Samuráis: cómo los guerreros de la paz inventaron a los guerreros de la guerra

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Resumen

En la segunda sesión del ciclo Místicos y guerreros de Oriente, el historiador Jonathan López-Vera plantea una pregunta de partida: cuando hablamos de samuráis, ¿de qué samurái hablamos? Su tesis es que la imagen popular del samurái como caballero del honor, leal, frugal y compasivo, no describe a quienes combatieron en los campos de batalla japoneses. Según López-Vera, esa imagen la construyeron siglos después samuráis que ya no hacían la guerra. Lo hicieron para justificar su lugar en la sociedad, y más tarde varios gobiernos japoneses la reutilizaron para sus propios fines. El ponente abre con una imagen de Los siete samuráis de Kurosawa y advierte que el mito puede ser atractivo, pero que conviene al menos saber distinguirlo de la realidad histórica. Esa realidad coincide con el mito en algunos puntos, porque los mitos no surgen del vacío, pero se aparta de él en muchos otros.

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Qué es un samurái: mil años de existencia y siete siglos de gobierno

López-Vera empieza con una definición deliberadamente sencilla. Un samurái es un guerrero japonés que existió aproximadamente desde comienzos del siglo IX hasta 1877. El inicio es difuso, porque cuesta decidir en qué momento los guerreros de Japón pasan a ser samuráis. El final, en cambio, está bien fechado: se sabe en qué año se decretó su desaparición. Hablamos, en números redondos, de unos mil años. Durante casi siete de esos siglos, entre 1185 y 1868, los samuráis además gobernaron Japón.

Para explicar el origen, el ponente se remonta mucho atrás. En casi todas las civilizaciones es difícil separar al cazador del guerrero. Quienes sabían montar a caballo y disparar con arco a una liebre eran también los más aptos cuando el grupo tenía que defenderse o atacar a otro, por ejemplo para quedarse con el excedente de la cosecha del vecino. Cuando esas sociedades se especializan, surgen élites guerreras. Eso ocurre también en Japón, pero pasará mucho tiempo antes de que se pueda hablar de samuráis. Como ejemplo muestra una figura de arcilla antigua: la armadura y la espada de ese guerrero se parecen mucho a las de sus contemporáneos de Corea o China y todavía no tienen los rasgos propios del samurái.

Del reino de Yamato a las élites guerreras provinciales

Hacia el siglo VI surge el reino de Yamato. Primero fue un grupo humano entre muchos; luego creció conquistando territorios o aliándose con ellos y acabó siendo, en palabras del ponente, la semilla de lo que hoy es Japón. Su gobierno era aristocrático y cortesano, con un emperador en la cúspide, muy parecido al chino. López-Vera compara el papel de China para Japón con el de la Grecia clásica para Europa: la cuna de su civilización. Recuerda que muchas cosas que consideramos típicamente japonesas tienen origen chino, y pone como ejemplo el budismo zen, versión japonesa del budismo chan del que se habló en la sesión anterior del ciclo. Añade que una de las capitales de esa época se construyó a imagen de la capital china.

La corte controlaba la capital. Para las provincias, sobre todo las más alejadas, disponía de un ejército propio, formado por soldados profesionales de las élites guerreras y por campesinos reclutados, un modelo que según el ponente resulta familiar desde la historia europea. Con el tiempo, la corte de Kioto fue confiando lo militar a las élites guerreras locales. A cambio, estas podían quedarse con buena parte de los impuestos que antes se enviaban a la capital. El trato era, más o menos: recauda tú los impuestos de los campesinos de tu territorio y quédatelos, pero financia con ellos tu propio ejército y tu propia policía.

Esas élites locales se enriquecieron y se militarizaron mucho más de lo que ya estaban. Se creó así un desequilibrio creciente entre el centro, que conservaba la legitimidad simbólica pero perdía poder real, y la periferia, que lo ganaba. López-Vera sostiene que, en cualquier lugar y época, cuando se produce este desequilibrio lo habitual es que desemboque en un cambio de paradigma, y Japón no fue una excepción.

El origen de la palabra "samurái" y el primer shogunato

A comienzos del siglo IX, algunos miembros de estas élites provinciales empiezan a instalarse en la capital, curiosamente a petición de los propios cortesanos. Muchos cortesanos estaban emparentados con clanes guerreros y les pedían que les enviaran hombres, entre otras cosas para defender la capital de los ataques de los monasterios budistas cercanos. Cuando esos monasterios no estaban de acuerdo con alguna decisión de la corte, mandaban a sus monjes guerreros y a sacerdotes que lanzaban maldiciones, algo que en la época se tomaba muy en serio. Según el ponente, los especialistas suelen coincidir en que a partir de ese momento ya se puede hablar de samuráis, tanto por su armamento y su armadura como por el nombre que reciben.

La palabra "samurái" deriva de saburau, un verbo antiguo que ya no se usa y que significa "servir a un superior". En la capital se aplicaba al servicio doméstico: criadas, mayordomos, mozos de cuadra. Cuando llegaron los guerreros a trabajar para familias cortesanas, se les llamó igual. Con el tiempo el término dejó de usarse para los sirvientes y quedó reservado a los guerreros. López-Vera añade que en Japón se usa mucho más la palabra bushi, "guerrero", que samurái.

Estos guerreros se dieron cuenta pronto de que tenían el monopolio de la fuerza. Eran ellos quienes resolvían con las armas las disputas cortesanas sobre quién sería el próximo emperador o el próximo ministro, y acabaron preguntándose por qué no mandar ellos directamente. El ponente señala que sectores del ejército llegan a esa conclusión con frecuencia en todo el mundo. Una serie de conflictos desembocó en el primer gran conflicto armado samurái, en 1185. El clan vencedor instauró un gobierno, el shogunato. López-Vera explica el término recordando la serie de los años ochenta con Richard Chamberlain, la novela en que se basaba y la versión reciente. El shogun es un samurái que manda sobre todo Japón, un gobernante militar, y el shogunato es su gobierno. La corte y el emperador siguieron existiendo, pero reducidos a funciones simbólicas y religiosas. Después de ese primer shogunato hubo dos más. El primero toma el nombre de la ciudad donde tenía su sede, Kamakura; los otros dos, el apellido de la familia que los controlaba. En conjunto suman unos setecientos años de gobierno samurái, de finales del siglo XII a finales del XIX.

El estereotipo omnipresente

Antes de entrar en la distinción entre mito y realidad, López-Vera recuerda que el samurái es probablemente el estereotipo más omnipresente de la ficción y la cultura pop japonesas. Aparece en el cine, en el anime, en series de imagen real como la nueva Shogun, en el manga y en cómics estadounidenses. Aparece incluso con personajes que no son japoneses, como Batman vestido de samurái en una película que, observa con ironía, se titula Batman Ninja, quizá por decisión del departamento de marketing. También está en novelas japonesas y extranjeras, en videojuegos y hasta en el fútbol: la selección japonesa se conoce como Samurai Blue, igual que la española como "la Roja". Por eso casi todo el mundo cree conocer al samurái. El ponente reconoce que no es un gran problema, pero sí un problema: lo que se conoce es la versión mitificada y romantizada, no la figura histórica.

Dos tipos de samurái separados por 1615

Para explicar por qué no se puede hablar de "los samuráis" como de una sola cosa, López-Vera muestra dos imágenes: un soldado francés del siglo XXI y otro del siglo X. No se parecen como soldados, porque no comparten armamento ni tácticas. Tampoco como personas: entienden el mundo de otra manera y tienen otra ética y otros valores. Nadie se extraña, porque los separan mil años. Sin embargo, observa el ponente, cuando le preguntan qué pensaban los samuráis de tal cosa o qué entrenamiento seguían, lo hacen como si en esos mil años no hubiera cambiado nada, como si fueran un ente monolítico.

Sin llegar a exigir el año concreto, él propone al menos distinguir dos tipos de samurái que "no tienen nada que ver" entre sí, y sitúa la frontera en 1615. Ese año se libró la última batalla samurái en dos siglos y medio; la siguiente no llegó hasta 1868. Todo el periodo Edo fue, en sus palabras, de paz absoluta. Quedan así, por un lado, los samuráis que sí hacían la guerra, durante unos siete siglos, y por otro los que, siendo guerreros, no la hacían, durante unos dos siglos y medio.

El problema, según López-Vera, es que buena parte de lo que sabemos de los samuráis combatientes nos lo contaron los samuráis de la paz. Y lo peor, añade, es que la mayor parte de lo que contaron es mentira: se lo inventaron. El resto de la conferencia explica cómo y por qué.

Los tres unificadores y las leyes que fijaron al samurái

El ponente presenta a los tres personajes que "tienen que salir siempre" y que, bromea, van juntos como los yogures en pack. El contexto es el periodo Sengoku, entre mediados o finales del siglo XV y finales del XVI. Durante unos 140 años, Japón vivió una guerra de todos contra todos: cada territorio estaba en manos de un clan samurái enfrentado a todos sus vecinos, ya fuera para conquistarlos o para no ser conquistado. Había un gobierno central, un emperador y un shogun, pero en la práctica solo controlaban Kioto.

Oda Nobunaga fue el primero en hacerse con la capital. Según explica López-Vera, conquistar todo el país de golpe era imposible, pero tomar la capital era más asequible y daba una posición de salida privilegiada. Quien controlaba Kioto contaba con el beneplácito del emperador y del shogun y pasaba a ser una especie de candidato oficial, frente al cual los demás eran rebeldes, lo que facilitaba que muchos pactaran. Desde allí, Nobunaga conquistó aproximadamente un tercio del territorio. No pudo seguir porque uno de sus generales de confianza lo traicionó, y él se suicidó antes de que lo mataran.

Le sucedió Toyotomi Hideyoshi, tema de la tesis doctoral del ponente, que confiesa haberle tenido cierto odio durante la tesis y haber vuelto a quererlo con el tiempo. Hideyoshi era uno de los generales leales de Nobunaga. Se aseguró la sucesión, entre otras cosas, eliminando al traidor en trece días, y en 1590, ocho años después de la muerte de Nobunaga, ya dominaba todo Japón.

De su labor legislativa, López-Vera destaca dos leyes. La primera establece que solo es samurái el hijo o la hija de un samurái, y que además está obligado a serlo. No era un privilegio opcional: quien quisiera fabricar calcetines debería haber nacido hijo de un fabricante de calcetines, y a partir de entonces los demás oficios también se heredan del padre. La segunda ley fija que los samuráis cobren un sueldo pagado por su señor que no depende de ningún servicio previo.

Para mostrar el cambio, el ponente describe cómo se cobraba antes, un detalle que, dice, no suele salir en las películas. Al terminar una batalla, el ejército vencedor montaba mesas de recuento. Allí acudían los samuráis con las cabezas de los enemigos abatidos, y la recompensa dependía del número, con más valor para las de personajes importantes: no era lo mismo la cabeza de un cabo que la de un general. Con las leyes de Hideyoshi, cada samurái recibe un sueldo fijo según su rango, que heredan también sus hijos, y ese rango se hereda igualmente. Había samuráis ricos y otros que apenas llegaban a fin de mes.

El tercer unificador, Tokugawa Ieyasu, instauró un gobierno que duró unos 250 años y conservó esas dos leyes de Hideyoshi. Es la etapa que a menudo se llama Pax Tokugawa, una etiqueta que a López-Vera no le gusta porque traslada a Japón un concepto de la historiografía europea, calcado de la Pax Romana, aunque reconoce que describe esos años sin batallas.

Una clase guerrera sin guerra y en crecimiento

Así, una clase guerrera cobraba cada mes haya guerras o no, y un gobierno no quería que las hubiera, porque quien manda no quiere cambios. Además, al ser hereditaria, la clase no dejaba de crecer. El ponente lo ilustra con un cálculo que presenta como ejemplo ilustrativo. En tiempos de guerra, un samurái podía morir hacia los treinta años, porque por bueno que fuera, en cincuenta batallas acababa cayendo en alguna. Habría cobrado treinta años y tenido, digamos, dos hijos. En tiempos de paz, muere a los setenta de cirrosis ("en época de paz se bebía mucho") o de neumonía, tras setenta años de sueldo y quizá ocho hijos, que a su vez serán samuráis durante setenta años y tendrán otros ocho. A lo largo de 250 años, son muchas generaciones.

El neoconfucianismo y la búsqueda de un nuevo papel

El gobierno Tokugawa adoptó como ideología oficial el neoconfucianismo, una escuela dentro del confucianismo que López-Vera compara con lo que sería el aristotelismo respecto a Aristóteles. Muy resumido, su idea central es que cada persona debe desempeñar lo mejor posible el papel que le ha tocado por nacimiento. No basta con ser samurái porque lo era tu padre: el objetivo vital es ser el mejor samurái posible. El ponente relaciona esta educación con la llamada "excelencia japonesa": el zapatero debe aspirar a ser el mejor zapatero del mundo, y el hijo de un mendigo, el mejor mendigo posible. Tampoco se debe soñar con ser otra cosa, porque la jerarquía social forma parte del orden natural del universo, como la ley de la gravedad. Para un gobierno, observa, es una ideología fantástica, porque desalienta golpes de estado y complots. Lo compara con los reyes europeos "por la gracia de Dios".

La doctrina chocaba con un problema evidente: ¿cómo va a ser el mejor guerrero posible alguien que vive sin guerras? El malestar crecía en épocas de malas cosechas y hambrunas. Un campesino al que le va bien puede ver como injusta una clase privilegiada que cobra sin hacer casi nada, pero cuando ve morir a su familia, esa injusticia le molesta mucho más. El sistema, según López-Vera, lo sabía y buscó un nuevo papel para los samuráis que justificara sus privilegios: ser ejemplo vivo de las virtudes confucianas, como la lealtad, la obediencia, el honor, el respeto, la frugalidad, la modestia o la compasión. El gobierno quería una sociedad así, y los samuráis debían darle ejemplo.

¿Qué hacían los samuráis en tiempo de paz?

Algunos seguían en el ejército, que se mantenía por si la paz se rompía o un país vecino atacaba. Otros ejercían funciones policiales en las ciudades. Pero no había plazas para tantos. Muchos se hicieron burócratas, contables y administrativos, una reconversión que el ponente resume como pasar "del campo de batalla al Excel". Aun así, tampoco había trabajo para todos, y muchos simplemente no trabajaban: acompañaban a su señor durante seis meses o un año a Edo, la actual Tokio, sede del gobierno mientras Kioto seguía siendo la capital. Esa ociosidad remunerada era lo que la población veía con malos ojos.

Como tenían tiempo libre y una buena educación, fueron también los principales cultivadores de las artes. López-Vera cuenta que, como historiador político, despacha el periodo Edo con rapidez porque no hubo cambios de gobierno ni guerras. Para un historiador del arte, en cambio, es la gran época de efervescencia, porque "en tiempos de guerra la gente no está para poesía". Florecen o nacen entonces el haiku, el ikebana, la ceremonia del té, los grabados ukiyo-e y el teatro kabuki. Los practicaban sobre todo samuráis, junto con comerciantes adinerados. El ocio también incluía casas de juego y prostíbulos; en Edo llegó a existir todo un distrito de placer. Esa distancia entre las virtudes predicadas y la vida real era, según el ponente, algo que el pueblo percibía.

Literatura, censura y reescritura del pasado

El campo decisivo para el argumento es la literatura. López-Vera describe una sociedad urbana con poco analfabetismo que consumía novelas, folletines y obras de teatro. Los libros se multiplicaron gracias a la imprenta de tipos móviles y, sobre todo, al grabado en madera, la misma técnica de los ukiyo-e como la famosa gran ola, que servía tanto para las ilustraciones como para el texto. Edo llegó a tener un millón de habitantes y fue, según el ponente, la ciudad más poblada del planeta con bastante diferencia. Los samuráis eran a la vez consumidores y autores de estos textos.

Se produjeron cuatro tipos de obras relevantes. Se recuperaron las crónicas guerreras del pasado, los gunki monogatari, parecidas a los cantares de gesta europeos. Se publicaron novelas ilustradas cuyo héroe era siempre un samurái que se comportaba como se suponía que debía hacerlo. En el teatro kabuki y en el bunraku, una versión con marionetas complejas manejadas por varios marionetistas, los héroes perfectos eran también samuráis, y los autores solían serlo. Y se escribieron códigos éticos que explicaban cómo debía comportarse un samurái. El ponente comenta que, cuando hay que escribir un código para decirle a tu gente cómo comportarse, es porque no se está comportando así.

Todas estas obras atribuían las virtudes de los códigos a samuráis del pasado. La razón era una ley del gobierno, que había empezado en 1603: se podía escribir ficción, pero no ambientada en el presente, sino siglos atrás, para evitar críticas sociales encubiertas. Si alguien se metía con un gobierno, sería el de otros. López-Vera reconoce que, dentro de ser censura, era pragmáticamente una idea bien pensada. Tenía, sin embargo, una consecuencia: personajes situados en épocas remotas se comportaban según la ética y la moral del presente de sus autores, y así la ficción cambiaba el pasado.

Para explicarlo, recurre a un paralelo actual. Algunas películas antiguas, como Lo que el viento se llevó o Dumbo, con la escena de los cuervos y sus estereotipos racistas, contienen chistes que en su día no escandalizaban y hoy sí. Una de las soluciones que a veces se aplica es volver a doblar esas frases. El ponente aclara que no sabe si esa es la solución adecuada y que tiene opiniones enfrentadas al respecto, pero dice que algo parecido ocurría en el Japón de Edo, y no solo en la ficción. Cuando una familia publicaba el cantar de gesta de un antepasado, lo leía antes. Si descubría que ese antepasado había desobedecido una orden en una batalla, algo que entonces no estaba mal visto pero que ahora contradecía el ideal de obediencia, cambiaba el párrafo antes de publicarlo. Por todas las vías, concluye, llegan samuráis de siglos anteriores comportándose según la ética de los samuráis del periodo Edo.

Los samuráis que combatían: el ashigaru

¿Cómo eran entonces los samuráis anteriores a esa paz? Simplificando, López-Vera distingue dos figuras que parecen corresponder a caballería e infantería, aunque la diferencia implica mucho más. El soldado de infantería es el ashigaru, "pies ligeros", porque más valía moverse rápido por el campo de batalla. Lo esencial, subraya, es que prácticamente todos eran campesinos, no miembros de familias de élite guerrera. Trabajaban las tierras de un señor samurái, como ocurría en Europa, y este se los llevaba a la guerra para conquistar o defender.

A veces el señor les daba armas y una armadura ligera, pero en la mayoría de los casos se las apañaban solos. El ponente contrapone la imagen de Ran, de Kurosawa, con miles de soldados uniformados y limpios, a la realidad que describe: sandalias de paja, taparrabos en verano, la bandera para saber a quién pinchar y a quién no, y la lanza. No cobraban por sus servicios, pero se les permitía rapiñar. Si uno llevaba algún trozo de armadura, era porque había sobrevivido a una batalla y se lo había quitado a alguien que no lo había hecho, o porque había saqueado un pueblo conquistado. Formaban la infantería porque requería poca instrucción, que el ponente resume así: te dan una lanza y le pinchas a todo el que lleve una bandera de otro color antes de que te pinche a ti. Combatir a caballo disparando con arco al galope era otra cosa, y además el caballo había que pagarlo.

Su arma típica era el yari, una pica de tres o cuatro metros y en algunas batallas de hasta cinco. Tras la introducción del arcabuz por los portugueses, también hubo batallones de ashigaru arcabuceros. Aquí López-Vera desmonta otro elemento del mito: la idea de que los samuráis despreciaron las armas de fuego por considerarlas deshonrosas. Según él, eran muy pragmáticos. Si los arcabuces hubieran llegado en época de paz la historia quizá sería otra, pero llegaron en plena guerra y les parecieron geniales. Además, recuerda, el arma principal del samurái nunca fue la katana, sino el arco. Desde el punto de vista ético, no ve diferencia entre arco y arcabuz: ambos sirven para matar a un enemigo lejano antes de que se acerque. Los samuráis adoptaron rápidamente el arcabuz, empezaron a fabricarlo con mejor calidad y pronto todos los ejércitos tenían muchos arcabuceros.

Los soldados de infantería existieron durante toda la historia samurái, aunque con otros nombres al principio, y abundaron sobre todo en la época de guerra generalizada. Para agrandar un ejército con rapidez y poco dinero, lo más práctico era dar una lanza a los campesinos. Así se explican, según el ponente, las enormes batallas de la época. En Sekigahara se enfrentaron cien mil contra cien mil, muchos más de los que combatían entonces en las guerras europeas, y Hideyoshi movilizó 280.000 hombres para conquistar una de las islas del archipiélago. La mayoría de esos soldados eran ashigaru. A la pregunta de qué valores tenían, López-Vera responde que es fácil imaginarlo: aquel "pobre tipo" solo quería sobrevivir y volver a sus campos, bastante dura era ya su vida con un señor que se quedaba con el 60 o 70 % de la cosecha. Hablarle de honor o de caballerosidad, dice, le haría reír o llorar.

El samurái de élite y el bushidō que no existía

Las novelas de gestas hablaban del otro tipo: el samurái de familia samurái, que lo era siempre y no solo en tiempo de guerra, de mayor o menor rango, pero parte de la élite. Antes de las leyes de Hideyoshi también se podía llegar a ese estatus desde fuera, y el mejor ejemplo es el propio Hideyoshi. Era hijo de un campesino sin apellido. Empezó en el clan Oda con tareas domésticas; su trabajo más famoso fue el de portador de sandalias de Nobunaga. Cuando el señor montaba, se quitaba las sandalias para meter los pies en los estribos, y Hideyoshi corría detrás del caballo con ellas en la mano; en invierno las guardaba dentro de la chaqueta para que estuvieran calientes cuando el señor desmontara. De ahí pasó a soldado raso y fue ascendiendo hasta la cima. El ponente señala la ironía: quien había entrado desde abajo cerró luego la puerta con una ley que obligaba a cada uno a ser lo que había sido su padre. Aunque, matiza, también aprobó muchas leyes que beneficiaron al campesinado.

A este samurái de élite es al que los autores de la época de paz atribuyeron el bushidō, "el camino del guerrero", la filosofía que supuestamente seguían todos los samuráis. Si se le preguntara a él, dice López-Vera, no tendría ni idea: la palabra ni siquiera existía. Estaba demasiado ocupado intentando sobrevivir, y las guerras en que participaba tenían motivos materiales, no éticos. El territorio equivalía a producción de arroz, que en la práctica era la divisa de la época aunque existiera el dinero. El señor quería más tierras y sus subordinados querían méritos en forma de cabezas cortadas, y nadie preguntaba cómo se había conseguido cada una. Una cabeza cortada por la espalda sin avisar valía lo mismo que cualquier otra. Si para ganar había que quemar un granero con niños dentro, daba igual.

El ponente afirma que, por cada gesta ajustada a los estándares del honor que le muestren, él puede encontrar cuatro de signo contrario: traiciones entre hermanos, asesinatos, medio pueblo quemado vivo. Pone como ejemplo las dos batallas más famosas de la historia samurái, Dan-no-ura en 1185 y Sekigahara en 1600, muy separadas en el tiempo. Ambas se decidieron porque alguien traicionó a su bando en el último momento, y en ambos casos no por escrúpulos morales, sino porque el otro general le había prometido dinero y títulos. López-Vera confiesa que él también llegó a este tema atraído por el honor y el romanticismo, pero que al estudiar los documentos "la verdad histórica te salta a la cara", y que como historiador eso es lo que tiene que contar.

La era Meiji: el bushidō como imagen para Occidente

El último bloque explica cómo sobrevivió el mito tras la desaparición de los samuráis. El ponente sitúa al público en la época de El último samurái, la película de Tom Cruise. En 1868 llega a Japón la modernidad, entendida como occidentalización. Japón quiere presentarse ante el mundo como país moderno y civilizado, entre otras razones porque ha visto lo que le ocurrió poco antes a China, con las guerras del opio, por resistirse a Occidente. Una casta de guerreros armados con espada y lanza que cobra un sueldo haga lo que haga, poco meritocrática, no encajaba en esa imagen. Además, al centralizar los pagos que antes hacía cada señor regional, el gobierno descubrió que los sueldos samuráis equivalían al 50 % de los ingresos del país, dinero que necesitaba para industrias, ferrocarriles y urbanización. Decidió acabar con los samuráis, y de ahí viene la rebelión que retrata la película.

Pero no bastaba con suprimirlos: había que explicar al mundo que aquella casta no había sido una horda bárbara, sino gente con valores. Japón enviaba al extranjero a personas para estudiar sistemas occidentales: constituciones, ingeniería naval, etc. El político Ozaki Yukio fue a Inglaterra, entonces primera potencia mundial, para averiguar el porqué de su éxito. Concluyó que se debía sobre todo al carácter de los ingleses, todos gentlemen que daban valor a la palabra y cerraban tratos con un apretón de manos. López-Vera sospecha, con humor, que se codeó más con élites que tomaban té con el meñique levantado que con los clientes de una taberna de Manchester. Ozaki observó además que los propios ingleses vinculaban el gentlemanship con los caballeros medievales. El ponente usa los términos ingleses porque en castellano "caballero" traduce tanto gentleman como knight, y así no se entendería la idea. Ozaki pensó que Japón podía hacer lo mismo, porque también había tenido caballeros con lanza y armadura, aunque acabara de suprimirlos. Creó una palabra para "gentleman", shinshi, y él y otros empezaron a teorizar sobre estas ideas en una revista llamada Bushidō.

En ese momento se publicaron y promocionaron las crónicas guerreras y los códigos éticos del pasado, algunos de los cuales habían pasado sin pena ni gloria en su época. Entre ellos, el Hagakure, escrito cuando habían pasado unos cien años desde la última batalla, de modo que su autor nunca había pisado un campo de batalla y aun así explicaba cómo debían comportarse los samuráis, y El libro de los cinco anillos de Miyamoto Musashi. También se escribieron obras nuevas, la más importante Bushido: The Soul of Japan, de Nitobe Inazō. López-Vera destaca varios datos. El libro es de 1899: la obra clásica sobre un código de honor supuestamente milenario tiene 127 años. Se escribió en inglés y en Estados Unidos. Su autor era un economista japonés cristiano, cuáquero si el ponente no recuerda mal, educado en escuelas cristianas del norte de Japón, que buscaba en la cultura japonesa un sistema de valores equivalente al cristiano para explicárselo a la gente con la que vivía, y lo encontró en el bushidō. El título, además, no habla del alma de los samuráis sino del alma de Japón: a partir de entonces el bushidō pasa a ser algo propio de todos los japoneses.

El militarismo y los "vientos divinos"

El gobierno militarista de los años treinta y cuarenta del siglo XX también promovió la supuesta ética samurái, usando la educación y la religión. La lealtad a un superior hasta las últimas consecuencias era, según el ponente, muy útil para un gobierno que llevaba al país hacia lo que sería la Segunda Guerra Mundial. El gobierno fabricó miles de katanas de muy baja calidad, porque escaseaba el acero, para soldados que en su mayoría, por pura estadística demográfica, descendían de campesinos y no de samuráis. Aun así, todos llevaban su katana, para que se creyeran samuráis que luchaban por el emperador.

Al final de la guerra, ya en medidas desesperadas, se creó la unidad de pilotos shinpū tokubetsu kōgekitai, "unidad de ataque especial shinpū". Shinpū significa "viento divino" y es más conocido por otra lectura de los mismos caracteres, teóricamente incorrecta según el ponente: kamikaze. El término alude a las dos invasiones de Japón por mongoles, chinos y coreanos, frustradas la primera por una tormenta y la segunda por un tifón que destruyeron las flotas enemigas. Los japoneses, "y no les culpo, porque vaya casualidad", las interpretaron como vientos enviados por los dioses para proteger al país de los dioses. López-Vera observa que desde entonces ningún país extranjero había vuelto a amenazar seriamente a Japón, y que el gobierno eligió una palabra cuyo sentido conocían todos los japoneses para nombrar a pilotos que se estrellaban contra barcos enemigos, con el mensaje de que los dioses volverían a salvarlos. No lo hicieron. En opinión del ponente, los kamikazes no sirvieron más que para dar a los estadounidenses argumentos para usar después las bombas atómicas. También el ritual previo a la misión imitaba el del samurái antes del seppuku, término que el ponente considera más correcto que harakiri: la cinta hachimaki en la cabeza, el sake, el poema de despedida. No era casualidad: se buscaba exaltar esos sentimientos.

De la posguerra al soft power

Tras la guerra, todo lo que recordara al bushidō estuvo mal visto por la vergüenza asociada a aquel periodo. El gobierno de ocupación estadounidense llegó a prohibir las artes marciales por su vinculación con esa ideología. Cuando Japón se recuperó, se convirtió en segunda potencia económica y celebró los Juegos Olímpicos de 1964, el mundo se preguntó cómo lo había logrado un país devastado poco antes. Según López-Vera, en buena medida fue porque Estados Unidos invirtió muchísimo dinero para convertirlo en escaparate del lado capitalista frente al avance del comunismo en China. Pero la explicación que se vendió fue otra: los japoneses son trabajadores y obedientes, y los empleados de las empresas se comportan como samuráis leales a su jefe. Se reutilizó exactamente la misma retórica.

Hoy, sin necesidad de llevar a nadie a la guerra, el bushidō se promociona como un elemento más de la cultura pop, dentro de lo que se denomina soft power. El poder duro es la capacidad militar de un país; el poder blando, su influencia cultural. Japón la ha ejercido ampliamente, y no solo para atraer turismo. El ponente añade que Corea del Sur le está comiendo terreno con sus series y su música, pero que el gobierno japonés sigue promocionando esta imagen.

Conclusión: conocer las dos caras

López-Vera resume así su argumento. La imagen del samurái como caballero del honor la crearon los samuráis que ya no hacían la guerra, para justificar su posición y sus privilegios. Después, sucesivos gobiernos japoneses la promovieron por motivos distintos, unos legítimos, como la promoción cultural actual, y otros más turbios, como los de la Segunda Guerra Mundial, hasta instalarla en el imaginario colectivo de Japón y del mundo entero.

Su posición como historiador es que al menos conviene conocer la parte histórica, no que tenga que convertirse en la favorita. Después de haber "fastidiado la ilusión" de la romantización, contempla tres reacciones posibles. Habrá quien siga prefiriendo a los samuráis de las películas, y le parece perfecto. Habrá quien, desilusionado, pase a preferir a los históricos, algo que el ponente no cree probable, aunque le parecería bien. Y habrá quien haga lo que hace él: disfrutar de ambos sabiendo que uno es una cosa y el otro es otra. Su propósito, dice al despedirse, era dar a conocer esa otra parte.