Ensueño, conflicto y fracaso: la exploración española del norte de Nueva España en los siglos XVI y XVII

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Resumen

En esta conferencia del ciclo «La huella hispánica en los Estados Unidos. Cinco siglos de historia», celebrada en la Fundación Juan March, José María García Redondo, del Instituto de Historia del CSIC, recorre los primeros contactos hispánicos con el territorio de los actuales Estados Unidos: los descubrimientos, las exploraciones del inmenso norte americano, la fundación de asentamientos, la evangelización y los encuentros con los pueblos indígenas y con otras potencias europeas. Su tesis es que aquel espacio se configuró «entre el ensueño, el conflicto y el fracaso». La exposición sigue un orden cronológico, desde Cristóbal Colón hasta el padre Kino, e intercala ideas transversales sobre la frontera, la geografía, el clima y la relación con los indígenas.

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Estatuas que suben y caen: cada generación reescribe su historia

El ponente abre con dos episodios recientes. En marzo de 2026, el presidente de los Estados Unidos inauguró en los jardines de la Casa Blanca una estatua de Cristóbal Colón, regalo de una agrupación de entidades italoamericanas. Unos años antes, en 2020, durante el estallido social conocido como Black Lives Matter, más de 200 estatuas y monumentos fueron vandalizados en el país por considerarse muestra de un pasado racista y esclavista. Aunque las primeras en caer representaban a líderes confederados, pronto les siguieron figuras de la presencia española: además de Colón, Juan de Oñate, descubridor del Nuevo México; Juan Ponce de León, colonizador de Puerto Rico y descubridor de la Florida; o fray Junípero Serra, misionero en las Californias.

García Redondo subraya que esas estatuas no se levantaron durante la época española. En su mayoría las instalaron entidades particulares o instituciones públicas desde finales del siglo XIX, sobre todo en el XX e incluso en el XXI. Es el caso de la estatua del jesuita Eusebio Francisco Kino, que redescubrió la peninsularidad de California a finales del siglo XVII y que representa al estado de Arizona en el Capitolio.

En esas alzadas y retiradas de estatuas, y en celebraciones como el Columbus Day del 12 de octubre, asumido como fiesta identitaria por la comunidad italoamericana, el ponente ve una constante propia de la historia: cada generación la reescribe. Aclara que no quiere decir que la historia, como disciplina científica, deba quedar al albur de intereses políticos o de manipulaciones burdas, aunque de hecho eso ocurra. Quiere decir que la investigación histórica es una mirada al pasado desde el presente, con sus propios interrogantes y sensibilidades. Por eso valora conmemoraciones como los 250 años de la independencia estadounidense: sirven para releer las fuentes de archivo con un conocimiento más actualizado, revisar clichés, mitos y errores instalados en los relatos, y rescatar a grupos olvidados por la historiografía, como mujeres, indígenas, afroamericanos o niños. También sirven para reflexionar sobre cómo vivimos hoy nuestro pasado.

Tres grandes áreas: Florida, Nuevo México y California

La presencia española en lo que hoy es Estados Unidos puede remontarse, según el ponente, a los primeros años del descubrimiento si se incluye Puerto Rico. Los taínos llamaban a la isla Borinquen y Ponce de León la llamó San Juan Bautista. Colón llegó a ella en su segundo viaje, en 1493, y en 1508 Ponce de León fundó la villa de Caparra, cuyos restos arqueológicos están cerca de San Juan. Fue el primer asentamiento español en lo que hoy se considera un territorio no incorporado de Estados Unidos.

En el territorio continental, que es el objeto de la charla, el proceso exploratorio se entiende en tres áreas. La primera es la Florida, nombre que designó un inmenso territorio al norte del golfo de México. Para García Redondo, se convirtió en frontera estratégica del Imperio no tanto por ser el norte del virreinato de Nueva España como por ser el norte del Caribe: por allí pasaban las flotas cargadas de plata rumbo a la metrópoli, y por esa costa merodeaban franceses, ingleses y piratas. Desde la península los españoles avanzaron por los actuales estados de Georgia y las Carolinas, y las navegaciones llegaron hasta Terranova y la Tierra de los Bacalaos, hoy Canadá. Hacia el oeste la Florida abarcaba la gran cuenca del Misisipi e incluso parte de Texas. Por su interés estratégico, su exploración se dirigió principalmente desde la metrópoli, aunque también desde el Caribe y a veces desde Nueva España.

La segunda área es Nuevo México, el gran territorio central situado encima de Nueva España. El ponente recuerda que, según sus tradiciones, el pueblo mexica procedía de un legendario lugar del norte llamado Aztlán. Quizás, sugiere, esas ideas estuvieran presentes cuando se eligió el nombre de Nuevo México. Siguiendo el río Grande y senderos abiertos antes por los indígenas, los españoles avanzaron hacia el norte y se asentaron de forma dispersa, nunca uniforme. Bajo ese nombre se agruparon espacios de los actuales Texas, Nuevo México, Colorado, Arizona o Nevada, muchos unidos por el Camino Real de Tierra Adentro.

La tercera es California. Sus costas, y sobre todo la península de Baja California, hoy mexicana, se reconocieron pronto. Después se navegó hacia el norte y, ya más tarde, se pobló toda la costa con un rosario de misiones franciscanas de nombres conocidos: San Francisco, Sacramento, Santa Bárbara, San José. Las expediciones llegaron incluso hasta Alaska y el estrecho de Bering, donde se encontraron con los rusos, un tema que, apunta el ponente, ha estudiado el profesor Salvador Bernabéu. De costa a costa sobreviven topónimos españoles como Florida, San Antonio, Santa Fe, Nevada o California.

Una «frontera archipelágica»

Aun así, García Redondo insiste en que nunca existió un dominio real y homogéneo del territorio. Las manchas de color de sus mapas y las líneas que suelen dibujarse son, en sus palabras, «mera ficción cartográfica». La idea de una gran frontera norte ha tenido mucho éxito en la historiografía, sobre todo tras los trabajos de Bolton y Turner y, más tarde, de David Weber, que supo integrar en una visión de conjunto lo que hasta entonces eran estudios regionales. El ponente propone matizar ese concepto.

Durante los siglos XVI y XVII, las expediciones y fundaciones civiles y religiosas no trazaron una frontera lineal. Establecieron límites prácticos e inmediatos, definidos por asentamientos más o menos aislados, rutas más o menos transitadas o hitos geográficos que servían para orientarse en el paisaje. El resultado fue una frontera atomizada en múltiples archipiélagos, una «frontera archipelágica» en la que, como en el océano, predomina la inmensidad del vacío sobre lo conocido, habitado o controlado. A esa dispersión se suma que el territorio se construyó en tiempos distintos, con políticas distintas, con avances y retrocesos y nunca de manera sistemática.

La comprensión de las distancias, añade, jugó siempre una mala pasada y llevó al fracaso más de una vez. A diferencia de la exploración marítima de la época, que procuraba ser más científica, los expedicionarios de tierra adentro apenas llevaban una brújula, trazaban mapas con dificultad y describían con torpeza lo que veían. Por eso muchos descubrimientos se desvanecían o se desubicaban. Pone dos ejemplos. El primero, la expedición de Francisco Vázquez de Coronado, perdida en el centro de Kansas cuando no se veía «sino vacas y cielo». El cronista Pedro de Castañeda de Nájera cuenta que el general envió al capitán Diego López con diez compañeros, guiándose por una aguja de marear, hacia donde salía el sol durante dos días. La brújula aparece allí casi como un instrumento mágico que podía salvarlos. El segundo, el descubrimiento del Gran Cañón del Colorado. En la crónica aparece como una barranca que estorbaba el paso, cuyos peñoles, juraban los que bajaron, eran mayores que la torre mayor de Sevilla, la Giralda, el edificio más alto que conocían. El ponente destaca que, pese a esa parquedad científica, estos textos tienen un colorido y una viveza que hablan de gente que se lanzaba a lo desconocido.

La torpeza geográfica tuvo consecuencias prácticas. A mediados del siglo XVI se quiso evitar el tránsito por la península de Florida, castigada por piratas, indígenas belicosos, huracanes y un clima húmedo y hostil. Tristán de Luna y Arellano propuso unir una avanzada en el golfo de México, cerca de la futura Pensacola, con Santa Elena, un puerto atlántico, y fracasó por no calcular bien la distancia. Más tarde, Pedro Menéndez de Avilés quiso sacar por tierra la plata de las minas de Zacatecas hasta el Atlántico por el norte de Florida. Eran unos 2.500 kilómetros, que el ponente compara con llevar en carretas cargamentos de plata de Madrid a Oslo.

Según García Redondo, solo cuando se reactivaron las expediciones a finales del siglo XVII, por la amenaza inglesa y francesa, empezó a concebirse ese norte como una gran frontera que había que conocer, resguardar y ocupar de forma activa, con militares, ingenieros, mapas y presidios. Ese periodo corresponde a otras conferencias del ciclo.

Mitos y expectativas: el motor de las avanzadas

Ante la falta de certezas geográficas, los mapas se llenaron de mitos, expectativas y relatos. El ponente cita a Álvar Núñez Cabeza de Vaca, para quien aquella tierra era «sin duda la mejor de cuantas hay en estas Indias», la más fértil y abundante en mantenimientos, con frutas, hermosos ríos y aguas buenas, «muestras grandes y señales de minas de oro y de plata», y gente «muy bien acondicionada» que servía a los cristianos amigos de buena voluntad. Para García Redondo, el afán de riqueza, la justificación evangelizadora y la curiosidad aventurera guiaron buena parte de las avanzadas españolas en un norte donde, sin embargo, lo normal fue la hostilidad, la frustración y el fracaso.

Ponce de León, la corriente del Golfo y la fuente de la eterna juventud

Suele aceptarse 1513 como año del descubrimiento de la Florida por Ponce de León, veterano del segundo viaje de Colón, que tomó posesión de lo que creía una isla el domingo de Pascua Florida. El ponente señala que los registros cartográficos muestran navegaciones españolas por la zona al menos desde 1499 o 1500, como se ve en el planisferio de Cantino de 1502, hecho en Lisboa, y en otros impresos antes de 1513. También lo delata la actitud de los indígenas. Los calusa y los ais recibieron a Ponce con especial agresividad porque años antes habían sufrido incursiones ilegales de españoles furtivos que capturaban esclavos para las explotaciones antillanas. El ponente recuerda que la Corona autorizaba las expediciones y había prohibido tomar indios cautivos sin provocación. Esa hostilidad hizo fracasar la expedición, y Ponce murió por las heridas de flecha recibidas en un ataque durante un segundo intento de conquista.

Sus reconocimientos no resolvieron si la Florida era isla o tierra firme, pero aportaron los primeros indicios de la corriente del Golfo, el chorro de agua que sale por el canal de las Bahamas y empuja a los barcos hacia el Atlántico. Su piloto, Antón de Alaminos, la señaló como la vía más rápida hacia España, y durante muchísimos años la usaron las naves que salían con la plata desde La Habana, pese a los frecuentes naufragios en el canal y en los cayos.

Sobre la famosa búsqueda de la fuente de la eterna juventud, el ponente explica que procede de leyendas medievales y no aparece en ningún informe de primera mano. Aun así, el rumor caló y los primeros cronistas lo recogieron con sorna. Gonzalo Fernández de Oviedo escribía en 1535 que Ponce anduvo buscando la fabulosa fuente de Bimini que, según los indios, volvía mozos a los viejos. Oviedo añadía que él había visto ese efecto sin fuente, no en el vigor, sino en el «enflaquecimiento del seso», y que uno de esos fue el propio Ponce, por dar crédito a los indios en tal disparate. Para García Redondo, lo que de verdad impulsaba las expediciones era el oro, la riqueza.

La búsqueda del paso hacia Asia

En las dos primeras décadas del siglo XVI, cuando aún no se sabía el tamaño ni la riqueza de América y México-Tenochtitlan apenas se había visto de lejos, lo que podía enriquecer era llegar a Asia, como pretendía Colón, que en sus últimos viajes recorrió la costa norte de Sudamérica buscando un paso hacia la Especiería. Hasta 1520, aproximadamente, América era un obstáculo que había que sortear. En 1519 zarpó Magallanes y en 1520 halló el estrecho. Ese mismo año, Alonso Álvarez de Pineda, por orden de Francisco de Garay, gobernador de Jamaica, recorrió casi todo el arco del golfo de México, desde la Florida hasta Tampico y luego Veracruz, buscando un paso. En ese viaje descubrió el río del Espíritu Santo, el Misisipi, cuyo hallazgo se ha atribuido a veces a Hernando de Soto o a La Salle. En la tierra que llamó Amichel encontró también el río de las Palmas.

Hernán Cortés apresó a los hombres de Garay a su regreso a Veracruz, se hizo con sus mapas y diarios, vio que quedaba un tramo del golfo sin recorrer y patrocinó expediciones hacia la Tierra de los Bacalaos en busca del paso del noroeste. Sin embargo, los diarios de Pineda y la experiencia de navegación descartaban pronto su existencia en el golfo. El paso, también llamado estrecho de Anián, lo buscaron españoles, ingleses y otros, y cuanto más se buscaba, más al norte o más recóndito se volvía.

Como muestra de ese «furor» por el estrecho, el ponente cuenta el chasco que recoge Pedro Mártir de Anglería. Esteban Gómez, portugués al servicio de Castilla, navegó en 1524 por la costa del actual Maine. Al regresar a La Coruña, el rumor confundió los «esclavos» que traía con «clavo», la especia de las Molucas, y se dedujo que había pasado al Pacífico. Los patrocinadores alborotaron la corte de alegría hasta descubrir el error, y la risa acabó en sonrojo: en diez meses de viaje era imposible haber traído clavo aromático.

A finales del siglo XVI el paso se llamó también estrecho de Fuca, por Juan de Fuca, navegante griego al servicio español que decía haberlo descubierto en 1592 al norte de California. El ponente lo califica de mentira. Contemporáneo suyo fue Lorenzo Ferrer Maldonado, que en 1609 afirmó haberlo hallado en 1588 y a quien se ha tenido por embustero. Sin embargo, según el ponente, investigaciones recientes empiezan a considerar que quizá sí navegó hacia el norte, y el profesor Sánchez Ramos apunta a que podría haber llegado al estrecho de Bering.

Los adelantados en la Florida y el fracaso de San Miguel de Gualdape

Las razias esclavistas en la costa norte de la Florida, como la de Pedro de Salazar, que frente a Carolina del Sur halló una «isla de los gigantes» por la estatura de sus habitantes, obligaron a la Corona a poner orden. Para ello recurrió a la figura medieval del adelantado: quien descubría y conquistaba por iniciativa y con recursos propios, bajo licencia real y en nombre del rey, a cambio de prerrogativas como el gobierno de la provincia. García Redondo ve en estos primeros avances un afán individual de poder y riqueza que coincidía con los intereses de la Corona: expansión religiosa, dominio del territorio, conocimiento geográfico y explotación de los recursos. El planisferio de Diego Ribero, hecho en la Casa de la Contratación de Sevilla en 1529, recoge de forma difusa las tierras de los distintos adelantados, como la de Garay, la de Ayllón o la de Esteban Gómez, junto a la Tierra Nueva de Corte Real y la Tierra del Labrador. Allí el interés español se limitaba, según el ponente, a los pescadores vascos de ballenas y bacalao.

Lucas Vázquez de Ayllón incursionó en 1521 en la tierra que llamó Chicora, en las costas de Georgia y las Carolinas. Capturó a un nativo, bautizado Francisco de Chicora, que en España contó todo tipo de fantasías: gobernantes gigantes que montaban a hombros de los jóvenes a falta de caballos, y tierras donde crecían encinas, olivos y vides. Por eso la región se conoció un tiempo como Nueva Andalucía. Lo más destacado fue el segundo viaje, en 1526, con unas 600 personas entre hombres, mujeres, niños, frailes y esclavos. Posiblemente en la bahía de Chesapeake, fundaron San Miguel de Gualdape, el primer asentamiento español, aunque fugaz, en Estados Unidos. Apenas levantadas las casas, a comienzos de octubre, llegaron fríos terribles. La falta de provisiones, la enfermedad y la sublevación de los esclavos casi aniquilaron la colonia: de 600 sobrevivieron unos 150, que huyeron a La Española.

A propósito del frío, el ponente recuerda que el planeta atravesaba entonces la Pequeña Edad de Hielo. En el sur de los actuales Estados Unidos se traducía en un clima mucho más frío y húmedo que el actual, con temporadas agrícolas muy breves, lo que dificultaba crear asentamientos estables.

La costa del Pacífico: la California y Cabrillo

A comienzos de la década de 1530 empezaron las navegaciones por el Pacífico desde los puertos fundados por Cortés. En 1533 el piloto Fortún Jiménez llegó a la que llamó isla de Santa Cruz, pronto rebautizada California por la legendaria isla de mujeres gobernada por la reina Calafia de las novelas de caballería. El ponente lo compara con quien hoy pone a su mascota un nombre de Juego de tronos. En lugar de amazonas encontraron indígenas que los recibieron a flechazos, y también abundantes perlas. En 1539 Francisco de Ulloa recorrió el mar Bermejo o de Cortés, llamado así por el color de sus aguas en la desembocadura del Colorado, y confirmó que California era península. Pero el secretismo de las fuentes por motivos geoestratégicos y la difusión de noticias desfasadas extendieron por Europa la idea de una isla hasta bien entrado el siglo XVII.

El primer piloto español que reconoció la costa estadounidense del Pacífico fue Juan Rodríguez Cabrillo, enviado por el virrey Antonio de Mendoza para llegar a China, pues se sospechaba que América y Asia estaban conectadas por el norte. «Si no, ¿cómo había llegado la gente hasta ahí?», resume el ponente. Entre 1542 y 1543 Cabrillo halló la bahía de San Diego, «puerto cerrado y muy bueno», que llamó San Miguel. Tras calmar a los habitantes ipai, que lo recibieron a flechas, estos le contaron por señas que tierra adentro andaban hombres barbados, vestidos y armados como los de los navíos, con ballestas y espadas, que iban a caballo y mataban a muchos indios. Cabrillo murió en la isla de Santa Catalina, frente a la actual bahía de Los Ángeles, por una herida mal curada. Le sucedió Bartolomé Ferrer, que dio nombre al cabo Mendocino y llegó al cabo Blanco, en Oregón, hasta los 44° norte según sus cálculos. Ese fue el punto más septentrional alcanzado durante más de medio siglo, hasta Sebastián Vizcaíno.

Aquellos rumores de hombres barbados debían aludir, según el ponente, a la travesía de Cabeza de Vaca, pocos años anterior.

Cabeza de Vaca: el náufrago y su ficción

Cabeza de Vaca encarna, para García Redondo, los afanes individuales de los conquistadores: riqueza, fama, exaltación de la propia personalidad. Así lo muestra su libro Naufragios, publicado con enorme éxito desde 1540 y durante mucho tiempo lectura típica de juventud. Esa literatura alimentó el mito del conquistador enriquecido que regresa cubierto de fama a su hacienda en Extremadura. Pero eso, subraya, fue una excepción: la mayoría acababa enferma, muerta de hambre, en un naufragio o preso de los indios.

Cabeza de Vaca fue uno de los pocos supervivientes de la expedición del adelantado Pánfilo de Narváez, que iba «a descubrir, conquistar y poblar» el norte del golfo. Huyendo de la tierra de los apalaches en barcazas improvisadas, naufragaron frente a Texas, donde muchos fueron esclavizados por los karankawa. Él escapó con Alonso del Castillo, Andrés Dorantes y Esteban, el esclavo africano conocido como Estebanico. Los cuatro sobrevivieron supuestamente casi una década, entre 1528 y 1536, comerciando y haciéndose pasar por curanderos, «más bien estafadores», dice el ponente, en un viaje confuso por el suroeste hasta Sinaloa. Críticos actuales como el profesor Juan Francisco Maura cuestionan la verosimilitud del relato por sus inconsistencias geográficas y cronológicas y sus pasajes milagrosos. Aun así, el ponente considera que Naufragios tiene un valor fundamental como primer testimonio de espacios y grupos indígenas sin contacto previo con europeos.

Existe una tradición reciente que exalta a Cabeza de Vaca como ejemplo de multiculturalidad. Él mismo se distinguía de otros españoles: «nosotros sanábamos a los enfermos y ellos mataban a los que estaban sanos», ellos iban vestidos, a caballo y con lanzas, sin otro fin que robar. Pero la investigación, según García Redondo, ha mostrado que esa imagen fue una ficción construida en torno a sí mismo. Los méritos que alegó le valieron la gobernación del Río de la Plata, y allí se reveló proclive a abusos, tropelías y maltratos. Por ello fue juzgado en España, donde murió en prisión. El ponente muestra además un mapa de la Casa de la Contratación de 1550 que contiene, cree, la representación más temprana de Cabeza de Vaca, recorriendo el Nuevo México en tierra de indios.

Cíbola, Quivira y la expedición de Coronado

Lo de mayor repercusión del viaje de Cabeza de Vaca fueron los ecos de una tierra rica, con esmeraldas, turquesas, pueblos populosos y casas muy grandes, y con mujeres «más honestamente tratadas» que en ninguna parte de las Indias, vestidas con camisas de algodón y dispuestas a ser santiguadas. Las ciudades de Cíbola no eran más que aldeas de adobe de tres y cuatro pisos de los llamados indios pueblo. Pero en la ciudad de México resonaron en la imaginación del virrey Mendoza y de otros conquistadores como ciudades doradas.

En 1538 Mendoza despachó a toda prisa al franciscano fray Marcos de Niza con Esteban como guía, quien, cuenta el ponente, en cuanto pudo dejó tirado al fraile. Fray Marcos volvió al año contando historias de las siete ciudades de Cíbola: turquesas, paños delicados, cueros de vacas gigantes, que eran bisontes, y una tierra «de gente de más policía» y razón, dispuesta a la misión, que quiso llamar Nuevo Reino de San Francisco. En realidad nunca llegó. Lo había oído a los indios y, como mucho, dijo haberlo visto desde un cerro: la población le pareció mayor que la ciudad de México, y alguna vez tuvo la tentación de acercarse, pero sabía que se jugaba la vida. El ponente ironiza con que eran civilizados, pero al fraile le daba miedo asomarse. Fray Marcos, añade, reconstruía la leyenda medieval de las siete ciudades de Antilia, fundadas según la tradición por siete obispos huidos de la península ante la invasión musulmana, que primero se buscaron en el Caribe y de ahí el nombre de Antillas.

Esas noticias movieron al virrey a organizar una doble expedición. Por tierra, Vázquez de Coronado recorrió Arizona, Nuevo México, Kansas y parte de Texas con más de 300 personas, unos mil indígenas aliados y bestias, «una expedición inmensa». Por mar, Hernando de Alarcón debía apoyarle remontando el Colorado hasta el Gila, aunque nunca se encontraron. En 1540, al llegar a una aldea zuñi, posiblemente Hawikuh o Kiakima, Coronado sentenció que fray Marcos no había dicho verdad en una sola cosa, salvo en el nombre de las ciudades y las grandes casas de piedra.

El choque fue duro pese a los intérpretes. Ante la lectura del requerimiento, el protocolo que conminaba a someterse al rey y abrazar la fe, los zuñi hicieron sus propios ritos y trazaron líneas de harina en el suelo, una advertencia de no pasar de esa raya. Se pasó, y «ocurrió lo que tuvo que ocurrir». Coronado envió partidas en distintas direcciones. García López de Cárdenas descubrió el Gran Cañón. Por las cuencas de los ríos Grande y Bravo contactaron con zuñis, hopis y tewas. Hacia el norte buscaron el reino de Quivira que describía un nativo apodado el Turco, según el cual su señor dormía la siesta bajo un árbol del que colgaban cascabeles de oro. Los españoles lo mataron por mentiroso. La expedición dejó alianzas, pero también masacres desproporcionadas como la destrucción del pueblo de Arenal por López de Cárdenas, que fue juzgado y murió encarcelado en España. Coronado, pese a los indicios, fue exonerado alegando que había perdido el juicio: se dijo que estaba «más para ser gobernado que para gobernar».

Indígenas y españoles: estructuras, violencia y enfermedad

García Redondo explica que las relaciones con los pueblos del norte fueron distintas de las de otras regiones. El poblamiento era muy disperso y no había grandes estructuras políticas como en el centro de México o en Perú. La estructura social previa determinó las estrategias españolas: donde había pueblos sedentarios se intentaban asentamientos civiles, y ante pueblos nómadas o belicosos se levantaban fuertes con soldados. A diferencia de los colonos ingleses, sostiene, los españoles intentaron integrar a los naturales en sus estructuras con un marco legal específico para los indios, y en ello fue determinante el mandato evangelizador de la Corona. Pero la convivencia no fue sencilla. Cita la revuelta de los indios pueblo de 1680, liderada por Popé desde Taos. Tras años de sequía, hambrunas y roces con los españoles, un levantamiento coordinado mató a centenares de españoles y forzó el abandono de Santa Fe, su último reducto en Nuevo México.

Los indígenas incorporaron ovejas, caballos, metales, semillas, textiles y armas de fuego, pero con los españoles llegaron también patógenos. Cabeza de Vaca cuenta que en una isla de Texas dio a los indios una enfermedad de estómago que mató a la mitad, y que creyeron que eran los españoles quienes los mataban.

En la Florida, el poblamiento era más denso hacia el interior, aunque disperso: grupos sedentarios que cultivaban maíz y algodón y dependían de la caza y la pesca, sin unidad política y con gran diversidad de lenguas, como caddo, cherokee o apalache, y frecuentes choques entre jefaturas. Hernando de Soto, «erróneamente recordado como descubridor del Misisipi», al que llegó huyendo de los indios, irrumpió de forma muy agresiva en esa región densamente poblada, capturando esclavos, aniquilando la mínima resistencia y violentando a las mujeres. Oviedo escribió que las querían «para sus sucios y lujuria» y las hacían bautizar «para sus carnalidades más que para enseñarles la fe». Los nativos, con noticias de tropelías anteriores, también recibieron a los forasteros con agresividad. Otras veces colaboraron, buscando el apoyo de las armas de fuego y los caballos españoles para sus guerras. Y en cuanto podían los engañaban, enviándolos a lugares inhóspitos y a emboscadas con promesas de oro más al norte. Luis Hernández de Biedma, compañero de Soto, reconocía que creyeron «ser verdad todas las mentiras» del indio. Las jefaturas del Misisipi sufrieron un fuerte descenso demográfico, sobre todo por las enfermedades, con reagrupamientos y cambios de poder: las comunidades más apartadas y menos afectadas pasaron a ser las más fuertes.

El giro de Felipe II

Tras el fracaso en Nuevo México y la Florida, Carlos V perdió interés por el septentrión: sin grandes riquezas ni un solo asentamiento estable, y con un continente por poblar, no era urgente. En la segunda mitad del siglo XVI, Felipe II impulsó tres expediciones marcadas por tres cambios. El primero fue la reorganización del sistema de flotas en 1562, que devolvió a la Florida su valor estratégico como base costera para proteger los convoyes de la plata, socorrer naufragios y vigilar a franceses y, después, ingleses. El segundo, la recuperación de la figura del adelantado, que tantos problemas había dado a Carlos V por ser difícil de controlar, con el nombramiento de Pedro Menéndez de Avilés en 1565 para expulsar a los hugonotes franceses. El tercero, las Ordenanzas del Bosque de Segovia del 13 de julio de 1573, para el descubrimiento, nueva población y pacificación de las Indias. En ellas se ordena explícitamente dejar de usar la palabra «conquista» y hablar de «pacificación», y se promueven las ciudades como espacios de civilidad, un mejor trato a los indígenas y una evangelización más respetuosa. Las expediciones de Menéndez de Avilés a la Florida, Oñate a Nuevo México y Vizcaíno a la Alta California cierran, según el ponente, el ciclo exploratorio, que no se reactivaría hasta finales del XVII y comienzos del XVIII.

Florida: San Agustín, Ajacán y las misiones franciscanas

En 1565 Menéndez de Avilés fundó San Agustín de la Florida y fuertes como San Felipe y Santa Elena. La fundación de ciudades fue, para el ponente, pieza clave del poder hispánico. Desde San Agustín lanzó una ofensiva brutal contra los protestantes franceses del fuerte Caroline, que rebautizó, y avanzó hacia la bahía de Chesapeake, llamada de Santa María, buscando también el paso del noroeste. Intentó mantener buenas relaciones con los indígenas y llegó a casarse con una calusa, llamada doña Antonia. Fue un matrimonio de conveniencia que acabó mal: ella era mucho mayor, se quedó en su casa y él se marchó. Los nativos atacaron los fuertes de San Mateo y Santa Elena, este último aliados con franceses. A inicios del siglo XVII la Corona pensó abandonar la Florida, pero la fundación inglesa de Jamestown en 1607 y la francesa de Quebec en 1608 obligaron a mantener la avanzadilla. Hasta la fundación de Pensacola en 1698, San Agustín fue el único asentamiento español de cierta importancia, pese a ataques indígenas, piratas como Drake, el entorno lodoso y los huracanes.

Menéndez de Avilés patrocinó una misión jesuita en Chesapeake encabezada por el padre Juan Bautista de Segura. Llevaba como intérprete a un joven indio kiskiak capturado años antes, llevado a México y bautizado con el nombre del virrey Luis de Velasco. Se había ofrecido muchas veces a acompañar la misión para convertir a los suyos, cuando en verdad, según el ponente, quería escapar. De él se ha dicho que era hijo del jefe o que conoció a los ingleses: «da para una película». En 1570, en la misión de Ajacán, se fugó en cuanto pudo, organizó a su gente, atacó la misión y mató a la mayoría de los padres. Los jesuitas abandonaron la Florida en 1572, y el martirio de Segura se usó en imágenes de promoción de las misiones.

Los franciscanos, que acompañaron a los soldados tras las ordenanzas, acabaron siendo el último reducto español. Se extendieron desde San Agustín por la costa de Georgia, con misiones como Santa Catalina entre los guale y los timucua. Cuando Felipe II se planteó cerrar San Agustín y llevar a los indios cristianizados a Santo Domingo, fueron ellos quienes lo impidieron. A inicios del siglo XVII contaban con cuatro provincias de misión, equivalentes a cuatro grupos culturales indígenas, y usaban métodos lingüísticos y, «hoy diríamos, etnográficos». Fray Domingo Agustín Vaez escribió en la misión de Guale la primera gramática de una lengua indígena de estos territorios, considerada el primer estudio de una lengua indígena en Estados Unidos. Francisco Pareja, en San Juan del Puerto, escribió los primeros libros impresos en lengua nativa: un catecismo y examen para comulgantes en castellano y timucua, y un confesionario bilingüe. El sistema funcionó durante el siglo XVII, pero la presión esclavista de los ingleses de Carolina del Sur y sus aliados indígenas destruyó las misiones entre 1680 y 1706, cuando los supervivientes se refugiaron en San Agustín.

Nuevo México: Oñate, el mapa del indio Miguel y la Dama Azul

En Nuevo México, las ordenanzas favorecieron la entrada de franciscanos como fray Agustín Rodríguez, cuyo frustrado proyecto entre los zuñi motivó una operación de rescate del capitán Antonio de Espejo, que volvió a ver las llanuras, los búfalos y los pueblos de adobe. Estas noticias y el hallazgo de vetas de plata al norte de Zacatecas, como Santa Bárbara en Nueva Vizcaya, impulsaron un proyecto de colonización integral dirigido por Juan de Oñate: más de 400 personas, con soldados, familias y frailes, y más de 7.000 cabezas de ganado. Cruzaron el río Grande y a finales de 1598 Oñate tomó posesión como gobernador con una fórmula que el ponente cita en parte: posesión de cañadas, vegas, abrevaderos, minerales de oro, plata, cobre, azogue, estaño, hierro, piedras preciosas, «desde la hoja del monte hasta la piedra y arena del río».

Oñate se asentó primero en San Juan de los Caballeros, junto a un poblado tewa, y luego fundó San Gabriel y Santo Domingo. Su sucesor Pedro de Peralta fundó la villa real de Santa Fe, que el ponente fecha en 1608, desde donde se articuló una red de haciendas y misiones, germen de poblaciones como El Paso del Norte o la misión de Nuestra Señora de Guadalupe, hoy Ciudad Juárez. Oñate exploró las grandes llanuras, las Rocosas y el Colorado hasta el golfo de California. A su regreso grabó en la roca de El Morro, hoy monumento nacional, la inscripción que el ponente cita: «Pasó por aquí el adelantado don Juan de Oñate al descubrimiento de la Mar del Sur», con fecha 16 de abril de 1606. Durante su gobierno se enfrentó a los acoma. Tras la muerte de varios españoles, entre ellos su sobrino, emprendió una dura represión, y por esos y otros abusos fue destituido y desterrado.

De estas expediciones hay, señala el ponente, más testimonios documentales que vestigios materiales. Destaca uno: el mapa del indio Miguel, llevado a la ciudad de México e interrogado sobre su tierra. Sin saber español, se le dieron trozos de plata, latón y oro, ropas de otras comunidades y una pluma, y con ellos fue trazando y explicando dónde estaba cada cosa. No se han podido identificar todos sus topónimos, pero García Redondo lo considera un documento único sobre cómo estas comunidades abstraían y percibían su espacio, articulado en torno a ríos y caminos y a las alianzas y enemistades entre pueblos.

Con el tiempo, las misiones franciscanas quedaron como única avanzadilla. Hacia 1630 había medio centenar de iglesias y misiones. Para recabar fondos, los frailes publicaron crónicas con milagros e historias fantásticas, como las de Alonso de Benavides o fray Esteban de Perea. Entre esos fenómenos figura sor María de Jesús de Ágreda, monja concepcionista que decía viajar espiritualmente desde su convento de Ágreda, con ayuda de ángeles, para predicar en su lengua a apaches y jumanos en Texas y Nuevo México. Veinte años después, con la Inquisición detrás, se desdijo. Pero los frailes siguieron alimentando el mito de la Dama Azul, por el hábito, a la que los indios decían haber visto predicar, y fue un éxito editorial.

Alta California: Vizcaíno, los monstruos de Escobar y el fin de las expediciones

La última expedición fue costera. Desde 1565 los galeones de Filipinas bajaban por la costa del noroeste americano, expuestos a piratas como Drake o Cavendish, que atacó el galeón de Manila, y necesitaban un puerto para abastecerse y reparar. Entre 1602 y 1603 Sebastián Vizcaíno recorrió el litoral hasta la bahía de Monterrey, que propuso como puerto, con San Diego como segunda opción, y llegó al cabo Mendocino. Pasó frente al Golden Gate, pero la niebla le impidió ver la bahía de San Francisco. El cosmógrafo Enrico Martínez hizo en México una colección completa de mapas de la expedición.

Mientras se estudiaba qué puerto convenía, llegaron las noticias de Oñate y de su incursión a la Mar del Sur, y con ellas las historias que fray Francisco de Escobar había oído a los indios: gentes con orejas tan grandes que las arrastraban y bajo cada una cabían cinco o seis personas, otras que dormían bajo el agua de una laguna, otras que dormían en los árboles, otras que se alimentaban del olor por no poder expulsar excrementos. Ante semejantes «barbaridades», el virrey marqués de Montesclaros escribió al rey que esa conquista «se va reduciendo a conseja», es decir, a patrañas, y que tras ella no se descubría «más que gente desnuda y pedazos de coral falso y cuatro guijarros». Esas fábulas, unidas a abusos de soldados y expediciones ilegales, llevaron al virrey a la convicción de acabar con las expediciones a Nuevo México por ser tierra inservible. En la Alta California no se creó puerto alguno. En cierto modo, dice el ponente, la inaccesibilidad era su mejor defensa.

Los jesuitas y el padre Kino

Hasta finales del siglo XVII, la península de California la poblaron soldados y misioneros. Desde 1698, según el ponente, llegaron los jesuitas con amplios poderes espirituales y civiles, que restringieron incluso el acceso de forasteros. Fundaron misiones, entre ellas Nuestra Señora de Loreto, su principal foco, y pasaron al interior, a la Pimería, en la actual frontera entre México y Estados Unidos. Allí intentaron pacificar a pimas y seris, organizados en pequeños grupos nómadas, centrándose en su sedentarización. Las misiones se concebían ya no solo como espacios de evangelización, sino también de producción agrícola y ganadera y de inculturación.

Entre ellos llegó el padre Kino, matemático, geógrafo y cosmógrafo, que no solo evangelizaba sino que exploraba, describía y levantaba mapas. Trabajó entre los pimas y estableció una cadena de misiones, desde Dolores, en el pueblo de Cosari, hasta San Xavier del Bac, al sur de Tucson. Realizó unas 40 exploraciones por el sur de Arizona y California, y en 1698, según el ponente, redescubrió la peninsularidad de California, dada a conocer en un mapa. Hasta la expulsión de los jesuitas en 1768, la zona vivió la doble tensión de las incursiones apaches y las sublevaciones de la Pimería. Después, los franciscanos avanzaron por la costa con fundaciones como San Francisco, San José o Los Ángeles.

Conclusión: el pasado importa, sin leyendas blancas ni negras

García Redondo cierra con una idea que, reconoce, puede parecer obvia: el pasado importa. En pleno siglo XXI se sigue discutiendo sobre personajes de hace siglos cuyas vidas, al menos en España, apenas afectan a las nuestras. Su presencia en los discursos políticos, en monumentos que se levantan o se derriban, y las pasiones que despiertan dicen mucho de lo vivo que está el pasado. De esa materia están hechas la identidad de los pueblos y la memoria compartida entre Estados Unidos y España.

Vuelve a su idea inicial con dos ejemplos. El monumento a Juan Rodríguez Cabrillo en San Diego está coronado por el escudo de Portugal, porque hasta hace poco se creía que había nacido allí. Hoy, gracias a la investigación de archivo, se sabe que era de la provincia de Córdoba, «y a más de uno seguro que no le agrada verlo de esa guisa». Para el ponente, sin embargo, importa menos la nación de nacimiento que la sujeción y el servicio a uno u otro reino. En Florida ondean las banderas de las naciones que pasaron por su territorio, y la del estado retoma la cruz de Borgoña. Pero, se pregunta, ¿dónde están las insignias de los calusa, los timucua o los apalache?

Las sociedades, sostiene, necesitan conocer su pasado sin leyendas blancas ni negras y sin análisis presentistas, comprendiéndolo de manera íntegra y en su contexto. En la charla han aparecido conquistadores sanguinarios, pero también funcionarios que los señalaron, misioneros que los denunciaron y jueces que los procesaron y encarcelaron. También indígenas que sufrieron y otros que se defendieron como pudieron. Para el ponente es una historia de tonos grises en la que centellea un deseo de justicia. Entonces, como ahora, se esparcían rumores y noticias falsas para entretener, justificar decisiones políticas o desviar la atención, y quizá algo pueda aprenderse de ello. Entonces, como ahora, los problemas exigían una visión global: el avance por California se explica por la derrota del galeón de Manila, los fuertes de la Florida por la corriente del Golfo, y la fragilidad de Nuevo México por unos inviernos que hoy no conocemos.

Si tuviera que resumir en pocas palabras la presencia española en los actuales Estados Unidos durante los siglos XVI y XVII, García Redondo elige tres pares. El primero es la inconmensurabilidad: lo difícil que era comprender y gestionar un territorio tan inmenso. El segundo, fracaso y resistencia: un éxito contenido de los deseos imperiales e individuales de avanzar hacia el norte. El tercero, ensoñación y desengaño: un ir y venir de relatos, noticias y quimeras que prenden, pero que pronto se apagan.