Séneca y Nerón: la tragedia de un maestro de oratoria que fracasó
Fundación Juan MarchEn el ciclo de la Fundación Juan March La fuerza de la palabra en la Antigüedad ya se había hablado de Pericles, Demóstenes, Cicerón o Marco Antonio. En la quinta sesión, Javier Velaza, catedrático de Filología Latina en la Universidad de Barcelona, se ocupó de Lucio Anneo Séneca, y empezó reconociendo que partía en desventaja. La razón no era que Séneca fuera inferior a sus predecesores ni que su fama como filósofo estoico eclipsara al orador. Velaza sostiene lo contrario: Séneca fue el orador más prestigioso de su tiempo. Así lo admitieron sus rivales y lo ensalzaron sus seguidores, y Quintiliano, a quien el conferenciante considera el mejor estudioso de la oratoria de época imperial, le reconoció "muchas y grandes virtudes, un ingenio ágil y abundante, mucho estudio y gran conocimiento de los temas". La desventaja es que no se ha conservado ni un solo discurso de Séneca, ni siquiera sus títulos. Solo pueden recuperarse fragmentos de forma indirecta y a veces muy hipotética.
Velaza compensa esa carencia con el contexto. Las circunstancias en que se pronunciaron esos discursos, el fondo filosófico y político que los inspiraba y el arte retórico con que Séneca los compuso forman, según él, el guion de un drama, casi de una tragedia. Decidió contarlo con la estructura clásica de un prólogo, cinco actos y dos epílogos. A lo largo de la sesión se dramatizaron varios fragmentos de las fuentes antiguas y de la obra de Séneca.
Prólogo, otoño del año 53: el maestro y el alumno
La primera escena reúne a dos personajes. El primero ha pasado de los cincuenta años; Velaza calcula que tendría entre 53 y 57, sin certeza. Lo describe como un superviviente casi milagroso. Superó una enfermedad asmática de nacimiento que le afectó toda la vida y dos condenas a muerte. La de Calígula se le conmutó porque alguien del entorno del emperador comentó que no hacía falta matarlo, porque moriría pronto por sí solo. La de Claudio se le conmutó por ocho años de exilio desolador en Córcega. También sobrevivió a las purgas, insidias y venganzas de la corte. En el año 53 se le considera el hombre más sabio de Roma y el gran paladín del estoicismo, pero también el más rico. Su fortuna rondaría los 70 millones de denarios, que según algunos cálculos citados por Velaza equivaldría a una quinta parte del producto interior bruto del Imperio. Es además uno de los personajes más influyentes de Roma.
Velaza subraya que ese ascenso partía de un triple handicap. Séneca era provincial, nacido en Córdoba y no en Roma. Era eques, es decir, pertenecía al orden ecuestre y no a la aristocracia. Y era homo novus: nadie de su familia había ejercido antes magistraturas públicas. En Roma se le reprochaba un exceso de ambición, que se hubiera rebajado a adular a Claudio y que probablemente hubiera medrado gracias a relaciones adúlteras con princesas imperiales. Sobre todo se discutía una contradicción que le acompañaría siempre: la distancia entre la doctrina estoica que predicaba y su conducta en una vida cortesana algo licenciosa.
El segundo personaje tiene dieciséis años, pero, en palabras del conferenciante, ya ha vivido bastante y sobre todo le han contado muchas cosas. Le han contado que su abuelo Germánico murió envenenado por culpa de Tiberio y que su abuela Agripina la Mayor murió de hambre en el exilio. Le han contado que su padre, Gneo Domicio Enobarbo, a quien apenas conoció, era un hombre despreciable que al nacer él dijo que nada bueno podía salir de la unión de dos seres tan malos como él y su esposa. Le han contado que su madre se acostaba con su propio hermano, Calígula, que luego conspiró contra él y fue desterrada, y que dejó al niño al cuidado de un bailarín y un barbero. También que a su regreso se casó con su tío, el emperador Claudio, después de hacer que este matara a su esposa, y que lo convenció de nombrar heredero a su hijo. Aun así, según Velaza, había en Roma quien pensaba que si llegaba a gobernar no sería peor que sus dos antecesores, "y se equivocan". Son Séneca y Tiberio Claudio Nerón, dos figuras antagónicas y contradictorias que la historia lleva dos mil años juzgando sin llegar a un veredicto definitivo.
Una educación impuesta y desbordada
En la escena del prólogo están en clase, repasando uno de los primeros discursos públicos de Nerón. Séneca se ocupa de su educación desde el año 51, por encargo de Agripina la Menor. No podía negarse, porque era ella quien le había hecho volver del exilio. Velaza recoge la anécdota de que la noche del día en que aceptó el encargo, Séneca soñó que estaba dando clase al mismísimo Calígula.
Agripina no le pidió que educara a su hijo en filosofía. Según el conferenciante, detestaba a los filósofos: los consideraba inútiles y creía que su doctrina no servía para lo que su hijo estaba destinado, que era gobernar. Quería que lo formara en elocuencia, porque pensaba que en la Roma de su tiempo saber hablar en público, convencer y elaborar discursos seguía siendo garantía de éxito. Velaza añade que probablemente también en eso se equivocaba.
Séneca obedeció, pero solo a medias. Conocía bien el arte oratorio, entre otras cosas porque su padre, Séneca el Viejo, había reunido en las Controversias y las Suasorias ejemplos de discursos de oradores prestigiosos a los que había escuchado. Velaza da por seguro que esos manuales le resultaron muy útiles. Pero Séneca no quiso limitarse a enseñar oratoria. Sabía, como había dejado dicho Cicerón, que para ser buen orador hay que saber filosofía, porque la filosofía sostiene el contenido de los discursos y es tan importante o más que su forma. Además, como gran estoico de su tiempo, percibía que el Imperio como forma de gobierno aún no tenía una ideología asentada que ofrecer al pueblo romano. No pudo resistir la tentación de formar a aquel adolescente como un gobernante justo según el modelo estoico, el nuevo emperador que, a su juicio, Roma necesitaba.
Esos primeros ensayos dieron fruto en el año 53. Velaza lee a Tácito: bajo el consulado de Décimo Junio y Quinto Haterio, Nerón defendió la causa de los habitantes de Ilión, evocando el origen troyano de los romanos y a Eneas como fundador de la estirpe Julia, y consiguió que quedaran libres de cargas públicas. También logró una subvención de diez millones de sestercios para la colonia de Bolonia, destruida por un incendio, la devolución de la libertad a los rodios y la exención de tributos durante cinco años para Apamea, afectada por un terremoto. Eran asuntos menores, porque Nerón todavía era solo el heredero, y tuvieron éxito inmediato. Velaza atribuye ese éxito a dos causas. Los discursos estaban extraordinariamente bien escritos, porque los había escrito Séneca. Y, sobre todo, al heredero del Imperio no se le podía negar nada.
Acto primero, octubre del 54: tres discursos para un nuevo emperador
Un año después, maestro y alumno preparan tres discursos a la vez. El 13 de octubre del 54 ha muerto Claudio, víctima de unas setas que, en palabras irónicas de Velaza, su esposa Agripina le había ofrecido gentilmente. Al día siguiente Nerón debe presentarse ante Roma como emperador. Un relieve que el conferenciante muestra representa a Agripina coronando a su hijo, un gesto que Velaza califica de vulneración de toda legalidad, porque la soberanía residía en el Senado y era el Senado quien nombraba a los emperadores. Pero Agripina era, según él, la mujer más aristocrática que Roma había conocido. Su linaje se remontaba a Julio César y Marco Antonio. Era bisnieta de Augusto, sobrina nieta de Tiberio, hermana de Calígula y esposa y sobrina de Claudio, y estaba a punto de cumplir su ambición de ser madre de un emperador.
Se acabaron entonces los discursos de salón. Dion Casio cuenta que Nerón, con diecisiete años, fue primero al campamento y leyó a los soldados un discurso escrito por Séneca en el que les prometía todo lo que Claudio les había concedido. Velaza ve en ello el signo de los tiempos: el primer discurso del nuevo emperador no fue ante el Senado ni ante el pueblo, sino ante los pretorianos. Desde que estos habían dado muerte a Calígula quedó claro que el poder militar estaba por encima de otras instancias. Solo después de asegurarse la lealtad de la tropa se dirigió Nerón a los senadores.
Ante el Senado leyó otro discurso de Séneca, que el filósofo aprovechó para presentar a un emperador sin mácula. Nerón proclamaba disponer de buenos consejos y ejemplos, tener una juventud no manchada por guerras civiles ni disputas familiares, y no traer odios, ofensas ni deseos de venganza. Exponía además un programa de gobierno. No sería juez de todos los asuntos para que, encerrados en una sola casa acusadores y acusados, creciera el poder de unos pocos. Separaría su casa del Estado. El Senado conservaría sus antiguos derechos, Italia y las provincias senatoriales acudirían a los tribunales de los cónsules y él se ocuparía de los ejércitos. Velaza lo resume como la promesa de un gobernante que respetaría la separación de poderes y acabaría con la corrupción, y comenta que el discurso "no ha envejecido nada en 2000 años".
Quedaba el tercero, el elogio fúnebre de Claudio, que desde la instauración del Imperio correspondía pronunciar al sucesor. Era más difícil, porque a Claudio lo detestaban todos: Séneca, Nerón, el Senado y el pueblo. Tácito relata que mientras Nerón habló de la antigüedad del linaje de Claudio y de los consulados y triunfos de sus antepasados, todos se mantuvieron serios. También se recibió bien el recuerdo de sus estudios liberales y de que bajo su gobierno no hubiera habido desastres exteriores. Pero cuando pasó a hablar de su providencia y su sabiduría, nadie pudo contener la risa, por elegante que fuera el discurso compuesto por Séneca. Los más viejos comentaban que Nerón era el primero de los que habían asumido el poder que necesitaba de la elocuencia ajena.
Para Velaza, esto demostraba que toda Roma sabía que Nerón no escribía sus discursos y que los años de formación retórica no habían servido de nada. No era falta de capacidades: hasta donde se sabe, Nerón era buen poeta y buen músico, amaba el teatro y pintaba, pero la elocuencia no le interesaba lo más mínimo. El conferenciante sugiere que quizá fuera "un adelantado a su tiempo", una idea que retomará al final. Añade que pronto se vería que la educación filosófica tampoco había hecho mella en él.
La venganza literaria: la Apocolocintosis
Escribir el elogio de Claudio debió de resultarle especialmente desagradable a Séneca, porque Claudio lo había condenado a muerte y enviado al exilio. Velaza cuenta que se tomó una revancha menor, por literaria, pero revancha al fin y al cabo. Probablemente en diciembre de ese mismo año, con motivo de las Saturnales, escribió, publicó y seguramente hizo representar una sátira titulada Apoteosis satírica del divino Claudio, conocida también como Apocolocintosis, "la conversión en calabaza" del divino Claudio.
En la sátira, Claudio sube al cielo nada más morir para pedir que lo divinicen, como a sus predecesores salvo Calígula. Los dioses no saben qué hacer ante un señor cojo, tartamudo y que hace cosas raras con la cabeza. Tras varias intervenciones a favor y en contra, toma la palabra Augusto, ya divinizado, con un alegato devastador que se dramatizó en la sesión. Augusto dice que no ha pronunciado palabra desde que se convirtió en dios, pero que no puede contener su dolor: ¿para esto pacificó tierra y mar, acabó con las guerras civiles y cimentó la ciudad con leyes? Recurre a la frase de Mesala Corvino, "me avergüenzo del imperio", y advierte que aquel que parece incapaz de espantar una mosca mataba hombres con la facilidad con que un perro se tumba. Enumera las víctimas de su propia casa: sus bisnietas, las dos Julias, una a espada y otra de hambre, y su tataranieto Lucio Silano. Le reprocha que condenara a la gente antes de escucharla, algo que ni Júpiter hace en el cielo, y compara su conducta con la de Gayo César. Cierra con una propuesta formal: puesto que el divino Claudio mató a su suegro Apio Silano, a sus yernos Pompeyo Magno y Lucio Silano, a Craso Frugi, a Escribonia, a su esposa Mesalina y a otros cuyo número no se ha podido precisar, debe ser expulsado del cielo en treinta días y del Olimpo en tres.
Velaza subraya que el alegato es realista: "así fue Claudio". Advierte a quienes conserven la imagen del emperador procedente de las novelas de Robert Graves y de la serie de la BBC que esas novelas estaban narradas por el propio Claudio, lo que blanqueaba por completo su figura. Para el conferenciante, Claudio fue extraordinariamente cruel y en muchos aspectos no mucho mejor que Calígula. En la sátira, Claudio acaba en los infiernos, donde tampoco lo quieren aunque Calígula intenta ayudarlo, y queda condenado a servir eternamente a un liberto. Es una burla de su costumbre de confiar los cargos de confianza a sus libertos, y con ella se cumple la venganza sarcástica del hombre que casi había acabado con Séneca.
Para entonces la posición de Séneca era muy distinta. Se había convertido en amicus principis, consejero áulico del emperador, y confiaba en que, si el joven seguía sus consejos por el camino del príncipe estoico, podría ser un gran gobernante. Velaza cree que estuvo a punto de conseguirlo durante cinco años, el llamado quinquennium aureum, en el que Nerón, guiado por Séneca y por el prefecto del pretorio Afranio Burro, fue un emperador digno. Pero advierte que ni siquiera en ese quinquenio fue oro todo lo que relucía.
Acto segundo, enero del 56: la clemencia como programa
Algo más de un año después, maestro y alumno preparan el discurso del 3 de enero del 56, que Velaza compara con la inauguración del año político. A esas alturas nadie duda de que el autor será Séneca. El discurso debía ser delicado y potente, porque el año anterior había sido muy complicado.
El primer problema era Agripina, que desde la llegada de su hijo al poder se comportaba como emperatriz o corregente. Velaza muestra una moneda de los primeros meses del reinado en cuyo anverso aparece, por primera vez en la historia de Roma, una mujer viva representada al mismo nivel que el emperador. Cuenta también que, cuando llegaron unos embajadores armenios, Agripina salió a recibirlos como si gobernara ella. Séneca reaccionó a tiempo: pidió a Nerón que bajara, saludara primero a su madre y recibieran juntos a los embajadores, para evitar la imagen de que era Agripina quien mandaba.
El segundo episodio fue la muerte de Británico, hijo biológico de Claudio y Mesalina y, por tanto, con presuntos mejores derechos sucesorios. Agripina había conseguido que Claudio antepusiera a Nerón, pero la presencia de Británico seguía siendo incómoda porque podía convertirse en el centro de un complot. Según Velaza, Agripina y Nerón decidieron que Británico sobraba. El 11 de febrero del 55, en un banquete privado, cayó muerto tras consumir alimentos envenenados. Se dice que ni Agripina ni Nerón se movieron de su asiento mientras retiraban el cadáver.
Por eso Séneca centró el discurso en un concepto: la clemencia. Suetonio cuenta que Nerón declaró que gobernaría según los preceptos de Augusto y no perdió ocasión de exhibir su liberalidad, su clemencia y su afabilidad. Tácito añade que hacía ostentación de clemencia en frecuentes discursos que Séneca difundía por boca del príncipe, bien para mostrar que le enseñaba cosas honestas, bien para lucir su propio talento. No se conserva el texto literal, pero Velaza cree que las palabras no serían muy distintas de un pasaje de Sobre la clemencia que se dramatizó en la sesión. En él el príncipe se presenta como elegido para desempeñar en la tierra la función de los dioses y árbitro de la vida y la muerte de los pueblos. Decide qué naciones se erradican o trasladan, a quién se concede o quita la libertad, qué ciudades se arrasan y cuáles nacen. Y sin embargo no se deja llevar ni por la ira, ni por la impulsividad juvenil, ni por la gloria siniestra de gobernar mediante el terror: "Tengo la espada envainada, más aún, constreñida". Respeta hasta la sangre más vil, se vigila a sí mismo como si tuviera que rendir cuentas a las leyes y se declara dispuesto a responder ante los dioses por todo el género humano. La frase que se repitió al final fue: "Llevo la severidad escondida, pero la clemencia en la cintura".
Historia de una palabra: de Numa a Augusto
¿Por qué eligió Séneca la clemencia como leitmotiv del nuevo principado? Velaza responde con la historia del concepto, muy antiguo y muy romano, pero de significado fluctuante.
En Sobre la República, Cicerón escribió que Numa, segundo rey de Roma y heredero de Rómulo, murió dejando aseguradas dos cosas esenciales para la continuidad del Estado: la religión y la clemencia. Velaza lo explica así: la religión es el vínculo entre el hombre y la divinidad, y la clemencia, el vínculo entre el rey y sus súbditos. En origen era, por tanto, una virtud monárquica. El rey tenía poder absoluto, no rendía cuentas y decidía sobre la vida y la muerte de cualquiera, y la clemencia era el mecanismo de autorregulación de ese poder. El conferenciante insiste en que la clemencia solo se da entre un superior y un inferior.
Cuando en el 509 a. C. se abolió la monarquía, la palabra perdió ese sentido. Los ciudadanos eran iguales, las leyes regulaban su relación con el poder y la libera res publica no necesitaba que ningún ciudadano fuera clemente con otro. El significado se desplazó hacia la clemencia del pueblo romano. Roma, como pueblo superior al que Júpiter había concedido un imperium sine fine, "un imperio sin límite", ejercía la clemencia con los pueblos extranjeros, y así se convirtió en un rasgo de identidad colectiva.
Con el tiempo volvió a ser una virtud individual. Velaza apunta que quizá fue Escipión el Africano el primero en exhibir su clemencia con los cartagineses, pero quien la convirtió en una marca de autorrepresentación fue Julio César. En los comentarios a la guerra de las Galias cuenta que galos y helvecios creían en su clemencia y se la pedían, porque como representante de Roma estaba por encima de ellos. En cambio, en los comentarios a la guerra civil nunca usa la palabra, porque presentarse como clemente con Pompeyo y los pompeyanos habría supuesto proclamarse superior a ciudadanos de su mismo rango. Con la consolidación de su poder esa imagen se afianzó. Cicerón escribió en una carta que César tenía un carácter suave y clemente, aunque tras su muerte diría que esa clemencia era aparente, una forma de ganarse al pueblo.
Octaviano heredó el legado político de César y también su clemencia. En el año 26 a. C., un año después de recibir el título de Augusto, el Senado le concedió el clipeus virtutis, un escudo de oro colocado en la curia. El original no se conserva, pero sí una copia en mármol que se expone en Arlés. En ella la clemencia figura entre los grandes valores del régimen junto a la pietas, que había llevado a Octavio a enfrentarse a los asesinos de su padre, la virtus militar demostrada contra Marco Antonio y la justicia. Velaza ve la clemencia latente en el pasaje central de la Eneida, en el libro sexto, cuando la sombra de Anquises le revela a Eneas la misión de Roma: gobernar a los pueblos con su imperio, imponer la costumbre de la paz, perdonar a los sometidos y abatir a los soberbios.
El régimen de Augusto, según Velaza, conservaba la fachada y las instituciones republicanas sin ser en absoluto republicano. Invierte la fórmula de Lampedusa ("cambiarlo todo para que nada cambie"): Augusto no cambió nada para cambiarlo todo. Volvía a haber, como en la monarquía, un gobernante con poder absoluto que podía ejercer la clemencia. Séneca, consciente de todo ello, instala el concepto en el centro del nuevo Imperio neroniano, aunque para hacerlo tendrá que reformularlo y difundirlo.
Acto tercero, primavera del 56: el tratado Sobre la clemencia
Poco después del discurso de año nuevo, Velaza imagina a Séneca en su escritorio tratando de integrar la clemencia en la doctrina estoica y consolidarla ante Nerón y ante la sociedad romana. El resultado es el tratado De clementia. Según el conferenciante, Séneca veía que el sistema de Augusto carecía de bases institucionales e ideológicas y necesitaba algo parecido a un manual de instrucciones. Cicerón había intentado algo semejante con Sobre la República, pero demasiado tarde, al final de la República. Séneca pretendía escribir un manual sobre el Imperio.
El tratado arranca dirigiéndose a Nerón: el autor ha decidido escribir sobre la clemencia "para desempeñar la función de espejo" y mostrarle que alcanzará el mayor de los deseos. Añade que, aunque el verdadero fruto de obrar bien es haberlo hecho, resulta placentero contemplar la propia buena conciencia y luego mirar a esa muchedumbre discorde y sediciosa, dispuesta a destruirse si rompiera el yugo. De esa imagen del espejo saldrá después un género literario, los espejos de príncipes. Velaza precisa, sin embargo, que Séneca no propone a Nerón un modelo que imitar, ni siquiera el suyo propio. Como estoico, entiende que las virtudes son intrínsecas al ser humano y solo hay que saber verlas: el espejo sirve para que Nerón descubra que las lleva dentro y trabaje para sacarlas fuera.
Séneca argumenta que la clemencia es virtud de todos, pero más admirable en palacio por ser más rara. Nada es más memorable que el hombre a cuya ira nada se opone, y a quien nadie osa siquiera suplicar, se contenga y use su poder para el bien, pensando que cualquiera puede matar contra la ley, pero nadie salvo él puede perdonar. Como buen rétor, refuerza el argumento con un ejemplo de la propia familia de Nerón: Augusto. Fue un príncipe plácido una vez instaurado su principado, pero a la edad de Nerón, recién cumplidos los dieciocho, ya había clavado puñales en sus amigos, atentado contra el cónsul Marco Antonio y sido su colega en las proscripciones. La clemencia de Augusto llegó después de las purgas. La de Nerón sería distinta: "Yo no llamo clemencia a la crueldad cansada". Séneca proclama que Nerón ha ofrecido a Roma "una ciudad sin sangre" y se ha enorgullecido de no haber derramado una gota de sangre humana en todo el mundo, algo aún más admirable porque a nadie se le entregó antes la espada. La clemencia, concluye, es ornamento de los imperios y su salvación más segura, y lo que distingue al rey del tirano es que este es cruel por capricho y aquel solo por razón y necesidad.
Velaza plantea aquí la pregunta que, supone, se hace el público: ¿cómo podía escribir Séneca esto después de la muerte de Británico? ¿Ignoraba que Nerón y Agripina estaban detrás? ¿Era una forma vulgar de exculparlos? ¿O insinuaba que la eliminación de Británico quedaba éticamente justificada por la necesidad? No da una respuesta cerrada. El libro primero termina, en su capítulo 26, afirmando que no hay ornamento más adecuado para un príncipe que la corona otorgada por salvar ciudadanos, y que salvar vidas es el poder de los dioses.
El libro segundo empieza con un elogio que Velaza califica de "desmesurado hasta el rubor". Séneca cuenta que le impulsó a escribir una frase de Nerón. Cuando Burro le pedía con insistencia que firmara la sentencia de dos ladrones, porque el asunto llevaba demasiado tiempo dilatándose, Nerón exclamó: "Preferiría no saber escribir". Séneca la celebra como una frase digna de ser oída por todos los pueblos del Imperio y de sus fronteras, por la que deberían jurar príncipes y reyes, y augura que esa benevolencia se difundirá por todo el cuerpo del Imperio y devolverá la edad antigua. Velaza juzga el tono tan servil que cuesta aceptarlo. Añade que Séneca ya conocía la verdadera naturaleza de su discípulo: se dice que comentaba en privado que aquel león feroz, una vez probada la sangre humana, recuperaría inevitablemente su crueldad original.
Tras el prefacio, Séneca define la clemencia como la templanza del ánimo cuando se tiene el poder de castigar, o la benignidad del superior con el inferior al fijar las penas. Su contrario no es la severidad, porque ninguna virtud se opone a otra, sino la crueldad, la atrocidad de ánimo al aplicar castigos. Velaza explica que el gobernante sabe que debe castigar y castiga, pero aplica la clemencia para atenuar los efectos, y así esta se convierte en la virtud fundamental del gobernante. El último pasaje leído compara al sabio con el buen agricultor, que no solo cultiva los árboles altos y rectos, sino que endereza con rodrigones los torcidos, poda los que se estorban, abona los enfermos y da cielo a los que sufren la sombra de otros.
Ahí el tratado se interrumpe, en el capítulo séptimo del libro segundo. El primero tenía 26 capítulos, el segundo solo siete, y el tercer libro que Séneca había anunciado no existe. Velaza recuerda que de toda su obra, que incluye tres consolaciones, nueve tragedias, nueve tratados filosóficos y las cartas a Lucilio, es la única inconclusa. ¿Se dio cuenta de que no podía conciliar la clemencia con el ideal estoico? ¿O de que no podía conciliarla con Nerón? El conferenciante dice que no lo sabemos y quizá nunca lo sepamos. Lo que sí constata es que el concepto, tan insistentemente predicado en ese momento, desaparece para siempre del discurso ideológico neroniano y de la obra del propio Séneca, mientras en el palacio imperial está a punto de imponerse la crueldad más espantosa.
Acto cuarto, marzo del 59: el asesinato de Agripina
Los tres años siguientes fueron cada vez más siniestros. Bajo el control de Séneca y Burro la situación interior y exterior había sido tranquila y próspera; Nerón incluso pudo cerrar el templo de Jano, algo que solo se hacía en tiempos de paz absoluta. Pero los problemas vinieron de su vida privada. Lo habían casado con Octavia, hija de Claudio y Mesalina y hermana de Británico, cuando ella tenía trece años y él dieciséis. Era un matrimonio político que reforzaba sus derechos dinásticos, sin relación real entre ambos. Nerón tuvo muchas amantes y una especial, la liberta Claudia Acte, relación que Séneca fomentó porque, al ser liberta, no podía aspirar a nada en la casa imperial y no suponía peligro político.
Todo cambió con Popea Sabina, esposa del prestigioso general Salvio Otón. Nerón se enamoró de ella y envió a Otón con unas legiones a lo que Velaza describe, con humor, como el rincón más remoto del Imperio, "las playas del Algarve". A Agripina esa relación le desagradaba tanto que, según algunas fuentes, llegó a ofrecerse como amante a su hijo si la rompía. Nerón, que ya se había distanciado de su madre y no quería gobernar a su sombra, decidió con Popea eliminarla.
Velaza dice que la operación merecería figurar en una historia universal de la chapuza. Nerón invitó a su madre a Bayas, a las fiestas de Minerva, con el pretexto de reconciliarse. Cenaron, la abrazó, se despidió hasta el día siguiente y la embarcó en una nave preparada para naufragar. La nave naufragó. Una mujer que intentaba salir del agua gritaba "soy Agripina, soy Agripina", y unos soldados acudieron y la mataron. Era una criada que creyó que así la salvarían. La verdadera Agripina, que estaba cerca y vio lo que le esperaba, llegó nadando a la costa y se refugió en su residencia. Nerón entró en pánico y convocó de urgencia a Séneca y a Burro: si su madre amanecía viva, buscaría venganza. Algunas fuentes dicen que fue Séneca quien propuso terminar el trabajo; si no fue así, según Velaza, al menos miró hacia otro lado. Esa noche unos sicarios mataron a Agripina.
El conferenciante muestra un cuadro de Arturo Montero y Calvo, expuesto en el Museo del Prado, en el que Nerón exhibe al día siguiente el cadáver desnudo de su madre, comentando que aún estaba bastante bien para su edad. Al fondo aparece un personaje cabizbajo y pensativo: Séneca, que según la lectura de Velaza está pensando en el discurso que tendrá que escribir para que Nerón se exculpe ante el Senado. Tácito resume esa carta enviada desde Nápoles. En ella se afirmaba que un liberto de Agripina había sido sorprendido con una espada, dispuesto a atacar, y que ella misma se había dado muerte, consciente de haber tramado el crimen. Se la acusaba de haber aspirado a compartir el Imperio y a que las cohortes pretorianas le juraran lealtad, de haber intentado disuadir a su hijo de hacer donativos y de haber urdido trampas contra hombres ilustres. Además se le atribuían todos los crímenes del reinado de Claudio. Tácito comenta que nadie era tan obtuso como para creer que el naufragio había sido fortuito o que una náufraga había enviado a un solo hombre armado contra las cohortes y las flotas del emperador. Y concluye que ya no solo se criticaba a Nerón, sino también a Séneca, porque con ese discurso había escrito una confesión. Para Velaza, aquel texto certificó el final del quinquenio áureo. Desde entonces todo iría de mal en peor.
Acto quinto, año 62: la petición de retiro
Tres años después, Afranio Burro, a quien Velaza presenta como consejero ejemplar y compañero de fatigas de Séneca, muere envenenado por orden de Nerón. Le sustituye Ofonio Tigelino, "un individuo de la peor calaña". Octavia, desterrada en la isla de Pandataria, es asesinada y su cabeza se entrega a Popea como obsequio. Según el conferenciante, Séneca ya no alberga ninguna esperanza. Había fracasado en hacer de Nerón el gran orador que quería su madre, en hacer de él un buen filósofo y en hacer de él un hombre digno. Era el momento de retirarse, pero necesitaba que Nerón aceptara su dimisión. Tuvo que preparar un discurso dificilísimo, con un único oyente.
En audiencia privada, según la versión que recoge Tácito y que se dramatizó en la sesión, Séneca recordó que hacía catorce años que había sido puesto junto a "la esperanza que tú eras" y ocho que Nerón gobernaba. En ese tiempo había recibido tantos honores y riquezas que a su felicidad solo le faltaba moderación. Invocó ejemplos del rango de Nerón y no del suyo: Augusto permitió a Agripa retirarse a Mitilene y a Mecenas vivir en Roma como en el extranjero, y ambos habían recibido premios proporcionados a méritos inmensos. Él, en cambio, solo había aportado una formación desarrollada en la sombra. Se preguntaba cómo él, nacido caballero y provincial, se contaba entre los próceres del Estado, y dónde había quedado el espíritu que se contentaba con poco. Planteó que ambos habían colmado la medida, Nerón la de lo que un príncipe puede dar a un amigo y él la de lo que un amigo puede aceptar de un príncipe, y que lo que pasara de ahí solo aumentaría la envidia que lo amenazaba. Pidió que su patrimonio pasara a ser administrado por los procuradores imperiales y se incorporara a la fortuna de Nerón, para dedicar a su espíritu el tiempo que le exigían jardines y villas. Retirar a sus viejos amigos, concluía, redundaría también en la gloria del emperador.
"Qué bonito discurso. Otro fracaso", comenta Velaza. Nerón no aceptó la dimisión porque, según el conferenciante, era demasiado listo. Aunque hacía años que no escuchaba a su maestro y vivía muy lejos del ideal estoico, tener la imagen de Séneca a su lado era fundamental ante la opinión pública. Lo despidió con una negativa rotunda y un abrazo hipócrita.
Primer epílogo: el fracaso de la elocuencia como género
Velaza amplía entonces la tesis. No fracasaron solo Séneca y su proyecto personal, sino la oratoria misma, en una crisis irreversible desde hacía tiempo. Séneca el Viejo ya se había hecho eco de ella en las Controversias: los buenos talentos escaseaban cada día más, todo lo que la oratoria romana tenía para igualar o superar a Grecia había florecido en tiempos de Cicerón y desde entonces todo iba a peor. Barajaba tres causas posibles: el lujo de la época, letal para el talento; el menor aprecio de esa noble ocupación, convertida en una actividad sórdida; o una ley fatal que hace caer más rápido de lo que se subió lo que ha llegado a la cima.
Para Velaza ese diagnóstico no era correcto, como tampoco el de Quintiliano en la generación siguiente, en una obra perdida de título significativo, Sobre las causas de la corrupción de la elocuencia, donde culpaba, entre otras cosas, a la escasa capacidad de los maestros de retórica. El diagnóstico más certero es, según el conferenciante, el de Tácito, gran historiador y gran orador. En el Diálogo sobre los oradores, uno de los cuatro interlocutores, el poeta Materno, sostiene que la crisis se debe al cambio del contexto político. La elocuencia brilló en el conflicto del final de la República, como se había visto la semana anterior en el ciclo con la época de Cicerón, y desde que el Imperio trajo la paz se ha vuelto superflua.
Velaza advierte que no hay que leerlo literalmente, sino con la ironía habitual de Tácito. Lo que dice el historiador es que la elocuencia solo tiene sentido si existe la libertas, la libertad de expresión y de acción política, y que esa libertad desapareció para siempre con el Imperio de Augusto. En la Roma de Nerón ya no caben unas Filípicas ni unas Catilinarias, y la elocuencia se convierte en un artificio útil apenas para la adulación servil del emperador, como se había visto en la sesión, o para los panegíricos. Seguirá habiendo oradores notables: Velaza cita a Plinio el Joven, a Apuleyo de Madaura y, ya en el siglo IV, a Quinto Aurelio Símaco, autor de las Relaciones y del célebre discurso sobre el altar de la Victoria. Pero la oratoria, a su juicio, se habrá vuelto un arte vacuo e ineficaz. Y extiende la lección a todas las épocas, incluida la nuestra: cuando la libertad desaparece, se corrompe o se diluye, la palabra queda vacía, hueca e inútil.
Segundo epílogo: la muerte de Séneca y la muerte de Nerón
Tres años después de la petición de retiro, en el 65, Nerón condena a muerte a Séneca en el contexto de la conjura dirigida por Calpurnio Pisón, a quien Velaza describe como un senador gris. En los interrogatorios alguien afirmó que Séneca estaba detrás, y algunas fuentes lo presentan incluso como el hombre en la sombra de la conspiración. Según el relato del conferenciante, Nerón envió a interrogarlo a su villa de Nomentano, donde vivía prácticamente retirado. Séneca negó tener nada que ver. Cuando el emisario volvió, Nerón le preguntó cómo lo había visto. "Lo he visto a frío", respondió. Nerón concluyó que eso probaba su culpa y lo condenó. La única clemencia que tuvo con su viejo maestro fue dejarle elegir la forma de morir. Séneca se suicidó en un episodio memorable, también narrado por Tácito, que Velaza considera la mejor imagen de su vida como filósofo que siempre había optado por la sabiduría.
En el 68, Salvio Otón, el ex marido de Popea, y Sulpicio Galba, gobernador de Hispania, marcharon sobre Roma para acabar con Nerón. Este intentó quitarse la vida antes de que llegaran, pero no tuvo el valor de su maestro y necesitó que su ayudante Epafrodito le cortara la yugular. Sus supuestas últimas palabras, "qué gran artista se pierde conmigo", no podían estar, según Velaza, más lejos del ideal estoico que Séneca había intentado inculcarle.
El destino inesperado de un libro inacabado
Entre los papeles de Séneca quedó a su muerte el manuscrito de Sobre la clemencia, que no había podido, querido o sabido terminar. Velaza recuerda que cada libro tiene su destino y que el de este fue sorprendente. Poco leído en la Edad Media, con el humanismo se convirtió en modelo del speculum principis, el espejo de príncipes, un género muy extendido y cultivado por lo más granado del pensamiento político humanista. En orden cronológico, el conferenciante cita el De principe de Giovanni Pontano, el De officio principis liber de Poggio Bracciolini, El príncipe de Maquiavelo, la Institution du prince de Guillaume Budé y la Institutio principis christiani de Erasmo. Añade que Calvino escribió muy joven un comentario extraordinario al De clementia, y que Montaigne, Pierre Corneille y Baruch Spinoza lo emplearon como fuente fundamental.
En España, la traducción comentada de Alfonso de Cartagena, publicada en 1431 y muy influyente, hizo del tratado una pieza clave para obras como el Doctrinal de príncipes de Diego de Valera, el Tratado del príncipe cristiano de Pedro de Rivadeneira o el Espejo de príncipes de Lorenzo de Guzmán. Así, según Velaza, la doctrina política que fracasó en su tiempo se extendió por Europa como instrumento esencial en la formación de los príncipes, y el doloroso fracaso de Séneca se convirtió en un éxito inopinado.
Velaza cerró preguntándose si no sería una lástima que Séneca no pudiera verlo, y sugirió que quizá lo intuyó. En una de sus últimas cartas a Lucilio escribió que vendría sobre ellos el profundo abismo del tiempo y pocos ingenios lograrían sacar la cabeza, pero que algunos, aun cayendo alguna vez en ese silencio, resistirían al olvido y se reivindicarían durante largo tiempo: "Te lo prometo, Lucilio, yo agradaré a la posteridad". La conclusión del conferenciante fue que en eso acertó quien tanto se había equivocado en su vida.
En un ciclo como este, dedicado a la fuerza de la palabra en el mundo antiguo, y en el que ya ha habido sesiones dedicadas a eminentes oradores y a discursos históricos, Pericles, Demóstenes, Cicerón o Marco Antonio, quien viene, como es mi caso, a hablarles de los discursos de Séneca, pues parte de una clara situación de desventaja.
Y no porque Lucio Anneo Séneca sea mucho más conocido, mucho más célebre por su faceta como filósofo, como gran filósofo de la doctrina estoica, o porque ha de considerársele inferior en alguna medida a los ilustres antecesores que acabo de mencionar. Al contrario, Séneca fue el más prestigioso de los oradores de su tiempo y eso tuvieron que reconocerlo sus rivales, lo ensalzaron sus, digamos, seguidores y el propio Quintiliano, el mejor estudioso de la oratoria de época imperial, lo reconoció con estas palabras.
Séneca tuvo muchas y grandes virtudes, un ingenio ágil y abundante, mucho estudio y gran conocimiento de los temas. Además, trató casi toda la materia de los estudios, pues se le conocen no solo discursos, sino también poemas y cartas.
La razón de que hoy estemos en inferioridad de condiciones con respecto a los ejemplos que hemos mencionado es que de Séneca no se nos ha conservado ni un solo discurso, ni siquiera los títulos de sus discursos, de manera que solo estamos en disposición de intentar recuperarlos, de rescatar algunos fragmentos, algunos pasajes de ellos de manera indirecta e incluso de manera muy hipotética.
Pero para compensar ese inconveniente, las circunstancias en las que esos discursos se pronunciaron, el fondo filosófico y político que los alienta y desde luego el arte retórico mediante el cual Séneca los compuso, componen un guion histórico de primera magnitud, un guion de un drama o, si ustedes lo quieren, casi de una tragedia, que nos disponemos ahora a intentar recomponer en la forma clásica de un prólogo, cinco actos y dos epílogos. Que se alce, por lo tanto, el telón.
Nuestro prólogo tiene lugar en el año 53, pongamos que en el otoño. Y estos son nuestros dos protagonistas.
Verán, el de la izquierda sobrepasa la cincuentena. Es posible que tenga entre 53 y 57 años. No lo sabemos con seguridad. Y la verdad es que es casi un milagro que esté ahí. Es un auténtico superviviente.
Contra todo pronóstico, ha sobrevivido, en primer lugar, a una enfermedad asmática de nacimiento que le aquejará durante toda su vida. Pero ha sobrevivido también a dos condenas de muerte: una primera que le impusiera aquel emperador inefable llamado Calígula y que se le conmutó sencillamente porque alguien que estaba cerca dijo: "Bueno, no hace falta que lo mates porque se morirá pronto él solo"; a la segunda condena de muerte a la que le condenó el sucesor de Calígula, el emperador Claudio, que se la conmutó por 8 años de exilio desolador en la isla de Córcega. Pero también ha sobrevivido a las infinitas purgas, insidias, emboscadas y venganzas que se sucedieron a lo largo de su vida en el contexto en el que se movió.
Ahora, en el momento en que empieza nuestro drama, se le tiene por el hombre más sabio de Roma, como digo, el gran paladín de la doctrina estoica, pero también por el más rico. Se calcula que su fortuna asciende a unos 70 millones de denarios; según algunos cálculos, equivaldría aproximadamente a una quinta parte del producto interior bruto de todo el Imperio romano. Y desde luego en este momento es también uno de los personajes más influyentes.
Poca cosa, si tenemos en cuenta además que su carrera partía de un triple handicap: que era provincial, es decir, no había nacido en Roma, sino en la ciudad de Córdoba; que era eques, es decir, pertenecía a la clase de los caballeros y no a la clase aristocrática; y que era homo novus, es decir, que nadie de su familia había ostentado magistraturas públicas hasta ese momento.
En Roma no pocos le achacan un exceso de ambición. Afean que se haya rebajado a adular al emperador Claudio y también que haya medrado probablemente a costa de sus relaciones adúlteras con las princesas imperiales. Y sobre todo se discute esa contradicción, que será permanente, entre la doctrina estoica que sigue y que predica y su comportamiento público en la vida cortesana y un tanto licenciosa.
El personaje de la derecha tiene solo 16 años, pero ha vivido ya bastante y sobre todo le han contado muchas cosas. Le han contado que su abuelo Germánico murió envenenado por culpa de su tío, el emperador Tiberio; que su abuela, Agripina la Mayor, murió en un exilio terrible de hambre.
Le han contado también que su padre, Gneo Domicio Enobarbo, al que casi no llegó a conocer, era un individuo despreciable que detestaba a su madre y que cuando él nació dijo que nada bueno podía nacer de aquella unión entre dos seres tan malos como él y su mujer; que su madre se acostaba con su propio hermano, el emperador Calígula, que después conspiró contra él, que tuvo que salir a un exilio y que dejó al niño en manos de un bailarín y un barbero para que lo educaran; que luego su madre había regresado, que se había casado con su propio tío, el emperador Claudio, después de hacer que Claudio asesinase a su propia esposa, y que había convencido al emperador de que nombrara a su hijo como heredero del trono.
Pese a todo eso, todavía hay gente en Roma que piensa que si un día llega a gobernar no será peor que sus dos antecesores. Y se equivocan.
En fin, ya sé que ustedes han identificado a nuestros dos personajes: son Lucio Anneo Séneca y Tiberio Claudio Nerón. Dos personajes en muchos aspectos antagónicos, paradójicos, contradictorios, llenos de aristas, a los que la historia no se ha cansado de juzgar desde hace 2000 años sin que hayamos llegado todavía a un veredicto definitivo sobre sus figuras.
Pues bien, los hemos sorprendido en esta escena. Están en clase. ¿Por qué están en clase? Están repasando un discurso, uno de los primeros que Nerón va a pronunciar en público, porque ese es el trabajo de Séneca desde hace 2 años, desde el año 51, cuando la madre de Nerón, Agripina la Menor, le encargó que educara a su hijo.
Pero claro, Séneca no había podido negarse de ninguna manera a ese servicio, porque Agripina era la que había conseguido que Séneca volviera del exilio. Pero dicen que el mismo día en que aceptó el encargo, por la noche, Séneca soñó que estaba dando clase al mismísimo Calígula, y eso seguramente enturbió su ánimo.
Además, Agripina no le había encargado a Séneca que lo educase en filosofía. Agripina detestaba a los filósofos. Pensaba que eran gentes totalmente inútiles y que su doctrina no servía en absoluto para aquello a lo que estaba destinado su hijo, que era gobernar. Sin embargo, ella sabía que Séneca era un gran orador y quería que educara a su hijo en la elocuencia, porque pensaba que todavía en la Roma de su tiempo saber hablar bien ante el público, saber convencer, saber elaborar discursos, era una marca y una garantía de éxito ante la sociedad. Y seguramente también se equivocaba.
Desde luego, Séneca obedeció a Agripina, pero solo a medias. Intentó educar a Nerón en la elocuencia, un arte que él conocía muy bien, y lo conocía muy bien además porque su padre, a quien llamamos Séneca el Viejo, había sido el autor de dos obras llamadas las Controversias y las Suasorias, en las que recopilaba ejemplos y discursos de oradores prestigiosos a los que él había tenido oportunidad de escuchar. Estamos seguros de que esos dos libritos, esos dos manuales, debieron de ser muy útiles a Séneca para educar a Nerón.
Pero Séneca no quiso detenerse ahí. En realidad no habría podido hacerlo. No quiso limitarse a ser el maestro de oratoria de Nerón. Él sabía, como había dejado dicho Cicerón, que para ser un buen orador hay que aprender filosofía, que la filosofía está en la base del contenido de los discursos, que es tan o más importante que la forma de esos discursos.
Y además Séneca era el gran estoico de su tiempo y se dio cuenta de que el imperio como forma de gobierno no tenía en aquel momento todavía una ideología bien asentada para poder ofrecer al pueblo romano. No podía resistirse entonces a la tentación de formar a ese joven adolescente en su filosofía para conseguir que fuera un gobernante justo, un gobernante siguiendo los modelos del estoicismo y el nuevo emperador que Roma necesitaba.
Pues bien, a eso ha dedicado Séneca los últimos años de su vida, a educar a Nerón. Y esta tarde del otoño del año 53 están llevando a cabo los últimos ensayos para los primeros discursos públicos donde Nerón habría de mostrarse como un gran orador. Sí, es como nos lo recuerda el historiador Tácito.
En el consulado de Décimo Junio y Quinto Haterio, en el año 53, buscando brillar en los estudios honorables y obtener gloria como orador, se encargó de defender la causa de los ilienses. Tras recordar de modo elocuente el origen troyano de los romanos, a Eneas como fundador de la estirpe Julia y otras cosas antiguas no lejanas de la fábula, consigue que los ilienses se vean libres de toda carga pública.
También a su defensa se debió la subvención de 10 millones de sestercios a la colonia de Bolonia, consumida por un incendio. Se devuelve a los rodios su libertad, tantas veces suprimida y confirmada, según habían hecho méritos en las guerras exteriores o promovido sediciones internas. A los de Apamea, que habían sufrido un terremoto, se les hizo remisión del tributo por 5 años.
Efectivamente, esos primeros discursos de Nerón tratan de cuestiones menores. Él es solamente en este momento el heredero al trono, pero tienen evidentemente un éxito inmediato. Todo lo que él defiende lo consigue. Alguno podrá pensar: gracias a la elocuencia de esos discursos. Bueno, desde luego esos discursos están extraordinariamente bien escritos, porque no los ha escrito él, los ha escrito Séneca, pero sobre todo por otra razón: porque al heredero del imperio no se le puede negar nada.
Pues bien, nuestro primer acto comienza cuando ha transcurrido un año. Estamos en octubre del año 54 y he aquí que nuestros protagonistas están otra vez preparando un discurso. Bueno, para ser más precisos, están preparando tres discursos, porque el día de ayer, el 13 de octubre del 54, fue un día muy ajetreado. Ayer murió el emperador Claudio, víctima de unas setas que su esposa Agripina le había ofrecido gentilmente.
Y hoy será un día también muy intenso, porque Nerón habrá de presentarse delante de toda Roma como el nuevo emperador. Hoy su propia madre, en un gesto que reproduce este relieve y que es la vulneración de cualquier legalidad, le impondrá la corona de emperador a su hijo.
¿Por qué de cualquier legalidad? Porque la soberanía del pueblo romano está depositada en el Senado. El Senado es quien nombra emperadores, no la madre del niño.
Pero esta señora es la mujer más aristocrática que nunca ha conocido Roma y probablemente nunca conocerá. Su árbol genealógico puede remontarse a Julio César y a Marco Antonio. Ha sido la bisnieta de un emperador, Augusto; la sobrina nieta de otro emperador, Tiberio; la hermana de otro emperador, Calígula; la esposa y sobrina a la vez de otro emperador, Claudio. Y ahora está a punto de cumplir su ambición, que es ser madre de otro emperador.
Así que hoy ya se ha acabado el tiempo de los discursos de salón, de las pruebas ante el espejo. Hoy Nerón tendrá que salir y enfrentarse ante su público a explicar su programa y, sobre todo, hacer gala de que es un gran orador. Hoy ya va en serio, como nos explicará el historiador Dion Casio.
Tenía 17 años cuando empezó a gobernar. Fue en primer lugar al campamento y leyó a los soldados el discurso que Séneca le había escrito, prometiéndoles todo lo que Claudio les había concedido.
En efecto, el primer discurso de Nerón, y eso marca mucho cuál es el signo de los tiempos, es no ante el Senado, no ante el pueblo, es ante las tropas pretorianas. Todo ha cambiado mucho, pero todo ha cambiado mucho sobre todo desde que a Calígula le dieron muerte las tropas pretorianas y se evidenció que el poder de los militares estaba por encima de otras cosas. Por lo tanto, fíjense, Nerón se dirige primero a ellos y solo después, asegurado el ánimo de la tropa, será momento de dirigirse a los senadores.
Ante el Senado, asimismo, leyó un discurso similar, también este escrito por Séneca.
Sí, Séneca había escrito también este discurso, y Séneca sabe que es una excelente ocasión para mostrar a Nerón ante los senadores como un emperador distinto, sin mácula, un emperador casi ideal, y por eso le hace proclamar:
"Dispongo de buenos consejos y ejemplos para ejercer el imperio de forma excelente y mi juventud no está manchada por las guerras civiles o disputas familiares. No traigo conmigo odios, ofensas o deseo de venganza."
Esa es la imagen. Pero además habrá que exponer el programa de gobierno.
"Yo no voy a ser el juez de todos los asuntos, de modo que, encerrados en una sola casa acusadores y acusados, se engrose el poderío de unos pocos. En mi hogar no habrá nada venal ni propenso a la ambición. Habrá separación entre mi casa y el Estado. El Senado mantendrá sus antiguos derechos. Italia y las provincias senatoriales habrán de acudir a los tribunales de los cónsules y estos les facilitarán acceso al Senado. Yo me ocuparé de los ejércitos que me han sido encomendados."
Un nuevo gobernante que promete comportarse con el rigor debido a su cargo, que promete respetar la separación de poderes y acabar con la corrupción. El discurso no ha envejecido nada en 2000 años.
Pero todavía tendrá que pronunciar Nerón otro discurso oficial. Desde la instauración del imperio como forma de gobierno se había establecido la costumbre de que, al morir un emperador, fuese su sucesor quien pronunciara el elogio del emperador muerto. Y ese discurso todavía sería más complicado de escribir y de pronunciar, porque a Claudio lo detestaba todo el mundo. A Claudio lo detestaba Séneca, lo detestaba Nerón, pero también lo detestaba el Senado y lo detestaba el pueblo. Lo que va a ocurrir en ese momento también nos lo cuenta el historiador Tácito.
El día del funeral de Claudio, su elogio lo pronunció el príncipe Nerón. Mientras relató la antigüedad de su estirpe y los consulados y triunfos de sus antepasados, se mantuvieron serios él y los demás. También se acogió de buen grado la conmemoración de sus artes liberales y el hecho de que bajo su gobierno no le hubiera sucedido a la República ninguna adversidad exterior.
Pero cuando pasó a hablar de su providencia y su sabiduría, nadie pudo contener la risa, por más que el discurso compuesto por Séneca mostrase gran elegancia, pues aquel hombre poseía un ingenio ameno y acomodado a los oídos de sus contemporáneos.
Los más viejos, que suelen entretenerse comparando lo antiguo con lo presente, destacaban que Nerón era el primero de los que habían asumido el poder en necesitar de la elocuencia ajena.
Claro, ya toda Roma sabía que Nerón era incapaz de escribir sus propios discursos y que todo lo que oyeran salir de su boca venía escrito por Séneca. Era evidente que todos los años de formación en elocuencia de Nerón no habían servido de nada. No porque Nerón no tuviera capacidades. Nerón era, hasta donde sabemos, un buen poeta, un buen músico, era amante del teatro y también pintaba, pero la elocuencia no le interesaba lo más mínimo. Como diremos después, quizás es que era un adelantado a su tiempo.
Pronto también se demostrará que la educación filosófica no había hecho mella en él.
Pero por lo demás podemos estar seguros de que escribir este último discurso, el elogio fúnebre de Claudio, había debido de ser especialmente desagradable para Séneca. No olvidemos que Claudio era quien le había condenado a muerte y quien le había después conmutado la pena por un terrible y desolador exilio en Córcega. Pero Séneca se va a tomar una revancha, una revancha, si se quiere, menor por literaria, pero una revancha al fin y al cabo.
Poco después del funeral, probablemente en diciembre del mismo año y con ocasión de las fiestas de las Saturnales, Séneca va a escribir, publicar y seguramente va a hacer representar una sátira. La sátira lleva por título Apoteosis satírica del divino Claudio, pero también se la conoce con un título que es el de Apocolocintosis, que significa la conversión en calabaza, la calabazación del divino Claudio.
El argumento de la sátira probablemente lo conocen muchos de ustedes. Claudio, nada más morir, sube a los cielos a solicitar que se le divinice como
ocurrido con los emperadores anteriores, con la excepción de Calígula, claro. Sube a los cielos, allí le reciben los dioses. Bueno, no saben muy bien qué hacer porque ven un señor cojo, tartamudo, que hace unas cosas muy raras con la cabeza, y ¿vamos a hacer dios a este? Hay una serie de intervenciones en pro, en contra, pero en un momento determinado quien se levanta para hacer una intervención es ni más ni menos que su abuelo Augusto, que ya ha sido naturalmente divinizado. Augusto va a hacer un discurso dentro de la sátira devastador en el que enumerará las crueldades de aquel aspirante a dios.
Yo, senadores, os pongo por testigos de que no he dicho ni palabra desde que me convertí en dios. Solo me ocupo de mis cosas, pero no puedo disimular más ni contener un dolor que agrava la vergüenza.
Para esto establecí la paz, tierra y mar. Para esto acabé con las guerras civiles. Para esto cimenté con leyes la ciudad. La adorné con obras públicas. No sé ni qué decir, senadores. Todas las palabras se quedan por debajo de mi indignación.
Así pues, hay que recurrir a aquella frase de Mesala Corvino, hombre elocuentísimo: «Me avergüenzo del imperio».
Este, senadores, que os parece que no puede ni espantar una mosca, mataba a hombres con la misma facilidad con que un perro se tumba.
Pero, ¿por qué voy a hablar yo de tantos y tan grandes hombres? No le cumple lamentar las desgracias públicas a quien contempla desgracias de su casa. Omitiré, por tanto, aquellas y relataré estas.
Este que veis, escondido tantos años bajo mi nombre, me ha devuelto el favor matando a mis bisnietas, las dos Julias, a una con la espada, a la otra de hambre, a mi tataranieto Lucio Silano. Tú verás, Júpiter, si en un juicio amañado, pero desde luego en uno que te atañe si pretendes ser justo.
Divino Claudio, ¿por qué a cada uno de todos los que mataste los condenaste antes de incoarles un proceso, antes de escucharlos? ¿Dónde se acostumbra actuar así? No en el cielo.
Aquí Júpiter, que tantos años lleva reinando, tan solo a Vulcano le ha roto una pierna, al que cogió por un pie y arrojó del umbral de los dioses. También se enfadó contra su mujer y la tuvo colgada. ¿La mató acaso? Tú mataste a Mesalina. ¿De quién era yo tan tío abuelo como tuyo?
«No sé», dices. Que los dioses te den tu merecido. Mucho más vergonzoso es no saberlo que haberle matado. No ha dejado de seguir los pasos a Gayo César ya muerto. Aquel había asesinado a su suegro, este también a su yerno. Gayo prohibió llamar Magno al hijo de Craso. Este le devolvió el nombre, pero le quitó la cabeza.
En una sola familia mató a Craso, a Magno, a Escribonia, aunque eran nobles, y Craso, incluso tan fatuo, que hasta habría podido reinar.
A este es a quien queréis divinizar ahora. Mirad su cuerpo, nacido por enfado de los dioses. En resumen, que diga tres palabras de corrido y se me llevará como esclavo. ¿Quién le va a adorar como dios? ¿Quién creerá en él? Si hacéis dioses como este, nadie creerá que sois dioses vosotros.
En suma, senadores, si me he comportado honestamente entre vosotros y a nadie he respondido elevando la voz, vengad mis ofensas. Yo, en mi criterio, pienso lo siguiente. Y dio lectura a una tablilla que rezaba así:
Dado que el divino Claudio mató a su suegro Apio Silano, a sus dos yernos Pompeyo Magno y Lucio Silano, al suegro de su hija Craso Frugi, un hombre que se le parecía tanto como un huevo a otro huevo, a Escribonia, la suegra de su hija, a su esposa Mesalina y a otros cuyo número no se ha podido precisar, mi opinión es que hay que proceder contra él con severidad, que no hay que concederle prórroga a su sentencia, que hay que expulsarlo cuanto antes y hacerlo salir del cielo antes de 30 días y del Olimpo antes de tres.
Bien, este es el furibundo alegato de Augusto contra su propio nieto. Me importa subrayar una cuestión: el alegato es muy realista. Así fue Claudio. Lo digo por si alguno de ustedes todavía tiene la imagen de Claudio heredada de las novelas de Robert Graves y de la famosa serie de la BBC. Les indico que en aquellas novelas Graves hacía que el narrador fuese el propio Claudio y por lo tanto su imagen quedaba totalmente blanqueada. Claudio fue un emperador extraordinariamente cruel y no mucho mejor que su antecesor, su sobrino Calígula, en muchos aspectos.
Bueno, ¿qué sucede en la Apocolocintosis? Pues que evidentemente después del alegato de Augusto envían a Claudio a los infiernos. Allí tampoco lo quieren, aunque sale su sobrino Calígula, que naturalmente está allí, pues a ayudarle un poco. Y finalmente lo sentencian a ser durante toda la eternidad el ayudante de un liberto, el sirviente de un liberto. ¿Por qué? Porque Claudio durante su gobierno había depositado todos los cargos de confianza en sus propios libertos. Y de esta manera, de alguna manera, se cumplía la venganza sarcástica y agria contra aquel emperador que había estado a punto de acabar con Séneca.
Pero bien, ahora la situación ya de Séneca es muy otra. Se ha convertido en el amicus principis, en el consejero del emperador, el consejero áulico, y está esperanzado en que si ese joven sigue sus consejos, si se deja llevar por el buen camino del príncipe estoico, podría ser de él un extraordinario emperador.
Y estuvo Séneca a punto de conseguirlo, al menos durante 5 años. Él no lo sabe, pero acaba de comenzar un periodo de 5 años que se llamará el quinquenio áureo, en el que Nerón, siguiendo los consejos de Séneca y de Afranio Burro, el prefecto del pretorio, será un emperador en parte distante, pero sobre todo un emperador digno del imperio.
Ni siquiera en el quinquenio áureo es oro todo lo que reluce.
Nuestro segundo acto: ha transcurrido desde el anterior un año y casi 3 meses. Y es aquí que volvemos a encontrarnos a nuestros dos personajes ensayando un nuevo discurso.
Esta vez se trata del discurso que el emperador va a tener que pronunciar el día 3 de enero en la inauguración del año 56. Los romanos el día 3 de enero hacían unos actos, digamos, equivalentes a la inauguración del año político nuestro, ¿no? Ahora ya a estas alturas ya sabemos que Séneca va a ser el autor de los discursos porque Nerón de ninguna manera ha conseguido ser un buen rétor.
Pues bien, el discurso de este año va a tener que ser un discurso delicado y muy potente. ¿Por qué? Porque el año que se cierra ha sido un año extraordinariamente complicado.
Primero, por la propia Agripina. Desde la ascensión al poder de su hijo, Agripina se ha empeñado en comportarse como si la emperatriz fuera ella, o al menos como si fuera una corregente. Fíjense en esta moneda acuñada en los primeros meses del gobierno de Nerón, una moneda donde en el anverso por primera vez en la historia de Roma se hace representar una mujer viva y al mismo nivel que el emperador, como si tuvieran la misma importancia al frente del gobierno imperial.
Además, sabemos que Agripina en algunos momentos se comportó, digamos, fuera de protocolo. En un momento determinado llegaron unos embajadores armenios y Agripina salió a saludarlos como si fuera ella la emperatriz. Séneca, que estuvo al quite, llamó a Nerón, le dijo: «Mira, baja tú, saluda primero a tu madre y después recogéis a los embajadores, para que no se cree la mala imagen de que quien gobierna aquí es Agripina y no tú».
Pero además en febrero del 55 se ha producido otro episodio luctuoso. El personaje que tienen en la pantalla es Británico. Es el hijo natural que el emperador Claudio había tenido junto con Mesalina y por lo tanto, en tanto que hijo biológico, presuntamente con mayores posibilidades de heredar el poder imperial a la muerte de su padre. Es verdad que Agripina había conseguido que Claudio pusiese a Nerón por delante de Británico y Nerón le había sucedido. Pero la presencia de Británico continúa siendo molesta en la corte. Imagínense, se podría haber montado un complot para intentar poner a Británico en lugar de Nerón. Bien, Agripina y Nerón determinan que Británico sobra.
El 11 de febrero del 55, en un banquete privado en la Domus imperial, Británico cae muerto después de consumir también algunos alimentos envenenados. Se dice que Agripina y Nerón ni siquiera se movieron de su asiento mientras retiraban el cadáver del joven Británico.
Claro, por todos esos motivos, el discurso inaugural tiene que ser un discurso potente. Y para ello, Séneca va a centrar la idea de ese discurso en un concepto fundamental, que es el concepto de clemencia.
Así es como nos lo va a contar Suetonio en la biografía de Nerón: «Y para hacer ostentación de manera más clara de su índole, declaró que iba a gobernar según lo prescrito por Augusto y no perdió ocasión alguna de exhibir su liberalidad, su clemencia e incluso su afabilidad».
Y así lo ratifica Tácito: «haciendo ostentación de su clemencia en frecuentes discursos que Séneca, bien para hacer patente que le enseñaba cosas honestas, bien para jactarse de su propio talento, hacía públicos a través de la voz del príncipe».
Pues efectivamente, la clemencia se constituirá en el mensaje central del discurso de nuevo año. No tenemos el texto literal, pero seguramente sus palabras no debieron de ser muy diferentes a estas.
¿No soy yo entre todos los mortales el que fue preferido y elegido para desempeñar sobre la tierra la función de los dioses? Yo soy para los pueblos el árbitro de la vida y la muerte.
En mi mano está qué suerte y estado ha de tener cada uno. Por mi boca pronuncia la fortuna lo que ha de darse a cada uno de los mortales. Según mi respuesta, conciben causas de alegría pueblos y ciudades. Ningún territorio florece en parte alguna sin que yo lo quiera y lo propicie. Todos esos millares de espadas que mi paz sujeta se desenvainarán a una señal mía.
Es mi decisión qué naciones son erradicadas y cuáles trasladadas, a quiénes se concede la libertad y a quiénes se les quita, qué reyes se convierten en esclavos y sobre qué cabezas colocar la dignidad real, qué ciudades han de arrasarse y cuáles nacer.
Y en medio de este poder tan grande, no me impulsa a castigos injustos la ira, ni la impulsividad juvenil, ni la temeridad y la contumacia de los hombres, que con frecuencia consumió la paciencia incluso de los espíritus más tranquilos, ni tampoco esa propia gloria siniestra, pero habitual en los grandes imperios, de hacer ostentación de poder mediante el terror.
Tengo la espada envainada, más aún, constreñida. Sumo es mi respeto hasta de la sangre más vil. A quien le falta cualquier otra cosa cuenta con mi favor por tener el nombre de ser humano.
Llevo la severidad escondida, pero la clemencia en la cintura. Me vigilo a mí mismo como si hubiera de rendir cuentas a las leyes que saqué a la luz desde la dejación y las tinieblas.
Me conmuevo por la edad infantil de uno, por la avanzada de otro. A uno le hice concesiones por su dignidad, a otro por su humildad. Cuando no encontré razón alguna para la misericordia, me perdoné a mí mismo.
Si hoy los dioses inmortales me pidieran cuentas, estoy preparado para responder de todo el género humano.
«Llevo la severidad escondida, pero la clemencia en mi cintura». ¿Por qué la clemencia? ¿Por qué Séneca ha escogido ese concepto, esa noción como idea central, como leitmotiv del nuevo principado?
La clemencia era una noción muy antigua y muy romana, pero había fluctuado en su significado a lo largo de la historia.
En su tratado Sobre la República, Cicerón había dejado escrito que Numa murió dejando aseguradas dos cosas importantísimas para la continuidad del Estado: la religión y la clemencia. Numa, el segundo rey de Roma, el heredero del fundador Rómulo, había establecido dos conceptos fundamentales. La religión es el vínculo que hay entre el hombre y la divinidad. Y la clemencia es el vínculo que hay entre el rey y sus súbditos.
La clemencia, por lo tanto, era en origen una virtud monárquica. El rey tenía el poder absoluto, no tenía que dar cuentas de él a nadie, tenía poder de vida y muerte sobre cualquiera de sus súbditos, pero sin embargo, la clemencia era el elemento de autorregulación de ese poder.
Nótese que la clemencia ha de darse entre un superior y un inferior. Por lo tanto, cuando en el año 509 se abolió la monarquía y se instauró la República, la clemencia dejó de tener ese sentido, porque ahora los ciudadanos eran iguales, ahora había leyes que marcaban las relaciones entre los ciudadanos y el poder. Y por lo tanto, la libera res publica no necesitaba que ningún ciudadano emplease la clemencia para con otros. Por eso la clemencia tuvo un desplazamiento de significado, un desplazamiento semántico, y se convirtió en la clemencia del pueblo romano. Era el pueblo romano, como pueblo superior a todos los demás, que tenía el poder marcado por Júpiter, imperium sine fine dedi, «les he dado un imperio sin límite», el que podía ejercer esa clemencia en su relación con los pueblos extranjeros. Por lo tanto, esa clemencia del pueblo romano se convirtió en un rasgo de identidad colectiva de Roma.
Pero con el paso del tiempo, esa virtud, que era una virtud colectiva, como digo, pasó poco a poco a ser una virtud individual.
Es posible que fuese Escipión el Africano el primero que hizo gala, que hizo ostentación de su clemencia para con los cartagineses en la guerra púnica. Pero desde luego, quien había de hacer de la clemencia una imagen de marca, su propio elemento clave de autorrepresentación, fue Julio César. Julio César, cuando se va a la Guerra de las Galias, nos explica en sus comentarios que todos los galos y todos los helvecios y todos los pueblos de la Galia creían en su clemencia y le pedían clemencia y le solicitaban que la empleara para con ellos. Porque evidentemente César, como representante de Roma, estaba por encima de los pueblos extranjeros y tenía la capacidad de ejercer para con ellos su clemencia.
Sin embargo, después, cuando escribió los comentarios de la guerra civil a posteriori de esa guerra, César nunca empleó la palabra clemencia, porque sabía que presentarse como clemente con respecto a Pompeyo y los pompeyanos sería situarse en una imagen de superioridad con respecto a unos ciudadanos romanos que eran de su mismo rango.
Bien, efectivamente, cuando pasa la guerra civil y César se va consolidando en el poder, esa imagen de clemencia se va consolidando. También Cicerón dice en una de sus cartas: Julio César tiene un carácter suave y clemente. Aunque después de la muerte de César, Cicerón dirá que esa clemencia era solo aparente y una forma de ganarse las simpatías del pueblo romano.
Pues bien, tras la muerte de César en los idus de marzo del año 44, fue Octaviano, su heredero, quien asumió su legado político y también su clemencia, también esa noción de clemencia. Poco después de ser nombrado Augusto en el año 27, el Senado en el año 26 le otorgó un escudo de oro en el edificio de la curia que se llama el clipeus virtutis. El escudo de oro no lo hemos conservado, pero por fortuna hemos conservado una copia en mármol que se puede ver en el museo de Arlés, en Francia. Ese escudo sitúa la clemencia entre los grandes valores del nuevo régimen, junto con la pietas, que era la que le había llevado a Octavio a enfrentarse con los asesinos de su padre, junto con la virtus, el valor militar que había exhibido en el enfrentamiento con Marco Antonio, y la justicia, que pretendía establecer como marca también de su reino.
Y fíjense, a nadie seguramente se le oculta que ese valor, el valor de la clemencia, aunque no expresamente citado, está latente en el pasaje central del gran poema nacional romano, en la Eneida de Virgilio. En el libro sexto, cuando Eneas baja a los infiernos y su padre Anquises, la sombra de su padre Anquises, le está prediciendo cuán grande va a ser Roma y cuánto merecen la pena los esfuerzos que él está llevando a cabo, porque tendrá sucesores extraordinariamente heroicos, Anquises le va a decir en unos versos memorables cuál es la función y la misión de los romanos en el mundo.
«Tú, romano, acuérdate de gobernar a los pueblos con tu imperio. Esas serán tus artes: de imponer la costumbre a la paz, de perdonar a los sometidos y de exterminar a los soberbios». Ahí está latente la clemencia.
Pero bien, como ustedes saben, el régimen que acababa de instaurar Augusto era un régimen en absoluto republicano; mantenía la fachada, mantenía las instituciones. Augusto
de alguna manera hizo lo contrario de Lampedusa. Recuerden aquello que decía Lampedusa de cambiarlo todo para que nada cambie. Augusto no cambió nada para cambiarlo todo. Y efectivamente tanto habían cambiado las cosas que volvía a haber, como en época de la monarquía, un gobernante absoluto, un autarca, un hombre que tenía el poder absoluto sobre todo y por lo tanto podía volver a ejercer la clemencia.
Por eso, sabido todo eso, Séneca instala ese concepto en el mensaje central del nuevo imperio neroniano. Pero para eso el viejo filósofo estoico se va a ver obligado a reformular la noción y probablemente a extenderla mucho más entre los romanos.
Y aquí comienza nuestro acto tercero. Estamos en la primavera de ese año 56, poco después del momento en que Nerón pronuncia ese discurso ante el Senado y el pueblo. Y aquí nos encontramos a Séneca, lo adivinamos, ¿no?, en la tranquilidad de su escritorio, intentando desarrollar esa idea de la clemencia, de incorporarla a la doctrina estoica y de consolidarla ante el propio Nerón y ante la sociedad romana.
Va a escribir un tratado específico, monográfico sobre esa virtud que se llama el De clementia, sobre la clemencia.
Séneca sabe que a pesar de que Augusto ha establecido un nuevo sistema de gobierno, ese sistema de gobierno no tiene bases institucionales ni tiene bases ideológicas. Cree que necesita, por decirlo así, un manual de instrucciones, un manual de instrucciones similar a lo que Cicerón había intentado hacer al final de la República, demasiado tarde, en su manual, su tratado De república, sobre la República. Ahora, Séneca intentará escribir algo así como un manual sobre el imperio.
Así que en los raros momentos de ocio y serenidad que su función como ministro imperial le permite, Séneca comienza a escribir.
He decidido, César Nerón, escribir sobre la clemencia para de alguna manera desempeñar la función de espejo y demostrarte que vas a alcanzar el deseo mayor de todos.
En efecto, aunque el verdadero fruto de haber hecho bien sea el haberlo hecho y no hay otro precio digno de las virtudes fuera de ellas mismas, resulta placentero mirar hacia nuestro interior y recorrer la buena conciencia, y a continuación poner los ojos en esa inmensa muchedumbre discorde, sediciosa, descontrolada, dispuesta a la destrucción ajena y propia si rompiese ese yugo.
La función de espejo, ha escrito, y efectivamente de esa expresión saldrá, como veremos después, todo un género literario que será lo que llamaremos los espejos de príncipes.
Pero no es ese concepto de espejo el que Séneca le está poniendo delante a Nerón. No es un modelo que Nerón haya de seguir, ni siquiera el modelo del propio Séneca. Lo que Séneca dice como buen filósofo estoico es que todas las virtudes están intrínsecas al ser humano y solamente hay que saber verlas. Por eso le dice: "Te pongo un espejo, Nerón, para que veas que tú tienes todas las virtudes dentro de ti mismo y solo has de trabajar para poder sacarlas fuera".
La clemencia, llegue a la casa que llegue, la hará afortunada y tranquila, pero en palacio es más admirable por ser más rara. ¿Qué hay en efecto más memorable que el hecho de que aquel a cuya ira nada se opone, a cuya más grave sentencia asienten incluso quienes mueren, a quien nadie va a discutir ni siquiera suplicar, aunque se irrite violentamente, que aquel se contenga a sí mismo y haga uso de su poder para bien y con sosiego, pensando: "Cualquiera puede matar contra la ley, pero nadie puede perdonar, excepto yo"?
Eso es: la clemencia es virtud de todos los seres humanos, pero es más importante en el príncipe. Y Séneca, que acostumbra a reforzar sus argumentos, como buen rétor, con ejemplos, va a extraer ahora, va a poner sobre la mesa un ejemplo excepcional.
Quiero decirte con un ejemplo de tu propia casa hasta qué punto esto que te digo es cierto. El divino Augusto fue un príncipe plácido si se le comienza a valorar desde que comenzó su principado. Sin embargo, en época republicana empuñó la espada cuando tenía la misma edad que tú ahora; al salir de los 18 años ya había clavado sus puñales en las entrañas de sus amigos, ya había atentado con insidias contra la vida del cónsul Marco Antonio, ya había sido su colega de proscripciones.
En efecto, Séneca viene a recordar que Augusto fue clemente, pero fue clemente cuando hubo acabado la guerra civil, cuando hubo llevado a cabo purgas y proscripciones durante los primeros años de su imperio. Pero Nerón va a ser clemente de otra manera.
Nadie se atreverá a comparar al divino Augusto con tu benevolencia. Yo no llamo clemencia a la crueldad cansada. Clemencia auténtica es la que tú ofreces, la que comenzó no como arrepentimiento de la crueldad, al no tener mancha ninguna, el no haber derramado sangre alguna de ciudadanos. Tú nos has ofrecido, César, una ciudad sin sangre. Y eso de lo que te has enorgullecido con magnanimidad, no haber derramado una gota de sangre humana en todo el mundo, cosa aún más grande y más admirable, por cuanto nunca a nadie se le ha entregado más pronto la espada.
La clemencia, así pues, no solo origina hombres más honestos, sino más confiables, y es a la vez ornamento de los imperios y su segurísima salvación. ¿Cuál es, si no, la razón de que los reyes hayan envejecido y traspasado sus reinos a hijos y nietos y que el poder de los tiranos sea execrable y breve? ¿Qué diferencia hay entre un tirano y un rey? Pues la apariencia de su fortuna es similar a su poder. Si no es que los tiranos son crueles por capricho y los reyes no lo son, salvo por una razón y una necesidad.
Seguramente se están ustedes preguntando: ¿cómo podía Séneca escribir esto después de la muerte de Británico? ¿Podía él ignorar que Nerón y Agripina estaban detrás de la muerte de aquel niño? ¿O era solo una forma vulgar de exculparlos? ¿O está insinuando que la eliminación de Británico venía éticamente justificada por la fuerza de la necesidad?
Felicidad es conceder la salvación a muchos y devolverlos a la vida desde la misma muerte y hacerse merecedor de la gratitud cívica por la clemencia. No hay ornamento más adecuado y hermoso para la dignidad de un príncipe que la corona que se otorga por haber salvado ciudadanos. Este es el poder de los dioses: salvar la vida a gentes y comunidades.
Así concluye el capítulo 26 del libro primero Sobre la clemencia. El libro segundo comenzará con otro elogio desmesurado, hasta el rubor, de la clemencia del emperador.
Una frase tuya, César Nerón, es lo que me impulsó sobre todo a escribir sobre la clemencia. Una frase que recuerdo haberte oído decir, no sin admiración, y que después he contado a otros. Una frase generosa, magnánima, de gran amabilidad, que brotó de repente, sin premeditación y sin estar dirigida a oídos ajenos, y que puso de relieve esa bondad tuya que compite con tu categoría.
Al tener que imponer castigo a dos ladrones, tu prefecto Burro, hombre ilustre y predestinado a tu principado, te pedía que le pusieras por escrito a quiénes querías castigar y con qué razón, y te instaba a que lo hicieses cuanto antes, pues el asunto se había dilatado por demasiado tiempo. Cuando te puso delante, a tu pesar, el documento, tú exclamaste: "Preferiría no saber escribir".
Oh, frase digna de que la oyesen todos los pueblos que habitan el Imperio romano y los que viven en su vecindad con libertad dudosa y los que contra él se levantan por la fuerza o con su ánimo. Oh, frase que habría de ser dirigida a la asamblea de todos los mortales, por la que habrían de jurar príncipes y reyes. Frase digna de la inocencia colectiva del género humano, gracias a la cual regresaría aquella edad antigua.
Que así va a suceder, César, se puede sin duda esperar y confiar. Esta benevolencia de tu espíritu se transmitirá y se difundirá poco a poco por todo el inmenso cuerpo del imperio y todo se conformará a semejanza tuya. Dignos serán los ciudadanos, dignos los aliados de esta bondad, y las rectas costumbres regresarán a todo el orbe y en todas partes se respetarán tus manos.
No hace falta decir que el tono es tan retóricamente servil que cuesta aceptarlo. Además, Séneca ya había detectado la verdadera naturaleza de su discípulo. Se dice que comentaba en privado que aquel león feroz, una vez probada la sangre humana, recuperaría inevitablemente su crueldad original. Pero bien, después de este prefacio, Séneca va a intentar ofrecer una definición de la clemencia como virtud en sí misma y por oposición a diferentes vicios.
Clemencia es templanza de ánimo cuando se tiene el poder de castigar, o la tibieza del superior para con el inferior al establecer las condenas. Los ignorantes piensan que su contrario es la severidad, pero ninguna virtud es lo contrario de otra. ¿Qué es, pues, lo opuesto a la clemencia? La crueldad, que no es otra cosa que la atrocidad de ánimo al aplicar los castigos.
En efecto, lo contrario de la clemencia es la crueldad, pero su sinónimo no es el perdón o la misericordia. Séneca dice que el perdón o la misericordia es cosa de débiles. El gobernante sabe que ha de imponer el castigo y lo impone. Otra cosa es que aplica su clemencia para atenuar sus efectos. Así pues, la clemencia se constituye en la virtud fundamental del gobernante.
Sobre la palabra clemencia, según mi opinión, hay controversia, pero sobre el concepto hay consenso. El sabio perdonará muchas cosas. Preservará a muchos de natural poco sano, pero sanable. Imitará a los buenos agricultores, que no solo cultivan los árboles altos y rectos; también a aquellos que por alguna causa se torcieron les aplican rodrigones para que se enderecen. Otros los podan para que sus ramas no impidan su crecimiento. Abonan otros enfermos por algún problema de la tierra y a otros que padecen por la sombra de los demás les abren el cielo. Verá de qué manera ha de tratarse cada natural, en qué modo lo torcido se puede volver recto.
Y en este punto, sorprendentemente, el tratado se interrumpe. Es el capítulo séptimo del libro segundo. El primer libro constaba de 26, el segundo solo de siete, y no hay un tercer libro tal y como había prometido Séneca al comenzarlo. De todas las obras de Séneca, escribió tres consolaciones, nueve tragedias, nueve tratados filosóficos, unas maravillosas cartas a Lucilio. De todas esas obras, esta es la única que quedó inconclusa.
¿Por qué? ¿Por qué Séneca no pudo terminar esta obra? ¿Acaso se dio cuenta de que no podía conciliar la noción de la clemencia con el ideal estoico? ¿Acaso se dio cuenta de que no podía conciliar la noción de la clemencia con su discípulo Nerón?
No lo sabemos, quizás nunca lo sepamos, pero ese concepto de clemencia tan insistentemente predicado en este momento por Séneca desaparecerá para siempre del discurso ideológico imperial neroniano y también de las obras del propio Séneca. Porque mientras tanto, en las paredes del palacio imperial, es la crueldad más espantosa la que está a punto de imponerse.
El acto cuarto de nuestra tragedia tiene lugar a finales de marzo del año 59, 3 años después del acto anterior. Los 3 años que han transcurrido han sido cada vez más difíciles y siniestros. Es verdad que bajo el control de Séneca y de Burro, la situación interior de Roma y la situación exterior había sido tranquila y próspera. De hecho, Nerón había podido llevar a cabo el espectacular acto del cierre del templo de Jano, que como sabemos solo se cerraba en época de absoluta paz por parte de Roma.
Pero comenzaron a suceder otro tipo de cosas relacionadas también con la vida privada de Nerón. Verán, a Nerón lo habían casado con Octavia, la hermana de Británico e hija de Mesalina y Claudio, cuando la niña tenía 13 años y él tenía 16. Había sido una relación estrictamente política, por el hecho de que de alguna manera con ese matrimonio Nerón adquiría más derechos dinásticos, porque se casaba con una hija biológica del emperador anterior. Pero nunca habían tenido ningún tipo de relación.
Nerón había tenido muchísimas amantes, pero había tenido una amante especial, que era una liberta llamada Claudia Acte, cuya relación con Nerón Séneca, que era muy inteligente, había fomentado, porque sabía que no suponía ningún peligro para la estabilidad política. Claudia Acte era una liberta; por lo tanto, no podía tener aspiraciones de ningún tipo dentro de la casa imperial.
Pero en este momento Nerón ha conocido a otra mujer, una mujer que se llama Popea Sabina y que es la esposa de un general prestigioso llamado Salvio Otón.
Pues bien, Nerón se enamora de Popea Sabina y decide enviar a Salvio Otón con unas legiones al lugar más recóndito del imperio, que eran pues las playas del Algarve, para tener, por supuesto, las manos limpias de cara a su relación con Sabina. Pero a Agripina esa relación con Popea no le gustaba nada. Le gustaba tan poco que, según algunas fuentes, llegó a ofrecerse como amante a su propio hijo si eliminaba su relación con Popea. Nerón ya se había alejado lo suficientemente de su madre como para pensar que no podía gobernar bajo su sombra, y decidió con Popea que era el momento de eliminar a su propia madre.
El cómo, la forma, fue de tal modo que merecería estar en la historia universal de la chapuza. Nerón invitó a su madre a que viniera a la ciudad de Bayas, a las fiestas de Minerva. Le dijo: "Madre, hemos de reconciliarnos. Hace mucho que no nos vemos. Ven a las fiestas". La invitó a cenar, le dio un abrazo, le dijo: "Hasta mañana", y la montó en un barquito para que regresara a su residencia, un barquito que previamente había sido preparado para que naufragara.
Y naufragó. Y naufragó, y quienes veían el naufragio vieron a una señora que intentaba salir del agua gritando: "Soy Agripina, soy Agripina". Y unos soldados fueron y la mataron. No era Agripina, era una criada de Agripina que en aquella situación dijo: "Diré que soy Agripina para que me salven". Pero Agripina sí que estaba al lado y vio lo que le esperaba a Agripina. Llegó nadando a la costa y consiguió refugiarse en sus habitaciones.
Nerón entró en pánico. Inmediatamente citó de urgencia a Séneca y a Afranio Burro, les explicó la situación y les dijo: "Mirad, si mañana por la mañana mi madre amanece viva, es indudable que buscará venganza". Y algunas fuentes dicen que Séneca fue quien propuso que el trabajo había de acabarse. Si no fue así, al menos Séneca miró hacia otro lado, y unos sicarios aquella noche acabaron con Agripina.
Este cuadro de Arturo Montero y Calvo, que se exhibe en el Museo del Prado, muestra el episodio en el cual, al día siguiente, Nerón exhibió el cadáver desnudo de su madre, explicándole a todo el mundo que todavía estaba bastante bien para su edad. Al fondo de este cuadro hay un personaje cabizbajo, pensativo: es Séneca. Está pensando porque va a tener que escribir otro discurso, el discurso que Nerón envíe al Senado para exculparse del crimen.
No es difícil intuir con qué ansiedad Séneca escribió ese discurso, que Tácito nos refiere así.
Nerón se retiró a Nápoles y envió al Senado una carta cuyo resumen era que se había hallado con una espada a Agerino, uno de los libertos más íntimos de Agripina, dispuesto a atacar, y que ella misma se había infligido el castigo, consciente como era de haber tramado el crimen.
Añadía acusaciones repetidas largo tiempo: que había concebido esperanzas de ser asociada al imperio, de que las cohortes pretorianas prestaran juramento por una mujer y de un mismo deshonor por parte del Senado y del pueblo, y que, al frustrarse todo ello, ofendida contra el ejército y contra los senadores y el pueblo, le quiso disuadir de hacer donativos y repartos y había urdido trampas contra hombres ilustres. Con cuánto trabajo había él conseguido que no irrumpiese en el Senado y que no respondiese a los pueblos extranjeros.
Además, criticando indirectamente los tiempos de Claudio, transfirió a su madre todos los crímenes de su tiranía, atribuyendo su extinción a la fortuna pública.
Pues también contaba lo del naufragio. ¿A quién tan obtuso podría encontrarse que creyera que había sido fortuito, o que una mujer que había naufragado hubiese enviado a un solo hombre armado para aplastar las cohortes y las flotas del emperador? Así es que ya no solo se criticaba a Nerón, cuya crueldad superaba las quejas de todos, sino a Séneca, porque con tal discurso había escrito una confesión.
En efecto, nadie podía creer aquel discurso, pero aquel discurso certificaba en el año 59 el final del famoso quinquenio áureo. Desde aquí todo iría de mal en peor.
Nuestro acto quinto. Estamos ya en el año 62, 3 años después
de la muerte de Agripina, otro año infausto. Afranio Burro, el ejemplar prefecto del pretorio, gran consejero de Nerón y sobre todo compañero de fatigas del propio Séneca, acaba de morir envenenado por orden de Nerón. El nuevo prefecto del pretorio se llama Ofonio Tigelino y es un individuo de la peor calaña.
Pero además Octavia, la ex esposa de Nerón, a la que se había exiliado a la isla Pandataria, también era una isla terrible, acababa de ser asesinada. Su cabeza fue llevada a Popea como obsequio.
Séneca ya no alberga ningún tipo de esperanzas en la salvación de Nerón ni en la salvación del imperio. Si una vez su madre quiso que hiciera de él un gran orador, había fracasado. Si una vez él había querido hacer de él un buen filósofo, había fracasado y tampoco había podido hacer de él un hombre digno. Era el momento de retirarse.
Pero para eso tendrá que conseguir que Nerón acepte la dimisión y preparará un discurso, un discurso dificilísimo, porque solo tendrá una persona en la audiencia, el propio Nerón. Después de pedirle una audiencia privada, Séneca le dijo esto a su discípulo.
Hace ahora 14 años, César, desde que fui colocado junto a la esperanza que tú eras. Ocho, desde que ostentas el imperio. En ese tiempo has acumulado sobre mí tantos honores y riquezas que a mi felicidad no le falta más que ser moderada.
Me serviré de grandes ejemplos, no de mi rango, sino del tuyo. Tu tatarabuelo Augusto permitió a Marco Agripa un retiro en Mitilene y a Mecenas en la propia Roma como si fuera en el extranjero. Ambos habían recibido grandes premios, pero proporcionales a sus inmensos méritos, uno como su compañero de guerra, el otro como probado en Roma en múltiples misiones.
Yo, ¿qué más he podido ofrecer a tu munificencia que una formación, por decirlo así, desarrollada en la sombra y que se ha iluminado porque parezco haber contribuido a los cimientos de tu juventud, gran recompensa de mi labor? Sin embargo, tú me has rodeado de una gratitud inmensa, de riqueza sin número, hasta el punto de que a menudo digo para mí: ¿es que yo, nacido caballero y provincial, me cuento entre los próceres del estado? Mi condición de hombre sin abolengo ha llegado a resplandecer entre los nobles y los de antiguos honores.
¿Dónde está aquel espíritu que se contentaba con cosas modestas? Tales jardines ha construido y se pasea por estas fincas y anda exuberante de tantas tierras y tantas rentas. Solo una excusa se me ocurre, que yo no debía oponerme a tus obsequios.
Ahora bien, ambos hemos colmado la medida. Tú la de cuanto un príncipe podía conceder a un amigo. Yo la de cuanto un amigo podía aceptar de un príncipe. Lo que pase de ahí incrementa la envidia que, como todas las cosas mortales, queda por debajo de tu grandeza. Pero a mí me amenaza, a mí hay que auxiliarme.
Igual que si estuviese agotado por la milicia o por una marcha, suplicaría un apoyo. Del mismo modo, en este camino de la vida, viejo e incapaz de afrontar incluso las más leves preocupaciones, pues no puedo hacerme cargo más de mis propias riquezas, ruego ayuda. Ordena que mi patrimonio sea administrado por tus procuradores, que se incorpore a tu fortuna. Yo no voy a hundirme en la pobreza, sino que, apartado de lo que me deslumbra con su fulgor, dedicaré a mi espíritu el tiempo que me exige el cuidado de jardines y villas.
Te sobra a ti fortaleza y capacidad de ostentar el poder por muchos años. Tus viejos amigos podemos reclamar el descanso. También esto redundará en tu gloria: haber conducido a lo más alto a quienes también les bastaba lo poco.
Qué bonito discurso. Otro fracaso. Nerón no aceptó la dimisión de Séneca. Era demasiado listo. Sabía que, a pesar de que hacía muchos años que ya no prestaba atención a los consejos de su maestro, de que había optado por una vida absolutamente alejada del ideal estoico, tener la imagen de Séneca detrás era fundamental para él de cara a la opinión pública. Se despidió con una rotunda negativa y con un abrazo hipócrita.
Pero no era solo Séneca quien había fracasado, ni su proyecto personal y su, en fin, lo que había fracasado era la elocuencia como género, era la oratoria en sí misma la que había entrado en una crisis irreversible desde hacía ya tiempo. El propio padre de Séneca, Marco Anneo Séneca, en sus Controversias se había hecho ya eco de esa decadencia.
Podréis daros cuenta de cómo escasean cada día más los buenos talentos y de cómo ha ido a menos la elocuencia por no se sabe qué desequilibrio de la naturaleza. Todo cuanto tiene la oratoria romana para igualar o aventajar a la altanera Grecia floreció ya en tiempos de Cicerón. Todos los talentos que aportaron brillo a nuestros estudios nacieron entonces. Después las cosas han ido cada día a peor.
Tal vez se deba a los excesos de nuestra época, pues nada hay tan letal para el talento como el lujo. Tal vez a que, al tenerse en menos estima esta noble ocupación, toda ocasión de competir se ha convertido en una actividad sórdida que procura gran prestigio y beneficios. O tal vez, en fin, a una cierta fatalidad, cuya ley malvada, eterna y universal hace que lo que ha llegado a la cima vuelva a caer al fondo mucho más rápidamente de lo que había ascendido.
Sí, Séneca el Viejo había constatado ya que desde época de Cicerón la elocuencia había entrado en una crisis enorme, pero su diagnóstico no era correcto. Eso no sucedía por una especie de ley fatal o porque, en fin, hubiera un exceso de lujo en la sociedad. Y tampoco era correcto el diagnóstico que haría en la generación siguiente Quintiliano en una obra perdida, pero cuyo título es totalmente significativo, Sobre las causas de la corrupción de la elocuencia. Quintiliano lo achacaba, por ejemplo, a la inoperancia o a la poca traza de los educadores, de los maestros de retórica, ¿no?
A quien debemos el diagnóstico más certero de la situación es al historiador Tácito. Tácito fue un gran historiador, pero también fue un gran orador. Y en una de sus obras, llamada el Diálogo sobre los oradores, plantea un debate entre cuatro personajes. El último de ellos es un poeta llamado Materno, que dice que si la elocuencia ha entrado en crisis es porque ha cambiado el contexto político.
Materno dice que ha cambiado el contexto político porque, fíjense ustedes, la elocuencia era maravillosa en época de conflicto, en época del final de la República. La semana pasada vimos aquí cómo en época ciceroniana, en medio de las guerras civiles, la elocuencia tiene una gran importancia. Y Materno dice: "Bueno, desde que el imperio ha establecido la paz, la elocuencia es superflua".
Haríamos mal en entender estas afirmaciones de Tácito de manera literal. Hay que entenderlas con la habitual ironía del historiador. Lo que está diciendo Tácito es que para que la elocuencia tenga sentido, para que los discursos puedan funcionar, es fundamental que exista la libertas, que exista la libertad, la libertad de expresión y la libertad de acción política, y que eso, desde que Augusto estableció el imperio como nueva forma de gobierno, ha desaparecido por siempre.
Ese diagnóstico de Tácito efectivamente es acertado. En la Roma de Nerón ya no son posibles ni las Filípicas ni las Catilinarias. La elocuencia se ha ido convirtiendo en un mero artificio retórico, apenas útil para nada más que la adulación servil del emperador en la forma que hemos visto o en la forma de los llamados panegíricos.
Claro que en Roma seguirá habiendo en el futuro oradores importantes. No podemos negarle a Plinio el Joven ningún mérito a la hora de elaborar discursos, tampoco a Apuleyo de Madaura, y hasta el siglo IV tendremos figuras tan notables como la de Quinto Aurelio Símaco, el famoso autor de las Relaciones y del famosísimo y maravilloso discurso sobre el altar de la Victoria. No habrá oradores, pero la oratoria se habrá convertido en un arte absolutamente vacuo, en un arte absolutamente ineficaz.
Y miren, lo que ocurrió en aquel tiempo es aplicable a todos y también al nuestro. Cuando la libertad desaparece, se corrompe o se diluye, la palabra queda vacía, hueca, inútil.
Y otro epílogo. Tres años después de su fallida solicitud de jubilación, en el año 65, Nerón condena a muerte a Séneca. En el contexto de un complot dirigido por un senador gris llamado Calpurnio Pisón, alguien dice en los interrogatorios que Séneca estaba detrás de ese complot. Hay fuentes también que dicen que era, digamos, el hombre tapado de esa conspiración.
Nerón envía a su nuevo prefecto del pretorio a Gabio a interrogar a Séneca en su villa de Nomentano, donde estaba prácticamente retirado. El prefecto del pretorio le pregunta a Séneca: "Bueno, dicen por ahí que tú tienes que ver con la conspiración". Y Séneca le dice: "No, no, yo no tengo ni idea, no tengo nada que ver". El prefecto del pretorio torna a Roma y le dice a Nerón: "Me ha dicho Séneca que él no tiene nada que ver". Y Nerón le pregunta: "¿Y cómo lo has visto?". Y le dice: "Lo he visto a frío". "Pues eso es que es culpable. Lo condeno a muerte".
La única forma de clemencia que Nerón aplicó a su viejo maestro fue permitirle la forma de su muerte. Séneca, en un episodio memorable también narrado por Tácito, se suicidó, llevando a término la mejor de las imágenes de su vida como gran filósofo y como hombre que había optado siempre por la sabiduría.
Tres años más tarde, en el 68, Salvio Otón, el ex marido de Popea, junto con Sulpicio Galba, el gobernador de Hispania, vinieron hacia Roma para acabar de una vez por todas con Nerón. Nerón lo supo y, antes de que llegaran, intentó quitarse la vida, pero no tuvo el valor ejemplar que había tenido su maestro y necesitó de la ayuda de su ayudante Epafrodito, que le cortó la yugular. Sus últimas palabras, si es que lo fueron, "qué gran artista se pierde conmigo", no podían estar más lejos del ideal estoico que Séneca había intentado inculcarle.
Entre los papeles del viejo Séneca a su muerte quedó el manuscrito de aquel tratado Sobre la clemencia que no había podido o no había querido o no había sabido terminar. Pero dicen que cada libro tiene su destino y el de este iba a ser sorprendente. Si bien en la Edad Media no fue excesivamente leído, al llegar el humanismo la obra se convirtió en el modelo de un género extraordinariamente extendido, que es el speculum principis o espejo de príncipes.
Sí, la lista de obras de este tipo que podríamos enumerar es extraordinaria, pero además escritas por lo más granado del pensamiento político humanista del siglo XV y del siglo XVI. Fíjense: el De principe de Giovanni Pontano, el De officio principis liber de Poggio Bracciolini, naturalmente El príncipe de Maquiavelo, los pongo en orden cronológico, la Institution du prince de Guillaume Budé, la Institutio principis christiani de Erasmo de Rotterdam; Jean Calvino hizo muy joven un extraordinario comentario del De clementia de Séneca, y por supuesto Michel de Montaigne, Pierre Corneille o Baruch Spinoza emplearon el De clementia como fuente fundamental para sus tratados.
En España también, a partir de la publicación en 1431 de la traducción comentada de Alfonso de Cartagena, extraordinariamente influyente, el De clementia pasó a ser un elemento fundamental en la creación de obras como el Doctrinal de príncipes de Diego de Valera, el Tratado del príncipe cristiano de Pedro de Ribadeneira o el Espejo de príncipes de Lorenzo de Guzmán.
Así, gracias a estas obras, la doctrina política de Séneca, que había fracasado en su tiempo, se iba a extender por toda Europa como un instrumento fundamental en la formación de los príncipes. Y así fue como el doloroso fracaso que Séneca había tenido con su tratado Sobre la clemencia se convirtió después en un éxito inopinado.
Y tal vez piensen ustedes: lástima que Séneca no pudiese verlo. Verán, tal vez lo intuyó. En una de sus últimas cartas a Lucilio, aquel viejo y un punto desengañado filósofo escribió:
"Vendrá sobre nosotros el profundo abismo del tiempo y pocos ingenios conseguirán sacar la cabeza. Y aun cayendo alguna vez en ese mismo silencio, resistirán al olvido y se reivindicarán durante largo tiempo. Te lo prometo, Lucilio, yo agradaré a la posteridad".
Y ahí, quien se había equivocado tanto en su vida, acertó. Muchas gracias.
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