Todobarro: del horno árabe a la ecoinnovación con barro cocido

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Resumen

En una sesión del ciclo «Las Artes y los Oficios» de la Fundación Juan March en Palma, Pedro Rosa Mena, fundador de Todobarro, explicó cómo un oficio que parecía no tener futuro, el del barro cocido de Vélez-Málaga, puede mantenerse vivo si se transforma. La sesión la moderó Pablo. Rosa Mena tiene formación en administración de empresas, un MBA y un máster en economía circular. Su tesis es que la artesanía no sobrevive conservándose tal como se heredó. Para él debe conservar su esencia y evolucionar en todo lo demás: diseño, personalización, divulgación y, como último paso, lo que llama «ecoinnovación», es decir, usar el barro para producir confort climático, circularidad y vida.

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El ciclo, según la presentación, busca preguntarse qué es el lujo, qué es la tradición y por qué sigue interesando rodearse de objetos hechos a mano, frente a la gran masa de objetos fabricados en cadena. Pablo reconoció al final que esperaban un recorrido por productos atractivos y que recibieron algo distinto: una reflexión sobre el pensamiento que hay detrás de ellos.

Un origen marcado por la crisis, no por el éxito

Rosa Mena empezó matizando la idea de que a alguien se le invita porque su modelo es un éxito. En su caso, dijo, la palabra adecuada es resiliencia, y el camino personal y empresarial fue «duro y difícil». Antes de Todobarro tenía un negocio relacionado con el barro antiguo que se hundió con la crisis del ladrillo. Contó que esa crisis se lo llevó todo, y que su buena formación no le sirvió para superar el golpe, sobre todo en lo que tocaba a la confianza personal.

Del negocio anterior solo quedó el tratamiento y la limpieza de suelos de barro. Con su hermano y su padre, el origen de Todobarro fue literalmente intentar sobrevivir limpiando y protegiendo suelos. Así empezaron a remontar, y en esa etapa entró en contacto con la artesanía del barro en Vélez-Málaga, un sector que, según él, la crisis también golpeó con mucha dureza.

Vélez-Málaga, una ciudad levantada sobre arcilla

A una pregunta del moderador, Rosa Mena explicó que Vélez-Málaga tiene una tradición cerámica ancestral, que sitúa al menos en la época andalusí, porque la ciudad se asienta sobre una gran montaña de arcilla. Lo habitual en los sectores cerámicos es que la producción se concentre donde está la materia prima, y el moderador citó como ejemplo Pòrtol, en Mallorca. Rosa Mena comentó que hoy eso se llamaría economía de kilómetro cero, aunque se hacía desde hace siglos porque había que trabajar con lo que se tenía a mano.

La ciudad creció gracias a los tejares, los lugares donde se fabricaban tejas a mano sobre las propias montañas de arcilla. Según su relato, antes de la crisis había cerca de cuarenta tejares, y la crisis se llevó más de la mitad.

Antonio Ruiz y la escuela de la paciencia

En ese contexto aparece Antonio Ruiz, un artesano de Vélez-Málaga al que Rosa Mena presenta como una figura decisiva. Era una persona sin estudios pero con mucha sabiduría. Le prestó atención porque, como él mismo decía, en tiempos de crisis todo el mundo busca una posible lancha de salvamento. Rosa Mena añadió con humor un dicho andaluz: era el mejor momento para escuchar a «un tieso», porque en esa época él era «un fantasma para la economía».

Con Ruiz aprendió qué era el oficio y, sobre todo, el trabajo a fuego lento. Cocían en horno árabe. Llenar el horno podía llevar unos 20 días, y el secado del barro otros 30 o 35, así que cada prototipo tardaba en torno a mes y medio. La paciencia era obligatoria, y dice que fue lo primero que desarrolló en la artesanía.

Durante tres o cuatro años ejerció de recién llegado que lo cuestiona todo. Preguntaba por qué no se podía hacer algo de otra manera, por qué no usar otras arcillas, jugar con la geometría o combinar tipos distintos. Recuerda aquellas conversaciones como apasionadas y profundas, y le dejaron un conocimiento hondo del oficio. A cambio intentaba devolver lo que él sabía de negocios y competitividad, que a los artesanos les faltaba.

La relación terminó con una tragedia: tras cuatro o cinco años, Ruiz cayó desde uno de los hornos árabes y falleció. Rosa Mena subrayó que la cocción en horno árabe puede parecer romántica, pero es muy dura: hay que llenar el horno de leña, orujo o biomasa y mantener la cocción entre cinco y seis días, con personas turnándose día y noche.

Aprender a convivir con la aleatoriedad

Otra lección de aquellos años tiene que ver con el color. Rosa Mena buscaba un tono concreto y estable, y el horno no se lo daba: producía un abanico de matices. Cuando insistía en la uniformidad, Ruiz le respondía siempre con la aleatoriedad: cada hornada es distinta. Con el tiempo acabó aceptándolo, y el cambio llegó al extender metros y metros de baldosas en el suelo para ver el conjunto. Ahí descubrió que la heterogeneidad de texturas y colores daba piezas únicas.

Para Rosa Mena, aquellos años fueron un refugio donde «lamerse la herida» y recuperar la confianza. Cree que eso solo podía ocurrir en un oficio artesanal, por la lentitud propia del proceso. De Ruiz recogió un legado muy matérico y a fuego lento, pero con poca proyección hacia fuera. Ahí quiso aportar su parte empresarial.

La evolución a través del diseño

Su conclusión fue que no se podía conservar la artesanía tal como se la habían transmitido: había que hacerla evolucionar, y la vía más natural era el diseño. Explicó que la evolución no suele deberse a un solo factor, sino a muchos pequeños factores que en un momento dado confluyen gracias a una estrategia.

Decidieron unir artesanos con sabiduría y jóvenes diseñadores apasionados por los materiales nobles. Apostaron por diseñadores malagueños, entre ellos Carlos Jiménez, y les enseñaron el oficio. El razonamiento era práctico: con un diseñador que no conoce el oficio hay que tener mucha paciencia. Si se invierte en enseñárselo, sus propuestas encajan con el trabajo real, porque conoce tanto sus limitaciones como su potencial. Según Rosa Mena, con esa apuesta «empezaron a florecer» cosas que antes no florecían.

Fotografía, canal online y la entrada en la arquitectura

No tenían tienda ni showroom, solo el canal online. Pensaron que en ese canal lo importante era el contenido, así que invirtieron en fotografía. Gracias a ella los conocieron estudios, arquitectos, interioristas y decoradores que veían algo diferente en su propuesta.

Cada colaboración con esos profesionales los empujaba más arriba, por exigencias técnicas o por retos de personalización. Así, a la artesanía y el diseño se sumó una tercera vertical, la decoración, el interiorismo y la arquitectura, y con ella, según admite, «mucho sufrimiento». Cada personalización genera muchos nervios. El prescriptor no suele entender cómo se produce la pieza, y hay que explicarle con mucha pedagogía que el producto tiene un tiempo que no se puede acelerar sin volverlo industrial. Lo describió como un pulso, un equilibrio delicado.

Rosa Mena reconoce que parte del concepto neoartesanal consiste en adaptarse a lo que pide el público. Si se hubieran anclado en «produzco así, estos son los tiempos y esto es lo que hay», se habrían quedado donde estaban. Lanzarse hacia delante tiene un precio: salen cosas muy buenas y otras que anotan para que no vuelvan a pasar.

Celosías, premios y personalización

Como ejemplo de esa ambición mencionó sus celosías. No se conformaron con que fueran artesanales y bonitas: les añadieron maceteros y un sistema modular, porque el objetivo final era una celosía bioclimática. Por el camino ganaron premios de diseño que, dice, no buscaban. Atribuye ese afán a su propio carácter: se define como muy inquieto y cuenta que convive con una insatisfacción que le impide celebrar un logro antes de pensar en el siguiente.

La personalización es otro pilar. Según Rosa Mena, el producto artesanal ya es personalizable por naturaleza: a cualquier artesano se le puede pedir algo a medida. Como hoy casi todos los clientes quieren personalizar, la clave es que esa personalización sea lo más estandarizable posible. Los retos cada vez mayores del triángulo formado por arquitectos, decoradores e interioristas les dieron capacidades que después hicieron más sencillo personalizar. Los proyectos resultantes, difundidos con fotografía, les permitieron llegar a públicos a los que una empresa estrictamente artesanal no llegaría.

Vender un lenguaje, no un producto

Rosa Mena sostiene que hoy no venden productos, sino un lenguaje. Al principio solo podían fotografiar baldosas, porque no tenían otra cosa. Al crecer, lo natural fue mostrar el producto dentro de un ambiente, y el protagonista pasó a ser el espacio.

Según su experiencia, muchos clientes no llegan buscando barro o cerámica. Llegan porque les impactan pequeños detalles de un espacio: microtonalidades y microimperfecciones que hacen el conjunto más orgánico y natural. Cree que a casi todo el mundo le gusta un ambiente con colores terrosos y vegetación, aunque no sepa encontrarlo hasta que lo ve, porque hay pocos ejemplos. El objetivo es pasar del producto a un lenguaje de diseño arquitectónico. A su juicio, para que la artesanía luzca hoy necesita diseño y además un lenguaje atractivo que capte la atención; solo así el oficio puede no solo conservarse, sino evolucionar.

Territorio y sentido común: el botijo, el patio andalusí y Frigiliana

El tercer eje de Todobarro, junto al origen y la neoartesanía, es el territorio: fabrican en Málaga, en Andalucía, y quieren que eso se note. Lo que él llama «sentido común» lo ilustra con el botijo. En una época de bioclimatismo y artificios técnicos, poca gente sabe qué es un botijo y menos aún por qué el agua se mantiene fresca dentro. Cuando habla con universidades o arquitectos, insiste en que, en plena era tecnológica, hay que recuperar el sentido común.

Contó que le apasionan tres cosas: la naturaleza, la arquitectura vernácula y el legado andalusí. Le parece revelador, y hasta una falta de sentido común, que para enseñar un buen jardín bioclimático todavía haya que llevar a alguien al Generalife o buscar un patio en Córdoba. Admira cómo la arquitectura andalusí aplicaba el sentido común con patios que eran en la práctica bioclimáticos. Los describe como «patios de bosque comestible» con agua, cerámica y vegetación, y recuerda que todavía se habla de lo frescos que son. Quiere que esa herencia aparezca en sus diseños con un significado cultural, no solo decorativo.

El otro ejemplo es Frigiliana, considerado uno de los pueblos más bonitos de Andalucía. Rosa Mena lo explicó con provocación: es bonito porque el resto se ha vuelto feo, y porque allí solo hay sentido común. Se ha conservado la arquitectura vernácula: casas encaladas, tejas, muros de tapial con cal, emparrados y, a veces, patios. La define como una arquitectura de ensayo y error transmitida durante generaciones: si los muros y las ventanas son así, es por algo. Dentro hace fresco sin aire acondicionado, y hay barro por todas partes. Para él, uno de los mayores lujos hoy es caminar descalzo sobre un suelo de barro mojado en un patio con vegetación cuando hace calor.

Ecoinnovación: que el barro sea bello y funcionalmente inteligente

La siguiente fase de la empresa, según Rosa Mena, es aplicar ese sentido común a lo que llama ecoinnovación, a partir de la idea de confort pasivo. Lo que coloquialmente se describe como «fresquito» es, traducido, un espacio con un alto grado de confort ambiental en humedad y temperatura. Ve ahí la clave del futuro de Todobarro: que las cosas no solo sean bellas, sino funcionalmente inteligentes, y define esa inteligencia como la capacidad de generar confort ambiental. La ecoinnovación tiene tres líneas: circularidad, bioclimatismo y biomaterial.

Circularidad: el lodo del dragado del Guadalquivir

Rosa Mena se describió como un «proactivista camuflado». Montó el negocio en parte para canalizar su frustración con la deriva medioambiental: en lugar de manifestarse, aporta su «granito de arena» desde la empresa. Cuando ve un problema ambiental, dice, piensa enseguida en una solución circular, que además da diferenciación estratégica.

Le plantearon qué hacer con el material del dragado del río Guadalquivir. Según su relato, la industria no ha encontrado solución porque son arcillas heterogéneas, y él lo vio como «una fuente inagotable de arcilla». Se lo planteó a Rafael Carmona, presidente del Puerto de Sevilla, a quien describió como un político apasionado de verdad por el medio ambiente. Su argumento: lo que en un producto industrial es un defecto, la heterogeneidad, en un producto artesanal es una virtud. Hace falta investigar para aplicarlo a la cerámica que ya hacen y a otros productos, como los bloques de tierra comprimida (BTC) o la impresión cerámica 3D.

Su propuesta imagina también una aplicación urbana: rehabilitar con productos del dragado las naves del siglo XVII y los ladrillos de la avenida junto al puerto, e introducir innovación bioclimática con patios, vegetación de ribera y acequias para generar confort en la zona. Según explicó, están desarrollando e investigando qué cantidades de dragado pueden usarse en cerámica, BTC e impresión 3D. Lo describió como un proyecto «emblemático» para él.

El BTC biodegradable inspirado en el nendo dango

Rosa Mena explicó que en Mallorca se construía sobre todo con piedra, mientras que en Andalucía y otras zonas del Mediterráneo se usaban muros de tapial, adobe o barro para los suelos. El adobe es tierra compactada con fibra, normalmente paja. Sus muros gruesos aportan inercia térmica, y por eso las casas de adobe o tapial son frescas: dentro, dice, se tiene «una nevera». El BTC sería la versión moderna del adobe.

Normalmente se quiere que un BTC dure mucho, por exigencias urbanísticas y normativas. Todobarro tomó otra dirección: antes de desarrollar un sistema constructivo, pensaron en regenerar las márgenes del Guadalquivir. Se inspiraron en una técnica japonesa que Rosa Mena llama nendo dango: bolas de barro con semillas que se secan y se esparcen por el campo, y que germinan con las lluvias, una técnica usada para regenerar zonas áridas. La idea es hacer bloques con tierra del dragado, compactados solo lo justo según la investigación, que contengan semillas de vegetación de ribera, sirvan de estructura en la orilla y se degraden después. Serían bloques biodegradables y regenerativos, hechos con la misma tierra del río.

Para esta línea trabajan con Raquel Sánchez y Pedro Guerrero, dos ambientólogos del departamento de I+D de la empresa. Rosa Mena resumió la idea preguntando qué hacen dos ambientólogos en una empresa artesanal, y respondió que en eso consiste la neoartesanía. A la pregunta de si ya existía o estaba en pruebas, contestó que lo están investigando y desarrollando con universidades, algunas francesas, en proyectos de investigación como los del CDTI, y con el Puerto de Sevilla.

Bioclimatismo: sensorizar un patio para demostrar lo que se da por hecho

La segunda línea es un proyecto aprobado por el CDTI (Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial) junto a la Universidad de Málaga, su cátedra de cambio climático y su escuela de arquitectura, y el centro tecnológico andaluz Innovarcilla. Rosa Mena contó que propuso hacer un patio y llenarlo de sensores para demostrar que es fresco. Le preguntaron dónde estaba la innovación, y respondió que en la propia medición: todos damos por hecho que el patio es fresco, pero, según él, no hay estudios que lo demuestren.

Intervinieron en la Casa Patio, un prototipo con fachada cerámica que según su relato quedó segundo hace quince años en una competición universitaria de viviendas solares por su carácter bioclimático. Después quedó abandonado en un terreno de la universidad, en estado de deterioro total. Ferran Ventura, de la Escuela de Arquitectura de Málaga, propuso sensorizarla e intervenir con cerámica, agua y vegetación para comprobar con el tiempo si esos tres elementos mejoran el confort.

La casa estaba en una zona de aparcamiento asfaltada donde, según Rosa Mena, en verano se superan los 50 grados. Lo primero fue perforar el asfalto para crear zonas ajardinadas, porque sin tierra ni jardín cualquier otra solución sería inventada. La universidad planta especies que, según su criterio, podrán resistir las temperaturas actuales en tres o cuatro años. Son sobre todo autóctonas, aunque también hay alóctonas, porque algunas especies ya no aguantan temperaturas que él califica de fuera de lo normal.

Hicieron los arriates con las baldosas rotas o mal cocidas de su propia producción, apiladas en gaviones de hierro sin cemento, a imitación de la piedra en seco mallorquina. Rosa Mena les atribuye tres efectos: son estéticos, transmiten frescor por su inercia térmica en contacto con la tierra y sus huecos dan refugio a la microfauna que poliniza las flores. Con la universidad diseña además bancos cerámicos artesanales que se mantengan frescos, frente a los bancos metálicos o de piedra clara en los que nadie se sienta a 40 grados.

Dentro de la casa las soluciones son más sofisticadas. Para que una celosía sea bioclimática, explicó, deben coincidir varios factores: corriente de viento, contacto de ese aire con superficie cerámica y agua. La forma de sus celosías responde a eso: frena el paso del agua que rezuma y la colocación favorece la ventilación. Él lo describe como la combinación de un efecto Venturi con confort ambiental.

También experimentan con fachadas de cerámica impresa en 3D refrigeradas con agua por detrás, que funcionan «como el botijo», por evaporación. El moderador preguntó si se cuecen a menor temperatura para que sean más porosas, y Rosa Mena lo confirmó. Enumeró las variables en juego: temperatura, tipo de arcilla, curvas de cocción, si se quiere potenciar la evaporación, resistencia de la pieza en el tiempo o aparición de sales por el agua. Dijo que en cerámica nunca hay un experto del todo, porque intervienen tantos factores que es muy difícil controlarla. El objetivo son fachadas refrigeradas con presencia vegetal. La cátedra de cambio climático elige las especies con un criterio claro: no las más bonitas, sino las que puedan sobrevivir más tiempo.

Belleza primero, funcionalidad después

Rosa Mena defendió que el atractivo de los colores terrosos, el verde y el blanco de la cal tiene una base animal: tras millones de años de evolución, las texturas terrosas heterogéneas nos llaman la atención y el verde nos parece natural. Con esos tres elementos, según él, está la esencia para que algo sea bonito, y si además es fresco, «ya está en la gloria».

Insistió en que la belleza va primero: una funcionalidad inteligente sin belleza «no vende». Las personas se fijan antes con los ojos, y solo si algo les gusta pasan a querer saber más. El producto artesanal tiene alma y rasgos estéticos propios. La evolución llega con el diseño, la personalización y la ecoinnovación, que en su opinión muestra la «inteligencia del barro»: la sabiduría artesanal validada hoy con tecnología, porque la casa está sensorizada para ver en tiempo real qué ocurre dentro.

Biomaterial: la cerámica como soporte de vida

La tercera línea, la que según Rosa Mena más apasiona a su equipo, es el barro como biomaterial. Volvió a la etapa de limpieza de suelos: los clientes se quejaban del verdín y del salitre y querían suelos impolutos. En cambio, dice, en los espacios más naturales, como el Generalife, el barro y la cerámica tienen verdín y salitre, y eso transmite al ojo algo natural. El verdín son microalgas alojadas en el poro. Gracias a su porosidad, la cerámica puede contener vida.

A través de Pedro Guerrero y Enrique Salvo Tierra, de la cátedra de cambio climático, conocieron a Raquel Sánchez, una investigadora que usaba pastillas cerámicas como probetas para medir la biodiversidad marina, porque en la cerámica se alojan las especies. Ella le planteó salidas comerciales, pero él le dijo que eso llegaría más tarde. Le interesaba otra idea: diseñar piezas cerámicas que se integren en los arrecifes y lleguen ya colonizadas por algas propias de ese entorno. Rosa Mena señaló que uno de los grandes problemas actuales son las especies invasoras, y que el sentido común sugiere combatirlas biológicamente repoblando con especies autóctonas que están retrocediendo. Mostró una pastilla completamente habitada por especies que «deberían estar ahí».

El proyecto en desarrollo cultiva estas especies en tanques de agua y diseña piezas que no introduzcan «ruido» en el ecosistema, de modo que las especies recolonicen el fondo marino. El moderador lo comparó con los bloques del Guadalquivir, pero con algas en lugar de semillas, y Rosa Mena coincidió. Aquí no buscan superar ninguna normativa de edificación, sino una prueba biológica: que la pieza sirva de refugio a la especie adecuada y después se degrade. Imagina hacerlo con el lodo del Guadalquivir y geometrías pensadas para integrarse en el fondo marino.

Prevé que de todo esto salgan aplicaciones en decoración, como piscinas naturales, que ve «de cajón», o casas bioclimáticas con BTC, cerámica y biomateriales que generen vida alrededor. Para él la vegetación debe estar integrada y no ser «un árbol puesto como si fuera un cuadro». Aclaró que estos biomateriales se hacen artesanalmente. Aunque al fondo marino le da igual lo artesanal o lo industrial, para la empresa es un campo de experimentación enorme, porque el negocio que la sostiene está en la arquitectura y la decoración. La Casa Patio sensorizada funciona como centro de experimentación, donde introducen poco a poco prototipos bioclimáticos, circulares y con componente de biomaterial, para después sacar líneas artesanales que aporten además beneficio ambiental y confort.

El futuro del oficio: equilibrio

Para el futuro del oficio, Rosa Mena eligió la palabra equilibrio y lo planteó en tres planos. El primero, entre conservar la esencia del producto artesanal y poder crecer. Un producto no puede vivir solo de llamarse artesanal y poner un precio: el cliente tiene que percibir que lo es, y esa percepción se traduce en una estética concreta. Crecer exige cuidado, porque existe la tentación de industrializarse y desvirtuar el producto.

El segundo, entre la sabiduría del oficio y la inteligencia artificial. Dijo que en Todobarro la usan mucho, no para sustituir lo esencial del producto artesanal, sino para muchas microgestiones diarias en las que la persona no aporta valor. El tercero es la hibridación: una empresa artesanal que imprime cerámica en 3D. En su opinión, una empresa artesanal no puede sobrevivir conservándose exactamente como era. Hoy tiene que ser aventurera y casi crear tendencia, porque el mundo es muy competitivo. Debe darse a conocer y evolucionar hacia lo que quieren clientes de cualquier parte del mundo, o quedará enclaustrada. Resumió que hay que conservar lo esencial del producto y del oficio, y que todo lo demás tiene que evolucionar «sí o sí».

Cerró su intervención diciendo que el barro contiene la sabiduría bioclimática de ensayo y error de los antepasados, y que hoy tiene la oportunidad de convertirse en un elemento básico de la nueva arquitectura y de la regeneración de vida.

Preguntas: impresión 3D, destino del lodo e IA

El moderador preguntó qué aporta imprimir con barro frente a usar moldes. Rosa Mena explicó que en cerámica hay muchas técnicas. En Vélez-Málaga se trabaja con conformación manual: una pasta con cierta densidad se vuelca en un molde y se alisa con la mano o con una regleta, en el caso del ladrillo o la baldosa, y se retira el molde. La extrusión y el molde de escayola son otras técnicas. Todas son artesanales porque implican trabajo manual, a diferencia del gres cerámico de alta gama, industrializado de principio a fin por máquinas. La impresión 3D cerámica es para él una técnica más. Sobre dónde queda el artesano, respondió que no necesita un artesano para todo, sino experimentar con la materia. La impresora permite texturas que un molde no puede reproducir: sus pliegues hacen que una gota de agua baje más despacio, lo que favorece la refrigeración, mientras que en una pared lisa y extruida el agua caería sin más. Es un campo de experimentación cuyo conocimiento luego trasladan a las técnicas que ya usan, aunque no se puedan reproducir las mismas texturas.

Sobre qué se hacía antes con el lodo, explicó que se deposita en zonas llamadas vaciaderos. Desde el punto de vista ambiental se considera un residuo, aunque es barro arrastrado por la escorrentía del río. El Puerto de Sevilla desarrolló con la Comunidad Europea un proyecto bajo el concepto «Working with Nature»: en esos vaciaderos se formaron lagunas donde anidan muchas aves. Según le contaron, en ciertas épocas del año algunas tienen más densidad de aves que zonas del entorno de Doñana, y él describió la visita como «espectacular». Aun así, la normativa europea obliga a darle una salida como residuo. La opción obvia sería la industria ladrillera, que trabaja con volumen, pero Rosa Mena cita tres obstáculos: piensa en economía lineal y no va a pagar más por una materia prima considerada residuo, compite por precio, y estas arcillas son tan heterogéneas que habría que homogeneizarlas y refinarlas. Por eso propusieron que lo que para la industria es un problema, con el tratamiento adecuado, deje de serlo para ellos.

Por último, el moderador pidió ejemplos del uso de IA. Rosa Mena dijo que hay «prácticamente cientos». En atención al cliente, con un CRM, gestionan decenas de trámites diarios por correo y teléfono, del orden de 400 o 500 correos cada quince días. Hay que ordenar pedidos a proveedores, combinar tres o cuatro tipos de producto de fábricas distintas o resolver con stock peticiones como tres diseños para 20 m². Todo eso suma horas de trabajo tedioso y repetitivo que, según él, a nadie le gusta. En fábrica empiezan a diseñar programas para calcular capacidad productiva y cuellos de botella. Algo tan simple como responder cuándo estará un pedido exige saber cuántos pedidos hay, si es esmaltado, si combina barro blanco, rojo o pizarra, o si lleva teselación. Para Rosa Mena, la IA debe «oxigenar» el trabajo de las personas y darles tiempo para ser más creativas. Considera que quien está cómodo en un trabajo repetitivo tendrá un problema, y quien quiere evolucionar, una gran oportunidad. Terminó reconociendo que podría dar muchos más ejemplos en la producción de fábrica, pero que ese desarrollo todavía está en curso.