El mago de Oz como lección: qué debe (y qué no debe) hacer un ilusionista

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Resumen

Este episodio de Simsalabim, el podcast sobre artes mágicas de la Fundación Juan March, parte de una escena cinematográfica muy conocida: el momento en que se descubre que el gran mago de Oz no es más que un hombre detrás de una cortina. A partir de ese derrumbe, el narrador, Bruno Galindo, se pregunta qué enseña ese fracaso sobre la naturaleza de la magia y qué consejos prácticos pueden extraer los ilusionistas para cuando algo sale mal y, sobre todo, para que salga bien. El recorrido pasa por dos manuales de magia en español, por las reflexiones de René Lavand y por El aprendiz de brujo de Disney. Termina con una idea sobre la fantasía como el territorio propio de la magia.

12 min de lectura

La historia del mago de Oz y sus apariciones

El episodio recuerda que en su libro infantil de 1900, The Wonderful Wizard of Oz, L. Frank Baum narra el viaje de Dorothy y su perro Toto desde el Kansas rural hasta la tierra mágica de Oz. Por el camino, la niña encuentra compañeros que, como ella, que quiere volver a casa, buscan al mago para que cumpla sus deseos. El espantapájaros quiere que la paja de su cabeza sea sustituida por un cerebro, el leñador de hojalata desea un corazón y el león cobarde anhela ser valiente.

Cuando llegan a Oz, el mago se presenta a cada uno de forma distinta: como una cabeza descomunal con una voz retumbante entre llamas y humo, como una joven atractiva, como una bestia monstruosa o como una bola de fuego flotante. El narrador observa que estas apariciones podrían haber formado parte del repertorio de diapositivas de fantasmagoría de Étienne-Gaspard Robertson. Con esa puesta en escena, el mago envía a los cuatro aventureros a eliminar a la bruja malvada y promete cumplir sus deseos a su regreso.

"Volved mañana": la autoridad de una voz sin cuerpo

El podcast reproduce fragmentos del veterano doblaje español de la película El mago de Oz (1939), donde Dorothy se llama "Dorita". Cumplida la hazaña, los cuatro acuden a reclamar su recompensa: han traído la escoba de la bruja del Oeste y han acabado con ella. El mago los recibe como una voz etérea que, según el narrador, intenta usar su "autoridad acusmática", la de una voz cuya fuente no se ve, para disuadirlos. Les pide que no se precipiten, que se marchen y vuelvan al día siguiente, y les advierte que no despierten "la cólera del grande y poderoso".

El narrador comenta con ironía que tienen suerte de que les dé cita para el día siguiente y no para veinte años después. Pero el grupo insiste en llegar hasta el final, el mago se pone nervioso y el truco queda al descubierto. Cae el telón y aparece un hombre corriente manejando los mandos, que todavía intenta pedir que no presten atención "al hombre que se halla detrás de la cortina". Cuando Dorothy lo llama impostor, él lo admite, y ante el reproche de que es un hombre muy malo, responde: "No, hijita mía. Soy un hombre muy bueno, pero soy un mal mago".

Para el narrador, en ese momento el ilusionista cae de inmediato bajo sospecha de fraude. A partir de ahí llega una lista justa de reproches, pero también una buena lista de soluciones ocurrentes.

Salvar los muebles: el diploma y la medalla

Los compañeros le reclaman el cerebro, el corazón y el valor prometidos. El episodio reproduce cómo el mago resuelve la situación sin poderes. Al espantapájaros le dice que tener cerebro es "una ventaja muy vulgar": cualquier criatura lo tiene, y en su tierra natal hay universidades de donde los hombres salen pensando en cosas grandes y profundas con un cerebro igual al suyo. Lo único que les falta al espantapájaros es lo que ellos tienen: un diploma. Así que, en virtud de la autoridad conferida por la "Universitatus Committeeatum E Pluribus Unum", le otorga el título de doctor honoris causa en "eruditología". El espantapájaros enuncia de inmediato, de forma equivocada, un teorema sobre el triángulo isósceles y celebra que al fin tiene cerebro.

Con el león hace algo parecido. Le dice que es víctima de una confusión de ideas: cree que no tiene valor solo porque huye del peligro, pero una cosa es el valor y otra la cordura. En su tierra hay hombres a los que llaman héroes, que una vez al año sacan a pasear su fortaleza por las calles principales. No tienen más valor que él, pero tienen algo que él no tiene: una medalla. Por su valor, arrojo y bizarría contra las brujas, le impone la gran cruz al valor.

Lo que enseña el mago de Oz

Tras haber "salvado los muebles lo mejor posible", según el narrador, el mago de Oz deja varias lecciones. La primera es que la magia que se ve es teatro y que la verdadera magia está dentro. En ella reside la capacidad humana de transformarse imaginando posibilidades, rompiendo límites y descubriendo algo desconocido de uno mismo. Los regalos del mago no dan nada nuevo a sus amigos; les hacen reconocer lo que ya tenían.

La segunda lección va dirigida a los ilusionistas: nunca olvidar la importancia de una puesta en escena correcta. Es el punto de partida para la parte más práctica del episodio.

Manual de supervivencia: cuando el público no te acompaña

El podcast recoge consejos del libro Magia de escenario. Manual de supervivencia (2017), de Armando de Miguel, para cuando, como al mago de Oz, las cosas no salen como se esperaba.

El primer consejo trata de la relación con el público. Si el mago nota que ha caído mal, o que el público le cae mal a él (algo que, según el autor, suele ser recíproco), debe simular y actuar como si todo estuviera bien. De Miguel sostiene que es la única oportunidad de darle la vuelta a la situación. Si se antagoniza, no hay que hacer comentarios sarcásticos ni, mucho menos, quejarse.

El segundo consejo es no empezar nunca la actuación pidiendo disculpas, porque así el público se pone en contra con más facilidad. Si el mago llega tarde por el tráfico, eso no es problema del público. Si está enfermo con gripe, tampoco debe disculparse. Los espectadores han pagado por ver un espectáculo a la hora estipulada, con alguien sano y al cien por cien de su capacidad, y cuanto antes se olviden de los problemas del artista, mejor.

Qué hacer cuando falla un truco

Para los fallos durante el número, De Miguel recomienda intentar que parezcan previstos: repetir el juego o "salir por peteneras". Según el efecto, el mago tiene que tener preparadas sus salidas. Si el público ha visto el truco, puede llamar la atención sobre él, reírse y tirarlo lejos, o poner un cartel que diga "Se vende este truco". Lo importante es que, en la medida de lo posible, todo parezca preparado.

Si esa salida no es posible, el autor aconseja no darle importancia, no comentar nada y pasar al siguiente juego: cuanto menos se mencione el fallo, antes se olvida. En cualquier caso, hay que cuidar el lenguaje corporal y mantener la sonrisa y el afecto, mostrando que el contratiempo no ha afectado lo más mínimo y aguantando la rabieta interior. La actitud debe ser siempre la de "esto estaba previsto", sin fruncir el ceño ni dejar que muera la sonrisa, "aunque por dentro te lleven los demonios". Y si eso ocurre, concluye el consejo con humor, hay que procurar disfrutar del viaje al infierno, porque no queda otra.

El contraste con el mago de Oz queda implícito en el episodio: el mago de la película hace justo lo contrario, se pone nervioso, deja que se vea la maquinaria y solo después improvisa soluciones.

Preparación y experiencia: los consejos de Magic Kim

El episodio recoge también consejos del capítulo "Cómo desarrollar una actuación" del libro Efectos de mentalismo (1983), de Joaquín Vilajosana Puntí, conocido como Magic Kim. El narrador comenta que le habrían venido bien al mago de Oz.

Según Magic Kim, el mago debe estar preparado: conocer la materia, lo que hace y lo que va a hacer, para no mostrar nunca vacilaciones ni fallos imprevistos. Eso exige estudiar y conocerse a fondo hasta saber en qué punto se dominan esas "experiencias pseudocientíficas", y elegir el programa según las propias cualidades y facultades. El autor añade que, a medida que se actúa, se aprenden las reacciones del público y se sabe elegir la forma y el enfoque de la presentación para no defraudar y mantener la atención. Para él, la práctica, la vocación y la constancia son los mejores amigos y maestros, y también los jueces del valor artístico. Cierra con ánimo: muchos lo intentaron y lograron grandes éxitos.

René Lavand: el preámbulo, el epílogo y los ojos del alma

El siguiente testimonio es el de René Lavand, a quien el narrador llama "un grandísimo maestro" e "irrepetible". Lavand reflexiona sobre el preámbulo y el epílogo en el número mágico. Sostiene que, dentro del equilibrio de toda composición, es decir, de todo juego, pueden caber un prólogo y hasta un epílogo, pero que es el artista quien debe saber a qué juego le corresponde cada cosa o por qué no la necesita. Él afirma que, según las circunstancias y características de cada juego, cree hacer buen uso de ellos.

Como ejemplo cita su juego "Pigmalión", que describe como una composición verdadera y de equilibrio exacto, una simbiosis bien lograda entre palabra y manipulación. Considera adecuado su preámbulo por ser profundo y romántico, y el episodio lo reproduce: un ciego pedía limosna en Granada con un cartel que decía "Nada más triste, nada, que ser ciego en Granada". Sin embargo, Jorge Luis Borges vio Granada como nadie, porque un hombre culto ve más y mejor con los ojos del alma. Lavand pide al espectador que vea sus juegos con esos ojos: con los del rostro quizá descubra sus secretos, pero con los del alma gozará más y mejor de la ilusión.

En otro momento, Lavand afirma que, desde los comienzos del ilusionismo, para la gran mayoría de espectadores y artistas el fin principal ha sido siempre el mismo, el desafío, por encima del ritmo, la elegancia, la simpatía, la cadencia de movimientos, el colorido de la escena o la belleza del espectáculo. El narrador aclara que lo que sigue ya no lo dice Lavand, sino el podcast: el desafío es para todos, para el público, para el ilusionista y a veces también para los discípulos.

El aprendiz de brujo: el desafío también es para el discípulo

Esa mención de los discípulos lleva al episodio a Fantasía (1940), de Walt Disney, y a su segmento de El aprendiz de brujo. En él, Mickey Mouse es el aprendiz del poderoso mago Yen Sid. Aprovechando la ausencia de su maestro, Mickey usa un sombrero mágico para dar vida a una escoba que haga su trabajo, pero pierde el control del hechizo. La escoba se multiplica y provoca un caos imparable acarreando agua sin descanso hasta inundarlo todo, al son de la música del compositor francés Paul Dukas. El ejemplo muestra el desafío del lado del discípulo que se atreve con una magia que todavía no domina.

Entre lo increíble y lo posible: la fantasía

En el cierre, el narrador sostiene que el desafío mágico acompaña a la humanidad desde siempre, desde el antiguo Egipto, donde sitúa el inicio del relato de los grandes sucesos mágicos, hasta la ficción de Oz. La historia del truco, dice, ha avanzado desde los rituales arcaicos y los autómatas del siglo XVII hasta el ilusionismo teatral y audiovisual actual.

Su argumento final es que sabemos que la magia no es real, y precisamente por eso buscamos espectáculos de magia: entramos sabiendo que algo es imposible y salimos habiéndolo visto de alguna manera. Si fuera posible y real, no sería magia, sino algo más cercano a la ciencia, quizá increíble pero definitivamente posible. La magia se sitúa en esa "zona inefable" entre lo increíble y lo posible, ligada a la capacidad humana de imaginar hechos, situaciones o mundos posibles o imposibles, reales o irreales. El episodio propone llamarla fantasía. Así conecta con el lema que abre el podcast, atribuido a Juan Tamariz: el truco es solo la técnica, y la magia es la fantasía que se despierta en la mente del espectador.

Entre las fuentes consultadas en la biblioteca de ilusionismo de la Fundación Juan March, el episodio cita El arcoíris mágico de Juan Tamariz (2019), Magia de escenario. Manual de supervivencia de Armando de Miguel (2017), La belleza del asombro de René Lavand (2003), Efectos de mentalismo de Magic Kim (1983), The Pages Are Blank de Michael Feldman (2017) y The Psychology of Magic: From Lab to Stage de Alice Pailhès y Gustav Kuhn (2023).