De la catapulta a la pólvora: cómo la artillería transformó las fortificaciones y el papel olvidado de la ingeniería militar española

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Resumen

La conferencia inaugural del ciclo Batallas de la Era de los tercios, impartida por el catedrático de Arqueología Fernando Quesada Sanz en la Fundación Juan March, no se ocupa de una batalla concreta como Pavía (1525). Quesada quiere explicar antes un fenómeno de fondo. El desarrollo de la artillería de pólvora a finales de la Edad Media obligó a reinventar las fortalezas y alimentó lo que a veces se ha llamado la «revolución militar» de la Edad Moderna. Su tesis tiene dos partes. Los principios de la fortificación apenas cambiaron desde la Antigüedad, aunque la tecnología sí lo hiciera. Y la ingeniería militar castellana y aragonesa de finales del siglo XV anticipó soluciones que la historiografía internacional suele atribuir a la «traza italiana» o al francés Vauban.

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Por qué la batalla campal era una rareza

Quesada empieza con una advertencia. El ciclo se centra en las batallas, pero el choque de ejércitos en campo abierto era casi excepcional en la Baja Edad Media y en los siglos XVI y XVII. Los generales sabían que la batalla implicaba mucho azar y muchos factores que no controlaban. Una vez empezada, la decisión no se podía deshacer, y un error podía costar la destrucción del ejército o la muerte del general o incluso del rey.

A ese riesgo se añadían razones materiales y políticas. Primero estaba la densidad de castillos nobiliarios y reales en la Edad Media, y después la de fortalezas en las fronteras de los Pirineos, los Países Bajos, el Franco Condado o Italia. Era muy difícil mover un ejército sin tener que detenerse a tomarlas. Además, las ciudades fortificadas eran imprescindibles para abastecer a las tropas. Las guerras del periodo tampoco buscaban destruir al Estado enemigo. Perseguían anexionar, conquistar o defender territorios como el Rosellón o los Países Bajos, o aplastar sublevaciones, y eso exigía tomar ciudades.

Quesada cita varios trabajos para apoyar esta idea. Rodríguez Casilla lo ha demostrado recientemente para la Edad Media. Bradbury sostenía que hasta el 90 % de las acciones militares medievales y modernas tenían que ver con asedios. Clifford Rogers ha abierto un debate al señalar que algunos generales sí buscaban la batalla decisiva, pero para el conferenciante esa búsqueda ocasional no anula el patrón general. También cita a Bernardino de Mendoza, que en su Teoría y práctica de la guerra (1595) desaconsejaba salir a buscar al enemigo sin una retirada segura. Mendoza recordaba que una defensa bien llevada podía alargar un asedio durante meses, «por ser el tiempo el mayor enemigo de los que sitian». En ese contexto, explica Quesada, hay que entender la aparición y la «explosión» de la artillería de pólvora.

Qué es la artillería: neurobalística y pirobalística

Los primeros testimonios de la pólvora que menciona el conferenciante son dos. Roger Bacon da una receta a mediados del siglo XIII. El manuscrito Milemete de 1326, conservado en Christ Church (Oxford), representa el llamado pot de fer, un cañón muy primitivo que lanzaba dardos antes que proyectiles esféricos. Quesada lo considera posiblemente la documentación más antigua de artillería impulsada por los gases de la pólvora.

A continuación hace una precisión conceptual. Lo que define a la artillería no es el método de propulsión. Es un arma de dotación, que requiere un equipo y lanza proyectiles pesados, a una distancia y con una potencia que ningún brazo humano alcanzaría. Por eso se habla de artillería neurobalística, impulsada por tendones y torsión, como el escorpión de la Columna Trajana. Se habla de artillería pirobalística cuando el impulso procede de los gases de la pólvora. Y hoy se empieza a hablar de artillería electromagnética, con pruebas de cañones navales de raíles en Japón y Estados Unidos.

Durante décadas ambas convivieron. El trabuco de contrapeso llegó desde Oriente en el siglo XII y se generalizó en el XIII. Podía alcanzar hasta 18 metros de altura y lanzar proyectiles de más de cien kilos a unos 200 metros. Desde el siglo XIV compartió asedios con los primeros cañones, y en el XV entró en decadencia frente a ellos, entre otras cosas porque había que montarlo y desmontarlo en cada asedio con enorme esfuerzo. Las fuentes peninsulares reflejan esta convivencia. En 1475 los duques de Alba prestan «una lombarda gruesa», otra mediana y «dos ingenios», es decir, catapultas. Hernando del Pulgar cuenta que en el asedio de Burgos de 1476 los sitiados reparaban lo que derribaban «los trabucos» y «las lombardas». En Ronda, en 1485, «los ingenios» tiraban junto a «las lombardas gruesas». Para Quesada, esta convivencia demuestra que durante los primeros asedios tardomedievales ambos sistemas se consideraban complementarios o igual de eficaces.

Piedra frente a hierro

Una pregunta que según Quesada le hacen a menudo sus alumnos es cuándo y por qué aparecen los proyectiles de hierro macizo. La respuesta es física. El hierro es mucho más denso que la piedra: frente a los aproximadamente 2,5 g/cm³ de granito o caliza, el hierro ronda los 7. A igual calibre, una bola de hierro pesa casi tres veces más. Como el impulso es masa por velocidad, a igual velocidad produce hasta tres veces más impacto. Además resiste mejor la compresión, mientras que la piedra tiende a fragmentarse al chocar. La única ventaja del bolaño de piedra era que el material abundaba y tallarlo era mucho más sencillo que fundir el mineral y forjar el hierro.

En Castilla hay noticias de proyectiles de hierro desde el siglo XIV. Fuera de la península, la primera mención que cita Quesada es un arsenal en Bolonia que en 1381 almacenaba más de 900. Aun así, siguieron siendo relativamente raros hasta finales del XV, en tiempos de los Reyes Católicos en España y de Carlos VIII en Francia. Pulgar describe en Ronda cómo se hacían «pelotas redondas, grandes e pequeñas de fierro», muchas en molde, que «hacían gran estrago doquiera que alcanzaban». Quesada aclara que no se trata aún de hierro colado propiamente dicho, aunque esa tecnología empieza a surgir. En la guerra de Granada, lo que a mediados de siglo era rareza ya es ordinario. Muestra bombardas del asedio de Baza (1489) con caña de hierro forjado, hecha con barras zunchadas con aros, y recámaras intercambiables para agilizar el trabajo de los artilleros.

Una artillería más temprana de lo que solemos pensar

Quesada insiste en que la artillería medieval no es un fenómeno tardío. Petrarca escribía hacia 1350 que estos artilugios, antes escasos y contemplados con asombro, eran ya «comunes como cualquier otro tipo de armas». En la península aparecen primero en manos musulmanas. Hay una mención dudosa en el asedio de Niebla de 1262 y otras más firmes en el asedio granadino de Alicante de 1331 y en torno a la batalla del Salado. En 1342, en el asedio de Algeciras, ya ambos bandos tenían cañones. La crónica dice que los moros lanzaban «truenos» y «peñas de fierro grandes como manzanas muy grandes», algunas de las cuales pasaban más allá de la hueste. En 1359 consta un barco catalán con una bombarda en cubierta.

Un cuadro publicado recientemente por Enrique Echeverría muestra que en la primera mitad del siglo XV las crónicas mencionan poco la artillería. A partir de 1440 las referencias se multiplican, hasta 21 solo en la década de 1470-1479, con una gran variedad de piezas. Quesada renuncia a entrar en esa variedad por la enorme diversidad de pesos y calibres, aunque señala que en los asedios predominaban las lombardas pesadas y los pasavolantes, más ligeros. Carlos VIII en Francia y Carlos I en España intentaron estandarizar esas piezas artesanales. Según el conferenciante, una estandarización verdadera no llegó hasta mucho después, en la época de la razón.

Constantinopla y el colosalismo

El caso que Quesada usa para mostrar el fin de las murallas tradicionales es Constantinopla en 1453. Las murallas teodosianas, construidas en el siglo V bajo Teodosio II por el prefecto Flavio Antemio, cubrían unos 20 kilómetros de perímetro, 5,7 de ellos en el frente de tierra. Tenían dos muros, de hasta 12 metros el interior y 9 el exterior. Las torres, de hasta 20 metros, se levantaban cada 50 metros, a una distancia de tiro eficaz para cubrir los flancos. Entre los dos muros quedaba un períbolos para mover tropas. Delante había un foso de hasta 20 metros de ancho, húmedo en algunos tramos, y un glacis despejado. Según Quesada, habían resistido durante casi mil años. Sus principios, el flanqueo desde las torres y la acumulación de fuegos, son los mismos que se aplicarán en el Renacimiento. La diferencia es que estaban pensados en altura contra catapultas, mucho menos eficaces que las armas de fuego.

Crítobulo de Imbros y Leonardo de Quíos atestiguan la artillería pesada de Mehmet II. Entre ella estaba el cañón de Urbano, de hasta 18 toneladas, tubo de 8 metros y proyectiles de hasta 300 kilos. No se conserva, pero sí el cañón de los Dardanelos de 1464, de 16,8 toneladas, que Quesada considera muy parecido. Todavía seguía en servicio en 1807, cuando disparó contra fragatas de la Royal Navy. El conferenciante subraya que el colosalismo no era exclusivamente otomano. En Europa occidental también había bombardas de ese calibre, como la Mons Meg, que se conserva y lanzaba bolaños de 160 kilos.

La clave: la velocidad de salida

¿Qué ventaja tenía un cañón con proyectiles de cien kilos frente a un trabuco que lanzaba pesos similares? Quesada responde que la clave es la velocidad de salida. Cita datos de estudios experimentales sobre réplicas, estimaciones balísticas y análisis de piezas reales. Los grandes trabucos, con proyectiles de 18 a 140 kilos, alcanzaban entre 54 y 100 metros por segundo. Para bombardas colosales como la Mons Meg, los cálculos hechos sobre la pieza real, sin dispararla, dan unos 320 metros por segundo con bolaños de piedra del mismo tamaño. Es decir, la velocidad se triplica y el impacto crece muchísimo más.

Las culebrinas y, más tarde, los cañones navales del siglo XVII no superaban mucho esa cifra, pues se movían entre 300 y 350 metros por segundo. Sin embargo, con proyectiles de hierro mucho más pequeños lograban impactos superiores a los de cualquier catapulta e incluso a los de las grandes bombardas de piedra. Estas velocidades se mantuvieron durante el Renacimiento y fueron creciendo con mejores técnicas de fundición hasta rondar los 500 metros por segundo en época napoleónica. A modo de comparación, Quesada menciona que el antiaéreo alemán Flak 41, usado como antitanque en la Segunda Guerra Mundial, rozaba los 1.000 metros por segundo. Los cañones de 120 mm de Rheinmetall de los carros actuales alcanzan entre 1.700 y casi 2.000. Su conclusión es que la combinación de pólvora y proyectiles de hierro dejó obsoleta la artillería neurobalística en pocas décadas.

Muros derribados en días

Pulgar lo resumió diciendo que los muros y torres fabricados «para la sola guerra de lanza y escudo» ya no servían. Quesada enumera varios ejemplos borgoñones de brechas abiertas con facilidad. En 1377 Felipe de Borgoña derribó muros sin gran dificultad. En 1411, en el asedio de Ham, bastaron tres disparos para abrir brecha, y en 1412 se abrió otra de inmediato en una plaza que la transcripción no permite identificar con seguridad. Y vuelve a Ronda en 1485. Los maestros artilleros derribaron en cuatro días el pretil, las almenas y lo alto de tres torres, de modo que los defensores no tenían dónde ponerse, batidos además por los ribadoquines, piezas ligeras antipersonal. A finales del siglo XV, afirma, la artillería de pólvora era una amenaza colosal para los muros altos de mampostería que se venían levantando desde el Neolítico.

Los nuevos principios: distancia, rasante, profundidad y geometría

Para explicar la respuesta de los ingenieros, Quesada usa los gráficos del folleto divulgativo sobre el castillo de San Fernando de Figueres, obra de su amigo Francisco Javier Hernández Cardona y su equipo. El cambio fundamental es que lo que antes se construía en altura ahora se entierra. Solo la parte superior de los muros queda por encima de la rasante del terreno, y esos muros ganan un grosor enorme, de hasta 15 o 20 metros de tierra prensada. Así la artillería enemiga no puede batir la parte baja ni derrumbar torres y lienzos.

El conferenciante resume los principios en varios puntos:

  • Distancia. Mediante fosos y obras exteriores (revellines, hornabeques, medias lunas) se obliga al atacante a situar sus piezas a unos 600 metros y no a 100 o 200, para que lleguen sin fuerza.
  • Rasante. El obstáculo en altura se sustituye por un obstáculo en grosor y profundidad.
  • Fosos enormes. Rebajar la muralla plantea un problema, porque la infantería, que al final tiene que tomar la plaza, apenas tendría que trepar. Por eso se excavan fosos muy anchos y profundos. Quien llega a ellos se encuentra un muro tan alto como los medievales, de 20, 25 o incluso 30 metros, solo que en buena parte bajo el nivel del suelo.
  • Anillos concéntricos, que multiplican las líneas que el atacante debe ir tomando.
  • Racionalidad geométrica. Los ingenieros geómetras aplican balística y geometría para diseñar fortalezas sin puntos débiles.

¿Una revolución tan nueva?

Quesada matiza la idea de revolución. Recuerda que Diades de Pela, ingeniero de Alejandro Magno, derribó con artillería neurobalística los muros de Tiro. También cita a Filón de Bizancio, que hacia el final de la Segunda Guerra Púnica proponía defender las ciudades con varios fosos de unos 32 o 33 metros de ancho, separados por franjas sembradas de trampas. Así, desde la muralla hasta el límite exterior de la defensa habría unos 180 metros, el alcance eficaz de las catapultas de su tiempo. Filón argumentaba que, si el enemigo tomaba el primer foso, no tendría espacio para emplazar su catapulta más poderosa, la de un talento (unos 26 kilos), y que esa máquina quedaría fuera de alcance o impactaría sin potencia. Para Quesada, son los mismos principios que aplicarían los ingenieros del Renacimiento.

A comienzos del siglo XVII esos principios ya estaban consolidados. Tommaso Campanella describe en La ciudad del sol una urbe utópica construida de forma que quien ganase el primer recinto debiera redoblar su esfuerzo para el segundo y el tercero. Hacia 1700, Sebastián Fernández de Medrano, en El arquitecto perfecto en el arte militar, relata cómo los torreones cuadrados y redondos duraron hasta la invención de la pólvora, dando paso a baluartes redondos y luego triangulares. Y formula un principio que Quesada considera esencial: todas las partes de la fortificación deben estar proporcionadas, porque si falta en una falta en todas, como el cuerpo humano, que padece entero si enferma la menor de sus partes. Es la lógica del eslabón más débil, y de ahí la tendencia a los recintos cuadrados o estrellados simétricos, aunque no siempre fuera posible.

Los Reyes Católicos: poder real y primeros castillos artilleros

En la segunda mitad del siglo XV, los Reyes Católicos querían reforzar el poder real frente a una nobleza que no solo poseía fortalezas, sino que incluso fabricaba artillería. Según Quesada, prohibieron la exportación de armas de pólvora, crearon maestranzas reales y retiraron a los nobles la capacidad de fundir cañones. También procuraron que las fortalezas quedaran en manos fieles: Fernando se aseguró de que Coca fuera asignado a Antonio de Fonseca y asaltó el castillo de Niebla en 1508, en el conflicto sucesorio tras la muerte de Isabel. Las maestranzas acabarían concentrándose en el norte peninsular, donde había madera y mineral para abaratar la fabricación masiva.

Lo que más le interesa al conferenciante es un fenómeno que, según él, es bien conocido en España pero ha sido prácticamente ignorado por la investigación europea hasta hace poco. Ya a finales del XV se fomentaron innovaciones que prefiguran la «traza italiana» o la maniera moderna. En el castillo de la Mota, en Medina del Campo, a partir de 1476 se rodeó el viejo castillo medieval y su torre del homenaje con un recinto exterior, la «barrera» de los textos de la época, que más tarde se llamará falsabraga. La barrera tiene un alambor o talud, grandes fosos y cubos en las esquinas para el flanqueo. También tiene troneras a distintas alturas, algunas bajo la rasante, que resultan invisibles para el asaltante hasta que llega al foso. Quesada explica que la artillería enemiga solo podía desmochar las almenas y lo alto de las torres. Para batir el núcleo tendría que acercarse al borde del foso, que estaba al alcance de todas las armas portátiles de los defensores. Los textos de la época ya llaman «baluartes» a algunos de estos elementos. El alambor, precisa, no servía contra torres de asalto, sino para proteger la base del muro de los proyectiles.

Como modelo más primitivo muestra el castillo nobiliario de Grajal de Campos, con troneras para artillería en la base del muro para batir el foso. La Mota y Coca incluían además defensas contra la guerra de minas, el otro gran enemigo de las fortificaciones. Los sitiadores excavaban galerías bajo el foso para colocar hornillos de pólvora, y los defensores respondían con contraminas, en una «guerra de ratas» subterránea. Tampoco esto es nuevo, recuerda Quesada: en Dura Europos, en el año 256, persas sasánidas y romanos libraron una guerra de minas en la que incluso se emplearon gases que mataron a 20 legionarios. De Coca destaca el ladrillo. Parece absurdo contra la artillería, pero según el conferenciante la combinación de ladrillo y tierra prensada absorbe mejor los impactos de hierro que los sillares de piedra.

Salses, la pieza clave

Quesada considera fundamental, y poco citado por la bibliografía extranjera, el castillo de Salses, cerca de Perpiñán, entonces territorio de la Corona de Aragón. Tras la destrucción de la fortaleza anterior por Francia, Fernando el Católico ordenó construir una nueva para reforzar la frontera. Se la encargó a un ingeniero al que Quesada llama «verdadero genio», Francisco Ramiro López, heredero de la tradición de la Mota y de Coca. Muestra la carta del rey de 1495, en la que ordena que se mire mucho «si se puede fortalecer aquella villa para que quede bien fuerte».

El castillo parece hundido en el suelo, de modo que los cañones solo pueden batir la parte superior. Estaba pensado contra un peligro nuevo, el tren de artillería móvil que Carlos VIII había llevado a Italia y que causaba estragos en las fortalezas medievales. Quesada añade que por eso los italianos del norte, los Estados Pontificios y Nápoles empezaron a construir en la misma línea. Un manuscrito de la Morgan Library de Nueva York muestra ese tren francés con sacos de harina y palle di ferro, bolas de hierro, un detalle que el artista consideró relevante por su novedad.

En 1503 Francia atacó Salses con esa artillería moderna y fracasó. El castillo resistió hasta ser socorrido por el duque de Alba. Un plano de Gonzalo de Ayora, conservado en la Real Academia de la Historia, recoge el asedio. Salses es de nueva planta y cuadrangular, con grandes cubos circulares y un foso enorme. Pero añade algo que normalmente se asocia a épocas posteriores: obras avanzadas, lo que luego se llamarían revellines u hornabeques, que obligan a recorrer un camino batido y a tomarlas antes de atacar el recinto principal. Tiene también contraminas que llegan al nivel freático y permiten inundar las galerías enemigas. Un dibujo de Francisco de Holanda de 1538 muestra su aspecto original, con resabios medievales como almenas y merlones, que Quesada considera todavía útiles.

Una escuela española ignorada

Quesada se apoya en Fernando Cobos Guerra, a quien presenta como uno de los grandes especialistas en arquitectura militar del periodo. Cobos sostiene que se ha tergiversado la nacionalidad de los tratados según la lengua o el origen de su autor. Para la monarquía hispánica del siglo XVI, todo tratado escrito en sus dominios, fuera en Nápoles, Milán o Bruselas, formaba parte de la ingeniería militar de la Corona. Quesada enumera una tradición tratadística propia. Empieza con el capítulo final de un De re militari de 1536 y con la Apología de Pedro Luis Escrivá de 1538, que no se publicó en detalle hasta el año 2000, precisamente por Cobos y otros autores. Siguen Fernández Espinosa (1559), Cristóbal de Rojas con su Teoría y práctica de fortificación, Medina Barba, el capitán Cristóbal Lechuga y Fernández de Medrano. Para él, desde principios del XVI existe una escuela española que nada tiene que envidiar a la francesa o a la llamada holandesa.

Como ejemplo del olvido critica los dos volúmenes de Christopher Duffy sobre la guerra de asedio (1494-1660 y 1660-1860). Se publicaron en los años setenta, pero todavía se reimprimen y se usan mucho. Quesada atribuye su punto ciego a la escasa tradición anglosajona de leer obras que no estén en inglés o, como mucho, en francés. Duffy cita la Bastilla, el castillo Sforzesco de Milán, los Estados Pontificios e incluso a Durero. Llega a escribir que hasta casi 1490 no hay pruebas convincentes de que los arquitectos militares apreciaran el poder transformador de la artillería. Salses solo aparece más tarde, en el capítulo sobre Francia desde 1513. Hay capítulos sobre los Estados bálticos y Turquía, pero ninguno sobre la península ibérica. Y en un apéndice sobre escuelas de fortificación se ignora la española, cuando la holandesa es, según Quesada, en buena medida de tradición de la Corona hispánica. Obras posteriores, como la de Bert Hall sobre armas y guerra en el Renacimiento, ya reconocen el peso de la artillería castellana en la conquista del reino nazarí. Pero Quesada no ha encontrado en ella menciones a la Mota ni a Coca, y apenas a Salses, mientras que sí aparecen baluartes ingleses que considera mucho más atrasados. Recomienda como correctivo los trabajos de Antonio Espino y la tesis doctoral de Ester Merino Peral sobre los tratados de re militari.

Carlos I y la artillería como razón última del rey

La política de los Reyes Católicos continuó con los Austrias. Quesada menciona el cuadro de Víctor Manzano y la conocida anécdota, posiblemente apócrifa, en la que se muestra a los nobles levantiscos un parque de artillería recién creado con las palabras «estos son mis poderes», para gobernar Castilla hasta la llegada de Carlos I. Sea o no leyenda, Prudencio de Sandoval cuenta que el emperador, tras vencer a los comuneros, trajo en 1522 «mucha y buena artillería» para unos reinos que estaban faltos de ella, con una lista detallada de piezas. Para Quesada, la artillería tenía un papel psicológico como ultima ratio regum, la razón definitiva del poder real.

Del cubo circular al baluarte poligonal

El gran problema de la nueva ingeniería, señala Quesada, era su coste altísimo, porque había que añadir continuamente bastiones, fosos, terraplenes y obras exteriores. Había además un problema técnico. Los cubos circulares de la Mota o de Salses dejaban ángulos muertos donde los zapadores podían trabajar. Se sustituyeron por formas poligonales oblicuas, que permiten batir todas las caras y mantienen la ventaja de desviar los proyectiles. Entre 1500 y 1530 se observa en la península una experimentación constante, desde los cubos y revellines de Salses hasta los baluartes de Fuenterrabía. Una tesis doctoral reciente sobre esta plaza guipuzcoana muestra cómo entre 1500 y 1670 se superponen el recinto medieval, murallas con cubos semicirculares, bastiones poligonales hacia 1550 y obras exteriores. Al final, el área fortificada llega a ser casi tan grande como la protegida. Quesada insiste en que la mayoría de las fortalezas se levantan sobre ciudades preexistentes, con una superposición de periodos en planta y alzado.

Sobre si «baluarte» y «bastión» son sinónimos, Quesada menciona el debate pero no entra en él. Describe la evolución hacia bastiones triangulares y luego pentagonales. Tienen orejones, piezas salientes que protegen las casamatas donde se sitúan los cañones más potentes para batir la cortina, y una gola cada vez más marcada. Vasari atribuyó en 1568 este tipo de bastión a Michele Sanmicheli, y de ahí la idea de la traza italiana como origen de todo, algo que para Quesada es simplista. En la ciudadela de Jaca (1592) el modelo ya está desarrollado: simetría, bastiones con orejones, foso amplio y camino cubierto para que la infantería dispare sobre el glacis. En un siglo, desde Salses hasta Jaca, la forma ha cambiado mucho, pero según él los principios son los mismos.

Además del tiro tenso existía desde muy pronto el tiro curvo de morteros y bombardas trabuqueras. Contra él se construyeron casamatas abovedadas, más resistentes. Y los sitiadores tenían que aplicar los mismos principios a la inversa: cruzar sus baterías para neutralizar las casamatas que flanquean la cortina elegida y batir esa cortina de frente para abrir brecha.

De Florida a Elvas: adaptación y crecimiento hacia fuera

El modelo se exportó a América. El castillo de San Marcos, en Florida, se construyó desde 1672 con planta cuadrada, bastiones y un revellín ante su única puerta, el punto más frágil. Quesada lo presenta como la construcción de mampostería más antigua de Estados Unidos. Está hecho de coquina, una caliza de conchas diminutas que, según cuenta, absorbía las balas de cañón. En 1702 los británicos vieron con desesperación que sus proyectiles no causaban daño, porque los muros actuaban casi como un colchón.

La ciudadela de Ibiza le sirve para mostrar que los añadidos no tienen por qué ser simétricos: la adaptación al terreno es fundamental. En San Fernando de Figueres, obra del siglo XVIII que recoge todas las enseñanzas anteriores, el núcleo se rodea de revellines, tenazas, hornabeques y contraguardias. Después vienen otro foso, el camino cubierto y el glacis, y el asaltante que llega a los fosos se encuentra en un laberinto batido siempre por dos o más fuegos, una «trampa mortal». En la raya con Portugal, los fuertes de Elvas muestran en foto aérea cómo el núcleo es mucho menor que el área defendida.

Vauban: heredero más que inventor

Sébastien Le Prestre de Vauban, ingeniero de Luis XIV, participó según Quesada en unos 50 asedios y construyó o remodeló hasta 330 plazas. Suele presentarse como un revolucionario. Quesada sostiene que su «primer sistema» pule en detalle soluciones que se venían aplicando desde hacía más de un siglo, algunas en escuelas dependientes de la Corona española. Su obra maestra de Besanzón conserva además un núcleo de la época en que el Franco Condado era hispánico, con escudos de los Austrias. «No le estoy quitando ningún mérito», aclara. Solo quiere decir que Vauban no partió de cero.

Donde sí ve una aportación innovadora es en el ataque. Vauban convirtió el asedio en algo casi científicamente predecible, hasta el punto de calcular el día de la caída. Primero se cortaban las comunicaciones y se trazaban dos líneas. La contravalación rodea la plaza mirando hacia ella, y la circunvalación es un anillo exterior que mira hacia fuera por si llega un ejército de socorro. Quesada subraya esta distinción porque, dice, se confunde incluso en bibliografía especializada. Después venían tres paralelas. La primera, a unos 600 metros, a distancia de cañón. Las otras se unían por trincheras en zigzag, para que los defensores no pudieran barrerlas, e incluían baterías elevadas, los «caballeros». La tercera, casi sobre el camino cubierto, era la base para abrir brecha.

La «maqueta Vauban» del Museo del Ejército

Casi al final, Quesada presenta una pieza del Museo del Ejército de Toledo que considera de las más interesantes de la colección, aunque durante años estuvo en un lugar donde apenas se veía. Es una maqueta de menos de dos metros de lado, con base de ébano, piezas de bronce fundido, esmalte y unas 3.300 figuritas de plata sobredorada. Representa una ciudad fortificada con sus anillos defensivos y las obras de asedio de un atacante. Durante mucho tiempo se la conoció como «maqueta Vauban».

Tiene una leyenda en español clave para la reinterpretación de Ignacio de la Torre y otros investigadores. La plaza no es de Vauban ni corresponde a ninguna ciudad real. Cada bastión es distinto: uno poligonal antiguo, otro con gola y orejones, otro con orejones curvos, otro poligonal alargado. En una fortaleza real eso sería absurdo, porque el bastión más antiguo sería el punto débil. La maqueta figura ya en el gabinete de antigüedades de Felipe V en 1715 e incorpora reformas de Vauban, así que se fecha entre 1700 y 1715, en el tránsito de los Austrias a los Borbones. Cada número de la leyenda corresponde a un gran ingeniero, y el conjunto recorre unos 150 años, desde Francesco de Marchi, nacido hacia 1490, hasta Vauban. Quesada comparte la impresión de que se fabricó en España, quizá con algún artesano francés. De la Torre, en cambio, cree que se hizo en Francia con elementos españoles. Parte de las obras exteriores aparece además invertida junto a las trincheras por razones de espacio. Pertenecen a la defensa, no al asedio.

Para Quesada, estas maquetas eran instrumentos de enseñanza para el rey y de discusión entre ingenieros sobre tipos de bastión, obras exteriores y formas de asalto. Así ocurría en la corte francesa, cuyas maquetas conserva el Musée des Plans-Reliefs de los Inválidos, y posiblemente también en la española. Citando un trabajo de 1981, añade que servían también como expresión de poder ante la corte y los embajadores.

Bastiones en el desierto de Mali

Como curiosidad, Quesada cuenta que en 2018 los ingenieros paracaidistas franceses construyeron en Ménaka, en plena operación antiyihadista en Mali, un fuerte poligonal con bastiones, orejones y obras exteriores. Ese mismo año, en el marco de la operación Barkhane, se levantó otro recinto mayor, con un núcleo poligonal y un segundo anillo exterior, para tropas francesas y malienses. Quesada ve en ello un orgullo patrio vinculado a la tradición de Vauban. Admite que frente a un ejército con artillería moderna o lanzacohetes múltiples de 20 a 120 kilómetros de alcance no tendría ningún valor. Pero contra milicias con armas ligeras, technicals y lanzagranadas, los bastiones que baten los flancos siguen siendo, según él, una defensa perfectamente eficaz.

Una fortaleza como ente vivo

Quesada cierra recomendando Historia de una fortaleza, de Viollet-le-Duc, el restaurador de Carcasona, autor de la aguja de Notre-Dame que ardió y ha sido reconstruida y de sus gárgolas neogóticas. En esta novela el protagonista es un lugar fortificado en una confluencia de ríos. El libro narra, con planos detallados, siete asedios desde la época gala hasta 1813, con una coda en la guerra de 1870: el castillo feudal, la extensión de murallas con cubos circulares, los primeros bastiones de 1606 y la fortaleza de Vauban de 1680. Hasta hace poco solo existía en francés o inglés, pero ahora hay traducción española. Quesada la presenta como un epítome de lo que ha intentado explicar. El arte de atacar y defender fortalezas ha cambiado muchísimo desde Jericó, pero sus principios siguen siendo los mismos. La revolución militar renacentista tiene una prehistoria más larga, la del nacimiento de la artillería, dentro de un «duelo eterno entre coraza y proyectil» en el que cada lado influye en el otro. Y las fortalezas no son entes aislados, sino entes vivos que perduran a lo largo del tiempo.