Shakespeare en verso castellano: Ángel-Luis Pujante comenta Venus y Adonis, La violación de Lucrecia y seis sonetos

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Resumen

Esta segunda sesión del ciclo sobre la poesía de Shakespeare en la Fundación Juan March fue una lectura dramatizada y comentada. Los actores Esperanza Candela Sempere y David Luque leyeron fragmentos de los dos poemas narrativos comentados en la sesión anterior y una selección de sonetos. Entre lectura y lectura, el filólogo y traductor Ángel-Luis Pujante situó cada pasaje en su contexto. La sesión giró en torno a una pregunta: qué hilos unen estas obras tempranas con los sonetos y con el teatro posterior. Según Pujante, esos hilos son el rechazo de la lujuria, el argumento de la procreación, la amenaza del tiempo y el tratamiento psicológico de los personajes.

21 min de lectura

Traducciones en verso rimado

Pujante explicó primero su criterio: todos los textos se leerían en traducciones poéticas y rimadas que respetan la estrofa del original. Para Venus y Adonis eligió la versión del argentino Mariano de Vedia y Mitre, que según él fue la primera traducción rimada al castellano. Reproduce la misma estrofa del original, con sus rimas, y la publicó en 1946 en Buenos Aires la Academia Argentina de Letras, la correspondiente de la Real Academia Española.

Para La violación de Lucrecia escogió la primera versión poética y rimada en nuestro idioma, la del también argentino Miguel Ángel Montezanti, publicada en 2012 por la Universidad Nacional de Mar del Plata. También se atiene a las estrofas y rimas del original inglés. Los sonetos son traducciones del propio Pujante, publicadas el año anterior en una antología de cincuenta sonetos de la editorial Espasa. Están rimadas en el molde del soneto isabelino: tres cuartetos y un pareado final.

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Venus y Adonis: una seducción que fracasa

Pujante recordó el punto de partida. En la versión original del mito, la que cuenta Ovidio en las Metamorfosis, Venus y Adonis gozan de su amor. En el poema de Shakespeare, en cambio, Adonis rechaza a Venus, es decir, rechaza el amor. Venus intentará seducirlo con su retórica y no lo conseguirá.

Las primeras estrofas leídas muestran ese forcejeo. Venus ya ha derribado a Adonis del caballo. Él la rehúye «indolente, con airada, dura expresión», y grita: «¡Basta de amor, que a mi semblante / lo quema el sol y parto ya al instante!». Ella insiste, lo toma de una mano, lo estrecha en sus brazos y, cuando él lucha por huir, «lo atrapa ella en sus dedos de azucena».

Sin soltarlo, Venus despliega otro de sus alardes retóricos. Invita a Adonis a explorar su cuerpo como si ella fuera un parque amoroso o un coto de caza. Pujante advirtió al público que en esta estrofa «la geografía de Venus se va a volver anatómica»: «Yo seré un parque, tú, mi siervo amado, / pace en cualquier lugar, montaña, valle», y si las lomas son austeras, «desciende hasta las fuentes placenteras».

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La lección del caballo

Adonis se suelta por fin y se dispone a partir. Cuando está a punto de montar, pasa corriendo una yegua joven, y el caballo, excitado, galopa tras ella y lo deja solo. Venus aprovecha el incidente para argumentar que un amante responde a los estímulos que encienden el fuego amoroso, y que Adonis debería aprender de su caballo. Pujante subrayó que el lenguaje de Venus sigue siendo gráfico y sensual en las dos estrofas siguientes: «A tu corcel excusa, dulce amigo, / y de él aprende con fervor, te ruego», y más adelante, «Aprende a amar, pues la lección dictada / y ya sabida nunca es olvidada».

Adonis sigue resistiéndose. Explica que es demasiado joven para responder a las insinuaciones amorosas y que lo único que ama de verdad es la caza, en especial la del jabalí: «Yo nada sé de amor ni saber quiero, / salvo de un jabalí para cazarlo». Según Pujante, este forcejeo dialéctico se prolonga durante bastantes estrofas.

Del desmayo a la procreación, y de la procreación a la lujuria

La relación cambia de tono con un episodio que Pujante resumió así. Adonis vuelve a rechazar a Venus y va en busca de su caballo. Venus se desmaya. Adonis, creyéndola muerta, se siente culpable, intenta despertarla y la besa. Cuando ella vuelve en sí, se muestra más afectuosa.

Venus recurre entonces a un nuevo argumento: la procreación. Pujante señaló que es el mismo argumento de los primeros diecisiete sonetos, en los que el poeta anima al supuesto bello joven a casarse y tener hijos para perpetuar su belleza. Aquí Venus le reprocha a Adonis que se encierre en su egoísmo y se niegue a dejar al mundo una hermosa descendencia: «¿Qué es tu cuerpo si no una hambrienta fosa / que a tu posteridad va sepultando?».

La respuesta de Adonis es la que Pujante consideró más significativa. Él rechaza el amor entendido como mera lujuria, que «no es otra cosa que sexo»: «No hables de amor, que al cielo ya se ha huido, / pues la lujuria el nombre le ha usurpado». La estrofa termina comparando el «tiránico ardor» que mancha y despoja con la oruga que se ensaña en la hoja. Para Pujante, esta última estrofa prefigura el espíritu del poema siguiente, La violación de Lucrecia. En concreto, anticipa su rechazo de la lujuria como ladrona del amor y del ardor tiránico como acto de dominación que ensucia y despoja la belleza.

El lamento de Venus: de la comedia a la tragedia

Antes de separarse, Venus intenta convencer a Adonis de que, si tanto insiste en cazar, cace liebres u otros animales menos peligrosos que el jabalí. Con ello, explicó Pujante, presagia el final trágico, que se expresa en su lamento fúnebre ante el cadáver del joven.

Pujante pidió al público que se fijara en un cambio de registro. En estas estrofas Venus abandona el estilo retórico o lírico anterior y expresa su dolor con sinceridad y sencillez, «como cualquier mujer llorando a un amante fallecido»: «sin suspiros ni lágrimas son fuego / mis ojos y mi corazón es plomo». Y después: «Pobre mundo, el tesoro que has perdido».

Según Ovidio, Adonis se convierte en flor, y la flor es lo que le queda a Venus de su experiencia. Pujante recordó además que en el resto del poema Venus habla como diosa del amor, como el amor mismo, y profetiza que el amor será fuente y origen de odios y conflictos. Así, un poema con elementos de comedia cambia de signo con la muerte de Adonis y adquiere un tono claramente trágico.

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La violación de Lucrecia: tragedia desde el principio

Pujante explicó la diferencia formal entre los dos poemas. En Venus y Adonis cada estrofa consta de un cuarteto seguido de un pareado. En Lucrecia, de cinco versos rimados rematados también por un pareado. La diferencia de fondo le pareció más importante: aquí no hay tránsito de la comedia a la tragedia, sino que todo es tragedia desde el principio. Shakespeare da al asunto un tratamiento psicológico, algo que, según Pujante, hará muchas veces en otras obras y particularmente en sus dramas.

El primer elemento de interés es que el violador, Tarquino, no se presenta ante Lucrecia sin preámbulos. Durante bastantes versos se debate consigo mismo sobre la licitud de su propósito y la conveniencia de llevarlo a cabo. El narrador lo muestra revolviéndose en el lecho ante «los mil peligros» de su deseo, hasta que resuelve «obtener su voluntad».

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La noche cómplice y el debate de Tarquino

Shakespeare crea además un ambiente siniestro, y convierte a la noche en colaboradora de las negras intenciones de Tarquino. Pujante lo presentó como un antecedente de lo que hará después en Macbeth, cuando el protagonista se dispone a matar a su rey. En el poema, el búho con su chillido y el lobo con su aullido amenazan el silencio del cordero incauto, que es la Lucrecia dormida. Para Pujante, ese ambiente contribuye a la tensión del momento y al terror de la agresión: «Ninguna estrella, amable luz mostraba. / Solo de búho y lobo el mortal ruido».

Ya cerca del paso decisivo, Tarquino sigue debatiéndose. Pone en la balanza los pros y los contras, reconoce que su acción es vana y arriesgada, y finalmente cede. En su propia voz se pregunta: «¿Quién vende eternidad por tal enredo? / Por una uva destruirá el viñedo». Luego acalla el miedo y la razón: «Deseo es guía, belleza es mi oro. / ¿Quién teme hundirse frente a tal tesoro?».

El falso dilema y la súplica política de Lucrecia

Tarquino llega en silencio hasta el lecho de Lucrecia, le declara su intención y la amenaza. Si ella no cede, la matará, matará también a un esclavo, lo pondrá entre sus brazos y jurará haberlos visto juntos. Pujante lo llamó un falso dilema: si cede, la habrá deshonrado igualmente, así que la deshonrará de un modo u otro.

Presa del miedo y sumisa, Lucrecia le suplica que se abstenga. Al menos al principio, observó Pujante, trata de disuadirlo más que de hacerle reproches o increparlo. En este diálogo aparece un elemento político: la ejemplaridad que se espera de Tarquino. Lucrecia tiene muy presente que no es un soldado cualquiera sino el hijo del rey, y que su delito, además de moralmente reprobable, puede costarle caro de inmediato y en su futuro como rey de los romanos. Lo expresa con la imagen del mar y el charco: «Eres mar, eres rey y soberano», y si su bondad se degradara, «en charco quedaría tu mar hundido / y no el charco en tus aguas diluido».

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El lamento de Lucrecia: la noche, el tiempo y la oportunidad

Tarquino no escucha. Consuma la violación y se marcha furtivamente. Comienza entonces el largo parlamento de Lucrecia, que Pujante situó en el género literario del lamento de la mujer que queda sola y abandonada. Primero acusa a la noche: «Noche infernal que matas el reposo», «solapada alcahueta», «conspiradora, / furtiva en la traición y violadora».

Después invoca e increpa al tiempo y sus estragos. Pujante destacó que Shakespeare ya aborda aquí el tiempo, en su segundo poema narrativo, bastante antes que en los sonetos, donde le dedica muchos versos. Recordó que, como se ha observado muchas veces, a Shakespeare le obsesionaba la muerte, y que la mortalidad aparece ya en estas primeras obras como amenaza explícita del tiempo. Lucrecia expone su obra destructora («arruinar con sus horas construcciones / y a polvo reducir los torreones») y lo acusa de ser el lacayo de la eternidad.

Por último, Lucrecia acusa en vano a todos los que han intervenido en su tragedia, no solo a Tarquino: a la oportunidad, a la noche y al tiempo. Consciente de su situación, concluye que el suicidio es la única solución: «El humo de palabras no es camino. / Y el único remedio que me cura / es que yo haga correr mi sangre pura».

El desenlace y lo que Shakespeare omite de Tito Livio

Pujante resumió el resto del poema, que según subrayó es mucho más extenso que Venus y Adonis y se acerca a los dos mil versos. Lucrecia manda llamar a su marido, a su padre y a otros para contarles lo sucedido y exigir venganza. Antes de ejecutar su decisión se debate consigo misma sobre la forma de hacerlo. En su vergüenza se siente espiada hasta por los rayos de sol que entran por las rendijas del nuevo día. Reflexiona también sobre una pintura de la guerra de Troya que tiene en una pared de su casa, y ve de nuevo en su destrucción la obra cruel del tiempo implacable.

Lucrecia se suicida en presencia de todos los que han acudido a su llamada. Entre ellos está Junio Bruto, que, según Tito Livio y ya fuera del poema, será el político que actúe en esa situación. El poema termina con el castigo de Tarquino: los romanos aprueban su destierro perpetuo. Pujante insistió en que Shakespeare no recoge la parte que a Tito Livio le importaba, que con este episodio el régimen político pasó de la monarquía a la república. Para un historiador como Livio, que vivía en época de Augusto, ese era una especie de mito fundacional de la República romana, y de eso, subrayó Pujante, Shakespeare se abstiene.

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Soneto 29: la alondra al amanecer

La selección de sonetos comenzó con el 29, «When in disgrace with fortune and men's eyes», traducido como «Cuando en desgracia, con fortuna y gente». Pujante lo resumió así: cuando me siento desdichado, envidio a otros más afortunados y nada me satisface; entonces te recuerdo, y mi ánimo se eleva hasta el cielo y me siento más dichoso que los reyes. El final es eufórico, y según algunos incluso extático.

Pujante retomó una cuestión planteada en la sesión anterior, la dificultad de identificar al destinatario. ¿Se dirige el poema a un hombre o a una mujer? ¿Hay en él algún elemento biográfico de Shakespeare? No dio respuesta. Destacó en cambio la metáfora de la alondra que sube al cielo al amanecer, porque expresa la alegría por la luz del nuevo día tras el negro desaliento de la noche anterior. Lo calificó de soneto transparente, que no requiere mucho comentario y es muy popular en los países de habla inglesa, quizá porque su expresión es sencilla y muy expresiva, y el lector puede identificarse con él.

Añadió una observación formal. En el soneto isabelino la volta, el giro del argumento, no siempre llega en el pareado final: aquí se produce en el tercer cuarteto y, como es habitual, la señala un «pero», un «mas» o un «sin embargo». En la traducción es ese «Mas viéndose a sí misma casi odiada, / mi alma te recuerda y alza el vuelo». El soneto termina: «Pienso en tu amor y tanta es mi alegría / que ni por reyes yo me cambiaría».

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Soneto 64: el tiempo que se llevará al amado

El soneto 64 lamenta explícitamente los estragos del tiempo. El poeta advierte que también su amor será víctima de él. Pujante llamó la atención sobre la expresión «bronce eterno», que recuerda a Horacio, cuando el poeta latino afirma haber erigido con su poesía un monumento más duradero que el bronce, y a Ovidio, que proclama un orgullo semejante al final de las Metamorfosis. Shakespeare usa esta idea de forma implícita en varios sonetos y la hace explícita en el 55, cuyo primer cuarteto afirma que ni el mármol de las tumbas sobrevivirá a su obra.

Hay, según Pujante, una diferencia importante respecto a Horacio y Ovidio. En Shakespeare lo que la poesía aspira a eternizar es el amado, agente inspirador de su poesía, y esa aspiración domina los sonetos desde el principio. Este soneto en particular, sin embargo, es resignado e incluso pesimista, porque no invoca la poesía que eterniza al amado, como hacen otros. Se centra en un amor que el poeta sabe que perderá algún día. Tras enumerar las torres derribadas, el océano que gana tierra a la orilla y lo estable que se arruina, concluye: «tal ruina mi sentido le ha enseñado / que así el tiempo a mi amor vendrá a llevarse».

Soneto 71: «Llórame solamente mientras doble»

El 71, «No longer mourn for me when I am dead», se tradujo como «Llórame solamente mientras doble». El resumen de Pujante: cuando haya muerto, olvídame una vez acabado el toque de difuntos; te quiero demasiado para que sufras en tu duelo. O, más bruscamente: olvídame del todo cuando haya muerto. Lo situó como dirigido al amigo del poeta, supuestamente su mecenas.

Propuso dos lecturas. Se puede leer como un poema muy personal, pensado para circular en copia manuscrita en un círculo privado de amigos, o como un monumento al amor abnegado. Señaló también una paradoja. Aunque el poeta pide que lo olviden, quien lea el soneto inevitablemente lo recordará, y queda abierta la cuestión de si el poeta lo hace intencionadamente. El verso «si acaso leyeras mi soneto» admite, según Pujante, dos sentidos: leerlo en vida del poeta o después de su muerte. Y el poema resulta memorable no solo para su destinatario, sino para cualquier lector de cualquier época.

Destacó por último la metáfora de la campana del comienzo. En este soneto su significado es implícito, pero Pujante apuntó que pudo inspirar a John Donne, algo más joven que Shakespeare, para hacerlo explícito en las palabras que probablemente el público conocía: no preguntes nunca por quién dobla la campana; dobla por ti.

Soneto 87: el adiós en lenguaje de contratos

El 87, «Farewell, thou art too dear for my possessing», se tradujo como «Adiós. Veo que es un lujo poseerte». Pujante lo resumió así: tú estás por encima de mí y comprendo que tengas derecho a terminar tu relación conmigo. El soneto describe el final de una relación, amistosa, afectiva o amorosa, con un vocabulario muy cercano al del derecho mercantil, el de los contratos entre dos partes. Las partes son de rango social distinto. El del poeta es inferior, y la otra parte, hombre o mujer, es supuestamente aristocrática y por ello libre de cancelar y revertir el contrato. Puede hacerlo por dos razones: la relación se entabló como un regalo o favor al poeta, y ese favor se basó en un error de quien lo concedió.

Pujante planteó una pregunta: ¿hay en este lenguaje solo una retórica jurídica aséptica, o se expresa alguna emoción de frustración, tristeza o incluso reproche, aunque sea con sordina y de modo ambivalente? Si el error fue de la otra parte, que concedió su favor sin calibrar la diferencia entre ambos, podría haber aquí un reproche a un error de cálculo. La otra parte, la que ahora quiere separarse, podría entenderse como algo calculadora, alguien que ha hecho lo que ha querido con el poeta. Pidió atención al pareado final: «Como un sueño que halaga te he tenido. / Duermo y soy rey. Despierto y sueño ha sido».

Variedad y contradicción entre los sonetos: del 129 al 130

Antes del siguiente soneto, Pujante hizo notar que en esta breve selección ningún soneto se parece a otro, ni en contenido ni en expresión. Reconoció que hay parejas de sonetos que varían un mismo tema y grupos muy coherentes, como los diecisiete primeros. Aun así, insistió en que las diferencias son considerables, y que a veces lo que dice un soneto contradice al siguiente.

Uno de los casos más famosos, aunque no el único, es el paso del 129 al 130. En el 129 el poeta expone los efectos de la lujuria, que conducen a la frustración y al desengaño, y termina diciendo que todo el mundo lo sabe, aunque nadie sabe evitar el cielo que acaba en ese infierno. El 130, «My mistress' eyes are nothing like the sun» («No son soles los ojos de mi amada»), hace en cambio un elogio inesperado de la amada mediante una enumeración sorprendente de defectos. El lector se pregunta qué clase de amada es esta que solo tiene defectos, hasta que el pareado da la sorpresa: «Mas tal gracia hay en mi amada / que con símiles queda falseada». No hace falta, explicó Pujante, compararla con el sol o la nieve para decir que es digna de un buen soneto y del amor del poeta.

Soneto 146: el alma frente al cuerpo

El 146 se incluye en el grupo tradicionalmente asociado a la llamada «dama morena», aunque Pujante precisó que aquí no hay dama alguna. El soneto empieza: «Pobre alma, centro de mi impura tierra». Dijo que es muy famoso por varias razones. La primera es su contenido, que algunos juzgan religioso y otros no. La segunda, que se dirige al alma del poeta para que actúe frente a su cuerpo. La tercera, la idea de la muerte de la muerte, que ya aparece en la Biblia, tanto en el Antiguo Testamento (por ejemplo, en Isaías) como en el Nuevo (en San Pablo y en el Apocalipsis). En la literatura española la encontró en el Libro de buen amor, cuando el Arcipreste de Hita llora la muerte de Trotaconventos e increpa a la muerte deseándole que muera.

Su resumen: alma, no malgastes más tiempo cuidando y embelleciendo mi cuerpo cada vez más deteriorado; mira hacia dentro, busca lo eterno y mata a la muerte. Pujante volvió a John Donne, que pudo inspirarse también en este soneto para escribir el suyo, el que empieza «Muerte, no te enorgullezcas». Señaló una diferencia importante. Donne termina con una profecía: tras un breve sueño despertaremos en lo eterno, ya no habrá más muerte y la muerte morirá. En Shakespeare hay en cambio una exhortación a actuar, que empieza en el tercer cuarteto: «Cómpra lo eterno, vende el vano día. / Por dentro nútrete, por fuera ayuna». Y el cierre: «La muerte que nos come has de comerte / y una vez muerta nunca habrá más muerte».

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El último soneto: el amor como fiebre, y las rimas que el inglés moderno perdió

En el último soneto, «My love is as a fever», el poeta se habla a sí mismo. El pareado final rompe inesperadamente el hilo del argumento y cambia de destinatario, algo parecido, según Pujante, a lo que ocurría en un soneto escuchado antes. Ahora el poeta se dirige a una mujer, supuestamente la llamada dama morena, aunque Pujante recordó que esa denominación no aparece en los sonetos. Lo resumió así: estoy enfermo de tanto amarte, pero quiero seguir haciéndolo, aunque sé que será fatal y me está volviendo loco. Los síntomas son los de una adicción sin remedio, en este caso sexual. Pujante añadió, sin nombrarla, que si se prescinde del pareado y se escuchan el primer y el tercer cuarteto, esos síntomas podrían ser los de otra adicción «no menos frecuente hoy en día», y dejó que el público la imaginara.

Este soneto se leyó primero en inglés moderno, y Pujante explicó lo que eso implica. Algunas rimas que funcionaban en la pronunciación isabelina ya no funcionan hoy. «Love» y «approve» no riman en inglés moderno, pero sí rimaban en tiempos de Shakespeare. Lo mismo ocurre con «care» y «are» en el tercer cuarteto, cuya rima se pierde con la pronunciación actual. Tras la lectura en inglés se escuchó la versión española, que termina con el giro del pareado hacia la amada: «te juré bella y clara te veía, / pero eres negro infierno y noche umbría».