El gran duque de Alba: aristócrata, político, soldado y hombre de su tiempo

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Resumen

En la última conferencia del ciclo «Batallas de la Era de los Tercios», el catedrático de Historia Moderna David García Hernán se propone comprender a Fernando Álvarez de Toledo, III duque de Alba, sin juzgarlo. Parte de una afirmación que reconoce arriesgada para un historiador: según él, no ha existido en la historia de España, y se atreve a decir que tampoco en la de Europa, un personaje que, sin ser jefe de Estado, haya protagonizado tantos acontecimientos trascendentales durante tanto tiempo. Su propuesta consiste en explicar lo que Alba hizo, y lo que no hizo, a partir del «universo mental» del siglo XVI. Para ello organiza la exposición en cinco «culturas» de la época: la de la fe, la del linaje, la de la autocracia, la de la guerra y lo que él llama la cultura «pretelemática».

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Un personaje poliédrico y una historiografía polarizada

El ponente define a Alba como una figura poliédrica, con tantas aristas que el historiador tiene la «desagradable sensación» de tener que descartar mucho material. En buena parte de Europa, sobre todo en los Países Bajos, ha sido denostado; en España, admirado. García Hernán comenta el retrato de Alba con el Toisón de Oro, que le fue concedido en 1546. Se trata de una copia de Rubens a partir de un original de Tiziano, pintado hacia 1550, cuando el duque tenía unos 43 años. Iba a decir que estaba en el cénit de su poder físico, pero, a la vista de todo lo que le quedaba por delante, no sabe qué decir.

Según el conferenciante, hasta los años ochenta no existía una historiografía que pudiera considerarse científica sobre el duque. Los libros oscilaban entre la denigración y la adulación. El punto de inflexión fue la biografía académica de William S. Maltby, publicada primero en inglés y después en español con un subtítulo que, a su juicio, resume bien la conferencia: «un siglo de España y de Europa». Alba nació en 1507 en Piedrahíta (Ávila) y murió en 1582. García Hernán la considera la mejor biografía existente, por la profundidad psicológica del retrato y por la riqueza del material de archivo.

Después repasa otras obras. La de Henry Kamen (2004), El gran duque de Alba, prometía cambiar el panorama situando al personaje en su contexto, pero en opinión del ponente hacía sobre todo lo que ya había planteado Maltby: «expone menos de lo que dice que va a exponer», algo que, añade, no es la primera vez que le ocurre a Kamen. Le reconoce, eso sí, el mérito de haber internacionalizado esa visión más científica. La biografía de Manuel Fernández Álvarez (2007), publicada en el quinto centenario del nacimiento, «se lee muy bien», acerca al lado humano del duque con muchas anécdotas y subraya algo que otros autores apenas habían tenido en cuenta: haber nacido en una de las grandes casas nobiliarias de España lo condicionó toda la vida. Menciona también Alba: General and Servant to the Crown, un volumen colectivo sin traducción al español, con 16 autores de ocho nacionalidades, que representa una visión ya plenamente internacional y orientada a comprender y no a juzgar. Por último, destaca el libro de Álex Claramunt sobre las campañas de Flandes, que considera el mejor sobre esa materia.

Un ser «superior»: las cuatro claves de su excepcionalidad

El ponente cuenta una escena de 1619. El V duque de Alba trasladó los restos de su antepasado desde Alba de Tormes al convento de San Esteban de Salamanca y mandó abrir el féretro. Según la crónica, los presentes quedaron maravillados porque, 37 años después de su muerte, el cadáver conservaba la gravedad y la compostura de la expresión, y lo describieron como «un ser superior». García Hernán reconoce que no sabemos hasta qué punto exageraba el cronista, pero afirma que así se le consideró en su época.

Para el conferenciante, cuatro rasgos explican esa percepción. El primero es su capacidad intelectual: fue «número uno» en una cantidad sorprendente de actividades. El segundo es la longevidad. En 1582, septuagenario y aquejado de gota desde hacía unos treinta años, gobernaba Portugal después de haber dirigido allí una campaña militar, algo excepcional con la medicina de la época. El tercero es su «resiliencia», es decir, la firmeza con la que mantuvo hasta el final lo que su conciencia le dictaba como justo, aunque lo que él consideraba justo pueda juzgarse de maneras muy distintas. El cuarto es la amplitud de su experiencia vital.

Una vida en el centro de los acontecimientos

García Hernán hace un repaso, que presenta también como un modo de refrescar la memoria del público, de los hechos en los que Alba estuvo presente. Con seis años acompañaba a su abuelo don Fadrique en la anexión de Navarra (1513). Asistió a la coronación de Carlos V en Aquisgrán (1520), donde el emperador nombró a los primeros 25 grandes de España, entre ellos la casa de Alba. Estuvo en la Dieta de Worms (1521), frente a Lutero. El ponente recuerda que Carlos V respetó el salvoconducto de Lutero y que, según contaría después, se arrepintió toda la vida de no haber acabado con él en aquel momento.

Evoca el libro clásico de Juan Sánchez Montes, Franceses, protestantes, turcos, cuyo título resume los enemigos de Carlos V, para subrayar que Alba luchó con protagonismo contra los tres. Estuvo en la campaña de Viena contra los turcos (1531) y en la de Túnez (1535), donde no dirigió el ejército pero sí mandó una parte importante de la infantería. Participó en el fracaso de Argel (1541), y según el ponente fue el único que había advertido antes de emprenderla que no debía hacerse. Siguieron la campaña del Rosellón contra Francisco I (1542) y la batalla de Mühlberg (1547) contra la Liga de Esmalcalda. Fue gobernador de Milán, que García Hernán describe como la pieza geopolítica más importante de la monarquía, nudo entre el norte y el sur y entre el este y el oeste de Europa. Fue también virrey de Nápoles, el cargo que ambicionaba toda la aristocracia española porque daba más relaciones, más dinero y más prestigio. Estuvo en San Quintín (1557) y organizó la delegación española y los contenidos del tratado de Cateau-Cambrésis (1559), que el ponente sitúa a la altura de Westfalia, Utrecht, el Congreso de Viena o Versalles. Después vinieron el gobierno de los Países Bajos, la campaña de Portugal de 1580 y el virreinato portugués hasta su muerte. Solo le faltaron, dice, Lepanto, porque estaba gobernando Flandes, y la «mal llamada» Armada Invencible, porque ya había muerto.

El ponente insiste en que todo esto ocurrió en Europa y lo compara con Hernán Cortés y Francisco Pizarro. Reconoce que ambos consiguieron más para la monarquía que Alba, pues cada uno ganó un imperio. Sin embargo, en la mentalidad de la época luchar en Europa contra franceses, protestantes o turcos, «los verdaderos enemigos», tenía mucho más valor para la gloria militar que combatir contra pueblos indígenas que, en palabras del conferenciante, «apenas podían luchar». Con un mapa repasa las posesiones europeas de la monarquía: la península, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Milán y los Países Bajos, que Felipe II recibió tras la abdicación de Carlos V en Bruselas en 1556 como un «regalo envenenado».

A esto se suma algo que, según García Hernán, suele pasarse por alto: Alba tuvo un papel destacado en las cuatro bodas de Felipe II. Fue padrino en la de María Manuela de Portugal (1543), organizó los esponsales con María Tudor en Inglaterra y representó al rey por poderes en las bodas con Isabel de Valois (1559) y con Ana de Austria (1570). En una política dinástica, recuerda, los matrimonios sellaban alianzas y enemistades entre países. En cuanto a sus «profesiones», enumera las de militar, consejero, titular de su casa y linaje, patrón de una red clientelar cortesana, diplomático, mecenas, político y gobernador desde Flandes hasta Portugal y desde Nápoles hasta Milán. Se casó con María Enríquez, del linaje de los almirantes de Castilla, en un matrimonio endogámico típico de la aristocracia, y el ponente muestra el único retrato conocido de ella.

Carácter: talento, ambición y desdén

Para retratar la personalidad del duque, García Hernán recurre a las instrucciones secretas de Palamós que Carlos V dio a su hijo Felipe. En ellas el emperador le advierte, según la paráfrasis del ponente, que se guarde de Alba porque, aunque parece tímido y poco pretencioso, es muy ambicioso, pero que se sirva de él en asuntos de Estado y de guerra porque es el mejor que tienen. El conferenciante lo considera, por experiencia, el mejor general y el mejor político de su tiempo, y separa ese juicio de la valoración de las medidas políticas que tomó.

Alba era consciente de su superioridad. García Hernán cita a Maltby: el duque trataba «a los pobres mortales con un mal disimulado desdén». Cuenta que, ante el avance de los hugonotes en Francia, Alba sermoneó a Catalina de Médici por no haber hecho lo que él le había aconsejado y le dio lecciones sobre cómo gobernar su reino. Tampoco le importaba que sus opiniones francas llegaran al rey. Un ejemplo es una carta a Antonio de Toledo, sabiendo que la leería el duque de Medinaceli y que este se la contaría al monarca. Cuando no se le trataba como creía merecer, tenía «rabietas», y eso le trajo muchos disgustos.

A partir de aquí el ponente explica su método. Todos somos «esclavos» de nuestras capacidades y experiencias, y el historiador tiene la obligación de sumergirse en el universo mental de la época. Lamenta un «presentismo excesivo», sobre todo en las generaciones jóvenes, que según él desdibuja la comprensión de la historia. Contrapone cada una de las cinco culturas del siglo XVI a la nuestra: nosotros somos «hijos de la Ilustración» y de la idea del mérito, vivimos en una cultura de la tolerancia y en una cultura pacifista, y manejamos la información de forma inmediata. En el siglo XVI, en cambio, nacer en una familia determinaba la vida, la intolerancia era la norma, la guerra se consideraba la mejor manera de resolver conflictos y la información circulaba con lentitud.

La cultura de la fe: el Estado y la salvación del alma

García Hernán ilustra esta cultura con una anécdota de su universidad. Al diseñar una asignatura de «Evolución y teoría del Estado», los politólogos querían empezar por la teoría y él por la evolución. Cuando le preguntaron qué diferencias había en el Estado desde su nacimiento, respondió con una frase: «la salvación del alma». Un Estado en el que la mayoría de la población está obsesionada con salvarse y en el que el pecado es delito en el ordenamiento jurídico no tiene nada que ver con uno aconfesional como el actual. La religión condicionaba prácticamente todos los aspectos de la vida.

El escudo del duque lo refleja: un ángel con la cruz y la divisa Deo patrum nostrorum, «al Dios de nuestros padres». Según el ponente, el lema reúne tres componentes: Dios, el más importante; el linaje, los antepasados; y, de manera indirecta, la monarquía entendida como designio divino. Para él, la razón principal de la lealtad inquebrantable de Alba a la corona era su concepto de la religión. No era un valor más, sino su modo de vida, el rasero con el que lo medía todo. Si el rey lo es por la gracia de Dios, se convierte en una figura casi sagrada.

El episodio de Alcalá: el príncipe don Carlos y el cuerpo de fray Diego

El conferenciante dedica un largo pasaje a un episodio de 1562 que considera revelador. En abril de ese año el príncipe don Carlos, hijo de Felipe II, que estudiaba en Alcalá de Henares con don Juan de Austria y Alejandro Farnesio, cayó por una escalera y se golpeó con violencia contra una puerta cerrada. Estuvo inconsciente mucho tiempo y durante unos veinte días se debatió entre la vida y la muerte, atendido por entre diez y doce médicos, entre ellos Andrea Vesalio y Hernando de Mena, médico personal del rey. El 8 de mayo el príncipe amaneció con los labios mortecinos y los párpados tan hinchados que no podía abrir los ojos. Mena dio el caso por perdido. Felipe II volvió a Madrid bajo una tormenta y pidió rogativas a la Virgen de Atocha en San Jerónimo, con toda la corte presente.

Según el relato del ponente, fue entonces Alba quien tomó el mando. Los médicos dudaban si hacer un legrado, un raspado del cráneo para saber si el mal era una lesión interna o una infección externa, porque la operación era peligrosa. Alba zanjó la cuestión: si iba a morir de todos modos, daba igual, así que se hiciera. Se hizo en contra de dos doctores, uno portugués y el propio Vesalio, y el duque llegó a apartar al médico que no le gustaba para encargar la operación a Daza. El legrado mostró que no había lesión interna sino una infección, lo que abría alguna esperanza. Alba recordó entonces que en Alcalá estaba enterrado, con el cuerpo incorrupto y el hábito franciscano, fray Diego de Alcalá, y mandó llevar el cadáver junto al príncipe. Desde ese momento don Carlos empezó a mejorar y a los pocos días pudo volver a la corte. La corte lo atribuyó a un milagro, y el propio príncipe declaró haber visto en sueños al fraile tendiéndole la mano. Poco después fray Diego sería canonizado.

García Hernán aclara que la medicina posterior ha atribuido la curación a otras causas, pero lo que le interesa es cómo se vivió en el momento. Alba había tomado la decisión material y, a ojos de todos, Dios había obrado un milagro a instancias suyas. Imagínense, dice, la aureola de poder que eso le daba.

De la furia iconoclasta al Tribunal de los Tumultos

El ponente enlaza este episodio con Flandes. Cita de nuevo a Maltby, que se pregunta si es posible ser creyente y a la vez tolerante, y responde que Alba no lo creía: para él, la persistencia de la fe exigía acciones que nada tenían que ver con la tolerancia. En 1566, con el calvinismo ya muy extendido, estalló la furia iconoclasta, y en lugares como la catedral de Nuestra Señora de Amberes se rompieron y quemaron imágenes y objetos sagrados. Para Alba, que cuatro años antes había vivido lo de Alcalá, que los herejes destruyeran imágenes católicas era algo terrible.

Al llegar como gobernador, pocos días después, instauró el Tribunal de los Tumultos para juzgar a los iconoclastas, tras considerar que la gobernadora Margarita de Parma había sido demasiado tibia. Los flamencos lo llamaron el Tribunal de la Sangre. Entre sus miembros estaba Juan de Vargas, pero según el ponente quien dictaba prácticamente todas las sentencias era el propio duque. García Hernán señala que la propaganda flamenca habló de decenas de miles de muertos y cientos de miles de encausados. Considera exageradas esas cifras y afirma que las demostradas hablan de casi un centenar de ejecuciones. No son decenas de miles, reconoce, pero sí algo terrible para los Países Bajos.

De ahí surgió la imagen del duque como monstruo, que la propaganda calvinista representó devorando niños. El ponente niega, eso sí, que hoy en Holanda se asuste a los niños con el duque de Alba: eso se decía antiguamente, y «ojalá los niños supieran quién es el duque de Alba». Añade que las ciudades donde más fuerte fue la furia iconoclasta, como Amberes, Valenciennes y Delft, fueron aquellas con las que más se ensañó Alba. Sobre las causas de la sublevación de los Países Bajos, admite que fueron muy variadas (económicas, fiscales, geoestratégicas, comerciales y religiosas). Su interpretación es que la religión, al motivar el ensañamiento con la población, agudizó el conflicto y lo prolongó.

La cultura del linaje

La segunda cultura es la de la sangre. García Hernán explica que se creía que las cualidades personales se transmitían por los fluidos corporales. Por eso considera que «sangre» es una metonimia, porque incluía también el semen y la leche materna. Esa creencia convenía a los aristócratas para perpetuar su poder.

La anécdota que elige es de 1582. Extenuado, Alba pidió a Felipe II que lo relevara en Portugal y el rey se negó porque no tenía a nadie como él. El duque respondió que no sería el primero de su linaje en morir en Lisboa. Se refería a Fernán Álvarez de Toledo, que en la guerra civil entre Pedro I y Enrique II luchó primero con Pedro, cambió a tiempo al bando vencedor y murió en Lisboa. Para el ponente, esto muestra que Alba tenía presentes en su mente las acciones de sus antepasados.

A continuación describe el poder de la casa. Un estado señorial reunía varios señoríos con miles de vasallos bajo su jurisdicción. Cuando nació el duque, las rentas del ducado se calculaban en 50.000 ducados, equivalentes, según el ponente, al salario de unos 2.500 campesinos. Más que el poder económico, sin embargo, pesaba el clientelar: virreyes, jueces, abogados, profesionales y campesinos dependían de la casa y buscaban sus mercedes a cambio de lealtad. Alba llegó a decir que decidió servir a la corona en las empresas exteriores para engrandecer su casa. Cuando en Túnez Carlos V le ofreció la armadura capturada que había pertenecido a su padre, García de Toledo, muerto cuando Alba era muy niño, se echó a llorar. Desde Nápoles, siendo virrey, seguía por carta con su mayordomo Cristóbal de Mendoza las obras de irrigación y las plantaciones de moreras en Coria y las reformas en Abadía (Extremadura), con rentas de procedencia que el ponente califica de «muy oscura».

La pregunta que plantea García Hernán es por qué Alba no hizo lo que muchos grandes: conservar sus dominios y vivir con sus unos 200 criados. Su respuesta es que quería pasar a la Historia con mayúscula. El apego al linaje se manifestaba también en su altivez frente a otros grandes. En la boda de Felipe II con María Manuela de Portugal, como padrino, sostuvo que era el único con derecho a sentarse. Cuando otros se lo discutieron, especialmente el duque de Medina Sidonia, mandó quitar todos los bancos salvo el suyo. El ponente menciona también a su hijo don Fadrique, que lo acompañó en Flandes, y el empeño del duque en la procreación.

Esta cultura incluye su formación humanística. Su abuelo don Fadrique quiso que Luis Vives fuera su preceptor, lo que no se logró porque Vives no quería volver a España. Tuvo, en cambio, a Juan Boscán, traductor de El cortesano de Castiglione, obra con una dimensión política que según el ponente tuvo que influirle, y fue amigo y admirador de Garcilaso de la Vega. García Hernán señala además que su mecenazgo, poco estudiado hasta hace poco, abarcó a numerosos literatos y artistas y le permitió reunir una colección de arte extraordinaria.

La cultura de la autocracia y la razón de Estado

El ponente recuerda que la casa de Alba siempre apostó al caballo ganador: con Enrique II de Trastámara, con los Reyes Católicos frente a Juana la Beltraneja, con el emperador en la guerra de las Comunidades y, ya más tarde, con el bando borbónico en la guerra de Sucesión. El propio nombre de Fernando se le puso en honor de Fernando el Católico. Alba creía en la soberanía del rey y en la razón de Estado, que situaba por encima de todo salvo la religión. En ese sentido lo llama «maquiavélico» en el significado primigenio del término, el de que el fin justifica los medios, y no en el uso actual de «rebuscado».

Aporta varias citas. A Francisco de Eraso, secretario de Carlos V, le escribió que los reyes nacen para hacer su voluntad y los vasallos para cumplirla, «y yo, sin duda, más que nadie», añadiendo que si alguna vez no se guió por ella fue por desconocerla. A Catalina de Médici le escribió que los príncipes deben evitar la guerra con sus vasallos en cuanto puedan, pero que si evitarla supone perder la religión y el Estado, la guerra es el menor inconveniente. La tercera cita procede de una carta a Felipe II de septiembre de 1567, un mes después de llegar a Bruselas, en la que justifica haber puesto hombres de su confianza en el Tribunal de los Tumultos. Da dos razones. Si no conocía a los jueces, podían engañarle. Y, más reveladora según el ponente, los hombres de leyes solo condenan los crímenes probados, mientras que los asuntos de Estado se gobiernan por reglas muy distintas. García Hernán lo presenta como una muestra de razón de Estado «pura y dura».

Esa entrega llegaba a extremos. Cuando se amotinaron tropas alemanas por falta de pagas, Alba ofreció a su hijo como rehén hasta que cobraran, algo que los soldados no aceptaron, aunque al final cobraron. Durante el largo y durísimo asedio de Haarlem, don Fadrique, desmoralizado, pensó en retirarse. El duque, consciente del golpe psicológico que supondría, le respondió, según lo cuenta el ponente, que no se retiraba, que si lo hacía iría él, y que si no estaba ninguno de los dos iría su madre a asediar la ciudad, pero que de allí no se iba nadie.

El décimo penique: un impuesto que unió a la oposición

A propósito de un grabado en el que aparecen Pío V, Alba, el cardenal Granvela y Margarita de Parma sobre sacos de monedas, García Hernán explica el décimo penique. Era un impuesto del 10 % sobre las transacciones comerciales, parecido a la alcabala castellana, «una especie de IVA de la época», que Alba estableció nada más llegar. Según el ponente, el duque dio dos razones: la hacienda de la monarquía no podía empobrecerse más para gobernar los Países Bajos, de modo que debían ser ellos quienes costearan su propia salvación de la herejía; y quería un impuesto que no recayera solo sobre los pobres sino también sobre los privilegiados, porque al Estado debían contribuir todos.

Esto le enfrentó a toda la oligarquía. El ponente advierte contra la idea de un espíritu democrático en los Países Bajos: nadie era demócrata en el siglo XVI, y la «participación política del pueblo» era en realidad la de las oligarquías urbanas, no la de los campesinos. En su lectura, el décimo penique logró algo que nadie había conseguido, unir a todas las facciones: católicos que hasta entonces apoyaban a Alba se sumaron a los calvinistas cuando tuvieron que pagarlo. Religión e impuestos, concluye, agrandaron la revuelta.

Diplomático y maestro del protocolo

García Hernán destaca el conocimiento «enciclopédico» del protocolo que tenía Alba. Cuando Felipe II fue a Portugal en 1581 para hacerse cargo del reino, nadie sabía cómo recibirle y hubo que recurrir al duque. Organizó la boda con María Tudor y, durante el periodo en que Felipe fue rey consorte de Inglaterra (1554-1558), actuó como su portavoz ante el Privy Council y las dos cámaras del Parlamento. En 1556, al negociar con el papa, le aseguró de entrada que tenía plena libertad para cerrar lo que fuera sin consultar al rey. En las imágenes de Cateau-Cambrésis aparece detrás de Felipe II y Enrique II de Francia, como organizador de todo el trabajo.

Admiración y aversión: Alba y Felipe II

Para hablar de la relación entre el duque y el rey, el ponente muestra dos retratos de Antonio Moro, uno de ellos, el de Felipe II, volteado a propósito para que ambos personajes se miren con tensión. No habla de amor y odio, sino de «admiración y aversión». Alba fue el mentor político del príncipe en su gran viaje por Europa de 1548 a 1551, y Felipe aprendió de él, pero también quería hacer valer su autoridad. El ponente recoge, a través de Fernández Álvarez, una conversación: cuando el príncipe preguntó qué iba a pasar con el rey de Francia, Alba contestó que eso lo tratarían el emperador y él. Felipe le replicó que, después del emperador, la persona más importante del reino era él.

Según Maltby, citado por el ponente, Felipe II admiraba a Alba pero se sentía reprimido porque no tenía su habilidad para hacer explícitos sus pensamientos políticos. Alba era directo y resolutivo, como se vio en Alcalá, y Felipe todo lo contrario. El ponente cita a don Juan de Austria, que venía a decir que era mejor esperar a que las cosas se resolvieran solas que a que el rey se decidiera. En 1566, con el rey en cama cuando llegaron las noticias de la furia iconoclasta, Alba llegó a insinuar que el monarca fingía la enfermedad. Pío V se dirigió a Alba, y no al rey, para plantearle la conveniencia de atacar Inglaterra. García Hernán imagina el efecto que eso tuvo en Felipe II y concluye que Alba debió de ser para él «una pesadilla constante». Añade que el rey llegó a justificar ante el duque, en un documento de veinte páginas, la necesidad de invadir Inglaterra, empresa a la que Alba siempre se opuso.

Hubo también choques personales. A su regreso de los Países Bajos, su hijo don Fadrique, tras haber prometido casarse con una dama de la corte, se casó con otra sin el permiso regio que debían pedir los grandes. Felipe II le prohibió la entrada en la corte y Alba lo tomó como una afrenta personal y se retiró a sus estados. Su enfado fue aún mayor cuando, tras conquistar Portugal para el rey, este le pidió cuentas de todos los movimientos de dinero de la campaña, cuentas que al final tuvo que rendir por lealtad y por los protocolos de la época.

Alba contra Éboli: ¿política exterior o bandos clientelares?

La otra relación tormentosa fue con Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, un hidalgo portugués que era «hechura» o «criatura» de Felipe II. El rey lo encumbró desde casi nada como contrapeso al poder de Alba. El ponente ilustra ese poder con un episodio de 1552: la orden dominica nombró un provincial de Castilla con el que Alba no estaba de acuerdo, el duque impuso a un candidato de su propia clientela y el rey hizo lo que Alba quería. Según García Hernán, también el matrimonio de Ruy Gómez con Ana de Mendoza y de la Cerda, de una de las grandes casas castellanas, buscaba reforzarlo frente al duque.

La historiografía suele presentar este enfrentamiento como un choque de políticas exteriores, firmeza frente a los rebeldes flamencos (Alba) o negociación (Éboli). El ponente cree que eso es «más bien una etiqueta» y que se trataba sobre todo de dos bandos clientelares, cada uno con su patrón y sus leales. Como prueba de la intensidad del enfrentamiento cita dos hechos. Cuando Alba pedía dinero desde los Países Bajos, desde el bando ebolista se le reprochaba que ya había gastado 12 millones de ducados. En la campaña de Portugal, en cambio, cuando Éboli ya había muerto, no hubo ningún problema de dinero.

La cultura de la guerra: el «Fabio» de su tiempo

Alba decía a sus soldados que eran soldados de Dios, del rey de España, de la nación «y ante todo míos», frase que al ponente le recuerda a Julio César y su clientela militar. García Hernán se hace eco de estudios recientes que lo comparan con Quinto Fabio Máximo, el Cunctator, «el que demora». En Nápoles, en Mühlberg y luego en los Países Bajos, su táctica consistió en desgastar al enemigo sin presentar batalla, moviendo las tropas hasta que el contrario se debilitaba, y atacar solo entonces.

Su batalla más importante fue Mühlberg (1547). A partir de los frescos que muestra, el ponente describe a la caballería cruzando el Elba mientras la infantería espera, y a Alba presentando al emperador al prisionero, el elector Juan Federico de Sajonia. Después comenta un cuadro de Bartolomeo Passarotti que representa al duque en la campaña de Portugal. Septuagenario y con gota, tomó Setúbal, cruzó el Tajo con las galeras del marqués de Santa Cruz, conquistó Cascais y, tras la batalla de Alcántara, entró en Lisboa.

El ponente añade un matiz: como Napoleón, Alba «necesitaba sus victorias». Tras una derrota como la de Alkmaar, frente a los que la terminología de la época llamaba rebeldes, su prestigio militar decayó mucho. Presenta después una faceta casi desconocida, la de tratadista. En el manuscrito 12179 de la Biblioteca Nacional se conservan varios tratados suyos, entre ellos uno sobre las funciones del maestre de campo general y otro sobre la reformación de la milicia. No los equipara a los de Cristóbal Lechuga, Marcos de Isaba o Francisco de Valdés, pero los considera de interés. Lee dos disposiciones. La primera prohíbe que capitanes, alféreces y sargentos se sirvan de los soldados para asuntos propios, por ser contrario a la disciplina y a la reputación de la infantería española, y prevé reprensiones y, si no bastan, la privación del mando de la compañía. La segunda prohíbe las rifas en las compañías, con pena de un mes de sueldo para el capitán por cada rifa.

Gante, Malinas y la violencia de la época

Para entender la conducta de Alba, García Hernán recurre a Gante. Allí, cuenta, apenas hay recuerdos de Carlos V, pese a ser su ciudad natal, salvo la procesión anual de los «portasogas», que recorren la ciudad con una soga y piden perdón al emperador. Recuerda el origen: en 1539 hubo un motín por motivos fiscales, Carlos V aplicó la fuerza del ejército, hizo ejecutar a más de 25 cabecillas y obligó a los notables a desfilar con una soga al cuello. Alba vivió eso al mismo tiempo que en la dieta de Ratisbona las negociaciones con los protestantes no avanzaban, y pudo comprobar que la mano dura sí daba resultados. Menciona también una estatua regalada por Toledo a Gante que recuerda a los frailes de Gorkum, 17 según su cifra, asesinados por los mendigos del mar tras desembarcar en Brielle. Esa era, dice, la Europa de la violencia terrible, que practicaban todos.

Entonces, ¿por qué se odió de manera especial a Alba y a los españoles? Según el ponente, en primer lugar porque Alba solo confiaba en los españoles, como Sancho Dávila, cuyo retrato muestra. Pone como ejemplo el saco de Malinas, alentado por el propio Alba conforme a las leyes de la guerra que castigaban con el saqueo a las ciudades que resistían. Según las cifras que ofrece, hasta 2.000 carros de botín se llevaron a Bruselas y 400 barcos cargaron bienes robados. A ello se sumaba la conducta de los soldados. El ponente cita a Francisco de Valdés, para quien el día en que uno toma la pica para ser soldado renuncia a ser cristiano, y a Benito Arias Montano, editor de la Biblia Políglota de Amberes: «la soberbia de nuestra nación española es intolerable», no ya de los principales ministros sino de los medianos y menores, que han dado en llamar «reputación» a tener en poco a los demás.

La cultura pretelemática: el Camino Español

La última cultura sirve al ponente para presentar lo que considera sin duda uno de los mayores logros del duque: la inauguración del Camino Español entre Lombardía y los Países Bajos, que Geoffrey Parker calificó de milagro logístico y diplomático. Diplomático, porque había que atravesar territorios neutrales o aliados, como los del duque de Saboya o el de Lorena, además del Franco Condado, propio de la monarquía. Logístico, por las dificultades de unos 2.000 kilómetros. La idea y el diseño fueron del cardenal Granvela, pero la ejecución, con 10.000 soldados españoles, fue de Alba.

García Hernán subraya la dificultad de mover tropas incluso en territorio propio. Cuenta que, años después, para la recuperación de Brasil, el rey tuvo que dar 75.000 ducados adicionales a don Fadrique de Toledo para que los soldados dejaran de saquear casas y caminos simplemente en el trayecto de Madrid a Cádiz. Alba, en cambio, se plantó en los Países Bajos en menos de dos meses. Antes había enviado a un ingeniero con 300 zapadores para ensanchar caminos, tender puentes y habilitar pasos alpinos, y a topógrafos para cartografiar la ruta. El ejército avanzó a una media de 23 kilómetros diarios con todo su bagaje. Entre los grandes logros menciona también las fortificaciones, en especial la ciudadela de Amberes, que califica de prodigio de la ingeniería militar, y la de Groninga.

A partir de la toma de Brielle en 1572 cambió la situación. El ponente señala que Alba fue relevado ese año, pero que la guerra continuó como la guerra de los Ochenta Años, que acabaría con la independencia de Holanda. A la propaganda flamenca respondió una española, visible en obras del Palacio de Liria que muestran al duque venciendo a sus enemigos: Isabel de Inglaterra, los protestantes e incluso el papa, recuerdo de la contradictoria guerra contra Roma desde Nápoles. La conferencia repasa también los retratos de Willem Key, el Salón del Gran Duque del Palacio de Liria y un retrato de Sánchez Coello conservado en el palacio de Monterrey de Salamanca.

Dos frases finales: conciencia y mérito

García Hernán cierra con dos pensamientos del duque. El primero lo transmite fray Luis de Granada en una carta de consuelo a la viuda, María Enríquez, en 1582: Alba le había asegurado que en su conciencia no pesaba haber derramado en toda su vida una sola gota de sangre contraria a ella. Para el ponente, es el retrato de un hombre fiel a su conciencia hasta el final, «con las sombras y con las luces» que eso implicaba.

El segundo procede de una carta a Felipe II escrita cuando estaba a punto de morir. En ella subraya dos cosas de su larga vida al servicio de la monarquía: su lealtad innegable a la corona y al Estado, y que «nunca di un cargo a nadie que no se lo mereciera». García Hernán lo interpreta como un sentido de la justicia nacido de sus convicciones religiosas y lo relaciona con un verso de Antonio Enríquez Gómez, dramaturgo que en su opinión merecería ser más conocido. En la comedia Mudarse por mejorarse escribió: «Hay que dar hombres a los cargos, no cargos a los hombres».