Demóstenes frente a Filipo II: la palabra, la guerra y el final de la democracia ateniense

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Resumen

En la segunda conferencia del ciclo «La fuerza de la palabra en la Antigüedad», celebrada en la Fundación Juan March, Manel García Sánchez, profesor de Historia Antigua en la Universidad de Barcelona, repasa la vida y los discursos de Demóstenes. Lo presenta como el gran defensor de la democracia ateniense frente a la monarquía de Filipo II de Macedonia. Su planteamiento une dos cosas. Por un lado, reivindica la palabra como instrumento del ciudadano en una democracia participativa. Por otro, insiste en que en la Grecia del siglo IV la palabra y la guerra fueron siempre de la mano. A lo largo de la sesión, el actor Antonio Ponce dramatizó fragmentos de Plutarco y de las Filípicas, y el ponente fue comentando esos textos.

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Un nombre parlante y una democracia que no conviene idealizar

García Sánchez empieza recordando que los nombres griegos son «nombres parlantes». El de Demóstenes, hijo de otro Demóstenes y de Cleóbula, remite al pueblo, al demos. El ponente lo interpreta como «el que lucha por el pueblo», un nombre casi hecho a medida para quien acabaría defendiendo la democracia frente a Filipo. Para Demóstenes, la monarquía macedonia era una tiranía. El ponente advierte de que aquí hay un juego de palabras, porque el término «tiranía» había cambiado de significado desde el siglo VI. Los discursos de Demóstenes se construyen sobre polaridades: libertad frente a esclavitud, democracia frente a monarquía, ciudadanos frente a súbditos.

Antes de avanzar, el conferenciante quiere «quitarle un poco de brillo» a la imagen de Grecia heredada del clasicismo alemán, la de Winckelmann, que presenta a Atenas como una democracia perfecta. No podía serlo, argumenta, en una ciudad donde las mujeres no eran ciudadanas plenas ni votaban, donde había esclavos y donde los extranjeros residentes, los metecos, carecían de derechos. Según sus cifras, de unos 200.000 o 240.000 habitantes solo podían votar unos 40.000. Su conclusión es que la democracia es imperfecta por definición: es el mejor sistema político que se ha sido capaz de crear, pero su imperfección nace de la pluralidad y de ceder la palabra a la ciudadanía. Es la ciudadanía la que, mediante el poder de los discursos, decide qué discursos sobre el poder son aceptables y cuáles no.

Civilización de la palabra, civilización de la guerra

Grecia suele describirse como una civilización de la palabra. El ponente lo ilustra con el Elogio de Helena del sofista Gorgias, contemporáneo de Pericles: la palabra es «un soberano poderoso» que, con un cuerpo pequeño e invisible, es capaz de llevar a término las acciones más divinas. En la democracia ateniense esto era esencial, porque se trataba de una democracia participativa y no representativa como la nuestra. Un ciudadano mayor de 18 años podía participar por sorteo en el gobierno de su ciudad, con edades distintas según la magistratura. Dominar la palabra era, por tanto, una necesidad política.

Junto a esa idea, García Sánchez recupera un aforismo de Heráclito: «la guerra es el padre y el rey de todas las cosas». Los griegos estuvieron casi permanentemente en guerra entre sí, aunque compartían sangre, religión, lengua y costumbres. Pesaba más el particularismo de cada ciudad: uno era ateniense antes que griego. El ponente ve en ello una de las grandes debilidades de Grecia hasta que Filipo la unificó por la fuerza bajo la monarquía, una unificación que continuaron Alejandro y sus sucesores. En el 322 la democracia desaparecería como forma política. Por eso pide que no se pierda de vista que en todo el discurso de Demóstenes la guerra y la palabra van juntas.

Un siglo convulso: amnistía, memoria y desconfianza hacia la democracia

Se ha hablado mucho de la «crisis del siglo IV», pero el ponente discute la etiqueta. «Crisis» es un término de la medicina griega que designa el punto álgido de una enfermedad, cuando se empeora o se mejora, y un siglo entero no puede ser una crisis. Prefiere hablar de un siglo convulso, también llamado «siglo de las hegemonías», porque el poder en Grecia fue pasando de unas ciudades a otras hasta la llegada de Macedonia.

Atenas llegaba a ese siglo tras la larga guerra del Peloponeso, el gobierno de los Treinta Tiranos y una restauración democrática en el 403 acompañada de una ley de amnistía. El ponente se detiene en esa palabra: amnistía significa olvido, mientras que en griego la verdad es aletheia, lo contrario del olvido. Cita al filósofo Jon Elster y su trabajo sobre la justicia transicional para formular la pregunta de fondo: tras una guerra civil o un periodo de pérdida de libertades, ¿hay que recordar o hay que olvidar? El lema de la amnistía del 403 era «no recordarás», porque recordar la guerra civil la reactivaba. Aun así, según el ponente, periódicamente se volvía a recordar. La ciudad seguía dividida entre demócratas, partidarios de que el poder estuviera en manos de ese pueblo reducido de unos 40.000 ciudadanos, y oligarcas, que querían gobernar entre pocos, normalmente los ricos.

También se detiene en la palabra «democracia». Originalmente el sistema se llamaba isonomía o isegoría, igualdad ante la ley e igualdad de palabra. «Democracia» aparece en el siglo V y enseguida adquiere para los filósofos un matiz peyorativo: el demos entendido como masa y el kratos como poder irracional. El ponente subraya que casi todos los grandes nombres contemporáneos de Demóstenes, salvo Isócrates y Esquines, fueron antidemócratas. Platón y Jenofonte lo fueron claramente. Aristóteles, con matices, abogaba por una aristocracia, el gobierno de los mejores.

Religiones de salvación, individualismo y una filosofía que abandona el ágora

Para García Sánchez, las épocas convulsas suelen ser también creativas. En el siglo IV la religión olímpica de la ciudad entra en crisis porque no responde a las necesidades de una población en guerra permanente. Ganan terreno religiones mistéricas y de salvación, que prometen un premio de ultratumba, como el orfismo o el dionisismo. El cambio se traduce también en la moral: el ideal comunitario, según el cual la polis va antes que el individuo, cede ante la primacía del individuo. Es exactamente lo que Demóstenes denunciará.

El ponente considera estas cuestiones de gran actualidad. Plantea la alternativa entre la moral comunitaria, ese esfuerzo de «descender a la caverna» del libro VII de la República, y el ideal que a finales de siglo formulará Epicuro: vivir ocultamente, buscar la felicidad individual y no implicarse en política, porque la política hace infeliz y ya es bastante difícil conseguir la libertad propia como para preocuparse por la colectiva.

En paralelo, la filosofía se retira del espacio público. Sócrates es condenado a muerte en el 399. Después, Platón hacia el 387, Isócrates por la misma época y más tarde Aristóteles fundan escuelas, mientras Jenofonte marcha al exilio. La filosofía deja de desarrollarse en el ágora y en los espacios institucionales que habían definido la democracia ateniense. El ponente también pide no idealizar a Sócrates, que fue maestro de oligarcas como Critias, uno de los Treinta. Sócrates no simpatizaba con la democracia por una idea que luego desarrollaría Platón: si la política es una ciencia para especialistas, no se entiende que los gobernantes se elijan por sorteo y que cualquiera ocupe un cargo sin formación. Pocos de sus discípulos fueron demócratas. El ponente recuerda que Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, escrita inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, señaló a Platón como teórico de los totalitarismos de derechas y a Marx como teórico de los de izquierdas.

De una hegemonía a otra, con el oro persa como árbitro

Tras la guerra del Peloponeso llega la hegemonía espartana y enseguida nuevas guerras, como la de Corinto. El ponente recoge la caracterización de César Fornis, que había hablado de Esparta en el ciclo la semana anterior: una «Grecia exhausta», desfallecida, que pasa de una hegemonía a otra y de una guerra a otra. La hegemonía espartana termina en la batalla de Leuctra, en el 371. Le sigue la tebana, mientras Atenas intenta sin éxito recuperar el dominio que había tenido en el siglo V.

La guerra de Corinto se cierra con la paz de Antálcidas o paz del Rey, negociada por el espartano Antálcidas con el rey de Persia. García Sánchez subraya que Persia, aunque perdió las guerras médicas, arbitró la política griega hasta Alejandro. Lo hacía con oro: financiaba o sobornaba al rival de quien acumulaba demasiado poder, una práctica conocida como medismo. Cuando el nuevo hegemón se volvía amenazante, pasaba a financiar a su enemigo. Según el ponente, la estrategia les salió mal con Macedonia, que no se dejó comprar por el oro persa y acabó conquistando el imperio.

Una infancia marcada por la herencia perdida y la tartamudez

Demóstenes nació en Peania, muy cerca del actual aeropuerto de Atenas, en las faldas del Himeto. Su padre era un rico propietario de un taller de armas (de cuchillos, según algunas fuentes) y de muebles, así que en principio no estaba destinado a la oratoria. Pero el padre murió cuando él tenía siete años. Como en Atenas las mujeres no podían heredar, el patrimonio quedó en manos de tutores varones, amigos del padre, en virtud de la institución que el ponente llama epiclerado. La fortuna ascendía a unos 15 talentos, y un talento equivalía a unos 30 kilos de plata. Los tutores se quedaron con la herencia y tampoco cumplieron los compromisos de matrimonio con Cleóbula que el padre había dejado fijados en su testamento.

El niño Demóstenes era tímido, enfermizo y tartamudo, y no recibió la educación habitual en su clase: letras y cultivo del cuerpo en el gimnasio como preparación para ser efebo y soldado. Mientras tanto, Tebas perdía su hegemonía en la batalla de Mantinea, donde murió Epaminondas. Es entonces cuando Demóstenes interviene por primera vez ante un tribunal. El ponente aprovecha para distinguir los tres géneros de la retórica ateniense: el forense, ligado a los tribunales; el deliberativo, propio de la política; y el epidíctico, de discursos moralizantes. En su opinión, las Filípicas combinan a la perfección los tres.

El entrenamiento de un orador según Plutarco

A Demóstenes lo apodaban Bátalo, «tartamudo». El ponente destaca su «voluntad férrea» para entrenar la dicción. Se ponía guijarros en la boca (García Sánchez sugiere que la película El discurso del rey se inspira en ello), se construyó un estudio subterráneo en su casa y se afeitaba media cabeza para no poder salir durante meses. También recitaba mientras corría o frente a las olas del mar. El tartamudeo le jugó alguna mala pasada: en una embajada ante Filipo sufrió una especie de pánico escénico y se quedó bloqueado.

El conferenciante recuerda que los discursos griegos se aprendían de memoria. Los enemigos de Demóstenes decían que sus discursos «olían a aceite», por las horas que pasaba escribiendo a la luz de la lámpara. Se contaba incluso que había memorizado la historia de Tucídides sobre la guerra del Peloponeso. La modulación de la voz, los gestos y la expresión del rostro venían preparados: el orador griego tenía mucho de actor. Tras años de entrenamiento, Demóstenes llegaría a ser, en palabras de Cicerón, el mayor orador de todos los tiempos, aunque el ponente bromea con que quizá lo sea el propio Cicerón, protagonista de la siguiente sesión del ciclo.

Antonio Ponce leyó el pasaje de las Vidas paralelas de Plutarco sobre estos años. Cuenta cómo los desfalcos de los tutores le dejaron sin dinero para pagar a sus maestros y cómo su madre no le estimulaba por su debilidad física. Relata también las burlas y abucheos que recibió en su primera intervención ante el pueblo, por su estilo áspero, sus periodos confusos, su voz débil y su respiración corta. Un anciano de Tría le reprochó que, teniendo una oratoria parecida a la de Pericles, se abandonara a la pusilanimidad. Siguen el estudio subterráneo, los guijarros, las cuestas y el gran espejo con que practicaba. El pasaje termina señalando que tomó como base de su política la defensa de los griegos contra Filipo.

Filipo II, un genio caricaturizado

Para situar el enfrentamiento, el ponente evoca la película Alejandro Magno de Robert Rossen, con Richard Burton, que empieza con Demóstenes y Esquines, su gran adversario, debatiendo sobre la amenaza macedonia. Cuenta la anécdota de su rodaje: Rossen, un comunista que tuvo que abandonar Estados Unidos durante el macartismo, rodó en la sierra de Guadarrama, en Sevilla y en Marrakech con financiación del franquismo y participación de soldados del ejército. El ponente lo califica como una de esas «cosas absurdas» de la historia.

Tanto en esa película como en la de Oliver Stone, dice, Filipo aparece como un personaje grotesco: tuerto, cojo y borracho. García Sánchez lo considera una imagen injusta de quien fue un genio político y, sobre todo, militar, el verdadero creador del reino macedonio, a menudo eclipsado por Alejandro. Remite a la conferencia de Adolfo Domínguez Monedero sobre Filipo, disponible en el archivo de la Fundación. Muestra también una figurilla de marfil hallada en Vergina, la antigua Egas, en la tumba II. Siguiendo a Domínguez Monedero, advierte que esa tumba probablemente no sea la de Filipo, sino la de Filipo Arrideo, hermano de Alejandro.

Del pacifismo de Eubulo a las Filípicas

Demóstenes dedicó a Filipo cuatro discursos, las Filípicas. El ponente señala que seguramente solo tres son auténticos y que el cuarto podría ser apócrifo. Menciona que Clemenceau, el político francés de la Primera Guerra Mundial, escribió un libro sobre Demóstenes traducido al castellano. Y recuerda que Demóstenes empezó siendo pacifista y apoyando la política de Eubulo, líder de la aristocracia terrateniente que prefería la paz porque la guerra perjudicaba sus negocios. Después comprendió que no se podía confiar en Filipo, que dominaba la palabra y el arte de la guerra. Filipo había reformado el ejército con la falange macedonia y fue ganándose las simpatías de las ciudades griegas para después conquistarlas una a una.

El ponente se detiene en otro rasgo de la oratoria del siglo IV: los oradores se insultaban, algo que, según él, parece haber resucitado en la política actual con la pérdida del respeto institucional. «Bátalo» designaba también a un flautista afeminado y se usaba para referirse al homosexual pasivo, y los enemigos de Demóstenes se lo aplicaban. Otro insulto frecuente consistía en acusar al adversario de ser «metróxeno», hijo de madre extranjera y, por tanto, no ciudadano puro. Se dudaba de que Cleóbula fuera griega pura. Esquines usó ambos insultos contra Demóstenes. La tercera acusación habitual era la venalidad: haber aceptado sobornos, sobre todo del rey de Persia.

El contexto persa también cuenta. Casi a la vez que Filipo subía al trono macedonio en el 359, en Persia reinaba Artajerjes III, que recuperó Egipto e intentó poner orden en las provincias occidentales, donde sátrapas como Mausolo buscaban independizarse. Filipo, por su parte, intervenía en todos los conflictos griegos, como las guerras sagradas en torno a Delfos. Se ofrecía como árbitro y mediador y acababa convertido en hegemón. Con Atenas firmó en el 346 la paz de Filócrates, en la que Demóstenes fue embajador. Pero Filipo seguía bajando hacia el sur: atacó Olinto, en la Calcídica, lo que motivó las Olintíacas de Demóstenes, y cruzó las Termópilas. Fue entonces cuando los atenienses vieron en él una amenaza real.

Los recursos de Macedonia y el trigo del Mar Negro

García Sánchez explica la fuerza macedonia por varios factores. El primero es militar: la falange armada con la sarisa, una lanza de entre 5 y 7 metros que se ha comparado con un erizo, muy difícil de combatir. El segundo es económico: Macedonia era rica en recursos agropecuarios, madera y bosques. El ponente contrapone la Ática sin árboles, de la que ya se quejaba Platón en el Timeo, con los bosques que uno encuentra al viajar hacia Tesalónica. Sobre todo, Macedonia tenía oro, el de las minas del Pangeo. Si antes los dáricos persas compraban fidelidades, ahora lo harían los filipos, monedas de oro con el nombre del rey.

Como ejemplo de la estrategia de Filipo, el ponente menciona el abastecimiento de trigo. Atenas dependía del cereal del Mar Negro, y el conferenciante lo compara con el papel de Ucrania como granero, redescubierto con la guerra actual. Mientras enviaba cartas conciliadoras, Filipo arrebató a los atenienses Anfípolis, Potidea y otras ciudades, y llegó a bloquear la flota mercante que transportaba el trigo hacia Atenas. El ponente recuerda aquí otra idea de Gorgias: la palabra es un fármaco, como una droga, que seduce y excita pasiones pero puede ser extremadamente engañosa.

Primera Filípica: pagar, servir y actuar

El primer fragmento de las Filípicas leído por Ponce exhorta a los atenienses a no desanimarse. Lo peor de la situación es, a la vez, lo mejor para el futuro: si las cosas van mal es porque no hacen lo debido, y eso tiene remedio. Filipo tiene muchas fuerzas y Atenas ha perdido sus plazas fuertes, pero bastaría con que cada uno hiciera lo que le corresponde, «el que tiene dinero contribuyendo, el que está en edad militar cumpliendo el servicio», en lugar de esperar que el vecino lo haga todo. Filipo no está consolidado «como si fuese un dios»: se le odia, se le teme y se le envidia incluso entre sus aliados. Ha crecido menos por su fuerza que por la negligencia ateniense. Demóstenes pide un contingente permanente que le haga la guerra y se ofrece a embarcarse como voluntario.

El ponente comenta la lectura con un «qué actual»: hay que pagar impuestos y financiar la guerra, y se pregunta qué le sucede a Europa, como le sucedía a Atenas. Explica que Demóstenes llegó a proponer una reforma fiscal. Existía el fondo llamado teórico, que pagaba la entrada de los más pobres a los espectáculos, y Demóstenes pedía que los excedentes de las distintas partidas del presupuesto no fueran a ese fondo, sino a preparar la guerra inminente.

Queronea, la Liga de Corinto y el asesinato de Filipo

Filipo se hizo con toda Grecia en la batalla de Queronea, en el 338, en la que según el ponente se enfrentaron 70.000 soldados. Demóstenes pronunció la oración fúnebre por los caídos. García Sánchez atribuye a Filipo la intuición de que la manera de mantener unidos a los griegos era reavivar el recuerdo de las invasiones persas y lanzarlos a conquistar Persia. Con ese fin creó la Liga de Corinto, recogiendo la idea panhelénica que Isócrates había defendido durante todo el siglo: unir a los griegos contra su verdadero enemigo, el rey persa. Isócrates murió ese mismo año, a los 98, sin ver cómo Filipo acababa sometiendo a su querida Atenas. Tras Queronea, además, Filipo devolvió a Atenas sus muertos. El ponente lo explica porque le interesaba que hubiera cierto orden en la ciudad antes de la campaña persa.

Filipo fue asesinado en el 336 por Pausanias, un antiguo amante, y se dice que detrás estaba Olimpíade, madre de Alejandro. El ponente explica el posible móvil. Filipo tuvo siete esposas, y la última, Cleopatra, pasó a llamarse Cleopatra Eurídice, un nombre con clara intención dinástica. A diferencia de Olimpíade, que era del Epiro, Cleopatra era macedonia, y Olimpíade o el propio Alejandro pudieron temer que un heredero macedonio puro desplazara a Alejandro. En Persia, Artajerjes III había sido asesinado en el 338 por el eunuco Bagoas, y en el 336 accedieron al poder los dos protagonistas del último gran conflicto entre Oriente y Occidente de la historia griega: Darío III Codomano y Alejandro.

Alejandro y la desconfianza como baluarte

A la muerte de Filipo, las ciudades griegas intentaron recuperar su autonomía, confiando en que un joven de 20 años (tenía 18 en Queronea) no podría gobernar. El ponente compara esta situación con la del joven Augusto, tema de otra sesión del ciclo. Pero, en su opinión, Alejandro tenía un talento casi superior al de su padre: era un guerrero y un líder carismático. Demóstenes trató de fomentar la desafección de las polis y fracasó. Alejandro destruyó Tebas respetando solo la casa de Píndaro y exigió que se le entregara a Demóstenes, que en algún momento tuvo que marchar al exilio. Alejandro puso orden en Grecia antes de conquistar Asia apelando de nuevo al discurso panhelénico contra los persas vencidos en Maratón y Salamina.

El segundo fragmento leído por Ponce pertenece a otra Filípica. Frente a las empalizadas, murallas y fosos, Demóstenes sostiene que los hombres sensatos poseen un baluarte común, útil sobre todo para las democracias y contra los tiranos: la desconfianza. «Todo rey, todo tirano es enemigo de la libertad y adversario de las leyes», dice, y advierte de que, queriendo librarse de una guerra, los atenienses podrían encontrar un amo que les ofrece la paz como cebo mientras hace la guerra. Critica a los griegos que desconfían unos de otros en lugar de recelar de quien los despoja uno a uno.

La pregunta central del fragmento es por qué los griegos, antaño tan propensos a la libertad, lo son ahora a la esclavitud. La respuesta de Demóstenes es que antes se odiaba a quien aceptaba sobornos de los que querían dominar Grecia y se le castigaba sin perdón. Ahora todo «se ha vendido como en un mercado», y se han importado la envidia hacia quien recibe dádivas, la sonrisa si lo reconoce y el perdón para los convictos. Por eso hay que castigar a quienes dentro de la ciudad sirven al enemigo, y aunque todos los demás griegos aceptaran la esclavitud, Atenas debe combatir por la libertad, como honor heredado de sus antepasados.

El ponente identifica a esos colaboracionistas: Esquines y otros políticos del momento. Mientras Alejandro conquistaba el Imperio persa en Gránico, Isos y Gaugamela, en Atenas se propuso conceder una corona a Demóstenes por sus servicios. Esquines lo impugnó en su discurso Contra Ctesifonte, y en ese proceso Demóstenes pronunció Sobre la corona, que el ponente considera su discurso más bello.

«Los hechos toman la delantera a las palabras»

El tercer fragmento dramatizado muestra a un Demóstenes que reprocha a los atenienses su desinterés. Solo se ocupan de los asuntos públicos mientras están sentados escuchando o cuando llega una novedad, y luego ni siquiera los recuerdan. Añade una paradoja: Atenas nunca ha sido derrotada en el uso de la palabra, siempre ha vencido a sus oponentes argumentando, y sin embargo a Filipo le va bien y a Atenas mal. La razón es que él, tras el debate, toma las armas, mientras ellos permanecen sentados. «Los hechos toman la delantera a las palabras», y los argumentos justos no salvan a las víctimas de la injusticia.

En el mismo pasaje, Demóstenes divide a las ciudades en dos partidos. Uno quiere gobernarse con libertad, equidad y leyes. El otro quiere mandar sobre sus conciudadanos obedeciendo a un tercero. Este último ha vencido en todas partes, y Demóstenes duda de que quede otra democracia estable aparte de Atenas. Sus armas son el dinero para quien quiera cobrar y una fuerza siempre dispuesta a derribar a los oponentes. La moraleja final es que la molicie y la indolencia, en las vidas privadas como en las ciudades, no se notan de inmediato, sino en la suma total de los acontecimientos.

Tras la lectura, el ponente formula su propio juicio: Atenas y la democracia no tenían salvación. Los nuevos tiempos reclamaban la monarquía, y Macedonia entendió lo que ya habían reclamado Isócrates o Jenofonte: o los griegos superaban sus particularismos, o no podrían hacer frente primero a Persia y después a Macedonia.

Harpalo, la guerra lamiaca y la muerte en Calauria

El final de Demóstenes se precipita con el asunto de Harpalo, uno de los hombres de Alejandro, que huyó con el tesoro y se refugió en Atenas. La ciudad se dividió entre sublevarse contra Macedonia o entregarlo. Demóstenes fue condenado y marchó al exilio, pero entonces llegó la noticia de la muerte de Alejandro, que reavivó el anhelo de libertad. Estalló la guerra lamiaca, que enfrentó de nuevo a las ciudades griegas con Macedonia, y el general Antípatro venció a los atenienses. Demóstenes, a quien el ponente describe como una especie de tábano siempre dedicado a la política antimacedonia, se refugió en un santuario de Poseidón en la isla de Calauria, la actual Poros. Cuando supo que iban a entregarlo a los macedonios, decidió suicidarse. García Sánchez advierte de que hoy podría parecer un acto de cobardía, pero lo interpreta como una manera de ser dueño de su destino hasta el último momento, sabiendo que los macedonios lo habrían condenado a muerte.

Ponce leyó el relato de Plutarco. Demóstenes se retira al interior del templo, toma un papiro como si fuera a escribir y muerde el cálamo, como era su costumbre al meditar. Se cubre la cabeza mientras los guardias se burlan llamándole cobarde, y Arquias le promete reconciliarlo con Antípatro. Cuando siente que el veneno le está matando, le reprocha que represente el papel de Creonte, el de la tragedia que ordena dejar un cuerpo sin sepultura, y se dirige a Poseidón: él sale vivo del santuario, pero Antípatro y los macedonios ni siquiera respetan la pureza del templo. Pide que lo sostengan, cae junto al altar y muere el 16 del mes de Pianepsión, durante las Tesmoforias. Poco después, Atenas le erigió una estatua de bronce, concedió a su hijo mayor el derecho a comer en el Pritaneo y grabó en el pedestal la célebre inscripción: si Demóstenes hubiera tenido una fuerza igual a su determinación, el Ares macedonio jamás habría dominado Grecia.

¿Patriota u oportunista? La larga posteridad de Demóstenes

El ponente reconoce que existe una polémica sobre si Demóstenes fue un patriota o un oportunista político. No queda claro qué lo llevó del pacifismo a defender la guerra como medio para garantizar la grandeza y la independencia de Atenas. En su momento se le acusó de dejarse sobornar por los persas e incluso por los macedonios. Más tarde, como suele suceder, recibió honores y pasó a ser recordado como defensor de la patria, la democracia y la libertad.

Para terminar, García Sánchez repasa esa posteridad. Cicerón se inspiró en Demóstenes como defensor de la libertad. Isabel I de Inglaterra mandó traducirlo al inglés ante la amenaza de Felipe II, visto como un nuevo Filipo. Clemenceau le dedicó una biografía durante la Primera Guerra Mundial, cuando identificaba la amenaza alemana con la macedonia. Winston Churchill fue un gran admirador suyo. El ponente recomienda la biografía de Werner Jaeger, que tuvo que exiliarse de la Alemania nazi, vista en la Inglaterra de Churchill como la nueva Macedonia. En España, recuerda, Manuel Vázquez Montalbán escribió durante la Transición unas «felipicas» contra Felipe González inspiradas en Demóstenes, igual que Cicerón había atacado a Marco Antonio con las suyas.

Según el ponente, la lección de Demóstenes es que hay que defender la patria, incluso morir por ella si hace falta, y no olvidar nunca una moral comunitaria que se sobreponga a los particularismos, los egoísmos y el individualismo. Recomienda leer las Vidas paralelas de Plutarco dedicadas a Demóstenes y Cicerón, para descubrir que la retórica no sirve solo para persuadir, sino que es también un arte de la convicción. Cierra con dos ideas: hay que volver a convencerse de que la democracia es el mejor sistema político que tenemos, y de que las armas deben ceder el paso a la palabra.