Mühlberg, 1547: una escaramuza de caballería convertida en la imagen oficial de la victoria de Carlos V

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Resumen

En la tercera conferencia del ciclo «Batallas de la Era de los tercios» de la Fundación Juan March, el historiador Álvaro Soler del Campo explica la batalla de Mühlberg (1547), en la que Carlos V derrotó a los príncipes protestantes de la Liga de Esmalcalda. La conferencia se anunció con el título «contexto, desarrollo e iconografía», pero el ponente advierte al principio que ha cambiado el planteamiento. Mühlberg está tan respaldada por imágenes que prefiere que la iconografía acompañe todo el relato de los hechos, en lugar de reservarla para el final. Solo al cierre dedica un apartado breve a lo que llama iconografía «de segundo nivel», que considera también muy importante.

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Su pregunta central aparece al final de la charla: ¿qué fue realmente Mühlberg? Su respuesta es que, sin la captura del elector de Sajonia, habría pasado a la historia como una simple escaramuza de caballería.

De las 95 tesis a la guerra de Alemania

Soler del Campo resume con rapidez los antecedentes. Todo empieza en 1517, cuando Lutero expone sus 95 tesis contra las indulgencias. En ellas denuncia que la Iglesia cobre por ellas y defiende que lo importante es la introspección y el reconocimiento de las faltas personales. En 1521 Carlos V convoca la Dieta de Worms. Allí se pide a Lutero que exponga su pensamiento, y el resultado es el Edicto de Worms, que prohíbe sus postulados.

El ponente subraya un dato para entender todo el conflicto. Entre los años veinte y los cuarenta, Carlos V pasa en total 16 años fuera de Alemania. En su opinión, eso alarga el problema y favorece más a los luteranos que a la política imperial. En 1530 el emperador regresa «cargado de victorias»: ha sido coronado en Bolonia por el papa y se ha impuesto a Francia en la cuestión italiana. Exige entonces a los príncipes protestantes que declaren su fe, y así nace la Confesión de Augsburgo, considerada la primera exposición de los principios del luteranismo. La respuesta católica es la Confutatio. Para entonces, según el ponente, el Edicto de Worms apenas había tenido efecto, porque el luteranismo se extendía por Alemania y cada vez más ciudades y príncipes lo adoptaban.

En ese contexto, Felipe de Hesse y Juan Federico de Sajonia, cabezas del bando protestante, crean la Liga de Esmalcalda. Su objetivo es proteger las ideas reformadas y también los territorios de los príncipes frente a la política de los Habsburgo. Carlos vuelve a ausentarse de Alemania, y queda al cargo su hermano Fernando, rey de romanos. El ponente explica que Fernando tenía una capacidad de movimiento limitada, porque sus intereses en Bohemia le obligaban a atender otros asuntos además de la lucha contra el protestantismo.

Túnez, Argel, Brunswick y una armadura de 1544

La campaña de Túnez de 1535 contra Barbarroja fue la gran victoria de Carlos V en el norte de África. Le valió ser presentado como un nuevo Escipión. El ponente recuerda que en pleno Renacimiento la propaganda imperial comparaba a Carlos con los emperadores romanos y al Imperio otomano con los cartagineses, como si aquellos enfrentamientos repitieran las guerras púnicas más de mil años después. Esta conexión le interesa porque, según anticipa, Túnez y Mühlberg acabarán ligadas desde un punto de vista ideológico.

En 1541 llega el desastre de Argel. Se quiso repetir la hazaña de Túnez, pero una tormenta terrible hundió media flota, y militarmente la operación tampoco fue buena. En 1542 ocurre algo que podría parecer anecdótico: los miembros de la Liga de Esmalcalda invaden los territorios del duque de Brunswick. Soler del Campo explica que los acuerdos entre electores prohibían los enfrentamientos directos entre ellos. Esa invasión rompía la norma imperial, y Carlos V podía usarla como pretexto para empezar la guerra de Alemania. En 1543 llegan la campaña de Cleves, una victoria importante en una plaza estratégica, y la alianza de Enrique VIII con Carlos V contra Francisco I. En 1544 se produce la campaña de Francia, en la que el emperador llega a acercarse a París, y después la paz de Crépy, que fue solo momentánea.

El ponente destaca 1544 por otro motivo: ese año se forja la armadura que Carlos V llevará en Mühlberg. No se hizo para la guerra de Alemania, sino muy probablemente para la campaña de Francia. Le parece muy raro que el emperador usara la misma armadura entre 1544 y 1547, porque solía encargar algún arnés complementario cada año o año y medio. Su explicación es la enfermedad: la gota le hacía mucho daño y, al parecer, con esa armadura se encontraba especialmente cómodo para soportar los rigores de la guerra. En 1545 empieza el Concilio de Trento, y en 1546 estalla la guerra de Alemania, en la que se enmarca la campaña de Mühlberg.

Los protagonistas: el duque de Alba y los dos Sajonias

El ponente insiste en las edades de los protagonistas: casi todos rondan los cuarenta años. El duque de Alba, figura clave de la campaña, tiene 39. Soler del Campo advierte que la imagen poderosa que hoy tenemos del duque se forjó años después de Mühlberg. En 1547 era todavía un hombre muy arrojado. Según cuenta, con unos 17 años y sin avisar a su padre se marchó al asalto de Fuenterrabía de 1524. Combatió casi toda su vida y ganó poco a poco la confianza de Carlos V. En Túnez mandó la caballería y en los años cuarenta consolidó una carrera ascendente, cuya «guinda del pastel» fue Mühlberg. Pero aún no había sido virrey de nada: era una figura importante de la corte cuyo gran poder estaba todavía por llegar.

Junto a él aparece Mauricio de Sajonia, primo segundo del elector Juan Federico de Sajonia. Juan Federico era a su vez yerno de Felipe de Hesse, y ambos eran los líderes de la Liga. El ponente plantea la pregunta evidente: ¿qué hacen dos miembros de la misma familia en bandos opuestos? Su respuesta es que en la guerra de Alemania la religión está presente, pero el componente político es igual de importante. Carlos V, aun en guerra con los príncipes protestantes, les concedía favores e intentaba templar la situación, porque eran electores del imperio y no podía prescindir de ellos. A Fernando le ocurría lo mismo: cuando necesitaba ayuda para defenderse del turco, los primeros a quienes debía pedirla eran precisamente esos príncipes.

La casa de Sajonia se había dividido en dos ramas con el tratado de Leipzig de 1485: la albertina y la ernestina. En 1547 Mauricio representa a la primera y Juan Federico a la segunda. El ponente describe como «diplomacia fina» la labor de zapa del emperador con Mauricio, protestante, para atraerlo a su bando. Lo que estaba en juego era la dignidad de elector: si se unía a Carlos y todo salía bien, Juan Federico dejaría de ser elector y el cargo pasaría a Mauricio. «Religión y política está completamente entrecruzada», resume.

Los cronistas, testigos de la batalla

Soler del Campo dedica un espacio a unos protagonistas de los que, según dice, nunca se habla en las conferencias: los cronistas. Sin ellos no se conocería con tanto detalle lo que pasó en Mühlberg. Le llama especialmente la atención Luis de Ávila y Zúñiga, comendador mayor de Alcántara y capitán general de la caballería. Ávila no se separó de Carlos V durante la batalla y fue testigo directo de todo lo ocurrido. Su relato es muy preciso, igual que los de Alonso de Santa Cruz y Diego Núñez de Alba. Los Diálogos del soldado ofrecen también una buena descripción. Sandoval, el gran biógrafo de Carlos V, reúne fuentes diversas pero sigue sobre todo a Ávila. A estas se suma una obra de finales del siglo XX, de Cadenas y Vicente, que recoge escritos de embajadores y cartas en las que Carlos V, Felipe II y otros miembros de la familia imperial cuentan lo sucedido.

La iconografía que guía el relato: Tiziano, Ávila, Vico y Alba de Tormes

El ponente avisa con humor de que el público acabará «un poquito harto» del retrato ecuestre de Tiziano. Pero lo considera la pieza clave de todo el montaje simbólico en torno a la batalla. En 1548 Tiziano pinta en Augsburgo dos cuadros de Carlos V con las armaduras de Mühlberg. Ese año coinciden en la ciudad el pintor, el emperador y el armero que hizo la armadura, Desiderius Helmschmid, el principal armero de Augsburgo y proveedor imperial. Por eso, según el ponente, no hay error posible: lo que Carlos llevaba en la batalla era exactamente lo que se ve en el cuadro, y además se conservan las piezas. Los problemas aparecerán en otros detalles.

En el retrato ecuestre, Carlos va equipado como caballería ligera. El segundo cuadro se perdió en el incendio del palacio de El Pardo de 1604, en el que ardió una galería de retratos reales. Se conoce por una copia de Pantoja de la Cruz, en la que el emperador va armado como caballería pesada, salvo la armadura de piernas, que no lleva puesta.

Hay dos documentos más que el ponente considera muy importantes. Su preferido es un dibujo «tan naíf» del propio Luis de Ávila, de unos 9 por 11 centímetros. En ese cuadradito está contado todo lo importante de la batalla, porque quien lo hizo fue uno de sus protagonistas y sabía dónde había que fijarse. El otro es la famosa estampa de Enea Vico de 1551, contemporánea de los Tizianos y de las principales obras creadas para recordar la batalla.

El tercer gran conjunto es el torreón de Alba de Tormes, en Salamanca. Soler del Campo recuerda con cariño su primera visita, poco después del estreno de Gladiator, cuando comparó al duque con Máximo Décimo Meridio: un general que combate en el Danubio y vuelve a sus campos de cereal en Hispania. Alba de Tormes era el lugar de descanso del duque, donde estaba su familia. El ponente bromea con que cada vez que iba allí salía «con un hijo nuevo». Del castillo, arrasado, queda el torreón llamado «de la armería», decorado con frescos de la batalla. En primer plano, la pintura es muy manierista, «muy a la romana». Pero al ponente le interesan los segundos planos, donde se narran tres escenas: el cruce del Elba, el enfrentamiento en el bosque de Lochau y la captura de Juan Federico de Sajonia.

Soler del Campo sostiene que en ese torreón no cabía una armería, y mucho menos la de un duque de Alba. Le parece más factible que el duque mandara decorar la sala para guardar allí la armadura de la batalla y los trofeos conseguidos en Mühlberg, como una especie de panteón. Menciona además los tapices de las jornadas de Alemania del Palacio de Liria, en Madrid, que forman parte de la colección de la Casa de Alba. También cita las poco conocidas pinturas del palacio de Oriz, en Navarra, hoy en el Museo de Navarra. Según el ponente, algún miembro de la familia propietaria debió de estar en Mühlberg, porque mandó pintar una sala cuadrada y grande dedicada únicamente a la campaña del Danubio, incluido el asalto de Ingolstadt, y a Mühlberg. Estas pinturas sirven para saber qué equipo llevaban y qué cuerpos de ejército intervinieron.

Guarniciones de armadura: pesada, media y ligera

Para seguir la batalla, el ponente explica un concepto técnico. Cuando se habla de las armaduras de Carlos V o del duque de Alba no se trata de una sola armadura, como la que se ve en la esquina de un restaurante o de un parador. Se trata de una «guarnición»: un conjunto de muchas piezas que, combinadas de distintas formas, dan armaduras para usos diferentes.

La caballería pesada corresponde a las armaduras de «hombres de armas», con casco cerrado y el cuerpo cubierto por completo de piezas cerradas. Hay una tipología intermedia, más ligera y móvil, con escarcelas articuladas que cubren los muslos y grebas de una sola pieza en lugar de dos. La caballería ligera lleva el mínimo imprescindible: cota de malla, peto y espaldar. En los cascos de los modelos más ligeros, la pieza de protección facial tenía un botón que permitía subirla, bajarla o incluso quitarla. Todas las piezas de una misma guarnición se reconocen por la decoración, porque en las armaduras de lujo los patrones son exclusivos.

El «ADN» de la armadura de Mühlberg es una banda central dorada, grabada al aguafuerte, con festones apuntados a ambos lados, «como unos piquitos». El ponente asegura que, ante cualquier pieza de cualquier colección del mundo, puede decir si pertenece o no a la guarnición de Mühlberg según tenga o no esa decoración. Ese rasgo será decisivo en el juego iconográfico y en la propaganda imperial posterior.

Lo que llevaba Carlos V y dónde está hoy

El propio Ávila describe el equipo del emperador, y su descripción coincide con el Tiziano. Algunas piezas se conservan en la Real Armería. El peto pintado por Tiziano es el mismo que se guarda allí. En la copia de Pantoja aparece negro, algo que el ponente atribuye a una «manía» del pintor, probablemente para que la obra encajara en la biblioteca de El Escorial, su destino final. Los brazales también coinciden. Del casco no se sabe con seguridad cuál es, porque se conservan dos de esa tipología.

La caballería ligera con la que va vestido Carlos se ha llamado de «herreruelos». Se distingue por un casco de tres crestas, que en el cuadro aparece gris porque estaba forrado de piel. Por eso el casco original no tiene decoración. Según el ponente, ciertas pieles absorben el agua y protegen el casco de la corrosión, además de resguardar un poco al jinete de la intemperie. Como buen herreruelo, Carlos lleva una pistola colgada del arzón, porque este tipo de jinete debía tener un arma de fuego. El ponente cree que probablemente esas pistolas también se conservan en Madrid, igual que la testera del caballo que aparece en el cuadro. La configuración de caballería pesada también se conserva montada.

La armadura del duque de Alba está hoy en Viena. El ponente explica por qué. Fernando del Tirol, que combatió en Mühlberg junto a su padre, el rey de romanos, tuvo una «idea magistral»: escribir a todo el mundo, enemigos y turcos incluidos, pidiendo que le enviaran una armadura si querían ser considerados héroes de su tiempo, para formar una armería de héroes en el castillo de Ambras, en Innsbruck. «¿Quién no va a querer ser un héroe?», comenta. Felipe II envió una de Carlos V y otra de Fernando el Católico. El duque de Alba mandó la que había usado en la guerra de Alemania, y se conserva la carta en la que lo explica. Lo mismo ocurrió con una de las armaduras que Mauricio de Sajonia llevó a la campaña. El ponente supone que en el tren imperial Carlos llevaba las dos armaduras pintadas por Tiziano («una seguro y la otra casi seguro») con muchas piezas de complemento, para decidir cada mañana si iba como caballería ligera, pesada o infantería.

Húngaros, pistolas de rueda y arcabuces

Otro cuerpo decisivo, y según el ponente una novedad de los años cuarenta, es la caballería ligera húngara, dependiente de Fernando. Se distingue por un escudo especial, no cuadrangular, con una punta que protege al jinete y le deja la cabeza libre para ver lo que ocurre. Ávila y Zúñiga los considera «los mejores caballos ligeros del mundo». Soler del Campo adelanta que fueron clave en la batalla. En los frescos de Alba de Tormes se distinguen los tres tipos de caballería: hombres de armas, herreruelos con cascos de tres crestas y húngaros.

El ponente no se detiene en la infantería, porque las formaciones de los tercios se habían tratado en la conferencia anterior, ni en la artillería, de la que solo muestra un cañón contemporáneo con las armas imperiales. Sí explica el arma de fuego de la élite: la pistola de rueda, una de las primeras armas de ignición semimecánica. Se le daba cuerda con una palomilla, que tensaba un muelle interior. Al disparar, la pirita o el pedernal bajaba contra la cazoleta mientras la rueda giraba, y la ignición era así mucho más segura y rápida. Aunque se habla de antecedentes hacia 1515–1520, según el ponente las primeras armas de rueda realmente controladas aparecen hacia los años treinta. En 1547 estaban, por tanto, naciendo y eran alta tecnología militar. Los arcabuceros regulares usaban armas de serpentín con mecha, más sencillas. El ponente subraya la «cantidad brutal» de armas de fuego presentes en Mühlberg y la experiencia y potencia de fuego de los tercios. Y deja planteada la pregunta de si Mühlberg fue realmente una batalla y quién tuvo más importancia en ella.

Una Alemania protestante y los negocios de Augsburgo

Con un mapa, el ponente muestra la extensión de la Liga. Cita a un cronista, que no recuerda si fue Ávila o Núñez de Alba, según el cual «de Colonia para allá toda Alemania es protestante». Lo compara con decir que desde Lisboa hasta Valencia toda la península lo fuera. Dentro de ese territorio señala un círculo de ciudades especialmente combativas, entre ellas Augsburgo.

De Augsburgo cuenta una anécdota que le parece «muy divertida». La ciudad fue de las primeras en sublevarse, pero una fuente dice que al mismo tiempo dejaba entrar a los criados del emperador que iban allí a encargar armas o a pagar las ya hechas. Alba y Carlos llegaron a Mühlberg con armaduras de Helmschmid, y probablemente también el resto de la alta aristocracia española. Eran objetos carísimos, «fortunas». El ponente resume la actitud de Augsburgo con un «business is business»: la mezcla de política, religión y negocio era constante.

Del Danubio al Elba: de la guerra de desgaste a la ofensiva rápida

En 1546, para la campaña del Danubio, se concentran fuerzas: el tercio de Nápoles de Alonso Vivas, el de Lombardía de Rodrigo de Arce y las tropas de Álvaro de Sande, llegadas desde Hungría. Cuando la campaña terminaba y los tercios estaban a punto de disolverse, rebrotaron los problemas con los luteranos.

Siguiendo a Julio Albi, Soler del Campo contrapone las dos campañas. En el Danubio se evitó el choque frontal y se buscó desgastar al enemigo con escaramuzas y encamisadas. Las encamisadas eran golpes nocturnos en los que los soldados llevaban la camisa por fuera para reconocerse en la oscuridad: quien la llevaba era «de los nuestros». La campaña del Elba fue distinta, y el ponente lo atribuye al «genio de Alba». En un territorio absolutamente hostil, Alba entendió que las operaciones debían ser casi una blitz: rápidas, contundentes, entrando en cuña, para impedir que el enemigo se reagrupara y reuniera una fuerza superior.

El detonante fue que Juan Federico, al volver del Danubio, atacó territorios de Mauricio y de Fernando. Carlos decidió reaccionar y envió al marqués de Brandemburgo con 1.800 caballos y parte de la infantería. Los luteranos, «inexplicablemente» según el ponente, lo capturaron y lo encerraron en Gotha, una fortaleza tan poderosa que Carlos mandó arrasarla hasta los cimientos después de Mühlberg.

El emperador partió desde las cercanías de Augsburgo y tuvo que recorrer unas dos terceras partes de Alemania lo más rápido posible, pasando por Nördlingen y Núremberg. Las fuerzas se concentraron en Eger, la actual Cheb, en la República Checa, donde Carlos se reunió con Fernando y Mauricio. Desde allí avanzaron hacia el Elba junto a las cordilleras, mientras limpiaban la retaguardia de lo que Juan Federico iba dejando atrás. Según las cifras que maneja el ponente, en Eger los imperiales sumaban 17.000 infantes y 5.000 caballos, y Juan Federico 10.000 y 4.000. Al llegar a Mühlberg al elector le quedaban 6.000 infantes y había perdido cerca de mil jinetes por el camino.

Meissen: prisa, cansancio y reputación

En Meissen, ya sobre el Elba, surgieron dos problemas. El militar: si el enemigo se encerraba en Meissen y los imperiales se detenían a sitiarla, perderían tiempo y el elector podría escapar. De Eger a Mühlberg hay unos 160 kilómetros en línea recta, y tardaron solo 12 días. La infantería estaba agotada, y Carlos llegó a ordenar un respiro, porque aquella gente llevaba diez días andando sin parar. Pero detenerse daba ventaja al elector.

El segundo problema era de reputación, y el ponente lo ilustra con Núñez de Alba. Según el cronista, si el enemigo seguía corriendo por Alemania «a la iguala», el emperador perdería gran reputación. Soler del Campo interpreta ese «a la iguala» en términos de caballería: 5.000 caballos frente a 4.000. En una guerra rápida la infantería estorba, y lo que cuenta son los jinetes. Si no actuaban bien, el desprestigio podía hacer que los enemigos de ese «territorio comanche» se unieran contra ellos. Por eso los cronistas advierten que cuanto más se adelantaban para que el elector no escapara, más crecía el peligro.

El paso del Elba

En Mühlberg la desproporción era enorme, según el ponente: 17.000 infantes contra 6.000, y aproximadamente el doble de caballería. Pero sostiene que la infantería solo fue decisiva en el cruce del río. Toda la batalla duró unas ocho horas. Con una foto actual del lugar, pide imaginar un paisaje parecido: una orilla despejada con bosques detrás, el ejército protestante enfrente y el imperial en la otra ribera. Los protestantes tenían 21 piezas de artillería frente a las que el ponente cree que eran tres de Carlos. El fuego de cañones y arcabuces obligó a los imperiales a resguardarse entre los árboles.

Alba ideó entonces una maniobra de distracción. Envió jinetes húngaros hacia Torgau, donde se pensaba que Juan Federico quería refugiarse. Si el elector llegaba a Torgau, se haría fuerte y esperaría refuerzos de las ciudades protestantes cercanas, más al norte. Podría reunir así un ejército muy superior, y la campaña habría terminado. El ponente describe la maniobra como un «trampantojo». Los árboles impedían a Juan Federico ver cuántas fuerzas imperiales había, y temió una maniobra en pinza, así que decidió moverse hacia Torgau.

Mientras tanto hubo un intenso fuego cruzado, bien visible en la estampa de Vico. Según las fuentes, como el alcance de los arcabuces imperiales no bastaba, los arcabuceros entraron en el agua para ganar metros. Varias descargas potentes sembraron cierto pánico entre los protestantes, y el elector ordenó la retirada.

El ejército imperial llevaba un puente de barcas en varias secciones, pero no bastaba para cubrir los unos 300 pasos (200 metros) de anchura del Elba. Los protestantes tenían tres secciones de otro puente de barcas en su orilla, y el objetivo pasó a ser capturarlas. Alba ya había hecho una descubierta con jinetes húngaros y había pagado a un vecino de Mühlberg para que cruzara y le informara de si el elector estaba allí y de si había un vado. El duque observó además que la orilla protestante era más alta y tenía muros de piedra en un punto. Dedujo que, si esa zona estaba más fortificada que el resto, era porque allí estaba el vado; en lo demás, «el río se defiende solo».

Llega entonces uno de los momentos clave, protagonizado por completo por la infantería. Diez infantes se lanzaron al agua con las espadas en la boca para capturar las secciones del puente. Juan Federico había ordenado quemarlas y había colocado arcabuceros dentro para disparar a quien se acercara. Aun así, los diez, luego recompensados por Carlos V, lograron tomar las tres secciones, que serían vitales para el paso del resto del ejército. Al mismo tiempo, otro vecino de Mühlberg, a quien los sajones habían robado dos caballos, indicó por venganza a Carlos V otro vado para la caballería.

El ponente matiza que aquel paso no fue sencillo. Según los embajadores italianos, algunos caballeros españoles confesaron haber pasado muchísimo miedo al cruzar, y dijeron que no lo habrían hecho si el emperador no se hubiera lanzado primero al agua con su caballo. En los frescos de Alba de Tormes se ven la captura de las plataformas, la infantería disparando, los tercios preparándose y la caballería ligera de Alba con los húngaros batiendo ya la otra orilla. En otra escena, que el ponente recomienda mirar con prismáticos, aparecen Alba cruzando primero, el vecino señalando el vado con el dedo y Carlos V con la caballería pesada, seguido de los tercios.

Sobre la vanguardia, el ponente señala que las fuentes coinciden bastante, quizá porque se copian o porque tenían información parecida. La mayor divergencia está en Núñez de Alba, que cifra la caballería pesada en 2.300 efectivos frente a los 1.820 de Ávila y Santa Cruz. Primero cruzó la caballería ligera con Alba (herreruelos y húngaros), luego la pesada con el emperador, y entre ambas, arcabuceros a caballo. Alba tuvo además otra idea, que el ponente ilustra con un dibujo de la revista Desperta Ferro. Como aún no podían pasar ni la artillería ni la infantería sin riesgo de que se ahogaran, cada jinete ligero llevó a la grupa a un arcabucero de los tercios. Así, con 1.800 caballos cruzaban también 1.800 infantes.

El crucifijo tiroteado, el bosque de Lochau y la captura del elector

Soler del Campo destaca un episodio que, según dice, los historiadores militares nunca mencionan. Unos protestantes dispararon contra una imagen de Cristo en un crucero de un camino y le dieron uno o dos balazos. El emperador se enfureció y, según recoge la fuente, dijo que iba a vengar las injurias de Nuestro Señor. Fue entonces cuando decidió seguir a la vanguardia de Alba. Comenzó una gran persecución en la que Carlos iba tras la estela de Alba, algo separado porque el polvo no le dejaba ver, lo que le permitía también cubrir los flancos. Llegaron así a un bosque a unos 29 kilómetros de Mühlberg. El ponente pide imaginar la paliza que eso supuso para un hombre enfermo.

Allí contactaron con el ejército sajón. Unos arcabuceros españoles a caballo lanzaron una descarga contra el bosque, cundió el pánico entre los sajones, y los húngaros, la caballería ligera y la pesada aprovecharon para cargar. Según Ávila y Zúñiga, sembraron el campo de muertos. Un poco más allá capturaron al elector.

En el cuadro de Tiziano que conmemora la captura, Juan Federico aparece con una cuchillada en la cara: un hombre herido y enfermo. Según la costumbre alemana, debería haber desmontado, quitado el guante y tocado la mano del emperador para rendirse, y así lo representa un grabado. Pero, según el ponente, no ocurrió así. Carlos no le dejó bajar del caballo al verlo agotado; las fuentes dicen que estaba gordo, cansado y «fatal». Juan Federico le llamó emperador, y Carlos le reprochó que antes le llamaba «Carlos de Gante», como para ningunearlo. Cuando el elector le pidió clemencia, Carlos respondió que lo castigaría como merecía. Alba, capitán general del ejército, lo condenó a muerte, aunque la condena se levantó después.

Aquí aparece, según el ponente, un elemento muy importante para la imagen imperial: el paralelo con Julio César. El «vine, vi y vencí» se transforma en «vine, vi y Dios venció». Los frescos de Alba de Tormes representan también los muertos de la batalla.

Sobre el destino de los protagonistas, Soler del Campo menciona que la alianza de Mauricio con el emperador duró poco: en 1552 volvió a coaligarse contra él y liberó a Juan Federico. Juan Federico y Felipe de Hesse permanecieron presos hasta ser liberados con la paz de Passau.

Mühlberg como imagen oficial de la victoria imperial

A partir de ahí nace el mito, y las imágenes de Carlos en Mühlberg circulan en todo tipo de soportes. El ponente vuelve a Túnez. En los tapices conmemorativos de aquella campaña, realizados justo después de Mühlberg, el emperador aparece con la armadura de Mühlberg, reconocible por los festones apuntados. Por eso se había detenido antes en ese detalle: está «omnipresente».

La imagen llegó incluso a México. Entre 1557 y 1598, año de la muerte de Felipe II, artesanos mexicas hicieron para el rey una adarga de plumas de colibrí con las victorias contra el islam: Granada, Las Navas de Tolosa, Túnez y Lepanto. En la escena de Túnez, «qué casualidad», aparece el Carlos V de Mühlberg según Tiziano. El ponente cita también las famosas esculturas de los Leoni del Museo del Prado, todas con la armadura de Mühlberg. Resume que Mühlberg se convierte en la imagen oficial de la victoria del emperador.

Las estampas, distribuidas por toda Europa, generaron a su vez otras obras. Una de ellas es un enfriador de vino con la escena de Enea Vico en el fondo. Otra es un escudo de parada milanés de los años sesenta o setenta, una pieza de superlujo cuya escena central reproduce ese grabado. Para el palacio del Buen Retiro, Antonio Arias Fernández pintó a Carlos V con la armadura de Mühlberg junto a Felipe II con la de San Quintín: las armaduras de las dos campañas emblemáticas de cada uno. El ponente constata que esta imagen ha llegado hasta hoy, también en las colecciones reales. En la Real Armería se exponen la configuración de caballería pesada y, según el Tiziano ecuestre, la de caballería ligera. «Milber es Milber», concluye.

¿Batalla o escaramuza?

Al final, Soler del Campo responde a la pregunta que había dejado abierta. En su opinión, sin la captura de Juan Federico de Sajonia, Mühlberg habría pasado a la historia como una escaramuza. Pidiendo permiso por la frivolidad, la compara con una película de indios y vaqueros: persecución, parada, disparo, nueva persecución, hasta la captura. No fue, dice, una batalla clásica de dos ejércitos inmóviles en un campo concreto, sino una persecución de ocho horas con recorridos de 30 o 40 kilómetros galopando sin descanso.

Los tercios fueron importantes en el paso del Elba. Todo lo demás, según su conclusión, fue una batalla de caballería, o más bien una escaramuza de fuerzas de caballería prolongada durante muchísimos kilómetros. Que un enfrentamiento así se convirtiera en la gran imagen triunfal de Carlos V es, precisamente, lo que la iconografía mostrada a lo largo de la conferencia permite entender.