Cuando el arquitecto sobra: Juan Díez del Corral y la historia de la arquitectura en diez capítulos y medio

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Resumen

La Fundación Juan March abrió en Palma el ciclo Hecha entre muchos. Arquitectura popular del Mediterráneo con una sesión de título deliberadamente provocador: «Cuando el arquitecto sobra». Pablo, el organizador, la presentó como una exploración de la relación cambiante, y a veces ambivalente, entre la arquitectura moderna y la arquitectura popular, y como contrapunto entre el «arquitecto estrella» y lo que llamó el «genio comunitario»: la experiencia acumulada durante siglos que dio lugar a las distintas arquitecturas vernáculas del Mediterráneo.

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El invitado fue Juan Díez del Corral. Madrileño formado en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, trabajó diez años como arquitecto en Bilbao y en La Rioja, donde llegó a ser decano del colegio de arquitectos. Dedicó después unos treinta años a enseñar diseño en la Escuela de Artes y Oficios de Logroño. Ha escrito artículos de prensa, un manual de crítica de la arquitectura publicado por Biblioteca Nueva en 2005 y, sobre todo, blogs desde mediados de los años 2000. Él mismo contó que se jubiló hace nueve años, que casi abandonó el mundo de la arquitectura y que ahora se dedica a la geografía, un ámbito «más tranquilo». Según explicó, como crítico discrepante ha recibido insultos en los blogs e incluso amenazas de muerte.

Su posición de partida fue cautelosa ante la propuesta del ciclo. Cuando le plantearon «una nueva mirada a la arquitectura vernácula» para salir de la fealdad actual, la de La España fea del periodista Andrés Rubio, se asustó un poco. En su opinión ya ha habido tres momentos históricos en que se miró a lo vernáculo en busca de una salida, y la arquitectura sin arquitectos debe tratarse con más cuidado. Anunció que al final de la charla apuntaría «hacia otra parte» y lo dejó como misterio. Para ordenar los conceptos propuso una historia de la arquitectura en diez hitos, más un medio capítulo final.

El nacimiento del arquitecto: Brunelleschi y el fin de la obra colectiva

El primer hito es la aparición del arquitecto tal como hoy lo entendemos. Díez del Corral admitió que antes hubo figuras conocidas: el autor de la mastaba de Zóser, los del Partenón, a quienes describió como casi escultores, el de Santa Sofía, los constructores de murallas o el tracista del castillo de Bellver. Aun así sostuvo que, como figura, el arquitecto nace en la Florencia del siglo XV. Lo describió como un «momento estelar de la humanidad» que Stefan Zweig no llegó a contar y que sí narró, «maravillosamente», Leonardo Benevolo en su historia de la arquitectura del Renacimiento. Leyó ese libro en 1972, en sus «duros años» de formación en Barcelona, y le impactó.

Según su relato, Brunelleschi se proclama «el primero de la obra», por encima de los maestros de obras y del genio colectivo que había levantado las catedrales y que procedía de la construcción popular. Con la cúpula de Santa Maria del Fiore se erige en creador y relega a todos los demás. Díez del Corral situó el episodio hacia 1420-1430 y lo comparó con un caso mallorquín de esos mismos años: Guillem Sagrera, que construyó la Lonja de Palma. Le hizo gracia que Carlos García-Delgado lo llamara «arquitecto», porque para él era un maestro de obras: un cantero que había trabajado, creía recordar, en la portada del Mirador de la catedral.

Para explicar por qué la construcción había sido anónima hasta entonces, citó el lema Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam: no a nosotros, Señor, sino a tu nombre la gloria de la catedral. En su lectura, el momento clave es aquel en que la Iglesia permite que alguien destaque por encima de los demás. Añadió que Brunelleschi fue enterrado dentro de la catedral pese a ser una especie de hereje, porque se había puesto en el lugar del creador. Para ilustrar la construcción comunitaria mostró además una escena de la película Único testigo, en la que toda una comunidad levanta un granero para una pareja recién casada. Reconoció que de un granero a una catedral hay un abismo. También señaló que a los guías turísticos y a los profesores de proyectos les resulta dificilísimo explicar cómo se hacía algo así sin jerarquía, porque estamos habituados al sistema moderno.

Matizó asimismo que la construcción sin arquitectos no acaba en el siglo XV. Los maestros de obras siguieron trabajando hasta el siglo pasado: en el Ensanche de Barcelona, junto a Gaudí o Domènech i Montaner, fueron ellos quienes hicieron, según dijo, el 90 % de esos edificios «tan serios, tan bien hechos».

Cuatro siglos de lenguaje clásico, la «gran arquitectura» del Mediterráneo

El segundo hito es la otra gran aportación de Brunelleschi, junto con Alberti y el ambiente italiano del Quattrocento: usar el aparato clásico no solo como decoración, sino para articular. Columnas, pilastras, capiteles, arquitrabes y cornisas modulan las fachadas y también los espacios interiores. Díez del Corral mostró San Lorenzo, junto con Santo Spirito, como origen de ese lenguaje. Pidió fijarse en cómo la columna se articula con el arco mediante el capitel y en cómo la cornisa cierra el espacio: «es disfrutar de la arquitectura».

Prefirió hablar de «lenguaje» antes que de «estilo», palabra que calificó de «peligrosísima». Según su esquema, entre 1400 y 1800 ese lenguaje atraviesa un siglo por etapa. Primero es el Renacimiento; en el segundo siglo se «amanera»; en el tercero se «abarroca»; en el cuarto se limpia y da el neoclásico. Como ejemplos puso la fachada del Gesù de Vignola, donde se establecen los órdenes y los pisos, el Barroco que casi deshace la forma sin abandonar el orden, y Juan de Villanueva.

Aquí situó lo que el organizador le había pedido, el Mediterráneo: la arquitectura clásica nace en Grecia, renace en Roma y vuelve a renacer en el siglo XV, y desde allí se extiende hasta Inglaterra con el neopalladianismo. Para Díez del Corral es la «gran arquitectura», y ninguna otra, dijo, le llega «a la suela del zapato». Este punto marca su distancia con la exposición del MoMA que citaría después: frente a la arquitectura clásica de 1400 a 1800, «eso no me lo tocan, eso es lo mejor y además es del Mediterráneo».

El siglo XIX: los «neos», el regionalismo y la multiplicación de arquitectos

El tercer hito llega hacia 1800. Díez del Corral lo asoció a la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789: el lenguaje clásico se agota y entra en crisis. Los románticos recuperan lenguajes anteriores y aparecen el neogótico, el neorrománico, el neomudéjar o el neobizantino. En su opinión son estilos que no articulan el espacio como lo hacía el orden clásico. Ni siquiera el clasicismo decimonónico, el de los teatros por ejemplo, articula las fachadas como antes, aunque use columnas y capiteles. De los arquitectos del Parlamento británico, entre ellos Pugin, dijo que su neogótico es un «gótico de arquitectos», mientras que el gótico original era de maestros de obras.

Cuando ya no quedaba nada que revisitar, los arquitectos se preguntaron si podían inspirarse en la arquitectura popular. Así surge el regionalismo, acompañado de muchos libros sobre arquitectura popular. Esta fue la primera de las miradas a lo vernáculo que había anunciado. Como ejemplo mostró a Leonardo Rucabado y las estaciones de la línea Bilbao-Tudela, inspiradas en los caseríos vascos.

El cuarto hito es una paradoja: la arquitectura entra en crisis, pero los arquitectos no. Salen en masa de las escuelas de Bellas Artes y de los politécnicos; se multiplicaron, bromeó, «como los billetes del Banco de España». Desde entonces, sostuvo, la figura del creador no ha vuelto a desaparecer.

Una digresión sobre el promotor: la arquitectura es cosa de dos

Sin imágenes, pero subrayando su importancia, introdujo una reflexión que echó en falta en su formación. Siempre se nos ha dicho que la arquitectura es cosa de arquitectos, y no es así: «la arquitectura, como los hijos, es una cosa de dos». El otro agente, del que casi nunca se habla en la historia de la arquitectura, es el promotor. Con Brunelleschi, la arquitectura pasa de producirse de manera «asexuada», colectiva, a producirse de manera «sexuada», como relación entre promotor y arquitecto. Advirtió que las metáforas hay que tomarlas con cuidado, pero la desarrolló así: el promotor sería la parte masculina y el arquitecto quien gesta. El promotor replica que el hijo es suyo porque lo paga y lo ha encargado, igual que, dijo, esta conferencia es de quien se la encargó.

Hay un tercer agente, el constructor. El arquitecto es la evolución del maestro de obras, pero el propio maestro de obras se convierte en el contratista, del que en la escuela sí se hablaba con un juego de palabras que nunca olvidó: «el contratista, arquitecto, contra ti está». Del promotor, en cambio, nunca les hablaron. Cuando empezó a ejercer, lo primero que le costó fue entenderse con los promotores, cuyas exigencias le hacían pensar que la relación no funcionaba y que alguno de los dos lo estaba haciendo mal. De ahí concluyó que la arquitectura es un diálogo entre promotor y creador.

El lenguaje moderno y la segunda mirada a lo vernáculo

El quinto hito es la invención de un nuevo lenguaje entre 1910 y 1920, con Adolf Loos, la Bauhaus y Le Corbusier «con sus panfletos»: el lenguaje moderno o internacional, un lenguaje «sin decoración, sin nada». Según Díez del Corral, los arquitectos españoles lo miraron encantados porque se parecía muchísimo a la arquitectura vernácula del Mediterráneo. Lo ilustró con el libro de García Mercadal sobre la arquitectura popular en España, dedicado a la arquitectura blanca mediterránea. Destacó el prólogo de Antonio Bonet Correa, según el cual aquellos arquitectos creían haber encontrado la piedra filosofal: lo más parecido a la casa de Gropius era la arquitectura popular mediterránea, y con ella la arquitectura podía ser a la vez internacional, moderna y estupenda. Citó también a Coderch como autor de ese tipo de obra con la que «estábamos todos satisfechos».

El sexto hito es el desengaño. Según el ponente, en unos treinta años se demuestra que ese lenguaje es «un desastre»: edificios desnudos, masivos, repetitivos, sin medida. Los propios arquitectos del movimiento se dan cuenta; mencionó a Hilberseimer, partidario de la ciudad vertical. Recordó su propio impacto al llegar a Barcelona y ver Bellvitge: se preguntó si iba a hacerse arquitecto para construir «estas cosas», que le pusieron los pelos de punta.

1960-1970: Arquitectura sin arquitectos, la contracultura y los grandes inventarios

El séptimo hito sitúa la exposición Architecture Without Architects del MoMA, que Díez del Corral fechó en 1960. Es exactamente lo que el organizador le había propuesto, señaló con ironía: reflexionar sobre la arquitectura sin arquitectos «salió en 1960». El catálogo de fotografías de Bernard Rudofsky ha sido reeditado ahora, sesenta años después, por Pepitas de Calabaza, una editorial de Logroño fundada por un antiguo alumno suyo de diseño gráfico. Díez del Corral lo interpretó como un indicio de que quizá estemos de nuevo en un momento de volver a mirar a esta arquitectura, como sugiere el ciclo.

Los años sesenta y setenta fueron los de la contracultura, justo cuando él llegó a estudiar, en plena crisis del lenguaje moderno. Es la segunda mirada a lo vernáculo. En España se publicaron los grandes inventarios de arquitectura popular, los de Carlos Flores (tiene los cinco volúmenes, que le ocupan casi una estantería) y los de Feduchi, además del de los hermanos Efrén y José Luis García sobre Galicia y Asturias. Explicó dos motivos para esa fiebre: esa arquitectura estaba desapareciendo por vejez, y se pensaba que tal vez volver a ella fuera la solución. De esos tomos dijo que los textos «son muy malos, son un rollo», pero que las fotografías son preciosas. Mostró también Cobijo, de la editorial Blume, un libro contracultural de autoconstrucción para hippies que enseñaba a hacerse la casa o las cúpulas geodésicas. Comentó que todos soñaban con eso, pero que esa libertad de construir ya había muerto.

En este periodo destacó además la crisis teórica del movimiento moderno a través de dos libros. El de Robert Venturi dice por fin que menos no es más: «menos es menos», y además aburrido y soso. Propone recuperar lo pop, los colores y los lenguajes frente al dogma de la arquitectura blanca. El otro es La arquitectura de la ciudad, que ya no piensa en estilos, sino en tipologías. Díez del Corral dio mucha importancia a esta idea: la buena arquitectura se reconoce donde hay tipologías consolidadas que dan la pauta para construir. Los ensanches se hicieron con dos o tres tipologías, como la casa burguesa entre medianeras con un fondo determinado, y las calles populares de los suburbios con otras dos o tres.

Qué es exactamente la arquitectura vernácula

Esa noción de tipología le sirvió para distinguir entre arquitectura primitiva, popular y vernácula, algo que dijo haber aprendido en los años sesenta de los maestros de entonces. Su referencia principal es un número de una revista barcelonesa de los setenta dirigida por Salvador Tarragó, del círculo teórico de Aldo Rossi, que considera «la guía fundamental» sobre el tema. Según esa guía, la arquitectura vernácula es la arquitectura popular de un lugar determinado, pero solo merece ese nombre cuando hay una definición tipológica precisa. La arquitectura popular en general es indefinida. Hay arquitectura vernácula cuando aparece un tipo reconocible: la masía, el hórreo, el caserío o la casa suburbana del entorno de Barcelona que forma Sabadell o Terrassa. Esas casas no figuran en ninguna historia de la arquitectura, subrayó, pero «crean ciudad» y calles más o menos armónicas y homogéneas.

Recordó que otro número de la misma revista, dedicado a Palma, lo escribió íntegramente y muy joven Carlos García-Delgado, arquitecto mallorquín que también participará en el ciclo y a quien describió como un erudito: «este sí que sabe».

Díez del Corral aplicó ese criterio en su propio trabajo. En 1983 trató de averiguar si existía arquitectura vernácula en La Rioja y la encontró en las casas serranas de la sierra de Cameros, un tipo de casa de tres crujías paralelas a las curvas de nivel. Reconoció que no hay muchas. Abundan más las casas solariegas, pero en ellas no ve unidad tipológica, porque importan más la fachada y la presencia del hidalgo en la ciudad. Entre 2013 y 2018 recorrió la región y publicó en un blog un trabajo sobre la arquitectura vernácula riojana, que calificó de «trabajo menor».

Christopher Alexander: el lenguaje perdido

El hallazgo que más le marcó llegó en 1983, cuando compró en la librería de enfrente El modo intemporal de construir (1979), de Christopher Alexander, a quien describió como austríaco formado en Berkeley. El libro, dijo, «me destrozó». Pensó en «cortarse la coleta» y abandonar la profesión. Su tesis, según la resumió, es que existió un lenguaje común que hemos perdido: antes del siglo XV todas las sociedades construían sus pueblos y casas con materiales cercanos y formas de la tradición, sin dirección y por acuerdos generales, y aquellos pueblos eran «mil veces más armónicos» que lo que tenemos ahora. Lo consideró uno de los libros más importantes de la historia de la arquitectura. Lamentó que Gustavo Gili hiciera una sola edición y que él tuviera que fotocopiarlo para sus alumnos. Ahora lo ha reeditado también la editorial de Logroño, con un prólogo suyo que comienza advirtiendo que, si su hijo quiere estudiar arquitectura, no le deje leer este libro.

Contó el origen de las ideas de Alexander. Un programa internacional, que atribuyó a la UNESCO, lo llevó a Perú a observar los asentamientos de invasión que levantaban en Lima los emigrados del campo, que construían de noche con ladrillos, chapas o lo que tuvieran. Alexander concluyó que aquella gente construía mucho mejor que los arquitectos y se puso a estudiar sus patrones. Aunque no tenían medios, hacían cosas con mucho sentido: la puerta no daba directamente a la calle, sino que había una transición en la entrada; la luz de las ventanas se tamizaba; los espacios eran complejos. De ahí salió Un lenguaje de patrones, que según el ponente reúne 248 patrones, desde el urbanismo hasta la organización del edificio, la construcción y la decoración. Lamentó que en español sea todavía más difícil de encontrar. Estos dos libros son para él «sagrados», «la Biblia».

Dio varios ejemplos de patrones:

  • Las orillas de los ríos: hay que recuperarlas. Criticó Madrid Río, que acababa de ver de camino a Palma: muros de granito que separan del río y lo convierten en algo ajeno, cuando al río hay que poder acercarse y sentir su frescor.
  • Bailar en la calle: la fiesta tiene que estar en la calle, donde se juntan los vecinos.
  • La transición en la entrada.
  • Los talleres abiertos a la calle. Recordó al mecánico que arreglaba coches bajo su casa hasta que una ordenanza municipal se lo prohibió, cuando era «lo más divertido que había en la calle»; Alexander, por su parte, recordaba al zapatero y al carpintero que veía camino del colegio.
  • El gabinete: espacios dentro de espacios, sin espacio perdido.
  • El lugar ventana: que la ventana no sea un agujero en el muro, sino un sitio donde estar.
  • La luz tamizada. Citó elementos mallorquines como la persiana mallorquina y una foto de Alexander de la chabola de un vagabundo con hilos de arriba abajo en la ventana y plantas que trepaban por ellos: tamizar la luz con vegetación.

Según Alexander, añadió, si se usan esos patrones uno a uno al hacer un proyecto, el resultado será magnífico.

Los arquitectos de hoy: almacenamiento humano y estrellato

El octavo hito describe qué ha pasado con los demás arquitectos. Díez del Corral recurrió a una expresión de Félix de Azúa, según la cual los arquitectos se han convertido en «ingenieros del almacenamiento humano». El escritor José Ángel González Sainz, amigo suyo, le animó a repetirla en la conferencia. La otra vía es la carrera por el estrellato mediático desde los años ochenta. La consideró patética, porque cualquier futbolista o cantante barre a un arquitecto en fama: Bad Bunny es «cien veces» más importante que Frank Gehry, y el mundo de los arquitectos estrella «interesa a cuatro», a él «lo más mínimo».

Contó que uno de sus primeros artículos críticos se tituló «De hidalgo a chivo». Cuando llegó a Logroño había solo unos pocos arquitectos, una docena o treinta según su recuerdo, y eran señores. Al empezar a trabajar descubrió que el arquitecto era el chivo expiatorio de un sistema burocrático: si el edificio se caía, había alguien a quien meter en la cárcel y un seguro que pagar, mientras las primas subían y la burocracia complicaba cualquier proyecto mínimo. La alternativa era competir por hacer «el adefesio más grande» y salir en los periódicos.

Ilustró este apartado con imágenes de su blog. Mostró la Consejería de Salud del Gobierno Vasco en Bilbao, donde dijo que le daría miedo ir a resolver sus papeles. Del Guggenheim bromeó que es el edificio perfecto para el turista, porque cualquier foto sale como un cuadro abstracto, «cuadro abstracto con novia». Añadió ejemplos de Toronto y Georgia, una obra del autor de las «setas» de Sevilla, Hong Kong, ciudades chinas, Irán y los bloques de El Cairo y Suez, estos últimos sin «una brizna de hierba alrededor». Ironizó con que aquello también parece arquitectura sin arquitectos, aunque supuso que alguno habrá, porque si algo se cae alguien tiene que ir a la cárcel. Otros arquitectos, dijo, juegan las dos cartas: almacenamiento humano y además artístico.

El reto demográfico

Lo que de verdad le asusta a partir de 1980, dijo, es el reto demográfico: hay que dar albergue a una humanidad que se duplica, es decir, construir otra vez todo lo construido y más. Mostró cifras: la población de 1400; unos 3.000 millones en 1960; 8.000 millones en 2025. Puso como ejemplo Costa de Marfil, que no llegaba a dos millones y medio de habitantes en 1950 y tenía 27 millones en 2021, y Nigeria, con 220 millones. «O resolvemos esto o sucumbimos». El problema de la arquitectura, insistió, no es si la barandilla es verde o si se permiten colores, sino cómo habitar esto.

Como ahora estudia geografía, contó que va «recorriendo» África y que el verano anterior se dedicó a recorrer las ciudades de China, en ambos casos, según aclaró más tarde, a través de Google. Salió horrorizado: las ciudades chinas le parecen circuitos impresos de electrónica, sin centros, sin articulación y sin orientación, donde cada persona es como un bit metido en una casa. Dijo que, si le da tiempo, escribirá sobre ello, pero que de momento solo acumula información.

Añadió un juego de palabras: «la vivienda ha dejado de ser casa». Se ha vuelto objeto de especulación y de consumo, un valor inmobiliario, «una hucha», desenraizada. O se ha convertido en el chalet, donde cada cual se hace «su adefesio» a su capricho, uno con el tejado de una forma y el vecino de otra.

La crítica como refundación, y el sarcasmo como último recurso

El noveno y el décimo hito son su propia respuesta. Lo que sí aprendió en la escuela, y después como profesor de diseño, es que el proceso creativo exige crítica: la primera idea quizá no sea la buena, y en el desarrollo o en los detalles se mete la pata. Tuvo un profesor tan crítico que los alumnos decían que no podía ir andando por la calle porque todo le parecía mal. Al final de la sesión reveló que era Rafael Moneo, a quien reprochó no haber ejercido nunca esa crítica públicamente para no perjudicar su carrera: «esto no os lo perdono». Dijo haberlo escrito muchas veces y que por ello le odian «todos los moneístas».

Pensó que la arquitectura podía refundarse haciendo más crítica, y se puso a escribir su manual. Definió la crítica como una poética, el intento de poner en palabras acertadas lo que otros hacen, algo muy difícil que a veces acierta y a veces hace daño. Citó el verso de Hölderlin comentado por Heidegger sobre la poesía que hace de la tierra nuestra morada: si tenemos palabras, al menos podremos consolarnos de lo que hacemos. El manual parte de los tres valores, que llamó «la Santa Trinidad»: función, forma y belleza. Propone después un «alfabeto visual» compartido (textura, color, materiales) para saber de qué se habla, y conceptos como la tipología, los elementos clave como la columna o el espacio, y el papel de la decoración, es decir, si articula o es algo que «se pone y se quita». Lamentó que casi nadie pida crítica de arquitectura: hay comentaristas y sobre todo publicistas. Le impresionó que Mario Vargas Llosa dedicara medio discurso del Nobel a reclamar crítica literaria; en arquitectura, dijo, ni mucho menos.

Cuando no se puede hacer crítica, queda el sarcasmo. Su blog Cascotes es un álbum de los disparates que hacen los arquitectos en todo el mundo. Recomendó empezar por la entrada «Muérete y verás», dedicada a los tanatorios españoles. Dejó de alimentarlo cuando ya llevaba unos 500 «cascotes». Reconoció que es sarcástico y que no es crítica seria, porque esta cuesta mucho y habría que emprenderla casi colectivamente. Explicó su función con una anécdota: al casarse con una estudiante de medicina, comparó sus preciosos libros de arquitectura, de esos que se ven de decorado en los anuncios de Engel & Völkers, con los de ella, llenos de cuerpos deformes, pústulas y sangre. Con los años concluyó que los de ella eran mucho más útiles, porque él nunca encontró promotores para hacer edificios como los de sus libros. Cascotes quiere ser, en ese sentido, un álbum de patologías.

Criticó también a Andrés Rubio por proponer como solución a la fealdad más prohibición y más normas. Las libertades se han ganado, dijo: «el mundo es feo, pero por lo menos es libre». Decir que la arquitectura es fea le parece fácil; lo difícil es la crítica.

El medio capítulo: patrones e inteligencia artificial

El título de su esquema remite a Una historia del mundo en diez capítulos y medio, de Julian Barnes. El medio capítulo es lo que viene, y es la «otra parte» anunciada al principio. Díez del Corral cree que ha llegado lo que Alexander anticipó en Ensayo sobre la síntesis de la forma, que él fechó en 1966. Allí, según su resumen, Alexander predecía que la arquitectura la harían los ordenadores: se les daría un programa bien definido con sus reglas y restricciones y elegirían la solución óptima. Nadie se lo creyó entonces, recordó, cuando los estudiantes ni siquiera tenían calculadora para los exámenes.

Su propuesta es introducir los patrones en la inteligencia artificial, junto con normas de consenso. Subrayó que los patrones no son invenciones de Alexander, sino argumentaciones compartidas, y que cualquiera puede formular uno. Él ha escrito uno del que está «orgullosísimo»: «Mesa en el centro de la cocina». En la casa de su pueblo la mesa estaba en el centro, y nunca logró que sus alumnos lo entendieran, porque siempre dibujaban un mostrador, «eso pasará en un bar». Con la mesa en el centro todos colaboran: quien está cerca del cajón pasa el tenedor, quien está junto al frigorífico saca las bebidas, quien está junto a los fogones sirve y quien está junto al fregadero friega. Hay una entente y una fiesta en la comida. Si hay acuerdo sobre ese patrón, dijo, se le puede pedir a la IA que lo aplique al diseñar una cocina.

Dio otros ejemplos. Alexander sostiene que no se debe edificar por encima de cuatro alturas porque a partir del tercer piso se pierde el contacto con la calle, y una casa sin relación con la calle «no es casa». También propone construir con materiales blandos y cercanos, algo muy propio de lo vernáculo. Díez del Corral supone que alguien estará ya trabajando en esto, pero admitió que todavía no ha averiguado quién. Por eso es solo medio capítulo: cuando sepa quién está haciendo casas con inteligencia artificial, completará la otra mitad.

Coloquio: qué es un patrón y por qué la crítica

El moderador resumió su comprensión de los patrones: formas de diseñar observadas en la arquitectura sin arquitectos de distintas partes del mundo, algo así como el sentido común aplicado a construir. Díez del Corral reconoció que es la pregunta más difícil y que no sabe explicarlo del todo. Pattern se traduce por «patrón», palabra que evoca el corte y confección y que no encaja bien. Alexander habla de «patrones de acontecimientos»: son relaciones espaciales siempre ligadas a lo que sucede en ellas. Por ejemplo, una calle llena de carriles bici, aparcamientos y bolardos ya no podrá ser una calle para bailar; la calle debe ser un espacio despejado que no se trocea. Contó que pedía a sus alumnos de diseño fotografías de «lugares ventana», como el sillón de una tía colocado bajo la ventana para leer, y que el ejercicio funcionaba muy bien. Lamentó no haber podido trabajarlo con estudiantes de arquitectura, porque ninguna escuela le ha llamado. El moderador añadió que en inglés el pattern de una tela estampada es el motivo mínimo que se repite. Díez del Corral coincidió en que el término viene mucho de la decoración y dijo que Alexander le da una entidad arquitectónica, de comportamiento y de actividad.

Cuando le preguntaron por qué centrarse en la crítica y no en la pedagogía, respondió que es lo mismo: la labor crítica es pedagogía, es poesía, es decir las cosas sin miedo y que haya debate. Recordó que en la tradición mediterránea el arquitecto se formaba en la obra, en muchos casos empezando como escultor, como Miguel Ángel, Bernini, Borromini o el propio Sagrera tallando santos en las portadas, hasta que de pronto se convertía en una estrella que trataba con el Papa o el príncipe. A la pregunta de si nombrar las cosas puede ser una salida, contestó que al menos da consuelo: saber por qué algo es feo y no solo opinarlo, como hace Cascotes, y también saber señalar dónde hay belleza. Como ejemplos de belleza citó Santo Spirito de Florencia y el edificio del Prado de Villanueva: «los cuadros están bien, pero el edificio…».

Coloquio: demografía, territorio y reparto de la riqueza

Una asistente procedente del activismo le recomendó el término «pormishuevismo», acuñado por un joven catalán, que no recordaba con seguridad cómo se llamaba, para criticar megaconstrucciones y rotondas promovidas por políticos. Contó que en una asamblea había señalado que la mesa de defensa del territorio y la de vivienda estaban diametralmente opuestas. Su pregunta: si se construye en horizontal se devora el territorio, y si se construye en altura se corre el riesgo de que Mallorca se «hongkonice». ¿Cómo afrontar el crecimiento sin depredar el territorio? Díez del Corral dijo no conocer ese término, pero citó otros fenómenos de crítica en redes: el grupo de Facebook «Satán es mi señor», el libro sobre la «nación rotonda» y los polígonos (a cuyos autores reprochó haber hecho un libro demasiado bonito y académico para servir como crítica), las páginas de casas feas de Bélgica o «Arquiterror».

Sobre el fondo del asunto, su respuesta fue que «hay que ponerse a calcular». Sostuvo que hay tierra de sobra, citando la Amazonia, y sugirió con ironía que a Nigeria le cabría repartir población con Camerún, que tiene solo 36 millones. En su opinión, el cálculo de densidades y del espacio urbano es tarea de los organismos internacionales, que deben marcar límites. Insistió en que una ciudad de cuatro alturas puede ser densa y no tiene por qué ser suburbana. Las ciudades suburbanas le parecen espantosas: acababa de volver de Suiza, de los alrededores de Lausana, horrorizado por cómo se come el territorio, con espacios perdidos por todas partes y casas sueltas y torcidas respecto a la calle. En cambio, los pueblos suizos tradicionales le parecen una maravilla: casas juntas, bien construidas, con vida en la calle y gente que se saluda.

Otro asistente le sugirió incluir en Cascotes la Autoridad Portuaria de Amberes, un antiguo parque de bomberos con un «barco» de cristal sostenido por pilares encima. Díez del Corral contestó que ya apenas añade entradas salvo las que le envían los lectores, y que ahora «viaja» por el mundo con Google, como cuando descubrió un edificio con forma de pez en Perth.

El último interviniente planteó tres preguntas. La primera cuestionaba que el reto demográfico importe más que la desigualdad. Mencionó la previsión de la ONU de 2.000 millones más de personas hasta 2050, la mitad en África, y el dato de que el 1 % de la población posee el 50 % del capital, con la concentración de vivienda que eso implica, además del colonialismo y el cambio climático como motores de migración. Díez del Corral admitió que ahí se solapan dos temas. Calificó la concentración de capital de difícil de asumir, pero sostuvo que el sistema ha funcionado gracias al tirón de la acumulación y que intentar igualar lo pararía y lo haría colapsar. Lo consideró un asunto político, de otro nivel, aunque entra en los cálculos. Citó el estudio de Lagos del equipo de Rem Koolhaas a comienzos de siglo, que se preguntaba cómo puede funcionar ese organismo urbano sin metro y en pleno caos; su respuesta fue que funciona con un enorme sufrimiento de la población. Reconoció que estos temas están fuera de su alcance.

La segunda pregunta defendía que Guillem Sagrera sí actuaba como arquitecto: en la Lonja el paso de la basa al fuste y al capitel es continuo, sin líneas de corte ni impostas que permitieran interrumpir la obra en cualquier momento, lo que indicaría que tenía toda la obra en la cabeza. El asistente preguntó si el uso de los órdenes clásicos es condición imprescindible para considerar a alguien arquitecto. Díez del Corral dijo que no conocía esa lectura de la obra de Sagrera. Mantuvo que Sagrera no articula el espacio desde el orden decorativo y señaló que lo importante es el papel escultórico de la arquitectura, su vibración, relieve y modulación, que él solo aprecia plenamente en el mundo clásico. Añadió que el clasicismo trató el gótico de bárbaro precisamente por carecer de límites en sus módulos. Reconoció que no es especialista en Sagrera y que podrían enzarzarse en detalles.

La tercera pregunta fue si basta con replantear la estética de los bloques de treinta plantas o hay que cambiar materiales y sistemas constructivos, y qué propondría para Mallorca. Aquí dijo tener respuesta: está en los últimos patrones de Alexander, dedicados a los materiales, donde es posible ponerse de acuerdo para acotar un repertorio. Explicó que Alexander usa mucho los hormigones de baja densidad con aireantes, fáciles de cortar y más aislantes, y materiales como las virutas. Sobre su aplicación concreta en Palma, según los materiales y suministros disponibles, dijo no saber tanto. Y cerró con una advertencia sobre su propio medio capítulo: eso, «no lo va a resolver la inteligencia artificial seguro».