El gran duque de Alba: aristócrata, político, soldado y hombre de su tiempo
Fundación Juan MarchEn la última conferencia del ciclo «Batallas de la Era de los Tercios», el catedrático de Historia Moderna David García Hernán se propone comprender a Fernando Álvarez de Toledo, III duque de Alba, sin juzgarlo. Parte de una afirmación que reconoce arriesgada para un historiador: según él, no ha existido en la historia de España, y se atreve a decir que tampoco en la de Europa, un personaje que, sin ser jefe de Estado, haya protagonizado tantos acontecimientos trascendentales durante tanto tiempo. Su propuesta consiste en explicar lo que Alba hizo, y lo que no hizo, a partir del «universo mental» del siglo XVI. Para ello organiza la exposición en cinco «culturas» de la época: la de la fe, la del linaje, la de la autocracia, la de la guerra y lo que él llama la cultura «pretelemática».
Un personaje poliédrico y una historiografía polarizada
El ponente define a Alba como una figura poliédrica, con tantas aristas que el historiador tiene la «desagradable sensación» de tener que descartar mucho material. En buena parte de Europa, sobre todo en los Países Bajos, ha sido denostado; en España, admirado. García Hernán comenta el retrato de Alba con el Toisón de Oro, que le fue concedido en 1546. Se trata de una copia de Rubens a partir de un original de Tiziano, pintado hacia 1550, cuando el duque tenía unos 43 años. Iba a decir que estaba en el cénit de su poder físico, pero, a la vista de todo lo que le quedaba por delante, no sabe qué decir.
Según el conferenciante, hasta los años ochenta no existía una historiografía que pudiera considerarse científica sobre el duque. Los libros oscilaban entre la denigración y la adulación. El punto de inflexión fue la biografía académica de William S. Maltby, publicada primero en inglés y después en español con un subtítulo que, a su juicio, resume bien la conferencia: «un siglo de España y de Europa». Alba nació en 1507 en Piedrahíta (Ávila) y murió en 1582. García Hernán la considera la mejor biografía existente, por la profundidad psicológica del retrato y por la riqueza del material de archivo.
Después repasa otras obras. La de Henry Kamen (2004), El gran duque de Alba, prometía cambiar el panorama situando al personaje en su contexto, pero en opinión del ponente hacía sobre todo lo que ya había planteado Maltby: «expone menos de lo que dice que va a exponer», algo que, añade, no es la primera vez que le ocurre a Kamen. Le reconoce, eso sí, el mérito de haber internacionalizado esa visión más científica. La biografía de Manuel Fernández Álvarez (2007), publicada en el quinto centenario del nacimiento, «se lee muy bien», acerca al lado humano del duque con muchas anécdotas y subraya algo que otros autores apenas habían tenido en cuenta: haber nacido en una de las grandes casas nobiliarias de España lo condicionó toda la vida. Menciona también Alba: General and Servant to the Crown, un volumen colectivo sin traducción al español, con 16 autores de ocho nacionalidades, que representa una visión ya plenamente internacional y orientada a comprender y no a juzgar. Por último, destaca el libro de Álex Claramunt sobre las campañas de Flandes, que considera el mejor sobre esa materia.
Un ser «superior»: las cuatro claves de su excepcionalidad
El ponente cuenta una escena de 1619. El V duque de Alba trasladó los restos de su antepasado desde Alba de Tormes al convento de San Esteban de Salamanca y mandó abrir el féretro. Según la crónica, los presentes quedaron maravillados porque, 37 años después de su muerte, el cadáver conservaba la gravedad y la compostura de la expresión, y lo describieron como «un ser superior». García Hernán reconoce que no sabemos hasta qué punto exageraba el cronista, pero afirma que así se le consideró en su época.
Para el conferenciante, cuatro rasgos explican esa percepción. El primero es su capacidad intelectual: fue «número uno» en una cantidad sorprendente de actividades. El segundo es la longevidad. En 1582, septuagenario y aquejado de gota desde hacía unos treinta años, gobernaba Portugal después de haber dirigido allí una campaña militar, algo excepcional con la medicina de la época. El tercero es su «resiliencia», es decir, la firmeza con la que mantuvo hasta el final lo que su conciencia le dictaba como justo, aunque lo que él consideraba justo pueda juzgarse de maneras muy distintas. El cuarto es la amplitud de su experiencia vital.
Una vida en el centro de los acontecimientos
García Hernán hace un repaso, que presenta también como un modo de refrescar la memoria del público, de los hechos en los que Alba estuvo presente. Con seis años acompañaba a su abuelo don Fadrique en la anexión de Navarra (1513). Asistió a la coronación de Carlos V en Aquisgrán (1520), donde el emperador nombró a los primeros 25 grandes de España, entre ellos la casa de Alba. Estuvo en la Dieta de Worms (1521), frente a Lutero. El ponente recuerda que Carlos V respetó el salvoconducto de Lutero y que, según contaría después, se arrepintió toda la vida de no haber acabado con él en aquel momento.
Evoca el libro clásico de Juan Sánchez Montes, Franceses, protestantes, turcos, cuyo título resume los enemigos de Carlos V, para subrayar que Alba luchó con protagonismo contra los tres. Estuvo en la campaña de Viena contra los turcos (1531) y en la de Túnez (1535), donde no dirigió el ejército pero sí mandó una parte importante de la infantería. Participó en el fracaso de Argel (1541), y según el ponente fue el único que había advertido antes de emprenderla que no debía hacerse. Siguieron la campaña del Rosellón contra Francisco I (1542) y la batalla de Mühlberg (1547) contra la Liga de Esmalcalda. Fue gobernador de Milán, que García Hernán describe como la pieza geopolítica más importante de la monarquía, nudo entre el norte y el sur y entre el este y el oeste de Europa. Fue también virrey de Nápoles, el cargo que ambicionaba toda la aristocracia española porque daba más relaciones, más dinero y más prestigio. Estuvo en San Quintín (1557) y organizó la delegación española y los contenidos del tratado de Cateau-Cambrésis (1559), que el ponente sitúa a la altura de Westfalia, Utrecht, el Congreso de Viena o Versalles. Después vinieron el gobierno de los Países Bajos, la campaña de Portugal de 1580 y el virreinato portugués hasta su muerte. Solo le faltaron, dice, Lepanto, porque estaba gobernando Flandes, y la «mal llamada» Armada Invencible, porque ya había muerto.
El ponente insiste en que todo esto ocurrió en Europa y lo compara con Hernán Cortés y Francisco Pizarro. Reconoce que ambos consiguieron más para la monarquía que Alba, pues cada uno ganó un imperio. Sin embargo, en la mentalidad de la época luchar en Europa contra franceses, protestantes o turcos, «los verdaderos enemigos», tenía mucho más valor para la gloria militar que combatir contra pueblos indígenas que, en palabras del conferenciante, «apenas podían luchar». Con un mapa repasa las posesiones europeas de la monarquía: la península, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Milán y los Países Bajos, que Felipe II recibió tras la abdicación de Carlos V en Bruselas en 1556 como un «regalo envenenado».
A esto se suma algo que, según García Hernán, suele pasarse por alto: Alba tuvo un papel destacado en las cuatro bodas de Felipe II. Fue padrino en la de María Manuela de Portugal (1543), organizó los esponsales con María Tudor en Inglaterra y representó al rey por poderes en las bodas con Isabel de Valois (1559) y con Ana de Austria (1570). En una política dinástica, recuerda, los matrimonios sellaban alianzas y enemistades entre países. En cuanto a sus «profesiones», enumera las de militar, consejero, titular de su casa y linaje, patrón de una red clientelar cortesana, diplomático, mecenas, político y gobernador desde Flandes hasta Portugal y desde Nápoles hasta Milán. Se casó con María Enríquez, del linaje de los almirantes de Castilla, en un matrimonio endogámico típico de la aristocracia, y el ponente muestra el único retrato conocido de ella.
Carácter: talento, ambición y desdén
Para retratar la personalidad del duque, García Hernán recurre a las instrucciones secretas de Palamós que Carlos V dio a su hijo Felipe. En ellas el emperador le advierte, según la paráfrasis del ponente, que se guarde de Alba porque, aunque parece tímido y poco pretencioso, es muy ambicioso, pero que se sirva de él en asuntos de Estado y de guerra porque es el mejor que tienen. El conferenciante lo considera, por experiencia, el mejor general y el mejor político de su tiempo, y separa ese juicio de la valoración de las medidas políticas que tomó.
Alba era consciente de su superioridad. García Hernán cita a Maltby: el duque trataba «a los pobres mortales con un mal disimulado desdén». Cuenta que, ante el avance de los hugonotes en Francia, Alba sermoneó a Catalina de Médici por no haber hecho lo que él le había aconsejado y le dio lecciones sobre cómo gobernar su reino. Tampoco le importaba que sus opiniones francas llegaran al rey. Un ejemplo es una carta a Antonio de Toledo, sabiendo que la leería el duque de Medinaceli y que este se la contaría al monarca. Cuando no se le trataba como creía merecer, tenía «rabietas», y eso le trajo muchos disgustos.
A partir de aquí el ponente explica su método. Todos somos «esclavos» de nuestras capacidades y experiencias, y el historiador tiene la obligación de sumergirse en el universo mental de la época. Lamenta un «presentismo excesivo», sobre todo en las generaciones jóvenes, que según él desdibuja la comprensión de la historia. Contrapone cada una de las cinco culturas del siglo XVI a la nuestra: nosotros somos «hijos de la Ilustración» y de la idea del mérito, vivimos en una cultura de la tolerancia y en una cultura pacifista, y manejamos la información de forma inmediata. En el siglo XVI, en cambio, nacer en una familia determinaba la vida, la intolerancia era la norma, la guerra se consideraba la mejor manera de resolver conflictos y la información circulaba con lentitud.
La cultura de la fe: el Estado y la salvación del alma
García Hernán ilustra esta cultura con una anécdota de su universidad. Al diseñar una asignatura de «Evolución y teoría del Estado», los politólogos querían empezar por la teoría y él por la evolución. Cuando le preguntaron qué diferencias había en el Estado desde su nacimiento, respondió con una frase: «la salvación del alma». Un Estado en el que la mayoría de la población está obsesionada con salvarse y en el que el pecado es delito en el ordenamiento jurídico no tiene nada que ver con uno aconfesional como el actual. La religión condicionaba prácticamente todos los aspectos de la vida.
El escudo del duque lo refleja: un ángel con la cruz y la divisa Deo patrum nostrorum, «al Dios de nuestros padres». Según el ponente, el lema reúne tres componentes: Dios, el más importante; el linaje, los antepasados; y, de manera indirecta, la monarquía entendida como designio divino. Para él, la razón principal de la lealtad inquebrantable de Alba a la corona era su concepto de la religión. No era un valor más, sino su modo de vida, el rasero con el que lo medía todo. Si el rey lo es por la gracia de Dios, se convierte en una figura casi sagrada.
El episodio de Alcalá: el príncipe don Carlos y el cuerpo de fray Diego
El conferenciante dedica un largo pasaje a un episodio de 1562 que considera revelador. En abril de ese año el príncipe don Carlos, hijo de Felipe II, que estudiaba en Alcalá de Henares con don Juan de Austria y Alejandro Farnesio, cayó por una escalera y se golpeó con violencia contra una puerta cerrada. Estuvo inconsciente mucho tiempo y durante unos veinte días se debatió entre la vida y la muerte, atendido por entre diez y doce médicos, entre ellos Andrea Vesalio y Hernando de Mena, médico personal del rey. El 8 de mayo el príncipe amaneció con los labios mortecinos y los párpados tan hinchados que no podía abrir los ojos. Mena dio el caso por perdido. Felipe II volvió a Madrid bajo una tormenta y pidió rogativas a la Virgen de Atocha en San Jerónimo, con toda la corte presente.
Según el relato del ponente, fue entonces Alba quien tomó el mando. Los médicos dudaban si hacer un legrado, un raspado del cráneo para saber si el mal era una lesión interna o una infección externa, porque la operación era peligrosa. Alba zanjó la cuestión: si iba a morir de todos modos, daba igual, así que se hiciera. Se hizo en contra de dos doctores, uno portugués y el propio Vesalio, y el duque llegó a apartar al médico que no le gustaba para encargar la operación a Daza. El legrado mostró que no había lesión interna sino una infección, lo que abría alguna esperanza. Alba recordó entonces que en Alcalá estaba enterrado, con el cuerpo incorrupto y el hábito franciscano, fray Diego de Alcalá, y mandó llevar el cadáver junto al príncipe. Desde ese momento don Carlos empezó a mejorar y a los pocos días pudo volver a la corte. La corte lo atribuyó a un milagro, y el propio príncipe declaró haber visto en sueños al fraile tendiéndole la mano. Poco después fray Diego sería canonizado.
García Hernán aclara que la medicina posterior ha atribuido la curación a otras causas, pero lo que le interesa es cómo se vivió en el momento. Alba había tomado la decisión material y, a ojos de todos, Dios había obrado un milagro a instancias suyas. Imagínense, dice, la aureola de poder que eso le daba.
De la furia iconoclasta al Tribunal de los Tumultos
El ponente enlaza este episodio con Flandes. Cita de nuevo a Maltby, que se pregunta si es posible ser creyente y a la vez tolerante, y responde que Alba no lo creía: para él, la persistencia de la fe exigía acciones que nada tenían que ver con la tolerancia. En 1566, con el calvinismo ya muy extendido, estalló la furia iconoclasta, y en lugares como la catedral de Nuestra Señora de Amberes se rompieron y quemaron imágenes y objetos sagrados. Para Alba, que cuatro años antes había vivido lo de Alcalá, que los herejes destruyeran imágenes católicas era algo terrible.
Al llegar como gobernador, pocos días después, instauró el Tribunal de los Tumultos para juzgar a los iconoclastas, tras considerar que la gobernadora Margarita de Parma había sido demasiado tibia. Los flamencos lo llamaron el Tribunal de la Sangre. Entre sus miembros estaba Juan de Vargas, pero según el ponente quien dictaba prácticamente todas las sentencias era el propio duque. García Hernán señala que la propaganda flamenca habló de decenas de miles de muertos y cientos de miles de encausados. Considera exageradas esas cifras y afirma que las demostradas hablan de casi un centenar de ejecuciones. No son decenas de miles, reconoce, pero sí algo terrible para los Países Bajos.
De ahí surgió la imagen del duque como monstruo, que la propaganda calvinista representó devorando niños. El ponente niega, eso sí, que hoy en Holanda se asuste a los niños con el duque de Alba: eso se decía antiguamente, y «ojalá los niños supieran quién es el duque de Alba». Añade que las ciudades donde más fuerte fue la furia iconoclasta, como Amberes, Valenciennes y Delft, fueron aquellas con las que más se ensañó Alba. Sobre las causas de la sublevación de los Países Bajos, admite que fueron muy variadas (económicas, fiscales, geoestratégicas, comerciales y religiosas). Su interpretación es que la religión, al motivar el ensañamiento con la población, agudizó el conflicto y lo prolongó.
La cultura del linaje
La segunda cultura es la de la sangre. García Hernán explica que se creía que las cualidades personales se transmitían por los fluidos corporales. Por eso considera que «sangre» es una metonimia, porque incluía también el semen y la leche materna. Esa creencia convenía a los aristócratas para perpetuar su poder.
La anécdota que elige es de 1582. Extenuado, Alba pidió a Felipe II que lo relevara en Portugal y el rey se negó porque no tenía a nadie como él. El duque respondió que no sería el primero de su linaje en morir en Lisboa. Se refería a Fernán Álvarez de Toledo, que en la guerra civil entre Pedro I y Enrique II luchó primero con Pedro, cambió a tiempo al bando vencedor y murió en Lisboa. Para el ponente, esto muestra que Alba tenía presentes en su mente las acciones de sus antepasados.
A continuación describe el poder de la casa. Un estado señorial reunía varios señoríos con miles de vasallos bajo su jurisdicción. Cuando nació el duque, las rentas del ducado se calculaban en 50.000 ducados, equivalentes, según el ponente, al salario de unos 2.500 campesinos. Más que el poder económico, sin embargo, pesaba el clientelar: virreyes, jueces, abogados, profesionales y campesinos dependían de la casa y buscaban sus mercedes a cambio de lealtad. Alba llegó a decir que decidió servir a la corona en las empresas exteriores para engrandecer su casa. Cuando en Túnez Carlos V le ofreció la armadura capturada que había pertenecido a su padre, García de Toledo, muerto cuando Alba era muy niño, se echó a llorar. Desde Nápoles, siendo virrey, seguía por carta con su mayordomo Cristóbal de Mendoza las obras de irrigación y las plantaciones de moreras en Coria y las reformas en Abadía (Extremadura), con rentas de procedencia que el ponente califica de «muy oscura».
La pregunta que plantea García Hernán es por qué Alba no hizo lo que muchos grandes: conservar sus dominios y vivir con sus unos 200 criados. Su respuesta es que quería pasar a la Historia con mayúscula. El apego al linaje se manifestaba también en su altivez frente a otros grandes. En la boda de Felipe II con María Manuela de Portugal, como padrino, sostuvo que era el único con derecho a sentarse. Cuando otros se lo discutieron, especialmente el duque de Medina Sidonia, mandó quitar todos los bancos salvo el suyo. El ponente menciona también a su hijo don Fadrique, que lo acompañó en Flandes, y el empeño del duque en la procreación.
Esta cultura incluye su formación humanística. Su abuelo don Fadrique quiso que Luis Vives fuera su preceptor, lo que no se logró porque Vives no quería volver a España. Tuvo, en cambio, a Juan Boscán, traductor de El cortesano de Castiglione, obra con una dimensión política que según el ponente tuvo que influirle, y fue amigo y admirador de Garcilaso de la Vega. García Hernán señala además que su mecenazgo, poco estudiado hasta hace poco, abarcó a numerosos literatos y artistas y le permitió reunir una colección de arte extraordinaria.
La cultura de la autocracia y la razón de Estado
El ponente recuerda que la casa de Alba siempre apostó al caballo ganador: con Enrique II de Trastámara, con los Reyes Católicos frente a Juana la Beltraneja, con el emperador en la guerra de las Comunidades y, ya más tarde, con el bando borbónico en la guerra de Sucesión. El propio nombre de Fernando se le puso en honor de Fernando el Católico. Alba creía en la soberanía del rey y en la razón de Estado, que situaba por encima de todo salvo la religión. En ese sentido lo llama «maquiavélico» en el significado primigenio del término, el de que el fin justifica los medios, y no en el uso actual de «rebuscado».
Aporta varias citas. A Francisco de Eraso, secretario de Carlos V, le escribió que los reyes nacen para hacer su voluntad y los vasallos para cumplirla, «y yo, sin duda, más que nadie», añadiendo que si alguna vez no se guió por ella fue por desconocerla. A Catalina de Médici le escribió que los príncipes deben evitar la guerra con sus vasallos en cuanto puedan, pero que si evitarla supone perder la religión y el Estado, la guerra es el menor inconveniente. La tercera cita procede de una carta a Felipe II de septiembre de 1567, un mes después de llegar a Bruselas, en la que justifica haber puesto hombres de su confianza en el Tribunal de los Tumultos. Da dos razones. Si no conocía a los jueces, podían engañarle. Y, más reveladora según el ponente, los hombres de leyes solo condenan los crímenes probados, mientras que los asuntos de Estado se gobiernan por reglas muy distintas. García Hernán lo presenta como una muestra de razón de Estado «pura y dura».
Esa entrega llegaba a extremos. Cuando se amotinaron tropas alemanas por falta de pagas, Alba ofreció a su hijo como rehén hasta que cobraran, algo que los soldados no aceptaron, aunque al final cobraron. Durante el largo y durísimo asedio de Haarlem, don Fadrique, desmoralizado, pensó en retirarse. El duque, consciente del golpe psicológico que supondría, le respondió, según lo cuenta el ponente, que no se retiraba, que si lo hacía iría él, y que si no estaba ninguno de los dos iría su madre a asediar la ciudad, pero que de allí no se iba nadie.
El décimo penique: un impuesto que unió a la oposición
A propósito de un grabado en el que aparecen Pío V, Alba, el cardenal Granvela y Margarita de Parma sobre sacos de monedas, García Hernán explica el décimo penique. Era un impuesto del 10 % sobre las transacciones comerciales, parecido a la alcabala castellana, «una especie de IVA de la época», que Alba estableció nada más llegar. Según el ponente, el duque dio dos razones: la hacienda de la monarquía no podía empobrecerse más para gobernar los Países Bajos, de modo que debían ser ellos quienes costearan su propia salvación de la herejía; y quería un impuesto que no recayera solo sobre los pobres sino también sobre los privilegiados, porque al Estado debían contribuir todos.
Esto le enfrentó a toda la oligarquía. El ponente advierte contra la idea de un espíritu democrático en los Países Bajos: nadie era demócrata en el siglo XVI, y la «participación política del pueblo» era en realidad la de las oligarquías urbanas, no la de los campesinos. En su lectura, el décimo penique logró algo que nadie había conseguido, unir a todas las facciones: católicos que hasta entonces apoyaban a Alba se sumaron a los calvinistas cuando tuvieron que pagarlo. Religión e impuestos, concluye, agrandaron la revuelta.
Diplomático y maestro del protocolo
García Hernán destaca el conocimiento «enciclopédico» del protocolo que tenía Alba. Cuando Felipe II fue a Portugal en 1581 para hacerse cargo del reino, nadie sabía cómo recibirle y hubo que recurrir al duque. Organizó la boda con María Tudor y, durante el periodo en que Felipe fue rey consorte de Inglaterra (1554-1558), actuó como su portavoz ante el Privy Council y las dos cámaras del Parlamento. En 1556, al negociar con el papa, le aseguró de entrada que tenía plena libertad para cerrar lo que fuera sin consultar al rey. En las imágenes de Cateau-Cambrésis aparece detrás de Felipe II y Enrique II de Francia, como organizador de todo el trabajo.
Admiración y aversión: Alba y Felipe II
Para hablar de la relación entre el duque y el rey, el ponente muestra dos retratos de Antonio Moro, uno de ellos, el de Felipe II, volteado a propósito para que ambos personajes se miren con tensión. No habla de amor y odio, sino de «admiración y aversión». Alba fue el mentor político del príncipe en su gran viaje por Europa de 1548 a 1551, y Felipe aprendió de él, pero también quería hacer valer su autoridad. El ponente recoge, a través de Fernández Álvarez, una conversación: cuando el príncipe preguntó qué iba a pasar con el rey de Francia, Alba contestó que eso lo tratarían el emperador y él. Felipe le replicó que, después del emperador, la persona más importante del reino era él.
Según Maltby, citado por el ponente, Felipe II admiraba a Alba pero se sentía reprimido porque no tenía su habilidad para hacer explícitos sus pensamientos políticos. Alba era directo y resolutivo, como se vio en Alcalá, y Felipe todo lo contrario. El ponente cita a don Juan de Austria, que venía a decir que era mejor esperar a que las cosas se resolvieran solas que a que el rey se decidiera. En 1566, con el rey en cama cuando llegaron las noticias de la furia iconoclasta, Alba llegó a insinuar que el monarca fingía la enfermedad. Pío V se dirigió a Alba, y no al rey, para plantearle la conveniencia de atacar Inglaterra. García Hernán imagina el efecto que eso tuvo en Felipe II y concluye que Alba debió de ser para él «una pesadilla constante». Añade que el rey llegó a justificar ante el duque, en un documento de veinte páginas, la necesidad de invadir Inglaterra, empresa a la que Alba siempre se opuso.
Hubo también choques personales. A su regreso de los Países Bajos, su hijo don Fadrique, tras haber prometido casarse con una dama de la corte, se casó con otra sin el permiso regio que debían pedir los grandes. Felipe II le prohibió la entrada en la corte y Alba lo tomó como una afrenta personal y se retiró a sus estados. Su enfado fue aún mayor cuando, tras conquistar Portugal para el rey, este le pidió cuentas de todos los movimientos de dinero de la campaña, cuentas que al final tuvo que rendir por lealtad y por los protocolos de la época.
Alba contra Éboli: ¿política exterior o bandos clientelares?
La otra relación tormentosa fue con Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, un hidalgo portugués que era «hechura» o «criatura» de Felipe II. El rey lo encumbró desde casi nada como contrapeso al poder de Alba. El ponente ilustra ese poder con un episodio de 1552: la orden dominica nombró un provincial de Castilla con el que Alba no estaba de acuerdo, el duque impuso a un candidato de su propia clientela y el rey hizo lo que Alba quería. Según García Hernán, también el matrimonio de Ruy Gómez con Ana de Mendoza y de la Cerda, de una de las grandes casas castellanas, buscaba reforzarlo frente al duque.
La historiografía suele presentar este enfrentamiento como un choque de políticas exteriores, firmeza frente a los rebeldes flamencos (Alba) o negociación (Éboli). El ponente cree que eso es «más bien una etiqueta» y que se trataba sobre todo de dos bandos clientelares, cada uno con su patrón y sus leales. Como prueba de la intensidad del enfrentamiento cita dos hechos. Cuando Alba pedía dinero desde los Países Bajos, desde el bando ebolista se le reprochaba que ya había gastado 12 millones de ducados. En la campaña de Portugal, en cambio, cuando Éboli ya había muerto, no hubo ningún problema de dinero.
La cultura de la guerra: el «Fabio» de su tiempo
Alba decía a sus soldados que eran soldados de Dios, del rey de España, de la nación «y ante todo míos», frase que al ponente le recuerda a Julio César y su clientela militar. García Hernán se hace eco de estudios recientes que lo comparan con Quinto Fabio Máximo, el Cunctator, «el que demora». En Nápoles, en Mühlberg y luego en los Países Bajos, su táctica consistió en desgastar al enemigo sin presentar batalla, moviendo las tropas hasta que el contrario se debilitaba, y atacar solo entonces.
Su batalla más importante fue Mühlberg (1547). A partir de los frescos que muestra, el ponente describe a la caballería cruzando el Elba mientras la infantería espera, y a Alba presentando al emperador al prisionero, el elector Juan Federico de Sajonia. Después comenta un cuadro de Bartolomeo Passarotti que representa al duque en la campaña de Portugal. Septuagenario y con gota, tomó Setúbal, cruzó el Tajo con las galeras del marqués de Santa Cruz, conquistó Cascais y, tras la batalla de Alcántara, entró en Lisboa.
El ponente añade un matiz: como Napoleón, Alba «necesitaba sus victorias». Tras una derrota como la de Alkmaar, frente a los que la terminología de la época llamaba rebeldes, su prestigio militar decayó mucho. Presenta después una faceta casi desconocida, la de tratadista. En el manuscrito 12179 de la Biblioteca Nacional se conservan varios tratados suyos, entre ellos uno sobre las funciones del maestre de campo general y otro sobre la reformación de la milicia. No los equipara a los de Cristóbal Lechuga, Marcos de Isaba o Francisco de Valdés, pero los considera de interés. Lee dos disposiciones. La primera prohíbe que capitanes, alféreces y sargentos se sirvan de los soldados para asuntos propios, por ser contrario a la disciplina y a la reputación de la infantería española, y prevé reprensiones y, si no bastan, la privación del mando de la compañía. La segunda prohíbe las rifas en las compañías, con pena de un mes de sueldo para el capitán por cada rifa.
Gante, Malinas y la violencia de la época
Para entender la conducta de Alba, García Hernán recurre a Gante. Allí, cuenta, apenas hay recuerdos de Carlos V, pese a ser su ciudad natal, salvo la procesión anual de los «portasogas», que recorren la ciudad con una soga y piden perdón al emperador. Recuerda el origen: en 1539 hubo un motín por motivos fiscales, Carlos V aplicó la fuerza del ejército, hizo ejecutar a más de 25 cabecillas y obligó a los notables a desfilar con una soga al cuello. Alba vivió eso al mismo tiempo que en la dieta de Ratisbona las negociaciones con los protestantes no avanzaban, y pudo comprobar que la mano dura sí daba resultados. Menciona también una estatua regalada por Toledo a Gante que recuerda a los frailes de Gorkum, 17 según su cifra, asesinados por los mendigos del mar tras desembarcar en Brielle. Esa era, dice, la Europa de la violencia terrible, que practicaban todos.
Entonces, ¿por qué se odió de manera especial a Alba y a los españoles? Según el ponente, en primer lugar porque Alba solo confiaba en los españoles, como Sancho Dávila, cuyo retrato muestra. Pone como ejemplo el saco de Malinas, alentado por el propio Alba conforme a las leyes de la guerra que castigaban con el saqueo a las ciudades que resistían. Según las cifras que ofrece, hasta 2.000 carros de botín se llevaron a Bruselas y 400 barcos cargaron bienes robados. A ello se sumaba la conducta de los soldados. El ponente cita a Francisco de Valdés, para quien el día en que uno toma la pica para ser soldado renuncia a ser cristiano, y a Benito Arias Montano, editor de la Biblia Políglota de Amberes: «la soberbia de nuestra nación española es intolerable», no ya de los principales ministros sino de los medianos y menores, que han dado en llamar «reputación» a tener en poco a los demás.
La cultura pretelemática: el Camino Español
La última cultura sirve al ponente para presentar lo que considera sin duda uno de los mayores logros del duque: la inauguración del Camino Español entre Lombardía y los Países Bajos, que Geoffrey Parker calificó de milagro logístico y diplomático. Diplomático, porque había que atravesar territorios neutrales o aliados, como los del duque de Saboya o el de Lorena, además del Franco Condado, propio de la monarquía. Logístico, por las dificultades de unos 2.000 kilómetros. La idea y el diseño fueron del cardenal Granvela, pero la ejecución, con 10.000 soldados españoles, fue de Alba.
García Hernán subraya la dificultad de mover tropas incluso en territorio propio. Cuenta que, años después, para la recuperación de Brasil, el rey tuvo que dar 75.000 ducados adicionales a don Fadrique de Toledo para que los soldados dejaran de saquear casas y caminos simplemente en el trayecto de Madrid a Cádiz. Alba, en cambio, se plantó en los Países Bajos en menos de dos meses. Antes había enviado a un ingeniero con 300 zapadores para ensanchar caminos, tender puentes y habilitar pasos alpinos, y a topógrafos para cartografiar la ruta. El ejército avanzó a una media de 23 kilómetros diarios con todo su bagaje. Entre los grandes logros menciona también las fortificaciones, en especial la ciudadela de Amberes, que califica de prodigio de la ingeniería militar, y la de Groninga.
A partir de la toma de Brielle en 1572 cambió la situación. El ponente señala que Alba fue relevado ese año, pero que la guerra continuó como la guerra de los Ochenta Años, que acabaría con la independencia de Holanda. A la propaganda flamenca respondió una española, visible en obras del Palacio de Liria que muestran al duque venciendo a sus enemigos: Isabel de Inglaterra, los protestantes e incluso el papa, recuerdo de la contradictoria guerra contra Roma desde Nápoles. La conferencia repasa también los retratos de Willem Key, el Salón del Gran Duque del Palacio de Liria y un retrato de Sánchez Coello conservado en el palacio de Monterrey de Salamanca.
Dos frases finales: conciencia y mérito
García Hernán cierra con dos pensamientos del duque. El primero lo transmite fray Luis de Granada en una carta de consuelo a la viuda, María Enríquez, en 1582: Alba le había asegurado que en su conciencia no pesaba haber derramado en toda su vida una sola gota de sangre contraria a ella. Para el ponente, es el retrato de un hombre fiel a su conciencia hasta el final, «con las sombras y con las luces» que eso implicaba.
El segundo procede de una carta a Felipe II escrita cuando estaba a punto de morir. En ella subraya dos cosas de su larga vida al servicio de la monarquía: su lealtad innegable a la corona y al Estado, y que «nunca di un cargo a nadie que no se lo mereciera». García Hernán lo interpreta como un sentido de la justicia nacido de sus convicciones religiosas y lo relaciona con un verso de Antonio Enríquez Gómez, dramaturgo que en su opinión merecería ser más conocido. En la comedia Mudarse por mejorarse escribió: «Hay que dar hombres a los cargos, no cargos a los hombres».
Vamos a hablar de un personaje realmente, realmente excepcional. Un personaje que tiene tantas aristas, tiene tantas vertientes, un personaje absolutamente poliédrico, que el historiador, cuando se pone a trabajar con él, tiene la desagradable sensación, muy desagradable, de tener que desechar mucho contenido, muchas ideas, porque evidentemente el tiempo es limitado, ¿no?
Pero es un personaje que, voy a empezar diciendo, y los historiadores no solemos hacer afirmaciones taxativas, pero me voy a atrever, voy a empezar diciendo que no existe en la historia de España, y me atrevo a decir de Europa, un personaje, exceptuando los jefes de estado, y aun así, un personaje que haya estado presente y haya sido protagonista de tantos acontecimientos de tanta trascendencia para la historia de su país y la historia de Europa. Y además durante tanto tiempo, lo vamos a ver a lo largo de estos minutos, ¿no?, con esta afirmación.
Como digo, un personaje absolutamente poliédrico. Aquí lo tenemos. Es un retrato que me gusta, me gusta mucho. Es la copia que hizo a principios del siglo XVII Pedro Pablo Rubens de un retrato magnífico, como ven, de Tiziano, cuando el duque de Alba contaba, está sobre 1550, pues contaría como 43 años, ¿no? Iba a decir en el cenit de su poder físico, pero habida cuenta de lo que tenía por delante todavía con 43 años, pues no sé qué decir. Aquí lo vemos con el Toisón de Oro en este cuadro maravilloso que está en el Palacio de Liria. Y yo tengo que agradecer aquí a Álvaro Romero, de la Fundación Casa de Alba, porque me ha pasado unas imágenes extraordinarias que las van a ver ustedes de todo lo relacionado con el tercer duque de Alba en altísima resolución, para regocijo nuestro, ¿no?
Bien, pues Alba, el personaje de Alba, es muy poliédrico, como digo, es muy complejo, es un hombre muy, muy denostado por un sector importante de Europa, especialmente, como se pueden imaginar, en los Países Bajos, pero al mismo tiempo un personaje que en la parte española, por así decirlo, es un personaje admirado, personaje con una serie de virtudes. Ahora vamos a hablar de sus virtudes, también evidentemente de sus defectos, siempre desde nuestro punto de vista, pero, como vamos a ver, sumergiéndonos en el universo mental del siglo XVI, y que pues tiene, como digo, muchísimas, muchísimas aristas, ¿no?
Se han publicado sobre él algunos libros en los últimos tiempos muy interesantes que han llenado el vacío que hasta los años 80 existía de una historiografía... La historiografía se movía entre libros absolutamente críticos y de denostar su figura a libros que ensalzaban y adulaban, ¿no?, al personaje, ¿no?
Vamos a ver estos primeros libros. Y hasta los años 80, como digo, prácticamente no había una historiografía que se pudiera considerar científica sobre el duque de Alba. Y la aparición de este libro de 1983 en Inglaterra, y más adelante 1985 en España, pues marca un antes y un después. Esta es la mejor biografía que hay. Es una biografía académica sobre el duque de Alba, que se la recomiendo si quieren profundizar en el personaje, que tiene, como ven, el retrato de Rubens y con el Toisón de Oro, como ven, ¿no?, al poco tiempo, ¿no?, se lo concedieron en 1546. Y además con un título que yo creo que enmarca bien esta conferencia, ¿no?: un siglo de España y de Europa, ¿no? Porque nace en 1507 en Piedrahíta, Ávila, y muere en 1582, prácticamente un siglo, pero de España y de Europa, porque es un personaje que, por las dimensiones de sus profesiones, como vamos a ver, porque tuvo varias profesiones, pues se puede considerar europeo, ¿no? Tiene una profundidad psicológica del personaje realmente extraordinaria. Es un libro académico con material de archivo extraordinario, ¿no?
Luego, en el año 2004, Henry Kamen, el hispanista inglés, publicó este libro, El Gran Duque de Alba, que, bueno, él planteaba que iba a cambiar totalmente el panorama que existía sobre su figura, porque quería comprenderlo en su contexto histórico, pero la verdad es que lo que hace es realmente lo que ya había planteado previamente Maltby, ¿no? Es decir, expone menos de lo que dice que va a exponer, ¿no? Realmente, como por otra parte Henry Kamen, no es la primera vez que lo hace, ¿no?
Y luego tenemos la biografía publicada en 2007, coincidiendo con el quinto centenario del nacimiento de Fernando, perdón, de Manuel Fernández Álvarez, don Manuel Fernández Álvarez, que es una biografía que se lee muy bien. Si la de Henry tenía la virtud de que internacionalizó bastante esta visión más científica del personaje que había comenzado Maltby, el libro de Manuel Fernández Álvarez lo que permite es acercarnos al lado humano del personaje, con muchas anécdotas muy significativas, y sobre todo lo que hace es dar importancia, mucha importancia, a algo en lo que los demás autores prácticamente no se han fijado, pero sí tiene su importancia, que es el hecho de haber nacido en una de las casas nobiliarias más importantes de España, y eso le va a condicionar durante toda su vida, como vamos a ver en los próximos minutos.
Luego, este libro, que lamentablemente no está traducido al español, que fue publicado en 2014, Alba: General and Servant to the Crown, es un libro que de alguna manera, esto ya sí es una visión absolutamente internacionalizada del personaje con los planteamientos científicos, es decir, intentando comprender al personaje y no juzgar al personaje. Y tiene 16 autores con ocho nacionalidades distintas y analiza pues todos los aspectos, que son muchos, todos los aspectos importantes de la figura, ¿no?
Y el último libro de los más importantes que han surgido en los últimos tiempos sería el de Àlex Claramunt, Es necesario castigo. Es el mejor libro que existe sobre las campañas del duque de Alba en Flandes. Es decir, lleva a cabo una exposición de los motivos de distintas empresas en Flandes y de las campañas militares realmente extraordinaria, ¿no? Y yo tengo que agradecer también al propio Àlex Claramunt que me haya prestado algunas imágenes en alta resolución que vamos a ver a partir de estos minutos, ¿no?
Como digo, Alba fue un héroe para unos y un malvado para otros, pero su figura es absolutamente excepcional. Digo excepcional, ¿no?, en el sentido positivo, ¿no? Porque aquí no se trata de juzgar, se trata de comprender, ¿no? Excepcional en el sentido de que era un hombre único, ¿no? Cuando se trasladaron los restos en 1619 por parte del quinto duque de Alba, del tercer duque, de don Fernando Álvarez de Toledo, el protagonista de esta tarde, se trasladaron desde Alba de Tormes hasta Salamanca, ni más ni menos que al convento de San Esteban, a la monumentalidad y la gran trascendencia para el mundo católico que tiene el convento de San Esteban, y se erigió esta fantástica tumba, ¿no?, con el escudo de la Casa de Alba en la parte superior y el busto de don Fernando. El quinto duque mandó que se abriera el féretro, evidentemente, para comprobar, ¿no?, para hacer el traslado, ¿no? Los allí presentes se quedaron maravillados porque mantenía, después de 37 años, mantenía la gravedad de la expresión, la compostura, la seriedad, el rigor, y comentaron que estábamos ante un hombre sobrehumano, una persona que era algo increíble. Dijeron textualmente: un ser superior. Un ser superior. Bueno, no sabemos hasta qué punto el cronista exageraba. Lo cierto es que en su época así se consideró, ¿no?
Entre otras cosas porque tiene cuatro características este personaje que lo hacen absolutamente excepcional. La primera, su capacidad intelectual. Es increíble la cantidad de actividades en las que fue número uno, como se diría hoy. Fue absolutamente algo increíble la capacidad que tenía para manejar los asuntos de los que se ocupaba, como vamos a ver también en estos minutos.
Segundo, por la longevidad. Es que muere en 1582, pero es que en 1582 está gobernando Portugal, y es que previamente había hecho una campaña en Portugal, una campaña militar, un hombre septuagenario en la época del siglo XVI, que evidentemente, con los cuidados médicos y preventivos que había en el siglo XVI, que no tienen nada que ver con los nuestros, o sea, eso ya de por sí, ya solo eso es algo absolutamente excepcional. Y además atacado constantemente por la gota desde hacía 30 años, ¿no?, con dolores de gota, ¿no? Y ahí estaba dirigiendo las tropas en 1582.
Después, por la resiliencia, como se diría hoy en día, en la convicción de lo que le dictaba su conciencia. Era un hombre absolutamente recto en lo que él creía que era lo justo. Otra cosa es que lo justo para él se pueda enjuiciar de distintas maneras, pero lo que consideraba él que era su deber, fue un hombre que lo mantuvo absolutamente hasta el final, ¿no?
Y por otro lado, lo que estamos viendo aquí, las experiencias de la vida, las experiencias de la vida que tuvo, que es que prácticamente no las ha tenido nadie, porque fíjense, es que ya con 6 años está con su abuelo Fadrique en un acontecimiento fundamental para la historia de España, porque es la última parte que se incorpora a España, en la España peninsular, que es la anexión de Navarra en 1513. Posteriormente, ni más ni menos, está en la coronación de Carlos V en Aquisgrán en 1520, que es precisamente cuando en Aquisgrán nombra Carlos V los primeros 25 grandes de España, entre ellos la casa de Alba, ¿no? Está en la dieta de Worms, la dieta de Worms, los protestantes, o sea, Lutero, y está allí directamente presente.
Vamos a ver. El profesor Sánchez Montes, de la Universidad de Granada, hace ya unos cuantos años publicó un libro clásico sobre la política exterior de Carlos V que se titulaba Franceses, protestantes y turcos. ¿Por qué franceses, protestantes y turcos? Porque es con quienes tuvo que luchar Carlos V, ¿no? Bueno, pues es que el duque de Alba, nuestro protagonista, luchó, y muy protagonista, contra franceses, protestantes y turcos. Está en la dieta de Worms, como Lutero. Esto es muy interesante. Carlos V comentaría que luego le había dado un salvoconducto a Lutero para respetarle la vida. Quizá por eso Carlos V cae simpático en la historia... salvoconducto y le respetó la vida, aunque se estuvo arrepintiendo de ello toda su vida. Decía que se lo tenía que haber liquidado en aquel momento y se hubieran acabado todos los problemas, pero se lo respetó.
Dieta de Worms, 1521; la campaña de Viena contra los turcos en 1531; la campaña de Túnez, la famosa campaña de Túnez en 1535. Bien es verdad que no dirigió las tropas, pero formó parte de la infantería, dirigiendo la infantería, con una parte importante. El fracaso de Argel de 1541, que, evidentemente, fue el único que dijo que no se debía haber emprendido esa campaña antes de emprenderla, ¿no? La campaña del Rosellón contra los franceses en las guerras de Carlos V contra Francisco I en 1542; la batalla de Mühlberg en 1547 contra la Liga de Esmalcalda, contra los protestantes. Gobernador de Milán, ahí es nada. La pieza estratégica, geopolítica, más importante de la monarquía, Milán en el centro, la conexión del norte con el sur de Europa y del este con el oeste. Virrey de Nápoles, que era lo que toda la aristocracia española ambicionaba, ser virrey de Nápoles. Este era el cargo que más relaciones te daba, el cargo con el que ganabas más dinero, el cargo con el que ganabas más prestigio. Estuvo ahí, ahí es nada, en la batalla de San Quintín en 1557.
A mí esto me sirve, perdonen por eso, pero me sirve para ir refrescándoles la memoria a muchos de ustedes, ¿no?, de todos estos acontecimientos. El tratado de Cateau-Cambrésis en 1559, que es uno de los grandes tratados de la historia de Europa. Posteriormente será la paz de Westfalia, luego la paz de Utrecht, luego el Congreso de Viena, luego el tratado de Versalles; o sea, este tratado es de la misma categoría que todos estos tratados que he dicho, ¿no? Y él fue el que organizó la delegación española y lo que se tenía que tratar en ese tratado. Gobernador de los Países Bajos. Vamos a hablar de esto bastante, pero claro, es un cargo importantísimo. Desarrolló la campaña de Portugal en 1580 y fue virrey de Portugal hasta su muerte en 1582.
Es que uno ve este panorama y solo le falta Lepanto, que no estuvo por motivos obvios, porque estaba gobernando los Países Bajos, y la Armada, la mal llamada Armada Invencible, por motivos más obvios todavía, porque ya estaba muerto. Pero ya con eso hubiera completado toda la política exterior del siglo XVI, ¿no?
Bien, pues con este breve repaso a la historia de España, de esos acontecimientos... Y este mapa también me sirve para repasarles cuáles eran las posesiones de la monarquía hispánica en Europa, porque estamos hablando de Europa. Esto es algo que también se pasa muchas veces por alto: todo lo que hizo Alba lo hizo en Europa.
Entonces, comparen personajes como Hernán Cortés y Francisco Pizarro. Hernán Cortés consigue más cosas para la monarquía y Francisco Pizarro consigue más cosas para la monarquía que Alba. Los dos consiguieron un imperio. Pero, ¿qué diferencia hay en la mentalidad de la época? Que una cosa era luchar en Europa contra los verdaderos enemigos, contra franceses, contra protestantes, contra iglesias, y otra cosa era luchar contra unos indígenas que apenas podían luchar; tenía muchísimo menos valor en la gloria militar de la época, ¿no?
Bien, pues en Europa teníamos la península. Luego, gracias a la herencia de Carlos V, como saben, pues tienen la parte italiana, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Milán, luego los Países Bajos. En la época de Carlos V, pues Carlos V tiene estos que están en amarillo, que son sus dominios patrimoniales, pero luego también era emperador, emperador que bueno, no mandaba igual que en sus dominios patrimoniales, pero bueno, pues tenía un cierto respeto, ¿no? Y entre ellos, dentro de esos dominios del imperio, estaban los Países Bajos, ¿no? Como saben, cuando abdica en 1556 en Bruselas Carlos V, deja el imperio para su hermano Fernando, y a su hijo Felipe le deja pues las posesiones fuera del imperio, pero incluyendo, regalo envenenado, los Países Bajos, ¿no?, que, como digo, van a tener un gran protagonismo, ¿no?
Bueno, pues hemos visto los libros y vamos a hablar ahora del personaje y de sus capacidades, ¿no? Aquí tienen este retrato de William Key, un retrato maravilloso que está también en el Palacio de Liria. Hay que tener en cuenta también algo que se suele pasar también por alto: no solo estuvo presente en todos esos acontecimientos tan trascendentales de la historia de España y de Europa, sino que además estuvo presente, y con gran protagonismo, en las cuatro bodas de Felipe II. Fue padrino de bodas en la de 1543 con María Manuela de Portugal. Fue el que organizó los esponsales en Londres en su boda con María Tudor, María la Sanguinaria. Representó al rey por poderes en la boda con Isabel de Valois en 1559, y también representó al rey por poderes en la boda con Ana de Austria, la que sería la madre de Felipe III, en 1570.
Habida cuenta de la importancia que tienen los matrimonios en esta época. Los matrimonios, en una época de una política dinástica, son absolutamente fundamentales, porque son los que sellan las alianzas o las enemistades entre los países, ¿no? Entonces, el hecho de haber estado presente en estas bodas también es importante, ¿no?
Bueno, las profesiones que tuvo después de todo esto pues son impresionantes. Fue, por supuesto, militar, fue consejero, fue patrón de su casa nobiliaria, como vamos a ver ahora, con una gran importancia, pero al mismo tiempo patrón cortesano, o sea, al mismo tiempo patrón de una clientela, de una red de dependientes cortesanos muy importante. Fue titular de su casa y de su linaje. Fue un gran diplomático, como vamos a ver también, un gran mecenas, y también fue político y fue gobernador, como han visto ustedes, desde Flandes a Portugal y desde Nápoles a Milán, es decir, prácticamente toda la Europa occidental.
Bien, y además tiene una dimensión familiar realmente importante porque
Como toda la aristocracia de su época, se va a casar con María Enríquez, de la familia de los almirantes de Castilla. Va a llevar a cabo, como en la aristocracia de la época, un matrimonio endogámico. Y aquí tenemos este magnífico cuadro anónimo que está temporalmente en el Palacio de Liria, que lo ha prestado la colección, viene de la colección del duque de Medinaceli, de su mujer. Es el único retrato que tenemos de María Enríquez, como ven, muy joven, mucho más joven que el duque de Alba. La distancia de edad no era tan grande, ¿no? Y la representación del duque de Alba, muy afín a los retratos de Willem Key, que hemos visto ya uno y más adelante vamos a ver. Bien.
Pues de la capacidad del duque de Alba se pueden decir muchas cosas, ¿no? Hombre, uno no puede menos que remitirse a las instrucciones secretas de Palamós que le da Carlos V a Felipe II, a su hijo, el príncipe Felipe, que luego sería Felipe II, sobre los cortesanos, ¿no? Se queda de gobernador en España mientras Carlos V está guerreando en Europa. Y sobre el duque de Alba le dice: "Cuídate de él porque parece como muy tímido, pero vamos, poco pretencioso, pero creo que es muy, muy ambicioso. Pero, sin embargo, sírvete de él en las cuestiones de Estado y de guerra porque es el mejor, sin duda, que tenemos en estos tiempos", ¿no?
Y efectivamente esto era así. Esto no se lo puede discutir nadie: el mejor general y el mejor político de su tiempo, en el sentido de experiencia. Ahora lo vamos a ver, política, ¿no? Luego otra cosa serían las medidas políticas que tomó, como vamos a ver también, ¿no? Un hombre, como digo, con una gran capacidad intelectual, que era muy consciente de ello. Él mismo se consideraba con una capacidad superior a los demás.
Decía William Maltby, el biógrafo que he mencionado al principio, en una frase muy interesante: "Alba trataba a los pobres mortales con un mal disimulado desdén". Y esto era así. Es decir, hay en su vida montones de anécdotas que van constantemente reflejándonos ese carácter de superioridad que tenía hacia los demás.
Cuando, por ejemplo, los hugonotes fueron avanzando en las guerras de religión en la Francia de Catalina de Médicis, no se le ocurre otra cosa al duque de Alba que darle una monserga y poco menos que echarle la bronca por no haber hecho lo que le había dicho él que tenía que haber hecho, y dándole lecciones de cómo tenía que gobernar el reino de Francia, ¿no?
Además, esa capacidad que tenía, tenía un halo de superioridad tan grande que no le importaba que sus opiniones francas y sinceras, como diríamos hoy, las opiniones que no son políticamente correctas, pues que llegaran incluso hasta el rey, no le importaba, ¿no? Como ocurrió, por ejemplo, con una carta a Antonio de Toledo, que sabía que la iba a leer el duque de Medinaceli, y el duque de Medinaceli inmediatamente se lo iba a contar al rey; pues no le importó en absoluto hablar muy francamente, ¿no? Era muy directo, ¿no?
Y también, sabedor de sus cualidades excepcionales, en el momento en que no se le trataba como él consideraba que se le debería de tratar por su capacidad superior, pues tenía rabietas de repulsa a un trato que pensaba que no se merecía, ¿no? Muchos enfados tuvo con distintos personajes sobre un trato que él consideraba que era menor del que tenía, y eso le trajo muchos disgustos.
¿Qué vamos a hacer nosotros una vez que hemos presentado al personaje? ¿Qué vamos a hacer nosotros? Vamos a intentar comprenderlo, porque todos nosotros somos, y él también, por supuesto, esclavos de las capacidades que tenemos y de las experiencias que tenemos en la vida, ¿no? Hemos presentado un poco sus capacidades, luego vamos a ver más, ¿no? Pero vamos a ver también las experiencias que ha tenido en la vida y vamos a intentar comprender por qué hizo las cosas que hizo y por qué no hizo las cosas que no hizo.
Siempre desde el prisma de interpretación del siglo XVI, con el universo mental del siglo XVI, que es muy distinto al nuestro. Todo historiador debe tener siempre la obligación de sumergirse en ese universo mental, y cada vez menos, especialmente las generaciones jóvenes, tienen en cuenta estas cuestiones, y abunda, desde mi punto de vista, un presentismo excesivo que desdibuja muchas comprensiones de la historia, ¿no?
Entonces, para esto, pues me he permitido ofrecerles a ustedes un acercamiento al personaje desde ese universo mental, esa forma de pensar, de sentir y de actuar que tenían los hombres y mujeres del siglo XVI, con distintas culturas, distintos acercamientos totalmente diferentes a los acercamientos que tenemos nosotros sobre distintos temas.
Por ejemplo, la primera la he llamado la cultura de la fe. La cultura de la fe es muy distinta, hablando en términos generales de la población, de la que se tenía en el siglo XVI.
Después, la cultura del linaje y de la sangre, que es muy distinta de la que tenemos nosotros. Nosotros, yo lo digo muchas veces en clase, somos hijos de la Ilustración. Somos hijos, mentalmente, de una idea de que cada uno tiene lo que se merece tener. Bueno, desgraciadamente no es exactamente así, pero debe aspirar a hacer méritos para conseguir lo que se tiene, ¿no? En el siglo XVI no era exactamente así: el nacer en una determinada familia te condicionaba toda la vida, ¿no? La cultura del linaje o de la sangre, como quieras, ¿no?
Después, la cultura de la autocracia y la no tolerancia. Es decir, nosotros vivimos en una cultura en la que, bueno, aquel que defienda que no hay que ser tolerante, pues realmente pierde las conversaciones entre amigos. Es decir, vivimos una cultura de la tolerancia. Es verdad que hay gente no tolerante, pero por regla general nuestro tiempo es un tiempo de escuchar a los demás y tener en cuenta, en mayor o menor grado, las opiniones de los otros, ¿no? Por lo menos debería ser así.
La siguiente cultura sería la cultura de la guerra. Tenemos muy distinta opinión en nuestro tiempo, en una cultura pacifista como la que vivimos, de lo que significa la guerra. La guerra en el siglo XVI significaba algo muy distinto. No es que fuera una manera heroica de solucionar los conflictos, es que era la mejor manera de solucionar los conflictos. Y así lo creía Alba, como vamos a ver más adelante, ¿no?
Y por último, lo que yo he llamado, si me permiten la expresión, la cultura pretelemática. Y esto es entender que los medios de comunicación y de gestión de la información computerizados que tenemos hoy en día, e informatizados, eso no existía absolutamente para nada en el siglo XVI. Y las comunicaciones y traspasar la información era muy distinto de nuestros días. Y entonces, por lo tanto, también ese presentismo que tienen, sobre todo los jóvenes, de que todo lo quieren ya, porque no existe el pasado, y lo que es peor, no existe el futuro, existe ya todo rápido; todo esto es todo lo contrario en el siglo XVI, ¿no? Por eso hablo de la cultura pretelemática, que prácticamente todos los que estamos aquí la hemos conocido, la cultura pretelemática, pero a los menores de 20 años les es difícil entender un mundo de control y de manejo de la información diferente al suyo.
Bueno, vamos a empezar con la cultura de la fe y voy a empezar con una anécdota. Estábamos en la coordinación de una carrera nueva en mi universidad, y en la coordinación del plan de estudios había una asignatura, Evolución y Teoría del Estado. Yo, como soy historiador, lógicamente iba a dar la parte de evolución del Estado, pero los politólogos, los de Ciencia Política, iban a dar la parte de teoría del Estado, ¿no?
Y entonces se estableció el debate de qué era lo primero que teníamos que dar, la evolución del Estado o la teoría del Estado. Y los de Ciencia Política lo tuvieron muy claro. Dijeron: "Por supuesto, la teoría del Estado. Primero tienes que saber lo que es el Estado para luego ver cómo ha ido evolucionando desde la Edad Moderna", ¿no? Desde el Renacimiento, desde los comienzos del Estado moderno. Y yo les dije: "No, lo primero que hay que ver es cómo ha ido evolucionando el Estado hasta llegar al Estado actual". Y me dijeron: "Pero ¿y qué diferencias hay de Estado desde el momento que nace el Estado?". Y yo les dije una frase: la salvación del alma.
"Bueno, ¿y eso qué quiere decir?". Digo: porque no es lo mismo un Estado en que la mayoría de sus habitantes están constantemente preocupados por la salvación de su alma, y en que un pecado es un delito, y además establecido en el ordenamiento jurídico, que un Estado aconfesional como el nuestro; no tiene absolutamente nada que ver. Son modelos de Estado muy diferentes, ¿no? Y por lo tanto, la religión jugaba un papel muy importante en el siglo XVI. Condicionaba prácticamente todos los aspectos de la vida.
Este es el escudo de armas del duque de Alba, con dos cuestiones religiosas muy importantes. La primera, el ángel que tiene esos recuadros, ¿no?, que forman parte de la casa de Alba, en sus alas, con la cruz. Y abajo, el lema del duque de Alba, Deo Patrum Nostrorum, es decir, al Dios de nuestros antepasados; o sea, como dedicando la vida al Dios de sus antepasados.
Esto tiene tres componentes muy importantes. Esta divisa, en su corta extensión, tiene tres componentes muy importantes. Primero, el religioso, el más importante de todos, Dios. Después, de nuestros padres o nuestros antecesores, de nuestros antepasados, es decir, el linaje. Somos hijos de nuestro linaje y nuestra vida se debe en gran medida, especialmente la aristocracia, a nuestro linaje.
Y de una forma más indirecta, esa idea de que Dios es tan importante: se concibe la monarquía como un designio de Dios. Y una, por no decir la más importante, de las razones por las que Alba fue siempre, siempre leal a la monarquía era por su alto concepto de la religión, que no es que fuera un valor en su vida, es que era su vida, era su modo de vida. O sea, no es que fuera una decisión, ¿no? La religión era un rasero por el que lo medía absolutamente todo, ¿no? Entonces, evidentemente, si el rey es rey por la gracia de Dios, evidentemente para él es una figura prácticamente sagrada.
Bueno, conocerán este cuadro de Sánchez Coello, maravilloso, del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II. Voy a empezar a contarles acontecimientos que pudieron ser absolutamente fundamentales, con estas capacidades que estamos viendo, para comprender lo que llevó a cabo en su vida.
En 1562, en abril de 1562, el príncipe don Carlos estaba junto con don Juan de Austria y Alejandro Farnesio estudiando en la Universidad de Alcalá. Él ya tenía una pierna un poco más corta que la otra. Él ya tenía algunos problemas físicos importantes, pero cayó por una escalera de tal manera que se dio un golpe terrible en una puerta cerrada al final de la escalera.
Estuvo inconsciente durante mucho tiempo. Todos estuvieron asustados. Pensaban que el golpe había sido prácticamente mortal. Se avisó a toda la corte. Fueron a curarle. Pues un equipo de entre 10 y 12 médicos estuvieron siempre pendientes, entre ellos el gran maestro de la medicina europea, Andrés Vesalio, y el médico personal de Felipe II, Hernando de Mena. Estuvo 20 días debatiéndose entre la vida y la muerte.
A la altura del 8 de mayo de 1562, el amanecer fue realmente tremendo. Tenía los labios mortecinos, los párpados hinchados, que no podía abrir los ojos; prácticamente era un ser muerto en vida. Y Hernando de Mena, el médico personal de Felipe II, le dijo que no había nada que hacer y que la muerte era lo único que le esperaba a su hijo.
Felipe II, ante ese panorama, de Alcalá de Henares mandó volver a Madrid, con un tiempo horrible, que había una tormenta horrorosa. Llegó al convento de San Jerónimo y pidió unas rogativas a la Virgen de Atocha, en las que estaban presentes toda la corte, por el alma de su hijo.
Cuando Felipe II se fue para Alcalá, el que tomó el mando de la situación fue el duque de Alba, 1562. Y ante el grupo de doctores que no sabían muy bien qué hacer, si hacer un legrado, es decir, un raspado del cráneo, para saber si lo que le estaba pasando en ese gran momento era por una lesión interna del cráneo o por una infección externa que se había producido. El legrado era muy peligroso y no se atrevían a hacerlo. Y fue el duque de Alba el que dijo: "Con legrado o sin legrado, si va a morir, da lo mismo. Por lo tanto, hagan el legrado".
Fue el que tomó la decisión. Se hizo el legrado en contra de dos doctores, uno portugués y otro el propio Andrés Vesalio. Se hizo el legrado y descubrieron con el legrado que efectivamente no era una lesión interna, sino que era de la infección que se había producido los últimos días. Por lo tanto, podía haber alguna esperanza, aunque la situación del paciente era terrible.
Y en ese momento el duque de Alba se acordó de que había un mártir, fray Diego de Alcalá, que tenía el cuerpo incorrupto y que estaba enterrado en la propia Alcalá de Henares con su hábito de franciscano, y mandó que llevaran el cadáver y que lo pusieran al lado del príncipe don Carlos. A partir de ese momento, el príncipe empezó a mejorar de tal manera que a los pocos días ya podía volver a la corte.
Imagínense lo que pasa por la cabeza del duque de Alba en esos momentos. No solo es el que toma la decisión frente a los doctores. Es más, cuando empezaron el raspado, el legrado, fue el que dijo: "No, este médico no me gusta para hacer esto. Que coja Daza y que haga el legrado". Él fue el que tomó los mandos de la situación, y luego la decisión que tomó él del cuerpo, que evidentemente todos en la corte atribuyeron a que era un milagro, ¿no? Incluso el propio príncipe Felipe declaró que había visto en sueños a Diego de Alcalá en hábito de franciscano, que le tendía la mano.
Bueno, todas estas cosas no lo sabemos. Luego la medicina que ha estudiado este tema ha visto que era por otras cuestiones, ¿no? Pero lo que nos interesa a nosotros es el momento. En ese momento, imagínense la aureola de poder que tenía Alba: no solo había tomado la decisión material, sino que en el mundo espiritual, evidentemente, Dios había hecho un milagro. De hecho, al poco tiempo, en 1588, se va a canonizar a fray Diego de Alcalá, ¿no?
Bien, entonces, claro, no hace falta insistir mucho en lo importante que era la religión para Alba, ¿no? Aquí también dice Maltby algo muy importante, ¿no? Dice Maltby: "¿Es posible ser creyente y ser, no obstante, tolerante? Alba no lo creía". Es decir, bueno, nosotros pensamos, los cristianos piensan que para ser cristiano realmente tienes que ser tolerante y tienes que amar al prójimo. Alba vivía en un tiempo que no creía en esas cosas. Decía que para que persistiera el cristianismo y la fe de la Iglesia había que hacer cosas que no tenían que ver con la tolerancia, ¿no? Y esto es importante para desvelarnos su carácter, ¿no?
Aquí tenemos un grabado que refleja la llamada furia iconoclasta de 1566 en la catedral de Nuestra Señora de Amberes, en la que los calvinistas holandeses (ya había penetrado extensamente en 1566 el calvinismo por los Países Bajos) se dedicaron a romper estatuas, a quemarlas, destrozarlas, y objetos sagrados, ¿no? Esa es la llamada furia iconoclasta, ¿no?, contra el catolicismo y contra las imágenes del catolicismo.
En 1566; como les he dicho antes, el episodio de Alcalá es de 1562. Imagínense lo que significa para Alba el que los herejes destruyan las imágenes católicas, que era algo realmente terrible en la época.
A partir de aquí, pues este es un grabado que refleja el Tribunal de los Tumultos. Cuando llega Alba a ser gobernador de Flandes, a los pocos días lo que hace es instaurar un tribunal para juzgar a los iconoclastas, a aquellos que habían destruido las imágenes católicas. Este era su principal cometido, ya que la gobernadora de los Países Bajos, Margarita de Parma, había estado demasiado tibia, y él llegó pues con mano dura a castigar a los culpables y
Luego ya se vería, pero de momento castigar a los culpables. Y aquí lo tenemos, claro, en un grabado. Fíjense cómo se expone la figura del duque de Alba, que era realmente quien manejaba ese tribunal que los flamencos llamaron el Tribunal de la Sangre. Y ahí tienen a Juan de Vargas, que era uno de los españoles que él puso en el tribunal. Realmente el que dictaba prácticamente todas las sentencias era el duque de Alba. Y ahora veremos por qué, porque son razones que le da al propio Felipe II, ¿no?
Evidentemente, bueno, la propaganda flamenca habló de decenas de miles de muertos, habló de centenares de miles de encausados, etcétera. Son cifras exageradas, pero las que están demostradas hablan de casi 100 muertes por castigo, ¿no?, de pena de muerte, de ahorcamiento, de las sentencias del duque de Alba, que no son decenas de miles, pero evidentemente es algo terrible, ¿no?, para los Países Bajos.
Bien, esto es lo que propicia esa imagen del duque de Alba, que eso de que se le dice a los niños que viene el duque de Alba, eso es mentira. O sea, eso se decía antiguamente, pero ojalá los niños supieran quién es el duque de Alba, ni siquiera para eso, ¿no? Eso no se dice hoy en día en Holanda, ¿no? Pero aquí lo tenemos con la propaganda calvinista, ¿no?, del duque de Alba como un monstruo, ¿no?, comiéndose niños, que es lo que ha pervivido durante muchísimos años de la figura del duque de Alba.
De hecho, las ciudades en las que más se dio la furia iconoclasta, que fueron Amberes, Valenciennes y Delft, eran las ciudades en donde principalmente se ensañó el duque de Alba con la población. Y ese ensañamiento es muy importante porque las razones de la sublevación de los Países Bajos, no tenemos tiempo de entrar aquí, desde luego, son muy variadas, ¿no? Son muy complejas. Las razones económicas son fundamentales, las razones fiscales también, las razones geoestratégicas y comerciales también y, por supuesto, las de la religión, ¿no?
Pero yo creo que la religión, lo que hicieron fue, para intentar solucionar el problema de los Países Bajos, lo que hizo fue acelerar el ensañamiento frente a la población y, por lo tanto, la oposición de la población flamenca a los españoles, ¿no? Es decir, que las causas fueron distintas, pero la religión es lo que hizo que el conflicto se agudizara más, ¿no? Y que durara más también en el tiempo.
Bueno, aquí tenemos el escudo de la casa de Alba. Vamos a entrar en la segunda parte de la cultura que les dije. Les he hablado de la cultura de la fe. Ahora les voy a hablar de la cultura del linaje. Es decir, de esa idea que tenían los hombres y mujeres de la época de que las cualidades personales se transmiten por los fluidos corporales, no solo por la sangre. La sangre es una metonimia, no es una metáfora, es una metonimia porque solo toma la parte por el todo, porque no es solo la sangre, es el semen y la leche materna. Se pensaba en la época que las cualidades personales se transmitían por un mismo linaje a partir de estos fluidos, ¿no? Entonces, claro, esto, ¿a quién convenía? Evidentemente convenía a los aristócratas para perpetuar su poder, evidentemente, que se perpetuara esta cultura del linaje.
Cuando, ya extenuado de su gobierno en Portugal en 1582, Alba se dirige a principios del año a Felipe II para decirle que le releve del mando, que ya no puede más, Felipe II le dice que no, que necesita que esté allí, que no tiene otro hombre como él para gobernar Portugal en esos momentos, y se lo niega. Y la respuesta que dio él fue muy significativa para entender lo que estoy hablando ahora: "No seré el primero de mi linaje que muera en Lisboa".
¿A quién se estaba refiriendo? Se está refiriendo a Fernán Álvarez de Toledo, que había luchado en la guerra civil de Pedro I con Enrique II, primero en las filas de Pedro I, pero que cambió a tiempo de bando y al final consiguió introducirse en el bando vencedor, que fue el de Enrique II, y que murió precisamente en Lisboa. ¿Por qué les digo esto? Porque en la mente tenía las acciones de sus antepasados, del linaje. Esto es algo realmente importante.
Miren el linaje. Este es el torreón de Alba de Tormes, que es la casa señorial de los duques de Alba, Alba de Tormes, que tenían otros muchos señoríos, no solo Alba de Tormes. Tengan en cuenta que un estado señorial se compone de varios señoríos y un estado señorial tiene un poder realmente impresionante. Es decir, tiene varios miles de vasallos sobre los que tiene la jurisdicción, y se calcula que cuando nace el duque de Alba, las rentas del ducado son de 50.000 ducados. Pero si les digo que 50.000 ducados equivalían aproximadamente al salario de 2.500 campesinos, entonces ya se dan cuenta de la importancia de la fortuna, ¿no?, que podían tener los duques, y el poder.
Pero más que el poder económico, la Casa tenía el poder clientelar, es decir, muchísimos cargos, desde virreyes, pasando por jueces, pasando por abogados, pasando por profesionales de todo tipo, por campesinos, eran dependientes de la Casa de Alba. Todo el mundo quería ser amigo de los titulares de la Casa de Alba para que les dieran mercedes y, al mismo tiempo, ellos fueran leales y ofrecerles todas las posibilidades y todas las lealtades que pudieran dar.
Alba fue leal a su linaje también toda su vida. De hecho, llegó a decir que él tomó la decisión de servir a la corona en sus empresas exteriores para engrandecer su casa. Era una manera, la del servicio al monarca, era una manera de agradecimiento, ¿no?, perdón, de engrandecimiento, ¿no?, de la casa, el servicio nobiliario en la guerra, ¿no? Y entonces, bueno, pues para eso se enroló en la monarquía, en los ejércitos de la monarquía, ¿no?
Cuando en la campaña de Túnez Carlos V le ofrece la armadura que tenía el bey de Argel, que había llevado su padre y que habían capturado, pues se echó a llorar, ¿no?, por lo que significaba para él, porque tenía muy pocos años cuando murió su padre, García de Toledo, ¿no?
Las muestras de adhesión a su linaje son constantes. En 1556, desde Nápoles, siendo virrey de Nápoles, estaba pendiente, escribiendo con Cristóbal de Mendoza, con su mayordomo, de las mejoras que se estaban haciendo en los planes de irrigación de Coria y la plantación de moreras, y también de las reformas que se estaban haciendo en Abadía, un pueblo de Extremadura, de edificación de determinados solares y determinadas tierras puestas en cultivo, y con diversas rentas de distintos productos y mercancías de muy oscuro proceder esas rentas, ¿no? Es decir, que no están bien aclaradas, ¿no?
Bien, el caso es que la adhesión a su linaje era clara. Lo que ocurre es que, si efectivamente se debía a su linaje, bueno, pues, ¿por qué no hizo lo que hicieron muchos de los aristócratas de su tiempo, ¿no?, que fue, bueno, pues dedicarse a conservar sus dominios señoriales y a vivir la vida, por así decirlo, ¿no?, con casas señoriales que tenían aproximadamente, un grande de España, como el duque de Alba, tenía 200 criados en su casa. Tenía mozo del retrete, tenía mozo limosnero, tenía mozo para todo, tenía camareros, tenía mayordomos, tenía todo tipo, y podía. Pero Alba no, Alba quería, digamos, pasar a la historia con mayúscula.
Esta afición a su casa y a su linaje se ve claramente, por ejemplo, en la altivez que tenía ante los demás grandes, que esto es algo muy característico de la aristocracia, ¿no?, esos recelos entre los grandes. Por ejemplo, en la boda de Felipe II con María Manuela de Portugal, como él era el padrino de boda, frente a los demás grandes decía que era el único que tenía derecho a sentarse, y como todos se lo discutieron, especialmente el duque de Medina Sidonia, pues lo que hizo fue mandar que quitaran todos los bancos menos el suyo. Y así se la gastaba el duque.
Este es su hijo, Fadrique Álvarez de Toledo, que va a participar con él en Flandes, ¿no? Y luego, además, también un afán extraordinario que tuvo el duque de Alba por la procreación. Cada vez que llegaba, como dijo el otro día Álvaro Soler, cada vez que llegaba a Alba de Tormes con su mujer, pues era para interesarse por las cuestiones de la procreación, y se dedicó a ello también, como solía hacer en todo en su vida, con gran impulso.
Aquí tenemos la figura de Juan Boscán, porque además esta es otra dimensión del duque de Alba muy importante. Además fue un hombre muy culto; el duque de Alba tenía una formación humanística que se la dieron sus propias posibilidades dentro de su casa. Y bueno, incluso quiso su abuelo Fadrique que fuera preceptor suyo ni más ni menos que Luis Vives. No se consiguió por motivos obvios, Luis Vives no quería saber nada de volver a España, pero encontró a los mejores maestros, ¿no? Entre ellos, fíjense, Juan Boscán. Juan Boscán fue el traductor de El cortesano de Baltasar de Castiglione, El cortesano, que tiene una dimensión política del poder, del Estado y del rey muy importante, que tuvo que influir en su vida, ¿no? Y luego también Garcilaso de la Vega; fue amigo personal de Garcilaso de la Vega, ¿no?, al que admiraba extraordinariamente.
Bien, la siguiente cultura... Bueno, antes tendría que hablar algo también del mecenazgo. No solo tenía esa formación humanística, sino que esto es algo que se ha estudiado poco, pero cada vez más se está estudiando, que es la cantidad de literatos, la cantidad de artistas que protegió. Él llegó a acumular una colección de obras de arte realmente extraordinaria e impulsó la cultura todo lo que pudo.
Bueno, aquí tienen a los Reyes Católicos para decirles que la casa de Alba siempre apostó a caballo ganador y tuvo esa suerte. No todos los aristócratas españoles la tuvieron, ¿no? Desde, como hemos visto antes, la propia postura de ser fiel a Enrique II de Trastámara en la guerra civil de mediados del siglo XIV, hasta en la gran sucesión a la corona de Castilla de Isabel de Castilla con Juana la Beltraneja, que optó evidentemente por el bando de los Reyes Católicos, ¿no?, pasando por la guerra de las Comunidades; desde el principio, en la guerra de las Comunidades estuvo a favor del emperador, y ya sabemos lo que supuso la guerra de las Comunidades para la historia de España. Posteriormente, también en la guerra de Sucesión, estuvo al lado borbónico, no estuvo al lado austracista.
Entonces, claro, Alba, el hecho de ser leal a la monarquía entra dentro de esta cultura que es la tercera, ¿no?, que vamos a mencionar, que es la cultura de la autocracia. Es decir, Alba estaba absolutamente convencido de la soberanía del rey y de la razón de Estado, y que la política y la razón de Estado estaban por encima de otras cuestiones, excepto la religión. En eso no era maquiavélico, pero en lo demás sí era maquiavélico, entiéndanme. Maquiavélico en el sentido primigenio del término, no maquiavélico como se utiliza hoy en día de rebuscado, sino maquiavélico en el sentido de que el fin justifica los medios. Alba era una persona clarísima que, lo vamos a ver ahora en una frase suya, entendía la política como que el fin justifica los medios, ¿no?
Bien, a partir de ahí apoyó a la corona hasta el último momento. De hecho, su propio nombre, Fernando, se le puso en honor a Fernando el Católico, precisamente, ¿no? Y vamos a ver algunos pasajes de la lealtad de Alba, por ejemplo, expuesta en una carta a Eraso, a Francisco de Eraso, el secretario de Carlos V, ¿no?, que le dice textualmente: "Los reyes nacen para hacer su voluntad y nosotros, sus vasallos, sus servidores, nacemos también para cumplirla. Y yo, sin duda, más que nadie, porque nunca he pensado en tener más voluntad que la suya. Si alguna vez no me he guiado por ella, ha sido por desconocerla".
O, por ejemplo, Alba a Catalina de Médici, ¿no? Fíjense qué frases tan significativas de su pensamiento político: "Traer guerras los príncipes con sus vasallos es cosa que deben, en cuanto pudieren, excusarse. Pero si ha de ser, por no tener guerra con ellos, venir a perder la religión en su reino y el estado, por menor inconveniente mucho se debe tener la guerra". ¿Hay una expresión más clara de la razón de Estado?
Y por último, fíjense, esto es muy interesante. En el Tribunal de los Tumultos, en 1567, cuando forma el Tribunal de los Tumultos y pone esencialmente a españoles y hombres de confianza, le escribe una carta a Felipe II, de septiembre de 1567 —él había llegado a Bruselas en agosto—, diciéndole lo siguiente para explicarle por qué había puesto hombres de su confianza como jueces de los tumultos, de la furia iconoclasta. Dice: la primera razón, que no conociendo a sus miembros, estos pueden engañarme. La segunda razón, y esta es la interesante, que los hombres de leyes solo condenan los crímenes probados, mientras que vuestra majestad sabe que los asuntos de Estado están gobernados por reglas muy diferentes a las leyes que aquí tienen. Una prueba más evidente de lo que es la razón de Estado pura y dura, ¿no?
Tanto es así que llegó, en su obsesión por esa fidelidad al Estado, podríamos llamar, a ofrecer, en 155, cuando se amotinan las tropas alemanas que forman parte del ejército de la Monarquía Hispánica, se amotinan por la falta de pagas, él les promete que sí, que les va a llegar la paga y que se les va a pagar, y que les deja a su hijo como rehén hasta que se les pague. Claro, los soldados no lo admitieron, ¿no? Hombre, por favor, ¿cómo a tener...? Y al final cobraron, ¿no?
Pero todavía más increíble es esto, ¿no? Cuando se está asediando Haarlem, la ciudad de Haarlem, que es un asedio durísimo, durante muchísimo tiempo, está don Fadrique de Toledo mandando a los sitiadores para conseguir la ciudad, pero no hay forma de conseguirla. No hay forma de conseguirla. Total, que don Fadrique, su hijo, empieza ya a desmoralizarse. Alba, que sabe el golpe psicológico terrible que sucedería si las tropas se retiraran, le dice a su hijo, cuando su hijo le dice que está pensando en retirarse: "Tú no te retiras. Y si te retiras, iré yo. Y si no estamos ninguno de los dos, irá nuestra madre a asediar la ciudad. Pero de Haarlem no se va nadie".
Este era el duque de Alba. Ahora, yo daría media vida por verle lidiar al duque de Alba con los hijos adolescentes de nuestro tiempo.
Bueno, fíjense, aquí tienen la lealtad a Carlos V, evidentemente, esa carta a Francisco de Eraso. Aquí tienen la lealtad, por supuesto, a Felipe II en este magnífico retrato de Tiziano. Y aquí tienen este grabado muy significativo del protagonista, ¿no?, con el papa Pío V a la derecha, Alba en la figura central, el cardenal Granvela y Margarita de Parma. Pero miren lo que hay abajo. Lo que hay abajo son sacos de monedas. ¿Qué simboliza eso? Eso simboliza el llamado décimo penique.
¿Qué es el décimo penique? El impuesto que puso Alba nada más empezar a gobernar los Países Bajos. Era una especie de alcabala de Castilla. La alcabala de Castilla era un impuesto de las transacciones comerciales, que era el 10% de las transacciones comerciales, una especie de IVA de la época, ¿no? Allí se llamaba el décimo penique.
Y Alba, las razones que dio para esto fueron dos, muy significativas. Una, el Estado no podía empobrecerse más para gobernar los Países Bajos, y que fueran ellos mismos los que se salvaran de la herejía, por así decirlo, costeándolo ellos. Y dos, quería crear un impuesto que no recayera solo sobre los pobres, que recayera también sobre los privilegiados, sobre los poderosos. ¿Por qué? Porque decía que para el Estado tenían que contribuir todos.
Esto, como se pueden imaginar, tuvo enfrente a toda la oligarquía de los Países Bajos. Porque no se engañen, cuando se habla de leyes locales y de tolerancia en los Países Bajos y de un espíritu democrático, nadie era democrático en el siglo XV. Cuando se
habla de participación política del pueblo, en realidad no es el pueblo, no son los campesinos, que son la mayoría de la población, en realidad es la oligarquía de la ciudad, ¿no? Y entonces contra lo que está luchando Alba es precisamente contra la oligarquía de la ciudad, ¿no?
Bien, hay que tener en cuenta que precisamente este décimo penique al final es lo que va a hacer que la revuelta se agrande todavía mucho más. Es decir, la religión y los impuestos. De hecho, el décimo penique consigue algo que no había conseguido nadie en los Países Bajos, que es unir a todas las distintas facciones que había en los Países Bajos, porque había católicos que estaban a favor de Alba, pero cuando tuvieron que pagar este décimo penique, entonces se juntaron con los calvinistas, ¿no? Frente a estas cosas, ¿no? Eso es muy interesante también.
Bueno, aquí les traigo también estas imágenes para demostrarles también la capacidad de Alba de representación del Estado, la capacidad de diplomático. Tenía, como digo, un conocimiento enciclopédico del protocolo. Cuando Felipe II en 1581 va personalmente a Portugal a hacerse cargo de su reino, nadie sabe cómo se le tiene que recibir. Hay que mirar a Alba, que es el que sabe de protocolo también. Él es el que organiza la boda de María Tudor y Felipe II en Inglaterra. Ya saben que Felipe II fue rey de Inglaterra desde 1554 a 1558, ¿no? Primero había sido organizador de la propia primera boda de Felipe II con María Manuela de Portugal, ¿no? Alba fue el portavoz de Felipe II como rey consorte de Inglaterra ante el Privy Council y ante las dos cámaras del Parlamento inglés. Ahí es nada, ¿no? Representó por poderes, como ya he dicho antes, al rey en la boda con Isabel de Valois, ¿no? Y en 1556, en Nápoles, cuando va a negociar con el Papa, lo primero que le dice al Papa es que no se preocupe, que tiene total libertad para negociar él lo que sea, sin necesidad de tener que consultarlo con el rey. Y no digamos ya aquí: tenemos la boda que he mencionado antes con Isabel de Valois, la única mujer que realmente quiso Felipe II, y aquí tenemos el tratado de Cateau-Cambrésis. Tenemos a la izquierda el rey español, tenemos a Enrique II, el rey francés, y detrás, el primero de los que está detrás, es precisamente nuestro duque de Alba, que fue el que organizó, como he dicho antes, todo el trabajo, ¿no? Todo el tratado, ¿no?
Bueno, las relaciones entre... aquí tenemos estos cuadros magníficos de Antonio Moro. Este, el de la derecha, tiene truco, pues me imagino que lo conocen, el retrato de Antonio Moro de Felipe II, pero está volteado, ¿no? O sea, en realidad no mira para la izquierda, mira para la derecha. Lo he hecho a propósito. Lo he hecho a propósito para hablar un poco de la relación de tensión que había entre los dos personajes. Hombre, no tanto como de amor y odio, pero sí de admiración y aversión. ¿Por qué? Bueno, Alba fue, por ejemplo, el que acompañó como su mentor político a Felipe II en el gran viaje que hizo por toda Europa de 1548 a 1551. Felipe II bebía de todas las enseñanzas de político de Alba, ¿no? Y lo que ocurre es que Felipe II también quería significar que él también mandaba, ¿no? De hecho, hay una conversación muy interesante que refleja Fernández Álvarez de que en un determinado momento el príncipe Felipe pregunta a Alba qué va a pasar con el rey francés y Alba le responde: «Esto es algo que vamos a tratar el rey y yo». Y entonces Felipe II, en aquel momento príncipe Felipe, le dice: «Después del emperador, la persona más importante del reino soy yo». Entonces eso refleja muy bien esas tensiones y algunos acontecimientos más.
Maltby también dice una cosa muy interesante, ¿no?, de esta relación. Dice que Felipe II le admiraba por un lado, pero por otro lado se veía bastante reprimido porque no conseguía tener la habilidad que tenía Alba para hacer visibles, hacer explícitos los pensamientos que tenía sobre la política. Alba era una persona tremendamente directa, tremendamente resoluta, resolutiva. Ya lo vimos en el caso de Alcalá. Felipe II era todo lo contrario. De Felipe II decía su hermano bastardo Juan de Austria: vamos a esperar a que las cosas se solucionen por sí solas, porque como tengamos que esperar a que el rey se decida, pues entonces esto va a ser un problema de siempre, ¿no? No va a tener un poder muy importante en la corte, ¿no?
Fíjense, llega a recriminar en 1566 a Felipe II, que está postrado en cama con enfermedad cuando le llegan las noticias de la furia iconoclasta. Alba, que le hervía la sangre, ¿no?, por lo que estaba ocurriendo en los Países Bajos, llegó a decirle al rey que es posible que su majestad esté fingiendo la enfermedad. Fíjense. Y fíjense lo que tuvo que pensar cuando Pío V, el Papa, se dirige a Alba y no al rey para decirle la conveniencia de atacar Inglaterra. Y imagínense cuando Felipe II se entera de que a quien ha consultado el Papa es a Alba y no a él mismo. Tuvo que ser una pesadilla constante Alba para Felipe II durante toda su vida, ¿no? De hecho, Felipe II se justificó ante Alba en un documento de 20 páginas de por qué era necesario invadir Inglaterra, cosa a la que siempre se opuso el Duque de Alba. Y luego aquí, cuando vuelve de los Países Bajos, el hijo de Felipe II, después de haber prometido que se iba a casar con una dama de la corte, se casa con otra sin permiso del rey. Esto era una obligación para los grandes de España, ¿no? Y entonces Felipe II no le deja entrar a su hijo, don Fadrique, en la corte. Y esto lo toma Alba como una afrenta personal y coge una rabieta impresionante y se va a sus estados. Pero casi mayor rabieta coge cuando al final de su campaña de Portugal Felipe II le pide cuentas de todos los movimientos de dinero que ha hecho en la campaña de Portugal, cuando había conquistado un reino para él, y evidentemente al final se las tuvo que dar por la lealtad y los protocolos de la época, ¿no? Bien.
Y luego otra relación tormentosa también, que es la relación de Alba con... seguimos ahí con el mismo retrato, uno de los escasísimos retratos que tenemos de alguien importantísimo en la corte, que es Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli. Ruy Gómez de Silva era de Felipe II, criatura suya, como se decía en la corte. ¿Qué quiere decir criatura suya? Que lo había hecho el personaje importante de la corte de no ser prácticamente nadie. Era un personaje portugués, un hidalgo que Felipe II con el trato personal lo va encumbrando, lo va encumbrando, y lo llega a tomar como una especie de contrapeso al poder de Alba. Porque fíjense, el poder de Alba en la corte era tanto, era tanto como patrón de una clientela, que cuando en 1552 se nombra por la orden de los dominicos un provincial de Castilla, Alba no está de acuerdo y pone al candidato suyo, de su propia clientela, de su casa, y el rey hace lo que dice Alba. Imagínense el poder que tiene, ¿no?
Entonces, para contrarrestar este poder... esta es la visión que tengo yo del enfrentamiento entre Alba y Éboli. Como creo que saben ustedes, lo que la historia... enfrentamiento esencialmente de política exterior. Es decir, Alba ante los Países Bajos tenía una postura de firmeza, de dureza ante los rebeldes; Éboli, de negociación. Yo creo que eso es más bien una etiqueta. Aquí lo que había sobre todo eran dos bandos clientelares, o sea, dos bandos en los que cada uno era un patrón de una determinada clientela y que era el líder de esa clientela y los demás eran sus leales servidores, ¿no? Y esa dinámica de enfrentamiento pues dominó en la corte durante muchísimo tiempo, hasta el punto que los partidarios de Éboli... que, como digo, era en gran medida hechura de Felipe II, y el matrimonio con la princesa de Éboli, que es doña Ana de la Cerda, es decir, del linaje de los duques de Medinaceli, de las grandes casas de Castilla, se hace precisamente para dar todavía más importancia a Ruy Gómez para contrarrestar a Alba, ¿no? Y es tal el enfrentamiento que cuando pide dinero Alba desde los Países Bajos para seguir la guerra, le llegan a recriminar por parte de Éboli que lleva ya 12 millones de ducados gastados y que no se le puede dar más dinero. Es más, en la campaña de Portugal no hubo ningún problema de dinero para Alba, se le dio todo porque ya había muerto el príncipe de Éboli, ¿no? Para que veamos el enfrentamiento que había en la corte, ¿no?
Vamos a entrar ahora ya en la penúltima cuestión, que es la cultura de la guerra, ¿no? Esto es lo más conocido, ¿no? La cultura de la guerra, primero la parte militar, ¿no? Aquí tenemos un busto, también está en el palacio de Liria, con la armadura, ¿no?, del Duque de Alba, el que decía a sus soldados: «Sois soldados de Dios, del Rey de España, de la nación y ante todo míos». Esto recuerda a Julio César, ¿no?, por la clientela, ¿no?, de los soldados. Le llamaban a Alba —esto es algo que Renica Trefas ha estudiado últimamente y que tiene mucha razón— el Fabiano. ¿Por qué? Porque las tácticas de guerra eran muy parecidas a las de Quinto Fabio Máximo, llamado el Cunctátor. Cunctátor es el que demora, el que retrasa, porque la táctica del duque de Alba, tanto en Nápoles como en Mühlberg, por ejemplo, y luego más adelante en los Países Bajos, era de desgaste del enemigo, es decir, de no presentar batalla, ir moviéndose con sus tropas para que el enemigo se desgastara y, cuando ya estaba en una posición de debilidad, entonces atacar.
Bueno, por lo demás, como saben, su batalla más importante va a ser la batalla de Mühlberg en 1547. Aquí tienen los frescos. Agradezco también a Álvaro Soler que me haya prestado estas magníficas diapositivas. Aquí tenemos cruzando el río Elba contra los protestantes. Aquí tenemos la figura de Alba, que la tenemos aquí más detallada. Y aquí tenemos la infantería esperando para cruzar el río y la caballería cruzando el río Elba. Y aquí tenemos al Duque de Alba presentando... ahí lo tienen. Ahí está. Ahí tienen al Duque de Alba, que le está presentando al emperador que han hecho prisionero ni más ni menos que al elector de Sajonia, Juan Federico. Juan Federico de Sajonia, ¿no?
Bien, les he traído esta imagen, que es un cuadro de Bartolomeo Passarotti, un cuadro magnífico que está también en el Palacio de Liria. Este es Alba en la campaña de Portugal, septuagenario, es decir, con 70 años, y los 70 años de entonces no son los 70 años de ahora, ¿no? Y fíjense, fíjense: aquejado constantemente de gota, dirigió sus tropas en la campaña de Portugal. Aquí tienen: primero conquistó Setúbal, luego, aprovechando las galeras del marqués de Santa Cruz, atraviesa el Tajo y conquista Cascais. Y luego posteriormente se desarrolla, aquí en el grabado está, la batalla de Alcántara, y toma Lisboa. Estos son sus acontecimientos de guerra más importantes, ¿no?
Bien, de todas formas, Alba, como Napoleón, necesitaba de sus victorias. En el momento en que hubo una derrota, a partir de ahí, el prestigio militar de Alba empezó a decaer extraordinariamente, ¿no? Aquí le vemos saliendo de Bruselas una vez que ya había ocurrido, por ejemplo, la batalla de Alkmaar, en la que vencieron los rebeldes flamencos, vamos, los holandeses, ¿no? Hablo de rebeldes, evidentemente, por la terminología de la época, ¿no?
Un aspecto que se conoce muy poco de Alba es su labor de tratadista, tratadista militar. No se conoce prácticamente nada. En la Biblioteca Nacional hay un manuscrito, el 12179, que recoge varios tratados de Alba, que, hombre, no es un Cristóbal Lechuga ni es un Marcos de Isaba o Francisco Valdés, que son grandes tratadistas de la milicia de entonces, pero sí son... este es un tratado sobre lo que debía hacer el maestro de campo general, y tiene bastantes folios, es decir, de cómo tiene que comportarse en la batalla. Y esto es muy interesante, se lo he traído, muy interesante, fíjense. Fíjense en la cuarta línea, ¿no? Fíjense en su tratado sobre la reformación de la milicia. Dice que los capitanes y alférez, ni sargentos, se sirvan para cosas suyas de los soldados. No aparece «soldados» porque, como ven, esto está encuadernado y por lo tanto no aparecen las letras finales, pero las podemos intuir. Es decir, que los capitanes, alférez ni sargentos se sirvan para cosas suyas de los soldados, pues es muy contrario a la buena disciplina militar y a la reputación de la infantería española. Y que esta mi orden la manden reformar y castigar el capitán general y maestres de campo con reprensiones. Y no bastando eso, se les ha de privar el capitán general de los oficios de las compañías. Es decir, como los capitanes se aprovechen de los soldados para hacer cosas suyas particulares, se les quita la compañía y dejan de ser capitanes, ¿no? Y luego, fíjense al final lo que dice después, muy interesante: que no se echen rifas —el juego y los sorteos eran cosa corriente en las tropas—, que no se echen rifas en las compañías por ninguna causa, con pena de perder el capitán un mes de sueldo por cada rifa que fuere de echar en su compañía, ¿no? Cuestiones muy interesantes, apenas conocidas.
Y esto es un cartel simpático de una foto que hice este verano de Carlos V invitando a bailar a una chica, ¿no? En Gante, en Gante. Uno, cuando va a Gante, a la preciosa ciudad de Gante, se espera ver a Carlos V, ya saben que nació allí, se espera que esté Carlos V por todos sitios, ¿no? Apenas hay recuerdos de Carlos V, ¿no? Porque es que lo que les voy a explicar ahora es muy interesante también para ver la conducta de Alba.
Miren, esta es la procesión de los portasogas que se hace cada año en Gante: recorren la ciudad con una vestimenta, como ven, muy sencilla, todos con una soga, y luego piden perdón al emperador, que está aquí. Esta es una ceremonia. ¿A qué obedece esto? En 1539 hubo un motín, por motivos fiscales, en Gante contra la autoridad del rey. Aplicó la fuerza del ejército, no dejó piedra sobre piedra, redujo el motín y mató a más de 25 cabecillas, los hizo ejecutar, y luego a todos los nobles les hizo desfilar por toda la ciudad con una soga al cuello para rendirle pleitesía. Es decir, utilizó la fuerza bruta para dominar esa rebelión. Eso lo vivió el Duque de Alba al mismo tiempo que en Ratisbona, en la dieta de Ratisbona, se estaba negociando con los protestantes y no estaba viendo ningún progreso la negociación, y la mano dura del emperador, la mano dura, pues sí, sí dio muchos progresos.
Bueno, esta estatua está enfrente de donde estaba el palacio del noble flamenco en el que nació Carlos V. Ahora ya no hay nada. Ahora ya son apartamentos, probablemente estén en Airbnb y todo. Y aquí tienen esta estatua que le regaló la ciudad de Toledo a Gante para que la pusieran allí. Yo me imagino que los ganteses habrán dicho: «Oye, pues si viene regalado, pues bueno». Miren, estos son los frailes de Gorkum, 17 frailes asesinados por los calvinistas, por los mendigos del mar, que desembarcaron en Brielle y mataron a los católicos. Esta era la Europa de entonces, la Europa de la violencia, de la violencia terrible.
¿Qué es lo que hace especial el odio a Alba y a los españoles en los Países Bajos? Porque la violencia terrible la practicaban todos. Bueno, pues para empezar, los españoles, porque Alba no confiaba nada más que en los españoles. Este es un magnífico retrato de Sancho Dávila, que está en una colección particular, interesante. Aquí tienen el saco de Malinas, el saqueo de Malinas. El saqueo de Malinas fue terrible, alentado por el propio Alba. Es decir, en las leyes de la guerra de entonces, a las ciudades que se resistían, pues se les castigaba más con el saqueo, se robaba, se violaba. Hasta 2000 carros se llevaron a Bruselas
de los soldados españoles de todo lo que habían robado en Malinas, y 400 barcos se llevaron haberes de todo lo que habían robado. Imagínense, imagínense, ¿no? Algo realmente tremendo. Esto hace que la figura del Alba fue una figura que está ya como una especie de, se simboliza de una manera como tenebrosa, una figura realmente odiosa y con estos caracteres no absolutamente rigurosos, ¿no?
Y Benito Arias Montano es conocedor de lo que en la época eran los soldados. Decía Francisco de Valdés: el día que se toma la pica para ser soldado, ese día se renuncia a ser cristiano, ¿no? Por la violencia de todos los soldados, pero especialmente de los soldados españoles, ¿no? Porque fíjense lo que decía el gran humanista Benito Arias Montano, editor de la Biblia Políglota en Amberes, gran teólogo y sabio de su tiempo: «La soberbia de nuestra nación española —cito textualmente— es intolerable. Y no digo esto de los principales ministros de nuestra nación, sino de los medianos y de los menores. Han tornado a llamar reputación a este género de adoración y de tener en poco a los otros y no honrarlos ni respetarlos», ¿no?
Bien. Y ya por fin, después de la cultura de la autocracia, ¿no?, y la cultura de la guerra, vamos con la cultura, la última, ¿no?, la cultura pretelemática, porque este es uno de los mayores logros del duque de Alba, sin ninguna duda, que es la inauguración del Camino Español, es decir, la conexión desde Milán, desde Lombardía, hasta los Países Bajos. En palabras de Geoffrey Parker, es un milagro logístico y diplomático. Diplomático porque había que pasar por territorios que o eran neutrales o eran aliados de la monarquía, como por ejemplo el duque de Saboya o por ejemplo el duque de Lorena. Y luego lugares propios de la monarquía, como el Franco Condado, y ya evidentemente los Países Bajos, ¿no?
Pero las dificultades de esos 2000 km eran realmente tremendas. Esto es una estrategia que imaginó el cardenal Granvela y que diseñó el cardenal Granvela, pero que la lleva a cabo, sin ninguna duda, con 10.000 soldados españoles el duque de Alba, para inaugurar este corredor de tropas con 10.000 soldados hasta Bélgica. No es cualquier cosa llevar 10.000 soldados por tierras que encima no son las de uno. Porque en tierras de uno, por ejemplo, años más tarde, en la recuperación de Brasil, el rey tuvo que dar 75.000 ducados adicionales a don Fadrique de Toledo para que los propios soldados españoles dejaran de cometer los desmanes que estaban haciendo simplemente para ir de Madrid a Cádiz. Y tuvo que dar dinero para que se aplacaran y no robaran por las casas y los caminos. Imagínense aquí.
Bueno, pues fue realmente extraordinario. En menos de 2 meses se plantó con 10.000 hombres. Previamente se había llevado un ingeniero con 300 zapadores para hacer ensanche de caminos, para hacer puentes, para hacer pasos alpinos, muchos de ellos de más de 2000 km, y topógrafos para realizar mapas de todo el camino, ¿no? Y llevarlos con unas marchas de una media de 23 km al día con todo el bagaje, todas las carretas, etcétera. E imagínense, esto es uno de los grandes logros, como también, evidentemente, las fortificaciones en los Países Bajos: la ciudadela de Amberes, un prodigio de la ingeniería militar de la época, realmente extraordinaria. Fue también en Groninga, ¿no?
Bueno, esto es Brill, que la toma de Brill cambiaron a partir de 1572. Este es Felipe II con Guillermo de Orange, que se enfrentan ya en una guerra. Al duque de Alba se le va a relevar en 1572, pero la guerra continuará. Es la llamada guerra de los Ochenta Años, que acabará con la independencia de Holanda. Y la propaganda flamenca tendrá su correlato también en la propaganda española.
Aquí tenemos en el Palacio de Liria también al duque de Alba, pues atacando a sus enemigos, atacando a la reina Isabel de Inglaterra, atacando al Papa en su momento, algo contradictorio, ¿no?, que es la guerra contra el Papa en Nápoles y en Roma, y atacando a los protestantes, ¿no? Aquí tenemos otro retrato extraordinario de Willem Key que está en el Palacio de Liria. Aquí tenemos de lo que queda vestigios muy interesantes del Palacio de Liria, el llamado Salón del Gran Duque en el Palacio de Liria. Aquí tenemos después también otra visión del Salón del Gran Duque. Aquí tenemos otra visión, y aquí tenemos un retrato que está en el Palacio de Monterrey en Salamanca, que es una pintura de Sánchez Coello, que refleja al duque de Alba con el Toisón de Oro. Y esta última es la más conocida, de Willem Key, que es la imagen que todos tenemos en la retina, ¿no?
Y voy a acabar con dos frases del duque de Alba, dos pensamientos del duque de Alba que creo que son muy interesantes, ¿no? El primero de ellos lo transmite, cuando ya muere el duque de Alba, fray Luis de Granada en 1582. Cuando muere, para consolar a su mujer, a María Enríquez, le manda una carta en la que le dice —él se refiere a Alba—: «Me certificó con verdad que en su conciencia no pesaba el haber derramado en toda su vida una sola gota de sangre contraria a ella». Es decir, como hemos visto, un hombre absolutamente fiel a su conciencia durante toda su vida, con las sombras y con las luces que eso tenía, ¿no?
Y luego algo también muy interesante que le dice en los estertores, ¿no?, de su vida, ya a punto de morir, en una carta que le escribe a Felipe II. Le remarca dos cosas de su vida, de su larga vida en el servicio de la monarquía, que para él eran muy importantes. La primera de ellas, la lealtad que había tenido a la corona y al Estado, innegable durante toda su vida. Y la segunda, dice textualmente: «Nunca di un cargo a nadie que no se lo mereciera». Un sentido de la justicia derivado de sus firmes convicciones religiosas y de su conciencia, ¿no? Y algo que recuerda bastante a lo que escribiera el gran dramaturgo, y desgraciadamente menos conocido de lo que se debiera, Antonio Enríquez Gómez, en su comedia Mudarse por mejorarse, en la que hace decir: «Hay que dar hombres a los cargos, no cargos a los hombres». Muchas gracias. [aplausos]
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