Ensueño, conflicto y fracaso: la exploración española del norte de Nueva España en los siglos XVI y XVII
Fundación Juan MarchEn esta conferencia del ciclo «La huella hispánica en los Estados Unidos. Cinco siglos de historia», celebrada en la Fundación Juan March, José María García Redondo, del Instituto de Historia del CSIC, recorre los primeros contactos hispánicos con el territorio de los actuales Estados Unidos: los descubrimientos, las exploraciones del inmenso norte americano, la fundación de asentamientos, la evangelización y los encuentros con los pueblos indígenas y con otras potencias europeas. Su tesis es que aquel espacio se configuró «entre el ensueño, el conflicto y el fracaso». La exposición sigue un orden cronológico, desde Cristóbal Colón hasta el padre Kino, e intercala ideas transversales sobre la frontera, la geografía, el clima y la relación con los indígenas.
Estatuas que suben y caen: cada generación reescribe su historia
El ponente abre con dos episodios recientes. En marzo de 2026, el presidente de los Estados Unidos inauguró en los jardines de la Casa Blanca una estatua de Cristóbal Colón, regalo de una agrupación de entidades italoamericanas. Unos años antes, en 2020, durante el estallido social conocido como Black Lives Matter, más de 200 estatuas y monumentos fueron vandalizados en el país por considerarse muestra de un pasado racista y esclavista. Aunque las primeras en caer representaban a líderes confederados, pronto les siguieron figuras de la presencia española: además de Colón, Juan de Oñate, descubridor del Nuevo México; Juan Ponce de León, colonizador de Puerto Rico y descubridor de la Florida; o fray Junípero Serra, misionero en las Californias.
García Redondo subraya que esas estatuas no se levantaron durante la época española. En su mayoría las instalaron entidades particulares o instituciones públicas desde finales del siglo XIX, sobre todo en el XX e incluso en el XXI. Es el caso de la estatua del jesuita Eusebio Francisco Kino, que redescubrió la peninsularidad de California a finales del siglo XVII y que representa al estado de Arizona en el Capitolio.
En esas alzadas y retiradas de estatuas, y en celebraciones como el Columbus Day del 12 de octubre, asumido como fiesta identitaria por la comunidad italoamericana, el ponente ve una constante propia de la historia: cada generación la reescribe. Aclara que no quiere decir que la historia, como disciplina científica, deba quedar al albur de intereses políticos o de manipulaciones burdas, aunque de hecho eso ocurra. Quiere decir que la investigación histórica es una mirada al pasado desde el presente, con sus propios interrogantes y sensibilidades. Por eso valora conmemoraciones como los 250 años de la independencia estadounidense: sirven para releer las fuentes de archivo con un conocimiento más actualizado, revisar clichés, mitos y errores instalados en los relatos, y rescatar a grupos olvidados por la historiografía, como mujeres, indígenas, afroamericanos o niños. También sirven para reflexionar sobre cómo vivimos hoy nuestro pasado.
Tres grandes áreas: Florida, Nuevo México y California
La presencia española en lo que hoy es Estados Unidos puede remontarse, según el ponente, a los primeros años del descubrimiento si se incluye Puerto Rico. Los taínos llamaban a la isla Borinquen y Ponce de León la llamó San Juan Bautista. Colón llegó a ella en su segundo viaje, en 1493, y en 1508 Ponce de León fundó la villa de Caparra, cuyos restos arqueológicos están cerca de San Juan. Fue el primer asentamiento español en lo que hoy se considera un territorio no incorporado de Estados Unidos.
En el territorio continental, que es el objeto de la charla, el proceso exploratorio se entiende en tres áreas. La primera es la Florida, nombre que designó un inmenso territorio al norte del golfo de México. Para García Redondo, se convirtió en frontera estratégica del Imperio no tanto por ser el norte del virreinato de Nueva España como por ser el norte del Caribe: por allí pasaban las flotas cargadas de plata rumbo a la metrópoli, y por esa costa merodeaban franceses, ingleses y piratas. Desde la península los españoles avanzaron por los actuales estados de Georgia y las Carolinas, y las navegaciones llegaron hasta Terranova y la Tierra de los Bacalaos, hoy Canadá. Hacia el oeste la Florida abarcaba la gran cuenca del Misisipi e incluso parte de Texas. Por su interés estratégico, su exploración se dirigió principalmente desde la metrópoli, aunque también desde el Caribe y a veces desde Nueva España.
La segunda área es Nuevo México, el gran territorio central situado encima de Nueva España. El ponente recuerda que, según sus tradiciones, el pueblo mexica procedía de un legendario lugar del norte llamado Aztlán. Quizás, sugiere, esas ideas estuvieran presentes cuando se eligió el nombre de Nuevo México. Siguiendo el río Grande y senderos abiertos antes por los indígenas, los españoles avanzaron hacia el norte y se asentaron de forma dispersa, nunca uniforme. Bajo ese nombre se agruparon espacios de los actuales Texas, Nuevo México, Colorado, Arizona o Nevada, muchos unidos por el Camino Real de Tierra Adentro.
La tercera es California. Sus costas, y sobre todo la península de Baja California, hoy mexicana, se reconocieron pronto. Después se navegó hacia el norte y, ya más tarde, se pobló toda la costa con un rosario de misiones franciscanas de nombres conocidos: San Francisco, Sacramento, Santa Bárbara, San José. Las expediciones llegaron incluso hasta Alaska y el estrecho de Bering, donde se encontraron con los rusos, un tema que, apunta el ponente, ha estudiado el profesor Salvador Bernabéu. De costa a costa sobreviven topónimos españoles como Florida, San Antonio, Santa Fe, Nevada o California.
Una «frontera archipelágica»
Aun así, García Redondo insiste en que nunca existió un dominio real y homogéneo del territorio. Las manchas de color de sus mapas y las líneas que suelen dibujarse son, en sus palabras, «mera ficción cartográfica». La idea de una gran frontera norte ha tenido mucho éxito en la historiografía, sobre todo tras los trabajos de Bolton y Turner y, más tarde, de David Weber, que supo integrar en una visión de conjunto lo que hasta entonces eran estudios regionales. El ponente propone matizar ese concepto.
Durante los siglos XVI y XVII, las expediciones y fundaciones civiles y religiosas no trazaron una frontera lineal. Establecieron límites prácticos e inmediatos, definidos por asentamientos más o menos aislados, rutas más o menos transitadas o hitos geográficos que servían para orientarse en el paisaje. El resultado fue una frontera atomizada en múltiples archipiélagos, una «frontera archipelágica» en la que, como en el océano, predomina la inmensidad del vacío sobre lo conocido, habitado o controlado. A esa dispersión se suma que el territorio se construyó en tiempos distintos, con políticas distintas, con avances y retrocesos y nunca de manera sistemática.
La comprensión de las distancias, añade, jugó siempre una mala pasada y llevó al fracaso más de una vez. A diferencia de la exploración marítima de la época, que procuraba ser más científica, los expedicionarios de tierra adentro apenas llevaban una brújula, trazaban mapas con dificultad y describían con torpeza lo que veían. Por eso muchos descubrimientos se desvanecían o se desubicaban. Pone dos ejemplos. El primero, la expedición de Francisco Vázquez de Coronado, perdida en el centro de Kansas cuando no se veía «sino vacas y cielo». El cronista Pedro de Castañeda de Nájera cuenta que el general envió al capitán Diego López con diez compañeros, guiándose por una aguja de marear, hacia donde salía el sol durante dos días. La brújula aparece allí casi como un instrumento mágico que podía salvarlos. El segundo, el descubrimiento del Gran Cañón del Colorado. En la crónica aparece como una barranca que estorbaba el paso, cuyos peñoles, juraban los que bajaron, eran mayores que la torre mayor de Sevilla, la Giralda, el edificio más alto que conocían. El ponente destaca que, pese a esa parquedad científica, estos textos tienen un colorido y una viveza que hablan de gente que se lanzaba a lo desconocido.
La torpeza geográfica tuvo consecuencias prácticas. A mediados del siglo XVI se quiso evitar el tránsito por la península de Florida, castigada por piratas, indígenas belicosos, huracanes y un clima húmedo y hostil. Tristán de Luna y Arellano propuso unir una avanzada en el golfo de México, cerca de la futura Pensacola, con Santa Elena, un puerto atlántico, y fracasó por no calcular bien la distancia. Más tarde, Pedro Menéndez de Avilés quiso sacar por tierra la plata de las minas de Zacatecas hasta el Atlántico por el norte de Florida. Eran unos 2.500 kilómetros, que el ponente compara con llevar en carretas cargamentos de plata de Madrid a Oslo.
Según García Redondo, solo cuando se reactivaron las expediciones a finales del siglo XVII, por la amenaza inglesa y francesa, empezó a concebirse ese norte como una gran frontera que había que conocer, resguardar y ocupar de forma activa, con militares, ingenieros, mapas y presidios. Ese periodo corresponde a otras conferencias del ciclo.
Mitos y expectativas: el motor de las avanzadas
Ante la falta de certezas geográficas, los mapas se llenaron de mitos, expectativas y relatos. El ponente cita a Álvar Núñez Cabeza de Vaca, para quien aquella tierra era «sin duda la mejor de cuantas hay en estas Indias», la más fértil y abundante en mantenimientos, con frutas, hermosos ríos y aguas buenas, «muestras grandes y señales de minas de oro y de plata», y gente «muy bien acondicionada» que servía a los cristianos amigos de buena voluntad. Para García Redondo, el afán de riqueza, la justificación evangelizadora y la curiosidad aventurera guiaron buena parte de las avanzadas españolas en un norte donde, sin embargo, lo normal fue la hostilidad, la frustración y el fracaso.
Ponce de León, la corriente del Golfo y la fuente de la eterna juventud
Suele aceptarse 1513 como año del descubrimiento de la Florida por Ponce de León, veterano del segundo viaje de Colón, que tomó posesión de lo que creía una isla el domingo de Pascua Florida. El ponente señala que los registros cartográficos muestran navegaciones españolas por la zona al menos desde 1499 o 1500, como se ve en el planisferio de Cantino de 1502, hecho en Lisboa, y en otros impresos antes de 1513. También lo delata la actitud de los indígenas. Los calusa y los ais recibieron a Ponce con especial agresividad porque años antes habían sufrido incursiones ilegales de españoles furtivos que capturaban esclavos para las explotaciones antillanas. El ponente recuerda que la Corona autorizaba las expediciones y había prohibido tomar indios cautivos sin provocación. Esa hostilidad hizo fracasar la expedición, y Ponce murió por las heridas de flecha recibidas en un ataque durante un segundo intento de conquista.
Sus reconocimientos no resolvieron si la Florida era isla o tierra firme, pero aportaron los primeros indicios de la corriente del Golfo, el chorro de agua que sale por el canal de las Bahamas y empuja a los barcos hacia el Atlántico. Su piloto, Antón de Alaminos, la señaló como la vía más rápida hacia España, y durante muchísimos años la usaron las naves que salían con la plata desde La Habana, pese a los frecuentes naufragios en el canal y en los cayos.
Sobre la famosa búsqueda de la fuente de la eterna juventud, el ponente explica que procede de leyendas medievales y no aparece en ningún informe de primera mano. Aun así, el rumor caló y los primeros cronistas lo recogieron con sorna. Gonzalo Fernández de Oviedo escribía en 1535 que Ponce anduvo buscando la fabulosa fuente de Bimini que, según los indios, volvía mozos a los viejos. Oviedo añadía que él había visto ese efecto sin fuente, no en el vigor, sino en el «enflaquecimiento del seso», y que uno de esos fue el propio Ponce, por dar crédito a los indios en tal disparate. Para García Redondo, lo que de verdad impulsaba las expediciones era el oro, la riqueza.
La búsqueda del paso hacia Asia
En las dos primeras décadas del siglo XVI, cuando aún no se sabía el tamaño ni la riqueza de América y México-Tenochtitlan apenas se había visto de lejos, lo que podía enriquecer era llegar a Asia, como pretendía Colón, que en sus últimos viajes recorrió la costa norte de Sudamérica buscando un paso hacia la Especiería. Hasta 1520, aproximadamente, América era un obstáculo que había que sortear. En 1519 zarpó Magallanes y en 1520 halló el estrecho. Ese mismo año, Alonso Álvarez de Pineda, por orden de Francisco de Garay, gobernador de Jamaica, recorrió casi todo el arco del golfo de México, desde la Florida hasta Tampico y luego Veracruz, buscando un paso. En ese viaje descubrió el río del Espíritu Santo, el Misisipi, cuyo hallazgo se ha atribuido a veces a Hernando de Soto o a La Salle. En la tierra que llamó Amichel encontró también el río de las Palmas.
Hernán Cortés apresó a los hombres de Garay a su regreso a Veracruz, se hizo con sus mapas y diarios, vio que quedaba un tramo del golfo sin recorrer y patrocinó expediciones hacia la Tierra de los Bacalaos en busca del paso del noroeste. Sin embargo, los diarios de Pineda y la experiencia de navegación descartaban pronto su existencia en el golfo. El paso, también llamado estrecho de Anián, lo buscaron españoles, ingleses y otros, y cuanto más se buscaba, más al norte o más recóndito se volvía.
Como muestra de ese «furor» por el estrecho, el ponente cuenta el chasco que recoge Pedro Mártir de Anglería. Esteban Gómez, portugués al servicio de Castilla, navegó en 1524 por la costa del actual Maine. Al regresar a La Coruña, el rumor confundió los «esclavos» que traía con «clavo», la especia de las Molucas, y se dedujo que había pasado al Pacífico. Los patrocinadores alborotaron la corte de alegría hasta descubrir el error, y la risa acabó en sonrojo: en diez meses de viaje era imposible haber traído clavo aromático.
A finales del siglo XVI el paso se llamó también estrecho de Fuca, por Juan de Fuca, navegante griego al servicio español que decía haberlo descubierto en 1592 al norte de California. El ponente lo califica de mentira. Contemporáneo suyo fue Lorenzo Ferrer Maldonado, que en 1609 afirmó haberlo hallado en 1588 y a quien se ha tenido por embustero. Sin embargo, según el ponente, investigaciones recientes empiezan a considerar que quizá sí navegó hacia el norte, y el profesor Sánchez Ramos apunta a que podría haber llegado al estrecho de Bering.
Los adelantados en la Florida y el fracaso de San Miguel de Gualdape
Las razias esclavistas en la costa norte de la Florida, como la de Pedro de Salazar, que frente a Carolina del Sur halló una «isla de los gigantes» por la estatura de sus habitantes, obligaron a la Corona a poner orden. Para ello recurrió a la figura medieval del adelantado: quien descubría y conquistaba por iniciativa y con recursos propios, bajo licencia real y en nombre del rey, a cambio de prerrogativas como el gobierno de la provincia. García Redondo ve en estos primeros avances un afán individual de poder y riqueza que coincidía con los intereses de la Corona: expansión religiosa, dominio del territorio, conocimiento geográfico y explotación de los recursos. El planisferio de Diego Ribero, hecho en la Casa de la Contratación de Sevilla en 1529, recoge de forma difusa las tierras de los distintos adelantados, como la de Garay, la de Ayllón o la de Esteban Gómez, junto a la Tierra Nueva de Corte Real y la Tierra del Labrador. Allí el interés español se limitaba, según el ponente, a los pescadores vascos de ballenas y bacalao.
Lucas Vázquez de Ayllón incursionó en 1521 en la tierra que llamó Chicora, en las costas de Georgia y las Carolinas. Capturó a un nativo, bautizado Francisco de Chicora, que en España contó todo tipo de fantasías: gobernantes gigantes que montaban a hombros de los jóvenes a falta de caballos, y tierras donde crecían encinas, olivos y vides. Por eso la región se conoció un tiempo como Nueva Andalucía. Lo más destacado fue el segundo viaje, en 1526, con unas 600 personas entre hombres, mujeres, niños, frailes y esclavos. Posiblemente en la bahía de Chesapeake, fundaron San Miguel de Gualdape, el primer asentamiento español, aunque fugaz, en Estados Unidos. Apenas levantadas las casas, a comienzos de octubre, llegaron fríos terribles. La falta de provisiones, la enfermedad y la sublevación de los esclavos casi aniquilaron la colonia: de 600 sobrevivieron unos 150, que huyeron a La Española.
A propósito del frío, el ponente recuerda que el planeta atravesaba entonces la Pequeña Edad de Hielo. En el sur de los actuales Estados Unidos se traducía en un clima mucho más frío y húmedo que el actual, con temporadas agrícolas muy breves, lo que dificultaba crear asentamientos estables.
La costa del Pacífico: la California y Cabrillo
A comienzos de la década de 1530 empezaron las navegaciones por el Pacífico desde los puertos fundados por Cortés. En 1533 el piloto Fortún Jiménez llegó a la que llamó isla de Santa Cruz, pronto rebautizada California por la legendaria isla de mujeres gobernada por la reina Calafia de las novelas de caballería. El ponente lo compara con quien hoy pone a su mascota un nombre de Juego de tronos. En lugar de amazonas encontraron indígenas que los recibieron a flechazos, y también abundantes perlas. En 1539 Francisco de Ulloa recorrió el mar Bermejo o de Cortés, llamado así por el color de sus aguas en la desembocadura del Colorado, y confirmó que California era península. Pero el secretismo de las fuentes por motivos geoestratégicos y la difusión de noticias desfasadas extendieron por Europa la idea de una isla hasta bien entrado el siglo XVII.
El primer piloto español que reconoció la costa estadounidense del Pacífico fue Juan Rodríguez Cabrillo, enviado por el virrey Antonio de Mendoza para llegar a China, pues se sospechaba que América y Asia estaban conectadas por el norte. «Si no, ¿cómo había llegado la gente hasta ahí?», resume el ponente. Entre 1542 y 1543 Cabrillo halló la bahía de San Diego, «puerto cerrado y muy bueno», que llamó San Miguel. Tras calmar a los habitantes ipai, que lo recibieron a flechas, estos le contaron por señas que tierra adentro andaban hombres barbados, vestidos y armados como los de los navíos, con ballestas y espadas, que iban a caballo y mataban a muchos indios. Cabrillo murió en la isla de Santa Catalina, frente a la actual bahía de Los Ángeles, por una herida mal curada. Le sucedió Bartolomé Ferrer, que dio nombre al cabo Mendocino y llegó al cabo Blanco, en Oregón, hasta los 44° norte según sus cálculos. Ese fue el punto más septentrional alcanzado durante más de medio siglo, hasta Sebastián Vizcaíno.
Aquellos rumores de hombres barbados debían aludir, según el ponente, a la travesía de Cabeza de Vaca, pocos años anterior.
Cabeza de Vaca: el náufrago y su ficción
Cabeza de Vaca encarna, para García Redondo, los afanes individuales de los conquistadores: riqueza, fama, exaltación de la propia personalidad. Así lo muestra su libro Naufragios, publicado con enorme éxito desde 1540 y durante mucho tiempo lectura típica de juventud. Esa literatura alimentó el mito del conquistador enriquecido que regresa cubierto de fama a su hacienda en Extremadura. Pero eso, subraya, fue una excepción: la mayoría acababa enferma, muerta de hambre, en un naufragio o preso de los indios.
Cabeza de Vaca fue uno de los pocos supervivientes de la expedición del adelantado Pánfilo de Narváez, que iba «a descubrir, conquistar y poblar» el norte del golfo. Huyendo de la tierra de los apalaches en barcazas improvisadas, naufragaron frente a Texas, donde muchos fueron esclavizados por los karankawa. Él escapó con Alonso del Castillo, Andrés Dorantes y Esteban, el esclavo africano conocido como Estebanico. Los cuatro sobrevivieron supuestamente casi una década, entre 1528 y 1536, comerciando y haciéndose pasar por curanderos, «más bien estafadores», dice el ponente, en un viaje confuso por el suroeste hasta Sinaloa. Críticos actuales como el profesor Juan Francisco Maura cuestionan la verosimilitud del relato por sus inconsistencias geográficas y cronológicas y sus pasajes milagrosos. Aun así, el ponente considera que Naufragios tiene un valor fundamental como primer testimonio de espacios y grupos indígenas sin contacto previo con europeos.
Existe una tradición reciente que exalta a Cabeza de Vaca como ejemplo de multiculturalidad. Él mismo se distinguía de otros españoles: «nosotros sanábamos a los enfermos y ellos mataban a los que estaban sanos», ellos iban vestidos, a caballo y con lanzas, sin otro fin que robar. Pero la investigación, según García Redondo, ha mostrado que esa imagen fue una ficción construida en torno a sí mismo. Los méritos que alegó le valieron la gobernación del Río de la Plata, y allí se reveló proclive a abusos, tropelías y maltratos. Por ello fue juzgado en España, donde murió en prisión. El ponente muestra además un mapa de la Casa de la Contratación de 1550 que contiene, cree, la representación más temprana de Cabeza de Vaca, recorriendo el Nuevo México en tierra de indios.
Cíbola, Quivira y la expedición de Coronado
Lo de mayor repercusión del viaje de Cabeza de Vaca fueron los ecos de una tierra rica, con esmeraldas, turquesas, pueblos populosos y casas muy grandes, y con mujeres «más honestamente tratadas» que en ninguna parte de las Indias, vestidas con camisas de algodón y dispuestas a ser santiguadas. Las ciudades de Cíbola no eran más que aldeas de adobe de tres y cuatro pisos de los llamados indios pueblo. Pero en la ciudad de México resonaron en la imaginación del virrey Mendoza y de otros conquistadores como ciudades doradas.
En 1538 Mendoza despachó a toda prisa al franciscano fray Marcos de Niza con Esteban como guía, quien, cuenta el ponente, en cuanto pudo dejó tirado al fraile. Fray Marcos volvió al año contando historias de las siete ciudades de Cíbola: turquesas, paños delicados, cueros de vacas gigantes, que eran bisontes, y una tierra «de gente de más policía» y razón, dispuesta a la misión, que quiso llamar Nuevo Reino de San Francisco. En realidad nunca llegó. Lo había oído a los indios y, como mucho, dijo haberlo visto desde un cerro: la población le pareció mayor que la ciudad de México, y alguna vez tuvo la tentación de acercarse, pero sabía que se jugaba la vida. El ponente ironiza con que eran civilizados, pero al fraile le daba miedo asomarse. Fray Marcos, añade, reconstruía la leyenda medieval de las siete ciudades de Antilia, fundadas según la tradición por siete obispos huidos de la península ante la invasión musulmana, que primero se buscaron en el Caribe y de ahí el nombre de Antillas.
Esas noticias movieron al virrey a organizar una doble expedición. Por tierra, Vázquez de Coronado recorrió Arizona, Nuevo México, Kansas y parte de Texas con más de 300 personas, unos mil indígenas aliados y bestias, «una expedición inmensa». Por mar, Hernando de Alarcón debía apoyarle remontando el Colorado hasta el Gila, aunque nunca se encontraron. En 1540, al llegar a una aldea zuñi, posiblemente Hawikuh o Kiakima, Coronado sentenció que fray Marcos no había dicho verdad en una sola cosa, salvo en el nombre de las ciudades y las grandes casas de piedra.
El choque fue duro pese a los intérpretes. Ante la lectura del requerimiento, el protocolo que conminaba a someterse al rey y abrazar la fe, los zuñi hicieron sus propios ritos y trazaron líneas de harina en el suelo, una advertencia de no pasar de esa raya. Se pasó, y «ocurrió lo que tuvo que ocurrir». Coronado envió partidas en distintas direcciones. García López de Cárdenas descubrió el Gran Cañón. Por las cuencas de los ríos Grande y Bravo contactaron con zuñis, hopis y tewas. Hacia el norte buscaron el reino de Quivira que describía un nativo apodado el Turco, según el cual su señor dormía la siesta bajo un árbol del que colgaban cascabeles de oro. Los españoles lo mataron por mentiroso. La expedición dejó alianzas, pero también masacres desproporcionadas como la destrucción del pueblo de Arenal por López de Cárdenas, que fue juzgado y murió encarcelado en España. Coronado, pese a los indicios, fue exonerado alegando que había perdido el juicio: se dijo que estaba «más para ser gobernado que para gobernar».
Indígenas y españoles: estructuras, violencia y enfermedad
García Redondo explica que las relaciones con los pueblos del norte fueron distintas de las de otras regiones. El poblamiento era muy disperso y no había grandes estructuras políticas como en el centro de México o en Perú. La estructura social previa determinó las estrategias españolas: donde había pueblos sedentarios se intentaban asentamientos civiles, y ante pueblos nómadas o belicosos se levantaban fuertes con soldados. A diferencia de los colonos ingleses, sostiene, los españoles intentaron integrar a los naturales en sus estructuras con un marco legal específico para los indios, y en ello fue determinante el mandato evangelizador de la Corona. Pero la convivencia no fue sencilla. Cita la revuelta de los indios pueblo de 1680, liderada por Popé desde Taos. Tras años de sequía, hambrunas y roces con los españoles, un levantamiento coordinado mató a centenares de españoles y forzó el abandono de Santa Fe, su último reducto en Nuevo México.
Los indígenas incorporaron ovejas, caballos, metales, semillas, textiles y armas de fuego, pero con los españoles llegaron también patógenos. Cabeza de Vaca cuenta que en una isla de Texas dio a los indios una enfermedad de estómago que mató a la mitad, y que creyeron que eran los españoles quienes los mataban.
En la Florida, el poblamiento era más denso hacia el interior, aunque disperso: grupos sedentarios que cultivaban maíz y algodón y dependían de la caza y la pesca, sin unidad política y con gran diversidad de lenguas, como caddo, cherokee o apalache, y frecuentes choques entre jefaturas. Hernando de Soto, «erróneamente recordado como descubridor del Misisipi», al que llegó huyendo de los indios, irrumpió de forma muy agresiva en esa región densamente poblada, capturando esclavos, aniquilando la mínima resistencia y violentando a las mujeres. Oviedo escribió que las querían «para sus sucios y lujuria» y las hacían bautizar «para sus carnalidades más que para enseñarles la fe». Los nativos, con noticias de tropelías anteriores, también recibieron a los forasteros con agresividad. Otras veces colaboraron, buscando el apoyo de las armas de fuego y los caballos españoles para sus guerras. Y en cuanto podían los engañaban, enviándolos a lugares inhóspitos y a emboscadas con promesas de oro más al norte. Luis Hernández de Biedma, compañero de Soto, reconocía que creyeron «ser verdad todas las mentiras» del indio. Las jefaturas del Misisipi sufrieron un fuerte descenso demográfico, sobre todo por las enfermedades, con reagrupamientos y cambios de poder: las comunidades más apartadas y menos afectadas pasaron a ser las más fuertes.
El giro de Felipe II
Tras el fracaso en Nuevo México y la Florida, Carlos V perdió interés por el septentrión: sin grandes riquezas ni un solo asentamiento estable, y con un continente por poblar, no era urgente. En la segunda mitad del siglo XVI, Felipe II impulsó tres expediciones marcadas por tres cambios. El primero fue la reorganización del sistema de flotas en 1562, que devolvió a la Florida su valor estratégico como base costera para proteger los convoyes de la plata, socorrer naufragios y vigilar a franceses y, después, ingleses. El segundo, la recuperación de la figura del adelantado, que tantos problemas había dado a Carlos V por ser difícil de controlar, con el nombramiento de Pedro Menéndez de Avilés en 1565 para expulsar a los hugonotes franceses. El tercero, las Ordenanzas del Bosque de Segovia del 13 de julio de 1573, para el descubrimiento, nueva población y pacificación de las Indias. En ellas se ordena explícitamente dejar de usar la palabra «conquista» y hablar de «pacificación», y se promueven las ciudades como espacios de civilidad, un mejor trato a los indígenas y una evangelización más respetuosa. Las expediciones de Menéndez de Avilés a la Florida, Oñate a Nuevo México y Vizcaíno a la Alta California cierran, según el ponente, el ciclo exploratorio, que no se reactivaría hasta finales del XVII y comienzos del XVIII.
Florida: San Agustín, Ajacán y las misiones franciscanas
En 1565 Menéndez de Avilés fundó San Agustín de la Florida y fuertes como San Felipe y Santa Elena. La fundación de ciudades fue, para el ponente, pieza clave del poder hispánico. Desde San Agustín lanzó una ofensiva brutal contra los protestantes franceses del fuerte Caroline, que rebautizó, y avanzó hacia la bahía de Chesapeake, llamada de Santa María, buscando también el paso del noroeste. Intentó mantener buenas relaciones con los indígenas y llegó a casarse con una calusa, llamada doña Antonia. Fue un matrimonio de conveniencia que acabó mal: ella era mucho mayor, se quedó en su casa y él se marchó. Los nativos atacaron los fuertes de San Mateo y Santa Elena, este último aliados con franceses. A inicios del siglo XVII la Corona pensó abandonar la Florida, pero la fundación inglesa de Jamestown en 1607 y la francesa de Quebec en 1608 obligaron a mantener la avanzadilla. Hasta la fundación de Pensacola en 1698, San Agustín fue el único asentamiento español de cierta importancia, pese a ataques indígenas, piratas como Drake, el entorno lodoso y los huracanes.
Menéndez de Avilés patrocinó una misión jesuita en Chesapeake encabezada por el padre Juan Bautista de Segura. Llevaba como intérprete a un joven indio kiskiak capturado años antes, llevado a México y bautizado con el nombre del virrey Luis de Velasco. Se había ofrecido muchas veces a acompañar la misión para convertir a los suyos, cuando en verdad, según el ponente, quería escapar. De él se ha dicho que era hijo del jefe o que conoció a los ingleses: «da para una película». En 1570, en la misión de Ajacán, se fugó en cuanto pudo, organizó a su gente, atacó la misión y mató a la mayoría de los padres. Los jesuitas abandonaron la Florida en 1572, y el martirio de Segura se usó en imágenes de promoción de las misiones.
Los franciscanos, que acompañaron a los soldados tras las ordenanzas, acabaron siendo el último reducto español. Se extendieron desde San Agustín por la costa de Georgia, con misiones como Santa Catalina entre los guale y los timucua. Cuando Felipe II se planteó cerrar San Agustín y llevar a los indios cristianizados a Santo Domingo, fueron ellos quienes lo impidieron. A inicios del siglo XVII contaban con cuatro provincias de misión, equivalentes a cuatro grupos culturales indígenas, y usaban métodos lingüísticos y, «hoy diríamos, etnográficos». Fray Domingo Agustín Vaez escribió en la misión de Guale la primera gramática de una lengua indígena de estos territorios, considerada el primer estudio de una lengua indígena en Estados Unidos. Francisco Pareja, en San Juan del Puerto, escribió los primeros libros impresos en lengua nativa: un catecismo y examen para comulgantes en castellano y timucua, y un confesionario bilingüe. El sistema funcionó durante el siglo XVII, pero la presión esclavista de los ingleses de Carolina del Sur y sus aliados indígenas destruyó las misiones entre 1680 y 1706, cuando los supervivientes se refugiaron en San Agustín.
Nuevo México: Oñate, el mapa del indio Miguel y la Dama Azul
En Nuevo México, las ordenanzas favorecieron la entrada de franciscanos como fray Agustín Rodríguez, cuyo frustrado proyecto entre los zuñi motivó una operación de rescate del capitán Antonio de Espejo, que volvió a ver las llanuras, los búfalos y los pueblos de adobe. Estas noticias y el hallazgo de vetas de plata al norte de Zacatecas, como Santa Bárbara en Nueva Vizcaya, impulsaron un proyecto de colonización integral dirigido por Juan de Oñate: más de 400 personas, con soldados, familias y frailes, y más de 7.000 cabezas de ganado. Cruzaron el río Grande y a finales de 1598 Oñate tomó posesión como gobernador con una fórmula que el ponente cita en parte: posesión de cañadas, vegas, abrevaderos, minerales de oro, plata, cobre, azogue, estaño, hierro, piedras preciosas, «desde la hoja del monte hasta la piedra y arena del río».
Oñate se asentó primero en San Juan de los Caballeros, junto a un poblado tewa, y luego fundó San Gabriel y Santo Domingo. Su sucesor Pedro de Peralta fundó la villa real de Santa Fe, que el ponente fecha en 1608, desde donde se articuló una red de haciendas y misiones, germen de poblaciones como El Paso del Norte o la misión de Nuestra Señora de Guadalupe, hoy Ciudad Juárez. Oñate exploró las grandes llanuras, las Rocosas y el Colorado hasta el golfo de California. A su regreso grabó en la roca de El Morro, hoy monumento nacional, la inscripción que el ponente cita: «Pasó por aquí el adelantado don Juan de Oñate al descubrimiento de la Mar del Sur», con fecha 16 de abril de 1606. Durante su gobierno se enfrentó a los acoma. Tras la muerte de varios españoles, entre ellos su sobrino, emprendió una dura represión, y por esos y otros abusos fue destituido y desterrado.
De estas expediciones hay, señala el ponente, más testimonios documentales que vestigios materiales. Destaca uno: el mapa del indio Miguel, llevado a la ciudad de México e interrogado sobre su tierra. Sin saber español, se le dieron trozos de plata, latón y oro, ropas de otras comunidades y una pluma, y con ellos fue trazando y explicando dónde estaba cada cosa. No se han podido identificar todos sus topónimos, pero García Redondo lo considera un documento único sobre cómo estas comunidades abstraían y percibían su espacio, articulado en torno a ríos y caminos y a las alianzas y enemistades entre pueblos.
Con el tiempo, las misiones franciscanas quedaron como única avanzadilla. Hacia 1630 había medio centenar de iglesias y misiones. Para recabar fondos, los frailes publicaron crónicas con milagros e historias fantásticas, como las de Alonso de Benavides o fray Esteban de Perea. Entre esos fenómenos figura sor María de Jesús de Ágreda, monja concepcionista que decía viajar espiritualmente desde su convento de Ágreda, con ayuda de ángeles, para predicar en su lengua a apaches y jumanos en Texas y Nuevo México. Veinte años después, con la Inquisición detrás, se desdijo. Pero los frailes siguieron alimentando el mito de la Dama Azul, por el hábito, a la que los indios decían haber visto predicar, y fue un éxito editorial.
Alta California: Vizcaíno, los monstruos de Escobar y el fin de las expediciones
La última expedición fue costera. Desde 1565 los galeones de Filipinas bajaban por la costa del noroeste americano, expuestos a piratas como Drake o Cavendish, que atacó el galeón de Manila, y necesitaban un puerto para abastecerse y reparar. Entre 1602 y 1603 Sebastián Vizcaíno recorrió el litoral hasta la bahía de Monterrey, que propuso como puerto, con San Diego como segunda opción, y llegó al cabo Mendocino. Pasó frente al Golden Gate, pero la niebla le impidió ver la bahía de San Francisco. El cosmógrafo Enrico Martínez hizo en México una colección completa de mapas de la expedición.
Mientras se estudiaba qué puerto convenía, llegaron las noticias de Oñate y de su incursión a la Mar del Sur, y con ellas las historias que fray Francisco de Escobar había oído a los indios: gentes con orejas tan grandes que las arrastraban y bajo cada una cabían cinco o seis personas, otras que dormían bajo el agua de una laguna, otras que dormían en los árboles, otras que se alimentaban del olor por no poder expulsar excrementos. Ante semejantes «barbaridades», el virrey marqués de Montesclaros escribió al rey que esa conquista «se va reduciendo a conseja», es decir, a patrañas, y que tras ella no se descubría «más que gente desnuda y pedazos de coral falso y cuatro guijarros». Esas fábulas, unidas a abusos de soldados y expediciones ilegales, llevaron al virrey a la convicción de acabar con las expediciones a Nuevo México por ser tierra inservible. En la Alta California no se creó puerto alguno. En cierto modo, dice el ponente, la inaccesibilidad era su mejor defensa.
Los jesuitas y el padre Kino
Hasta finales del siglo XVII, la península de California la poblaron soldados y misioneros. Desde 1698, según el ponente, llegaron los jesuitas con amplios poderes espirituales y civiles, que restringieron incluso el acceso de forasteros. Fundaron misiones, entre ellas Nuestra Señora de Loreto, su principal foco, y pasaron al interior, a la Pimería, en la actual frontera entre México y Estados Unidos. Allí intentaron pacificar a pimas y seris, organizados en pequeños grupos nómadas, centrándose en su sedentarización. Las misiones se concebían ya no solo como espacios de evangelización, sino también de producción agrícola y ganadera y de inculturación.
Entre ellos llegó el padre Kino, matemático, geógrafo y cosmógrafo, que no solo evangelizaba sino que exploraba, describía y levantaba mapas. Trabajó entre los pimas y estableció una cadena de misiones, desde Dolores, en el pueblo de Cosari, hasta San Xavier del Bac, al sur de Tucson. Realizó unas 40 exploraciones por el sur de Arizona y California, y en 1698, según el ponente, redescubrió la peninsularidad de California, dada a conocer en un mapa. Hasta la expulsión de los jesuitas en 1768, la zona vivió la doble tensión de las incursiones apaches y las sublevaciones de la Pimería. Después, los franciscanos avanzaron por la costa con fundaciones como San Francisco, San José o Los Ángeles.
Conclusión: el pasado importa, sin leyendas blancas ni negras
García Redondo cierra con una idea que, reconoce, puede parecer obvia: el pasado importa. En pleno siglo XXI se sigue discutiendo sobre personajes de hace siglos cuyas vidas, al menos en España, apenas afectan a las nuestras. Su presencia en los discursos políticos, en monumentos que se levantan o se derriban, y las pasiones que despiertan dicen mucho de lo vivo que está el pasado. De esa materia están hechas la identidad de los pueblos y la memoria compartida entre Estados Unidos y España.
Vuelve a su idea inicial con dos ejemplos. El monumento a Juan Rodríguez Cabrillo en San Diego está coronado por el escudo de Portugal, porque hasta hace poco se creía que había nacido allí. Hoy, gracias a la investigación de archivo, se sabe que era de la provincia de Córdoba, «y a más de uno seguro que no le agrada verlo de esa guisa». Para el ponente, sin embargo, importa menos la nación de nacimiento que la sujeción y el servicio a uno u otro reino. En Florida ondean las banderas de las naciones que pasaron por su territorio, y la del estado retoma la cruz de Borgoña. Pero, se pregunta, ¿dónde están las insignias de los calusa, los timucua o los apalache?
Las sociedades, sostiene, necesitan conocer su pasado sin leyendas blancas ni negras y sin análisis presentistas, comprendiéndolo de manera íntegra y en su contexto. En la charla han aparecido conquistadores sanguinarios, pero también funcionarios que los señalaron, misioneros que los denunciaron y jueces que los procesaron y encarcelaron. También indígenas que sufrieron y otros que se defendieron como pudieron. Para el ponente es una historia de tonos grises en la que centellea un deseo de justicia. Entonces, como ahora, se esparcían rumores y noticias falsas para entretener, justificar decisiones políticas o desviar la atención, y quizá algo pueda aprenderse de ello. Entonces, como ahora, los problemas exigían una visión global: el avance por California se explica por la derrota del galeón de Manila, los fuertes de la Florida por la corriente del Golfo, y la fragilidad de Nuevo México por unos inviernos que hoy no conocemos.
Si tuviera que resumir en pocas palabras la presencia española en los actuales Estados Unidos durante los siglos XVI y XVII, García Redondo elige tres pares. El primero es la inconmensurabilidad: lo difícil que era comprender y gestionar un territorio tan inmenso. El segundo, fracaso y resistencia: un éxito contenido de los deseos imperiales e individuales de avanzar hacia el norte. El tercero, ensoñación y desengaño: un ir y venir de relatos, noticias y quimeras que prenden, pero que pronto se apagan.
Hace un par de meses, en marzo de 2026, el presidente de los Estados Unidos inauguró en los jardines de la Casa Blanca una estatua dedicada a Cristóbal Colón. Esta estatua era un regalo de una agrupación de entidades italoamericanas bastante importante en el país. Unos años antes, en 2020, en medio de un estallido social que ustedes recordarán como Black Lives Matter, más de 200 estatuas y monumentos conmemorativos fueron vandalizados en diferentes partes del país.
Aquellos monumentos se consideraban muestra de un pasado racista, esclavista y, por tanto, de memoria deshonrosa para un espacio público.
Si bien las primeras estatuas en caer representaban a líderes confederados, pronto caerían también algunas de los protagonistas del descubrimiento y presencia española en los actuales Estados Unidos, además de Cristóbal Colón, como ven en la imagen: Juan de Oñate, descubridor del Nuevo México; Juan Ponce de León, colonizador de Puerto Rico y descubridor de la Florida; o fray Junípero Serra, misionero en las Californias. Lo cierto es que aquellas estatuas no habían sido levantadas durante el tiempo de la presencia española. En su mayoría fueron instaladas por entidades particulares o por instituciones públicas desde finales del siglo XIX y sobre todo en el siglo XX, incluso en el siglo XXI. Este es el caso de la estatua del padre Francisco Eusebio Kino, misionero jesuita, que redescubrió la peninsularidad de la California a finales del siglo XVII y cuya estatua se yergue en representación del estado de Arizona en el Capitolio de los Estados Unidos.
En esta alzada y retirada de estatuas, en celebraciones como el Columbus Day el 12 de octubre, asumida como fiesta identitaria por la comunidad italoamericana, hay una constante que es consustancial a la propia naturaleza de la historia, y es que cada generación reescribe su propia historia. No digo que la historia, que es una disciplina científica, tenga que estar al albur de intereses políticos, corrientes de opinión o manipulaciones burdas, como de hecho ocurre, sino que la historia, la investigación académica de la historia, no es sino una mirada al pasado desde nuestro presente, con nuestros interrogantes, nuestras inquietudes, nuestras sensibilidades.
Por eso creo que son importantes las conmemoraciones como esta de los 250 años de la independencia de los Estados Unidos, pues nos sirven para reevaluar las fuentes de archivo desde un conocimiento más actualizado y complejo de los procesos históricos, para revisar los clichés, los mitos o los errores que se han instalado con el tiempo en los relatos, para rescatar el papel de grupos sociales o de personas que han sido olvidados por la historiografía. Hablo de mujeres, de indígenas, afroamericanos, de niños y, ¿por qué no?, también para reflexionar sobre nuestro presente y sobre cómo hoy vivimos y comprendemos nuestro pasado.
El objetivo de esta conferencia son los primeros contactos hispánicos en el territorio de los actuales Estados Unidos, el descubrimiento y la exploración del inmenso norte de América, la fundación de asentamientos, la evangelización, los primeros encuentros con los pueblos indígenas y con otras potencias europeas; la configuración, en definitiva, de un espacio entre el ensueño, el conflicto y el fracaso.
La conferencia trata de los siglos XVI y XVII, desde Cristóbal Colón al padre Kino. Y aunque mantendré un orden cronológico en mi exposición, intentaré ir tratando algunas ideas transversales a lo largo de la charla.
La presencia española en los actuales Estados Unidos de América se puede remontar a los primeros años del descubrimiento de América, si tenemos en cuenta la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, como la llamó Juan Ponce de León, o de Borinquen, como la denominaba la población taína. Allí llegó Cristóbal Colón en su segundo viaje en 1493, y en 1508 Juan Ponce de León fundó la villa de Caparra. Hoy son restos arqueológicos muy cerca de San Juan de Puerto Rico. Este fue el primer asentamiento español de lo que se considera actualmente un territorio no incorporado de Estados Unidos.
Centrándonos en el territorio continental, que será lo que abordaré en esta charla, el proceso exploratorio español podemos comprenderlo en tres grandes áreas: Florida, Nuevo México y California.
En el caso de Florida, se denominó con este nombre a un inmenso territorio que estaba al norte del golfo de México. La Florida se va a convertir en la frontera estratégica del Imperio español, no tanto por ser el norte de la Nueva España, del virreinato de la Nueva España, de México, como por ser el norte del Caribe, por ser el nodo principal desde el que se va a articular este territorio, y va a ser el punto por el que van a pasar las flotas cargadas de plata que iban desde el Caribe hacia la metrópoli. Y por esta costa empezaron a merodear franceses, ingleses y tantos piratas que querían hacerse con la plata española. Los españoles, desde la península de la Florida, avanzaron hacia el norte por los actuales estados de Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte; incluso las navegaciones llegaron hasta Terranova y la Tierra de los Bacalaos, hoy Canadá. Al oeste se cubría la gran cuenca del Misisipi, incluso parte del estado de Texas. Por este interés estratégico que tenía esta provincia, su colonización o su exploración fue dirigida principalmente desde la metrópoli, pero también desde el Caribe y algunas veces desde Nueva España.
Nuevo México es el gran territorio central que se sitúa justo encima de la Nueva España. Según sus tradiciones, el pueblo mexica, cuya capital estaba en México-Tenochtitlan, procedía de un legendario lugar al norte llamado Aztlán, desde el cual esta población había emigrado hasta ocupar la ciudad sobre la laguna. Quizás algunas de estas ideas sonaban en la cabeza cuando se decidió llamar a este gran territorio Nuevo México. Siguiendo el curso del río Grande y algunos senderos abiertos previamente por los indígenas, los españoles fueron avanzando hacia el norte y, de manera dispersa y nunca de manera uniforme, se fueron asentando por ese territorio. Y se agrupó bajo este nombre espacios que hoy quedan en los estados de Texas, Nuevo México, pero también de Colorado, Arizona, Nevada, etcétera, muchos de ellos unidos por lo que se conoció como Camino Real de Tierra Adentro.
Por último, la California. Aunque sus costas fueron reconocidas desde el siglo XVI y desde el siglo XVII, sobre todo la península de la Baja California, que actualmente es parte de México, ya entrado el siglo XVII se empezará a navegar hacia el norte, y sobre todo ya en el siglo XVIII se poblará con misiones franciscanas toda la costa, dejando un rosario de misiones con nombres que ustedes conocerán, como San Francisco, Sacramento, Santa Bárbara, San José, etcétera. Incluso llegaron las expediciones españolas hasta Alaska, el estrecho de Bering, donde se encontraron con los rusos, tema que, por cierto, ha estudiado el profesor Salvador Bernabéu.
Los territorios con presencia española abarcaron una inmensa franja que iba desde el Atlántico al Pacífico, donde aún perviven, como decía, numerosos topónimos españoles: Florida, San Antonio, Santa Fe, Nevada, California, etcétera. Sin embargo, nunca existió un dominio real y homogéneo del territorio. Las manchas de color en los mapas que les he puesto antes o las líneas que aparecen en este otro son mera ficción cartográfica.
La idea de una gran frontera norte ha tenido mucho éxito en la historiografía, sobre todo después de los trabajos de Bolton, de Turner y, más tarde y con mucho éxito, de David Weber, quien supo armonizar en una visión de conjunto, como todo un problema global, la frontera, lo que hasta entonces habían sido estudios por zonas, estudios regionales. Sin embargo, es preciso hacer algunas matizaciones de este concepto de frontera.
En los siglos XVI y XVII las expediciones españolas, las fundaciones civiles y religiosas no establecieron, como decía, una frontera lineal. Antes bien, proyectaron un conjunto de límites prácticos inmediatos, con fines concretos, de lo que era conocido o controlado por asentamientos más o menos aislados, por rutas más o menos transitadas o en claves o hitos geográficos que servían en el paisaje para ubicarse. El resultado fue una gran frontera atomizada en múltiples archipiélagos, si me permiten la palabra, una frontera archipelágica, en la que, como en el océano, es más la inmensidad del vacío que lo que realmente se conoce y está habitado o está controlado.
A esta dispersión se suma el hecho de que fue un territorio construido en diferentes tiempos, con distintas políticas, con avances y con retrocesos, y nunca de manera sistemática, en el que, en términos de conocimiento, gestión y control del territorio, la comprensión de las distancias jugó siempre una mala pasada y llevó al fracaso en más de una ocasión.
A diferencia de lo que ocurría en la exploración marítima durante este mismo periodo, que era bastante más científica o se procuraba que fuese más precisa, los expedicionarios que se lanzaban tierra adentro apenas llevaban una brújula, trazaban mapas con bastante dificultad e, incluso cuando hacen descripciones del territorio, tienen cierta torpeza a la hora de explicar lo que están viendo. Esto provocaba que muchos de los descubrimientos se desvaneciesen o se desubicasen en este inconmensurable territorio.
Les pongo un par de ejemplos. Estando perdidos los hombres de Francisco Vázquez de Coronado en el centro del actual estado de Kansas, cuando no habían visto otra cosa sino vacas y cielo, cuenta el cronista de la expedición, Pedro Castañeda de Nájera, cómo la brújula aparece como un mecanismo prácticamente mágico que podía salvarlos. Leo: "El general envió adelante al capitán Diego López a la ligera con diez compañeros, dándole rumbo por una aguja de marear hacia donde salía el sol, que caminase dos días". Estaban perdidísimos.
Más adelante, en la misma crónica, se observa esta parquedad científica a la hora de señalar o de delimitar lo que se está descubriendo, lo que se está viendo. En cambio, pese a esta parquedad, hay un colorido y una viveza que nos habla de esta gente que se estaba lanzando a lo desconocido.
El Gran Cañón del Colorado, que ustedes conocen —luego veremos una imagen, seguro que lo han visto en las películas—, cuando se descubre es una gran barranca que estorbaba para poder pasar al otro lado, y sus peñoles eran más altos que el edificio más alto que los españoles conocían, por supuesto, la Giralda de Sevilla. Y decían: "En esta barranca estuvieron tres días buscando la bajada para el río. Fue la bajada cosa imposible. De lo alto determinaban unos peñolcillos de carrados de la barranca. Juran los que bajaron que llegaron a ellos, que eran mayores que la Torre Mayor de Sevilla".
Evidentemente, esta torpeza geográfica acarreará problemas en la comprensión y gestión de la distancia, por lo que muchas de las campañas acabaron, como decía, en fracaso. Por ejemplo, cuando a mediados del siglo XVI se quiso evitar el tránsito por la península de la Florida, que estaba siendo atacada por piratas, con indígenas belicosos, con huracanes, con un clima hostil, húmedo, horrible, Tristán de Luna y Arellano propone unir una avanzada española en el golfo de México, cerca de lo que luego será Pensacola, en Santa María Filipina, con Santa Elena, un puerto en la costa atlántica, con idea de evitar la península. Pues fracasa, no estima bien la distancia. Pero incluso más tarde Pedro Menéndez quiere unir directamente las minas de Zacatecas y sacar la plata por tierra hasta el Atlántico, es decir, por el norte de Florida. Evidentemente, en su cabeza los 2500 km que había pues como que no los controlaba. Es como si les digo que quisieran llevar con bueyes, en carretas, cargamentos de plata desde Madrid hasta Oslo. Es decir, una distancia un poco exagerada.
Tras el cese de las expediciones al norte a principios del siglo XVII, como comentaré a continuación, será ya en el siglo XVIII cuando, sobre todo por la amenaza inglesa, la amenaza francesa, estas expediciones se reactiven. Solo entonces, ya en el siglo XVIII, será cuando se empiece a pensar, a concebir todo este espacio al norte como una gran frontera, un espacio de frontera que hay que conocer, que hay que resguardar y en el que hay que tener una constante presencia activa, digamos, por parte de la monarquía hispánica. Se enviarán entonces contingentes con militares, con ingenieros para cartografiar y reconocer el terreno, se levantarán mapas y será toda una política de consolidación y defensa del territorio mediante presidios. Pero esto ya será tema de las sucesivas conferencias de este ciclo.
Volviendo al siglo XVI, que es lo que a mí me compete, ante la falta de certezas geográficas, los mapas se harán plagados de mitos, de expectativas y relatos como los de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que seguro que les suena a muchos de ustedes. Cabeza de Vaca decía que aquella tierra —se refería al norte de América— "es sin duda la mejor de cuantas hay en estas Indias. Es la más fértil y abundosa de mantenimientos. Tiene muchas frutas y hermosos ríos y otras muchas aguas muy buenas. Hay muestras grandes y señales de minas de oro y de plata. La gente de ella es muy bien acondicionada. Sirven a los cristianos, los que son amigos, de muy buena voluntad".
El afán de riqueza, la justificación evangelizadora y la curiosidad aventurera guiaron buena parte de las avanzadas españolas en un gran norte donde, sin embargo, lo normal fue la hostilidad, la frustración y el fracaso.
Se suele aceptar la fecha de 1513 como año del descubrimiento de la Florida por Juan Ponce de León, veterano, como vimos, del segundo viaje de Cristóbal Colón, cuando toma posesión de lo que se suponía que era una isla, la isla de Bimini, el día de Pascua Florida, el domingo de Resurrección. Sin embargo, gracias a los registros cartográficos, sabemos que por lo menos desde 1499 o 1500 ya había navegaciones españolas por esta isla de Bimini. Así se aprecia, por ejemplo, en el planisferio de Cantino del año 1502, que fue confeccionado en Lisboa, y en otros tantos que se imprimieron antes de 1513.
También sabemos de este conocimiento previo por parte de los españoles por el testimonio y la actitud de los indígenas a la llegada de Juan Ponce de León y sus huestes. Estos nativos fueron especialmente belicosos, muy agresivos con los españoles, pues años antes habían sufrido incursiones ilegales en su territorio por parte de españoles furtivos que iban a la caza de esclavos para llevarlos a las explotaciones de las Antillas. Recordemos que era la Corona española, en última instancia, quien autorizaba las expediciones de reconocimiento del territorio y quien había prohibido la toma de indios cautivos sin provocación.
La hostilidad de los calusa y de los ais llevó al fracaso a la expedición de Juan Ponce de León, quien intentaría sin éxito una segunda incursión de conquista de la Florida. De hecho, murió a consecuencia de las heridas provocadas por unas flechas en uno de estos ataques.
Aunque los reconocimientos de Juan Ponce de León no sirvieron para resolver si la Florida era una isla o una península o tierra firme, sí que aportaron los primeros indicios para identificar lo que se conocerá como la corriente del Golfo: la fuerza que toman las aguas, el chorro de salida de agua desde la punta de la Florida por el canal de las Bahamas, que empujaba a los barcos hacia el océano Atlántico y que luego será utilizada por las naves españolas durante muchísimos años para salir con la plata desde Santo Domingo, desde Cuba, hacia la península. La idoneidad de esta ruta fue señalada por el piloto de Ponce de León, Antón de Alaminos, como la vía más rápida y corta para llegar a España. Y, de hecho, la usará para escapar de una trifulca con vida.
A pesar de su peligrosidad y de los naufragios que ocurrieron con frecuencia en el canal de las Bahamas y en los cayos, pues ya les digo que será la ruta que llevasen las naves españolas que salían —aquí estaría La Habana—: saldrían y aprovecharían el canal de las Bahamas para salir al océano abierto. De Ponce de León y de su
Campaña en la Florida se ha escrito mucho y seguro que es lo que más suena de la búsqueda de la fuente de la eterna juventud. Historia con origen en leyendas medievales, pero que en ningún informe de primera mano aparece mencionada.
Aun así, la historia, el rumor de que Juan Ponce iba a buscar la fuente de eterna juventud caló rápidamente y, de hecho, los cronistas, los primeros historiadores que escriben sobre las Indias, se van a hacer eco de esta historia, pero siempre con cierta sorna. Y decían algo así como que más que rejuvenecer la fuente lo que hacía era atontar.
Gonzalo Fernández de Oviedo, el primer cronista de Indias, escribía en 1535 algo así como que anduvo Juan Ponce en busca de aquella fabulosa fuente de Bimini que publicaron, es decir, que decían los indios que tornaba a los viejos mozos. Y yo esto lo he visto sin la fuente, no en el sujeto el mejoramiento de las fuerzas, pero sí en el enflaquecimiento del seso e tornarse en sus hechos mozos y de poco entender. Y de estos fue uno el mismo Juan Ponce, quien tanto duró, es decir, que tanto le duró aquella vanidad de dar crédito a los indios en tal disparate.
Más que la búsqueda de la fuente de eterna juventud, lo que realmente empujaba, lo que realmente impulsaba las expediciones hacia el norte era el oro, era la riqueza, el enriquecimiento.
En las dos primeras décadas del siglo XVI, cuando todavía no se tenía conciencia del tamaño que tenía América, de la riqueza que tenía América, de las minas que había en todo el continente, cuando México-Tenochtitlan apenas se había visto a lo lejos, el objetivo que podía enriquecer a alguien era llegar a Asia. De hecho, era lo que buscaba Cristóbal Colón, llegar a Asia. De hecho, ya en los últimos viajes de Cristóbal Colón, él se la pasa recorriendo la costa norte de Sudamérica, buscando un paso, un canal, un estrecho que lo llevase hacia las islas de las especias. América aparece hasta 1520 aproximadamente como un obstáculo que hay que evitar.
Precisamente en 1519, cuando sale Magallanes con Estafá y descubre en 1520 el estrecho de Magallanes, en ese mismo año será cuando Alonso Álvarez de Pineda recorra el golfo de México prácticamente completo, todo el arco del golfo, en búsqueda de un paso por el que llegar a las ansiadas Indias, a China, a las Molucas, a la India.
Esta expedición fue comandada, como decía, por Alonso Álvarez de Pineda bajo la orden de Francisco de Garay, gobernador de Jamaica, y recorrió desde la Florida, prácticamente desde donde habían dejado las anteriores expediciones, hasta Tampico, y luego descendió hasta Veracruz. En su viaje, Álvarez de Pineda descubrió el río del Espíritu Santo, el río Misisipi, que otras veces se ha atribuido su descubrimiento a Hernando de Soto, a La Salle, pero sin embargo fue Alonso de Pineda su descubridor.
En aquel sudeste de los actuales Estados Unidos, tierra que él denomina de Amichel, descubrió también el río de las Palmas, identificado como el río Grande o el Pánuco.
Hernán Cortés, que apresó a los hombres de Garay, a los compañeros de Pineda, a su regreso a Veracruz y que se hizo rápidamente con los mapas, con los diarios de la expedición, se dio cuenta de que había un pequeño fragmento, una pequeña parte del golfo de México que no había sido recorrida y Cona Inco éxito. De hecho, Hernán Cortés patrocinó, intentó lanzar expediciones que llegasen hasta la península de los Bacalaos, hasta lo que actualmente es Canadá, en busca de este paso o este estrecho del noroeste que comunicase el Atlántico con el Pacífico.
Con todo, los diarios de Pineda, la información que incluso, como se ve en este mapa, la experiencia de navegación rápidamente descartaba la existencia de este paso o de este estrecho en el golfo de México.
Aquel huidizo paso del noroeste, que también se conoció como estrecho de Anián en alusión a una hipotética región septentrional, fue buscado por los españoles primero, luego por los ingleses y por otras naciones, y este pasaje, conforme más se buscaba, más al norte o más recóndito se volvía.
Muestra de aquel furor por el estrecho, en palabras del cronista Pedro Mártir de Anglería, fue el chasco que se llevaron en la corte al recibir las noticias de Esteban Gómez, Estêvão Gomes, un portugués al servicio de la corona española que navegó la costa atlántica por la costa del actual estado de Maine en 1524. Y cuando regresa al puerto de La Coruña, en los primeros rumores que se difunden, ahí está el texto, se confundió la palabra esclavos que traía en su barco por clavos, la especia olorosa que se daba en las islas Molucas, aquella que buscaba Magallanes, ¿no? Y que por tanto rápidamente se dedujo que había conseguido pasar del Atlántico al Pacífico.
«Cuando llegó Esteban Gómez, un individuo, habiendo oído la llegada de esta nave y que traía esclavos o siervos, sin averiguar más, vino hasta nosotros, hasta la corte. "Hija de Ante", nos dijo, "Esteban Gómez trae una nave cargada de clavo y piedras preciosas". Los que habían favorecido la empresa, los patrones de esta campaña, saltando de gozo ante la tontería de este hombre, alborotaron la corte con gran estrépito. Mutilada la palabra, en vez de esclavos, entendieron que lo que traía era clavo. Mas después que la corte advirtió que la fábula se había descompuesto de clavo en esclavos, excitó la risa con sonrojo de los fautores que tan alegres se habían puesto. En solo diez meses que este navegante empleó en su viaje, no era posible hallar el clavo aromático».
A finales del siglo XVI se empezará a llamar también a este paso del noroeste estrecho de Fuca, en recuerdo de Juan de Fuca, un navegante griego al servicio de la corona española que decía haberlo descubierto en 1592 al norte de la California. Mentira.
Coetáneo suyo sería otro personaje que también se ha tenido durante mucho tiempo como un embustero, Lorenzo Ferrer Maldonado, quien afirmó en 1609 haberlo descubierto él en 1588. Sin embargo, investigaciones más recientes están empezando a notar que posiblemente sí que navegase hasta el norte. Y de hecho el profesor Sánchez Ramos apunta a que incluso podía haber llegado al estrecho de Bering.
Regresemos a la Florida. Las sucesivas razias, las escaramuzas esclavistas en la costa norte de la Florida, como la de Pedro de Salazar, que frente a las costas de Carolina del Sur encontró la isla de los Gigantes por el tamaño que tenían sus habitantes, obligaron a la corona española a tomar cartas en el asunto y a poner un poco de orden en la exploración y en el control de este territorio.
Para ello se va a emplear la institución del adelantamiento, del adelantado. Título que los monarcas españoles ya de época medieval daban a quienes se lanzaban a conquistar, a descubrir nuevas tierras por iniciativa propia y con recursos propios, pero bajo la licencia de la corona, en nombre de quien se tomaba posesión de estos espacios. Y a cambio el adelantado recibía una serie de prerrogativas y de beneficios, entre otros podía ser gobernador de la provincia en cuestión.
Así vemos cómo estos primeros avances exploratorios en la Florida venían marcados por un afán individual por el poder y la riqueza que era reafirmado con los intereses de la propia corona: la expansión de la religión, el dominio del territorio, el conocimiento de la nueva geografía, lo que iba, por supuesto, muy ligado a la posesión y a la explotación de los recursos, el oro y la plata.
De una manera un tanto difusa, este mapa, un fragmento del planisferio de Diego Ribero realizado en la Casa de la Contratación de Sevilla en 1529, recoge dónde quedaban las tierras de unos y otros adelantados en la Florida. La tierra del mencionado Garay, está aquí; la de Ayllón; la de Esteban Gómez, que acabamos de comentar; la tierra nueva de Corte Real, que estarán los ingleses, y la tierra del Labrador. En esta región los españoles no tenían especial interés, más allá de los pescadores vascos que iban a cazar ballenas y a pescar bacalao.
La del adelantado Lucas Vázquez de Ayllón, que sería el siguiente, subimos al norte, quien incursionó en 1521 la tierra que él llamó Chicora, en las costas de Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte. Tenemos noticia de la captura de un nativo que llevó hasta España, que trajo hasta España, al que bautizaron como Francisco de Chicora, con el nombre de su tierra. Y este indígena contó todo tipo de fantasías de su país. Habló de gobernadores gigantes que, en lugar de montar a caballo, que no tenían, se montaban a hombros de los chicos más jóvenes del pueblo. Decía incluso que allí crecían atentos encinas, olivos, vides; vamos, que dio pie a que a la región se la conociese durante un tiempo como Nueva Andalucía.
Con todo, lo más destacado del viaje de Vázquez de Ayllón fue su segundo viaje en 1526, cuando se lanza a poblar el territorio con una comitiva formada por 600 personas, incluyendo hombres, mujeres, niños, frailes, esclavos, etcétera. Posiblemente fuese a la bahía de Chesapeake, donde se funda el que sería el primer asentamiento, aunque muy fugaz, español en Estados Unidos: San Miguel de Gualdape o Guadalupe.
El problema de este poblado es que apenas se instalan, consiguen montar sus cabañas, sus casas, es inicios del mes de octubre y se meten unos fríos terribles. Ante la falta de provisiones, el frío, la enfermedad, y encima los esclavos se levantan, la población queda prácticamente aniquilada. De las 600 personas sobrevivieron unas 150 que tuvieron que salir corriendo a la isla de La Española.
A propósito de este frío que comentaba, del clima, es importante recordar que en este momento la Tierra, el planeta Tierra, está atravesando un periodo de enfriamiento generalizado que se ha conocido como pequeña Edad del Hielo, que en el sur de los Estados Unidos, en este espacio que recorrieron los españoles en este momento, se manifestaba con un clima mucho más frío que el actual y bastante más húmedo y, por tanto, con temporadas agrícolas muy breves. Todo esto dificultaba, evidentemente, la creación de asentamientos estables en el territorio.
Si nos vamos al otro extremo del continente, a la California, a inicios de la década de 1530 van a comenzar las navegaciones por el Pacífico a partir de los puertos que funda Hernán Cortés en la Nueva España.
En 1533, el piloto Fortún Jiménez llega a lo que él denomina la isla de Santa Cruz, que pronto sería llamada California, en honor de una legendaria isla poblada solo por mujeres, gobernadas por una reina que se llamaba Calafia y que se conocía por las novelas de caballería, por los grandes éxitos. Hay quien hoy en día llama a su mascota con nombre de Juego de Tronos. Pues aquí igual. En lugar de solo mujeres encontraron una gran cantidad de indígenas que los recibieron a flechazos, pero también había bastantes perlas.
La expedición de Francisco de Ulloa en 1539 recorrió todo el mar Bermejo, el mar de Cortés o el golfo de California, que se le llamó de esta forma, Bermejo, por el color de sus aguas en la desembocadura del río Colorado. Y esta expedición confirmó que realmente la isla de la California era una península. Sin embargo, el seleccionamiento de las fuentes geoestratégicas, por un lado, y la difusión de noticias desfasadas, por otro, extendió por Europa la idea de que la California era una isla hasta bien entrado el siglo XVII.
El primer piloto español que reconoció la costa estadounidense del Pacífico fue Juan Rodríguez Cabrillo. Más tarde hablaré de él. Aquí lo anoto. Este fue enviado por el virrey Antonio de Mendoza con el fin de llegar a China. Independientemente del supuesto paso del noroeste, se tenía la sospecha de que América y Asia estaban conectadas por el norte; si no, cómo había llegado la gente hasta ahí.
Entre 1542 y 1543, Cabrillo recorrió la costa hallando la bahía de San Diego. Dice que era puerto cerrado y muy bueno y que él llamó de San Miguel. Una vez que consiguió calmar a los habitantes ipai, que inicialmente lo recibieron bastante mal, a flechas, cuenta Cabrillo, cito, «que por señas dijeron que andaban por la tierra dentro hombres como nosotros, barbados, vestidos y armados como los de los navíos, y señalaban que llevaban ballestas y espadas, y hacían ademanes con el brazo derecho como que alanceaban, y andaban corriendo como que iban a caballo y que mataban a muchos indios de los naturales y que por eso tenían miedo».
Cabrillo llegó hasta la isla de Santa Catalina, frente a la actual bahía de Los Ángeles, donde murió a causa de una herida mal curada. Le reemplazó liderando la expedición Bartolomé Ferrer, quien dio nombre al cabo Mendocino en el estado de California y también llegaría al cabo Blanco en el actual estado de Oregón, llegando, según sus cálculos, hasta los 44 grados norte. Durante más de medio siglo, hasta el viaje de Sebastián Vizcaíno, ya en el siglo XVII, este será el punto más alto de la costa del noroeste al que llegaron los españoles.
Aquellos rumores que decía de hombres barbados con flechas, con ballestas, que se movían tierra dentro, debían aludir a la famosa incursión de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, realizada unos pocos años antes y que habría recorrido prácticamente de costa a costa, desde la Florida hasta Sinaloa, en México.
Cabeza de Vaca encarna muy bien los afanes individuales que impulsaban a estos descubridores conquistadores: la riqueza, la fama, la exaltación de la propia personalidad, como dejó constancia en su libro Naufragios. Seguro que muchos de ustedes lo han leído, era lectura típica de joven, que se publicó muchísimas veces y con muchísimo éxito desde 1540.
Toda esta literatura ha alimentado muy bien ciertos mitos en torno a la imagen del conquistador indiano, enriquecido, cubierto de fama, que regresa a su hacienda en Extremadura. Pero realmente eso fue una excepción. La mayoría de estos conquistadores acababan enfermos, con una muerte violenta, a causa del hambre, en un naufragio, presos por los indios.
Cabeza de Vaca fue uno de los pocos supervivientes de la expedición del adelantado Pánfilo de Narváez, que iba, cito, «a descubrir, conquistar y poblar» el norte del golfo de México. En unas desesperadas barcazas que habían construido para huir de la tierra de los apalaches, naufragaron en un temporal frente a las costas de Texas, donde muchos de los hombres de Pánfilo de Narváez fueron esclavizados por los indios karankawas.
Cabeza de Vaca pudo escapar junto a tres compañeros, Alonso del Castillo, Andrés Dorantes y su esclavo africano, que era Esteban, conocido como Estebanico, que subsistieron, estos cuatro colegas, comerciando, haciéndose pasar por curanderos, más bien por estafadores, en tierra de indios durante, supuestamente, casi una década, entre 1528 y 1536. En un confuso y perdido viaje que narró en sus Naufragios, avanzaron por el sudoeste de los actuales Estados Unidos hasta, como decía, el estado mexicano de Sinaloa.
A pesar de que la crítica actual, como el profesor Juan Francisco Maura, pone en cuestión la verosimilitud de muchas de estas noticias, con abundantes inconsistencias geográficas, cronológicas, además de pasajes milagrosos, no cabe duda de que los Naufragios tienen un valor fundamental como primer testimonio de muchos de los espacios y los grupos indígenas que hasta entonces no habían tenido contacto con los europeos.
Hay toda una tradición muy reciente que ha exaltado la figura de Cabeza de Vaca como un ejemplo de multiculturalidad, de integración con los grupos indígenas. Pues este Cabeza de Vaca, él cuenta que iba sanando a los indios, que no los violentaban. Incluso él mismo se distancia de lo que hacían otros españoles: «Nosotros sanábamos a los enfermos y ellos», es decir, los otros españoles, «mataban a los que estaban sanos, y que nosotros veníamos desnudos y descalzos y ellos vestidos y a caballo y con lanzas, y que nosotros no teníamos codicia de cosa alguna y los otros no tenían otro fin que robar cuanto hallaban».
Sin embargo, la investigación histórica ha desvelado la otra cara que tenía Cabeza de Vaca, no le bastaba con la cabeza de vaca. Es toda una ficción lo que él construyó
en torno a su persona. Los méritos que él supuestamente alegó y por los que fue premiado con la gobernación del Río de la Plata luego se desarmaron en cuanto le vieron actuar en este territorio. Se manifestó como un hombre proclive a los abusos y a las tropelías, al maltrato, motivo por el que fue juzgado en España y por el que murió en prisión. Por cierto, este mapa, que es un mapa maravilloso de 1550 que se hace en la Casa de la Contratación de Sevilla, tiene, creo, la representación más temprana de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Aquí se le ve en tierra de indios y aquí pone Cabeza de Vaca, se ve al revés, recorriendo el Nuevo México.
Con todo, lo más insólito y con más repercusión del viaje de Cabeza de Vaca fueron los ecos de una tierra rica, de ciudades bellísimas, con esmeraldas, turquesas, con pueblos de mucha gente y casas muy grandes.
Un lugar del que no solo se prometían riquezas, sino también mujeres pudorosas y predispuestas a ser cristianizadas. Cito: «Entre estos vimos a las mujeres más honestamente tratadas que a ninguna parte de las Indias hubiésemos visto. Traen unas camisas de algodón que llegan hasta las rodillas y unas medias mangas encima que tocan el suelo. Toda esta gente venía a nosotros a que los tocásemos y santiguásemos».
Las ciudades de Cíbola, como se le llamará más adelante, no eran más que aldeas con casas de adobe de hasta tres y cuatro pisos, donde habitaban los llamados indios pueblo, pero que a la llegada de Cabeza de Vaca y sus compañeros a la ciudad de México, cuando empezaron a contar estas historias, resonaron en la imaginación del virrey Antonio de Mendoza y otros conquistadores como auténticas ciudades doradas.
Para confirmar aquella promesa de riquezas y de gentes, en 1538 el virrey Mendoza comandó a toda prisa una expedición encabezada por el fraile franciscano fray Marcos de Niza, quien llevó por guía al esclavo Esteban, que en cuanto pudo dejó tirado al fraile y fue a recorrer el Nuevo México. Al cabo de un año, cuando regresa a la capital del virreinato, el religioso esparció todo tipo de historias sobre las llamadas siete ciudades de Cíbola, donde había turquesas, delicados paños, cueros de vacas gigantes, los bisontes, y otras tantas riquezas.
Un país que ante todo era civilizado y predispuesto a la misión: «era tierra de muchas poblaciones, de gente de más policía, de más orden y civilización y razón que con los otros que topaba».
En un delirio providencialista, fray Marcos quiso bautizar aquella tierra como Nuevo Reino de San Francisco. En verdad, el fraile no llegó nunca a aquellas ciudades, sino que lo había escuchado de los indios y, como mucho, dijo que lo había visto de lejos. Le cito al fraile: «Son las casas, por la manera que los indios me dijeron, todas de piedra con sus sobrados y azoteas, a lo que me pareció desde un cerro donde me puse a verla. La población es mayor que la ciudad de México. Algunas veces fui tentado a irme a ella porque sabía que no aventuraba sino la vida». Es decir, eran civilizados, pero le daba miedo asomarse.
Bueno, en su relato, fray Marcos lo que hacía era reconstruir la leyenda medieval de las siete ciudades perdidas de Antilia o de Antilla, que fueron primero buscadas en el Caribe, y de ahí viene el nombre de las Antillas, que según la tradición fundaron siete obispos que salieron huyendo de la península ibérica ante la invasión musulmana.
Las noticias del fraile animaron al virrey a organizar una doble expedición. Por tierra iría Francisco Vázquez de Coronado, que recorrió Arizona, Nuevo México, Kansas y parte de Texas con una comitiva de más de 300 personas, unos 1000 indígenas aliados, unos 100 caballos y bestias, etcétera, una expedición inmensa. Y por mar, desde la desembocadura del río Colorado hasta la altura del río Gila, iría en su apoyo el mencionado Hernando de Alarcón. Aunque finalmente no llegaron a encontrarse las dos expediciones.
Coronado constató la inexistencia de las supuestas ciudades y las riquezas minerales que se habían prometido. En 1540, cuando llegó a una aldea zuñi, posiblemente Hawikuh o Kiakima, creo que es esta imagen, sentenció que fray Marcos había mentido: «Fray Marcos no dijo la verdad en una sola cosa, sino que es todo lo contrario a lo que relató, salvo por el nombre de las ciudades y por las grandes casas de piedra».
Aunque Vázquez de Coronado llevaba intérpretes, el choque cultural y físico fue bastante duro. A las palabras del requerimiento por parte del conquistador, este protocolo oficial que conminaba a los indígenas a someterse al rey de España y abrazar la fe católica, los zuñis realizaron sus propios ritos y trazaban unas líneas con harina en el suelo, que no era sino una señal de advertencia: cuidado cómo paséis de esta raya. Se pasaron y ocurrió lo que tuvo que ocurrir.
Pese a los choques iniciales con los indígenas, consiguió moverse por el territorio Coronado. Despachó algunas partidas exploradoras a distintos rumbos. Su lugarteniente García López de Cárdenas fue el descubridor del cañón del Colorado que mencionaba al principio. Por la cuenca de los ríos Grande y Bravo fue contactando con grupos zuñis, hopis, tewas, grupos indígenas que los españoles generalmente denominaban como indios pueblo.
Adentrándose más al norte, buscó el huidizo reino de Quivira, que había descrito otro nativo apodado el Turco, a quien dieron muerte los españoles por mentiroso. Decía el Turco que el señor de Quivira, cito, «dormía la siesta debajo de un gran árbol donde estaban colgados gran cantidad de cascabeles de oro». ¿Cómo no iban a buscar los españoles la ciudad perdida de Quivira?
La expedición también dejó tras de sí algunas alianzas con los pueblos nativos, pero también algunas masacres desproporcionadas, como la destrucción del pueblo de Arenal y sus habitantes por parte de García López de Cárdenas. Este fue juzgado y encarcelado en España, donde murió en prisión.
A pesar de todos los indicios en su contra, Coronado fue exonerado de sus penas, de sus cargos, alegando que había perdido el juicio. Esto suena, ¿verdad? Y se dijo que «está más para ser gobernado que para gobernar».
Las relaciones entre los españoles y los pueblos originarios del norte de América fueron muy distintas a las de otras regiones del continente americano. En la franja septentrional el poblamiento era muy disperso, no existían grandes estructuras políticas como en el centro de México o en el Perú.
La estructura social previa de las comunidades determinó, por supuesto, las estrategias de control por parte de los españoles y el éxito de sus instituciones. Donde había pueblos sedentarios, se intentaban crear asentamientos civiles. Si eran pueblos nómadas o bastante belicosos, pues se creaban fuertes con soldados.
A diferencia de los colonos ingleses, los españoles intentaron integrar a los naturales en sus estructuras políticas y sociales en un marco legal específico para los indios. En esto el horizonte religioso, el mandato de evangelización asumido por la Corona, fue determinante.
Con todo, el encuentro, la convivencia, no fue sencilla, conociéndose, como hemos visto, casos de violencia extrema. Este fue el caso también de la revuelta de los indios pueblo en Nuevo México, liderados por el caudillo Popé desde el pueblo de Taos en 1680. Tras unos años de sequía, de hambrunas y algunos rifirrafes con los españoles, se armó un levantamiento coordinado entre varios pueblos que acabaron con la vida de centenares de españoles, obligando al abandono de Santa Fe, que era el último reducto de los españoles en Nuevo México.
La presencia española, por otro lado, también afectó a las formas de vida de los indígenas, que incorporaron a su vida cotidiana ovejas, caballos, metales, semillas, textiles, armas de fuego. Pero también con ellos llegaron patógenos y enfermedades que provocaron la muerte de muchos nativos. El mismo Cabeza de Vaca informa de una enfermedad que le dio a todos los indios tras su llegada, la llegada de los españoles, a una isla en la costa de Texas. Le cito: «Dio a los indios de la tierra una enfermedad de estómago de que murió la mitad de la gente de ellos y creyeron que éramos nosotros los que los matábamos». No iban descaminados los indios.
En la Florida, donde iremos a continuación, el poblamiento era más denso cuanto más se avanzaba hacia el interior del continente, aunque igualmente disperso. Lo conformaban grupos sedentarios que cultivaban el maíz, el algodón y que dependían en gran medida de la caza y de la pesca, sin una unidad política que destacase y con gran diversidad de lenguas: caddo, cherokee, apalaches. Eran frecuentes los choques y los enfrentamientos entre estos propios grupos indígenas, entre estas jefaturas. Tras el contacto con los españoles, muchas de estas comunidades van a mutar radicalmente su forma de vida y otras, en cambio, van a desaparecer.
Hernando de Soto, uno de estos conquistadores violentos, erróneamente recordado como descubridor del Mississippi, precisamente en un viaje de retirada huyendo de los indios, llegó a la región al norte del golfo de México con el fin de explorar y colonizar nuevamente la Gran Florida. Irrumpió de una manera muy agresiva en una región muy densamente poblada, capturando esclavos, aniquilando a la mínima resistencia y violentando a las mujeres, lo que escandalizaba a sus coetáneos. Gonzalo Fernández de Oviedo dirá al respecto que De Soto y sus hombres querían a las indias «también para servir de ellas y para sus sucios y lujuria» y que «las hacían bautizar para sus carnalidades más que para enseñarles la fe».
Es verdad que los nativos, con noticias de tropelías realizadas en anteriores viajes, también recibieron a los forasteros con agresividad. Pero en otras ocasiones se mostraron los indios proclives a la colaboración, sobre todo porque perseguían el apoyo español y sus armas de fuego y sus caballos para sus luchas con otros pueblos. No obstante, en cuanto podían, pues los engañaban, los mandaban cada vez a lugares más inhóspitos, a emboscadas, y siempre con promesas de ir más al norte a por oro.
La codicia, que no hizo escarmentar a los conquistadores, los llevaba a creer todo tipo de fábulas de boca de los indígenas, como reconocía Luis Hernández de Biedma, quien acompañó a Hernando de Soto a la Florida. Cito: «Dimos mucho más crédito a lo que el indio nos decía y creímos ser verdad todas las mentiras que nos había dicho».
En la contraparte, las jefaturas del Mississippi, las comunidades indígenas del Mississippi, van a padecer un fuerte descenso demográfico, principalmente por las enfermedades. Se va a producir un reajuste en las comunidades, los reagrupamientos de poblaciones y los cambios de las relaciones de poder entre los grupos indígenas. Aquellas que habían quedado más apartadas de la presencia española y menos afectadas por las enfermedades pasarían a ser las comunidades más fuertes frente a las anteriores, que habían tenido mayor peso político.
Tras este estrepitoso fracaso de las expediciones a Nuevo México y a la Florida, Carlos V perderá el interés por el septentrión, teniendo además todo un continente por controlar y poblar. La expansión por el norte no sería materia urgente. No habían aparecido grandes riquezas y no se había conseguido asentar ni una sola población de manera segura y estable en el territorio. Sin embargo, en la segunda parte del siglo XVI, Felipe II impulsará tres expediciones al norte marcadas por tres importantes cambios en su política americana.
En primer lugar, la reorganización del sistema de flotas en 1562. A partir de este año se pone de nuevo a la Florida en una posición estratégica muy complicada. No solamente por el paso de los convoyes, que regularmente todos los años van a salir con la plata hacia la península ibérica, sino por la creciente irrupción de extranjeros, principalmente de franceses, luego vendrán los ingleses, que querían piratear la plata española. Es preciso recuperar la presencia española en la Florida y recuperarla como base costera para la protección de las flotas, pero también para socorrer los frecuentes naufragios y vigilar la presencia de estos piratas.
Unido a esto, la segunda decisión fue la recuperación de la figura del adelantado, que tantos problemas había dado a Carlos V, porque eran unos señores bastante complicados de controlar. Esta se rescata con el nombramiento de Pedro Menéndez de Avilés como adelantado en la Florida en 1565, con el fin de expulsar a los franceses calvinistas, llamados hugonotes, asentados en Virginia.
El tercer cambio, de orden legal, fue la promulgación por Felipe II de las llamadas Ordenanzas del Bosque de Segovia, del 13 de julio de 1573, que son las Ordenanzas para el descubrimiento, nueva población y pacificación de las Indias. En estas ordenanzas desaparece la palabra conquista. Explícitamente se dice que no se utilice la palabra conquista y se empiece a hablar de pacificación, en aras de que el asentamiento se realizase sin violencia, y se promueve la creación de ciudades como espacios de civilidad, un mejor trato a los indígenas, favoreciendo las campañas de evangelización por parte de los frailes de una manera mucho más respetuosa.
En este contexto se van a realizar tres expediciones: la de Menéndez de Avilés, que lo nombraba ahora, a la Florida; la de Juan de Oñate al Nuevo México, y la de Sebastián Vizcaíno a la Alta California. Estas expediciones, la última concluye ya a inicios del siglo XVII, cierran el ciclo exploratorio español al norte, que hasta prácticamente finales de ese siglo, hasta finales del XVII, comienzo del XVIII, no se volverán a activar.
Empezamos con la primera de las expediciones. En su posición como adelantado, Pedro Menéndez de Avilés en 1565 fundó la ciudad de San Agustín de la Florida, los fuertes de San Felipe, el fuerte de Santa Elena, entre otros pequeños destacamentos en la península de la Florida. La fundación de ciudades va a ser para la monarquía hispánica una pieza clave para el ejercicio del poder hispánico y la articulación del territorio conquistado. Desde San Agustín, el adelantado lanzó una ofensiva brutal contra los protestantes franceses instalados en el fuerte Caroline, que rebautizó como fuerte de San Marcos. Avanzó hacia la bahía de Chesapeake, conocida como bahía de Santa María, en la búsqueda también de lo que podría ser el paso del noroeste.
Menéndez de Avilés intentó mantener inicialmente buenas relaciones con los indígenas. De hecho, incluso se casó con una nativa en Calusa, que llamó doña Antonia. Pero este matrimonio resultó un fracaso. Ella era mucho mayor que él. Hubo un matrimonio de conveniencia que acabó muy mal. Incluso ella se quedó en su casa y él se fue. Pese a ello, los nativos fueron muy belicosos y atacaron el fuerte de San Mateo y el de Santa Elena, este último aliados con los franceses.
A inicios del siglo XVII, la Corona española se planteó abandonar la Florida, pero la fundación inglesa de Jamestown en Virginia en 1607 y la francesa de Quebec en Canadá en 1608 obligaron a permanecer como avanzadilla en el norte. Hasta la fundación de Pensacola en 1698, San Agustín va a sobrevivir como el único asentamiento español de cierta importancia en Florida, a pesar de los ataques indígenas, de los ataques de piratas como Drake o por el simple hecho de estar en un entorno lodoso y de frecuente paso de los huracanes.
En este contexto, Menéndez de Avilés patrocinó una misión jesuita en la región de la bahía de Chesapeake, encabezada por el padre Juan Bautista Segura. La comitiva de los ignacianos, de los jesuitas, llevaba como intérprete a un joven indio capturado unos años atrás en dicha bahía, que había sido llevado a la ciudad de México y había sido bautizado con el nombre del virrey Luis de Velasco.
El joven se había ofrecido en innumerables ocasiones a acompañar a la misión para evangelizar a su pueblo, para convertir a sus hermanos o sus padres, etcétera, con el pretexto de ayudar a los jesuitas con este fin, cuando en verdad lo que quería era escapar. Así pues, este joven de la etnia kiskiack, del que se ha escrito que si era hijo del jefe, que si conoció a los ingleses, es un personaje que da para una película, acompañó
finalmente al padre Segura en 1570 a la fundación de la misión de Ajacán y, en cuanto pudo, se fugó. Organizó a su gente, a su familia, a sus amigos y atacaron la misión, dieron muerte a la mayoría de los padres y forzó a la retirada de esta avanzadilla misionera. Los jesuitas, frustrados por este descalabro, acabaron por abandonar su presencia en la Florida en 1572.
Tras la retirada de los jesuitas y la publicación de la ordenanza de pacificación, serán los franciscanos quienes acompañen a los soldados en la Florida y acabarán siendo el último reducto español en esta tierra.
Este es el martirio del padre Segura. Por supuesto, harían toda una campaña de promoción de estas misiones con este tipo de imágenes en tierra tan violenta.
Los franciscanos se expandieron desde San Agustín hacia el estado de Georgia a lo largo de la costa atlántica. Destaca la misión de Santa Catalina entre los guale y los timucua.
Cuando Felipe II se planteó cerrar San Agustín y llevar a los indios bautizados a la isla de La Española, Santo Domingo, fueron los franciscanos quienes se opusieron y consiguieron su mantenimiento.
A inicios del siglo XVII, diseminados ya los franciscanos hacia el occidente y hacia los apalache, contaban ya con cuatro provincias de misión, equivalentes a lo que ellos consideraban cuatro regiones culturales o cuatro provincias de cuatro grupos culturales indígenas distintos. Y es que los misioneros utilizaban métodos lingüísticos o métodos que hoy diríamos etnográficos a fin de hacer su misión mucho más efectiva.
La primera gramática de una lengua indígena de estos territorios se debe a fray Domingo Agustín Váez, de la misión guale en Georgia, trabajo que está considerado el primer estudio de una lengua indígena en Estados Unidos. Francisco Pareja, aquí en la imagen, en la misión de San Juan del Puerto, escribió los primeros libros que se imprimieron en un lenguaje nativo: el catecismo y examen para los que comulgan en lengua castellana y timucuana, y el confesionario bilingüe castellano-timucuano.
El sistema misional en la Florida funcionó a lo largo del siglo XVII, pero se hundió a principios del XVIII. La presión esclavista de los ingleses en Carolina del Sur y sus aliados indígenas destruyeron todas las misiones entre 1680 y 1706, fecha en la que cesó la actividad misionera tras el refugio de los misioneros supervivientes en San Agustín.
Vayamos al Nuevo México. En el Nuevo México, la publicación de las ordenanzas de pacificación favoreció también la entrada de los franciscanos, como la de fray Agustín Rodríguez y su frustrado proyecto de evangelización de los zuñis, con una operación de rescate de estos religiosos por parte del capitán Antonio de Espejo.
Se volvieron a recorrer estas grandes llanuras, se admiraron los búfalos y se volvieron a ver estos pueblos con casas de adobe de varios pisos. Con estas renovadas noticias sobre el norte, unidas al descubrimiento de vetas de plata al norte de Zacatecas, como Santa Bárbara en Nueva Vizcaya, México, se impulsó un proyecto de colonización integral de la frontera norte dirigido por Juan de Oñate. Con más de 400 personas, soldados, familias enteras, frailes, más de 7000 cabezas de ganado, etcétera, cruzaron el río Grande y a finales de 1598 tomó posesión como gobernador del Nuevo México con una bella fórmula.
No la leo entera, está ahí. Solamente cito el final, es decir, que de derecho puedo y debo tomar tenencia y posesión real y actual y civil y natural de este dicho río del Norte, ta, ta, ta. Tomamos posesión de todo: de las cañadas, las vegas, los abrevaderos, minerales de oro, plata, cobre, azogue, estaño, hierro, piedras preciosas, sal, morales, alumbre, todo lo que haya en esta tierra, desde la hoja del monte hasta la piedra y arena del río, desde la piedra y arena del río hasta la hoja del monte.
Oñate establece su primer asentamiento en San Juan de los Caballeros, un oasis próximo a un poblado tegua. Luego fundará San Gabriel y Santo Domingo, y ya en 1608 su sucesor, Pedro de Peralta, fundaría la Villa Real de Santa Fe, desde donde se articulará toda una red de haciendas y de misiones dispersas por el territorio que serán el germen de futuras poblaciones muy conocidas hoy en día, como El Paso del Norte o la misión de Nuestra Señora de Guadalupe, actualmente Ciudad Juárez.
Oñate organizó expediciones por las grandes llanuras, las montañas Rocosas, el río Colorado, llegando incluso hasta el golfo de California. A su regreso del golfo, en una zona que denominan El Morro, hoy es Parque Nacional, es un monumento protegido, grabó este texto en la piedra: «Pasó por aquí el adelantado don Juan de Oñate al descubrimiento de la Mar del Sur el 16 de abril de 1606».
Durante su gobierno, Oñate se enfrentará a los acoma. Tras la muerte de varios españoles, entre los que se encontraba su sobrino, emprendió una dura campaña de represión contra los indígenas y, por este y otros abusos, acabó destituido y desterrado.
De esta jornada de Oñate, y como vemos de estas expediciones en general, tenemos más testimonios documentales que vestigios físicos, materiales. Aun así, me gustaría destacar uno que creo que es bastante importante, de lo más especiales de esta jornada de Oñate, y es el mapa que trazó un indígena, el indio Miguel, como se le llamó, que fue llevado a Ciudad de México y al que se le preguntó por cómo era su tierra, qué riquezas había.
Al pobre indígena, que no sabía nada de español, se le dieron unos pedazos de plata, de latón, de oro, distintos materiales, se le dieron los vestidos de otras comunidades indígenas, y con eso y con una pluma más o menos fue trazando y explicando dónde se ubicaban las cosas en su territorio. Este mapa es muy difícil trabajarlo; no se han conseguido identificar todos los topónimos que citaba el indio Miguel. Es un documento único porque nos habla de la forma de abstraer el espacio, de cómo representar y cómo estas comunidades indígenas percibían su propio espacio, cómo lo articulaban en torno a los ríos, en torno a los caminos, y cómo se establecían las conexiones entre pueblos que eran aliados y cuáles eran entre sí los pueblos que estaban enfrentados.
En el Nuevo México, con el tiempo serán las misiones franciscanas las que acaben permaneciendo como única avanzadilla sobre el territorio. Hacia 1630 había medio centenar de iglesias y misiones franciscanas en Nuevo México. Los frailes intentaron recabar fondos y para esto publicaron crónicas, historias como la de Alonso de Benavides, aquí en la imagen, donde habla de los milagros y las historias fantásticas que habían ocurrido durante su evangelización, o fray Esteban de Perea.
Y entre los fenómenos que se usaron para poner el foco en esta región está la historia muy conocida de sor María de Jesús de Ágreda, monja clarisa, de la familia franciscana, que decía tener viajes espirituales desde su convento en Ágreda, aquí en España, hasta América del Norte, donde ella iba con ayuda de los ángeles y predicaba en su propia lengua a los apaches y jumanos en Texas y Nuevo México. Veinte años después, con la Inquisición detrás, la monja se desdice de todo lo que había ocurrido, pero los frailes siguieron alimentando el mito de la Dama de Azul, por el hábito que llevaban estas monjas, y que los indios decían que la habían visto y que les había predicado. Fue todo un éxito editorial.
La última expedición, ya estoy casi acabando, a la Alta California se realizó por la costa. Los galeones que venían de Filipinas desde 1565, costeando toda la costa del noroeste de América, no solamente estaban expuestos a los piratas, como Drake o Cavendish, que atacó al galeón de Manila, sino que requerían también algún puerto para el avituallamiento, para tomar provisiones o para reparar las naves después de la travesía.
Entre 1602 y 1603, Sebastián Vizcaíno recorrió el litoral de la costa norte hasta la bahía de Monterrey, que propone como puerto a este fin, y también proponía la de San Diego en segunda opción y el cabo Mendocino, al norte del actual estado de California. En cambio, pasó por delante del Golden Gate, el puerto de San Francisco, pero la neblina le impidió verlo.
De esta expedición tenemos unos mapas maravillosos, que son estos, una colección completa que realiza el cosmógrafo Enrico Martínez en Ciudad de México a la llegada de la expedición. Pues bien, cuando en Ciudad de México se está estudiando qué puerto podría ser el más viable, coincide que llegan las noticias de Oñate desde Nuevo México y su incursión en la Mar del Sur. Y con él también llegan las historias de otro fraile, fray Francisco de Escobar, que empezó a contar también lo que había escuchado a los indios.
Voy a ir rápido. «Diónos noticia el indio tata de una nación de gentes que tenían las orejas tan largas y tan grandes que las arrastraban en tierra y que cabían cinco o seis personas debajo de cada una de ellas. Otra gente que vivía en las orillas de una laguna, en la cual dormían toda la noche debajo del agua. Otra nación de gente que duermen siempre subidos a los árboles». No lo he puesto aquí, pero lo digo de palabra: otros que no se alimentaban de comida, sino por el olor, porque no tenían por dónde expulsar los excrementos; otros que tenían un miembro viril gigante, y a saber lo que hacían con él, y así. Es decir, toda una fantasía de monstruos o de monstruosidades humanas que habitaban el norte.
Ante semejantes barbaridades, porque no hay otro nombre, el virrey, el marqués de Montesclaros, solamente pudo escribir al rey dando cuenta de lo infructíferas y lo poco serias que eran aquellas incursiones al norte. Cito al virrey: «No puedo dejar de decir a vuestra majestad que esta conquista se va reduciendo a conseja», conseja es patraña, fábulas, «a cuentos. Que si los que hacen la relación se persuaden a lo que creen quien los oye, lo juzgo por muy grande de esa autoridad. Tras esto no se descubre más que gente desnuda y pedazos de coral falso y cuatro guijarros».
Todo esto, estos disparates, esta mala actitud del virrey, lógica, coincidía aparte con los abusos de los soldados, las expediciones ilegales, toda una serie de problemas que llevaron al virrey Montesclaros a la convicción de acabar con las expediciones a Nuevo México por ser tierra inservible.
En el caso de la Alta California no se llegó a crear puerto alguno. En cierta forma, la inaccesibilidad era la mejor forma de defensa de este territorio. Hasta finales del siglo XVII, la península de la California va a ser poblada por soldados y por misioneros. Será a partir de 1698 cuando lleguen los jesuitas con amplios poderes espirituales y civiles, restringiendo incluso el acceso de forasteros a la península. Los jesuitas fundaron misiones, entre las que destaca Nuestra Señora de Loreto, principal foco de su actividad misional en la península de California.
Progresivamente pasarán al interior del continente, a la Pimería, que actualmente es la frontera actual, perdón, entre México y Estados Unidos, donde intentaron pacificar a los indios pimas y seris, que estaban organizados en pequeños grupos nómadas, por lo que los jesuitas se centraron en su sedentarización en misiones. Las misiones en este momento se concebían no únicamente como espacios de evangelización, sino también como espacios de producción agrícola, ganadera, espacios de inculturación.
Entre estos jesuitas llegó el referido padre Kino, matemático, geógrafo, cosmógrafo, no solamente para convertir a los nativos, sino también para explorar el territorio, hacer descripciones y levantar mapas. Kino, que trabajó en la evangelización de los pimas, exploró y estableció una cadena de misiones. La primera fue la misión Dolores en el pueblo de Cosari y la última es San Xavier del Bac, al sur de Tucson. Kino emprendió unas 40 exploraciones por el sur de Arizona y California, cuando redescubrió precisamente su peninsularidad en 1698. Este es el mapa con el que el padre Kino da a conocer nuevamente que la península de California era una península, que se había olvidado.
Hasta la expulsión de los jesuitas en 1768, la zona vivió una tensión doble: por un lado, las incursiones de los apaches y, por otro, las sublevaciones indígenas en la Pimería. Tras la salida de los jesuitas, serán los franciscanos quienes entren en la región y avancen por toda la costa del noroeste con fundaciones tan importantes como San Francisco, San José, Los Ángeles, etcétera.
Concluyo. Puede parecer una obviedad, pero el pasado importa. En pleno siglo XXI seguimos discutiendo por personajes de hace siglos y lo que hicieron unos personajes que, a decir verdad, en la mayoría de los casos sus vidas no afectan en nada a las nuestras, al menos aquí en España. Sin embargo, su presencia en los discursos políticos, su memoria en los monumentos que se levantan o se derriban, o las pasiones que se pueden encender con solamente nombrarlos, con exaltar sus gestas o cuestionarlas, dice mucho de lo vivo que está el pasado y de lo importante que es la historia.
De esta materia de historia está hecha la identidad de los pueblos, la memoria compartida entre dos naciones, como es el caso de Estados Unidos y España, y los lazos que se estrechan o que se aflojan a lo largo del tiempo. Empezaba esta conferencia diciendo que cada generación construye su historia, reflexiona sobre su pasado y cuestiona nuevamente sus vestigios.
En San Diego, aquí está el monumento al navegante Juan Rodríguez Cabrillo. Está coronado, se ve aquí, por el escudo de Portugal. Hasta hace bien poco se pensaba que Cabrillo había nacido en el país vecino. Hoy, gracias a la investigación de archivo, sabemos que era de la provincia de Córdoba. Y a más de uno seguro que no le agrada verlo de esa guisa. Para un caso u otro, no importa tanto la nación por el nacimiento como la sujeción y el servicio a uno u otro reino.
En Florida se enarbolan las banderas de las diferentes naciones que pasaron por su territorio. De hecho, la bandera del estado retoma la cruz de Borgoña, empleada por los españoles. Con razón alguien se ha preguntado dónde ondean las insignias propias de la gente de su tierra, los calusa, los timucua, los apalache. ¿Dónde están esas banderas?
Las sociedades necesitan de su pasado y necesitan conocerlo sin leyendas blancas ni leyendas negras, que solo distorsionan los hechos. Tampoco se precisan análisis presentistas del pasado. A la historia hay que comprenderla de manera íntegra y en su marco de referencia, como decimos habitualmente, en su contexto.
Hoy hemos visto a conquistadores sanguinarios, pero también a funcionarios que los señalaron, a misioneros que los denunciaron y a jueces que los procesaron y los encarcelaron. Hemos visto a indígenas sufriendo y a otros tantos defendiéndose como buenamente podían de sus opresores. En un caso y otro hemos visto una historia de tonos grises en la que centellea un deseo de justicia.
Entonces, como ahora, se esparcían rumores y noticias falsas para entretener a la población, para justificar decisiones políticas, para enturbiar la reflexión sosegada de los hechos, para desviar el foco de atención de lo realmente importante. Quizás algo podríamos aprender también. Entonces, como ahora, los problemas y sus soluciones exigían una visión global y de conjunto, que tenían que ir más allá de lo local y de lo inmediato. Explicamos el avance por la California con la derrota del galeón de Manila, los fuertes de la Florida por la corriente del Golfo y la fragilidad de los asentamientos en Nuevo México por la dureza de unos inviernos que hoy no conocemos.
Para concluir, si yo tuviese que resumir en pocas palabras cómo fue la presencia española en el territorio de los actuales Estados Unidos entre los siglos XVI y XVII, estas serían: inconmensurabilidad, lo difícil de poder comprender y gestionar un territorio tan inmenso, tan grande; fracaso y resistencia, un éxito contenido de los deseos imperiales e individuales de avanzar hacia el norte; y ensoñación y desengaño, un ir y venir de relatos, de noticias y quimeras que prenden, pero que pronto se apagan. Muchas gracias.
[aplausos]
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