El discurso fúnebre de Pericles: la palabra, los hechos y el elogio de la democracia ateniense
Fundación Juan MarchLa primera sesión del ciclo La fuerza de la palabra en la Antigüedad, celebrada en la Fundación Juan March, estuvo dedicada al discurso fúnebre que Tucídides atribuye a Pericles, pronunciado en el invierno de 430/429 a. C. en honor de los atenienses caídos en el primer año de la guerra del Peloponeso. Laura Sancho Rocher, catedrática de Historia Antigua en la Universidad de Zaragoza, planteó una pregunta de fondo: qué nos dice este texto sobre la manera en que Atenas se veía a sí misma, sobre su democracia y sobre sus ciudadanos. La tesis que recorre la conferencia es que el discurso explica el poder de Atenas no por su origen ni por sus hazañas militares, sino por un estilo de vida, un sistema político y un carácter cívico. A lo largo de la sesión, el actor Javier Lara leyó varios fragmentos del discurso y de otros textos antiguos, que Sancho Rocher fue comentando.
Ser político en Atenas era ser orador
Antes de entrar en el texto, Sancho Rocher aclaró qué significaba ser un político influyente en la Atenas democrática del siglo V. No equivalía a dirigir un partido ni a haber sido elegido primer ministro o presidente. Según la conferenciante, los términos rhétor (orador) y politikós (político) eran intercambiables: Pericles fue un gran político porque fue un gran orador. Y ser un gran orador no consistía solo en pronunciar discursos hermosos, sino en persuadir de forma regular a asambleas de miles de ciudadanos y lograr que la política que uno aconsejaba resultara beneficiosa para la ciudad. En ese sentido, Pericles habría sido quizá el político más influyente de Atenas desde mediados del siglo V hasta su muerte en 429, un año después de este discurso.
La ponencia subrayó también una circunstancia sobre las fuentes. No es frecuente conservar discursos deliberativos redactados por los propios políticos, porque no los ponían por escrito: los preparaban a conciencia, pero debían improvisar en función de lo que habían oído o esperaban oír de sus rivales. Por eso es una fortuna poder leer discursos de Pericles en la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides. Además, el discurso fúnebre no es un discurso político en sentido estricto, puesto que no se dirige a un órgano decisorio como el Consejo o la Asamblea. Es un discurso ceremonial y, precisamente por eso, sí pudo haber sido escrito de antemano.
Sancho Rocher recordó asimismo el marco temporal: la guerra duró veintisiete años; en la época clásica se combatía en primavera y verano, y el invierno se dedicaba a preparar la campaña siguiente. Tucídides vivió toda la guerra, aunque no terminó su relato; los últimos años se conocen por las Helénicas de Jenofonte.
Para introducir el discurso, la conferenciante se ocupó de tres cuestiones: la ceremonia en la que se inscribía, el género retórico al que pertenece y el problema de su autoría.
Una ceremonia igualitaria y tradicional
La ceremonia era, según Tucídides y el propio Pericles, una costumbre, un nómos; más aún, un nómos pátrios, una costumbre ancestral. Sancho Rocher citó a Demóstenes, que tres cuartos de siglo después seguía afirmando que los atenienses eran los únicos que pronunciaban discursos fúnebres para elogiar la virtud de quienes habían luchado por la ciudad.
Lo esencial de esta costumbre, según la ponente, era la igualdad. Se trata de un discurso democrático, y la característica de la democracia era que todos los ciudadanos eran iguales. Por eso en la ceremonia no se singularizaba a nadie: no se destacaba a quien había sido general, jefe de caballería o capitán de una nave. Todos quedaban igualados y ennoblecidos por haber dado la vida por la ciudad.
Sobre el origen, Sancho Rocher planteó que, para que en 431 la costumbre pudiera considerarse sin origen conocido, debió de introducirse tras la segunda guerra médica. Situó esa introducción entre 478 como muy pronto y 465 como muy tarde, fecha en que los atenienses derrotaron definitivamente a los persas en la batalla del Eurimedonte y los expulsaron del Egeo.
El ritual exigía repatriar los restos de los caídos. Una vez en Atenas, se distribuían en diez féretros, correspondientes a las diez tribus o phylai, las circunscripciones territoriales en que se dividía la ciudadanía, más un féretro adicional vacío para los desaparecidos cuyos cuerpos no se habían podido recuperar. A la ceremonia se añadía un discurso que se encargaba a un orador prestigioso y popular; ese año el elegido fue Pericles, que por entonces tendría algo más de sesenta y cinco años.
La lectura del pasaje de Tucídides completó la descripción: tres días de exposición de los huesos bajo una tienda, en la que cada pariente llevaba sus ofrendas; la procesión con féretros de ciprés en carros; la participación abierta a ciudadanos y extranjeros; la presencia de las mujeres de la familia con sus lamentos; el enterramiento en el sepulcro público, «en el más bello arrabal de la ciudad»; y, finalmente, el elogio pronunciado por un hombre elegido por la ciudad. Tucídides añade que Pericles subió a una tribuna elevada para que la multitud pudiera oírlo desde lo más lejos posible.
Sancho Rocher localizó ese lugar en el Cerámico, el barrio del noroeste de Atenas dividido por la muralla del siglo V; el cementerio público, el demósion sema, quedaba fuera de ella. Los restos arqueológicos actuales, comentó, dicen poco de la belleza que seguramente tenía el barrio. También matizó una afirmación de Tucídides: este dice que los muertos de Maratón fueron enterrados en el propio campo de batalla por su valor excepcional, pero la conferenciante recordó que en 490 la costumbre del cementerio público aún no existía y que enterrar a los caídos en el lugar del combate era probablemente la práctica helénica habitual. Así ocurrió con los griegos de distintas ciudades muertos en Platea en 479, cuyas tumbas estaban en esa ciudad beocia y eran protegidas y honradas por los plateos.
El género del epitafio: pocos ejemplos, un modelo compartido
El segundo punto fue el género, el epitáphios lógos u oración fúnebre. De los casi dos siglos en que se mantuvo la costumbre se conservan, según Sancho Rocher, solo cinco ejemplos completos y algún fragmento. La ponente proyectó un cuadro comparativo de sus partes:
- Un pasaje relativamente largo de un epitafio de Gorgias.
- El de Pericles en Tucídides, el único completo del siglo V.
- Dos de comienzos del siglo IV: el de Lisias y el que aparece dentro del diálogo platónico Menéxeno, fechados quizá en 395 y 386.
- Dos de la fase final de la democracia: el de Demóstenes, por los muertos de Queronea en 338, y el de Hipérides, por los caídos en la guerra lamíaca de 322, el último enfrentamiento de los griegos contra el poder macedonio.
A partir de estos ejemplos puede reconstruirse un modelo de cuatro partes: proemio, encomio, exhortación y epílogo. La lamentación solo aparece en el discurso de Lisias, lo que indica que no era imprescindible; el propio Pericles advierte que no hará lamentación, sino consolación. Proemio y epílogo suelen ser breves; el núcleo es el encomio, que ensalza a la ciudad y a sus ciudadanos, pero sobre todo a su politeia, su sistema político, y a su historia.
Sancho Rocher insistió en que, pese al modelo compartido, había mucha libertad de composición. Todos los oradores recurren a lugares comunes —la patria resumida en los antepasados, la paideia o sistema educativo, la libertad de los ciudadanos, el valor y la audacia (concepto que Pericles repite a menudo), la elección de la muerte antes que la pérdida de la ciudad—, pero cada uno los usa de manera distinta.
¿Quién escribió el discurso?
El tercer punto fue la autoría. Tucídides, en su libro metodológico, explica que le resultaba imposible reproducir literalmente los discursos que había oído o que le habían contado, y que su criterio fue escribir lo que le parecía que cada orador habría dicho en su circunstancia. Pero, como subrayó la conferenciante, este discurso no fue improvisado ante una asamblea, un ejército o una embajada, sino preparado con tiempo. Pericles pudo haberlo redactado, y cabe la posibilidad de que Tucídides tuviera acceso al texto si este circulaba. La alternativa opuesta sería que Tucídides lo hubiera inventado desde la nada.
Sancho Rocher añadió una tercera explicación: en esa época la memoria desempeñaba un papel muy importante, y quienes asistían a un discurso contaban luego lo que habían oído, destacando las partes más memorables. La transmisión oral pudo así servir de base para que el historiador retocara o compusiera el texto. En cualquier caso, la conferenciante señaló que la mayoría de los comentaristas coinciden en que el discurso transmite las convicciones del propio Pericles —su patriotismo, su amor por la ciudad y por su sistema político, su orgullo por el poderío ateniense—, ideas que parecen más propias del político que del historiador. Su conclusión fue que, se redactara como se redactara, estamos ante aproximadamente lo que Pericles pronunció en 430/429.
Por qué Tucídides coloca el discurso donde lo coloca
La segunda cara del problema de la autoría es por qué Tucídides sitúa el discurso tan pronto. El libro I es programático; el relato de la guerra empieza en el libro II, y muy al principio aparece la oración fúnebre. Inmediatamente después, Tucídides narra la epidemia que estalla en Atenas —quizá tifus, según la ponente, favorecido por el hacinamiento de la población rural refugiada tras las murallas— y de la que Pericles fue una de las víctimas.
Según Sancho Rocher, Tucídides admiraba a Pericles y lo consideraba el líder capaz de haber derrotado a Esparta. Sin esa dirección, la ciudad comete errores, pierde poder económico, sufre rebeliones de aliados y, en 415, decide trasladar la guerra a Sicilia, algo que Pericles habría desaconsejado totalmente. En los dos años de la campaña siciliana Atenas pierde buena parte de sus ciudadanos más jóvenes y su flota.
La conferenciante propuso leer esta secuencia en clave trágica: la gran heroína que aparece en su momento de máxima gloria en la oración fúnebre empieza a cometer errores —la hamartía trágica— y, cuando llega la noticia del desastre, los atenienses reaccionan como un espectador ante una tragedia. Los lectores de Tucídides experimentarían lo mismo que el público del teatro de Dioniso: temor por lo que puede ocurrir y compasión por los muertos. Por eso, según Sancho Rocher, la elección de un discurso tan potente y enérgico se explica por la composición de la obra. De ahí su insistencia en que Tucídides vivió toda la guerra: cuando afirma que la ceremonia se repitió cada vez que fue necesario, está escribiendo o revisando ese pasaje después de 404.
El proemio: la palabra frente a los hechos
El proemio construye una antítesis que, según la ponente, recorre todo el discurso y también toda la obra de Tucídides: la oposición entre lógos (la palabra) y érgon (los hechos). Pericles subraya lo difícil que resulta a un solo hombre estar a la altura de las hazañas de tantos que han dado la vida por la ciudad.
En el fragmento leído, Pericles se distancia de quienes elogiaron al que introdujo el discurso en la ceremonia: a su juicio, bastaría honrar con actos a quienes demostraron su valor con actos, para que el crédito de los méritos de muchos no dependiera de la elocuencia de uno solo. Distingue dos tipos de oyentes: el que conoce los hechos y está bien dispuesto, que pensará que la exposición se queda corta, y el que no los conoce y, por envidia, creerá que hay exageración, porque los elogios ajenos solo se toleran mientras cada uno se cree capaz de lo mismo.
Sancho Rocher interpretó esa referencia a los envidiosos como una alusión a ciudadanos que no aceptaban la igualdad de virtud de todos los caídos. Para mostrar que tales críticas existían, se leyó un pasaje del Menéxeno en el que Sócrates ironiza sobre los epitafios: morir en la guerra resulta hermoso porque, aunque uno muera pobre y sea mediocre, recibe una magnífica sepultura y elogios de hombres doctos que atribuyen a cada cual las cualidades que tiene y las que no tiene. Sócrates cuenta que, al escucharlos, se siente más noble y más bello durante más de tres días, y que hasta el tercer o cuarto día no vuelve en sí y deja de creer que habita en las islas de los bienaventurados. Para la conferenciante, el pasaje prueba que no todos estaban contentos con esa costumbre de elogiar a todos por igual.
El encomio: tres generaciones en lugar de mitos
El encomio, la parte central, trata de la historia de Atenas y de su sistema político, dos asuntos que también formaban parte de un género de la época, las politeiai o «constituciones». Sancho Rocher advirtió que esas obras eran mucho más amplias que lo que hoy entendemos por constitución: resumían costumbres, tradiciones, leyes e historia, y solo a veces instituciones.
La ponente calificó el encomio de Pericles como la parte más conceptual y rica del discurso, y recordó que durante los bombardeos de la Luftwaffe sobre Londres las autoridades británicas colocaron frases de este pasaje en los autobuses de la capital para animar a los ciudadanos a defender la libertad democrática frente a un sistema totalitario.
En la parte histórica, otros oradores se extendían en episodios legendarios —la lucha de Teseo contra las amazonas, el rescate de los argivos ante la Cadmea de Tebas, la ayuda a los descendientes de Heracles— y los enlazaban con las guerras médicas, presentando Maratón y Salamina como victorias exclusivamente atenienses. Pericles, según Sancho Rocher, es totalmente original: renuncia a narrar gestas militares que el auditorio ya conoce y condensa la historia de Atenas en tres generaciones.
La primera es la de los antepasados, que «habitaron siempre esta tierra» y la transmitieron libre. Aquí Pericles alude al mito de la autoctonía, que la ponente calificó de verdadero dogma democrático: el primer ateniense nació de la tierra y todos descienden de él. El Menéxeno extrae de ese origen común la igualdad de leyes, derechos y libertad. Pero Sancho Rocher destacó que Pericles no hace nacer el sistema ateniense ni sus valores de un origen natural, sino de la forma de actuar de los ciudadanos; en el fondo, todo el discurso se dedica a demostrar que las virtudes atenienses nacen de un estilo de vida.
La segunda generación es literalmente la de los padres de Pericles. Su padre, Jantipo, luchó en Mícala en 479 y después condujo las naves atenienses y aliadas al norte del Egeo para sitiar Sesto durante todo el invierno, algo extraordinario, sin volver a Atenas hasta tomarla. La ponente presentó ese hecho como la gesta fundacional del imperio ateniense, y señaló que precisamente aquí el orador usa el término duro arché, imperio, en lugar del habitual dýnamis, potencia. Arché es la palabra que elige Tucídides para describir cómo una alianza creada tras la derrota persa se transformó paulatinamente en imperialismo. A esa generación pertenecían también Cimón, hijo del vencedor de Maratón Milcíades y gran general de la Pentecontecia, vencedor del Eurimedonte; Temístocles, que inspiró a los atenienses a hacerse marinos; y Aristides el Justo, a quien se atribuye haber sentado las bases de la alianza naval.
La tercera generación, la de Pericles, ha hecho a Atenas aún más fuerte y, sobre todo, autárquica. Sancho Rocher explicó que no se trata solo de que Atenas tenga de todo, sino de que no depende de nadie: en ese sentido es la ciudad más libre. El apartado se cierra anunciando el programa del discurso: no hablará de hazañas, sino de los principios del modo de vida, del sistema político y de los caracteres de los ciudadanos, los tres pilares que explicarían la dýnamis alcanzada entre 478 y 431.
La democracia como principios, no como instituciones
Al hablar del régimen político, Pericles no describe tribunales, Consejo, Asamblea, sorteo de magistraturas ni el pago por ejercer cargos. Habla de principios. En el fragmento leído, afirma que Atenas no imita a otros, sino que es un modelo; que su régimen se llama democracia porque se administra para una mayoría inclusiva y no para unos pocos; que en los asuntos privados rige la igualdad ante la ley, y en los públicos se atiende al mérito y no a la clase, sin que la pobreza sea obstáculo para servir a la ciudad; que se vive con libertad sin irritarse por lo que hace el vecino; y que en la vida pública el respeto lleva a obedecer a los gobernantes y a las leyes, especialmente a las que protegen a quienes sufren injusticia y a las no escritas, cuya infracción acarrea una vergüenza reconocida por todos.
Sancho Rocher se detuvo en el término «democracia». Heródoto atribuye la institución del sistema a Clístenes en 508, pero entonces no se usaba esa palabra; según la ponente, empieza a emplearse hacia mediados del siglo V, en contraste con su antítesis, la oligarquía. Cuando Pericles insiste en que se gobierna para una multitud heterogénea e inclusiva, está respondiendo a críticas reales. La prueba sería el libelo anónimo conocido como Pseudo-Jenofonte o «el Viejo Oligarca», fechado entre 424 y 411 aproximadamente, que comienza diciendo que no le gusta el sistema ateniense porque favorece a los peores frente a los valiosos. Pericles dedica el capítulo a negar eso: igualdad de leyes y tribunales en lo privado, igualdad según mérito en lo público. Y lo que el ciudadano ofrece a la ciudad es, en un discurso fúnebre, sobre todo la vida, pero también la participación: la democracia daba a todos el derecho a la palabra, a deliberar y a votar, y las decisiones salían de la mayoría beneficiándose de los buenos consejos.
La ponente destacó que Pericles hable no solo de libertad política, sino de libertad privada, del «vivir como uno quiera». Esa idea podía entenderse, como en un pasaje de Demóstenes proyectado, como libre competición en el mérito ante la aprobación de todos, o como la interpretaban los antidemócratas: Platón en la República y Aristóteles en la Política la criticaban como ausencia de disciplina y de leyes, y Platón llega a decir que en una democracia hay tantos sistemas políticos como ciudadanos. Pericles lo niega al afirmar que los atenienses obedecen a las autoridades y a las leyes, incluidas las no escritas. Para ilustrar estas últimas, Sancho Rocher evocó a Antígona defendiendo ante Creonte su deber de enterrar a su hermano, y señaló que textos posteriores también atribuyen a Pericles la idea de que las leyes no escritas se respetaban en democracia.
Una ciudad placentera, abierta y cosmopolita
Pericles pasa después a la vida privada: juegos y fiestas a lo largo de todo el año, hermosas residencias que alejan la tristeza, y una ciudad tan importante que en ella entran los productos de toda la tierra, disfrutados con la misma naturalidad que los propios. A la ponente le llamó la atención que un discurso fúnebre hable del goce y el placer cotidiano, y subrayó que la autarquía descrita aquí es novedosa: no reside solo en lo que Atenas produce, sino en disponer del Pireo, que atraía naves de todo el mundo conocido.
Para los antidemócratas, ese puerto era un peligro. El Viejo Oligarca sostiene que una ciudad así queda expuesta a influencias extranjeras, abandona sus costumbres e incluso pierde su manera de hablar; también para Platón y Aristóteles tener un puerto era algo nocivo. En cambio, más de medio siglo después, Isócrates recordaba entre los logros de Atenas el Pireo, situado a su juicio en el centro del mundo y donde podía encontrarse cualquier producto.
Atenas frente a Esparta: apertura, educación y audacia
Estando en el primer año de la guerra, el discurso contrapone Atenas a Esparta. En el fragmento leído, Pericles afirma que Atenas está abierta a todos y no expulsa a extranjeros para ocultar secretos militares, porque confía más en el valor propio que en los preparativos y estratagemas; y que, mientras los espartanos persiguen desde niños la fortaleza viril con un penoso entrenamiento, los atenienses, con una vida más relajada, no son inferiores ante los mismos peligros y tienen la ventaja de no sufrir de antemano las penalidades.
Sancho Rocher explicó que la apertura ateniense era literal: las asambleas y los juicios se celebraban al aire libre con miles de ciudadanos, y aunque el Consejo se reunía en un edificio cerrado, cualquiera podía acercarse al vestíbulo. Los espartanos, en cambio, expulsaban a los extranjeros, y el propio Tucídides reconoce que su politeia era muy desconocida. En cuanto a la educación, la espartana era un sistema de disciplina militar que iba de los siete a los veinte años; la ateniense, libre y abierta. Según la lectura de la ponente, Pericles sostiene que esa vida relajada no resta rapidez: los atenienses reflexionan y actúan de inmediato, sin angustiarse toda la vida por males futuros.
«Amamos la belleza con sobriedad»: el carácter ateniense
La siguiente sección arranca con un paralelismo complejo que Sancho Rocher tradujo como «amamos la belleza con parsimonia y la sabiduría sin molicie». El fragmento leído continúa: la riqueza sirve para actuar y no para jactarse; no es vergonzoso reconocer la pobreza, sino no hacer nada por salir de ella; los mismos ciudadanos atienden a lo privado y a lo público; a quien no participa no se le considera apolítico, sino inútil; la palabra no estorba a la acción, sino que la prepara; los atenienses son audaces y a la vez calculadores; y ganan amigos haciendo favores, no recibiéndolos.
La ponente situó la primera frase en el contexto del embellecimiento de Atenas. Tras la destrucción de la ciudad y de la Acrópolis por el ejército de Jerjes en 480-479, los restos se habían mantenido monumentalizados, pero en 448 Pericles convenció a los atenienses de reconstruir la Acrópolis: el Partenón, los Propileos y después el Erecteion y el templo de Atenea Nike, obras que continuaron incluso durante la guerra. Según su interpretación, los atenienses aman la belleza y el saber como los jonios, pero con la austeridad de los dorios, sin el lujo y la relajación que se atribuían a los jonios: la frase los coloca en un punto medio. La ciudad se convirtió en un polo de atracción, «hoy diríamos turístico», y también en una acrópolis de la sabiduría, expresión que Platón pone en boca del sofista Hipias de Elis en el Protágoras, donde en casa del rico Calias coinciden Protágoras de Abdera, Pródico, Hipias y Sócrates.
Sobre la participación, Sancho Rocher subrayó que Pericles responde a quienes pensaban que los trabajadores no podían entender lo que convenía a la ciudad por carecer de instrucción, opinión que ilustró con un oligarca que habla en Heródoto y de nuevo con el Viejo Oligarca. Pericles invierte el juicio: quienes se presentan como apragmones, alejados de los asuntos comunes, no son distinguidos, sino achreîoi, inútiles para la ciudad.
Respecto a la deliberación, la ponente citó a un político algo posterior en un pasaje de Tucídides situado en 427, según el cual quien crea que las palabras no sirven para guiar la acción o es poco inteligente o tiene algún interés, porque solo deliberando se puede conjeturar sobre el futuro. Los atenienses se informan, deciden y actúan; los espartanos, en la lectura de Pericles, se acobardan al conocer el peligro, mientras que los atenienses no dejan de actuar aun sabiéndolo, porque perder la ciudad es perder lo que más vale. Sancho Rocher contrastó esa disposición con la época de Demóstenes, en la segunda mitad del siglo IV, cuando este se quejaba de la escasa disposición de los ciudadanos a luchar por la libertad y la democracia. Finalmente, la generosidad: igual que el ciudadano rico puede hacer favores, la ciudad más poderosa puede ejercer una filantropía que se plasmaría en ayudar a los más débiles.
«Escuela de Grecia» y el término incómodo de «súbditos»
El encomio culmina con la afirmación de que Atenas es, en su conjunto, una enseñanza para Grecia, y cada ciudadano es capaz de dedicarse a las actividades más diversas con gracia y habilidad; y de que esto no es alarde de palabras, sino verdad de los hechos, probada por el poder de la ciudad, la única que supera su fama, que no provoca indignación en el enemigo derrotado ni el reproche de sus súbditos de estar gobernados por indignos. Para Sancho Rocher, la idea central es que la dýnamis de la ciudad es efecto directo de su sistema de valores y del carácter de sus ciudadanos, y que de la ciudad más autosuficiente forman parte ciudadanos completos.
La ponente llamó la atención sobre la palabra «súbditos» aplicada a los aliados. Lo consideró un término tucidídeo, inadecuado en una ceremonia oficial, donde lo normal sería hablar de sýmmachoi, aliados, un tratamiento noble. Hablar de súbditos equivale a reconocer que Atenas no es la potencia hegemónica de una alianza, sino un imperio. También señaló como lugar común, presente igualmente en Demóstenes, la idea de que la grandeza ateniense nunca sería censurada.
El orgullo cívico alcanza su cénit cuando Pericles afirma que Atenas no necesita un Homero ni un poeta que agrade momentáneamente, porque ha obligado a todo el mar y a toda la tierra a abrirse a su audacia y ha dejado en todas partes testimonios eternos. Esa es la ciudad por la que murieron los caídos, y es natural que los vivos estén dispuestos a sufrir por ella.
El elogio de los muertos: la valentía borra las faltas
Según Sancho Rocher, la grandeza de la ciudad aparece como la suma de las virtudes de los muertos, y la mayor virtud es la muerte elegida en libertad antes que una vida privada de una ciudad como Atenas. En el pasaje leído, Pericles insiste en que incluso quienes fueron inferiores en otros aspectos merecen que se anteponga su bravura, porque «borraron el mal con el bien» y su servicio público compensó los perjuicios de su conducta privada. Ninguno se acobardó por apego a la riqueza ni por la esperanza de salir de la pobreza; prefirieron resistir hasta la muerte y dejaron la vida «en un momento culminante de gloria que no de miedo».
La ponente vinculó esta insistencia con la igualdad de todos los ciudadanos: reprochar algo a quien ha entregado su vida a la ciudad sería injusto. Señaló además que en este punto el lenguaje se vuelve extraordinariamente poético y eleva a los hombres comunes a la nobleza que suponía morir por la ciudad.
La exhortación: enamorarse de la ciudad
Después, el orador exhorta a los vivos a imitar a los caídos, un ejemplo difícil pero necesario. Sancho Rocher resumió el mensaje en una idea: no hay felicidad sin libertad, ni libertad sin el coraje de asumir los riesgos de la defensa; solo quien tiene algo valioso que perder lo defiende con su vida, y por eso es preferible una muerte honorable a una vida miserable. Recordó que textos posteriores también atribuyen a Pericles la exhortación a sus conciudadanos a enamorarse de Atenas.
En el fragmento leído, Pericles pide contemplar cada día el poder de la ciudad y convertirse en sus amantes, y recuerda que quienes lo lograron entregaron su vida a la comunidad y recibieron el elogio que no envejece y la tumba más insigne, aquella en que su gloria sobrevive en el recuerdo, «porque la tierra entera es la tumba de los hombres ilustres». La ponente destacó las resonancias épicas de ese lenguaje, que da un tratamiento heroico a ciudadanos de origen oscuro, y observó que aquí desaparece la distancia entre palabras y hechos planteada en el proemio: los actos y la fama, la dóxa, se corresponden plenamente.
La consolación y las palabras a las viudas
Los últimos capítulos son de consolación, no de lamento, porque, en palabras de Sancho Rocher, no cabía lamentarse de actos heroicos. A los padres, Pericles les recuerda que sus hijos prefirieron el honor, la philotimía, a la ganancia; a los ancianos, que disfrutaron de sus hijos la mayor parte de su vida; a los jóvenes, que tengan más hijos para llenar el vacío y beneficiar a la ciudad. A los hermanos les anuncia una competición, guiada por una sana envidia, difícil de ganar frente a los muertos.
Por último, dedica un breve consejo a las viudas: si no se muestran inferiores a su naturaleza, su reputación será grande, y lo será la de aquellas de quienes menos se hable, para bien o para mal. La ponente se preguntó cómo valorar estas palabras en boca de un Pericles unido en segundas nupcias a Aspasia de Mileto, conocida como intelectual, a quien se atribuía haber enseñado retórica a muchos atenienses y que recibía críticas por ello, pues no era costumbre que las mujeres entraran en discusión con los varones. Su lectura fue matizada: sí parece que Pericles mande callar a las mujeres, pero también emplea términos nobles, como su phýsis, su areté y su dóxa, la misma palabra que usó para la fama de los caídos. No hay en el texto, subrayó, un igualitarismo propio de los siglos XX o XXI: las mujeres tenían su lugar en el oîkos, la casa, y los varones en la ciudad. Pero las mujeres esperaban, al menos, que se reconociera cierta dignidad a su contribución a la ciudad.
El cierre: el homenaje ya está hecho
El discurso termina prácticamente como empezó. El orador ha cumplido su objetivo de elogiar a la ciudad y ha dicho lo que convenía decir de los muertos; los hechos de estos ya han recibido el homenaje efectivo de la ceremonia, y sus hijos serán criados a expensas de la ciudad hasta la adolescencia, recompensa pública a su coraje, porque donde se establecen los mayores premios al valor viven también los mejores ciudadanos. La lectura final concluyó con las últimas palabras de Pericles: tras cumplir con las lamentaciones por sus respectivos parientes, que los asistentes se retiren.
El discurso del año 430-429 que vamos a comentar hoy, como dice el texto, el título, es un discurso fúnebre. Es un discurso que fue pronunciado después del primer año de guerra, de una guerra que duró 27 años, de una guerra que narra un historiador contemporáneo, Tucídides, y se trata de los muertos del primer año de guerra.
Las guerras en la Antigüedad, por lo menos en la época clásica griega, se luchaba durante el periodo estival, primavera-verano, y en el invierno se preparaban para la campaña siguiente. Así que este discurso se pronuncia durante el invierno del año 430-429. Tucídides vivió toda la guerra, no llegó a acabar la historia de la guerra del Peloponeso y el final, los últimos años de la guerra, los tenemos redactados en las Helénicas de Jenofonte, pero conoció, como digo, toda la guerra.
Bien, el discurso lo conocemos a través de Tucídides, pero es un discurso que Tucídides pone en boca de Pericles, que era un político muy importante. Supongo que ustedes han oído muchas veces hablar de la importancia y de la influencia que tuvo Pericles en la Atenas de la segunda mitad del siglo V. Pero hay que decir, hay que comentar también qué significa ser un político influyente en la Atenas de esa época, en la democracia ateniense del siglo V y del siglo IV. Porque ser un político influyente no significaba ser el líder de un partido, haber sido elegido para ejercer de primer ministro o de presidente de la República o algo por el estilo, sino que era el equivalente de ser un excelente orador. Los términos rhétor, orador, y politikós, político, son absolutamente intercambiables. O sea, que Pericles fue un gran político porque fue un gran orador. Un gran orador no significaba solamente hacer discursos muy bellos, sino que significaba también persuadir regularmente, hablar ante asambleas a las que acudían miles de ciudadanos y que la política que él aconsejaba resultara beneficiosa para la ciudad. Eso significaba ser un gran político, y Pericles fue quizás el político más influyente de Atenas entre aproximadamente mediados del siglo V y su muerte, que se produjo un año después de este discurso, en el año 429.
No es frecuente tener discursos políticos, discursos deliberativos ante una asamblea, ante un consejo, escritos por los políticos, porque ellos no redactaban por escrito los discursos, lo cual no quiere decir que no los prepararan, los preparaban y muy a conciencia, pero tenían que improvisar, repentizar según lo que habían oído o esperaban oír de otros políticos. Así que tenemos la fortuna de que podemos leer algunos discursos de Pericles en la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides. Y este discurso en concreto no es siquiera un discurso político en el sentido de que esté pronunciado ante un órgano decisorio como pueda ser un consejo, una asamblea, sino que es un discurso ceremonial, es un discurso que se prepara y en este caso sí que pudo perfectamente haber sido escrito.
Por ello voy a introducir primero el tema del discurso fúnebre tratando tres puntos que creo que son interesantes. En primer lugar, ¿en qué consistía la ceremonia en la que se inscribía este discurso? En segundo lugar, ¿en qué consistía el género literario, el género retórico al que pertenece este discurso, el discurso fúnebre? Hablamos del epitáphios lógos o discurso fúnebre. Y en tercer lugar, el problema de la autoría, puesto que el discurso, como he comentado ya, aparece dentro de la historia escrita por Tucídides sobre la guerra del Peloponeso.
Bien, empezaré pues por el primer punto. El discurso forma parte de una ceremonia y esa ceremonia es una costumbre tradicional de Atenas. Así lo vamos a oír en las palabras tanto de Tucídides como de Pericles. Es una costumbre. Los atenienses eran, según incluso dice otro orador, otro político muy influyente, Demóstenes, del cual ustedes podrán oír hablar dentro de un par de días, tres cuartos de siglo después todavía dice: "Somos los únicos que pronunciamos discursos fúnebres para elogiar la virtud de los que han luchado por la ciudad. Y eso es propio de los que quieren imitar la virtud, no de los que lo imitan". ¿En qué consistía esa ceremonia y esa costumbre ateniense? Consistía en considerar a todos los que habían luchado por la ciudad en términos de igualdad. Tengan en cuenta que se trata de un discurso democrático y la característica de la democracia era que todos los ciudadanos eran iguales. Así que en la ceremonia, en el discurso, no se singularizaba a ningún ciudadano, ni por haber sido general, jefe de la caballería, capitán de una nave; ninguna de esas cosas se resaltaba. Todos eran igualados y ennoblecidos por haber dado su vida por la ciudad.
Bien, es una costumbre, en términos griegos un nómos. Incluso dice Tucídides que se trata de una costumbre tradicional, un nómos pátrios. Esa costumbre tradicional, debemos preguntarnos a partir de qué momento, para que cuando Pericles habla en el año 431 esa costumbre se considere ya como si no tuviera origen. Bueno, pues seguramente esa costumbre la introdujeron los atenienses después de haber luchado contra los persas en lo que llamamos la segunda guerra médica, que acaba en el año 479 con las famosas batallas de Salamina y de Mícale. Entre esa fecha, como mucho, año 478, y como muy tarde, en el año 465, que es cuando los atenienses derrotaron definitivamente a los persas y los expulsaron del mar Egeo en la batalla del Eurimedonte. En esas fechas nos movemos; por lo tanto, en el año 431 se puede considerar ya una costumbre tradicional.
La ceremonia consistía en que era necesario repatriar los restos mortales de los que habían caído en las batallas. Y después de que esos restos mortales estuvieran en Atenas, eran agrupados en 10 tiendas de campaña, en 10 féretros, como dice, oiremos enseguida, el texto de Tucídides. Estas 10 tiendas de campaña correspondían a las 10 tribus o las 10 phylai, las 10 circunscripciones territoriales en las cuales estaba dividida la ciudadanía ateniense, y se añadía un féretro adicional para los soldados desconocidos, para los que no habían podido ser rescatados. Y a esa ceremonia se añade un discurso que se encarga a un orador prestigioso y popular. En este año, concretamente el año al que me estoy refiriendo, 430-429, se había elegido a Pericles, que a estas alturas era un político que tendría quizás algo más de 65 años.
Escucharemos primero lo que dice Tucídides acerca de la ceremonia.
En el mismo invierno, los atenienses, siguiendo la costumbre ancestral, celebraron oficialmente los funerales de los primeros muertos de esta guerra.
La ceremonia se desarrolla del modo siguiente. Tres días antes instalan una tienda en la que exponen los huesos de los difuntos y cada pariente lleva al suyo la ofrenda que quiere.
Cuando tiene lugar la conducción, unos carros transportan féretros de ciprés, uno por cada tribu, y los huesos están en el féretro de la tribu a la que cada uno pertenecía. Sigue luego una litera vacía con su cortejo fúnebre en honor de los desaparecidos que no han podido ser hallados al levantar los cadáveres para el sepelio.
Todos los que lo desean, tanto ciudadanos como extranjeros, pueden participar en el cortejo y las mujeres de la familia están presentes en el entierro profiriendo sus lamentaciones.
Los depositan luego en el sepulcro público, que está situado en el más bello arrabal de la ciudad y en el que siempre han enterrado a los que han muerto en la guerra, excepción hecha de los de Maratón. A aquellos, en atención a su valor excepcional, les dieron sepultura en el mismo lugar de la batalla.
Y cuando los han cubierto de tierra, un hombre elegido por la ciudad, que sea estimado por su no poca inteligencia y que sobresalga por su reputación, pronuncia en su honor un elogio adecuado, y después de esto se retiran.
Así es la ceremonia de estos funerales y durante toda la guerra, cada vez que se presentó el caso, siguieron esta costumbre.
Pues bien, para hablar en honor de estos primeros caídos fue designado Pericles, hijo de Jantipo. Cuando llegó el momento, dejando el sepulcro, avanzó hacia una elevada tribuna levantada para que pudiese ser oído por la muchedumbre lo más lejos posible.
Como acabamos de oír, los restos eran enterrados en el cementerio del Cerámico. El Cerámico es este barrio en el noroeste de Atenas, dividido por la muralla del siglo V. El cementerio, el demósion sema, el cementerio público, estaba colocado fuera de la muralla. Entonces era allí donde se hacía la ceremonia.
Los restos arqueológicos de los que hoy se puede hablar, la verdad es que no dicen demasiado acerca de la belleza que seguramente tenía este barrio, como dice Tucídides. Bien, aunque Tucídides dice que los muertos de Maratón no fueron enterrados en el cementerio público por la importancia que tuvo esta batalla, en realidad en esta época todavía no existía la costumbre, como he dicho anteriormente, sino que enterrar a los muertos caídos en una guerra in situ seguramente era la costumbre helénica. Así ocurrió también con los griegos de distintas ciudades que lucharon en Platea, una ciudad de Beocia que está al norte del Ática, en el año 479. Las tumbas de todos esos griegos estaban en la ciudad de Platea y los plateenses eran los que tenían que proteger esas tumbas y honrarlas.
Bien, pasaré al segundo punto al que me refería antes. Voy a hablarles un poco del género al que pertenece el discurso de Pericles, un género al que llamamos la oración fúnebre y del cual, a lo largo de los casi dos siglos en los que se mantuvo esta costumbre, conservamos exclusivamente cinco ejemplos y algún fragmento. En el cuadro que estoy proyectando se puede ver la comparación entre las partes de los distintos discursos que conservamos. El más importante, y que he señalado en color azul, es el que conservamos en el libro de Tucídides y que se atribuye a Pericles. Este discurso, como hemos oído en las palabras de Tucídides, es el primero que se pronunció a lo largo de una guerra muy larga. Y Tucídides dice que ese discurso se pronunció a lo largo de toda la guerra tantas veces como fue necesario, lo cual significa que Tucídides revisó o escribió esa parte de su historia de la guerra al final, después de haber vivido toda la guerra, es decir, después del año 404.
Bueno, vuelvo a los ejemplos que tenemos. Conservamos un pasaje relativamente largo de un discurso que escribió Gorgias. Conservamos entero el de Tucídides, de finales del siglo V, el único del siglo V. Los otros cuatro pertenecen a la cuarta centuria: el de Lisias y el que se conserva dentro de un diálogo platónico, el Menéxeno, al cual me referiré también después. Son discursos de principios del siglo IV, quizás del 395 uno y del 386 el otro. Y los dos últimos, el de Demóstenes y el de Hipérides, pertenecen ya a la fase final de la democracia ateniense. El de Demóstenes se pronuncia a los muertos en la batalla de Queronea del año 338 y el de Hipérides a los caídos en la guerra lamíaca, que es el último enfrentamiento entre los griegos, no solamente atenienses, todos los griegos que se opusieron al poder macedónico, en el año 322.
Bueno, pues sobre la base de los ejemplos que tenemos podemos establecer un modelo que siguen todos los autores. Ese modelo se compone de cuatro partes: el proemio, el encomio, la exhortación y el epílogo. La lamentación, como se puede ver en el cuadro mismo, solamente aparece en el discurso de Lisias, lo que nos hace pensar que no era imprescindible. Es más, Pericles dice que él no va a hacer una lamentación; hará una consolación, pero no una lamentación.
El proemio suele ser breve, igual que el epílogo. Y la parte central del discurso es el encomio, en el cual se trata de ensalzar a la ciudad y junto a la ciudad a sus ciudadanos, pero sobre todo a la ciudad, su politeia, es decir, su sistema político. Y también hablar de su historia. Desde luego, cada uno de los discursos es distinto porque, a pesar de que hay un modelo más o menos compartido, sin embargo hay mucha libertad a la hora de la composición. Todos ellos suelen utilizar lugares comunes habituales, como por ejemplo hablar del patriotismo, de la patria, que se resume en los antepasados, por un lado; por otro lado, la paideia, es decir, el sistema educativo. Elogian también la libertad de los ciudadanos atenienses, el valor, la audacia, Pericles concretamente repite muchas veces este concepto, la elección de una muerte por encima de la pérdida de la ciudad; en fin, este tipo de lugares comunes que utiliza cada orador de una forma distinta.
Queda por fin un tercer punto, que es el problema de la composición del discurso que, repito, encontramos dentro de la historia de Tucídides puesto en boca de Pericles.
Tucídides, que dedica todo un libro a los prolegómenos de la guerra y concretamente a hablar también de cómo ha escrito la historia, dedica un capítulo a decir que para él era imposible verter con exactitud los discursos que había oído o incluso aquellos en los que no había estado y le habían contado. En este concretamente pudo perfectamente estar presente. Entonces, su idea es escribir lo que le parecía que cada orador habría dicho en el momento en el cual tuvo que hablar.
Pero claro, el discurso que estamos tratando hoy no es exactamente un discurso improvisado ante una asamblea o ante un ejército o ante una embajada, sino que es un discurso que se prepara con tiempo. Es decir, que cuando a Pericles le encargaron hacer este discurso pudo perfectamente redactarlo por escrito. Entonces existe la posibilidad de que Tucídides haya tenido el documento escrito, porque ese documento quizá sería conocido. O la alternativa contraria sería que Tucídides lo hubiera creado desde la nada. Sin embargo, hay que tener en cuenta una tercera explicación, y es que en la Antigüedad, en esta época, la memoria era un factor muy importante y los que asistían a un discurso contaban luego lo que habían oído y ensalzaban las partes que les habían parecido más dignas de ser recordadas. Así que la transmisión oral también desempeña un papel a la hora de que un historiador como Tucídides pudiera retocar o escribir este discurso.
No obstante, la mayor parte de los críticos, de los comentaristas, coinciden en que el discurso fúnebre de Pericles nos está transmitiendo las convicciones que tenía el propio político. Es decir, su patriotismo, la forma en que amaba la ciudad, no solamente la ciudad, sino su sistema político, su gran poderío; todo eso son ideas que parecen más propias de Pericles que del propio Tucídides. Entonces podemos decir que, sea como sea que se haya redactado este discurso, estamos ante el discurso que aproximadamente pronunció Pericles en la fecha que vengo mencionando, 430-429.
Y la segunda parte de este asunto relativo a la autoría es por qué Tucídides introduce el discurso de Pericles muy al principio de su historia de la guerra del Peloponeso. El primer libro es un libro programático y el relato de la guerra empieza en el segundo libro, y nos encontramos que muy pronto en ese segundo libro tenemos el discurso fúnebre de Pericles. ¿Por qué introduce allí ese discurso?
Resulta que después de pronunciar este discurso, lo que relata Tucídides es que en Atenas se desencadena una epidemia, una epidemia que quizás fuera de tifus, debido a las condiciones de hacinamiento relativas al inicio de la guerra: los habitantes de las áreas rurales se habían tenido que refugiar dentro de las murallas y, como las condiciones de salubridad eran las que eran en esa época, se debió de desencadenar una epidemia. Como víctima de esa epidemia, uno de los muertos en esa guerra es el político Pericles. Pericles desaparece y entonces Tucídides, que admiraba a Pericles, que lo considera el líder ideal para haber podido enfrentarse con los espartanos y haberlos derrotado en la guerra del Peloponeso, se encuentra la ciudad sin esa dirección. Se van a ir cometiendo errores, la ciudad irá perdiendo su poderío económico, se tendrá que enfrentar incluso a rebeliones de aliados, etcétera. Y finalmente, en el año 415, los atenienses deciden trasladar la guerra a un escenario alejado como era la isla de Sicilia, algo que Pericles hubiera desaconsejado totalmente. En ese momento, Atenas, en una guerra que dura dos años en Sicilia, pierde buena parte de su población
joven, de sus ciudadanos más joven, más jóvenes, su flota, etcétera. Cuando la noticia llega a la ciudad, los atenienses reaccionan como reaccionaría un espectador que estuviera contemplando la tragedia de Atenas. Es decir, la gran heroína que vemos en la oración fúnebre en su momento de mayor gloria empieza a cometer errores, la hamartía trágica, y finalmente eso conduce a que finalmente los atenienses se den cuenta de los errores, y los espectadores, o mejor dicho en este caso los lectores de Tucídides, experimentan lo que cualquier espectador en el teatro de Dioniso experimentaría, que es el temor, el temor a lo que pueda ocurrir, y la compasión por los muertos.
Así es que seguramente la elección de este discurso, de este discurso tan potente, de este discurso tan enérgico, tiene su explicación en la composición de la historia de Tucídides. Por eso he recalcado antes que Tucídides vivió toda la guerra y que esta parte la revisó o la introdujo al final de la guerra, porque, como hemos oído, esta ceremonia se repitió cada vez que fue necesario durante la guerra.
Vamos a empezar ya a introducirnos, después de esta pequeña introducción, en el proemio del discurso, el proemio que pronuncia ya Pericles, en el cual va a hacer un contraste repetido entre el valor de los hechos, el peso de los hechos, y la imposibilidad de que las palabras estén a la altura de las hazañas que han realizado los caídos.
Por un lado está el logos, los logoi, la palabra, los discursos, y por otro lado las hazañas o los hechos. Y cuán difícil es para él, un solo hombre, poner de relieve las virtudes de tantos hombres que han demostrado su valía dando la vida por la ciudad. La antítesis logos-ergon, acción, palabra, se repite muchas veces en el discurso y es algo que también recalca muchas veces el historiador. Su distancia de la realidad está presente en todo el discurso. Vamos a oír el proemio en la boca de Pericles.
La mayor parte de quienes han tomado aquí la palabra en otras ocasiones han elogiado a quien introdujo este discurso en la ceremonia tradicional. Según ellos, resulta oportuno pronunciarlo en las honras fúnebres de los que han caído en la guerra. En mi opinión, sin embargo, sería suficiente que a hombres cuyo valor se ha manifestado en actos también se les tributaran los honores mediante actos, tal como hoy mismo estáis presenciando en estos funerales públicos.
Así el crédito de los méritos de muchos no peligraría al depender de las palabras más o menos elocuentes de un solo hombre, porque es difícil, en efecto, hablar con medida en un momento en que a duras penas llega a aceptarse la verdad estricta.
El oyente que conoce bien los hechos y está bien dispuesto pensará posiblemente que la exposición queda por debajo de sus deseos y de su conocimiento de la realidad. Por el contrario, el que no los conoce por propia experiencia, si oye algún elogio que esté por encima de su naturaleza, creerá por envidia que son exageraciones.
Porque los elogios que se pronuncian acerca de otros solo resultan tolerables en la medida en que cada uno cree que él mismo es capaz de realizar las mismas acciones que oye elogiar. Pero ante lo que va más allá, los hombres enseguida sienten envidia y desconfían.
En fin, puesto que los antiguos aprobaron que esto fuera así, es preciso que yo, siguiendo la costumbre, trate de acertar en la medida de lo posible con el deseo y la opinión de cada uno de vosotros.
Después de oír las palabras iniciales de Pericles, entendemos perfectamente por qué se ha servido de esa oposición entre la palabra y los hechos. Por un lado, cita a los oyentes benevolentes, que pensarán que el orador se ha quedado muy por debajo de las hazañas; creerán que los ciudadanos que han dado su vida por la ciudad merecían incluso más elogios. Pero hay ciudadanos envidiosos que piensan que el orador ha exagerado, ha exagerado de tal manera que a ciudadanos que no se lo merecen les ha brindado un elogio magnífico.
Y para comprobar que efectivamente existía esa gente, esos ciudadanos que no creían en la igualdad de la virtud de todos aquellos que habían luchado por su ciudad, vamos a oír cómo lo dice Sócrates en este fragmento del Menéxeno.
Ciertamente, Menéxeno, en muchas ocasiones parece hermoso morir en la guerra, pues aunque uno muera en la pobreza, se obtiene una bella y magnífica sepultura y además se reciben elogios, por mediocre que uno sea, de parte de hombres doctos que no reparten sus alabanzas a la ligera, sino que han preparado durante mucho tiempo sus discursos.
Hacen sus alabanzas de una manera tan bella, diciendo de cada uno las cualidades que posee y las que no posee, y matizando el lenguaje con las más hermosas palabras, que hechizan nuestras almas.
Ensalzan a la ciudad de todas las maneras, y a los que han muerto en la guerra, y a todos nuestros antepasados que nos han precedido; a nosotros mismos, que aún vivimos, nos elogian de tal forma que, por mi parte, Menéxeno, ante sus alabanzas me siento en una disposición muy noble, y cada vez que quedo escuchándolos, me quedo escuchándolos como encantado, imaginándome que en un instante me he hecho más fuerte, más noble, más bello.
Como de costumbre, siempre me acompañan y escuchan conmigo el discurso algunos extranjeros, ante los cuales enseguida me vuelvo más respetable. Parece, en efecto, que ellos, persuadidos por el orador, también experimentan estas mismas sensaciones con respecto a mí y al resto de la ciudad, a la cual juzgan más admirable que antes. Y esta sensación de respetabilidad me dura, Menéxeno, más de tres días.
El tono aflautado de la palabra y la voz del orador penetran en mis oídos con tal resonancia que a duras penas al tercer o cuarto día me vuelvo en mí y me doy cuenta del lugar en la tierra donde estoy. Hasta entonces, poco falta para creerme que habito en las islas de los bienaventurados.
Hasta tal punto son diestros nuestros oradores.
Bueno, pues hemos comprobado que efectivamente no todo el mundo estaba contento con esta costumbre ateniense de pronunciar epitafios para todos en igualdad.
A partir de este momento vamos a introducirnos ya en la parte central del discurso fúnebre, que es el encomio. Como hemos visto antes en el cuadro, el encomio está compuesto fundamentalmente de dos partes. Por un lado, se habla de la historia de Atenas y, por otro lado, se habla de su sistema político. Estos dos asuntos suelen formar parte no solamente de los discursos fúnebres, sino que forman parte también de un género que es propio de la época, que solemos llamar las constituciones, en términos griegos las politeiai, en las cuales los autores resumían cuáles eran los nomoi y las leyes, las costumbres, las tradiciones, la historia y a veces también las instituciones, pero no era fundamental. Es decir, que aunque hablamos de constituciones y utilizamos ese término moderno, en realidad eran algo mucho más amplio.
Bien, el encomio es, en el caso del discurso de Pericles, desde luego la parte más conceptual, es la parte más rica, y creo que no viene mal recordar en este momento que durante la época en la cual la Luftwaffe bombardeaba la ciudad de Londres, las autoridades británicas decidieron poner algunas frases pertenecientes a esta parte del discurso en los autobuses de la capital, en los autobuses de Londres, para animar a los ciudadanos en la defensa de los valores democráticos, de la libertad democrática, frente a un sistema totalitario.
Por lo que respecta a la historia, otros oradores en discursos fúnebres equivalentes se extendían muchísimo en asuntos como, por ejemplo, la lucha de Teseo contra las amazonas, el rescate de los argivos ante la Cadmea de Tebas o la ayuda prestada por los atenienses a los hijos, a los descendientes de Heracles; asuntos legendarios y míticos, cuya cronología, aparte de ser antiquísima, era desconocida, y enlazaban directamente con la historia reciente, con la historia que eran las guerras médicas, sin dejar de mencionar lógicamente las batallas de Maratón, año 490, y Salamina, 479, que consideraban que eran exclusivamente victorias atenienses.
Bueno, pues lo que vamos a oír a continuación es muy distinto, porque Pericles es totalmente original en ese sentido, y lo que oiremos es cómo condensa Pericles la gloriosa historia de Atenas.
Comenzaré ante todo por nuestros antepasados. Es justo, a la vez que adecuado en una ocasión como esta, tributarles el homenaje del recuerdo.
Ellos habitaron siempre esta tierra y en el sucederse de las generaciones nos la han transmitido libre hasta nuestros días gracias a su valor. Y si ellos son dignos de elogio, todavía lo son más nuestros padres. Pues al legado, al legado que habían recibido, consiguieron añadir, no sin esfuerzo, el imperio que poseemos, dejándonos así a nuestra generación una herencia incrementada. Nosotros, en fin, los hombres que ahora mismo estamos en plena madurez, hemos acrecentado todavía más la potencia de este imperio y hemos preparado nuestra ciudad en todos los aspectos, tanto para la guerra como para la paz, tanto para la guerra como para la paz, de forma que sea completamente autosuficiente.
Respecto a todo eso, pasaré por alto las gestas militares que nos han permitido adquirir cada uno de nuestros dominios, la energía con la que nosotros o nuestros padres hemos rechazado con ardor al enemigo, bárbaro o griego, en sus ataques. No quiero extenderme ante un auditorio perfectamente enterado.
Explicaré en cambio, antes de pasar al elogio de nuestros muertos, qué principios nos condujeron a esta situación de poder, y con qué régimen político y gracias a qué modos de comportamiento este poder se ha hecho grande. Considero que en este momento no será inadecuado hablar de este asunto y que es conveniente que toda esta muchedumbre de ciudadanos y extranjeros lo escuche.
Efectivamente, Pericles renuncia a hablar de gestas militares, que dice que todo el mundo conoce, pero resume la historia de Atenas en tres generaciones. La primera es la de los antepasados, de la cual dice que vivieron siempre en Atenas, que nunca la abandonaron y que nos la legaron libre.
Cuando Pericles dice que los antepasados de los atenienses nunca se movieron del Ática, nunca se movieron de esa tierra, está aludiendo a un mito que constituye un verdadero dogma democrático, y es que el primer ateniense nació de la tierra. Ser autóctono significa textualmente haber nacido de la tierra, y todos los atenienses son descendientes de ese primer ateniense nacido de la tierra. El texto que ven ustedes en la pantalla es la forma en la cual el Menéxeno platónico interpreta este mito de la autoctonía. Dice: "Puesto que todos los atenienses han tenido el mismo origen, todos los atenienses deben tener las mismas leyes, los mismos derechos, la misma libertad, el sistema democrático". Pues Pericles no hace nacer el sistema ateniense ni los valores en los que ese sistema se basa de un origen natural, sino que lo hace depender de la forma de actuar de sus ciudadanos. Y en el fondo, este discurso se dedica a eso, a demostrar que las virtudes de los atenienses forman parte de un estilo de vida o han nacido de un estilo de vida.
Bien, con respecto a la segunda generación, la de los padres, es textualmente la generación de los padres de Pericles y otros contemporáneos. Pericles, como antes he comentado, estaba por encima de los 65 años. Era hijo de Jantipo, lo dice el mismo Tucídides en la explicación de esta costumbre del discurso fúnebre. Jantipo había luchado en la batalla de Mícala del año 479 y, una vez concluida esa batalla, que es una batalla griega, dirige las naves atenienses y sus aliados hacia el norte del Egeo, hacia la ciudad de Sesto, y le pone sitio durante el invierno, algo extraordinario. Y hasta que no cae esa ciudad, no vuelve a Atenas. Se considera este hecho la gesta fundacional de lo que llamamos el imperio ateniense, y que el orador en esta parte del discurso cita con el término duro de arché, imperio. Normalmente no se refiere en este discurso al poderío ateniense con ese término tan duro, sino que utiliza el término dýnamis, que significa la potencia, que puede ser equivalente, pero es que resulta que el término arché es el que elige Tucídides para hablar de cómo una alianza constituida después de la derrota de los medos se va paulatinamente transformando en una forma de imperialismo. A la generación de Jantipo pertenecían, por ejemplo, Cimón, que era el hijo de Milcíades. Milcíades es el vencedor de Maratón del 490, y Cimón es el gran general de las primeras décadas de la Pentecontecia, de esos 50 años que separan las guerras médicas de la guerra del Peloponeso. Es el gran vencedor de la batalla del Eurimedonte del año 465. Pertenece también Temístocles, que es el que inspiró a los atenienses para que se convirtieran en marinos, o Arístides el Justo, al cual se le atribuye asentar las bases de la alianza naval ateniense que hizo de Atenas una potencia en todo el Egeo. Todos, esta generación, es la generación que hizo grande el poderío ateniense.
Y la tercera generación es la generación a la que pertenece Pericles, que dice: "Nosotros lo hemos hecho todavía más fuerte y, sobre todo, lo hemos hecho autosuficiente". El término que utiliza en griego es autárquico. Lo han hecho autárquico, no solamente porque Atenas tiene de todo, que ese es el significado que hoy le daríamos a la palabra más directamente, sino porque no depende de nadie, porque tiene un poder tan grande que Atenas no depende de nadie. Realmente es la ciudad, en ese sentido, más libre.
Y este apartado dedicado a la historia ateniense concluye con algo que es muy importante, y es anunciar de qué va a tratar el discurso. El discurso no va a tratar de las hazañas, pero sí que va a resumir los principios sobre los que se basa la forma de vida, el estilo de vida; va a hablar también del sistema político, en términos griegos la politeia, y finalmente de los caracteres, de los tropoi y de las formas de conducta propias de los ciudadanos atenienses, porque esos tres pilares son los que explican la dýnamis, el poderío que Atenas llega a tener durante esos 50 años que van del año 478 al 431.
Y entonces vamos a pasar ya al capítulo en el cual Pericles les habla fundamentalmente del régimen político, y lo denomina democracia, y veremos cómo, en lugar de hablar de las instituciones, no habla de cómo funcionaban los tribunales de justicia, no habla de cómo era el consejo deliberativo, no habla de cómo se celebraban las asambleas, no habla tampoco de los mecanismos, no habla, por ejemplo, de que las magistraturas eran sorteables o de que ejercer un cargo político conlleva cobrar un sueldo, sino que habla fundamentalmente de lo que acaba de decir, es decir, habla de los principios, en qué principios se basa la politeia ateniense. Vamos a oír las palabras del alcmeónida al respecto.
Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que administramos no para unos pocos, sino para una mayoría inclusiva, es democracia.
En lo que concierne a las diferentes diferencias privadas, la igualdad, conforme a nuestras leyes, alcanza a todo el mundo, mientras que en los asuntos públicos, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad, no anteponemos las razones de clase al mérito personal. Y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si tiene la posibilidad de prestar un servicio a la ciudad.
En nuestras relaciones públicas vivimos como ciudadanos libres, y del mismo modo, en lo tocante a las mutuas sospechas propias del trato cotidiano, nosotros no sentimos irritación contra nuestro vecino si hace algo que le gusta, y no le dirigimos miradas de reproche, que no suponen un perjuicio, pero resultan dolorosas.
Y si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas para ayudar a los que sufren injusticias y a las que, aun sin estar escritas, acarrean a quienes las infringen una vergüenza por todos reconocida.
Bueno, en lo que acabamos de oír vemos en primer lugar que el orador nos
está hablando de la originalidad del sistema ateniense. No copiamos las leyes o las costumbres de otros, sino que otros pueden copiarnos a nosotros porque somos un modelo.
La denominación del sistema político Pericles dice que es democracia. Democracia es un término que nosotros utilizamos frecuentemente y nos parece que ha existido toda la vida. Sin embargo, cuando los atenienses instituyeron eso que llamamos democracia, lo sabemos por historiadores, como por ejemplo Heródoto, que dice que la democracia en Atenas la instituyó Clístenes y eso es en el año 508, no se utilizaba este término. Democracia es un término que empieza a utilizarse más bien hacia mediados del siglo V y que nace más bien en la dinámica y en la comparación y contraste con su antítesis, democracia, oligarquía.
La prueba de que en el momento en que Pericles dice: "Nuestro sistema se llama democracia porque gobernamos para todos", y cuando dice para una multitud se está refiriendo a una multitud heterogénea e inclusiva y no se está refiriendo a una parte sobre la otra. La prueba la tenemos en que hay autores contemporáneos como este anónimo. Es un libelo que fue escrito en unas fechas que pueden ir entre el año 424 y el año 411 aproximadamente y que empieza como vemos en la pantalla: no me gusta el sistema de los atenienses porque los atenienses hicieron que los peores estuvieran mejor que los que realmente son valiosos.
Pericles dedica todo ese capítulo a demostrar que eso no es así. Realmente la democracia gobierna en beneficio de todos y establece la igualdad en las disputas privadas, las mismas leyes, los mismos tribunales, y también una igualdad, pero según mérito, en el terreno público. Es decir, que si alguien hace algo bueno por la ciudad, tiene algo bueno que ofrecer a la ciudad, entonces se le valora por lo que hace, por lo que ofrece a la ciudad y no por pertenecer a un grupo político exclusivo.
¿Qué hace un ciudadano por la ciudad? Pues fundamentalmente, estamos ante un discurso fúnebre, dar la vida por la ciudad, defender la ciudad. También, porque en Atenas la democracia daba el derecho a la palabra a todos los ciudadanos, participar en las deliberaciones, y a veces no necesariamente pronunciando discursos muy largos, pero sí deliberando, que es una función íntima, y luego votando, tomando decisiones. Las decisiones salen siempre de la mayoría y se benefician de los buenos consejos de los que hablan en las asambleas.
Luego habla de la libertad. Dice: "Vivimos como ciudadanos libres". Evidentemente los atenienses no hacían diferencias entre ellos. Todos eran igualmente libres a la hora de participar en la ciudad. La participación era muy abierta. Pero además algo que llama la atención en este discurso es que Pericles habla también de la libertad privada, del vivir como uno quiera. La libertad del ciudadano en una democracia como la ateniense puede ser entendida, como vemos en el texto entresacado de un discurso de Demóstenes, como competición libre en el mérito ante la aprobación de todos los ciudadanos, o puede ser entendida, como lo entendían los antidemócratas, como es el caso de Platón en la República o la opinión de Aristóteles en la Política, la libertad de hacer lo que uno quiere, de vivir como uno quiera, que era muy criticada porque eso lo interpretaban como que no había una disciplina, no había unas leyes. Y Platón llega a decir en la República que en una democracia existen tantos sistemas políticos como ciudadanos, porque cada uno vive como le da la gana.
Bien, esto es lo que niega Pericles cuando finalmente dice: "No es así, porque nosotros nos regimos por leyes, obedecemos a quien ejerce la autoridad en cada momento, y las leyes que respetamos son las dadas por la ciudad en protección de los más débiles e incluso aquellas que, no estando escritas, si se contravienen, acarrean una vergüenza de todos reconocida".
¿Qué son las leyes no escritas? Pues quizás convenga recordar en este momento la defensa de Antígona frente a Creonte, cuando Antígona dice que ella quiere enterrar a su hermano y no se somete a un dictado de la autoridad política, que en este caso es la de un tirano. Las leyes no escritas son esas tradiciones que dice Pericles que respetaban los atenienses, y por cierto no solamente lo dice aquí, sino que tenemos textos posteriores que dicen: Pericles les decía que las leyes no escritas también eran respetadas en la democracia.
Bueno, una vez expuesto el sistema político, la política ateniense, Pericles va a expandirse un poco más en el terreno de la vida privada de los ciudadanos y nos hablará de cómo los atenienses hacen para que la vida cotidiana sea más agradable.
Además, para solaz de nuestras fatigas, hemos procurado innumerables esparcimientos al espíritu, con juegos y fiestas que se suceden a lo largo de todo el año y con hermosas residencias privadas cuyo disfrute cotidiano aleja todo signo de tristeza. Y la importancia de nuestra patria permite que entren en ella todos los productos de la tierra, de suerte que gozamos de los frutos que los demás traen de otros países con la misma naturalidad que de los que en nuestro suelo crecen.
Llama la atención que en este discurso el orador hable del goce, del placer que los atenienses tienen en su vida cotidiana y de los festejos y de los edificios privados de una belleza incomparable. Y también habla aquí de la autarquía de Atenas, que es una autarquía novedosa porque no reside solamente en aquello que Atenas produce, sino sobre todo en tener un puerto como el del Pireo, que atraía naves de todas las partes del mundo conocido, pero concretamente del resto de las regiones griegas.
Para los no demócratas, para los antidemócratas, como por ejemplo el autor que antes hemos visto, Pseudo-Jenofonte o el Viejo Oligarca, como queramos llamarlo, este autor opina que una ciudad que tiene un puerto como es el puerto del Pireo de Atenas está sometida a las influencias extranjeras, deja de practicar sus propias costumbres, incluso pierde su manera de hablar.
Para autores como Platón y Aristóteles también lo de tener un puerto era algo maligno. Sin embargo, vemos cómo mucho tiempo después, más de medio siglo después, Isócrates recuerda, entre las muchas cosas que Atenas había dado al mundo, la importancia que tenía el puerto del Pireo, que él dice está situado en el centro mismo del mundo y donde uno puede encontrar lo que sea. Todos los productos que tendría que ir a buscar a distintos lugares los encuentra en el puerto del Pireo.
Tras haber hablado de una ciudad atractiva, cosmopolita, que goza de placeres mundanos, etcétera, va a introducirnos poco a poco el orador en un contraste entre la forma de actuar y el carácter de los atenienses y la de su ciudad rival. Estamos en el primer año de la guerra entre Atenas y sus aliados y Esparta y sus aliados. Por lo tanto, ahora ya el orador va a hablar de la ciudad de Esparta, pero vamos a escuchar cómo lo expresa Pericles.
En el sistema de prepararnos para la guerra también nos distinguimos de nuestros enemigos en estos aspectos. Nuestra ciudad está abierta a todo el mundo y en ningún caso recurrimos a las expulsiones de extranjeros para impedir que se llegue a una información u observación de algo que, de no mantenerse en secreto, podría resultar útil al enemigo que lo descubriera.
Esto es así porque no confiamos tanto en los preparativos y estratagemas como en el valor que nace de nosotros mismos para afrontar el combate. Y en lo que se refiere a la formación del ciudadano, mientras que ellos desde muy jóvenes tratan de alcanzar la fortaleza viril mediante un penoso entrenamiento, nosotros, a pesar de nuestro estilo de vida más relajado, no somos inferiores frente a peligros equivalentes.
Del hecho de que nosotros estemos dispuestos a afrontar los peligros con despreocupación más que con un penoso adiestramiento, y fiados menos en una fortaleza prescrita por las leyes que en el coraje que brota de nuestros propios hábitos, deriva una enorme ventaja: no tener que sufrir antes de que llegue el momento las penalidades que nos esperan, aunque a la hora de la verdad no nos mostramos menos audaces que los que andan continuamente fatigándose. Y nuestra ciudad es digna de admiración en estos y en otros aspectos.
Bueno, como hemos podido escuchar, la comparación clarísima que establece Pericles entre Atenas y Esparta tiene muchos matices. Por un lado, Atenas, ciudad abierta. Realmente hay que pensar que las asambleas se realizaban a cielo abierto y reunían a miles de ciudadanos, los juicios de la misma manera, e incluso las reuniones del consejo, aunque eran en un edificio cerrado, todo el mundo podía acercarse al vestíbulo. Sin embargo, dice Pericles, nosotros dejamos que otros extranjeros escuchen lo que nosotros deliberamos, mientras que los espartanos expulsan a los extranjeros de su ciudad. De ahí que el mismo Tucídides dice que la politeia de los espartanos era muy desconocida.
Bien. Por otro lado, la educación de los ciudadanos. Los atenienses se educan de manera libre y abierta. No necesitan someterse a un sistema duro que forma en la disciplina y en la obediencia, en la disciplina militar especialmente, como es el de los espartanos, un sistema que se iniciaba a los 7 años y concluía a los 20. Los atenienses viven una vida mucho más relajada, pero afirma Pericles, y esto lo decía yo al principio, que no por eso los atenienses no son más rápidos en actuar. La audacia de los atenienses: reflexionan y actúan inmediatamente y no están preocupándose toda la vida por los males que vendrán. Por eso dice Pericles que Atenas es una ciudad digna de admiración, porque vive relajadamente, pero no por ello da resultados militares por debajo de los de los rivales.
Y ahora ya, ahondando en los principios que presiden el estilo de vida de los atenienses, la frase con la que iniciamos la siguiente parte del discurso construye un paralelismo complejo, que habrá que explicar, que intenta resumir ese modo de ser de los ciudadanos. La frase viene a decir algo así como: amamos la belleza con parsimonia y amamos la sabiduría sin indolencia.
En efecto, amamos la belleza con sobriedad y rendimos culto al espíritu sin molicie. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad para la acción que como pretexto para la vanagloria. Y entre nosotros no es un motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien no hacer nada por salir de ella.
Los mismos ciudadanos pueden dedicar a la vez su atención a asuntos particulares y a asuntos públicos, y gentes que se dedican a diferentes actividades tienen suficiente criterio político. Somos, en efecto, los únicos que a quien no toma parte en estos asuntos lo consideramos no un apolítico, sino un inútil. Y nosotros en persona cuando menos damos nuestro juicio sobre los asuntos o los estudiamos detenidamente, porque es nuestra opinión que las palabras no pueden ser obstáculo para la acción y que sí lo es no informarse por medio de la palabra antes de proceder a la ejecución de un plan trazado.
También nos distinguimos en cuanto a que somos extraordinariamente audaces a la vez que hacemos nuestros cálculos sobre las acciones que vamos a emprender, mientras que a los otros la ignorancia les da coraje y el cálculo, indecisión. Y es justo que sean considerados los más fuertes de espíritu quienes, aun conociendo perfectamente las penalidades y los placeres, no por estos se apartan de los peligros.
También en lo relativo a la excelencia somos distintos a la mayoría, pues nos ganamos los amigos no recibiendo favores, sino haciéndolos. Y quien ha hecho el favor está en mejores condiciones para conservar vivo, mediante muestras de benevolencia hacia aquel a quien concedió el favor, el agradecimiento que se le debe. Somos los únicos, además, que prestamos nuestra ayuda confiadamente, no tanto por efectuar un cálculo de la conveniencia como por la confianza que nace de la libertad.
Bueno, en este apartado seguimos en el terreno de la comparación. Amamos la belleza con sobriedad y amamos la sabiduría sin molicie. ¿Qué significa eso? Los atenienses, claro que aman la belleza. Habían empezado a embellecer su ciudad, especialmente la Acrópolis, a partir del año 448. Es decir, desde la destrucción que se produjo durante los años 480 y 479, cuando entraron los ejércitos de Jerjes, incendiaron la ciudad y también la Acrópolis, se habían mantenido los restos monumentalizados de la Acrópolis. Pero en el año 448 Pericles convence a los atenienses para que se pongan en la labor de reconstruir la Acrópolis: el Partenón, los Propileos, luego será el Erecteion, el templo de Atenea Niké, todo eso que se va realizando incluso durante la guerra. Los atenienses aman la belleza como los jonios y aman la sabiduría también como los jonios, pero lo hacen con cierta austeridad, como los dorios, y no aman el saber con molicie como los jonios. Los jonios eran famosos por vivir con bastante lujo y relajo.
Entonces, la frase esta de Pericles quiere situar a los atenienses justo en el punto medio entre la escasez de los dorios y el exceso de lujo. No obstante, evidentemente la ciudad quedó muy embellecida y era un polo de atracción, hoy diríamos turístico.
Además de ser la acrópolis monumental que vemos en la pantalla, también era una acrópolis de la sabiduría, en palabras del famoso sofista Hipias de Élide, recordadas en un diálogo platónico, en el Protágoras, donde se reúnen en casa de un famoso y rico ateniense, Calias. Están reunidos Protágoras de Abdera, Pródico de Atenas, Hipias de Élide y Sócrates. Es decir, la acrópolis de la sabiduría también atraía hacia Atenas todo tipo de especialistas, no solamente en la palabra, no solamente en la ética, sino también en cualquier otro tipo de disciplina. De ahí la frase que he comentado de Pericles.
Con respecto a la participación de los ciudadanos, dice Pericles que los ciudadanos atenienses son capaces de dedicarse a sus asuntos privados, es decir, de trabajar, ganarse la vida, y también entender de los asuntos de la ciudad. Esta opinión no está dicha en el vacío, porque había muchos que opinaban que los ciudadanos que tenían que trabajar todos los días no podían conocer acerca de los bienes de la ciudad, de qué convenía a la ciudad. No sabían nada, no entendían nada porque no habían recibido instrucción, porque nunca habían visto nada bueno. Y aquí tenemos dos ejemplos de esas opiniones, que son, pues uno quizás un poquito anterior a Pericles, el que he sacado de un oligarca que se expresa en Heródoto, y el de Pseudo-Jenofonte, otra vez el Viejo Oligarca que antes hemos visto.
Es decir, Pericles está tomando posición frente a opiniones contrarias a la práctica democrática y dice: "No es ninguna vergüenza ser pobre. En todo caso, es vergonzoso no hacer esfuerzos para salir de la pobreza". Lo que sí que es criticable es no dedicarse a las cosas comunes. Y también aquí utiliza una fórmula bastante curiosa. Dice: "Esos que dicen de sí mismos que son apolíticos, que se alejan del ágora". El término griego apragmones son los que no se dedican a las cosas comunes, a las cosas de la ciudad, ta pragmata. Dice: "No, no es que seáis nobles, no es que seáis distinguidos, lo que sois es inútiles". Y entonces construye sobre el término griego chrestós, que solemos traducir por noble, el término achreîos: inútiles sois los que no servís en absoluto para la ciudad.
¿Cómo deliberan los atenienses? Pues lo necesario para tomar decisiones: oír, oír distintas opiniones. Deliberar y decidir un tipo de acción requiere haber escuchado a distintos proponentes, porque, como dice este político que es un poquito posterior a Pericles, el pasaje que está extractado de Tucídides habría que situarlo en el año 427, dice: quien crea que las palabras no sirven para conducir la acción, o es que es poco inteligente o tiene algún interés, porque no se pueden hacer conjeturas sobre hechos futuros si no es deliberando. Así es que los atenienses lo que hacen es: primero se informan, luego deciden e inmediatamente después actúan. Los espartanos, sin embargo, cuando saben a qué peligros se tienen que enfrentar, entonces sienten cobardía. Mientras que los atenienses, no por saber qué riesgos corren cuando se enfrentan al enemigo, no por eso dejan de actuar,
porque los atenienses saben que renunciar a su ciudad es perder lo que más vale en su vida. Realmente, en la época en la que Pericles les habla, parece que los ciudadanos todavía manifestaban mucha disposición hacia la defensa de la ciudad. La verdad es que en la época ya, por ejemplo, de Demóstenes, la segunda mitad del siglo IV, se queja fundamentalmente de la poca disposición de los ciudadanos a luchar por la libertad y por la politeia, por la democracia ateniense.
Finalmente, lo que acabamos de escuchar, también llama la atención que destaque en la ciudad de Atenas la generosidad que puede ejercer la ciudad más poderosa. Igual que el ciudadano poderoso y rico es el que puede hacer favores, también la ciudad más poderosa es aquella que puede exhibir una filantropía, un amor hacia la humanidad en general que se plasmaría en la ayuda de los más débiles.
Bien, nos vamos aproximando al final del encomio. Escucharemos ahora cómo Pericles inicia la parte siguiente del discurso con «en resumen». Y las ideas fundamentales que se recogen aquí es un poco el resumen de lo que ha intentado exponer, y es que la dýnamis de la ciudad, la potencia de la ciudad, es el efecto directo del sistema de valores en el que viven y de los caracteres de los ciudadanos. Tomada globalmente, es una norma, modelo o escuela para toda Grecia.
En resumen, afirmo que nuestra ciudad en su totalidad es una enseñanza para Grecia y que cada uno de nuestros ciudadanos individualmente puede, en mi opinión, hacer gala de una personalidad suficientemente capacitada para dedicarse a las más diversas formas de actividad con una gracia y habilidad extraordinarias. Y que esto no es alarde de palabras inspirado por el momento, sino la verdad de los hechos, lo indica el mismo poder de la ciudad, porque hemos obtenido gracias a estos modos de actuar todo lo que he mencionado.
Porque entre las ciudades actuales, la nuestra es la única que, puesta a prueba, se muestra superior a su fama y la única que no suscita indignación en el enemigo que la ataca cuando este considera las cualidades de quienes son causa de sus males, ni en sus súbditos el reproche de ser gobernados por hombres indignos.
Acabamos de oír cómo de la ciudad más autárquica, más autosuficiente, forman parte también ciudadanos completos capaces de cualquier logro. No obstante, llama la atención en este apartado que acabamos de escuchar cómo se refiere Pericles primero a los aliados, a los cuales llama súbditos, un término que sería inadecuado en una ceremonia como esta. Es un término tucidídeo, seguramente no es el tratamiento oficial. El tratamiento oficial de aliados, sýmmachoi, es totalmente noble, pero hablar de los súbditos realmente es como reconocer que Atenas no es la potencia hegemónica de una alianza, sino un imperio, como he comentado anteriormente.
Y en segundo lugar, la idea de que... y bueno, un lugar común que, como vemos en la pantalla en el texto que he sacado de Demóstenes, es la idea de que los atenienses no van a ser nunca censurados por la gloria alcanzada. La idea de que la grandeza ateniense no sería criticada ni por los súbditos ni por el resto del mundo o de los griegos.
Bueno, el orgullo cívico que ya percibimos en lo que acabamos de oír alcanza su cénit cuando Pericles afirma que será innecesario un Homero que establezca la memoria de sus gestas.
Y dado que mostramos nuestro poderío con pruebas importantes, y sin que nos falten los testigos, seremos admirados por nuestros contemporáneos y por las generaciones futuras, y no tendremos ninguna necesidad ni de un Homero que nos haga el elogio, ni de un poeta que deleite de momento, aunque la verdad de los hechos destruya las suposiciones sobre los mismos. Nos bastará con haber obligado a todo el mar y a toda la tierra a ser accesibles a nuestra audacia, y hemos dejado por todas partes eterno testimonio de la derrota enemiga y de los triunfos nuestros.
Tal es, pues, la ciudad por la que estos hombres han luchado y han muerto, oponiéndose noblemente a que les fuera arrebatada. Y es natural que todos los que quedamos estemos dispuestos a sufrir por ella.
Efectivamente, la grandeza de la ciudad es el fruto de la suma de las virtudes de estos muertos a los cuales se está celebrando en ese momento. Y la virtud más grande es esa muerte elegida en libertad antes que una vida que supusiera la privación de una ciudad como la que tenemos. Pericles afirma que no hay virtud mayor ni fama superior que la decisión consciente de defender la ciudad ante el enemigo.
Por eso, en lo que oiremos a continuación, destaca sobre todo su insistencia, y es una insistencia que tiene que ver con la idea de la igualdad de todos los ciudadanos, en que si se diera el caso de que alguno de los caídos hubiera cometido algún error o alguna falta en su vida pasada, sin embargo, al haber dado la vida por la ciudad no merece ningún reproche. Sería absolutamente injusto reprochar nada a la virtud ofrecida a la ciudad.
Por esto precisamente me he extendido en lo relativo a la ciudad, a fin de haceros entender que la lucha no tiene el mismo significado para nosotros y para aquellos que no disfrutan de ventajas similares a las nuestras. Las excelencias por las que he ensalzado a nuestra ciudad son el ornamento que le ha procurado la virtud de estos y de otros hombres como ellos.
Me parece asimismo que el fin que estos han tenido es una demostración del valor de un hombre, bien como primer indicio, bien como confirmación final. Porque incluso en el caso de aquellos que fueron inferiores en otros aspectos, es justo que se anteponga su bravura en la guerra luchando en defensa de su patria, pues borraron el mal con el bien y el servicio que prestaron en beneficio público compensó sobradamente los perjuicios ocasionados por su actuación privada.
Ninguno de estos hombres se acobardó, prefiriendo seguir con el goce de sus riquezas, ni trató de aplazar el peligro con la esperanza de su pobreza de que conseguiría librarse de ella y se haría rico. Al contrario, considerando más deseable el castigo del adversario que aquellos bienes, y creyendo además que aquel era el más hermoso de todos los peligros, decidieron, haciéndole frente, castigar a los enemigos y seguir aspirando a los bienes, fiando a la esperanza lo incierto del éxito, pero juzgando preferible, de hecho, ante la inminencia del peligro, confiar en sí mismos.
Y llegado el momento, pensaron que era más hermoso resistir hasta la muerte que ceder para salvar la vida. Evitaron así la vergüenza del reproche, afrontaron la acción a costa de su vida y, en un instante determinado por el destino, en un momento culminante de gloria, que no de miedo, nos dejaron.
Como vemos, a estas alturas del discurso solía apelarse a la fama inmortal, al recuerdo de las hazañas, a la preferencia por la muerte. El lenguaje se torna extraordinariamente poético: el instante determinado por el destino, el momento culminante de la gloria, a la vez que se profundiza en la igualdad de todos los ciudadanos, elevando el estatus de hombres comunes en la nobleza que suponía dar la vida por la ciudad.
A partir de ese momento, el orador pasa a exhortar a los vivos para que imiten a los que nos han dejado, a los caídos. Ejemplo que será difícil, pero que es necesario emular. Y emulando el ejemplo de los que se han ido, aprenderemos a venerar a la ciudad e incluso amarla. También esta es una idea que recogen textos posteriores: Pericles animaba a sus conciudadanos a enamorarse de la ciudad de Atenas. De este modo ganarían el elogio y la fama imperecederos.
La frase que encierra lo esencial del mensaje, del mensaje que vamos a oír a continuación, reza de este modo: no es posible la felicidad sin libertad, y ninguna de las dos cosas sin el coraje de asumir los riesgos de la defensa. Solo quien tiene algo importante que perder, y por tanto valora su posesión, lo defiende con su vida, y por eso es preferible una muerte honorable que una vida miserable.
El lenguaje, como veremos, tiene resonancias épicas. La gloria sobrevive siempre al recuerdo. La tierra entera es la tumba de los hombres ilustres, otorgando a los ciudadanos comunes un tratamiento heroico a pesar de la oscuridad de su origen. Por lo demás, desaparece a partir de ahora esa diferencia entre las palabras y los hechos; los actos y la fama, la doxa, se armonizan y se corresponden al cien por cien.
Debéis contemplar el poderío de la ciudad en la realidad de cada día y convertiros en sus amantes. Y cuando os parezca que es grande, debéis pensar que quienes consiguieron este poder eran hombres audaces y conocedores de su deber, que en sus acciones se comportaban con honor y que si alguna vez fracasaban en algún intento, no querían por ello privar a la ciudad de su valor, sino que le ofrecían la contribución más hermosa.
Daban su vida por la comunidad, recibiendo a cambio cada uno de ellos particularmente el elogio que no envejece y la tumba más insigne, que no es aquella en que yacen, sino aquella en la que su gloria sobrevive para siempre en el recuerdo, porque la tierra entera es la tumba de los hombres ilustres.
Tratad, pues, de emular a estos hombres y, estimando que la felicidad se basa en la libertad y la libertad en el coraje, no miréis con inquietud los peligros de la guerra, porque para un hombre con pundonor la degradación que acompaña a la miseria resulta más dolorosa que una muerte que sobreviene, sin ser sentida, en la plenitud de su vigor y de la esperanza colectiva.
Los últimos capítulos son los de la consolación. Ya he comentado antes que Pericles no hace una lamentación. ¿Cómo iba a hacer una lamentación acerca de actos heroicos? Pero sí que tiene que consolar a los parientes más cercanos, a los padres, a los hermanos, a las viudas.
Con respecto a los padres, les dice que se animen porque sus hijos han preferido el honor; la filotimía, el amor hacia el honor, está muy por encima de la ganancia económica. A los padres más ancianos los consuela diciéndoles que la mayor parte de su vida han podido disfrutar de la compañía de sus hijos. A los que todavía son jóvenes les exhorta a tener más hijos, porque así llenarán el vacío que han dejado los que se han ido y la ciudad también se beneficiará.
A los hermanos les anuncia que van a entrar en una competición guiada por una especie de sana envidia, que será difícil competir con los que acaban de morir. Y finalmente dedica unas palabras a las viudas.
Y si es necesario que me refiera a la virtud femenina a propósito de las que ahora vivirán en la viudez, lo expresaré todo con un breve consejo. Si no os mostráis inferiores a vuestra naturaleza, vuestra reputación será grande, y será grande la de aquellas cuyas virtudes o defectos anden lo menos posible en bocas de los hombres.
¿Cómo calificar estas palabras de Pericles? Pericles, que en segundas nupcias estaba unido a la milesia, que es conocida como una intelectual a la que se le atribuye haber dado clases de retórica a muchos atenienses, y por lo cual, además, recibía muchas críticas, porque la costumbre no era que las mujeres entraran en algún tipo de dialéctica con los varones.
Sí, realmente parece que Pericles mande callar a las mujeres, pero también emplea algunos términos muy nobles. Les dice que no sean inferiores a su naturaleza, a su physis, que tienen una virtud que defender, una areté, que su fama, su doxa, es el mismo término que ha empleado para los caídos, su fama, que no se vea empañada.
Así que efectivamente no podemos encontrar una defensa del igualitarismo que sería propio del siglo pasado o de este siglo. Las mujeres tenían todavía en aquella época un lugar que era la casa, el oikos, mientras que los varones tenían otro espacio, que era el espacio de la ciudad. Pero las mujeres también esperaban al menos que les fuera reconocida una cierta dignidad en lo que aportaban a la ciudad.
El discurso se cierra prácticamente como se inició. El orador ha completado el objetivo de encomiar a la ciudad y ha expuesto lo que convenía en esta oportunidad decir de los muertos. Los hechos por ellos realizados han recibido ya el homenaje fáctico de la ceremonia. Los hijos que dejan serán criados a expensas de la ciudad hasta la adolescencia, con lo que de algún modo los muertos han recibido el homenaje a su coraje.
Pues las ciudades donde están establecidos los mayores premios al valor son también aquellas donde viven los mejores ciudadanos. Ahora, en fin, después de cumplir las lamentaciones en honor de los parientes respectivos, retiraos.
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