«La energía es poder»: Arturo Gonzalo Aizpiri y Ana Palacio sobre la transición energética tras la crisis de Ormuz

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Resumen

En la última sesión del curso de «La cuestión palpitante», en la Fundación Juan March, los presentadores Antonio y Alejandra reunieron a dos invitados. Arturo Gonzalo Aizpiri es consejero delegado de Enagás, doctor en Ciencias Químicas y fue secretario general para la Prevención de la Contaminación y el Cambio Climático. Ana Palacio es especialista en derecho europeo, exministra de Asuntos Exteriores y fue vicepresidenta senior y consejera general del Grupo Banco Mundial. La pregunta de fondo era qué energía usaremos para calentarnos y movernos, y cómo cambia esa respuesta en un mundo convulso, con el estrecho de Ormuz cerrado desde el 28 de febrero.

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Los dos coincidieron en lo esencial. Los combustibles fósiles seguirán con nosotros durante décadas, pero Europa necesita reducir su dependencia. Las diferencias estuvieron en los matices. Gonzalo defendió que el hidrógeno verde y la infraestructura gasista española son una oportunidad estratégica. Palacio insistió en que la «soberanía» que prometen las renovables es relativa mientras la cadena industrial esté en manos de China, y en que Europa ha regulado pensando en el consumidor y no en el ciudadano.

Ninguna fuente está amortizada, pero Ormuz ya cuesta 500 millones al día

Ante la pregunta de si se puede dar ya por amortizadas las energías fósiles, Gonzalo respondió que no. Ninguna fuente de energía está amortizada en un momento en que la seguridad de suministro ha vuelto a ser la primera prioridad global. Eso no cambia, añadió, el objetivo del Acuerdo de París: una sociedad global de cero emisiones netas en 2050. Para llegar ahí, los combustibles fósiles tienen que dar paso a combustibles descarbonizados, sobre todo renovables, biocombustibles e hidrógeno verde.

Para Gonzalo, en Europa esa necesidad coincide con una oportunidad. El continente es deficitario en combustibles fósiles, con pocas excepciones como Noruega. Por eso sufre una crisis de autonomía estratégica derivada en gran parte de su falta de soberanía energética. Acelerar la transición sería, en su planteamiento, una forma de ganar autonomía.

Para dar dimensión al problema, Gonzalo citó un dato. Desde que empezó el conflicto de Ormuz, la subida de los precios del petróleo y el gas supone para Europa un sobrecoste energético de 500 millones de euros diarios. En los dos meses y medio transcurridos, la factura adicional se acercaría a los 40.000 millones de euros, por un conflicto «en el que Europa no ha tenido nada que ver» pero que golpea su economía y su bienestar. Más adelante atribuyó la cifra diaria a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y la extrapoló a unos 150.000 millones de euros en un año.

El triángulo energético y el péndulo europeo según Ana Palacio

Palacio se declaró básicamente de acuerdo, pero volvió a lo que llamó «los básicos». La energía, sostuvo, no es una mercancía más. Es un triángulo con tres vértices. El primero es la seguridad de suministro. El segundo es la asequibilidad, porque un suministro a precios altísimos, como el actual, deja de cumplir su función. El tercero es el medio ambiente, cuyo punto de inflexión sitúa en París, que marcó la toma de conciencia de la humanidad sobre el problema.

Su crítica es que los europeos se concentraron en el vértice medioambiental. Dieron por hecho que la seguridad de suministro la garantizaba el mercado, como si la energía fuera otra mercancía cualquiera. Según ella, eso resultó no ser así. Le preocupa ahora el movimiento contrario: de explicar toda la transición con un discurso medioambiental se ha pasado a presentarla como un imperativo de seguridad, y el medio ambiente «prácticamente ha desaparecido». Palacio calificó ambas explicaciones de «grandilocuentes» y «unidireccionales».

Su segundo punto se refería a la electrificación, que describió como el mantra del momento. Según ella, la mitad de la economía no se puede electrificar; admitió que la cifra podría ser un 40%, pero dijo que no iba a discutirla. Por eso la transición no consiste solo en electrificar todo lo posible. También hay que pasar «de molécula sucia a molécula limpia», y ahí entran los biocombustibles y el hidrógeno verde.

Una soberanía «relativa»: el sol es nuestro, la cadena industrial no

El primer matiz de fondo de Palacio se refería a la soberanía estratégica. Europa carece de combustibles fósiles propios. El fracking podría cambiar algo, pero ella considera que no tiene mucho sentido en Europa, por razones como el consumo de agua. Lo autóctono son el sol y el viento, «eso no nos lo quita nadie». De ahí a hablar de soberanía hay un trecho, explicó, porque entre el sol y el electrón, o entre el sol y la molécula de hidrógeno verde, casi toda la parte intermedia es china.

Palacio reconoció una diferencia. Un corte chino de piezas de repuesto no tendría el mismo impacto inmediato en la factura de la luz que el cierre de Ormuz. También dijo que Europa ha hecho cosas bien y que el precio de la electricidad no ha dado aquí los estirones que ha dado en otros lugares. Aun así, mientras España dependa fundamentalmente del gas, en su opinión no tiene soberanía.

La exministra rechazó además la idea preconcebida de que las renovables son «de izquierdas», los fósiles de derechas y la nuclear «de extrema derecha». Recordó que el primer impulso a las renovables en España llegó en 1996, con el primer Gobierno de esa legislatura, y que fue entonces cuando el país decidió apostar por ellas. Lo que no se puede sostener, dijo, es la promesa de que las renovables crearían muchos empleos verdes. La dependencia de China es abrumadora: en torno al 90% en placas solares, prácticamente el 100% en grafito y cerca del 90% en tierras raras. Según Palacio, China controla sobre todo los procesos de refino.

Qué son las nuevas energías: electrones y moléculas renovables

Alejandra pidió volver a lo básico: qué son estas nuevas energías y en qué punto de desarrollo están. Gonzalo empezó con un matiz. La transición consiste en una reducción progresiva de la intensidad de carbono, y algunos combustibles fósiles ya son en sí mismos un paso en esa dirección. El gas natural, por ejemplo, es mucho más eficiente que los combustibles líquidos o el carbón para generar electricidad. Añadió que la autonomía estratégica no depende solo de los recursos autóctonos. También se consigue con flexibilidad y diversificación de fuentes. Puso como ejemplo que España vive la crisis de Ormuz con relativa tranquilidad porque su infraestructura de gas natural licuado le permite traer gas de cualquier rincón del mundo y no depende del Golfo.

A continuación explicó la distinción entre electrones y moléculas. Consumimos energía como electricidad, como la que ilumina la sala, o como moléculas, como los combustibles de los vehículos o el gas de la calefacción. La industria combina ambas. La transición consiste en pasar gradualmente de electricidad generada con fósiles a electricidad renovable (eólica, solar o hidroeléctrica). En el caso de las moléculas, se trata de sustituir los derivados del petróleo y el gas por biocombustibles, como el biogás o biometano, y por el que Gonzalo considera «el gran combustible renovable del futuro», el hidrógeno verde.

Gonzalo explicó el proceso de forma sencilla. Si se rompe la molécula de agua con electricidad, se obtienen hidrógeno y oxígeno. Si esa electricidad es renovable, el hidrógeno también lo es. Según él, la capacidad de producirlo es casi ilimitada y puede sustituir prácticamente todos los usos actuales de los fósiles. A su juicio, el hidrógeno está «en el despegue». Estimó que este año se comprometerá en Europa una inversión de más de 12.000 millones de euros en su producción. Señaló también que España es el país europeo con más potencial de producción de hidrógeno verde, igual que de electricidad verde. Si aprovecha la oportunidad, podría convertirse en «la Arabia Saudí de los combustibles renovables en Europa», una expresión que dijo haber leído y que le pareció acertada.

El pariente escondido: la nuclear

Palacio se mostró de acuerdo, pero echó en falta la energía nuclear, «el pariente que tenemos ahí escondido». Recordó su pasado profesional en Areva, entonces gran empresa europea y líder mundial en grandes reactores, y describió la relación de España y de la UE con la nuclear como «muy incómoda». Francia apostó por ella desde la crisis del petróleo de los años setenta. Alemania ha sido radicalmente antinuclear, aunque, según Palacio, ahora se lo está replanteando. Los Estados miembros están divididos entre ambos bandos.

Palacio añadió una explicación institucional que considera clave para entender por qué no se hacen «cosas absurdas». El mix energético es competencia de cada país, pero la sostenibilidad está transferida a la UE, como el comercio internacional. Por eso, según ella, la Unión ha acabado regulando e interfiriendo en el mix por la vía de la sostenibilidad. Ese esquema podía funcionar antes de 2019, cuando se diseñó el Pacto Verde, pero en su opinión hoy no funciona.

Su conclusión sobre España fue clara. No tiene sentido cerrar ahora las centrales nucleares. No se trata de construir más, precisó, sino de reconocer que las existentes son un activo.

Consumidor frente a ciudadano

Una de las ideas que Palacio repitió a lo largo del debate fue la distinción entre consumidor y ciudadano. El mercado, argumentó, se preocupa del consumidor, para quien lo más barato es lo mejor. El ciudadano trasciende el mercado, y es él quien quiere soberanía energética. Según su relato, desde 2015, cuando China lanzó su programa Made in China 2025, la UE ha permitido que China, mediante subvenciones y fomento de la exportación, expulse del mercado a los fabricantes europeos. Recordó que a principios de los 2000 empezaba a haber en España una industria de paneles solares.

Para ella, la «globalización feliz», en la que se suponía que las interdependencias embridaban la política y mandaba el mercado, ha demostrado no funcionar. La autonomía posible nace del sentido común: diversidad de fuentes, diversidad de rutas y «cintura» para jugar con unas y otras. Recordó que eso pretendía la Unión de la Energía, un programa europeo que, según ella, quedó apartado cuando todo pasó a girar en torno a la sostenibilidad, y que habría que recuperar.

Palacio elogió además lo que considera una política energética española bipartidista y bien pensada, con tres elementos. El primero es la apuesta temprana por las renovables. El segundo es la «flotilla» de terminales de GNL, construida porque los Pirineos limitan las interconexiones. El tercero es el mantenimiento de la industria del refino. En Europa se ha cerrado más del 25% de la capacidad de refino, mientras que España la ha conservado. Eso le da menos problemas que a otros países con el combustible de aviación, un asunto que, dijo, aparece estos días en la prensa.

La red troncal de hidrógeno: 2.600 kilómetros y un hidroducto a Marsella

Antonio preguntó por la apuesta de Enagás por una red de transporte de hidrógeno verde. Gonzalo explicó que el hidrógeno «como mejor viaja es por tubería». Un mercado europeo que conecte producción y consumo necesita una red de transporte equivalente a la del gas natural, que lleva el gas desde las plantas de regasificación y las conexiones internacionales hasta los hogares.

Para dar escala, Gonzalo dio varias cifras. España tiene hoy 12.000 kilómetros de gasoductos de alta presión. Se ha diseñado una red básica de hidrógeno verde de 2.600 kilómetros, que Enagás tiene el mandato gubernamental de desarrollar y que prevé poner en marcha entre 2030 y 2032. La red debería abastecer a la industria española para que haga su transición de forma competitiva. También debería generar un excedente para el resto de Europa, a través de un hidroducto submarino entre Barcelona y Marsella que conectará con la red francesa y, desde ahí, con la alemana y otras.

Gonzalo defendió las ventajas de las moléculas frente a otras formas de transporte. Según él, no sufren pérdidas en el trayecto: la molécula de gas que calentó el agua de la ducha por la mañana es la misma que entró por Bilbao, Cartagena o Huelva. Además, las tuberías van bajo tierra y no tienen impacto visual. La red de gas actual ya puede transportar biometano, producido a partir de residuos orgánicos, y admite mezclar una pequeña proporción de hidrógeno. Gonzalo considera esa mezcla una solución transitoria. El modelo al que se evolucionará, según explicó, son dos redes paralelas, una de gas y otra de hidrógeno, por los mismos corredores, que es la fórmula de la red troncal española.

Sobre otros países, Gonzalo situó el origen del proyecto europeo en la invasión rusa de Ucrania del 24 de febrero de 2022. Países como Alemania o Italia obtenían de Rusia el 40% de su gas y tuvieron que reemplazarlo de la noche a la mañana. Una de las respuestas fue lanzar una red europea de hidrógeno. Según Gonzalo, Alemania va a la vanguardia, con 9.000 kilómetros ya aprobados y en construcción, y España está en el «pelotón de cabeza» que la sigue.

¿Cambiarán los focos de poder?

Alejandra planteó si el paso a nuevas energías desplazará los centros de poder que antes acompañaban al petróleo. Palacio respondió preguntando a qué plazo. Hoy, recordó, el 80% del consumo mundial de energía procede de fósiles. Unos 600 millones de personas no tienen ningún acceso a la electricidad y cientos de millones más siguen cocinando con estiércol o con lo que encuentran. El mundo, insistió, es mucho más que los problemas de las economías maduras europeas. En Europa bajará el consumo de fósiles, pero Pakistán seguirá subiendo. Según sus cifras, toda el África subsahariana produce el 3% de los gases de efecto invernadero, frente al «30 y tantos» por ciento de China.

Palacio recordó también que Estados Unidos redujo mucho sus emisiones solo por sustituir carbón por gas gracias al fracking, lo que coincide con el argumento de Gonzalo sobre la intensidad de carbono. Contó que un ministro indio le dijo que la India quemaría lo que tuviera y pudiera, aunque también haría renovables. Según ella, las renovables están en torno al 10 u 11% en la India, pero crecen exponencialmente. Añadió que grandes petroleras europeas como Total o BP siguen explorando, no en el Golfo, sino en las costas africanas y en otros lugares. Mencionó también una noticia que había leído: a raíz de Ormuz, Pakistán dejaría sin terminar una terminal de GNL y ha lanzado un programa de paneles solares para hogares. A la pregunta de si el petróleo ha llegado a su fase final, respondió: «Francamente, no».

Sobre el poder, Palacio sostuvo que «la energía es poder». Hoy Estados Unidos es el primer exportador y está a la cabeza de la producción, y China ha ganado un poder importantísimo al decidir, «de una forma extraordinariamente inteligente», controlar todas las tecnologías de la transición. Eso demuestra, dijo, que el poder puede desplazarse. Lo que no ve es la ecuación según la cual estamos «en manos del Golfo».

Gonzalo, sin contradecirla, dio una opinión más rotunda. Cree que habrá un cambio muy profundo en la geopolítica mundial impulsado por la estructura energética, aunque no en uno ni en pocos años. A su juicio, la crisis de Ormuz ya está cambiando cómo muchos países ven su seguridad energética, empezando por China. Considera que China tiene claro que debe superar cuanto antes su dependencia de los fósiles y que por eso invierte más que nadie en liderar todas las tecnologías de la transición. Estados Unidos es distinto porque es exportador neto de petróleo y gas. Europa y China no lo son. Por eso Gonzalo prevé que esta crisis, como la invasión de Ucrania, acelere el esfuerzo de los países sin fósiles propios por liderar la transición, «porque si no la lideramos tendremos que importarla».

Un cruce de matices: importarlo todo y la demanda de la inteligencia artificial

Palacio intervino para advertir que en renovables Europa ya importa prácticamente todo. Gonzalo matizó que en hidrógeno verde «Europa todavía no ha perdido la partida», y Palacio concedió que en electrolizadores es cierto. Aun así, mantuvo que en el conjunto no se puede afirmar que Europa haya creado empleo verde de calidad, y lo atribuyó a haber pensado solo en beneficiar al consumidor.

Palacio añadió otro elemento: el incremento «brutal» de demanda de energía que traerá la inteligencia artificial. Según ella, China está consumiendo aún más carbón, con una electricidad que tiene entre un 50 y un 60% de carbón, para no depender de importaciones de gas y petróleo. Palacio sostuvo que la UE reguló con una premisa equivocada: que era una sociedad madura y que se trataba solo de sustituir unas fuentes por otras. Si Europa quiere estar en la carrera de los centros de datos, necesitará más energía. Eso exige, en su opinión, un abanico sensato de opciones, sin perder el objetivo de descarbonización, y una política industrial que Europa no ha tenido.

España y Ormuz: suministro protegido, precio expuesto

Antonio preguntó de dónde viene el gas que gestiona Enagás y si puede haber problemas de suministro el próximo invierno. Gonzalo respondió que España tiene «la mejor infraestructura gasista de Europa». Lo explicó por la historia: España estaba lejos del gas ruso y, por la apuesta de visionarios como Pere Duran Farell, decidió no depender solo de Argelia. Construyó siete plantas de regasificación que reciben GNL por barco desde cualquier lugar.

Las cifras que dio Gonzalo fueron estas. En lo que va de 2026, España ha traído gas de 11 países distintos y ni un solo barco del Golfo Pérsico. En 2025, solo el 1,7% del gas consumido vino del Golfo. Estados Unidos y Argelia son el primer y segundo proveedor, con en torno al 30-35% cada uno y un 60-65% combinado. Rusia ha sido tradicionalmente el tercero, con alrededor del 15%, pero la normativa europea obliga a eliminarlo y a finales de 2027 no podrá importarse «ni una sola molécula» de gas ruso. Nigeria es el cuarto, con entre el 5 y el 10%, y hay otros proveedores como Angola, Gabón o Australia. Gonzalo calificó esa estructura de «muy robusta» y dijo que España es «la envidia de Europa» por su capacidad de absorber impactos.

Eso no significa que Ormuz no importe, aclaró. El impacto llega por el precio, que se fija en mercados internacionales. Esa mañana el gas había abierto a 51 euros por megavatio hora, frente a 30 euros el 27 de febrero, y ese efecto inflacionario lo sufren todos. La preocupación está más en el precio que en la seguridad de suministro, que se sigue «sin alarma, pero con mucha atención».

Palacio se mostró totalmente de acuerdo. Recordó que incluso Estados Unidos, exportador de todo, sufre la repercusión porque existe un mercado con precios. Añadió un efecto menos conocido por la opinión pública: de la zona del Golfo llegan fertilizantes y materias primas muy variadas. En los países pobres, dijo, su falta puede impedir la siembra y desembocar en hambrunas. Volvió a elogiar la sensatez española de no depender de un solo proveedor, pese a la tentación de hacerlo porque era más barato, y la comparó con la dependencia alemana del gas ruso.

El coste de la transición y la lección de las renovables

Alejandra preguntó si la transición supondrá costes más altos para los ciudadanos y si hace falta explicarlo. Gonzalo recurrió a un precedente. Hace 20 o 25 años, la fotovoltaica y la eólica necesitaban primas importantes, y a los españoles les costó una inversión considerable hacerlas competitivas. Hoy, según él, la electricidad renovable es la más competitiva y eso permite que la mayoría de los días España pague la electricidad más barata que sus vecinos.

Lo mismo ocurre ahora, dijo, con el biometano y sobre todo con el hidrógeno verde, que hoy es más caro que el hidrógeno de origen fósil. La idea es invertir para que en aproximadamente una década sea más competitivo. Gonzalo propuso recorrer esa curva de aprendizaje a escala europea para que sea más efectiva y los costes se repartan de forma más justa. Recordó, en línea con Palacio, que España pagó buena parte de la curva de las renovables y que hoy esos equipos se fabrican en China. El reto, según él, es hacerlo con inteligencia y con instrumentos regulatorios adecuados para que la cadena de valor se quede en Europa y en España.

El papel de la Unión Europea: del Pacto Verde a la seguridad

Palacio describió la trayectoria reciente de la UE en varias fases. Desde los años noventa, la Unión se presenta como abanderada de la descarbonización. En 2019 vivió lo que llamó un momento «de iluminación»: la apuesta por el medio ambiente, por promover las renovables y por mandar reglamentariamente «a las tinieblas exteriores» a lo demás, incluida la nuclear. Uno de los grandes promotores de esa visión era Alemania, que, según Palacio, tenía una «adicción» al gas ruso a precios muy competitivos, «por no decir por debajo de lo que eran los precios de mercado», algo que no se decía.

Cuando esa contradicción salió a la luz con la invasión de Ucrania, la UE reaccionó rápido y bien, en su opinión. Impuso reservas obligatorias de gas para el invierno y compras conjuntas, entre otras medidas. Pero, según ella, mantuvo la idea de la sostenibilidad hasta Ormuz. Ahora el discurso ha girado hacia la seguridad y la soberanía, y la Unión se encuentra en una situación complicada: ha reglamentado mucho y debe revisar parte de esas normas, algo que está haciendo, a juicio de Palacio, «tímidamente». La UE tiene competencia en sostenibilidad, un papel de coordinación y ahora está entrando en la política industrial, que no es competencia suya. Aun así, Palacio la considera ineludible y central para España, y concluyó que «el mundo ha cambiado» y que los europeos tienen que darse cuenta.

Palacio añadió una idea sobre el hidrógeno. Entre Gibraltar y el norte de África hay 14 kilómetros, y al sur la disponibilidad de sol y viento está multiplicada respecto a la española. En un mundo que necesitará mucha más electricidad, las nuevas energías, y en particular el hidrógeno verde, podrían ser una forma de conectar África con Europa, una relación que, dijo, no debería reducirse a un problema de inmigración.

¿Cuándo llegará el hidrógeno verde a nuestras vidas?

Antonio preguntó cuándo llegará el hidrógeno verde a los hogares o a los coches de forma extendida. Gonzalo explicó que la apuesta europea para los hogares es electrificar el agua caliente y la climatización mediante aerotermia. El hidrógeno verde se dedicará sobre todo a la industria y al transporte. Según su previsión, su uso a gran escala empezará a partir de 2030. Ya se construyen las primeras grandes instalaciones de producción, promovidas por empresas de refino, porque en Europa hay una obligación de que los combustibles de automoción incorporen un porcentaje creciente de hidrógeno verde.

¿La última crisis del petróleo? Del Golfo a la competición por capacidades

En el turno de preguntas del público en internet, Albert Catalán preguntó si esta es la última crisis del petróleo y cuáles son los riesgos de las renovables. Gonzalo cree que no será la última. La zona de los grandes productores, como Arabia Saudí, tiene una alta inestabilidad geopolítica que presumiblemente no quedará resuelta de forma duradera con esta crisis. En su análisis, las renovables no generarán conflictos por un recurso como los del Golfo, sino «una competición estratégica por capacidades críticas»: quién tiene la llave de las tecnologías.

En esa competición, Gonzalo distinguió por sectores. En baterías, China tiene un dominio «hegemónico», y por tanto también en el vehículo eléctrico. En hidrógeno, en cambio, Europa sigue dando la batalla. Según él, Europa es líder en patentes, innovación y tecnología de electrolizadores, las máquinas que producen el hidrógeno verde, y los mayores fabricantes son europeos, principalmente alemanes y neerlandeses.

Palacio coincidió y añadió dos apuntes. El primero, que le preocupa «extraordinariamente» la apertura del Ártico a la extracción de petróleo y gas como fuente de conflicto, más que otras zonas como las costas africanas o América Latina. Con un consumo energético mundial que crece y fósiles que aún pesan entre el 75 y el 80%, habrá más crisis, y el Golfo no se estabilizará de un día para otro. El segundo, que la autonomía industrial no puede ser parcial. Citó el caso de una fábrica de baterías en la que una parte podía fabricarse en Europa, pero en última instancia se dependía del proveedor, y hay componentes imposibles de conseguir. Europa tiene buena educación, buenas universidades e investigación básica, pero no ha sabido escalarla, y las empresas acaban desarrollándose en Estados Unidos o ahora en China. Reclamó una verdadera política industrial, no de subvenciones, que según ella no funcionan. Lo primero, dijo, es aceptar el diagnóstico: se ha pensado solo en el consumidor.

Minerales críticos: una dependencia «prácticamente total»

La última pregunta, de Blanca Espinoza, se refería a los minerales críticos de los que más dependen España y Europa. Gonzalo respondió que de «prácticamente todos». Europa es muy deficitaria en grafito, cobalto, níquel, litio y todas las tierras raras. España tiene algún proyecto de minería de litio y recursos como las magnesitas, pero Gonzalo los calificó de «casi anecdóticos». Según él, España todavía no conoce bien sus recursos y debe actualizar ese conocimiento. Varios Estados miembros, incluida España, han anunciado planes para ello. Incluso así, advirtió, no se alcanzará la autosuficiencia: el 70% de la capacidad de refinado de los 20 minerales críticos está en China, y eso «no se construye de la noche a la mañana». Propuso planes de minería estratégica con todas las garantías medioambientales para reducir poco a poco una dependencia que calificó de prácticamente total.

Palacio cerró con su experiencia en el Banco Mundial. Según su relato, Europa abandonó la minería en África. En parte, por mantener sus estándares, que no deben perderse. Pero sobre todo porque cualquier crítica de una ONG que llegaba al consejo del banco, aunque no estuviera fundada, provocaba retraimiento. Defendió que se pueden mantener los principios propios sin retroceder «a la primera crítica que surja con tres fotografías espectaculares». Ahora que se entiende que están en juego la soberanía y los puestos de trabajo, dijo esperar una conciencia ciudadana que haga que la opinión pública no secunde «al primer voceador de críticas». Añadió que lo ha vivido y que podría contar más anécdotas, pero la sesión terminó ahí.