Anna Caballé: la biografía entre la verdad, la libertad moral y la vida interior

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Resumen

En una de las Conversaciones literarias del Museo Fundación Juan March de Palma, el periodista Sergio Vila-Sanjuán entrevistó a Anna Caballé (L'Hospitalet de Llobregat, 1954), escritora, crítica literaria y profesora de literatura española en la Universidad de Barcelona, hoy retirada. En esa universidad creó la Unidad de Estudios Biográficos, que Vila-Sanjuán presentó como pionera en España. Caballé también ha sido pionera en los estudios feministas y presidió la asociación Clásicas y Modernas entre 2017 y 2021. Entre sus libros están Breve historia de la misoginia, El feminismo en España. La lenta conquista de un derecho y Pasé la mañana escribiendo. Poéticas del diarismo español, premio Manuel Alvar. Con Israel Rolón escribió la biografía de Carmen Laforet que ganó el premio Gaziel en 2009. Concepción Arenal. La caminante y su sombra recibió el Premio Nacional de Historia en 2019, y El saber biográfico el premio Jovellanos. Su libro más reciente es Íntima Atlántida, una vida de Rosa Chacel.

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La conversación giró en torno a qué es una biografía, por qué España ha tenido tan poca tradición en este género y cómo se reconstruye la vida de alguien cuando los documentos faltan o el biografiado se resiste. Caballé defendió una biografía que interprete y se atreva a contar la complejidad de una vida, y habló de sus propios personajes: Umbral, Laforet, Arenal y Chacel.

Por qué nos interesan las vidas ajenas

A la primera pregunta, por qué queremos conocer la vida de los demás, Caballé respondió que nos interesa todo de ella, porque la vida humana es todo lo que tenemos. Aun así, cree que el conocimiento que hemos generado sobre ella es muy desigual. Puso como ejemplo las Vidas paralelas de Plutarco: dos mil años después siguen siendo una referencia y, según ella, uno de los bestsellers más duraderos de la historia. A su juicio, eso muestra que la vida humana despertó interés desde el principio.

Su explicación retoma una idea que, reconoce, se ha dicho muchas veces: nacemos sin manual de instrucciones y no sabemos qué es vivir. Las vidas de otros sirven de espejo, de referencia y de conocimiento. Conocer otras experiencias ayuda a construir la propia y a entenderse mejor.

La biografía, para Caballé, nace de la necesidad de conocer una vida humana real, la de alguien que existió y cuya conducta, ideas y creencias queremos explicar. Por eso la sitúa a caballo entre la historia y la literatura, "con una pata en cada lugar". Necesita los datos que esa vida dejó a lo largo del tiempo, pero también una interpretación. Sin ella, la biografía se queda en un repertorio de datos. Cuando Vila-Sanjuán le preguntó si el biógrafo está obligado a opinar, respondió que sí: debe construir una explicación, porque eso es lo que espera el lector, que alguien le cuente una vida.

La escasa tradición biográfica española y la Inquisición

Vila-Sanjuán recordó que en sus años de estudiante se decía que en España solo había las biografías de Marañón, y le preguntó qué distingue la tradición española de la británica o la francesa. Caballé sostuvo que la cultura española fue pionera en escribir sobre la vida, sobre todo desde una perspectiva espiritual, con las vidas de Santa Teresa o San Ignacio de Loyola, y también desde la experiencia militar, con los cronistas de los "conquistadores", palabra que ella puso entre comillas, que contaban su paso por las Indias.

En su interpretación, fue la Inquisición la que cortó esa iniciativa renacentista. Cuando la persecución alcanzó a cualquier heterodoxia, resultaba imposible escribir la vida de alguien si había que decir que era converso o judío. Hubo entonces una retracción de la biografía y de la autobiografía de la que, según Caballé, España prácticamente no se ha recuperado.

De ahí sacó una conclusión que dijo haber alcanzado estudiando autobiografías y biografías: el género necesita libertad moral. Sin ella no se puede escribir que alguien era homosexual, que tuvo un problema grave o que no creía en Dios. Si los puntos conflictivos se esconden bajo la alfombra, queda una biografía "perfecta, pero inane". Al lector, argumentó, no le interesa la perfección, sino la dificultad que encierra toda vida humana y el "juego" de cómo una persona se enfrenta a esas dificultades y las supera o no.

Según Caballé, la biografía española buscó evitar problemas refugiándose en la erudición, porque los datos no comprometen a nadie. El resultado fue una biografía erudita pero alejada del lector corriente, al que no le importa qué dice el folio 354 de un archivo de Alcalá de Henares.

Las tres poéticas de la biografía

Para explicar la diferencia con el mundo anglosajón, Caballé resumió la historia del género en tres grandes poéticas.

La primera es la de la ejemplaridad, tal como la plantea Plutarco: explicar el carácter moral de alguien importante, un militar, un escritor o un orador, con un propósito de educación ética. Su ejemplo fue la vida de Marco Antonio. Plutarco lo presenta como un gran militar al que sus soldados adoraban, algo que considera esencial en un jefe, pero también como un hombre víctima de sus pasiones, aficionado al juego y a las mujeres, incapaz de controlarse. Su encaprichamiento por Cleopatra le hace perder lo que para Plutarco es el principio rector de un griego: ante la duda entre el propio deseo y el bien común, someter el deseo al bien común.

La segunda es la hagiografía. Vila-Sanjuán preguntó si los evangelios serían biografías ejemplarizantes. Caballé respondió que son cuatro biografías de Jesús desde cuatro puntos de vista. Su preferida es la de San Juan, porque es la más distante en el tiempo, su autor había leído las anteriores y en ella percibe un afecto muy particular por Jesús, "quizá la más emotiva". Con los evangelios empieza, según ella, la tradición en la que el personaje se convierte en modelo de virtudes. Las vidas de santos medievales, como las de Santiago de la Vorágine, eliminan todo lo conflictivo y presentan al santo como un modelo cerrado. Esa tradición acaba cansando, dijo, porque en ella no hay conflicto ni verdad.

La tercera es la poética de la verdad biográfica. Caballé contó que es el único género que conoce con fecha de nacimiento concreta: el 16 de mayo de 1763, cuando el escocés James Boswell conoció en una librería de Londres a Samuel Johnson. Describió a Boswell como abogado de buena familia y "mitómano", con tendencia a admirar en exceso. A Johnson lo presentó como autor de vidas de poetas y, según sus palabras, de la primera gramática y el primer diccionario ingleses, y también como un gran vividor de posadas y comilonas. La amistad duró veinte años, hasta la muerte de Johnson, y Boswell decidió pronto escribir su biografía. Cuando se publicó en 1791 causó escándalo: todos esperaban una hagiografía y Boswell lo contaba todo. Johnson tenía lapsus de memoria y dejaba frases a medias, aunque luego mostraba una lucidez impresionante. Le gustaban mucho la cerveza y las mujeres, tenía tics desagradables en la conversación y poseía una cultura extraordinaria. Los ingleses se ofendieron, pero con el tiempo se valoró que Boswell se hubiera enfrentado a una vida en toda su complejidad. Caballé mencionó que en algunas clasificaciones esa obra aparece como el segundo libro más importante de la literatura inglesa después de Shakespeare.

Ese modelo, según ella, es el que ha seguido la tradición anglosajona, y en parte la francesa, aunque con más distancia. En el mundo anglosajón existe casi la obligación de que una persona con relevancia política o cultural deje un testimonio, sea una autobiografía o unas memorias, o bien ceda sus archivos a alguien para que escriba su vida.

Contra la biografía de demolición: la "empatía fría"

Vila-Sanjuán apuntó que la tradición inglesa a veces se ha pasado de rosca. Recordó una biografía de Lawrence de Arabia de Richard Aldington que, según él, se dedicaba de principio a fin a desmontar al personaje y a sostener que todo lo que había contado de su papel en la revuelta árabe era invención, aunque más tarde se habría restaurado en parte su prestigio. Caballé rechazó las biografías de demolición. El biógrafo debe abrirse al personaje y dejarlo hablar, y no puede encarar la obra decidido a "cargárselo".

Ahí situó la dificultad española para escribir sobre Franco: cómo abordar personajes tan importantes que a la vez causaron tanto daño. Preguntada por la mejor biografía del dictador, dudó y reconoció que no conoce bien ese campo. Señaló que la de Paul Preston marcó una época, aunque la considera superable y "excesivamente dura". En el otro extremo situó las primeras biografías, como la de Arrarás o las de Ricardo de la Cierva, completamente favorables. Cree que hay que encontrar un término medio.

Si tuviera que escribirla, se inspiraría en lo que, según ella, enseñaron los alemanes cuando no sabían qué hacer con las grandes figuras del Tercer Reich, con Hitler o con Goebbels. Citó un concepto que atribuyó a Kant sin precisar la obra, la "empatía fría": entrar en el personaje, pero desde una distancia, sabiendo lo que hizo. Aplicado a Franco, supondría reconocer las cualidades intelectuales y de carácter que le permitieron mantenerse tanto tiempo en el poder. Recordó que de niña se decía que "Franco es tonto", y replicó que alguien que dura tantos años en el poder no lo es. Su astucia, dijo, está sobradamente demostrada. Eso daría un personaje más matizado, al margen de las infamias del franquismo.

Sobre las fuentes, respondió que usaría todas las posibles, desde las conversaciones recogidas por su primo Franco Salgado-Araujo hasta la hemeroteca de la época: "en una biografía todo suma". Vila-Sanjuán mencionó que Javier Tusell necesitaba encontrar un archivo inédito para empezar una biografía. Caballé no lo considera imprescindible. Además, eso choca con un problema de la cultura española, la falta de documentación. En el pasado ha habido poquísimo respeto por archivos y legados, muchos quemados o destruidos por considerarlos "papeles" sin importancia. Eso afecta sobre todo a las biografías de mujeres, de cuya memoria se conserva menos. Lo primero que se hace en una biografía, explicó, es averiguar con qué se cuenta, y se trabaja con eso.

Stefan Zweig, la curva biográfica y el momento en que se corta la historia

Sobre Stefan Zweig, muy reeditado en España en los últimos años, Caballé dijo que lo adora y que iría de rodillas a saludarle. Lo considera un maestro indiscutible que hizo muchísimo por la biografía, aunque cree que hoy está superado. Zweig privilegia lo narrativo y esconde sus fuentes, mientras que la biografía contemporánea exige mostrarlas para que el lector juzgue si son suficientes.

Lo que más le atrae de él es que no parte de prejuicios y a menudo da la vuelta al personaje. Su ejemplo fue María Antonieta. Cuando Zweig, o Hilaire Belloc, otro biógrafo de la época, se ocupó de ella, era uno de los personajes más despreciados de la historia, asociado a la frase de los pasteles y a la frivolidad. Zweig planteó que era frívola a los diecinueve años, y que quién no lo es a esa edad. En su juicio en París, a punto de ir a la guillotina, tuvo una intervención majestuosa. La pregunta, concluyó Caballé, es a qué María Antonieta juzgamos.

Relacionó esto con una frase que atribuyó a Orson Welles: si quieres un final feliz, todo depende de en qué momento interrumpas la historia. No es lo mismo la vida de alguien hasta los cuarenta que hasta los sesenta o los ochenta. Del mismo personaje se puede tener una visión positiva en un momento, negativa en otro y, al final, una mezcla.

Vila-Sanjuán habló de la moda alemana de las biografías de juventud, como el joven Goethe o el joven Kant, y Caballé comentó que ella también había hecho una y por eso conocía el tema. Tomó como ejemplo el joven Hegel: el interés está en saber quién era antes de ser el Hegel que fue, en el proceso de formación de alguien que después crece tanto. Habló también de la "curva biográfica": cada persona tiene un momento de mayor plenitud, que quizá no se repite, y hay trayectorias con varias cimas y otras que son un declive. A diferencia de la biografía antigua, que despachaba los últimos años con un "enferma y muere", la contemporánea presta mucha atención a cómo envejece y muere el personaje. A ella le gusta la trayectoria completa, porque es donde mejor se comprende a alguien, aunque reconoce que ahora está de moda seccionar unos años concretos y tratarlos como únicos.

Diarios de hombres y diarios de mujeres

A propósito de su libro sobre el diarismo, Caballé situó el diario en un extremo de los géneros autobiográficos y la autobiografía o las memorias en el otro. El diario nace de una necesidad muy humana: dejar huella del paso de un tiempo escurridizo y apresar algo de la vida por escrito. Distinguió el diario como género, que usan sobre todo los poetas porque no pueden publicar un libro de poemas cada seis meses, del diario como práctica. Muchísima gente lo lleva toda la vida o durante una temporada, a menudo ligado a una enfermedad, un amor o un viaje que quiere preservar.

Vila-Sanjuán recordó que Caballé ha dicho que los diarios de mujeres son más francos y menos preocupados por el personaje que los masculinos. Ella lo confirmó, aunque advirtió que hay muy pocos diarios de mujeres. Recurrió a La Regenta: un médico joven recomienda a Ana Ozores escribir un diario para ordenar su subjetividad, y Clarín escribe ese diario. Para Caballé es claramente un diario escrito por un hombre, y muy forzado. Lo dijo, según sus palabras, "intuitivamente": una mujer enamorada empezaría hablando de amor y de sentimientos. Añadió que, si Clarín, como novelista realista, recurre a ese recurso, las mujeres del XIX debían de practicar el diario, pero de ese siglo no se conservan diarios femeninos.

Sobre los del siglo XX, matizó que a las mujeres les ha costado mucho hablar con franqueza de sus sentimientos, sobre todo a las españolas sometidas a la fuerte represión moral del franquismo. Aun así, lo que ha podido constatar es que escriben con más franqueza y menos preocupación por "la estatua" que el diario puede construir. Evitó dar nombres, pero describió cierto tipo de diario masculino en el que el autor contempla un paisaje que le recuerda un poema, o anota que está releyendo a André Breton, y todo resulta muy forzado.

¿Es narcisismo llevar un diario? No necesariamente. Cree que la cultura española ha tendido a verlo así, pero ella entiende los géneros autobiográficos más como una voluntad de estructurarse a uno mismo, de ordenar sentimientos y experiencia. Admitió que hay casos narcisistas y citó, "con todos mis respetos", a Jorge Semprún: su literatura le parece admirable, pero siempre se ve a alguien pendiente de la figura que construye al hablar de sí mismo. Habría preferido que se mostrara más frágil, porque le habría llegado más.

Umbral: la pregunta por la madre y un certificado en Valladolid

Vila-Sanjuán le preguntó por qué una feminista había escrito la biografía de alguien tan masculinista como Francisco Umbral. Caballé respondió que el feminismo es una metodología que usa en algunos casos, pero que no rige su trabajo. Como profesora de literatura, le interesaban sobre todo los libros autobiográficos de Umbral.

Sostiene que una biografía debe nacer de una pregunta sobre el personaje. La suya surgió cuando Umbral ganó el premio Fernando Lara, cree que con Los cuadernos de Luis Vives, y explicó a los periodistas que el libro trataba de su madre, cuya imagen aparecía en la cubierta. Umbral rondaba los sesenta años y llevaba treinta escribiendo sobre su madre. Caballé se preguntó qué le pasaba a ese hombre. Al revisar su obra vio que esa escritura sobre la madre era "cortada, sincopada", sin continuidad ni progresión. Además, en distintas semblanzas su año de nacimiento variaba entre 1935, 1937 y 1938.

Lo invitó a un encuentro en la Universidad de Barcelona para hacerle preguntas. Cuando le preguntó en qué año había nacido, Umbral desvió la conversación, y ella pensó que algo pasaba. Más tarde, invitada a dar clase cinco días en un máster en Salamanca, con las tardes libres, empezó a ir al Registro Civil de Valladolid en busca de su partida de nacimiento, sin éxito. El último día, con el funcionario ya impaciente, pidió la partida de matrimonio. La fecha de boda que había dado Umbral era correcta, y en ese documento descubrió que era hijo de madre soltera. "Ahí se me abrió un mundo", dijo.

Le escribió ingenuamente contándole el hallazgo, y ahí se acabó la relación. Umbral entendió que ella trabajaba por su cuenta, le dijo que por ese camino no podía ir y llegó a amenazarla con los tribunales. Ella siguió adelante. Explicó el choque como una diferencia de oficios: él era escritor y podía decir lo que le conviniera, pero ella era profesora de literatura y las cosas le tenían que cuadrar. Si Umbral afirma recordar la entrada de la guardia mora en Valladolid, eso no encaja con que tuviera dos años, pero sí con que tuviera siete, que es los que tenía.

El título, El frío de una vida, responde a que esa vida está llena de frío. Umbral nació en la inclusa de Madrid. Su madre no pudo hacerse cargo de él y quedó al cuidado de una mujer en un pueblo a cinco kilómetros de Valladolid. Su madre nunca pudo decirle que lo era y pasaba por ser su tía. Caballé habla de un "déficit metafísico de identidad", el de no saber quién es uno, y lo relaciona con su necesidad posterior de ver su nombre en todas partes. Recordó que Umbral declaró que miraba los quioscos buscando en qué revista no publicaba todavía.

Carmen Laforet: del éxito de Nada al silencio

El misterio de Carmen Laforet era otro. Con veinticuatro o veinticinco años ganó el Premio Nadal con Nada y lo tuvo todo: cartas de lectores, propuestas de cine, de libros, de entrevistas. A los sesenta detestaba la literatura y no soportaba que le hablaran de sus libros. A Caballé le impactó una anécdota. Cuando María Zambrano ganó el Cervantes, un periodista, cree que de El Mundo, llamó a Laforet para pedirle una opinión, y ella, que casi nunca cogía el teléfono, respondió algo así como "olvídense de mí, hagan como si estuviera muerta". La pregunta de Caballé fue qué le había pasado con la literatura.

Su respuesta: Laforet escribió Nada con la mayor ingenuidad. Andrea vive en la calle Aribau esquina Consejo de Ciento, como ella, en una casa de siete balcones, y los parientes de la novela eran sus parientes. Uno de ellos le comentó a Caballé que con solo haber puesto la calle Balmes todo habría sido distinto. La novela es amarga y existencialista: una joven que quiere vivir en una sociedad de posguerra dolida, enferma y sin esperanza. La familia se molestó muchísimo. Además, los periodistas leyeron en clave la relación entre Andrea y su amiga, cuyo nombre Caballé no logró recordar en ese momento. Es la relación más importante de Andrea, frente a su desdén por los chicos. No se habló de homosexualidad, porque la época no lo permitía, pero se le preguntó mucho por esa amistad. Entre unas razones y otras, Laforet se bloqueó. Empezó a sentir a un lector "en el hombro", como una sombra que leía lo que escribía, y perdió su libertad.

Caballé lo comparó con un caso que considera único en la literatura mundial, el de Francisco Candel y Donde la ciudad cambia su nombre. Candel escribió sobre las barracas de Montjuïc donde vivía con la misma ingenuidad y usó los nombres reales de sus vecinos, incluido el del hombre que había hecho un agujero para espiar el retrete de las mujeres. Pensó que nadie allí sabía leer. El libro lo publicó José Janés, pero un hombre que tenía amistad con un policía leyó pasajes y empezó a difundirlos en el único bar del barrio. Los "personajes" se rebelaron y fueron con hachas y palos a la barraca de Candel para lincharlo. Tuvo que esconderse varios días en un hotel, y lo contó después en ¡Dios, la que se armó! Para Caballé, Candel aprendió que esa ingenuidad narrativa no se puede tener, y de ahí viene la necesidad de la autoficción. Laforet también lo aprendió, pero en ella provocó un bloqueo: hay escritores con una imaginación libérrima y otros que escriben desde su experiencia, y Laforet era de estos últimos. Cuando el miedo a ser malinterpretada merma la propia experiencia, surge un problema grave.

En este caso sí hubo archivos inéditos. Israel Rolón descubrió la correspondencia de Laforet con varias amigas, fundamental para entender su evolución y cómo la presión editorial para cumplir contratos se le iba haciendo "cada vez la pelota más grande". Caballé contó que llamó a la secretaria de José Manuel Lara, el fundador de Planeta, quien le dijo que la señora Laforet había firmado varios contratos que no acabaron en nada. La editorial lo dio por perdido.

Durante el coloquio, una asistente preguntó por el matrimonio de Laforet. Caballé respondió que la marcó mucho, como marcaban los matrimonios la vida de las mujeres hasta cierto momento. La relación con Manuel Cerezales nunca fue buena, se separaron en 1970 y, en su opinión, los hizo muy desgraciados a los dos. Añadió una interpretación propia: Laforet tenía lo que llamó un "lesbianismo blanco". No cree que tuviera relaciones con mujeres, pero su pulsión eran las mujeres, y siempre buscó a la madre que perdió siendo casi una niña.

Concepción Arenal: la pensadora detrás de la beneficencia

Concepción Arenal ha pasado a la historia como una mujer preocupada por las cárceles, los presos, la mendicidad, que en el siglo XIX era un problema brutal en las ciudades, y la educación de las mujeres. Al estudiarla, Caballé descubrió detrás a una gran pensadora con vocación filosófica. Como tantas mujeres de su época, Arenal optó por algo que la sociedad pudiera aceptar y se refugió en la beneficencia.

No quiso decir si es su mejor libro, pero admitió que se enamoró de Arenal y que enamorarse del personaje es lo mejor que le puede pasar a un biógrafo. Ante la sugerencia de que un personaje tan positivo resulta menos interesante, precisó que Arenal también tenía zonas oscuras. Tuvo tres hijos, aunque solo hablaba del mayor, Fernando. Una niña murió con unos dos años y medio de hidrocefalia, y Arenal sufrió una depresión. Estando en ella quedó embarazada de un tercer hijo, que creció "en tierra de nadie" y se convirtió en un bala perdida: siguió la carrera militar, fue castigado repetidamente y murió hacia los veintinueve o treinta años. Para Arenal, la mujer recta que veía virtud en todas partes, fue un peso, porque era consciente de no haberle dado la atención que dio a Fernando.

Feminismo en España: escritoras, rivalidades y un Congreso sin apellido

Preguntada por lo que distingue al feminismo español, Caballé lo contrapuso al sufragismo británico, que según ella nació sobre todo del mundo laboral de las obreras y de una fuerte conciencia de derechos laborales. En España fueron las escritoras del XIX quienes lo lideraron. La evolución fue muy difícil. Señaló que la diferencia entre las ilustradas del XVIII en Francia o Inglaterra y en España era abismal. De ahí el subtítulo de su libro: a la mujer española le ha costado muchísimo conquistar el derecho a la autonomía.

Contó que, como presidenta de Clásicas y Modernas, escribió una carta a Meritxell Batet, entonces presidenta del Congreso, para pedir que la cámara se llamara simplemente Congreso y no Congreso de los Diputados, igual que el Senado no es "de senadores ni de senadoras", y mantener así una "paridad onomástica". Batet nunca contestó, algo que Caballé considera una mala costumbre de los políticos: responder con silencio administrativo a los ciudadanos. Tiempo después la cámara pasó a llamarse Congreso, "sin ningún tipo de agradecimiento" a la asociación, aunque ella cree que la carta cumplió su papel.

La asociación nació en los años noventa, cuando había una gran desigualdad en el trato a escritores y escritoras. Según Caballé, eso ha cambiado "como un calcetín": hoy las escritoras despiertan un gran interés, y uno de los logros del feminismo ha sido ganarse el favor de las propias mujeres. Antes predominaba la rivalidad. Las dos mujeres más inteligentes del XIX español, Emilia Pardo Bazán y Concepción Arenal, "no se podían ni ver". Representaban modelos de feminidad opuestos. Arenal vestía falda negra y levita, con el moño recogido, porque quería que la escucharan y no que la vieran como mujer. Pardo Bazán lucía sombreros de plumas, abanicos y pieles de zorro, una feminidad ostentosa que Arenal no soportaba, y rechazó sus intentos de acercamiento. Caballé cree que, si hubieran unido fuerzas, el feminismo habría avanzado mucho más rápido. Citó otro caso, el de Rosa Chacel y María Zambrano, discípulas de Ortega, con una rivalidad tan grande que cada una escribió, con unos años de diferencia, un ensayo titulado La confesión. Atribuye esas rivalidades a una educación que las fomentaba. Ahora las mujeres "hacen piña" y se leen entre ellas, algo que antes casi no pasaba.

Cree que los objetivos de Clásicas y Modernas se han conseguido socialmente, aunque no por mérito de la asociación, que aportó su grano de arena. Advirtió que diría algo que podía caer mejor o peor: el feminismo debe replantearse algunos objetivos, porque algunos están muy conseguidos y no se puede seguir reivindicando lo que las mujeres ya han logrado. La lucha tiene que ser otra.

Sobre el #MeToo, reconoció que tuvo mucho de positivo al principio y que su razón ética es indiscutible. Lo vinculó a la idea que atribuye a Kate Millett, "lo personal es político": lo que ocurre dentro de las casas reproduce un sistema patriarcal y debe poder contarse. Aplicar esa idea a todos los ámbitos ha transformado la sociedad, en muchos casos para bien, pero también ha producido excesos que, "sinceramente", han hecho perder credibilidad. Dice creer en el ensayo y error: se avanza, se comprenden los excesos, se retrocede y se busca el punto justo. Se declaró contraria a las denuncias anónimas. A veces protegen a una víctima, pero en otros casos pueden servir para venganzas.

Rosa Chacel: lo que el diario callaba

Chacel publicó en 1981 dos volúmenes de diarios, Alcancía. Ida, iniciado en 1940 tras su salida de España y que llega hasta su regreso hacia 1973-74, y Alcancía. Vuelta, escrito en España hasta el final de su vida. Fue, según Caballé, una diarista nata durante casi cuarenta años. Pero en esos diarios Chacel repite una y otra vez que de algo no puede hablar, que mejor callar, que si un día pudiera escribir lo que le pasa... A fuerza de leerlo, Caballé se preguntó qué le pasaba a una escritora que no podía decirlo. Era "una biografía cantada".

La clave es su matrimonio, en 1923, con el pintor Timoteo Pérez Rubio, extremeño, hijo de pastores, de familia mucho más modesta que la de Chacel, que era hija única, "muy pagada de sí misma" e inteligente, y ejercía un dominio sobre él. Caballé confesó haberse enamorado de Timoteo, un hombre tímido, discreto, elegante y encantador, con un rasgo muy particular: era mujeriego y tuvo muchas relaciones. Al llegar exiliados a Brasil en 1940, Chacel pensó que todo aquello, los años de Madrid en que él fue director general de Bellas Artes, quedaba atrás y que el matrimonio se reuniría. A los pocos meses, Timoteo conoció en Río de Janeiro a una brasileña de muy buena posición, a quien Caballé llamó Lea Pentaña. Se enamoraron y empezó un trío. Timoteo mantuvo durante unos treinta años una doble vida sin dejar desamparada a Chacel, en un equilibrio inestable.

Vila-Sanjuán preguntó por qué una mujer emancipada no rompía el matrimonio. Caballé respondió que era emancipada "hasta cierto punto". Se dedicaba a escribir mantenida por Timoteo y, sobre todo, no quería romper con él. Hacia fuera todo estaba bien. Contó que, en los años ochenta, Clara Janés reunió a Chacel y Zambrano en su único encuentro cara a cara, y Zambrano le preguntó tímidamente si Timoteo le había sido "muy infiel". Chacel respondió de forma embarullada que todo había sido perfecto. Por dentro, sostiene Caballé, vivía un drama y una humillación moral muy grande.

Cuando Chacel volvió a España, con casi setenta años, quiso "derribar la columna del templo", expresión de su diario. La columna era Lea Pentaña. Para ello, habló con Javier Solana, entre otros, y consiguió que Timoteo, antiguo funcionario de la República, fuera de los primeros a quienes el Estado estaba dispuesto a compensar económicamente, con la condición de que regresara a España. Timoteo, ya mayor y vencido, quedó atrapado entre dos fuerzas: volver suponía abandonar a la mujer con la que había vivido tantos años y que había sufragado muchos gastos de Chacel, y negarse suponía decir que no a su esposa. Se suicidó, dijo Caballé, con un suicidio "tan discreto como era el propio Timoteo", pero con una voluntad de muerte que ella considera clarísima.

Para Chacel fue una pésima noticia y, a la vez, una liberación: se acabaron el sufrimiento, la humillación y la tensión permanente. Caballé destacó que construyó prácticamente toda su obra reconocida a partir de los setenta años, cuando se publicó en España y tuvo éxito, un caso que considera de los pocos de la literatura universal. Ilustró su vitalismo con una anécdota de Gonzalo Santonja. Tras una conferencia en Valladolid, la llevó a cenar a un asador cuando ella tenía 92 años. Él le sugirió unas verduritas, pero ella pidió "un poco de los dos" platos de carne, luego postre y dos chinchones, para pasmo de su anfitrión.

Sobre si Chacel opinó de Laforet, solo encontró una carta a Julián Marías hacia 1947-48, tras los éxitos de Nada y de La familia de Pascual Duarte. Chacel le preguntaba si era tan conocida como Laforet y Cela, y Marías le respondía que no, pero que tenía mucho tiempo por delante. La memoria de los exiliados se perdió radicalmente tras la guerra. Por sus diarios se sabe que Chacel desdeñaba casi toda la literatura española de su tiempo, a Delibes por ejemplo. Caballé evocó la idea atribuida a Heráclito de que el carácter es destino: el de Chacel era muy soberbio. Vila-Sanjuán, que la entrevistó de joven, añadió que era mandona y que imponía.

Biografías de políticos y un libro sobre la intimidad

Sobre las biografías de políticos, un género con éxito editorial en las últimas décadas, Caballé dijo que nunca escribiría una por coyuntura u oportunismo. Tendría que interesarle el personaje, y hoy le cuesta encontrar políticos con talla suficiente para dedicarles ese tiempo. Aun así, cree que quien ha ejercido un cargo importante tiene la obligación moral de dejar un testimonio lo más honesto posible. Si todo se reduce a justificarse, el libro pierde interés. El biografismo político le parece muy necesario.

Anunció que prepara un libro breve sobre la intimidad. A su juicio, la intimidad es un espacio que ha crecido con el tiempo y ahora está en un callejón sin salida: se habla de "extimidad", de que no tenemos vida privada y todo está expuesto. El libro quiere ser una defensa de la vida interior. Por más redes sociales y más mundo digital, cree que el individuo se rige por líneas de fuerza interiores que le dan unidad más allá de su dispersión.

Coloquio: lo que la biografía le ha dado

Una asistente le preguntó qué sentiría si alguien escribiera su biografía y si estudiar tantas vidas le había enseñado algo para la suya. Caballé dijo que lo primero la inquietaría muchísimo y que entiende la inquietud de quien siente todo el foco sobre sí, aunque defiende la cultura biográfica como una necesidad cultural. En cuanto a lo segundo, respondió que "la biografía me lo ha dado casi todo". De joven vivía un gran desconcierto: el franquismo educaba en principios sin raíz, como la Formación del Espíritu Nacional, y la Guerra Civil resultaba difícil de entender. De adolescente la agobiaba una pregunta, cómo vivir, cómo tenía que ser la vida para que fuera una buena vida. Ante la falta de respuestas, las biografías le fueron abriendo el camino.

Otra asistente le preguntó qué biografía de mujer le gustaría escribir y qué biografía reciente en español recomendaría. Con reparos a adelantar proyectos, nombró a Concha Espina. Tuvo un gran éxito en los años veinte, fue candidata al Nobel dos veces y tuvo muchas lectoras, pero después cayó muy rápido. Según Caballé, siendo ya mayor y casi ciega, en el norte, unos soldados, "seguramente anarquistas, no lo sé", entraron en su casa, lo revolvieron todo y la asustaron. Ese impacto la llevó a escribir hacia 1940 Retaguardia, en defensa de los nacionales y de la victoria de Franco, un libro que ha impugnado toda su obra. Caballé quiere reivindicar lo que supuso, teniendo en cuenta las condiciones en que lo escribió, aunque no sabe si hay mucha información disponible. Como lectura reciente citó la biografía de Gaziel del historiador Francisco Fuster. No la considera una gran biografía, pero sí útil para comprender a una figura clave de la cultura catalana de los años cuarenta y cincuenta.

La última pregunta fue sobre la biografía de Carmen Díaz de Rivera escrita por Carmen Domingo. Caballé la calificó de excelente porque saca a su protagonista del concepto sexista de "musa de la Transición". Según la lectura de Caballé, detrás de figuras más pragmáticas como Adolfo Suárez o el rey, Díaz de Rivera tenía una idea clara del rumbo que debía seguir la Transición: sin legalizar el Partido Comunista y sin cambiar la ley de asociación, España no podía considerarse un país democrático. Fue, concluyó, "mucho más que musa".