Victor Shih sobre Xi Jinping: control, deuda e inteligencia artificial en la cúpula china

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Resumen

¿Cómo funciona realmente el poder en la cima del Partido Comunista Chino y qué implica eso para la economía, la inteligencia artificial y la estabilidad del país? En esta conversación con Dwarkesh, Victor Shih, director del 21st Century China Center de la Universidad de California en San Diego y especialista en política de élite, banca y finanzas públicas chinas, describe un sistema muy centralizado en torno a Xi Jinping. Según Shih, ese sistema prioriza casi siempre la preservación del poder del partido por encima de cualquier consideración técnica. Desde esa premisa explica la deuda de los gobiernos locales, la represión financiera, el enfoque del partido hacia la IA, el riesgo sobre Taiwán y la ausencia de un plan de sucesión.

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¿Es China más descentralizada que Estados Unidos?

Dwarkesh abre con un dato que parece contradecir la imagen de un régimen autoritario vertical. En China, alrededor del 85 % del gasto público lo ejecutan los gobiernos locales y provinciales y solo el 15 % el gobierno nacional. En Estados Unidos, el reparto entre gasto estatal y local y gasto federal ronda el 50 % cada uno.

Shih matiza que China fue efectivamente muy descentralizada durante un período, aproximadamente desde mediados de los setenta hasta mediados de los noventa. Los gobiernos locales recaudaban y gastaban mucho, y eso los incentivó a hacer cosas que él considera básicamente buenas: atraer toda la inversión extranjera directa y local posible y conceder exenciones fiscales. Según Shih, la mayoría de los economistas atribuye a esa descentralización fiscal un período de crecimiento impulsado sobre todo por el sector privado.

En 1994 llegó la centralización fiscal. El gobierno central concluyó que la situación era insostenible y que no quería acabar desintegrándose como la Unión Soviética. Tomó entonces la fuente de ingresos más lucrativa, el impuesto al valor agregado, y en las décadas siguientes prácticamente todas las demás categorías de impuestos pasaron a recaudarse centralmente. Parte de ese dinero se devuelve a las provincias. Oficialmente pueden gastarlo como quieran, pero según Shih en la práctica son transferencias condicionadas: el centro paga si se hace exactamente lo que quiere. Por eso, aunque los números de gasto parezcan descentralizados, la autonomía fiscal local lleva cayendo desde 1994.

Hubo un respiro entre aproximadamente 2000 y 2020. Las localidades no controlaban los impuestos, pero sí los ingresos por venta de tierras, y fue la época de bonanza inmobiliaria. Shih sostiene que el gobierno central prácticamente eliminó ese mercado de tierras en 2022 y que hoy las autoridades locales dependen de forma extrema del centro.

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¿Tecnócratas o credenciales vacías?

Muchos miembros del Politburó tienen doctorados en economía o ingeniería, y Xi Jinping figura con formación en ingeniería química. Dwarkesh pregunta si eso indica competencia real o es credencialismo. Shih responde que depende del caso. El ex primer ministro Li Keqiang estudió economía con uno de los mejores economistas de China, y Shih cree que realmente la comprendía. En el Politburó actual identifica una facción de industriales militares formados como ingenieros en los mejores programas del país, como Ma Xingrui, secretario del partido en Xinjiang y graduado de Tsinghua, o Zhang Guoqing, con años en la industria militar. Saben mucha ciencia, pero Shih advierte que eso no equivale a saber gobernar.

El caso opuesto es Ding Xuexiang. Su formación técnica es en forja metalúrgica, en una institución que Shih describe como de segundo nivel, «más bien el IIT de China» que el MIT, fundada por expertos soviéticos. Para Shih, lo decisivo al ascender en el partido es la perspicacia política, y eso no se puede saber de antemano. La excepción son los «príncipes rojos», los hijos de altos funcionarios. Según Shih, su ventaja no está en los genes, sino en que crecieron afinando ese olfato porque sus padres podían enseñárselo. Por eso las universidades de Pekín y Tsinghua están sobrerrepresentadas en el Politburó, pero no dominan: el resultado final es en parte aleatorio.

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Por qué un sistema de expertos comete errores evidentes

Dwarkesh plantea la tensión central: si los dirigentes son educados y seleccionados en parte por mérito, ¿cómo se explican decisiones como los excesos de la política de Covid cero, por ejemplo desinfectar pistas de aeropuerto durante demasiado tiempo? Shih responde que hay mucha experiencia en los niveles inferiores y canales para hacerla subir, así que el sistema no es disfuncional en ese sentido. Lo que conduce una y otra vez a políticas subóptimas es el instinto de autopreservación del partido, y algo peor: el impulso de preservar su propio poder. Aunque una opción garantizara la supervivencia política y un mejor resultado, por ejemplo en salud pública, el partido la rechazaría si implicara perder control sobre los bancos o que los científicos ganaran independencia. En ese cálculo, según Shih, que muera gente o que haya un crecimiento más lento durante un par de años es un costo aceptable.

Sobre por qué economistas de formación no reequilibran la economía hacia el consumo, Shih da dos razones. La tradicional es que el sistema educativo chino separa pronto a los estudiantes entre STEM y ciencias sociales o humanidades. Quien sigue la vía técnica puede no aprender nunca oferta y demanda. En los noventa se puso de moda que los ingenieros tomaran un curso de economía, pero las generaciones anteriores no lo hicieron. Lo único obligatorio para todos es la ideología. Shih, que revisa solicitudes de estudiantes chinos, señala que ahora deben cursar cada año una materia llamada «Situación y Política», que transmite la perspectiva del gobierno sobre diversos temas.

La razón nueva es Xi. Antes, ser miembro del Politburó otorgaba cierta autonomía en el área propia. Ahora, según Shih, si Xi expresa una preferencia, hay que seguirla pase lo que pase, porque quien arrastre los pies o siga una agenda ligeramente distinta será purgado, y ya se han visto casos.

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Reuniones constantes y pequeños grupos dirigentes

Dwarkesh compara a Xi con Stalin, que microgestionaba desde la producción de acero hasta las obras de teatro. Shih confirma que Xi pasa una enorme parte de su tiempo en reuniones: él y sus colegas tienen reuniones de política casi 270 días al año, entre sesiones de estudio del Politburó y otros encuentros. Por lo que le han contado personas que han dado conferencias ante el Politburó, Shih cree que esas sesiones son reales. Los líderes conocen de antemano la exposición del orador, pero la ronda de preguntas no está guionizada, algo que Shih describe como aterrador para un profesor que de pronto recibe preguntas aleatorias de Xi. Los comentarios que Xi hace después se convierten directamente en política.

El mecanismo clave son los pequeños grupos dirigentes, cuyo líder tiene que ser siempre el de mayor rango. Con Xi al frente, su autoridad no la discute nadie, pero todos los demás miembros están por debajo de él. Antes, las decisiones se tomaban en el Comité Permanente del Politburó, cuyos miembros eran en teoría de rango equivalente. Allí había debate e incluso, históricamente, se llegó a anular la posición del secretario general. Al trasladarse la mayoría de las decisiones a estos grupos, normalmente solo queda una persona de rango comparable, como el primer ministro, y el resto son viceprimeros ministros, ministros o gobernadores que nunca debatirían con Xi. Dado el inmenso poder informal de Xi, ni siquiera esa persona se atreve. El resultado, según Shih, es que todo se convierte en la voluntad de Xi. Antes de cada reunión hay un informe con opciones y él tiene que elegir, a veces tras consultar a otros, lo que le obliga a involucrarse a diario en muchas áreas, porque lo que decide se convierte en la ley del país.

Qué revelan los discursos de Xi

Los comunicados oficiales parecen vacíos. Shih admite que son generales, aunque sostiene que, tras leer miles, a veces resultan reveladores. Ha leído en China discursos dirigidos a miembros del partido y concluye que, por su formación como «principito», Xi tiene un olfato político excelente para controlar el aparato del partido y el ejército. En economía se nota que algún asesor le prepara los puntos clave. En tecnología, Shih cree que le importa mucho, pero desde la competencia con Estados Unidos, que es un objetivo prioritario para el partido y para él personalmente. No le queda claro hasta qué punto entiende los pormenores. Aun así, comparado con los líderes estadounidenses, «especialmente en la actualidad», Shih cree que probablemente está mejor preparado, porque en China los expertos siempre están en contacto con la cúpula. Dwarkesh replica que la ventaja del sistema estadounidense es que, al menos en teoría, puede sobrevivir a un líder que no esté a la altura.

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Ding Xuexiang, el hombre de confianza a cargo de la IA

El Politburó tiene unos 25 miembros y su Comité Permanente siete. Ding Xuexiang está en el Comité Permanente, y a Dwarkesh le interesa porque cualquier gran iniciativa china de IA quedaría bajo su supervisión, a través de la Comisión Central de Ciencia y Tecnología. Shih añade otro cargo que considera de suma importancia: Ding dirige desde 2022 la oficina de la Comisión Central de Ciberseguridad, que preside Xi y que funciona en la práctica como un grupo dirigente. A estas alturas, estima Shih, Ding conoce a todos los actores principales del sector.

Su relación con Xi es, para Shih, un misterio. Ding solo trabajó directamente bajo Xi durante un año, en Shanghái, como secretario de alto nivel al servicio de tres secretarios del partido sucesivos. Shih ha revisado toda la literatura abierta y preguntado en Shanghái, y nadie sabe por qué Xi confía tanto en él. Su hipótesis es que Ding recopiló y envió información sobre otros dirigentes de Shanghái cuando Xi necesitaba desmantelar el bastión que Jiang Zemin tenía allí. Pero muchos hacen eso por Xi, así que no lo explica todo. Lo que sí es visible es el resultado: en 2013 Ding pasó a ser el número dos de la oficina personal de Xi en Pekín, gestionando la información que entraba y salía; un par de años después fue el número uno; hacia 2017 controlaba todo el aparato de la vida cotidiana de Xi, y hoy es viceprimer ministro a cargo de la ciberseguridad.

Shih destaca un discurso de Ding en Davos, que difundió en Twitter. Ding dijo que hay que invertir en IA, pero sin lanzarse de lleno sin saber cuáles son los frenos, y que los frenos deben desarrollarse al mismo tiempo. Para Shih esto es muy revelador y contrasta con el enfoque estadounidense, impulsado por el sector privado, donde salvo una o dos empresas todos invierten para llegar a la AGI cuanto antes. El gobierno chino, explica, teme que algún actor externo, o alguien dentro del propio partido, use la IA para usurpar su poder. Por eso desarrollar los frenos es tan crucial como desarrollar la tecnología. Shih concluye que, entre la gente del Comité Permanente, Ding está sin duda en el cuartil superior de quienes uno querría al frente de la IA, si no entre los dos o tres mejores: tiene perspicacia política, ha pasado décadas en Shanghái y conoce bien las empresas privadas, el comercio internacional y la inversión extranjera.

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Frenos, censura y quién controlaría los recursos

Dwarkesh expone sus expectativas: el año próximo, agentes capaces de usar el ordenador, y en unos cinco años IA capaz de hacer la mayor parte del trabajo de oficina, que sería quizá el 40 % de la economía. Pregunta qué señales institucionales observar. Shih cree que, por ahora, el tema está bajo el grupo de ciberseguridad y, por tanto, bajo Ding, porque para el partido lo que más importa es la seguridad. Automatizar la producción industrial no requiere, a su juicio, nueva infraestructura de gobierno. La preocupación está en la aplicación a la gobernanza y a los servicios, desde la generación de vídeo hasta las agencias de viajes. Shih espera que el desarrollo institucional relevante ocurra abajo y no arriba: personas designadas en cada agencia y empresa que use IA para pisar el freno si llega el momento.

Dwarkesh objeta que tras el auge de DeepSeek la reacción fue de entusiasmo: grandes tecnológicas como Tencent lo adoptaron rápidamente, y Xi se reunió con Liang Wenfeng y pidió acelerar. Shih no lo niega: invertirán mucho dinero y ayudarán a DeepSeek a conseguir GPU. Pero está «casi seguro» de que hay una persona, o quizá un equipo, en DeepSeek capaz de desconectarlo, porque esos equipos existen en cada gran empresa de internet china. ¿Qué provocaría retirar el apoyo? Lo subversivo: por ejemplo, que la IA empezara a generar contenido sobre Falun Gong a un ritmo superior a la capacidad de los censores.

Sobre quién coordinaría la asignación de recursos físicos, como todas las GPU de Huawei, energía o terrenos para centros de datos, Shih cree que el grupo de ciberseguridad tendría que compartir poder con otro órgano, lo que justificaría un grupo dirigente de AGI. La inversión depende de la NDRC, que podría quedar bajo Li Qiang o especialmente He Lifeng, encargado de inversión y finanzas. Si Xi no quiere que He Lifeng comparta ese poder, tendría que dárselo todo a Ding, por decreto o mediante una organización nueva. Por ahora, los centros de datos se construyen muy rápido con la estructura de mando existente. Shih menciona también un posible componente exterior: si se construye capacidad de computación en los estados del Golfo, cabe preguntarse quién pagará por usarla, y su respuesta es China, lo que implicaría al aparato de política exterior.

Shih insiste en que quién controle esto importa, porque algunos responsables han demostrado no ser buenos y aun así gozan de confianza, quizá precisamente porque dependen de Xi para ascender. Pone el ejemplo de He Lifeng, principal negociador con Estados Unidos, conocido según Shih por haber iniciado y perpetuado en Tianjin la mayor burbuja inmobiliaria del mundo, con un «nuevo Manhattan», literalmente del tamaño de Manhattan, lleno de oficinas vacías. Dwarkesh cuenta una experiencia parecida: un templo budista nuevo y gigantesco, con santuarios cada vez más grandes escondidos uno tras otro, sin visitantes. Cuando preguntó cómo se financió, el monje principal respondió que tenían muchos patrocinadores.

Shih añade que la creación de contenido será un gran obstáculo para China. El partido es tan paranoico con lo que circula en internet que pone personas por todas partes para ralentizar la transmisión, y con la IA seguirá habiendo algoritmos y humanos revisando dos y tres veces. Dwarkesh objeta que eso ha sido compatible con empresas líderes como TikTok, Red Note o WeChat, y que la IA puede entrenarse para no decir ciertas cosas. Shih responde que, aun así, querrán a un humano revisándolo todo.

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DeepSeek como herramienta para leer al partido

Shih usa bastante la IA en su investigación, por ejemplo para codificar textos que antes se codificaban a mano. Para entender qué hace el gobierno chino, algunos modelos estadounidenses le resultan aceptables, pero el más útil ha sido DeepSeek. Su impresión, que describe como una inferencia inductiva a partir de su uso, es que DeepSeek, desarrollado originalmente por el fondo High-Flyer para operar en el mercado chino, fue entrenado en parte para detectar documentos de política y reuniones importantes del gobierno. Con preguntas sencillas como qué hace el gobierno chino en IA, devuelve enlaces de muy alta calidad a políticas recientes y declaraciones de altos funcionarios, como si les diera más peso. En cambio, la herramienta de Baidu y otros modelos chinos típicos le parecen más entrenados en redes sociales y devuelven ese tipo de resultados. Shih no se atreve a instalar DeepSeek en su teléfono, pero colaboradores suyos ejecutan el modelo abierto en un disco duro y él usa la interfaz web.

La lógica, según Shih, es que en China las políticas gubernamentales mueven muchísimo las acciones, y ahí está el alfa. Antes la gente llamaba a amigos en los ministerios para conseguir información privilegiada. High-Flyer habría descubierto que analizar los documentos con algoritmos también genera rendimiento.

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La lección de la Revolución Cultural y el paralelismo con Stalin

Dwarkesh pregunta por qué personas que sufrieron el control extremo del partido durante la Revolución Cultural, como Xi y su familia, consideran tan crucial que nada escape al Estado. Shih explica que esa generación extrajo dos lecciones. Una fue que el partido era demasiado dictatorial y China debía liberalizarse; muchos que pensaban así emigraron en los ochenta y hoy viven en Estados Unidos. La otra, aparentemente la de Xi, fue no estar nunca en el bando perdedor, porque desde el bando ganador se pueden hacer cosas terribles a los enemigos.

A partir de ahí, según Shih, Xi preparó durante décadas su ascenso. Los datos muestran que en Fujian, a finales de los ochenta y principios de los noventa, dedicó un tiempo desproporcionado a relacionarse con oficiales militares: les construyó un dormitorio e incluso se unió a un regimiento antiaéreo. Unos treinta años después, muchos de esos conocidos eran generales al mando de unidades importantes, y Xi promovió a algunos. Shih señala que últimamente está purgando a algunos de ellos.

En la comparación con Stalin, Shih, que aclara que no tiene un conocimiento profundo sobre él, ve similitudes al inicio de sus carreras: ambos eran discretos y fiables, sin la oratoria ruidosa de un Trotsky. El padre de Xi pertenecía a la facción liberal y no había ofendido a demasiada gente. Mientras otros principitos luchaban por puestos en Pekín o Shanghái, Xi fue a Hebei rural, luego a Fujian y después a Zhejiang, al margen de las luchas internas. Una vez en el poder, ambos formaron coaliciones sucesivas para eliminar al enemigo más amenazante. En el caso de Xi, convenció a Hu Jintao de purgar a Zhou Yongkang, que controlaba la policía y el Ministerio de Seguridad del Estado y era, según Shih, increíblemente corrupto. Después vino la siguiente coalición contra el siguiente rival, hasta alcanzar el poder absoluto. El equivalente de Trotsky, según Shih, sería Bo Xilai, un competidor tan llamativo que nunca tuvo opciones de llegar a la cima. Xi se aseguró de su caída y hoy está en prisión. Su hijo vive en Canadá y está en X.

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La deuda de los gobiernos locales

Según Shih, la deuda local sigue creciendo en términos absolutos. China presenta al mundo una deuda central moderada, del 60 % o 70 % del PIB, pero eso se debe a que el centro delega muchas tareas en los gobiernos locales sin darles dinero y les autoriza a emitir más deuda. El único alivio de liquidez llegó a finales del año pasado, cuando el centro autorizó unos 10 billones de renminbi en deuda local especial para refinanciar deudas de mayor interés. Shih lo considera un ejercicio contable que cambia deuda cara por deuda barata sin reducirla. Estima la deuda local total entre el 120 % y el 140 % del PIB, de modo que la deuda pública total se acercaría al 200 %.

A diferencia de los países de la OCDE, donde gran parte de la deuda corresponde a compromisos con jubilados, en China se ha financiado infraestructura, como trenes de alta velocidad, y más recientemente política industrial: terrenos e infraestructura para parques científicos de IA, por ejemplo, además de fondos semilla locales que invierten con dinero prestado. Qué financiación recibe una startup depende de sus contactos. Una de Tsinghua accede a capital privado y a fondos centrales si encaja en categorías como semiconductores o IA. Liang Wenfeng, al venir del mundo financiero, se financió sobre todo con capital privado, mientras que otras iniciativas de IA, especialmente de hardware en las provincias, dependen de fondos locales.

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Represión financiera y el «socialismo de la producción»

Los controles de capital impiden sacar legalmente más de 20.000 dólares al año, así que los ahorradores invierten en alta tecnología nacional o, en su mayoría, dejan el dinero en bancos estatales, que lo prestan a los fondos locales. Los depósitos rinden alrededor del 1 %, aunque Shih recuerda que la inflación china es muy baja. Dwarkesh pregunta por qué, si un país menos desarrollado debería ofrecer rendimientos más altos, el capital querría salir, por qué la bolsa china rinde tan mal pese al crecimiento y por qué China acumula bonos del Tesoro.

Shih responde con una distinción que él mismo califica de filosófica. Al socialismo le importa la producción, sea de grano, metal o robots, mientras que el capitalismo maximiza beneficios. Las empresas buscan ganancias, pero como el sistema financiero es socialista, se ven obligadas a comportarse como tales: el banco estatal acepta que nunca ganen dinero mientras produzcan lo que el gobierno considera estratégico. En lugar de inversores que arriesgan su propio dinero, la disciplina la pone la burocracia. En sectores como robótica o semiconductores, los bancos envían los proyectos a un grupo de expertos del Ministerio de Industria y Tecnología de la Información. Un burócrata, supuestamente neutral, junto con un panel de expertos, los aprueba o rechaza, y el banco desembolsa.

Ante la objeción de que el sistema parece funcionar, Shih habla de sesgo de selección. Los grandes éxitos como Xiaomi, BYD, CATL o DJI se financiaron sobre todo con capital privado al principio. Huawei sí recibió mucha financiación estatal. Por cada éxito del sistema estatal hay quizá más de una docena de fracasos y miles de millones desperdiciados. En semiconductores, la situación llegó a tal punto que decenas de funcionarios del ministerio fueron encarcelados por aprobar proyectos falsos a cambio de parte del dinero. Shih admite que también hay fraude en Estados Unidos, pero sostiene que en China la escala del despilfarro es mucho mayor.

Dwarkesh apunta que la devaluación de la moneda y la represión financiera funcionan como impuestos sobre consumidores y ahorradores. Shih coincide en que se nota en la calidad de vida: tras décadas de crecimiento superior al 5 %, cabría esperar que casi todos tuvieran vivienda y salud cubiertas, y no es así. Muchos trabajadores migrantes apenas salen adelante, la falta de vivienda crece con un mercado laboral inestable y el cuidado de ancianos es pésimo salvo para quienes trabajaron en el gobierno o en empresas estatales. La parte tecnológica de los objetivos se cumple; la de dar a la gente una buena vida, según Shih, no progresa como debería.

Por qué la deuda no la arregla la IA

Dwarkesh plantea que provincias ricas como Shanghái o Guangdong podrían seguir financiando la IA de frontera aunque las pobres no puedan pagar servicios básicos, y que la IA podría sacar a China del problema por la vía del crecimiento. Shih se muestra escéptico. Shanghái y Guangdong están relativamente estables, pero Zhejiang, sede de DeepSeek y Alibaba, está muy endeudada; puede soportarlo por su solidez económica, aunque la guerra comercial le hará daño por su sector exportador. Lo fundamental, según Shih, es que el sistema financiero sirve a las prioridades de Xi, y la IA parece una de las más altas, a juzgar por las sesiones de estudio, las reuniones del Politburó y el hecho de que Ding esté al frente. Espera, por tanto, que se dediquen muchos recursos a la IA sin importar la deuda local. Abajo la situación es tan mala que hay maestros y funcionarios sin cobrar cuatro o cinco meses al año. Aun así, la gente sigue eligiendo el empleo público, porque la alternativa puede ser repartir comida a domicilio, y el Estado al menos ofrece unos meses de salario, atención médica y almuerzo gratis. Se han recortado beneficios, pero se sigue invirtiendo en defensa, IA y tecnología.

¿Por qué las inversiones dejaron de ser productivas? Shih explica que lo fueron en los ochenta y noventa, cuando faltaba infraestructura, pero el segundo y tercer tren de alta velocidad tienen rendimientos decrecientes, y la población disminuye, sobre todo en el noreste y el suroeste, donde ya casi nadie necesita esas conexiones.

Corrupción y sobreconstrucción

Si el centro desconfiaba de ese crecimiento artificial y muchos funcionarios acabaron arrestados en lugar de ascendidos, ¿qué los motivaba? Shih reconoce que es un debate abierto en su campo. Algunos sostienen que más inversión aumenta las probabilidades de ascenso. Su argumento es que el vínculo no es la inversión, sino la búsqueda de rentas que la acompaña. En un tren ligero de mil millones de dólares, los contratistas pueden pagar cien millones en comisiones, y el funcionario puede entregar cincuenta a su superior para mejorar sus opciones de ascenso. Shih cita el trabajo de James Kung, que muestra que vender terrenos baratos a principitos con conexiones, quienes luego cabildean por el funcionario, aumenta estadísticamente la probabilidad de ascenso.

Dwarkesh contrasta este equilibrio con el estadounidense: en California, muchas facciones obtienen su parte retrasando proyectos, y en tiempos de Robert Moses cada actor, desde bancos con bonos con descuento hasta sindicatos, tenía incentivos para terminar las obras. Shih coincide en que en Estados Unidos las regulaciones generan grupos interesados en prolongar los procesos para capturar más rentas. En China, el secretario del partido de una ciudad o provincia es jefe de la mayoría de los reguladores locales y puede saltarse la burocracia siempre que se beneficie.

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Qué haría falta para resolverlo

La solución que Shih considera económicamente sólida, aunque cree que el gobierno no la adoptará «ni en un millón de años», sería recortar gastos innecesarios como defensa y buena parte de la política industrial. Con esos ahorros se impulsaría la demanda interna mediante políticas de bienestar y se reduciría gradualmente la deuda local. China ya tiene la mayor armada del mundo, algunos de los mejores cazas y sistemas de misiles, y según Shih nadie se atrevería a invadirla. Siente cierta simpatía por la inversión en chips e IA, dado que Estados Unidos impide a China comprarlos, pero cree que se podrían reducir subsidios en baterías o energía solar y subir impuestos a empresas exportadoras, una causa importante del superávit comercial. El gobierno no lo hará porque prioriza competir con Estados Unidos y dominar múltiples cadenas de suministro, algo que Shih considera innecesario en un mundo de comercio global, para China y también para Estados Unidos.

Dwarkesh pregunta por qué no eliminar simplemente la represión financiera. Shih responde que solo beneficiaría a los ahorradores netos, entre el 10 % y el 20 % de los hogares, porque los depósitos están muy concentrados en el 10 % superior y la mayoría tiene pocos ahorros aparte de su vivienda. Sin mejores servicios sociales, la gente seguirá ahorrando por precaución ante la enfermedad. Por eso China necesita un mejor seguro de salud. Shih añade que le preocupa lo mismo en Estados Unidos: recortar Medicaid fomentaría el ahorro precautorio y reduciría el consumo a corto plazo.

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Taiwán, la información y los expertos

Sobre la probabilidad de una invasión de Taiwán en esta década, Shih cree que el deseo de Xi de unificar China es sincero, pero no tan fuerte como para asumir una apuesta muy arriesgada: lleva doce años en el poder y, aunque la presión sobre Taiwán ha aumentado mucho, no ha actuado. Lo describe como un político no imprudente; incluso considera que Covid cero fue conservador, pues mantuvo el confinamiento más de lo necesario. Dwarkesh sugiere que Xi podría estar acumulando autosuficiencia en alimentos, energía y tecnología para actuar cuando alcance un umbral. Shih admite que se observa acumulación de petróleo y grano, expansión naval y capacidad de desembarco, pero cree que el umbral no es fijo: depende de factores externos que lo suben o lo bajan. Uno que probablemente lo elevó es Ucrania, donde Putin, mal informado, creyó que tomaría el país rápidamente y se equivocó. Xi no puede descartar que le pase lo mismo.

¿Recibe Xi información incómoda? Dwarkesh recuerda el caso de 2024 en que Xi preguntó por qué China no tenía unicornios tecnológicos, cuando muchos atribuían la causa a la represión tecnológica de 2021. Shih, que dice estar intentando evaluarlo con datos, cree intuitivamente que la cúpula siempre escucha a los expertos y los respeta. Pero los grupos de interés cercanos al poder también lo saben y presentan expertos con opiniones distintas, de modo que a veces el líder recibe consejos contradictorios y decide por intuición. Otras veces los dirigentes saben que los expertos tienen razón y no actúan por motivos políticos. En Covid cero, Shih cita un artículo suyo según el cual los expertos informaron de que las vacunas de ARNm estadounidenses eran mejores, pero el gobierno decidió vender solo productos nacionales para ayudar a su industria farmacéutica, y la propaganda empezó a denigrar las vacunas occidentales. También la decisión de no adquirir Paxlovid a gran escala pudo ser política. La razón de fondo, según Shih, es que proteger al partido y sus herramientas casi siempre pesa más que cualquier consideración técnica: las farmacéuticas estatales necesitaban sobrevivir, tener una marca nacional y flujos de caja para financiar la «nueva biología», incluida en los planes industriales.

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Sucesión: no hay plan

Shih es tajante: ahora mismo no hay plan de sucesión. Si Xi muriera mañana, el primer impacto sería financiero. Hoy, si un multimillonario intenta sacar dinero con facturas falsas, por ejemplo la importación de un millón de Rolex desde Singapur, la orden llega a la Administración Estatal de Divisas, y el burócrata la rechaza porque teme que alguien en Pekín lo note y acabe en la cárcel en una semana. Si percibiera que nadie vigila, aunque fuera una o dos semanas, aprobaría el pago a cambio de cien millones. Por eso Shih prevé, como mínimo, una crisis financiera. Las reservas de unos 3 billones de dólares equivalen a menos del 5 % de la oferta monetaria. Si la gente quisiera trasladar racionalmente un 10 % de sus activos al exterior, habría una devaluación masiva, y frenarla exigiría tipos de interés de alrededor del 20 %, con quiebras generalizadas.

Si Xi se deteriorase gradualmente, Shih distingue lo que históricamente no funciona, designar un sucesor, que con Stalin y Mao acabó con el elegido muerto «de manera horrible», de lo que podría funcionar: una figura de transición en quien todos confíen para representar al líder pero que no pueda convertirse en número uno. Mao tuvo a su esposa Jiang Qing. Xi podría recurrir a su esposa o, cada vez más, a su hija, que gana perfil. No podrían ser número uno por el sexismo arraigado en el partido y porque nunca han ocupado cargos oficiales. Pero estas figuras pueden ser demasiado débiles: Jiang Qing fue purgada semanas después de la muerte de Mao. Aquella transición fue relativamente pacífica, salvo la purga de la Banda de los Cuatro, porque los veteranos de la Larga Marcha se conocían de décadas. Hoy hay mucha rotación y poca confianza entre miembros del Politburó, probablemente de forma intencional, para que no puedan aliarse contra el líder. Sin ese capital social de 1976, Shih cree que la transición será más implacable, brutal y potencialmente disruptiva.

En cuanto a facciones, Shih dice que todos están de algún modo en deuda con Xi, pero distingue a los más pro-mercado, con experiencia en provincias costeras como Zhejiang o Shanghái, y a los estatistas procedentes de empresas estatales, incluidos los industriales militares. Paradójicamente, cree que estos últimos podrían ser estabilizadores, como en la Unión Soviética tras Stalin y Jruschov: apoyan a quien esté en el poder a cambio de más subsidios para su sector, aunque eso acabó dañando la economía soviética.

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Un pronóstico sobrio

Sin contar la IA, Shih prevé que para 2040 la economía china sea de una a 1,2 veces la estadounidense en términos reales, frente a alrededor del 70 % actual sin ajustar por paridad de poder adquisitivo. Desconfía de las cifras de PPA porque la calidad de los bienes difiere: en algunos casos la china es peor y en otros, cada vez más, mejor. Lo admite como un pronóstico pesimista frente a quienes esperan una China dominante. Sus motivos son que el crecimiento ya se desaceleraba, que la presión comercial aumenta y que la deuda impide un gran estímulo al consumo, de modo que solo queda redoblar la inversión del lado de la oferta. Duda que el mundo pase a comprar 100 % BYD en lugar de Volkswagen y prevé reacciones o restricciones. Aunque China se hiciera con la mayor parte de América Latina, África y Oriente Medio, esos mercados no bastan; habría que conquistar Europa y Norteamérica, y eso será muy difícil.

Al final, Dwarkesh pregunta cómo entrevistar a alguien cercano al Politburó. Shih lo ve muy difícil: los funcionarios de nivel medio o superior ya no pueden salir de la República Popular. Algunos ex viceministros pueden viajar a Hong Kong, así que la mejor opción sería verlos allí o, mejor aún, en Shenzhen. Si hablarían o no dependería de cada persona, pero Shih advierte que en China se respira un ambiente en el que la gente teme desviarse de la línea del partido, porque puede meterse en serios problemas.