Cicerón y el arte de persuadir: estrategias de un orador en los tribunales, la asamblea y el Senado
Fundación Juan MarchLa tercera conferencia del ciclo «La fuerza de la palabra en la Antigüedad» de la Fundación Juan March estuvo dedicada a Marco Tulio Cicerón. Francisco Pina Polo, catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Zaragoza, no presentó al Cicerón teórico de la retórica ni al filósofo, sino al orador en acción. Su pregunta central fue qué estrategias empleaba Cicerón para persuadir y con qué objetivos políticos, según hablara ante un tribunal, ante el pueblo o ante el Senado. A lo largo de la sesión, el actor Juanma Navas dramatizó fragmentos de los discursos comentados. El conferenciante abrió «al más puro estilo ciceroniano», con una captatio benevolentiae, y recordó una frase de Cicerón: no hay orador, ni bueno ni malo, sin público.
De Arpino a Roma: la formación de un «hombre nuevo»
Pina Polo comenzó por las «dos patrias» que el propio Cicerón reconocía. Nació en Arpino, una pequeña ciudad provinciana del Lacio, no muy lejos de Roma. Sus habitantes eran ciudadanos romanos de pleno derecho, de modo que Cicerón fue jurídicamente ciudadano romano desde su nacimiento. Su familia era rica. El padre era terrateniente y probablemente desarrolló una carrera política local, aunque el conferenciante advirtió que no hay noticia segura de ello. Lo que sí quería era que sus hijos hicieran carrera en la capital, y por eso envió a Roma a Marco, el mayor, y a Quinto, el menor, cuando llegaron a la adolescencia.
En Roma no existía escuela pública. Quien aspiraba a una formación de cierto nivel debía recurrir a una enseñanza privada y elitista. Los dos hermanos entraron en un pequeño círculo de adolescentes de algunas de las familias más importantes de la ciudad, que estudiaban oratoria, retórica, gramática, derecho y filosofía, en ocasiones con los mejores oradores y filósofos griegos asentados en Roma. Terminada esa etapa, Marco hizo lo que hoy llamaríamos un viaje de estudios. Pasó unos meses en Grecia, el Mediterráneo oriental y Anatolia, y recibió clases de filosofía. Sobre todo quería pisar los lugares por donde se habían movido las grandes figuras de la Antigüedad, como Aristóteles: recorrer el ágora de Atenas o iniciarse en los misterios de Eleusis. Según el conferenciante, esa formación le abrió después las puertas de la vida política.
El intelectual y el epistolario
Pina Polo describió a Cicerón como un gran intelectual y un polígrafo. Escribió sobre política, en obras como Sobre la República (es decir, sobre el Estado) y Sobre las leyes, y también sobre filosofía. En este terreno, el conferenciante reconoció que quizá no figure entre los filósofos más originales de la historia, aunque tiene aportaciones propias. Lo que considera decisivo, para Roma y para nosotros, es que llevó al latín algunos principios básicos de la filosofía griega. Cicerón bebía de todas las corrientes sin encerrarse en ninguna, y Pina Polo sugirió que ese eclecticismo no era necesariamente negativo, sino tal vez un rasgo positivo de su carácter.
Para el historiador, el gran privilegio es la correspondencia. Se conservan varios cientos de cartas dirigidas a su amigo Ático, a su hermano Quinto y a los llamados «familiares», término que incluye tanto a parientes como a amigos. Gracias a ellas se puede reconstruir su vida privada y sus sentimientos. En ocasiones se puede saber incluso qué hizo a lo largo de un día entero, por el intercambio a veces frenético de mensajes con otros personajes de la época.
La teoría: elocuencia y sabiduría
Antes de entrar en los discursos, el conferenciante repasó los principios que, según los propios tratados de Cicerón, debían regir la oratoria. Sobre la invención retórica la escribió con poco más de veinte años, cuando aún no tenía experiencia como orador pero ya se atrevía a dar lecciones teóricas. Pina Polo destacó de esa obra el binomio entre elocuencia y sabiduría. El orador debe saber de qué habla, porque si no, por hermosas que sean sus palabras, el discurso será mera palabrería.
Al final de su vida, en El orador, Cicerón concretó a qué saberes se refería. El primero es la filosofía, necesaria para hablar de la muerte, la religión, la ética o el alma. El segundo es el derecho, imprescindible en los tribunales, uno de sus grandes campos de actuación, sobre todo como abogado defensor. Y no solo el derecho romano: el conferenciante recordó que los senadores eran una especie de «hombres orquesta» que debían saber de diplomacia y de derecho internacional. El tercero es la historia, primero la de Roma y luego la del Mediterráneo, sus grandes estados y sus reyes. Pina Polo señaló que el uso de ejemplos históricos es un rasgo característico de sus discursos, y probablemente también de otros oradores de la época, porque, como decía Cicerón, esos ejemplos dan autoridad y crédito.
La obra retórica más ambiciosa fue Sobre el orador, tres libros escritos como diálogo entre varios personajes. En ella se describe el proceso creativo. Primero hay que saber qué se quiere decir. Después hay que ordenarlo y darle un ritmo que atraiga al oyente. Luego hay que memorizarlo. El conferenciante subrayó que en la Antigüedad era inconcebible que un orador leyera en público. Cicerón escribía, o hacía escribir a alguno de sus varios secretarios, pero no leía ante el público ni en un tribunal, algo que Pina Polo contrastó con la política actual, en la que «prácticamente para una sola frase hay que leerla». Por último, hay que atraer al público eligiendo bien los argumentos: engrandecer los que favorecen al orador y dejar en segundo plano los que pueden perjudicarle.
Tres escenarios y tres públicos
La conferencia se organizó en torno a los tres grandes escenarios de la oratoria romana. El primero eran los tribunales. Desde unas décadas antes de la época de Cicerón existían en Roma tribunales permanentes y especializados: uno para homicidios, otro para la malversación de fondos públicos y las actuaciones indebidas en las provincias, etcétera. Al frente de cada uno había un pretor, el penúltimo escalón de la carrera política romana, y los jurados se designaban por sorteo. Pina Polo advirtió que ese sorteo se hacía entre miembros de la élite y de la aristocracia. No eran tribunales populares como los de la Atenas democrática, sino jurados con una educación parecida a la del propio Cicerón.
El segundo escenario eran las asambleas populares, de dos tipos. En los comicios nunca se pronunciaban discursos y siempre se votaba: eran asambleas decisorias en las que se aprobaban o rechazaban leyes y se elegía anualmente a los magistrados del cursus honorum. En las contiones (en singular, contio), en cambio, siempre se hablaba pero nunca se decidía. Eran deliberativas, y cuando se lee que un orador habló ante el pueblo, es siempre en este tipo de asamblea.
El tercer escenario era el Senado, la cámara aristocrática por excelencia de una República que el conferenciante definió como un sistema básicamente aristocrático con elementos propios de una democracia. Solía reunirse en la curia, pero también podía hacerlo en templos: «el Senado estaba donde estaban los senadores». Era un órgano de exmagistrados, ya que quien ocupaba una magistratura se convertía en senador de por vida. Además, era una cámara cerrada, a cuyas sesiones no podía asistir público externo.
Cicerón sabía que no se podía hablar igual en todos esos lugares. El objetivo es siempre persuadir, y la inteligencia y el prestigio dan peso al orador, pero el registro cambia. En el Senado, y por extensión en los tribunales, el público era, en palabras de Cicerón, gente como él: cultos, educados, «sabios». Allí cabían argumentos más elevados, aunque no convenía mostrarse arrogante para no enajenarse a esa audiencia. En la contio podía entrar cualquiera, aristócratas y plebeyos, aunque probablemente predominaban los plebeyos. El ánimo de la asamblea podía cambiar constantemente, y Cicerón insistía en que allí había que despertar sentimientos: miedo, esperanza, deseo, gloria. Pina Polo anticipó que esta idea se vería después en un discurso concreto.
Los tribunales: descalificar más que refutar
Para explicar cómo funcionaba un juicio romano, el conferenciante proyectó escenas de grandes películas judiciales estadounidenses, porque le parecían una forma sencilla de entenderlo. Un ciudadano, no un fiscal profesional, acusaba a alguien y presentaba testigos contra el reo. Este contaba con uno o varios defensores, que tampoco eran profesionales, sino, como el propio Cicerón, miembros de la élite que actuaban como abogados de forma circunstancial. Era una contentio, una competición dialéctica para convencer al jurado. Y, como en esas películas, a menudo no se trataba tanto de rebatir argumentos como de descalificar personas: desacreditar a los testigos o al acusador para invalidar su testimonio. Según Pina Polo, esta era una de las estrategias preferidas de Cicerón.
El conferenciante añadió dos precisiones. Todos los discursos judiciales conocidos de Cicerón los pronunció como defensor, con una excepción: las Verrinas, contra Verres, gobernador de Sicilia. Y de Cicerón se conservan muchos más discursos judiciales que discursos ante el pueblo o incluso ante el Senado.
En defensa de Flaco: testigos griegos y asambleas «desordenadas»
El primer caso fue el juicio del año 59 a. C. contra Lucio Valerio Flaco, miembro de la ilustre familia de los Valerios. Desde el año 62 había sido gobernador de la provincia de Asia, el antiguo reino de Pérgamo, en la parte occidental de la actual Turquía, una de las provincias más ricas del Imperio por sus impuestos y su comercio. Al parecer, Flaco cometió abusos en forma de tasas excesivas. Algunas ciudades acudieron a Roma, encontraron a un ciudadano dispuesto a apoyarlas y llevaron a Flaco a juicio. Cicerón lo defendió y, en lugar de rebatir las acusaciones, se concentró en desprestigiar a quienes las sostenían.
La primera línea consistió en descalificar a los testigos por ser griegos. En el fragmento dramatizado, Cicerón pide a los jueces que no piensen que juzgan sobre lidios, misios o frigios, sino sobre la propia República. Se pregunta si van a fiarse de un aldeano del Tmolo al que nadie conoce para saber quién es Lucio Flaco. Declara que no niega a los griegos su literatura, su dominio de las artes, el encanto de su palabra y su ingenio, pero sí «la seriedad y la fidelidad en el testimonio». Afirma que el testigo griego sube al estrado con el único propósito de causar daño y que por eso se elige al más desvergonzado y charlatán. Pina Polo señaló que la mención del Tmolo no era casual. Se trataba de una pequeña población de montaña del occidente de Anatolia, y la referencia suponía una doble descalificación, como griego y como montañés, porque para la mentalidad romana la civilización estaba en el llano y en la agricultura, y la montaña era sinónimo de incultura.
Cabría pensar que todo era exageración retórica, y el conferenciante admitió que en parte lo era: Cicerón conocía bien la cultura griega, hablaba griego perfectamente y había viajado a Grecia. Pero sostuvo que también había en él un punto de creencia, «una cierta xenofobia». Como prueba citó una carta a su hermano Quinto, cuando este iba a gobernar la provincia de Asia, en la que Cicerón le advierte que se cuide de los griegos porque la mayoría son mentirosos, frívolos y aduladores.
La segunda línea de defensa atacaba la democracia. Pina Polo recordó que Cicerón no creía en ella y citó Sobre la República: la igualdad (aequabilitas) es injusta, porque en la sociedad debe haber grados de dignidad. El conferenciante parafraseó así la idea: cómo va a valer lo mismo el voto de una persona culta, que sabe lo que Roma necesita, que el del carnicero del Aventino. En el juicio, Cicerón sostuvo que las acusaciones no merecían crédito porque procedían de votaciones en asambleas populares de ciudades griegas. En el fragmento leído afirma que los antepasados romanos nunca dieron autoridad a la asamblea popular, que Grecia cayó «por la libertad desordenada y el desenfreno de las asambleas», y que si eso ocurrió en Atenas, cuánto más en Frigia o Misia, donde es fácil agitar a artesanos y tenderos. Por eso se niega a llamar testimonios a esos decretos, que describe como «el bramido de una turba de indigentes» y el motín de «una asamblea de grieguecillos».
Pina Polo considera que probablemente había algo de cierto en las acusaciones, pero Cicerón logró su propósito y Flaco fue absuelto.
En defensa de Celio: Clodia en el centro del proceso
Tres años después, en el 56, Cicerón defendió a Marco Celio Rufo, un joven de unos 26 años de familia ilustre, aunque menos que los Valerios. Era amigo y entonces aliado político de Cicerón, con quien compartía ideas básicas sobre la organización de la República. Entre los cargos, el más grave quizá fuera un intento de asesinato contra Clodia, hermana de Clodio. Y aquí, subrayó el conferenciante, está la clave. Clodio, de la familia de los Claudios aunque había cambiado su nombre para parecer más popular, era el archienemigo de Cicerón. Como tribuno en el 58 había logrado enviarlo al exilio, acusándolo de haber ejecutado sin juicio y sin derecho de apelación a ciudadanos romanos implicados en la conjuración de Catilina.
La estrategia volvió a ser la descalificación. Según Pina Polo, a lo largo de todo el discurso Cicerón viene a decir: cómo vais a creer a Clodia si vive como una prostituta. No afirma que lo sea, sino que vive como si lo fuera: que se acuesta con sus esclavos, lo peor en una sociedad donde el esclavo es una cosa; que se va con cualquiera; incluso que comete incesto con su hermano. Cicerón no necesita demostrar nada, le basta con lanzar las acusaciones. En el fragmento dramatizado, Cicerón asegura que hablará de ella con moderación, porque nunca ha querido enemistades con mujeres, y menos con una «a quien todos han considerado siempre más bien amiga de todos que enemiga de alguien». Se dirige a ella directamente: si existiera una mujer como la que ha descrito, «que naturalmente no eres tú», ¿sería escandaloso que un joven tuviera trato con ella? También finge equivocarse al hablar de «el esposo de esa mujer, perdón, quise decir con su hermano, siempre me equivoco en esto». Y concluye pintando la casa de Clodia como un lugar de lujos y vicios de donde procede toda la acusación.
El conferenciante explicó el trasfondo que Cicerón explota. Supuestamente Celio había sido amante de Clodia, y el discurso juega con el «manido argumento» de la mujer madura que seduce al joven y, abandonada, busca venganza. Como mujer, Clodia no podía impulsar un juicio, aunque fuera ciudadana, y utilizó a otra persona. Aun así, en el discurso queda claro que la clave es ella. Celio también fue absuelto.
En defensa de Milón: el tiranicidio como servicio a la República
El tercer juicio llevó a Pina Polo al año 52, que considera clave porque sus acontecimientos conducen casi directamente a la guerra civil entre cesarianos y pompeyanos del 49. En los años 50, Roma vivía un clima de violencia callejera con bandas armadas al servicio de distintos políticos. A comienzos del 52 se enfrentaron las de Clodio y las de Tito Annio Milón, y Milón hizo buscar y asesinar a Clodio, que se había refugiado en una posada. Clodio era enemigo de Cicerón, pero también muy popular: como tribuno había impulsado leyes favorables al pueblo, como el reparto gratuito de grano a los más pobres.
Su muerte provocó una movilización popular extraordinaria, con asambleas y discursos incendiarios cada día para llevar a Milón a juicio. Los partidarios de Clodio llevaron su cadáver al interior de la curia y le prendieron fuego. El edificio quedó totalmente destruido y algunos inmuebles cercanos resultaron dañados. Según el conferenciante, el mensaje a los senadores era claro: vosotros sois culpables porque amparáis la violencia de Milón. El Senado se planteó nombrar dictador a Pompeyo y finalmente lo hizo cónsul sin colega, algo inédito desde el fin de la monarquía, en lo que Pina Polo ve una forma curiosa de darle todos los poderes sin llamarlo dictador. Pompeyo reprimió a los clodianos, con juicios, exilios y probablemente muertes, pero para calmar los ánimos aceptó también que Milón fuera juzgado.
Cicerón, aliado y amigo de Milón, asumió su defensa. Según cuenta Plutarco, el juicio se celebraba al aire libre y estaba rodeado por una multitud de partidarios de Clodio, la llamada corona. Cicerón apenas pudo hablar: le temblaba el cuerpo y casi no le salía la voz. El texto conservado, advirtió el conferenciante, quizá sea el discurso que quiso pronunciar y no llegó a pronunciar, al menos completo.
La línea argumental no niega el asesinato, sino que lo justifica. En el fragmento, Cicerón invoca una ley no escrita y natural que permite repeler la fuerza con la fuerza. Afirma luego que, aunque renunciara a refutar la acusación, Milón podría proclamar con orgullo que ha matado a Clodio, a quien acusa de adulterio sacrílego, de incesto con su hermana y de asesinatos en el foro. Recuerda que los griegos honran como dioses a los tiranicidas y enumera precedentes: Ahala con Espurio Melio, Nasica con Tiberio Graco, Opimio con Cayo Graco, Mario con Saturnino, y «nosotros mismos» con los catilinarios. El texto termina en tono patético, con Cicerón lamentando que un hombre nacido para servir a su patria vaya a morir fuera de ella y diciendo que las lágrimas no le dejan hablar.
Pina Polo resumió la argumentación con una frase de Sobre las leyes: salus populi suprema lex esto, la salvación del pueblo debe ser la ley suprema. Si es necesario usar la violencia para salvar la República, todo queda legitimado. Milón habría matado a un tirano y merecería ser alabado, igual que los demás personajes de la lista, Cicerón incluido, presentados no como asesinos sino como héroes.
Esta vez Cicerón no tuvo éxito. Milón tuvo que marchar al exilio y no volvió a Roma. El conferenciante cerró el episodio con una anécdota que recoge Casio Dion, autor que escribe en griego. Cicerón reescribió el discurso y se lo envió a Milón, quien respondió que era un bonito discurso y que, de haberlo pronunciado cuando debía, quizá habría sido absuelto, aunque tampoco estaba tan mal en Massilia, la actual Marsella, comiendo riquísimos salmonetes todos los días.
La tribuna de oradores y el alcance de la voz
Al pasar a la asamblea popular, Pina Polo describió el espacio físico. Frente a la curia estaban los rostra, la tribuna de oradores, llamada así por las piezas de barcos enemigos hundidos por la marina romana que se incrustaron en su parte frontal. Desde allí se hablaba habitualmente hacia el foro, aunque había otros escenarios posibles. Sin micrófonos ni altavoces, todo dependía de la potencia de la voz. Por eso el conferenciante insistió en que no hay que imaginar a miles de oyentes: la voz no habría llegado al otro extremo del foro. Según explicó, se han hecho pruebas que lo muestran con claridad, y además habría un murmullo constante de gente comentando lo que decía el orador. Pina Polo piensa más bien en algunos cientos de personas. Lo que allí se oía se difundía después de forma capilar, a través de rumores y habladurías, por toda Roma. Pero el epicentro de esos rumores era siempre la tribuna.
El orgullo del homo novus
El primer discurso ante el pueblo que comentó fue el inicio del que Cicerón pronunció al comienzo de su consulado, en el 63. Para situarlo, Pina Polo mostró el llamado «Togado Barberini», un noble romano no identificado que sostiene los bustos de dos antepasados. Son las imagines maiorum, una demostración de fuerza que viene a decir: estos son mis antepasados y fueron cónsules y triunfadores. Cicerón carecía de ese linaje. Era un homo novus, un advenedizo, el primero de su familia en entrar en el Senado, y algunos nobles «pata negra» se lo echaban en cara. Aun así, llegó a cónsul.
En lugar de disculparse, Cicerón dio la vuelta al argumento. En el fragmento dramatizado recuerda la costumbre de que los nobles elogien a sus antepasados en su primer discurso y afirma que él no puede hacerlo. No porque sus antepasados carecieran de las cualidades que ven en él, sino porque no recibieron los honores del pueblo. Se presenta como el primer hombre nuevo en muchos años elegido cónsul, y además en su primera candidatura y a la edad legal. El conferenciante explicó que Cicerón presumía de haber sido elegido a la primera para edil, para pretor y para cónsul, un logro que, según él mismo, ningún homo novus y pocos nobles habían alcanzado.
La ley Manilia: una lista de irregularidades convertida en argumento
Retrocediendo al año 66, Pina Polo analizó el discurso a favor de la propuesta del tribuno Manilio. Las propuestas de ley, rogationes, llevaban el nombre de quien las presentaba. Manilio proponía conceder un mando extraordinario a Pompeyo Magno para acabar con Mitrídates, rey del Ponto, un pequeño reino del norte de Anatolia que había conquistado buena parte de la península. Desde hacía dos décadas ponía en jaque al ejército romano y amenazaba intereses económicos enormes, empezando por la provincia de Asia. Pompeyo tenía fama de «apagafuegos»: había terminado la guerra contra Sertorio en la península ibérica y, «o eso decía él», había acabado con la piratería. El conferenciante matizó que logró hacerla retroceder, pero los corsarios volvieron más tarde.
A Pina Polo le resulta sorprendente, viendo la trayectoria de Cicerón, que apoyara conceder miles de soldados a un particular que ni siquiera era magistrado. Y el texto le parece fascinante como muestra de su oratoria. Cicerón enumera con preguntas retóricas una larga serie de irregularidades, incluso ilegalidades, de la carrera de Pompeyo. Siendo casi un adolescente y sin cargo oficial, organizó un ejército. Recibió mandos en Sicilia y África sin tener edad de senador. Celebró un triunfo siendo caballero romano, y luego un segundo. Fue enviado como procónsul a una guerra teniendo Roma dos cónsules. Fue dispensado de las leyes para ser cónsul sin haber ocupado antes otra magistratura. Cuando el oyente espera que la conclusión sea el rechazo a la ley, Cicerón da un giro: si todo eso funcionó, por qué no confiarle un poder más. El conferenciante lo comparó con Groucho Marx: «tengo unos principios, pero si no le gustan, tengo otros».
El discurso termina con otro rasgo que Pina Polo considera típico de Cicerón: la afirmación de que actúa solo por el bien del Estado, anteponiendo la voluntad del pueblo a sus intereses. En realidad, señaló el conferenciante, algún interés tenía, porque tres años después quería ser cónsul y para ello necesitaba el apoyo de Pompeyo.
Las Catilinarias ante el pueblo: el miedo al fuego y el mérito divino
El tercer discurso popular pertenece a las Catilinarias, del año 63, cuando Cicerón era cónsul. Le llegaron rumores de que Catilina preparaba una conjura para hacerse con el poder, reunió pruebas y se propuso convencer al Senado y al pueblo, y volcar la opinión pública contra él. El pasaje elegido corresponde a un discurso pronunciado cuando Catilina ya había salido de Roma. El objetivo era impedir que la plebe se movilizara a favor de los catilinarios, y el instrumento, según Pina Polo, fue el miedo, en aplicación de su propia teoría sobre despertar sentimientos ante el pueblo. Cicerón insinúa una y otra vez que Catilina quería incendiar Roma, porque nada asusta más a los habitantes de una ciudad, y sobre todo a los más pobres, que perder su casa y sus enseres.
El conferenciante destacó también un juego característico: Cicerón se atribuye el mérito y a la vez lo desplaza. En el fragmento dramatizado celebra que Catilina haya sido expulsado, asegura que la ciudad, sus bienes, sus mujeres e hijos han sido salvados de las llamas por el amor de los dioses y gracias a sus esfuerzos, su vigilancia y sus riesgos. Luego añade que decir que fue él quien hizo frente a los conjurados sería una pretensión excesiva, porque fue Júpiter. Aunque, eso sí, fue él quien, inspirado por los dioses, encontró las pruebas. Termina invitando a celebrar una victoria obtenida sin matanzas ni ejércitos, «sin dejar de vestir la toga», con él como único guía.
Pina Polo corrigió esa imagen. Las palabras fueron precipitadas: Catilina había huido para unirse a un ejército en Etruria, la actual Toscana, y murió meses después en batalla. Además, conjurados apresados en Roma fueron ejecutados por orden del cónsul. No es exacto, concluyó, que la conjura se derrotara solo con la toga: también hicieron falta las armas.
En el Senado: la Primera Catilinaria
Para el Senado, el conferenciante recurrió al conocido cuadro de Cesare Maccari del siglo XIX. Advirtió que es una reconstrucción fantasiosa: el Senado podía disponerse en hemiciclo o con bancos corridos a ambos lados, y el orador hablaba desde su asiento o desde el centro. En la escena, Catilina aparece aislado en un rincón, repudiado por todos gracias al discurso. Pina Polo confesó que al principio se resistió a incluir un texto tan conocido, que muchos han traducido en clase de latín, pero le parece tan potente que decidió hacerlo. No hay proemio ni captatio benevolentiae: desde la primera frase Cicerón acusa a Catilina de querer destruir la ciudad, porque quiere convencer al Senado de que hay que acabar con él y de que lo que merece es la muerte. El actor leyó el célebre arranque: «¿Hasta cuándo, Catilina, seguirás abusando de nuestra paciencia?», con el «¡qué tiempos, qué costumbres!» y el reproche de que Catilina sigue vivo e incluso participa en el Senado mientras señala con la mirada a quienes quiere matar.
Las Filípicas: la paz que exige la guerra
El último ciclo analizado fueron las Filípicas contra Marco Antonio. Pina Polo explicó que el título, elegido por el propio Cicerón, era un mensaje en sí mismo. En la sesión anterior del ciclo se había hablado de las Filípicas de Demóstenes, en las que este se presentaba como defensor de la libertad de Atenas frente a la tiranía de Filipo de Macedonia. Cicerón se situaba así como defensor de la libertad frente a un tirano.
César había sido asesinado en los idus de marzo del 44. Según el conferenciante, no parece que Cicerón participara activamente en la conjura, pero después la legitimó. Aun así, vio pronto que «el trabajo no estaba bien hecho»: había desaparecido César, pero no la red de alianzas, amistades e intereses políticos y económicos que había tejido, en cuyo centro estaba Marco Antonio. Menos de dos meses después del asesinato, Cicerón escribió a Ático que César había dejado un heredero, Antonio, y que aquello no acabaría mientras no acabaran con él. A finales del 44 y en los primeros meses del 43 pronunció las Filípicas, la mayoría en el Senado y un par ante el pueblo. Su objetivo era que Antonio fuera declarado hostis, enemigo público, lo que de facto lo apartaría de la ciudadanía y lo convertiría en alguien a quien se podía matar legalmente. El conferenciante lo relacionó con el argumento de la defensa de Milón: todo es legítimo si se trata de salvar la República.
En el fragmento leído, Cicerón describe a Antonio como un monstruo hecho de lujuria, crueldad, soberbia y arrogancia, sin rastro de nobleza ni honestidad. Pide a los senadores el coraje de los antepasados para reconquistar la libertad o preferir la muerte a la esclavitud. Propone declarar a Antonio enemigo de la patria, decretar el estado de alarma, vestir el uniforme de campaña y reclutar tropas. Pina Polo destacó aquí de nuevo el recurso de insistir machaconamente en una idea para acabar dando un giro. Cicerón se define como hombre de paz, «hijo de la paz», que siempre la ha defendido, para concluir que no quiere la paz con Antonio porque sería vergonzosa, peligrosa e imposible: «Si queremos disfrutar de la paz, hay que hacer la guerra».
Según el conferenciante, Cicerón no logró su objetivo, pero vivió su último periodo de fama. Como consular más antiguo, recuperó el liderazgo en el Senado al frente de lo que consideraba una causa justa. Sin embargo, los intereses que había dejado César eran muy fuertes: estaban Octavio, hijo adoptivo de César y futuro Augusto, Antonio y otros. Hubo guerras por el Mediterráneo, pero Antonio nunca fue declarado hostis y el Senado nunca le declaró la guerra oficialmente.
La muerte del orador
En noviembre del 43, Octavio, Antonio y Lépido, antiguo lugarteniente de César, se aliaron y, mediante una ley aprobada por el pueblo, se convirtieron legalmente en triunviros. Lo primero que hicieron fue publicar una lista de proscritos, supuestos enemigos públicos que en realidad eran sus propios enemigos. El número uno, explicó Pina Polo, era Marco Tulio Cicerón, y Antonio no dudó en ordenar su muerte. Cicerón supo al conocer la lista que era hombre muerto si no escapaba de Roma. Desde una de sus villas del Lacio y Campania, relativamente cerca de la costa al sur de Roma, intentó llegar al mar en una litera llevada por esclavos fieles para embarcar y salir de Italia. Los soldados enviados por Antonio lo alcanzaron, lo sacaron de la litera y le cortaron la cabeza.
La conferencia terminó con la lectura de un texto que el conferenciante atribuyó al filósofo Séneca, en el que se describe la escena de forma vívida. Los esclavos de Cicerón estaban dispuestos a luchar, pero él les ordenó dejar la litera en el suelo y aceptar su destino. Asomándose fuera, ofreció el cuello. Los soldados no se conformaron con decapitarlo y le cortaron también las manos, diciendo que eran las que habían escrito contra Antonio. Por orden de Antonio, la cabeza, colocada entre las dos manos, fue expuesta en la tribuna de oradores de Roma, el lugar donde Cicerón había hablado tantas veces y donde ese mismo año había sido escuchado contra Antonio. Según el texto, los ciudadanos, anegados en lágrimas, apenas podían alzar los ojos para mirar los restos mutilados de su compatriota. Así cerró Pina Polo la historia del hombre al que consideraba probablemente uno de los grandes oradores de la Antigüedad, y que, añadió, seguramente estaría de acuerdo en que era el mejor.
Permítanme que comience al más puro estilo ciceroniano con una captatio benevolentiae, porque, como dijo Cicerón, no hay orador ni bueno ni malo sin público. Así que muchas gracias a todos ustedes por estar hoy aquí presentes.
Este es nuestro protagonista, Marco Tulio Cicerón. Aquí tenemos las dos patrias, como él mismo decía, a las que pertenecía. Él nació en Arpino, una pequeña ciudad, digamos, provinciana, del Lacio, como ven ustedes, no muy lejos de Roma. Arpino, los habitantes de Arpino eran ciudadanos romanos de pleno derecho. Es decir, Cicerón nació ya ciudadano romano desde un punto de vista jurídico. En Arpino, su familia tenía riquezas, su padre era un terrateniente y probablemente, aunque no tengamos noticia segura de ello, probablemente desarrolló una carrera política local. Pero el padre aspiraba a que sus hijos tuvieran una carrera política en Roma, la capital del imperio. Por eso los envió a los dos, a Marco, el mayor, y a Quinto, el hijo menor, a Roma cuando se convirtieron en adolescentes.
En Roma no había escuela pública, de tal manera que quienes aspiraban a tener una formación, digamos, académica de un cierto fuste tenían que acudir a una enseñanza privada, privada y elitista. De hecho, los dos, tanto Marco como Quinto, se introdujeron en un pequeño círculo de adolescentes como ellos, que pertenecían a algunas de las familias más importantes de Roma y que estudiaban oratoria, retórica, gramática, derecho, filosofía, en algunos casos con algunos de los mejores oradores o filósofos griegos que se habían asentado en Roma.
Es más, incluso para mejorar esa formación, Marco realizó lo que ahora diríamos un viaje de estudios una vez que había, digamos, terminado los estudios básicos en Roma en ese pequeño grupo privilegiado, y durante unos meses estuvo por Grecia, por el Mediterráneo oriental, por Anatolia, recibió clases de filosofía, pero sobre todo en lo que quería estar era estar en aquellos lugares donde se habían movido las grandes figuras, como por ejemplo grandes figuras de la Antigüedad, como por ejemplo Aristóteles. Quiso estar en Atenas, recorrer el ágora, quiso ir a Eleusis, iniciarse en los famosos misterios de Eleusis. Esa fue la formación que recibió Cicerón y que le permitió introducirse en la vida política posteriormente.
Cicerón fue un gran intelectual, un polígrafo que escribió de materias muy diferentes. Escribió, como vemos aquí, sobre política, en su libro Sobre la república, es decir, sobre el Estado, o De legibus, sobre las leyes. Escribió naturalmente sobre filosofía. Quizás Cicerón no se encuentre entre los filósofos más originales de la historia de la humanidad, aunque tiene también sus aportaciones, pero tuvo algo muy importante para Roma y también para nosotros, viéndolo con perspectiva histórica, que es haber traducido, haber llevado al latín algunos de los principios básicos de la filosofía griega. Él era más bien filósofo que bebía, digamos, de todas las corrientes filosóficas sin centrarse exclusivamente en una de ellas, lo cual no es necesariamente una cosa negativa, sino que ese eclecticismo tal vez era un elemento positivo del carácter ciceroniano.
Y de Cicerón tenemos, y este es un gran privilegio para nosotros como historiadores, cartas, varios cientos de cartas que él escribió o a su amigo Ático o a su hermano Quinto o a los llamados familiares, entendiendo como tales no solamente parientes, sino también amigos. Todo eso nos permite reconstruir la vida privada de Cicerón, sus sentimientos. Incluso en algunas ocasiones podemos saber qué hizo a lo largo de todo un día con el intercambio que en ocasiones, de manera frenética, tenía con otros individuos de la Roma de su época.
Pero lo que nos interesa aquí hoy es hablar del Cicerón orador. Y permítanme que comience hablando de los principios por los que se regía Cicerón en cuanto a cómo debía plantearse un discurso, cómo debía actuar un orador, qué formación debía tener. Él escribió a lo largo de su vida varios tratados sobre retórica. Este, Sobre la invención retórica, lo escribió cuando tenía poco más de 20 años. Es decir, realmente todavía no tenía experiencia como orador, pero ya se atrevía a dar, digamos, lecciones teóricas de cómo debía ser la oratoria. Sobre todo, me interesa señalar ese binomio de elocuencia y sabiduría. Es decir, para Cicerón es importante que el orador sepa de qué está hablando, porque si no sabe bien de qué está hablando, por muy hermosas que sean sus palabras, ese discurso no será más que palabrería.
Al final ya de su vida escribió otra obra, El orador, en la que, como ven ustedes, lo que hace es especificar esa sabiduría, a qué campos del saber se refiere específicamente. Cicerón habla, en primer lugar, claro está, de la filosofía. ¿Por qué? Dice: la filosofía sirve para poder hablar de la muerte, de la religión, de la ética, del alma de las personas.
En segundo lugar, el derecho. Como vamos a ver, uno de los campos de actuación más importantes de Cicerón a lo largo de su vida fueron los tribunales. Pero uno no puede acudir a los tribunales, sobre todo como abogado defensor, sin conocer el derecho, pero no solamente el derecho de Roma. Tengan ustedes en cuenta que los senadores en Roma eran una especie de hombres orquesta que tenían que saber de diplomacia, de derecho internacional, y a todo ello es a lo que se está refiriendo Cicerón.
Y en tercer lugar, la historia. La historia, dice él, primero de Roma, pero también del Mediterráneo, de los grandes estados, de los grandes reyes, de los grandes reinos. Y esta es una característica de sus discursos, como por otra parte debía de ser la característica de muchos otros oradores: la utilización de ejemplos históricos, porque, como él dice, proporcionan autoridad y crédito a un discurso.
La obra retórica más ambiciosa de Cicerón fue esta obra, Sobre el orador, tres volúmenes concebidos como un diálogo entre diferentes personajes en el que él describe muy bien el proceso creativo de un orador. Primero, uno tiene que saber qué quiere decir. En segundo lugar, tiene que ordenarlo, tiene que organizarlo, tiene que darle un ritmo para que atraiga al espectador, y después debe memorizarlo.
Es inconcebible en el mundo antiguo que un orador lea lo que ha escrito. Lo escribe, o mejor dicho, lo hace escribir por un secretario, que tenía más de uno Cicerón. Pero, como digo, es inconcebible que lea al público o en un tribunal lo que ha escrito. No tiene nada que ver con cómo funciona en la actualidad la política, cuando prácticamente para una sola frase hay que leerla. Eso sería impensable en la Antigüedad. Y posteriormente, además de memorizarlo, sobre todo hay que buscar cómo atraer al público. Luego veremos que no todos los públicos son en Roma exactamente iguales. A través de elegir muy bien cuáles son los argumentos que se quiere utilizar, porque de lo que se trata es de enaltecer y engrandecer los argumentos que el orador piensa que le van a favorecer a la hora de persuadir al público y orillar, dejar en un segundo plano aquello que le pueda perjudicar.
En Roma había tres grandes escenarios para la oratoria, que los vamos a ver sucesivamente en esta charla.
En primer lugar, los tribunales. En Roma, desde la segunda mitad del siglo II antes de Cristo, es decir, unas décadas antes de que viviera Cicerón, en Roma existían tribunales permanentes. Tribunales permanentes ya especializados. Es decir, había un tribunal dedicado a los homicidios, había un tribunal dedicado a la malversación de fondos públicos, a las actuaciones inadecuadas en las provincias del Imperio romano, etcétera, etcétera. Cada año, al frente de esos tribunales había un pretor, que es una de las magistraturas del currículum político de un romano. De hecho, es el penúltimo escalón dentro de ese currículum político. Había un pretor al frente de cada uno de esos tribunales y por sorteo se designaba un número determinado de jurados que habrían de actuar dentro de ese tribunal. Cuidado, porque ese sorteo se llevaba a cabo entre miembros de la élite social, miembros de la aristocracia. No estamos, como en el mundo de la Atenas democrática, ante tribunales populares. Es decir, estamos hablando de jurados miembros de la aristocracia con una cierta formación, desde luego, con una educación semejante, diríamos, a la que había recibido Cicerón.
El segundo ámbito del cual también vamos a hablar son las asambleas populares. En Roma había básicamente dos tipos de asambleas populares. Por un lado estaban los comicios. En los comicios nunca se hablaba, quiero decir, no se ponía en práctica la oratoria, no había discursos y siempre se votaba. Eran asambleas decisorias. ¿Decisorias para qué? Para votar proyectos de ley, aprobarlos o no, para elegir a los magistrados anualmente de ese currículum político, de ese cursus honorum, carrera de los honores, que es el término latino.
Y por otro lado estaban las contiones, en plural, contio en singular es el término latino, que son asambleas en las que siempre se habla, pero nunca se decide. Son asambleas deliberativas, pero no decisorias. Y si alguna vez leen que un orador en Roma pronunció un discurso ante el pueblo, es siempre en este tipo de asambleas.
Y en tercer lugar, naturalmente, el Senado, que es la cámara aristocrática por excelencia de ese sistema básicamente aristocrático, con elementos propios ciertamente de una democracia, que era la República romana. El Senado normalmente se reunía en la curia, que era el edificio del Senado, pero también circunstancialmente podía reunirse en templos de otros lugares de la ciudad de Roma. Podríamos decir que el Senado estaba donde estaban los senadores. El Senado es un órgano, como he dicho antes, aristocrático, de exmagistrados. Quien ocupaba una magistratura en Roma automáticamente se convertía de por vida en senador. A las reuniones del Senado solo podían acudir los senadores, es decir, era una cámara cerrada, no había público de fuera que pudiera asistir a lo que allí se deliberaba.
Cicerón es consciente de que un orador no puede hablar de la misma manera en los diferentes escenarios de la oratoria en Roma. El elemento clave, entonces y ahora, de la oratoria es persuadir, obvio. Se trata de persuadir al público, y la persuasión se consigue con inteligencia, con prestigio, como elementos que pueden apoyar, que pueden dar un mayor peso al orador. Pero hay que utilizar diferentes registros según dónde se habla. En el Senado, dice él, y por extensión podríamos decir también en los tribunales, puesto que las personas a las que se habla tienen una formación semejante. El Senado, dice Cicerón, son gente como yo, son personas cultas, son personas con una educación, son gente sabia. Por lo tanto, los argumentos pueden ser más elevados porque será más fácil la comprensión de esa argumentación, pero al mismo tiempo no se puede ser excesivamente arrogante porque corres el riesgo de enajenarte la voluntad de esa audiencia de sabios, como él dice.
En la asamblea popular, en la contio, es muy diferente. Primero, porque hay que decir que a una contio puede acudir quien quiera. Pueden ser miembros de la plebe, puede haber miembros también de la aristocracia. Es verdad que probablemente había sobre todo personas pertenecientes a la plebe. En cualquier caso, dice, el ánimo de los asistentes a una asamblea puede cambiar constantemente. Así que hay que intentar buscar los argumentos que puedan satisfacer, digamos, los intereses de ese público, que puedan ayudar a persuadirlos. Y lo que me interesa señalar, porque luego lo vamos a ver en un discurso, es el hecho de que se trata de generar sentimientos. Cicerón hace hincapié en que hay que buscar generar miedo, esperanza, deseo, gloria y cualquier otro sentimiento. Es decir, hay que apelar a los sentimientos en la asamblea popular por encima de todo.
Vamos a hablar en primer lugar de los tribunales. Vamos a situarnos en ese escenario. Esta imagen obviamente no es de Roma, pero seguramente ustedes han reconocido muchas de esas escenas. He elegido algunas de las grandes películas americanas de todos los tiempos. ¿Y por qué? Porque creo que es una manera sencilla de entender cómo funcionaban los tribunales en Roma.
En Roma, como he dicho antes, había un jurado. Una persona, un ciudadano romano, actuaba como fiscal acusando a alguien del delito que correspondiera; un fiscal no como profesional, un ciudadano de Roma. En principio, cualquiera teóricamente podía hacerlo, y llevaba para apoyar sus argumentos a testigos que hablaban en contra del reo, quien a su vez disponía de uno o varios abogados defensores, tampoco abogados profesionales, sino normalmente, como el propio Cicerón, miembros de la élite social que circunstancialmente actuaban como abogados. Es decir, se trata de una contentio, se trata de una competición dialéctica, se trata de convencer al jurado de que el reo es culpable o es inocente. Y para eso está la palabra, para eso está la oratoria.
Y, como vamos a ver, uno de los elementos, como en estas películas americanas en muchos casos, no se trata tanto de rebatir argumentos como de descalificar a personas. En muchas ocasiones lo importante es descalificar a los testigos, descalificar al que actúa como fiscal, porque de esa manera ese testimonio queda, o es lo que se pretende, invalidado. Vamos a ver pronto cómo esta es una de las estrategias preferidas de Cicerón en los tribunales.
Vamos ya con el primer juicio, que se celebra en el año 59 antes de Cristo contra Lucio Valerio Flaco. Lucio Valerio Flaco pertenece a una de las familias más importantes de Roma, los Valerios. Él había sido gobernador en el año 62, o a partir del año 62, en la provincia romana de Asia. La provincia romana de Asia, como ven ustedes, ocupaba la parte occidental de lo que hoy es Turquía, de Anatolia. Es el antiguo reino de Pérgamo, absorbido por el Imperio romano y convertido en una provincia. Era una de las provincias más ricas del Imperio romano, que producía impuestos, grandes tasas a partir del intercambio comercial, etcétera, etcétera.
Pues bien, siendo gobernador de esta provincia, aparentemente Lucio Valerio Flaco cometió abusos, abusos en forma de una excesiva imposición de tasas a las ciudades que componían su provincia, o al menos a algunas de esas ciudades. El caso es que algunas de esas ciudades decidieron ir a Roma y denunciar a Lucio Valerio Flaco. Encontraron a un ciudadano romano que les quiso escuchar, les quiso apoyar y que llevó a Valerio Flaco a juicio. Y ahí es donde interviene Cicerón.
Cicerón actúa como abogado defensor. Entre paréntesis, todos los discursos que conocemos de Cicerón en tribunales fueron pronunciados como abogado defensor, con una excepción: las Verrinas, contra el famoso Verres, gobernador de Sicilia. Y otro paréntesis: antes hablaba de los tres escenarios; conocemos muchos más discursos ciceronianos en tribunales que, desde luego, ante el pueblo e incluso ante el Senado. Conocemos, quiero decir, que se ha conservado su texto hasta nosotros.
Vuelvo al juicio contra Valerio Flaco. Cicerón, como hace en otras ocasiones, más que entrar a intentar rebatir los argumentos en contra de su defendido, se concentra en intentar desprestigiar a los testigos, en intentar desprestigiar a quienes han llevado a juicio a Valerio Flaco. La primera estrategia, que vamos a ver a continuación en un texto de su discurso en favor de Flaco, es descalificar a los testigos por una sencilla razón: porque son griegos. Vamos a ver en las palabras de Cicerón qué es lo que dice.
Jueces, solo os pido que consideréis que todos los recursos de la República, todo el estado de la ciudad, toda la memoria de los tiempos pasados, la salvación del presente y la esperanza del porvenir están puestos y depositados en vuestro poder, en vuestros votos, en este único juicio.
No vais a juzgar sobre la patria de los lidios, ni la de los misios, ni la de los frigios, que han venido aquí traídos por la seducción y la fuerza, sino sobre vuestra propia república, sobre el estado de la ciudad, sobre la salvación común, sobre la esperanza de todos los hombres de bien.
por los dioses inmortales. Jueces, ¿acaso vais a fiaros de decir hijos desconocidos para saber cómo un hombre que un año antes impartía justicia en Roma pudo hacerlo al año siguiente en Asia? ¿No vais a recurrir al propio juicio de vuestra razón? ¿Será acaso un aldeano de Tmolo, uno que nadie conoce, ni siquiera los suyos, quien venga a enseñaros quién es Lucio Flaco?
¿Y qué testigos?, me pregunto. Diré lo que todos saben: son griegos. No es que yo quiera negar crédito a toda esa nación, pues si ha habido alguna vez entre nosotros un hombre que no despreciara su cultura, su talento y su afán de saber, ese he sido yo.
Digámoslo sin rodeos: en ese pueblo hay ciertamente muchos hombres honrados, cultos y discretos que, por supuesto, no han sido traídos ante este tribunal. Los que sí veo aquí son muchos desvergonzados, ignorantes y frívolos.
Ved, no obstante, lo que afirmo del conjunto del pueblo griego. Les reconozco su literatura, les concedo su dominio de muchas artes, no les niego el encanto de la palabra, el ingenio agudo, la facilidad para hablar, pero la seriedad y la fidelidad en el testimonio... eso jamás ha sido virtud de esa nación.
Jamás responden a lo que se les pregunta. Siempre dicen más de lo que el acusador espera y nunca se preocupan de probar lo que afirman. El testigo griego sube al estrado con un solo propósito: causar daño. Considera una vergüenza ser vencido, refutado o desenmascarado, y a eso dedica todo su esfuerzo sin preocuparse de otra cosa. Por eso no se elige al más íntegro o al más respetable, sino al más desvergonzado y charlatán de todos.
Como han visto ustedes, se trata, decía antes, de descalificar a los griegos, a esos testigos. Es más, si se han fijado, mencionaba Cicerón un pequeño pueblecito de Anatolia, Tmolo, que a lo mejor no conocían los jurados, o sí, pero que Cicerón no había elegido al azar. Tmolo es una pequeña población en la montaña de la provincia de Asia, la montaña del occidente de Anatolia. Era una doble descalificación, como griego y como montañés, porque desde la mentalidad romana la civilización está en el llano, está en la agricultura. La montaña no es más que incultura.
Y uno podría pensar: bueno, son argumentos retóricos, estamos en un tribunal. Y es cierto. Claro, Cicerón está exagerando. Cicerón conoce muy bien la cultura griega, sabe griego perfectamente, ya hemos dicho antes que hizo un viaje a Grecia, que conocía su filosofía, pero también había un punto de creencia, un punto de, digamos claramente, una cierta xenofobia en Cicerón. Vean ustedes cómo aquí, en una carta dirigida a su hermano Quinto, cuando Quinto iba a ir precisamente a Asia, a la provincia de Asia, como gobernador, vean lo que le dice: «Cuídate de los griegos, porque la mayoría son mentirosos, frívolos y aduladores».
Pero hay una segunda línea, una segunda estrategia de defensa por parte de Cicerón. Cicerón no creía en la democracia. Lo expresa claramente aquí, en su obra sobre el Estado. Dice: «La igualdad es injusta. Aequabilitas est iniqua. Porque en la sociedad debe haber grados de dignidad».
El mensaje que está trasladando Cicerón es: «¿Cómo va a valer lo mismo mi voto, una persona culta, una persona formada que sé perfectamente lo que necesita la comunidad de Roma, cómo va a valer lo mismo mi voto que el del carnicero del Aventino? Eso es totalmente injusto». Es decir, lo que es la base de una democracia, que es la igualdad, es total y absolutamente rechazada por Cicerón.
Y en esta segunda línea de defensa, como vamos a ver ahora, lo que Cicerón dice es: «Pero, ¿cómo vamos a creer estas acusaciones? Estas acusaciones han surgido del voto en asambleas populares. ¿Quién puede creer que son auténticas, que son ciertas, que son justas acusaciones realizadas por votaciones democráticas?». Es la democracia lo que hundió a la Atenas clásica y es la democracia lo que va a hundir también a estas poblaciones de la provincia, estas poblaciones griegas de la provincia de Asia. Escuchemos los argumentos de Cicerón.
Ninguno de nuestros antepasados, tan sabios y venerados, permitió que la Asamblea Popular tuviera ninguna autoridad. En cambio, los asuntos de los griegos se gobiernan mediante la temeridad de la asamblea del pueblo.
Considerad la antigua Grecia, la que antaño floreció en riquezas, en poder y en gloria: cayó por este único mal, por la libertad desordenada y el desenfreno de las asambleas. Si estas cosas ocurrieron en Atenas, en tiempos en que esa ciudad no solo brillaba en Grecia, sino ante casi todas las naciones del mundo, ¿qué moderación pensáis que hubo en Frigia o en Misia? A los artesanos y a los tenderos, a toda esa hez de las ciudades, ¡qué dificultad hay en levantarlos!
Así pues, tened presente que cuando oigáis estos supuestos decretos, no estaréis oyendo unos verdaderos testimonios; estaréis oyendo el fruto de la irreflexión del populacho, el griterío de una turba de ignorantes, el tumulto asambleario de un pueblo sin ninguna seriedad.
Por lo tanto, estudiad a fondo la naturaleza y la razón de las acusaciones, porque no encontraréis nada que no sean falsas apariencias, terror y amenazas. Rehúso dar el nombre de testimonios a lo que el acusador llama decretos, porque esos decretos no son otra cosa que el bramido de una turba de indigentes y el motín irreflexivo de una asamblea de grieguecillos.
Hay razones para pensar que probablemente algo de cierto había en las acusaciones contra Lucio Valerio Flaco, pero Cicerón logró su propósito: Valerio Flaco fue absuelto.
Cambiemos de juicio. Unos años más tarde, tres años más tarde, en el año 56, se inicia un juicio contra Marco Celio Rufo, un personaje de una familia no tan ilustre como los Valerios, pero también ilustre. Celio Rufo era en ese momento un joven de unos 26 años, amigo de Cicerón, en ese momento aliado político también de Cicerón, con el que compartía algunas de las ideas básicas sobre cómo debía organizarse la República.
Celio Rufo es llevado al tribunal acusado de varios delitos, entre los cuales uno, quizás el más importante, es un intento de asesinato contra Claudia. ¿Y quién es Claudia? Claudia es la hermana de Clodio. Ustedes dirán: «Bueno, eso tampoco es un argumento especialmente importante». Sí lo es, porque Clodio es el archienemigo político de Cicerón.
Clodio, que él sí pertenecía a la familia de los Claudios, aunque había modificado su nombre para parecer más popular como Clodio. Clodio, siendo tribuno en el año 58 antes de Cristo, dos años antes, había conseguido llevar al exilio a Cicerón, acusado de haber ajusticiado sin juicio previo y sin derecho de apelación a ciudadanos romanos, ciudadanos romanos que habían sido apresados, acusados de apoyar la conjuración de Catilina, de la que hablaremos dentro de unos minutos.
Así que Claudia es la hermana de Clodio. Claudia en esos momentos tenía en torno a unos 40 años y de nuevo nos encontramos aquí con una estrategia de desprestigio, de descalificación. Vamos a ver lo que pretende en todo momento a lo largo del discurso, aquí lo vamos a ver simplemente en un fragmento. Es decir, y lo dice una y otra vez: ¿cómo vais a creer a Claudia si es como una prostituta?
No es que esté diciendo que sea una prostituta. Lo que dice Cicerón es: vive como si fuera una prostituta. Hasta se acuesta con sus esclavos, que es ya lo peor de lo peor en la sociedad romana. Un esclavo es un objeto, es una cosa. No solamente eso, es que se va con cualquiera. Y no solamente eso, comete incesto. ¿Con quién? Con Clodio.
Con esos antecedentes, que naturalmente Cicerón no tiene necesidad de demostrar, simplemente lo que hace es lanzar las acusaciones. El objetivo, de nuevo, es decir: no creáis ni una palabra. ¿A quién vais a creer? ¿A una prostituta, alguien que vive como una prostituta, o a un noble, joven y prometedor político como Celio Rufo? Veamos cuáles son las palabras de Cicerón.
Un joven de renombrado talento, diligencia y prestigio es sometido a juicio y es asediado por todos los medios de que dispone una prostituta. Toda la cuestión en este proceso, jueces, gira en torno a Claudia, una mujer no solo noble, sino también bien conocida, sobre la cual yo no diré nada, salvo en lo que sea necesario para refutar la acusación, de modo que hablaré con moderación y no me extenderé más de lo que mi compromiso y la causa misma me exijan.
Pues nunca he creído que debiera mantener enemistades con mujeres, especialmente con esa a quien todos han considerado siempre más bien amiga de todos que enemiga de alguien.
Pero te pregunto a ti personalmente, Claudia: si hubiera una mujer tal como yo la he descrito hace poco, que naturalmente no eres tú, de vida y costumbres como las de una prostituta, ¿te parecería el colmo de la desvergüenza y del escándalo que un joven hubiera tenido alguna relación con ella? Si esa no eres tú, como yo lo deseo, ¿qué razón hay para acusar a Celio?
Así que muéstranos un procedimiento para nuestra defensa, porque o bien tu honestidad demostrará que Celio no ha hecho nada en que hubiera descaro, o, por el contrario, tu deshonestidad le proporcionará a él la posibilidad de defenderse.
Y ciertamente rechazaría las acusaciones contra Celio con más vehemencia si no me lo impidiera la enemistad que tengo con el esposo de esa mujer... perdón, quise decir con su hermano; siempre me equivoco en esto. Así que no permitáis que en esta ciudad de Roma, por la influencia y caprichos de una mujer junto a su marido y hermano, se condene a un joven honorable.
¿Qué más queréis, jueces? Esta es la defensa de la inocencia. Esta es la única voz de la verdad. La acusación no da lugar a la menor sospecha. No existe ninguna prueba del hecho. No se menciona ningún testigo, ningún cómplice. Toda la acusación procede de una casa enemiga.
En una casa como esa, en la que la dueña vive como una prostituta, en la que no se hace nada que pueda mostrarse públicamente, en la que imperan deseos desmedidos, lujos y, en fin, todos los vicios y escándalos inauditos, ¿acaso los esclavos no dejan de ser esclavos? De modo que lo que aquí se admite ni se discute no admite la menor duda.
Si vuestro parecer es que esa mujer infame, cruel, criminal y lujuriosa ha inventado la acusación... Si este hombre grave, sabio y moderado ha presentado un testimonio lleno de escrupulosidad...
Supuestamente Celio había sido amante de Claudia, con lo cual Cicerón juega también con ese manido argumento de que Claudia sedujo al joven y guapo Celio y, cuando Celio la abandonó, Claudia hizo todo lo posible para vengarse. Claudia supuestamente estaría detrás de la acusación. Es verdad que Claudia, como mujer, aunque las mujeres romanas eran ciudadanas, no tenían derecho a impulsar un juicio en los tribunales, utilizó a otra persona. Pero en todo momento en el discurso de Cicerón queda claro que la clave es Claudia. Por cierto, Celio fue absuelto.
Vayamos al año 52. Cambiamos en parte de protagonista, aunque seguimos teniendo a Clodio como uno de los principales protagonistas. El año 52 es un año clave en la historia de Roma. En el año 52 ocurren una serie de acontecimientos, de los que ahora voy a hablar muy someramente, que conducen casi directamente al 49, que es cuando se inicia la guerra civil entre cesarianos y pompeyanos.
Todo comienza al inicio del año 52, cuando Clodio es asesinado. En Roma, en los años 50, se vivía en un cierto ambiente de violencia en las calles. Había bandas armadas. Diferentes personajes públicos, políticos, tenían a su disposición bandas que en ocasiones se enfrentaban por diferentes motivos en el centro de Roma. Al comienzo del año 52 se enfrentan las bandas de Clodio y de Tito Anio Milón. La consecuencia será que Milón hará asesinar... buscar... Se había refugiado en una posada. Milón lo hace buscar y lo hace asesinar.
Clodio, hemos dicho antes, era un gran enemigo de Cicerón, pero era un personaje también muy popular. Siendo tribuno de la plebe en el 58, había promovido y conseguido aprobar una serie de leyes, algunas de ellas favorables al pueblo. Por ejemplo, la entrega gratuita de grano a la plebe más pobre, a los más empobrecidos entre la ciudadanía romana.
La muerte de Clodio desencadena una extraordinaria movilización popular en Roma. Hay asambleas populares, discursos incendiarios cada día para acusar y llevar a los tribunales al culpable, o al que ha incitado al asesinato, que se considera que es Milón, o que, digamos, todo el mundo sabe que ha sido Milón.
Pero todo esto desencadena esa violencia, desencadena un hecho de una extraordinaria gravedad. Los partidarios de Clodio llevan su cadáver al interior de la curia y le pegan fuego, lo cual naturalmente se traslada al conjunto de la curia, el edificio donde habitualmente se reunía el Senado, que se quema por completo, queda totalmente destruido. No solamente la curia, algunos de los edificios aledaños también son parcialmente destruidos. El mensaje de esos partidarios de Clodio era: vosotros sois los culpables, vosotros estáis amparando la violencia de Milón.
En esas circunstancias, en medio de esos desórdenes, los senadores, la mayoría senatorial, se plantea: ¿qué hacemos? ¿Nombramos a Pompeyo, que aparece por primera vez en esta charla, pero aparecerá luego más tarde de nuevo, nombramos a Pompeyo dictador? Finalmente deciden nombrarlo cónsul sine collega, cónsul único.
En Roma siempre, cada año, había dos cónsules. Desde que los romanos expulsaron al último de los reyes, cuando acabaron con la monarquía, instauraron la República, siempre Roma había sido regida por dos cónsules. Esta es la primera vez que solo hay un cónsul. Es una curiosa manera de nombrar dictador a Pompeyo, dándole todos los poderes, pero sin nombrarlo dictador.
En ese contexto, Pompeyo lleva a cabo una represión de los clodianos. Mucha gente va a juicio, gente que se ve obligada a exiliarse. Debió de haber muertes en esa represión, pero para satisfacer, digamos, e intentar calmar los ánimos, finalmente decide aceptar la acusación contra Milón, y Milón es llevado a juicio. Y ahí es donde entra en juego Cicerón.
Cicerón es un aliado político de Milón, es un amigo personal, y decide ser uno de los abogados defensores de Milón. Pero el ambiente estaba tan cargado, había tanta agresividad, que, según nos cuenta Plutarco en su biografía de Cicerón, cuando Cicerón acude al lugar donde tenía lugar el juicio, se encuentra con una multitud de personas, de partidarios de Clodio, rodeando el tribunal.
Porque los discursos se pronunciaban, como he dicho antes, de cara a un jurado, que era el que decidía, pero se celebraba en un lugar abierto, de tal manera que había gente que se podía situar alrededor del lugar de desarrollo del juicio. Es lo que en latín se llama la corona, que indica muy bien gente que está rodeando el lugar del juicio.
Cicerón apenas puede hablar; como dice Plutarco, le temblaba el cuerpo, casi no le salía la voz. Pero con todo tenemos el discurso que él pronunció o, como luego veremos, tal vez el que él había querido pronunciar, pero que realmente no llegó a hacerlo, al menos al completo.
Vamos a ver cuáles son los argumentos que utiliza Cicerón en defensa de Milón. Luego lo desarrollamos, pero les anticipo: más que negar el asesinato en sí, lo que hace es justificarlo como si fuera un crimen legítimo. Vamos a ver cuáles son las palabras de Cicerón.
Si hay circunstancias en que con derecho se puede matar a un hombre, es sin duda cuando se repele la fuerza con la fuerza. ¿Para qué sirven las espadas? No se nos permitiría tenerlas si de ningún modo pudiéramos hacer uso de ellas.
En suma, jueces, se trata de una ley no escrita, pero natural, una ley que no hemos aprendido ni leído, ni nos ha sido legada, sino que la hemos tomado, sacado y extraído de la propia naturaleza, para la que no hemos sido instruidos o preparados, sino que nos es innata y estamos imbuidos de ella. Si nuestra vida corriera peligro ante las asechanzas, la violencia y las armas de ladrones o enemigos, todo medio de buscar nuestra salvación se consideraría legítimo.
Y los hechos se desarrollaron, jueces, tal como acabo de exponer. Fue el agresor el que resultó derrotado. La violencia fue vencida con violencia, o mejor, la audacia fue reprimida con el valor.
Por otra parte, aunque renunciara a refutar la acusación tal como la he refutado, Milón podía impunemente exclamar ante todo el mundo con orgullo que ha matado a un hombre cuyo abominable adulterio en
un lecho sacrosanto. Sorprendieron unas mujeres de la más alta nobleza. Aquel con cuyo castigo tantas veces el Senado decretó que debía expiarse la profanación de solemnes ceremonias religiosas.
Aquel que ha cometido impío adulterio con su hermana carnal, a aquel que cometió numerosos asesinatos en el foro, a aquel para quien nunca hubo nada sagrado, ni en sus crímenes ni en sus desenfrenos, a aquel, en fin, para quien ya no existían leyes, ni derecho civil, ni límites de las propiedades.
Si Tito Annio Milón grita con una espada ensangrentada en las manos: "Ciudadanos, he dado muerte a Publio Clodio". ¿Quién hay que lo apruebe y alabe? ¿Quién hay que no piense que Milón ha prestado a la República el mejor servicio de todos los tiempos y ha provocado una alegría inmensa en el pueblo romano, en Italia entera y en todas las naciones?
Los griegos han tributado honores propios de dioses a los hombres que dieron muerte a los tiranos. Y vosotros, al salvador de un pueblo tan grande como el romano, no solo no vais a concederle ningún honor, sino que además consentiréis que sea llevado al suplicio.
Milón confesaría si hubiese cometido un delito. Haría la misma confesión que Ahala cuando mató a Espurio Melio, que Nasica cuando asesinó a Tiberio Graco, Opimio a Cayo Graco, Mario a Saturnino y nosotros mismos a los catilinarios.
Y si la República fuera agradecida, Milón se alegraría. Si fuera ingrata, con todo, en medio de su difícil situación, él encontraría apoyo en su propia conciencia.
¡Ay, desdichado y desgraciado de mí! Un hombre como este, que nació para servir a su patria, va a morir en otra parte que no sea su patria. Permitiréis que su cuerpo no tenga un sepulcro en Italia, ¿y cuál será la tierra que acoja a ese hombre? Ingrata esta nuestra si lo expulsa y desgraciada si lo pierde.
Pero acabemos ya. Las lágrimas no me dejan hablar y Milón se opone a que le defienda con lágrimas. Os ruego y suplico, jueces, que en el momento de votar os atreváis a expresar lo que sentís.
La argumentación ciceroniana se resume en esa frase que procede de su obra sobre las leyes: Salus populi suprema lex esto. La salud, la salvación del pueblo debe ser la ley suprema, lo cual quiere decir que si es necesario utilizar la violencia, si es necesario usar cualquier tipo de procedimiento para salvar la República, todo está legitimado.
Es decir, su gran argumento es: Milón ha matado a un tirano, por lo tanto, debe ser alabado como los griegos hacen con los tiranicidas. Y de hecho, ustedes han oído una retahíla de individuos, entre ellos el propio Cicerón, que son presentados como asesinos de tiranos y por lo tanto no asesinos, sino héroes de Roma. El tiranicidio es válido, el tiranicidio es legítimo si se utiliza para salvar la República.
En este caso, Cicerón no tuvo éxito y Milón se vio obligado, fue acusado y se vio obligado a marchar al exilio. De hecho, ya no volvió, volvió unos años después, ya no volvió a Roma.
Conservamos este texto de Casio Dion, un autor que escribe en griego en el siglo I después de Cristo, en el que cuenta esta anécdota. Ustedes han visto antes cómo Plutarco cuenta en la biografía de Cicerón que Cicerón apenas podía hablar, tartamudeaba, no le salían las palabras, la gente le abucheaba. En cuanto pudo se fue, pero luego reescribió el discurso y se lo mandó a Milón. Y Milón dijo: "Bonito discurso, lástima que no lo pronunciaras cuando lo tenías que pronunciar. Quizás entonces hubiera conseguido la absolución. Ahora bien, tampoco estoy tan mal en Massilia, en la actual Marsella, comiendo riquísimos salmonetes todos los días".
Cambiemos de escenario. Vamos a la Asamblea Popular, a las contiones. Este es el escenario donde tenían lugar los discursos ante el pueblo. ¿Ven ustedes arriba la curia? Ese lugar de reunión habitual del Senado, el que se quemó en el año 52.
Enfrente están los rostra, la tribuna de oradores. ¿Por qué los rostra? Porque había quillas de barcos que habían sido hundidos por la marina romana, barcos enemigos, quillas que fueron empotradas, encajadas en la parte frontal de la tribuna de oradores. Por eso se llamaba los rostra. Desde allí habitualmente, aunque había otros posibles escenarios, desde allí es donde habitualmente hablaban los oradores en Roma y hablaban hacia el foro.
Aquí ven ustedes ese mismo espacio, lo que ven, los rostra en ese color rojo y enfrente, en un naranja más intenso, sería la zona en la que con seguridad los que acudían podían escuchar al orador. Mientras que a medida que se alejaban de la tribuna de oradores, seguramente sus palabras llegaban con más dificultades.
Claro, piensen ustedes que obviamente no había micrófonos, no había altavoz, es lo que cuenta, es la voz, la voz del orador, la potencia, algo que por otra parte es absolutamente necesaria en la Antigüedad. Pero cuando hablamos de asistentes a las asambleas en Roma, no podemos pensar en miles de personas, porque hubiera sido imposible que la palabra de Cicerón o de cualquier otro orador llegara al otro extremo del foro. De hecho, se han hecho pruebas, se han hecho ensayos y se ha visto con claridad esto.
Y además tenemos en cuenta que el silencio no era absoluto. Debería haber, probablemente habría un murmullo permanente, la gente hablando, la gente comentando lo que el orador dice. Es decir, estamos pensando en como muchos cientos de personas. Ahora bien, lo que se oía ahí luego, de una manera capilar, a través de los rumores, de las habladurías, se distribuía, se esparcía por toda Roma. Pero el epicentro de donde surgen esos rumores es siempre la tribuna de oradores.
He elegido como primer pasaje uno en el que Cicerón hace alarde de que no es un noble perteneciente a una familia tradicional. Esto es el llamado Togado Barberini. Aquí vemos a un noble romano, no sabemos quién, que tiene en sus manos los bustos de dos de sus antepasados. Esto es lo que en latín se llama imagines maiorum, las imágenes de los antepasados. Es una declaración, una demostración de fuerza. Lo que está diciendo este individuo: estos son mis antepasados y han sido cónsules, han sido triunfadores.
Es decir, piensen ustedes en los Cornelios, en los Valerios, en los Fabios, en los Flavios, en los Claudios, gente de pedigrí. Pero Cicerón no tenía ese pedigrí, no tenía antepasados que hubieran sido senadores. Él venía de Arpino y de hecho en ocasiones se lo recriminan. Hay nobles, pata negra, que le dicen: "Pero tú, pero qué estás diciendo, si tú eres el primero de tu familia que ha entrado por la puerta de la curia, ¿cómo te atreves a acusarnos a los miembros de familias que siempre hemos estado en Roma?".
Es lo que en términos latinos se llama homo novus. Literalmente Cicerón era un hombre nuevo, es decir, un advenedizo, un novel, el primer senador de su familia, pero no solo hizo eso, llegó a ser cónsul. Y el pasaje que he elegido es cómo comienza el primer discurso que pronunció él ante el pueblo siendo cónsul.
Y vean ustedes cómo en lugar de, digamos, pedir perdón por no tener unas imagines maiorum, unos antepasados ilustres, le da la vuelta al argumento, dice: "Yo lo he conseguido todo con mis méritos, no como otros". Vamos a ver qué argumentos utiliza Cicerón.
Es esta la usanza, ciudadanos, y viene de los antepasados, que quienes, por favor vuestro, han conseguido el derecho de conservar las imágenes de su familia, dirijan su primer discurso de modo que en él acierten a fundir el reconocimiento a vuestro favor y el elogio de sus antepasados.
Yo, ciudadanos, no puedo hablaros de mis antepasados, no porque no hayan tenido las cualidades que veis en mí, que he nacido de su sangre y me he formado con sus enseñanzas, sino porque se vieron privados de la aureola popular y del brillo que confieren vuestros honores.
He sido yo el primer novel a quien después de muchos años habéis hecho cónsul y bajo mi dirección habéis abierto ese Senado y habéis querido que en adelante esté abierto al mérito personal. Y no solo me habéis elegido cónsul, lo cual es de por sí un altísimo honor, sino que me habéis elegido en una forma en la cual pocos nobles han sido elegidos en esta ciudad.
Siendo un advenedizo, nadie antes de mí, porque es una gloria insigne, ciudadanos, que de todos los noveles sea yo el primero después de muchos años a quien habéis conferido este cargo la primera vez que he presentado mi candidatura y dentro de mi tiempo legal.
Cicerón se enorgullece, se vanagloria de que la primera vez que se ha presentado al cargo de edil ha sido elegido. La primera vez que se ha presentado al cargo de pretor ha sido elegido. La primera vez que se ha presentado al cargo de cónsul ha sido elegido. Dice: "Pocos, ningún homo novus lo ha conseguido y pocos nobles han conseguido ese logro que yo por mis méritos he conseguido en mi vida".
Retrocedemos ligeramente en el tiempo. Nos vamos al año 66. El anterior discurso era como cónsul en el 63. Estamos en el 66. Vamos a hablar de la ley Manilia. En Roma las propuestas de ley se llamaban en plural rogationes, en singular rogatio, y llevaban el nombre de aquel que la proponía, que proponía el proyecto de ley. En este caso es un Manilio. Manilio es un tribuno de la plebe en ese año 66 y lo que propone es concederle un mando extraordinario a Pompeyo Magno.
Un mando extraordinario, ¿para qué? Para acabar de una vez por todas con Mitrídates, rey del Ponto. El Ponto es un pequeño reino situado en el sur del mar Negro, en el norte de Anatolia, de lo que hoy es Turquía, un reino de poca importancia hasta que Mitrídates consiguió conquistar la mayor parte de Anatolia.
Hemos visto antes, hemos dicho que la provincia de Asia era una provincia de una enorme importancia desde el punto de vista político, pero sobre todo económico. Muchos intereses económicos estaban en juego. Y Mitrídates hacía ya dos décadas que ponía en jaque al ejército romano. No había manera de acabar con él.
Manilio lo que propone es darle el mando a Pompeyo porque Pompeyo tenía una trayectoria de auténtico apagafuegos de los problemas que Roma, que el Senado romano había ido teniendo en los últimos años. Había acabado con la guerra contra Sertorio en la península ibérica. Había acabado recientemente, o eso decía él, con el problema de los piratas, un problema endémico en el Mediterráneo. Digo que eso decía él porque es verdad que consiguió hacerlos retroceder, pero la piratería, los corsarios volvieron más tarde de nuevo al escenario mediterráneo.
En ese contexto, las leyes eran debatidas ante el pueblo y en ese contexto Cicerón interviene, interviene a favor de la ley Manilia. Pero si uno ve cuál es la trayectoria de Cicerón, esto no deja de ser sorprendente, porque era conceder un mando extraordinario con miles de soldados a un solo individuo, que además no había sido elegido magistrado, era un particular. Y esto es una irregularidad.
El texto que vamos a oír a continuación es, a mí me parece fascinante como representación de la oratoria ciceroniana, porque, como vamos a ver, Cicerón hace una lista larguísima de irregularidades, es más, de ilegalidades cometidas por Pompeyo a lo largo de su carrera, a lo largo de su vida política. Y cuando uno esperaría que la consecuencia de esta argumentación es "ciudadanos, yo me opongo a este proyecto de ley", Cicerón da un giro a la argumentación y dice: "Bueno, ya que le hemos dado todos estos poderes y ha funcionado bien, ¿por qué no le damos otro?".
Bueno, una especie de Cicerón marxiano, al estilo Groucho Marx: "Tengo unos principios, señora, pero si no le gustan, tengo otros". Vamos a ver esta argumentación en las palabras de Cicerón.
¿Hay algo más nuevo que ver a un joven adolescente que no ejercía funciones oficiales organizar un ejército en un momento en que la situación política era difícil? Pompeyo lo organizó. ¿Y ver que estaba al frente del mismo? Él estuvo. ¿Y que dirigía bajo su mando con gran éxito aquel cometido? Lo dirigió.
¿Hay algo que esté más fuera de lo usual que confiar el mando supremo de un ejército a una persona muy joven, cuya edad distaba mucho de la necesaria para ser senador, encargarle el gobierno de Sicilia y de África y en esta última provincia la dirección de la guerra? Sí, en todas estas misiones dio pruebas de una integridad, de una dignidad y de un valor extraordinarios. Terminó la peligrosísima guerra de África e hizo volver al ejército victorioso a su patria.
¿Hay algo tan nunca oído como que llegue a disfrutar de los honores del triunfo un caballero romano? Pues eso no solo pudo presenciarlo el pueblo romano, sino que además lo juzgó con un entusiasmo general digno de verse y de ser celebrado.
¿Hay algo tan inusitado que, habiendo dos cónsules de lo más eminentes e ilustres, un caballero romano fuera enviado como procónsul a una guerra importante y terrible? ¿Hay algo más extraordinario que el hecho de que fuera dispensado del cumplimiento de las leyes mediante un decreto del Senado y nombrado cónsul antes de asumir legalmente cualquier otra magistratura? ¿Hay algo más increíble que el hecho de que un caballero romano celebrara un triunfo por segunda vez en virtud de un decreto del Senado?
Todas las novedades que pueden ser recordadas haber sucedido a todos los hombres no son tantas como las que se han concedido a este solo hombre. Por lo tanto, no dudéis, ciudadanos, en confiar todos los poderes a este hombre, el único en tantos años a quien hemos visto entrar al frente de sus ejércitos en las ciudades de nuestros aliados con gran alegría de ellos. Viendo tan gran afluencia de ciudadanos acudir con ese entusiasmo a confiar por segunda vez el mando al mismo general, ¿podemos dudar de la causa que defendemos y del éxito final de esta propuesta?
Así pues, ciudadanos, os aseguro que si he tomado parte en esta causa, lo he hecho solo en bien del Estado. Al verme investido del cargo de pretor y colmado por vosotros de tan grandes favores, me convencí de que debía anteponer vuestra voluntad, el honor del Estado y el bienestar de las provincias y de los aliados a todas mis conveniencias e intereses.
Este es otro argumento característico de la oratoria ciceroniana: todo lo hago por vosotros, es el bien común lo único que yo busco. En realidad, algún interés tenía en defender a Pompeyo, porque tres años después quería ser cónsul, lo fue, y para eso Cicerón necesitaba el apoyo de Pompeyo.
Vayamos con el tercer y último discurso que quiero sacar a colación aquí de los pronunciados por Cicerón ante el pueblo. Me refiero a las Catilinarias. Como ustedes saben, la conjuración de Catilina tuvo lugar en el año 63, cuando Cicerón era cónsul. A Cicerón le llegaron rumores de que Catilina estaba montando una conjura para hacerse con el poder. Cicerón fue reuniendo pruebas y su objetivo en primer lugar fue convencer al Senado y al pueblo de que la conjura existía y, naturalmente, volcar la opinión pública en contra de Catilina en el discurso ante el pueblo que vamos a oír a continuación.
Cicerón, si recuerdan ustedes, cuando hemos hablado de Cicerón, decía que hay que hablar de diferente manera en el Senado y ante el pueblo; hemos dicho, ante el pueblo hay que buscar sentimientos. Bueno, esto es lo que vamos a ver que hace Cicerón. El pasaje que yo he elegido tiene lugar, el discurso tiene lugar cuando Catilina ya ha salido de Roma, pero Cicerón tiene mucho interés en conseguir que la plebe no esté a favor de Catilina y de los catilinarios, que no haya una movilización popular.
¿Cómo pretende conseguirlo? Con el miedo, generando miedo entre la población. Van a oír ustedes cómo en diferentes ocasiones Cicerón da a entender de manera más o menos clara y abierta que Catilina lo que quería era incendiar Roma. Nada asusta más a la población de una ciudad, y especialmente a los más pobres, a los más desfavorecidos, que perder su casa, que perder sus enseres. Eso es lo que les dice en diferentes ocasiones.
Y por otro lado, esto también es muy característico de la retórica ciceroniana, Cicerón viene a decir, lo van a oír: "No, bueno, yo no he sido. Bueno, sí he sido. Bueno, han sido los dioses. Bueno, en realidad han sido los dioses porque me han apoyado a mí", ¿no? Ese juego de decir lo que no es diciendo lo que quieres transmitir exactamente a los ciudadanos.
Vamos a ver cómo Cicerón se enfrenta ante el pueblo para acusar a Catilina de todos los males, para intentar desmovilizar al pueblo y que no dé su apoyo a los catilinarios. Oigamos a Cicerón.
Por fin, ciudadanos, hemos expulsado de la ciudad a Lucio Catilina,
que en su audacia desvariaba, que respiraba crimen, que tramaba impíamente la perdición de la patria y que amenazaba destruiros a sangre y fuego a vosotros y a esta ciudad, se fue, salió de la ciudad, huyó, escapó precipitadamente.
Ese monstruo de mal presagio ya no acarreará ninguna ruina estando dentro de la ciudad, sobre la misma ciudad. Ya no rondará su famoso puñal entre nuestros costados. No estaremos con el alma en vilo, ni en el campo de Marte, ni en el foro, ni en la curia, ni en fin, entre las paredes de nuestras propias casas.
La República y la vida de todos vosotros, ciudadanos, vuestros bienes, vuestras fortunas, vuestras mujeres y vuestros hijos, así como la sede de este grandioso imperio, han sido salvados de las llamas y de la espada por el amor extraordinario que os tienen los dioses inmortales y os han sido conservados y restituidos gracias a mis esfuerzos, a mi vigilancia y a los riesgos que corrí.
Pero por eso son dignos del mayor odio y del mayor castigo esos conjurados, porque no solo han intentado pegar fuego luctuosa y sacrílegamente a vuestras casas y domicilios, sino también a los templos y santuarios de los dioses. Decir que fui yo quien les hice frente sería una pretensión excesiva por mi parte que no se me debería tolerar. Fue Júpiter quien les hizo frente. Fue él quien quiso salvar el Capitolio, estos templos, la ciudad entera y a todos vosotros. Bajo la inspiración de los dioses inmortales, fui yo quien llegó a esas pruebas tan abrumadoras. ¿No pensáis que eso es una obra divina?
Por lo tanto, ciudadanos, puesto que se ha decretado acción de gracias en todos los altares de los dioses, celebrad solemnemente estos días acompañados de vuestras mujeres y vuestros hijos, pues os habéis librado de un fin extremadamente cruel y desgraciado, y además sin matanzas, sin derramamiento de sangre, sin haber reclutado ejércitos, sin combatir habéis vencido sin dejar de vestir la toga y teniéndome a mí por único guía y jefe y vestido igualmente con la toga.
En realidad hubo violencia. Estas palabras de Cicerón ante el pueblo fueron, digamos, un poco precipitadas porque es verdad que Catilina había huido, pero fue para unirse a un ejército en Etruria, lo que hoy es Toscana, para desde ahí enfrentarse a los ejércitos senatoriales. De hecho, Catilina murió unos meses después de que Cicerón pronunciara este discurso en una batalla, como digo, en Etruria. Y no solamente eso, antes ha aludido a catilinarios que fueron apresados en la ciudad de Roma y que fueron ajusticiados por orden del cónsul Cicerón. Es decir, que no es exacto en el contexto histórico, viéndolo al final, viendo lo que ocurrió en última instancia con la conjuración, no es exacto decir que simplemente se consiguió o Cicerón consiguió derrotar la conjura con la toga. Fueron necesarias también las armas.
Vamos al último escenario, al Senado. Ya he dicho al principio cuando hablábamos de los tres escenarios que el Senado normalmente se reunía en la curia. Aquí tienen a Cesare Maccari, este famosísimo cuadro del siglo XIX. Él pintó alguno más. El Senado podría ser así, en forma de hemiciclo o tal vez con bancos corridos a ambos lados y el orador hablaba o bien desde su escaño, desde su asiento o bien como vemos aquí en esta reconstrucción fantasiosa desde el centro, digamos, de lo que era el centro del espacio que formaba la curia. Pero ya he dicho antes que el Senado también se podía reunir en un templo.
Estamos de nuevo, seguimos con la conjuración catilinaria, pero en este caso, en el discurso, en el primer discurso pronunciado por Cicerón en el Senado. En la representación de Maccari, ven ustedes aquí a la derecha en un rincón a Catilina. Catilina alejado de todos, repudiado por todos gracias al discurso de Cicerón.
Les confieso que al principio me he resistido a introducir el texto breve que vamos a escuchar a continuación porque seguramente todos ustedes lo van a reconocer. En algún momento lo hemos oído o lo hemos traducido si hemos estudiado latín en el colegio o en la universidad, pero me parece tan potente, tan poderoso este discurso. No hay proemio, no hay prolegómenos, no hay captatio benevolentiae. Cicerón desde el primer momento lo que hace es acusar a Catilina de ser un monstruo, de destruir la ciudad, de querer destruirla. Porque lo que quiere convencer al Senado es de que hay que acabar con él. En realidad, lo que merece Catilina es la muerte. Oigamos de nuevo. Así será.
¿Hasta cuándo, Catilina, seguirás abusando de nuestra paciencia? ¿Por cuánto tiempo aún soportaremos tu locura? ¿Hasta qué límite llegará tu audacia? Es que no te arredran ni la guardia nocturna del Palatino, ni la vigilancia en la ciudad, ni la alarma del pueblo, ni el acuerdo de todos los buenos ciudadanos, ni este protegidísimo lugar donde se reúne el Senado, ni las miradas y semblantes de los senadores. ¿No te das cuenta de que tus maquinaciones están descubiertas? ¿No adviertes que tu conjuración no tiene salida?
Qué tiempos, qué costumbres. El Senado conoce todo y el cónsul lo está viendo. Sin embargo, Catilina vive, que si vive mucho más, incluso se presenta en el Senado y participa en sus acuerdos mientras señala y condena a muerte con sus propios ojos a cada uno de nosotros. Hace tiempo, Catilina, que hubieras debido ir al suplicio para sufrir esa misma suerte que tú ya hace días te estás maquinando contra todos nosotros.
El último ciclo de discursos del que quiero hablarles en esta charla son las Filípicas. Discursos pronunciados por Cicerón contra Marco Antonio. El nombre de Filípicas que el propio Cicerón quiere dar a estos discursos deja bien a las claras cuál es el mensaje y con qué posición política se identifica Cicerón. La semana pasada quienes de ustedes asistieron oyeron hablar de las Filípicas de Demóstenes. Demóstenes las pronuncia contra Filipo de Macedonia. Demóstenes se presenta como el defensor de la libertad frente a la tiranía que quiere imponer el rey Filipo de Macedonia a los atenienses. Ese es el mensaje subliminal del nombre, del título Filípicas para los discursos de Cicerón. Cicerón está defendiendo la libertad frente a un tirano, Marco Antonio.
Julio César había muerto, había sido asesinado en los idus de marzo del año 44 antes de Cristo. Cicerón no parece que interviniera directamente y activamente en la conjura, pero a posteriori la legitimó, justificó el asesinato. Pero desde el primer momento se dio cuenta de que el trabajo no estaba bien hecho. César había desaparecido, pero no se había acabado con ese entramado que César había creado a su alrededor. Las alianzas, los amigos, los intereses políticos y económicos. Y en ese centro, en el centro de esas alianzas, estaba Marco Antonio.
De hecho, vean esa carta que Cicerón escribe a su amigo Ático apenas, ni siquiera dos meses después del asesinato de César, en el que ya le dice: "Es que se ha dejado un heredero de César, Marco Antonio. Así que esto no acabará mientras no acabemos con él".
Eso le llevará a pronunciar al final del año 44 y en los primeros meses del año 43 esas Filípicas, la mayor parte de ellas en el Senado, un par de ellas también ante el pueblo. El objetivo de Cicerón es conseguir que Marco Antonio sea declarado hostis, sea declarado enemigo público, enemigo de la patria. ¿Por qué? Porque automáticamente esa declaración senatorial apartaría de facto a Marco Antonio de la ciudadanía romana, lo convertiría en un apestado, lo convertiría en alguien que puede ser legalmente asesinado, que como hemos visto antes en la defensa que Cicerón hace de Milón en su discurso, todo es legítimo si se trata de salvar la República.
Así que lo que vamos a oír a continuación es un retrato de un malvado, de un personaje que tiene todos los defectos según Cicerón, Marco Antonio, con el que habría que acabar, habría que declararle la guerra. Y vamos a ver otro ejemplo extraordinario de la oratoria ciceroniana. Vamos a ver cómo, como ocurre en otras ocasiones, en otros discursos, él defiende machaconamente una idea. Se define de una manera para al final dar un giro y justificar en este caso la violencia. Escuchemos de nuevo a Cicerón.
¿Quién puede soportar a ese monstruo repugnante? ¿Qué hay en Antonio sino lujuria, crueldad, soberbia, arrogancia? Todo él resulta un conglomerado de estos vicios. No se encuentra en él ni rastro de nobleza, de moderación, de discreción, de honestidad.
Por todo ello, puesto que la situación ha llegado al punto crítico de tener que decidir si Antonio lavará sus culpas para con la República o si nosotros habremos de convertirnos en sus esclavos, por los dioses inmortales, tengamos por fin, senadores, el valor y el coraje de nuestros antepasados para o bien reconquistar la libertad que es propia del pueblo romano y del nombre de Roma, o bien preferir la muerte a la esclavitud.
Por ello, apoyaré con mi parecer que Antonio no solo no es cónsul, sino que es enemigo de la patria. Por esto, senadores, os digo que conviene decretar el estado de alarma, ponernos el uniforme de campaña, realizar un reclutamiento. Si se hacen estas cosas, el propio rumor de nuestra severidad ahogará la locura de ese criminal gladiador. Comprenderá que ha emprendido una guerra contra la República, se enterará de la energía y la fuerza del Senado unido.
Os ruego y suplico, senadores, que ante todo toméis sin ofenderos lo que diga, aunque sea no solo duro de oír, sino también increíble que esto haya sido dicho por Marco Tulio Cicerón. Así pues, yo, que siempre he defendido la paz y he deseado la paz, sobre todo la paz entre ciudadanos, hijo de la paz, que desde luego no sería cuanto soy sin la paz entre ciudadanos. Yo que siempre alabo la paz, que siempre la defiendo, no quiero que haya paz con Marco Antonio. ¿Por qué no quiero la paz? Porque es vergonzosa, porque es peligrosa, porque no es posible. Si queremos disfrutar de la paz, hay que hacer la guerra. Si descartamos la guerra, nunca disfrutaremos de la paz.
Senadores, desde el principio de esta lucha que hemos acometido contra unos ciudadanos impíos y criminales, he temido que una engañosa propuesta de paz apagara nuestros afanes por recuperar la libertad. Nada hay más horrible que ese ciudadano, que ese ser humano si ha de ser considerado así, que desea la guerra civil. Pero en primer lugar hemos de ver, senadores, si la paz es posible con todos o si hay alguna guerra imposible de apaciguar en la que un pacto de paz es una ley de servidumbre.
Así pues, alegrémonos de que nos ofrezca una forma de luchar. O bien disfrutaremos de una república vencedora o bien sometidos, que Júpiter aparte este presagio, viviremos sio respirando y con el reconocimiento de nuestro valor.
Cicerón no tuvo éxito, pero consiguió su último periodo de fama. Recuperó el liderazgo dentro del Senado, era el consular más antiguo. Asumió, como digo, el liderazgo de lo que él consideraba una causa justa, acabar con Marco Antonio. Pero los intereses que había dejado César, como antes he dicho, eran muy fuertes. Estaba Octavio, el futuro Augusto, el hijo adoptivo de César. Estaba Marco Antonio y había otros. Hubo guerras, sí, hubo guerras a lo largo del Mediterráneo, pero al final Marco Antonio nunca fue declarado hostis, enemigo público, y el Senado nunca declaró la guerra oficialmente contra Marco Antonio.
Más, en noviembre del año 43 antes de Cristo se aliaron Octavio, futuro Augusto, Marco Antonio y Lépido, que había sido también un lugarteniente de César. Y por una ley aprobada por el pueblo se convirtieron legalmente en triunviros. Pasó a haber un poder en Roma representado por estos tres personajes. Y lo primero que hicieron fue sacar una lista de proscritos, las llamadas proscripciones, la lista de los que ellos consideraban enemigos públicos, que eran sus propios enemigos. ¿Adivinan ustedes quién estaba en el número uno? Sí. Marco Tulio Cicerón.
Efectivamente, Marco Antonio no dudó en ponerlo ahí y en mandar matarlo. Cicerón lo sabía; en cuanto vio, en cuanto le llegó la noticia de la lista, sabía que era hombre muerto si no conseguía huir de Roma. Y lo intentó. Él tenía diferentes villae, diferentes casas de campo en el Lacio, en Campania. Él era un terrateniente. Una de ellas estaba relativamente cerca de la costa al sur de Roma y desde allí, llevado en una litera por unos cuantos esclavos fieles, intentó llegar a la costa, tomar un barco y salir de Italia, pero no lo consiguió. Fue alcanzado por soldados enviados por Marco Antonio, quienes lo sacaron de la litera y cercenaron su cabeza.
Para terminar esta charla, vamos a oír a continuación las palabras escritas por Séneca, por el filósofo Séneca, en las que de una manera vívida y dramática describe la muerte de Cicerón, la muerte del que probablemente fue uno de los grandes oradores, no solo de Roma, sino de la Antigüedad. Cicerón seguramente estaría de acuerdo en que probablemente era el mejor. Vamos a ver cómo describe no solo la crueldad de su asesinato, sino cómo sus cabezas, sus manos son desmembradas, cómo es objeto de burla en ese lugar en el que él había logrado la gloria de convertirse en un extraordinario orador ante el pueblo. Oigamos a Séneca.
Está bien atestiguado que los esclavos de Cicerón estaban dispuestos a luchar con valor y fidelidad, pero él les ordenó dejar en tierra su litera y soportar con serenidad el destino adverso que su suerte imponía. Así, asomándose fuera de la litera y ofreciendo su cuello, le fue cercenada la cabeza.
Pero la brutalidad insensata de los soldados no se sació con eso. También le cortaron las manos diciendo que eran las que habían escrito contra Marco Antonio. La cabeza fue llevada a Antonio y por orden suya colocada entre las dos manos en la tribuna de oradores de Roma, el mismo lugar en el que Cicerón había hablado con frecuencia, donde ese mismo año había sido escuchado contra Antonio con una elocuencia como nunca voz humana alcanzó.
Ante ese espectáculo, los ciudadanos, anegados en lágrimas, apenas podían alzar los ojos para contemplar los miembros mutilados de aquel compatriota asesinado.
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