Juana I, reina que no gobernó: de la muerte de Isabel a la reclusión de Tordesillas y la leyenda

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Resumen

Miguel Ángel Zalama, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, dedica esta conferencia a la segunda etapa de la vida de Juana I de Castilla. Parte del momento en que se convierte en reina propietaria, en noviembre de 1504, y llega hasta su muerte en Tordesillas y la construcción posterior de su leyenda. La pregunta que guía la exposición es cómo una mujer que heredó legítimamente la corona no llegó nunca a gobernar. Zalama sostiene que la salud mental de Juana estaba gravemente deteriorada. También sostiene que su padre, su marido y después su hijo aprovecharon esa incapacidad en su propio beneficio. Para ello se apoya en crónicas, informes de embajadores y documentos de archivo, muchos localizados por él mismo.

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Un testamento que dejaba la puerta abierta

El 26 de noviembre de 1504 muere en Medina del Campo Isabel la Católica, reina propietaria de Castilla. Según relata Zalama, Fernando sale enseguida a la plaza, se despoja de la corona y proclama «Castilla por la reina Juana». En lo formal no hay problema: la reina ha transmitido el reino conforme a las leyes a su hija Juana.

El conferenciante insiste, como ya había hecho en la sesión anterior del ciclo, en que el testamento deja las cosas «demasiado abiertas». Prevé el caso de que Juana «no quisiere o no pudiere» reinar, y establece que Fernando gobierne hasta que el heredero de Felipe y Juana tenga al menos 20 años cumplidos. Zalama reconstruye así el cálculo de Fernando: su nieto Carlos tenía 4 años, faltaban 16, y él no iba a vivir tanto. La cláusula le venía bien.

Fernando había perdido con la muerte de su esposa el título de rey de Castilla, pero eso le importaba poco, según el ponente, porque era rey de Aragón. Lo que quería era ser gobernador de Castilla, un reino más rico que Aragón. Su razonamiento, tal como lo resume Zalama, era sencillo: si su hija no venía, lo decía el testamento; y si venía y no quería o no podía reinar, él seguía mandando.

Felipe el Hermoso quiere ser rey

El 12 de diciembre, el obispo Juan Rodríguez de Fonseca comunica verbalmente en los Países Bajos a Felipe el Hermoso la muerte de la reina. Zalama subraya que Felipe se convertía en rey no por derecho propio, sino por ser esposo de quien tenía el derecho. Juana, cree el ponente, «debió literalmente aterrarse»: no lo esperaba ni lo quería. Su marido, en cambio, se alegró de llegar a rey sin hacer gran cosa.

Felipe pretendía además hacer valer la ley sálica, que impide reinar a la mujer. Zalama señala que en España esto no funcionaba, y que la prueba era que la soberana recién fallecida era una reina. A favor de Felipe jugaba otro factor, que el conferenciante resume con la fórmula de Jerónimo Zurita sobre «el sexo y el juicio» que Dios dio a doña Juana. En su opinión, la salud mental de Juana debió de quebrarse del todo en esos meses. Estaba atrapada entre un marido empeñado en viajar a Castilla para ser jurados reyes y un padre que no quería verlos allí bajo ningún concepto.

A comienzos de 1505, Fernando convoca Cortes en Toro, donde se estaba celebrando la almoneda de los bienes de Isabel. Allí declara ante los procuradores que, mucho antes de morir la reina, conocía «la enfermedad y pasión que sobrevino a la reina doña Juana». Añade que no había querido declarar el impedimento por el gran dolor que ello le causaba. Zalama lo interpreta como una declaración pública de incapacidad hecha por su propio padre, y por interés, para seguir en el poder.

Mientras, en los Países Bajos, Felipe se presenta ya como rey. El ponente muestra los paneles laterales de un tríptico conservado, pintado poco después de la muerte de Isabel, donde aparecen Felipe y Juana. Felipe lleva corona y luce en el peto de la armadura las armas de Castilla, por delante de las suyas propias. Zalama apunta de paso que el título de «archiduque» fue una invención de los Habsburgo, que llegaron a falsificar documentación, y que en realidad eran duques.

Una carta falsa y la nobleza que cambia de bando

Felipe quería viajar de inmediato, pero no podía. La primera razón era que Juana estaba de nuevo embarazada de su quinto hijo, María, la futura María de Hungría, que nació en septiembre de 1505. Entretanto llegó a Castilla una carta supuestamente firmada por Juana. En ella la reina decía querer entregar el reino a su esposo y venir a España para que él gobernara. Zalama afirma que la firma es apócrifa, y lo demuestra con una comparación visual. Muestra dos firmas auténticas, una como «Yo, la princesa» y otra como «Yo, la reina», con rasgos idénticos, frente a la de esa carta, que califica de «burda imitación». A su juicio, «aquello no se lo creía nadie».

Felipe sí logró algo importante: atraer a casi toda la alta nobleza. Zalama lo explica por la política de los Reyes Católicos, que habían «metido en vereda» a unos nobles que en tiempos de Enrique IV hacían y deshacían a su antojo. Para ellos era preferible un rey lejano que los necesitara al que ya los había limitado. Según el ponente, Felipe cometió sin embargo un grave error: contrajo con ellos tantas obligaciones para ganarlos a su partido que al final se quedó sin nada que dar.

¿Dónde estaba Juana en todo esto? «En ninguna parte», responde Zalama. No se enteraba y no quería saber nada. Todo se hacía a sus espaldas. Cuando Fernando vio que la nobleza lo abandonaba, pactó con su yerno la Concordia de Salamanca en noviembre de 1505, por la que ambos se repartían el gobierno de Castilla y dejaban a Juana al margen. Al marido no le importaba, comenta el ponente, pues se había casado con ella «porque tocaba». Que tampoco le importara a su padre le parece más difícil de digerir.

Fernando, político maquiavélico, y la boda con Germana de Foix

La Concordia duró poco, porque Felipe ya no necesitaba a Fernando. Zalama presenta a Fernando como un político extraordinario. Recuerda que se ha dicho que Maquiavelo pensó más en él que en César Borgia al escribir El príncipe, aunque admite que eso no se sabe. Lo describe como alguien capaz de firmar una cosa por la mañana y la contraria por la tarde.

En esos meses Fernando firma un acuerdo con el rey de Francia, su enemigo, y se casa con su sobrina, Germana de Foix, cuando aún no había pasado un año de la muerte de Isabel. Para Felipe fue, en palabras del ponente, «una faena monumental». Ya no podía atravesar Francia para llegar a España y se veía obligado a viajar por mar.

Además, Felipe carecía de dinero. Pidió fondos a sus estados, que se los concedieron de mala gana y con condiciones. Zalama cita al embajador veneciano Quirini, al que considera una fuente especialmente objetiva por no estar a favor de ninguna de las partes. Según Quirini, Felipe pensaba llegar con 2.000 soldados y 200 gentilhombres, porque debía estar en condiciones de enfrentarse al ejército de Fernando. Reunió 300.000 ducados, una cantidad muy elevada pero corta para ese propósito. El ponente la compara con los 185.000 ducados que costó enviar a Juana a los Países Bajos en 1496, cuando no hubo que llevar un ejército.

El naufragio de 1506 y la «sangre fría» de la reina

Con prisas porque el dinero se iba gastando, Felipe cometió otro error serio, según Zalama: hacerse a la mar el 10 de enero de 1506 desde Middelburg. Los pilotos le advirtieron que el mar del Norte era muy peligroso en pleno invierno, pero no hizo caso. El ponente sigue la ruta sobre un mapa. En un día pasaron el canal de la Mancha y el 13 ya habían doblado Bretaña rumbo a España. Allí una tormenta desbarató la flota de unos 40 navíos, de los que se perdieron 17. La mayoría de los barcos llegó como pudo a Falmouth, en el extremo suroccidental de Inglaterra. La nave capitana, con Felipe y Juana a bordo, alcanzó otro punto de la costa inglesa el 16 de enero.

Zalama relata, a partir de la crónica de un autor anónimo, lo que ocurrió a bordo en plena tormenta. A la hora de comer, la reina salió al puente y pidió que le sirvieran la comida, mientras a su alrededor la gente, según las crónicas, se hacía sus necesidades encima ante la inminencia de la muerte. Todos hicieron votos y decidieron una gran ofrenda a la Virgen de Guadalupe. Cuando le pidieron dinero a la reina, se lo pensó y acabó sacando de la faltriquera medio ducado, cinco reales y medio. Para un particular era mucho, observa Zalama, pero para una reina era «calderilla». Cuando le reprocharon lo poco que daba, respondió que, que ella supiera, ningún rey había muerto en un naufragio. El ponente no sabe si aquello era sangre fría o «poca sangre».

Detenidos en Inglaterra: Enrique VII, el duque de Suffolk y Catalina de Aragón

En Inglaterra reinaba Enrique VII, padre del famoso Enrique VIII. Según Zalama, para él la llegada de Felipe fue un regalo caído del cielo, porque su gran oponente, el duque de Suffolk, estaba escondido en los Países Bajos. Lo primero que exigió a Felipe fue que se lo entregara. Mientras tanto lo agasajó con fiestas y espectáculos que servían sobre todo para entretenerlo, pese a su impaciencia por llegar a España.

El ponente se detiene en Catalina, la hija menor de los Reyes Católicos y hermana de Juana. Casada con Arturo, príncipe de Gales, enviudó unos dos años después. Enrique VII no quería devolverla a España porque tendría que devolver también su dote y no tenía dinero, así que fue dando largas. Catalina escribió a su padre, pero Fernando no le hizo caso. Permaneció siete años viuda, hasta que, muerto Enrique VII, su hijo Enrique VIII se casó con ella en 1509.

Catalina quiso ver a su hermana, ya reina. Juana no tenía interés y, según Zalama, «poco menos que tienen que llevarla a rastras». Estuvo unas 24 horas en la corte de Windsor y se marchó. Quirini escribe en ese momento, en esencia, que Juana no es capaz de semejante gobierno. Zalama vuelve a destacar el valor de este testimonio por la neutralidad del embajador.

Una vez que Enrique VII consiguió a su enemigo, Juana se negó a embarcar. La única manera de convencerla, afirma el ponente, era la que Felipe ya conocía: yacer con ella. Funcionó, y nueve meses exactos después nació la hija póstuma, Catalina. Embarcaron el 24 de abril.

Desembarco en La Coruña, entrevista de Remesal y acuerdo de Villafáfila

Bien aconsejado, Felipe no desembarcó en Laredo, el puerto habitual, sino en La Coruña, donde Fernando no lo esperaba. Zalama explica que las noticias volaban gracias a las postas: los mensajeros galopaban un caballo hasta reventarlo y seguían con otro. Así, la nobleza acudió enseguida a La Coruña. El ponente muestra una estampa del recibimiento, con los súbditos arrodillados, y advierte que no es una representación fidedigna: quien la hizo «no sabía ni dónde estaba La Coruña».

Suegro y yerno se encuentran cerca del lago de Sanabria, en la alquería de Remesal. Felipe llega con toda su parafernalia y su ejército. Fernando llega casi solo, pues de los grandes nobles únicamente el duque de Alba permanecía a su lado. Zalama cuenta que Fernando, al ver al conde de Benavente en el bando contrario, le dijo: «Conde, también vos os habéis puesto de este lado», y añadió con sorna que lo encontraba muy gordo. Fernando sabía que había perdido, «pero no tanto». Quiso entrevistarse con su hija y se lo impidieron, porque temían que Juana se echara en sus brazos y le pidiera que gobernara él.

El acuerdo se firmó el 20 de junio de 1506. Fernando obtenía los tres maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara con sus ingresos, una renta de 10 millones de maravedíes anuales y la mitad de los ingresos de las Indias. A cambio firmó una carta en la que declaraba que su hija no quería ocuparse de ningún género de gobernación. Añadía que, aunque quisiera, sería «total destrucción y perdimiento de estos reinos», por «sus enfermedades y pasiones, que aquí no se expresan por la honestidad». Zalama lo lee como una nueva declaración de incapacidad. Esa misma tarde, Fernando firmó otro documento en el que alegaba que le habían obligado a firmar el anterior. «Muy buen político», ironiza el ponente.

Jura en Valladolid y la muerte súbita de Felipe

Antes de entrar en Valladolid, Felipe se detuvo en Mucientes y reunió a los principales procuradores para pedirles que lo juraran rey solo, sin Juana. La mayoría se negó: el testamento era claro, la reina era Juana y él solo era rey como su esposo. Felipe montó en cólera, pero no le sirvió de nada. Fueron jurados reyes el 12 de julio de 1506 en la iglesia de San Pablo de Valladolid, cuya parte superior, precisa Zalama, se modificó cuando Valladolid fue corte entre 1601 y 1606. Felipe fue jurado detrás de Juana. Para el ponente era una humillación sobre todo de cara al público, porque todos sabían que Juana no tomaría decisiones ni firmaría papeles y que el gobernante efectivo sería Felipe.

La comitiva emprendió viaje hacia el sur sin motivo claro. En Íscar, donde hay un castillo, Juana debió de oír que Felipe pretendía recluirla allí. Se negó a bajar de la mula y pasó la noche montada. Zalama explica de paso que las reinas viajaban en mula por seguridad, porque la mula es tozuda pero no se encabrita ni tira al jinete. Finalmente no entraron en Íscar y fueron a Tudela de Duero, donde estuvieron del 8 al 31 de agosto. Felipe, ya sin dinero, pidió prestados 50.000 ducados a Cisneros, entonces arzobispo y aún no cardenal. Cisneros se los prestó y se ocupó de recuperarlos pronto con intereses. «Era un franciscano pobre», bromea el ponente.

Llegaron a Burgos el 7 de septiembre, entre fiestas, juegos de cañas y toros. A los nueve días Felipe enfermó. Zalama se burla de la versión tradicional según la cual enfermó por beber un vaso de agua tras jugar a la pelota. La enfermedad no remitió: dolores de costado y vómitos de sangre. «Esto es blanco y en botella», dice, y añade que su copero murió también poco después. Aun así, precisa que debe quedar «en el terreno de las hipótesis».

Apunta algunos hilos. El primero en saber de la muerte fue Fernando, que oportunamente ya estaba en Aragón, y quien se lo comunicó fue mosén Luis Ferrer. Ferrer sería después el primer carcelero de Juana en Tordesillas, con poder absoluto, hasta que Cisneros lo destituyó al morir Fernando. Felipe murió el 25 de septiembre de 1506 en el palacio del Condestable de Burgos, a los 27 años. Zalama descarta la peste: esta se llevaba sobre todo a personas mal alimentadas y débiles, no a un joven bien alimentado y sin enfermedad conocida.

El cuerpo de Felipe y la reina que no gobierna

Se siguió el rito borgoñón: embalsamaron el cadáver, extrajeron las vísceras y enviaron el corazón a los Países Bajos. El cuerpo, vendado, quedó según Pedro Mártir de Anglería como una especie de yeso. Se llevó a la cartuja de Miraflores, donde estaban el retablo de Gil de Siloé y los sepulcros de Juan II e Isabel de Portugal, encargados y pagados por Isabel la Católica. Allí recibió un enterramiento provisional. El ponente desmonta de paso una estampa del cortejo en la que se ha querido ver a Juana: no iría vestida así.

Según Anglería, la reina no se apartó de su marido durante la enfermedad, pero no derramó una sola lágrima. Después acudía cada poco a Miraflores, mandaba sacar el cadáver y obligaba a los nobles a confirmar que era Felipe. Zalama insiste en que esto lo cuentan testigos presenciales, no terceros.

Anglería escribe también que la reina no tenía la menor preocupación por si sus reinos crecían o se hundían. No firmaba nada. Zalama recuerda que entonces el rey gobernaba de verdad, no como los monarcas actuales, que firman lo que se les pone delante. Juana solo dio, según él, dos órdenes. La primera, política: destituir a todos los miembros del Consejo Real nombrados por su esposo. Su secretario, aunque favorable a ella, se negó a cursarla. La segunda: asegurar cera abundante para alumbrar el féretro y pagar a los cantores que entonaban himnos funerarios mañana, tarde y noche.

Mientras, los nobles se dividían y estuvieron a punto de llegar a las espadas. Unos querían que volviera Fernando. La mayoría no, porque temían que regresara con ganas de venganza, y hasta pensaron en ofrecer el trono a Maximiliano, padre de Felipe. Fue Cisneros quien, según Zalama, dio el puñetazo sobre la mesa y decidió que Fernando debía volver.

El viaje nocturno hacia Granada y el nacimiento de Catalina

En la Nochebuena de 1506, Juana acudió con toda la corte a Miraflores, hizo sacar el cadáver y, tras la habitual confirmación, ordenó cargarlo en un carro y partir hacia Granada. Nadie, ni Cisneros, pudo detenerla: era la reina. El motivo era el breve testamento, de cuatro páginas y conservado en Simancas, que Felipe había hecho antes de embarcar el 10 de enero. En él pedía que, si moría en España, se le enterrara junto a su suegra en Granada.

Juana, embarazada de ocho meses y medio, decidió viajar solo de noche. Zalama se ríe de quien escribió que lo hacía para evitar los calores de Castilla: «ese no sabe lo que es Castilla el 24 de diciembre». Tras cuatro jornadas por Buniel, Cavia y Celada, llegaron a Torquemada, donde tuvo que detenerse. Hubo que levantar tiendas, talar árboles y desalojar a vecinos. Juana declaró que no se movería hasta que regresara su padre. El ponente invita a imaginar a los lugareños ante aquella procesión nocturna de frailes con velas entonando cantos de difuntos. Para él, ahí nace la leyenda de la locura de Juana, porque lo que antes sabían unos pocos se hizo público en medio del campo.

El 14 de enero de 1507 nació Catalina, futura reina de Portugal. Zalama muestra entonces lo que presenta como la última firma de Juana que ha encontrado, tras años revisando archivos. Es una orden de cargar en cuenta 20 ducados de oro que dio de ofrenda el día que salió a misa después de dar a luz a la infanta. Tras enero de 1507, afirma, no vuelve a firmar nada. Esto, anuncia, resultará importante más adelante.

Peste, hornillos y el reencuentro con Fernando

La corte estuvo cuatro meses en Torquemada. Zalama recuerda que, por mucho oro y terciopelo que llevaran, las ratas acompañaban a la corte, y con ellas los parásitos que transmitían la peste. Describe cómo se ocultaba a los enfermos encerrándolos en casa, lo que infectaba a todos los que convivían con ellos, y que la enfermedad mataba en unos tres días. Declarada la peste en Torquemada, cruzaron el Pisuerga hacia Hornillos, que Anglería llama «villorrio».

En el camino se sitúa el episodio que pintó Francisco Pradilla en el siglo XIX: Juana se niega a entrar en un convento femenino y manda abrir el féretro en medio del campo. Zalama da por ciertos esos hechos, pero considera el cuadro «bastante mentira». Si no quería mujeres cerca, el lienzo está lleno de mujeres; y aparece un escudo imperial, cuando Felipe jamás fue emperador.

En Hornillos pasaron otros cuatro meses. Con tantas velas, el fuego casi quemó la iglesia de Torquemada y en Hornillos la quemó, de modo que Cisneros tuvo que pagar ropa litúrgica y la reconstrucción. En Tórtoles de Esgueva, Juana se encontró por fin con su padre, que según el ponente se aterró al ver la lúgubre procesión. Pasaron alrededor de un mes en Santa María del Campo, insuficiente para alojar dos cortes. Fernando, que llegaba con las manos vacías y necesitaba a Cisneros, había conseguido del papa Julio II el capelo cardenalicio para él. Juana impidió que la ceremonia se celebrara en la iglesia donde estaba el féretro, así que hubo que hacerla en Mahamud, a pocos kilómetros, en 1507.

Fernando propuso volver a Burgos. Juana se negó porque allí había muerto su marido, y acabaron en Arcos de la Llana, donde el obispo de Burgos tenía un palacio. Zalama muestra ese palacio, muy reformado, y la puerta hoy cegada por la que se accedía a la iglesia donde Juana colocó el féretro sobre andas, sin enterrar. Iba a ser algo provisional, pero Fernando tuvo que ir a Andalucía a sofocar a nobles que se le querían sublevar, y Juana permaneció allí algo más de un año.

Tordesillas: el palacio, Santa Clara y los carceleros

A su regreso, Fernando, sin consultar a su hija, la trasladó a Tordesillas. La ruta bordeó Valladolid. Zalama explica que Fernando temía, con fundamento, que la población aclamara a la reina Juana y lo echaran de nuevo. Juana llegó con la pequeña Catalina, pero no con su hijo Fernando, el futuro emperador, a quien se había llevado su abuelo.

El ponente reconstruye la villa a partir del dibujo de hacia 1570 de Anton van den Wyngaerde, «Antonio de las Viñas», y de una fotografía actual. Desmonta dos tópicos. Uno dice que la reina veía el féretro de su esposo desde el palacio: por la distancia al monasterio de Santa Clara, «no sé qué visión tenía esta mujer». El otro, que vivió en la torre de San Antolín, que se terminó después de su muerte. El palacio no era Versalles, sino una gran casona de piedra, mucho ladrillo, adobe y madera, difícil de mantener.

Zalama localizó en el Archivo de Palacio de Madrid la planta del edificio y comprobó que cuadra perfectamente con el catastro actual. Cuando se derribó el palacio se abrió una calle en medio de la parcela, bautizada «Calle Nueva». Una de las calles laterales conserva en parte el nombre de calle de las Cocinas.

El cuerpo de Felipe se depositó sin enterrar en la iglesia de Santa Clara. Juana lo visitaba, pero cada vez con menos frecuencia. El ponente lo deduce de un episodio: en una Semana Santa descubrió que las monjas estaban trasladando el coro alto a los pies de la iglesia, lo que le impediría ver el féretro. Mandó paralizar la obra y, de palabra, no por escrito, ordenó pagar a las monjas para que rehicieran el coro alto. Si la obra estaba tan avanzada sin que ella lo notara, razona Zalama, es que ya no iba a menudo. El cuerpo permaneció allí hasta que en 1525 Carlos lo llevó a Granada.

El primer «carcelero», término que Zalama considera el único adecuado para el gobernador del palacio, fue mosén Luis Ferrer, protegido de Fernando. Al morir Fernando en Madrigalejo en enero de 1516, Cisneros recuperó la regencia y lo expulsó. Ferrer le escribió una carta que al ponente le sorprende que no le costara la vida, en la que le dice que su señoría sabe por qué hizo las cosas que hizo. Cisneros lo sabía, comenta Zalama, pero no podía mantenerlo, y nombró a Hernán Duque de Estrada, apellido y no título. Después vinieron los marqueses de Denia.

La vida cotidiana y el rescate de la infanta Catalina

La reina vivía mal. La documentación dice que hubo que «darle cuerda», es decir, atarla, porque se negaba a comer. Se negaba a lavarse o no salía del agua, se lavaba el pelo continuamente y comía en el suelo. Lo más alarmante para su época era que descuidaba sus deberes religiosos: no se confesaba ni comulgaba.

Tras la muerte de Fernando, Carlos empezó a titularse rey. Los nobles castellanos protestaron, pero Cisneros, ya muy anciano y temiendo morir, los convenció de que lo dejaran titularse como quisiera siempre que viniera a gobernar. Cisneros murió poco antes de la llegada de Carlos.

Zalama presenta una maqueta del palacio elaborada con los datos disponibles. Tenía una galería corrida en el exterior, y la reina ocupaba la parte este, con la habitación de la infanta Catalina al fondo. Como en palacios del tipo de La Granja, las estancias se comunicaban sin pasillos, de modo que la niña solo podía salir pasando por delante de su madre, que así la vigilaba por completo. Cuando Carlos llegó con su hermana Leonor, le horrorizó el aislamiento de la niña. A comienzos de 1518 organizaron una operación «rocambolesca»: abrieron un agujero en la pared de adobe, lo taparon con un tapiz, descolgaron a la infanta a la calle y la llevaron a Valladolid. Al día siguiente, la reina se negó a tomar siquiera agua. Los sirvientes avisaron a Carlos de que aquello acabaría en tragedia, y este, a punto de cumplir 18 años, hizo volver a su hermana.

Los comuneros y la firma que nunca llegó

Zalama tiene documentadas unas 30 visitas de Carlos a su madre. Por Tordesillas pasó mucha gente, pero el episodio clave es el de 1520. Nobles de menor rango, hartos de que los flamencos acapararan cargos, formaron en Toledo la Santa Junta de las Comunidades. El ponente subraya que no pretendían destronar al rey, sino que atendiera más a sus intereses. Los comuneros subieron «como una flecha» a Tordesillas, expulsaron al marqués de Denia, Bernardo de Sandoval y Rojas, bisabuelo del duque de Lerma, y liberaron a la reina para que sancionara con su firma lo que le presentaran.

Carlos estaba fuera, tras su coronación. Al frente quedaba Adriano de Utrecht, su preceptor y futuro papa Adriano VI, que le escribió que, si su alteza firmaba, sin duda todo el reino se perdería y saldría de la obediencia de Carlos. Juana no firmó ni un solo papel. Aquí Zalama retoma la importancia de la última firma de 1507. Los comuneros permanecieron en Tordesillas de agosto a comienzos de diciembre de 1520 y fueron desalojados por las tropas realistas la noche del 4 al 5 de diciembre. La batalla final fue el 23 de abril de 1521.

Pasaron también por allí la emperatriz Isabel de Portugal, regente en ausencias de Carlos, y el príncipe Felipe, que se hizo aposentos en el palacio. Visitaron a la reina además María de Austria, casada con su primo hermano Maximiliano II, ambos nietos de Juana, y la princesa Juana de Portugal. El ponente apunta de paso la endogamia que eso revela.

El expolio de 1524 y los cofres llenos de ladrillos

En 1524 Carlos pasó casi un mes en Tordesillas y, según Zalama, «literalmente expolió» el tesoro de su madre. Se sabe con precisión porque en 1509 Fernando había mandado inventariar los bienes de Juana, tarea que hizo el camarero Diego de Ribera. Entre ellos había 70 tapices, piezas de oro y plata, diamantes y perlas. Carlos preparaba entonces la boda de su hermana Catalina con Juan III de Portugal, en un doble enlace, pues él se casaría con Isabel, hermana de Juan III. Entregó muchas cosas a Catalina para su ajuar, pero se quedó «la parte del león», entre ella los tapices de los paños de oro y los de la vida de la Virgen.

Cómo se sabe todo esto es una historia en sí. Al morir Juana desapareció el último cofre que conservaba. Zalama cree que es el que hoy, con el escudo de Juana, está en la antigua colegiata de Ampudia (Palencia), iglesia bajo patronato del duque de Lerma, nieto de uno de los marqueses de Denia que custodiaron a la reina. Felipe II ordenó una investigación, «con un proceder propio de Felipe II». Los sirvientes más antiguos fueron declarando uno tras otro lo desaparecido desde 1524. Contaron que se lo llevó el emperador y que, para que la reina no notara la falta de peso, metieron ladrillos en los cofres de oro y plata. Zalama relata que al encontrar esos papeles pasó horas sin moverse, incrédulo y encantado a la vez, hasta que casi lo echan del archivo. Cuando la información llegó a Felipe II, este cortó la investigación en seco y dio el finiquito, pero los documentos ya existían.

La peste de 1533, los últimos años y la muerte

En 1533 la peste empezó a matar dentro del palacio. La emperatriz y el marqués de Denia insistieron en sacar a la reina. Carlos se resistía, porque sabía lo peligroso que era, pero cedió ante la presión. Desde 1534, Juana pasó 14 o 15 meses recorriendo pueblos cercanos, sin entrar nunca en una gran ciudad, hasta que se consideró que Tordesillas estaba libre de peste.

Al salir, creyendo que iba a Granada, ordenó quemar ante el palacio la ropa que ella misma dejaba en agua durante semanas hasta pudrirse. Los testigos cuentan que, cuando los sirvientes intentaron aprovechar prendas, la reina les arrojó desde la galería ladrillos, tejas y piedras. No se separaba del único cofre que le quedaba. Del viaje, Zalama dice que «debió preparar unos jaleos» que prefiere no contar, y advierte que ahí hay que leer entre líneas, a diferencia de lo anterior, que los testigos dejan claro.

Al final de su vida tenía llagas, y al tratarlas con agua caliente la escaldaron. Aguantó. Felipe II se preguntaba cuándo moriría. Zalama resume: «toda la salud mental que le faltó le sobró como salud física». Preocupados porque no se confesaba, sus familiares enviaron al jesuita Francisco de Borja, que de niño había sido menino al servicio de la infanta Catalina. Borja escribió tres cartas a Felipe II: no había nada que hacer, no se le podía achacar culpa, y cuando le pidió que se confesara ella le contestó: «Confesaos vos».

Poco antes de morir la visitó su nieta, la gobernadora del reino, llegada desde Valladolid. Juana tuvo fuerzas para darse la vuelta en la cama y darle la espalda. Murió el Jueves Santo de 1555 y fue enterrada en Santa Clara de Tordesillas. Zalama menciona que conoce el entierro con detalle gracias a los monteros de Espinosa, la guardia nocturna de palacio, que en su caso era la guardia real efectiva porque Juana vivía de noche con las ventanas cerradas.

El ponente explica así el interés de Felipe II por su muerte: Carlos quería abdicar y no podía mientras hubiera una reina. Habrían coexistido Juana reina, Carlos «rey emérito» y Felipe; «dos ya era difícil de entender, tres…». La abdicación llegó pocos meses después. En 1574 Felipe II ordenó trasladar sus restos a la Capilla Real de Granada, pasando por El Escorial, en un viaje con tanta lluvia que el ataúd de hierro «poco menos que flotaba». El sepulcro de Juana y Felipe no se colocó en su lugar actual hasta hacia 1600, en época de Felipe III, y hubo que desplazar a un lado el de los Reyes Católicos.

De la leyenda romántica al cine

Tras su muerte, dice Zalama, la reina se olvida: la historia pasa de los Reyes Católicos a Carlos V como si ella no hubiera existido. En el siglo XIX llegan los románticos y empieza la leyenda. Primero es literaria, con el drama de Tamayo y Baus, y enseguida pictórica. Lorenzo Vallés pinta La demencia de doña Juana con el cadáver dentro del féretro abierto, algo que para Zalama no tiene sentido. Pradilla pinta a Juana con la infanta jugando en Tordesillas, con un caballo con armadura por juguete, que las niñas no usaban, y con la ventana abierta. Zalama recuerda que Juana vivía siempre de noche porque decía que no era honrado para una viuda vivir a la luz del día. En el fondo del cuadro aparece incluso el féretro de Felipe, como si lo tuviera en casa.

En el cine, Locura de amor (1948), de Juan de Orduña, con Aurora Bautista y Fernando Rey, reflejó según el ponente los «valores patrios» de la época: el extranjero Felipe era el malo y Juana la defensora de España. Juana la Loca (2001), de Vicente Aranda, con Pilar López de Ayala y Daniele Liotti, le merece dos críticas. La menor, elegir a un actor siciliano moreno para el hijo de una borgoñona y un alemán. La mayor, presentar a Juana como «una verdadera ninfómana». Zalama defiende el derecho de cineastas y novelistas a contar lo que quieran, pero no a afirmar que eso es verdad.

Menciona también La corona partida, con Irene Escolar, secuela de la serie Isabel. La actriz fue a verlo a Valladolid, había leído mucho y la serie está bien hecha, aunque no tuvo el éxito de Isabel. Por último recomienda, para «desternillarse», Juana la Loca… de vez en cuando (1983), de José Ramón Larraz, con Lola Flores como Isabel la Católica, José Luis López Vázquez como Fernando, y Quique Camoiras, Manolo Gómez Bur y Fernando Fernán Gómez. Para Zalama, esa película ilustra a lo que ha llegado muchas veces el conocimiento de una mujer que fue reina de Castilla y de Aragón y que la historia ha tratado muy mal.