Juana I, reina que no gobernó: de la muerte de Isabel a la reclusión de Tordesillas y la leyenda
Fundación Juan MarchMiguel Ángel Zalama, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, dedica esta conferencia a la segunda etapa de la vida de Juana I de Castilla. Parte del momento en que se convierte en reina propietaria, en noviembre de 1504, y llega hasta su muerte en Tordesillas y la construcción posterior de su leyenda. La pregunta que guía la exposición es cómo una mujer que heredó legítimamente la corona no llegó nunca a gobernar. Zalama sostiene que la salud mental de Juana estaba gravemente deteriorada. También sostiene que su padre, su marido y después su hijo aprovecharon esa incapacidad en su propio beneficio. Para ello se apoya en crónicas, informes de embajadores y documentos de archivo, muchos localizados por él mismo.
Un testamento que dejaba la puerta abierta
El 26 de noviembre de 1504 muere en Medina del Campo Isabel la Católica, reina propietaria de Castilla. Según relata Zalama, Fernando sale enseguida a la plaza, se despoja de la corona y proclama «Castilla por la reina Juana». En lo formal no hay problema: la reina ha transmitido el reino conforme a las leyes a su hija Juana.
El conferenciante insiste, como ya había hecho en la sesión anterior del ciclo, en que el testamento deja las cosas «demasiado abiertas». Prevé el caso de que Juana «no quisiere o no pudiere» reinar, y establece que Fernando gobierne hasta que el heredero de Felipe y Juana tenga al menos 20 años cumplidos. Zalama reconstruye así el cálculo de Fernando: su nieto Carlos tenía 4 años, faltaban 16, y él no iba a vivir tanto. La cláusula le venía bien.
Fernando había perdido con la muerte de su esposa el título de rey de Castilla, pero eso le importaba poco, según el ponente, porque era rey de Aragón. Lo que quería era ser gobernador de Castilla, un reino más rico que Aragón. Su razonamiento, tal como lo resume Zalama, era sencillo: si su hija no venía, lo decía el testamento; y si venía y no quería o no podía reinar, él seguía mandando.
Felipe el Hermoso quiere ser rey
El 12 de diciembre, el obispo Juan Rodríguez de Fonseca comunica verbalmente en los Países Bajos a Felipe el Hermoso la muerte de la reina. Zalama subraya que Felipe se convertía en rey no por derecho propio, sino por ser esposo de quien tenía el derecho. Juana, cree el ponente, «debió literalmente aterrarse»: no lo esperaba ni lo quería. Su marido, en cambio, se alegró de llegar a rey sin hacer gran cosa.
Felipe pretendía además hacer valer la ley sálica, que impide reinar a la mujer. Zalama señala que en España esto no funcionaba, y que la prueba era que la soberana recién fallecida era una reina. A favor de Felipe jugaba otro factor, que el conferenciante resume con la fórmula de Jerónimo Zurita sobre «el sexo y el juicio» que Dios dio a doña Juana. En su opinión, la salud mental de Juana debió de quebrarse del todo en esos meses. Estaba atrapada entre un marido empeñado en viajar a Castilla para ser jurados reyes y un padre que no quería verlos allí bajo ningún concepto.
A comienzos de 1505, Fernando convoca Cortes en Toro, donde se estaba celebrando la almoneda de los bienes de Isabel. Allí declara ante los procuradores que, mucho antes de morir la reina, conocía «la enfermedad y pasión que sobrevino a la reina doña Juana». Añade que no había querido declarar el impedimento por el gran dolor que ello le causaba. Zalama lo interpreta como una declaración pública de incapacidad hecha por su propio padre, y por interés, para seguir en el poder.
Mientras, en los Países Bajos, Felipe se presenta ya como rey. El ponente muestra los paneles laterales de un tríptico conservado, pintado poco después de la muerte de Isabel, donde aparecen Felipe y Juana. Felipe lleva corona y luce en el peto de la armadura las armas de Castilla, por delante de las suyas propias. Zalama apunta de paso que el título de «archiduque» fue una invención de los Habsburgo, que llegaron a falsificar documentación, y que en realidad eran duques.
Una carta falsa y la nobleza que cambia de bando
Felipe quería viajar de inmediato, pero no podía. La primera razón era que Juana estaba de nuevo embarazada de su quinto hijo, María, la futura María de Hungría, que nació en septiembre de 1505. Entretanto llegó a Castilla una carta supuestamente firmada por Juana. En ella la reina decía querer entregar el reino a su esposo y venir a España para que él gobernara. Zalama afirma que la firma es apócrifa, y lo demuestra con una comparación visual. Muestra dos firmas auténticas, una como «Yo, la princesa» y otra como «Yo, la reina», con rasgos idénticos, frente a la de esa carta, que califica de «burda imitación». A su juicio, «aquello no se lo creía nadie».
Felipe sí logró algo importante: atraer a casi toda la alta nobleza. Zalama lo explica por la política de los Reyes Católicos, que habían «metido en vereda» a unos nobles que en tiempos de Enrique IV hacían y deshacían a su antojo. Para ellos era preferible un rey lejano que los necesitara al que ya los había limitado. Según el ponente, Felipe cometió sin embargo un grave error: contrajo con ellos tantas obligaciones para ganarlos a su partido que al final se quedó sin nada que dar.
¿Dónde estaba Juana en todo esto? «En ninguna parte», responde Zalama. No se enteraba y no quería saber nada. Todo se hacía a sus espaldas. Cuando Fernando vio que la nobleza lo abandonaba, pactó con su yerno la Concordia de Salamanca en noviembre de 1505, por la que ambos se repartían el gobierno de Castilla y dejaban a Juana al margen. Al marido no le importaba, comenta el ponente, pues se había casado con ella «porque tocaba». Que tampoco le importara a su padre le parece más difícil de digerir.
Fernando, político maquiavélico, y la boda con Germana de Foix
La Concordia duró poco, porque Felipe ya no necesitaba a Fernando. Zalama presenta a Fernando como un político extraordinario. Recuerda que se ha dicho que Maquiavelo pensó más en él que en César Borgia al escribir El príncipe, aunque admite que eso no se sabe. Lo describe como alguien capaz de firmar una cosa por la mañana y la contraria por la tarde.
En esos meses Fernando firma un acuerdo con el rey de Francia, su enemigo, y se casa con su sobrina, Germana de Foix, cuando aún no había pasado un año de la muerte de Isabel. Para Felipe fue, en palabras del ponente, «una faena monumental». Ya no podía atravesar Francia para llegar a España y se veía obligado a viajar por mar.
Además, Felipe carecía de dinero. Pidió fondos a sus estados, que se los concedieron de mala gana y con condiciones. Zalama cita al embajador veneciano Quirini, al que considera una fuente especialmente objetiva por no estar a favor de ninguna de las partes. Según Quirini, Felipe pensaba llegar con 2.000 soldados y 200 gentilhombres, porque debía estar en condiciones de enfrentarse al ejército de Fernando. Reunió 300.000 ducados, una cantidad muy elevada pero corta para ese propósito. El ponente la compara con los 185.000 ducados que costó enviar a Juana a los Países Bajos en 1496, cuando no hubo que llevar un ejército.
El naufragio de 1506 y la «sangre fría» de la reina
Con prisas porque el dinero se iba gastando, Felipe cometió otro error serio, según Zalama: hacerse a la mar el 10 de enero de 1506 desde Middelburg. Los pilotos le advirtieron que el mar del Norte era muy peligroso en pleno invierno, pero no hizo caso. El ponente sigue la ruta sobre un mapa. En un día pasaron el canal de la Mancha y el 13 ya habían doblado Bretaña rumbo a España. Allí una tormenta desbarató la flota de unos 40 navíos, de los que se perdieron 17. La mayoría de los barcos llegó como pudo a Falmouth, en el extremo suroccidental de Inglaterra. La nave capitana, con Felipe y Juana a bordo, alcanzó otro punto de la costa inglesa el 16 de enero.
Zalama relata, a partir de la crónica de un autor anónimo, lo que ocurrió a bordo en plena tormenta. A la hora de comer, la reina salió al puente y pidió que le sirvieran la comida, mientras a su alrededor la gente, según las crónicas, se hacía sus necesidades encima ante la inminencia de la muerte. Todos hicieron votos y decidieron una gran ofrenda a la Virgen de Guadalupe. Cuando le pidieron dinero a la reina, se lo pensó y acabó sacando de la faltriquera medio ducado, cinco reales y medio. Para un particular era mucho, observa Zalama, pero para una reina era «calderilla». Cuando le reprocharon lo poco que daba, respondió que, que ella supiera, ningún rey había muerto en un naufragio. El ponente no sabe si aquello era sangre fría o «poca sangre».
Detenidos en Inglaterra: Enrique VII, el duque de Suffolk y Catalina de Aragón
En Inglaterra reinaba Enrique VII, padre del famoso Enrique VIII. Según Zalama, para él la llegada de Felipe fue un regalo caído del cielo, porque su gran oponente, el duque de Suffolk, estaba escondido en los Países Bajos. Lo primero que exigió a Felipe fue que se lo entregara. Mientras tanto lo agasajó con fiestas y espectáculos que servían sobre todo para entretenerlo, pese a su impaciencia por llegar a España.
El ponente se detiene en Catalina, la hija menor de los Reyes Católicos y hermana de Juana. Casada con Arturo, príncipe de Gales, enviudó unos dos años después. Enrique VII no quería devolverla a España porque tendría que devolver también su dote y no tenía dinero, así que fue dando largas. Catalina escribió a su padre, pero Fernando no le hizo caso. Permaneció siete años viuda, hasta que, muerto Enrique VII, su hijo Enrique VIII se casó con ella en 1509.
Catalina quiso ver a su hermana, ya reina. Juana no tenía interés y, según Zalama, «poco menos que tienen que llevarla a rastras». Estuvo unas 24 horas en la corte de Windsor y se marchó. Quirini escribe en ese momento, en esencia, que Juana no es capaz de semejante gobierno. Zalama vuelve a destacar el valor de este testimonio por la neutralidad del embajador.
Una vez que Enrique VII consiguió a su enemigo, Juana se negó a embarcar. La única manera de convencerla, afirma el ponente, era la que Felipe ya conocía: yacer con ella. Funcionó, y nueve meses exactos después nació la hija póstuma, Catalina. Embarcaron el 24 de abril.
Desembarco en La Coruña, entrevista de Remesal y acuerdo de Villafáfila
Bien aconsejado, Felipe no desembarcó en Laredo, el puerto habitual, sino en La Coruña, donde Fernando no lo esperaba. Zalama explica que las noticias volaban gracias a las postas: los mensajeros galopaban un caballo hasta reventarlo y seguían con otro. Así, la nobleza acudió enseguida a La Coruña. El ponente muestra una estampa del recibimiento, con los súbditos arrodillados, y advierte que no es una representación fidedigna: quien la hizo «no sabía ni dónde estaba La Coruña».
Suegro y yerno se encuentran cerca del lago de Sanabria, en la alquería de Remesal. Felipe llega con toda su parafernalia y su ejército. Fernando llega casi solo, pues de los grandes nobles únicamente el duque de Alba permanecía a su lado. Zalama cuenta que Fernando, al ver al conde de Benavente en el bando contrario, le dijo: «Conde, también vos os habéis puesto de este lado», y añadió con sorna que lo encontraba muy gordo. Fernando sabía que había perdido, «pero no tanto». Quiso entrevistarse con su hija y se lo impidieron, porque temían que Juana se echara en sus brazos y le pidiera que gobernara él.
El acuerdo se firmó el 20 de junio de 1506. Fernando obtenía los tres maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara con sus ingresos, una renta de 10 millones de maravedíes anuales y la mitad de los ingresos de las Indias. A cambio firmó una carta en la que declaraba que su hija no quería ocuparse de ningún género de gobernación. Añadía que, aunque quisiera, sería «total destrucción y perdimiento de estos reinos», por «sus enfermedades y pasiones, que aquí no se expresan por la honestidad». Zalama lo lee como una nueva declaración de incapacidad. Esa misma tarde, Fernando firmó otro documento en el que alegaba que le habían obligado a firmar el anterior. «Muy buen político», ironiza el ponente.
Jura en Valladolid y la muerte súbita de Felipe
Antes de entrar en Valladolid, Felipe se detuvo en Mucientes y reunió a los principales procuradores para pedirles que lo juraran rey solo, sin Juana. La mayoría se negó: el testamento era claro, la reina era Juana y él solo era rey como su esposo. Felipe montó en cólera, pero no le sirvió de nada. Fueron jurados reyes el 12 de julio de 1506 en la iglesia de San Pablo de Valladolid, cuya parte superior, precisa Zalama, se modificó cuando Valladolid fue corte entre 1601 y 1606. Felipe fue jurado detrás de Juana. Para el ponente era una humillación sobre todo de cara al público, porque todos sabían que Juana no tomaría decisiones ni firmaría papeles y que el gobernante efectivo sería Felipe.
La comitiva emprendió viaje hacia el sur sin motivo claro. En Íscar, donde hay un castillo, Juana debió de oír que Felipe pretendía recluirla allí. Se negó a bajar de la mula y pasó la noche montada. Zalama explica de paso que las reinas viajaban en mula por seguridad, porque la mula es tozuda pero no se encabrita ni tira al jinete. Finalmente no entraron en Íscar y fueron a Tudela de Duero, donde estuvieron del 8 al 31 de agosto. Felipe, ya sin dinero, pidió prestados 50.000 ducados a Cisneros, entonces arzobispo y aún no cardenal. Cisneros se los prestó y se ocupó de recuperarlos pronto con intereses. «Era un franciscano pobre», bromea el ponente.
Llegaron a Burgos el 7 de septiembre, entre fiestas, juegos de cañas y toros. A los nueve días Felipe enfermó. Zalama se burla de la versión tradicional según la cual enfermó por beber un vaso de agua tras jugar a la pelota. La enfermedad no remitió: dolores de costado y vómitos de sangre. «Esto es blanco y en botella», dice, y añade que su copero murió también poco después. Aun así, precisa que debe quedar «en el terreno de las hipótesis».
Apunta algunos hilos. El primero en saber de la muerte fue Fernando, que oportunamente ya estaba en Aragón, y quien se lo comunicó fue mosén Luis Ferrer. Ferrer sería después el primer carcelero de Juana en Tordesillas, con poder absoluto, hasta que Cisneros lo destituyó al morir Fernando. Felipe murió el 25 de septiembre de 1506 en el palacio del Condestable de Burgos, a los 27 años. Zalama descarta la peste: esta se llevaba sobre todo a personas mal alimentadas y débiles, no a un joven bien alimentado y sin enfermedad conocida.
El cuerpo de Felipe y la reina que no gobierna
Se siguió el rito borgoñón: embalsamaron el cadáver, extrajeron las vísceras y enviaron el corazón a los Países Bajos. El cuerpo, vendado, quedó según Pedro Mártir de Anglería como una especie de yeso. Se llevó a la cartuja de Miraflores, donde estaban el retablo de Gil de Siloé y los sepulcros de Juan II e Isabel de Portugal, encargados y pagados por Isabel la Católica. Allí recibió un enterramiento provisional. El ponente desmonta de paso una estampa del cortejo en la que se ha querido ver a Juana: no iría vestida así.
Según Anglería, la reina no se apartó de su marido durante la enfermedad, pero no derramó una sola lágrima. Después acudía cada poco a Miraflores, mandaba sacar el cadáver y obligaba a los nobles a confirmar que era Felipe. Zalama insiste en que esto lo cuentan testigos presenciales, no terceros.
Anglería escribe también que la reina no tenía la menor preocupación por si sus reinos crecían o se hundían. No firmaba nada. Zalama recuerda que entonces el rey gobernaba de verdad, no como los monarcas actuales, que firman lo que se les pone delante. Juana solo dio, según él, dos órdenes. La primera, política: destituir a todos los miembros del Consejo Real nombrados por su esposo. Su secretario, aunque favorable a ella, se negó a cursarla. La segunda: asegurar cera abundante para alumbrar el féretro y pagar a los cantores que entonaban himnos funerarios mañana, tarde y noche.
Mientras, los nobles se dividían y estuvieron a punto de llegar a las espadas. Unos querían que volviera Fernando. La mayoría no, porque temían que regresara con ganas de venganza, y hasta pensaron en ofrecer el trono a Maximiliano, padre de Felipe. Fue Cisneros quien, según Zalama, dio el puñetazo sobre la mesa y decidió que Fernando debía volver.
El viaje nocturno hacia Granada y el nacimiento de Catalina
En la Nochebuena de 1506, Juana acudió con toda la corte a Miraflores, hizo sacar el cadáver y, tras la habitual confirmación, ordenó cargarlo en un carro y partir hacia Granada. Nadie, ni Cisneros, pudo detenerla: era la reina. El motivo era el breve testamento, de cuatro páginas y conservado en Simancas, que Felipe había hecho antes de embarcar el 10 de enero. En él pedía que, si moría en España, se le enterrara junto a su suegra en Granada.
Juana, embarazada de ocho meses y medio, decidió viajar solo de noche. Zalama se ríe de quien escribió que lo hacía para evitar los calores de Castilla: «ese no sabe lo que es Castilla el 24 de diciembre». Tras cuatro jornadas por Buniel, Cavia y Celada, llegaron a Torquemada, donde tuvo que detenerse. Hubo que levantar tiendas, talar árboles y desalojar a vecinos. Juana declaró que no se movería hasta que regresara su padre. El ponente invita a imaginar a los lugareños ante aquella procesión nocturna de frailes con velas entonando cantos de difuntos. Para él, ahí nace la leyenda de la locura de Juana, porque lo que antes sabían unos pocos se hizo público en medio del campo.
El 14 de enero de 1507 nació Catalina, futura reina de Portugal. Zalama muestra entonces lo que presenta como la última firma de Juana que ha encontrado, tras años revisando archivos. Es una orden de cargar en cuenta 20 ducados de oro que dio de ofrenda el día que salió a misa después de dar a luz a la infanta. Tras enero de 1507, afirma, no vuelve a firmar nada. Esto, anuncia, resultará importante más adelante.
Peste, hornillos y el reencuentro con Fernando
La corte estuvo cuatro meses en Torquemada. Zalama recuerda que, por mucho oro y terciopelo que llevaran, las ratas acompañaban a la corte, y con ellas los parásitos que transmitían la peste. Describe cómo se ocultaba a los enfermos encerrándolos en casa, lo que infectaba a todos los que convivían con ellos, y que la enfermedad mataba en unos tres días. Declarada la peste en Torquemada, cruzaron el Pisuerga hacia Hornillos, que Anglería llama «villorrio».
En el camino se sitúa el episodio que pintó Francisco Pradilla en el siglo XIX: Juana se niega a entrar en un convento femenino y manda abrir el féretro en medio del campo. Zalama da por ciertos esos hechos, pero considera el cuadro «bastante mentira». Si no quería mujeres cerca, el lienzo está lleno de mujeres; y aparece un escudo imperial, cuando Felipe jamás fue emperador.
En Hornillos pasaron otros cuatro meses. Con tantas velas, el fuego casi quemó la iglesia de Torquemada y en Hornillos la quemó, de modo que Cisneros tuvo que pagar ropa litúrgica y la reconstrucción. En Tórtoles de Esgueva, Juana se encontró por fin con su padre, que según el ponente se aterró al ver la lúgubre procesión. Pasaron alrededor de un mes en Santa María del Campo, insuficiente para alojar dos cortes. Fernando, que llegaba con las manos vacías y necesitaba a Cisneros, había conseguido del papa Julio II el capelo cardenalicio para él. Juana impidió que la ceremonia se celebrara en la iglesia donde estaba el féretro, así que hubo que hacerla en Mahamud, a pocos kilómetros, en 1507.
Fernando propuso volver a Burgos. Juana se negó porque allí había muerto su marido, y acabaron en Arcos de la Llana, donde el obispo de Burgos tenía un palacio. Zalama muestra ese palacio, muy reformado, y la puerta hoy cegada por la que se accedía a la iglesia donde Juana colocó el féretro sobre andas, sin enterrar. Iba a ser algo provisional, pero Fernando tuvo que ir a Andalucía a sofocar a nobles que se le querían sublevar, y Juana permaneció allí algo más de un año.
Tordesillas: el palacio, Santa Clara y los carceleros
A su regreso, Fernando, sin consultar a su hija, la trasladó a Tordesillas. La ruta bordeó Valladolid. Zalama explica que Fernando temía, con fundamento, que la población aclamara a la reina Juana y lo echaran de nuevo. Juana llegó con la pequeña Catalina, pero no con su hijo Fernando, el futuro emperador, a quien se había llevado su abuelo.
El ponente reconstruye la villa a partir del dibujo de hacia 1570 de Anton van den Wyngaerde, «Antonio de las Viñas», y de una fotografía actual. Desmonta dos tópicos. Uno dice que la reina veía el féretro de su esposo desde el palacio: por la distancia al monasterio de Santa Clara, «no sé qué visión tenía esta mujer». El otro, que vivió en la torre de San Antolín, que se terminó después de su muerte. El palacio no era Versalles, sino una gran casona de piedra, mucho ladrillo, adobe y madera, difícil de mantener.
Zalama localizó en el Archivo de Palacio de Madrid la planta del edificio y comprobó que cuadra perfectamente con el catastro actual. Cuando se derribó el palacio se abrió una calle en medio de la parcela, bautizada «Calle Nueva». Una de las calles laterales conserva en parte el nombre de calle de las Cocinas.
El cuerpo de Felipe se depositó sin enterrar en la iglesia de Santa Clara. Juana lo visitaba, pero cada vez con menos frecuencia. El ponente lo deduce de un episodio: en una Semana Santa descubrió que las monjas estaban trasladando el coro alto a los pies de la iglesia, lo que le impediría ver el féretro. Mandó paralizar la obra y, de palabra, no por escrito, ordenó pagar a las monjas para que rehicieran el coro alto. Si la obra estaba tan avanzada sin que ella lo notara, razona Zalama, es que ya no iba a menudo. El cuerpo permaneció allí hasta que en 1525 Carlos lo llevó a Granada.
El primer «carcelero», término que Zalama considera el único adecuado para el gobernador del palacio, fue mosén Luis Ferrer, protegido de Fernando. Al morir Fernando en Madrigalejo en enero de 1516, Cisneros recuperó la regencia y lo expulsó. Ferrer le escribió una carta que al ponente le sorprende que no le costara la vida, en la que le dice que su señoría sabe por qué hizo las cosas que hizo. Cisneros lo sabía, comenta Zalama, pero no podía mantenerlo, y nombró a Hernán Duque de Estrada, apellido y no título. Después vinieron los marqueses de Denia.
La vida cotidiana y el rescate de la infanta Catalina
La reina vivía mal. La documentación dice que hubo que «darle cuerda», es decir, atarla, porque se negaba a comer. Se negaba a lavarse o no salía del agua, se lavaba el pelo continuamente y comía en el suelo. Lo más alarmante para su época era que descuidaba sus deberes religiosos: no se confesaba ni comulgaba.
Tras la muerte de Fernando, Carlos empezó a titularse rey. Los nobles castellanos protestaron, pero Cisneros, ya muy anciano y temiendo morir, los convenció de que lo dejaran titularse como quisiera siempre que viniera a gobernar. Cisneros murió poco antes de la llegada de Carlos.
Zalama presenta una maqueta del palacio elaborada con los datos disponibles. Tenía una galería corrida en el exterior, y la reina ocupaba la parte este, con la habitación de la infanta Catalina al fondo. Como en palacios del tipo de La Granja, las estancias se comunicaban sin pasillos, de modo que la niña solo podía salir pasando por delante de su madre, que así la vigilaba por completo. Cuando Carlos llegó con su hermana Leonor, le horrorizó el aislamiento de la niña. A comienzos de 1518 organizaron una operación «rocambolesca»: abrieron un agujero en la pared de adobe, lo taparon con un tapiz, descolgaron a la infanta a la calle y la llevaron a Valladolid. Al día siguiente, la reina se negó a tomar siquiera agua. Los sirvientes avisaron a Carlos de que aquello acabaría en tragedia, y este, a punto de cumplir 18 años, hizo volver a su hermana.
Los comuneros y la firma que nunca llegó
Zalama tiene documentadas unas 30 visitas de Carlos a su madre. Por Tordesillas pasó mucha gente, pero el episodio clave es el de 1520. Nobles de menor rango, hartos de que los flamencos acapararan cargos, formaron en Toledo la Santa Junta de las Comunidades. El ponente subraya que no pretendían destronar al rey, sino que atendiera más a sus intereses. Los comuneros subieron «como una flecha» a Tordesillas, expulsaron al marqués de Denia, Bernardo de Sandoval y Rojas, bisabuelo del duque de Lerma, y liberaron a la reina para que sancionara con su firma lo que le presentaran.
Carlos estaba fuera, tras su coronación. Al frente quedaba Adriano de Utrecht, su preceptor y futuro papa Adriano VI, que le escribió que, si su alteza firmaba, sin duda todo el reino se perdería y saldría de la obediencia de Carlos. Juana no firmó ni un solo papel. Aquí Zalama retoma la importancia de la última firma de 1507. Los comuneros permanecieron en Tordesillas de agosto a comienzos de diciembre de 1520 y fueron desalojados por las tropas realistas la noche del 4 al 5 de diciembre. La batalla final fue el 23 de abril de 1521.
Pasaron también por allí la emperatriz Isabel de Portugal, regente en ausencias de Carlos, y el príncipe Felipe, que se hizo aposentos en el palacio. Visitaron a la reina además María de Austria, casada con su primo hermano Maximiliano II, ambos nietos de Juana, y la princesa Juana de Portugal. El ponente apunta de paso la endogamia que eso revela.
El expolio de 1524 y los cofres llenos de ladrillos
En 1524 Carlos pasó casi un mes en Tordesillas y, según Zalama, «literalmente expolió» el tesoro de su madre. Se sabe con precisión porque en 1509 Fernando había mandado inventariar los bienes de Juana, tarea que hizo el camarero Diego de Ribera. Entre ellos había 70 tapices, piezas de oro y plata, diamantes y perlas. Carlos preparaba entonces la boda de su hermana Catalina con Juan III de Portugal, en un doble enlace, pues él se casaría con Isabel, hermana de Juan III. Entregó muchas cosas a Catalina para su ajuar, pero se quedó «la parte del león», entre ella los tapices de los paños de oro y los de la vida de la Virgen.
Cómo se sabe todo esto es una historia en sí. Al morir Juana desapareció el último cofre que conservaba. Zalama cree que es el que hoy, con el escudo de Juana, está en la antigua colegiata de Ampudia (Palencia), iglesia bajo patronato del duque de Lerma, nieto de uno de los marqueses de Denia que custodiaron a la reina. Felipe II ordenó una investigación, «con un proceder propio de Felipe II». Los sirvientes más antiguos fueron declarando uno tras otro lo desaparecido desde 1524. Contaron que se lo llevó el emperador y que, para que la reina no notara la falta de peso, metieron ladrillos en los cofres de oro y plata. Zalama relata que al encontrar esos papeles pasó horas sin moverse, incrédulo y encantado a la vez, hasta que casi lo echan del archivo. Cuando la información llegó a Felipe II, este cortó la investigación en seco y dio el finiquito, pero los documentos ya existían.
La peste de 1533, los últimos años y la muerte
En 1533 la peste empezó a matar dentro del palacio. La emperatriz y el marqués de Denia insistieron en sacar a la reina. Carlos se resistía, porque sabía lo peligroso que era, pero cedió ante la presión. Desde 1534, Juana pasó 14 o 15 meses recorriendo pueblos cercanos, sin entrar nunca en una gran ciudad, hasta que se consideró que Tordesillas estaba libre de peste.
Al salir, creyendo que iba a Granada, ordenó quemar ante el palacio la ropa que ella misma dejaba en agua durante semanas hasta pudrirse. Los testigos cuentan que, cuando los sirvientes intentaron aprovechar prendas, la reina les arrojó desde la galería ladrillos, tejas y piedras. No se separaba del único cofre que le quedaba. Del viaje, Zalama dice que «debió preparar unos jaleos» que prefiere no contar, y advierte que ahí hay que leer entre líneas, a diferencia de lo anterior, que los testigos dejan claro.
Al final de su vida tenía llagas, y al tratarlas con agua caliente la escaldaron. Aguantó. Felipe II se preguntaba cuándo moriría. Zalama resume: «toda la salud mental que le faltó le sobró como salud física». Preocupados porque no se confesaba, sus familiares enviaron al jesuita Francisco de Borja, que de niño había sido menino al servicio de la infanta Catalina. Borja escribió tres cartas a Felipe II: no había nada que hacer, no se le podía achacar culpa, y cuando le pidió que se confesara ella le contestó: «Confesaos vos».
Poco antes de morir la visitó su nieta, la gobernadora del reino, llegada desde Valladolid. Juana tuvo fuerzas para darse la vuelta en la cama y darle la espalda. Murió el Jueves Santo de 1555 y fue enterrada en Santa Clara de Tordesillas. Zalama menciona que conoce el entierro con detalle gracias a los monteros de Espinosa, la guardia nocturna de palacio, que en su caso era la guardia real efectiva porque Juana vivía de noche con las ventanas cerradas.
El ponente explica así el interés de Felipe II por su muerte: Carlos quería abdicar y no podía mientras hubiera una reina. Habrían coexistido Juana reina, Carlos «rey emérito» y Felipe; «dos ya era difícil de entender, tres…». La abdicación llegó pocos meses después. En 1574 Felipe II ordenó trasladar sus restos a la Capilla Real de Granada, pasando por El Escorial, en un viaje con tanta lluvia que el ataúd de hierro «poco menos que flotaba». El sepulcro de Juana y Felipe no se colocó en su lugar actual hasta hacia 1600, en época de Felipe III, y hubo que desplazar a un lado el de los Reyes Católicos.
De la leyenda romántica al cine
Tras su muerte, dice Zalama, la reina se olvida: la historia pasa de los Reyes Católicos a Carlos V como si ella no hubiera existido. En el siglo XIX llegan los románticos y empieza la leyenda. Primero es literaria, con el drama de Tamayo y Baus, y enseguida pictórica. Lorenzo Vallés pinta La demencia de doña Juana con el cadáver dentro del féretro abierto, algo que para Zalama no tiene sentido. Pradilla pinta a Juana con la infanta jugando en Tordesillas, con un caballo con armadura por juguete, que las niñas no usaban, y con la ventana abierta. Zalama recuerda que Juana vivía siempre de noche porque decía que no era honrado para una viuda vivir a la luz del día. En el fondo del cuadro aparece incluso el féretro de Felipe, como si lo tuviera en casa.
En el cine, Locura de amor (1948), de Juan de Orduña, con Aurora Bautista y Fernando Rey, reflejó según el ponente los «valores patrios» de la época: el extranjero Felipe era el malo y Juana la defensora de España. Juana la Loca (2001), de Vicente Aranda, con Pilar López de Ayala y Daniele Liotti, le merece dos críticas. La menor, elegir a un actor siciliano moreno para el hijo de una borgoñona y un alemán. La mayor, presentar a Juana como «una verdadera ninfómana». Zalama defiende el derecho de cineastas y novelistas a contar lo que quieran, pero no a afirmar que eso es verdad.
Menciona también La corona partida, con Irene Escolar, secuela de la serie Isabel. La actriz fue a verlo a Valladolid, había leído mucho y la serie está bien hecha, aunque no tuvo el éxito de Isabel. Por último recomienda, para «desternillarse», Juana la Loca… de vez en cuando (1983), de José Ramón Larraz, con Lola Flores como Isabel la Católica, José Luis López Vázquez como Fernando, y Quique Camoiras, Manolo Gómez Bur y Fernando Fernán Gómez. Para Zalama, esa película ilustra a lo que ha llegado muchas veces el conocimiento de una mujer que fue reina de Castilla y de Aragón y que la historia ha tratado muy mal.
Vamos a comenzar diciendo que el día 26 de noviembre de 1504 fallece la reina propietaria de Castilla. Reina propietaria. Entonces era así, era el rey propietario. Y la reina propietaria de Castilla fallece. Inmediatamente: el rey ha muerto, pues viva el rey. Isabel la Católica.
Y nada más morir, Fernando el Católico... Ya muere en Medina del Campo. Nada más morir, Fernando el Católico sale a la plaza de Medina del Campo, se despoja de la corona y grita: «Castilla por la reina Juana». El rey ha muerto, rey muerto, rey puesto. Hay una nueva reina. En este sentido, no hay ningún problema.
Pero esto lo vimos ya el otro día. Aquí hay un problema muy serio. La reina, como reina propietaria, traspasa el reino siguiendo las leyes. Es verdad, esto puede parecer un poco contradictorio, pero las leyes no se las podía saltar. Y traspasa el reinado, la corona, si quieren ustedes, aunque en Castilla no hay corona, pero bueno, se traspasa a su hija Juana. Sin embargo, ya insistí el otro día que este testamento deja las cosas demasiado abiertas, ¿no? «Si no quisiere o no pudiere». Es más, es más, lo deja aún más complicado porque en la parte aquí abajo dice que no se haya la reina, ya lo vimos el otro día, hasta que el heredero de los dichos príncipes y princesa, Felipe y Juana, sea de edad legítima. Legítima. De a lo menos legítima, a lo menos de 20 años cumplidos.
Fernando dice: «Mi nieto Carlos tiene 4 años, hasta que tenga 20 faltan 16. Yo no vivo 16». Vamos, esto por la edad que él ya tenía, ¿no? Entonces, eso le pareció muy bien. Con esto por delante, pues de alguna manera Fernando, que ha dejado de ser rey de Castilla por la muerte de su mujer, pero esto no le importa porque ser rey de Castilla era casi un título, él era rey de Aragón, eso no se lo podía quitar nadie. Lo que él quería era ser gobernador de Castilla, él quería regir los destinos de un reino que era más rico que Aragón. Es lo que él quería, ¿no? Bueno, pues que mi hija no viene, lo dice el testamento, y si viniese, pues como quizá no quiera reinar o no pueda, veremos por qué razones, pues está muy bien. Yo sigo siendo aquí el que mando.
Bueno, el día 12 de diciembre el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, el poderoso obispo Juan Rodríguez de Fonseca, comunica verbalmente a Felipe el Hermoso, en los Países Bajos, que la reina ha fallecido y que por lo tanto él, en tanto que es legítimo esposo de Juana, se va a convertir en rey. Pero se convierte en rey no porque él tenga derecho, se convierte en rey porque su esposa es la que tiene el derecho, ¿no?
Juana, cuando se entera de esto, debió literalmente aterrarse. Esto no lo esperaba y esto tampoco lo quería, pero su esposo se alegró. Vio que se iba a convertir en rey realmente sin hacer gran cosa. Felipe, además, quería hacer valer la ley sálica, esa ley que impide que la mujer ostente a su esposo, pero no lo puede ostentar, ¿no? Esto en España no funcionaba. De hecho, la que acababa de morir era una reina. Más claro no podía ser, ¿no? Pero bueno, él quería de alguna manera hacer valer esto, ¿no? Sin embargo, había otro problema, y que esto le venía muy bien a Felipe, y es que, como decía Jerónimo de Zurita, «el sexo y el juicio tal cual Dios le dio a doña Juana».
La salud mental de Juana en esos momentos debió quebrarse del todo. Felipe a toda costa quería viajar a Castilla para que fuesen jurados reyes. Fernando quería bajo ningún concepto verlos por aquí, ¿no? Entre la presión de unos y la presión de otros, aquello pues debió ser fatal para la ya endeble salud mental de doña Juana.
A comienzos de 1505, Fernando convocó las Cortes en Toro. En Toro se estaba procediendo a la almoneda de los bienes de doña Isabel, y convocó allí las Cortes de Castilla. En estas Cortes de Castilla no tuvo ningún empacho en decir algunas cosas que hoy nos pueden parecer tremendas, porque descaradamente, ante los procuradores en Cortes, dijo que mucho antes de que falleciese la reina Nuestra Señora, conoció, supo de la enfermedad y pasión que sobrevino a la reina doña Juana, lo que había sufrido en silencio, y por el grande y entrañable dolor que de ella tenía no quiso declarar el impedimento. O sea, está diciendo que doña Juana no puede reinar, que es una persona que carece de las cualidades mínimas para poder comportarse como una reina, ¿no? Y esto lo dice su propio padre, por interés, porque él quiere seguir estando ahí. Lo dice en las Cortes, de todo, ¿no? De todo, ¿no?
Pero esto es lo que pasa en Castilla. ¿Qué está pasando en los Países Bajos? Pues en los Países Bajos, Felipe inmediatamente quiere ser rey, y en torno a 1505, muy poco tiempo después de la muerte de la reina, ordena hacer una pintura que conservamos. Quizá hubo alguna más, pero conservamos esta. Son los paneles laterales de un tríptico en Zierikzee, donde aparecen Felipe y Juana. Pueden ustedes ver cómo Felipe tiene corona y cómo lleva en el peto, en su armadura, las armas de Castilla. Ya en primer lugar ha relegado las propias. Claro, él es archiduque de Austria. Más allá de que eso de archiduque se lo inventaron los Habsburgo, porque eso de archi, archiduque, más que duque, pues se lo inventaron, o sea, y de hecho falsifican la documentación. Eran duques. Duques. Él era también duque de Borgoña, pero es que ahora iba a ser rey y pone el escudo real en primer lugar.
Quiere volver, perdón, sí, quiere volver, pues ya habían estado en España para ser reconocidos príncipes. Quiere volver a España inmediatamente, pero no puede. No puede por dos razones. La primera razón es que Juana está nuevamente embarazada. Nuevamente embarazada. Y el embarazo de Juana pues es de la tercera de las hijas, pero ya quinto de los hijos de Juana, que es María. María de Hungría. Aquí vemos en este retrato de 1524 pues una mujer joven. Esto es un poco más adelante, ¿no? Pero bueno, también es María de Hungría.
Bien, hasta que no nace María de Hungría, que es el año 1505, en septiembre de 1505, no pueden ponerse en marcha. Por el medio va a haber otras cosas, entre ellas que, ante la actuación de Fernando, que no quiere que aparezcan por España, va a llegar una carta a España firmada supuestamente, ahora lo veremos, por doña Juana, diciendo que ella lo que quiere es entregar el reino a su esposo y que quiere venir a España porque quiere ponerse al frente del gobierno y que sea su esposo, etcétera, etcétera, ¿no? Esta carta de doña Juana es falsa. La firma es apócrifa, la han hecho, pero ella no ha firmado absolutamente nada. Se puede ver perfectamente. No hace falta tener grandes conocimientos sobre esto para darse cuenta de que la firma que está en la parte superior y la inferior son de la misma persona. Los rasgos son idénticos. Arriba firma como «yo, la princesa», abajo firma como «yo, la reina». Sin embargo, la firma de la carta de la derecha es una burda imitación de su firma. Aquello no se lo creía nadie, pero bueno, intentaron por todos los medios que aquella carta influyese directamente sobre los castellanos.
No obstante, Felipe el Hermoso va a conseguir algo importante, y es que la nobleza, la alta nobleza, se ponga prácticamente toda de su parte. ¿Por qué? Pues porque Fernando, en época de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando habían metido en vereda a todos estos nobles que durante la época de Enrique IV habían hecho y deshecho lo que querían. Eran verdaderos señores, sin acatar ni mucho menos al rey, nada más que en las cuestiones meramente formales, ¿no? Pero con los Reyes Católicos la cosa cambió, y los nobles vieron: bueno, un rey que está lejos, un rey que nos necesita, pues lo preferimos al que tenemos, que nos ha limitado nuestra actividad, digamos. Pero el asunto no le va a salir ni muchísimo menos bien a Fernando. Esto fue un grave error, porque contrajo con ellos tal número de obligaciones que al final no tuvo nada que dar. Se había quedado sin nada, ¿no? Para conseguir atraer a estos nobles a sus intereses, a su, digamos, partido, ¿no?
Juana, ¿dónde estaba en todo esto? En ninguna parte. Juana no se enteraba de nada. Juana no quería saber absolutamente nada y todo se estaba haciendo a sus espaldas. Cuando Fernando ve que la nobleza se está dando la vuelta y que lo está abandonando, busca una solución intermedia. Entonces establece con su yerno una concordia, la llamada Concordia de Salamanca, porque se firmó en noviembre de 1505, por la cual literalmente se reparten el gobierno de Castilla y dejan a Juana totalmente al margen. O sea, no le importaba a su marido. Bueno, a fin de cuentas su marido pues se había casado con ella porque tocaba, pero tampoco le importaba a su padre, y esto ya parece que es más difícil de masticar, ¿verdad?
Firman esta Concordia. La Concordia no duró demasiado, porque Felipe se va dando cuenta de que la nobleza, como ya acabo de decir, se pone de su lado y, por lo tanto, no necesita a Fernando ni mucho menos tenerlo ahí. Pero Fernando, que es un político extraordinario, tantas veces se ha dicho si Maquiavelo escribió El príncipe pensando más en Fernando el Católico que en César Borgia, bueno, no lo sabemos tampoco, pero desde luego que era un político increíble, tan increíble de estos que por la mañana firmaba una cosa y por la tarde la contraria, claro, ¿no? O sea, como buen político. Y por el medio firma un acuerdo con su enemigo, que es el rey Luis XII de Francia, y se casa con su sobrina, con Germana de Foix. No había pasado un año desde la muerte de Isabel la Católica, ¿no? Rápidamente llegó al matrimonio para defender sus intereses. Esto fue una faena monumental para Felipe el Hermoso, porque le impidió volver a España atravesando Francia, porque ahora Luis XII era su enemigo, puesto que era aliado de Fernando el Católico, y le obligó a hacer un viaje por mar.
Por otra parte, Felipe el Hermoso estaba sin dinero, no tenía recursos. Tiene que pedir dinero a sus estados, se lo conceden de mala gana y con muchas condiciones, y meditaba mucho porque tenía que llegar a España mostrando su poderío. Según el embajador de la República de Venecia, Querini, que es totalmente aséptico porque no está a favor de uno ni de otro, lo que nos cuenta pues tiene, digamos, bastante validez objetiva, pues dice que se iba a acompañar de 2.000 soldados y de 200 gentilhombres. Tenía que llegar con un ejército, porque podía tener que enfrentarse al ejército de Fernando el Católico, ¿no? Para eso consigue una cantidad que son 300.000 ducados. Es una cantidad muy elevada, pero muy corta para lo que quería hacer. No llegaba, a pesar de ser, como digo, una gran cantidad. Para que se hagan una idea, comparando estos 300.000 ducados, si los comparamos con los 185.000 que costó enviar a Juana en 1496 a los Países Bajos, pues vemos que tampoco es tanto, ¿no? O sea, Juana no fue con un ejército, él sí que tenía que traer un ejército.
Las prisas, porque el dinero además se iba gastando. Había que partir para España cuanto antes, y va a cometer otro error, y el error va a ser muy serio. El error es que se va a hacer a la mar el día 10 de enero. Todos los pilotos dijeron: «No, por favor, no. Este viaje a Castilla no lo podemos hacer saliendo por mar el día 10 de enero. El mar del Norte es tremendamente peligroso y traicionero, y si salimos en esas fechas, que es pleno invierno, lo más probable es que tengamos problemas».
Pero no hizo caso. No hizo caso. En este mapa se puede ver lo que es el recorrido. El recorrido que hacen es saliendo del mismo sitio de donde salían siempre, de Middelburg, en la parte de arriba. Aquí lo tenemos, donde pone 10 de 1 de 1506. Ahí mismo debajo está Middelburg, que es de donde salían. La línea negra es el recorrido. Un día después ya habían pasado quizá lo más complicado, pensaban ellos, del canal de la Mancha. Y el día 13 han dado ya la vuelta a Bretaña para enfilar hacia España. Pero, amigo, al llegar aquí las cosas se complican. Una tormenta tremenda lo que hace es desbaratar una flota de unos 40 navíos, de los cuales al final se van a perder 17, o sea, tremendo, ¿no? Y esos navíos llegan como pueden. La mayor parte de ellos van a llegar a Falmouth, en el extremo suroccidental de Inglaterra. Pero la nave capitana, la nave donde iban Felipe y Juana, va a llegar a la bahía de Dortmund el día 16 de enero.
El desastre fue enorme, fue enorme, pero además el desastre va a ser mucho peor por lo que va a ocurrir a continuación, ¿no? En plena tormenta, una tormenta tremenda, si se perdieron casi la mitad de los barcos, ¿verdad? Pues en plena tormenta ocurren cosas interesantes.
A la reina le llega la hora de comer, sale al puente y dice que le sirvan la comida. Imagínense qué espectáculo, ¿no? La gente allí, todos, pues cuentan las crónicas que quien más quien menos pues estaba haciendo sus necesidades encima, porque claro, estaban viendo que la muerte estaba ahí, ¿no? Y ella dice que a ella le den la comida. Todos ellos empiezan a hacer votos, promesas de hacer grandes cosas, y deciden que van a hacer una gran ofrenda a la Virgen de Guadalupe.
Pues muy bien, empiezan a pedir dinero y todos, claro está, te estás jugando la vida, dan dinero. Llegan a la reina, y dice el cronista, el cronista no sabemos su nombre, nos ha dejado la crónica, pero no sabemos exactamente quién es, dice el cronista que la reina se lo estuvo pensando, si daba algo, y al final abrió su faltriquera. Y de la faltriquera sacó medio ducado, medio ducado, cinco reales y medio. Esto es, en fin, para una persona que andaba por la calle era mucho dinero, pero para una reina es nada. O sea, vamos, una calderilla, una cosa infame. O sea, fijémonos cómo se las traía. Y cuando le decían que cómo daba tan poco, y tal, dijo: «Que yo sepa, ningún rey se ha muerto en un naufragio, así que sigamos». Bueno, en las condiciones, claro, dices: «Bueno, qué sangre fría». No sé si sangre fría o lo que tenía era poca sangre, no lo sé, pero bueno, lo cierto es que así estaba, ¿no? Esta es una estampa, vamos, de cómo era en aquel momento.
Siguiente problema: han llegado a Inglaterra. El rey de Inglaterra es Enrique VII, el padre del famoso Enrique VIII, ¿no? Y Enrique VII se frota las manos, porque le acaba de llover del cielo realmente un regalo. El regalo es que su gran oponente estaba escondido en los Países Bajos. Entonces, lo primero que le va a exigir a Felipe es que le mande para Inglaterra al duque de Suffolk, que era su gran oponente, ¿no? Bueno, hay sus más y sus menos, por supuesto. Agasajan a Felipe, de todo, hay espectáculos, hay todo tipo de fiestas para agasajarlo, pero para entretenerlo. Y Felipe, con la necesidad de querer llegar a España, que no podía, no podía más, ¿no?
Aquí hay otro personaje de gran importancia en aquellos momentos, que es Catalina, la hija pequeña de los Reyes Católicos y hermana de Juana, claro. Pues Catalina se había casado en 1501 con el príncipe de Gales, con Arturo, pero Arturo falleció apenas dos años después. Ella enviudó. Como Enrique VII no quería devolver a la princesa a España, porque devolver a la princesa a España significaba devolverla con toda su dote, y no tenía dinero, lo que hizo fue estar entreteniendo. Catalina escribe a su padre, a Fernando. Fernando no hizo ni caso, no le interesaba demasiado aquello. Y de hecho, Catalina estuvo durante 7 años como viuda, hasta que fallece Enrique VII y su hijo, el siguiente rey, Enrique VIII, decide casarse con ella. Y esto es 1509. O sea, que pasó mucho, mucho tiempo. Bien, es un personaje realmente también muy interesante y que merece la pena conocer un poco sus andanzas.
Catalina, por lo visto, quiere verse con su hermana, que sabe que es ya la reina. Juana, ni caso. Al final poco menos que tienen que llevar a rastras a Juana, y estuvo, parece ser, 24 horas en la corte, en Windsor, no estuvo más, y se marchó otra vez. No quiso saber nada de lo que pasaba allí, ¿no? Y aquí el embajador, otra vez, de la Señoría, Querini, nos dice lo siguiente: «No he conos que la no ni capache pero un tal gobierno». Esto lo dice alguien, vuelvo a repetir, que tiene una mayor objetividad como fuente, porque no habla a favor de su señor ni en contra del enemigo. Este simplemente está dando noticias a la República de Venecia para que sepan qué es lo que está ocurriendo, ¿no? Bueno,
Fíjense ya lo que están diciendo en esos momentos. Juana, en su sinrazón, al margen de todo, cuando ya Enrique VII ha conseguido su objetivo de tener a su enemigo bajo su custodia, pues dice que no embarca, que no embarca; no saben qué hacer. La única manera de convencerla, ya lo sabían de hace tiempo, era que cuando querían algo de ella, y cuando Felipe quería algo de ella y se negaba, era yacer con ella. Esto parece ser que le cambiaba el asunto. Funcionó de tal manera que a los 9 meses exactos nació su última hija, que es la hija póstuma Catalina, hija póstuma de Felipe el Hermoso. Y solo así ya accede a embarcar y volver a la mar para llegar a España. Esto el 24 de abril. Su hija nacerá a mediados de enero, o sea, 9 meses exactamente después.
La suerte está echada. Felipe el Hermoso, muy bien aconsejado, en vez de llegar al puerto lógico, que es Laredo, que es donde llegaban normalmente los barcos, se desvía y se va hasta La Coruña, porque Fernando no esperaba que llegase allí. Y comunican a los nobles. Aunque no lo crean ustedes, las comunicaciones volaban por postas. Un mensajero podía hacer kilómetros y kilómetros. Cogían un caballo y el caballo lo llevaban al galope hasta que reventaba, ¿no? Entonces cambiaban de caballo y seguían con otro caballo, pero uno detrás de otro. Y a una velocidad increíble para la época, pero increíble, llegaban las comunicaciones.
La nobleza empieza a ir hasta La Coruña, que es donde desembarcan. Esta otra estampa nos lo recuerda también. Ahí tenemos a Felipe siendo recibido, sus súbditos arrodillados en La Coruña. Bueno, esto puede ser La Coruña o lo que ustedes quieran. Es igual, ¿no? No es ni muchísimo menos una representación fidedigna de la ciudad. Simplemente es un recordatorio; quien hizo esto no sabía ni dónde estaba La Coruña en el mapa. Eso por descontado, ¿no?
Y los nobles se van juntando y van a empezar a caminar hacia la meseta. Al llegar a la altura del lago de Sanabria, en una alquería que es Remesal, se van a juntar; ahí se encuentran suegro y yerno, yerno y suegro. Esta pintura nos recuerda ese momento. A la derecha tenemos a Felipe con toda la parafernalia propia, toda la parafernalia y todo su ejército. Fernando va sin nadie prácticamente. Lleva muy pocos. Todos los nobles habían pasado al lado de Felipe. Solo uno, el duque de Alba, estuvo a su lado, ¿no? De Fernando, muy largo, conocemos que cuando vio que al otro lado estaba también el conde de Benavente, le dijo: "Conde, también vos os habéis puesto de este lado". Y además le dijo: "Estáis muy gordo, ¿eh?". O sea, con toda una sorna considerable. Pero Fernando sabía que había perdido, pero no tanto.
Bien, llegan a un acuerdo. Fernando quiere entrevistarse con su hija; se lo impiden, porque saben que si Juana ve a su padre se va a echar en sus brazos y va a decir que seas tú el que gobierne. Y eso se lo impiden. No ve a su hija. Bueno, llega a un acuerdo. ¿Y cuál es el acuerdo? Pues el acuerdo, ni más ni menos, que se firma el día 20 de junio de 1506, es que se va a quedar Fernando con los tres maestrazgos, con Santiago, Calatrava y Alcántara, quedarse con ellos y con los ingresos. Recibiría una renta de 10 millones de maravedís anuales y la mitad de los ingresos procedentes de las Indias. No va mal, ¿no?
A cambio tuvo que firmar una carta que es la siguiente: "En ninguna manera se quiere ocupar", está hablando de su hija, "ni entender en ningún género de regimiento, ni gobernación, ni otra cosa. Y aunque lo quisiese, sería total destrucción y perdimiento de estos reinos, según sus enfermedades y pasiones, que aquí no se expresan por la honestidad". O sea, está declarando que su hija está incapacitada. O sea, esto lo está diciendo Fernando. Bueno, ya hemos visto que lo han dicho varias veces y que Isabel pues también lo había dicho. Esto lo firma por la mañana; por la tarde firma otro documento diciendo que le han obligado a firmar esto, cuando se había quedado con los tres maestrazgos, con 10 millones de maravedís anuales y con la mitad de las rentas de las Indias. Bueno, pero esto es lo que dice. Ya les decía antes que era muy buen político, ¿no?
Bueno, parece que ya Felipe se queda a gusto y que va a acercarse a Valladolid, que es donde se va a producir el juramento como reyes, pero no lo tiene muy claro. Y antes de llegar a Valladolid se va a parar en un pueblecito, está a unos 8, 10 km de Valladolid, se llama Mucientes. Mucientes. Y en Mucientes convoca a los procuradores, a los representantes de los procuradores más importantes, y les dice que él quiere ser jurado rey él solo, no con doña Juana. La mayoría dicen que eso ni pensarlo, que el testamento es claro, que la reina es doña Juana y que él solo es rey porque es esposo de doña Juana. Se niegan; monta en cólera, pero les da exactamente igual.
Al final tiene que ser reconocido rey en la iglesia de San Pablo de Valladolid, iglesia de la que toda la parte superior fue modificada en época del duque de Lerma, cuando Valladolid fue corte al comenzar el siglo XVII; entre 1601 y 1606 modificó toda la parte de arriba. Pero bueno, este edificio, que era bastante más bajo en altura, es donde van a ser jurados reyes, pero Felipe es jurado rey detrás de doña Juana, para que la cosa quede bastante clara. En realidad, esto era una humillación, pero era una humillación casi de cara al público, porque lo cierto es que todo el mundo sabía que doña Juana no iba a tomar ninguna decisión, no iba a firmar ningún papel y que, por lo tanto, el verdadero rey, el verdadero gobernante —reyes eran los dos, pero el verdadero gobernante— iba a ser Felipe.
Emprenden un viaje hacia el sur, no está muy claro por qué razón. Y al llegar a otra población un poco más alejada, pero todavía en la provincia de Valladolid, que se llama Íscar, donde hay un castillo, algo debe escuchar doña Juana de que Felipe pretende recluirla en ese castillo. Monta en cólera, se niega a bajar de la mula, se pasa la noche. Los reyes viajaban a caballo; las reinas normalmente en hacaneas, mulas. ¿Por qué? Porque la mula es muy tozuda, pero la mula no se te revuelve, la mula no se encabrita, la mula no te tira, ¿no? Entonces montaban en mula, que eran más seguras. Ella no se baja de la mula ni muchísimo menos.
Y al final hay que tomar una decisión. Decisión: no entrar en Íscar y dar la vuelta hacia otro pueblo también de Valladolid —todo está en la provincia de Valladolid—, que es Tudela, Tudela de Duero, junto al río Duero. Allí están un poco de tiempo, del 8 al 31 de agosto. Ellos han sido jurados reyes el día 12 de julio de 1506. Estamos en agosto, están en Tudela y Felipe empieza a no tener absolutamente nada de dinero. Tiene que ir a pedir dinero prestado. Pide 50.000 ducados, una cantidad realmente importante, al arzobispo —todavía arzobispo, no cardenal— Cisneros, y se los va a entregar. Cisneros se encargó rápidamente de recuperarlos, o sea, y con los intereses, por supuesto, pero le hizo el préstamo. Era un franciscano pobre, claro, pero le pudo prestar 50.000 ducados.
Desde Tudela toman rumbo a Burgos, porque había un problema con la tenencia de la fortaleza, y llegan a Burgos el día 7 de septiembre. Otra vez fiestas, juegos de cañas, corridas de toros; bueno, corridas de toros como las hacían entonces. Y a los 9 días de estar allí, Felipe enferma, enferma. Aquí venimos ya con la primera historieta, ¿no? Es que estuvo jugando a la pelota y bebió un vaso de agua. Caray, todos hemos jugado a la pelota, o aunque sea a las canicas, y después hemos bebido un vaso de agua, y de eso, hasta donde yo sé, no se muere nadie, vamos, a no ser que esa agua lleve algunas otras cosas.
Lo cierto es que pocos días después la enfermedad no remite. Felipe empieza a tener dolores fuertes de costado y empieza a vomitar sangre. Bueno, esto es blanco y en botella. Esa agua que debió beber debía tener algo más, sobre todo cuando su copero va a fallecer un tiempo después también, ¿no? Pero, en fin, esto lo tenemos que dejar en el terreno de las hipótesis, ¿no? Bueno, el terreno de las hipótesis: el primero que se entera de que muere Felipe es Fernando, que oportunamente ya ha puesto pie en sus territorios de Aragón, no está en Castilla. Y quien se lo dice a Fernando es mosén Ferrer. Y mosén Ferrer va a ser el primer carcelero de doña Juana en Tordesillas, con un poder absoluto, pero en el momento que muere Fernando, en 1516, Cisneros lo va a defenestrar. O sea, que si empezamos a unir por ahí hilos, creo que la cosa va bastante clara.
Nada más... Felipe muere el día 25 de septiembre. Parece ser que 9 días tardó en enfermar y 9 días tardó en fallecer después de esa enfermedad. Pues bueno, esto es en Burgos, donde fallece. Ya vimos esta imagen también el otro día, la fotografía antigua, y aquí un dibujo que se hace a mediados del siglo XVI, de época de Felipe II, de la ciudad de Burgos. Es donde estaba aquí abajo. Esto es el Palacio del Condestable, lo que vemos aquí arriba.
Bien. La muerte sorprendió a todos. No es que la gente no se muriese de repente, es que, bueno, se habló también de que si la peste. No, no. La peste se caracteriza por llevarse de calle a todos los que podía, y normalmente se llevaba de calle a las personas que estaban pues peor alimentadas, que estaban ya pues con una salud bastante deteriorada. Este era un joven en estos momentos, una persona de 20 y pocos años —tenía 27 años—, pero bueno, que estaba muy bien alimentado, evidentemente, y que no tenía una enfermedad conocida que pudiese llevárselo de calle como ocurrió, ¿no?
Fallece. Inmediatamente se sigue el rito de los Países Bajos, el rito de Borgoña, y lo que hacen es embalsamar el cadáver; sacan las vísceras y sacan el corazón también. El corazón se envía a los Países Bajos, y su cuerpo ya embalsamado va embalsamado y envuelto en vendas. Se convierte, lo dirá el cronista Pietro, Pedro Mártir de Anglería, en una especie de, pues, de yeso o algo así, ¿no? Se va a llevar a la cartuja de Miraflores. Esta es una representación de la salida del féretro y vemos a todos los personajes. Se ha dicho: bueno, es que aquí detrás va Juana, esta última, ¿verdad? Pero pues no iría vestida así, no. O sea, es una interpretación muy sui géneris todo esto.
Y se va a llevar a la cartuja de Miraflores. En la cartuja de Miraflores, aquí tenemos la cabecera con el retablo de Gil de Siloe y los sepulcros de los padres de Isabel la Católica, Juan II de Castilla e Isabel de Portugal, que mandó hacer y pagó Isabel la Católica. Ahí se le va a enterrar; un enterramiento, pero un enterramiento provisional.
A partir de ahí, la reina, que según Anglería no derramó jamás ni una sola lágrima —no se apartó de su marido durante la enfermedad, pero no derramó una sola lágrima, y esto llamaba la atención, claro, al cronista—, pues va a visitar cada poco tiempo la cartuja de Miraflores, pero, claro, no como una dolida esposa que es viuda porque ha fallecido su marido: llegaba allí y mandaba sacar el cadáver, y los nobles tenían que decir que sí, que el que estaba allí era Felipe el Hermoso, ¿no? Tremendo. Nos lo cuentan cronistas presenciales; no son noticias de terceros, no, no, no, no. Testigos presenciales de lo que allí ocurría.
A todo esto, a la reina no le importa nada la gobernación de sus reinos. De nuevo, Anglería nos dice algo tan tremendo como: "La reina no tiene la menor preocupación por si crecen o si se hunden sus reinos. Permanece, no obstante, inmóvil". No hace nada, no firma nada. La única orden que dio —bueno, dos—, una de ellas es realmente una orden política, y dice que a todos los que ha nombrado su esposo como miembros del Consejo Real, que sean destituidos. Su secretario, que era favorable a Juana, se niega a cursar la orden, porque aquello habría sido ya... si no el rey, que era gobernante.
Piensen que es que no es un rey como ahora. Los reyes ahora son puramente representativos. O sea, cuando se firma un decreto ley que firma el rey, el rey firma lo que le ponen delante. O sea, él no ha tomado ninguna participación en eso. No, no tiene nada que decir, ¿no? Pero entonces no: el rey era el que gobernaba. Y ella no gobierna, no gobierna; toma esa decisión. Y las otras decisiones que toma es preocuparse de que haya cera en cantidad para alumbrar continuamente alrededor de donde estaba el féretro de su esposo, y que se pague a los cantores, a los que hacía cantar mañana, tarde y noche continuamente; pues entonaban himnos funerarios, claro está, ante todo lo que allí tenían delante, ¿no?
Bien, los nobles empiezan a dividirse en dos grupos y están a punto de llegar a las manos. Cuando digo llegar a las manos: sacar la espada y matarse unos a otros. Porque hay unos que dicen que aquello no puede continuar y que tiene que necesariamente venir Fernando, pero la mayoría de ellos no quieren, porque saben que Fernando los va a poner firmes y que además lo han echado, y por lo tanto va a volver con ganas de venganza. Es lo que piensan. Incluso quieren ofrecer el trono de Castilla a Maximiliano, el padre de Felipe el Hermoso. O sea, ya no saben ni a quién decir. Y al final el que da el puñetazo encima de la mesa, y además parece que de verdad, es Cisneros, el arzobispo Cisneros, que toma la decisión de que regresa, que tiene que regresar Fernando y que se acabó. Bueno, se le hace caso y se decide llamar a Fernando.
Mientras tanto, la reina, a la que todo esto le da exactamente igual, decide en algún momento, no sabemos cuándo... bueno, decide, va a visitar otra vez la tumba, y va el día de Nochebuena de 1506. Se presenta allí con toda la corte, ordena sacar el cadáver, dice que comprueben si es él. Todos: sí, majestad —bueno, majestad no se utilizaba—, sí, alteza, ¿no? Bueno, todos dan el visto bueno. Hasta aquí ya estaban acostumbrados, pero ahora dice que lo monten en un carro y nos vamos a Granada.
No hay quien consiga parar a la reina, ni Cisneros ni nadie. La orden es esa y era la reina. Monta el féretro en un carro y empieza una caravana con destino a Granada. ¿Por qué a Granada? Porque Felipe el Hermoso, poco antes de salir, ese 10 de enero tremendo en el cual tuvieron tantos problemas, hizo un testamento rapidísimo —son cuatro páginas nada más, en el archivo de Simancas está— en el cual dice que si él muere en España, que se le entierre junto a su belle-mère, junto a su suegra. ¿Y dónde estaba Isabel? En Granada. Entonces dice que a Granada.
A todo esto, la reina está embarazada de 8 meses y medio y decide que solo se viaja por la noche. Se llegó a escribir por algún sabio que ella elige, claro, ir por la noche para evitar los calores de Castilla el 24 de diciembre. Ese no sabe lo que es Castilla el 24 de diciembre. O sea, bueno, pues eso es lo que hace, ¿no?
Consigue avanzar cuatro jornadas; durante cuatro jornadas sale de Burgos, de la cartuja de Miraflores —ahí arriba está la cartuja de Miraflores—. De Burgos baja por Buniel, Cavia, Celada y va a llegar hasta Torquemada, que está aquí. Al llegar a Torquemada se tiene que parar; probablemente ya no podía más. Su embarazo... va a tener a su hija dos semanas después; entonces tiene que parar, ¿no? Y llegando allí deciden instalarse. Claro, la corte... pero qué es esto: tienen que hacer tiendas de campaña, talar árboles, echar a los vecinos, porque había que instalarse. No sabían muy bien para cuándo, ¿no?, cuánto tiempo iban a estar allí. Y allí se quedan. Allí se quedan. Y dice que no se mueve hasta que no regrese su padre.
Lo único que hace es pagar a los cantores y la cera. Imagínense ustedes en unas noches terribles de diciembre por Castilla, una horda de frailes y de monjes entonando himnos de difuntos con velas. La población, los lugareños, el susto todavía no se les ha pasado. Claro. No, no, pónganse en su lugar. Aquí empieza la leyenda de que Juana estaba loca. Claro, porque ya no es lo que sabían unos pocos en su entorno, ¿no? Es que ahora ya es público, es que está yendo por la mitad del campo y lo están viendo, ¿no?
Bueno, llegan a Torquemada. Estando en Torquemada, pues el día 14 de enero nace Catalina. Nace Catalina, y al mapa volveremos después al menos un par de veces. Esta
es Catalina. Catalina, que será después reina de Portugal, como diremos. Esta es la última firma que yo he encontrado de Juana, y créanme que he movido papeles no sé cuántos y no sé durante cuántos años. La última vez que la reina pone negro sobre blanco, y es para decir, como ahí se puede ver, que se le carguen en cuenta los de cualesquier maravedís de su cargo 20 ducados de oro que dio para mi ofrenda el día que salí, estamos en la segunda línea, el día que salí a misa después que fui alumbrada de la infanta doña Catalina. La última vez que firma esto, en enero de 1507. No vuelve a firmar nada. Ya verán lo importante que es esto. Enseguida.
Bien, 4 meses en Torquemada, pero aunque iban vestidos con oro, con joyas, con terciopelos maravillosos, no podían quitarse de encima a las ratas. Las ratas iban siempre junto a estos movimientos de la corte, ¿no? Y las ratas eran donde se alojaban los parásitos que transmitían la peste, sea eso lo que sea. Pero lo que sí sabían era que aquello era terrible, porque se acababan infectando todos los que estaban alrededor, y además actuaban bastante mal, porque lo que hacían cuando alguien tenía peste, para que no se supiese, lo metían en casa, lo encerraban. Claro, él y todos los que estaban en casa pues acababan también infectados. Duraban 3 días desde que se declaraba la enfermedad, 3 días. La mayor parte acababan muriendo.
Ante la peste que se ha declarado en Torquemada, hay que levantar el campamento. Y al levantar ese campamento deciden cruzar el río Pisuerga. Torquemada está en la orilla derecha del río Pisuerga. Van a cruzar un puente estupendo en Torquemada, pasa ese puente con dirección a una villa que el cronista Mártir de Anglería no la llama villa, la llama villorrio, que es un pueblecito, que es Hornillos, donde van a ir.
En el camino se paran. Y esto es lo que Pradilla, el pintor del siglo XIX, nos ha reflejado aquí, en el cual pues ella se niega a entrar en un convento porque es un convento femenino, no quiere nada con las mujeres, y en la mitad del campo manda abrir el féretro para que se vea el cadáver; es verdad todo eso que nos va diciendo. Ahora, la pintura es bastante mentira. Fíjense solamente en un detalle. Bueno, no quería a las mujeres: esto está lleno de mujeres. Eso por un lado. Pero por otro lado es que aquí hay un escudo, un escudo que es el escudo imperial. Jamás fue emperador Felipe. Ese escudo no corresponde a Felipe. O sea, que bueno, esto es lo que Pradilla hizo en esta obra tan conocida por todos. La volveremos también a poner en otro momento posterior.
En Hornillos, 4 meses. Como estaba todo el día con velas, casi quema la iglesia de Torquemada. A ver, el fuego en Torquemada casi la quema, porque en Hornillos la quemó. Cisneros tuvo que pagar ropa litúrgica, reconstrucción de la iglesia. Claro, en el momento un fuego es terrible, cualquier cosa que hubiese, y una vez que subí a ver cómo se apagaba aquello... pues tremendo, ¿no?
Estando en Hornillos, que está aquí al sur de Torquemada, no está muy claro, pero parece que por antigüedad iban a llegar a este pueblo. Tórtoles de Esgueva es de la provincia de Burgos, al sur de Burgos, ¿no? Junto al río Esgueva. Bueno, río por llamarle algo, es pequeño, ¿no? Bien. Y ahí se va a encontrar con su padre. El padre se aterra cuando ve aquella procesión lúgubre, pero bueno. Y deciden subir otra vez, como rehacer el camino, y van a llegar hasta ese pueblo que es Santa María del Campo.
En Santa María del Campo están durante un poco de tiempo, un mes aproximadamente, pero eso tampoco reúne ni mucho menos las condiciones para estar allí dos cortes, la de Fernando y la de Juana. Es imposible, ¿no? Y además aquí hay un episodio, porque claro, Fernando viene con las manos vacías, él sabe que necesita a Cisneros, y entonces él ha conseguido del papa Julio II el capelo cardenalicio para Cisneros. Entonces se le va a imponer el capelo. Ahí se va a convertir en 1507 el arzobispo Cisneros en cardenal, que hasta ese momento no lo era. Era arzobispo de Toledo, pero no cardenal, ¿no? Y ahora ya es cardenal Cisneros.
La ceremonia se va a hacer en la iglesia de Santa María del Campo, y dice Juana que ahí está el féretro de su esposo y allí no se hace nada. Venga, todos fuera. Y no se puede hacer. Hay que ir a otro pueblo que está próximo, Mahamud, que está a 4 o 5 km, para hacer esa imposición, porque ella ha impedido que se lleve a cabo.
Suben hasta Santa María del Campo, y de Santa María del Campo Fernando dice pues que el mejor sitio es volver a Burgos. Dice ella que ni pensarlo, que allá ha muerto su esposo y que allí no va. Y tienen que ir a ese pueblecito que pone ahí arriba, Arcos, debajo de Burgos, ¿ven? Arcos, donde el obispo de Burgos tenía un palacio, y ahí va a llegar. Todo esto es provisional. Santa María del Campo, la torre, Cisneros y Arcos.
Todavía tenemos ese palacio, muy reformado, la fotografía de la izquierda que tenemos aquí, muy reformada sobre todo lo que es la portada. Y vemos la parte de abajo; la fotografía está tomada desde dentro del palacio. Lo que se ve es la cabecera de la iglesia. Había una puerta. Esa puerta ahora está cegada, pero está ahí. Esa puerta por la que se entraba a esta iglesia, donde ella coloca el féretro de su esposo. No enterrado, está sobre andas, está ahí el féretro.
Ahí se puede talar. En principio esto iba a ser para muy poco tiempo, pero Fernando, como había llegado, ¿no?, con la aquiescencia de todos los nobles... hay nobles en Andalucía que se le están queriendo sublevar y tiene que viajar a Andalucía a poner orden. Y durante ese tiempo, durante algo más de un año, estuvo la reina en Arcos de la Llana. Cuando ya ha solucionado esos problemas, Fernando vuelve allí y ya, sin preguntar a su hija, porque se había negado a moverse en su momento, coge y venga, fuera de aquí. ¿Y dónde se van a ir? Pues a Tordesillas, a Tordesillas.
En Tordesillas... bueno, el recorrido es prácticamente el mismo hacia abajo, hasta llegar otra vez hasta Tórtoles de Esgueva. Y desde Tórtoles de Esgueva, siguiendo el río Esgueva, van a llegar hasta Tordesillas. Vean que aquí está Valladolid, pero por Valladolid no pasa. Lo que hacen es bordear Valladolid. ¿Por qué? Porque tiene mucho miedo, y es un miedo que está fundado y que enseguida vamos a ver cuál es la razón. Tenía mucho miedo a que la población pudiese decir «la reina Juana», ¿no?, y desbaratase todo lo demás, ¿no? Y Fernando era el primerificado, y ya lo habían echado una vez, dice, dos no lo van a hacer ni muchísimo menos.
Van a llegar a Tordesillas, y llega a Tordesillas con su hija, con Catalina, la que hemos visto antes, pero no con su hijo Fernando, que sí que estaba con ella, porque ese se lo ha llevado su abuelo, Fernando el Católico. No, solamente llega con su hija Catalina, y en Tordesillas... este es Fernando ya cuando es emperador; bueno, todavía no es emperador aquí, ¿no? Pero bueno, va a ser emperador pronto, tras la abdicación de su hermano.
De Tordesillas tenemos un dibujo de hacia el año 1570 de este personaje, Anton van den Wyngaerde. Como esto no había quien lo pronunciara, lo tradujeron: Antonio de las Viñas. Si ustedes encuentran escrito Antonio de las Viñas, es lo que significa en flamenco Wyngaerde. Bueno, y este es un dibujo de cómo era Tordesillas visto desde el sur, desde la orilla izquierda del río Duero. Vamos a ampliarlo un poco. Y ahí tenemos el palacio, lo tenemos ahí en el centro. Esto era el palacio. Es un palacio que levantó Enrique Icho.
Este montaje: esto es una fotografía de la villa actualmente. Y tenemos aquí una iglesia, la iglesia de San Antolín, esta iglesia a la izquierda. Y lo que tenemos allá es el monasterio de Santa Clara. Cuando se dice que la reina veía desde el palacio el féretro de su esposo, pues no sé qué visión tenía esta mujer. También se dice que la reina después estuvo viviendo en la torre de la iglesia de San Antolín. Pues estamos buenos, porque la torre de la iglesia de San Antolín se terminó cuando ya se había muerto la reina, o sea, que no sé cómo va a ser eso. Vivió en ese palacio.
Ese palacio, si lo subimos ahí, quedaría más o menos así. Era un palacio, no era Versalles ni mucho menos, no era el palacio real, no tenía nada que ver. Son de estos palacios que estaban construidos, eran grandes casonas, palacios, claro, pero construidos con materiales... había parte de piedra, pero había mucho ladrillo, había mucho adobe, ¿no? Y madera, con lo cual eran difíciles de mantener, porque continuamente había problemas, ¿no?
El cuerpo de su esposo se lleva a Santa Clara. No se entierra, no se entierra. Va a quedar en la iglesia, pero no se entierra. Y sí sabemos que va a ir la reina cada cierto tiempo a ver a su esposo, los restos de su esposo, claro está, pero cada vez lo va a dilatar más, o sea, no sigue una pauta de ir, digamos, todos los fines de semana, ni muchísimo menos. Al final lo va a dilatar, y bastante.
Esta es la planta del palacio. La encontré en el Archivo de Palacio, en Madrid. Y es que es increíble, porque cuadra perfectamente con el plano actual. Este es el catastro de Tordesillas. Cuadra perfectísimamente dónde estaba el palacio. Solo hay una cosa curiosa, ¿no? Lo que era la parcela: cuando se tiró todo el palacio, se abre una calle en el centro y, ¿saben qué nombre pusieron a esta calle? Calle Nueva. Más claro no puede ser, ¿no? Todo lo demás, o sea, que cuadra perfectamente. Ahí estuvo el palacio, un palacio del que no nos queda nada. Esta esquina, que era una de las puertas; esta calle es la calle de las Cocinas, porque daban ahí las cocinas. Bueno, actualmente la mitad de la calle tiene un nombre de una mujer, Matilde Zorita, que se puso evidentemente en época moderna, y la otra parte sigue siendo calle de las Cocinas, haciendo referencia al palacio.
El cuerpo se lleva al interior de la iglesia de Santa Clara. Y sabemos que la reina no iba mucho por allí, porque hay un momento que en Semana Santa va y se da cuenta de algo que no había visto, y es que las monjas, que tenían el coro en alto, están haciendo obra para colocar el coro a los pies de la iglesia. Y ella dice que con el coro ahí no se va a ver el féretro de su esposo, y ordena que aquello se paralice. Las monjas dicen que se han gastado mucho dinero, y ella, no firmando, pero de palabra, dice que les den un dinero a las monjas para que vuelvan otra vez a hacer el coro en alto y se desmonte todo lo que habían empezado a construir. Pero esto quiere decir que ya no iba continuamente, porque si no se habría dado evidentemente cuenta, y no cuando aquello ya estaba avanzado, ¿no?
Como he dicho antes, el primer carcelero, porque no lo podemos llamar de otra manera, el gobernador del palacio, es mosén Luis Ferrer, este hombre que estaba protegido totalmente por Fernando y que debió tener algo que ver, muy próximo, con el fallecimiento de Felipe el Hermoso.
En enero de 1516 muere en Madrigalejo Fernando el Católico. Inmediatamente Cisneros, que vuelve otra vez a hacerse con la regencia, lo que hace es expulsar a mosén Ferrer. Le escribe una carta mosén Ferrer a Cisneros, que no sé cómo aquello no le costó la vida, porque es una carta terrible, pero le dice: «Y vuestra señoría sabe por qué hice las cosas que hice». Cuidado, ¿eh?, lo que dice. O sea, claro que lo sabía Cisneros, pero no podía continuar ahí, y nombra a un nuevo carcelero, que es Hernán Duque de Estrada. Duque es el apellido, ¿eh?, no es que fuese duque, ¿no? Mosén Hernán Duque de Estrada.
El cuerpo de Felipe va a permanecer aquí hasta que en 1525 Carlos, su hijo, decida llevárselo a Granada. Pero hasta 1525 está ahí. La reina ya hacía tiempo que no iba.
Vida cotidiana en palacio. Ya vamos apuntando hacia el final. La reina vivía de aquella manera, mal. Se niega a comer. Le tienen que dar, así lo dice la documentación, hubo que darle cuerda, es decir, atarla. Fíjense, se negaba a comer, se negaba a lavarse, o no salía del agua, se lavaba el pelo continuamente, comía en el suelo, comía en el suelo, o sea, cosas así. Y lo más terrible: empezaba a descuidar totalmente sus deberes religiosos. Se negaba a confesar, no comulgaba tampoco, y todo aquello era algo que empezaba a aterrar en aquellos momentos.
Bien, nada más morir Fernando, este joven que tenemos aquí, que es Carlos, el futuro Carlos V, pues empieza a titularse rey. Los nobles en Castilla dicen que eso no puede ser, pero al final Cisneros otra vez dice: «Aquí no nos queda otro remedio, que se titule como quiera, que venga y se ponga al frente del gobierno, porque esto no puede ser». Cisneros ya era mayorcísimo, además, ¿no? Y temía que él fuese a fallecer. De hecho, Cisneros fallece muy poco antes de llegar Carlos a España.
Este es el palacio, es una maqueta que levantamos a partir de los datos que tenemos. Era un palacio que tenía en todo su exterior una galería corrida. La reina vivía en la parte que está hacia el este, que es la parte donde vivía la reina. En esta parte, toda esta parte es donde vivía la reina, ¿no? Y al fondo, totalmente al fondo, había una habitación donde vivía la infanta Catalina.
Si ustedes han visitado, y seguro que lo han hecho prácticamente todos, un palacio como La Granja, sabrán que allí entre las habitaciones no hay puertas, se va pasando de una a otra. Todo el mundo sabía hasta dónde podía llegar, o sea, no todo el mundo podía llegar al final, ni muchísimo menos, ¿no? O sea, dependía de la importancia que tuvieses, o sea, qué tipo de noble fueses, y podía llegar hasta el rey, que estaba al final. El resto se tenían que quedar antes. La manera de circular era o bien por ese corredor exterior o bien pasando de una habitación a la otra. De manera que a la niña, cuando quería salir, no le quedaba otro remedio que pasar por delante de su madre, porque así estaba totalmente vigilada por la reina.
Cuando llega Carlos junto con su hermana mayor Leonor y ve aquello, le aterra el trato que está recibiendo esa niña, que está totalmente aislada, ¿no? Y entonces ordena que la saquen de allí. A comienzos de 1518, haciendo una cosa rocambolesca para no pasar por delante de la reina, hacen un agujero en la pared, que era de adobe, ponen un tapiz para que no se vea, sacan a la niña y la descuelgan, porque aquí la calle, lo que es la cota de la calle, levanta; la descuelgan y se la llevan a Valladolid.
Al día siguiente se da cuenta la reina, monta absolutamente en cólera y se niega a ingerir ni siquiera agua, ¿no? Los sirvientes, que saben cómo se las gasta, inmediatamente avisan a Carlos diciendo que aquello va a ser una tragedia, ¿no? Y Carlos, que es muy joven, porque en ese momento no ha cumplido todavía 18 años, los va a cumplir en febrero y esto es en enero, pues decide que otra vez vuelva su hermana al palacio, a este palacio.
Por aquí pasaron todos. Yo tengo documentadas en torno a 30 visitas de Carlos en diferentes momentos de la vida de su madre, pero por aquí pasaron de todo. Bueno, hablamos primero de esto. 1520.
Hartos muchos nobles de, digamos, de menor nivel de que están los flamencos acaparando cargos importantes, deciden levantarse: la famosa Junta de Comunidades, la Santa Junta de Comunidades. Se levantan y exigen. No es que quieran ir contra el rey, no quieren echar al rey, no quieren otro rey; lo que quieren es que sea más favorable a sus intereses.
En Toledo es donde se constituyen. ¿Y qué hacen los comuneros? Inmediatamente suben como una flecha hasta Tordesillas. Echan al que en ese momento es el carcelero, que es el marqués de Denia, don Bernardo de Sandoval y Rojas, bisabuelo del duque de Lerma. Lo expulsan y dan libertad a la reina, porque quieren que la reina sancione con su firma lo que ellos le ponen delante. No firmó ni un solo papel.
Carlos estaba fuera de España, había sido su coronación y estaba en sus territorios de Centroeuropa. El que está aquí al frente es Adriano de Utrecht, que fue su preceptor y después será el papa Adriano VI. Y Adriano de Utrecht le escribe, se conserva el documento, sí, le escribe diciendo: si, dice, si firma su alteza, que sin
duda ninguna todo el reino se perderá y saldrá de la real obediencia de vuestra majestad.
Pero la reina no firmó, no firmó. Los comuneros estuvieron desde agosto hasta comienzos de diciembre de 1520 en Tordesillas y los comuneros fueron desalojados por las tropas realistas la noche del 4 al 5 de diciembre de 1520. La batalla final pues fue el 23 de abril de 1521.
Bien, como decía antes, por allí pasó Carlos, pero también su esposa, la emperatriz, porque cuando Carlos estaba fuera, su esposa, la emperatriz Isabel de Portugal, estaba de regente en el reino. Este cuadro que lo hizo Rubens a partir de un original perdido de Ticiano, nos muestra a Carlos más o menos cómo era, pero no a Isabel, porque Ticiano no conoció a Isabel, lo hizo a partir de un retrato.
Pasó Felipe, Felipe II, pero entonces príncipe Felipe, estuvo varias veces, se hizo unos aposentos en palacio para él. Pasaron la hermana de Felipe, María, María de Austria, que casó con su primo hermano, Maximiliano II. Maximiliano es hijo de Fernando. O sea, estos dos eran nietos de doña Juana, cada uno por un padre. María por Carlos, Maximiliano por Fernando. O sea, que vemos que como la endogamia esta tremenda que luego llevó pues a lo que también llevó, ¿no?
Bien. Pasó la hermana pequeña de Felipe II, ¿no? La princesa doña Juana de Portugal.
En 1524, Carlos V pasó prácticamente un mes en Tordesillas. Durante ese mes lo que hizo fue literalmente espoliar todo el tesoro de su madre. Y esto lo sabemos muy bien. Sabemos lo que tenía Juana porque en 1509, apenas llegada a Tordesillas, Fernando el Católico ordenó hacer un inventario preciso de todos sus bienes. Tenía 70 tapices, tenía muchas obras, muchas piezas de oro, de plata, diamantes, perlas, tenía de todo. Todo esto se inventarió y lo hizo el camarero Diego de Rivera.
En 1524, Carlos está preparando el viaje de su hermana, que ya ha concertado la boda con Juan III de Portugal. Después, Carlos se va a casar al año siguiente con Isabel de Portugal, que era la hermana de Juan III, o sea, que también es un doble matrimonio, ¿no?
Durante un mes, Carlos se dedicó a espoliar todo el tesoro de su madre. Entregó a su hermana muchísimas cosas para su ajuar, pero él se quedó con la parte principal, con la parte del león.
Estos son Juan III y Catalina de Portugal en 1564. Se quedó con los tapices de los paños de oro. Se quedó con los tapices de la vida de la Virgen. Se quedó, vamos a dejar esta un poco en el aire, se llevó todo lo que pudo. Todo lo que pudo. ¿Y cómo sabemos todo esto? Pues verán de qué manera lo sabemos.
Cuando muere la reina en 1555, resulta que ha desaparecido el último cofre que ella mantenía. Esta pieza debió estar hasta el final. Actualmente tiene el escudo de doña Juana, debió estar hasta el final y actualmente se encuentra en la colegiata, bueno, lo que era colegiata, ahora la iglesia parroquial de Ampudia en Palencia. La iglesia parroquial de Ampudia tenía el patronato sobre ella el duque de Lerma. El duque de Lerma también era marqués de Denia. Su abuelo fue el segundo de los marqueses de Denia, el tercer marqués de Denia. Pero segundo, o sea, a ver, explico. El primer carcelero fue el segundo marqués de Denia, después de Hernán Duque de Estrada. El segundo carcelero va a ser el tercer marqués de Denia. Don Bernardo y don Luis. Fue su abuelo. El duque de Lerma tuvo que nacer en Tordesillas, pero nunca hemos encontrado la partida de nacimiento. Y esto está en Ampudia.
El cofre desaparece y Felipe II, muy suyo y con un proceder propio de Felipe II, ordena una investigación. Imagínense cómo se hacían entonces las investigaciones. No crean que llamaban a alguien: "Oye, cuéntame lo que sabes". Era de otra manera cómo se funcionaba. Y empiezan a hacer preguntas a los sirvientes, los más mayores, empiezan a contar uno detrás de otro y cuentan todo lo que ha desaparecido desde el año 1524. Y dicen que se lo llevó el emperador. Y dice el que más que, para que la reina no se diese cuenta, los cofres que tenían oro y que tenían plata, claro, pesan mucho, lo que hicieron fue meter ladrillos. Así lo dice uno detrás de otro.
Yo cuando vi esa documentación estuve durante horas sin moverme de aquellos papeles. Yo creo que me echaron y todo del archivo: "Oye, vuelve mañana, que ya está bien", ¿no? Pero porque es que yo no daba crédito a aquello y al mismo tiempo, claro, se pueden imaginar que estaba encantado de lo que había encontrado, ¿no? Entonces metieron ladrillos. Ladrillos, ¿no? Y lo va contando uno detrás de otro.
Claro, cuando toda esta información le llega a Felipe II, inmediatamente dice que no se investigue más, pero los documentos ya estaban. Aunque corta de raíz, da lo que se llamaba entonces el fin y quito, lo que nosotros llamamos todo junto finiquito, ¿no? Pues el fin y quito. Y es en ese momento cuando se ve absolutamente todo lo que había pasado y el gran espolio que se hace en 1524.
Bien, la reina continúa ahí, pero hay el problema de la peste otra vez. Muchas veces la peste volvía, era recurrente, pero en 1533 empieza a matar a gente dentro del palacio. La emperatriz le dice a su esposo: "Hay que sacar a vuestra madre". Carlos V no quiere saber nada. Sabía lo peligroso que era sacar de allí a la reina. El marqués de Denia, el carcelero: "Hay que sacar de aquí a la reina". Carlos V no quiere saber nada, pero al final la presión fue tal que tiene que sacar a la reina. Ordena que saquen a la reina y la reina estuvo desde 1534, estuvo durante 14, 15 meses dando vueltas por diferentes pueblos alrededor de Tordesillas, sin entrar nunca en una gran ciudad, hasta que entienden que ya Tordesillas está libre de la peste y vuelven a llevar allí a la reina.
Cuando la reina va a salir de Tordesillas, ella cree que va a Granada. Entonces, entre las cosas que hacía era que mandaba que la ropa se metiese en agua y estuviese ahí semanas y semanas hasta que la ropa, claro, acababa podrida, como se pueden imaginar, ¿no? Pero en aquel momento ordena que se queme y delante del palacio manda hacer una pira con todas las cosas que ella determina. Los sirvientes ven que allí hay muchas cosas aprovechables y el que más y el que menos pues tira de aquella ropa, pues se la quiere llevar porque les puede servir. Ella, cuentan también los testigos, ya no son crónicas, los testigos, para evitar eso empezó a tirar desde esa galería que veían ustedes en el palacio todo lo que tenía a mano: ladrillos, tejas, piedras, todo lo que tenía a mano. Qué proceder, ¿verdad?, de una reina.
Salió, no se apartaba del único cofre que le quedaba. Debió preparar unos jaleos en el camino que mejor no contar. Aquí ya hay que leer entre líneas, ¿no? No es como lo que les estoy diciendo de los testigos, que aquello era totalmente, totalmente claro.
Pues bien, con todo esto por delante, la reina, poco antes de morir, pues esta mujer tenía llagas y la única manera que sabían para curar aquello, por lo menos que fuese aliviar el dolor, era con agua caliente. Pero se les fue la mano con el agua caliente, un poco más y la escaldan. La pobre reina aguantó. Aguantó. No, seguía viva. Felipe II decía: "Pero ¿y cuándo se muere?". Porque es que el problema que se planteaba, y lo vemos en un minuto, era muy serio: no se moría nunca. O sea, toda la salud mental que le faltó le sobró como salud física, vamos, ni escaldándola.
Esto es cuando la reina abandona Tordesillas, lo que les estoy contando. Y por fin, ya muy al final de su vida, como no se confesaba, como no comulgaba, tenían mala conciencia sus propios familiares, a ver qué va a ocurrir, va a ir al infierno. La gente pues también es muy crédula. Y entonces mandan nada más y nada menos que al jesuita Francisco de Borja, que había sido menino de doña Catalina cuando él era un niño. Escribe tres cartas a Felipe II, dice que no hay nada que hacer, que esta mujer no tiene ninguna culpa, que no se le puede achacar nada, pero que dice: "Le pedí confesaros y me contestó: confesaros vos". O sea, que se lo quitó de encima, ¿no?, a Francisco de Borja.
Bien, la reina muere en 1555, el día de Jueves Santo de 1555, va a ser enterrada en Tordesillas, en Santa Clara. Sabemos hasta los ladrillos porque los monteros de Espinosa, los monteros de Espinosa eran la guardia nocturna de palacio, pero en el caso de doña Juana era realmente la guardia porque vivía de noche, ella vivía con las ventanas cerradas y de noche pues era la verdadera guardia, los monteros de Espinosa. Entonces va a ser enterrada y allí estuvo desde 1555 hasta 1574, que Felipe II ordena su traslado a Granada, a la Capilla Real de Granada, pasando previamente por El Escorial. Hasta en eso tuvo mala suerte, porque llovió tanto que bueno, el ataúd era de hierro y debía poco menos que flotar de lo que estuvo lloviendo. Y a partir de aquí la reina se olvida.
Antes de morir, cuando ya está muy mal, se acerca su nieta, que era entonces la gobernadora del reino, desde Valladolid. Y cuando llega allí, tuvo fuerzas doña Juana para darse la vuelta en la cama y dar la espalda a su nieta. O sea, como un acto diciendo: "Ah, a buenas horas, dejadme en paz". ¿No?
Pocos meses después, por eso preguntaba tan interesado Felipe II, pues Felipe II quería ser rey porque su padre quería, pero su padre no podía abdicar porque había una reina. ¿Qué habría sido? Juana reina, Carlos rey emérito más o menos, no sé cómo lo llamarían entonces, y Felipe, el tercer rey. Hombre, esto ya era demasiado, ¿no? Dos ya era una cosa difícil de entender. Tres parece que era muy complicado, ¿verdad? La abdicación se hizo pocos meses después de la muerte de doña Juana.
Este es su sepulcro. En esto tampoco tuvo mucha suerte. El sepulcro de Juana, que es el que está aquí a la derecha, este sepulcro de Juana y de Felipe, estuvo mucho tiempo en el hospital del Rey y hasta la época de Felipe III, a comienzos de, en torno a 1600, no se colocó donde está ahora, para lo cual hubo que mover a un lado el de los Reyes Católicos.
Bien, aquí les pongo un detalle y esa reina se olvida, como les dije el otro día, se pasa de los Reyes Católicos a Carlos V y esta mujer no ha existido, pero llega el siglo XIX y llegan los románticos y empieza la leyenda. Primero es una leyenda literaria, el famoso drama de Tamayo y Baus, ¿no? Pronto los pintores vienen. Este es Lorenzo Vallés, La demencia de doña Juana. Claro, fíjense que es que tiene allí el cadáver dentro. Bueno, esto, a ver cómo iba a estar, ¿no? O sea, en fin, esto no tiene ningún sentido, pero es como se representa a doña Juana.
Pradilla, el que hemos visto antes y lo volveremos a ver, pues ahí nos representa a doña Juana con la niña jugando. Hombre, que aquí hay un caballo con una armadura, que las niñas no jugaban con esto, y ahí es donde la tienen. La ventana totalmente abierta, jamás. Ella vivía siempre de noche. Decía que no era honrado para una viuda vivir a la luz del día. Solo vivía de noche. Fíjense qué manera de interpretar. Pero lo mejor de todo es que al fondo, no se puede apreciar bien, pero aquí ahí está el féretro de Felipe. Lo tenía en casa también. Bueno, o sea, fíjense qué manera de enredar absolutamente todo.
Pradilla, como les he dicho antes, ese escudo no corresponde ni muchísimo menos a la realidad, por más famoso que sea el cuadro, como todos conocemos.
En 1948 se va a estrenar esta película archifamosa que es Locura de amor, protagonizada por Aurora Bautista y con Fernando Rey, ¿no? Dirigida por Juan de Orduña. Era una época pues muy especial para España. Y entonces aquí lo que se trataron de reflejar fueron los valores patrios. El malo era el extranjero, el malo era Felipe, que venía aquí a llevarse todo y, claro, doña Juana era la defensora de España. Bueno, fue una manera de presentarlo. La película es más que conocida. Era el año 48, como les digo.
En 2001 se hace una nueva Juana la Loca. En este caso es Vicente Aranda con esta actriz, Pilar López de Ayala, y eligen de Felipe el Hermoso a Daniele Liotti. Daniele Liotti es siciliano, es un señor pues de rasgos más bien moreno, ¿no? Anda que elegir a ese para hacer a un hijo de una borgoñona y un alemán. Lo peor de esto no es eso. Lo peor es que presentó a Juana como una verdadera ninfómana. O sea, esto es una cosa tremenda, ¿no? La manera que retrató a esta mujer Vicente Aranda. Pero bueno, está en su derecho de hacer cada uno lo que quiera. Esto es una película, igual que las novelas históricas. Uno está en su derecho a contar lo que quiera y como quiera. Lo que creo que no está en su derecho es a decir que todo eso es verdad y además es verdad. No, pues no, esto son licencias que se toma el director, el escritor o quien sea.
Y por último, y aquí ya sí que terminamos esto. Bueno, La corona partida también la habrán visto ustedes, con Irene Escolar, que es una secuela de lo que fue Isabel, esta obra que tuvo tanta audiencia. Pues en La corona partida, esta joven Irene Escolar fue a verme a Valladolid, estuvo conmigo, había leído mil cosas y tuvo mucho interés en seguir la historia, y está bien hecho, pero no tuvo ni muchísimo menos el éxito de Isabel, ¿no?
Y lo último a donde quiero llegar es a esto. Esto, por favor, entren ustedes, que creo que está en YouTube, y si tienen ganas de verdad de pasarse un rato, de desternillarse literalmente, vean ustedes Juana la Loca... de vez en cuando. El director es José Ramón Larraz, del año 1983. Atención al elenco de personajes. Isabel la Católica es nada más y nada menos que Lola Flores. Ahí la tienen ustedes a la derecha, y a la izquierda a Fernando el Católico, José Luis López Vázquez, a la derecha sujetando a los niños, que además se le hacen pipí encima. Los personajes son increíbles: Quique Camoiras, Manolo Gómez Bur, Fernando Fernán Gómez. Esto es perfecto porque, bueno, aquí la hija que está, Isabel, la que está en primer lugar, pues resulta que es comunista, cosa tremenda, ¿no?
O sea, bueno, de verdad, vean ustedes esto. Esto es a lo que ha llegado muchas veces el conocimiento de una mujer que fue reina de Castilla, que fue reina de Aragón y que la historia ha tratado muy mal. Digamos, para terminar, larga vida a la reina. Muchas gracias y perdonen porque me he pasado un poco.
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