Restaurar contra el paso del tiempo: la arquitectura tradicional como laboratorio de sostenibilidad según Camilla Mileto y Fernando Vegas

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Resumen

La segunda sesión del ciclo Hecha entre muchos. Arquitectura popular del Mediterráneo, celebrada en la sede de la Fundación Juan March en Palma, planteó una pregunta concreta: ¿sirve todavía para algo la arquitectura tradicional, o es solo un recuerdo del pasado? La respondieron Camilla Mileto y Fernando Vegas López-Manzanares, catedráticos de la Universidad Politécnica de Valencia y directores del grupo de investigación Res-Arquitectura. Su postura es clara. Para ellos, la arquitectura vernácula no solo puede conservarse, sino que ofrece lecciones aplicables hoy en términos económicos, sociales y medioambientales. Para defenderlo no se quedaron en la teoría: presentaron obras propias con costes, mediciones y anécdotas de obra.

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En la presentación se recordó su trayectoria. Mileto es catedrática y directora del departamento de Composición Arquitectónica, especialista en arquitectura popular y restauración, y miembro de la Académie d'Architecture de Francia. Vegas es especialista en restauración y rehabilitación y responsable en España de la Cátedra UNESCO de Arquitectura de Tierra, Culturas Constructivas y Desarrollo Sostenible. Juntos han intervenido en conjuntos como la Alhambra de Granada, una finca de Gaudí o el Castell de Bellver en Palma, codirigen la revista Loggia, Arquitectura y Restauración y han recibido, entre otros, los premios Europa Nostra, el Premio Nacional de Artesanía y el Premio Internacional Domus.

Qué entienden por arquitectura tradicional

Camilla Mileto abrió la charla con una definición amplia. Cuando se mira una construcción tradicional, dijo, no se ve solo "un cubito de piedra". Se ve la relación con el lugar y con la naturaleza, la actividad humana, la cultura, la tradición y la historia. Es a la vez paisaje y patrimonio, tanto material como inmaterial.

Según Mileto, esta arquitectura nace de las necesidades de quien se asienta en un lugar: cobijo, vivienda, espacios para trabajar, guardar aperos o comer. Por eso la describe como una arquitectura "muy a medida del ser humano", pequeña y ajustada a lo que se necesita, sin más. Se construye con lo que hay alrededor, sea tierra, piedra, caña o madera. De ahí la impresión de que "está integrada en el paisaje", cuando en realidad, matizó, nace del paisaje, porque sus materiales son el propio lugar. Además, esos materiales apenas se transforman: la energía empleada es la humana. La tierra del entorno se mete en un molde para hacer adobes, o la piedra se desbasta un poco para colocarla mejor. En este punto mencionó, dirigiéndose al público mallorquín, la declaración de la piedra en seco como Patrimonio de la Humanidad, que presentó como la celebración de una cultura mediterránea compartida.

Otro rasgo que subrayó es el cuidado. Toda arquitectura lo necesita, reconoció, también la contemporánea. Pero la tradicional exigía un mantenimiento periódico que generaba casi rituales comunitarios. Su ejemplo fue la mezquita de Djenné, en Malí, donde toda la comunidad se reúne una vez al año para mantenerla. Mileto añadió que el mantenimiento se encajaba en los ritmos del año: muchas veces se hacía cuando no había trabajo en el campo.

Las cubiertas vegetales le sirvieron para anticipar un problema que retomaría más tarde. Mostró una barraca valenciana junto a una casa de los Cotswolds, en Inglaterra, y confesó su "envidia". En Inglaterra se siguen haciendo tejados vegetales, mientras que en Valencia "cuesta horrores" encontrar a alguien capaz de hacerlos.

De los proyectos VerSus a una lista de valores

Estas ideas sirvieron de base a dos proyectos europeos del grupo. El primero, VerSus, buscaba aprender de la arquitectura vernácula. El segundo, VerSus+, pretendía devolver lo aprendido a la gente, porque, según Mileto, las comunidades son las verdaderas dueñas de ese patrimonio, no los arquitectos ni los académicos.

Mileto admitió que la palabra "sostenibilidad" se usa demasiado, hasta el punto de que "todo tiene que ser sostenible y acaba que nada es sostenible realmente". Aun así, sostiene que la arquitectura vernácula enseña muchos principios en ese sentido. Unos tienen que ver con el paisaje, los materiales locales, el clima y la forma de implantarse en un lugar. Otros son culturales: la transmisión entre generaciones, el aprendizaje y el trabajo en comunidad, la creatividad que nace de la necesidad. A su juicio, todo esto puede seguir aplicándose aunque cambie el contexto. Lo resumió en valores socioeconómicos, socioculturales y patrimoniales.

Por qué se pierde: un inventario de causas

Si tiene tantos valores, ¿por qué esta arquitectura aparece tan a menudo en ruinas? Mileto enumeró muchas causas. La primera es el abandono ligado a la migración del campo a la ciudad y a la despoblación del interior de España. Le sigue la obsolescencia funcional: molinos, hornos y otras construcciones productivas que ya no sirven para su fin original. Todo ello va unido a la transformación de la economía y la sociedad rurales.

A eso se suman causas culturales. Cambian las aspiraciones ("mi casa es vieja, antigua, pobre y busco otra cosa"), atrae lo nuevo y faltan aprecio y educación sobre este patrimonio. También hay causas técnicas y normativas. La llegada de los materiales industriales cambió por completo la forma de construir y trajo consigo la pérdida de los oficios. Además, la normativa pensada para esos materiales no se adapta a los tradicionales, que quedan fuera porque "no cumplen el código técnico". La lista terminaba con la falta de voluntad política, las intervenciones incompatibles y la pérdida del carácter local. Mileto concluyó que conocer bien los problemas era el primer paso para intentar invertir esa tendencia.

Una casa "en fallo multiorgánico" como proyecto piloto

Fernando Vegas presentó el caso principal: una vivienda tradicional en Sesga, una aldea del Rincón de Ademuz (Comunidad Valenciana), que el grupo compró y restauró. Insistió en que podría haber sido cualquier casa vernácula, "una casa en Inca o donde queráis". La obra no era un fin en sí misma, sino un proyecto piloto con varios objetivos: fomentar el patrimonio y las tradiciones locales, demostrar que la restauración era viable y ofrecer soluciones útiles y ligadas a la realidad. Vegas advirtió contra un defecto que atribuye al mundo académico, el de "no bajar de las nubes". Dijo que ellos han sido "cocineros antes que monjes" y que querían responder a las preguntas que siempre hace la gente: "¿y esto cómo lo hago?" y "¿cuánto me cuesta?".

La casa, según su descripción, era "el enfermo perfecto", con un "fallo multiorgánico". Los forjados tenían tantos agujeros que en invierno nevaba en la planta baja, aunque la nieve tenía que atravesar tres plantas para llegar. La fachada conservaba un enlucido de yeso de color marrón. El resto de la aldea, en cambio, estaba mayoritariamente enlucida con cemento Portland gris, y según Vegas los vecinos ni siquiera lo pintaban porque presumían de cemento como señal de progreso.

El primer paso fue un estudio histórico con fotografías antiguas del pueblo y de la familia que vivía allí. La dendrocronología, es decir, el análisis de los anillos de la madera, mostró que la parte original se construyó con vigas cortadas en 1732, y que otra parte era una ampliación de los años cuarenta del siglo XX. Vegas destacó el efecto que tuvo ese dato: la casa pasó de ser una "casucha", una casa vieja, a ser una casa antigua, y con ese cambio de palabra llegó el respeto de los vecinos.

El proyecto se redactó con tanto detalle como el de un monumento, viga a viga y problema a problema. Vegas explicó que nunca distinguen entre trabajar con Gaudí y trabajar en una casa vernácula: ambas reciben el mismo cuidado. Defendió también un proceso de "desaprendizaje". Según él, el técnico sale de la escuela con las "gafas" de lo que le han enseñado, y quien ha aprendido hormigón lo ve todo en clave de hormigón. Él propone "arrimar la oreja a los muros" y buscar las soluciones a partir de la propia lógica del edificio.

El yeso como material estructural

El hallazgo técnico más llamativo fue el yeso. La casa estaba construida casi solo con este material, incluidos pilares que sostenían hasta cuatro plantas, "como si fueran pilares de hormigón". Vegas recordó que se suele considerar el yeso un material pobre, apto solo para enlucir. Para entender cómo funcionaba, en lugar de acudir a las normas UNE o DIN o al Código Técnico, recurrieron a lo que llamó "la normativa local": los ancianos del lugar. Ellos les explicaron que el secreto estaba en usar muy poca agua. Siguiendo esa indicación con un yeso comercial, obtuvieron en laboratorio resistencias de 20 a 30 megapascales, que Vegas comparó con las del hormigón o incluso superiores. La contrapartida, según explicó, es que fragua muy rápido y exige mucho trabajo manual. También documentaron el proceso tradicional de producción del yeso.

Con esa base fijaron los criterios de la restauración: materiales naturales y "de kilómetro cero", mano de obra local, materiales disponibles en las tiendas de la zona, control de los costes reales, adaptación a las necesidades de uso ("que tenga un grifo, que me pueda duchar") y recuperación del patrimonio local y, de rebote, del conjunto histórico.

La obra paso a paso: de la cubierta a los suelos

Vegas recordó que una casa se empieza por los cimientos, pero una restauración se empieza por la cubierta, porque por ahí entra el agua. Después vinieron los muros, algunos a punto de caerse, que se repararon con mortero de cal. El albañil desconfiaba de ese mortero porque "no aguantaba", y los arquitectos tuvieron que explicarle que el de cemento impide transpirar al muro.

Una anécdota ilustra el contraste de miradas. Un día, los obreros empezaron a gritar que la casa se caía porque habían descubierto que un muro era de tapia, es decir, de tierra apisonada. Los arquitectos, en cambio, estaban "contentísimos" de tener un muro de tierra en la casa. Enseñaron a restaurarlo, y después los trabajadores lo tocaban sorprendidos de lo duro que era.

Para la cubierta cortaron caña en el menguante de enero. Según Vegas, así el vegetal tiene menos savia y resulta menos atractivo para los insectos xilófagos. Se añadió aislamiento térmico y se colocaron las tejas. En los forjados, hechos de vigas de madera y yeso, aplicaron el mismo principio con una analogía médica: en un trasplante de riñón no se pone un hígado de cerdo parecido, se busca un riñón compatible. Por eso restauraron el yeso con yeso. Reinterpretaron soluciones tradicionales, lo mezclaron con distintas fibras y lo ensayaron en laboratorio para demostrar que "no era una tontería". Los suelos de las plantas altas se acabaron con pavimento de yeso lijado y encerado, que Vegas describió como transpirable y tan agradable que "dan ganas de quitarse los zapatos".

En la planta baja se inspiraron en una práctica ibérica documentada en excavaciones arqueológicas: poner corcho en el suelo y echar tierra encima. Hicieron una capa de corcho para aislar de la humedad y encima un hormigón de cal, bruñido en los baños para hacerlo algo más impermeable.

La historia del yesero es otra de las anécdotas de la charla. Le pidieron que usara poca agua. Él echó mucha, extendió el yeso con destreza y, ante la cara de los arquitectos, preguntó si lo querían "rústico" y empezó a tocarlo para darle ese aspecto. Le explicaron que no querían un rústico forzado: con poca agua, el yeso sería más fuerte y la propia paleta dejaría una textura natural. Como el yesero lo consideró "una tontería", acabaron prescindiendo de él.

Conservar sin rehacer: fachada, carpinterías y objetos

La fachada, restaurada por un equipo de restauradores, quedó aparentemente igual que antes, y esa era precisamente la intención. Los vecinos, expectantes, preguntaron al retirarse el andamio si no iban a "enlucirla bien". La respuesta fue que se trataba de un enlucido del siglo XVIII: bastaba con cerrar las grietas y conservarlo, y ya se volvería a mantener cuando hiciera falta.

Recuperaron todas las carpinterías existentes y las repararon sobre todo en las partes bajas, las que más se estropean. La parte alta de la casa nunca había estado habitada: la familia la amplió, pero no llegó a vivir en ella, así que esas ventanas nunca tuvieron carpintería. Allí hicieron carpinterías nuevas que reinterpretan la lógica tradicional, con la balconera incrustada en el marco de la ventana, sin pretender que parezcan antiguas.

La distribución se invirtió. La planta baja, muy húmeda porque está pegada a una roca que "rezuma agua de continuo", se conservó casi como un museo de sí misma. Allí están la cocina histórica, con su alacena y los colores del siglo XVIII recuperados quitando las capas posteriores en lugar de repintar, el establo y un lagar de vino integrado en la casa. En el lagar, el vino se pisaba desde arriba y el mosto caía a una pileta que hoy es un baño-cueva, un espacio que antes todo el mundo consideraba un horror. Lo habitable se trasladó a las plantas superiores, que tienen más luz. Allí hay una cocina contemporánea con lavaplatos y nevera, construida con ladrillo y yeso a imitación de las alacenas antiguas, una chimenea de leña como única calefacción de la parte alta (abajo hay radiadores), un altillo en el salón y muebles de yeso hechos con puertas reutilizadas. En la planta intermedia conservaron los colores del siglo XIX, época en que se remodeló esa zona.

Cuando compraron la casa estaba llena de objetos. No tiraron nada: lo almacenaron y lo reutilizaron cuando terminó la restauración, veinte años después de la compra, y todavía conservan una habitación llena de cosas. Para identificar muchos objetos cuya función desconocían, reunieron a los pocos vecinos de la aldea y les preguntaron para qué servían. Mileto destacó que así se devuelve nombre y significado a las cosas, y que esa comprensión de cómo funcionaban los espacios es esencial aunque hoy se usen de otra manera.

Cuánto cuesta: el bolsillo y a dónde va el dinero

Como siguieron toda la obra "casi con un cronómetro", pudieron calcular costes. Según Vegas, simplificando, la restauración costó aproximadamente un 80% de lo que habría costado derribar y construir de nuevo, y eso en un caso extremo, "de extrema unción". Añadió que probablemente habría salido aún más barato si no hubieran experimentado tanto. Los veinte años de obra, explicó, no se debieron a la restauración en sí, sino a que estaban probando soluciones como quien ensaya una vacuna.

Después analizó el precio a partir de lo que llamó el "trípode" de cualquier obra: mano de obra, materiales y maquinaria. Lo ilustró con una ventana. Supongamos que restaurarla cuesta 1.000 euros y que comprar una nueva cuesta lo mismo. En el caso de la ventana nueva, según su ejemplo, unos 900 euros se van a la compra en la tienda, 50 al carpintero que la ajusta y otros 50 a transporte o herramientas. En la restauración, unos 900 euros van al carpintero del pueblo. Con el mismo gasto total, el dinero se queda cerca y mantiene vivos los oficios locales, en lugar de ir a una fábrica lejana ("a lo mejor en París, no lo sé"). Vegas lo llamó "una segunda revolución francesa" y lo relacionó con las quejas sobre la despoblación y la falta de trabajo: restaurar es invertir más en mano de obra. Según contó, cuando algún alcalde lo entiende, se queda pensando que tiene que fomentarlo.

Con esta experiencia elaboraron un manual de restauración muy sencillo, pensado "casi para gente que no sabía leer o que no quería leer", que muestra cómo intervenir bien, "regulín regulón" y mal, y que está disponible en línea. La casa acogió durante años seminarios con estudiantes, visitas de expertos, un máster y talleres con niños. El grupo también restauró otros edificios preindustriales de la producción local siguiendo la misma línea.

Veinticinco años después y el balance de carbono

Veinticinco años después de los primeros talleres, los ponentes volvieron a estudiar la aldea. Vegas aclaró que no todo es mérito suyo "ni por asomo", pero observa más aprecio por el patrimonio local, crecimiento del turismo cultural e intervenciones más sensibles: ya nadie presume de cemento gris. Hay convivencia entre materiales tradicionales e industriales, gente que se dedica a la restauración "y no para de trabajar", y el albañil que trabajó en su casa tiene una larga lista de espera. Según contó, la población, incluida la estacional, incluso ha crecido después del COVID.

Clasificaron las casas del pueblo en tres grupos: restauradas con materiales naturales y oficios tradicionales, restauradas con materiales industriales y derribadas y reconstruidas. Luego hicieron un análisis de ciclo de vida (LCA) para medir el "bolsillo" del medio ambiente. Compararon su casa de 180 m² con dos escenarios hipotéticos: la misma casa restaurada con materiales industriales, de la que hay muchos ejemplos en el pueblo, y una casa nueva de igual superficie tras demoler la existente. Según los resultados que presentaron, la opción con materiales naturales supone un ahorro de carbono del orden del 50% frente a la restauración con materiales industriales y del 80% frente a la demolición y obra nueva. Vegas lo calificó de "increíble" y de otra "revolución". En su opinión, además de las políticas públicas, cada decisión individual de restaurar de una determinada manera contribuye a la descarbonización. Presentó la rehabilitación tradicional como una estrategia de sostenibilidad no solo ambiental, sino también sociocultural y socioeconómica.

¿Quedan artesanos? El mapa de oficios y la Red de Maestros

Todo esto plantea un problema: ¿quién sabe hacer estas cosas? Hace unos diez o doce años, contó Vegas, el Ministerio de Cultura les encargó un estudio de los oficios tradicionales activos en toda España: quién sabía hacer artesonados, quién producía cal o hormigones de cal, etc. Durante un año entero, con un equipo amplio, recorrieron el país en autocaravana, porque casi ningún artesano tenía internet. El resultado, con mapas, fichas y vídeos de cada oficio, está publicado en la web del Instituto del Patrimonio Cultural de España. También elaboraron una serie de cuadernillos gratuitos sobre técnicas tradicionales.

Tres o cuatro años después, una fundación inglesa con rama española, INTBAU, conoció el trabajo y los contrató para convertir esa información en una web útil: la Red de Maestros. En ella se puede buscar, por ejemplo, un carpintero tradicional en Ibiza o filtrar por provincia y oficio. Vegas precisó que la fundación solo admite a quienes se dedican realmente al oficio tradicional, que hay más artesanos de los que figuran y que la red sigue ampliándose. El grupo ya no la mantiene; lo hace la fundación, cuyo responsable, Alejandro García Hermida, iba a intervenir en el mismo ciclo semanas después.

La barraca de los Aranda en la Albufera

Mileto presentó el segundo caso, que conecta con su envidia de las cubiertas inglesas. Según dijo, en Valencia llegó a haber entre 40.000 y 50.000 barracas, y hoy quedan unas cuarenta. Una de las causas principales de su desaparición fue el riesgo de incendio de las cubiertas vegetales, como ocurrió en el barrio del Cabanyal. Paradójicamente, se venden como souvenir, y cuando los visitantes preguntan dónde están, hay que mandarlos a buscar por la Albufera.

Les encargaron restaurar una de las más antiguas, la barraca de los Aranda, en El Palmar, una de las pocas que conservaba la cubierta vegetal original, ya que la mayoría la tiene de uralita. Los ponentes la conocieron habitada hace unos veinte o veinticinco años. Después quedó vacía y se degradó rápidamente, incluso durante la fase de proyecto, porque entraba agua. Mileto subrayó que, una vez entra el agua, todo se deteriora muy deprisa.

La propiedad es privada, pero el objetivo era triple: conservarla, hacerlo con materiales y técnicas tradicionales y darlo a conocer. El equipo se empeñó en que los oficios fueran locales, aunque apenas quedaba nadie capaz de hacer la cubierta. Mileto lo justificó así: quien hace algo así queda orgulloso y lo cuenta, y si es de allí, lo difunde en su entorno.

La barraca estaba construida con adobes de tierra de las orillas de la Albufera y, en la parte superior, con "pared de mano", un muro amasado de tierra. El vídeo proyectado explicaba que conocían este tipo de muro por la literatura, pero nunca habían visto un ejemplo. Las termitas habían destruido las cerchas; al romperse, la cubierta empujó los muros hacia fuera. Para contener el desplome, los muros originales se doblaron por el exterior con adobe, conectado con cañas. Les habría gustado conservar la cubierta, que según Mileto era del siglo XVIII y tenía clavos hechos a mano, pero no fue posible. Hicieron una operación que ella consideró especialmente útil: desmontaron solo una mitad, reconstruyeron esa mitad y después desmontaron la otra. Así tenían siempre delante el original para ver cómo se resolvían los nudos, porque cuando se desmonta todo "parece que sabes todo, pero no sabes normalmente nada".

Para la cubierta nueva, idéntica a la anterior, cortaron el carrizo y el borró (el vegetal exterior) en su momento, y encontraron a la única persona que seguía en activo. Mileto distinguió entre saber hacer algo y poder hacerlo en una obra. Ese artesano, además, enseñó el oficio a quienes trabajaban con él, y hoy hay al menos tres o cuatro personas que saben hacerlo. En el vídeo, Mileto comparó el proceso con la cocina: la buena restauración no se hace en dos meses, porque depende de los tiempos de la naturaleza. El suelo interior es de tierra, con un poco de cal añadida para poder pulirlo y encerarlo.

El vídeo añadía dos matices históricos. La barraca no coincidía con los dibujos de principios del siglo XX, lo que los ponentes atribuyen a dos posibles razones: que existían muchas variantes y no un solo tipo, y que esta era mucho más antigua, probablemente de finales del siglo XVII. Hoy se usa como espacio privado de reuniones y celebraciones, con baño y una cocina profesional con tres frigoríficos industriales, "aunque no lo parece". Durante la obra se organizaron visitas, incluidas las de técnicos del Ayuntamiento de Valencia. Según el vídeo, la barraca está abierta a visitas en el centro de El Palmar.

Mileto enmarcó ambos casos en un flujo continuo: conocimiento, valorización, protección, conservación, formación e innovación. Lo que no se conoce, dijo, no se puede valorar ni conservar.

De la tradición a la obra nueva: la bóveda tabicada

Para mostrar que estos principios sirven también para construir de nuevo, Vegas habló de la bóveda tabicada, hecha con ladrillos colocados de canto. Según explicó, es una técnica de origen medieval, arraigada en la arquitectura vernácula de zonas como Castellón, que dio el salto a América de la mano del valenciano Guastavino, autor de numerosos edificios famosos y protegidos en Estados Unidos. Sobre todo, subrayó que sigue viva: en el entorno de Valencia hay mucha gente que la construye con facilidad. Como ejemplo mostró la escalera que un albañil hizo para un vecino, que le costó muy poco y que según Vegas "pasa todo el barrio" a ver.

Una familia de productores cerámicos les encargó un panteón familiar en Villarreal (Castellón). Querían algo sencillo y acogedor, sin grandes símbolos, que usara la cerámica tradicional. Vegas destacó que es la única obra que han empezado en las canteras de arcilla, seleccionando la materia prima. Después, en una tejería tradicional, eligieron el formato, la terraja y el tipo de cocción, más oxidante o más reductora. La bóveda carece de armadura y funciona gracias a sus pliegues. Vegas lo explicó con un papel: estirado se dobla, pero plegado en acordeón puede sostener una Biblia. Según él, pesa poquísimo y apenas lleva cemento, solo en la segunda capa. En la web hay tres vídeos sobre su construcción.

El panteón les llevó a la Bienal de Venecia, donde defendieron que estas bóvedas pueden sustituir a los forjados de hormigón. También han hecho talleres con estudiantes, que se divierten "sobre todo" con las pruebas de carga. La técnica la han llevado a otros lugares: en Burkina Faso asesoraron en la construcción de una escuela económica e investigaron cómo hacer bóvedas tabicadas con adobe, y en Nepal trabajaron con bóvedas reforzadas con tejidos para resistir terremotos. Mencionaron que siguen en contacto con Nepal. Siempre que van a un sitio hacen talleres con niños, porque, según dijeron, la continuidad empieza en la infancia.

Mileto cerró la exposición enumerando lo que la rehabilitación tradicional puede aportar: mantener la memoria y los valores culturales, reutilizar lo existente en lugar de derribar, usar materiales de proximidad, crear empleo en restauración y gestión cultural para fijar población en el interior, atraer nuevos habitantes y reducir transportes, residuos y huella de carbono. No lo presentó como una revolución, sino como la suma de "gotita a gotita".

Preguntas: ha cambiado la sensibilidad, pero despacio

El moderador preguntó si en 2026 perciben una sensibilidad distinta. Mileto respondió que los cambios culturales y sociales son lentos, pero que en veinticinco años algo ha cambiado, y no por ellos. Aprecia algo más de conciencia cultural. También señaló que algunos arquitectos estrella han empezado a usar materiales más compatibles y tradicionales siguiendo la moda de la sostenibilidad. A ella esa moda no le gusta del todo, pero reconoce que genera interés. Le gustaría que el cambio fuera mucho mayor.

Sobre su encaje en la escuela de arquitectura, Vegas reconoció que hace veinte años encajaban "muy mal", pero que fueron los alumnos quienes "dieron codazos". Son responsables de la asignatura de restauración en quinto curso. Según él, los estudiantes sienten que aprenden, y en al menos una docena de ocasiones los trabajos de la asignatura han terminado en encargos reales, su primera obra. Recordó que al principio iban a contracorriente, cuando pidieron al rector un solar para hacer pruebas de tapia. Mileto añadió que en las escuelas se sigue enseñando mucho hormigón y metal, pero que el alumnado pide estos contenidos: al llegar a quinto descubren que no han visto nada de rehabilitación en cinco años, precisamente lo que más demanda tendrán al salir. Vegas aportó un dato de las estadísticas de los colegios de arquitectos: hasta hace pocos años, solo alrededor del 20% de los proyectos eran de intervención en lo existente, y ahora, en poco tiempo, se ha pasado a un 70-80%. Según él, en toda Europa hay cada vez menos obra nueva.

El moderador preguntó también por el coste del estudio previo y por la responsabilidad de trabajar fuera de la normativa. Mileto contestó que la herramienta fundamental del estudio previo es la propia cabeza, que "cuesta poquito, cuesta las horas". La dendrocronología ayuda a valorar el edificio, pero no es imprescindible para intervenir. Sobre la normativa, admitió que un arquitecto que trabaja con sistemas convencionales está más cubierto y que ese es uno de los grandes problemas de las técnicas tradicionales. Añadió que en patrimonio la normativa permite asumir la responsabilidad y justificar el cumplimiento, por ejemplo la resistencia al fuego, aunque el proceso sea más complejo. Ella dijo no tener la sensación de estar arriesgándose.

Vegas completó la respuesta con una analogía médica. Igual que con una muela no se va al ginecólogo, los arquitectos no valen todos para todo, y decir lo contrario para defender la profesión es, en sus palabras, "mentira cochina". Ante una rodilla dañada, uno prefiere al especialista que pone un tornillo de titanio antes que al que amputa y ofrece una prótesis con la que correr el doble. Según Vegas, con experiencia el estudio previo resulta fácil, mientras que sin ella todo "parece una montaña". Recurrir a un especialista evita sobreactuar, conserva el carácter del edificio y puede salir más barato, tanto para el bolsillo como para el medio ambiente.

Cómo encontrar arquitectos y cómo financiar

Una asistente preguntó cómo encontrar arquitectos especializados en rehabilitar edificios centenarios de marès en Mallorca, sin cimientos, con humedades y goteras. Los ponentes reconocieron que no existe una "red de maestros" de arquitectos. Recomendaron preguntar en el colegio de arquitectos, revisar las webs de los estudios para ver qué línea de trabajo gusta y confiar en el boca a boca. Vegas observó que a ellos nunca les llega un encargo para derribar un edificio, lo que interpreta como señal de que quien los busca ya sabe lo que hacen.

Otra persona, que habló en catalán, explicó que quería rehabilitar una casa familiar en un pueblo pequeño, que otros familiares preferían derribar para vender el solar, y preguntó si era posible con ayudas públicas y un presupuesto limitado, en torno a 40.000 o 50.000 euros, para algo básico. Mileto respondió que los presupuestos de las obras mostradas eran bastante pequeños y que con poco se puede recuperar muchísimo, avanzando poco a poco. No supo decir qué ayudas existen en esa zona (la asistente mencionó Valladolid). Explicó que las ayudas suelen destinarse a monumentos y edificios públicos y que para el patrimonio privado normalmente se limitan a fachadas, como ocurrió en algunas épocas en el Rincón de Ademuz. Vegas insistió en que, en principio, cuanto más se conserva, menos cuesta.

Vegas contó además el origen de su manual Aprendiendo a restaurar, reeditado en valenciano, castellano e inglés y no disponible en línea porque sigue vendiéndose. La Consellería de Obras Públicas de Valencia les explicó que daba la misma ayuda a quien derribaba y construía de nuevo, a quien restauraba con cemento y a quien restauraba con cal, porque sus técnicos no sabían distinguir. El grupo redactó el manual con criterios para graduar las ayudas: el 100% para las intervenciones acordes con esos criterios y el 0% para quien derriba. "Ya verás que con la zanahoria las cosas funcionan", resumió Vegas. La sesión terminó con su conclusión de que la administración pública tiene un papel importante: si concede ayudas, debe discriminar entre formas de intervenir para conservar lo máximo posible.