platónico Menéxeno, fechados quizá en 395 y 386.
  • Dos de la fase final de la democracia: el de Demóstenes, por los muertos de Queronea en 338, y el de Hipérides, por los caídos en la guerra lamíaca de 322, el último enfrentamiento de los griegos contra el poder macedonio.

A partir de estos ejemplos puede reconstruirse un modelo de cuatro partes: proemio, encomio, exhortación y epílogo. La lamentación solo aparece en el discurso de Lisias, lo que indica que no era imprescindible; el propio Pericles advierte que no hará lamentación, sino consolación. Proemio y epílogo suelen ser breves; el núcleo es el encomio, que ensalza a la ciudad y a sus ciudadanos, pero sobre todo a su politeia, su sistema político, y a su historia.

Sancho Rocher insistió en que, pese al modelo compartido, había mucha libertad de composición. Todos los oradores recurren a lugares comunes —la patria resumida en los antepasados, la paideia o sistema educativo, la libertad de los ciudadanos, el valor y la audacia (concepto que Pericles repite a menudo), la elección de la muerte antes que la pérdida de la ciudad—, pero cada uno los usa de manera distinta.

¿Quién escribió el discurso?

El tercer punto fue la autoría. Tucídides, en su libro metodológico, explica que le resultaba imposible reproducir literalmente los discursos que había oído o que le habían contado, y que su criterio fue escribir lo que le parecía que cada orador habría dicho en su circunstancia. Pero, como subrayó la conferenciante, este discurso no fue improvisado ante una asamblea, un ejército o una embajada, sino preparado con tiempo. Pericles pudo haberlo redactado, y cabe la posibilidad de que Tucídides tuviera acceso al texto si este circulaba. La alternativa opuesta sería que Tucídides lo hubiera inventado desde la nada.

Sancho Rocher añadió una tercera explicación: en esa época la memoria desempeñaba un papel muy importante, y quienes asistían a un discurso contaban luego lo que habían oído, destacando las partes más memorables. La transmisión oral pudo así servir de base para que el historiador retocara o compusiera el texto. En cualquier caso, la conferenciante señaló que la mayoría de los comentaristas coinciden en que el discurso transmite las convicciones del propio Pericles —su patriotismo, su amor por la ciudad y por su sistema político, su orgullo por el poderío ateniense—, ideas que parecen más propias del político que del historiador. Su conclusión fue que, se redactara como se redactara, estamos ante aproximadamente lo que Pericles pronunció en 430/429.

Por qué Tucídides coloca el discurso donde lo coloca

La segunda cara del problema de la autoría es por qué Tucídides sitúa el discurso tan pronto. El libro I es programático; el relato de la guerra empieza en el libro II, y muy al principio aparece la oración fúnebre. Inmediatamente después, Tucídides narra la epidemia que estalla en Atenas —quizá tifus, según la ponente, favorecido por el hacinamiento de la población rural refugiada tras las murallas— y de la que Pericles fue una de las víctimas.

Según Sancho Rocher, Tucídides admiraba a Pericles y lo consideraba el líder capaz de haber derrotado a Esparta. Sin esa dirección, la ciudad comete errores, pierde poder económico, sufre rebeliones de aliados y, en 415, decide trasladar la guerra a Sicilia, algo que Pericles habría desaconsejado totalmente. En los dos años de la campaña siciliana Atenas pierde buena parte de sus ciudadanos más jóvenes y su flota.

La conferenciante propuso leer esta secuencia en clave trágica: la gran heroína que aparece en su momento de máxima gloria en la oración fúnebre empieza a cometer errores —la hamartía trágica— y, cuando llega la noticia del desastre, los atenienses reaccionan como un espectador ante una tragedia. Los lectores de Tucídides experimentarían lo mismo que el público del teatro de Dioniso: temor por lo que puede ocurrir y compasión por los muertos. Por eso, según Sancho Rocher, la elección de un discurso tan potente y enérgico se explica por la composición de la obra. De ahí su insistencia en que Tucídides vivió toda la guerra: cuando afirma que la ceremonia se repitió cada vez que fue necesario, está escribiendo o revisando ese pasaje después de 404.

El proemio: la palabra frente a los hechos

El proemio construye una antítesis que, según la ponente, recorre todo el discurso y también toda la obra de Tucídides: la oposición entre lógos (la palabra) y érgon (los hechos). Pericles subraya lo difícil que resulta a un solo hombre estar a la altura de las hazañas de tantos que han dado la vida por la ciudad.

En el fragmento leído, Pericles se distancia de quienes elogiaron al que introdujo el discurso en la ceremonia: a su juicio, bastaría honrar con actos a quienes demostraron su valor con actos, para que el crédito de los méritos de muchos no dependiera de la elocuencia de uno solo. Distingue dos tipos de oyentes: el que conoce los hechos y está bien dispuesto, que pensará que la exposición se queda corta, y el que no los conoce y, por envidia, creerá que hay exageración, porque los elogios ajenos solo se toleran mientras cada uno se cree capaz de lo mismo.

Sancho Rocher interpretó esa referencia a los envidiosos como una alusión a ciudadanos que no aceptaban la igualdad de virtud de todos los caídos. Para mostrar que tales críticas existían, se leyó un pasaje del Menéxeno en el que Sócrates ironiza sobre los epitafios: morir en la guerra resulta hermoso porque, aunque uno muera pobre y sea mediocre, recibe una magnífica sepultura y elogios de hombres doctos que atribuyen a cada cual las cualidades que tiene y las que no tiene. Sócrates cuenta que, al escucharlos, se siente más noble y más bello durante más de tres días, y que hasta el tercer o cuarto día no vuelve en sí y deja de creer que habita en las islas de los bienaventurados. Para la conferenciante, el pasaje prueba que no todos estaban contentos con esa costumbre de elogiar a todos por igual.

El encomio: tres generaciones en lugar de mitos

El encomio, la parte central, trata de la historia de Atenas y de su sistema político, dos asuntos que también formaban parte de un género de la época, las politeiai o «constituciones». Sancho Rocher advirtió que esas obras eran mucho más amplias que lo que hoy entendemos por constitución: resumían costumbres, tradiciones, leyes e historia, y solo a veces instituciones.

La ponente calificó el encomio de Pericles como la parte más conceptual y rica del discurso, y recordó que durante los bombardeos de la Luftwaffe sobre Londres las autoridades británicas colocaron frases de este pasaje en los autobuses de la capital para animar a los ciudadanos a defender la libertad democrática frente a un sistema totalitario.

En la parte histórica, otros oradores se extendían en episodios legendarios —la lucha de Teseo contra las amazonas, el rescate de los argivos ante la Cadmea de Tebas, la ayuda a los descendientes de Heracles— y los enlazaban con las guerras médicas, presentando Maratón y Salamina como victorias exclusivamente atenienses. Pericles, según Sancho Rocher, es totalmente original: renuncia a narrar gestas militares que el auditorio ya conoce y condensa la historia de Atenas en tres generaciones.

La primera es la de los antepasados, que «habitaron siempre esta tierra» y la transmitieron libre. Aquí Pericles alude al mito de la autoctonía, que la ponente calificó de verdadero dogma democrático: el primer ateniense nació de la tierra y todos descienden de él. El Menéxeno extrae de ese origen común la igualdad de leyes, derechos y libertad. Pero Sancho Rocher destacó que Pericles no hace nacer el sistema ateniense ni sus valores de un origen natural, sino de la forma de actuar de los ciudadanos; en el fondo, todo el discurso se dedica a demostrar que las virtudes atenienses nacen de un estilo de vida.

La segunda generación es literalmente la de los padres de Pericles. Su padre, Jantipo, luchó en Mícala en 479 y después condujo las naves atenienses y aliadas al norte del Egeo para sitiar Sesto durante todo el invierno, algo extraordinario, sin volver a Atenas hasta tomarla. La ponente presentó ese hecho como la gesta fundacional del imperio ateniense, y señaló que precisamente aquí el orador usa el término duro arché, imperio, en lugar del habitual dýnamis, potencia. Arché es la palabra que elige Tucídides para describir cómo una alianza creada tras la derrota persa se transformó paulatinamente en imperialismo. A esa generación pertenecían también Cimón, hijo del vencedor de Maratón Milcíades y gran general de la Pentecontecia, vencedor del Eurimedonte; Temístocles, que inspiró a los atenienses a hacerse marinos; y Aristides el Justo, a quien se atribuye haber sentado las bases de la alianza naval.

La tercera generación, la de Pericles, ha hecho a Atenas aún más fuerte y, sobre todo, autárquica. Sancho Rocher explicó que no se trata solo de que Atenas tenga de todo, sino de que no depende de nadie: en ese sentido es la ciudad más libre. El apartado se cierra anunciando el programa del discurso: no hablará de hazañas, sino de los principios del modo de vida, del sistema político y de los caracteres de los ciudadanos, los tres pilares que explicarían la dýnamis alcanzada entre 478 y 431.

La democracia como principios, no como instituciones

Al hablar del régimen político, Pericles no describe tribunales, Consejo, Asamblea, sorteo de magistraturas ni el pago por ejercer cargos. Habla de principios. En el fragmento leído, afirma que Atenas no imita a otros, sino que es un modelo; que su régimen se llama democracia porque se administra para una mayoría inclusiva y no para unos pocos; que en los asuntos privados rige la igualdad ante la ley, y en los públicos se atiende al mérito y no a la clase, sin que la pobreza sea obstáculo para servir a la ciudad; que se vive con libertad sin irritarse por lo que hace el vecino; y que en la vida pública el respeto lleva a obedecer a los gobernantes y a las leyes, especialmente a las que protegen a quienes sufren injusticia y a las no escritas, cuya infracción acarrea una vergüenza reconocida por todos.

Sancho Rocher se detuvo en el término «democracia». Heródoto atribuye la institución del sistema a Clístenes en 508, pero entonces no se usaba esa palabra; según la ponente, empieza a emplearse hacia mediados del siglo V, en contraste con su antítesis, la oligarquía. Cuando Pericles insiste en que se gobierna para una multitud heterogénea e inclusiva, está respondiendo a críticas reales. La prueba sería el libelo anónimo conocido como Pseudo-Jenofonte o «el Viejo Oligarca», fechado entre 424 y 411 aproximadamente, que comienza diciendo que no le gusta el sistema ateniense porque favorece a los peores frente a los valiosos. Pericles dedica el capítulo a negar eso: igualdad de leyes y tribunales en lo privado, igualdad según mérito en lo público. Y lo que el ciudadano ofrece a la ciudad es, en un discurso fúnebre, sobre todo la vida, pero también la participación: la democracia daba a todos el derecho a la palabra, a deliberar y a votar, y las decisiones salían de la mayoría beneficiándose de los buenos consejos.

La ponente destacó que Pericles hable no solo de libertad política, sino de libertad privada, del «vivir como uno quiera». Esa idea podía entenderse, como en un pasaje de Demóstenes proyectado, como libre competición en el mérito ante la aprobación de todos, o como la interpretaban los antidemócratas: Platón en la República y Aristóteles en la Política la criticaban como ausencia de disciplina y de leyes, y Platón llega a decir que en una democracia hay tantos sistemas políticos como ciudadanos. Pericles lo niega al afirmar que los atenienses obedecen a las autoridades y a las leyes, incluidas las no escritas. Para ilustrar estas últimas, Sancho Rocher evocó a Antígona defendiendo ante Creonte su deber de enterrar a su hermano, y señaló que textos posteriores también atribuyen a Pericles la idea de que las leyes no escritas se respetaban en democracia.

Una ciudad placentera, abierta y cosmopolita

Pericles pasa después a la vida privada: juegos y fiestas a lo largo de todo el año, hermosas residencias que alejan la tristeza, y una ciudad tan importante que en ella entran los productos de toda la tierra, disfrutados con la misma naturalidad que los propios. A la ponente le llamó la atención que un discurso fúnebre hable del goce y el placer cotidiano, y subrayó que la autarquía descrita aquí es novedosa: no reside solo en lo que Atenas produce, sino en disponer del Pireo, que atraía naves de todo el mundo conocido.

Para los antidemócratas, ese puerto era un peligro. El Viejo Oligarca sostiene que una ciudad así queda expuesta a influencias extranjeras, abandona sus costumbres e incluso pierde su manera de hablar; también para Platón y Aristóteles tener un puerto era algo nocivo. En cambio, más de medio siglo después, Isócrates recordaba entre los logros de Atenas el Pireo, situado a su juicio en el centro del mundo y donde podía encontrarse cualquier producto.

Atenas frente a Esparta: apertura, educación y audacia

Estando en el primer año de la guerra, el discurso contrapone Atenas a Esparta. En el fragmento leído, Pericles afirma que Atenas está abierta a todos y no expulsa a extranjeros para ocultar secretos militares, porque confía más en el valor propio que en los preparativos y estratagemas; y que, mientras los espartanos persiguen desde niños la fortaleza viril con un penoso entrenamiento, los atenienses, con una vida más relajada, no son inferiores ante los mismos peligros y tienen la ventaja de no sufrir de antemano las penalidades.

Sancho Rocher explicó que la apertura ateniense era literal: las asambleas y los juicios se celebraban al aire libre con miles de ciudadanos, y aunque el Consejo se reunía en un edificio cerrado, cualquiera podía acercarse al vestíbulo. Los espartanos, en cambio, expulsaban a los extranjeros, y el propio Tucídides reconoce que su politeia era muy desconocida. En cuanto a la educación, la espartana era un sistema de disciplina militar que iba de los siete a los veinte años; la ateniense, libre y abierta. Según la lectura de la ponente, Pericles sostiene que esa vida relajada no resta rapidez: los atenienses reflexionan y actúan de inmediato, sin angustiarse toda la vida por males futuros.

«Amamos la belleza con sobriedad»: el carácter ateniense

La siguiente sección arranca con un paralelismo complejo que Sancho Rocher tradujo como «amamos la belleza con parsimonia y la sabiduría sin molicie». El fragmento leído continúa: la riqueza sirve para actuar y no para jactarse; no es vergonzoso reconocer la pobreza, sino no hacer nada por salir de ella; los mismos ciudadanos atienden a lo privado y a lo público; a quien no participa no se le considera apolítico, sino inútil; la palabra no estorba a la acción, sino que la prepara; los atenienses son audaces y a la vez calculadores; y ganan amigos haciendo favores, no recibiéndolos.

La ponente situó la primera frase en el contexto del embellecimiento de Atenas. Tras la destrucción de la ciudad y de la Acrópolis por el ejército de Jerjes en 480-479, los restos se habían mantenido monumentalizados, pero en 448 Pericles convenció a los atenienses de reconstruir la Acrópolis: el Partenón, los Propileos y después el Erecteion y el templo de Atenea Nike, obras que continuaron incluso durante la guerra. Según su interpretación, los atenienses aman la belleza y el saber como los jonios, pero con la austeridad de los dorios, sin el lujo y la relajación que se atribuían a los jonios: la frase los coloca en un punto medio. La ciudad se convirtió en un polo de atracción, «hoy diríamos turístico», y también en una acrópolis de la sabiduría, expresión que Platón pone en boca del sofista Hipias de Elis en el Protágoras, donde en casa del rico Calias coinciden Protágoras de Abdera, Pródico, Hipias y Sócrates.

Sobre la participación, Sancho Rocher subrayó que Pericles responde a quienes pensaban que los trabajadores no podían entender lo que convenía a la ciudad por carecer de instrucción, opinión que ilustró con un oligarca que habla en Heródoto y de nuevo con el Viejo Oligarca. Pericles invierte el juicio: quienes se presentan como apragmones, alejados de los asuntos comunes, no son distinguidos, sino achreîoi, inútiles para la ciudad.

Respecto a la deliberación, la ponente citó a un político algo posterior en un pasaje de Tucídides situado en 427, según el cual quien crea que las palabras no sirven para guiar la acción o es poco inteligente o tiene algún interés, porque solo deliberando se puede conjeturar sobre el futuro. Los atenienses se informan, deciden y actúan; los espartanos, en la lectura de Pericles, se acobardan al conocer el peligro, mientras que los atenienses no dejan de actuar aun sabiéndolo, porque perder la ciudad es perder lo que más vale. Sancho Rocher contrastó esa disposición con la época de Demóstenes, en la segunda mitad del siglo IV, cuando este se quejaba de la escasa disposición de los ciudadanos a luchar por la libertad y la democracia. Finalmente, la generosidad: igual que el ciudadano rico puede hacer favores, la ciudad más poderosa puede ejercer una filantropía que se plasmaría en ayudar a los más débiles.

«Escuela de Grecia» y el término incómodo de «súbditos»

El encomio culmina con la afirmación de que Atenas es, en su conjunto, una enseñanza para Grecia, y cada ciudadano es capaz de dedicarse a las actividades más diversas con gracia y habilidad; y de que esto no es alarde de palabras, sino verdad de los hechos, probada por el poder de la ciudad, la única que supera su fama, que no provoca indignación en el enemigo derrotado ni el reproche de sus súbditos de estar gobernados por indignos. Para Sancho Rocher, la idea central es que la dýnamis de la ciudad es efecto directo de su sistema de valores y del carácter de sus ciudadanos, y que de la ciudad más autosuficiente forman parte ciudadanos completos.

La ponente llamó la atención sobre la palabra «súbditos» aplicada a los aliados. Lo consideró un término tucidídeo, inadecuado en una ceremonia oficial, donde lo normal sería hablar de sýmmachoi, aliados, un tratamiento noble. Hablar de súbditos equivale a reconocer que Atenas no es la potencia hegemónica de una alianza, sino un imperio. También señaló como lugar común, presente igualmente en Demóstenes, la idea de que la grandeza ateniense nunca sería censurada.

El orgullo cívico alcanza su cénit cuando Pericles afirma que Atenas no necesita un Homero ni un poeta que agrade momentáneamente, porque ha obligado a todo el mar y a toda la tierra a abrirse a su audacia y ha dejado en todas partes testimonios eternos. Esa es la ciudad por la que murieron los caídos, y es natural que los vivos estén dispuestos a sufrir por ella.

El elogio de los muertos: la valentía borra las faltas

Según Sancho Rocher, la grandeza de la ciudad aparece como la suma de las virtudes de los muertos, y la mayor virtud es la muerte elegida en libertad antes que una vida privada de una ciudad como Atenas. En el pasaje leído, Pericles insiste en que incluso quienes fueron inferiores en otros aspectos merecen que se anteponga su bravura, porque «borraron el mal con el bien» y su servicio público compensó los perjuicios de su conducta privada. Ninguno se acobardó por apego a la riqueza ni por la esperanza de salir de la pobreza; prefirieron resistir hasta la muerte y dejaron la vida «en un momento culminante de gloria que no de miedo».

La ponente vinculó esta insistencia con la igualdad de todos los ciudadanos: reprochar algo a quien ha entregado su vida a la ciudad sería injusto. Señaló además que en este punto el lenguaje se vuelve extraordinariamente poético y eleva a los hombres comunes a la nobleza que suponía morir por la ciudad.

La exhortación: enamorarse de la ciudad

Después, el orador exhorta a los vivos a imitar a los caídos, un ejemplo difícil pero necesario. Sancho Rocher resumió el mensaje en una idea: no hay felicidad sin libertad, ni libertad sin el coraje de asumir los riesgos de la defensa; solo quien tiene algo valioso que perder lo defiende con su vida, y por eso es preferible una muerte honorable a una vida miserable. Recordó que textos posteriores también atribuyen a Pericles la exhortación a sus conciudadanos a enamorarse de Atenas.

En el fragmento leído, Pericles pide contemplar cada día el poder de la ciudad y convertirse en sus amantes, y recuerda que quienes lo lograron entregaron su vida a la comunidad y recibieron el elogio que no envejece y la tumba más insigne, aquella en que su gloria sobrevive en el recuerdo, «porque la tierra entera es la tumba de los hombres ilustres». La ponente destacó las resonancias épicas de ese lenguaje, que da un tratamiento heroico a ciudadanos de origen oscuro, y observó que aquí desaparece la distancia entre palabras y hechos planteada en el proemio: los actos y la fama, la dóxa, se corresponden plenamente.

La consolación y las palabras a las viudas

Los últimos capítulos son de consolación, no de lamento, porque, en palabras de Sancho Rocher, no cabía lamentarse de actos heroicos. A los padres, Pericles les recuerda que sus hijos prefirieron el honor, la philotimía, a la ganancia; a los ancianos, que disfrutaron de sus hijos la mayor parte de su vida; a los jóvenes, que tengan más hijos para llenar el vacío y beneficiar a la ciudad. A los hermanos les anuncia una competición, guiada por una sana envidia, difícil de ganar frente a los muertos.

Por último, dedica un breve consejo a las viudas: si no se muestran inferiores a su naturaleza, su reputación será grande, y lo será la de aquellas de quienes menos se hable, para bien o para mal. La ponente se preguntó cómo valorar estas palabras en boca de un Pericles unido en segundas nupcias a Aspasia de Mileto, conocida como intelectual, a quien se atribuía haber enseñado retórica a muchos atenienses y que recibía críticas por ello, pues no era costumbre que las mujeres entraran en discusión con los varones. Su lectura fue matizada: sí parece que Pericles mande callar a las mujeres, pero también emplea términos nobles, como su phýsis, su areté y su dóxa, la misma palabra que usó para la fama de los caídos. No hay en el texto, subrayó, un igualitarismo propio de los siglos XX o XXI: las mujeres tenían su lugar en el oîkos, la casa, y los varones en la ciudad. Pero las mujeres esperaban, al menos, que se reconociera cierta dignidad a su contribución a la ciudad.

El cierre: el homenaje ya está hecho

El discurso termina prácticamente como empezó. El orador ha cumplido su objetivo de elogiar a la ciudad y ha dicho lo que convenía decir de los muertos; los hechos de estos ya han recibido el homenaje efectivo de la ceremonia, y sus hijos serán criados a expensas de la ciudad hasta la adolescencia, recompensa pública a su coraje, porque donde se establecen los mayores premios al valor viven también los mejores ciudadanos. La lectura final concluyó con las últimas palabras de Pericles: tras cumplir con las lamentaciones por sus respectivos parientes, que los asistentes se retiren.