«Nos ordenas ser libres: lo seremos». El Panegírico de Trajano de Plinio como pacto político

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Resumen

En la sexta sesión del ciclo «La fuerza de la palabra en la Antigüedad», en la Fundación Juan March, el catedrático Juan Manuel Cortés Copete lee el Panegírico de Trajano de Plinio el Joven como una pieza política y no como un simple elogio retórico. Varios fragmentos del discurso los dramatiza el actor Pepe Viyuela. Cortés Copete resume el mensaje de Plinio con una frase del propio texto: «Nos ordenas ser libres, lo seremos». Durante la conferencia intenta desmontar esa frase. Sostiene que el discurso, pronunciado ante el Senado en el año 100, sella un nuevo acuerdo entre el emperador y los senadores. En ese acuerdo la libertad, el poder y la divinidad del príncipe se redefinen con mucho cuidado en las palabras. Su conclusión es que una libertad que se recibe por orden de otro no es libertad.

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El día después del tirano

El conferenciante empieza en el año 96. En el palacio imperial un grupo de fieles de Domiciano asesina al emperador, al que acusan de tirano. Cortés Copete advierte que matar al tirano no resuelve el problema, porque el problema llega al día siguiente: a quién se nombra. Según él, algunos «ilusos» pensaban en restaurar la República, algo que ya era completamente imposible. Otros querían un emperador que les devolviera la libertad. El obstáculo era que nadie quería serlo, porque del cargo de emperador solo se sale muerto, sea por muerte natural en la cama o con alguien que ayude a hacer ese tránsito, con la voluntad del emperador o contra ella.

La elección recayó en un hombre anciano, débil y sin hijos: Nerva. Aquí el conferenciante abre un paréntesis sobre la púrpura. Los senadores tenían derecho a llevar la banda ancha de púrpura, el color que hoy asociamos a cardenales y purpurados, y aclara que no debe confundirse con el purple inglés, que a veces se traduce mal. Solo el emperador podía vestir además el manto púrpura, y ese manto «pesa mucho». Cuando Nerva comprobó su peso, buscó ayuda en Trajano, que mandaba el ejército de Germania. Lo nombró sucesor y murió a principios del año 98. Según subraya el ponente, por primera vez en la historia del Imperio, aunque no la última, un emperador de Roma llegaba al trono fuera de Roma.

El adventus: un emperador que entra a pie

El primer fragmento de Plinio que se lee describe la entrada de Trajano en la ciudad. Sus antecesores entraban en carros tirados por cuatro caballos blancos o a hombros de otros hombres. Trajano entró a pie y, dice Plinio, se mostraba superior a los demás solo por la estatura de su cuerpo: celebró «un triunfo no sobre nuestra sumisión, sino sobre la soberbia de los príncipes». Cortés Copete precisa que Trajano llegó con su coraza y su escolta, armado, y que a las puertas de Roma se desarmó y se vistió como un ciudadano para entrar.

No se conserva ninguna imagen antigua de ese adventus, pero el ponente muestra una equivalente de su sucesor, Adriano, que se reconoce por la barba. En ella la diosa Roma, con coraza y yelmo, le entrega el globo del mundo, y en segundo plano aparece un anciano que representa, en palabras del conferenciante, «a nosotros mismos, los senadores». Destaca además que se está fijando una fórmula nueva. Hasta entonces el emperador salía de Roma y regresaba, y se levantaban altares a la Fortuna Redux, el retorno afortunado. Ahora el emperador llegaba ya hecho desde fuera.

Dos años de miedo y un discurso perdido

Trajano entró en Roma a finales del año 99, casi dos años después de acceder al poder. Cortés Copete insiste en que no hay que olvidar el miedo que reinaba en el Senado. Se había matado a un tirano, se había encontrado un emperador «puente» y se había nombrado a un sucesor con apariencia de fuerte que llevaba dos años sin aparecer. Los senadores se preguntaban si vengaría a Domiciano, si se apoyaría en un poder militar y dónde estaba realmente el poder, si en la ciudad o en manos del emperador.

Trajano se hizo nombrar cónsul para el año 100. Cada 1 de enero, fecha cuya importancia hemos heredado según recuerda el ponente, el cónsul se presentaba en el Senado, pronunciaba un discurso y se hacían votos por el emperador. Ese 1 de enero Trajano habló por fin. Plinio lo recuerda con admiración por la majestad de sus ideas, la franqueza de sus palabras y la seguridad de su voz y de su gesto. También recuerda el contenido: el emperador exhortó a los senadores a recuperar la libertad, a asumir las preocupaciones del gobierno como si lo compartieran y a velar por el bien común. Plinio añade que otros habían dicho lo mismo antes, pero que a ninguno se le había creído. A continuación viene la frase central: «¿Nos ordenas ser libres? Lo seremos. ¿Nos ordenas expresar en público nuestros pareceres? Lo haremos». El silencio anterior, explica Plinio, no se debía a la pereza sino al terror y a «aquella desgraciada prudencia nacida de los peligros».

Para Cortés Copete, entre estos textos se esconde un «discurso subterráneo» inquietante. Lo que Trajano dijo realmente ese día sigue siendo un misterio, porque solo se conoce su reflejo en el Panegírico. Si se hubiera conservado, afirma, formaría parte de este ciclo sobre la fuerza de la palabra, porque la palabra del emperador iba acompañada de la fuerza de 30 legiones, unos 300.000 hombres en armas. Recuerda también que Plinio reconoce haber callado por miedo.

Nueve meses después: Plinio toma la palabra

El discurso de Plinio llegó el 1 de septiembre del año 100, cuando asumió el consulado sufecto o sustituto. Plinio fue el primero que aceptó dar una respuesta al emperador. El conferenciante subraya esos nueve meses de reflexión, de contactos y de «conversación soterrada pero intensa», de los que salió Plinio como la persona encargada de hablar. El texto recuerda que existía un decreto del Senado por el que, bajo la forma de acción de gracias pronunciada por el cónsul, los buenos príncipes debían reconocer lo que hacen y los malos lo que deberían hacer.

Plinio comienza con una plegaria. Nada pueden emprender los hombres sin la ayuda de los dioses inmortales, y ningún don divino es más excelente que un príncipe «casto, venerable y parecidísimo a los dioses». Trajano no fue elegido por «el oscuro poder» de nadie, sino por el mismo Júpiter, abiertamente y ante sus altares. Plinio pide a Júpiter que su discurso esté presidido por la libertad, la sinceridad y la verdad, y que su acción de gracias esté tan lejos de parecer adulación como de ser forzada. Cortés Copete apunta la ironía: esas mismas palabras se habían oído muchas veces antes en el Senado.

Refutar a Domiciano: padre y no señor

Según el conferenciante, el discurso es una refutación del reinado de Domiciano. Plinio pide que no se diga del príncipe nada que pudiera haberse dicho de otro, que se retiren las palabras que el miedo imponía y que no se le adule «nunca como a un Dios»: «No hablamos de un tirano, sino de un ciudadano. No hablamos de un amo, sino de un padre». También contrapone las aclamaciones del pueblo, que antes celebraba la hermosura y la voz de otro y ahora canta la piedad, la sobriedad y la apacibilidad de Trajano. Termina recordando el sobrenombre que el Senado le ha dado: Optimus.

Cortés Copete señala el problema de esta estrategia. Aunque Plinio se esfuerce en negarlo, de Trajano se iban a decir las mismas cosas que de Domiciano. Si bajo Domiciano circuló un discurso privado o clandestino contra el emperador, nada garantiza que no ocurriera lo mismo con Trajano. Pone como ejemplo el calificativo de «casto». Juliano el Apóstata, en su obra sobre los césares, escribió que cuando aparecía Trajano, Zeus escondía a su Ganimedes. El discurso trabaja por tanto sobre un «metadiscurso» que todos los senadores conocían. Domiciano, además, había sido querido por sus soldados, como muestran las monedas, y en un áureo aparece el águila de Júpiter trayéndole el rayo, es decir, recibiendo el poder del dios.

La censura gira primero en torno a la oposición entre padre y señor. A Domiciano se le atribuía el deseo de ser llamado dominus et deus, «señor y dios». El ponente analiza la palabra dominus, que tiene dos sentidos principales: el ciudadano dueño de su casa, sentido que el español hereda con naturalidad, y el dueño de esclavos. Además, dominus traducía el griego kyrios, el término del soberano, el mismo del Kyrie eleison («Señor, ten piedad»), empleado en la Biblia griega para nombrar a Dios. En la Atenas democrática existía la asamblea kyria, la asamblea soberana en la que se aprobaban leyes, porque el pueblo era el soberano. Ser soberano no es lo mismo que ser dueño de esclavos, y según Cortés Copete la oposición a Domiciano aprovechó ese desplazamiento para hacer política «perdidos en la traducción». De ahí su defensa del estudio de las lenguas antiguas y modernas.

La prueba que aporta está en el propio Plinio. En el libro décimo de sus cartas, la correspondencia con Trajano cuando este le nombró gobernador de Bitinia, Plinio se dirige al emperador siempre como domine, porque la palabra significaba «soberano» y no «amo de esclavos». Para el conferenciante eso no importaba: jugar con las palabras servía para justificar el asesinato de Domiciano.

Las virtudes del príncipe y su imagen

Plinio cuenta que muchas veces había imaginado en silencio al gobernante ideal y que nunca concibió uno como el que tenía delante. Otros brillaron en la guerra y se oscurecieron en la paz, llevaron bien la toga pero no las armas, se ganaron el respeto con el terror o el afecto humillándose. En Trajano, en cambio, todas las virtudes estaban en armonía: su buen humor no restaba seriedad ni su sencillez gravedad. Plinio elogia también su cuerpo, su altura, la dignidad de su rostro y unas canas prematuras que serían un regalo de los dioses para aumentar su majestad.

Cortés Copete comenta con humor que, a la vista del retrato de Trajano, que califica de bueno, cuesta reconocer las virtudes que canta Plinio. Recuerda que las imágenes imperiales estaban estereotipadas. El emperador vestía toga cuando quería presentarse como ciudadano, pero el imperator era sobre todo el general que, con el favor de los dioses, obtenía la victoria. En el friso de la Columna Trajana se reconoce a Trajano porque es más grande que los demás y porque va sin casco mientras los soldados lo llevan. Dirige a sus hombres sin necesidad de protegerse, y ahí se ve la majestad de la que habla Plinio.

El padre de Trajano: un elogio extraño

El ponente explica que Plinio tenía que abordar tres temas delicados: el padre de Trajano, su patria y el ejército. Sobre el padre, Plinio pregunta si las generaciones venideras creerán que un hombre hijo de un padre noble, de rango consular y que había celebrado un triunfo, al frente de un ejército numerosísimo y fiel, no se hizo aclamar emperador y llegó al principado solo por merecerlo y obedecer.

Cortés Copete lo considera un elogio «absolutamente extraño», y lo relaciona con monedas del reinado que llaman divus pater Traianus, el divino Trajano padre. El padre natural del emperador fue divinizado. Sobre este personaje, «crucial» según el ponente aunque se sepa poco de él, cuenta que era originario de Itálica y que la primera noticia que se tiene es su mando de la legión X Fretense en Palestina durante la guerra judía iniciada en el 66, que acabó con la destrucción del Templo. El general en jefe era Vespasiano, quien tras la muerte de Nerón se proclamó emperador en un pronunciamiento militar. Trajano padre fue uno de los principales apoyos de ese golpe, que desembocó en una guerra cruenta ganada por las legiones de Oriente. Vespasiano le colmó de honores y en el 73 le hizo patricio, un título que suponía descender de las familias fundadoras de Roma, aunque en realidad venía de Itálica, en Hispania. Era el mayor honor que podía recibir un senador.

Para el conferenciante, lo más llamativo es que Plinio diga que merecía el triunfo. En el Imperio solo el emperador podía celebrarlo, así que afirmar ante el Senado que el padre del emperador debió celebrar un triunfo equivalía a decir que debió ser emperador. Plinio añade que el joven Trajano ayudó a su padre a merecerlo. Cortés Copete lo vincula con un episodio que considera posiblemente real. Antíoco IV de Comagene, rey de un pequeño reino fronterizo de Siria, ayudó a Vespasiano, y este le «devolvió el favor» invadiendo su reino, un procedimiento que el ponente describe con ironía como habitual en la lucha política. Sus dos hijos huyeron al reino parto y, tras largas negociaciones, el rey parto aceptó entregarlos. Una inscripción recuerda a un centurión encargado de recogerlos. El futuro emperador era entonces tribuno militar en una legión de su padre, y posiblemente fue él quien los trajo. Traer a dos reyes capturados merecía un triunfo. Así, concluye, Trajano es el único emperador con dos padres divinos, Nerva y Trajano padre, que aparecen juntos en las monedas.

Itálica: lo que Plinio calla

Sobre la patria de Trajano, Plinio no dice nada. Habla de sus «rudimentos» en Oriente, de cómo unió el Rin y el Éufrates en la admiración que despertaba, pero no menciona Itálica. Cortés Copete añade que la Itálica que hoy visita quien va a Sevilla nunca la vio Trajano. El gran anfiteatro y la ampliación que triplica la ciudad antigua son obra de Adriano.

Las fuentes tardoantiguas, según el ponente, dicen con claridad que desde Trajano gobiernan los advenae, los extranjeros. Dion Casio, senador y dos veces cónsul del siglo III, escribe que Trajano no era ítalo sino ibero. Plinio lo entendió como un reproche y por eso lo calló: era mejor no hablar de unos orígenes en un pequeño municipio provincial, los de un indígena romanizado. Para el conferenciante, sin embargo, ahí está la grandeza del Imperio romano, que convierte en romanos a quienes no nacieron romanos. Lo ilustra con el emperador Claudio, «cojo, tartamudo e historiador», que en un discurso para abrir el Senado a los galos preguntó si no habían sido todos alguna vez extranjeros, y con la concesión de la ciudadanía a todos los habitantes del Imperio en el año 212. Pero en el año 100, dice, era mejor callar.

Trajano soldado y el ejército de ciudadanos

El tercer tema es el ejército. Plinio elogia que Trajano no pasara «de puntillas» por el servicio militar. Fue tribuno para poder ser general desde el principio, sirvió durante diez campañas, conoció pueblos, regiones y climas, y bebió aguas distintas como si fueran las de su patria. Cortés Copete explica que en época imperial el ejército era la mejor expresión de la voluntad del pueblo romano. Para ser legionario había que ser ciudadano, y los auxiliares provinciales recibían la ciudadanía al licenciarse tras entre 15 y 20 años de servicio. Por eso los griegos podían llamarlo un ejército «político», en el sentido de que estaba formado por politai, ciudadanos. Estar al frente del ejército hacía emperador a Trajano, pero el ponente advierte que eso no bastaba.

Elegido por los dioses

Para Cortés Copete, el corazón de lo que se decía en el Senado aquel 1 de septiembre es que Trajano había sido elegido por los dioses y no por los hombres. Plinio relata un presagio. Antes de ser adoptado, cuando recibió el mando de Germania, Trajano subió como todo general al templo de Júpiter Óptimo Máximo en el Capitolio. Al abrirse las puertas, la multitud gritó «¡imperator!». Se creyó entonces que saludaban al dios, el gran imperator de todos, pero Plinio sostiene que en verdad lo saludaban a él. Trajano era el único que no quería comprenderlo y rechazaba el gobierno, lo cual era propio de quien iba a gobernar bien. Hubo que obligarle.

El conferenciante apoya esta lectura en el arco de Benevento, que considera fundamental para entender la ideología trajanea. Si en la moneda de Domiciano era el águila la que traía el rayo, en el relieve es el propio Júpiter quien entrega el rayo a Trajano ante una asamblea de dioses que le encarga el gobierno de la tierra como auxiliar suyo. Muestra también la vista del Foro desde el templo capitolino para recordar que en la Antigüedad toda comunidad política es también religiosa y que esto sucede en público, ante la comunidad de fieles que es el Imperio. Las monedas repiten la imagen de Júpiter dando el rayo a Trajano.

La adopción como obra de la providencia

La bibliografía moderna suele hablar de la dinastía de los emperadores adoptivos. Cortés Copete puntualiza que la adopción es solo el método, porque Nerva se convierte en «la mano de Dios». Plinio escribe que el Estado maltrecho se refugió en el regazo de Trajano, que Nerva le dio el poder y él se lo devolvió, y que por eso Trajano recibe de la providencia no solo la urbs sino el orbe. El ponente comenta un mapa antiguo orientado, con el Oriente arriba y las Columnas de Hércules abajo. Observa que nosotros «nortamos» los mapas aunque digamos que los orientamos.

Plinio pide además que Nerva sea divinizado de inmediato, para que las generaciones futuras se pregunten si la adopción la hizo siendo ya dios, y dice que fue más añorado precisamente por haber procurado que no se le añorara. Cortés Copete bromea: «el pobre Nerva no está saliendo bien de esta». Según Plinio, Nerva fue solo un intermediario que obedecía tanto como Trajano. La adopción no se hizo «en su habitación, sino en el templo; no ante el lecho conyugal, sino ante el lecho sagrado de Júpiter», cuando acababa de llegar un laurel de Panonia y Nerva lo había depositado en el regazo del dios.

El conferenciante destaca que la adopción tiene lo que hoy llamaríamos un sesgo de género muy interesante: permite tener hijos sin mujeres. Para un romano, explica, lo peor era depender de una mujer empeñada en que gobernara su hijo. La guerra contra Cleopatra se hizo para que no gobernara una mujer, y la peor acusación contra un emperador era estar dominado por una. La adopción dejaba a las mujeres fuera de la política, que se consideraba cosa de hombres. Plinio lo dice de forma explícita: Trajano no fue adoptado «para satisfacer a una esposa», ni lo recibió como hijo un padrastro, sino un príncipe.

El consenso de todos y «elegido de entre todos»

Plinio añade que la elección contaba con el consenso del Senado y del pueblo, y que Nerva solo se adelantó a lo que todos iban a hacer. Cortés Copete recuerda que el régimen de Augusto también se había fundado en el consenso de todos. Lo interesante de ese consenso, dice, es que no necesita expresarse institucionalmente: no se vota ni se aprueba como ley, porque «fuera del todos están los que están muertos» por no aceptarlo. Así se forja un régimen basado en la adopción del mejor, y se sabe que es el mejor porque ha sido adoptado y porque los dioses lo confirman con la victoria.

La frase clave de Plinio es: «El que va a gobernar sobre todos debe ser elegido de entre todos». Un emperador no debe buscar al heredero del poder supremo en el regazo de su esposa ni dentro de su casa, sino en toda la ciudad, porque no da un amo a sus esclavos sino un príncipe a los ciudadanos. El conferenciante reconoce que al oírla parece un grito de democracia, pero señala que es una nueva versión de una frase pronunciada unos cuarenta años antes: «debe ser elegido de entre todos y por todos». Plinio ha suprimido el sujeto de la elección. Además, el «todos» cambia de sentido dentro de la misma frase. Los gobernados son todos los habitantes del Imperio, pero aquellos «de entre» los cuales se elige son solo los que visten la banda ancha de púrpura, los senadores. Solo un senador puede ser emperador, y lo elige Dios. Plinio, dice Cortés Copete, es un maestro en decir lo que quiere sin que parezca que lo dice, y propone en tono de manifiesto recuperar la retórica y la oratoria como disciplina imprescindible, «especialmente para algunas profesiones». Añade con ironía que este sistema tampoco era infalible con los hijos: a Claudio lo salvó precisamente parecer poco apto, porque nadie sintió la necesidad de matarlo, y luego no fue un mal emperador.

Príncipe civil y compañero de armas

El texto habla de «un príncipe para los ciudadanos y un emperador». Plinio elogia que el poder no le haya cambiado: no obliga a abrazarle los pies, sigue caminando a pie y disfruta del trabajo como antes. El conferenciante muestra imágenes de Trajano con toga, rodeado de niños a los que hace prosperar, porque un buen emperador hace fértiles los campos, que el ganado para y que los niños crezcan. Cita la Tellus stabilita, la tierra asentada, y su florecimiento primaveral como el crecimiento que trae un verdadero Augusto.

Para los soldados, Trajano debía ser un commilito, un compañero de armas. Plinio escribe que era más grande que todos sin menoscabo de ninguno y que unía las facetas de emperador y de camarada, que estimulaba como supervisor y aliviaba como compañero. Cortés Copete explica que los soldados rasos debían verlo sudar, caminar, comer el rancho y dormir en el suelo con ellos, como los grandes generales republicanos. Recorre después las conquistas del reinado: la Dacia, hoy Rumanía, que según el ponente toma su nombre de haber sido la última provincia romanizada, y en sus últimos años Armenia y Mesopotamia, entre el Tigris y el Éufrates, el actual Irak. Con más de 60 años, Trajano llegó a la desembocadura de esos ríos en el Golfo Pérsico y lloró al ver partir un barco hacia la India, desesperado por no ser tan joven como Alejandro. Según el conferenciante, esto le convirtió en modelo de emperador conquistador sobre todo en el siglo XIX y buena parte del XX.

Cortés Copete subraya la velocidad de la campaña. Cortaron madera en Siria y la transportaron a pie para construir barcas con las que cruzar los ríos. Compara esa capacidad de soportar «las aguas» de las que habla Plinio con un dato moderno: una de las mayores partidas del presupuesto estadounidense en Afganistán era el agua embotellada, porque los soldados enfermaban con el agua local. Pero el resultado no fue feliz. Los partos dejaron pasar a las legiones y se sublevaron cuando estaban en el Golfo Pérsico, y el ponente sostiene que el Imperio casi se pierde y que la situación se salvó gracias a la labor de su sucesor, Adriano. Las monedas muestran la Dacia cautiva que llora y al rey parto arrodillado, pero, en palabras del conferenciante, después nada acabó siendo tan feliz.

El problema de la divinidad: bronce y no oro

El punto que Cortés Copete considera crucial es la divinidad del emperador, «un problema antiguo que acabó siendo un problema cristiano». Plinio elogia que Trajano entre en los santuarios solo para rezar y que en el templo de Júpiter haya apenas una o dos estatuas suyas, de bronce. En cambio, no hace mucho las escalinatas relucían de oro y plata y contaminaban a los dioses con las imágenes de «un príncipe incestuoso».

El ponente explica por qué importa el metal. El oro y, en menor medida, la plata son metales de los dioses. Los humanos los valoran porque escasean y solo algunos los tienen, porque brillan, cosa que según él apela a «nuestra condición simiesca», y sobre todo porque no se oxidan. Lo que no se oxida es eterno, como Dios, así que una estatua de oro es la de un emperador divino. La de bronce se oxida y se pone verde, pero está destinada a dorarse cuando el emperador muera.

Para quienes se han criado en una sociedad cristiana la diferencia entre hombre y Dios es radical, «menos radical de lo que podría parecer, pero radical», dice Cortés Copete. Para los romanos había continuidad: los dioses se distinguían por su poder y su inmortalidad, y Dion Casio escribe que un hombre no es sino un dios en un cuerpo mortal. La muerte hace dios. Se va formando así una «divinidad atemperada» cuya figura clave es Hércules, el héroe que se convierte en dios por sus obras a favor de la humanidad. El conferenciante recuerda que Itálica está cerca de Cádiz, donde se encontraba el gran santuario de Hércules Gadiatno, y que empiezan a acuñarse monedas con Hércules. Hércules contiene, dice, una teología del poder imperial, hasta el punto de que a Trajano «se le va un poco la mano». Un emperador puede aparecer con toga, con coraza o desnudo, y los emperadores desnudos no son pornográficos sino divinos, porque los dioses no necesitan vestirse. Lo ilustra con una estatua que lleva la égida de Zeus con la cabeza de Medusa, capaz de matar incluso muerta, como el poder del emperador.

Según el ponente, este discurso crece durante el reinado. En el año 112 el Senado, con Plinio entre sus miembros, autoriza un templo en la acrópolis de Pérgamo dedicado a Zeus Philios, el Zeus de la amistad, y a Trajano. Muestra también una estatua de Trajano ya muerto procedente de Itálica, del programa de Adriano. Está desnudo, pero no con el desnudo de los versos de Machado, «como los hijos de la mar», sino con uno que quiere expresar poder, porque sobre su hombro todavía cuelga el manto púrpura del general.

La simulación de la libertad: el príncipe bajo las leyes

La última parte se dedica a lo que Cortés Copete llama la simulación de la libertad. Plinio elogia que Trajano no se ausentara de los comicios en los que se le elegía cónsul, al contrario de los tiranos soberbios, que creían dejar de ser príncipes si actuaban como senadores. En la tribuna de los rostra juró someterse a unas leyes que nadie había escrito para un príncipe. Plinio exclama: «Ahora aprendo por primera vez que el príncipe no está por encima de las leyes, sino las leyes por encima del príncipe».

El conferenciante bromea con que antes gritaba «democracia» y ahora, más prudente, dirá res publica restituta. Enseguida plantea la pregunta de fondo: quién promulga las leyes. Las promulga el emperador, porque es quien está conectado con los dioses que fijaron las leyes del universo. Así como las estrellas permanecen fijas y los planetas giran a intervalos constantes, las leyes humanas son fijadas por los dioses y transmitidas por el emperador. Cuando obedece sus propias leyes, el emperador se sitúa por debajo de unas normas que él mismo ha dictado. De ahí, dice, procede la salus, la salud y la salvación pública, gracias a que en Roma gobierna un emperador divino. Todo ello equivale a un nuevo pacto constitucional, aunque reconoce que esas no podían ser las palabras de la época.

Los votos por el emperador: «la tautología hecha carne»

Plinio examina la fórmula de los votos anuales: los dioses conservarán al emperador «si rige bien el Estado y en beneficio de todos». Si no, que aparten su protección y lo abandonen «a esos otros votos que no se pronuncian abiertamente». Pone en boca de Trajano que ha armado contra sí la mano de su propio prefecto por si lo exigiera el bien común, y que pide a los dioses que el Estado nunca quede obligado por votos hechos en su favor contra su voluntad.

Cortés Copete llama a esto «la tautología hecha carne». Los dioses, que no se equivocan, han elegido a Trajano para que gobierne bien, así que no pueden negarle que gobierne bien. Plinio lo dice casi literalmente en otro pasaje: si los dioses lo guardan solo cuando rige bien, y los dioses lo guardan, es evidente que rige bien. El conferenciante vuelve entonces a la orden de libertad del 1 de enero y concluye que la libertad que se recibe no es libertad, porque la da otro y sigue en manos de quien la da. Plinio cierra con una declaración de afecto interesado: los senadores aprecian a Trajano en la medida en que lo merece, no por amor a él sino por amor a sí mismos.

Por qué se conservó este discurso y qué significa Optimus

Cortés Copete se pregunta por qué, de todos los discursos de acción de gracias que pronunciaban los cónsules cada año, solo se ha conservado el de Plinio. Contando únicamente los tres primeros siglos del Imperio, habría unos 300 años multiplicados por dos, tres o cuatro cónsules anuales si se incluyen los sustitutos. Menciona dos explicaciones posibles: que los demás fueran muy malos oradores o que haya habido suerte con uno y mala suerte con los otros, lo que también considera real. Propone una tercera que juzga imprescindible. El Panegírico se transmitió en un manuscrito junto a otros panegíricos tardíos, y se conservó porque en él el Senado aceptaba lo que Trajano le había propuesto el 1 de enero del año 100. Tardaron nueve meses en contestar y contestaron que sí.

Por eso, concluye el conferenciante, Trajano es proclamado Optimus no por ser el mejor. En el año 100 llevaba solo dos años de reinado y nadie sabía cómo iba a gobernar. Es Optimus porque ha recibido el poder de Júpiter Óptimo Máximo, el dios de Roma. Cuando un romano oía optimus no pensaba en un examen bien hecho, sino en Júpiter. A su muerte, Adriano lo divinizó, igual que a su esposa Plotina, porque ya se había liberado del cuerpo, y la única diferencia entre el hombre y el dios es que uno es mortal y el otro no. La conferencia termina con la imagen del emperador de nuevo desnudo, como los emperadores divinos, y con la frase del principio: «nos ordena ser libres, y lo seremos».