Faisal Cherradi y la arquitectura de tierra del sur de Marruecos: el patrimonio como pretexto para mejorar la vida de la gente

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Resumen

En la tercera sesión del ciclo Hecha entre muchos, dedicado a la arquitectura popular del Mediterráneo, la Fundación Juan March en Palma invitó al arquitecto e ingeniero de edificación Faisal Cherradi, especialista en arquitectura de tierra y conservación del patrimonio. Cherradi se formó en Granada, Valencia, Normandía y la École de Chaillot de París. Trabajó en el Ministerio de Cultura marroquí, dirigió la restauración de Aït Ben Haddou, patrimonio mundial, y ha sido consultor de la UNESCO. Su charla recorrió los ksour y las kasbahs de los valles presaharianos del sur de Marruecos, pero su tesis central no fue estética. Para él, preservar este patrimonio vivo solo tiene sentido si sirve para que la gente que lo habita siga viviendo allí en condiciones dignas.

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De la Alhambra al sur de Marruecos

Cherradi empezó situando geográficamente su tema. Habló del sur de Marruecos, aunque según él podría generalizarse al sur del Magreb, porque esta arquitectura aparece también en el sur de Argelia, de Túnez, incluso de Libia, y "un poquito" en una zona central de Egipto. Es una arquitectura bereber, o amazigh según la terminología actual, que integró elementos llegados con el islam. Para el ponente, su riqueza procede de la posición de la región como cruce de caminos entre el África subsahariana, al-Ándalus y los pueblos que venían de Oriente Medio.

Explicó qué le llevó allí. Estudiaba en Granada con profesores como Pedro Salmerón, Antonio Almagro o Carlos Sánchez, y participaba en trabajos de restauración en la Alhambra. Observó que siempre se restauraban los revestimientos: el yeso esculpido, el alicatado, la madera. Cuando se llegaba al tapial que sostenía todo eso, con humedades que expulsaban el revestimiento, nadie sabía qué hacer. Su padre, también arquitecto, le había enseñado el sur de Marruecos, donde la construcción con tierra seguía viva y se hacía casi como durante un milenio, sobre todo con adobe y tapial. Su razonamiento fue sencillo: si no se conoce cómo se construye algo, difícilmente se pueden tratar sus patologías. Así que fue a aprenderlo.

Allí descubrió algo que la Alhambra, un monumento "vacío", no le había mostrado. Esta arquitectura estaba viva en todos los sentidos: se seguía construyendo y había gente viviendo dentro. También le sorprendió el contraste de presupuestos. Los de la Alhambra le parecían "estrambóticos" comparados con los que manejaba en Marruecos.

"El verdadero patrimonio es la gente"

Tras unos cinco años y medio en el sur, Cherradi fue destinado a Marrakech como director regional de cultura e inspector de monumentos. Allí se encontró con la preocupación, hacia 2000-2002, de que los extranjeros estaban comprando todos los riads de la medina. Él no lo compartía. Según sus cifras, se habían vendido unos 280 riads frente a unas 33.000 viviendas, y eso no le parecía problemático. Lo que le preocupaba era cómo rehabilitar la vida de quienes seguían viviendo allí. El patrimonio vendría después.

De esa experiencia sacó una definición que él mismo calificó de dura y que, admitió, puede molestar a algunos profesionales de la conservación. Para él, la preservación de este patrimonio es una excusa para mejorar las condiciones de vida de la gente, "punto". Anticipó que hablaría de proyectos en los que la preservación era el pretexto para llevar electricidad o agua potable, a mediados de los años noventa. Insistió en que se trata de un patrimonio vivo que hay que mantener cada año, después de cada lluvia. En eso se diferencia de una catedral de piedra.

Un territorio moldeado por las caravanas y por su final

Cherradi leyó una introducción más académica. En la frontera del desierto, explicó, la forma está sujeta a las leyes de la naturaleza, y buscar lo esencial en la llanura presahariana es "introducir lo racional en el paisaje", es decir, hacer arquitectura. Recordó que viajeros desde Ibn Battuta en el siglo XIV hasta Charles de Foucauld en el XIX describieron los oasis de la región como un jardín paradisíaco en medio del desierto. También señaló que de allí partieron las grandes dinastías marroquíes: almorávides, almohades, saadíes y alauíes.

Según el ponente, el desarrollo de estos valles estuvo ligado durante siglos al comercio caravanero. Este empezó hacia el siglo III con la introducción del dromedario traído de Arabia, que permitió cruzar hacia el África subsahariana en busca de oro, sal y, "por desgracia", esclavos. Las zonas por donde pasaban las rutas se enriquecían cobrando derechos de paso y protección. Las caravanas también traían un intercambio cultural profundo, el mismo que alimentó al-Ándalus. Sobre un mapa distinguió una ruta almorávide, otra almohade y otra saadí, esta última orientada hacia Tombuctú y sus minas de sal y oro. Con el descubrimiento de América y el auge de los imperios portugués y español, las rutas fueron perdiendo peso. En los siglos XVIII y XIX ya solo se comerciaba con goma arábiga, lana o plumas de avestruz.

Cherradi identificó otra ruptura más reciente. Cuando se constituyó el Estado moderno y este empezó a asignar la tierra a individuos en lugar de a la comunidad, "se rompió todo": lo social, lo político y lo económico. Recordó que la última caravana se detuvo en la plaza Jemaa el-Fna de Marrakech en 1954, "no hace tanto tiempo". Tras la caída del comercio caravanero, la sociedad tuvo que vivir de una agricultura de subsistencia. Según él, desarrolló uno de los sistemas agrarios más intensivos del mundo, en lucha constante contra la aridez.

Aclaró también un malentendido sobre la construcción con tierra. No consiste en apilar tierra o arena. Siempre se trabaja con tierra, paja y agua, porque la tierra nunca se usa seca. Por eso, en mitad del desierto, estas construcciones solo pueden estar junto a los ríos que llevan agua, y no siempre la llevan.

El Atlas, la "parte no útil" y la fragilidad del turismo

Con imágenes del Alto Atlas, una cordillera con cumbres de más de 4.000 metros que divide el país, Cherradi explicó que el 70% de la zona fértil de Marruecos es montañosa. Tradicionalmente se ha distinguido una parte "útil", al norte, y otra "no útil" tras el Atlas, por falta de agua y de otras cosas. Según él, eso todavía se nota en las infraestructuras. El paso del Tichka, con la carretera a unos 2.250 metros, se corta cada vez que nieva. Sin carreteras, sostuvo, el sur no se desarrollará. Bromeó con que, siendo "un poco mala gente", el aislamiento ayuda a conservar la arquitectura, pero enseguida lo descartó: la gente que vive allí merece más.

Por eso su equipo intentó no basar la vida local solo en el turismo, que considera muy frágil. Puso como ejemplos un atentado en Marrakech o la COVID, que pueden dejar años sin visitantes. Su prioridad era que la población tuviera una subsistencia autónoma y que el turismo fuera un complemento. Apostó sobre todo por la agricultura. Además de la palmera, mencionó cultivos valiosos que se dan en la zona, como la henna, la pimienta negra, el pistacho o la algarroba.

El ksar: pueblo fortificado, planificado y pluriétnico

En los valles presaharianos se construye donde no se puede cultivar, porque la tierra cultivable vale mucho. De ahí surge el ksar, un pueblo fortificado. Según Cherradi, las luchas por el agua y los cultivos, entre tribus y hasta entre familias, explican las murallas. En el valle del Todra, cerca de Tinghir, contó 68 ksour, la mayoría en ruina. Cuando se abre una carretera nueva, todo el mundo se traslada junto a ella y construye en cemento. Esas casas, dijo, son en verano "unos microondas". Mientras tanto, se abandona una arquitectura de tierra que considera un lujo bioclimático en un clima donde puede haber 0 grados de noche y 40 al mediodía.

Describió el modelo teórico del ksar con el ejemplo de uno del siglo XVI en la zona de Errachidia. Tiene muralla perimetral con camino de ronda, torres de vigía y una sola puerta en recodo, en chicane, por razones defensivas. La puerta da a una plaza que reúne los espacios colectivos: la mezquita, el hammam, la casa de la comunidad y el fonduk, donde dormían los forasteros y las caravanas. Según él, de esa palabra viene "fonda". También había un caravasar para los camellos. En los ksour regulares hay una calle central de unos dos metros y medio que se ramifica en calles más estrechas. Mencionó el parecido con el cardo y el decumano del campamento romano, pero dijo no creer que el modelo venga de ahí.

El ksar es plurifamiliar y también pluriétnico, "todos juntos, pero no revueltos", según una estratificación espacial. Los judíos vivían junto a la entrada, cerca del comercio. Los bereberes, al fondo, encargados de la defensa. Los arabófonos estaban ligados a lo religioso. Los harratin, descendientes de población llegada del África subsahariana, trabajaban el campo a cambio de un quinto de la cosecha. Cherradi contó que con el tiempo los harratin, al ser quienes trabajaban la tierra, fueron comprándola a sus antiguos dueños. Hoy existe un conflicto político "entre blanco y negro" en el que ellos ganan las elecciones. Él mismo reconoció que aquello le dejó asombrado al llegar. La lección que extrajo es que los proyectos de cooperación deben ser muy sensibles a estructuras sociales que, desde una mirada occidental del siglo XXI, se dan por superadas.

Con fotografías aéreas mostró que los ksour no crecían al azar. Grupos que habían sido nómadas se sedentarizaban, se ponían de acuerdo y construían el ksar previendo futuras ampliaciones. En uno de ellos se ve el núcleo inicial, una extensión con una segunda muralla y un morabito junto a lo que era el cementerio, que antiguamente siempre quedaba fuera. Señaló también que lo blanco de la imagen no es nieve sino sal: además de escasa, el agua es salobre por las minas situadas río arriba.

Una ingeniería climática sin ingenieros

Cherradi dedicó especial atención al comportamiento térmico de los ksour. Las casas pueden tener hasta cuatro plantas y las calles quedan cubiertas porque se construye encima de ellas, así que existen pozos de luz a intervalos. Con una escuela de Brasilia estudiaron 14 ksour y concluyeron que esos pozos no estaban dispuestos al azar: en invierno recibían radiación solar directa y en verano no. Ese sol calienta el aire, y la puerta está orientada para captar el aire del palmeral, introducirlo y refrigerar el interior. Según los datos que citó, con 42 grados fuera del ksar se registran 32 dentro, y en la casa unos 26. "Eso es saber construir, eso es ser arquitecto", comentó.

El palmeral también responde a esa lógica de intensividad, con tres estratos de cultivo: palmeras arriba, frutales debajo y huerta a ras de suelo. Cherradi introdujo aquí una preocupación sanitaria. Todo se vierte al río, y en sus inventarios detectaron que los pueblos situados aguas abajo tenían problemas gastrointestinales más graves por el agua contaminada. Aunque sea arquitecto, dijo, le importaba más controlar el agua y las aguas residuales que conservar un patrimonio de los siglos X, XIV o XV, por impresionante que sea.

CERKAS y la electrificación de los ksour

Cherradi dirigió el CERKAS, un centro estatal con sede en Ouarzazate especializado en conocer, inventariar y rehabilitar ksour y kasbahs. Él matizó que decir "restaurar" era mucho decir. Entre 1994 y 1999, un programa nacional electrificó prácticamente todos estos ksour con los postes habituales. A él le pareció bien, pero para las fotos de los turistas "no funcionaba". El trabajo de su centro consistía en conseguir saneamiento, agua potable y electricidad sin cableado a la vista.

Explicó la organización vertical de la vivienda. La planta baja se destina a los animales, al forraje y a la cocina de verano. La primera, a dormitorios y salones de invitados. La terraza sirve para secar parte de la cosecha más fina, como tomates, ñoras o pimientos, y en verano para dormir al fresco.

Aït Ben Haddou, el cine y la cigüeña

Cherradi trabajó cinco años en la restauración de Aït Ben Haddou, a unos 30 kilómetros de Ouarzazate. Es patrimonio mundial desde 1987, y esa declaración, según él, motivó la creación del centro. Distinguió una parte almohade, otra de los siglos XVI a XVIII y, a partir del XVIII, las kasbahs: viviendas unifamiliares fortificadas de las grandes familias, que él llama "castillitos de arena". La planta baja no tiene ventanas por defensa, solo agujeros de ventilación para los animales. Los pisos altos se construyen con adobe para aligerar peso, y el aparejo de los adobes a soga y tizón produce las decoraciones geométricas de la parte superior. Tienen una sola puerta, cuatro torres en las esquinas, un patio central y una escalera muy estrecha.

El Estado trazó la carretera por la otra orilla del río, y con ella se fueron la escuela y el dispensario, de modo que los habitantes se trasladaron. Su equipo construyó un puente porque cruzar durante las crecidas de marzo, con el deshielo del Atlas, era peligroso. También levantaron muretes para proteger los cultivos en esta zona inundable. Contó que hizo de "falso guía oficial", sin cobrar, para visitantes como Gorbachov o Hillary Clinton.

Señaló en las fotos elementos que son "mentira": dos torres construidas para el cine. Según Cherradi, hoy el ksar vive en parte del turismo, pero sobre todo de las producciones cinematográficas. Citó Sodoma y Gomorra, Lawrence de Arabia, La joya del Nilo y las dos entregas de Gladiator. Durante las obras, cada rodaje era un problema, porque los trabajadores se iban a hacer de extras o de decoradores por mejor sueldo y la restauración podía quedar parada ocho meses. Con el tiempo intentó aprovechar el cine: presionó para que los decorados se hicieran con tierra de verdad y no con cartón piedra, con el único fin de mantener vivo un saber hacer milenario.

Compartió una anécdota personal. En varios de sus proyectos, en Aït Ben Haddou y otros lugares, una cigüeña acabó anidando en lo restaurado. Reconoció que el peso del nido es un riesgo, pero lo vive como si le certificaran que el trabajo está bien hecho.

Mantener vivo el saber hacer

En una de las kasbahs, la parte baja de tapial está sin revestir y deja ver los guijarros. La parte alta, en cambio, está revestida con una tierra más fina que los habitantes traen de un lugar a unos 8 kilómetros. Cherradi explicó que esa tierra es rica en cal aérea natural, aunque los constructores no lo saben ni les importa. Se reviste solo arriba porque los entrantes y salientes decorativos exponen más el muro a la infiltración del agua. La parte lisa puede aguantar "dos siglos" sin revestimiento.

Insistió en que no eran los técnicos quienes decidían, sino la gente del lugar. El objetivo era que los artesanos siguieran siendo artesanos y no se convirtieran en "artistas". Lo comparó con España, donde, afirmó, a quien hace un tapial hay que pagarle como a quien pinta un cuadro porque el oficio se ha perdido. El día que se pierda ese saber, dijo, a este patrimonio solo le quedará un certificado de defunción. Reconoció que es difícil retener a jóvenes que sueñan con emigrar a Europa, porque allí "se vive, pero no se vive muy bien", aunque al turista le parezca un paisaje divino. En sus obras intentaban juntar a los jóvenes con los mayores para favorecer la transmisión, jugaban al fútbol con ellos y trataban de convencerlos de que el patrimonio era suyo: los técnicos solo estaban de paso.

Mencionó que desde 2000 el palmeral de Marrakech, al que comparó con Puerto Banús, se ha llenado de casas de tierra de gente rica y famosa. Eso ha dado trabajo a artesanos del sur. Hasta cuándo durará esa continuidad, dijo, no lo saben. Él se va a jubilar, pero cree haber formado a gente que seguirá, porque esto "es una pasión" y no un trabajo por dinero ni por ser funcionario.

Kasbahs, símbolos y el problema de la herencia

En Skoura, a unos 30 kilómetros de Ouarzazate, mostró la kasbah de Amridil y un conjunto de unas 30 kasbahs que describió como las más ricamente decoradas, algunas ya con paneles solares. Los motivos decorativos, contó, reaparecen en tatuajes femeninos, alfombras y joyas, y tienen significados sobre la fecundidad o la identidad de quien vive allí. Eso, dijo, daría para otra conferencia. Mencionó una rosa silvestre propia de la región cuya producción, según él, compra en exclusiva Yves Saint Laurent para sus perfumes.

Habló de la reconversión de kasbahs en hoteles, como la de un gaditano que abrió ventanas en planta baja, y de un intento de crear algo parecido a los paradores nacionales que se materializó en tres o cuatro kasbahs. El obstáculo principal es la herencia: en una kasbah abandonada puede haber decenas de propietarios, "68 personas, el uno en París, el otro no sé dónde", a los que es casi imposible poner de acuerdo. Suele quedarse la rama familiar sin medios para irse.

También mostró la kasbah de Taourirt, en el centro de Ouarzazate, que fue sede del CERKAS y donde tenía su despacho. Habló de las kasbahs de principios del siglo XX. A partir de 1912 los franceses nombraron caídes y rompieron la estructura tradicional, y esos caídes construyeron kasbahs más cuadriculadas y con muchas ventanas. Hasta los años sesenta se siguieron haciendo casas con forma de kasbah, aunque ya fueran viviendas corrientes.

Al entrar en las kasbahs, Cherradi dijo haber visto por primera vez como arquitecto "la Alhambra desnuda": toda la riqueza espacial sin decoración, construida por completo en tierra, con madera de palmera y suelos también de tierra. Sobre el polvo, contó que él no tuvo alergias hasta llegar a Rabat. Sí mencionó que mucha gente de la zona sufre problemas oculares, habló de glaucoma y cataratas, y que el Gobierno organiza campañas médicas para operarlos. Lo relacionó con vivir en el polvo y lo puso como ejemplo de lo que sí se puede mejorar. Ante las cruces grabadas en algunas puertas, recordó que estos valles fueron en algún momento cristianos y antes tuvieron un reino judío. Sostuvo que de esa convivencia salió en parte la de al-Ándalus, porque "desde aquí subió toda la gente para arriba".

Cómo se construye: adobe, tapial y cubiertas

La mezcla de tierra y paja se moja y se deja macerar un par de noches. Huele mal, "a pipí", porque la paja fermenta, pero eso vuelve la tierra elástica y trabajable. Con ella se hacen adobes en moldes. Antes eran de madera y dobles. Hoy son metálicos y más grandes, y producen piezas que pueden pesar unos 20 kilos y que se secan por fuera pero no por dentro. Cherradi lo considera una pérdida de calidad causada por las prisas. Los adobes tradicionales se secan al sol unos cuatro o cinco días.

El tapial siempre arranca sobre un basamento de piedra. Un peón sube la tierra en una canasta por una escalera. El maestro, subido al encofrado, la extiende con los pies en tongadas de 10 a 20 centímetros, la apisona y repite, desmontando el encofrado poco a poco.

Las vigas eran antes de palmera, la única madera útil junto con la acacia, demasiado retorcida. Hoy la palmera está protegida porque es más rentable por su producción, así que se usan eucalipto o chopo. Cherradi describió el ritual antiguo: se cortaba con luna llena, porque la savia está entonces en las hojas y no en el tronco, y se secaba seis meses. Luego se cortaba en porciones triangulares, "como los quesitos de La vaca que ríe", colocando la parte con más fibra arriba, donde trabaja a compresión. Esa madera limita las crujías a unos 2,80 o 3 metros, porque debe apoyarse más de 25 centímetros en cada muro.

Sobre las vigas va un entramado de caña. Antes se cubría con hojas de palma y hoy con plástico, sobre todo para que no caiga polvo al pisar la terraza. Encima se echan unos 15 centímetros de tierra con piedras e hierbas, se apisonan, y después va una capa más fina y húmeda de tierra con paja fina "que parece chocolate", que el maestro alisa. Llueve poco, pero de forma torrencial, así que el agua debe evacuarse rápido. Por eso las terrazas planas se hacen con pendientes del 4 al 6%, en lugar del 2% habitual. Los techos decorados llamados tataoui, por la región de Tata, usan también adelfa, amarga y resistente a los insectos, pintada con kohl negro y henna roja. Los aleros de caña se lastran con tierra o adobes contra el viento. Las gárgolas, antes de palmera, hoy son a menudo tubos de plástico. "Derecho a la evolución", comentó.

Escuelas, vivienda social y la resistencia al hormigón

Cherradi construyó una escuela de tierra en Ouarzazate, aunque construir con tierra dentro del perímetro urbano está prohibido en el sur de Marruecos. Según él, los bancos no saben asimilar las garantías estructurales de estos edificios. Con la fundación de un banco hizo ocho escuelas de tierra. Destacó dos efectos. Los niños salen de casas con techos de caña y entran en aulas con techos de caña, lo que le parece socialmente positivo. Y, sobre todo, pueden ir a clase en invierno: en los barracones anteriores se helaban de frío, en zonas montañosas y desérticas donde los inviernos son duros. Aclaró que no es tan ingenuo como para pensar en volver a esta arquitectura, pero cree que el fin del petróleo hará necesario recuperar parte de su lógica.

También mostró un hotel en el palmeral de Marrakech, de propietario francés, hecho con dos millones de adobes fabricados con la tierra del propio lugar, en el que él solo prestó ayuda técnica. Mencionó además 22 viviendas sociales de tierra, de las que no traía foto. La reticencia es grande porque "lo moderno es el hormigón". Cuando se argumenta que en una casa de tierra no hace falta aire acondicionado, la respuesta es "déjame de tonterías, el polvo". Cherradi reconoce el derecho a la evolución, a poner una parabólica en el tejado, y se conforma con que haya jóvenes interesados. Para él estos proyectos tienen otra ventaja: dan trabajo en Marrakech a gente del sur y la frenan antes de que suba a Tánger para cruzar el Estrecho.

Tamnougalt: cuando llevar agua puede romper una comunidad

El caso que más desarrolló fue un proyecto en el ksar de Tamnougalt, en el valle del Drâa, con muy poco dinero de la Junta de Andalucía. Arreglaron la puerta, una mezquita y un santuario. Son espacios que no pertenecen a nadie pero son de todos, y trabajar en ellos genera confianza y permite conocer las necesidades reales. El verdadero objetivo, sin embargo, era meter electricidad y agua.

Mientras lo hacían, se dieron cuenta de que las mujeres se reunían una vez por semana en el río para lavar la ropa. En una sociedad muy cerrada, donde no se sale a pasear ni a los cafés, ese era su espacio de encuentro, y llevar el agua a las casas podía destruirlo. Reacondicionaron el lavadero del río para animarlas a seguir yendo. Además crearon un hammam, porque el antiguo baño público había cerrado 18 años antes por falta de leña. El nuevo funciona con energía solar y, según Cherradi, sigue en uso. Lo comparó con construir "una bomba atómica" en mitad de un ksar: una fuga de agua puede tirar un muro de tierra en cuatro días, porque el peor enemigo de la tierra es el agua. La lección que extrajo es que los cooperantes no son salvadores: llegar "en plan Indiana Jones" con agua y luz puede destrozar una sociedad si no se la estudia.

Mostró también la restauración de graneros colectivos, los "bancos" de cada pueblo, situados en el promontorio más alto. Cada familia tiene una celda de unos 1,60 a 2,50 metros de alto y 1,5 de ancho donde guarda la cosecha del año, y el granero sirve de refugio en caso de ataque. Sus puertas miden unos 1,60 metros. No es porque la gente fuera baja, sino para mantener el grano fresco. Uno de estos graneros, a 2.400 metros de altitud y también santuario, fue su primer proyecto en Marruecos. Llegó con los criterios aprendidos en Granada: revestía lo que intervenía y dejaba sin revestir lo demás. Los habitantes le preguntaron por qué lo había dejado "todo parcheado". Ahí se hizo la pregunta que dice haberle guiado desde entonces: ¿restauro para la gente que vive aquí, para mí o para un premio Aga Khan? Su respuesta fue que hay que restaurar para la gente.

Preguntas: el clima, las medinas y los almohades

En el turno de preguntas, el moderador le pidió que explicara cómo se lograba el control térmico. Cherradi señaló la orientación respecto a los vientos predominantes, que en un valle lo recorren a lo largo, y sobre todo el patio como elemento climático que enfría y calienta. Se podía cerrar o abrir con esteras de esparto. En invierno, el calor de los animales en la planta baja sube por orificios en los forjados que también se cierran con esteras. La cocina cambia de planta según la estación, y en verano la vida se traslada hacia la terraza. Habló de una "casa móvil" en la que la persona se mueve con las estaciones. Añadió que ese mismo principio sigue presente en las medinas de Fez, Marrakech, Mequinez, Tetuán o Chauen. Según él, subió desde estos valles y llegó al Albaicín y a Sevilla con los almohades, en un intercambio de ida y vuelta con lo que traían los omeyas. Puso como ejemplo la secuencia Kutubía, Giralda y Torre Hassan.

Contó que prepara un libro, Los barcos de la Kutubía, sobre 18 grafitis de barcos en esa mezquita, a unos 200 kilómetros de la costa más cercana. Algunos barcos muestran 38 cabos, algo que, a su juicio, solo dibujaría un marinero, y eso abre la pregunta de qué hacía un marinero en esa obra. Dijo que lo discute con Rafael Manzano, Alfonso Jiménez y Antonio Almagro. Recomendó el ARAL, un atlas en línea de la arquitectura almohade financiado por la Real Academia de San Fernando, con unos 150 monumentos documentados con planos, fotos, vídeos y restituciones hipotéticas, en el que participa junto a especialistas como Enrique Nuere. Lamentó que se conozca tan poco el papel de Mallorca como punto estratégico comercial y cultural en esa época.

El futuro de los ksour: realismo y cabezas de palmera

Una asistente le preguntó cómo equilibrar protección y evolución para que la gente no abandone los ksour, sabiendo que una casa habitada se desmorona si la del vecino está vacía. Cherradi dijo no tener bola mágica y comparó el fenómeno con la "España vaciada". Según él, allí se repiten los mismos errores. Se habla de gente que vuelve, pero vuelve muy poca. Él se conforma con que quienes quedan vivan lo mejor posible y, sobre todo, tengan agua. Recordó ocho años de sequía muy dura. Este año las borrascas llegaron también allí y el desierto se ha puesto verde en las imágenes de satélite, pero ni eso, dijo, hará que la gente se quede. Mencionó iniciativas como el fomento del turismo o la construcción en la zona de la que describió como la mayor central solar del mundo, y resumió su postura así: sujetar lo que se pueda mientras se pueda. Cuando a un ksar le toque el certificado de defunción, se le da.

Ilustró sus criterios con una anécdota. Una escuela de Lausana, en Suiza, le propuso hacer la fotogrametría de los "diez mejores monumentos" del valle del Drâa. Él respondió que dependía de qué se entendiera por monumento. Su método es superponer las fotografías aéreas del valle de 1968, 1972, 1984, 1986 y 1998, más una que hizo en 2004, y ver dónde han aumentado las cabezas de palmera. Donde el palmeral crece hay gente que lo trabaja, y ahí es donde hay que invertir el esfuerzo. Lo hace aunque eso signifique dejar de lado un ksar del siglo XIV con la que considera la mejor mezquita del valle. Sobre el apoyo público, dijo que existe una institución dedicada a los ksour y kasbahs del sur, pero que su dinero no basta. Lo importante para él es que el Estado sea sensible al tema. El resto de la financiación se busca fuera.

Mantenimiento, taludes y cal

A preguntas más técnicas, Cherradi explicó que el revoco exterior puede durar unos 20 años sin problemas si está bien hecho y bien anclado. Con el tiempo la tierra se va perdiendo y aparece la paja, algo que a él le parece más bonito. Las terrazas requieren un mantenimiento anual, que consiste sobre todo en limpiar las gárgolas para que no retengan agua y añadir una capa de tierra después de las lluvias. Ahora que llueve menos, eso ocurre cada dos o tres años. Para que un revoco agarre hay que picar el muro, aplicar un mortero basto de agarre y luego la capa fina final. Y hay que mojar el muro abundantemente, "con una manguera", porque si está seco absorbe el agua del mortero y este se cae. Los revestimientos interiores mezclan la tierra con yeso por ser más barato e higiénico.

Otro asistente preguntó si el talud de las fachadas altas de las kasbahs no favorece la entrada de agua. Cherradi respondió que el talud deriva del sistema constructivo: el muro mide unos 80 centímetros en planta baja, 60 en la primera y 50 en la siguiente. Añadió que no llueve lo bastante como para que eso cause un deterioro notable. El mismo asistente observó que estos pueblos se sedentarizaron pero siguen siendo "nómadas dentro de su casa", y Cherradi lo aceptó. Sobre la impermeabilización del hammam, explicó que usaron mortero de cal aérea, dos partes de cal por una de arena o tierra, algo poco habitual en la zona. No llegaron a aplicar tadelakt, un estuco más fino con una parte de arena por cuatro de cal, que se reserva para baños y cúpulas en contextos urbanos.

Del trabajo pluridisciplinar al interdisciplinar

La última pregunta fue si los equipos eran solo de arquitectos y si se había estudiado la cultura material, en particular la cerámica. Cherradi contó que al llegar al CERKAS en 1994 era el único arquitecto. Había un etnólogo, dos antropólogos, un sociólogo, cuatro delineantes, un fotógrafo y personal administrativo, todos jóvenes y la mayoría originarios de la zona. Al principio redactaban informes para el Estado por partes separadas: arquitectura, etnología, sociología, antropología. En menos de un año concluyeron que eso no tenía sentido, porque ninguno entendía lo que decía el otro. Puso como ejemplo la cocina. Él veía un espacio con un hogar de barro y se preguntaba por dónde entraba la leña, y el etnólogo le explicaba que allí solo podía entrar la mujer. Pasaron entonces a trabajar de forma interdisciplinar, que para él significa escribir un único documento, a la vez, entre todos. En ese enfoque, dijo, la parte arquitectónica es "lo más chiquitito".

Ese enfoque les llevó a recopilar música y tradición oral. Durante 42 o 48 días (dio ambas cifras) siguieron con sus tiendas de campaña a una familia nómada de pastores de dromedarios y cabras en la zona del Atlas: una pareja con tres hijos. Uno del equipo anotaba los cuentos que el padre contaba a su hijo, mientras Cherradi estudiaba cómo se montaba y desmontaba la jaima y qué objetos llevaban consigo. Lo describió como una experiencia de vida total.

Sobre la cerámica, reconoció que en el valle del Drâa se ha hecho muy poca excavación arqueológica. En la parte alta de Aït Ben Haddou, la almohade, han aparecido fragmentos de cerámica de esa época, pero no se han estudiado, aunque "si subes como turista seguro que te la encuentras". Mencionó Tamegroute, a unos 40 kilómetros al sur de Zagora, con una cerámica que considera muy parecida a la de Granada. Quisieron investigar esa pista, pero él no es experto en cerámica y el tema sigue sin estudiarse: "hay doctorados para hacer y regalar". Cerró con un lamento. La relación entre las dos orillas se ha roto mucho, quizá en parte por el idioma, al haber quedado Marruecos muy afrancesado, y eso ocurre, dijo, en todo el Mediterráneo. Consideró que es una pena, porque mucho de lo que une a ambas orillas sigue ahí esperando a ser estudiado.