Arthur Kroeber: cómo China construyó su dominio manufacturero y por qué contenerla no funcionará

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Resumen

Arthur Kroeber es socio fundador de Gavekal Dragonomics, una consultora de investigación centrada en China, y autor de China's Economy: What Everyone Needs to Know. En esta conversación con Dwarkesh Patel explica cómo China llegó a dominar la manufactura de alta tecnología, qué límites tiene ese modelo y cómo podrían relacionarse Estados Unidos y China sin caer en un conflicto. Kroeber sostiene que China no va a desaparecer ni a transformarse en otra cosa, que buena parte de sus éxitos y fracasos se entienden mejor por su escala que por su sistema político, y que la estrategia estadounidense de contención y aislamiento se apoya en una lectura equivocada del país.

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¿Por qué sería un problema una China rica?

Dwarkesh abre con una pregunta de abogado del diablo: si China llegara a ser tan rica como Estados Unidos, o más, ¿dónde estaría el problema? Kroeber responde que la crítica habitual no se dirige a que China se enriquezca, sino a cómo lo hace. Según esa crítica, China opera una gigantesca máquina exportadora que parece aspirar a fabricar todos los bienes manufacturados del mundo, mantiene un enorme superávit comercial y depende del poder adquisitivo de otros países. Eso dificultaría que cualquier otra nación desarrolle la estructura productiva que desea. En términos de bienestar, Kroeber considera que sería estupendo que China fuera tan rica como cualquier otro país. Pero cree que eso tendría consecuencias políticas desestabilizadoras por las diferencias entre su sistema y el de las democracias industrializadas.

Dwarkesh objeta que el superávit podría ser solo una consecuencia contable de un ahorro alto con poca inversión interna. Además, sobre el papel, el ahorrador chino estaría subsidiando a los importadores extranjeros, lo que parece un buen trato para el resto del mundo. Kroeber identifica dos fuentes de fricción. La primera es sistémica. La identidad estadounidense se forjó en el drama moral de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, en el que una alianza de democracias derrotó primero al fascismo y luego al comunismo. De ahí salió la expectativa de un mundo en convergencia, con todos jugando con las mismas reglas. China rompe esa narrativa: es un sistema autoritario muy exitoso cuyo partido gobernante aún se llama comunista. Según Kroeber, las élites estadounidenses nunca han aceptado del todo que el sistema político chino sea legítimo.

La segunda fuente es económica. Kroeber admite que el mundo obtiene productos baratos y que el bienestar global mejora. Pero sostiene que para un país grande es crucial mantener una estructura productiva diversificada y cierta cohesión social. La economía financiarizada que creció en Estados Unidos a principios de los 2000, como resultado de este arreglo con China, resultó muy dañina para el pacto social. Kroeber añade que gran parte del problema es de política interna estadounidense y que culpar a China sirve para desviar la atención de decisiones nacionales sobre redistribución y política macroeconómica. Aun así, cree legítimo pedir reglas acordadas para un país que representa el 20 % de la economía mundial y un tercio de la manufactura global, y lamenta que hoy no existan.

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Por qué no es una Guerra Fría

Dwarkesh plantea que quizá se aprendió una mala lección de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría: que la rivalidad entre grandes potencias termina con el colapso total del otro. Considera que el régimen chino es malvado en algunos aspectos, pero no comparable con Hitler o Stalin. Kroeber coincide en que la Guerra Fría es el marco equivocado y lo argumenta en dos planos.

En el plano empírico, la Unión Soviética nunca superó aproximadamente el 1 % del comercio estadounidense, y la inversión entre ambos era prácticamente inexistente. China, en su punto máximo hace unos diez años, llegó al 17 % del comercio de Estados Unidos, una proporción similar a la de Japón a finales de los ochenta. Según Kroeber, esa cifra ha bajado en apariencia, pero sigue igual si se cuentan las mercancías chinas que entran a través de terceros países. Hay además más de 600.000 millones de dólares de inversión corporativa estadounidense en China, que generan ventas muy superiores a las exportaciones estadounidenses a ese país. Kroeber no conoce precedente histórico de una integración así. Si se quiere una guerra fría de verdad, habría que llevar esos flujos casi a cero, y nadie sabe cómo hacerlo.

En el plano conceptual, la pregunta es cómo termina esto. Para Kroeber no termina con China desapareciendo: es demasiado grande y su modelo es exitoso en sus propios términos. Incluso si una varita mágica eliminara mañana al Partido Comunista, cualquier gobierno capaz de dirigir China con éxito compartiría muchos de sus rasgos. Querría un país geopolíticamente independiente, con fuerzas armadas poderosas, y estaría comprometido, como todo gobierno chino desde mediados del siglo XIX, con maximizar el progreso tecnológico y cubrir con producción nacional las necesidades tecnológicas clave. Pensar que el problema es solo este régimen le parece una fantasía.

Dwarkesh cuenta que en su viaje a China alguien le sugirió que el votante medio podría ser más reaccionario que el propio gobierno. Kroeber dice que no hay encuestas fiables, pero que esa impresión bien podría ser cierta. En el internet chino abunda un nacionalismo militarista que el gobierno pasa la mayor parte del tiempo conteniendo, aunque a veces lo suelta cuando necesita moldear la opinión pública en un conflicto, por ejemplo con Japón.

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¿Un gran acuerdo? Mejor dejar que China invierta en Estados Unidos

Dwarkesh menciona una idea que circula en Silicon Valley: ceder a China la industria pesada (solar, vehículos eléctricos, baterías) y reservarse la inteligencia artificial y los semiconductores. Kroeber ve dos problemas. El primero es que muchos en China dirían que lo quieren todo y que pueden conseguirlo. El segundo es que China nunca ha aceptado que la encasillen: no quiso quedarse en la manufactura de bajo valor ni quiere quedarse fuera de la IA. Ninguna estrategia que exija a China aceptar límites arbitrarios le parece viable, porque Estados Unidos tampoco aceptaría algo que consideraría una infracción absurda de su soberanía.

Su propuesta personal es otra: que Estados Unidos se abra mucho más a la inversión directa de empresas chinas en su manufactura, sobre todo en la cadena de suministro de vehículos eléctricos, energía verde y automatización industrial. Su argumento es que, si Estados Unidos quiere revitalizar selectivamente su base industrial, necesita traer a los líderes mundiales y hacerlos competir. Así se industrializó China hace 45 años, cuando era un caso perdido en lo industrial: invitó a las empresas líderes del mundo a invertir para aprender de ellas. Las empresas chinas estarían encantadas de entrar en un mercado del que hoy están excluidas, Estados Unidos aprendería de ellas, y el gesto dejaría claro que no se trata de una guerra fría.

Kroeber explica por qué en Washington hay consenso en bloquear tanto las exportaciones tecnológicas como la inversión china: los datos. Toda fábrica es hoy también una máquina generadora de datos, y preocupa adónde van y quién se beneficia de ellos. Además, hace treinta o cuarenta años el mundo se dividía en tecnologías civiles, unas pocas militares y una franja pequeña de doble uso que había que vigilar. Hoy casi todo es de doble uso. Kroeber considera esa inquietud completamente legítima, así que su ideal sería mucha más inversión china, pero muy regulada, como China regula la inversión extranjera con reglas estrictas de localización de datos. Cree que es posible, aunque muy difícil en el clima político actual. Dwarkesh añade una ironía: si los halcones creen que China se aprovechó de la inversión estadounidense para absorber tecnología, deberían ver atractiva la operación inversa.

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BYD y Tesla: del fracaso de las empresas conjuntas al salto a lo eléctrico

Para ilustrar ese efecto catalizador, Kroeber narra la historia del automóvil en China. A principios de los noventa, China observó que casi todos los países que se habían enriquecido (Estados Unidos, Alemania, Japón, Corea) tenían una gran industria automotriz. Su estrategia fue obligar a los fabricantes extranjeros a formar empresas conjuntas al 50 % con firmas chinas, con la idea de que estas aprenderían y acabarían desplazando a los extranjeros. Según Kroeber, fracasó de forma masiva. Durante 25 años, General Motors, Volkswagen, Toyota, Honda y otras prosperaron, mientras los socios chinos se limitaban a cobrar dividendos. La tecnología y el diseño seguían viniendo de fuera. Había muchos fabricantes locales de gama baja, pero los beneficios y el valor los dominaban las empresas conjuntas. Hacia 2010-2015, China no estaba más cerca de tener fabricantes convencionales competitivos que 25 años antes.

Entre 2005 y 2010 se planteó entonces un salto adelante: identificar la siguiente etapa tecnológica en la que nadie trabajaba todavía y entrar desde el principio. La apuesta fue la energía renovable y, en concreto, los vehículos eléctricos, con un amplio paquete de subsidios para empresas como BYD, que Kroeber describe como esencialmente privada. Durante diez o doce años BYD mejoró, sobre todo en la cadena de suministro y las baterías. Aun así, en 2018-2019 no era una empresa emocionante. Los consumidores chinos veían los eléctricos como incómodos y preferían los grandes SUV de las empresas conjuntas.

En 2018 el gobierno permitió a Tesla construir en Shanghái una gigafábrica de su exclusiva propiedad, la primera aprobación de un fabricante de automóviles totalmente extranjero. La producción empezó en 2019 y los coches se convirtieron en símbolos de estatus. Según Kroeber, las empresas chinas ya dominaban entonces la tecnología de fondo (baterías y software de control), pero eran malas en diseño para el consumidor. Tesla les mostró lo que les faltaba. BYD y sus competidores, entre otras cosas, contrataron a muchos diseñadores alemanes que convirtieron su base tecnológica en productos atractivos, y hacia 2022, o algo después, ya competían con Tesla en precio y calidad.

Kroeber cita estimaciones de 200.000 a 300.000 millones de dólares en subsidios al sector y su cadena de suministro, con poco retorno financiero durante mucho tiempo. ¿Hacía falta tanto? Responde con el viejo dicho publicitario: la mitad funciona, pero no sabes cuál. Hubo subsidios a productores, luego a compradores individuales y a gobiernos municipales para autobuses eléctricos. Para Kroeber lo decisivo fue que el gobierno fijó una dirección clara, insistió en ella sin saber cuánto tardaría y fue probando cosas hasta que funcionaron. El catalizador final fue la inversión extranjera.

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El Estado como fondo de capital riesgo

Dwarkesh pregunta cómo puede China identificar sectores de antemano si se supone que la planificación central no funciona, y recuerda que Alemania y Japón se quedaron atrás en internet por apostar por la industria pesada. Kroeber reconoce el peligro, pero señala que la lista china de Industrias Estratégicas Emergentes, ideada hacia 2010 sobre iteraciones anteriores, no intenta predecir con precisión: incluye cosas obvias como semiconductores, automatización industrial o nuevos materiales, que estarían en la lista de cualquier fondo de capital riesgo. Ante la objeción de que la mayoría de esos fondos pierden dinero, Kroeber mantiene la analogía: China es un fondo gigante dispuesto a perder enormes sumas durante mucho tiempo, suponiendo que algunas apuestas compensarán las demás. Recuerda que en 2007 John Doerr, de Kleiner Perkins, apostó fuerte por la energía verde; se equivocó en cuanto a rendimientos, pero acertó en que era algo enorme.

Dwarkesh insiste: el MITI japonés intentó algo parecido. Kroeber da tres razones por las que el modelo chino difiere de la planificación central clásica. La primera es la disciplina exportadora, compartida con Japón, Corea y Taiwán. En un mercado interno cerrado se puede ganar cuota sobornando a los contactos en el gobierno, sin mejorar la tecnología, y eso condena a los regímenes de sustitución de importaciones. Kroeber opina que Donald Trump intenta crear ese tipo de sistema cerrado en Estados Unidos. En los mercados globales no se puede manipular nada, hay que competir y mejorar constantemente. La segunda es una competencia doméstica despiadada con fuerte presencia de empresas internacionales. Aquí China se aparta de Japón, que siempre protegió su mercado interno. El mercado chino funciona como un crisol donde las ideas del gobierno se ponen a prueba y las que funcionan se validan. La tercera es la escala y la persistencia con que el Estado sostiene apuestas que durante años parecen perdedoras.

Como ejemplo, Kroeber compara la energía solar. Desde 2005 China identificó toda la cadena, del silicio en bruto a los paneles terminados, quiso tener empresas en cada eslabón y aceptó ciclos sin beneficios. En Estados Unidos, el gobierno prestó a una sola empresa, Solyndra, quebró, y todo el mundo concluyó que la política industrial no funciona. Para Kroeber, China tiene la respuesta correcta: hay que aceptar fracasos y pérdidas de dinero público si se quiere llegar al final. Aun así insiste en que nada de esto habría funcionado sin el ecosistema más amplio de exportación, competencia y participación internacional.

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Por qué China no es Japón

Dwarkesh, que acababa de entrevistar a Ken Rogoff, pregunta si los grandes conglomerados chinos acabarán como el Japón de los ochenta, con bancos prestando a conocidos. Kroeber empieza por la geopolítica. Japón podía contar con Estados Unidos para su seguridad y podía permitirse un estancamiento. China está sola, en un vecindario peligroso de catorce vecinos terrestres, varios con armas nucleares (Corea del Norte, Rusia, Pakistán e India), y aspira a ser gran potencia por su cuenta. Para China el estancamiento no es aceptable, y eso, según Kroeber, incentiva a sus líderes a mantener el dinamismo, aunque no lo garantiza.

La diferencia estructural clave está en la relación entre finanzas y empresas. En Japón, bancos y conglomerados tenían participaciones cruzadas, de modo que toda la economía funcionaba como un único balance apoyado en valores inmobiliarios desconectados de la realidad. Los inversores de finales de los ochenta ignoraban los beneficios y miraban el valor del suelo que controlaban las empresas. Cuando ese valor cayó un 80 %, las acciones cayeron algo parecido, el capital de los bancos se erosionó y todos tuvieron que desapalancarse a la vez. Eso provocó una deflación por deuda en la que las ventas forzadas de activos bajaban los precios y el valor real de la deuda seguía creciendo mientras se intentaba pagarla.

China estudió ese caso y la crisis coreana de finales de los noventa y prohibió esas participaciones cruzadas. Es ilegal que una empresa industrial sea dueña de un banco. Las grandes pueden tener filiales financieras, pero solo para gestionar flujos dentro de su grupo. Los bancos tampoco pueden acumular muchas acciones industriales. Kroeber reconoce enormes problemas de deuda: promotores inmobiliarios muy apalancados, un colapso inmobiliario masivo en los últimos cinco años y gobiernos locales endeudados en infraestructura de bajo rendimiento. Pero dice que están aislados y pueden abordarse uno por uno. El sector industrial no está sobreendeudado. Las empresas privadas, excluidas durante años del crédito bancario, aprendieron a financiarse con beneficios retenidos, aunque su apalancamiento ha subido algo en los últimos años por el impulso de la política industrial.

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La deuda local: un buen modelo que se desbordó

Dwarkesh cita el propio libro de Kroeber: los vehículos de financiación de los gobiernos locales piden prestado para infraestructura con la expectativa de que el suelo se revalorice, lo que suena parecido a Japón. Kroeber defiende que el modelo fue inteligente al principio. No fue un invento irregular de los gobiernos locales, sino una iniciativa del gobierno central y del Banco de Desarrollo de China a principios de los 2000, cuando faltaban vivienda e infraestructura urbana y el suelo estaba muy infravalorado. Las proyecciones de revalorización parecían astronómicas en su momento y resultaron muy conservadoras. Durante ocho o nueve años, con los bancos de desarrollo al mando, funcionó con mucho éxito.

El problema llegó tras la crisis de 2008, cuando el gobierno inyectó dinero masivamente con el mensaje de gastar en cualquier infraestructura. Los bancos comerciales, con estándares de evaluación mucho más laxos, entraron en el negocio y se creó lo que Kroeber llama un monstruo de Frankenstein. Cree que los primeros dos años de ese dinero probablemente rindieron bien, porque China seguía muy por debajo de sus necesidades, pero a los tres o cuatro años quedó claro que mucho iba a proyectos derrochadores. China lleva una década intentando deshacerlo.

Para Kroeber es un problema fiscal local que, en última instancia, es del gobierno central. Calcula que la deuda pública consolidada china probablemente sigue por debajo del 100 % del PIB, frente a más del 100 % de la deuda federal estadounidense. Dwarkesh menciona que Victor Shih, invitado anterior, estimó la deuda local en el 100-150 % del PIB y la pública total en torno al 200 %. Kroeber discrepa respetuosamente, aunque admite que es imposible saberlo con certeza. Distingue la deuda formal de la contingente de empresas que pueden ser fachadas de los gobiernos locales, y señala un problema importante de doble contabilidad: la misma deuda aparece en varios niveles del sistema financiero según la longitud de la cadena de transacciones. Cree que la deuda real probablemente es mayor de lo que se piensa, pero no tanto como dice Shih. Su argumento es aritmético: la deuda total de la economía ronda el 300 % del PIB según cifras oficiales ampliamente aceptadas, con ajustes, por el FMI. Si la pública fuera el 200 %, todo lo demás tendría que ser mucho menor de lo que se cree.

Aun así, Kroeber se toma en serio el problema. Un 300 % está en el rango de las economías muy desarrolladas y es extremadamente alto para un país de ingresos medios como Brasil. No cree que lleve a un colapso financiero, porque el sistema está contenido y la deuda está en moneda local, pero sí que actúa como un impuesto al crecimiento. Ante la pregunta de por qué la deuda pesa más en un país de ingresos medios que debería crecer mucho, responde que históricamente la deuda china financió activos productivos, y que hoy ese argumento es mucho más débil. La salida que propone es por el lado de la demanda: más demanda interna daría a las empresas más beneficios y poder de fijación de precios, algo de inflación y flujos de caja que permitirían pagar las deudas, mientras la inflación erosiona su valor real. Así salió China de su anterior crisis de deuda a finales de los noventa, con préstamos incobrables heredados de las empresas estatales y un programa muy favorable al crecimiento. Kroeber cree que una versión actualizada de esa estrategia resolvería el problema en una o dos décadas.

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Si son tan competentes, ¿por qué no son más ricos?

Dwarkesh pregunta cómo encaja tanta competencia con que China tenga una quinta parte del ingreso per cápita estadounidense y un tercio del de Japón, Taiwán o Corea del Sur, o con decisiones como la política de cero COVID. Kroeber replica primero que el problema del que se queja el mundo es justamente que China tiene demasiado éxito. En los noventa y los dos mil creció un 10 % anual durante veinte años, la tasa más rápida registrada en la historia, y aun así se decía que podría crecer más si fuera más eficiente. Kroeber lo duda.

Habla de una "falacia de la eficiencia". Los macroeconomistas de todo el mundo se han formado mayoritariamente en Estados Unidos y tienden a ver la economía desarrollada estadounidense como la norma, no como el resultado de otros procesos. China creció tan rápido porque movilizó enormes ahorros internos y los lanzó de forma algo descoordinada a muchos problemas, con mucho desperdicio por el camino. Si hubiera exigido que cada préstamo demostrara un retorno concreto, habría prestado mucho menos y crecido mucho menos. Además, esa inversión derrochadora llegó a regiones desfavorecidas, lo que probablemente redujo la desigualdad respecto a un sistema guiado solo por la eficiencia. Dwarkesh recuerda la frase del libro: en un país de la escala de China, lo que importa no es la eficiencia en el uso de los recursos, sino la efectividad para lograr el resultado. Kroeber confirma que esa es su tesis central.

La otra parte de la respuesta es la escala. Taiwán (20 millones de habitantes) y Corea del Sur (40-45 millones) alcanzaron el 60-70 % del PIB per cápita estadounidense en una o dos generaciones. Kroeber considera físicamente imposible hacer lo mismo con 1.400 millones de personas. Durante muchos años China sumó unos 20 millones de personas por año a su población urbana. Según su cálculo, construía cada año el equivalente en vivienda e infraestructura a Nueva York más Filadelfia más San Francisco, y lo hizo durante veinte años. Dwarkesh añade que Shanghái o Guangdong ya se acercan a sus vecinos ricos, y que si el mundo se queja de la manufactura china actual, es difícil imaginar diez veces más gente haciendo lo mismo. Kroeber no ve indicios de que China creciera por debajo de su potencial entre 2000 y 2020, pero sí cree que hoy está muy por debajo, sacrificando la convergencia de su población con Occidente en favor de objetivos tecnológicos.

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Fetichismo tecnológico: del objetivo de PIB al giro de Xi Jinping

¿Por qué habría disyuntiva entre tecnología y crecimiento? Kroeber sostiene que los líderes comunistas chinos comparten con los tecno-optimistas de Silicon Valley un "fetichismo tecnológico". La idea de que la tecnología es la clave de la riqueza y el poder se remonta a las Guerras del Opio de la década de 1840, cuando un imperio milenario que se creía el mejor del mundo fue aplastado por Inglaterra. Las élites concluyeron que se habían quedado atrás y debían ponerse al día. El régimen imperial tardío no lo logró; el gobierno republicano tras 1911 dijo e intentó cosas muy parecidas a las del Partido Comunista, pero con menos eficacia, entre guerras civiles. El régimen actual llevó esa idea a la práctica: la tarea número uno del gobierno es movilizar los recursos de la sociedad para maximizar la adquisición y creación de tecnología.

Desde los ochenta, la otra mitad de la filosofía fue crecer lo más rápido posible desde cualquier fuente: inversión extranjera, exportaciones, construcción. A los funcionarios locales se les dio un único indicador, el crecimiento del PIB, porque pedirles maximizar la tecnología habría producido tonterías y despilfarro. Fue un éxito enorme. Xi Jinping llegó en 2012-2013 con el diagnóstico de que eso había ido demasiado lejos y había generado corrupción, desigualdad y duplicación. Según Kroeber, su idea implícita fue que el crecimiento ya se encargaba de sí mismo y que el Estado debía centrarse en la tecnología. Ese giro cobró fuerza hacia 2015-2016 y se aceleró con la guerra comercial de Trump y los controles a la exportación de la administración Biden, que convencieron a Pekín de que Estados Unidos podía frenar su ascenso tecnológico y de que había que replicar todo cueste lo que cueste. Además, la visión oficial de finales de los 2010 sostenía que la tecnología física (semiconductores, nuevos materiales, energía verde, robots industriales, no Alibaba ni Tencent) sería el motor de la productividad y el crecimiento.

Kroeber ve un fallo en esa visión. La mayoría de la gente no trabaja en esos sectores, y no está claro cómo se derrama el beneficio. En Estados Unidos, la respuesta ha sido una economía de consumo impulsada por la demanda, cada vez más de servicios y experiencias, con un sistema financiero que recompensa a quien los ofrece y genera mucho empleo bien pagado. El talón de Aquiles de los modelos de política industrial de Asia Oriental, según Kroeber, es su materialismo: creen que solo importa lo físico. No ve cómo conecta China sus industrias punteras con el 90 % de la economía que hace otra cosa.

Dwarkesh no entiende por qué un fondo de 100.000 millones para semiconductores tendría que restar crecimiento. Kroeber concede que no tendría por qué, pero la forma en que China lo ha hecho sí lo ha restado, porque al mismo tiempo ha re-regulado sus servicios. En noviembre de 2020 frenó la gigantesca OPV de Ant Financial, la filial financiera de Alibaba, porque su premisa, construir un sistema financiero como el estadounidense de 2005, le pareció peligrosa: no quería titulización ni ese tipo de riesgo financiero. Después reguló a fondo el sector de internet, que durante veinte años había operado casi sin reglas salvo la censura política, cerrando modelos como el fintech, la telemedicina o aplicaciones sociales más amplias por riesgo financiero, social o político. Alibaba y Tencent siguen siendo grandes, y Kroeber cree que sus acciones cayeron más de lo que justificaba la pérdida de ingresos. El sector financiero, desregulado entre 2008 y 2017 con efectos malos como la banca en la sombra, pero también buenos como el crédito a empresas privadas, volvió a concentrarse en un puñado de bancos estatales. La apertura de la sanidad a la iniciativa privada también se contuvo.

Dwarkesh observa que esas restricciones responden a la estabilidad política y social, no a la necesidad de financiar a SMIC. Kroeber acepta que fue una decisión política y la presenta como un experimento real de lo que ocurre si se cree que el hardware lo resolverá todo y se prescinde de los servicios: mucho progreso tecnológico, pero escasez persistente de demanda, empresas sin poder de fijación de precios, deflación, hogares que ahorran más por miedo y riesgo de una espiral deflacionaria al borde de la cual, según Kroeber, está China ahora. El gobierno empezó a reconocer en sus declaraciones, en los últimos meses, que necesita una estrategia de demanda. Pero lleva 45 años construyendo una máquina de inversión y manufactura y ninguno construyendo una máquina de demanda.

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Contingencia, no diseño: informatización y electrificación

Dwarkesh añade que los avances técnicos son muy contingentes: la IA debe mucho a décadas de GPU impulsadas por los videojuegos y a los textos publicados en Reddit o Twitter, y nadie habría llegado ahí proponiéndose en el año 2000 alcanzar la AGI. Kroeber extiende la analogía a toda la economía china. Su trayectoria no fue un plan maestro, sino mucho tanteo y hechos aleatorios que acabaron cuajando. El mérito estuvo en acertar algunas grandes líneas, mantenerlas y abandonar con frecuencia lo que no funcionaba. Dwarkesh advierte además que juzgar el modelo por sus aciertos pasados se parece a juzgar la dictadura por un dictador exitoso. Kroeber está de acuerdo en que los resultados pasados no garantizan los futuros. Señala que China ha tenido varias sucesiones de liderazgo exitosas desde Deng Xiaoping, lo que da cierta confianza, pero que Xi se ha declarado de hecho presidente vitalicio y la última vez que pasó eso no terminó bien. El péndulo entre crecimiento y control se ha inclinado hacia el control. Kroeber admite que tampoco está tan seguro como hace unos años de la estabilidad del sistema estadounidense.

Su tesis es que el éxito chino se debe menos a elegir industrias que a construir infraestructuras habilitadoras de propósito general. La primera fue la "informatización" (xinxihua), un programa de principios de los noventa para integrar la tecnología de la información en toda la sociedad. Cuando el consenso de finales de los noventa decía que internet sería la sentencia de muerte de los regímenes autoritarios, el gobierno chino apostó a que serviría para acelerar el desarrollo y para reforzar su control. Según Kroeber, ganó en ambos frentes. Construyó un internet propio, sin las grandes empresas estadounidenses, igual de exitoso en sus términos, y obtuvo lo que describe como el santo grial de los gobernantes chinos desde el siglo II a. C.: saber qué piensa la gente en todo el imperio. Un panóptico.

La segunda apuesta, que Kroeber cree muy subestimada, es la electrificación. En la mayoría de países la electricidad supone solo el 15-20 % del consumo final de energía. China empezó por una razón prosaica: los cortes de electricidad de principios de los 2000 dificultaban el funcionamiento de las fábricas, y se construyó mucha capacidad, sobre todo de carbón. Luego vinieron otras piezas: los coches eléctricos como vía para superar el fracaso con la combustión, y una red de alta velocidad ferroviaria como la japonesa, pero veinte veces mayor. Todo eso exigía muchísima electricidad. El carbón contamina; el gas y el uranio tendrían que importarse en gran parte; las renovables darían autosuficiencia porque el sol y el viento no se importan. De nuevo, insiste Kroeber, no hubo diseño inteligente en el año 2000. El resultado es que China tiene más del doble de capacidad de generación que Estados Unidos, solo su capacidad renovable iguala la capacidad total estadounidense, y la electricidad ya supone en torno al 30 % de su consumo energético, con una subida rápida. China es líder en transmisión de ultra alta tensión. Su objetivo, según Kroeber, es producir tanta electricidad barata como sea humanamente posible para tener ventaja en manufactura, en IA o en cualquier cosa que necesite electricidad, y cree que básicamente tiene razón.

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¿Ganará China la carrera de la IA?

Dwarkesh expone el argumento a favor de China: talento abundante, ejemplos como High-Flyer y DeepSeek cerca de la frontera, la probabilidad de que SMIC acabe produciendo chips equivalentes a los H100 dentro de cinco o diez años, y una gran capacidad para escalar energía, chips y datos. Kroeber señala que China añade en promedio cada año una capacidad de generación del tamaño de Francia o el Reino Unido. Dwarkesh añade que, cuando la IA alcance nivel humano, lo decisivo será cuántas copias se pueden desplegar, igual que el poder de un país depende en parte de su población. Pregunta cuál sería en 2035 la historia de una China que no domina la IA.

Kroeber advierte que la IA está fuera de su especialidad y que no tiene claro dónde se acumula el beneficio económico. Se apoya en teorías de la innovación que subrayan el bucle entre demanda del consumidor y producción, como la de un economista académico que, según explica, sostiene que se presta demasiada atención a los productores y poca a los consumidores. Esa perspectiva le ayuda a explicar por qué Estados Unidos sigue siendo dinámico pese a haber abandonado muchos procesos físicos. Si, como cree que es el consenso, los grandes modelos de lenguaje son solo el sustrato y el valor está en las aplicaciones específicas, la pregunta es qué sistema ofrece el terreno más fértil para descubrirlas. Kroeber da ventaja a Estados Unidos: China se ha vuelto más cerrada y obsesionada con la autosuficiencia, con un jardín amurallado, mientras los operadores occidentales tienen todo el resto del mundo para experimentar.

Sobre la tesis de Victor Shih de que Pekín frenaría la IA por miedo a la desestabilización, Kroeber muestra respeto por su conocimiento de la burocracia china, pero apuesta lo contrario. Cree que China verá la IA como otra tecnología habilitadora y hará la misma apuesta que con internet: puede escaparse del control, pero será muy beneficiosa y probablemente podrán controlarla. Matiza con DeepSeek, que no salió de ningún programa estatal sino de un fondo cuantitativo de Hangzhou. Según los informes que ha visto, eso causó inquietud en Pekín por haber surgido fuera del plan oficial.

Dwarkesh plantea la ironía de que la IA, con enormes economías de escala y chips escasos en China, sería el caso ideal para centralizar, por ejemplo obligando a Huawei y ByteDance a entregar sus chips a un único laboratorio. Kroeber afirma con mucha confianza que eso no ocurrirá. Huawei, ByteDance, Xiaomi o Alibaba tienen ingresos, capital y conexiones centrales y locales suficientes para seguir su propia agenda, y en China casi nunca hay monopolios nacionales de ese tipo. Dwarkesh dice que eso le hace revisar a la baja la probabilidad de victoria china. Ambos coinciden en que todo depende de lo rápido que China resuelva el problema de los chips: si lo resuelve, la fragmentación pesa menos.

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Un "teléfono rojo" para la IA y el desmantelamiento de la comunicación

Dwarkesh se toma en serio escenarios peligrosos de IA, no tanto por una toma de control divina como por los precedentes de grupos más coordinados que conquistan a otros, como Cortés o Pizarro. Los españoles conocían todas las conquistas anteriores; incas y aztecas no sabían nada de caballos ni de acero. Un mundo bifurcado entre dos linajes de IA tiene valor para la seguridad, siempre que cada parte pueda advertir a la otra si su IA intenta algo descabellado. ¿Cómo se construye esa confianza?

Kroeber reconoce que no tiene una buena respuesta. El teléfono rojo de la Guerra Fría resolvía un problema muy concreto: sistemas nucleares bajo control centralizado de pocas personas. La IA es difusa, descentralizada e impredecible. Sin restar mérito a Thomas Schelling, compara la teoría de juegos nuclear con un problema de dos o tres dimensiones, y la IA con uno de muchas más. Dwarkesh lo resume: sería como tener un teléfono rojo para la Revolución Industrial.

Lo mínimo que puede afirmar Kroeber es que la relación actual se parece en algunos aspectos a la de Estados Unidos y la URSS en los años cincuenta, antes de la crisis de los misiles, y que la reducción de la comunicación en los últimos seis o siete años es alarmante. Cuando Trump llegó en 2017 heredó un centenar de diálogos operativos entre funcionarios de ambos gobiernos. Los eliminó todos y los sustituyó por uno solo, la negociación comercial. Las consecuencias se vieron en la COVID. Tras el SARS de 2003 había personal de los CDC estadounidenses integrado en su equivalente chino, una relación que creció con los años y que, con todos sus defectos, era un canal útil. Su ausencia en los primeros días de la pandemia fue, a juicio de Kroeber, catastrófica, y probablemente se puedan rastrear muchísimas muertes y caos social hasta esa incomunicación. La administración Biden mantuvo básicamente la misma postura, aunque añadió algunos canales que, según Kroeber, la segunda administración Trump no ha usado. Hoy, salvo lo comercial, el punto de partida es casi cero.

Ve el clima político de ambos países como el obstáculo. En Estados Unidos domina la narrativa de que China es un actor ilegítimo que hay que contener y de que cualquier interacción es peligrosa: congresistas que no quieren viajar a China porque pagarían un precio político y creen que ya saben lo que necesitan saber. En China, el aislamiento de casi tres años por la COVID dio una excusa para evitar algo que el sistema siempre ha encontrado incómodo, comunicarse con el mundo, y alimentó una narrativa paranoica sobre Estados Unidos que considera en gran parte, aunque no del todo, justificada. Critica a Biden por esperar dos años y actuar con parsimonia, y a la administración Trump por no dar importancia a comunicarse con respeto con nadie. Es pesimista sobre el corto plazo.

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La asimetría de información

Dwarkesh sostiene que el desconocimiento estadounidense de China es mayor que el inverso, porque el mundo entero sigue la política estadounidense. En su viaje, hace seis meses, le impresionó no ver a un solo occidental en Chongqing, una ciudad de veinte millones. Hablar con taxistas no dice si China invadirá Taiwán, admite, pero transmite algo que los congresistas despreocupados no captan: lo inmenso que es el país. Kroeber coincide en que es una observación banal, pero uno de los hechos más subestimados sobre China.

Kroeber defiende el valor acumulado del contacto directo. Su libro lo leen unos miles de personas, mientras que durante quince o veinte años ha habido en todo momento más de 300.000 estudiantes chinos en Estados Unidos. Da un ejemplo de su experiencia como profesor de un MBA ejecutivo sobre el ascenso económico de China en la Universidad de Nueva York, con clases de 20 a 25 personas. Antes de la COVID siempre había cuatro o cinco alumnos que habían estado en China, muchos gracias a los viajes de estudio del propio programa, superficiales, de un par de semanas. Con ellos, los debates eran más matizados porque alguien podía decir que su experiencia era distinta. Después de la COVID, sin viajes y sin nadie que hubiera estado allí, la percepción de la clase fue más negativa y mucho más caricaturesca, construida solo con los medios y las ideas previas.

Kroeber cuenta que durante años le irritaba oír a expertos chinos decir que China entendía mejor a Estados Unidos que Estados Unidos a China. Ahora cree que es completamente cierto. Frente a los 300.000 estudiantes chinos (mientras no se revoquen sus visas), cuesta llegar a mil estudiantes estadounidenses en China. Estados Unidos cerró el consulado chino en Houston hacia 2020 y China respondió cerrando el estadounidense en Chengdu, lo que dejó sin presencia oficial a toda la región occidental del país. Washington obligó a los periodistas de Xinhua a registrarse como agentes del gobierno, algo que Kroeber considera bastante cierto en el fondo, y China expulsó a muchos periodistas estadounidenses, un autogol según Kroeber. Concluye que la asimetría de información perjudica hoy a Estados Unidos.

Narrativas extremas y chivos expiatorios

Dwarkesh teme que esta escalada parezca dentro de cincuenta años tan desconcertante como hoy la Primera Guerra Mundial, salvo que el detonante sea Taiwán. Kroeber está de acuerdo en que hay que dedicar mucho más esfuerzo a que la relación funcione. Habrá competencia y conflictos reales de intereses, pero ambas partes deben aceptar que la otra no va a desaparecer. Cree que los chinos lo reconocen mejor: el meme del "declive de Estados Unidos y ascenso de Oriente" es popular a nivel oficial, pero según Kroeber pocos lo creen de verdad porque confían en la resiliencia estadounidense. A Estados Unidos le cuesta más aceptar una relación sin punto final, sin ganadores ni perdedores, que solo se puede gestionar.

Dwarkesh señala la volatilidad de las opiniones: una noticia sobre coches eléctricos hace pensar que China dominará el mundo y un dato económico malo, que se hunde, cuando con un punto más o menos de crecimiento seguirá siendo una potencia en la frontera tecnológica. Kroeber atribuye el atractivo de estos extremos a la ignorancia, que permite absolutizar una parte de verdad. Pone como ejemplo las negociaciones comerciales de la administración Trump, basadas en la idea de que la economía china era tan débil que capitularía ante los aranceles, algo que Kroeber califica de ridículo y que tardaron varias rondas en corregir.

Kroeber considera también que muchos problemas atribuidos a China son ejercicios de búsqueda de chivo expiatorio. El empleo manufacturero como proporción del empleo total en Estados Unidos sigue, según dice, una línea recta descendente desde 1946 en la que no se distinguen la Guerra Fría, el auge japonés, el NAFTA ni China. Lo que refleja, a su juicio, es el progreso tecnológico. China tuvo cierto impacto, pero el fallo principal fue que Estados Unidos no adaptó sus sistemas de redistribución y políticas sociales a finales de los noventa y principios de los 2000, y luego culpó a China. Del mismo modo, BYD, Huawei y CATL son muy buenas empresas, pero las estadounidenses siguen siendo poderosas y en muchos casos mantienen posiciones sólidas dentro de China. Si Estados Unidos se queda sin industria automotriz por BYD, dice, será por sus propias malas decisiones políticas.

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Lo que cambia y lo que no

Kroeber llegó a China en 1985, vivió allí de forma casi permanente hasta 2015 y ahora reside sobre todo en Nueva York. Describe China como un océano muy turbulento en la superficie, con ciudades, rascacielos, parques industriales y tren de alta velocidad, y muy profundo y tranquilo por debajo, donde ideas, conceptos y tendencias burocráticas forjadas durante siglos cambian poco. Su ejemplo: en los últimos cuarenta años, Estados Unidos ha cambiado más que China en la forma en que la gente entiende la convivencia social, como la aceptación de personas gais, lesbianas y trans, la diversidad de estilos de vida o la conciencia racial. China sigue más ligada a nociones arraigadas de relaciones de género y patriarcado. No niega la enorme transformación que supuso sustituir la economía planificada por un sistema básicamente capitalista con caparazón político leninista, pero ve en Estados Unidos un dinamismo agitado, a menudo incómodo de vivir y especialmente incómodo ahora.

Al volver de China siempre le sorprendía la actividad cultural de base distribuida por todo Estados Unidos, frente a unos pocos focos culturales chinos rodeados de calma. Lo atribuye no solo a la represión política, sino también al nivel de ingresos, que deja menos excedente para actividades interesantes pero no productivas, y a estructuras sociales arraigadas. Dwarkesh subraya que se puede defender una relación productiva con China sin concluir que la planificación central o el autoritarismo funcionan. Kroeber lo ve como parte de un péndulo histórico en las actitudes estadounidenses: de "son como nosotros, pragmáticos y amantes del negocio" a "son una fuerza amorfa al servicio de un sistema diabólico", sin encontrar el punto medio.

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El mejor escenario plausible

Sobre las negociaciones posteriores al llamado Día de la Liberación, Kroeber tiene expectativas muy bajas. Estados Unidos llega con una colección de quejas que no forman una agenda coherente sobre lo que quiere de sí mismo y de China, y así es difícil negociar. Lo que debería buscarse, dice en tono normativo, son los términos de coexistencia para las próximas décadas. El resultado más deseable sería un marco más amplio para que empresas chinas inviertan en industrias clave en Estados Unidos. Eso ayudaría a reconstruir selectivamente una manufactura que se dejó atrofiar demasiado, incorporando lo mejor del mundo, que en parte hoy viene de China. Además, la inversión, más aún que el comercio, obliga a instalarse en el lugar del otro y a aprender a comunicarse. Reconoce obstáculos enormes, tanto la narrativa estadounidense de inseguridad como la probable reticencia china a que su talento y su tecnología se instalen en Estados Unidos, y habla de un horizonte de uno a tres años, no de meses.

Del lado chino, el gran problema para el mundo es su incapacidad o falta de voluntad para generar demanda interna suficiente. Las empresas que no venden en China exportan su exceso de producción, lo que provoca fricciones con muchos países y refuerza la idea de que China solo actúa en su propio interés. Kroeber cree que China podría verse forzada a cambiar: la mayoría de los indicadores de retorno de la inversión que sigue su equipo están cayendo y aumentan las empresas zombis que no cubren ni los intereses de su deuda. Seguirá siendo fuerte en producción tecnológica, pero con restricciones financieras crecientes, y algo de presión externa hacia un modelo más equilibrado le parecería positiva.

Su advertencia final es para Estados Unidos. El mayor peligro de la estrategia de la administración Trump, y en parte de la de Biden, es creer que China puede ser contenida con una alianza de países, como en el viejo manual de la Guerra Fría con la OTAN frente al Pacto de Varsovia. Según Kroeber, los chinos lo vieron venir hace tiempo, y su respuesta no fue formar un bloque contrario, sino operar de manera que fuera imposible construir el bloque. Hoy unos 140 países comercian más con China que con Estados Unidos, algo que no ocurría con la URSS. Si se propone a países del Sudeste Asiático o de América Latina unirse a una alianza anti-China, dirán que no tiene sentido oponerse a su principal socio económico, del que importan insumos industriales y bienes de consumo. Kroeber concluye que hay que aceptar esa integración como un hecho y diseñar una coexistencia en la que Estados Unidos explote sus fortalezas (dinamismo, y más creatividad y flexibilidad en su sistema financiero), corrija sus propios desequilibrios económicos y sociales, y mantenga con China una competencia limitada que evite un conflicto bélico, que sería el peor de los mundos posibles.