España en la guerra de Independencia de Estados Unidos: razón de Estado, espionaje y una guerra global

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Resumen

En la tercera conferencia del ciclo «La huella hispánica en los Estados Unidos», el historiador Gonzalo M. Quintero Saravia examina la intervención española en la guerra de Independencia estadounidense. Su tesis es que España no actuó por afinidad con la causa de los colonos, sino por razón de Estado: debilitar a Gran Bretaña, su gran rival imperial, y recuperar lo perdido en 1763. Para Quintero, la llamada guerra de Independencia fue en realidad otro conflicto imperial por el control de las Américas, de alcance global, y su resultado, la independencia de Estados Unidos, fue más una consecuencia que el objetivo que movió a las potencias europeas.

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«El enemigo de mi enemigo»: la razón de Estado como clave

El conferenciante empieza con un antecedente lejano. En 1403, Enrique III de Castilla envió a Ruy González de Clavijo a Samarcanda para entrevistarse con Tamerlán y buscar una alianza contra el Imperio otomano. Es la vieja máxima de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, y según Quintero se aplica de lleno a la intervención española en la guerra americana.

Para ilustrar el concepto de razón de Estado muestra un grabado de la Iconología de Cesare Ripa, publicada en 1593. La figura va armada con espada y la acompaña el león de la fuerza, que pisa el derecho. Lo que el ponente destaca son los ojos y oídos bordados en la túnica: representan la información que la monarquía necesita para saber qué ocurre y poder aplicar la razón de Estado. Esa imagen anticipa uno de los ejes de la conferencia, el espionaje.

Quintero sostiene que todos los contendientes se guiaron por la razón de Estado: británicos, franceses, españoles y también norteamericanos. Como prueba cita que a los norteamericanos les interesaba que España combatiera, pero no que venciera en ningún teatro de operaciones. Cuando España tomó Pensacola en 1781, la reacción en Estados Unidos fue contraria, porque lo que querían era que las tropas británicas quedaran ocupadas en el sur y no liberadas para actuar en otro lugar. Aun así, el ponente recuerda que Benjamin Franklin escribió en sus diarios de las negociaciones de paz de 1783 que, aunque no tenían obligación alguna con España por tratado, sí tenían «obligaciones de gratitud por la ayuda que nos había dado».

Darle la vuelta al mapa: la América española frente a las Trece Colonias

Antes de entrar en la guerra, Quintero propone «darle la vuelta al mapa». Se apoya en un artículo publicado en 2007 que, según él, marcó un antes y un después en la historiografía sobre la América de finales del siglo XVIII, y en la idea de una «historia enredada» entre los distintos imperios. Recuerda también una diferencia de vocabulario: en Estados Unidos «América» designa a Norteamérica, mientras que lo que en español llamamos el continente americano allí son «las Américas».

Las comparaciones que presenta buscan mostrar el peso de la América española. La población de las Trece Colonias no admitía comparación con la de Nueva España, Perú o Nueva Granada. En cuanto a las ciudades hacia 1775, Ciudad de México superaba con holgura a las norteamericanas, y no solo ella: según las cifras que mostró, La Habana rondaba los 80.000 habitantes y Lima los 50.000, frente a unos 35.000 de Filadelfia y 24.500 de Nueva York. El PIB estimado de la América española era más del doble que el de las Trece Colonias. En universidades, contaba 22 en los territorios americanos de la monarquía española frente a 9 en los británicos. Añade que la mayoría de estas últimas eran, en realidad, estudios teológicos para preparar al clero, mientras que las españolas, aunque algunas empezaron igual, se habían convertido en universidades en sentido más o menos moderno entre 1538 y finales del siglo XVIII.

Quintero amplía la comparación a la península. En su opinión, México era la ciudad más importante de toda la monarquía por población, riqueza y cultura, y eso dice mucho de cómo estaba organizada. En el Imperio británico la ciudad principal era siempre Londres y en el francés, París, pero en el español era México, situada en el cruce del comercio atlántico y del Pacífico. Para ilustrarlo compara la superficie de las plazas mayores. El Zócalo, llamado plaza de la Constitución por la de 1812, encabeza la lista, seguido de Santiago de Chile, Lima y Bogotá. Después viene Medina del Campo, que según el ponente era en realidad una plaza para el comercio de ganado. Siguen Antigua Guatemala, Santo Domingo, Valladolid, Madrid, Lerma y Salamanca. En el Zócalo cabrían las cinco plazas peninsulares más grandes, lo que para Quintero refleja la escala del comercio mexicano frente al peninsular.

De la guerra de los Siete Años a la crisis imperial británica

El ponente comenta con ironía que las guerras reciben su nombre a posteriori y que algunas tienen peor suerte que otras. La guerra del Asiento u «Oreja de Jenkins», con el intento británico de tomar Cartagena de Indias, le parece la peor bautizada. Después llegó la guerra de los Siete Años (1756-1763), que en Gran Bretaña se conoce como guerra franco-india.

Antes de 1763, el golfo de México, esencial para las comunicaciones españolas, estaba controlado por España o por su aliada Francia. Con la paz de 1763, España tuvo que ceder las Floridas a Gran Bretaña y aceptó la Luisiana, y la situación cambió por completo. Quintero explica la ruta imperial: las flotas pasaban entre Santo Domingo y Puerto Rico hasta Veracruz, y desde allí trazaban un arco hacia el norte, donde se navegaba mejor, hasta La Habana. Con Florida en manos británicas quedaba amenazado el trayecto a La Habana y, lo que era más grave, el regreso a la península por el canal de Bahamas, vital para la ida y la vuelta. Recuperar las Floridas se convirtió así en una de las principales reivindicaciones españolas.

Tras 1763, con Francia fuera de Norteamérica salvo sus colonias caribeñas y la Guayana, España y Gran Bretaña pasaron a ser vecinos, y ambos imperios emprendieron reformas. Las españolas buscaban un salto económico, social, político y administrativo a ambos lados del Atlántico. Londres, en cambio, quiso que los colonos pagaran el coste de la guerra y, según subraya Quintero, también el de la defensa frente al nuevo y poderoso vecino español. Lo hizo con nuevos impuestos y con la obligación de alojar tropas. A ello se sumó la línea de demarcación a lo largo de los Apalaches, que prohibía a los colonos expandirse hacia el oeste para reservar esas tierras a los pueblos indígenas, algo muy mal recibido por los terratenientes. Todo ello, dice, está en el origen de la Revolución americana. Citando al profesor Gabriel Paquette, contrapone ambos procesos: los colonos británicos acabaron rebelándose contra sus gobernantes, mientras que las élites de la América española abrazaron el proyecto reformista para reforzar, y no romper, sus lazos con la península.

Un doble juego: la retórica de Grimaldi y siglos de sabotaje mutuo

Ante la revuelta, el marqués de Grimaldi, todavía ministro principal en 1777, declaraba que el rey, dueño de dominios tan vastos en las Indias, tendría siempre reparo en firmar un tratado formal con provincias tenidas por rebeldes, porque los derechos de los soberanos eran demasiado sagrados y el ejemplo de una rebelión demasiado arriesgado para apoyarla «a cara descubierta». Quintero afirma sin rodeos que Grimaldi mentía. Según él, España llevaba desde finales del siglo XVI «haciéndole la cama» a Gran Bretaña, expresión que atribuye literalmente al conde de Aranda en una comunicación a Francia, es decir, creándole problemas en sus territorios.

Como ejemplo menciona los colegios de católicos británicos fundados en España: el de San Patricio de nobles irlandeses en Salamanca (1592), el de San Albano o de los Ingleses en Valladolid (1589) y el de los Escoceses (1623). Allí se formaba a jóvenes católicos que luego volvían a sus países, según el ponente, como espías y saboteadores. Uno de los mejores espías españoles de la guerra, Thomas Hussey, salió de ese entorno. El sabotaje era recíproco: los británicos, dice Quintero, también atizaban el fuego cada vez que España tenía un problema, y la última vez fue su apoyo a las sublevaciones hispanoamericanas desde 1810. La diferencia es que en la guerra anterior España no se había limitado a apoyar sublevaciones, sino que entró en una guerra cuyo resultado fue la independencia de un país. Para él era un juego imperial en el que la razón de Estado lo era todo.

En ese juego el nacionalismo tuvo, según el ponente, un papel residual. Siguiendo a Linda Colley, sitúa el nacimiento del nacionalismo inglés hacia 1741, con la guerra de la Oreja de Jenkins, cuando surgió el God Save the King como canción de taberna. El nacionalismo norteamericano sí pesó, porque los soldados del Ejército Continental de Washington eran ciudadanos a los que había que convencer para alistarse y reengancharse, y eso requería un soporte ideológico. En Francia y España, en cambio, no existía aún: en Francia surgiría con la Revolución y en España con la invasión napoleónica de 1808.

¿Temía alguien el contagio revolucionario?

La preocupación de Grimaldi por el «ejemplo» de una rebelión, argumenta Quintero, era en realidad infundada según el pensamiento de la época. Lee un largo pasaje de las reflexiones que el conde de Vergennes, ministro principal de Luis XVI, dirigió al rey en 1775. Vergennes admitía que se podía temer que las colonias independientes se lanzaran a la conquista y amenazaran las posesiones francesas y españolas. Pero lo descartaba por dos razones: la guerra las dejaría agotadas, y probablemente adoptarían una forma republicana, y «las repúblicas rara vez tienen espíritu de conquista». Además, suponía que cada provincia formaría una república aparte, apenas unidas en una confederación y más atentas al comercio y a las comodidades de la paz.

Para Quintero, eso pensaba casi todo el mundo en el siglo XVIII, con la excepción de un par de administradores españoles en Venezuela que sí relacionaron el ejemplo norteamericano con una posible independencia hispanoamericana. Añade que el célebre memorial del conde de Aranda, que advierte de que aquellas repúblicas nacidas pigmeas se convertirían en gigantes, es falso: según demostró el profesor Escudero en un libro de 2014, se trata de una falsificación de 1825 obra de exiliados españoles entre París y Londres. En la teoría política de finales del XVIII, las repúblicas solo eran viables en territorios pequeños, y los modelos eran Venecia y las Provincias Unidas.

Ese mismo razonamiento lo aplica a la Declaración de Independencia. Recuerda que se aprobó el 2 de julio de 1776 y se hizo pública el 4. Evocando a un profesor suyo de ICADE que les hizo leer Los intereses creados de Benavente (obra que confiesa haber odiado) para mostrar cómo una coma cambia el sentido de un texto, señala que en el documento «States» aparece con mayúscula y «united» con minúscula. Para él, eso significa que no se proclamaba independiente una sola entidad, sino trece entidades independientes entre sí, que luego se coordinaron mediante los Artículos de Confederación de 1777 frente a un enemigo común.

La ayuda encubierta: Gardoqui, Beaumarchais y Rodrigue Hortalez

La primera fase de la intervención, de 1775 a junio de 1779, siguió la línea del conde de Floridablanca, sucesor de Grimaldi: prepararse para la guerra como si fuera inevitable, pero hacer todo lo posible por evitarla. Según Quintero, esa preparación venía de 1763.

El primer choque armado fue el de Lexington y Concord, el 19 de abril de 1775. El ponente aclara que la masacre de Boston, anterior, fue un problema de orden público. Pero dos meses antes, el 15 de febrero, Gardoqui, de la casa Gardoqui e Hijos de Bilbao, vinculada al comercio de bacalao y otros productos con la costa este, ya escribía a su corresponsal Jeremiah Lee, comerciante de Massachusetts, sobre sus gestiones para conseguirle «300 mosquetes con sus bayonetas y el doble de pistolas» procedentes de los arsenales del ejército español.

Ese mismo mes, el 23 de febrero, se estrenó El barbero de Sevilla de Beaumarchais, a quien Quintero describe como obsesionado con España y con la idea de libertad, y deseoso de hacer de Estados Unidos el primer ensayo de un gobierno republicano libre. En noviembre de 1775 se fundó la compañía Rodrigue Hortalez, de nombre deliberadamente hispano. Su capital inicial fue de un millón de libras tornesas del gobierno francés y otro millón aportado por la embajada española en París a través del conde de Aranda. Para el ponente fue una iniciativa hispanofrancesa conjunta y el principal proveedor de armas, municiones, tiendas de campaña y dinero para las tropas de Washington hasta la entrada de Francia en la guerra.

En el plano diplomático, la embajada en Londres ofreció desde 1775 la mediación española entre Londres y las colonias. Según Quintero, era una mediación con precio: Gibraltar, Menorca, Centroamérica y las Floridas. Como el príncipe de Masserano estuvo muy enfermo durante largos periodos, el protagonista real fue el encargado de negocios Francisco Antonio de Escarano, cuyo retrato muestra borroso porque no se conserva ninguno. Después llegó el duque de Almodóvar, y la embajada cerró cuando España entró en guerra en 1779.

Las redes de espionaje en Inglaterra: Mr. Jacks y Thomas Hussey

Quintero divide el espionaje español en tres escenarios. En Inglaterra, antes de 1779, la embajada controlaba una red a cargo de un tal «Mr. Jacks», cuyo nombre aparece escrito de siete maneras en los archivos. No se sabe quién era ni dónde estaba, pero su red cubría bases navales y militares. También viajó a Londres en misión de espionaje el marino Francisco Gil de Lemos, como antes lo había hecho Jorge Juan.

Tras el cierre de la embajada, el espionaje pasó a dirigirse desde París, bajo el conde de Aranda. A Jacks lo sustituyó un agente llamado William, con una red menor y menos eficiente, y sobre todo Thomas Hussey, antiguo alumno del colegio de irlandeses, católico y capellán de la embajada española, que en realidad dirigía la red. Según el ponente, buena parte de las negociaciones iniciadas a finales de 1782 que desembocaron en la paz de París de 1783 pasaron por él. Lo describe como una figura muy bien relacionada, elogiada en la famosa biografía de Johnson. Muestra un retrato suyo mal rotulado con otro nombre, porque el grabador aprovechó uno parecido, y dos cartas cifradas de Hussey a Floridablanca conservadas en el Archivo Histórico Nacional.

Luisiana y Cuba: Panis, Eligio de la Puente y Miralles

La Luisiana se convirtió en otro centro de espionaje, dirigido por su gobernador, Bernardo de Gálvez. Este envió al capitán Jacinto Panis a Pensacola con una caja de azúcar blanco y un barril de vino como regalo para el gobernador británico Chester. Panis salió de Nueva Orleans el 22 de febrero de 1778, llegó a Mobila el 2 de marzo y días después a Pensacola, donde fue bien recibido. Como capitán de artillería, levantó un mapa de la entrada de la bahía que Quintero considera decisivo. En él se ve que las baterías de las Barrancas Bermejas estaban retiradas tierra adentro, a varios metros de altura sobre un acantilado, y no podían apuntar hacia abajo. Gálvez usó ese dato para que la escuadra, al mando de José Calbo, entrara pegada a la costa, bajo el ángulo de tiro. Para el ponente, sin ese espionaje previo la victoria de Pensacola no habría sido posible.

Desde Cuba se desplegó lo que Quintero llama una impresionante red, dirigida por Juan Eligio de la Puente, a quien compara en broma con «M», el jefe de James Bond. Era un «floridano», un exiliado de Florida. El ponente explica que en 1763 toda la población de Florida, blanca, indígena y afroamericana, decidió marcharse pese a las garantías británicas sobre religión y negocios. El gobernador y el arzobispo de La Habana pagaron íntegramente el traslado y, además, un capital inicial: un esclavo, una mula, un arado, tierra y dinero para construir una casa, en Cuba o en Nueva España. Los floridanos formaron un grupo de presión decisivo para que España recuperara las Floridas. Había incluso una Junta de Floridanas, de viudas e hijas de soldados destinados allí, tan influyente que Madrid ordenó que el gobernador de Cuba no decidiera nada sobre Florida sin consultarla.

Oficialmente contador, Eligio de la Puente dirigía la red. Desde La Habana se envió a Juan de Miralles como primer representante oficioso ante las autoridades norteamericanas en Filadelfia. Miralles se hizo muy amigo de George Washington y murió en Morristown, en la casa que ocupaba Washington, cuidado por Martha Washington. Para Quintero era «un espía como la copa de un pino»: sus instrucciones, que se conservan, le encargaban informar sobre lo que hacían las colonias y sobre sus posibilidades de éxito. Un hermano de Eligio de la Puente fue enviado a las Carolinas. El ponente advierte, divertido, de lo difícil que es seguirles la pista en los archivos, porque todos se llaman Juan José o José Juan.

Espías fallidos, pescadores, jefes creek y un párroco menorquín

No todo salió bien. A Jamaica se envió a Luciano de Herrera para provocar un levantamiento de esclavos, pero huyó con el dinero. Quintero subraya el peso de Jamaica: de las 22 colonias británicas en América, se rebelaron 13, y Jamaica no, porque necesitaba al ejército y la armada británicos para mantener la paz social en una población con un 60 % de esclavos y para proteger sus exportaciones. Según el ponente, el Tesoro británico obtenía de ella diez veces más que de las Trece Colonias. Otros agentes fueron Antonio Raffelin, enviado al Misisipi, y Miguel Ángel Eduardo, que también desapareció con los fondos.

Quintero se detiene en Tunapé y Tolope, dos jefes creek de Florida que querían que la región volviera a ser española porque el comercio con los españoles les resultaba más ventajoso que con los británicos. Viajaron varias veces a La Habana, donde el gobernador les hacía regalos sin comprometerse, porque España aún no estaba en guerra. Según el documento que cita, llegaron a pedir que, si España no podía ocupar Florida, al menos les diera dos tambores y una bandera para reunir a su gente y que todos vieran que el castillo de San Marcos pertenecía al rey de España y sería defendido hasta la última gota de su sangre creek. Francisco Miguel Chapuz fue enviado también a las Floridas.

Los pescadores cubanos, que faenaban desde siempre en los cayos y alrededor de la península de Florida pese a los intentos británicos de expulsarlos, fueron, en palabras del ponente, «los ojos» de la monarquía y de la Armada: cada vez que veían un barco británico, informaban en La Habana de su número, situación y destino. Otro caso une de nuevo Iglesia y espionaje. El padre Pedro Camps era el párroco de los menorquines que los británicos, dueños de Menorca desde la guerra de Sucesión, llevaron a poblar Florida de forma más o menos voluntaria. Según Quintero, Camps fue el espía español clave en Florida e informaba sobre los preparativos y las fuerzas británicas en Pensacola.

La «conquista por contrato» y la nueva política indígena

Un diploma de la época del barón de Carondelet, en el que el gobernador entrega una medalla a un jefe indígena, le sirve para explicar el cambio de política. Si en el siglo XVI se habla de conquista por la espada, en el XVIII la expansión en Norteamérica se hizo mediante lo que algunos historiadores llaman «conquista por contrato»: acuerdos, a veces denominados tratados, por los que las naciones indígenas reconocían como soberano al rey de España a cambio de regalos periódicos, entre ellos medallas. El ponente recuerda la gran movilidad indígena de la época: los apaches, empujados hacia el sur por el llamado Imperio comanche, llegaron a los territorios españoles y empezaron a causar problemas. La primera experiencia militar de Bernardo de Gálvez fueron precisamente campañas contra los apaches.

Cuenta una anécdota. Las medallas españolas de la época, redondas y acuñadas en oro en España y México, eran demasiado pequeñas, y en alguna reunión los indígenas las devolvieron porque las británicas eran más grandes. Gálvez pidió a Madrid que las hicieran mayores y, cuando llegaron, el problema desapareció.

1779: el vuelco naval y una guerra en todos los frentes

La consecuencia inmediata de la entrada de España en 1779 fue naval. Según las cifras de Quintero, en 1778 Gran Bretaña tenía 117 navíos y Francia 79. Con España, la flota hispanofrancesa sumaba 121, mientras los británicos tenían menos disponibles porque muchos estaban en reparación. España y Francia podían golpear «dónde, cómo y cuándo» quisieran, y los británicos pasaron a la defensiva. El ponente sostiene además que España impuso a Francia sus condiciones por tratado y la estrategia a seguir. Añade que en 1781 las tropas españolas en Pensacola y las francesas en Yorktown eran de número muy parecido.

Para Quintero, la guerra fue global. Churchill llamó a la de los Siete Años la primera guerra mundial, pero esta también lo fue. En Europa, la primera acción conjunta fue el intento de invasión de Inglaterra en 1779. El plan, según el ponente impuesto por Aranda, era golpear rápido y fuerte, desembarcar en Portsmouth, marchar sobre Londres y, con la amenaza de bombardearla, provocar un pánico bursátil que forzara la paz en términos españoles. Fracasó por problemas de coordinación y de señales entre las dos armadas, estudiados por Larry Ferreiro, y por un brote de escorbuto sobre todo en la escuadra francesa, porque la española llevaba víveres más frescos.

Gibraltar era uno de los objetivos principales. Aranda distinguía en una carta de 1779 un bloqueo «frío» (cortar comunicaciones por mar y tierra), uno «tibio» (algunos morterillos para inquietar a la guarnición y servir de escuela a los bombarderos) y uno «caliente», a fondo y sin reparar en el coste de la pólvora. El bloqueo y asedio duró toda la guerra y fracasó definitivamente en septiembre de 1782, con un ataque basado en una nueva tecnología que no funcionó. Ese mismo año, en cambio, se conquistó Menorca.

En Norteamérica, Bernardo de Gálvez hizo campaña entre 1779 y 1781: aseguró su retaguardia remontando el Misisipi y tomando los puestos británicos, y luego se dirigió contra Mobila y Pensacola. Quintero señala que sus relaciones con los gobernadores de Cuba y con el mando naval y militar de La Habana no fueron fáciles: era un joven de treinta y pocos años que había ascendido por méritos de guerra, pero también por ser sobrino del ministro de Indias, José de Gálvez. Con ironía, el ponente niega que fuera nepotismo, porque la palabra no entró en el diccionario de la Academia hasta cuarenta años después, y entonces se definió como «excesiva» preferencia por familiares.

En Centroamérica, Matías de Gálvez, hermano del ministro y militar experimentado, rechazó dos intentos británicos. En uno de ellos, dice Quintero, Nelson estuvo a punto de morir por una enfermedad, malaria o algún problema digestivo, antes de perder el brazo más tarde en Tenerife. Los británicos querían ocupar el lago de Nicaragua y revivir un viejo proyecto de canal interoceánico. España lo había descartado por el coste de defenderlo y porque no lo necesitaba: la plata de Perú y Chile cruzaba por Panamá hasta Cartagena. Para Gran Bretaña, en cambio, controlar un canal habría partido en dos el imperio español y abierto el Pacífico, el «lago español», y el comercio con China.

En el Caribe, tras conquistar el sur, fuerzas españolas y francesas bajo el mando de Bernardo de Gálvez prepararon en Guarico, en el actual Haití, la invasión de Jamaica para forzar la paz. Una derrota francesa ante una escuadra británica retrasó las operaciones hasta que la paz se firmó, pero según Quintero lo que movió a Londres a firmarla fue el miedo a perder Jamaica. En el Atlántico menciona la batalla de la Luz de la Luna y la captura de un convoy británico con tropas, municiones y dinero, estudiada en un libro reciente del profesor Rafael Torres Sánchez. Según el ponente, gracias a que ese cargamento nunca llegó, las tropas de Washington pudieron derrotar a los británicos. En el Pacífico, José de Gálvez alertó en marzo de 1779 al virrey del Perú de que se acercaba una armada al mando de Edward Hughes con intención de establecerse cerca de Lima o de Santiago de Chile. Pero la guerra de Hyder Ali contra los británicos en la India retuvo esas fuerzas, y por eso, concluye Quintero, nunca llegaron al Pacífico español.

Consecuencias ideológicas: una «era de las revoluciones» discutible

Pasando al final de la guerra, el ponente bromea con que los historiadores son como los modistos y tienen modas: la historia atlántica, la global y la «era de las revoluciones», que encadena la Revolución americana, la francesa, la haitiana y las independencias hispanoamericanas hasta 1823-1824. Quintero ve un serio problema en el origen de esa cadena. Acepta la influencia de la Revolución americana en la francesa, con figuras como La Fayette, y de esta en las independencias hispanoamericanas. Pero niega una relación directa entre la independencia de Estados Unidos y las de la monarquía española desde 1808. Por un lado, no había comunicación: nadie hablaba inglés en la América española ni español en las Trece Colonias. Jefferson decía haber aprendido español leyendo el Quijote en su viaje a Francia, «será verdad o no», comenta. Por otro, aunque algo se publicó en Bogotá o Lima, en la América española faltaba el fermento revolucionario de las Trece Colonias. Siguiendo a Manuel Lucena y otros historiadores, sostiene que las independencias hispanoamericanas se explican por fenómenos distintos.

Consecuencias para Gran Bretaña y Francia

Para Gran Bretaña, la derrota dio paso al «segundo Imperio británico». Con Edmund Burke como referencia, Quintero explica que los colonos se rebelaron contra reformas impuestas desde Londres que les negaban sus derechos como ingleses. Su lema, «no hay impuestos sin representación», no rechazaba los impuestos, sino que se impusieran sin su participación. El conflicto era de soberanía: para Londres residía en el Parlamento británico; para los colonos, en ellos mismos reunidos en Congreso. Cuando el Congreso ofreció la paz, Jorge III respondió que serían tratados como traidores. Según el ponente, en 1783 Londres concluyó que el modelo había fallado y fundó un segundo imperio en el que los colonizados no tendrían ninguna duda de que no eran ingleses.

Para Francia, Quintero matiza la vieja tesis de una línea directa entre las deudas de la guerra, la bancarrota, los Estados Generales y la Revolución. Los estudios recientes, dice, no establecen esa causalidad directa: los problemas de hacienda venían de antes, aunque los gastos de la guerra no ayudaron. En pocos años, Luis XVI pasó de recibir a Franklin en Versalles a ser decapitado.

Consecuencias para España: Gibraltar frente a Puerto Rico

El tratado con Francia por el que España entró en la guerra fijaba seis objetivos, entre ellos Gibraltar, que «tiene su miga». Floridablanca lo describía como un montón de rocas que fastidiaba al orgullo español. Quintero sostiene que estratégicamente no servía de nada a España: para controlar el Estrecho bastaban Cádiz, Almería, Ceuta y Melilla, y los británicos nunca intentaron invadir la península desde allí. Era una cuestión de prestigio internacional.

Floridablanca y Aranda, a quienes el ponente retrata como opuestos (el primero siempre impecable, el segundo campechano y autor de frases escritas «fabulosas»), compartían la voluntad de servir a España y al rey, pero tenían ideas distintas del imperio. Floridablanca ordenó a Aranda que Gibraltar fuera la prioridad y que todo lo demás fuera negociable. Quintero describe la tensión clásica entre el diplomático sobre el terreno, que cree que en Madrid no se enteran, y el ministerio, que cree que el embajador se ha identificado demasiado con el lugar, algo que según él ocurre igual en el siglo XVIII que en el XXI. Aranda se saltó las instrucciones: los británicos ofrecían Gibraltar a cambio de Puerto Rico, y él juzgó más perjudicial perder Puerto Rico, clave en la ruta hacia Veracruz y que en manos británicas sería una daga frente a Costa Firme, las costas de las actuales Venezuela y Colombia. No recuperó Gibraltar, pero, según Quintero, sí todo lo demás.

El coste humano y económico, y el despegue de la economía española

Sobre las bajas, el ponente presenta sus cifras. En el lado británico, unos 35.500 británicos, la mayoría por epidemias y enfermedades, como era habitual en las guerras de la época; a ellos suma unos 7.000 realistas norteamericanos, alrededor de 7.000 mercenarios, sobre todo alemanes, y unos 500 indígenas. Los norteamericanos sufrieron 24.800, en gran parte por enfermedades en poblaciones asediadas. Francia, 10.000; España, 5.200; y Holanda, 500, que según él hizo poco más que perder todas las plazas donde intervino. El bando británico concentró el 55 % de las bajas, y España fue la potencia con menos, la mitad que Francia. Quintero insiste en que las tropas españolas no eran solo peninsulares: en Pensacola, más de una cuarta parte eran cubanas, incluidas unidades de morenos y pardos que se distinguieron en el asedio, y en regimientos peninsulares como el de Navarra el 40 % de los oficiales había nacido en América.

El coste económico lo calcula él mismo como el exceso del gasto de defensa sobre el promedio en tiempo de paz, no como la ayuda a Estados Unidos. Tras advertir de lo difícil que son las conversiones, lo cifra en unos 86.200 millones de euros actuales. Se financió con la creación del Banco de San Carlos, antecedente del Banco de España, y con vales reales, deuda pública con un interés importante que se devolvió al acabar la guerra. Para Quintero no fue altruismo, sino una decisión financiera de los compradores. Con dinero español se pagó también el traslado de la flota francesa de De Grasse desde Haití: Francisco de Saavedra recaudó más de un millón de reales, la escuadra derrotó a la británica en Chesapeake, y ese dinero, prestado por Francia, sirvió a Washington para pagar a unas tropas al borde del motín, cobradas hasta entonces en papel continental sin valor. El ponente recuerda que ese dinero continental tenía equivalencia con el peso español y que el símbolo del dólar deriva del peso.

Según sus datos, el PIB nominal de España en 1779 se había duplicado en 1798. Para Quintero, la guerra inauguró el mayor periodo de crecimiento económico español del siglo XVIII y uno de los más rápidos de su historia. De esa bonanza salieron obras públicas como San Francisco el Grande, el Real Jardín Botánico, el edificio del Museo del Prado, que no nació con ese fin, y la Cibeles.

Un imperio de dos hemisferios

Para terminar, muestra un mapa publicado en Londres en 1790 con la extensión española en Norteamérica: hasta el Misisipi, las Floridas y el resto. Pero advierte que todos los mapas mienten, y este también. Más allá del río Grande, el territorio lo controlaban en realidad los pueblos indígenas vinculados a la Corona por la conquista por contrato, que eran quienes la representaban allí. Como ejemplo cita que, cuando Gerónimo se entrevistó con militares de caballería estadounidenses, habló en castellano, porque era la lengua franca entre pueblos que no se entendían entre sí.

Quintero cierra con la visión de Aranda sobre cómo gobernar ese imperio, expuesta en un informe a Carlos IV cuando era príncipe de Asturias: la corona se compone de dos porciones, Europa y América, sus vasallos son iguales, el monarca es uno y el gobierno debe ser uno en lo principal, dejando las diferencias solo para lo que exijan las circunstancias territoriales. El ponente ve esa idea recogida, en circunstancias muy distintas, en el artículo primero de la Constitución de Cádiz de 1812: «La nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». En aquella época, concluye, se hablaba de españoles americanos y españoles peninsulares, con los mismos derechos a uno y otro lado del Atlántico.