La Luisiana española: cuarenta años que la imagen de 1803 no muestra

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Resumen

En la segunda conferencia del ciclo «La huella hispánica en los Estados Unidos», celebrada en la Fundación Juan March, el catedrático Rafael Torres Sánchez parte de una pregunta: ¿por qué la memoria escolar de Luisiana recuerda sobre todo el traspaso de Francia a Estados Unidos en 1803 y olvida las cuatro décadas de gobierno español? Su tesis es que esos cuarenta años no fueron un paréntesis ni un accidente. A su juicio, fueron el resultado de una expansión territorial que empezó mucho antes de 1763 y de un gobierno flexible y tolerante que produjo una sociedad multiétnica y multicultural, algo que, según él, no volvería a repetirse en Estados Unidos.

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Una imagen icónica y lo que deja fuera

Torres Sánchez abre con una imagen que, según explica, suelen mostrar a los escolares de Luisiana cuando estudian su pasado. En ella se arría la bandera francesa y se iza la de los recién creados Estados Unidos, que todavía no tiene todas sus estrellas. La escena ha marcado lo que la población estadounidense sabe de Luisiana: fue Francia quien hizo la transferencia, y España no aparece.

El conferenciante precisa las fechas. Pierre Clément de Laussat, el gobernador civil nombrado por Napoleón para tomar posesión, llega el 30 de noviembre de 1803 y se entrevista con el gobernador español, el vasco Manuel Salcedo. El traspaso a Estados Unidos se hace veinte días después, el 20 de diciembre. La imagen refleja, por tanto, veinte días de posesión francesa, no los cuarenta años anteriores.

Tampoco explica el decorado, y en él quiere centrarse la charla. El Cabildo que se ve al fondo es una construcción española recién inaugurada tras los grandes incendios de 1788 y 1794, que prácticamente arruinaron la ciudad. La iglesia también se acaba de construir, y al lado ya se había levantado el primer piso de otro edificio, que se terminaría en 1813. Los tres edificios se conservan hoy. El escudo de España que había en esas fachadas lo quitarían los norteamericanos a martillazos unos veinte años después. Según el ponente, la historiografía ha avanzado mucho en los últimos veinte años y hoy sabe que lo importante de la historia de Luisiana no es el traspaso, sino esos cuarenta años. Explicar el decorado es, en su opinión, la mejor manera de entender la huella hispana en Norteamérica.

La ciudad que encontraron los norteamericanos

Los estadounidenses que asistieron al acto y los que llegaron en las semanas siguientes sabían que España había gobernado allí cuarenta años. Según el conferenciante, iban predispuestos por los tópicos de la leyenda negra: esperaban una ciudad triste y oprimida, bajo un gobierno despótico y una religión católica inflexible que habría arrasado con el francés y con las costumbres locales. Encontraron, dice, lo contrario: una ciudad «única e irrepetible».

No era la más rica de Estados Unidos, pero sí una ciudad con una vitalidad y un crecimiento que les sorprendió. Se salía de sus límites y ya planteaba suburbios, estaba llena de grúas y reconstruía sus edificios. De noche tenía alumbrado público, con 80 lámparas, algo que muchas ciudades estadounidenses y europeas no tenían. Había un cuerpo de serenos que vigilaba la seguridad nocturna y un cuerpo de bomberos, porque se temía mucho a los incendios. En la reconstrucción se estaban sustituyendo estructuras de madera por hierro. Los balcones de hierro que hoy forman la imagen icónica de Nueva Orleans se estaban haciendo en ese momento. El año anterior habían llegado al puerto más de cien buques mercantes, y la ciudad contaba con hospitales y un mercado estable.

Una sociedad que no encajaba con la leyenda negra

Lo que más sorprendió a los recién llegados, según Torres Sánchez, fue la sociedad. En lugar de una ciudad «monocolor», oyeron hablar francés por las calles. Tras cuarenta años, España no había eliminado el francés. El ponente afirma que había puesto en marcha el primer sistema público de enseñanza bilingüe, y que los niños podían estudiar y jugar en francés sin restricciones. Encontraron familias de nivel cultural elevado, y los niveles de alfabetización de Nueva Orleans estaban, según dice, entre los más altos de Norteamérica.

Les sorprendió todavía más la diversidad étnica. Había 47 tabernas, la mayoría regentadas por afroamericanas libres que eran sus propietarias, porque, explica el conferenciante, las leyes españolas protegían al afroamericano. Por las calles circulaban soldados pardos y mulatos con uniforme español y armas. Muchos talleres estaban regentados por afroamericanos libres, incluso en oficios que los norteamericanos consideraban de riesgo, como el arreglo de armas, la cerrajería o la forja. En el malecón junto al río veían pasear a mujeres afroamericanas de alta distinción que eran propietarias de plantaciones con esclavos. Según el ponente, eso era impensable para ellos y nunca más volvería a darse en Estados Unidos. Las élites criollas exhibían riqueza y gusto estético, por ejemplo con muebles de estilo Luis XVI.

La cuestión, entonces, es cómo llegó España a construir esa sociedad. Para responderla, el conferenciante organiza la charla en tres bloques: la expansión española hacia el Mississippi, la inserción de Luisiana en el Imperio y su defensa hasta el paso a manos estadounidenses.

Por qué España no avanzaba: ni estados ni minas

La primera pregunta es qué hacían los españoles a orillas del Mississippi, a más de 2.000 kilómetros de México. La respuesta sencilla sería la cesión francesa de 1763 tras la guerra de los Siete Años. Torres Sánchez sostiene que es más compleja: antes de 1763 los españoles ya habían llegado a 154 kilómetros del río.

Remitiéndose a la conferencia anterior del ciclo, a cargo de José María García Redondo, recuerda dos conclusiones de las exploraciones del siglo XVI. En Norteamérica no había estados con estructuras administrativas, nada parecido a aztecas o incas, y para apropiarse de un territorio y controlarlo, dice, se necesitan estados. Tampoco había indicios de minas de plata, y llegar a explotarlas, si aparecían, resultaba muy caro. Por eso la expansión se detuvo aproximadamente a la altura del Río Grande. Tras la fundación de Santa Fe, que sitúa en 1610, no hubo proyecto de expansión territorial. Entre la región de los Grandes Lagos y México quedaba un vacío, una tierra incógnita. España dejó el norte en manos de las órdenes religiosas: la ocupación de Nuevo México se confió a las misiones.

1680: el desafío a la autoridad como motor

Eso cambia de golpe en 1680 con una revuelta de pueblos indios que, al no haber una presencia española fuerte, provocó un repliegue hasta el Río Grande. Se podía haber redibujado la frontera sin más, pero, según el ponente, la respuesta fue contundente, porque se había desafiado la autoridad. Se recuperó lo perdido y se militarizó toda la frontera del septentrión, creando la estructura de las Provincias Internas.

Esa reorganización trajo otros cambios. Se fueron reduciendo las instituciones que no dependían directamente de la Corona, y se suprimió la encomienda, que tantos problemas había causado entre misioneros e indígenas. Las misiones pasaron a estar controladas por el Estado y no por la Iglesia, y se instalaron junto a presidios militarizados. La presencia militar era clave, subraya el conferenciante, porque daba seguridad para atraer colonos, no para cazar o atacar indígenas. Se creó además un protector de indios. En lugar de abandonar el territorio, se avanzó para imponer el pleno ejercicio de la autoridad. Torres Sánchez resume la idea con una metáfora que repetirá: el desafío se convierte en un motor y genera un «músculo» que será decisivo en lo que viene.

El verdadero rival: Francia en el Golfo de México

El siguiente reto llega por el Golfo de México. Tendemos a pensar que el problema en Norteamérica eran los ingleses, dice el ponente, pero el verdadero problema, y el motor del avance español, fue Francia.

En la costa norte del Golfo había ocurrido algo parecido a Nuevo México: los exploradores no encontraron estados y el medio era hostil. Menciona el intento de Tristán de Luna en 1559 de ocupar Pensacola con 11 naves. Fundó Santa María, que según el conferenciante fue la primera ciudad establecida, seis años antes que San Agustín, aunque un huracán y el entorno llevaron a abandonarla. Aun así, la costa era necesaria. Los barcos que iban de Veracruz a La Habana no podían seguir la línea recta y daban un amplio rodeo para evitar los bancos de arena. Durante unos 150 años se sabía que el norte del Golfo era de España, pero no había interés en ocuparlo.

El empuje vino del comercio de pieles, que en la segunda mitad del siglo XVII era, según el ponente, un auténtico motor de expansión. Los franceses bajaron por el río San Lorenzo, compitiendo con los ingleses, y por los Grandes Lagos. Robert Cavelier, señor de La Salle, obtuvo el monopolio de las pieles del sur de los Grandes Lagos, exploró la región y, por el río Illinois, llegó al Mississippi y hasta su desembocadura. Una salida por el sur evitaría la complicada ruta del San Lorenzo. La Salle llamó al río «Colbert», por el ministro francés, y volvió a Francia para proponerlo. En la corte coincidió con Diego de Peñalosa, un español renegado que había estado en Nuevo México y que planteaba establecer una base desde la que atacar directamente Nuevo México. Francia estaba entonces en guerra con España, así que la propuesta ofrecía a la vez una salida comercial y la posibilidad de golpear el corazón de México.

Espionaje, cartografía y la carrera por Pensacola

Según Torres Sánchez, el espionaje español era muy bueno en ese momento. Detectó el problema, avisó a Madrid y Madrid avisó a México. Cuando se supo que saldría una expedición de La Salle para fundar una colonia, se organizó su persecución para destruirla. Ya se respondía con el «músculo» militar.

Esa búsqueda reveló a las autoridades del virreinato que no tenían cartografía precisa del norte del Golfo. En cuestión de meses se lanzaron varias expediciones con cartógrafos y oficiales de la Armada de Barlovento, y se cartografió toda la zona. Se identificó la desembocadura del Mississippi, que los españoles llamaron «de la Empalizada» porque era todo lodo y cambiaba de un año a otro, y se localizó la bahía de Pensacola. El conferenciante comenta con humor las anotaciones de los mapas sobre «indígenas errantes o antropófagos». La expedición de La Salle se equivocó de desembocadura y acabó más al oeste; el ponente dice que no se sabe si tenía planes de atacar.

El marino Andrés de Pez advirtió que el problema ya no era cazar a La Salle. A través de unos lagos se podía llegar al Mississippi sin atravesar la jungla del delta. Si los franceses conseguían una vía regular, necesitarían un puerto para descargar las pieles, y entonces sí se quedarían. La persecución se convirtió en una carrera por Pensacola. La colonia de La Salle fue un desastre y él murió allí. Expediciones por tierra llegaron a rescatar a niños y mujeres capturados por los indios. Sobre el nombre, el ponente dice que viene de la forma de la bahía, «panza y cola». Los españoles la llamaron bahía de Santa María de Galve por el virrey Gaspar de la Cerda y Mendoza, conde de Galve, y añade que más tarde Bernardo de Gálvez le metería la «z».

El efecto, según el conferenciante, fue arrinconar a los franceses. Siguieron numerosas expediciones que empujaron la frontera del Río Grande, incorporaron Texas y llegaron casi hasta el Mississippi.

Crozat, Natchitoches y Los Adaes

Desde 1700 España era aliada de Francia, y lo lógico, dice el ponente, habría sido volver al Río Grande o, como mucho, conservar parte de Texas. No ocurrió así. La corona francesa no podía gestionar el territorio y en 1712 se lo cedió a Antoine Crozat, que según el conferenciante era el hombre más rico de Francia. Con mentalidad de comerciante, Crozat vio que el negocio no estaba en las pieles, sino en el contrabando con México para obtener su plata. Por eso el primer puesto que creó en Luisiana, en 1714, fue Natchitoches, antes incluso que Natchez y antes de la fundación de Nueva Orleans. Lo lógico habría sido situarse al norte, hacia San Luis; en cambio se colocó abajo, apuntando a México.

La respuesta española fue una nueva salida masiva, esta vez de colonización militar y no misionera. En 1715, según el ponente, partió la expedición del marqués de San Miguel de Aguayo, un terrateniente capaz de reunir un auténtico ejército de 500 soldados y unos 3.000 caballos. Llegó hasta donde se habían instalado los franceses y creó uno de los emplazamientos militares más fuertes de la zona, Los Adaes, que no tenía el perfil de una misión ni de un fuerte pequeño. Era un mensaje, resume el conferenciante: «os vamos a parar aquí», y dirigido a un aliado. Hacia 1720 los españoles estaban casi en el Mississippi, controlaban el mejor puerto y tenían bases que encajonaban a los franceses, entre ellas otra en San Marcos de Apalache. Luisiana quedaba arrinconada.

De este primer bloque, Torres Sánchez extrae tres conclusiones. Hubo un avance efectivo cuyo motor fue el desafío a la autoridad real, ya viniera de los indígenas, del comercio o de la estrategia. El modelo de ocupación fue distinto: en lugar de la evangelización, primaron estrategias políticas y económicas. Y los responsables del avance fueron militares, lo que importa porque serían ellos quienes gobernaran el territorio y decidieran sobre la colonización y el desarrollo.

1763: una frontera enorme y una herencia difícil

El segundo bloque aborda qué hizo España con la Luisiana francesa cedida en 1763. Luisiana no fue un regalo caído del cielo, insiste el ponente, porque España ya avanzaba en esa dirección. Muestra el escudo de la colonia: el Mississippi representado como el «padre de las aguas», una figura masculina con dos indígenas y el escudo de Castilla encima.

La cesión creó la mayor frontera del mundo entre España y Gran Bretaña, con Francia desaparecida de Norteamérica. Entre Nueva Orleans y San Luis había más de 1.700 kilómetros: dos meses río abajo y cuatro río arriba. Cuatro meses, compara, es lo que tardaba un barco en ir de La Habana a Cádiz y volver, y ese era el tiempo necesario para subir una carta a San Luis.

El conferenciante describe tres problemas. La utilidad estaba clara: una «marca imperial», una zona fronteriza que aislaba México y sus minas. Pero el territorio era un espacio económico unido en torno a un valle y un río, y la frontera lo partía, lo que siempre genera problemas. Además, había población europea con sus propias leyes y costumbres, un reto al que España no se había enfrentado nunca en América. Incluso Texas se había poblado con canarios, gallegos y mexicanos sujetos a las leyes españolas.

La herencia francesa era muy compleja. Tras el fracaso de Crozat, la colonia pasó a la Compañía del Mississippi, dirigida por el financiero escocés John Law. La compañía llevó colonos alemanes y franceses que se adaptaron mal y murieron en su mayoría por enfermedades y clima. Recurrió entonces a esclavos. Primero fueron indios, cuya captura los franceses sí permitían, pero huían. Después trajo africanos: entre 1718 y 1731, unos 6.000 esclavos en una población de unos 8.000. La población europea disminuía mientras la esclava aumentaba, y el miedo a una insurrección llevó a aplicar el Código Negro francés de las Antillas, que el ponente califica como el más duro. Se fue formando un sistema de plantación que no podía funcionar: el tabaco no competía con el cubano, mejor, ni con el de Virginia, más barato. Desde el inicio de la guerra de los Siete Años, en 1754, la corona francesa cerró el grifo y la colonia emitió papel moneda sin control, con una inflación total. En 1763, dice el conferenciante, Luisiana tenía apenas unas 12.000 personas, más de la mitad esclavos, y una economía desastrosa.

Sobre Nueva Orleans, explica que al principio era un pequeño puesto que servía para sacar mercancías por un bayou hasta el lago y de allí al Atlántico. Al encontrarse un paso se creó directamente la ciudad, en un terreno que las primeras imágenes muestran como puro bosque de cipreses.

El modelo italiano: de Ulloa a O'Reilly

Insertar Luisiana en un imperio mercantilista era difícil, porque cualquier producto chocaba con otro territorio español: el tabaco con Cuba, el índigo con Guatemala, y las pieles no tenían mercado en España. Según Torres Sánchez, España volvió a anteponer lo estratégico y optó por un modelo flexible y progresivo tomado de su experiencia en Italia: un gobierno que respetaba la «nacionalidad» y mantenía la excepcionalidad de Luisiana mientras la adaptaba poco a poco a las leyes españolas.

El primer gobernador, Antonio de Ulloa, aplicó sus órdenes a rajatabla: no interferir, pero insertar la colonia en la economía imperial. Las élites de plantadores y comerciantes no querían dejar de comerciar con Francia y las Antillas, ni tenían nada que intercambiar con el Imperio. Aunque Ulloa duplicó el situado enviado desde México, en 1768 se sublevaron y lo expulsaron de Nueva Orleans antes de que tomara posesión formal.

Ante ese nuevo desafío, la respuesta fue más dura. Alejandro O'Reilly llegó con 21 buques y 2.000 soldados. Hubo un juicio y se ejecutó a seis cabecillas, por lo que la historiografía lo llamó «Bloody O'Reilly». Según el ponente, O'Reilly pudo haber arrasado con las leyes y el sistema francés, pero en ese momento España decidió aplicar el modelo italiano y respetar leyes y costumbres, con la prioridad de insertarlas en el sistema español.

Luis de Unzaga: reconstruir lealtades

Quedaba recomponer las lealtades, tarea del siguiente gobernador, el malagueño Luis de Unzaga, a quien el conferenciante describe como un político muy hábil, incluso «un genio». Unzaga aplicó las instrucciones generales con flexibilidad según cada grupo.

A las élites les permitió, aunque estuviera prohibido, comerciar con las Antillas, vender pieles y montar plantaciones de índigo. El ponente explica que ese «oro azul» era un tinte muy difícil de conseguir, con mercado textil en Cataluña y Francia, y recuerda que por esa dificultad se asignó el azul a la Virgen María en la Edad Media. Unzaga exploró vender el tabaco en México en lugar de España, les dejó traer esclavos de Jamaica y permitió que los antiguos oficiales franceses pasaran al ejército español. Se creó un regimiento sin exigir que sus miembros fueran españoles. En lo personal, se casó con la hija mayor del gran hacendado Gilbert Antoine de Saint-Maxent, quien casaría a su segunda hija con Bernardo de Gálvez, el siguiente gobernador. El resultado, según el ponente, fue que la élite quiso seguir en España.

A los colonos les reconoció propiedades y concedió abundantes tierras con el patrón habitual: un frente estrecho al río y una extensión mayor hacia el interior, siendo cada propietario responsable de los caminos. No exigió que fueran católicos. Muchos eran acadianos, franceses de Nueva Escocia expulsados durante la guerra de los Siete Años, que fueron acogidos allí. Toleró con cierta laxitud el contrabando británico, la única forma de sostener una economía de frontera. Permitió aserraderos cuya madera iba a Cuba y a su arsenal, y abrió la milicia a los colonos.

Con los indígenas no impuso misiones, sino que adoptó el modelo francés. Prohibió la caza de indios, como exigían las Leyes de Indias, porque eran súbditos del rey. Estableció alianzas mediante regalos, que el ponente interpreta como una forma de pago por las tierras. Madrid autorizaba regalos de todo tipo salvo armas y aguardiente, pero Unzaga sabía que si España no los daba lo harían los británicos, y concedió armas y munición.

Con los esclavos africanos, en 1770 adaptó el Código Negro francés de 1724. Según el conferenciante, les dio más derechos, incluida la propiedad, y muchas más vías hacia la libertad sin depender del permiso del amo, entre ellas el servicio al rey. Por eso los libertos se volvieron muy leales al Estado. Todos estos grupos, sin nada en común, quedaron unidos por la lealtad a la Corona.

La guerra de 1779: Luisiana como teatro de operaciones

Esa lealtad importó cuando estalló la guerra en 1779, tema de la siguiente conferencia del ciclo, a cargo de Gonzalo Quintero. Según el ponente, el espionaje español conocía un plan británico de doble pinza: desde Nueva York bajando por San Luis y desde la bahía de Chesapeake hasta Nueva Orleans, para avanzar después hacia Nueva España. La única opción era atacar primero, en todos los puestos británicos de la mitad sur.

Torres Sánchez destaca varios rasgos de esa guerra. Antes de estallar, colonos británicos que se sentían acosados se pasaban a territorio español, y comenta como una ironía, «viendo lo que está cayendo hoy día», que Luisiana fuera entonces refugio de los norteamericanos, con un puerto en Arkansas como último refugio. En la contienda combatieron indígenas, africanos, tropa española y voluntarios americanos juntos, apenas diez años después de la revuelta que había expulsado a Ulloa. España abrió un segundo frente y trasladó a Luisiana el teatro de la guerra, enviando, según el ponente, el mayor ejército de operaciones de su historia en América. Para él, la guerra hizo de Luisiana un escenario central, la integró en el Golfo de México para sostener el esfuerzo bélico y la hizo visible para el resto del Imperio: dejó de ser un apéndice.

La edad dorada con Miró

Siguió lo que el conferenciante llama la «edad dorada», entre 1782 y aproximadamente 1793, bajo el gobernador catalán Esteban Miró y el intendente gallego Martín Navarro. Ambos siguieron la línea de Unzaga, y lo que había funcionado antes se convirtió en motor de crecimiento. Según el ponente, Luisiana nunca creció tanto, ni con los franceses ni en la etapa anterior.

México compraba todo el tabaco. En 1778 se enviaron 128.000 libras y en 1786 se superó el millón, una cifra que, según el ponente, superaba todo lo que aportaba la Corona. Luisiana empezaba a ganar dinero con su comercio. El tabaco era de menor calidad que el cubano, pero estratégico para la supervivencia de la colonia. Las expectativas desataron una euforia inversora en esclavos y tierras. La madera abrió un mercado nuevo, las cajas para el azúcar de Cuba, que empezaba a volcarse en ese cultivo. El conferenciante calcula que su coste para Cuba equivalía aproximadamente a la mitad de lo que la Corona pagaba por Luisiana. El índigo se disparó con permiso para venderlo en las Antillas.

El crecimiento permitió acelerar la colonización. A los acadianos de la primera etapa y a los canarios llegados con Gálvez se sumaron nuevos contingentes. El gran estratega, según el ponente, fue el conde de Aranda, que desde París ofreció trasladar a los acadianos que vivían en Francia sin terminar de integrarse. España les pagó el viaje y la instalación, y Miró les dejó elegir dónde asentarse, de modo que se instalaron junto a parientes y conocidos. En 1793, dice el conferenciante, Luisiana había pasado de 8.000 habitantes a 50.000.

El balance de este segundo bloque es, para Torres Sánchez, una integración económica que aprovechó el clima de libertad comercial español con una lectura aún más liberal, abriendo los mercados de México y Cuba en un «trípode» comercial. A ello se sumó una reconstrucción política que dejó atrás la revuelta de 1768, y la consolidación del esfuerzo iniciado en 1680. En 1793, subraya, España era el único imperio que quedaba en Norteamérica. Gran Bretaña conservaba Canadá, pero según el ponente todo Canadá aportaba a la hacienda británica menos del 10 % de lo que aportaba Jamaica.

El giro: fronteras negociadas y rendimientos decrecientes

El último bloque cubre de 1793 a 1803. En 1782, al comenzar las negociaciones de paz con John Jay, Aranda aspiraba a llevar la frontera hasta los Apalaches, lo que según el ponente habría dado a España casi el 90 % del territorio norteamericano. Los norteamericanos dudaban, pero los británicos no: sabían que de Cádiz saldría contra Jamaica una flota de más de 70 navíos, la mayor del siglo, y aceleraron un acuerdo por separado con los estadounidenses. España acabó aceptando un límite en el Mississippi, controlando ambas orillas y su navegación desde el Ohio hasta aproximadamente el paralelo 31.

Hacia 1790 el crecimiento empezó a frenarse. La Revolución francesa de 1789 rompió el comercio francés, el mercado del índigo y el acceso a las Antillas, y en 1791 estalló la revuelta de esclavos de Haití. El tabaco se vendía peor: México empezó a importarlo de Centroamérica, y en España cambiaba el gusto hacia un tabaco de humo más barato de Virginia que entraba de contrabando por Gibraltar. Las pieles quedaron en manos británicas y el azúcar habría supuesto competir con Cuba. Hubo, en palabras del ponente, rendimientos decrecientes.

La salida llegó en 1793 con la desmontadora de algodón desarrollada en Norteamérica, que agilizaba la limpieza. Los plantadores se pasaron al algodón, pero para ello necesitaban grandes capitales, que buscaron en inversores estadounidenses, y el mercado del algodón era esencialmente norteamericano con destino final en Gran Bretaña. La economía luisianesa dejaba de depender de la América española para depender de Estados Unidos.

La presión estadounidense y la resistencia española

Aun así, el conferenciante rechaza que la historia terminara en 1793 y habla de la «resiliencia» de Luisiana. Estados Unidos tenía un grave problema con las tierras del oeste. Los límites de las antiguas colonias se habían trazado casi con tiralíneas y nadie sabía bien por dónde iban. Las colonias del norte propusieron ceder esas tierras al gobierno federal, pero las del sur, Virginia y las Carolinas, que tenían más margen, se negaron. Según el ponente, el asunto era constitucional: durante la guerra habían sido trece colonias confederadas, estaban endeudadas y no sabían cómo sería el nuevo Estado. Si las tierras pasaban al gobierno federal y se vendían, cada estado pagaría menos y surgiría un Estado más centralizado.

Finalmente cada estado pudo vender tierras, y Virginia, Kentucky y Tennessee hicieron ventas masivas a compañías, de hasta 15 millones de acres, aunque hubiera indios en ellas. Compañías como la de Virginia en el Yazoo llegaban hasta el Mississippi, con especulación y oleadas de colonos. Para los indígenas se implantó lo que el ponente llama un sistema «terrible», el de las factorías. Frente a los regalos españoles, los norteamericanos abrían tiendas que vendían aguardiente, balas o lo que se quisiera a crédito, y cobraban la deuda con tierras, en una espiral de compra, deuda, venta y pérdida del territorio. Kentucky y Tennessee se quejaban de que nadie los protegía de los indios, enfadados por el despojo, y de que España les había cerrado la navegación del Mississippi.

La respuesta española fue, según Torres Sánchez, un plan diplomático a gran escala diseñado por Floridablanca. Mientras Gardoqui negociaba con John Jay la navegación y el paralelo 31, se desarrollaba una diplomacia más sutil con Kentucky y Tennessee: nadie podría navegar el río salvo ellos, si se independizaban. España fomentaba así la división. El ponente menciona libros recientes que muestran proyectos de Estado y personajes que se presentaban como líderes.

Al mismo tiempo se blindó la frontera. En 1793, cuando cabría esperar una retirada, se construyeron más fuertes que nunca en Luisiana: Nuevo Madrid, Tombecbé, Nogales y fortificaciones en la entrada del Mississippi. El conferenciante destaca un hecho poco conocido que ya había señalado un libro antiguo sin mucho eco: la creación de un escuadrón fluvial de 12 galeotas, usadas en lo que luego se llamaría la diplomacia de las cañoneras. Se firmaron además acuerdos con los indígenas que llegaron a formar una confederación de naciones antes enfrentadas entre sí, porque sabían, según el ponente, que su única protección era España. Torres Sánchez lo considera la primera confederación indígena, firmada en 1793, y añade que nunca más volvería a ocurrir.

Godoy, Napoleón y la carta de un jefe chickasaw

Pese a esa resistencia, llegó una orden de Madrid. Godoy, el nuevo ministro, ya en la órbita de Napoleón, temía una alianza de Estados Unidos y Gran Bretaña contra España y precipitó el Tratado de San Lorenzo o de Pinckney. España permitió la navegación del Mississippi, dejó de intrigar con los territorios independentistas y aceptó el límite de los 31 grados. Además, según el ponente, Godoy ofreció toda Luisiana a Napoleón a cambio de un reino en Italia, que menciona como Parma, para el hermano de la reina María Luisa, esposa de Carlos IV. Torres Sánchez califica este final de desastroso y de falta de liderazgo, pero sostiene que no invalida lo anterior. Tras su fracaso en Haití, Napoleón decidió que Luisiana no le interesaba y la vendió a Estados Unidos por 60 millones de francos.

Para el conferenciante, esa venta tuvo una consecuencia decisiva: dio a Estados Unidos tierras suficientes para repartir y lo hizo viable, haciendo viable también el gobierno federal. Lo presenta como una gran aportación de España «sin quererlo». La venta dejó atrás a las autoridades españolas, a los colonos y a los indígenas. Para ilustrarlo, lee la carta de un jefe chickasaw, un pueblo que según el ponente fue de los más beligerantes con los españoles durante el siglo XVIII, dirigida al gobernador y al rey de España:

«¿Acaso el gran padre España entrega nuestras tierras a los americanos, cuyo único deseo es expulsarnos y apoderarse de todas nuestras tierras como si fueran Dios? Reconocemos en ellos, los americanos, la astucia de la serpiente de cascabel, que acaricia la ardilla para devorarla. ¿Permanecerá indiferente el rey de España, que es causa de esto, viendo derramar nuestra sangre, de la que ha sido protector? Decidme si puedo regresar a mi aldea para tranquilizarlos y asegurar a nuestros guerreros, a nuestros hijos y a nuestras mujeres que lo que se escribe sobre los americanos es falso, si vuestra bandera seguirá ondeando siempre sobre nuestra tierra o si los chickasaw deben prepararse para morir.»

Torres Sánchez concluye que la Luisiana española no fue un accidente, ni algo temporal, ni un apéndice entre dos etapas francesas. Fue un proceso de expansión territorial que empezó pronto y que triunfó porque se aplicó un gobierno no tiránico ni despótico, sino flexible y tolerante, que usó las leyes del Imperio y permitió la sociedad multicultural y multiétnica que vieron los norteamericanos en 1803. Su punto de vista final, presentado expresamente como opinión propia, es que la principal huella hispánica de Luisiana en Norteamérica es que «España construyó Estados Unidos».