Carles Casajuana: la diplomacia, la novela y la fascinación literaria por la corrupción

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Resumen

En la Fundación Juan March de Palma, el periodista Sergio Vila-Sanjuán conversó con Carles Casajuana. Casajuana nació en Sant Cugat del Vallès en 1954, fue el cuarto de diez hermanos y es licenciado en Económicas y en Derecho. Ingresó en la carrera diplomática en 1980. Estuvo destinado en Bolivia, Filipinas y Nueva York, fue embajador en Malasia, Vietnam y Brunéi, y representó a España en el Comité Político y de Seguridad de la Unión Europea. Dirigió el departamento internacional del gabinete de José Luis Rodríguez Zapatero y después fue embajador en Londres y en Atenas. También es autor de una quincena de novelas escritas en catalán, muchas traducidas al castellano, de varios ensayos, y colabora en La Vanguardia desde 2013.

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La conversación giró en torno a una pregunta: cómo conviven dos oficios que a veces se alimentan y a veces chocan. Casajuana defendió una postura que resumió así: quiso ser diplomático como si no escribiera y escritor como si no fuera diplomático. A lo largo de la charla mostró, sin embargo, que ambos oficios comparten una disciplina mental, la de ponerse en el lugar del otro.

Escribir antes de ir a la embajada

Su método para compaginar las dos actividades es sencillo. Se levantaba temprano, hacia las seis y media o las siete, daba un paseo, escribía durante una hora, desayunaba y se iba a la embajada. Cuenta que una colaboradora le preguntó una vez cuándo escribía y él le respondió, en broma, que tenía "un negro". Él mismo reconoce que la expresión hoy es políticamente incorrecta. Con ella quería decir que el subconsciente sigue trabajando en la novela mientras uno se ocupa de otras cosas, así que una hora diaria puede rendir casi tanto como tres o cuatro de dedicación exclusiva.

Lo difícil no es el horario. Hay cosas que un diplomático no debe decir ni hacer, y Casajuana señaló dos terrenos delicados. El primero es la información reservada. Durante la etapa en que preparaba y acompañaba los encuentros del presidente del Gobierno con dirigentes extranjeros, supo cosas que no debía revelar. En su opinión, quien escribe corre el riesgo de que eso acabe filtrándose de forma indirecta, de modo que alguien que conozca los hechos pueda deducirlos.

El segundo es el conocimiento del país donde uno está destinado. Un diplomático tiene que entender cómo piensa y cómo funciona la sociedad en la que vive, y ese esfuerzo exige tiempo. Casajuana habló de "puertas al subconsciente colectivo". En Londres, que calificó con ironía de destino "totalmente exótico", encontró dos. La primera fue leer The Sun junto a los periódicos serios, porque el tabloide no transmite el sentido común británico sino lo que la gente quiere y siente, "en bruto". La segunda fue un libro que encontró en una librería con los cien poemas más leídos de la lengua inglesa, que describió como "una mina" porque en ellos aparecen, sin necesidad de descifrarlos, los mecanismos internos de la cultura inglesa.

En Atenas pueden leerse traducidos a Seferis o a Cavafis, pero Casajuana cree que esa tarea hay que hacerla en la lengua original, y que no basta con leer los poemas: conviene aprenderse algunos. Lo explicó con un ejemplo en castellano. Si un extranjero, en lugar de decir que algo volverá a ocurrir el año próximo, dice "volverán las oscuras golondrinas", sus interlocutores piensan de inmediato que sabe de qué habla.

El conflicto aparece cuando todo ese conocimiento pide convertirse en novela. Las novelas se construyen con conflictos, hay que "meter el dedo en la llaga" e ir donde duele. Un embajador, en cambio, es un invitado, y hay cosas que un invitado no dice por buena educación. Según Casajuana, esa tensión hay que administrarla.

Bolivia, 1980: golpe de Estado y asilados

Su primer destino fue La Paz, adonde llegó a principios de agosto de 1980, pocos días después de un golpe de Estado muy sangriento. El embajador fue a recogerle al aeropuerto por lo tensa que era la situación. En el piso que heredó de su predecesor le esperaba la propietaria, viuda de Marcelo Quiroga Santa Cruz, político socialdemócrata muy conocido asesinado tres días después del golpe. La mujer le explicó que había aprovechado el cambio de inquilino para llevar allí sus mejores muebles, porque temía que saquearan su propia casa, y le pidió que los cuidara.

Casajuana describió los meses siguientes: toque de queda, disparos por la noche, paramilitares que cometían todo tipo de barbaridades y muchos muertos. Situó el golpe en el contexto regional. Videla gobernaba en Argentina, Pinochet en Chile y había dictaduras en Perú y en Brasil, así que los generales bolivianos se sentían cómodos y contaban con el apoyo argentino.

Mucha gente intentaba huir. En América Latina funciona el asilo diplomático, pero España no podía practicarlo porque no había firmado la Convención de Caracas que lo regula. Según Casajuana, como las autoridades bolivianas no lo sabían y tendían a aceptarlo por costumbre, la embajada "abusó" de esa situación y sacó a bastante gente del país. Él ideó un sistema. Un catalán que representaba allí al Comité Intergubernamental para las Migraciones, una pequeña agencia que pagaba billetes a quienes querían salir, costeaba el viaje. La embajada de México solicitaba el salvoconducto a las autoridades, y la persona salía oficialmente como asilada en la embajada mexicana, aunque en realidad estaba en casa de Casajuana o en la embajada española. A otros los acompañó en coche hasta la frontera para que salieran por tierra.

Las autoridades respetaron siempre el estatus diplomático, aunque él recibió llamadas nocturnas con amenazas. Recuerda que el embajador era un hombre prudente, demasiado a su juicio de entonces, y admite que el embajador seguramente pensaba que él era demasiado imprudente, "y con toda la razón".

La historia real detrás de Domingo de tentación

Vila-Sanjuán le preguntó por una novela posterior, Domingo de tentación, en la que un joven secretario de embajada acoge a un refugiado político que abusa de su hospitalidad. Casajuana explicó que la parte del abuso es inventada y el resto es "más o menos todo verdad".

Durante seis semanas tuvo en casa a un dirigente del MIR, responsable del sector campesino, que se había asustado con el golpe. Había salido del país a través de la embajada de México y llegado a Lima, pero allí le dijeron que su cargo solo tenía peso en el interior y que fuera "no era nadie". Volvió por tierra. Cuando iba a la primera reunión de la dirección clandestina, vio coches sospechosos sin matrícula frente a la puerta y no entró. Todos los reunidos fueron asesinados, en lo que Casajuana llamó la masacre de Sopocachi. El hombre se refugió primero en casa de una conocida y después le pidieron a Casajuana que lo acogiera. Él vivía solo; su mujer, presente en la sala, todavía no lo era. Para la novela inventó a un diplomático casado cuyo huésped seduce a su esposa mientras él trabaja, porque "eso ya tiene otro juego".

El Ministerio boliviano se negaba a dar un nuevo salvoconducto, alegando que ya se había concedido uno, y apostó paramilitares frente a la casa. Casajuana los veía fingir que leían el periódico. Un colega colombiano, "otro joven imprudente", se ofreció a ayudarle. Sacaron al refugiado por el garaje en un coche con cristales tintados y lo llevaron a casa del colombiano, que había dado al guardia un café con un narcótico para que no viera nada. Casajuana lo comparó con James Bond. Meses después consiguieron sacarlo del país.

El hombre se llamaba Coco Pinelo, según el transcripto, y Casajuana nunca volvió a verlo. Años más tarde, en Bruselas, la embajadora de Bolivia le contó que el Gobierno de izquierdas estaba recuperando a antiguos militantes del MIR y que Pinelo era cónsul en Chile, un cargo muy importante para Bolivia al no haber relaciones diplomáticas entre los dos países. Casajuana le envió la novela con una nota, pero no recibió respuesta. Cuando murió el dictador García Meza en una cárcel, que él situó en Estados Unidos, escribió un artículo en La Vanguardia contando la historia. Entre los comentarios de la edición digital encontró una larga carta de Pinelo, que le daba las gracias y corregía algún detalle: aseguraba que aquel día no iba a asistir a la reunión y que no había salido de casa. No dejaba ninguna dirección de contacto. Buscando en internet, Casajuana descubrió que a Pinelo lo habían acusado de ser el delator de sus compañeros. Él no lo cree, porque piensa que en seis semanas de convivencia lo habría notado, aunque reconoce no saberlo. Su conclusión fue que la historia real "es más novelesca que mi novela". La novela no la rehízo.

Del castellano del boom al catalán: la primera novela

Su primera novela, Tap d'escopeta, recrea la Barcelona de la Transición, una época en la que él ya casi no vivía en la ciudad. Casajuana dijo que no sabe lo que quiere hacer con una novela hasta que la ha terminado. En aquel momento llevaba tiempo peleándose con una novela boliviana que no le salía. Había escrito un borrador en castellano y le pareció "acartonado", demasiado deudor del boom latinoamericano, que él leía mucho. Se puso a leer en catalán a Josep Pla, probó a escribir en esa lengua y comprobó que funcionaba.

Empezó por estampas sobre sus últimos años en Barcelona y su vida nocturna, y un día las montó. Tuvo la suerte, dice, de que se articularan en torno a un tema de fondo: un joven de veintitantos años que entra en la vida adulta y tiene que asumir sus contradicciones. Un capítulo trataba incluso de su aprendizaje del arte de mentir. Bajo la historia de un grupo de jóvenes irresponsables que exprimen la noche barcelonesa late su incapacidad para comprometerse.

La envió a la editorial que le parecía mejor, Quaderns Crema. Pasaron tres meses sin respuesta, llamó con mucha prudencia y le citaron. Jaume Vallcorba, el editor, se retrasó cinco minutos porque estaba en un almuerzo, y le recibió su colaborador Jordi Cornudella, que le dijo enseguida que la novela les había gustado mucho. Más tarde le explicó el motivo de la tardanza: no sabían si el manuscrito lo había escrito un señor mayor que se burlaba de los amigos de sus hijos o un joven que se burlaba de sus propios amigos. Solo les interesaba el segundo caso, y al verle lo tuvieron claro.

Jaume Vallcorba, "padre severo" y "hermano mayor"

Vila-Sanjuán recordó que Vallcorba fue uno de los grandes editores de la Transición. Desde Quaderns Crema publicó a Quim Monzó, a Sergi Pàmies y a otros autores de la renovación de la literatura catalana, y luego fundó Acantilado. Casajuana, que escribió su obituario, lo conoció muy bien. Como Vallcorba vivió solo mucho tiempo, se dedicaba mucho a sus autores y era muy accesible. Cada vez que Casajuana pasaba por Barcelona comían o cenaban juntos, y Vallcorba pasó algunos veranos con la familia en su casa de campo de Mallorca.

Lo describe como un "padre severo" en lo editorial. No tenía reparo en decirle a un autor que un texto no estaba a la altura de su obra y que lo guardara en un cajón, o que se sentara y le diera tres vueltas. Fuera del trabajo se convertía en "un hermano mayor" que necesitaba conversar. Era una persona compleja, con tensiones internas, muy afectuosa y protectora con sus autores, aunque podía ser muy duro cuando anteponía los intereses de la editorial a los del autor, que no siempre coincidían. Le publicó siete novelas, y Casajuana afirma que lo que es como escritor se lo debe a él y a Cornudella, que trabajaron sus libros como verdaderos editores.

Vallcorba le visitó en Nueva York y en Londres. De Nueva York contó una anécdota. Casajuana era relator de la comisión de derechos humanos de la Asamblea General de la ONU y tenía que sentarse en el estrado. Un compañero que ocupaba el escaño de España quiso salir a tomar un café y le pidió a Vallcorba que se sentara en su lugar; si había que votar, le dijo, bastaba con mirar a Carles. Todos sabían que en esa hora no habría votaciones, pero Casajuana supo después que aquello fue uno de los momentos más memorables del viaje de su editor.

Punt de fuga y la arquitectura de tres voces

Sobre Punt de fuga, un triángulo entre un abogado de éxito, un amigo trotamundos al que le ha ido mal y una mujer, Casajuana explicó su estructura tras corregirse a sí mismo durante la conversación. La mujer habla en primera persona, el amigo en segunda y al marido se le narra en tercera. El reto que se propuso fue meterse en la piel de una mujer y escribir en primera persona; dice que le funcionó y que le tiraron "algunos tomates, pero no muchos".

Añadió que esa alternancia entre tres personajes tiene una ventaja práctica: como cada uno ve las cosas de manera distinta, la acción avanza sola y todo encaja con facilidad. En otras novelas con más puntos de vista o con personajes menos equilibrados, cuadrarlo todo al final se parece a resolver un sudoku.

Los momentos de ruptura histórica

Vila-Sanjuán mencionó otra novela cuyo protagonista, un inadaptado que recorre Nueva York, Berlín y la India, vive la caída del Muro o los conflictos balcánicos, y le preguntó si la situación internacional actual le recordaba aquella época. Casajuana distinguió entre rupturas que se reconocen al momento, como la caída del Muro, que él vivió en Nueva York por la CNN sabiendo que era una página histórica, y otras cuyo alcance no se conoce hasta mucho después.

Puso como ejemplo la guerra en Irán, que acababa de empezar en el momento de la charla. Planteó varios desenlaces posibles. Uno es que "el loco de Trump" pacte con el ayatolá que haya, reciba algo de petróleo, declare la victoria y todo se acabe, en cuyo caso no habría cambio histórico. Otro es que derive en una guerra regional permanente. Un tercero, que él ve difícil, es que "milagrosamente" se instaure una democracia, aunque duda que eso fuera pacífico, porque ni Arabia Saudí ni los países del Golfo querrían una democracia al otro lado del estrecho. También apuntó que quizá el verdadero punto de inflexión se sitúe en la elección de Trump o en las primeras decisiones de su segundo mandato. Para ilustrar esta ceguera ante los hechos históricos recordó que, según él, al día siguiente del comienzo de la Primera Guerra Mundial el titular principal de The Times trataba de atascos de carruajes, porque se creía que la guerra duraría quince días.

El poscomunismo visto de cerca: Moscú y Kiev

El momento más significativo que vivió como diplomático fue probablemente la caída del Muro, aunque reconoce que "lo hemos vivido todos". Después, como jefe de gabinete del secretario general del Ministerio a partir de 1991, participó en los primeros viajes oficiales españoles a la Ucrania independiente, Bielorrusia, Eslovenia y Croacia. Le pareció una paradoja histórica: en el mundo académico se había escrito mucho sobre el poscapitalismo, porque muchos creían que el capitalismo se acabaría, y en cambio nada sobre el poscomunismo, que resultó ser capitalismo.

Era, en sus palabras, un capitalismo "precario". En Moscú, un noviembre o diciembre de 1991, vio frente al hotel una hilera de unas cuarenta o cincuenta personas de pie en el frío, cada una delante de una alfombrilla con algo que vender, una docena de huevos, una grapadora, y ningún comprador. En Kiev la moneda se había desmoronado. Casajuana llevaba los pagos y tenía que sacar fajos de billetes para pagar un taxi o un café, mientras su jefe le pedía que los escondiera porque todo el mundo los miraba.

Se alojaron en el Intourist, el hotel de "superlujo" de la ciudad: un edificio estalinista de doce plantas con habitaciones "de hospital", un bar con un pianista armenio y varias mujeres que ofrecían sus servicios. Su jefe concluyó que no había condiciones para abrir una embajada y le encargó llamar al diplomático designado, que estaba destinado en el Congo, para decirle que se aplazaba su traslado. El embajador montó en cólera y respondió que si creían que había condiciones en Kinshasa, fueran a verlo. Aun así, el traslado se retrasó.

La tradición de los escritores diplomáticos y el caso Carner

Vila-Sanjuán repasó la tradición: Lawrence Durrell, Roger Peyrefitte, Juan Valera, Agustín de Foxá, Edgar Neville o Josep Carner. Casajuana amplió la lista con Octavio Paz y Carlos Fuentes, que entraron y salieron de la diplomacia, y con Seferis y Saint-John Perse, ambos premios Nobel y diplomáticos de carrera, este último subsecretario del Ministerio francés. Entre los españoles citó también a Ángel Ganivet.

Su favorito es Carner, que en su opinión tiene una estatura literaria muy superior a la de los demás y fue candidato al Nobel. Le divierte que casi nadie lo recuerde cuando se habla de escritores diplomáticos en castellano, porque escribía en catalán, aunque en Cataluña se lee y se estudia en las escuelas. Cree que influye otro factor: a diferencia de Foxá o de Neville, Carner fue fiel a la República y fue depurado, y la mitología nacional sobre los escritores diplomáticos, dice, tiene "ribetes nacionalistas". Citó un libro de Ángel Viñas según el cual, de unos 450 diplomáticos, solo unos cincuenta permanecieron leales a la República, cinco jugaron a dos bandas y el resto se pasó al otro bando.

Carner fue ministro consejero de la embajada en París al comienzo de la guerra, con Ossorio y Gallardo como embajador. Casajuana subrayó la importancia de ese puesto: allí se negociaron las compras de armas de la República y se discutió con Francia y el Reino Unido el "lamentable" acuerdo de no intervención, y el ministro de Asuntos Exteriores republicano prácticamente vivió en la embajada durante meses. Casajuana estudió el expediente personal de Carner en el Ministerio y encontró muy poca documentación sobre esa etapa, algo que atribuye al carácter reservado de lo que se hacía allí. Carner nunca habló de ella.

Sobre Mountolive, el diplomático de El cuarteto de Alejandría, dijo que leyó la obra hace treinta años y no se identifica especialmente con el personaje. Ahí formuló su divisa de separar los dos oficios, y explicó que por eso se mantuvo alejado de los asuntos culturales en su trabajo diplomático. Reconoce que podría contar muchas cosas que parecerían conspiraciones, porque acompañó al presidente en quizá cien viajes y preparaba las reuniones de antemano. Pero habría que novelarlas, porque "es curioso lo rápido que envejecen los chismes".

Balance de Zapatero

Casajuana hace una valoración positiva de la presidencia de Zapatero y la basa en lo que considera un dato objetivo. Recordó que Zapatero llegó al poder tras unas elecciones en las que el Gobierno de Aznar se equivocó al atribuir a ETA el atentado de Atocha, algo que él considera "hasta cierto punto verosímil" porque ETA seguía activa, aunque el atentado llevaba las huellas de Al Qaeda. Cuando Zapatero se fue, ETA había abandonado las armas y había pasado a la política a través de Bildu. Si ETA era el problema número uno de la democracia española, argumenta, eso basta para un juicio muy positivo.

Según Casajuana, Zapatero dudó en reivindicar ese éxito porque siempre sostuvo que el terrorismo no debía usarse políticamente, y ponerse la medalla le parecía una forma de hacerlo. Él no está de acuerdo. También discute la idea de que el mérito fuera de Rubalcaba. Lo considera un gran ministro del Interior, pero afirma que quien llevó el asunto desde el primer día fue Zapatero. Aclaró que él nunca participó en esas gestiones, aunque sabía que para el presidente era una prioridad.

Sobre la relación de Zapatero con Venezuela, dijo no conocerla, porque él trabajó a su lado durante el primer mandato, cuando vivía Chávez, a quien describió como extrovertido y "peligrosísimo", y porque esa relación es posterior a la salida de Zapatero de la Moncloa. Como lector de periódicos, aclaró, entiende que Zapatero intentaba ayudar a sacar presos políticos y que esa labor exigía una discreción que le impedía defenderse de las críticas. Lo describió como una persona de una calidad humana extraordinaria.

El catalán como lengua literaria y L'últim home que parlava català

Casajuana ha dicho que escribir en catalán lejos de Cataluña le dio libertad mental y le libró de condicionamientos que habría tenido viviendo en Barcelona. En L'últim home que parlava català, premio Llull, aparecen dos personajes antitéticos que luego vuelven en otras novelas: un escritor catalán que escribe en catalán y otro que escribe en castellano.

El argumento lo tomó conscientemente de El inquilino de Bernard Malamud, que leyó hace cuarenta años. En esa novela, un escritor judío es el último inquilino de un edificio de Nueva York que el propietario quiere vaciar para rehabilitarlo y vender, y se niega a marcharse hasta terminar su libro. Un día descubre que hay otro ocupante, un escritor negro, y a partir de ahí se desarrolla su relación y la de la amiga de este. A Casajuana le pareció una metáfora "potentísima" y la trasladó a la gentrificación de Barcelona. Evitó la versión fácil y la complicó: el ocupa es un escritor en catalán que escribe una novela sobre el último hombre que habla catalán, y el inquilino al que quieren echar es un escritor en castellano, mejor situado, que no quiere ni oír hablar de libros en catalán.

Descubrió así "una mina". En Cataluña conviven la cultura catalana y la castellana, pero con tensiones, y "donde hay tensiones hay novela". Por eso la saga continuó con otros títulos, como El melic del món.

El procés: una "esquizofrenia personal"

Vila-Sanjuán citó al crítico Julià Guillamon, que dijo que El melic del món pasaba de puntillas por la agitación soberanista, y le pidió su visión del procés. Casajuana considera que el Estatut era, visto desde hoy, "un equilibrio maravilloso". Estuvo vigente cuatro años, "no se rompió España" y ninguna de las dos partes estaba del todo satisfecha, lo que a su juicio le habría permitido durar veinte años. El Gobierno no pudo evitar que el Tribunal Constitucional lo recortara, y el PP no lo aceptó porque no había participado en su redacción y lo veía como un cambio constitucional hecho a sus espaldas. Casajuana mencionó también el pacto del Tinell. Cataluña quedó como la única comunidad autónoma sin el estatuto que había votado, y ese vacío lo ocuparon los independentistas, en coincidencia con la crisis económica, el discurso de "España nos roba", el déficit de inversiones y los problemas de Rodalies.

Reparte las responsabilidades. Por un lado, un independentismo "mal avisado" que intentó forzar las cosas por la vía del choque y se salió de la Constitución violando las leyes. Por otro, un PP que, en su opinión, explotó políticamente el conflicto y respondió con la porra y después con una actitud "vengativa". Considera obvio que la vía punitiva no puede resolver un problema político. Su conclusión fue: "hicimos el ridículo mundial".

Personalmente le afectó mucho, porque tenía "un pie" en cada lado. Su apuesta de hace cuarenta años, hacer carrera como diplomático español y como escritor en catalán, ha sido posible, y se declara satisfecho de ambas. Cuando terminó su embajada en Londres en 2012 pidió una excedencia y estuvo nueve años fuera, así que no le tocó aplicar la política exterior de aquellos años de combatir el mensaje independentista en el extranjero, que le parecía ridícula. Si un independentista hubiera expuesto su programa en una conferencia, él habría dicho que España es una democracia donde hay gente que piensa así y gente que piensa distinto, que su Gobierno piensa de otra manera y que se resolverá democráticamente.

De ahí pasó a lo que considera un rasgo común de la diplomacia y la novela. El diplomático debe asumir que el otro no piensa como él y esforzarse por ver las cosas desde su lado, para negociar o para entender cómo funciona el país en el que vive. El novelista debe asumir los puntos de vista de todos los implicados en un conflicto, no para resolverlo sino para plantear las preguntas. Aplicado al procés, ese entrenamiento y la información de primera mano de ambos lados le llevaron a una "especie de esquizofrenia personal": veía muy bien las razones de unos y de otros. En sus artículos semanales en La Vanguardia buscó caminos constitucionales, apoyó el diálogo y nunca se permitió "tirar leña al fuego". Con media página semanal a su disposición, sentía la responsabilidad de, al menos, no crear mal ambiente.

Las leyes del castillo: el poder siempre lo tiene otro

En 2017 ganó el premio Godó de ensayo con Las leyes del castillo, una reflexión sobre el poder. El libro nació de notas que tomaba para sí mismo en la Moncloa, donde veía cosas que le parecían divertidas y que creía que nadie podía imaginar. Las dejó en un cajón hasta que el editor Emili Rosales le sugirió convertirlas en un libro.

Una de sus tesis es que todo el mundo cree que el poder lo tienen los demás. En una tiranía como la Bolivia que él conoció, el poder lo tiene el tirano. En una democracia como la española, el presidente comparte competencias con las autonomías y con Bruselas, y además una cosa es publicar algo en el BOE y otra que se cumpla, porque grandes empresas, sindicatos y todo tipo de organizaciones pueden bloquearlo. Le divertía ver a un ministro de Economía convencido de que pintaba muy poco frente a bancos y empresarios, mientras el presidente de un banco pensaba que ese ministro podía hundirle la empresa con cualquier ocurrencia en el BOE. Casajuana considera muy bueno que el poder esté tan repartido, porque evita barbaridades como las que, según él, se ven ahora en Estados Unidos, donde nadie frena al presidente.

La corrupción: poca en la vida, mucha en la ficción

A propósito de la frase de Lord Acton sobre el poder y la corrupción, y de las corruptelas que aparecen en sus novelas, sea en Malasia o en una ONG, Casajuana explicó que le fascina cómo se corrompe un ser humano, cómo decide venderse. Como tema literario le parece fascinante.

En la vida real, dice, ha visto muy poca, porque en España los altos funcionarios no son corruptos. Según él, la corrupción en España se concentra en un "triángulo" muy limitado: la financiación de los partidos, la concesión de obra pública y las recalificaciones de terrenos ligadas a la financiación de los ayuntamientos. En su opinión, ahí está el 90 % de la corrupción del país. Para ilustrar lo que no existe en España propuso algunos ejemplos: quien quiera ir a la cárcel puede ofrecer a un juez un sobre con cincuenta billetes de cien euros, y quien quiera dormir en el cuartelillo puede dar un billete a un guardia civil que le pare en la carretera. Añadió que con un inspector de Hacienda pasaría lo mismo. Admite excepciones y reconoce que quizá habría visto más si hubiera manejado contratación pública. Solo una vez le ofrecieron dinero: un amigo de un amigo le pidió una gestión sobre un problema en Cuba y le prometió "gratificarle", y Casajuana le respondió que si lo repetía no le ayudaría. Bromeó con que su vanidad sufre por lo poco que han intentado sobornarle.

Como "detalle de cocina", contó que a veces le divierte tomar el argumento de otro autor y aplicarlo a otra situación, porque da mucho rendimiento. Su historia favorita sobre la corrupción es un cuento de unas veinte páginas de Joseph Conrad sobre el Congo, que él tituló Una estación de progreso, protagonizado por dos belgas que se corrompen. Lo considera casi mejor que El corazón de las tinieblas y se ha inspirado en él. Le interesa ver cómo una persona decente va renunciando poco a poco a su decencia sin admitírselo, convencida de que actúa bien.

Merkel, Putin, Blair

Preguntado por los dirigentes que trató, Casajuana aclaró que no sentía devoción especial por ninguno, pero recordó algunos momentos. En el bufé de desayuno de un hotel se dio cuenta de que Angela Merkel estaba detrás de él en la cola, y vio que desayunaba con sus colaboradores como una más. La describió como una persona sencilla y "muy científica", química de formación, que pregunta y escucha. Observando sus conversaciones con terceros, tenía la impresión de que sometía a sus interlocutores a "un examen con rayos X".

En una cena de seis personas con Putin en Sochi, al atardecer y a orillas del mar Negro, el presidente ruso se relajó y empezó a hablar de un compatriota al que, en su opinión, la historia no había hecho justicia y merecía más reconocimiento: Kaláshnikov.

De Tony Blair le fascinaba su claridad: en tres frases llegaba al nudo de cualquier cuestión. Un colaborador de Blair le explicó el método. Blair pedía un borrador y, si no le gustaba, lo devolvía. Si le gustaba, llamaba a su autor y lo examinaba frase por frase: de dónde sale esto, por qué esta metáfora, por qué no se desarrolla más esta idea. Con esas indicaciones se hacía un segundo borrador, que Blair reescribía con sus propias palabras, se aprendía de memoria y luego pronunciaba como si improvisara.

Excedencia, Trump y la firmeza europea

En el coloquio, Casajuana explicó que pidió la excedencia por razones personales. Tenía 58 o 59 años, acababa de terminar en Londres, le parecía difícil llegar a algo mejor y, con el cambio de Gobierno, no le iban a dar un puesto de responsabilidad a quien había sido "la cara de Zapatero", aunque solo fuera "por casting". Durante esos años dio clases en la universidad, asesoró a inversores extranjeros "para solucionar la cuestión tonta de final de mes", formó parte del patronato de Alianza por la Solidaridad, hoy integrada en la red ActionAid, de cuya rama española es actualmente presidente, y tuvo mucho más tiempo para escribir. Dice que no pensaba volver a la diplomacia.

Sobre si Merkel fue la única que plantó cara a Trump en su primer mandato, respondió que no lo sabe, que ella tenía carácter y que no cree que fuera la única. Mencionó a Sánchez en la actualidad y creía que Xi también le había advertido en algún momento. En su opinión, en Europa se impuso la idea equivocada y paternalista de "seguirle la corriente" a Trump para que pusiera la bomba en otro sitio. No funcionó, porque la bomba la acaba tirando igualmente. En cambio, cree que cuando se le dice con educación pero con firmeza que no se va por ese camino, Trump suele frenarse, aunque no siempre. Por eso piensa que la reflexión europea debería ir hacia más firmeza, y lamentó que Europa no la esté demostrando con Irán.

El sentido del humor como peaje obligatorio

La última pregunta del público trató sobre su sentido del humor y el humor catalán. Casajuana sostiene que en Cataluña se valora más el humor que en el resto de España, donde quien cuenta chistes corre el riesgo de que le tomen por payaso. En el Reino Unido ocurre lo contrario: quien habla en público sin contar ningún chiste no merece ser escuchado. Citó una máxima británica según la cual la inteligencia es optativa y el sentido del humor, obligatorio. El orador que está un poco más alto que su público paga así un "peaje" para que no se le suba a la cabeza. Para Casajuana, el humor británico consiste en reírse de uno mismo, algo poco practicado en España, donde es más común reírse de los débiles.

En literatura también ve esa diferencia. Un libro en catalán puede empezar con un chiste sin que nadie lo tome por poco serio. Se declaró devoto de Jaume Perich, cuyos libros de aforismos considera divertidísimos y de una inteligencia deslumbrante, y lamentó que estén olvidados y que nadie los haya recopilado. Perich escribía en castellano, pero su humor era "totalmente catalán", según él. Cuando Vila-Sanjuán mencionó a Gila y a Cervantes, Casajuana respondió que Cervantes tiene un gran sentido del humor, pero que la cultura española no lo ha digerido fácilmente y que todavía hay una tensión ahí. Para él, un novelista que olvida introducir humor en sus libros lo tiene complicado: "la realidad exige que nos riamos un poco de ella" y de nosotros mismos.

Se considera afortunado por los destinos que le tocaron. En Bolivia encontró un humor entre negro y muy divertido, y recordó a un cliente que pedía al camarero: "cámbieme de borracho, que este no lo aguanto". En Kuala Lumpur le divertía la guasa de muchos chinos. Londres le parece la capital del humor, aunque advierte que ese humor puede ser traicionero para un español. Si hay que despedir a un empleado, el jefe británico busca una broma que rebaje la tensión, algo como "a ver si la próxima vez me despides tú a mí", para no humillarlo y ponerse a su altura. El despedido español, en cambio, lo viviría como una humillación añadida: encima se cachondea. Concluyó que en países donde la gente se toma más en serio a sí misma también se habría adaptado, pero en cuestión de humor le habría costado más.