Nördlingen (1634): los tercios frente al modelo sueco

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Resumen

En la cuarta conferencia del ciclo «Batallas de la Era de los Tercios» de la Fundación Juan March, el profesor Antonio José Rodríguez Hernández (UNED) plantea la batalla de Nördlingen a partir de tres preguntas. La primera es qué hacía un ejército de la Monarquía española en Baviera, tan lejos de sus territorios. La segunda es qué tuvo de especial esta batalla. La tercera, que reserva para las conclusiones, es si fue realmente decisiva.

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Sobre la segunda pregunta adelanta su postura. En un sentido, Nördlingen fue una batalla corriente de la Edad Moderna: un ejército católico asedia una plaza protestante y otro ejército acude a socorrerla, un esquema ligado a la importancia de las fortificaciones que ya se había tratado en la primera sesión del ciclo. Pero tuvo dos novedades. En el bando católico combatieron juntos un ejército español, uno imperial y otro de la Liga Católica bávara, frente a un ejército protestante dirigido por Suecia, aunque la mayoría de sus soldados no eran suecos. Además, por primera vez se enfrentaban en campo abierto dos modelos de hacer la guerra: el de los tercios españoles y el sueco, más reciente y refinado, que hasta entonces había dominado los campos de batalla alemanes. El ponente supone que esa cuestión debía de dar que hablar en los fuegos de campamento la noche anterior.

El encuentro de los dos Fernandos

La conferencia arranca con el cuadro de Rubens que muestra el saludo entre los dos Fernandos: el cardenal-infante Fernando de Austria, hermano de Felipe IV, y Fernando, rey de Hungría, hijo del emperador y futuro emperador. El ponente recuerda que no era la primera vez que un ejército español y uno imperial se daban la mano y combatían juntos en Alemania. Aun así, ese gesto (a veces se dice que también se abrazaron) tenía mucho peso porque llegaba en un momento avanzado y crítico de la guerra de los Treinta Años para ambas ramas de la casa de Austria, y está muy ligado al rumbo que tomaría la guerra para el bando católico.

Por qué España combatía en Alemania

La guerra de los Treinta Años suele presentarse como un conflicto alemán y como la última gran guerra de religión europea. Rodríguez Hernández explica que España tenía allí tres intereses: defender el catolicismo, apoyar a sus primos de Viena y, sobre todo, proteger las comunicaciones entre Italia y Flandes. El Camino Español, que iba del norte de Italia a los Países Bajos, era el «cordón umbilical» militar de la Monarquía, porque la mayor parte de las tropas que iban a Flandes todavía pasaban por ese corredor. De ahí la importancia de Alemania y del Rin.

La colaboración hispano-austriaca venía de antes. El ponente la remonta a la guerra del Friuli, en la que España ayudó al emperador frente a Venecia. Según él, en esa época la corte vienesa se veía como un satélite de Madrid, tanto por el poder de la rama española de los Habsburgo como por el apoyo económico y militar que le prestaba. Desde la defenestración de Praga en 1618, España no solo respaldó a Viena, sino que le cedió muchas tropas procedentes de Nápoles, Milán y Flandes para la fase bohemia de la guerra. Como ejemplo muestra un cuadro de Snayers sobre el asalto a Písek, en Bohemia, donde aparecen juntas las aspas de San Andrés y el águila imperial.

En la Montaña Blanca, señala el ponente, los dos jefes católicos, Tilly y Bucquoy, procedían de los Países Bajos y se habían formado en la escuela militar española de Flandes. Además, aunque es poco conocido, una tercera parte de ese ejército católico estaba pagada por España: italianos, valones (como los de Verdugo) e incluso alemanes.

También había dinero. Con documentación de archivo, el ponente muestra los subsidios que la embajada española en Viena entregaba al emperador. Explica que el emperador era el más pobre de los dos Habsburgo: el trono imperial le daba prestigio, pero su economía era «paupérrima» y dependía de Madrid para sostener tanto su ejército, muy reducido al comienzo de la guerra, como su política imperial. En la década de 1630, según las cifras que presenta, el embajador español entregó más de un millón y medio de florines a la corte imperial para financiar casi todo.

Los años favorables: del Palatinado a Breda

La primera fase de la guerra terminó con victoria católica en la Montaña Blanca, y el ponente la atribuye en buena medida al apoyo español. España ayudó además a eliminar a Federico V, el «rey de invierno», apodado así porque solo gobernó Bohemia un invierno. Las tropas de Ambrosio Spínola conquistaron su Palatinado, en el Rin, lo que daba a España cobertura para el Camino Español. También se tomó Jülich y se aseguró el control del Rin.

El ponente describe 1625 como el annus mirabilis de la Monarquía: se toma Breda, se socorre Génova, se rechaza el ataque angloholandés a Cádiz y se recupera Salvador de Bahía. Parecía que todo iba bien.

Luego llegó la fase danesa. Según el ponente, el rey de Dinamarca entró en la guerra contra la opinión de sus consejeros, por prestigio personal, por su fe protestante y por motivos económicos. No cambió nada: pese a sus muchos mercenarios, como los de Mansfeld, fue derrotado rápidamente en Lutter y en otros lugares. Las tropas imperiales llegaron a controlar casi toda Alemania, salvo Stralsund, en el extremo norte. Wallenstein, generalísimo imperial, fue nombrado incluso almirante del Báltico, algo que el ponente considera simbólico porque ni imperiales ni españoles tenían flota en ese mar, y que sentó muy mal en la región.

Suecia y Gustavo Adolfo: revisión de un mito

Así entra Suecia. El ponente la presenta como un país alejado de la escena internacional, con apenas 1.200.000 habitantes contando la parte de Finlandia que controlaba, y sin Escania, que aún no era sueca. Tenía un peso internacional casi nulo hasta Gustavo Adolfo, pero contaba con ventajas: buen cobre y buen hierro para fundir cañones, un Estado muy centralizado, una población muy adoctrinada en el luteranismo, en la que los pastores tenían un papel esencial, y reformas internas que lo hacían bastante cohesionado. Según él, la nobleza sueca y el monarca compartían intereses a costa del campesinado, que era quien servía en las guerras. Esa nobleza fue la gran beneficiada del conflicto, recompensada con enormes tierras en Alemania, y muchos de los edificios más espléndidos de Suecia proceden de esta época. Aunque de Suecia no puede decirse lo que se dice de Prusia, que era un ejército con un país, sí era para su tiempo un Estado muy militarizado.

Sobre Gustavo Adolfo, el «León del Norte» que la propaganda protestante enfrentaba al águila imperial, el ponente reconoce su carisma y sus dotes: sabía varios idiomas, entre ellos italiano, algo de francés y polaco, y era audaz y capaz. Pero añade que la historiografía reciente, incluida la protestante, destaca rasgos negativos que antes se omitían: una personalidad egocéntrica, ambiciosa, irascible, incontrolable e incapaz de medir el riesgo, lo que explicaría su muerte en combate.

El ponente cuestiona también que interviniera para defender la religión protestante. Según lo que, dice, sostiene incluso la historia sueca, a Gustavo Adolfo le dolió que Wallenstein fuera nombrado almirante de un Báltico que él consideraba un lago sueco. Para Rodríguez Hernández, los motivos fueron los clásicos, «dinero, tierras y poder»: dominar el Báltico, llegar a Pomerania y a las desembocaduras de los grandes ríos para controlar el comercio, el prestigio y los subsidios franceses. Richelieu, que buscaba la hegemonía europea frente a los Habsburgo aunque Francia fuera católica, ofreció en 1630 a Suecia 2,4 millones de táleros, cerca de un tercio de los ingresos suecos. El ponente cuenta que, según «las malas lenguas», a Gustavo Adolfo no le gustaba la diplomacia ni el embajador francés, pero al ver la cifra aceptó. La imagen de una Suecia que empuña la espada por la fe procede, sobre todo, de la propaganda sueca del siglo XIX. Tras la muerte del rey, la propaganda trasladó el título de «leones del norte» a los soldados suecos en general.

De Breitenfeld a Lützen

Gustavo Adolfo desembarcó con un ejército pequeño que creció muy deprisa gracias sobre todo a mercenarios alemanes, y encadenó victorias. En Breitenfeld (1631), según el ponente, el nuevo modelo sueco dejó en ridículo a los imperiales, y en el Lech (1632) volvió a vencer, aunque con más dificultades. Cuando parecía que Alemania quedaba sometida a los católicos, el nuevo actor lo cambió todo. Los suecos controlaron Pomerania, Brandeburgo y el norte, bajaron hacia el sur y presionaron la zona más católica del Imperio.

El ponente subraya un rasgo del modelo sueco: grandes ejércitos mercenarios que no solo combatían, sino que explotaban sistemáticamente los recursos de amplias zonas de Alemania mediante impuestos y saqueos, de modo que la guerra se financiaba a sí misma. Reconoce que los católicos también lo hacían, pero afirma que los suecos lo llevaron más lejos. Llegaron al Palatinado, expulsaron de casi todo él a los españoles y cortaron las comunicaciones con Flandes, mientras Baviera, el gran aliado católico del emperador, era asolada.

En Lützen (1632), representada en otro cuadro de Snayers, el ponente llama la atención sobre el contraste entre las brigadas suecas y los escuadrones de picas católicos, más lineales y menos refinados. Fue una victoria sueca, pero murió el rey. Se conserva en Suecia el coleto que vestía, con el orificio de la bala mortal. El ponente recoge el relato según el cual, herido y caído, costó sacarlo de debajo del caballo porque «comía demasiado», y un jinete católico que intentó llevárselo para pedir rescate acabó dándole el golpe de gracia al no poder con él.

La muerte del rey no cambió el panorama. El canciller Axel Oxenstierna, con los generales Banér y Horn, mantuvo la posición sueca y promovió en 1633 la Liga de Heilbronn, que agrupó a buena parte de los protestantes de Suabia, Franconia y el Alto y Bajo Rin. Faltaban Baviera y Sajonia, porque no compartían los intereses suecos.

Italia, el Camino Español cortado y el ejército de Lombardía

El ponente retrocede a 1631 y al norte de Italia, la «llave de Italia» para España. La guerra de sucesión de Mantua, cerrada con la paz de Cherasco, fue a su juicio la primera derrota española en la región y costó otra posición clave del Camino Español. Tras Cherasco se enviaron por el camino casi 9.000 infantes y más de 1.000 jinetes con el marqués de Santa Cruz. Con esa marcha, según la documentación que cita, el ejército de Lombardía quedó reducido a unos 4.800 infantes españoles, algo más de 3.000 alemanes y unos 1.000 jinetes.

De ahí saca una conclusión que repite varias veces: suele decirse que el ejército español de Nördlingen era veterano, pero no lo era del todo. Algunas unidades, como las españolas, sí lo eran; el resto eran reclutas nuevos.

Hacia 1632 el Camino Español estaba bloqueado por el Palatinado, por Alsacia, ocupada en gran parte por los protestantes, y por Saboya, que ya no era aliada. El equilibrio favorecía a Suecia. Entonces se sumó otra circunstancia: la gobernadora de los Países Bajos, Isabel Clara Eugenia, estaba enferma y se esperaba su muerte. Como era tradición que los Países Bajos los gobernara alguien de sangre real, se eligió al cardenal-infante Fernando. El ponente aclara que era cardenal por ser segundón, que nunca ofició y que se le conoce por su actividad militar. El problema era llegar: no había camino por tierra y el mar seguía siendo peligroso. Se le nombró virrey de Cataluña para preparar el viaje en galeras hasta Génova (Finale) y Milán.

La campaña del duque de Feria (1633)

Un año antes de la batalla, el duque de Feria recibió el encargo de reabrir la ruta hacia Flandes, porque los imperiales no tenían medios para hacerlo. El ponente ilustra la campaña con cuadros del Salón de Reinos, como los de Vicente Carducho sobre el socorro de Constanza, la expugnación de Rheinfelden y el socorro de Brisach, que la Monarquía celebró como una gloria.

La ruta tradicional por Saboya y el Franco Condado, con pasos alpinos abiertos casi todo el año, ya no era viable, y la alternativa por Lorena la había cerrado la ocupación francesa. Había que pasar por la Valtelina, cerca del lago de Como, protegida por el fuerte de Fuentes, cuyas ruinas aún se ven. El ejército de Feria incluía un tercio español sacado del Estado de Milán, el de Juan Díaz Zamorano, con más de 2.500 hombres, varios tercios italianos, en su mayoría de nueva leva napolitana y lombarda, la infantería alemana, que era lo más veterano del ejército de Milán, y caballería. Muchas de esas tropas acabarían combatiendo en Nördlingen. En paralelo se reclutaron borgoñones en el Franco Condado.

En febrero de 1634 se produjo otra crisis: el emperador, que había perdido la confianza en Wallenstein porque este seguía una agenda propia, permitió que un grupo de oficiales lo asesinara. El ponente describe a Wallenstein como un condotiero a la antigua, un empresario militar capaz de reunir 100.000 hombres a cambio de tierras y saqueos, y el único capaz de plantar cara a los protestantes. Entre los asesinos había irlandeses y escoceses, como Butler y Leslie. Leslie mandaría en Nördlingen uno de los regimientos al servicio de España.

El ejército del cardenal-infante

En el verano de 1634 el cardenal-infante cruzó la Valtelina con un ejército prácticamente reconstruido. Había españoles veteranos, algunos llegados de Nápoles con el sargento mayor Escobar, y compañías sacadas de los dos tercios asentados en Milán desde hacía tiempo, el de Lombardía y el de Saboya. El ponente recuerda que este último sigue en activo como regimiento del ejército español. El resto eran napolitanos, en gran número, lombardos y otras naciones, además de caballería.

Según los datos que presenta, los españoles eran la parte más veterana de la infantería, pero solo el 18%. Los italianos, sobre todo napolitanos y lombardos, eran muchos más; los alemanes, alrededor de un tercio, y los borgoñones, el 8%. Aun así, este era, a su juicio, el ejército más importante del bando católico en la batalla.

La campaña de 1634 y los ejércitos enfrentados

En 1634 los católicos fueron recuperando plazas: Ratisbona a partir del 26 de julio y Donauwörth en agosto. El 18 de agosto comenzó el sitio de Nördlingen. El ponente insiste en que la ciudad no tenía valor estratégico: tenía poca guarnición y una muralla que se podía tomar en pocas semanas. Pero era un símbolo, y estaban en juego el prestigio sueco, la supervivencia de la Liga de Heilbronn y los subsidios franceses. Oxenstierna presionó a sus generales para que dieran batalla. El 25 de agosto el ejército del cardenal-infante salió de Múnich y el 2 de septiembre llegó al campo de asedio. La urgencia llevó a los protestantes a atacar sin esperar algunos refuerzos que venían.

El contingente imperial y bávaro era pequeño en infantería, que solo formó siete escuadrones del total, entre otras cosas porque cubría el asedio. Su fuerza estaba en una caballería numerosa y experimentada, que era justo lo que les faltaba a los españoles. Parte de ella eran croatas y húngaros. El ponente cita el relato de Aedo, que dice que «solo sirven de inquietar y andar en el alcance, pero que no pelean».

Suecia tenía entonces unos cuatro cuerpos de ejército en Alemania, que vivían sobre el terreno de las contribuciones. El ponente menciona el tributo conocido como «dinero de fuego»: o pagas o te quemo el pueblo. Dos de esos cuerpos, los de Bernardo de Sajonia-Weimar y Horn, más guarniciones y una milicia de Württemberg, sumaban unos 16.000 infantes, 9.000 jinetes, 1.000 dragones y 68 cañones. A diferencia del ejército español, eran tropas muy veteranas y profesionales, aunque desgastadas. Los católicos tenían más de 20.000 infantes, parte de ellos en las fortificaciones, y unos 15.000 jinetes, parte de ellos croatas y húngaros no aptos para el choque. El ponente resume la proporción en dos a tres a favor católico.

Muchos de los cuadros de Snayers sobre la batalla están en Estocolmo, cosa que el ponente considera curiosa tratándose de los vencidos. En uno de ellos aparecen de nuevo los dos Fernandos, el marqués de Leganés y las dos compañías de guardas del cardenal-infante: una de caballería pesada con lanza, mandada por el marqués de Oraní, y otra de arcabuceros.

Los mandos de ambos bandos

El mando imperial lo tenía Matthias Gallas, de Trento, asistido por Ottavio Piccolomini, florentino. Ambos habían servido antes a España y se habían formado en Flandes, y ambos habían participado en la conjura contra Wallenstein junto con Aldringen, muerto poco antes de la batalla. Eran, por tanto, hombres de confianza del rey de Hungría. Tras la victoria, España les concedió títulos nobiliarios en Nápoles; el de Piccolomini fue el ducado de Amalfi.

Para el ponente, la figura central del bando español fue el marqués de Leganés, uno de los pocos grandes generales de origen español de la época y quien planteó la batalla tal como se desarrolló. Se formó en el ejército de Flandes, fue maestre de campo con Spínola, se casó con una de sus hijas y estaba emparentado con el conde-duque de Olivares, lo que le ayudó a obtener cargos. Aun así, el ponente lo considera un general muy capaz, como mostrarían sus victorias posteriores, algo que no ve en Gallas ni en Piccolomini. La caballería la mandaba nominalmente Felipe Spínola, hijo de Ambrosio y poco experimentado, pero en la práctica la dirigió Gerardo Gambacorta, veterano de la campaña de Feria. Completaban el mando el duque de Nochera y Juan María Serbelloni, veterano del ejército de Milán que había sustituido a Feria cuando este murió en el invierno de 1633-1634.

En el bando protestante, Bernardo de Sajonia-Weimar, hijo menor de un duque sin opciones de herencia, y Gustav Horn habían servido brevemente en los ejércitos holandeses, es decir, en el modelo opuesto al español, y se habían curtido en la guerra de los Treinta Años. Horn era el sueco de mayor rango, pero el jefe militar de la Liga de Heilbronn era Bernardo. Se llevaban muy mal, en parte por cuestiones de precedencia. Bernardo, que el ponente considera algo más capaz, reprochaba a Horn ser demasiado metódico y poco agresivo. En opinión del ponente, parte del fracaso sueco se debió a esta mala relación.

Las reformas militares suecas

Antes de la batalla, el ponente revisa las innovaciones suecas. Critica a la literatura anglosajona protestante que diviniza a Gustavo Adolfo: cuenta que ha llegado a leer que, si se le llevara a las trincheras de 1914, entendería perfectamente aquella guerra, y que se le presenta como padre de la guerra moderna, de la guerra total o inventor de uniformes y cartuchos. Según el ponente, los uniformes y los cartuchos existían antes, y los cartuchos ni siquiera se usaban masivamente en su ejército porque el papel era caro. A su juicio, Gustavo Adolfo fue un hombre muy inteligente que supo combinar elementos ya existentes. Su laboratorio fueron las guerras contra Polonia, en las que los húsares alados polacos derrotaron una y otra vez a los suecos y le obligaron a cambiar su forma de combatir.

Infantería. La innovación de fondo, que el ponente no atribuye a Gustavo Adolfo, fue el reclutamiento obligatorio: de cada diez hombres hábiles se sacaba uno, un drama para un país tan poco poblado. Así se llegó a reunir unos 40.000 hombres en regimientos regionales. Ser elegido para ir a Alemania era casi una sentencia de muerte. Con eso no bastaba, así que se contrataron miles de mercenarios, escoceses y sobre todo alemanes. Hacia 1632, de unos 140.000 soldados al servicio sueco, solo una cuarta parte eran suecos o finlandeses. En proporción, el impacto de la guerra fue mayor en Finlandia que en Suecia.

Eran ejércitos muy disciplinados, de luteranismo estricto y sin lujos. Se aligeraron las armaduras: a partir de 1634 ya no se enviaron más coseletes. También se aligeró el mosquete, reduciendo peso y calibre, de modo que la mayoría no necesitaba horquilla. El ponente explica que el mosquete común era tan pesado y tenía tanto retroceso que muchos soldados se protegían el hombro con una almohadilla.

El cambio principal fue el sistema de fuego. Españoles e imperiales formaban a unos diez de fondo y disparaban por filas que se iban rotando para mantener un fuego continuo. Los suecos formaban a seis de fondo y disparaban las seis filas a la vez, algo que el ponente considera peligroso, o de tres en tres, en salvas. Según él, no era más eficaz ni más rápido: buscaba el impacto psicológico de una descarga masiva frente a unas bajas repartidas y casi imperceptibles en un escuadrón compacto. Las compañías eran más pequeñas y con más oficiales: en teoría 16 oficiales, 72 mosqueteros y 54 piqueros, frente a compañías imperiales que podían llegar a 300 hombres. Se agrupaban en una formación en forma de T. La gran novedad fue la brigada, término que, según el ponente, usaron por primera vez los suecos, reforzada con hasta seis cañones regimentales ligeros por brigada.

Caballería. Los caballos suecos, bajos y duros, eran objeto de burla. Se atribuye a Tilly el comentario de que los mozos de los carros de avituallamiento tenían mejores monturas, palabras que, dice el ponente, tuvo que tragarse. Los suecos redujeron la protección a peto, espaldar y un casco más ligero que daba más visión, buscaron el choque directo y combinaron sus escuadrones con destacamentos de mosqueteros en los que refugiarse. Enfrente estaba el coracero imperial y español, cubierto de hierro con armadura de tres cuartos a prueba de bala, con dos pistolas que había que disparar a muy corta distancia, «cuando se vea el blanco de los ojos». En el choque típico, el coracero se imponía al arcabucero montado, más ligero. El ponente señala que se sabe cómo iban equipadas estas unidades gracias a los documentos en castellano sobre levas españolas en Alemania conservados en los archivos de Viena.

Dragones. Según el ponente, en Nördlingen se documenta el primer uso de dragones en el ejército español: cinco compañías montadas, entre ellas la de Pedro de Santacilia, que había servido con Feria y que acabaría siendo virrey de Mallorca.

5 de septiembre: las colinas y el bosquecillo

El ejército sueco estaba al otro lado del río Eger. Para socorrer la ciudad, hizo un rodeo amplio y lejos de la vista de los católicos, con la intención de cortar sus comunicaciones y obligarles a levantar el asedio. El terreno cercano al campamento católico formaba una especie de V de colinas. Para lograr su objetivo, los suecos debían ocupar las alturas y dominar el campo con su artillería, pero no reconocieron bien el terreno. Leganés, con ayuda de Gallas, había puesto observadores, croatas y dragones, en casi todas las colinas. Según el ponente, los suecos se confundieron una y otra vez y no comprendieron las dimensiones del campo hasta muy avanzada la batalla.

Hacia las tres de la tarde del 5 de septiembre, la caballería de observación dio la alarma. En unas tres horas los suecos tomaron las tres colinas centrales, entre ellas Himmelreich, atacando con caballería a los pocos mosqueteros que las defendían. La caballería imperial contraatacó en choques que llegaron a enfrentar a más de 6.000 jinetes, pero sin apoyo tuvo que retirarse.

A las seis de la tarde, al anochecer, Leganés ya había entendido el valor de las alturas y envió al sargento mayor Escobar con unos 600 hombres (200 españoles, napolitanos y borgoñones) a ocupar un bosquecillo que frenara el avance protestante. Bernardo, que llevaba la iniciativa, se detuvo tras tomar las tres colinas y encargó a Horn, que venía detrás, que continuara, y se perdió un tiempo precioso. Escobar se atrincheró en el bosquecillo y la caballería que lo atacaba primero no pudo tomarlo. Recibió refuerzos continuos y causó muchas más bajas de las que sufrió. Cuando llegó más infantería y artillería sueca, la situación se volvió insostenible. Se le ordenó resistir hasta la muerte si hacía falta y pidió herramientas de gastadores para fortificarse, pero no llegaron a tiempo. Sin pólvora ni munición, tuvo que abandonar la posición, aunque en una retirada bastante ordenada. En esa lucha murió el hijo del capitán Santacilia.

Escobar fue capturado y llegó a cenar esa noche con Bernardo. Cuando le dijo cuántas tropas tenía el cardenal-infante, unos 15.000 hombres, Bernardo se ofendió, porque sus informes hablaban de unos 5.000 españoles «desarrapados». Según se cuenta, intentó matarlo de un disparo y falló. Con el tiempo Escobar fue liberado sin problemas.

La noche en el Albuch

La colina del Albuch iba a ser la clave de la batalla. Durante la noche se fortificó, pero el terreno era muy pedregoso y solo se levantaron parapetos de tierra apisonada de unos 90 centímetros y tres medias lunas, orientadas al norte y a los lados. El ponente subraya, frente a la confusión que atribuye a la literatura protestante, que las cuatro unidades destinadas allí eran todas del ejército español: tres regimientos alemanes a su servicio, uno de ellos muy bisoño y otro el de Leslie, y el tercio napolitano de Toraldo, en el flanco derecho. Las mandaba el general de la artillería, Serbelloni. También se envió a un religioso con conocimientos de matemáticas.

Antes del amanecer, los jefes católicos se reunieron para planear la batalla. Hubo reproches, y algunos mandos imperiales criticaron con malas maneras a los españoles por haber perdido el bosquecillo. Leganés concluyó que parte de las tropas del Albuch eran demasiado bisoñas y que hacía falta una unidad veterana. Se envió el tercio español de Martín de Idiáquez, que, según el ponente, «salva el día». Idiáquez acababa de recibir el mando del antiguo tercio de Juan Díaz Zamorano, el veterano de la expedición de Feria, reforzado con otras compañías. Nacido en Dendermonde (Flandes), hijo de militar, llevaba más de 25 años de servicio según su patente. A los lados del Albuch se colocó caballería borgoñona y napolitana.

El ponente advierte que los grabados de la época, como los del Theatrum Europaeum, funcionan casi como un cómic que reúne en una misma lámina momentos distintos de la batalla, lo que se presta a malentendidos. Uno de ellos muestra la explosión de un carro de pólvora en el Albuch.

6 de septiembre: la resistencia de Idiáquez

Según el despliegue que describe el ponente, Bernardo ordenó a Horn, que tenía más infantería, atacar el Albuch con cuatro líneas y más de 9.000 infantes. Aun así, el ponente considera que era poco apoyo de infantería para tomar una colina fortificada. Bernardo, con solo tres brigadas de infantería y sobre todo caballería, se quedó cubriendo el flanco y a la expectativa de lo que hicieran los católicos. Según el ponente, no intervino hasta casi el último momento, «haciendo que se pierda todo».

El ataque empezó a las seis de la mañana y fue muy intenso hasta las ocho. Los regimientos alemanes que defendían inicialmente el frente se desintegraron, y los suecos llegaron a ocupar dos veces su posición. Idiáquez tomó la delantera e hizo bajar las picas en horizontal para que los fugitivos no desordenaran su tercio. Se dice que resistió entre 14 y 15 asaltos. Horn lanzaba una brigada tras otra y, cuando fracasaban, las retiraba, las recomponía y volvía a enviarlas.

Idiáquez conocía el sistema de fuego sueco y, según el relato que recoge el ponente, dijo a sus hombres que les avisaría cuando fuera a llegar la salva para que se agacharan, dejaran pasar las balas y respondieran después. El ardid funcionó. El propio emperador, dice el ponente, describió a los españoles como rocas en aquella colina. Hubo también ataques de caballería por el flanco del regimiento de Leslie, que fracasaron. Mientras, los católicos enviaban cada vez más refuerzos, sobre todo mangas de mosquetería. A lo largo de esas dos horas, pese a sus propias bajas, los suecos se fueron desgastando hasta quedarse sin hombres suficientes para la misión.

En el flanco del tercio napolitano de Toraldo, reforzado después por lombardos de los tercios de Panigarola y Guasco, el combate fue tan duro que, según las fuentes, la caballería sueca cargó hasta que los napolitanos ensartaron muchos caballos con las picas. En el momento más crítico, Horn pidió ayuda y Bernardo le cedió dos de sus tres brigadas, que atacaron por una vaguada donde estaban los napolitanos. Según el ponente, atacaron sin orden ni coordinación y fueron rechazadas, y la caballería que acudió a socorrerlas llegó tarde y también fue vencida. Desde ese momento la batalla cambió de signo: los suecos no avanzaban y los católicos podían seguir metiendo refuerzos.

El ponente recuerda que estos combates se libraban a muy corta distancia, unos 50 pasos. Los mosquetes españoles tenían más alcance e hicieron mucho daño a los suecos. Explica también que los veteranos sabían reconocer cuándo un escuadrón enemigo flaqueaba: sus picas dejaban de estar firmes y juntas y empezaban a chocar entre sí. Era el momento de cargar.

El derrumbe protestante

En el centro, la caballería de Bernardo se movió muy tarde, hacia las nueve de la mañana, y con cada vez menos fuerza. Bernardo empleó todas sus reservas y su última brigada de infantería fue la última en resistir. Los católicos enviaron más unidades, entre ellas 400 mosqueteros del tercio de Fuenclara. Hacia las diez, sin refuerzos, Horn pidió retirarse y que Bernardo le cubriera el flanco. Llegó entonces el avance general católico, que el ponente muestra en otro cuadro de la escuela de Snayers con el cardenal-infante y Leganés.

El ponente lo llama «un desastre anunciado». Bernardo escapó gracias al caballo que le cedió un dragón, que fue capturado. Muchos regimientos protestantes perdieron hasta el 70% de sus efectivos, y algunos desaparecieron. Según el ponente, pocas veces en la Edad Moderna una batalla tuvo un resultado tan favorable para el vencedor: los suecos se desgastaron en demasiados asaltos al Albuch y, en la retirada, no pudieron frenar el ataque general católico ni la persecución de la caballería, en especial de los croatas. Perdieron más de 8.000 muertos, unas 400 banderas, que el ponente recuerda que en la época contaban tanto como los muertos, y toda su artillería. Las bajas católicas fueron limitadas, hasta unas 3.500. Horn fue capturado por los españoles, junto con otro de los principales generales protestantes, algo que el ponente considera bastante peculiar para una batalla.

¿Fue una batalla decisiva?

Para responder a la última pregunta, el ponente atribuye la derrota protestante a la desunión de los mandos y a un exceso de confianza. Los suecos creyeron que vencerían por tener una infantería muy veterana y se estrellaron una y otra vez contra el Albuch y, sobre todo, contra los españoles. Las consecuencias fueron enormes. Los suecos, que estaban en Baviera, tuvieron que retroceder prácticamente hasta Pomerania, su punto de partida. La Liga de Heilbronn casi se desmoronó. Y Francia, que hasta entonces se había limitado a financiar a Suecia, entró en guerra abierta contra España en 1635, porque el intento de vencer indirectamente a los Habsburgo había fracasado.

La victoria dio además al emperador una baza de negociación que empleó en la paz de Praga de 1635, con la que se calmaron muchos príncipes alemanes, incluidos protestantes. Pero la entrada de Francia cambió el curso del conflicto y llevaría a otras batallas del ciclo, como Rocroi.

El ponente cierra señalando que la batalla se conoce muy bien gracias a la historiografía, a las fuentes documentales, a la abundante producción de la época destinada a celebrar la victoria y, en especial, al libro El viaje del infante cardenal don Fernando de Austria, que recoge la versión española de Nördlingen.