De la catapulta a la pólvora: cómo la artillería transformó las fortificaciones y el papel olvidado de la ingeniería militar española
Fundación Juan MarchLa conferencia inaugural del ciclo Batallas de la Era de los tercios, impartida por el catedrático de Arqueología Fernando Quesada Sanz en la Fundación Juan March, no se ocupa de una batalla concreta como Pavía (1525). Quesada quiere explicar antes un fenómeno de fondo. El desarrollo de la artillería de pólvora a finales de la Edad Media obligó a reinventar las fortalezas y alimentó lo que a veces se ha llamado la «revolución militar» de la Edad Moderna. Su tesis tiene dos partes. Los principios de la fortificación apenas cambiaron desde la Antigüedad, aunque la tecnología sí lo hiciera. Y la ingeniería militar castellana y aragonesa de finales del siglo XV anticipó soluciones que la historiografía internacional suele atribuir a la «traza italiana» o al francés Vauban.
Por qué la batalla campal era una rareza
Quesada empieza con una advertencia. El ciclo se centra en las batallas, pero el choque de ejércitos en campo abierto era casi excepcional en la Baja Edad Media y en los siglos XVI y XVII. Los generales sabían que la batalla implicaba mucho azar y muchos factores que no controlaban. Una vez empezada, la decisión no se podía deshacer, y un error podía costar la destrucción del ejército o la muerte del general o incluso del rey.
A ese riesgo se añadían razones materiales y políticas. Primero estaba la densidad de castillos nobiliarios y reales en la Edad Media, y después la de fortalezas en las fronteras de los Pirineos, los Países Bajos, el Franco Condado o Italia. Era muy difícil mover un ejército sin tener que detenerse a tomarlas. Además, las ciudades fortificadas eran imprescindibles para abastecer a las tropas. Las guerras del periodo tampoco buscaban destruir al Estado enemigo. Perseguían anexionar, conquistar o defender territorios como el Rosellón o los Países Bajos, o aplastar sublevaciones, y eso exigía tomar ciudades.
Quesada cita varios trabajos para apoyar esta idea. Rodríguez Casilla lo ha demostrado recientemente para la Edad Media. Bradbury sostenía que hasta el 90 % de las acciones militares medievales y modernas tenían que ver con asedios. Clifford Rogers ha abierto un debate al señalar que algunos generales sí buscaban la batalla decisiva, pero para el conferenciante esa búsqueda ocasional no anula el patrón general. También cita a Bernardino de Mendoza, que en su Teoría y práctica de la guerra (1595) desaconsejaba salir a buscar al enemigo sin una retirada segura. Mendoza recordaba que una defensa bien llevada podía alargar un asedio durante meses, «por ser el tiempo el mayor enemigo de los que sitian». En ese contexto, explica Quesada, hay que entender la aparición y la «explosión» de la artillería de pólvora.
Qué es la artillería: neurobalística y pirobalística
Los primeros testimonios de la pólvora que menciona el conferenciante son dos. Roger Bacon da una receta a mediados del siglo XIII. El manuscrito Milemete de 1326, conservado en Christ Church (Oxford), representa el llamado pot de fer, un cañón muy primitivo que lanzaba dardos antes que proyectiles esféricos. Quesada lo considera posiblemente la documentación más antigua de artillería impulsada por los gases de la pólvora.
A continuación hace una precisión conceptual. Lo que define a la artillería no es el método de propulsión. Es un arma de dotación, que requiere un equipo y lanza proyectiles pesados, a una distancia y con una potencia que ningún brazo humano alcanzaría. Por eso se habla de artillería neurobalística, impulsada por tendones y torsión, como el escorpión de la Columna Trajana. Se habla de artillería pirobalística cuando el impulso procede de los gases de la pólvora. Y hoy se empieza a hablar de artillería electromagnética, con pruebas de cañones navales de raíles en Japón y Estados Unidos.
Durante décadas ambas convivieron. El trabuco de contrapeso llegó desde Oriente en el siglo XII y se generalizó en el XIII. Podía alcanzar hasta 18 metros de altura y lanzar proyectiles de más de cien kilos a unos 200 metros. Desde el siglo XIV compartió asedios con los primeros cañones, y en el XV entró en decadencia frente a ellos, entre otras cosas porque había que montarlo y desmontarlo en cada asedio con enorme esfuerzo. Las fuentes peninsulares reflejan esta convivencia. En 1475 los duques de Alba prestan «una lombarda gruesa», otra mediana y «dos ingenios», es decir, catapultas. Hernando del Pulgar cuenta que en el asedio de Burgos de 1476 los sitiados reparaban lo que derribaban «los trabucos» y «las lombardas». En Ronda, en 1485, «los ingenios» tiraban junto a «las lombardas gruesas». Para Quesada, esta convivencia demuestra que durante los primeros asedios tardomedievales ambos sistemas se consideraban complementarios o igual de eficaces.
Piedra frente a hierro
Una pregunta que según Quesada le hacen a menudo sus alumnos es cuándo y por qué aparecen los proyectiles de hierro macizo. La respuesta es física. El hierro es mucho más denso que la piedra: frente a los aproximadamente 2,5 g/cm³ de granito o caliza, el hierro ronda los 7. A igual calibre, una bola de hierro pesa casi tres veces más. Como el impulso es masa por velocidad, a igual velocidad produce hasta tres veces más impacto. Además resiste mejor la compresión, mientras que la piedra tiende a fragmentarse al chocar. La única ventaja del bolaño de piedra era que el material abundaba y tallarlo era mucho más sencillo que fundir el mineral y forjar el hierro.
En Castilla hay noticias de proyectiles de hierro desde el siglo XIV. Fuera de la península, la primera mención que cita Quesada es un arsenal en Bolonia que en 1381 almacenaba más de 900. Aun así, siguieron siendo relativamente raros hasta finales del XV, en tiempos de los Reyes Católicos en España y de Carlos VIII en Francia. Pulgar describe en Ronda cómo se hacían «pelotas redondas, grandes e pequeñas de fierro», muchas en molde, que «hacían gran estrago doquiera que alcanzaban». Quesada aclara que no se trata aún de hierro colado propiamente dicho, aunque esa tecnología empieza a surgir. En la guerra de Granada, lo que a mediados de siglo era rareza ya es ordinario. Muestra bombardas del asedio de Baza (1489) con caña de hierro forjado, hecha con barras zunchadas con aros, y recámaras intercambiables para agilizar el trabajo de los artilleros.
Una artillería más temprana de lo que solemos pensar
Quesada insiste en que la artillería medieval no es un fenómeno tardío. Petrarca escribía hacia 1350 que estos artilugios, antes escasos y contemplados con asombro, eran ya «comunes como cualquier otro tipo de armas». En la península aparecen primero en manos musulmanas. Hay una mención dudosa en el asedio de Niebla de 1262 y otras más firmes en el asedio granadino de Alicante de 1331 y en torno a la batalla del Salado. En 1342, en el asedio de Algeciras, ya ambos bandos tenían cañones. La crónica dice que los moros lanzaban «truenos» y «peñas de fierro grandes como manzanas muy grandes», algunas de las cuales pasaban más allá de la hueste. En 1359 consta un barco catalán con una bombarda en cubierta.
Un cuadro publicado recientemente por Enrique Echeverría muestra que en la primera mitad del siglo XV las crónicas mencionan poco la artillería. A partir de 1440 las referencias se multiplican, hasta 21 solo en la década de 1470-1479, con una gran variedad de piezas. Quesada renuncia a entrar en esa variedad por la enorme diversidad de pesos y calibres, aunque señala que en los asedios predominaban las lombardas pesadas y los pasavolantes, más ligeros. Carlos VIII en Francia y Carlos I en España intentaron estandarizar esas piezas artesanales. Según el conferenciante, una estandarización verdadera no llegó hasta mucho después, en la época de la razón.
Constantinopla y el colosalismo
El caso que Quesada usa para mostrar el fin de las murallas tradicionales es Constantinopla en 1453. Las murallas teodosianas, construidas en el siglo V bajo Teodosio II por el prefecto Flavio Antemio, cubrían unos 20 kilómetros de perímetro, 5,7 de ellos en el frente de tierra. Tenían dos muros, de hasta 12 metros el interior y 9 el exterior. Las torres, de hasta 20 metros, se levantaban cada 50 metros, a una distancia de tiro eficaz para cubrir los flancos. Entre los dos muros quedaba un períbolos para mover tropas. Delante había un foso de hasta 20 metros de ancho, húmedo en algunos tramos, y un glacis despejado. Según Quesada, habían resistido durante casi mil años. Sus principios, el flanqueo desde las torres y la acumulación de fuegos, son los mismos que se aplicarán en el Renacimiento. La diferencia es que estaban pensados en altura contra catapultas, mucho menos eficaces que las armas de fuego.
Crítobulo de Imbros y Leonardo de Quíos atestiguan la artillería pesada de Mehmet II. Entre ella estaba el cañón de Urbano, de hasta 18 toneladas, tubo de 8 metros y proyectiles de hasta 300 kilos. No se conserva, pero sí el cañón de los Dardanelos de 1464, de 16,8 toneladas, que Quesada considera muy parecido. Todavía seguía en servicio en 1807, cuando disparó contra fragatas de la Royal Navy. El conferenciante subraya que el colosalismo no era exclusivamente otomano. En Europa occidental también había bombardas de ese calibre, como la Mons Meg, que se conserva y lanzaba bolaños de 160 kilos.
La clave: la velocidad de salida
¿Qué ventaja tenía un cañón con proyectiles de cien kilos frente a un trabuco que lanzaba pesos similares? Quesada responde que la clave es la velocidad de salida. Cita datos de estudios experimentales sobre réplicas, estimaciones balísticas y análisis de piezas reales. Los grandes trabucos, con proyectiles de 18 a 140 kilos, alcanzaban entre 54 y 100 metros por segundo. Para bombardas colosales como la Mons Meg, los cálculos hechos sobre la pieza real, sin dispararla, dan unos 320 metros por segundo con bolaños de piedra del mismo tamaño. Es decir, la velocidad se triplica y el impacto crece muchísimo más.
Las culebrinas y, más tarde, los cañones navales del siglo XVII no superaban mucho esa cifra, pues se movían entre 300 y 350 metros por segundo. Sin embargo, con proyectiles de hierro mucho más pequeños lograban impactos superiores a los de cualquier catapulta e incluso a los de las grandes bombardas de piedra. Estas velocidades se mantuvieron durante el Renacimiento y fueron creciendo con mejores técnicas de fundición hasta rondar los 500 metros por segundo en época napoleónica. A modo de comparación, Quesada menciona que el antiaéreo alemán Flak 41, usado como antitanque en la Segunda Guerra Mundial, rozaba los 1.000 metros por segundo. Los cañones de 120 mm de Rheinmetall de los carros actuales alcanzan entre 1.700 y casi 2.000. Su conclusión es que la combinación de pólvora y proyectiles de hierro dejó obsoleta la artillería neurobalística en pocas décadas.
Muros derribados en días
Pulgar lo resumió diciendo que los muros y torres fabricados «para la sola guerra de lanza y escudo» ya no servían. Quesada enumera varios ejemplos borgoñones de brechas abiertas con facilidad. En 1377 Felipe de Borgoña derribó muros sin gran dificultad. En 1411, en el asedio de Ham, bastaron tres disparos para abrir brecha, y en 1412 se abrió otra de inmediato en una plaza que la transcripción no permite identificar con seguridad. Y vuelve a Ronda en 1485. Los maestros artilleros derribaron en cuatro días el pretil, las almenas y lo alto de tres torres, de modo que los defensores no tenían dónde ponerse, batidos además por los ribadoquines, piezas ligeras antipersonal. A finales del siglo XV, afirma, la artillería de pólvora era una amenaza colosal para los muros altos de mampostería que se venían levantando desde el Neolítico.
Los nuevos principios: distancia, rasante, profundidad y geometría
Para explicar la respuesta de los ingenieros, Quesada usa los gráficos del folleto divulgativo sobre el castillo de San Fernando de Figueres, obra de su amigo Francisco Javier Hernández Cardona y su equipo. El cambio fundamental es que lo que antes se construía en altura ahora se entierra. Solo la parte superior de los muros queda por encima de la rasante del terreno, y esos muros ganan un grosor enorme, de hasta 15 o 20 metros de tierra prensada. Así la artillería enemiga no puede batir la parte baja ni derrumbar torres y lienzos.
El conferenciante resume los principios en varios puntos:
- Distancia. Mediante fosos y obras exteriores (revellines, hornabeques, medias lunas) se obliga al atacante a situar sus piezas a unos 600 metros y no a 100 o 200, para que lleguen sin fuerza.
- Rasante. El obstáculo en altura se sustituye por un obstáculo en grosor y profundidad.
- Fosos enormes. Rebajar la muralla plantea un problema, porque la infantería, que al final tiene que tomar la plaza, apenas tendría que trepar. Por eso se excavan fosos muy anchos y profundos. Quien llega a ellos se encuentra un muro tan alto como los medievales, de 20, 25 o incluso 30 metros, solo que en buena parte bajo el nivel del suelo.
- Anillos concéntricos, que multiplican las líneas que el atacante debe ir tomando.
- Racionalidad geométrica. Los ingenieros geómetras aplican balística y geometría para diseñar fortalezas sin puntos débiles.
¿Una revolución tan nueva?
Quesada matiza la idea de revolución. Recuerda que Diades de Pela, ingeniero de Alejandro Magno, derribó con artillería neurobalística los muros de Tiro. También cita a Filón de Bizancio, que hacia el final de la Segunda Guerra Púnica proponía defender las ciudades con varios fosos de unos 32 o 33 metros de ancho, separados por franjas sembradas de trampas. Así, desde la muralla hasta el límite exterior de la defensa habría unos 180 metros, el alcance eficaz de las catapultas de su tiempo. Filón argumentaba que, si el enemigo tomaba el primer foso, no tendría espacio para emplazar su catapulta más poderosa, la de un talento (unos 26 kilos), y que esa máquina quedaría fuera de alcance o impactaría sin potencia. Para Quesada, son los mismos principios que aplicarían los ingenieros del Renacimiento.
A comienzos del siglo XVII esos principios ya estaban consolidados. Tommaso Campanella describe en La ciudad del sol una urbe utópica construida de forma que quien ganase el primer recinto debiera redoblar su esfuerzo para el segundo y el tercero. Hacia 1700, Sebastián Fernández de Medrano, en El arquitecto perfecto en el arte militar, relata cómo los torreones cuadrados y redondos duraron hasta la invención de la pólvora, dando paso a baluartes redondos y luego triangulares. Y formula un principio que Quesada considera esencial: todas las partes de la fortificación deben estar proporcionadas, porque si falta en una falta en todas, como el cuerpo humano, que padece entero si enferma la menor de sus partes. Es la lógica del eslabón más débil, y de ahí la tendencia a los recintos cuadrados o estrellados simétricos, aunque no siempre fuera posible.
Los Reyes Católicos: poder real y primeros castillos artilleros
En la segunda mitad del siglo XV, los Reyes Católicos querían reforzar el poder real frente a una nobleza que no solo poseía fortalezas, sino que incluso fabricaba artillería. Según Quesada, prohibieron la exportación de armas de pólvora, crearon maestranzas reales y retiraron a los nobles la capacidad de fundir cañones. También procuraron que las fortalezas quedaran en manos fieles: Fernando se aseguró de que Coca fuera asignado a Antonio de Fonseca y asaltó el castillo de Niebla en 1508, en el conflicto sucesorio tras la muerte de Isabel. Las maestranzas acabarían concentrándose en el norte peninsular, donde había madera y mineral para abaratar la fabricación masiva.
Lo que más le interesa al conferenciante es un fenómeno que, según él, es bien conocido en España pero ha sido prácticamente ignorado por la investigación europea hasta hace poco. Ya a finales del XV se fomentaron innovaciones que prefiguran la «traza italiana» o la maniera moderna. En el castillo de la Mota, en Medina del Campo, a partir de 1476 se rodeó el viejo castillo medieval y su torre del homenaje con un recinto exterior, la «barrera» de los textos de la época, que más tarde se llamará falsabraga. La barrera tiene un alambor o talud, grandes fosos y cubos en las esquinas para el flanqueo. También tiene troneras a distintas alturas, algunas bajo la rasante, que resultan invisibles para el asaltante hasta que llega al foso. Quesada explica que la artillería enemiga solo podía desmochar las almenas y lo alto de las torres. Para batir el núcleo tendría que acercarse al borde del foso, que estaba al alcance de todas las armas portátiles de los defensores. Los textos de la época ya llaman «baluartes» a algunos de estos elementos. El alambor, precisa, no servía contra torres de asalto, sino para proteger la base del muro de los proyectiles.
Como modelo más primitivo muestra el castillo nobiliario de Grajal de Campos, con troneras para artillería en la base del muro para batir el foso. La Mota y Coca incluían además defensas contra la guerra de minas, el otro gran enemigo de las fortificaciones. Los sitiadores excavaban galerías bajo el foso para colocar hornillos de pólvora, y los defensores respondían con contraminas, en una «guerra de ratas» subterránea. Tampoco esto es nuevo, recuerda Quesada: en Dura Europos, en el año 256, persas sasánidas y romanos libraron una guerra de minas en la que incluso se emplearon gases que mataron a 20 legionarios. De Coca destaca el ladrillo. Parece absurdo contra la artillería, pero según el conferenciante la combinación de ladrillo y tierra prensada absorbe mejor los impactos de hierro que los sillares de piedra.
Salses, la pieza clave
Quesada considera fundamental, y poco citado por la bibliografía extranjera, el castillo de Salses, cerca de Perpiñán, entonces territorio de la Corona de Aragón. Tras la destrucción de la fortaleza anterior por Francia, Fernando el Católico ordenó construir una nueva para reforzar la frontera. Se la encargó a un ingeniero al que Quesada llama «verdadero genio», Francisco Ramiro López, heredero de la tradición de la Mota y de Coca. Muestra la carta del rey de 1495, en la que ordena que se mire mucho «si se puede fortalecer aquella villa para que quede bien fuerte».
El castillo parece hundido en el suelo, de modo que los cañones solo pueden batir la parte superior. Estaba pensado contra un peligro nuevo, el tren de artillería móvil que Carlos VIII había llevado a Italia y que causaba estragos en las fortalezas medievales. Quesada añade que por eso los italianos del norte, los Estados Pontificios y Nápoles empezaron a construir en la misma línea. Un manuscrito de la Morgan Library de Nueva York muestra ese tren francés con sacos de harina y palle di ferro, bolas de hierro, un detalle que el artista consideró relevante por su novedad.
En 1503 Francia atacó Salses con esa artillería moderna y fracasó. El castillo resistió hasta ser socorrido por el duque de Alba. Un plano de Gonzalo de Ayora, conservado en la Real Academia de la Historia, recoge el asedio. Salses es de nueva planta y cuadrangular, con grandes cubos circulares y un foso enorme. Pero añade algo que normalmente se asocia a épocas posteriores: obras avanzadas, lo que luego se llamarían revellines u hornabeques, que obligan a recorrer un camino batido y a tomarlas antes de atacar el recinto principal. Tiene también contraminas que llegan al nivel freático y permiten inundar las galerías enemigas. Un dibujo de Francisco de Holanda de 1538 muestra su aspecto original, con resabios medievales como almenas y merlones, que Quesada considera todavía útiles.
Una escuela española ignorada
Quesada se apoya en Fernando Cobos Guerra, a quien presenta como uno de los grandes especialistas en arquitectura militar del periodo. Cobos sostiene que se ha tergiversado la nacionalidad de los tratados según la lengua o el origen de su autor. Para la monarquía hispánica del siglo XVI, todo tratado escrito en sus dominios, fuera en Nápoles, Milán o Bruselas, formaba parte de la ingeniería militar de la Corona. Quesada enumera una tradición tratadística propia. Empieza con el capítulo final de un De re militari de 1536 y con la Apología de Pedro Luis Escrivá de 1538, que no se publicó en detalle hasta el año 2000, precisamente por Cobos y otros autores. Siguen Fernández Espinosa (1559), Cristóbal de Rojas con su Teoría y práctica de fortificación, Medina Barba, el capitán Cristóbal Lechuga y Fernández de Medrano. Para él, desde principios del XVI existe una escuela española que nada tiene que envidiar a la francesa o a la llamada holandesa.
Como ejemplo del olvido critica los dos volúmenes de Christopher Duffy sobre la guerra de asedio (1494-1660 y 1660-1860). Se publicaron en los años setenta, pero todavía se reimprimen y se usan mucho. Quesada atribuye su punto ciego a la escasa tradición anglosajona de leer obras que no estén en inglés o, como mucho, en francés. Duffy cita la Bastilla, el castillo Sforzesco de Milán, los Estados Pontificios e incluso a Durero. Llega a escribir que hasta casi 1490 no hay pruebas convincentes de que los arquitectos militares apreciaran el poder transformador de la artillería. Salses solo aparece más tarde, en el capítulo sobre Francia desde 1513. Hay capítulos sobre los Estados bálticos y Turquía, pero ninguno sobre la península ibérica. Y en un apéndice sobre escuelas de fortificación se ignora la española, cuando la holandesa es, según Quesada, en buena medida de tradición de la Corona hispánica. Obras posteriores, como la de Bert Hall sobre armas y guerra en el Renacimiento, ya reconocen el peso de la artillería castellana en la conquista del reino nazarí. Pero Quesada no ha encontrado en ella menciones a la Mota ni a Coca, y apenas a Salses, mientras que sí aparecen baluartes ingleses que considera mucho más atrasados. Recomienda como correctivo los trabajos de Antonio Espino y la tesis doctoral de Ester Merino Peral sobre los tratados de re militari.
Carlos I y la artillería como razón última del rey
La política de los Reyes Católicos continuó con los Austrias. Quesada menciona el cuadro de Víctor Manzano y la conocida anécdota, posiblemente apócrifa, en la que se muestra a los nobles levantiscos un parque de artillería recién creado con las palabras «estos son mis poderes», para gobernar Castilla hasta la llegada de Carlos I. Sea o no leyenda, Prudencio de Sandoval cuenta que el emperador, tras vencer a los comuneros, trajo en 1522 «mucha y buena artillería» para unos reinos que estaban faltos de ella, con una lista detallada de piezas. Para Quesada, la artillería tenía un papel psicológico como ultima ratio regum, la razón definitiva del poder real.
Del cubo circular al baluarte poligonal
El gran problema de la nueva ingeniería, señala Quesada, era su coste altísimo, porque había que añadir continuamente bastiones, fosos, terraplenes y obras exteriores. Había además un problema técnico. Los cubos circulares de la Mota o de Salses dejaban ángulos muertos donde los zapadores podían trabajar. Se sustituyeron por formas poligonales oblicuas, que permiten batir todas las caras y mantienen la ventaja de desviar los proyectiles. Entre 1500 y 1530 se observa en la península una experimentación constante, desde los cubos y revellines de Salses hasta los baluartes de Fuenterrabía. Una tesis doctoral reciente sobre esta plaza guipuzcoana muestra cómo entre 1500 y 1670 se superponen el recinto medieval, murallas con cubos semicirculares, bastiones poligonales hacia 1550 y obras exteriores. Al final, el área fortificada llega a ser casi tan grande como la protegida. Quesada insiste en que la mayoría de las fortalezas se levantan sobre ciudades preexistentes, con una superposición de periodos en planta y alzado.
Sobre si «baluarte» y «bastión» son sinónimos, Quesada menciona el debate pero no entra en él. Describe la evolución hacia bastiones triangulares y luego pentagonales. Tienen orejones, piezas salientes que protegen las casamatas donde se sitúan los cañones más potentes para batir la cortina, y una gola cada vez más marcada. Vasari atribuyó en 1568 este tipo de bastión a Michele Sanmicheli, y de ahí la idea de la traza italiana como origen de todo, algo que para Quesada es simplista. En la ciudadela de Jaca (1592) el modelo ya está desarrollado: simetría, bastiones con orejones, foso amplio y camino cubierto para que la infantería dispare sobre el glacis. En un siglo, desde Salses hasta Jaca, la forma ha cambiado mucho, pero según él los principios son los mismos.
Además del tiro tenso existía desde muy pronto el tiro curvo de morteros y bombardas trabuqueras. Contra él se construyeron casamatas abovedadas, más resistentes. Y los sitiadores tenían que aplicar los mismos principios a la inversa: cruzar sus baterías para neutralizar las casamatas que flanquean la cortina elegida y batir esa cortina de frente para abrir brecha.
De Florida a Elvas: adaptación y crecimiento hacia fuera
El modelo se exportó a América. El castillo de San Marcos, en Florida, se construyó desde 1672 con planta cuadrada, bastiones y un revellín ante su única puerta, el punto más frágil. Quesada lo presenta como la construcción de mampostería más antigua de Estados Unidos. Está hecho de coquina, una caliza de conchas diminutas que, según cuenta, absorbía las balas de cañón. En 1702 los británicos vieron con desesperación que sus proyectiles no causaban daño, porque los muros actuaban casi como un colchón.
La ciudadela de Ibiza le sirve para mostrar que los añadidos no tienen por qué ser simétricos: la adaptación al terreno es fundamental. En San Fernando de Figueres, obra del siglo XVIII que recoge todas las enseñanzas anteriores, el núcleo se rodea de revellines, tenazas, hornabeques y contraguardias. Después vienen otro foso, el camino cubierto y el glacis, y el asaltante que llega a los fosos se encuentra en un laberinto batido siempre por dos o más fuegos, una «trampa mortal». En la raya con Portugal, los fuertes de Elvas muestran en foto aérea cómo el núcleo es mucho menor que el área defendida.
Vauban: heredero más que inventor
Sébastien Le Prestre de Vauban, ingeniero de Luis XIV, participó según Quesada en unos 50 asedios y construyó o remodeló hasta 330 plazas. Suele presentarse como un revolucionario. Quesada sostiene que su «primer sistema» pule en detalle soluciones que se venían aplicando desde hacía más de un siglo, algunas en escuelas dependientes de la Corona española. Su obra maestra de Besanzón conserva además un núcleo de la época en que el Franco Condado era hispánico, con escudos de los Austrias. «No le estoy quitando ningún mérito», aclara. Solo quiere decir que Vauban no partió de cero.
Donde sí ve una aportación innovadora es en el ataque. Vauban convirtió el asedio en algo casi científicamente predecible, hasta el punto de calcular el día de la caída. Primero se cortaban las comunicaciones y se trazaban dos líneas. La contravalación rodea la plaza mirando hacia ella, y la circunvalación es un anillo exterior que mira hacia fuera por si llega un ejército de socorro. Quesada subraya esta distinción porque, dice, se confunde incluso en bibliografía especializada. Después venían tres paralelas. La primera, a unos 600 metros, a distancia de cañón. Las otras se unían por trincheras en zigzag, para que los defensores no pudieran barrerlas, e incluían baterías elevadas, los «caballeros». La tercera, casi sobre el camino cubierto, era la base para abrir brecha.
La «maqueta Vauban» del Museo del Ejército
Casi al final, Quesada presenta una pieza del Museo del Ejército de Toledo que considera de las más interesantes de la colección, aunque durante años estuvo en un lugar donde apenas se veía. Es una maqueta de menos de dos metros de lado, con base de ébano, piezas de bronce fundido, esmalte y unas 3.300 figuritas de plata sobredorada. Representa una ciudad fortificada con sus anillos defensivos y las obras de asedio de un atacante. Durante mucho tiempo se la conoció como «maqueta Vauban».
Tiene una leyenda en español clave para la reinterpretación de Ignacio de la Torre y otros investigadores. La plaza no es de Vauban ni corresponde a ninguna ciudad real. Cada bastión es distinto: uno poligonal antiguo, otro con gola y orejones, otro con orejones curvos, otro poligonal alargado. En una fortaleza real eso sería absurdo, porque el bastión más antiguo sería el punto débil. La maqueta figura ya en el gabinete de antigüedades de Felipe V en 1715 e incorpora reformas de Vauban, así que se fecha entre 1700 y 1715, en el tránsito de los Austrias a los Borbones. Cada número de la leyenda corresponde a un gran ingeniero, y el conjunto recorre unos 150 años, desde Francesco de Marchi, nacido hacia 1490, hasta Vauban. Quesada comparte la impresión de que se fabricó en España, quizá con algún artesano francés. De la Torre, en cambio, cree que se hizo en Francia con elementos españoles. Parte de las obras exteriores aparece además invertida junto a las trincheras por razones de espacio. Pertenecen a la defensa, no al asedio.
Para Quesada, estas maquetas eran instrumentos de enseñanza para el rey y de discusión entre ingenieros sobre tipos de bastión, obras exteriores y formas de asalto. Así ocurría en la corte francesa, cuyas maquetas conserva el Musée des Plans-Reliefs de los Inválidos, y posiblemente también en la española. Citando un trabajo de 1981, añade que servían también como expresión de poder ante la corte y los embajadores.
Bastiones en el desierto de Mali
Como curiosidad, Quesada cuenta que en 2018 los ingenieros paracaidistas franceses construyeron en Ménaka, en plena operación antiyihadista en Mali, un fuerte poligonal con bastiones, orejones y obras exteriores. Ese mismo año, en el marco de la operación Barkhane, se levantó otro recinto mayor, con un núcleo poligonal y un segundo anillo exterior, para tropas francesas y malienses. Quesada ve en ello un orgullo patrio vinculado a la tradición de Vauban. Admite que frente a un ejército con artillería moderna o lanzacohetes múltiples de 20 a 120 kilómetros de alcance no tendría ningún valor. Pero contra milicias con armas ligeras, technicals y lanzagranadas, los bastiones que baten los flancos siguen siendo, según él, una defensa perfectamente eficaz.
Una fortaleza como ente vivo
Quesada cierra recomendando Historia de una fortaleza, de Viollet-le-Duc, el restaurador de Carcasona, autor de la aguja de Notre-Dame que ardió y ha sido reconstruida y de sus gárgolas neogóticas. En esta novela el protagonista es un lugar fortificado en una confluencia de ríos. El libro narra, con planos detallados, siete asedios desde la época gala hasta 1813, con una coda en la guerra de 1870: el castillo feudal, la extensión de murallas con cubos circulares, los primeros bastiones de 1606 y la fortaleza de Vauban de 1680. Hasta hace poco solo existía en francés o inglés, pero ahora hay traducción española. Quesada la presenta como un epítome de lo que ha intentado explicar. El arte de atacar y defender fortalezas ha cambiado muchísimo desde Jericó, pero sus principios siguen siendo los mismos. La revolución militar renacentista tiene una prehistoria más larga, la del nacimiento de la artillería, dentro de un «duelo eterno entre coraza y proyectil» en el que cada lado influye en el otro. Y las fortalezas no son entes aislados, sino entes vivos que perduran a lo largo del tiempo.
Y efectivamente este año vamos a dedicar el ciclo a la época que abarca el final de la Edad Media, los Reyes Católicos y la Edad Moderna, los siglos XV y XVI, la era que en el caso de España suele conocerse como la época de los tercios. Y efectivamente, aunque la concepción del ciclo es global, es de una historia general, una historia militar no dedicada exclusivamente a las armas o las tácticas, sino su entorno social, ideológico, incluso artístico, lo iremos viendo a lo largo de las distintas clases.
Lo cierto es que convenía hacer una primera aproximación que no fuera la batalla de Pavía 1525 o Rocroi o Nördlingen, sino tratar de entender algunos elementos claves que han dado lugar a que se hable en ocasiones de una revolución militar en el siglo XVI y que tienen que ver con cambios en la tecnología militar, el desarrollo de la artillería pirobalística, de la artillería de pólvora y su enorme influencia en las fortificaciones, en las plazas fuertes, que a su vez impulsó toda una serie de cambios tecnológicos.
Lo que hoy veamos va a ser relevante para todas y cada una de las conferencias que vendrán después, porque todas las batallas están de alguna manera u otra asociadas a campañas donde la conquista de plazas fuertes o la defensa de fortalezas era elemento esencial en la estrategia de las campañas. Y por eso hemos pensado que era bueno comenzar por este concepto de la catapulta a la pólvora.
Conviene comenzar diciendo algo que también es importante y es que aunque estos ciclos se están dedicando fundamentalmente a ese punto focal que es la batalla, la batalla campal, en realidad el choque de ejércitos en campo abierto en la Edad Media, en la baja Edad Media, en el Renacimiento, en el siglo XV, el siglo XVI, era casi una rareza, porque los buenos generales y los malos generales también eran conscientes de que la batalla tiene un elemento de azar importante, que hay muchos factores no controlables por el general en el desarrollo de la batalla, lo que hacen que sea una apuesta arriesgada. Una vez planteada la batalla campal, ya no se puede abortar la decisión y si algo sale mal puede resultar catastrófico: la destrucción de un ejército, la muerte de su general o incluso de un rey.
Por otro lado, y aparte de los riesgos del azar que llevan a que los generales procuren en lo posible evitarlos, recurriendo a otro tipo de actividades bélicas, en época bajomedieval, la densidad de castillos nobiliarios o de castillos de la corona y en la época moderna, a partir del siglo XVI, de fortalezas en las fronteras, en la frontera de los Pirineos, en los Países Bajos, en el Franco Condado, en todo el territorio italiano, hace que sea muy difícil maniobrar ejércitos sin verse entretenido por la necesidad de tomar estas fortalezas o de tomar estas ciudades, que además son fundamentales para cubrir las necesidades logísticas de los ejércitos, de manera que la toma o la defensa de fortalezas aisladas o de ciudades fortificadas se convierte en una necesidad completa.
Y a todo esto se añaden las necesidades políticas. Las guerras en este periodo normalmente no buscan la destrucción de un estado enemigo, sino la anexión, la conquista o la defensa de territorios, el Rosellón, los Países Bajos, aplastar una sublevación, etcétera. Hay necesidades políticas que hacen que la conquista de ciudades sea un elemento fundamental.
Todo eso hace que en la baja Edad Media y en la Edad Moderna, buena parte de las actividades bélicas no sean batallas campales. Lo ha demostrado para la Edad Media Rodríguez Casilla recientemente. Bradbury decía que hasta el 90% de las acciones militares en la Edad Media y Moderna estaban relacionadas con asedios o con la toma o defensa de fortalezas. Y aunque es cierto, como luego ha planteado Clifford Rogers, y hay un debate historiográfico importante reciente, aunque es cierto que sí hubo generales que buscaban la batalla, esta ocasional búsqueda de una batalla campal decisiva no obstaculiza o no anula el patrón general de que la batalla fuera una rareza.
Como decía en 1595 Bernardino de Mendoza en su Teórica y práctica de la guerra: "juzgan ser resolución muy peligrosa salir a buscar al enemigo si no es teniendo la retirada segura u otro ejército en los confines, por ser, haciéndolo de otra suerte, arriesgar su estado en una batalla"; los riesgos del azar, principalmente cuando no se va con fuerzas superiores. Y dice luego Bernardino de Mendoza: "Alargará meses la defensa de la fortaleza si la mantiene con cabeza de valor. El enemigo se ha de gastar y enflaquecer de fuerzas, aunque los sitiados no las consumiesen en sus salidas, por ser el tiempo el mayor enemigo de los que sitian". Bernardino de Mendoza y todos los generales de la época y los tratadistas son conscientes de que el asedio consume de manera constante y terrible las fuerzas de los atacantes.
Y en este contexto es donde hay que entender la aparición, desarrollo y explosión, valga la palabra, de la artillería pirobalística en el final de la Edad Media. Es cierto que ya a mediados del siglo XIII Roger Bacon en De secretis operibus artis da una primera receta de la pólvora y es cierto que las primeras décadas del siglo XIV, 1326, este manuscrito, el manuscrito Milemete, que está en Oxford en Christ Church, muestra lo que se llama en los textos el pot-de-fer, un artefacto que es un primer tipo muy primitivo de cañón que lanza dardos antes incluso que proyectiles esféricos, proyectado por la pólvora, que es posiblemente la documentación a principios del siglo XIV más antigua de una artillería propulsada por los gases de la pólvora.
Y antes de seguir hay que hacer una advertencia. En la palabra artillería, la cuestión clave no es el método de propulsión del proyectil, sino el hecho de ser un arma de dotación, un arma que no puede manejar una sola persona, que requiere un equipo y que, independientemente de la forma de propulsión, permite arrojar proyectiles de hierro, de piedra, dardos o esféricos, bolaños, a distancias y con una potencia que ningún brazo o ninguna musculatura humana podría alcanzar. Esa es la clave del concepto artillería: proyectiles muy pesados, muy potentes y a mucha distancia.
Y en ese sentido, por eso se habla de artillería neurobalística, como esta imagen de la columna Trajana, con un escorpión con un equipo de legionarios en una fortaleza en la costa del Danubio en el siglo II. Se habla de artillería pirobalística donde la propulsión es la expansión de los gases de la pólvora en una recámara, o incluso hoy en día ya se empieza a hablar de artillería electromagnética. En Japón, en Estados Unidos, están haciendo ya pruebas de cañones, sobre todo cañones navales, donde el sistema de propulsión de los proyectiles no es la pólvora, sino unos rieles electromagnéticos que consumen una enorme cantidad de energía.
Bien, pues el siglo XIV es el del nacimiento y desarrollo muy rápido de la artillería de pólvora, pero que coexiste durante muchas décadas con la artillería neurobalística, de nervios, propulsada por tendones, que en el siglo XIII y XIV alcanza gran desarrollo. El trebuchet o el trabuco de contrapeso son artefactos que pueden tener hasta 18 m de altura y lanzar proyectiles de gran peso, de hasta ciento y pico kg, a 200 m. Es un artefacto que procedente de Oriente llega a Europa occidental en el siglo XII, se generaliza en el XIII y desde el siglo XIV convive, comparte asedios con la primera artillería de pólvora. La artillería de pólvora se va haciendo cada vez más eficaz y a partir del siglo XV, digamos, la época de los Reyes Católicos, entra en decadencia frente a los cañones, que entre otras cosas son mucho más manejables que estos artefactos de 18 m de altura que hay que montar y desmontar en cada asedio con gran esfuerzo.
Y esa coexistencia demuestra que en los primeros asedios del tardomedievo se consideraban complementarios o igualmente eficaces. De hecho, sabemos la coexistencia de lo que las fuentes llaman lombardas o bombardas, es decir, piezas de artillería de pólvora, e ingenios, que es como se llaman en general a los trabucos y otros elementos de artillería neurobalística. Por ejemplo, en 1475, los duques de Alba ceden, llegan unas piezas y dice: "plogo y place de emprestar y prestó una lombarda, una bombarda gruesa con dos servidores, otra bombarda mediana y dos ingenios", dos catapultas de piedra, "uno grande y otro menor".
Y Hernando del Pulgar en el asedio de Burgos del año 1476 habla: "e los otros", los asediados, "reparaban lo que derribaban los trabucos", es decir, los proyectiles tradicionales de catapulta, "y las lombardas". Y así hay numerosas referencias también en el asedio de Ronda de 1485: "armáronse así mismo los ingenios", los ingenios que tiraban a la ciudad, "junto con las lombardas gruesas". Por tanto, esta convivencia es habitual durante, sobre todo, el siglo XV. En la península ibérica es muy normal.
Y esto está en relación también con una cuestión que a menudo me preguntan mis alumnos en la clase de arqueología militar: la aparición de los primeros proyectiles de hierro, que junto con los bolaños de piedra comienzan a aparecer, cuándo y por qué, proyectiles de hierro macizo, es decir, bolas. Luego aparecerán más adelante bolas explosivas. La razón es que el hierro es mucho más denso que la piedra, el granito, la caliza, las piedras volcánicas densas, de entre 2,5 a 7 g por cm³. La resistencia a la compresión y en el momento del impacto es superior en el caso del hierro. De manera que a mismo calibre, a mismo diámetro del proyectil, el hierro pesa casi tres veces más que la piedra, que cualquier piedra. Y por tanto, a igual velocidad, teniendo en cuenta que el momento es masa por velocidad, a igual velocidad, el hierro proporciona hasta tres veces más impacto sobre una pared, sobre un muro, que un proyectil de piedra, que además tiende a quebrarse, a partirse en fragmentos pequeños.
La única ventaja de los proyectiles de piedra, de los bolaños, es que el material es fácil de encontrar, es piedra, caliza o granito. Y la talla es relativamente sencilla en comparación con el proceso largo que exige la fundición del hierro, vamos, exige fundición del mineral y luego la forja del hierro. En todo caso, en la península ibérica, en Castilla, sabemos desde el siglo XIV de la aparición de proyectiles de hierro. También una década después aparece la primera mención en el resto de Europa, en Bolonia: en 1381 sabemos de un arsenal que almacena 900 y pico proyectiles de hierro. Aunque hasta finales del siglo XV, hasta la época de los Reyes Católicos en la península ibérica o hasta Carlos VII en Francia, los proyectiles de hierro son todavía relativamente raros, relativamente infrecuentes.
Pero como dice Hernando del Pulgar de nuevo en el asedio de Ronda: "hicieron así mismo pelotas redondas, grandes e pequeñas, de fierro. E de estas facían muchas en molde, porque en tal manera templaban el fierro que se derretía como otro metal". No es hierro colado, aunque está empezando a surgir la tecnología del hierro colado, pero son piezas en que el material se calienta muchísimo hasta tener una textura que permite hacerlas en molde. "Y estas pelotas de hierro hacían gran estrago doquiera que alcanzaban". De hecho, es una rareza que enseguida se va a convertir en generalizada.
Lo que empieza a generalizarse a mediados del siglo XIV, a fines del siglo XV, en la época de la guerra de Granada, es ya ordinario: estas bombardas, por ejemplo, del asedio de Baza de 1489, justo antes de la conquista de Granada, con una caña de hierro forjado, son barras de hierro zunchadas con aros, es una tecnología todavía muy primitiva de fabricación, y recámaras, que es donde se coloca la carga y se insertan como si fuera un sistema de retrocarga para agilizar el trabajo de los artilleros.
De hecho, como dice Petrarca en 1350, "estos artilugios que disparan balas de metal con horrísono fragor eran hace algunos años muy escasos y se les contemplaba con gran asombro, pero ahora son comunes como cualquier otro tipo de armas", y estamos a mediados del XIV. Solemos pensar que en la Edad Media la artillería es una cosa muy tardía, y no es así. Ya está relativamente generalizada a mediados del XIV.
En la península ibérica, a lo largo de ese siglo XIV, este tipo de piezas, de lombardas o bombardas, aparecen primero en manos de los musulmanes: en el asedio de Niebla en 1262, en el siglo XIII, con dudas posibles, pero ya en el asedio granadino de Alicante 1331, la batalla del Salado. Y ya en 1342, en el asedio castellano de Algeciras, los castellanos ya tienen, junto con los musulmanes, cañones. "Los moros de la ciudad lanzaban muchos truenos contra la hueste. Lanzaban pellas de fierro grandes como manzanas muy grandes y lanzábanlas tan lejos de la ciudad que pasaban allende de la hueste algunas de ellas". Y ya en 1359 en Barcelona, en la corona de Aragón, ya sabemos de un barco catalán que tiene una bombarda colocada en cubierta, es decir, que se está generalizando.
De hecho, en este cuadro recientemente publicado por Enrique Echeverría se aprecia claramente como en la primera parte del siglo XV el empleo de artillería pirobalística en las crónicas, en los textos, que lógicamente no se puede documentar, es muy raro, pero a partir de mediados del siglo, de 1440, hay multitud; de 1470 al 79 hay hasta 21 referencias al uso de una gran variedad de tipos de piezas de artillería, en la que no voy a entrar hoy porque nos llevaría mucho tiempo, porque la variedad de pesos y de calibres es colosal, pero lo más normal en los asedios son estas lombardas o bombardas pesadas y pasavolantes más ligeros, etcétera. Carlos de Francia, a fines del XV, intentó estandarizar un poco la enorme variedad de piezas artesanales. Carlos I de España lo intentó en 1134, pero hasta mucho más adelante, hasta la época de la razón, no se consiguió una verdadera estandarización de la artillería.
De manera que en 1453, a mediados del siglo XV, vemos como la artillería de pólvora empieza a amenazar severamente o seriamente la defensa posible de las fortalezas construidas desde la época del Neolítico, desde Jericó. Las grandes murallas como las de Constantinopla, construidas en el siglo V después de Cristo, en época de Teodosio II, por el prefecto del pretorio Flavio Antemio. Unas espléndidas murallas que cubrían un total de 20 km de perímetro, 5,7 de ellos en el frente de tierra, este frente de aquí, esta es la muralla de Teodosio II, se habían demostrado invencibles durante un milenio, desde 1000 hasta 1453. Ya hablamos de esto cuando hablamos del sitio de Constantinopla.
Con dos lienzos de muralla de gran altura, hasta 12 m la interior, hasta 9 m la exterior, con torres cada 50 m, dejando un espacio de 20 m entre torre y torre, con un períbolos, lo que luego en época renacentista se llama la liza, para mover tropas entre los dos lienzos de muralla, con un foso, con un antemural exterior, un foso de hasta 20 m de ancho, en algunos tramos húmedo y en otros seco, y luego finalmente un glacis despejado para los fuegos. Esta sucesión de muros muy elevados, de 9 m en este caso y de hasta 12 m, y estas torres masivas de hasta 20 m de altura, separadas a 50 m, con dos plantas con artillería colocada en troneras, etcétera, se había demostrado invencible durante casi 1000 años.
Las torres están separadas dos tiros eficaces de arco o de proyectil, de manera que están pensadas para cubrir los flancos, y lo que vemos aquí es lo mismo que vamos a ver en el Renacimiento, pero modificando la tecnología adaptada a las armas de fuego. Pero los principios siguen siendo los mismos: disparos de flanco desde las torres para proteger las cortinas y fuegos acumulados para obstaculizar el avance del enemigo. Pero esta acumulación de fuegos estaba pensada en altura para defenderse contra catapultas, cuya eficacia se reveló mucho menor que lo que vamos a ver enseguida, la de las armas de fuego.
Ya en el sitio de Constantinopla sabemos por Critóbulo de Imbros, por Leonardo de Quíos y por otros autores, la presencia de artillería pesada masiva en el bando de Mehmet, de Fatih, de Mehmet el Conquistador, incluyendo el famoso cañón de Urbán, que podía pesar hasta 18 toneladas, con un tubo de 8 m, con proyectiles de hasta 300 kg.
No conservamos el cañón del famoso Urbán, pero sí se conserva en Portsmouth el famoso cañón de los Dardanelos, construido unos años después, en 1464, con otro peso también similar de 16,8 toneladas. Es muy parecido a lo que debía ser el cañón de Urbán, que todavía seguía en servicio en 1807. Esto bombardeó fragatas de la Royal Navy en época napoleónica.
Bien, pues esta tendencia al colosalismo es lo que causó un severo daño a las fortalezas tradicionales medievales. Y esto, que normalmente asociamos a mediados del siglo XV al mundo otomano, que es el gran paladín conocido del colosalismo, en realidad en Europa occidental también había bombardas de este tamaño y calibre. La Mons Meg todavía se conserva, pues tenía bolaños de 160 kg, y es un arma que se está usando en Inglaterra o en toda Europa occidental.
Ahora bien, me podrían preguntar: ¿qué ventaja tienen estos cañones con estos proyectiles de ciento y pico kilos sobre un trabuco? La cuestión está en la velocidad de salida del proyectil, que junto con la distancia al blanco es un elemento fundamental para calcular la potencia del impacto, y se suele medir en metros por segundo. Por estudios experimentales sobre réplicas, por estimaciones balísticas y por análisis de piezas reales, sabemos que los grandes trabucos medievales del siglo XI al siglo XIV, siglo XV, oscilan con proyectiles de entre 18 y 140 kg, con velocidades de salida de entre 54 y 100 m por segundo. Es decir, en el momento de abandonar el arma, el proyectil, el bolaño, sale a 100 m por segundo.
Los primeros proyectiles del, bueno, no los más antiguos, pero ya las grandes bombardas colosales del siglo XV, que es cuando empiezan a hacer competencia de verdad a los trabucos, como la Mons Meg que acabamos de ver —se han hecho estudios balísticos a partir de la pieza real, no disparándola, pero sí calculando todos los parámetros—, multiplican por tres, con proyectiles del mismo tamaño, pero también de piedra, a 320 m/segundo, la velocidad de salida del proyectil, y eso hace que la potencia de impacto sea exponencialmente mayor, como hemos visto antes cuando hablábamos de los proyectiles de hierro.
Y es que efectivamente pasamos de la piedra, en marrón, al hierro, en gris. Las culebrinas de principios del siglo XV o incluso los cañones navales del siglo XVII no es que tengan una velocidad de salida mucho más elevada, porque están entre los 300, 350 m/segundo, pero con proyectiles mucho más pequeños consiguen impactos mucho más poderosos que cualquier proyectil de artillería neurobalística, incluso que las grandes bombardas de piedra. Por tanto, a partir del siglo XV y en adelante, claramente la artillería de pólvora está superando en potencia, por la densidad de los proyectiles de hierro y por la velocidad de salida, en mucho a cualquier proyectil de artillería neurobalística, cualquier catapulta, por grande que sea.
Estas velocidades de salida de 300 m por segundo se van a mantener durante todo el Renacimiento. A partir del siglo XVI van a empezar a crecer con mejores técnicas de fundición, y en época napoleónica, a finales del XVIII, comienzos del XIX, estamos en velocidades ya de salida de 500 m/segundo, también con proyectiles de hierro. Para que os hagáis una idea, casi por curiosidad, a términos de comparación, en la Segunda Guerra Mundial un cañón antitanque, el cañón más potente, bueno, un antiaéreo usado en modo antitanque, el Flak 41, llegaba casi a los 1000 m por segundo, es decir, multiplica por dos la velocidad de salida y el alcance, por tanto, de los proyectiles de los cañones de pólvora anteriores. Hoy en día, los cañones de los carros de combate modernos, 120 de Rheinmetall, ya se van a 1700, 1800, casi 2000 m/segundo; se sale por completo de la gráfica. Pero vean cómo la utilización de proyectiles de hierro y la pólvora deja claramente obsoleta en unas décadas la artillería neurobalística.
La consecuencia de esto es que las fortalezas tienen que cambiar porque, como decía Hernando del Pulgar, el cronista, muros y torres que se habían fabricado para la sola guerra de lanza y escudo ya eran ineficaces contra los proyectiles de artillería. En 1377, Felipe de Borgoña derribó muros con bastante facilidad; en 1362 también, con tres disparos; en 1411 los borgoñones, los duques de Borgoña, asediando Ham, con tres disparos consiguen abrir una brecha; en 1412 en Bullsh, una brecha inmediata. Es decir, la artillería de pólvora está demostrando su clara superioridad.
De hecho, lo dice claramente Hernando del Pulgar —estamos centrando nuestra clase en el mundo peninsular—: «Los maestros de artillería en el asedio de Ronda, en 1485», poco antes de la caída de Granada, «comenzaron a tirar con las lombardas gruesas e derribaron en espacio de cuatro días el pretil y las almenas y todo lo alto de tres torres, con un pedazo del muro que cercaba los arrabales. De tal manera fue derribada la defensa que los moros no habían lugar donde ponerse a defender por los muchos tiros de ribadoquines y otros tiros de pólvora». Ribadoquines es artillería ligera antipersonal. De modo que efectivamente ya a finales del siglo XV la artillería de pólvora es una amenaza colosal contra los muros, las torres de mampostería elevados en altura, tradicionales de la Edad Media y de la Edad Antigua y de la prehistoria desde el Neolítico.
Por tanto, y voy a utilizar varios gráficos muy hermosos del trabajo magnífico, el folleto divulgativo publicado del castillo de San Fernando de Figueras por mi amigo Francisco Javier Hernández Cardona y su equipo, la artillería de pólvora obliga a que las fortalezas cambien radicalmente. Lo que antes era en altura, ahora tiene que enterrarse. De manera que la rasante del terreno, que es esta, solamente la parte más alta de los muros, que además multiplican su anchura enormemente, esté atacable por la artillería, que no puede batir la parte baja y por tanto no puede derrumbar torres y muros, porque el foso, con la escarpa y la contraescarpa, y el hundimiento de la fortaleza, junto con muros de hasta 15, 20 m de grosor de tierra prensada, procuran eliminar la capacidad de la artillería de pólvora de batir la parte baja de las murallas.
De manera que se establecen unos nuevos revolucionarios principios básicos en la fortaleza que cambian radicalmente en unas décadas la técnica de fortificación, y los elementos básicos son la distancia, es decir, obligar a que los cañones de los atacantes estén lo más lejos posible del muro principal. Y para eso hay que construir fosos y obras exteriores, revellines, hornabeques, medias lunas, etcétera, alejando la posibilidad de que los enemigos coloquen los cañones muy cerquita, a 100, 150, 200 m. Hay que obligar al enemigo a colocar sus piezas a 600 m para que el batir de las murallas sea sin fuerza debido a la distancia.
El segundo principio es la rasante, es decir, sustituir el obstáculo en altura por el obstáculo en grosor y en profundidad. Pero claro, ahí hay un problema, y es que si no hay un foso, primero no elimino la rasante y segundo, cuando llegue el ataque de infantería, no va a haber muralla apenas que subir. Por tanto, se construyen fosos enormes, muy profundos y muy anchos, de manera que cualquier atacante que llegue aquí, porque al final hay que tomar con infantería la fortaleza, se encuentre con un muro exactamente igual que los medievales en altura, de 20, 25, 30 m incluso en algunos casos, pero buena parte de ellos sumergidos bajo la superficie general del terreno.
Por tanto, se combina la eliminación de la rasante con el mantenimiento de muros excepcionalmente altos, anillos concéntricos, es decir, fortalezas o elementos exteriores para alejar en distancia al enemigo, y el empleo de la matemática y de la racionalidad geométrica. Es decir, estamos hablando de ingenieros geómetras que utilizan conocimientos muy profundos de balística, conocimientos muy profundos de geometría, para construir fortalezas con la menor debilidad posible.
Y en ese sentido me gustaría decir algo, y es que esta idea de que todo esto es una revolución militar nueva quizá no lo sea tanto. Fíjense cómo en época de Alejandro Magno, Diades de Pela, el ingeniero de Alejandro, utiliza artillería neurobalística que consigue derribar los muros de Tiro. Y Filón de Bizancio, en época más o menos de Aníbal, del final de la Segunda Guerra Púnica, escribe un tratado de mecánica donde propone cómo debe ser la defensa de una ciudad, y propone principios que son los mismos que se aplican en el Renacimiento: la existencia de varios fosos de 35 yardas, 32, 33 m de ancho, separados por zonas sin excavar, pero llenas de obstáculos y de trampas, hoyos con pinchos, espinas, etcétera, de manera que desde la muralla hasta el límite exterior de la línea defensiva haya 180 m, que es el alcance eficaz de las catapultas de la época.
Y fíjense el argumento que emplea Filón de Bizancio en época de Aníbal: «Si el enemigo capturase el primer foso», este de aquí, «no disponga de espacio», por los obstáculos que se han excavado, «para emplazar una catapulta litóbolos de un talento», de 26 kg, que es la más poderosa que hay. Y luego dice más adelante: «Los fosos deben ser tan anchos como sea posible, y de modo que la pieza litóbolos», de bolaños de piedra de 60 libras, que es la más poderosa, «o estará fuera de alcance de la muralla o impactará sin potencia». Es decir, los principios básicos que se aplican por los ingenieros del Renacimiento, distancia y alejar las máquinas atacantes, son los mismos que defendía Filón en torno al 200.
En todo caso, a finales del siglo XV y principios del XVII, entre el XVI y el XVII, los principios teóricos que acabamos de ver están consolidados. Cuando Tommaso Campanella, ya a principios del XVII, habla de su Ciudad del Sol, ¿no?, aquí, Civitas Solis, de una ciudad utópica ideal, cuando habla de su defensa utiliza los principios que acabamos de mencionar: «La ciudad está construida de tal manera que si alguien lograra ganar el primer recinto debe redoblar su esfuerzo para conquistar el segundo, y así el tercero, multiplicando sus fuerzas y empeños». Es decir, la idea de crear sucesivas líneas de defensa está claramente ya definida entre el siglo XV y el siglo X.
Y usando ejemplos españoles, Fernández de Medrano, en 1700, más o menos al tiempo, en su obra El arquitecto perfecto en el arte militar, dice que la arquitectura militar es el arte que enseña a cerrar y fortificar una plaza. «Los antiguos inventaron los torreones cuadrados y redondos. Duraron hasta que se inventó la pólvora, lo cual obligó a buscar nuevas defensas, haciendo baluartes redondos por sus caras y espaldas, que aún se conservan en algunas partes, perfeccionándolos después poco a poco, hasta que se ha llegado a la forma triangular que hoy tienen». Y dice, y es muy importante: «Todas las partes de la fortificación deben estar proporcionadas». Es decir, el eslabón más débil de una cadena es el que marca la resistencia de la cadena. Si una parte de la fortificación es más débil que las otras, «faltando estas proporciones en cualquiera de ellas, falta en todas, porque es comparada la fortificación al cuerpo humano, que padece todo estando mala la menor parte de él». Y este principio de dotar de las fortificaciones adecuadas a cada sector del perímetro geométrico es fundamental. De ahí esa tendencia a utilizar recintos o bien cuadrados o bien en forma de estrella simétricos, lo cual no siempre es posible.
En la segunda mitad del siglo XV, en época de los Reyes Católicos, los Reyes Católicos tienen frente a la nobleza una clara actitud de reforzar el poder real, tanto hacia el interior de Castilla y de Aragón como hacia el exterior, en el reino de Nápoles, en la frontera con Francia, etcétera. Y hasta entonces, hasta el siglo XI, buena parte del X, los grandes nobles no solamente poseían fortalezas ya empezadas a adaptar a la artillería, sino que incluso forjaban artillería. Y los Reyes Católicos rápidamente intentan acabar con esto, prohibiendo la exportación de armas de pólvora, creando maestranzas reales de artillería, retirando a la nobleza la capacidad de fabricar sus propios cañones, y o bien asignar fortalezas a nobles fieles —Fernando intervino para asegurarse de que el castillo de Coca quedara asignado a un noble fiel, Antonio de Fonseca—, o asaltar castillos como el castillo de Niebla en 1508 para evitar el control por los enemigos del rey, una vez muerta Isabel y en el conflicto sucesorio, hacia 1508.
En este contexto de reforzamiento del poder real es cuando empiezan a aparecer las primeras maestranzas de artillería asociadas a Columbra, que luego irán extendiéndose por toda la península hasta que, sobre todo en el siglo XV y en el siglo XVI, se concentren en la zona norte peninsular, donde hay madera y donde hay mineral, para hacer más barata la fabricación masiva de artillería.
Lo que me interesa ahora es que es en los Reyes Católicos —y esto es un fenómeno que es muy conocido en España, pero que es prácticamente ignorado, incluso hasta hace relativamente poco, por la investigación europea—, es el hecho de que ya a finales del siglo XV los Reyes Católicos están fomentando innovaciones arquitectónicas que prefiguran lo que luego todo el mundo conoce como la escuela italiana o la traza italiana o la maniera moderna o la escuela francesa. En la segunda mitad del siglo XV, en castillos como el de la Mota en Medina del Campo, abrazando un viejo castillo medieval con su torre del homenaje, se construye, por orden de los Reyes Católicos, un castillo de la corona, un recinto exterior, multiplicando por tanto la distancia y las líneas para tomarlo, lo que se llama la barrera en los textos de la época, que luego en el siglo XV, XVIII se verá la falsabraga, y grandes fosos muy anchos y muy profundos, con cubos en las esquinas para fuego de flanqueo, con sistemas de troneras bajo la rasante del terreno para cubrir el foso, y otros elementos que los propios textos de la época ya llaman baluartes, aunque hoy en día se suele entender por baluarte una cosa pentagonal o geométrica.
Los primeros avances están incluso en castillos nobiliarios, donde vemos que el foso ha desaparecido, aunque había un foso. Hay troneras para piezas de artillería, no solamente en lo alto de los muros, sino en la base, para batir los fosos, y cañoneras pensadas para artillería, un poco más amplias que las aspilleras de arqueros o de espingarderos, es decir, de armas de fuego portátiles, para batir toda la parte baja de los fosos. Y lo que se llaman los alambores, que no es una zarpa, no es para evitar el asedio de torres de bastida, de torres de asalto con ruedas, sino precisamente para proteger la parte baja de los muros del impacto de proyectiles de artillería.
Este castillo de Grajal de Campos es un modelo primitivo, pero hay dos castillos de finales del X o del segundo, el tercer cuarto del siglo XV, que son fundamentales para entender el nacimiento y desarrollo de una arquitectura defensiva ya de Edad Moderna, aunque la apariencia pueda parecer un castillo medieval. Efectivamente, en el castillo de la Mota, Medina del Campo, donde luego se va a construir la maestranza, entre 1476 y unos años después, en torno al viejo castillo medieval en altura, se le hace esta barrera, esta falsabraga, con su alambor, con su talud. Y fíjense cómo a distintas alturas hay aspilleras para armas de fuego, de manera que el foso está cubierto, no por estas aspilleras y estas troneras y estas cañoneras que baten el exterior, sino que si el enemigo llega a acercarse al foso es batido por unas bocas de fuego que están invisibles para el asaltante hasta que llega al mismo foso.
En sección se ve bastante bien. Aquí, esta es la rasante. Hay aspilleras aquí y aquí que permiten disparar al enemigo que está atacando desde el exterior sobre la superficie del terreno, pero si llega al foso se va a encontrar con muros altísimos y con cañoneras y aspilleras en la parte baja que cubren o baten todo el foso, haciendo imposible excavar galerías o intentar demoler el recinto o el muro principal. Esto es en el castillo de la Mota, y ya digo, antes de la toma de Granada está perfectamente planificado contra el uso
de artillería por parte del enemigo, porque los cañones del enemigo solamente van a poder desmochar las almenas, la parte alta de las torres, pero el núcleo de la fortificación no van a poder ni siquiera batirlo con el fuego, salvo que se acerquen hasta el borde del foso, y el borde del foso está en el alcance de todas las armas portátiles de los defensores.
También estos castillos del siglo XV, la Mota, Coca, tienen toda una serie de defensas contra la guerra de minas, que es, junto con la artillería, el otro gran enemigo de las fortificaciones, es decir, la excavación de galerías, de nuevo del folleto de Hernández Cardona, la excavación de galerías por parte de los sitiadores por debajo del foso para colocar hornillos llenos de pólvora, hacerlos estallar y derrumbar la fortificación. Para eso está la guerra de contraminas, galerías excavadas por los defensores, generando una verdadera guerra de ratas bajo tierra para evitar que llegue a producirse este fenómeno e incluso para volar las obras de asedio de los atacantes. Tampoco es nuevo. En Dura Europos, en Siria, en el año 256 después de Cristo, los persas sasánidas y los romanos también se enzarzaron en una guerra de minas y contraminas, incluyendo el empleo de gases venenosos que acabaron con la vida de 20 legionarios.
El castillo de Coca es un castillo señorial también de ladrillo. El ladrillo parece absurdo para una fortificación contra artillería y no lo es. La combinación de ladrillo y tierra prensada es más eficaz contra los proyectiles de hierro de artillería que los sillares de piedra, porque absorben mejor los impactos. Bien, pues en el castillo de Coca tenemos el mismo modelo que hemos visto, un castillo medieval que está unido al viejo tramo de muralla medieval de Coca con su barrera, con su alambor, con sus torres abastionadas, su foso enorme, de manera que se va a ver aquí bastante bien. Este es el proceso de desarrollo, fíjense, del castillo medieval al castillo de la época de los Reyes Católicos, castillo artillero.
Aquí tenemos lo que se ve. Este es el foso. Fíjense la altura del foso, el pedazo de muralla que uno se encuentra al llegar, el alambor y una y dos filas de cañoneras y aspilleras para batir el otro lado del foso con armas portátiles y armas de fuego, pero otras que están bajo el nivel de la rasante que solamente sirven para batir a cualquier enemigo que se cuele en la parte del foso y por tanto pueda atacar el recinto principal. Son todos elementos que estamos acostumbrados a ver en el siglo XV, en el siglo XV, en el siglo XVI, pero que rara vez asumimos que se dan en Castilla y en Aragón a finales del siglo XV.
Y una pieza absolutamente fundamental, poco conocida, bueno, ahora ya más conocida, y muy poco citada por la bibliografía extranjera, es el castillo de Salsas o de Salses, en Perpiñán, en Francia. En época de los Reyes Católicos, Perpiñán, esta zona de Francia, es territorio de la Corona de Aragón, y aquí hay un castillo que se remonta al siglo X, que fue destruido por Francia en 1496, muy poco después de la toma de Granada. Y Fernando el Católico ordena que, para reforzar la frontera frente al reino de Francia, se construya un nuevo castillo. Y se lo encarga a un verdadero genio, el ingeniero castellano Francisco Ramiro López, que se incorpora en la tradición que acabamos de ver en la Mota. Se inspira en la tradición de la Mota o de Coca, y fíjense que el castillo parece que está hundido en el suelo, se ve muy bien, el foso está aquí. Los cañones solamente pueden batir la parte más alta, pero el grueso de la fortificación, una vez que se penetra en el foso, va a mantenerse intacto.
Este castillo de Salses o de Salsas, esta es la carta del rey Fernando al arquitecto en el año 1495: «habéis de mirar mucho si se puede fortalecer aquella villa para que quede bien fuerte». Bien, pues Francisco Ramiro hace un castillo que está pensado para enfrentarse a un nuevo peligro, y es que Carlos VII de Francia, ya lo hemos citado antes, en este mismo periodo está entrando en Italia, ha creado un nuevo tren de artillería mucho más móvil que las pesadas bombardas o lombardas de las décadas anteriores. Y estas piezas están causando estragos en las fortalezas medievales de Italia. De ahí que los italianos del norte, los Estados Pontificios y también Nápoles rápidamente comiencen a construir en la misma línea de lo que está haciendo Castilla en Salses.
Por cierto, que aquí, en este tren de artillería, fíjense en este detalle de aquí: sacos de harina y palle de fierro, bolas de hierro. Los está indicando, considera suficientemente relevante el artista de este manuscrito que está en la Biblioteca Morgan de Nueva York, estos proyectiles de hierro, que son una relativa novedad en la artillería francesa de este momento.
Bien, pues acabado este castillo de Salses, en 1503 es atacado por Francia y Francia fracasa en el asalto, precisamente a pesar del tren de artillería moderna creado por Carlos VII. El castillo resiste, luego es rescatado por el Duque de Alba. Este es un plano de Gonzalo de Ayora de este sitio de 1503 que se conserva en la Real Academia de la Historia, con todos los elementos. Estos son los elementos de asedio, y todos los elementos ensayados en Coca o en la Mota los tenemos aquí. Planta cuadrangular, ya no hay castillo medieval original, esto es de nueva planta; el viejo castillo del siglo X está justo al norte. Estos grandes cubos circulares con un foso enorme. Pero aquí se añade algo que normalmente asociamos a momentos posteriores, al siglo X avanzado, al siglo XV: junto a este rectángulo con sus cuatro esquinas protegidas y su gran foso, obras de avanzada, lo que luego llamaremos revellines u hornabeques, que en la zona del acceso obligan a recorrer un camino batido por los defensores, pero sobre todo, para poder atacar el recinto principal, hay que tomar una serie de obras de avanzada dentro de un foso extraordinariamente ancho. Y también tiene un sistema de contraminas que llegan al nivel freático y permiten inundar las galerías que pudieran crear los asaltantes.
Este es un dibujo de Francisco de Holanda de 1538 con el aspecto original que tenía el castillo, con algunos resabios medievales como las almenas y merlones, que siguen siendo útiles, pero lo que me interesa es que vean este hundimiento y las causas: solamente se puede batir la parte, digamos, más innecesaria, la parte superior de las fortificaciones.
Y en ese sentido, aprovechando el caso de Salsas y de cierto desconocimiento de que la tradición ingenieril militar española del siglo XV, primera mitad del X, es potentísima, Fernando Cobos Guerra, que es uno de los grandes especialistas en arquitectura militar de este periodo, comenta en uno de sus trabajos: «Se ha tergiversado la nacionalidad de los tratados de ingeniería, los teóricos, geómetras, ingenieros, en función de su autor o su lengua, ignorando que para el pensamiento de la monarquía hispánica del 16, todos los tratados escritos o publicados en los dominios de la corona, sea Nápoles, sea Milán, o sea Bruselas, o sea, en los Países Bajos, son tratados al servicio de la corona y parte de la ingeniería militar de la corona española».
Y en ese sentido, y además muchos de estos tratados tardaron en publicarse, pero desde que en 1536 el capítulo final de De Re Militari ya presenta algunas de las grandes novedades de esta nueva arquitectura militar pensada contra la artillería de pólvora; sobre todo la apología de Pedro Luis Escrivá de 1538, que no ha sido publicada en detalle hasta el año 2000, precisamente por Fernando Cobos y otros autores; Juan Fernández Espinoa en 1559, el libro del arte militar; Cristóbal de Rojas, la Teoría y práctica de la fortificación de 1598; son todos... Medina Barba, capitán Cristóbal Lechuga, Sebastián Fernández de Medrano. Hay toda una tradición de tratadística que demuestra que desde principios del 16 hay toda una escuela española de fortificación que nada tiene que envidiar a otras escuelas como la francesa o la cosiddetta, así llamada, holandesa.
Y en ese sentido, traigo aquí dos libros que han sido enormemente influyentes, de Christopher Duffy, sobre la guerra de asedio, en dos volúmenes: entre 1494, es decir, la conquista de Granada y sobre todo las guerras de Italia, hasta 1660, hasta mediados del 17, y luego desde 1660 hasta 1860, publicados en los años 70, pero que todavía se siguen reimprimiendo y siguen siendo libros muy utilizados, y que ignoran por completo... Ya saben que la tradición anglosajona de lectura de obras que no sean en inglés o como mucho en francés es escasa. Y, por ejemplo, en el libro primero, que habla del comienzo del Renacimiento, cuando habla en el prólogo de las primeras fortificaciones de artillería, cita el caso de la Bastilla en Francia, cita el caso del castillo Sforza de Milán en Italia, los Estados Papales, incluso cita a Durero, 1471, incluso escribe que hasta finales, hasta casi 1490, no hay evidencia convincente de que los arquitectos militares apreciaran que la artillería tenía el poder de transformar las defensas de las fortalezas.
Y no cita el caso de Salses; bueno, lo cita luego en el capítulo dedicado a Francia desde 1513, pero, digamos, el conocimiento de la tratadística militar española y de la arquitectura militar española de finales del siglo XV y principios del XV es nulo. Incluso cuando hay capítulos específicos para los Estados Bálticos y Turquía, no hay un capítulo específico para la península ibérica. Eso ha cambiado recientemente, por supuesto, en la época más reciente, pero estos libros siguen siendo enormemente influyentes. Y de nuevo, en el siguiente libro, publicado algo después, en su apéndice 5, donde habla de todas las escuelas, habla de la escuela italiana, de la escuela holandesa, de la escuela alemana, de la escuela francesa, e ignora por completo la existencia de una escuela española, que ciertamente quizá no sea una escuela formal, pero que, por supuesto, la escuela holandesa en buena medida es escuela de tradición de la corona hispánica.
Recientemente, en obras posteriores como el libro de Bert Hall sobre armas y guerra en el Renacimiento, ya del año 2000, pues sí que reconoce la importancia de la artillería castellana en la toma del Reino Nazarí. Algo hemos avanzado, pero para el final del 15 y principios del 16 de nuevo se pone el foco en las reformas de Carlos VII para la artillería y las fortalezas en Italia. Y de nuevo no cita, o yo no lo he visto y lo he estado buscando, ni la Mota ni Coca, y apenas Salses. En cambio, sí cita baluartes en Inglaterra que están mucho más atrasados que el modelo de Salses que acabamos de ver.
Bien, todo esto es casi un chiste, pero todo esto es una lista compilada, no es para que la lean, en el siglo XVI ya por Lukis, sobre tratadistas españoles desde 1569 hasta 1697 dedicados a la ciencia de la artillería y a la ciencia de la ingeniería militar. Yo les recomiendo, esto lo pueden ver luego más adelante en la web, estos tres libros sobre tratadistas de Antonio Espino, sobre todo la tesis doctoral de Esther Merino Peral sobre los tratados de re militar en el Renacimiento, que vienen a llenar este vacío en el conocimiento sobre la importancia de la tradición arquitectónica militar española.
Lo que los Reyes Católicos a finales del siglo XV, muy a principios del X, crean y ponen como una base poco conocida, se va a desarrollar exponencialmente en época de los Austrias. La tendencia al fortalecimiento del poder real, que ya había marcado claramente Fernando el Católico, perdura en los comienzos del siglo X. Es conocido el famoso cuadro de Víctor Manzano y el texto, posiblemente una leyenda apócrifa, del Conde de Fad Braquer, que habla de que a los nobles levantiscos que no aceptaban la presencia de Carlos, de un extranjero, se asomó a un balcón y les enseñó el parque de artillería recién creado, un formidable tren de artillería: «Miradlos y concirme, estos son mis poderes y con ellos gobernaré Castilla hasta que vuestro amo y el mío, Carlos I, venga a tomar posesión de su reino».
Bien, con independencia de que esto sea o no una leyenda, lo cierto es que Prudencio de Sandoval, en la Historia de la vida y hechos del emperador, describe cómo el emperador trajo consigo, justo tras la victoria sobre los comuneros en 1522, «trajo el emperador consigo mucha y buena artillería para armar de ella estos reinos, que estaban de ella faltos», y habla de ocho falconetes y 16 palmos de cuatro de ellos, tal. Habla de toda una lista que demuestra la importancia que tanto el emperador como los cronistas dan. Esto no es de la entrada en Valladolid ni de la entrada del 22, es de la coronación en Bolonia, unos años antes, pero refleja bien la importancia de las armas de fuego portátiles y de la artillería más pesada. En todo caso, el papel psicológico de la artillería como la ultima ratio regis, la razón definitiva del poder real, y el intento de evitar precisamente el papel de la nobleza en el desarrollo de la artillería.
El problema de la evolución de esta ingeniería militar en los siglos XV y hasta el XVI es su elevadísimo coste, porque tanto la escuela italiana como la española y holandesa de bastiones, fosos, terraplenes y creciente añadido de nuevos elementos para alejar al enemigo de la muralla principal hace que sean elevadísimos los costes. El problema es que los cubos circulares que hemos visto del siglo XV en la Mota o en Salses dejan ángulos muertos sin batir y por tanto permiten que los zapadores enemigos puedan hacer labores de zapa, colocar hornillos de pólvora, etcétera. Y eso da lugar a que los cubos circulares, por los ángulos muertos que provocan, sean sustituidos por formas poligonales oblicuas que permiten evitar los ángulos muertos y batir todas las caras de las murallas.
En ambos casos, en la deflexión, es decir, el desvío de los impactos de la artillería enemiga, también los bastiones poligonales, al ofrecer ángulos agudos al fuego enemigo, provocan la misma ventaja de deflexión de los proyectiles que los viejos cubos circulares. El problema es, por tanto, conseguir las mejores formas geométricas, y se va a ir evolucionando para evitar ángulos muertos y batir con fuegos cruzados todos los trozos de cortina entre bastiones, que es lo mismo que hemos visto en la Constantinopla del siglo V, es decir, las torres y las cortinas, y conseguir la mayor concentración posible de fuegos.
Y en el caso de la península ibérica, entre 1500 y 1530 vemos toda una evolución desde los cubos circulares y los revellines semicirculares o pentagonales de Salses hasta los baluartes ya de Fuenterrabía. Toda una evolución que demuestra la experimentación constante que se está haciendo en estos años, sobre todo porque en muchos casos estamos partiendo de ciudades, este es el caso de la Mota, volvemos a él, donde a la muralla del siglo XI, que perdura en el siglo XVI, y al castillo medieval se le añade todo el recinto exterior, que es lo que le convierte en un castillo preparado para la artillería. Es decir, en muchos casos, cuando analicemos estas fortificaciones, hay que tener en cuenta que hay toda una superposición en planta y en alzado de distintos periodos. Y esto es lo más antiguo y esto es mucho más reciente, por no hablar de las restauraciones posteriores, en verde y en amarillo. Pero quiero decir que el dinamismo de la arquitectura defensiva deriva del hecho de la importancia de mantener ciudades que son preexistentes.
En esta tesis doctoral de hace muy pocos años sobre el caso de Fuenterrabía, en Guipúzcoa, vemos cómo se van añadiendo desde 1500 hasta 1670 las nuevas técnicas de fortificación: el recinto medieval en amarillo, de hacia 1500; se van añadiendo murallas con cubos semicirculares; finalmente murallas ya de traza hacia 1550 con bastiones poligonales, y finalmente las obras exteriores, que hacen que el área cubierta por las fortificaciones llegue a ser en algunos casos casi tan grande en superficie como la zona protegida, porque se va alejando la línea de fortificaciones en anillos progresivamente exteriores.
De todos estos elementos, el fundamental es, por supuesto, el bastión o baluarte. Hay una discusión sobre si son sinónimos o no. No tenemos tiempo
para entrar en ello. Aquí en todo caso, en España ya desde Salses se habla de baluartes, incluso cuando son semicirculares.
Sea como fuere, hay quien considera que lo que llamamos baluarte en España y que en Francia, Italia se llama bastión es lo mismo. Hay quien piensa que no. Vamos a dejarlo correr por ahora, pero pasamos de las fortificaciones primero circulares a las poligonales apuntadas, en principio triangulares y luego ya pentagonales, con esquinas que dan un frente oblicuo al enemigo, a las trincheras de los atacantes y que permiten batir con fuegos. Donde antes había cañoneras en los cubos en la parte baja circulares, ahora hay lo que se llama los orejones, que son estas piezas que se proyectan para proteger estas casamatas donde se colocan los cañones más potentes que permiten batir tanto la zona de cortina como las zonas exteriores. Es decir, los bastiones no solamente tienen artillería en la parte superior, sino en estos puntos muy protegidos del fuego enemigo, porque el propio bastión impide que puedan disparar a los cañones que están debajo de estas casamatas, debajo de los orejones.
Este es el bastión original. Progresivamente se va avanzando el bastión para tener mejores fuegos, surgiendo aquí un cuello o gola.
El objetivo es siempre, por tanto, cruzar los fuegos para evitar que cualquier atacante pueda escalar la muralla o hacer una zapa y batir a los atacantes enemigos. Y esto es lo que Vasari en 1568 atribuye a Michele Sanmicheli. Y por tanto, la idea de la escuela italiana como origen o la traza italiana como origen de todas las fortificaciones de la Edad Moderna, lo que no deja de ser simplista como acabamos de ver.
En 1592 tenemos el caso de la ciudadela de Jaca, donde vemos este modelo ya desarrollado, es decir, simetría, no hay un lado más débil que otro, bastiones separados con una gola, las casamatas protegidas por los orejones para batir los lados, el foso amplio y obras exteriores como este camino cubierto para que la infantería pueda disparar sobre el glacis o la rampa despejada exterior. Esta es la reconstrucción tridimensional y en planta para que vean los distintos elementos de un baluarte de la Edad Moderna desde el 16 al 18. De manera que en muy poco tiempo, desde el castillo de Salses hacia 1500, 1503, hasta la ciudadela de Jaca un siglo después, en 100 años hemos evolucionado, pero los principios que se aplican son los mismos y son los que hemos explicado antes.
Por cierto, que hasta ahora hemos hablado de tiro tenso, es decir, de cañones o lombardas que disparan contra las murallas, pero desde el principio también, desde el siglo XI, el siglo XV, hay morteros o bombardas trabuqueras que disparan por elevación en tiro curvo y eso plantea nuevos problemas porque los bastiones y las casamatas están protegidas, están cubiertas, pero es necesario crear, y por eso encontramos en muchas fortificaciones casamatas con bóvedas, con cubiertas abovedadas que son mucho más resistentes precisamente al fuego de tiro curvo de trabucos y bombardas.
Los mismos principios de defensa, es decir, de acumulación de tiros cruzados, de evitar ángulos muertos, etcétera, los tienen que cubrir los atacantes, los asaltantes de una fortaleza que tienen que abrir brecha en una cortina aquí para derrumbarla y por tanto permitir el ataque de la infantería. Deben colocar sus baterías en sus propios reductos y cruzando fuegos para batir las casamatas que están a ambos lados, desbordando los orejones, y batir de frente la cortina, que es lo que se pretende asaltar, eligiendo un punto del perímetro defensivo.
Por tanto, en unas décadas pasamos de estas fortalezas cuadrangulares de cubo con campos muertos a las primeras fortalezas cuadrangulares con baluartes, a las fortalezas ya estrelladas que al núcleo original van añadiendo revellines, caminos cubiertos, glacis y otros elementos exteriores para dificultar el acceso al núcleo de la fortificación, esos anillos de los que hablaba Tomás Campanella. Por tanto, evitar ángulos muertos, evitar muros perpendiculares o protegerlos con avanzadas y la superposición de campos de tiro son los elementos fundamentales.
Y esto se aplica no solamente a Europa y, en el caso de la corona hispánica, a España, a Italia, Franco Condado o a los Países Bajos o Alemania, sino que se exporta a las posesiones americanas. Es un ejemplo muy interesante el Castillo de San Marcos en Florida, construido a partir de 1672, ya más avanzado, donde vemos el principio básico cuadrado con los bastiones y en la zona de acceso, en la única puerta, se construye un revellín, que es una defensa avanzada que hace que para tomar o poder asaltar la zona de la puerta o batir esta zona, que es la más frágil de todo el conjunto, haya primero que destruir el revellín y tomarlo. Por lo cual los revellines luego se irán complicando haciendo hornabeques y haciendo otro tipo de medias lunas o de elementos auxiliares.
Por cierto, que este castillo, el más antiguo de mampostería de Estados Unidos, tiene una peculiaridad, y es que se construyó con una piedra, una caliza coquina de conchas muy pequeñitas que tenía la propiedad de que absorbía las balas de cañón. De manera que cuando en 1702 los británicos atacaron el fuerte, vieron con desesperación cómo las paredes del fuerte de San Marcos absorbían las balas de cañón de hierro sin causar ningún daño. No había manera de que saltaran los muros porque prácticamente actuaban como un colchón.
Por supuesto, la mayoría de las fortalezas se construyen sobre ciudades preexistentes. Es el caso de la ciudadela de Ibiza, por ejemplo, de mediados del siglo XV en verde y añadidos posteriores de un cuarto de siglo después. Y todos los añadidos no son necesariamente siempre simétricos: en cada caso se adaptan al terreno para conseguir los objetivos de evitar ángulos muertos y cubrir con fuegos cruzados todos los elementos de la zona defensiva. Es decir, no tienen por qué ser simétricos. La adaptación al terreno es absolutamente fundamental.
De manera que junto con el batir los campos exteriores, todas las baterías de los distintos revellines, cortinas y bastiones y baluartes están diseñadas para batir los fosos con fuegos cruzados de todo tipo, de manera que cualquier asaltante que supere el glacis, supere el camino cubierto y llegue a los fosos, se va a encontrar en un laberinto difícil de entender y además batido siempre por dos o más fuegos de distintos sitios y por tanto se convierte en una trampa mortal. Esto es del siglo XVIII, es del castillo de San Fernando de Figueras, pero el principio es el mismo.
De hecho, en el siglo XVII y en el XVIII, a lo que hemos visto hasta ahora, bastiones, murallas y fosos, se añade en el exterior un camino cubierto para que la infantería pueda disparar con fuego de fusil o de mosquete sobre todo el glacis o terreno descubierto, despejado, y evitar el acceso de la infantería enemiga. Es decir, se van añadiendo progresivamente nuevos elementos. En San Fernando, y me remito de nuevo al librito de Hernández Cardona, se ve muy bien este fenómeno: es del siglo XVIII, pero recoge todas las enseñanzas desde el siglo XV. El núcleo del castillo con sus cortinas, su forma más o menos cuadrangular y sus baluartes poligonales.
A esto se le añade toda una serie de obras exteriores, revellines, tenazas, hornabeques, que son medios bastiones, y contraguardias que hacen imposible disparar o atacar los bastiones y los baluartes principales sin antes batir o tomar algún sector de este perímetro exterior. A esto luego se añade otro foso y el camino cubierto para que la infantería pueda disparar. Y finalmente el glacis, es decir, el espacio despejado que permite que esta infantería pueda batir el terreno, de manera que el asalto al núcleo de la fortaleza se convierte en prácticamente imposible.
En tres dimensiones se ve aquí muy bien la fortaleza inicial, la cortina con la puerta, la tenaza y la media luna o el revellín que la cubre y todos los elementos auxiliares que van creciendo hacia el exterior y que hacen que sea costosísimo para la corona construir estos elementos. Lo vemos hasta el siglo XVII en muchos países, en la raya, es decir, en la frontera entre España y Portugal. Elvas tiene algunos de los fuertes mejor conservados del siglo XVI, pero con los elementos básicos que acabamos de ver, el núcleo, el foso, etcétera. Y aquí se ve muy bien en esta foto aérea los glacis despejados que permiten que la artillería y el fuego de fusil batan todo el terreno circundante. Al final, el núcleo de la plaza de armas es mucho menor que el área defendida por las obras de fortificación.
En ese sentido, prácticamente todo el mundo conoce el nombre de Sébastien, señor de Vauban, como el ingeniero del rey de época de Luis XIV, etcétera, de finales del 17, comienzos del 18, considerado el revolucionario que generó toda una nueva forma de fortificación. Aquí le tenemos con su herida de mosquete que sufrió en el asedio de Douai. Un hombre que efectivamente intervino en 50 y construyó o participó en la remodelación de hasta 330 plazas fuertes. Tenía una experiencia colosal. Esta es una estatua que hay en Besanzón, que es una de sus obras más conocidas, a pesar de que el núcleo de la fortaleza es de la corona hispánica, de cuando era el Franco Condado.
Y efectivamente los llamados tres sistemas evolucionados de Vauban son, digamos, lo más conocido en toda la bibliografía y es lo que se cita siempre. Pero lo cierto es que el llamado primer sistema de Vauban, con sus bastiones, sus revellines, su foso y su glacis, en realidad lo que hace es pulir o mejorar en detalle cosas que se venían haciendo desde hacía más de un siglo, algunos de ellos en la escuela, digamos, holandesa o italiana dependiente de la corona de España. No le estoy quitando ningún mérito a Vauban. Lo que quiero decir es que Vauban no es un genio que parta de cero, sino que parte de una tradición que en el caso de la península ibérica se remonta pues a los Reyes Católicos y a finales del siglo XV. Este es Besanzón precisamente, que se considera una de las obras maestras de Vauban, aunque la fortaleza originalmente es de la corona hispánica, que todavía conserva en algunos puntos escudos de los Austrias, de los Habsburgo.
Lo que sí es cierto es que Vauban tiene una aportación mucho más importante desde el punto de vista de la innovación a los asedios. Es decir, él genera un sistema casi matemático que le permite predecir, desde que el ejército asediador llega a una fortaleza, por muy moderna que sea esta, el tiempo que va a tardar en caer mediante el corte de comunicaciones inicial, la creación de dos líneas, una contravalación a unos 900 m, una contravalación que es lo que rodea las trincheras que rodean la plaza a atacar mirando hacia la fortaleza. Eso es la contravalación, y la circunvalación, un anillo exterior mirando al exterior por si acaso viene un ejército para rescatar a la guarnición asediada. Es decir, la circunvalación es lo que mira hacia fuera, no hacia dentro, porque es un clásico que se confunde siempre, incluso en bibliografía especializada.
En todo caso, aparte de esta fase inicial de circunvalación y contravalación, van a crear el sistema de las tres paralelas, es decir, una serie de trincheras paralelas a unos 600 m, distancia de cañón de la fortaleza. Construcción de baterías en caballeros, que son estructuras alzadas para poder disparar sobre el punto elegido que se va a atacar. Una serie de trincheras en zigzag para construir una segunda paralela cubierta, nuevas baterías mucho más cerca, por tanto haciendo mucho más daño a la fortaleza, y finalmente una tercera paralela prácticamente ya sobre el camino cubierto, a partir de la cual, vamos a ampliarlo. Esta es la segunda paralela, esta es la tercera. Zigzag para que los disparos de los defensores no puedan barrer toda la trinchera, por supuesto. Y la tercera paralela, que es la base desde la cual se van a lanzar las últimas trincheras para abrir brecha en el bastión o en la cortina del fuerte enemigo. En este sentido, sí que la innovación, la conversión del asedio en algo casi científicamente predecible al día del asedio, es obra que podemos atribuir a Vauban.
Y ya avanzando el final de la clase de hoy, no quería dejar de traerles este ejemplo muy bonito, que es una pieza que está en el Museo del Ejército de Tierra en Toledo, que hasta hace no mucho lo tenían en un sitio que prácticamente no se veía y que sin embargo es para mí una de las piezas más interesantes de todo el museo. Una maqueta hecha con una base de ébano y hecha en molde, piezas de bronce, plata, figuritas, hasta 3.000 figuritas, 3.300 figuritas de plata sobredorada, esmalte, que muestra la fortificación de una ciudad con su núcleo, su plaza de armas, el primer anillo con los bastiones, los fosos, las defensas exteriores, el camino cubierto, el glacis, etcétera, un hornabeque enorme y las obras de asedio de un atacante, y que ha sido conocida durante mucho tiempo, hasta hace no demasiado, como la maqueta Vauban del Museo del Ejército, con esta especie de obsesión vaubanesca.
Tiene una leyenda aquí en español, por cierto, que es clave para la interpretación que ha hecho recientemente Ignacio de la Torre Echávarri y algunos otros investigadores, que cambian sustancialmente la interpretación que durante siglos se ha tenido de esta pieza. Aquí tienen las trincheras de los asaltantes, el zigzag, las baterías en caballeros, que son pequeños reductos elevados para poder disparar, el hornabeque y los distintos elementos, medias lunas, revellines, tenazas, etcétera, que representa el asedio y asalto de una plaza, de una fortaleza a escala. Medirá metro, no llegará a 2 m de lado. Y es una verdadera maravilla desde el punto de vista de la orfebrería, las 3.000 y pico figuras de plata, los civiles, la plaza de armas, los edificios, los detalles.
Aquí tienen un detalle, digamos, del relieve donde se ven muy bien las estructuras en alzado, pero lo interesante es que no es una plaza Vauban ni corresponde a ninguna ciudad real. Si se fijan ustedes, todos y cada uno de los bastiones es distinto. Este es poligonal más antiguo. Este está con gola y orejones. Este otro tiene orejones curvos. Este otro es poligonal alargado, es decir, hay distintos modelos de bastión que nunca, bueno, en una fortaleza que se remodele se puede conservar un bastión más antiguo, pero recuerden lo que les decía al comienzo: la parte más débil es el bastión más antiguo. Por tanto, cuando se hace una remodelación, al menos se homogeneizan las fortalezas principales. Aquí no. Aquí cada bastión es distinto de los demás.
Esta pieza aparece documentada ya en documentos del gabinete de antigüedades de Felipe V, el primer Borbón, en 1715. Por tanto, es anterior a 1715. Por tanto, sí es de época de Vauban. De hecho, hay elementos aquí que sí corresponden a las reformas de Vauban, por tanto, es posterior a finales del 17 y, por tanto, es relacionable con el tránsito de los Austrias a los primeros Borbones.
La leyenda en español y los nombres españolizados que aparecen en la leyenda indican para muchos, yo estoy en esa impresión, que está fabricado en España, aunque pudiera haber algún artesano francés, aunque Ignacio de la Torre piensa que se fabricó en Francia, aunque tuviera elementos españoles. Pero lo interesante es que esta maqueta lo que representa es la evolución de 150 años, desde Francisco de Marquy, 1490, en su fecha de nacimiento, es decir, época de la conquista de Granada, hasta el marqués de Vauban, hasta los comienzos del siglo XVIII. Por tanto, esto es posterior a 1700 y anterior a 1715. Por tanto, está asociado a los primeros Borbones.
Y efectivamente este tipo de maquetas no solamente aparecen en este caso asociadas a la corte española, sino que eran muy normales en la corona francesa. De hecho, en París, si van ustedes al Museo de los Inválidos, hay un museo menos conocido que se llama el Museo de los Planos-Relieves, de los relieves en maquetas, en Los Inválidos, pero no el museo principal, creado ya en época de Vauban y de Luis XIV, que tiene maquetas anteriores y que es una verdadera maravilla porque recoge maquetas de muchas de las plazas fuertes
de Francia del siglo XV y de comienzos del XVI. Bueno, pues estas maquetas son piezas para la enseñanza, para enseñar al rey o para la discusión por parte de los ingenieros militares y altos cargos de la corte de las ventajas, desventajas y características de distintos tipos de bastión, de distintos tipos de obras exteriores y de distintas formas de asalto. Es un instrumento para la enseñanza. Lo eran en el museo de la corte francesa y posiblemente lo era también aquí. Por eso aparecen tipos de baluartes distintos en cada caso.
Y como dice Puj Isaac en un trabajo de 1981, aparte de sus funciones militares y didácticas, estas maquetas permitían al rey pasear por la sala donde estaban todas las maquetas, y la corte española también las tuvo. Esta es la más espectacular, y algunas otras no tan antiguas, pero son una forma de expresión de poder para el rey y sus cercanos, incluso para embajadores que pudieran ver la potencia del poder real.
Bien, pues esta plaza ideal es lo que aparece en esta pieza del Museo del Ejército, e Ignacio ha analizado cada uno de los bastiones, los ha comparado con la leyenda y efectivamente cada número corresponde a uno de los ingenieros militares más importantes del periodo, desde principios del siglo XV hasta principios del siglo XVII.
Y hay un detalle además interesante: que junto con las obras de asedio de las trincheras que hemos visto en un lateral, hay todo esto que se ve aquí que está invertido. Es decir, estos son obras exteriores de la fortaleza en estrella que habría que haberlos colocado en este sentido para que se entendieran mejor. Lo que pasa es que por razones de espacio se comprime y, como es una obra de enseñanza, se puede separar. Esto no es parte de las obras de asedio, es parte de las obras de defensa, pero habría que invertirlo para colgarlo como un anillo exterior a esta fortaleza con nuevos elementos. Y todos los bastiones, baluartes y demás que se enumeran están identificados y abarcan todo este periodo que acabamos de mencionar.
Y es curioso porque, por supuesto, en Francia Vauban, que en realidad se remonta a cosas muy anteriores de la propia escuela francesa y de escuelas anteriores, todavía vive. Todavía en el año 2018 los ingenieros paracaidistas del regimiento en la operación antiyihadista en Mali construyeron un fuerte poligonal con bastiones, con orejones, con sus obras exteriores, para, en mitad del desierto, en este caso en Ménaka, hacer una base militar.
Y no fue el único caso, esto es del 2018. También en el mismo año comenzaron a construir otro mucho más grande en el marco de la operación Barkhane en la Benzaga, donde se construyó un recinto interior poligonal y luego otro mucho más amplio exterior con su salida y sus obras para guarnecer a tropas francesas y, en este caso, tropas del ejército de Mali.
Tiene sentido, tiene un sentido de orgullo patrio. Es decir, los franceses utilizan para fortificar sus campos temporales en el desierto de Mali, pues, la tradición que se remonta a Vauban. Pero lo cierto y verdad es que para un enemigo de milicias que no tiene artillería pesada... Claro, contra un ejército moderno que tiene artillería o MLRS, lanzacohetes múltiples que pueden disparar desde 20, 40, 80 o 120 km, esto no tiene ningún valor. Pero contra un enemigo armado con armas ligeras, con algunos technicals, algunos jeeps o furgonetas con ametralladoras pesadas, con lanzagranadas y demás, pues estos bastiones que permiten batir, o estos baluartes que permiten batir los flancos de las cortinas, con esta especie de obra externa, esta especie de hornabeque para proteger la entrada principal y demás, pues sigue siendo una defensa práctica contra enemigos de muy bajo nivel tecnológico y, por tanto, perfectamente eficaz en el contexto en que se ha construido.
Pero me ha parecido curioso hacerles ver cómo algo que surgió en las postrimerías de la Edad Media todavía sigue siendo útil en determinadas circunstancias, en contextos como la campaña antiyihadista en Mali.
Y ya para concluir quisiera hacerles una recomendación. Una fortaleza, sobre todo si es una ciudad, es una entidad viva, es una entidad de larga duración. Y en ese sentido, querría recomendarles para concluir un libro de este personaje que ustedes seguro que conocen, Viollet-le-Duc, el famoso arquitecto y restaurador francés del siglo XIX, que fue el constructor de la famosa aguja de Notre Dame, la que ardió y cayó y que se ha reconstruido ahora, iniciando hace unos años; el restaurador de Carcasona, el que creó esas gárgolas neogóticas que aparecen en Notre Dame y que son una invención decimonónica, pero que son muy bonitas y muy espectaculares.
Bueno, pues era un hombre de una enorme capacidad que no solamente restauró, trabajó, etcétera, sino que escribió una novela donde el protagonista no es un personaje, sino un lugar, La Roche-Pont, en una confluencia de ríos, que tiene una historia, y el libro es La historia de una fortaleza, que narra la evolución de este lugar fuerte desde la época de la guerra de las Galias o de los galos prerromanos hasta un último asedio en 1813 en época napoleónica, incluso una coletilla en 1870 en la famosa guerra de Napoleón III contra el naciente imperio prusiano, el Segundo Reich.
Y con planos y profusión de detalles narra hasta siete asedios que se van produciendo en la historia de esta fortaleza: desde época romana hasta el siglo XI, el castillo feudal; hasta el siglo XV, con la extensión de las murallas y los cubos circulares; 1606, los primeros bastiones; y 1680, por supuesto, la fortaleza de Vauban.
No les recomendaría este libro, que hasta hace poco estaba solamente en francés o en inglés, si no fuera porque, por pura casualidad, yo no tenía esa edición, hace relativamente poco se ha publicado una traducción al español de la Historia de una fortaleza, que es una especie de epítome o resumen de lo que he tratado de explicarles aquí.
En primer lugar, que la técnica o el arte o la ingeniería de defender y atacar fortalezas ha cambiado muchísimo desde el Neolítico, desde Jericó hasta Vauban y después, pero en el fondo sus principios básicos siguen siendo los mismos, y que efectivamente la revolución militar que surge en el Renacimiento a partir de finales del siglo XV, comienzos del XVI, tiene una prehistoria mayor, que es la del nacimiento de la artillería. Es el duelo eterno entre coraza y proyectil, donde ambos se van influyendo unos a otros. Los avances y los cambios en las fortalezas que hemos estado viendo van de la mano de los cambios, avances y sustituciones de los tipos de artillería neurobalística y luego pirobalística, pero al final las fortalezas no son entes aislados, son entes vivos que perduran a lo largo del tiempo.
Y este libro podría ser un muy buen complemento a lo que les he contado esta tarde a lo largo de esta ya casi hora y 20. Y con esto les dejo por hoy. Muchísimas gracias por su atención.
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