«Nos ordenas ser libres: lo seremos». El Panegírico de Trajano de Plinio como pacto político
Fundación Juan MarchEn la sexta sesión del ciclo «La fuerza de la palabra en la Antigüedad», en la Fundación Juan March, el catedrático Juan Manuel Cortés Copete lee el Panegírico de Trajano de Plinio el Joven como una pieza política y no como un simple elogio retórico. Varios fragmentos del discurso los dramatiza el actor Pepe Viyuela. Cortés Copete resume el mensaje de Plinio con una frase del propio texto: «Nos ordenas ser libres, lo seremos». Durante la conferencia intenta desmontar esa frase. Sostiene que el discurso, pronunciado ante el Senado en el año 100, sella un nuevo acuerdo entre el emperador y los senadores. En ese acuerdo la libertad, el poder y la divinidad del príncipe se redefinen con mucho cuidado en las palabras. Su conclusión es que una libertad que se recibe por orden de otro no es libertad.
El día después del tirano
El conferenciante empieza en el año 96. En el palacio imperial un grupo de fieles de Domiciano asesina al emperador, al que acusan de tirano. Cortés Copete advierte que matar al tirano no resuelve el problema, porque el problema llega al día siguiente: a quién se nombra. Según él, algunos «ilusos» pensaban en restaurar la República, algo que ya era completamente imposible. Otros querían un emperador que les devolviera la libertad. El obstáculo era que nadie quería serlo, porque del cargo de emperador solo se sale muerto, sea por muerte natural en la cama o con alguien que ayude a hacer ese tránsito, con la voluntad del emperador o contra ella.
La elección recayó en un hombre anciano, débil y sin hijos: Nerva. Aquí el conferenciante abre un paréntesis sobre la púrpura. Los senadores tenían derecho a llevar la banda ancha de púrpura, el color que hoy asociamos a cardenales y purpurados, y aclara que no debe confundirse con el purple inglés, que a veces se traduce mal. Solo el emperador podía vestir además el manto púrpura, y ese manto «pesa mucho». Cuando Nerva comprobó su peso, buscó ayuda en Trajano, que mandaba el ejército de Germania. Lo nombró sucesor y murió a principios del año 98. Según subraya el ponente, por primera vez en la historia del Imperio, aunque no la última, un emperador de Roma llegaba al trono fuera de Roma.
El adventus: un emperador que entra a pie
El primer fragmento de Plinio que se lee describe la entrada de Trajano en la ciudad. Sus antecesores entraban en carros tirados por cuatro caballos blancos o a hombros de otros hombres. Trajano entró a pie y, dice Plinio, se mostraba superior a los demás solo por la estatura de su cuerpo: celebró «un triunfo no sobre nuestra sumisión, sino sobre la soberbia de los príncipes». Cortés Copete precisa que Trajano llegó con su coraza y su escolta, armado, y que a las puertas de Roma se desarmó y se vistió como un ciudadano para entrar.
No se conserva ninguna imagen antigua de ese adventus, pero el ponente muestra una equivalente de su sucesor, Adriano, que se reconoce por la barba. En ella la diosa Roma, con coraza y yelmo, le entrega el globo del mundo, y en segundo plano aparece un anciano que representa, en palabras del conferenciante, «a nosotros mismos, los senadores». Destaca además que se está fijando una fórmula nueva. Hasta entonces el emperador salía de Roma y regresaba, y se levantaban altares a la Fortuna Redux, el retorno afortunado. Ahora el emperador llegaba ya hecho desde fuera.
Dos años de miedo y un discurso perdido
Trajano entró en Roma a finales del año 99, casi dos años después de acceder al poder. Cortés Copete insiste en que no hay que olvidar el miedo que reinaba en el Senado. Se había matado a un tirano, se había encontrado un emperador «puente» y se había nombrado a un sucesor con apariencia de fuerte que llevaba dos años sin aparecer. Los senadores se preguntaban si vengaría a Domiciano, si se apoyaría en un poder militar y dónde estaba realmente el poder, si en la ciudad o en manos del emperador.
Trajano se hizo nombrar cónsul para el año 100. Cada 1 de enero, fecha cuya importancia hemos heredado según recuerda el ponente, el cónsul se presentaba en el Senado, pronunciaba un discurso y se hacían votos por el emperador. Ese 1 de enero Trajano habló por fin. Plinio lo recuerda con admiración por la majestad de sus ideas, la franqueza de sus palabras y la seguridad de su voz y de su gesto. También recuerda el contenido: el emperador exhortó a los senadores a recuperar la libertad, a asumir las preocupaciones del gobierno como si lo compartieran y a velar por el bien común. Plinio añade que otros habían dicho lo mismo antes, pero que a ninguno se le había creído. A continuación viene la frase central: «¿Nos ordenas ser libres? Lo seremos. ¿Nos ordenas expresar en público nuestros pareceres? Lo haremos». El silencio anterior, explica Plinio, no se debía a la pereza sino al terror y a «aquella desgraciada prudencia nacida de los peligros».
Para Cortés Copete, entre estos textos se esconde un «discurso subterráneo» inquietante. Lo que Trajano dijo realmente ese día sigue siendo un misterio, porque solo se conoce su reflejo en el Panegírico. Si se hubiera conservado, afirma, formaría parte de este ciclo sobre la fuerza de la palabra, porque la palabra del emperador iba acompañada de la fuerza de 30 legiones, unos 300.000 hombres en armas. Recuerda también que Plinio reconoce haber callado por miedo.
Nueve meses después: Plinio toma la palabra
El discurso de Plinio llegó el 1 de septiembre del año 100, cuando asumió el consulado sufecto o sustituto. Plinio fue el primero que aceptó dar una respuesta al emperador. El conferenciante subraya esos nueve meses de reflexión, de contactos y de «conversación soterrada pero intensa», de los que salió Plinio como la persona encargada de hablar. El texto recuerda que existía un decreto del Senado por el que, bajo la forma de acción de gracias pronunciada por el cónsul, los buenos príncipes debían reconocer lo que hacen y los malos lo que deberían hacer.
Plinio comienza con una plegaria. Nada pueden emprender los hombres sin la ayuda de los dioses inmortales, y ningún don divino es más excelente que un príncipe «casto, venerable y parecidísimo a los dioses». Trajano no fue elegido por «el oscuro poder» de nadie, sino por el mismo Júpiter, abiertamente y ante sus altares. Plinio pide a Júpiter que su discurso esté presidido por la libertad, la sinceridad y la verdad, y que su acción de gracias esté tan lejos de parecer adulación como de ser forzada. Cortés Copete apunta la ironía: esas mismas palabras se habían oído muchas veces antes en el Senado.
Refutar a Domiciano: padre y no señor
Según el conferenciante, el discurso es una refutación del reinado de Domiciano. Plinio pide que no se diga del príncipe nada que pudiera haberse dicho de otro, que se retiren las palabras que el miedo imponía y que no se le adule «nunca como a un Dios»: «No hablamos de un tirano, sino de un ciudadano. No hablamos de un amo, sino de un padre». También contrapone las aclamaciones del pueblo, que antes celebraba la hermosura y la voz de otro y ahora canta la piedad, la sobriedad y la apacibilidad de Trajano. Termina recordando el sobrenombre que el Senado le ha dado: Optimus.
Cortés Copete señala el problema de esta estrategia. Aunque Plinio se esfuerce en negarlo, de Trajano se iban a decir las mismas cosas que de Domiciano. Si bajo Domiciano circuló un discurso privado o clandestino contra el emperador, nada garantiza que no ocurriera lo mismo con Trajano. Pone como ejemplo el calificativo de «casto». Juliano el Apóstata, en su obra sobre los césares, escribió que cuando aparecía Trajano, Zeus escondía a su Ganimedes. El discurso trabaja por tanto sobre un «metadiscurso» que todos los senadores conocían. Domiciano, además, había sido querido por sus soldados, como muestran las monedas, y en un áureo aparece el águila de Júpiter trayéndole el rayo, es decir, recibiendo el poder del dios.
La censura gira primero en torno a la oposición entre padre y señor. A Domiciano se le atribuía el deseo de ser llamado dominus et deus, «señor y dios». El ponente analiza la palabra dominus, que tiene dos sentidos principales: el ciudadano dueño de su casa, sentido que el español hereda con naturalidad, y el dueño de esclavos. Además, dominus traducía el griego kyrios, el término del soberano, el mismo del Kyrie eleison («Señor, ten piedad»), empleado en la Biblia griega para nombrar a Dios. En la Atenas democrática existía la asamblea kyria, la asamblea soberana en la que se aprobaban leyes, porque el pueblo era el soberano. Ser soberano no es lo mismo que ser dueño de esclavos, y según Cortés Copete la oposición a Domiciano aprovechó ese desplazamiento para hacer política «perdidos en la traducción». De ahí su defensa del estudio de las lenguas antiguas y modernas.
La prueba que aporta está en el propio Plinio. En el libro décimo de sus cartas, la correspondencia con Trajano cuando este le nombró gobernador de Bitinia, Plinio se dirige al emperador siempre como domine, porque la palabra significaba «soberano» y no «amo de esclavos». Para el conferenciante eso no importaba: jugar con las palabras servía para justificar el asesinato de Domiciano.
Las virtudes del príncipe y su imagen
Plinio cuenta que muchas veces había imaginado en silencio al gobernante ideal y que nunca concibió uno como el que tenía delante. Otros brillaron en la guerra y se oscurecieron en la paz, llevaron bien la toga pero no las armas, se ganaron el respeto con el terror o el afecto humillándose. En Trajano, en cambio, todas las virtudes estaban en armonía: su buen humor no restaba seriedad ni su sencillez gravedad. Plinio elogia también su cuerpo, su altura, la dignidad de su rostro y unas canas prematuras que serían un regalo de los dioses para aumentar su majestad.
Cortés Copete comenta con humor que, a la vista del retrato de Trajano, que califica de bueno, cuesta reconocer las virtudes que canta Plinio. Recuerda que las imágenes imperiales estaban estereotipadas. El emperador vestía toga cuando quería presentarse como ciudadano, pero el imperator era sobre todo el general que, con el favor de los dioses, obtenía la victoria. En el friso de la Columna Trajana se reconoce a Trajano porque es más grande que los demás y porque va sin casco mientras los soldados lo llevan. Dirige a sus hombres sin necesidad de protegerse, y ahí se ve la majestad de la que habla Plinio.
El padre de Trajano: un elogio extraño
El ponente explica que Plinio tenía que abordar tres temas delicados: el padre de Trajano, su patria y el ejército. Sobre el padre, Plinio pregunta si las generaciones venideras creerán que un hombre hijo de un padre noble, de rango consular y que había celebrado un triunfo, al frente de un ejército numerosísimo y fiel, no se hizo aclamar emperador y llegó al principado solo por merecerlo y obedecer.
Cortés Copete lo considera un elogio «absolutamente extraño», y lo relaciona con monedas del reinado que llaman divus pater Traianus, el divino Trajano padre. El padre natural del emperador fue divinizado. Sobre este personaje, «crucial» según el ponente aunque se sepa poco de él, cuenta que era originario de Itálica y que la primera noticia que se tiene es su mando de la legión X Fretense en Palestina durante la guerra judía iniciada en el 66, que acabó con la destrucción del Templo. El general en jefe era Vespasiano, quien tras la muerte de Nerón se proclamó emperador en un pronunciamiento militar. Trajano padre fue uno de los principales apoyos de ese golpe, que desembocó en una guerra cruenta ganada por las legiones de Oriente. Vespasiano le colmó de honores y en el 73 le hizo patricio, un título que suponía descender de las familias fundadoras de Roma, aunque en realidad venía de Itálica, en Hispania. Era el mayor honor que podía recibir un senador.
Para el conferenciante, lo más llamativo es que Plinio diga que merecía el triunfo. En el Imperio solo el emperador podía celebrarlo, así que afirmar ante el Senado que el padre del emperador debió celebrar un triunfo equivalía a decir que debió ser emperador. Plinio añade que el joven Trajano ayudó a su padre a merecerlo. Cortés Copete lo vincula con un episodio que considera posiblemente real. Antíoco IV de Comagene, rey de un pequeño reino fronterizo de Siria, ayudó a Vespasiano, y este le «devolvió el favor» invadiendo su reino, un procedimiento que el ponente describe con ironía como habitual en la lucha política. Sus dos hijos huyeron al reino parto y, tras largas negociaciones, el rey parto aceptó entregarlos. Una inscripción recuerda a un centurión encargado de recogerlos. El futuro emperador era entonces tribuno militar en una legión de su padre, y posiblemente fue él quien los trajo. Traer a dos reyes capturados merecía un triunfo. Así, concluye, Trajano es el único emperador con dos padres divinos, Nerva y Trajano padre, que aparecen juntos en las monedas.
Itálica: lo que Plinio calla
Sobre la patria de Trajano, Plinio no dice nada. Habla de sus «rudimentos» en Oriente, de cómo unió el Rin y el Éufrates en la admiración que despertaba, pero no menciona Itálica. Cortés Copete añade que la Itálica que hoy visita quien va a Sevilla nunca la vio Trajano. El gran anfiteatro y la ampliación que triplica la ciudad antigua son obra de Adriano.
Las fuentes tardoantiguas, según el ponente, dicen con claridad que desde Trajano gobiernan los advenae, los extranjeros. Dion Casio, senador y dos veces cónsul del siglo III, escribe que Trajano no era ítalo sino ibero. Plinio lo entendió como un reproche y por eso lo calló: era mejor no hablar de unos orígenes en un pequeño municipio provincial, los de un indígena romanizado. Para el conferenciante, sin embargo, ahí está la grandeza del Imperio romano, que convierte en romanos a quienes no nacieron romanos. Lo ilustra con el emperador Claudio, «cojo, tartamudo e historiador», que en un discurso para abrir el Senado a los galos preguntó si no habían sido todos alguna vez extranjeros, y con la concesión de la ciudadanía a todos los habitantes del Imperio en el año 212. Pero en el año 100, dice, era mejor callar.
Trajano soldado y el ejército de ciudadanos
El tercer tema es el ejército. Plinio elogia que Trajano no pasara «de puntillas» por el servicio militar. Fue tribuno para poder ser general desde el principio, sirvió durante diez campañas, conoció pueblos, regiones y climas, y bebió aguas distintas como si fueran las de su patria. Cortés Copete explica que en época imperial el ejército era la mejor expresión de la voluntad del pueblo romano. Para ser legionario había que ser ciudadano, y los auxiliares provinciales recibían la ciudadanía al licenciarse tras entre 15 y 20 años de servicio. Por eso los griegos podían llamarlo un ejército «político», en el sentido de que estaba formado por politai, ciudadanos. Estar al frente del ejército hacía emperador a Trajano, pero el ponente advierte que eso no bastaba.
Elegido por los dioses
Para Cortés Copete, el corazón de lo que se decía en el Senado aquel 1 de septiembre es que Trajano había sido elegido por los dioses y no por los hombres. Plinio relata un presagio. Antes de ser adoptado, cuando recibió el mando de Germania, Trajano subió como todo general al templo de Júpiter Óptimo Máximo en el Capitolio. Al abrirse las puertas, la multitud gritó «¡imperator!». Se creyó entonces que saludaban al dios, el gran imperator de todos, pero Plinio sostiene que en verdad lo saludaban a él. Trajano era el único que no quería comprenderlo y rechazaba el gobierno, lo cual era propio de quien iba a gobernar bien. Hubo que obligarle.
El conferenciante apoya esta lectura en el arco de Benevento, que considera fundamental para entender la ideología trajanea. Si en la moneda de Domiciano era el águila la que traía el rayo, en el relieve es el propio Júpiter quien entrega el rayo a Trajano ante una asamblea de dioses que le encarga el gobierno de la tierra como auxiliar suyo. Muestra también la vista del Foro desde el templo capitolino para recordar que en la Antigüedad toda comunidad política es también religiosa y que esto sucede en público, ante la comunidad de fieles que es el Imperio. Las monedas repiten la imagen de Júpiter dando el rayo a Trajano.
La adopción como obra de la providencia
La bibliografía moderna suele hablar de la dinastía de los emperadores adoptivos. Cortés Copete puntualiza que la adopción es solo el método, porque Nerva se convierte en «la mano de Dios». Plinio escribe que el Estado maltrecho se refugió en el regazo de Trajano, que Nerva le dio el poder y él se lo devolvió, y que por eso Trajano recibe de la providencia no solo la urbs sino el orbe. El ponente comenta un mapa antiguo orientado, con el Oriente arriba y las Columnas de Hércules abajo. Observa que nosotros «nortamos» los mapas aunque digamos que los orientamos.
Plinio pide además que Nerva sea divinizado de inmediato, para que las generaciones futuras se pregunten si la adopción la hizo siendo ya dios, y dice que fue más añorado precisamente por haber procurado que no se le añorara. Cortés Copete bromea: «el pobre Nerva no está saliendo bien de esta». Según Plinio, Nerva fue solo un intermediario que obedecía tanto como Trajano. La adopción no se hizo «en su habitación, sino en el templo; no ante el lecho conyugal, sino ante el lecho sagrado de Júpiter», cuando acababa de llegar un laurel de Panonia y Nerva lo había depositado en el regazo del dios.
El conferenciante destaca que la adopción tiene lo que hoy llamaríamos un sesgo de género muy interesante: permite tener hijos sin mujeres. Para un romano, explica, lo peor era depender de una mujer empeñada en que gobernara su hijo. La guerra contra Cleopatra se hizo para que no gobernara una mujer, y la peor acusación contra un emperador era estar dominado por una. La adopción dejaba a las mujeres fuera de la política, que se consideraba cosa de hombres. Plinio lo dice de forma explícita: Trajano no fue adoptado «para satisfacer a una esposa», ni lo recibió como hijo un padrastro, sino un príncipe.
El consenso de todos y «elegido de entre todos»
Plinio añade que la elección contaba con el consenso del Senado y del pueblo, y que Nerva solo se adelantó a lo que todos iban a hacer. Cortés Copete recuerda que el régimen de Augusto también se había fundado en el consenso de todos. Lo interesante de ese consenso, dice, es que no necesita expresarse institucionalmente: no se vota ni se aprueba como ley, porque «fuera del todos están los que están muertos» por no aceptarlo. Así se forja un régimen basado en la adopción del mejor, y se sabe que es el mejor porque ha sido adoptado y porque los dioses lo confirman con la victoria.
La frase clave de Plinio es: «El que va a gobernar sobre todos debe ser elegido de entre todos». Un emperador no debe buscar al heredero del poder supremo en el regazo de su esposa ni dentro de su casa, sino en toda la ciudad, porque no da un amo a sus esclavos sino un príncipe a los ciudadanos. El conferenciante reconoce que al oírla parece un grito de democracia, pero señala que es una nueva versión de una frase pronunciada unos cuarenta años antes: «debe ser elegido de entre todos y por todos». Plinio ha suprimido el sujeto de la elección. Además, el «todos» cambia de sentido dentro de la misma frase. Los gobernados son todos los habitantes del Imperio, pero aquellos «de entre» los cuales se elige son solo los que visten la banda ancha de púrpura, los senadores. Solo un senador puede ser emperador, y lo elige Dios. Plinio, dice Cortés Copete, es un maestro en decir lo que quiere sin que parezca que lo dice, y propone en tono de manifiesto recuperar la retórica y la oratoria como disciplina imprescindible, «especialmente para algunas profesiones». Añade con ironía que este sistema tampoco era infalible con los hijos: a Claudio lo salvó precisamente parecer poco apto, porque nadie sintió la necesidad de matarlo, y luego no fue un mal emperador.
Príncipe civil y compañero de armas
El texto habla de «un príncipe para los ciudadanos y un emperador». Plinio elogia que el poder no le haya cambiado: no obliga a abrazarle los pies, sigue caminando a pie y disfruta del trabajo como antes. El conferenciante muestra imágenes de Trajano con toga, rodeado de niños a los que hace prosperar, porque un buen emperador hace fértiles los campos, que el ganado para y que los niños crezcan. Cita la Tellus stabilita, la tierra asentada, y su florecimiento primaveral como el crecimiento que trae un verdadero Augusto.
Para los soldados, Trajano debía ser un commilito, un compañero de armas. Plinio escribe que era más grande que todos sin menoscabo de ninguno y que unía las facetas de emperador y de camarada, que estimulaba como supervisor y aliviaba como compañero. Cortés Copete explica que los soldados rasos debían verlo sudar, caminar, comer el rancho y dormir en el suelo con ellos, como los grandes generales republicanos. Recorre después las conquistas del reinado: la Dacia, hoy Rumanía, que según el ponente toma su nombre de haber sido la última provincia romanizada, y en sus últimos años Armenia y Mesopotamia, entre el Tigris y el Éufrates, el actual Irak. Con más de 60 años, Trajano llegó a la desembocadura de esos ríos en el Golfo Pérsico y lloró al ver partir un barco hacia la India, desesperado por no ser tan joven como Alejandro. Según el conferenciante, esto le convirtió en modelo de emperador conquistador sobre todo en el siglo XIX y buena parte del XX.
Cortés Copete subraya la velocidad de la campaña. Cortaron madera en Siria y la transportaron a pie para construir barcas con las que cruzar los ríos. Compara esa capacidad de soportar «las aguas» de las que habla Plinio con un dato moderno: una de las mayores partidas del presupuesto estadounidense en Afganistán era el agua embotellada, porque los soldados enfermaban con el agua local. Pero el resultado no fue feliz. Los partos dejaron pasar a las legiones y se sublevaron cuando estaban en el Golfo Pérsico, y el ponente sostiene que el Imperio casi se pierde y que la situación se salvó gracias a la labor de su sucesor, Adriano. Las monedas muestran la Dacia cautiva que llora y al rey parto arrodillado, pero, en palabras del conferenciante, después nada acabó siendo tan feliz.
El problema de la divinidad: bronce y no oro
El punto que Cortés Copete considera crucial es la divinidad del emperador, «un problema antiguo que acabó siendo un problema cristiano». Plinio elogia que Trajano entre en los santuarios solo para rezar y que en el templo de Júpiter haya apenas una o dos estatuas suyas, de bronce. En cambio, no hace mucho las escalinatas relucían de oro y plata y contaminaban a los dioses con las imágenes de «un príncipe incestuoso».
El ponente explica por qué importa el metal. El oro y, en menor medida, la plata son metales de los dioses. Los humanos los valoran porque escasean y solo algunos los tienen, porque brillan, cosa que según él apela a «nuestra condición simiesca», y sobre todo porque no se oxidan. Lo que no se oxida es eterno, como Dios, así que una estatua de oro es la de un emperador divino. La de bronce se oxida y se pone verde, pero está destinada a dorarse cuando el emperador muera.
Para quienes se han criado en una sociedad cristiana la diferencia entre hombre y Dios es radical, «menos radical de lo que podría parecer, pero radical», dice Cortés Copete. Para los romanos había continuidad: los dioses se distinguían por su poder y su inmortalidad, y Dion Casio escribe que un hombre no es sino un dios en un cuerpo mortal. La muerte hace dios. Se va formando así una «divinidad atemperada» cuya figura clave es Hércules, el héroe que se convierte en dios por sus obras a favor de la humanidad. El conferenciante recuerda que Itálica está cerca de Cádiz, donde se encontraba el gran santuario de Hércules Gadiatno, y que empiezan a acuñarse monedas con Hércules. Hércules contiene, dice, una teología del poder imperial, hasta el punto de que a Trajano «se le va un poco la mano». Un emperador puede aparecer con toga, con coraza o desnudo, y los emperadores desnudos no son pornográficos sino divinos, porque los dioses no necesitan vestirse. Lo ilustra con una estatua que lleva la égida de Zeus con la cabeza de Medusa, capaz de matar incluso muerta, como el poder del emperador.
Según el ponente, este discurso crece durante el reinado. En el año 112 el Senado, con Plinio entre sus miembros, autoriza un templo en la acrópolis de Pérgamo dedicado a Zeus Philios, el Zeus de la amistad, y a Trajano. Muestra también una estatua de Trajano ya muerto procedente de Itálica, del programa de Adriano. Está desnudo, pero no con el desnudo de los versos de Machado, «como los hijos de la mar», sino con uno que quiere expresar poder, porque sobre su hombro todavía cuelga el manto púrpura del general.
La simulación de la libertad: el príncipe bajo las leyes
La última parte se dedica a lo que Cortés Copete llama la simulación de la libertad. Plinio elogia que Trajano no se ausentara de los comicios en los que se le elegía cónsul, al contrario de los tiranos soberbios, que creían dejar de ser príncipes si actuaban como senadores. En la tribuna de los rostra juró someterse a unas leyes que nadie había escrito para un príncipe. Plinio exclama: «Ahora aprendo por primera vez que el príncipe no está por encima de las leyes, sino las leyes por encima del príncipe».
El conferenciante bromea con que antes gritaba «democracia» y ahora, más prudente, dirá res publica restituta. Enseguida plantea la pregunta de fondo: quién promulga las leyes. Las promulga el emperador, porque es quien está conectado con los dioses que fijaron las leyes del universo. Así como las estrellas permanecen fijas y los planetas giran a intervalos constantes, las leyes humanas son fijadas por los dioses y transmitidas por el emperador. Cuando obedece sus propias leyes, el emperador se sitúa por debajo de unas normas que él mismo ha dictado. De ahí, dice, procede la salus, la salud y la salvación pública, gracias a que en Roma gobierna un emperador divino. Todo ello equivale a un nuevo pacto constitucional, aunque reconoce que esas no podían ser las palabras de la época.
Los votos por el emperador: «la tautología hecha carne»
Plinio examina la fórmula de los votos anuales: los dioses conservarán al emperador «si rige bien el Estado y en beneficio de todos». Si no, que aparten su protección y lo abandonen «a esos otros votos que no se pronuncian abiertamente». Pone en boca de Trajano que ha armado contra sí la mano de su propio prefecto por si lo exigiera el bien común, y que pide a los dioses que el Estado nunca quede obligado por votos hechos en su favor contra su voluntad.
Cortés Copete llama a esto «la tautología hecha carne». Los dioses, que no se equivocan, han elegido a Trajano para que gobierne bien, así que no pueden negarle que gobierne bien. Plinio lo dice casi literalmente en otro pasaje: si los dioses lo guardan solo cuando rige bien, y los dioses lo guardan, es evidente que rige bien. El conferenciante vuelve entonces a la orden de libertad del 1 de enero y concluye que la libertad que se recibe no es libertad, porque la da otro y sigue en manos de quien la da. Plinio cierra con una declaración de afecto interesado: los senadores aprecian a Trajano en la medida en que lo merece, no por amor a él sino por amor a sí mismos.
Por qué se conservó este discurso y qué significa Optimus
Cortés Copete se pregunta por qué, de todos los discursos de acción de gracias que pronunciaban los cónsules cada año, solo se ha conservado el de Plinio. Contando únicamente los tres primeros siglos del Imperio, habría unos 300 años multiplicados por dos, tres o cuatro cónsules anuales si se incluyen los sustitutos. Menciona dos explicaciones posibles: que los demás fueran muy malos oradores o que haya habido suerte con uno y mala suerte con los otros, lo que también considera real. Propone una tercera que juzga imprescindible. El Panegírico se transmitió en un manuscrito junto a otros panegíricos tardíos, y se conservó porque en él el Senado aceptaba lo que Trajano le había propuesto el 1 de enero del año 100. Tardaron nueve meses en contestar y contestaron que sí.
Por eso, concluye el conferenciante, Trajano es proclamado Optimus no por ser el mejor. En el año 100 llevaba solo dos años de reinado y nadie sabía cómo iba a gobernar. Es Optimus porque ha recibido el poder de Júpiter Óptimo Máximo, el dios de Roma. Cuando un romano oía optimus no pensaba en un examen bien hecho, sino en Júpiter. A su muerte, Adriano lo divinizó, igual que a su esposa Plotina, porque ya se había liberado del cuerpo, y la única diferencia entre el hombre y el dios es que uno es mortal y el otro no. La conferencia termina con la imagen del emperador de nuevo desnudo, como los emperadores divinos, y con la frase del principio: «nos ordena ser libres, y lo seremos».
Si tuviéramos que resumir el mensaje de Plinio en el Panegírico, nos encontraremos con este mensaje que intentaremos desgranar a lo largo de nuestra charla. Nos ordena ser libres, lo seremos.
En el año 96 en Roma se ha producido un magnicidio. Han asesinado en el palacio real del emperador al emperador Domiciano, al que un grupo de sus fieles acusa de tirano.
Pero asesinar al tirano a veces no soluciona el problema. El problema viene al día siguiente de la muerte del tirano. ¿Qué hacemos? ¿A quién nombramos? Algunos ilusos pretendían la restauración de la República, pero eso era ya absolutamente imposible. Otros pensaron: "Nombremos un emperador que nos devuelva la libertad. ¿Quién quiere ser ese emperador?" Y ese emperador no quería serlo nadie, porque sabían que de emperador solamente hay una manera de salir y es muerto. A veces se puede salir por muerte natural y dormir y morir en la cama, o a veces se busca alguien que te ayude a hacer ese tránsito, con tu voluntad o contra tu voluntad. Pero un emperador se es, un emperador se crea y, creado, solamente la muerte te puede liberar del yugo.
¿A quién elegir? Como veremos luego, eligieron a un emperador anciano, a un emperador débil, a un emperador que no tenía hijos. Ese emperador se llama Nerva. Y cuando Nerva comprueba el peso de la púrpura que le ha caído encima...
Y aquí hago un pequeño paréntesis para explicar. Vamos a entrar en el Senado y nosotros nos hemos vestido también de púrpura, porque los senadores tenemos derecho a vestir la banda ancha de púrpura, que es el color de los purpurados y de los cardenales, no lo que a veces piensan los que traducen mal de la lengua inglesa el purple. Vestidos de púrpura, dispuestos a entrar en el Senado, pues el único que, aparte de una banda ancha de púrpura, tiene derecho a vestir el manto púrpura es el emperador, y el manto púrpura pesa mucho.
Y entonces Nerva tuvo que buscar ayuda y encontró ayuda en Trajano, pero Trajano estaba en Germania, era un general que mandaba el ejército de Germania. Y Nerva, después de nombrarlo sucesor, muere a principios del año 98, y por primera vez en la historia del imperio, y no será la última, un emperador de Roma se ha convertido en emperador fuera de Roma.
Era hora de volver. Plinio, Trajano está llegando a casa.
Pero ante todo, ¿qué día aquel en que, esperado y deseado, pusiste el pie en tu ciudad? Ya el hecho de que entraras a pie, qué admirable y gozoso, pues tus antecesores se hacían llevar, no digo ya en carros tirados por cuatro caballos blancos, sino sobre hombros humanos, lo cual era señal de mayor arrogancia. Tú te mostrabas superior y más elevado que los demás solo por la estatura de tu cuerpo. Celebraste un triunfo no sobre nuestra sumisión, sino sobre la soberbia de los príncipes.
Plinio cuenta con exactitud cómo Trajano entra en Roma. Ha venido con su coraza, con su escolta propia, armado, y a las puertas de la ciudad decide desarmarse, vestirse como un ciudadano y entrar en la ciudad. Desgraciadamente no tenemos ninguna imagen antigua de ese Adventus, de esa llegada del emperador, pero tenemos otra equivalente de su sucesor Adriano. Por eso el emperador que está a la derecha tiene barba, y ha salido a recibirle la propia diosa Roma con su coraza y su yelmo para entregarle la bola del mundo. Y es testigo el anciano que ven en segundo plano, que no es otro sino nosotros mismos, los senadores.
Un acto extraordinario en el que el pueblo encuentra a un emperador que parece ser uno de ellos, un emperador civil. Pero observen una cosa muy importante. Se está acuñando la fórmula del Adventus, de la llegada del emperador. Era la primera vez que el emperador no había salido antes de Roma para después volver. De hecho, se habían hecho siempre altares a la Fortuna Redux, al retorno afortunado del emperador. Pero ahora el emperador venía hecho de fuera.
Esto ocurre a finales del año 99, es decir, casi dos años después de su ascenso al poder. Y quiero señalar esto porque no debemos evitar pensar que en Roma y en el Senado dominaba el miedo. Hemos matado a un tirano, hemos encontrado un puente, se ha nombrado a un emperador que va a parecer fuerte y lleva dos años sin volver a Roma. ¿Qué planes tiene Trajano para nosotros? ¿Qué piensa Trajano hacer en el futuro? ¿Va a vengar la muerte de Domiciano? ¿Va a sentarse en un poder militar? Queremos oír a Trajano. Dos años sin escucharlo. ¿Dónde está el auténtico poder? ¿En la ciudad o en manos del emperador?
Trajano se hace nombrar cónsul, el magistrado supremo de Roma, aunque el poder real estaba en el emperador, para el año 100. Y el 1 de enero de todos los años, y nosotros hemos heredado la importancia de esa fecha, el 1 de enero de todos los años, el cónsul debía presentarse en el Senado y hacer un discurso, a la vez que se pronunciaban votos en favor del emperador. El 1 de enero del año 100, Trajano entra por fin en el Senado y se dispone a hablar. Así lo cuenta Plinio.
Por mi parte, ese es el sentido que me parece ver tanto en el discurso del padre del pueblo como en su misma manera de pronunciarlo. Qué majestad en las ideas, qué sencilla franqueza en sus palabras, qué seguridad en su voz, qué firmeza en su semblante, cuánta confianza en sus ojos, su porte, su gesto, todo su cuerpo. Recordará siempre lo que nos aconsejó y, cada vez que hagamos uso de la libertad que nos ha dado, sabrá que le obedecemos.
Libertad, felicitas, felicidad. El emperador parece devolvernos la libertad. Parece un tiempo de felicidad futura. La esperanza parece reinar. Así fue la manera en la que Plinio cuenta el discurso de Trajano.
Había amanecido el primer día de tu consulado cuando, entrando en la curia, nos exhortaste a todos y cada uno a recuperar la libertad, a asumir las preocupaciones del gobierno como si lo compartiéramos, a velar por el bien común y a alzarnos. Antes de ti todos habían dicho esto mismo, pero a ninguno se le creyó antes de ti. A ti, en cambio, te seguimos seguros y alegres donde nos llamas. Nos ordenas ser libres: lo seremos. ¿Nos ordenas expresar en público nuestros pareceres? Lo haremos.
Si hasta el momento nos hemos mantenido en silencio, no ha sido por pereza ni por un inveterado torpor. El terror, el miedo y aquella desgraciada prudencia nacida de los peligros nos aconsejaban que apartáramos los ojos, los oídos, los espíritus del Estado. ¿Existía en modo alguno el Estado? Pero ahora, ahora, confiando y apoyándonos en tu diestra y tus promesas, abrimos nuestros labios cerrados por la larga esclavitud y liberamos nuestra lengua enfrenada por tantos males.
Pero hay que obedecer el decreto del Senado que decidió, para el bien común, que por boca del cónsul, bajo el título de acción de gracias, los buenos príncipes reconocieran lo que hacen y los malos lo que deberían hacer. En esta ocasión es aún más solemne y necesario, precisamente porque nuestro padre pone impedimentos y obstáculos a las acciones de gracias privadas y vetaría también las públicas si se permitiera impugnar lo que el Senado decreta.
Pero observen que entre los dos textos que giran en torno al discurso de Trajano se oculta un discurso subterráneo que no deja de ser preocupante. Nadie sabía lo que Trajano iba a decir y dijo el 1 de enero del año 100. Ese es un discurso que, si se hubiese conservado, formaría parte seguro de este ciclo dedicado a la fuerza de la palabra, porque la fuerza de la palabra del emperador iba acompañada de la fuerza de 30 legiones, que significan 300.000 hombres en armas.
¿Qué es lo que se dijo allí? ¿Qué es lo que dijo Trajano allí? Sigue siendo un misterio, porque solamente conocemos el reflejo de ese discurso a través del Panegírico de Plinio. Y si han prestado atención, el primer texto decía: "Hemos guardado silencio por el miedo".
Plinio también era víctima del miedo. Su discurso se presentó nueve meses después. El 1 de septiembre del año 100, Plinio asume una cosa que se llama el consulado sufecto o sustituto, para suplir a otros cónsules que le han precedido, y es el primero que acepta dar una respuesta al emperador. Nueve meses de reflexión, nueve meses de contacto, nueve meses de discusión, nueve meses de una conversación soterrada pero intensa. Y de ahí sale elegido Plinio para que, asumiendo el consulado sustituto el 1 de septiembre del año 100, hable. Esa es tu misión, Plinio.
Con razón y sabiduría, padres conscriptos, nuestros mayores instituyeron la costumbre de comenzar los discursos, como cualquier otra acción, con una plegaria, porque nada pueden emprender los hombres religiosamente, nada prudentemente, sin la ayuda, el consejo y el culto de los dioses inmortales. ¿Quién mejor que el cónsul, o qué mejor momento para seguir y observar esa costumbre que este, en el que por orden del Senado y mandato del Estado se nos insta a dar gracias al mejor príncipe? ¿Qué don de los dioses puede haber más excelente y hermoso que un príncipe casto, venerable y parecidísimo a los dioses?
Y si hasta ahora pudiera haber alguna duda sobre si se dan a la tierra sus gobernantes por azar y casualidad o por alguna voluntad divina, al menos debería ser evidente que nuestro príncipe ha sido investido por designio de los dioses, pues no fue elegido porque lo designara el oscuro poder del hado, sino el mismo Júpiter, abierta y públicamente, esto es, entre sus aras y altares, en el mismo lugar en el que el dios reside tan visible y presente como en el cielo y las estrellas.
Por todo esto es tanto más apropiado y piadoso rogarte a ti, Júpiter Óptimo, antes fundador, ahora custodio de nuestro imperio, que mi discurso sea digno de un cónsul, digno del Senado, digno del príncipe, y que en todo lo que voy a decir estén presentes la libertad, la sinceridad y la verdad, y que mi acción de gracias esté tan alejada de parecer adulatoria como lo está de ser forzada.
¿Cuántas veces se habían oído en el Senado esas mismas palabras antes? Es necesario, por lo tanto, mirar quién era Domiciano.
A mi modo de ver, creo que no solo el cónsul, sino los ciudadanos deben procurar no decir nada de nuestro príncipe que parezca que podría haberse dicho de otro. Que se marchen, pues, y se retiren aquellas palabras que el miedo forzaba. No digamos nada igual que antes, pues no sufrimos nada igual que antes. No alabemos en público del emperador lo mismo que hacíamos antaño, puesto que ahora tampoco decimos de él en privado lo mismo que antaño. Que en nuestros discursos se distinga claramente el cambio de los tiempos y que por la propia manera de dar las gracias se sepa a quién y cuándo se dan.
No lo adulemos nunca como a un dios, nunca como a una divinidad. No hablamos de un tirano, sino de un ciudadano. No hablamos de un amo, sino de un padre. Él piensa que es uno de nosotros, y esto es precisamente en lo que más destaca y sobresale: en que piensa que es uno de nosotros y que tiene presente que es un ser humano tanto como que está al frente de seres humanos.
Comprendamos, pues, nuestra buena fortuna y demostremos en la práctica que somos dignos de ella, y no dejemos de considerar si vamos a mostrar mayor obsequio a los gobernantes que disfrutan con la esclavitud de sus ciudadanos que a aquellos que disfrutan con su libertad.
El pueblo romano, por su parte, reconoce la diferencia entre los príncipes, y con la misma ovación con que hace poco coreaba a otro como hermoso, a este lo canta como el más valeroso. Y con los mismos clamores con que antaño alababa de otro su expresión y su voz, de este alaba su piedad, su sobriedad, su apacibilidad. Y nosotros, ¿qué? ¿Solemos celebrar unánimes la divinidad de nuestro príncipe, o más bien su humanidad, su templanza, su gentileza, como nos dictan el amor y el gozo? Pues, ¿qué hay más propio de un ciudadano, de un senador, que el sobrenombre que le hemos dado de Optimus?
El discurso de Plinio va a ser una refutación del reinado de Domiciano. Pero el problema que tenía la refutación del reinado de Domiciano es que, aunque Plinio se esfuerce en negarlo, de Trajano se van a decir las mismas cosas que se decían de Domiciano. Y si es cierto que en el reinado de Domiciano había un discurso paralelo, privado o quizás mejor clandestino, contra el emperador, ¿quién nos asegura que no lo hubo contra Trajano?
Han escuchado que Plinio hábilmente dice "un emperador casto". Juliano el Apóstata, en el siglo II, que tiene un discurso sobre los césares, que es una especie de biografía general, dice de nuestro querido Trajano: "Cuando aparecía Trajano, Zeus ocultaba a su propio Ganímedes". Un emperador casto.
Entiendan, por lo tanto, que el discurso está trabajando sobre un metadiscurso que todos los que estaban sentados aquí en el Senado, que todos nosotros, que todos ustedes conocían, porque Domiciano era un emperador querido por sus soldados, como ven en las monedas, porque Domiciano era un emperador, y lo vemos en el áureo de abajo, que había recibido el poder de Júpiter. Eso que ven allí es el águila de Júpiter, que entre sus garras tiene el rayo de Zeus que le trae el águila al propio emperador. Y esto es lo que están escuchando, lo que estamos escuchando los colegas de Plinio en el Senado.
Es cierto, y Plinio aquí es un hábil retórico, un buen político que sabe organizar el discurso e introducir las píldoras necesarias para generar la censura de Domiciano. Y la censura gira en primer lugar en torno a la condición de padre del nuevo y no de señor del antiguo. A Domiciano se le atribuye la voluntad de ser llamado Dominus et Deus, Señor y Dios. El problema del Dios lo veremos con un poquito más de detalle adelante. Vamos a fijarnos ahora en el problema del Dominus.
Dominus en latín significa muchas cosas, pero fundamentalmente dos. El Dominus es el señor ciudadano romano, que es el dueño de su casa, el señor de la casa. Esto es una fórmula que el castellano, el español, hereda con naturalidad: el Dominus, el señor de la casa. Pero también el Dominus es el dueño de los esclavos. Si Domiciano es dominus, ¿es el señor de su casa, como un padre dueño de su casa que cuida por sus hijos, o el Dominus que es dueño de esclavos, porque nosotros somos esclavos? Y además en este caso hay un factor más. Dominus es probablemente una traducción de un término griego, que ahora les diré, que es interpretado por la oposición a Domiciano de mala manera. ¿Por qué? Porque dominus es el término que traduce una palabra griega que es kyrios. Quizás algunos de ustedes recuerden el Kyrie eleison: Señor, ten piedad. Kyrie, ese es el vocativo de kyrios. Kyrios es la traducción de Señor. Se utiliza en la traducción griega de la Biblia para decir Dios, Señor, porque es el término del soberano. En Atenas, en la Atenas democrática, había una asamblea que se llamaba la asamblea kyria, la Asamblea Soberana, que es cuando iban a aprobar leyes, porque el pueblo es el soberano. Y entonces kyrios se traduce por dominus.
Ven que no es exactamente lo mismo ser el soberano que ser el dueño de esclavos. Y aquí estamos perdidos en la traducción. Es muy importante el estudio de las lenguas modernas y antiguas, porque se está haciendo política con el distinto significado de las palabras.
¿Era Domiciano dominus? Observen que esto es lo que está criticando Plinio como una situación política intolerable: que tengamos un emperador que se cree que es nuestro dueño. Pero, en la fortuna de los textos de la que hablaba al principio, les diré que de Plinio se conserva un epistolario enorme, y el volumen décimo de las cartas son las cartas que Plinio intercambió con Trajano cuando Trajano lo nombra gobernador de Bitinia, que es una provincia de Asia. ¿Y cómo llama en todas esas cartas Plinio a Trajano? Domine, porque domine significaba soberano y no significaba dueño de esclavos. Pero no importa, para hacer política podemos jugar con la fuerza de las palabras, y eso es lo que estamos haciendo, porque eso justifica el asesinato de Domiciano. Estamos en el año 97 y Domiciano ha muerto. El resultado del proceso es que tenemos aquí a Trajano emperador y hay que hablar de las virtudes de Trajano. Plinio.
A menudo yo he meditado en silencio, padres conscriptos, cómo y cuán grande debería ser aquel con cuyo poder y voluntad se rigieran el mar y la tierra, la paz y las guerras. Y aunque entonces me imaginaba y daba forma a un príncipe digno de un poder semejante a los dioses inmortales, nunca, ni siquiera en mis deseos, se me ocurrió concebir un príncipe parecido a este que vemos.
Brilló alguno en la guerra, pero se oscureció en la paz. A otro le sentó bien la toga, pero no las armas. Uno se granjeó el respeto mediante el terror, otro el afecto popular a fuerza de humillarse. Uno perdió en la vida pública la gloria que buscaba en casa y la conseguida en la vida pública. Otro la perdió en casa. En fin, todavía no ha habido ninguno cuyas virtudes no se estropearan por la cercanía de algún vicio, pero a nuestro príncipe, cuánta concordia y armonía de todos los méritos y de toda la gloria se le ha concedido.
De qué forma su buen humor no le resta nada a su seriedad, su sencillez a su gravedad, su humanidad a su majestad. Tanto la firmeza y la altura de su cuerpo como la elegancia de su cabeza y la dignidad de su rostro, además de su madurez aún lozana y su cabellera, no sin el adorno de unas prematuras marcas de ancianidad, regalo de los dioses para aumentar su majestad, ¿no muestran a los cuatro vientos a un verdadero príncipe?
Cuando vemos el retrato de Trajano, resulta difícil reconocer en él las virtudes que Plinio canta. Y este retrato es bueno. Hemos visto antes, cuando hablábamos del adventus, un Trajano con toga, y Plinio está recordando eso. Las imágenes de los emperadores están estereotipadas o están tasadas. Los emperadores se representan con toga cuando quieren ser ciudadanos y asumir las virtudes de la ciudadanía.
Pero los emperadores, y de ahí deriva su título, el imperator es aquel general que con el favor de los dioses obtiene la victoria. El imperator es fundamentalmente un soldado.
Un soldado. Esto es parte del friso de la columna de Trajano. Un soldado al frente de sus soldados, ciudadano y soldado. Vean a Trajano en la esquina superior derecha. Se reconoce fácilmente porque es más grande que todos los demás. Los demás llevan el casco y él puede permitirse ir sin cubrir porque va dirigiendo a sus hombres sin necesidad de protegerse a sí mismo. La majestad que Plinio reconocía se hace evidente.
Pero Trajano es un emperador muy especial y por eso Plinio tiene que asumir que en su discurso tiene que hablar de algo difícil, que son los orígenes de Trajano. Plinio tiene que hablar del padre de Trajano. Y uno se preguntará, ¿por qué hay que hablar del padre de Trajano si no fue emperador? Tiene que hablar de la patria de Trajano, y no habla, y esto nos llevará a una pequeña reflexión, y tiene que hablar del ejército, y esto nos llevará a una pequeña conclusión. Empecemos con el padre.
¿Creerán las generaciones venideras que un hombre nacido de padre noble, con rango consular y que había celebrado un triunfo, un hombre que estaba al mando de un ejército poderosísimo, numerosísimo y afectísimo a él, no fue aclamado emperador por su ejército, y que cuando era gobernador de Germania le mandaron desde aquí el nombre de Germánico, y que no maquinó nada él mismo para ser nombrado emperador, que no hizo nada excepto merecerlo y obedecer? Obedeciste, en efecto, César, y por tu obsequiosidad llegaste al principado.
Un padre noble, con rango consular y que había celebrado el triunfo. Un elogio absolutamente extraño que debe ser compatible con estas monedas del reinado de Trajano, que está en la cara de la derecha, y en la izquierda la leyenda dice divus, el divino, pater Traianus, el divino Trajano padre. El padre del emperador, el padre natural, era divino.
¿Por qué debía ser divino? Miren, este es un personaje fundamental en la historia del imperio. De él no sabemos mucho, no tenemos muchas imágenes de él, pero es un personaje absolutamente crucial, originario de Itálica, como veremos a continuación. La primera noticia que tenemos de Trajano padre es que está al mando de una legión, la décima Fretense, en Palestina durante la guerra judía del año 66, que termina en la destrucción del templo, cuyo general en jefe, la guerra ha empezado con Nerón, cuyo general en jefe es Vespasiano.
Vespasiano, tras la muerte de Nerón, hace un pronunciamiento militar y se proclama emperador. Y Trajano padre es uno de los principales sostenes del golpe de estado que da Vespasiano, que termina en una guerra que es una guerra cruenta en la que se acaban imponiendo las legiones de Oriente. Y el éxito de Vespasiano es también el éxito de este hombre, de ser un comandante que tiene una legión, que tiene un origen en Itálica, de la que, insisto, ahora hablaremos, se ha convertido en uno de los principales baluartes de la nueva dinastía que empieza a reinar con Vespasiano. A Vespasiano le sucederá su hijo Tito, del que tiene todo el mundo una excelente opinión, posiblemente porque se muere muy pronto en el trono. Y le sucede Domiciano, que es el hijo pequeño de Vespasiano.
Vespasiano en el año 73 le otorgó a este hombre muchos honores, y el principal de todos los honores: lo hizo patricio. ¿Qué significa ser patricio? Las familias patricias son las familias que provienen de las familias que fundaron Roma con Rómulo y Remo. Y lo acaba de convertir en un hombre que supuestamente proviene de esa Roma del siglo VI, cuando en realidad viene de Itálica, en Hispania. Es el título más honorífico que se le puede otorgar a todos los senadores.
Dice a continuación Plinio que este hombre mereció el triunfo. Pero observen un problema: en el imperio, la única persona, el único general que puede celebrar el triunfo es el emperador. Y cuando le está diciendo al Senado que el padre del emperador tenía que haber celebrado el triunfo, está diciendo que el padre del emperador debería haber sido emperador.
Y además dice que Trajano joven ayuda a su padre a conseguir el triunfo. Esto es un hecho absolutamente extraordinario que coincide con un acontecimiento posiblemente real que posiblemente lo explica.
En el oriente había un pequeño reino fronterizo en Siria que se llamaba Comagene, que tenía un rey que se llamaba Antíoco IV de Comagene, que había ayudado a Vespasiano en el golpe de estado y en la guerra, y que después Vespasiano le devuelve el favor invadiendo su reino. Como saben ustedes, esto es un procedimiento habitual en la lucha política. Bueno, pues los dos hijos de Antíoco IV huyeron a Partia, al reino enemigo, y después de muchas negociaciones con el oriente, y siempre tenemos el presente presente cuando estamos hablando de guerra y de oriente, el rey parto accedió a devolverlos. Conocemos por una inscripción que un centurión fue el encargado de ir a Partia a recogerlos, y el hijo de Trajano padre, el futuro emperador, era oficial, digámoslo así, junior, tribuno militar de una legión de Trajano padre, y posiblemente fue él. Traer dos reyes capturados merece el triunfo. Y así Trajano es el único emperador con dos padres divinos: Nerva, con la corona de laurel, y su padre natural, Trajano padre, allí. Viene de Itálica. ¿Qué dice Plinio de Itálica?
¿No fueron estos tu cuna y tus rudimentos, César, cuando, siendo un muchacho, acrecentaste la gloria de tu padre con tu triunfo sobre los partos, merecedor ya entonces de tu nombre de Germánico, cuando aplacabas la fiereza y la soberbia de los partos, provocándoles un enorme miedo solo con la noticia de que estabas cerca, y unías al Rin y al Éufrates con la coincidencia de su admiración por ti? Cuando recorrías el mundo entero, llevado no más por tus pies que por las alabanzas, siempre resultabas más grande e ilustre a los que te conocían más tarde.
No fueron estos tus orígenes, y no se dice nada de Itálica.
Itálica, esta Itálica que ven, que podemos ver, que cuando van a Sevilla se acercan a visitar, nunca la vio Trajano. Esta es la Itálica que hizo Adriano. Esto no existía. El enorme anfiteatro no existía. Eso lo hizo Adriano. No existe la ciudad. La ciudad antigua era esto, y lo que nosotros visitamos en Itálica, que la multiplica por tres, es una ciudad de Adriano. Y es que las fuentes tardoantiguas, las fuentes del siglo II, dicen una cosa con muchísima claridad: a partir de Trajano nos gobiernan los advenae. Advena significa extranjeros, la gente que no era romana. Y Casio Dion, un historiador del siglo tercero que era senador, había sido dos veces cónsul, que conocía muy bien la historia, dice: Trajano no era un ítalo, no venía de Italia. Trajano era un iber, un ibero.
Y observen que esto podría parecer una censura, y de hecho Plinio lo entiende así, por eso no dice nada. Es mejor no hablar de los orígenes de Trajano, porque son orígenes en una pequeña ciudad, en un pequeño municipio, de una provincia, siendo un indígena romanizado. Pero observen que esto es la ventaja, la grandeza del Imperio romano, que es hacer romanos a los que no nacieron romanos. El emperador Claudio, que tiene fama de mujeriego, de tartamudo, de cojo y de lo peor que se podía hacer en el mundo antiguo y casi en el mundo moderno, historiador, tiene un discurso en el que quiere conceder el derecho a los galos, a los ciudadanos romanos de Galia, para ser senadores. Y dice una cosa muy simple: ¿no fuimos todos alguna vez extranjeros? El Imperio romano llegará en el 212 después de Cristo a otorgar la ciudadanía romana a todos los habitantes del imperio.
Pero ahora era mejor callar, de tal manera que Trajano es fundamentalmente un soldado.
Así, no te contentaste con contemplar de lejos el campamento y pasar como de puntillas por un breve servicio militar. Ejerciste de tribuno, de modo que pudieras ser general desde el principio y no te quedara nada que aprender cuando llegara el momento de enseñar. Durante diez campañas pudiste conocer las costumbres de los pueblos, la localización de las regiones, las ventajas de los lugares. Te acostumbraste a soportar las diversas condiciones de las aguas y el cielo como las fuentes y el clima de tu propia patria. Cuántas veces cambiaste de caballos. Cuántas veces de armas gastadas.
Trajano es un soldado. El ejército romano es, en época imperial, la mejor expresión de la voluntad del pueblo romano. Porque para ser legionario romano hay que ser ciudadano romano. Y las tropas auxiliares, que están formadas por provinciales que no son ciudadanos romanos, cuando se licencian después de entre 15 y 20 años de servicio, reciben como premio la ciudadanía romana. Los griegos no tienen problema en decir que las legiones romanas son un ejército político, no en el sentido de la lucha política, sino en el sentido de que son politai, que son ciudadanos, y que porque son ciudadanos están en el ejército. Y Trajano está al frente del ejército y eso le va a hacer emperador, pero no es suficiente.
Así tenía que ser aquel a quien concedió no una guerra civil ni un estado oprimido por las armas, sino la paz, una adopción y los dioses que por fin escucharon las súplicas de la tierra. ¿O era lícito que no hubiera diferencia alguna entre un emperador elegido por los hombres y otro elegido por los dioses?
Su opinión y su favor hacia ti, César Augusto, cuando te dirigías al ejército, se hicieron manifiestos enseguida por medio de un portento inusual, pues a otros príncipes los anunció a los adivinos la abundante sangre o el vuelo de las aves por la izquierda. A ti, mientras ascendías, como es acostumbrado, al Capitolio, te sorprendió el clamor de los ciudadanos, que, aunque no lo pretendieran, te saludaban ya como príncipe, ya que toda la multitud que estaba apostada en los umbrales, cuando se abrieron las puertas para que entraras, saludó como emperador al dios, según se pensó entonces, pero en verdad, en verdad te saludaban a ti, como demostraron los acontecimientos.
Así que así fue interpretado el presagio por todos. Tú eras el único que no quería comprenderlo. En efecto, rechazabas el gobierno, y que lo rechazaras era propio de quien iba a gobernar bien. Así pues, hubo que obligarte.
Elegido por los dioses. Este es el centro, el corazón de lo que el 1 de septiembre del año 100 se estaba diciendo en el Senado: elegido por los dioses, no por los hombres. Y este es el sentido del milagro. A Trajano, cuando todavía no era emperador, cuando todavía no había sido adoptado, se le encargó el mando sobre Germania. Y como hacían todos los generales a los que se les encarga un mando, tienen que visitar el templo de Júpiter Óptimo Máximo, el templo de Júpiter Capitolino, porque Júpiter Capitolino es el dios de Roma.
Y los generales de Roma tenían que ir al templo de Roma. Y cuando se están abriendo las puertas, el pueblo empieza a gritar: "¡Imperator, imperator, imperator!", porque el gran emperador de todos los emperadores es Júpiter Óptimo Máximo. Pero Plinio dice: "No era Júpiter, sino era a ti. Júpiter te estaba proclamando emperador. Para que fueras emperador habría que hacer algunas cosas".
Y así, en el arco de Benevento, un monumento fundamental para comprender la ideología trajanea, vemos un relieve absolutamente claro. ¿Recuerdan a Domiciano, que tenía una moneda con un águila y el rayo? Pues aquí no tenemos águila, ahí tenemos a Júpiter, que está entregando el rayo a Trajano para que Trajano asuma el gobierno del imperio, y lo hace, las figuras que están detrás, en presencia de todos los dioses. Hay una asamblea de dioses que ha decidido que Trajano sea el emperador, sea el auxiliar de Júpiter, asuma el gobierno de la tierra. Ese es el mensaje que se está dando, y se hace en público.
Esta es la vista del foro de Roma desde el templo de Júpiter Capitolino. Porque en la Antigüedad toda comunidad política es también una comunidad religiosa, y la comunidad religiosa de Roma es aquella que se reúne en torno a Júpiter Capitolino. Esto no se está produciendo en privado, sino que se produce ante la comunión de fieles, que es el imperio. Y por eso aparecen estas monedas donde está Trajano y Júpiter dándole el rayo. El poder de Trajano viene del poder de Júpiter.
Encontrarán en la mayor parte de la bibliografía moderna que la dinastía que empieza con Nerva se ha llamado la dinastía de los emperadores adoptivos. Pero la adopción es solo el método. La adoptio es el método, porque Nerva se ha convertido solo y fundamentalmente en la mano de Dios. Hace tiempo que merecías ser adoptado, pero no habríamos sabido cuánto te debe el imperio si hubieras sido adoptado antes.
Se esperó al momento en que estuviera claro que tú no recibías un favor, sino que lo hacías. Se refugió en tu regazo el estado maltrecho, y el imperio que se derrumbaba sobre el emperador te fue entregado por boca del emperador. Mediante la adopción te imploraron y te hicieron venir, como antaño los grandes generales eran llamados desde las guerras externas y extranjeras para traer el auxilio a la patria. Sí, hijo y padre, en ese mismo momento os ofrecisteis el uno al otro honor extraordinario. Él te dio el poder y tú se lo devolviste.
Por eso la elección de Trajano es obra de la providencia, no de la voluntad de Nerva. Por eso Trajano recibe de la providencia el mundo, que es el orbe. No solamente la urbs, no solo la ciudad, sino también el mundo. Un mundo que conciben así, un mundo redondo, rodeado por el océano y con una peculiaridad. Los antiguos orientaban los mapas. Esto quiere decir que el oriente lo ponían arriba y el occidente lo ponían abajo. Por eso tenemos aquí el estrecho de Gibraltar, las columnas de Hércules, en el sur. Nosotros norteamos los mapas, aunque decimos que orientamos los mapas. Esta es la manera. Por eso dicen que este es el recorrido del Sol, que amanece por oriente y se oculta por occidente, por el sur.
Esto es lo que le están entregando, porque la única obra de Nerva ha sido servir de intermediario de Dios. Esta extraordinaria obra merecería tanta más veneración por ser la última, y su autor debía ser divinizado inmediatamente para que las generaciones venideras se preguntaran algún día si aquello lo había hecho siendo ya dios. Así pues, más que por ningún otro título, él era padre del pueblo por ser el tuyo. Enorme gloria y enorme fama. Cuando estuvo completamente seguro de que el imperio descansaba bien sobre tus hombros, te dejó el mundo y a ti al mundo. Por eso mismo, más querido por todos y digno de añoranza, porque había procurado que no se le añorara.
De tal manera que en las monedas se pudo acuñar a los dos padres, divi, los divinos, Nerva y Trajano padre. Uno porque hizo la voluntad de Dios y otro porque había engendrado al nuevo emperador.
La voluntad de Dios la cumplió en un acto público y no privado, ¿verdad, Plinio?
Con cuidado evitó él esa desgracia y tomó en consideración no solo el juicio de los hombres, sino también el de los dioses. Así pues, no en su habitación,
…sino en el templo, no ante el hecho conyugal, sino ante el hecho sagrado de Júpiter Óptimo Máximo, tuvo lugar la adopción en la que se fundamentaba no nuestra servidumbre, sino nuestra libertad, salud y seguridad. Los dioses se han arrogado esta gloria. Suya fue la obra, suyo aquel mandato. Nerva fue solo un intermediario y, aunque era quien adoptaba, obedecía igual que tú, que eres adoptado.
Acababa de llegar laurel de Panonia por mediación de los dioses para que el símbolo de la victoria adornara el nacimiento de un emperador invicto. El emperador Nerva lo había colocado en el regazo de Júpiter, cuando de repente, con una apariencia mayor y más augusta de lo acostumbrado, delante de la asamblea convocada de hombres y dioses, te tomó como hijo suyo, es decir, como único auxilio en un momento de dificultad.
Observen que la adopción tiene, hoy diríamos, un sesgo de género extraordinariamente interesante. Permite tener hijos sin mujeres, porque lo peor que le podía pasar a un ciudadano romano era depender de la voluntad de una mujer que se empeñase en que su hijo debía gobernar. Porque la guerra contra Cleopatra se hizo para que no gobernara una mujer. Porque la peor acusación que se podía hacer contra un emperador era que estuviera dominado por una mujer, y la adopción nos permitía dejar a las mujeres fuera de la política, porque la política era cosa de hombres.
Debemos entender que lo que se está escuchando aquí no es un elogio retórico, y si lo estamos haciendo bien es precisamente porque no es un elogio retórico. Así que prestemos atención al consenso nuevo que se está creando.
Además, oías que había consenso del Senado y el pueblo. No era la opinión y la elección solo de Nerva. En efecto, los hombres en todos los lugares pedían esto en sus ruegos. Él simplemente se adelantó por su prerrogativa de príncipe e hizo el primero lo que todos se disponían a hacer, por Hércules. Su iniciativa no habría agradado tanto a todos si no hubiera agradado antes de ser tomada.
¿Con qué temple moderaste tu poder y tu buena fortuna, dioses misericordiosos? Tú, emperador en los estandartes, medallones y enseñas, pero por tu modestia, esfuerzo y vigilancia eras general, legado y soldado, mientras marchabas al frente de tus insignias y tus águilas a buen paso, y no reivindicabas de aquella adopción nada más que el afecto y la obediencia de un hijo, y deseabas larga vida, larga gloria para este hombre.
El consenso de todos. El régimen de Augusto se había fundado en el consenso de todos. Lo interesante del consenso de todos es que no tiene que expresarse institucionalmente. El consenso de todos no tiene que votarse, no tiene que estar sometido a una moción, no es aprobar una ley, porque fuera del «todos» están los que están muertos por no aceptar el consenso de todos.
Por eso así se fragua el régimen que está fundado en la adopción del mejor. ¿Y cómo sabemos que es el mejor? Lo sabemos porque ha sido adoptado, y volvemos a ver ahí a la providencia, a la providencia divina que procede a la adopción del mejor, porque son los dioses los que nos dan al mejor con la prueba de que es el mejor: la victoria.
Por eso este mensaje es un mensaje clave del panegírico. El que va a gobernar sobre todos debe ser elegido de entre todos. Plinio.
No había ningún parentesco entre el adoptado y el que adoptaba. No había ningún lazo, excepto que ambos eran excelentes, el uno digno de ser elegido y el otro de elegir. Fuiste adoptado, no como otros lo fueron antes, para satisfacer a una esposa. No te recibió como hijo un padrastro, sino un príncipe. Y el divino Nerva se hizo padre tuyo con el mismo ánimo con que lo era ya de todos. No hay otra manera digna de adoptar a un hijo cuando lo adopta el emperador.
Pues si te dispones a legar el Senado y el pueblo romano, los ejércitos, las provincias, los aliados a uno solo, ¿vas a tomar un sucesor del regazo de tu esposa y vas a buscar solo dentro de tu casa al heredero del máximo poder? ¿No buscarías por toda la ciudad y considerarías que el más cercano, el más allegado a ti, es el que encuentres mejor y más parecido a los dioses? El que va a gobernar sobre todos debe ser elegido de entre todos. Pues cuando vas a dar no un señor a tus esclavos, de tal forma que podrías darte por satisfecho con un heredero forzoso, sino un príncipe a los ciudadanos y un emperador, sería señal de soberbia y propio de reyes que no adoptaras a uno que a todas luces iba a gobernar, incluso si no lo hubieses adoptado.
Incluso si no lo hubieses adoptado. El pobre Nerva no está saliendo bien de esta. Está muerto, es divino. En fin, yo creo que no quería reivindicar ninguna otra posición, pero Plinio, ahora, si no te importa, me interesaría que repitieras el mensaje este de la elección.
El que va a gobernar sobre todos debe ser elegido de entre todos. Democracia. Pero esa frase es una nueva versión de una pronunciada 40 años antes, donde se decía: «El que va a gobernar sobre todos debe ser elegido de entre todos y por todos».
Ah, le hemos quitado el sujeto. Plinio es un maestro de la oratoria y de la retórica para decir lo que quiere decir sin que parezca que dice lo que quiere decir. Debería estudiarse esto. Podemos hacer aquí un manifiesto a favor de la recuperación de la retórica y de la oratoria como disciplina imprescindible, especialmente para algunas profesiones.
Fíjense lo que está diciendo, porque aquí ahora lo importante es el sentido de «todos». El que va a gobernar a todos: «todos» es a todos los habitantes del imperio. Debe ser elegido de entre todos: ya no es ese mismo «todos». Ese «todos» es el «todos» que viste la púrpura, la banda ancha de púrpura: los senadores. Solamente un senador puede ser emperador, y lo va a elegir Dios. Este es el mensaje que se está lanzando.
Y no confiemos en las mujeres, no confiemos en los niños. Y si el niño me sale tonto, pues no debe ser. Esto fue lo que salvó a Claudio. Claudio llega a ser emperador porque era cojo, tartamudo e historiador, y no sintieron ninguna necesidad de matarlo hasta que se lo encuentran a él. Después no fue mal emperador, como han visto. Por eso Trajano emplea tanto dinero en reformar Roma para crear espacios públicos.
Pero el texto dice también una cosa más: un príncipe para los ciudadanos y un emperador. Esto nos lleva a una siguiente reflexión de Plinio.
El paso del tiempo te beneficia, te beneficia y enaltece solo a ti, pues has unido y combinado en tu persona virtudes tan dispares como la seguridad del que ya lleva tiempo gobernando y el pudor del que comienza. Tú no obligas a tus ciudadanos a que te abracen los pies, ni devuelves los besos ofreciendo la mano. Tienes como emperador la misma amabilidad en el rostro que antes, el mismo pudor en la diestra. Solías ir a pie; también vas ahora. Disfrutabas con el trabajo; también disfrutas ahora. La misma fortuna ha cambiado todo a tu alrededor y no ha cambiado nada en tu persona.
Un príncipe civil, un príncipe ciudadano que viste toga y que se acompaña de niños a los que hace prosperar. Porque un buen emperador hace que los campos sean fértiles, que las reses paran, que los niños crezcan, que el mundo sea feliz. La Tellus stabilita, la tierra establecida, que adquiere su auge de primavera, que es el auge que da un verdadero augusto. Pero también tiene que ser un emperador para sus soldados. Y ahí ven a Trajano subido en el tribunal, sentado, dirigiendo una arenga a sus legiones. Un emperador para sus soldados, ¿verdad, Plinio?
Tú, empero, eras más grande que todos, pero más grande sin menoscabo de ninguno. En tu presencia cada uno conservaba la misma autoridad que en tu ausencia. Es más, muchos llegaron a conseguir el respeto de los suyos porque tú también los tratabas con respeto. Y así, en definitiva, apreciado por los más altos mandos y por los soldados, habías aunado las dos facetas de emperador y conmilitón, hasta el punto de que acrecentabas su ardor y sus esfuerzos como supervisor y los aliviabas como compañero y como socio.
Un conmilitón. Los soldados de línea, los soldados rasos, tenían que ver en Trajano a un compañero, un compañero que sudaba con ellos, que andaba con ellos, que comía su rancho, que dormía en el suelo como los grandes generales de la época republicana. Y de hecho, Trajano emprende conquistas que le llevan a conquistar la provincia de Dacia, que hoy es Rumanía, porque es la última provincia romanizada y de ahí toma su nombre. Y también a emprender en sus últimos años la conquista de Armenia y la conquista de Mesopotamia, entre el Tigris y el Éufrates, que constituyen hoy el Estado de Irak.
Trajano, con más de 60 años, llega al frente de sus tropas a la desembocadura del Tigris y del Éufrates, al Golfo Pérsico, hoy de incierto recuerdo, y llora. Un emperador puede llorar. Llora porque ve partir un barco hacia la India y se desespera por no ser tan joven como Alejandro para seguir conquistando.
De todas, esta es una de las razones por las que Trajano se convierte en modelo de emperador, sobre todo en el siglo XIX y en buena parte del siglo XX: el emperador conquistador. La conquista de Mesopotamia es de una extraordinaria velocidad. Cortan madera en Siria y se la llevan andando para hacer barcas para cruzar el Tigris y el Éufrates. Observen lo que significa esto. ¿Qué ejército moderno estaría en condiciones? ¿Recuerdan lo que le ha dicho? ¿Cuántas aguas has bebido? Una de las mayores partidas del presupuesto norteamericano en Afganistán era el agua embotellada, porque los soldados se iban si bebían agua afgana. Y esto es porque nuestro sistema digestivo no estaba… Ellos eran capaces de hacer esto. Extraordinario, un conmilitón. Bebo con vosotros, camino con vosotros, lucho con vosotros, y provoco una crisis casi definitiva. Los partos que gobernaban en Mesopotamia dejaron pasar a las legiones y, cuando estaban en el Golfo Pérsico, se sublevaron y casi el imperio se pierde. Es decir, que el reinado no habría sido feliz si no hubiese sido por la labor de su sucesor, Adriano.
Y aquí tenemos la Dacia capturada que llora y el rey parto que se arrodilla ante Trajano porque lo ha derrotado. Después nada acabó siendo tan feliz.
Y nos acercamos al punto crucial: la divinidad del emperador. Problema de la divinidad. Una moneda de Trajano con la virtud. La virtud concede la divinidad. Este es un problema antiguo y acabó siendo un problema cristiano. Plinio.
Tú no entras en los santuarios sino para rezar. Y para ti el máximo honor es montar guardia delante de los templos protegiendo las puertas. Por eso los dioses te mantienen en la posición más alta entre los hombres, porque no buscas ese lugar entre los dioses. Así, solo podemos ver una o dos estatuas tuyas en el templo de Júpiter Óptimo Máximo, pero de bronce. Sin embargo, no hace mucho todas las entradas, todos los escalones, toda la explanada relucía aquí y allá de oro y plata, o mejor dicho, se contaminaban, pues las imágenes de los dioses se ensucian con el contacto de las estatuas de un príncipe incestuoso.
Estatuas de bronce, porque el metal precioso, el oro especialmente, la plata en menor medida, es un metal de los dioses. La fascinación de los humanos por el oro y la plata es singular, ¿no? Le atribuimos un valor extraordinario por cosas muy primitivas: primero, porque hay poco y lo tienen algunos. Segundo, porque brilla y nos recuerda nuestra condición simiesca. Y en tercer lugar, porque no se oxida. Esta es la razón de su valor: no se oxida. ¿Qué hay eterno? Dios. Entonces, una estatua de oro de un emperador es una estatua de un emperador divino. Hagámosla de bronce, que se oxida, se pone verde, pero la estatua de bronce está destinada a ser dorada a la muerte del emperador.
Porque, ¿qué diferencia hay entre un hombre y un Dios? Para nosotros, que nos hemos criado en una sociedad cristiana, y muchos de nosotros en una fe cristiana, la diferencia es radical; menos radical de lo que podría parecer, pero es radical. Para el mundo romano no es una diferencia radical, hay una continuidad. ¿Cuáles son las diferencias entonces entre los hombres y los dioses? Que los dioses tienen poder y que los dioses son inmortales.
Pero como dice Dion Casio, este senador y cónsul que les he recordado en alguna ocasión a lo largo del discurso: «Pues un hombre no es sino un Dios en un cuerpo mortal». La muerte te hace Dios. Entonces, ¿no deberíamos rechazar la idea? ¿Han probado ustedes alguna vez a el rayo de Júpiter? ¿Pueden cogerlo? Solamente aquel que está destinado a ser Dios puede cogerlo.
Ven que se está fraguando aquí una divinidad atemperada, una divinidad que encuentra en Hércules su paso fundamental. Trajano era de Itálica, e Itálica está muy cerca de Cádiz. El templo de Hércules Gaditano es uno de los grandes santuarios. Empiezan a acuñarse monedas de Hércules, pero Hércules es el héroe que se convierte en Dios por sus virtudes y sus obras en favor de la humanidad. Hércules contiene una teología del poder imperial, tanto que a Trajano se le va un poco la mano. Y decía: un emperador puede estar con toga, un emperador puede estar con coraza y un emperador puede estar desnudo. Y los emperadores desnudos no son emperadores pornográficos, sino emperadores divinos, porque los dioses no necesitan vestirse. Y ahí lo ven, además, que lleva la égida de Zeus con la cabeza de Medusa, que incluso muerta tiene la capacidad de matar a quien mire, porque ese es el poder del emperador.
Como ven, se está construyendo un discurso extraordinario que a lo largo de su reinado va creciendo, y el Senado, nosotros mismos, Plinio, también Plinio, autoriza en el 112 que le levanten a Trajano un templo en la ciudad de Pérgamo. Y ese templo está dedicado a Zeus Filios, es decir, Zeus de la amistad, y a Trajano. Esta es la reconstrucción del templo encima de la acrópolis, y este es el Trajano de Itálica, ya muerto, que es obra de Adriano, del proyecto adrianeo. Y observen que está desnudo como un dios. Hay un desnudo que es el de Machado, como los hijos de la mar, pero este no es ese desnudo. Este desnudo quiere ser poderoso, porque cuelga sobre su hombro todavía el manto púrpura del general.
Y llegamos al final: la simulación de la libertad. Plinio, por favor. Ibas a huir de las esperadas elecciones a tu magistratura, satisfecho con haber ordenado ser nombrado cónsul, sin guardar siquiera la apariencia de que esta es una ciudad libre. Te ibas a mantener alejado de los comicios, oculto y apartado, como si no se te diera allí el consulado, sino que se te fuera a quitar el imperio.
Eso es, eso era lo que pensaban los tiranos más soberbios. Creían que iban a dejar de ser príncipes si actuaban en algo como senadores. Porque el poder hace al emperador sujeto a las leyes, concediendo así un paso fundamental de su constitución, ¿verdad, Plinio?
También sobre la tribuna rostral te sometiste tú mismo a las leyes por un escrúpulo similar; a las leyes, César, unas leyes que nadie escribió para un príncipe. Pero tú no quieres tener más privilegios que nosotros. Así ocurre que nosotros queremos que los tengas. Ahora oigo por primera vez, ahora aprendo por primera vez que el príncipe no está por encima de las leyes, sino las leyes por encima del príncipe, y que las mismas restricciones tiene el César como cónsul que cualquier otro. Jura servir a las leyes ante los dioses atentos. Pues, ¿a quién iban a atender más que al César? Jura ante quienes tienen que jurar lo mismo.
El príncipe por debajo de las leyes, las leyes por encima del príncipe. Antes gritaba «democracia»; ahora seré más prudente y diré la República restituta. Pero no nos olvidemos de una cosa fundamental: ¿quién promulga las leyes? Las leyes las promulga el emperador, porque es quien tiene la conexión con los dioses que han establecido las leyes por las que funciona el universo.
Y no solo la comunidad humana, el universo. De la misma manera que las estrellas se mantienen fijas y que los planetas giran en intervalos constantes, las leyes humanas han sido fijadas por los dioses y transmitidas por el emperador. Por eso el emperador, obedeciendo a sus propias leyes, está por debajo de las leyes que él mismo ha dictado. Insisto en que la oratoria y la retórica deberían ser una disciplina absolutamente obligatoria.
Y esto provoca la salvación, que es lo que significa salus: la salud, la salvación pública, gracias a que en Roma gobierna un emperador divino. Y esto se fragua en un nuevo pacto constitucional.
Desde luego las palabras no pueden ser estas, pero es lo que se está haciendo.
Miren, todos los años, les decía al principio, todos los cónsules hacen un discurso de agradecimiento por haber recibido el consulado, de agradecimiento al emperador. Si contamos solamente los tres primeros siglos de vida del imperio, que es el periodo que a nosotros ahora nos interesa, estamos hablando de 300 por dos o por tres o por cuatro cónsules que hay en el año, cónsules sustitutos, y solamente se nos ha conservado el panegírico de Plinio.
Esto tiene varias explicaciones: que todos los cónsules eran muy malos haciendo discursos y no merecía la pena. Tiene una segunda explicación, que ha habido mucha suerte con uno y muy mala suerte con otros, que también es real.
Pero hay otra explicación que yo creo que es imprescindible, porque el panegírico de Plinio se nos ha transmitido en un manuscrito que venía unido a otros panegíricos de finales del siglo tercero y del siglo II. Y se nos conserva porque este panegírico, esto que nos está diciendo aquí Plinio, se dice ante el Senado, que está aceptando lo que Trajano le había presentado el 1 de enero del año 100. Han tardado 9 meses en contestar y están contestando afirmativamente, ¿verdad, Plinio?
Vale la pena notar con qué palabras se han hecho estos votos en favor de nuestro emperador: «Si rige bien el Estado y en beneficio de todos». Dignos votos que deben hacerse y cumplirse siempre.
A instancias tuyas, César, el Estado acordó con los dioses que te conservaran sano y salvo si tú conservabas a los demás. De lo contrario, que ellos mismos apartaran los ojos de la protección de tu cabeza y te abandonaran a esos otros votos que no se pronuncian abiertamente.
Otros deseaban sobrevivir al Estado y actuaban en consecuencia. Para ti, tu salud te resulta odiosa si no va acompañada de la salud del Estado. No dejas que se desee nada para ti si no beneficia a quienes lo desean, y todos los años te sometes al juicio de los dioses y les exiges que cambien su opinión si has dejado de ser como eras cuando se te eligió.
Pero con pleno conocimiento, César, como si hubieras pactado con los dioses que te guarden si lo mereces. Pues sabes que, si lo mereces, nadie lo sabe mejor que los dioses.
¿No os parece, padres conscriptos, que estas son las reflexiones que se hace de día y de noche? «Yo», dice, «he armado contra mí incluso la mano de mi prefecto, por si así lo reclamara el bien de todos. Pero no ruego a los dioses que aparten de mí su ira o su abandono. Es más, les pido y suplico que jamás el Estado haga votos en mi favor en contra de su voluntad o, si los hace en contra de su voluntad, que no quede obligado».
La tautología hecha carne. Es posible que los dioses nieguen a Trajano gobernar bien cuando los dioses, que no se equivocan, han elegido a Trajano para que gobierne bien. Por eso la orden de libertad.
Había amanecido el primer día de tu consulado cuando, entrando en la curia, nos exhortaste a todos y cada uno a recuperar la libertad, a asumir las preocupaciones del gobierno como si lo compartiéramos, a velar por el bien común y a alzarnos. Antes de ti todos habían dicho esto mismo, pero a ninguno se le creyó antes de ti. A ti, en cambio, te seguimos seguros y alegres a donde nos llamas. ¿Nos ordenas ser libres? Lo seremos. ¿Nos ordenas expresar en público nuestros pareceres? Lo haremos.
Pero la libertad que se recibe no es libertad, porque nos la dan y está en manos de quien la da.
Recoges, por consiguiente, César, el gloriosísimo fruto de tu salud por consenso de los dioses. Pues, al estipular que los dioses te guarden solo si riges bien el Estado y en beneficio de todos, es evidente que has regido bien el Estado y en beneficio de todos, pues los dioses te guardan.
Tu tranquilidad no depende de una tardanza de los mensajeros, de un retraso de las cartas. Sabes que en todas partes se te ha jurado fidelidad, pues tú se la has jurado a todos. No hay nadie que no esté dispuesto a hacerse favor. Te apreciamos, desde luego. Te apreciamos en la medida en que lo mereces, pero eso no lo hacemos por amor a ti, sino a nosotros. Y que jamás amanezca el día en que haga votos por ti no nuestro provecho, sino nuestra fidelidad, César.
Y así Trajano es proclamado Óptimo, no porque sea el mejor. Estamos en el año 100, lleva 2 años de reinado, no sabemos cómo va a ser. Es Óptimo porque ha recibido el poder de Júpiter Óptimo Máximo, el dios de Roma.
Cuando un romano escucha «Óptimo», no piensa que le ha salido bien el examen, piensa en Júpiter. Y por eso el poder de Trajano es el poder de Júpiter, y a su muerte Adriano lo diviniza, porque ya se ha liberado del cuerpo, porque entre el ser humano y el dios la diferencia está en que el primero es mortal y el segundo no. Y no solamente a Trajano, sino a Plotina, a la mujer de Trajano, que se convierte también en diva, de tal manera que ahí lo ven desnudo de nuevo, y no como los hijos de la mar, sino como los emperadores divinos, porque nos ordena ser libres, y lo seremos. Gracias.
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