Antonio Maura, el estadista en su laberinto: María Jesús González repasa la biografía política del líder conservador mallorquín

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Resumen

En la sede de la Fundación Juan March en Palma, el periodista Pablo Pérez d'Ors conversó con María Jesús González, catedrática de Historia Contemporánea en la Universidad de Cantabria, sobre Antonio Maura (1853-1925). González es autora de Maura, el estadista en su laberinto. Una biografía política (Taurus), reedición ampliada de El universo conservador de Antonio Maura, publicado en 1998. La conversación giró en torno a una pregunta: ¿cómo un político católico, conservador y monárquico concibió un proyecto de regeneración que pretendía acabar con el caciquismo, y por qué ese proyecto se vino abajo en 1909? La tesis de la historiadora es que Maura fue un personaje de encrucijada. En su opinión, lo que entró en declive fue su proyecto político, y no su figura.

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De los mauristas a Maura

González explicó que no llegó a Maura directamente, sino a través de los mauristas. Así se conocía al grupo de jóvenes "entusiastas, activos y violentos a veces" que se agruparon en torno al líder cuando este perdió su partido en 1913. Para ella, el maurismo fue un movimiento fascinante, el primer movimiento de derechas de masas y espontáneo en España. Según dijo, ningún otro partido tenía algo parecido, salvo quizá los republicanos o los socialistas.

El maurismo se dividió además en dos líneas antagónicas, mauristas de derechas y mauristas de izquierdas. Las dos reivindicaban a Maura como origen y lo veneraban como líder carismático. Esa paradoja la llevó a preguntarse quién era Maura y qué había hecho. De ahí nació el libro.

Por qué "el estadista en su laberinto"

El nuevo subtítulo sustituye al de la primera edición, "biografía y proyecto de Estado". Pérez d'Ors preguntó si era un guiño a El laberinto español de Gerald Brenan. González reconoció que el título de Brenan le parece genial y que quizá actuó en su inconsciente, pero dijo que no lo eligió pensando en él. Tampoco partió conscientemente de El general en su laberinto de García Márquez, aunque admitió que el Bolívar que repasa sus fracasos al final de su vida guarda cierta relación con el ascenso y declive que describe.

El laberinto remite, según ella, a dos cosas. La primera es la España que Maura tuvo que atravesar: un país en transición del liberalismo a la democracia y de la tradición a la modernidad, con fuertes enfrentamientos entre clericalismo y anticlericalismo y entre monarquía y república. La segunda son las contradicciones del propio personaje. Maura es liberal y conservador a la vez, apela a la democracia y es profundamente católico, pero se opone a que la Iglesia intervenga en política. Esas tensiones le obligaron a tomar decisiones y a recorrer caminos que la autora también califica de laberínticos.

Una biografía de un proyecto: auge hasta 1909, declive después

Pérez d'Ors señaló que el libro no sigue el esquema biológico de nacer, crecer y morir, sino que se organiza como una historia de ascenso y declive. González precisó que se trata de una biografía política. Su eje es el análisis del pensamiento de Maura y de cómo se gestó, desarrolló y aplicó un proyecto que ella considera "de estadista". Los aspectos personales aparecen integrados en el relato: lo que leía, cómo vestía, sus amistades, su religiosidad, su familia. Pero lo que la autora sigue es el trayecto político.

El auge y el declive, subrayó, se refieren al proyecto y no al hombre. El proyecto crece hasta 1909 y decae después, cuando Maura queda apartado y ya no puede llevarlo a cabo. Él, en cambio, sigue siendo central en el sistema de la Restauración hasta su muerte. Ella lo describe como una figura de referencia y de consulta que conserva su auctoritas.

El "estadista de guardia" (1910-1923)

Para defender que Maura no declinó, González dio varios ejemplos. Entre 1910 y 1912 gobierna el liberal Canalejas, que le pide consejo y ayuda y le escribe con frecuencia. La historiadora cree que ese acercamiento probablemente habría sido fructífero y habría cerrado la ruptura de 1909, de no haber sido asesinado Canalejas. En 1913 Maura plantea al rey un ultimátum para que acepte su rehabilitación. El rey escoge a la facción que lo traiciona, la de Dato, a la que llamaban "los idóneos", y Maura se queda sin partido. Entonces surgen los mauristas: jóvenes que hacen propaganda, se enfrentan a garrotazos con los republicanos en la calle, gritan "¡Maura, sí!", crean centros docentes para pobres y hacen política social. Según la autora, Maura pierde un partido pero gana partidarios que apelan a un liderazgo que él nunca acepta, porque no quiere salirse del sistema.

En 1917 coinciden tres crisis: una huelga revolucionaria, la Asamblea de Parlamentarios (catalanistas, republicanos y algunos liberales hartos del funcionamiento del sistema) y las Juntas de Defensa militares. Estas se rebelan contra los ascensos de los africanistas y contra su mala situación. El rey se siente amenazado. Según González, todos salvo los huelguistas recurren a Maura. Los asambleístas le piden un gobierno parlamentario. Algunos junteros le ofrecen obedecerle como dictador. Y, lo que ella considera más llamativo, republicanos radicales encabezados por Hermenegildo Giner de los Ríos consultan con el presidente de Portugal la posibilidad de instaurar en España una república presidida por Maura.

Después llegan los tres gobiernos a los que el rey le llama en momentos críticos: 1918, 1919 y 1921. Maura pasa a ser "el bombero" del régimen. En 1918 encabeza un gobierno de concentración ante una posible involución militar, y la historiadora recuerda que incluso el socialista Araquistáin celebró desde la revista España que viniera a librar al país de los militares. En 1919 intenta un gobierno de derechas que dura cuatro meses y sale mal. Resume su actitud una frase que González cita: "Si España quiere, por mí no quedará". En 1921 lo llaman tras el desastre de Annual, con más de 12.000 soldados españoles muertos en Marruecos según las cifras que menciona. Detrás de ese desastre, con Silvestre al mando, se hablaba del papel del rey, a quien apodaban "el Africano" y que siempre había estado detrás de las campañas marroquíes, a las que Maura se oponía. En 1923 el dictador acude a él para pedirle colaboración y Maura se niega, porque "abomina de la dictadura militar". González concluye que no ve un declive, sino un cambio de dimensión.

Un mallorquín en la Facultad de Derecho y la sombra de Gamazo

Pérez d'Ors recordó una escena "muy cinematográfica" del libro. Maura llegó a Madrid en 1868, con quince años. Quería estudiar Ciencias, pero le convencieron de hacer Derecho. En la facultad, rodeado de hijos de las clases medias altas madrileñas y obligado a hablar en público, su fuerte acento mallorquín y su pobre castellano provocaron burlas. Según la autora, parece que hasta le tiraron algún tomate. Maura respondió a puñetazos, y dos compañeros, Honorio y Trifino Gamazo, lo defendieron y lo invitaron a vivir en su pensión. Maura se alojaba entonces en la calle Lavapiés, en un lugar que él describía con "un llamador pringoso" y pestilencias. Se trasladó a una pensión más digna, regentada por una santanderina, donde vivían jóvenes de la élite cántabra.

A partir de ahí, como dijo el propio Maura, "enroscó su vida" a la de Germán Gamazo, el hermano mayor. Terminada la carrera, fue pasante en su exitoso bufete madrileño. Primero llevó casos modestos o de pobres, como el de un obrero que había golpeado a su suegra con un badil, y también defendió a Benito Pérez Galdós en su pleito contra un editor que abusaba de él. Entre 1871 y 1881 fue entrando en los círculos del poder: marquesas, duques, empresas, los mecanismos del dinero y las influencias. Mientras tanto, las fuerzas vivas mallorquinas le encargaron un informe sobre comunicaciones marítimas ante el Ministerio de Hacienda. Lo hizo tan bien que le pidieron que se presentara como diputado por Mallorca. Gamazo lo incorporó a su facción, situada dentro del partido de Sagasta, a la derecha de Sagasta y a la izquierda de Cánovas.

Maura permaneció en el liberalismo gamacista de 1881 a 1901. Trabajó en las comisiones de actas y de la escuadra, un tema que le interesaba mucho, aprendió de influencias, de "trapicheos" y de economía, y asumió el proteccionismo de su grupo. González destacó que en sus abundantes notas autógrafas de esos años se ve cómo va pergeñando un plan sobre qué había que hacer en España y por qué las cosas funcionaban tan mal. Ese plan se acerca cada vez más a lo que sería su proyecto.

Ministro de Ultramar: "instaurar la soberanía en el corazón de los cubanos"

Maura fue nombrado ministro de Ultramar, un ministerio que, según González, se daba a los recién llegados "porque no solía pasar nada". Pero estalló la cuestión del autonomismo cubano. Maura propuso una autonomía que, en palabras de la autora, era heterodoxa incluso para su partido. Hablaba de diálogo y de "instaurar la soberanía en el corazón de los cubanos". En Cuba le llamaron "el Gladstone español". No le dejaron sacar adelante esas leyes.

González matizó que las propuestas no eran tan osadas en sí mismas. Lo eran para los españolistas, fueran liberales, conservadores o republicanos. La intención era frenar el independentismo más radical y vincular a las fuerzas vivas cubanas al proyecto español. Aun así, a Maura le llamaron "filibustero", "maceo" y traidor. La historiadora contó una anécdota. Maura veraneaba en Santander, y un verano los hijos de la buena sociedad santanderina empezaron a insultar a sus hijos con los mismos epítetos, les tiraron piedras y hubo peleas. Maura los dejó sin playa, y la familia tuvo que marcharse de Santander en un coche con las ventanillas tapadas para evitar pedradas.

Del liberalismo gamacista al partido de Silvela

En 1893 Maura aún era ministro de Gracia y Justicia en un gobierno de Sagasta. Pero él y Gamazo, ambos muy católicos, se sentían incómodos con el lenguaje cada vez más anticlerical de Sagasta. González insistió en que ellos defendían un Estado laico, "y no es lo mismo laico que anticlerical". A eso se sumó que Sagasta empezó a atacar a la facción gamacista, en lo que José Varela Ortega, en Los amigos políticos, llamó "la caza de gamacistas" en las elecciones. Así se acercaron a Silvela, un personaje más afín a sus ideas morales y éticas.

Cuando Gamazo murió en 1901, Maura tenía dos opciones. Podía unirse a su buen amigo Canalejas y formar una facción más dentro del Partido Liberal, en una época de faccionalismo feroz. O podía entrar "de soldado raso" en el partido de Silvela. Eligió lo segundo, y Silvela, que vio en él a alguien muy valioso, lo ascendió enseguida.

La "revolución desde arriba": dinamita retórica, reforma gradual

Según González, el concepto de revolución desde arriba nace de la respuesta de Maura a la encuesta de Joaquín Costa Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España. El objetivo era acabar con el caciquismo, que para Maura era "la lacra". A su juicio, falseaba una ley de sufragio universal de 1890 que estaba entre las más avanzadas de Europa, deslegitimaba el sistema, minaba la fe en los políticos y alejaba a la ciudadanía.

Maura definía esa revolución con un lenguaje apasionado y bélico. Había que hacerla "rápidamente, radicalmente, brutalmente". Decía: "Somos incompatibles con digestiones sosegadas". Hablaba de la "gusanera caciquil" y presentaba sus leyes como dinamita puesta bajo todo aquello. La autora sostiene que detrás de esa retórica había un proyecto legislativo muy madurado, gradual y reformista, que quería contar con el Parlamento y con el debate parlamentario. Su espíritu era impedir la revolución desde abajo. Maura, dijo, tenía clara conciencia de la injusticia social y de lo explosiva que podía llegar a ser, y sabía que un sistema corrupto acabaría deslegitimándose y arrastrando consigo a la monarquía. "No es tonto", resumió.

Tres leyes contra la cadena caciquil

La clave de bóveda del proyecto eran tres leyes, que González explicó empezando por el final.

La primera era la ley de descentralización administrativa. Según la historiadora, el cacique tenía su mayor poder en el municipio rural y no en las ciudades modernas, donde podían avanzar el voto republicano e incluso el socialista. En el pueblo el cacique amenazaba con no arreglar el camino y recurría a la violencia y a las promesas. La ley daba prerrogativas a los municipios, incluida la posibilidad de crear comisiones de sanidad, y permitía formar mancomunidades, algo que interesaba mucho a los catalanistas. Maura decía que el municipio era donde más duele "el ramo de ortigas en la cara". Tenía tanta fe en esta ley que le dijo al embajador francés que traería problemas durante diez o doce años y que lo arrastraría políticamente, pero que no importaba porque un hombre debe sacrificarse por una política.

La segunda era la ley de justicia municipal. Dentro del municipio, quien más daño podía hacer era el juez, y lo nombraban los políticos centrales, es decir, los caciques. La reforma encargaba el nombramiento a un organismo neutral vinculado al colegio de abogados, exigía requisitos a los jueces e introducía la figura de los adjuntos, encargados de vigilar la limpieza de los procesos.

La tercera era la ley electoral, que González considera "más moralizante y pedagógica que estrictamente democrática". Maura hablaba de introducir "filtros y alambiques", como en otros países europeos, para evitar vuelcos bruscos, e impuso el voto obligatorio. El artículo más polémico fue el 29, propuesto por el republicano Azcárate "con la mejor voluntad" y aceptado por Maura. Establecía que donde hubiera tantos candidatos como puestos no se celebrara votación y los escaños se adjudicaran automáticamente. Según la autora, se convirtió en el gran truco de los caciques, y cita a uno que se preguntaba si con esa ley no haría más trucos que con la anterior. Después de 1909 nadie intentó corregirla salvo el propio Maura, que en 1921 quiso aumentar la proporcionalidad y la representatividad en un gobierno que duró seis meses. Tampoco salió adelante.

A este núcleo se sumaban leyes de política social, leyes sobre el ejército y leyes administrativas: regulación del funcionariado y responsabilidad civil de los funcionarios corruptos, que también eran nombrados por los caciques. González evocó Miau de Galdós y a sus cesantes, que perdían el empleo con los liberales y lo recuperaban con los conservadores, como el mal que Maura quería remediar con un funcionariado profesional.

Un conservador que legisla sobre la huelga

Pérez d'Ors observó que a un lector de 2026 puede parecerle contradictorio que un conservador fuera reformista y que avances como la regulación del derecho de huelga salieran de su gobierno. González atribuyó esa sorpresa al desconocimiento, al maniqueísmo o al estereotipo. En aquella época, explicó, la injusticia social generada por el capitalismo industrial era tan grave que la caridad y la beneficencia ya no bastaban. Desde ideologías distintas se empezó a reclamar la intervención del Estado.

Puso dos ejemplos europeos. Bismarck, "el gran reaccionario", sentó las bases de la seguridad social, las pensiones y el seguro de enfermedad. La historiadora dijo que no sabe si creía en la justicia social, pero sí que quería desactivar el socialismo revolucionario, y que lo consiguió, pues en Alemania surgió un socialismo reformista. En Gran Bretaña, el conservador Sir William Harcourt llegó a decir "We are all socialists now". Las motivaciones eran diversas, del paternalismo y la filantropía al progresismo o el pragmatismo, pero confluían. González recordó además que ningún país europeo era entonces democrático. Lo más parecido era la Tercera República francesa, que también tenía caciquismo y corrupción. En Gran Bretaña el sufragio era censitario, y en ningún país votaban las mujeres.

En España, Eduardo Dato era para ella "la ninfa Egeria" de la política social. Lo describió como un político aburrido pero de clara vocación social, promotor de la ley de accidentes de trabajo. Después vinieron la Comisión de Reformas Sociales con Moret y el Instituto de Reformas Sociales con Silvela. Maura llegó con un gobierno fuerte y la voluntad de mantener las Cortes abiertas y coordinar todas las piezas. La reforma social dependía entonces del Ministerio de la Gobernación, como si fuera un asunto de orden público, porque aún no existía un Ministerio de Trabajo. Desde Gobernación, Juan de la Cierva, "un personaje bastante reaccionario", desarrolló siguiendo las indicaciones de Maura lo que ella llama una política social extraordinaria: el Instituto Nacional de Previsión, el descanso dominical, la protección del trabajo de mujeres y niños, los tribunales de conciliación y arbitraje, los inspectores de trabajo y la ley de huelgas, entre muchas otras. González citó un editorial del Times según el cual, hasta finales de 1908, el gobierno había aprobado más de 280 leyes.

¿Por qué se legisló tanto bajo Maura? Según la autora, porque colaboró estrechamente con el Instituto de Reformas Sociales, que decía no haber estado nunca tan asistido, y porque tenía una clara vocación ejecutiva y un gobierno que funcionaba. Había obtenido su mayoría "con trampas", en elecciones sucias, pero negociaba continuamente en un Parlamento abierto. Hubo paradojas. Los liberales llamaron "ley de la misa" a la del descanso dominical, mientras que los socialistas, y sobre todo las mujeres socialistas, la defendieron porque cerraba las tabernas donde los obreros se emborrachaban los domingos. También vetaba las corridas de toros en domingo, lo que provocó la ira de Mazzantini y del sindicato de toreros. Se añadieron leyes morales, como el cierre de prostíbulos, límites horarios a los espectáculos y ligas contra la pornografía, y leyes sanitarias, entre ellas un instituto encabezado por Ramón y Cajal. Todo ello, subrayó, lo impulsó La Cierva, el mismo que después se revelaría como un gran represor en la Semana Trágica.

La Semana Trágica, némesis del proyecto

González definió la Semana Trágica de 1909 como "la némesis absoluta" del proyecto de Maura y como un acontecimiento divisorio para él y para España. Antes de exponer las paradojas, dejó claro que Maura, como presidente del Gobierno, fue responsable de la represión, aunque la ejecutara su ministro de la Gobernación. También fue responsable de la ejecución de Ferrer, no porque la indujera sino porque no lo indultó. Aun así, sostiene que nada de lo ocurrido respondía a lo que Maura había programado ni a su carácter, después de tres años pidiendo colaboración a los parlamentarios y creando comisiones.

Enumeró varias paradojas. La primera: la revuelta estalló por una leva de reservistas del reemplazo de 1903 ordenada en Barcelona por el ministro de la Guerra, Linares, para combatir en Marruecos. Eran hombres ya casados y con hijos, algunos de los cuales ya habían pasado por el horror de Marruecos. Y Maura se había manifestado una y otra vez contra el avance colonial. Defendía la política del statu quo y del protectorado derivada del Tratado de Algeciras, quería nombrar un gobernador civil en Melilla y escribió a Linares que no estaban en guerra, que con Marruecos había que tener una política "de cariño más que belicosa" y aceptar sus costumbres aunque parecieran aberrantes. Marruecos era, según ella, "un damero maldito": dos sultanes, un pretendiente, las cabilas, los franceses negociando en secreto con los alemanes, intereses mineros, incluidos los del rey y los de Romanones. Aun así, hasta entonces se había mantenido la contención.

La segunda paradoja tiene que ver con la propia leva. González la considera torpe y expone las dos hipótesis que plantea Joan Connelly Ullman, a quien llama la gran experta en la Semana Trágica: o Linares había formado antes a esos reservistas, o quería convertir a los catalanes en héroes nacionales. Además, la leva se hizo con la redención en metálico vigente, que permitía a los ricos librarse pagando, cuando Maura llevaba desde 1904 negociando con el Estado Mayor una ley de servicio militar obligatorio.

La tercera: Ferrer fue juzgado por un tribunal militar en aplicación de la Ley de Jurisdicciones de 1906, aprobada por un gobierno liberal y a la que Maura se oponía radicalmente. La ley nació tras el asalto de militares a la redacción del semanario satírico catalán ¡Cu-Cut!, que se había burlado del ejército derrotado en Cuba. Maura, "entre comillas antimilitarista" según la autora, aborrecía la intervención militar en la vida civil. Estaba estudiando cómo derogarla y así lo había hablado con los catalanistas, a quienes pedía tiempo: no podía hacer los puentes "sin hacer las cimbras". A través de La Cierva había intentado además evitar el estado de guerra casi permanente en Cataluña y empezar a crear una policía profesional que sustituyera a unos agentes que ella describe como semicaciquiles y sin formación.

Ferrer, el indulto que llegó tarde y la caída

Según González, Francisco Ferrer tenía pocas simpatías en Barcelona. Los anarquistas lo rechazaban porque era rico y especulaba en bolsa. Los republicanos, patriotas y militaristas, lo rechazaban por antimilitarista y antipatriota, y tres de ellos declararon como testigos de cargo contra él. Casi nadie pidió el indulto y la mayoría lo daba por culpable. Ella afirma que no lo era, que la historiografía nunca lo ha demostrado y que era imposible que una revuelta tan caótica y con tantos frentes fuera obra de un solo hombre.

Como contraste, recordó que meses antes Maura había indultado a José Nakens, el republicano anticlerical director de El Motín, condenado por supuestamente haber encubierto junto a Ferrer al autor del atentado contra Alfonso XIII. Nakens siguió combatiendo a Maura, pero años después reconoció que ningún otro lo habría indultado sabiendo que seguiría en su contra, y que estaría en deuda de gratitud de por vida. Para la historiadora, no indultar a Ferrer fue el gran error de Maura. Él temía perder autoridad, dañar a la monarquía o enfrentarse a los militares, y ella cree que habría sido simplemente un gesto de magnanimidad.

González añadió un episodio documentado en el Archivo Secreto Vaticano y citado en su libro. Maura buscó una salida a través de la Iglesia, y el secretario de Estado, Merry del Val, le propuso que la Santa Sede pidiera el indulto y él lo concediera. Maura aceptó agradecido, pero la petición llegó cuando Ferrer ya había sido fusilado. Se extendió entonces la idea de que Maura había negado el indulto incluso a la Iglesia, y en el Vaticano decidieron callar para no verse salpicados.

Ferrer se convirtió en "el Dreyfus español". Levantó, en palabras de Ortega que ella cita, "el alma de Europa": Haeckel, Brentano, Anatole France o Bertrand Russell protestaron. En el Public Record Office británico, la autora ha visto cientos, quizá miles, de cartas, primero pidiendo el indulto y después contra el régimen, contra Maura y contra el rey. Surgió el "¡Maura, no!" internacional, que se contagió al interior. Alfonso XIII se sintió amenazado por informes con consignas como escupir a la cara de "ese monstruo", quiso desvincularse de Maura y lo apartó. Según González, Maura nunca olvidaría esa crisis.

Católico, pero contra la Iglesia en política; y el falso origen "chueta"

Pérez d'Ors planteó una paradoja con ingrediente mallorquín: a Maura se le atribuyó en insultos y caricaturas una ascendencia chueta, es decir, judía mallorquina, y a la vez se le acusaba de beato. González lo describió como un católico profundo, casi en el límite de la beatería. Se autocastigaba, por ejemplo dejando de fumar si cometía alguna falta, hacía ejercicios espirituales y tenía capilla privada en casa, algo habitual entonces, pues Canalejas también la tenía. Pero se oponía con firmeza a la injerencia de la Iglesia y de los integristas en la política, y a panfletos como El liberalismo es pecado o los que daban cien razones para no votar al Partido Conservador. La autora distinguió tres sectores católicos: uno liberal, uno neutral que no participaba y al que Maura quería atraer, y uno integrista y antisistema.

Sobre lo de "chueta", explicó que en las sesiones parlamentarias, por ejemplo durante el debate de la ley de represión del terrorismo, se repetía la cantinela "Maura clerical, reaccionario, judío, chueta". Valle-Inclán lo recogió en Luces de bohemia. Según ella, Brenan leyó a Valle-Inclán y probablemente los diarios de sesiones y escribió que Maura era de origen chueta, y Hugh Thomas lo repitió después de leer a ambos. "Algunos historiadores no comprueban las fuentes", comentó. En 2003, el nieto Carlos Maura escribió un artículo titulado "Soy judío" en el que se planteaba la cuestión. González nunca creyó en ese origen, pero para salir de dudas consultó, a través de un amigo común, al historiador mallorquín Pere de Montaner. Él le aclaró que "Maura" era el apodo de una familia chueta, los Forteza, a quienes llamaban Forteza-Maura, y que de ahí venía la confusión. La familia Maura, que no era chueta, vivía en el barrio de la Calatrava y no donde vivían los chuetas. En 1953, además, se elaboró una genealogía que acreditaba su "limpieza de sangre". Su catolicismo no tenía, pues, nada que ver con ese origen, sino con una familia muy católica. Su hermano Miguel fundó una congregación dedicada al culto eucarístico, y un asistente precisó que ya está beatificado. Otro familiar, Juan Maura y Gelabert, fue prelado en Orihuela. La autora reconoció que no sabe por qué se le insultaba así.

Alfonso XIII: activar al rey como símbolo, desactivarlo como político

Para resumir la relación con la Corona, González partió de un informe dirigido en 1903 a la reina María Cristina: Maura era "monárquico convencido porque cree que la monarquía está asociada con la nación", pero "no siente por ella simpatías y la juzga con dureza rayana en la injusticia". No era un súbdito devoto, sino un defensor de la institución.

Su programa tenía dos caras. La primera era activar el papel simbólico del rey como elemento de cohesión nacional, por encima de todos. Para ello organizó giras por ciudades españolas y lo llevó al Ateneo, a la universidad e incluso a un desfile de carnaval a tirar confeti. Sobre todo lo llevó a Cataluña, donde la antipatía entre la Corte y Barcelona era mutua y se temía que llegara a ser lo que Irlanda fue para Eduardo VII. En 1904 Maura se jugó el viaje: se alejó del rey para que los silbidos fueran para él y no para el monarca, y sufrió un atentado con arma blanca, lo que según la autora lo convirtió en "el héroe" que había llevado al rey a Barcelona. En el gobierno largo repitió las visitas: acercamientos a Prat de la Riba y a Cambó, iniciativas culturales y económicas, y la asistencia del rey a una obra de teatro en catalán que Maura le iba traduciendo al oído. Algunos militares presentes lo vieron como una humillación ante los catalanes, e incluso hubo un duelo del que uno salió con un corte en el cuello.

La segunda cara era desactivar políticamente al rey. Educado entre militares, Alfonso XIII se movía en ese ámbito "como pez en el agua". Maura llegó a pedirle que vistiera de civil. Aun así, el rey se implicó en las campañas de Marruecos, en los nombramientos y en las recompensas basadas en partes exagerados desde África. González dijo temer que no fue leal a sus ministros. El nuncio comentaba que trataba a los ministros como secretarios personales. Tuteaba a todos menos a Maura, a quien llamaba "don Antonio" y "el superhombre". A Gabriel Maura se le atribuye la frase: "Puedo aguantar al superhombre, pero no soporto al superniño". Para la autora, la pasión de Maura era la institución y no el rey. Por eso aceptó sus tres últimos gobiernos a desgana, solo para proteger al régimen. La relación personal fue muy negativa, concluyó, y la política, "fascinante".

Preguntas del público: raíces, política exterior y un archivo abrumador

Un asistente mallorquín preguntó de dónde sacó un joven llegado de la isla un carácter y un pensamiento tan singulares. González lo atribuyó a su formación. Maura quería ser profesor de Ciencias de instituto, "porque manda y se le obedece", como le dijo a su hermano, pero en Derecho se enamoró de las leyes. En la universidad tuvo profesores krausistas e institucionistas como Giner de los Ríos y Azcárate. De Azcárate fue amigo toda la vida pese a ser adversarios: quedaban para fumar puros, y Azcárate, que le llamaba "maestro", decía que ojalá sus huestes se llevaran como ellos. Azcárate proponía una moralidad laica para el ciudadano y Maura una moralidad católica. Del krausismo, aunque no fuera krausista, tomó la fe en la moralidad de las leyes. Azcárate decía de él que solo había leído dos libros, el Código Civil y el catecismo. De esa mezcla de religiosidad y juridicidad nació, según la autora, una idea de la política como misión y servicio público. Maura hablaba casi en lenguaje bíblico ("No es camino de rosas el que sigo y seguiré") y le dijo a un periodista portugués que fue a la política "como una oveja tirada de la patita". Ese sentido sacrificial alimentó también una conciencia de superioridad moral que irritaba incluso a sus compañeros, que lo llamaban "Goliat entre pigmeos". González no ve que cultivara sus raíces mallorquinas. Lo considera en buena parte autodidacta: aprendió de Azcárate, de Gamazo y de lo que le repugnaba en caciques como Romero Robledo. El castellano lo aprendió hablando ante un espejo y recitando a los clásicos, hasta llegar a ser un maestro de la oratoria. La autora destacó su discurso de ingreso en la Real Academia Española sobre ese tema y una edición reciente del profesor Carlos Dardé.

Otro asistente preguntó por su visión de la política exterior. González lo definió como "un nacionalista introspectivo" y anticolonialista, contrario a la expansión militar. Durante la Primera Guerra Mundial defendió la neutralidad, mientras que la mayoría de los mauristas eran germanófilos. Encontró una misma filosofía en tres frentes: en Cuba, ganar el corazón de los cubanos; en Cataluña, instalar la patria "no en el territorio, sino en el corazón de los catalanes"; en Marruecos, respetar las costumbres y no avanzar.

La última intervención fue de una descendiente de Maura, cuyo abuelo era uno de sus hijos pequeños. Recordó que en sus cartas se preocupaba por la educación y los matrimonios de los hijos, por los sobrinos y por los negocios familiares, y preguntó cómo podía estar en tantos frentes a la vez. González calificó el archivo Maura de "aplastante", uno de los más importantes entre los políticos de la Restauración, si no el que más, por su volumen de documentación privada, familiar y política, además de papeles ministeriales que, como era costumbre, se llevaba a casa. Según ella, se levantaba a las cinco de la mañana y trabajaba sin descanso. No hacía vida social, a diferencia de Dato o Romanones, y despreciaba las veladas en las que "las señoritas matraquean el piano". Contestaba todas las cartas, de políticos menores, de grandes líderes y de dirigentes extranjeros. Dirigió la reedición del diccionario de la RAE, durante la cual cambiaron definiciones como las de "conservador" y "liberal": la de conservador se llenó de adjetivos que la identificaban con la esencia nacional. Participó además en la Academia de Bellas Artes, pues pintaba, y en la de Jurisprudencia. La historiadora admitió no saber responder a la pregunta: "Yo también me lo pregunto".