Séneca y Nerón: la tragedia de un maestro de oratoria que fracasó

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Resumen

En el ciclo de la Fundación Juan March La fuerza de la palabra en la Antigüedad ya se había hablado de Pericles, Demóstenes, Cicerón o Marco Antonio. En la quinta sesión, Javier Velaza, catedrático de Filología Latina en la Universidad de Barcelona, se ocupó de Lucio Anneo Séneca, y empezó reconociendo que partía en desventaja. La razón no era que Séneca fuera inferior a sus predecesores ni que su fama como filósofo estoico eclipsara al orador. Velaza sostiene lo contrario: Séneca fue el orador más prestigioso de su tiempo. Así lo admitieron sus rivales y lo ensalzaron sus seguidores, y Quintiliano, a quien el conferenciante considera el mejor estudioso de la oratoria de época imperial, le reconoció "muchas y grandes virtudes, un ingenio ágil y abundante, mucho estudio y gran conocimiento de los temas". La desventaja es que no se ha conservado ni un solo discurso de Séneca, ni siquiera sus títulos. Solo pueden recuperarse fragmentos de forma indirecta y a veces muy hipotética.

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Velaza compensa esa carencia con el contexto. Las circunstancias en que se pronunciaron esos discursos, el fondo filosófico y político que los inspiraba y el arte retórico con que Séneca los compuso forman, según él, el guion de un drama, casi de una tragedia. Decidió contarlo con la estructura clásica de un prólogo, cinco actos y dos epílogos. A lo largo de la sesión se dramatizaron varios fragmentos de las fuentes antiguas y de la obra de Séneca.

Prólogo, otoño del año 53: el maestro y el alumno

La primera escena reúne a dos personajes. El primero ha pasado de los cincuenta años; Velaza calcula que tendría entre 53 y 57, sin certeza. Lo describe como un superviviente casi milagroso. Superó una enfermedad asmática de nacimiento que le afectó toda la vida y dos condenas a muerte. La de Calígula se le conmutó porque alguien del entorno del emperador comentó que no hacía falta matarlo, porque moriría pronto por sí solo. La de Claudio se le conmutó por ocho años de exilio desolador en Córcega. También sobrevivió a las purgas, insidias y venganzas de la corte. En el año 53 se le considera el hombre más sabio de Roma y el gran paladín del estoicismo, pero también el más rico. Su fortuna rondaría los 70 millones de denarios, que según algunos cálculos citados por Velaza equivaldría a una quinta parte del producto interior bruto del Imperio. Es además uno de los personajes más influyentes de Roma.

Velaza subraya que ese ascenso partía de un triple handicap. Séneca era provincial, nacido en Córdoba y no en Roma. Era eques, es decir, pertenecía al orden ecuestre y no a la aristocracia. Y era homo novus: nadie de su familia había ejercido antes magistraturas públicas. En Roma se le reprochaba un exceso de ambición, que se hubiera rebajado a adular a Claudio y que probablemente hubiera medrado gracias a relaciones adúlteras con princesas imperiales. Sobre todo se discutía una contradicción que le acompañaría siempre: la distancia entre la doctrina estoica que predicaba y su conducta en una vida cortesana algo licenciosa.

El segundo personaje tiene dieciséis años, pero, en palabras del conferenciante, ya ha vivido bastante y sobre todo le han contado muchas cosas. Le han contado que su abuelo Germánico murió envenenado por culpa de Tiberio y que su abuela Agripina la Mayor murió de hambre en el exilio. Le han contado que su padre, Gneo Domicio Enobarbo, a quien apenas conoció, era un hombre despreciable que al nacer él dijo que nada bueno podía salir de la unión de dos seres tan malos como él y su esposa. Le han contado que su madre se acostaba con su propio hermano, Calígula, que luego conspiró contra él y fue desterrada, y que dejó al niño al cuidado de un bailarín y un barbero. También que a su regreso se casó con su tío, el emperador Claudio, después de hacer que este matara a su esposa, y que lo convenció de nombrar heredero a su hijo. Aun así, según Velaza, había en Roma quien pensaba que si llegaba a gobernar no sería peor que sus dos antecesores, "y se equivocan". Son Séneca y Tiberio Claudio Nerón, dos figuras antagónicas y contradictorias que la historia lleva dos mil años juzgando sin llegar a un veredicto definitivo.

Una educación impuesta y desbordada

En la escena del prólogo están en clase, repasando uno de los primeros discursos públicos de Nerón. Séneca se ocupa de su educación desde el año 51, por encargo de Agripina la Menor. No podía negarse, porque era ella quien le había hecho volver del exilio. Velaza recoge la anécdota de que la noche del día en que aceptó el encargo, Séneca soñó que estaba dando clase al mismísimo Calígula.

Agripina no le pidió que educara a su hijo en filosofía. Según el conferenciante, detestaba a los filósofos: los consideraba inútiles y creía que su doctrina no servía para lo que su hijo estaba destinado, que era gobernar. Quería que lo formara en elocuencia, porque pensaba que en la Roma de su tiempo saber hablar en público, convencer y elaborar discursos seguía siendo garantía de éxito. Velaza añade que probablemente también en eso se equivocaba.

Séneca obedeció, pero solo a medias. Conocía bien el arte oratorio, entre otras cosas porque su padre, Séneca el Viejo, había reunido en las Controversias y las Suasorias ejemplos de discursos de oradores prestigiosos a los que había escuchado. Velaza da por seguro que esos manuales le resultaron muy útiles. Pero Séneca no quiso limitarse a enseñar oratoria. Sabía, como había dejado dicho Cicerón, que para ser buen orador hay que saber filosofía, porque la filosofía sostiene el contenido de los discursos y es tan importante o más que su forma. Además, como gran estoico de su tiempo, percibía que el Imperio como forma de gobierno aún no tenía una ideología asentada que ofrecer al pueblo romano. No pudo resistir la tentación de formar a aquel adolescente como un gobernante justo según el modelo estoico, el nuevo emperador que, a su juicio, Roma necesitaba.

Esos primeros ensayos dieron fruto en el año 53. Velaza lee a Tácito: bajo el consulado de Décimo Junio y Quinto Haterio, Nerón defendió la causa de los habitantes de Ilión, evocando el origen troyano de los romanos y a Eneas como fundador de la estirpe Julia, y consiguió que quedaran libres de cargas públicas. También logró una subvención de diez millones de sestercios para la colonia de Bolonia, destruida por un incendio, la devolución de la libertad a los rodios y la exención de tributos durante cinco años para Apamea, afectada por un terremoto. Eran asuntos menores, porque Nerón todavía era solo el heredero, y tuvieron éxito inmediato. Velaza atribuye ese éxito a dos causas. Los discursos estaban extraordinariamente bien escritos, porque los había escrito Séneca. Y, sobre todo, al heredero del Imperio no se le podía negar nada.

Acto primero, octubre del 54: tres discursos para un nuevo emperador

Un año después, maestro y alumno preparan tres discursos a la vez. El 13 de octubre del 54 ha muerto Claudio, víctima de unas setas que, en palabras irónicas de Velaza, su esposa Agripina le había ofrecido gentilmente. Al día siguiente Nerón debe presentarse ante Roma como emperador. Un relieve que el conferenciante muestra representa a Agripina coronando a su hijo, un gesto que Velaza califica de vulneración de toda legalidad, porque la soberanía residía en el Senado y era el Senado quien nombraba a los emperadores. Pero Agripina era, según él, la mujer más aristocrática que Roma había conocido. Su linaje se remontaba a Julio César y Marco Antonio. Era bisnieta de Augusto, sobrina nieta de Tiberio, hermana de Calígula y esposa y sobrina de Claudio, y estaba a punto de cumplir su ambición de ser madre de un emperador.

Se acabaron entonces los discursos de salón. Dion Casio cuenta que Nerón, con diecisiete años, fue primero al campamento y leyó a los soldados un discurso escrito por Séneca en el que les prometía todo lo que Claudio les había concedido. Velaza ve en ello el signo de los tiempos: el primer discurso del nuevo emperador no fue ante el Senado ni ante el pueblo, sino ante los pretorianos. Desde que estos habían dado muerte a Calígula quedó claro que el poder militar estaba por encima de otras instancias. Solo después de asegurarse la lealtad de la tropa se dirigió Nerón a los senadores.

Ante el Senado leyó otro discurso de Séneca, que el filósofo aprovechó para presentar a un emperador sin mácula. Nerón proclamaba disponer de buenos consejos y ejemplos, tener una juventud no manchada por guerras civiles ni disputas familiares, y no traer odios, ofensas ni deseos de venganza. Exponía además un programa de gobierno. No sería juez de todos los asuntos para que, encerrados en una sola casa acusadores y acusados, creciera el poder de unos pocos. Separaría su casa del Estado. El Senado conservaría sus antiguos derechos, Italia y las provincias senatoriales acudirían a los tribunales de los cónsules y él se ocuparía de los ejércitos. Velaza lo resume como la promesa de un gobernante que respetaría la separación de poderes y acabaría con la corrupción, y comenta que el discurso "no ha envejecido nada en 2000 años".

Quedaba el tercero, el elogio fúnebre de Claudio, que desde la instauración del Imperio correspondía pronunciar al sucesor. Era más difícil, porque a Claudio lo detestaban todos: Séneca, Nerón, el Senado y el pueblo. Tácito relata que mientras Nerón habló de la antigüedad del linaje de Claudio y de los consulados y triunfos de sus antepasados, todos se mantuvieron serios. También se recibió bien el recuerdo de sus estudios liberales y de que bajo su gobierno no hubiera habido desastres exteriores. Pero cuando pasó a hablar de su providencia y su sabiduría, nadie pudo contener la risa, por elegante que fuera el discurso compuesto por Séneca. Los más viejos comentaban que Nerón era el primero de los que habían asumido el poder que necesitaba de la elocuencia ajena.

Para Velaza, esto demostraba que toda Roma sabía que Nerón no escribía sus discursos y que los años de formación retórica no habían servido de nada. No era falta de capacidades: hasta donde se sabe, Nerón era buen poeta y buen músico, amaba el teatro y pintaba, pero la elocuencia no le interesaba lo más mínimo. El conferenciante sugiere que quizá fuera "un adelantado a su tiempo", una idea que retomará al final. Añade que pronto se vería que la educación filosófica tampoco había hecho mella en él.

La venganza literaria: la Apocolocintosis

Escribir el elogio de Claudio debió de resultarle especialmente desagradable a Séneca, porque Claudio lo había condenado a muerte y enviado al exilio. Velaza cuenta que se tomó una revancha menor, por literaria, pero revancha al fin y al cabo. Probablemente en diciembre de ese mismo año, con motivo de las Saturnales, escribió, publicó y seguramente hizo representar una sátira titulada Apoteosis satírica del divino Claudio, conocida también como Apocolocintosis, "la conversión en calabaza" del divino Claudio.

En la sátira, Claudio sube al cielo nada más morir para pedir que lo divinicen, como a sus predecesores salvo Calígula. Los dioses no saben qué hacer ante un señor cojo, tartamudo y que hace cosas raras con la cabeza. Tras varias intervenciones a favor y en contra, toma la palabra Augusto, ya divinizado, con un alegato devastador que se dramatizó en la sesión. Augusto dice que no ha pronunciado palabra desde que se convirtió en dios, pero que no puede contener su dolor: ¿para esto pacificó tierra y mar, acabó con las guerras civiles y cimentó la ciudad con leyes? Recurre a la frase de Mesala Corvino, "me avergüenzo del imperio", y advierte que aquel que parece incapaz de espantar una mosca mataba hombres con la facilidad con que un perro se tumba. Enumera las víctimas de su propia casa: sus bisnietas, las dos Julias, una a espada y otra de hambre, y su tataranieto Lucio Silano. Le reprocha que condenara a la gente antes de escucharla, algo que ni Júpiter hace en el cielo, y compara su conducta con la de Gayo César. Cierra con una propuesta formal: puesto que el divino Claudio mató a su suegro Apio Silano, a sus yernos Pompeyo Magno y Lucio Silano, a Craso Frugi, a Escribonia, a su esposa Mesalina y a otros cuyo número no se ha podido precisar, debe ser expulsado del cielo en treinta días y del Olimpo en tres.

Velaza subraya que el alegato es realista: "así fue Claudio". Advierte a quienes conserven la imagen del emperador procedente de las novelas de Robert Graves y de la serie de la BBC que esas novelas estaban narradas por el propio Claudio, lo que blanqueaba por completo su figura. Para el conferenciante, Claudio fue extraordinariamente cruel y en muchos aspectos no mucho mejor que Calígula. En la sátira, Claudio acaba en los infiernos, donde tampoco lo quieren aunque Calígula intenta ayudarlo, y queda condenado a servir eternamente a un liberto. Es una burla de su costumbre de confiar los cargos de confianza a sus libertos, y con ella se cumple la venganza sarcástica del hombre que casi había acabado con Séneca.

Para entonces la posición de Séneca era muy distinta. Se había convertido en amicus principis, consejero áulico del emperador, y confiaba en que, si el joven seguía sus consejos por el camino del príncipe estoico, podría ser un gran gobernante. Velaza cree que estuvo a punto de conseguirlo durante cinco años, el llamado quinquennium aureum, en el que Nerón, guiado por Séneca y por el prefecto del pretorio Afranio Burro, fue un emperador digno. Pero advierte que ni siquiera en ese quinquenio fue oro todo lo que relucía.

Acto segundo, enero del 56: la clemencia como programa

Algo más de un año después, maestro y alumno preparan el discurso del 3 de enero del 56, que Velaza compara con la inauguración del año político. A esas alturas nadie duda de que el autor será Séneca. El discurso debía ser delicado y potente, porque el año anterior había sido muy complicado.

El primer problema era Agripina, que desde la llegada de su hijo al poder se comportaba como emperatriz o corregente. Velaza muestra una moneda de los primeros meses del reinado en cuyo anverso aparece, por primera vez en la historia de Roma, una mujer viva representada al mismo nivel que el emperador. Cuenta también que, cuando llegaron unos embajadores armenios, Agripina salió a recibirlos como si gobernara ella. Séneca reaccionó a tiempo: pidió a Nerón que bajara, saludara primero a su madre y recibieran juntos a los embajadores, para evitar la imagen de que era Agripina quien mandaba.

El segundo episodio fue la muerte de Británico, hijo biológico de Claudio y Mesalina y, por tanto, con presuntos mejores derechos sucesorios. Agripina había conseguido que Claudio antepusiera a Nerón, pero la presencia de Británico seguía siendo incómoda porque podía convertirse en el centro de un complot. Según Velaza, Agripina y Nerón decidieron que Británico sobraba. El 11 de febrero del 55, en un banquete privado, cayó muerto tras consumir alimentos envenenados. Se dice que ni Agripina ni Nerón se movieron de su asiento mientras retiraban el cadáver.

Por eso Séneca centró el discurso en un concepto: la clemencia. Suetonio cuenta que Nerón declaró que gobernaría según los preceptos de Augusto y no perdió ocasión de exhibir su liberalidad, su clemencia y su afabilidad. Tácito añade que hacía ostentación de clemencia en frecuentes discursos que Séneca difundía por boca del príncipe, bien para mostrar que le enseñaba cosas honestas, bien para lucir su propio talento. No se conserva el texto literal, pero Velaza cree que las palabras no serían muy distintas de un pasaje de Sobre la clemencia que se dramatizó en la sesión. En él el príncipe se presenta como elegido para desempeñar en la tierra la función de los dioses y árbitro de la vida y la muerte de los pueblos. Decide qué naciones se erradican o trasladan, a quién se concede o quita la libertad, qué ciudades se arrasan y cuáles nacen. Y sin embargo no se deja llevar ni por la ira, ni por la impulsividad juvenil, ni por la gloria siniestra de gobernar mediante el terror: "Tengo la espada envainada, más aún, constreñida". Respeta hasta la sangre más vil, se vigila a sí mismo como si tuviera que rendir cuentas a las leyes y se declara dispuesto a responder ante los dioses por todo el género humano. La frase que se repitió al final fue: "Llevo la severidad escondida, pero la clemencia en la cintura".

Historia de una palabra: de Numa a Augusto

¿Por qué eligió Séneca la clemencia como leitmotiv del nuevo principado? Velaza responde con la historia del concepto, muy antiguo y muy romano, pero de significado fluctuante.

En Sobre la República, Cicerón escribió que Numa, segundo rey de Roma y heredero de Rómulo, murió dejando aseguradas dos cosas esenciales para la continuidad del Estado: la religión y la clemencia. Velaza lo explica así: la religión es el vínculo entre el hombre y la divinidad, y la clemencia, el vínculo entre el rey y sus súbditos. En origen era, por tanto, una virtud monárquica. El rey tenía poder absoluto, no rendía cuentas y decidía sobre la vida y la muerte de cualquiera, y la clemencia era el mecanismo de autorregulación de ese poder. El conferenciante insiste en que la clemencia solo se da entre un superior y un inferior.

Cuando en el 509 a. C. se abolió la monarquía, la palabra perdió ese sentido. Los ciudadanos eran iguales, las leyes regulaban su relación con el poder y la libera res publica no necesitaba que ningún ciudadano fuera clemente con otro. El significado se desplazó hacia la clemencia del pueblo romano. Roma, como pueblo superior al que Júpiter había concedido un imperium sine fine, "un imperio sin límite", ejercía la clemencia con los pueblos extranjeros, y así se convirtió en un rasgo de identidad colectiva.

Con el tiempo volvió a ser una virtud individual. Velaza apunta que quizá fue Escipión el Africano el primero en exhibir su clemencia con los cartagineses, pero quien la convirtió en una marca de autorrepresentación fue Julio César. En los comentarios a la guerra de las Galias cuenta que galos y helvecios creían en su clemencia y se la pedían, porque como representante de Roma estaba por encima de ellos. En cambio, en los comentarios a la guerra civil nunca usa la palabra, porque presentarse como clemente con Pompeyo y los pompeyanos habría supuesto proclamarse superior a ciudadanos de su mismo rango. Con la consolidación de su poder esa imagen se afianzó. Cicerón escribió en una carta que César tenía un carácter suave y clemente, aunque tras su muerte diría que esa clemencia era aparente, una forma de ganarse al pueblo.

Octaviano heredó el legado político de César y también su clemencia. En el año 26 a. C., un año después de recibir el título de Augusto, el Senado le concedió el clipeus virtutis, un escudo de oro colocado en la curia. El original no se conserva, pero sí una copia en mármol que se expone en Arlés. En ella la clemencia figura entre los grandes valores del régimen junto a la pietas, que había llevado a Octavio a enfrentarse a los asesinos de su padre, la virtus militar demostrada contra Marco Antonio y la justicia. Velaza ve la clemencia latente en el pasaje central de la Eneida, en el libro sexto, cuando la sombra de Anquises le revela a Eneas la misión de Roma: gobernar a los pueblos con su imperio, imponer la costumbre de la paz, perdonar a los sometidos y abatir a los soberbios.

El régimen de Augusto, según Velaza, conservaba la fachada y las instituciones republicanas sin ser en absoluto republicano. Invierte la fórmula de Lampedusa ("cambiarlo todo para que nada cambie"): Augusto no cambió nada para cambiarlo todo. Volvía a haber, como en la monarquía, un gobernante con poder absoluto que podía ejercer la clemencia. Séneca, consciente de todo ello, instala el concepto en el centro del nuevo Imperio neroniano, aunque para hacerlo tendrá que reformularlo y difundirlo.

Acto tercero, primavera del 56: el tratado Sobre la clemencia

Poco después del discurso de año nuevo, Velaza imagina a Séneca en su escritorio tratando de integrar la clemencia en la doctrina estoica y consolidarla ante Nerón y ante la sociedad romana. El resultado es el tratado De clementia. Según el conferenciante, Séneca veía que el sistema de Augusto carecía de bases institucionales e ideológicas y necesitaba algo parecido a un manual de instrucciones. Cicerón había intentado algo semejante con Sobre la República, pero demasiado tarde, al final de la República. Séneca pretendía escribir un manual sobre el Imperio.

El tratado arranca dirigiéndose a Nerón: el autor ha decidido escribir sobre la clemencia "para desempeñar la función de espejo" y mostrarle que alcanzará el mayor de los deseos. Añade que, aunque el verdadero fruto de obrar bien es haberlo hecho, resulta placentero contemplar la propia buena conciencia y luego mirar a esa muchedumbre discorde y sediciosa, dispuesta a destruirse si rompiera el yugo. De esa imagen del espejo saldrá después un género literario, los espejos de príncipes. Velaza precisa, sin embargo, que Séneca no propone a Nerón un modelo que imitar, ni siquiera el suyo propio. Como estoico, entiende que las virtudes son intrínsecas al ser humano y solo hay que saber verlas: el espejo sirve para que Nerón descubra que las lleva dentro y trabaje para sacarlas fuera.

Séneca argumenta que la clemencia es virtud de todos, pero más admirable en palacio por ser más rara. Nada es más memorable que el hombre a cuya ira nada se opone, y a quien nadie osa siquiera suplicar, se contenga y use su poder para el bien, pensando que cualquiera puede matar contra la ley, pero nadie salvo él puede perdonar. Como buen rétor, refuerza el argumento con un ejemplo de la propia familia de Nerón: Augusto. Fue un príncipe plácido una vez instaurado su principado, pero a la edad de Nerón, recién cumplidos los dieciocho, ya había clavado puñales en sus amigos, atentado contra el cónsul Marco Antonio y sido su colega en las proscripciones. La clemencia de Augusto llegó después de las purgas. La de Nerón sería distinta: "Yo no llamo clemencia a la crueldad cansada". Séneca proclama que Nerón ha ofrecido a Roma "una ciudad sin sangre" y se ha enorgullecido de no haber derramado una gota de sangre humana en todo el mundo, algo aún más admirable porque a nadie se le entregó antes la espada. La clemencia, concluye, es ornamento de los imperios y su salvación más segura, y lo que distingue al rey del tirano es que este es cruel por capricho y aquel solo por razón y necesidad.

Velaza plantea aquí la pregunta que, supone, se hace el público: ¿cómo podía escribir Séneca esto después de la muerte de Británico? ¿Ignoraba que Nerón y Agripina estaban detrás? ¿Era una forma vulgar de exculparlos? ¿O insinuaba que la eliminación de Británico quedaba éticamente justificada por la necesidad? No da una respuesta cerrada. El libro primero termina, en su capítulo 26, afirmando que no hay ornamento más adecuado para un príncipe que la corona otorgada por salvar ciudadanos, y que salvar vidas es el poder de los dioses.

El libro segundo empieza con un elogio que Velaza califica de "desmesurado hasta el rubor". Séneca cuenta que le impulsó a escribir una frase de Nerón. Cuando Burro le pedía con insistencia que firmara la sentencia de dos ladrones, porque el asunto llevaba demasiado tiempo dilatándose, Nerón exclamó: "Preferiría no saber escribir". Séneca la celebra como una frase digna de ser oída por todos los pueblos del Imperio y de sus fronteras, por la que deberían jurar príncipes y reyes, y augura que esa benevolencia se difundirá por todo el cuerpo del Imperio y devolverá la edad antigua. Velaza juzga el tono tan servil que cuesta aceptarlo. Añade que Séneca ya conocía la verdadera naturaleza de su discípulo: se dice que comentaba en privado que aquel león feroz, una vez probada la sangre humana, recuperaría inevitablemente su crueldad original.

Tras el prefacio, Séneca define la clemencia como la templanza del ánimo cuando se tiene el poder de castigar, o la benignidad del superior con el inferior al fijar las penas. Su contrario no es la severidad, porque ninguna virtud se opone a otra, sino la crueldad, la atrocidad de ánimo al aplicar castigos. Velaza explica que el gobernante sabe que debe castigar y castiga, pero aplica la clemencia para atenuar los efectos, y así esta se convierte en la virtud fundamental del gobernante. El último pasaje leído compara al sabio con el buen agricultor, que no solo cultiva los árboles altos y rectos, sino que endereza con rodrigones los torcidos, poda los que se estorban, abona los enfermos y da cielo a los que sufren la sombra de otros.

Ahí el tratado se interrumpe, en el capítulo séptimo del libro segundo. El primero tenía 26 capítulos, el segundo solo siete, y el tercer libro que Séneca había anunciado no existe. Velaza recuerda que de toda su obra, que incluye tres consolaciones, nueve tragedias, nueve tratados filosóficos y las cartas a Lucilio, es la única inconclusa. ¿Se dio cuenta de que no podía conciliar la clemencia con el ideal estoico? ¿O de que no podía conciliarla con Nerón? El conferenciante dice que no lo sabemos y quizá nunca lo sepamos. Lo que sí constata es que el concepto, tan insistentemente predicado en ese momento, desaparece para siempre del discurso ideológico neroniano y de la obra del propio Séneca, mientras en el palacio imperial está a punto de imponerse la crueldad más espantosa.

Acto cuarto, marzo del 59: el asesinato de Agripina

Los tres años siguientes fueron cada vez más siniestros. Bajo el control de Séneca y Burro la situación interior y exterior había sido tranquila y próspera; Nerón incluso pudo cerrar el templo de Jano, algo que solo se hacía en tiempos de paz absoluta. Pero los problemas vinieron de su vida privada. Lo habían casado con Octavia, hija de Claudio y Mesalina y hermana de Británico, cuando ella tenía trece años y él dieciséis. Era un matrimonio político que reforzaba sus derechos dinásticos, sin relación real entre ambos. Nerón tuvo muchas amantes y una especial, la liberta Claudia Acte, relación que Séneca fomentó porque, al ser liberta, no podía aspirar a nada en la casa imperial y no suponía peligro político.

Todo cambió con Popea Sabina, esposa del prestigioso general Salvio Otón. Nerón se enamoró de ella y envió a Otón con unas legiones a lo que Velaza describe, con humor, como el rincón más remoto del Imperio, "las playas del Algarve". A Agripina esa relación le desagradaba tanto que, según algunas fuentes, llegó a ofrecerse como amante a su hijo si la rompía. Nerón, que ya se había distanciado de su madre y no quería gobernar a su sombra, decidió con Popea eliminarla.

Velaza dice que la operación merecería figurar en una historia universal de la chapuza. Nerón invitó a su madre a Bayas, a las fiestas de Minerva, con el pretexto de reconciliarse. Cenaron, la abrazó, se despidió hasta el día siguiente y la embarcó en una nave preparada para naufragar. La nave naufragó. Una mujer que intentaba salir del agua gritaba "soy Agripina, soy Agripina", y unos soldados acudieron y la mataron. Era una criada que creyó que así la salvarían. La verdadera Agripina, que estaba cerca y vio lo que le esperaba, llegó nadando a la costa y se refugió en su residencia. Nerón entró en pánico y convocó de urgencia a Séneca y a Burro: si su madre amanecía viva, buscaría venganza. Algunas fuentes dicen que fue Séneca quien propuso terminar el trabajo; si no fue así, según Velaza, al menos miró hacia otro lado. Esa noche unos sicarios mataron a Agripina.

El conferenciante muestra un cuadro de Arturo Montero y Calvo, expuesto en el Museo del Prado, en el que Nerón exhibe al día siguiente el cadáver desnudo de su madre, comentando que aún estaba bastante bien para su edad. Al fondo aparece un personaje cabizbajo y pensativo: Séneca, que según la lectura de Velaza está pensando en el discurso que tendrá que escribir para que Nerón se exculpe ante el Senado. Tácito resume esa carta enviada desde Nápoles. En ella se afirmaba que un liberto de Agripina había sido sorprendido con una espada, dispuesto a atacar, y que ella misma se había dado muerte, consciente de haber tramado el crimen. Se la acusaba de haber aspirado a compartir el Imperio y a que las cohortes pretorianas le juraran lealtad, de haber intentado disuadir a su hijo de hacer donativos y de haber urdido trampas contra hombres ilustres. Además se le atribuían todos los crímenes del reinado de Claudio. Tácito comenta que nadie era tan obtuso como para creer que el naufragio había sido fortuito o que una náufraga había enviado a un solo hombre armado contra las cohortes y las flotas del emperador. Y concluye que ya no solo se criticaba a Nerón, sino también a Séneca, porque con ese discurso había escrito una confesión. Para Velaza, aquel texto certificó el final del quinquenio áureo. Desde entonces todo iría de mal en peor.

Acto quinto, año 62: la petición de retiro

Tres años después, Afranio Burro, a quien Velaza presenta como consejero ejemplar y compañero de fatigas de Séneca, muere envenenado por orden de Nerón. Le sustituye Ofonio Tigelino, "un individuo de la peor calaña". Octavia, desterrada en la isla de Pandataria, es asesinada y su cabeza se entrega a Popea como obsequio. Según el conferenciante, Séneca ya no alberga ninguna esperanza. Había fracasado en hacer de Nerón el gran orador que quería su madre, en hacer de él un buen filósofo y en hacer de él un hombre digno. Era el momento de retirarse, pero necesitaba que Nerón aceptara su dimisión. Tuvo que preparar un discurso dificilísimo, con un único oyente.

En audiencia privada, según la versión que recoge Tácito y que se dramatizó en la sesión, Séneca recordó que hacía catorce años que había sido puesto junto a "la esperanza que tú eras" y ocho que Nerón gobernaba. En ese tiempo había recibido tantos honores y riquezas que a su felicidad solo le faltaba moderación. Invocó ejemplos del rango de Nerón y no del suyo: Augusto permitió a Agripa retirarse a Mitilene y a Mecenas vivir en Roma como en el extranjero, y ambos habían recibido premios proporcionados a méritos inmensos. Él, en cambio, solo había aportado una formación desarrollada en la sombra. Se preguntaba cómo él, nacido caballero y provincial, se contaba entre los próceres del Estado, y dónde había quedado el espíritu que se contentaba con poco. Planteó que ambos habían colmado la medida, Nerón la de lo que un príncipe puede dar a un amigo y él la de lo que un amigo puede aceptar de un príncipe, y que lo que pasara de ahí solo aumentaría la envidia que lo amenazaba. Pidió que su patrimonio pasara a ser administrado por los procuradores imperiales y se incorporara a la fortuna de Nerón, para dedicar a su espíritu el tiempo que le exigían jardines y villas. Retirar a sus viejos amigos, concluía, redundaría también en la gloria del emperador.

"Qué bonito discurso. Otro fracaso", comenta Velaza. Nerón no aceptó la dimisión porque, según el conferenciante, era demasiado listo. Aunque hacía años que no escuchaba a su maestro y vivía muy lejos del ideal estoico, tener la imagen de Séneca a su lado era fundamental ante la opinión pública. Lo despidió con una negativa rotunda y un abrazo hipócrita.

Primer epílogo: el fracaso de la elocuencia como género

Velaza amplía entonces la tesis. No fracasaron solo Séneca y su proyecto personal, sino la oratoria misma, en una crisis irreversible desde hacía tiempo. Séneca el Viejo ya se había hecho eco de ella en las Controversias: los buenos talentos escaseaban cada día más, todo lo que la oratoria romana tenía para igualar o superar a Grecia había florecido en tiempos de Cicerón y desde entonces todo iba a peor. Barajaba tres causas posibles: el lujo de la época, letal para el talento; el menor aprecio de esa noble ocupación, convertida en una actividad sórdida; o una ley fatal que hace caer más rápido de lo que se subió lo que ha llegado a la cima.

Para Velaza ese diagnóstico no era correcto, como tampoco el de Quintiliano en la generación siguiente, en una obra perdida de título significativo, Sobre las causas de la corrupción de la elocuencia, donde culpaba, entre otras cosas, a la escasa capacidad de los maestros de retórica. El diagnóstico más certero es, según el conferenciante, el de Tácito, gran historiador y gran orador. En el Diálogo sobre los oradores, uno de los cuatro interlocutores, el poeta Materno, sostiene que la crisis se debe al cambio del contexto político. La elocuencia brilló en el conflicto del final de la República, como se había visto la semana anterior en el ciclo con la época de Cicerón, y desde que el Imperio trajo la paz se ha vuelto superflua.

Velaza advierte que no hay que leerlo literalmente, sino con la ironía habitual de Tácito. Lo que dice el historiador es que la elocuencia solo tiene sentido si existe la libertas, la libertad de expresión y de acción política, y que esa libertad desapareció para siempre con el Imperio de Augusto. En la Roma de Nerón ya no caben unas Filípicas ni unas Catilinarias, y la elocuencia se convierte en un artificio útil apenas para la adulación servil del emperador, como se había visto en la sesión, o para los panegíricos. Seguirá habiendo oradores notables: Velaza cita a Plinio el Joven, a Apuleyo de Madaura y, ya en el siglo IV, a Quinto Aurelio Símaco, autor de las Relaciones y del célebre discurso sobre el altar de la Victoria. Pero la oratoria, a su juicio, se habrá vuelto un arte vacuo e ineficaz. Y extiende la lección a todas las épocas, incluida la nuestra: cuando la libertad desaparece, se corrompe o se diluye, la palabra queda vacía, hueca e inútil.

Segundo epílogo: la muerte de Séneca y la muerte de Nerón

Tres años después de la petición de retiro, en el 65, Nerón condena a muerte a Séneca en el contexto de la conjura dirigida por Calpurnio Pisón, a quien Velaza describe como un senador gris. En los interrogatorios alguien afirmó que Séneca estaba detrás, y algunas fuentes lo presentan incluso como el hombre en la sombra de la conspiración. Según el relato del conferenciante, Nerón envió a interrogarlo a su villa de Nomentano, donde vivía prácticamente retirado. Séneca negó tener nada que ver. Cuando el emisario volvió, Nerón le preguntó cómo lo había visto. "Lo he visto a frío", respondió. Nerón concluyó que eso probaba su culpa y lo condenó. La única clemencia que tuvo con su viejo maestro fue dejarle elegir la forma de morir. Séneca se suicidó en un episodio memorable, también narrado por Tácito, que Velaza considera la mejor imagen de su vida como filósofo que siempre había optado por la sabiduría.

En el 68, Salvio Otón, el ex marido de Popea, y Sulpicio Galba, gobernador de Hispania, marcharon sobre Roma para acabar con Nerón. Este intentó quitarse la vida antes de que llegaran, pero no tuvo el valor de su maestro y necesitó que su ayudante Epafrodito le cortara la yugular. Sus supuestas últimas palabras, "qué gran artista se pierde conmigo", no podían estar, según Velaza, más lejos del ideal estoico que Séneca había intentado inculcarle.

El destino inesperado de un libro inacabado

Entre los papeles de Séneca quedó a su muerte el manuscrito de Sobre la clemencia, que no había podido, querido o sabido terminar. Velaza recuerda que cada libro tiene su destino y que el de este fue sorprendente. Poco leído en la Edad Media, con el humanismo se convirtió en modelo del speculum principis, el espejo de príncipes, un género muy extendido y cultivado por lo más granado del pensamiento político humanista. En orden cronológico, el conferenciante cita el De principe de Giovanni Pontano, el De officio principis liber de Poggio Bracciolini, El príncipe de Maquiavelo, la Institution du prince de Guillaume Budé y la Institutio principis christiani de Erasmo. Añade que Calvino escribió muy joven un comentario extraordinario al De clementia, y que Montaigne, Pierre Corneille y Baruch Spinoza lo emplearon como fuente fundamental.

En España, la traducción comentada de Alfonso de Cartagena, publicada en 1431 y muy influyente, hizo del tratado una pieza clave para obras como el Doctrinal de príncipes de Diego de Valera, el Tratado del príncipe cristiano de Pedro de Rivadeneira o el Espejo de príncipes de Lorenzo de Guzmán. Así, según Velaza, la doctrina política que fracasó en su tiempo se extendió por Europa como instrumento esencial en la formación de los príncipes, y el doloroso fracaso de Séneca se convirtió en un éxito inopinado.

Velaza cerró preguntándose si no sería una lástima que Séneca no pudiera verlo, y sugirió que quizá lo intuyó. En una de sus últimas cartas a Lucilio escribió que vendría sobre ellos el profundo abismo del tiempo y pocos ingenios lograrían sacar la cabeza, pero que algunos, aun cayendo alguna vez en ese silencio, resistirían al olvido y se reivindicarían durante largo tiempo: "Te lo prometo, Lucilio, yo agradaré a la posteridad". La conclusión del conferenciante fue que en eso acertó quien tanto se había equivocado en su vida.