Caminar hacia delante, mirar hacia atrás: la arquitectura popular mediterránea en la modernidad según Alejandro García Hermida

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Resumen

La conferencia cerró el ciclo Hecha entre muchos sobre arquitectura popular en el Mediterráneo, organizado por la Fundación Juan March en Palma. El ponente fue Alejandro García Hermida, doctor arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid, donde es profesor asociado de historia de la arquitectura y de materias vinculadas a la restauración y conservación de edificios. Es además director ejecutivo de la Fundación Culturas Constructivas Tradicionales y ha impulsado iniciativas como Terrachidia, INTBAU España y la Red Española de Maestros de la Construcción Tradicional.

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La pregunta de fondo fue cómo la arquitectura europea de los siglos XIX y XX recibió la arquitectura vernácula del Mediterráneo. García Hermida sostiene tres ideas. La relación viene de muy atrás. El movimiento moderno no inventó la mirada hacia lo popular, sino que la heredó de los arquitectos clasicistas. Y esa mirada fue muy selectiva: privilegió un Mediterráneo blanco, cúbico y "primitivo" frente a otras tradiciones mediterráneas igual de legítimas. Avisó desde el principio de que el tema es inmenso y de que solo iba a mostrar algunas pinceladas que ilustran esas ideas.

Europa mirando al Mediterráneo: del monumento a la casa campesina

Según el ponente, Europa lleva mucho tiempo mirando al Mediterráneo como un pasado mítico que la conecta con la cultura de Occidente. Roma y Tierra Santa eran centros de la cristiandad y lugares de añoranza. Más tarde fueron también los centros de la cultura clásica que se estudiaba y se admiraba. Cuando artistas y arquitectos pudieron viajar a esos lugares, se volcaron en ellos "como una pasión que se desborda". Esto se populariza a partir del siglo XVI, y en el siglo XIX es ya "una masa de gente" la que estudia el Mediterráneo con verdadera pasión.

Para ilustrarlo mostró dos imágenes. En la primera, un estudiante de John Soane mide uno de los edificios del Foro romano, porque el primer foco eran los hitos de la Antigüedad. En la segunda, un grupo de colegas daneses reunidos en Roma escucha a Michael Gottlieb Bindesbøll, recién llegado de Asia Menor. Aparece sentado en el suelo, sobre una alfombra y unos cojines, con sombrero y fumando. Al ponente le gusta esa imagen porque muestra un momento "casi mágico": alguien trae la cultura del otro extremo del Mediterráneo hasta Roma y la comparte con gente llegada desde Dinamarca.

A su juicio, la atención de estos viajeros pronto desbordó el monumento. Ya desde el siglo XV miraban el paisaje, la vegetación e incluso la gastronomía. De ahí pasaron a la arquitectura popular. Karl Friedrich Schinkel, figura del clasicismo romántico alemán, dibujó edificios campesinos de Capri con el mismo rigor que las ruinas de un templo antiguo. Lo mismo hicieron un importante arquitecto bávaro y Henri Labrouste, uno de los grandes arquitectos del París del XIX. García Hermida subraya que esos dibujos no respondían solo a curiosidad investigadora. Querían extraer lecciones para proyectar al volver a casa. La búsqueda incluía también el norte de África, con Marruecos, Argelia y Túnez, y el Levante.

Una selección temprana: lo que no tiene fecha

El ponente considera curioso que, ya en pleno siglo XIX, estos arquitectos no se fijen en toda la arquitectura popular mediterránea, sino en un tipo concreto. Eligen edificios muy sencillos y despojados, de formas geométricas, cercanos a lo más primitivo, casi sin elementos de estilo. Son edificios de los que se entiende enseguida dónde están, pero es muy difícil saber de cuándo son. Según García Hermida, esa atemporalidad les fascinaba. También les interesaban composiciones basadas en lo pintoresco y en el equilibrio de masas, más que en la armonía simétrica a la que estaban acostumbrados.

El clasicismo del XIX aprende a componer como lo vernáculo

La consecuencia directa de esos estudios, según el ponente, fue la aparición de formas de componer que el mundo académico no había utilizado hasta entonces. Los maestros de obra las empleaban intuitivamente, pero no habían pasado al trabajo profesional del arquitecto. Sus ejemplos fueron la casa de Ludwig Persius en Potsdam (Persius era alumno de Schinkel) y un edificio encargado por el rey de Baviera para que la ciudadanía sintiera que había viajado a una casa de Pompeya.

En ambos casos, explicó, cada pieza es simétrica en sí misma, pero las piezas se funden de un modo asimétrico. Vistos de frente, los edificios parecen desequilibrados. El equilibrio aparece al rodearlos o verlos en escorzo, y por eso mostraba las imágenes giradas. No son copias de arquitectura mediterránea. Recrean libremente sus reglas de composición integrando el clasicismo: son, en sus palabras, "un clasicismo con reglas vernáculas de composición".

De ahí sale una de las tesis centrales de la charla. Estas reglas vernáculas son las mismas que usará después el movimiento moderno, que reivindicará haberse fijado en las arquitecturas primitivas. Para García Hermida, los modernos no hacen algo nuevo en ese punto, sino lo que ya hacían los clasicistas del XIX, de quienes aprenden. Lo que cambia en el siglo XX es el lenguaje, el estilo, y no la forma de componer.

Mallet-Stevens y Gropius: mismo método, otro lenguaje

Para demostrarlo comparó dos iconos del movimiento moderno: el pabellón de Robert Mallet-Stevens en la Exposición de Artes Decorativas de París y la fábrica Fagus de Walter Gropius, una fábrica de hormas de zapato. En ambos, cada volumen tiene su propia simetría, pero el conjunto se dispone de forma desequilibrada y solo se armoniza al recorrerlo en escorzo. De frente, el alzado vuelve a parecer desequilibrado.

La influencia mediterránea en estos casos, dijo, se limita a esa composición menos académica. El lenguaje es maquinista y procede del mundo fabril, porque busca representar el futurismo a través del estilo.

Villa Kérylos y la vía americana

En las mismas fechas, otros arquitectos usaban lo mediterráneo de forma más amplia, como lenguaje para una arquitectura que se sintiera del siglo XX y a la vez mediterránea. El ejemplo elegido fue la casa que Emmanuel Pontremoli proyectó para un gran arqueólogo de la familia Reinach, hoy muy conocida también por un libro reciente sobre esa familia. Según el ponente, el propio arquitecto explicaba que no buscaba copiar un modelo antiguo, sino ser de su tiempo incorporando el carácter mediterráneo. El resultado es un edificio que, si nadie dijera dónde está, cualquiera situaría en el Mediterráneo.

La repercusión llegó a lugares en principio sorprendentes, como Estados Unidos. Muchas regiones, como Florida o California, tenían una tradición constructiva de fuerte influjo hispánico y, por tanto, vinculada al Mediterráneo. Cuando los arquitectos norteamericanos del siglo XX quisieron hacer una arquitectura moderna propia de esos lugares, influidos por el movimiento Arts and Crafts, miraron al Mediterráneo. García Hermida mostró obras de un arquitecto californiano publicadas en la revista The Craftsman, casi todas de la primera y segunda década del siglo XX. Se parecen mucho a lo que hará después el movimiento moderno europeo, que según él usará formas muy semejantes con otros fines. Citó también el trabajo de Bertram Goodhue para la exposición Panama-Pacific, que reivindicó esta arquitectura como identidad de California. De ahí surgieron en poco tiempo el estilo misiones, el Spanish Colonial y el California Style, que se influyeron entre sí y buscaron cada vez más rigor en su inspiración mediterránea. Mencionó asimismo a Addison Mizner, creador de la identidad del siglo XX de Palm Beach, una identidad que se siente mediterránea y de raíz hispánica.

Documentar y reconstruir los oficios

Ese trabajo exigía fundamentarse. García Hermida destacó que en los años veinte hubo "toda una marea" de norteamericanos que midieron, dibujaron y publicaron la arquitectura tradicional mediterránea en catálogos de una exhaustividad sin precedentes. Todo estaba acotado y pensado para usarse en el estudio. Citó a Arthur Byne y a su mujer, Mildred Stapley, que publicaron también sobre la casa tradicional mallorquina y muchísimas obras sobre España. Eran ediciones de lujo, con fotografías de gran calidad, pensadas para seducir a unos arquitectos que, según él, siguen fascinados por el tema hasta hoy: en Florida y California se sigue construyendo mucha arquitectura de inspiración mediterránea.

Hacía falta además un tejido artesanal. Muchas de esas tradiciones se habían perdido en Estados Unidos y había que estudiarlas y recrear sistemas para trabajar así de forma asequible. Su ejemplo fue Mizner Industries, la empresa que Addison Mizner fundó para sus propios proyectos y que producía piedra, carpintería, baldosas y tejas. El ponente dijo que traía este tema a propósito, porque muchas de las arquitecturas que iba a mostrar después también tuvieron que apoyar los oficios que las hacían posibles.

Vanguardia y primitivismo: Ibiza, Capri y las Cícladas

De vuelta en Europa, el amor por el Mediterráneo llega a las vanguardias. Uno de sus vectores fundamentales, recordó el ponente, fue el primitivismo. Junto a la fascinación por el arte africano estaba la fascinación por las arquitecturas de Capri, Mykonos e Ibiza. Ibiza se convirtió en lugar de peregrinación para artistas de toda Europa, como muestran las fotografías de Raoul Hausmann o los dibujos de muchos arquitectos españoles. Fernando García Mercadal recorrió el Mediterráneo dibujando, pero solo una determinada visión de él. Según el ponente, el propio Mercadal explicaba que a la arquitectura moderna le interesaba de la mediterránea "su cubismo, sus formas blancas, su falta de estilo", entendiendo por tal falta de ornamento.

García Hermida insistió en que esa descripción no vale para todo el Mediterráneo. La tradición mallorquina, por ejemplo, es de piedra, incorpora elementos clásicos o góticos, tiene aleros y tejados y no es cúbica. Esas arquitecturas no interesaban porque no encajaban con el primitivismo que se buscaba. Para él, este foco restringido es clave para entender la arquitectura moderna.

El estilo internacional como código reproducible

El ponente mostró tres obras de lo que se llamaría estilo internacional, también constructivismo internacional o nueva objetividad: una en Alemania, otra en Milán y otra en Barcelona. Las eligió a propósito en regiones muy distintas por cultura, clima y carácter urbano o suburbano. Sin embargo, usan exactamente el mismo lenguaje: volúmenes blancos y cúbicos, como encalados, que sí remiten al Mediterráneo, pero también ventanas horizontales y barandillas de acero cromado, que no existen en la arquitectura ibicenca ni en la de Capri. Es, dijo, la fusión de lo primitivo con lo maquinista, como en otras vanguardias. Ese lenguaje se convierte en código y en moda, y aspira a ser un estándar reproducible en todas partes, dentro de un esfuerzo consistente por tipificar la arquitectura para producirla en serie.

A su juicio, dentro del propio movimiento moderno surgieron enseguida paradojas y divisiones, con defensores de la necesidad de contextualizar y de alejarse de esos rasgos repetidos. Advirtió contra la idea de un movimiento moderno monolítico: unos años después, los mismos arquitectos harán cosas muy distintas, porque las tendencias se sucedieron a gran velocidad.

Weissenhof, Mykonos y la respuesta italiana

La polémica llegó también a los territorios donde se construía. El caso más sonado fue la colonia Weissenhof, promovida por el Deutscher Werkbund, entidad que buscaba tipificar el producto alemán y asociarlo a la calidad, una imagen que según el ponente consiguieron y que aún percibimos. El estándar arquitectónico chocaba con la sensibilidad de mucha gente. Paul Schultze-Naumburg comparó la Weissenhof con un pueblo de Mykonos, a juicio del ponente "con mucho acierto", porque iba al origen de esas formas cúbicas. Hubo también ataques "menos finos", de corte político, que la calificaron de arquitectura semita; hay que pensar, advirtió, en la época en que ocurría. Para él, esos ataques iban tan desencaminados como quien la veía como algo árabe o propio de Jerusalén. Pero los debates existían porque la arquitectura, aunque sus autores no quisieran presentarla así, parecía mediterránea.

Los italianos, según García Hermida, lo resolvieron con claridad: hacían arquitectura mediterránea porque era la de su país. En Italia la modernidad se escindió entre los defensores de la latinidad, que hicieron un clasicismo moderno, y los de la mediterraneidad, que hicieron una arquitectura de formas más vernáculas. Mostró una lámina atribuida a Giovanni Michelucci que compara fotografías de arquitectura tradicional con obras modernas. En ella se ve cómo la composición de masas procede de lo vernáculo, mientras las barandillas cromadas, los huecos horizontales y las formas estrictamente cúbicas son añadidos del lenguaje maquinista.

El GATEPAC y la idealización extrema de lo popular

En España, los grupos que promovían el movimiento moderno pusieron el foco muy pronto en la arquitectura popular. La revista del GATEPAC dedicó varios números al tema, siempre con especial atención al Mediterráneo. El número 21 llevaba en portada una imagen de Ibiza, que era "la joya de la corona" porque allí se identificaba la arquitectura más sencilla y primitiva, pese a la enorme variedad de la costa peninsular y de las propias Baleares. El ponente leyó el editorial, que describe la arquitectura popular mediterránea como "sin estilo, sin preocupaciones decorativas de escuela", practicada por gentes sin más maestro que la tradición constructiva, con procedimientos invariables durante siglos y unas constantes repetidas en todos los países mediterráneos. Su comentario fue que esa frase no es cierta: es una abstracción de la realidad puesta al servicio de la defensa de un lenguaje.

En un número posterior, de 1937, ya en plena Guerra Civil, esa defensa llegó a sostener que la arquitectura más primitiva produce individuos más sanos física y psicológicamente, mientras que la más urbana y académica produce desviaciones. García Hermida describió una doble página que presenta a unos individuos como sanos "desde un punto de vista racial" y mental, frente a otros que se habrían desviado. Pidió entenderlo en el contexto de la crispación del momento. Aun así, le parece revelador del objetivo social de fondo: la idea de que la arquitectura, por su sencillez, nos haría mejores personas. Añadió que la formalización real de esas obras a menudo distaba mucho de ese objetivo y tenía más que ver con la pura creatividad formal.

El truco de Le Corbusier

El ponente analizó un dibujo de Le Corbusier en Sobre el urbanismo (título de la versión española). Allí el arquitecto responde a una entrevista que hoy se cree ficticia, supuestamente para una nueva revista llamada Reconstrucción. Él mismo calificaba de tendenciosas las preguntas, entre ellas por qué creía que su arquitectura valía para cualquier región y paisaje. Responde con un dibujo de arquitecturas de distintas épocas en paisajes variados, de montaña y de llanura. Viene a decir que, si la arquitectura clásica o la gótica eran iguales en cualquier territorio, también podía serlo la suya, representada por un cubo sobre pilotes.

García Hermida señaló dos trucos. El primero, que Le Corbusier elimina la arquitectura popular del dibujo, porque sería distinta en cada paisaje, y es "perfectamente consciente" de ello. El segundo, que incluso la arquitectura monumental se localizaba: el barroco de Sevilla no se parece al de Múnich, ni este al de Roma o París, y el de Santiago tiene que ver con el granito. Los estilos históricos se vernacularizaban por necesidad, porque debían trabajar con los materiales, tradiciones y oficios de cada lugar. Una arquitectura producida industrialmente puede hacerlo por elección, pero no está obligada. Esa es la diferencia que el dibujo disfraza, con una habilidad que el ponente reconoce.

Modernidades arraigadas: Ponti, Rudofsky, Pikionis y los regionalismos

En la misma época, otros arquitectos no podían negar esa realidad y buscaron una arquitectura moderna "realmente vernácula", sin rasgos del estilo maquinista. El ponente mostró un proyecto de Gio Ponti con Bernard Rudofsky basado en la arquitectura de la zona de Nápoles y sus islas, y obras de Dimitris Pikionis, que buscaba incorporar la esencia de lo griego. Con estas obras ocurre, dijo, lo mismo que con Ibiza o Mykonos: se sabe dónde están, pero no de cuándo son.

En el primer tercio del siglo XX tuvo además gran vigencia lo que hoy se llama regionalismo, una etiqueta que abarca cosas muy variadas. Sus ejemplos fueron los faros de San Juan de Luz de Pavlovsky, defensor de un neovasco entendido desde la modernidad; una barriada completa de José Miguel de la Quadra-Salcedo en el Tetuán del protectorado, con elementos de la tradición local del norte de Marruecos; y la obra del suizo Alfredo Baeschlin, gran estudioso de la arquitectura tradicional española y autor de Casas de campo españolas. De Baeschlin mostró una propuesta de vivienda moderna inspirada en la barraca valenciana. El ponente la considera muy difícil de encajar, porque la barraca tiene un uso y un funcionamiento muy específicos, y cree que esa vía no tuvo éxito: se han rehabilitado barracas existentes, pero sería difícil encontrar obra nueva en esa línea. En el País Vasco, en cambio, a Baeschlin le resultó mucho más sencillo trabajar así.

Laprade y Hassan Fathy: un Mediterráneo más diverso

Frente a la visión restrictiva, muchos arquitectos documentaron un Mediterráneo más rico. García Hermida destacó los ocho volúmenes de Albert Laprade, la mayoría sobre regiones francesas, pero también sobre Italia, Grecia y uno sobre España, Portugal y Marruecos. Se publicaban en láminas sueltas para poder usar un detalle con facilidad en el estudio. El ponente contó que ha encontrado esta publicación en los estudios de muchos arquitectos que han trabajado con referencias mediterráneas. Laprade construyó también en Marruecos, combinando modernidad y tradición local, y en su obra conviven la vanguardia y el art déco según la función y el contexto de cada edificio.

Otro hito fue Hassan Fathy. A partir de los años cuarenta, el arquitecto egipcio se convirtió en el gran difusor de una modernidad inspirada en lo vernáculo. Viajó al Alto Egipto y a Nubia, quedó admirado por la tradición viva de los maestros artesanos e intentó revivirla en el resto del país. Según el ponente, su influencia llega hasta hoy en todo Oriente Medio; incluso arquitectos españoles peregrinaron a visitarlo. Fue además el gran promotor de la construcción contemporánea en tierra, presentada como solución a problemas actuales. García Hermida se detuvo en sus dibujos, que buscan ser egipcios hasta en la técnica: en la llamada "perspectiva egipcia", mitad planta mitad alzado, con una garza para indicar el norte. En su composición vuelven a aparecer piezas con ejes propios que se contraponen, un procedimiento análogo al que venía describiendo.

El giro de Le Corbusier, Sert en Ibiza y Architecture without Architects

Estos debates, según el ponente, acabaron transformando el propio movimiento moderno. Le Corbusier abandonó el maquinismo con un proyecto radical, de carácter icónico, que causó estupor e incluso la ira de colegas que se sintieron traicionados. Es una arquitectura escultórica y libre, pero "puramente vernácula en sus referentes", que abre una modernidad que acepta la monumentalidad y el primitivismo sin futurismo. Sus seguidores viraron poco a poco en esa dirección. Josep Lluís Sert, a quien había mostrado antes con una obra maquinista en Barcelona, aparece ahora en un conjunto en Ibiza que incluye su propia casa, con uso profuso de la piedra, más integración en el territorio y una composición vernácula "en un sentido estricto".

El MoMA encargó a Rudofsky, "uno de los grandes mediterranistas" y autor de una tesis sobre las Cícladas, una exposición sobre arquitectura vernácula titulada Architecture without Architects. García Hermida la considera rompedora por la institución que la encargó y por el título. Era casi solo fotografías, con apenas texto. Su catálogo se tradujo a muchas lenguas y dio pie a estudios locales en todo el mundo. En España, según el ponente, César Manrique explicaba que empezó su trabajo en Lanzarote tras visitar esa exposición en Nueva York. Otros arquitectos retomaron estudios sobre arquitectura popular que no se hacían desde los años veinte y treinta, y el tema revivió a finales de los sesenta y en los setenta.

Con ese renacer, la modernidad española usó lo mediterráneo "con menos complejos". El ejemplo fue la casa de Rudofsky en Frigiliana (Málaga), proyectada junto a José Antonio Coderch, con cubiertas inclinadas de teja, algo impensable en el movimiento moderno estricto de los años veinte o treinta.

Turismo: Pouillon, Donald Gray y la escuela de Lebrija

El turismo de playa y de ocio, distinto del turismo cultural, generó una nueva familia de arquitecturas que debían dar forma a la imagen del veraneo, y se multiplicaron los experimentos con referencias vernáculas. El ponente citó a Fernand Pouillon, que proyectó muchos conjuntos turísticos en Argelia, entre ellos varios a ambos lados del yacimiento romano de Tipasa, cerca de Argel. Citó también a Donald Gray, arquitecto australiano que llegó en los años cincuenta a una Costa del Sol que él describía como un paraíso de verde intenso con pueblos blancos refulgentes y sin desarrollo turístico. Estos arquitectos, subrayó, trabajaban también con un urbanismo vernáculo. Las Lomas, en Marbella, iniciado en los años setenta, contempla el automóvil, pero no deja que domine: hay calles y plazas pensadas para la vida en la calle, de modo que uno se sienta en un pueblo mediterráneo.

El modelo que triunfó, sin embargo, fue otro, según el ponente: el bloque de apartamentos seriado con vistas al mar invadiendo la costa, contra el que luchaban estos arquitectos. Como Mizner en los años veinte, también necesitaban oficios. Gray creó la escuela de Lebrija, donde se formaron artesanos que, según García Hermida, siguen ejerciendo hoy en Andalucía en azulejería de mosaico a la manera granadina, forja o carpintería mudéjar.

El-Wakil, Rotthier y Léon Krier: hasta la actualidad

Ya en el presente, el ponente se refirió a Abdel-Wahed El-Wakil, seguidor de Hassan Fathy, todavía en activo. Mencionó que Fathy trabajó en muchos lugares, incluidos Mallorca y Nuevo México, pero que El-Wakil ha trabajado por todo Oriente Medio y se ha convertido en "maestro de maestros". Según García Hermida, sus mezquitas en Yeda y Medina influyen hoy en la arquitectura oficial de Arabia Saudí. Mostró una de las mezquitas del frente marítimo de Yeda, una vivienda en Grecia y una de sus primeras obras, una casa en Egipto premiada con el Aga Khan y muy continuista con Fathy.

Después presentó a Philippe Rotthier en Ibiza. Tras tantas arquitecturas inspiradas en Ibiza por todo el mundo, señaló que casi no había arquitectura inspirada en Ibiza en Ibiza. Rotthier batalló casi en solitario; hay otros, pero "son contados", y muchos vienen de fuera, como Gray, porque la mirada exterior facilita enamorarse de lo local. Sus obras nuevas no son casas campesinas: carecen de espacios para ganado o grano y ofrecen ocio, iluminación y confort actuales, pero se construyen con materiales tradicionales y oficios del lugar. Rotthier se preocupó además desde el principio por que las casas fueran en cierta medida autosuficientes y produjeran su propia energía, algo que el ponente considera pionero.

Cerró con un dibujo de Léon Krier, que vivió en Palma, gran difusor de la arquitectura mediterránea. Según el ponente, Krier fue más allá de lo vernáculo y codificó el urbanismo tradicional, en particular la ciudad mediterránea, para ofrecerlo como inspiración a arquitectos de cualquier lugar. Le pareció un cierre apropiado por el carácter "crepuscular" del dibujo.

Su conclusión fue que la arquitectura contemporánea sigue y seguirá inspirándose en lo mediterráneo. En Mallorca, dijo, esto empieza a verse incluso en proyectos de vivienda social, que incorporan cada vez más materiales locales, técnicas tradicionales y formas del carácter local. Para él, esa arquitectura que trabaja con el lugar y preserva la diversidad frente a la homogeneización, "más allá de la arquitectura producida en serie por una inteligencia artificial", es la gran tendencia de nuestro tiempo.

Coloquio: enseñanza, ecología y pertenencia

El moderador, Pablo, preguntó cómo se ve hoy esta tradición en las escuelas de arquitectura españolas. García Hermida respondió que conviven muchas enseñanzas, incluso dentro de su propia escuela. Unas ven lo tradicional como algo del pasado que hay que excluir y otras lo consideran central, con muchos grises entre ambas.

Preguntado por si la mirada ecológica hace hoy más atractiva esta vía, respondió que "definitivamente sí". Añadió que ese ecologismo es antiguo: ya aparece a principios del siglo XX e incluso podría rastrearse en el movimiento Arts and Crafts. Advirtió, sin embargo, de un ecologismo contrapuesto, de alta tecnología, que se presenta como paradigma de eficiencia. Para él es "parcial" y "falaz", porque el coste energético de producir y mantener esos edificios es tan grande que no pueden competir en sostenibilidad con las arquitecturas tradicionales. Insistió en que la dimensión ecológica enriquece la cuestión, pero que no debe hacer olvidar la otra: la arquitectura como vínculo de una comunidad con un lugar al que siente pertenecer. Esa sensación de continuidad y durabilidad frente a lo efímero le parece hoy "más importante que nunca", porque mucho de lo que se produce carece de ella. Sobre el efecto del entorno en las personas, señaló que un urbanismo que obliga a depender del coche para socializar promueve un tipo de sociedad desconectada y no favorece la integración social.

A la pregunta sobre el reto de construir hoy en entornos mezclados, respondió con el edificio Seagram de Mies van der Rohe. Cuando se construyó, era el único cubo de cristal y acero entre edificios clásicos y fue un icono instantáneo. Hoy casi todo lo que lo rodea son cajas de cristal, salvo los edificios de enfrente, y el icono singular es el clásico que queda delante. En un contexto donde predominan, a su juicio, los ejemplos peores, hacer algo especial exige apartarse de lo habitual. Por eso ve una tendencia a volver a arraigar la arquitectura en los lugares.

Una asistente recordó que a principios de los setenta hubo en las escuelas una revalorización de lo tradicional que duró unos cinco años, seguida desde 1980 de una reacción en contra. La atribuyó a la incapacidad de muchos profesores para enseñar una arquitectura basada en reglas, en un mundo que valora la innovación, y preguntó si esta tradición podía aportar algo positivo, porque ella no lo veía. García Hermida matizó que la arquitectura que se enseña sí tiene reglas, pero son personales y autorreferenciales: dependen del profesor y producen lenguajes identificables como tendencias en las revistas. Lo que se ha trabajado poco, admitió, son las reglas compartidas ligadas a un clima, una región y una cultura, que forman una comunidad con un lenguaje común. Aun así, cree que es cada vez más frecuente que la arquitectura de interés que se hace tenga esta preocupación por el lugar, "casi el último reducto" de preocupación por la belleza de donde vivimos.

Otra intervención señaló que casi todos los ejemplos eran viviendas unifamiliares y que la industria de la construcción impone escalas y bloques repetidos por economía. El ponente lo reconoció. Añadió que en contextos urbanos las referencias suelen ser a tradiciones urbanas más que populares, y citó ejemplos en Palma del siglo XX inspirados en la tradición urbana local. Insistió en que se está haciendo incluso vivienda social con presupuestos mínimos en esta línea. Criticó que la normativa técnica, copiada a menudo de un país a otro, es otra forma de tipificación que homogeneiza y se adapta mal a la diversidad de climas y formas de construir.

Una asistente lamentó la pérdida de oficios, como herreros, carpinteros o soladores, y el uso de soluciones ajenas al clima local, como grandes ventanales. García Hermida dijo compartir ese deseo y que a eso se dedica su fundación, por ejemplo con la Red Española de Maestros de la Construcción Tradicional, que busca hacer visibles y accesibles a esos artesanos, y con becas de formación. Reconoció que es "un granito de arena": haría falta algo más global y coordinado, y quienes se dedican a esto son tan pocos que acaban conociéndose todos.

La última intervención recordó el libro Arquitectura inédita, en el que colaboró Juan Ramírez de Lucas, tío de la asistente, con César Manrique, reeditado hace unos años por el Cabildo de Lanzarote, y el mérito de Manrique al situar internacionalmente la isla. El ponente coincidió en que Lanzarote, aunque compartía los rasgos que habían enamorado a artistas durante generaciones, estaba sin descubrir por las vanguardias y apenas había sido estudiado antes de ese libro. Aunque existía un regionalismo canario, fue la figura de Manrique la que, según él, presentó Lanzarote al mundo.