Cicerón y el arte de persuadir: estrategias de un orador en los tribunales, la asamblea y el Senado

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Resumen

La tercera conferencia del ciclo «La fuerza de la palabra en la Antigüedad» de la Fundación Juan March estuvo dedicada a Marco Tulio Cicerón. Francisco Pina Polo, catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Zaragoza, no presentó al Cicerón teórico de la retórica ni al filósofo, sino al orador en acción. Su pregunta central fue qué estrategias empleaba Cicerón para persuadir y con qué objetivos políticos, según hablara ante un tribunal, ante el pueblo o ante el Senado. A lo largo de la sesión, el actor Juanma Navas dramatizó fragmentos de los discursos comentados. El conferenciante abrió «al más puro estilo ciceroniano», con una captatio benevolentiae, y recordó una frase de Cicerón: no hay orador, ni bueno ni malo, sin público.

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De Arpino a Roma: la formación de un «hombre nuevo»

Pina Polo comenzó por las «dos patrias» que el propio Cicerón reconocía. Nació en Arpino, una pequeña ciudad provinciana del Lacio, no muy lejos de Roma. Sus habitantes eran ciudadanos romanos de pleno derecho, de modo que Cicerón fue jurídicamente ciudadano romano desde su nacimiento. Su familia era rica. El padre era terrateniente y probablemente desarrolló una carrera política local, aunque el conferenciante advirtió que no hay noticia segura de ello. Lo que sí quería era que sus hijos hicieran carrera en la capital, y por eso envió a Roma a Marco, el mayor, y a Quinto, el menor, cuando llegaron a la adolescencia.

En Roma no existía escuela pública. Quien aspiraba a una formación de cierto nivel debía recurrir a una enseñanza privada y elitista. Los dos hermanos entraron en un pequeño círculo de adolescentes de algunas de las familias más importantes de la ciudad, que estudiaban oratoria, retórica, gramática, derecho y filosofía, en ocasiones con los mejores oradores y filósofos griegos asentados en Roma. Terminada esa etapa, Marco hizo lo que hoy llamaríamos un viaje de estudios. Pasó unos meses en Grecia, el Mediterráneo oriental y Anatolia, y recibió clases de filosofía. Sobre todo quería pisar los lugares por donde se habían movido las grandes figuras de la Antigüedad, como Aristóteles: recorrer el ágora de Atenas o iniciarse en los misterios de Eleusis. Según el conferenciante, esa formación le abrió después las puertas de la vida política.

El intelectual y el epistolario

Pina Polo describió a Cicerón como un gran intelectual y un polígrafo. Escribió sobre política, en obras como Sobre la República (es decir, sobre el Estado) y Sobre las leyes, y también sobre filosofía. En este terreno, el conferenciante reconoció que quizá no figure entre los filósofos más originales de la historia, aunque tiene aportaciones propias. Lo que considera decisivo, para Roma y para nosotros, es que llevó al latín algunos principios básicos de la filosofía griega. Cicerón bebía de todas las corrientes sin encerrarse en ninguna, y Pina Polo sugirió que ese eclecticismo no era necesariamente negativo, sino tal vez un rasgo positivo de su carácter.

Para el historiador, el gran privilegio es la correspondencia. Se conservan varios cientos de cartas dirigidas a su amigo Ático, a su hermano Quinto y a los llamados «familiares», término que incluye tanto a parientes como a amigos. Gracias a ellas se puede reconstruir su vida privada y sus sentimientos. En ocasiones se puede saber incluso qué hizo a lo largo de un día entero, por el intercambio a veces frenético de mensajes con otros personajes de la época.

La teoría: elocuencia y sabiduría

Antes de entrar en los discursos, el conferenciante repasó los principios que, según los propios tratados de Cicerón, debían regir la oratoria. Sobre la invención retórica la escribió con poco más de veinte años, cuando aún no tenía experiencia como orador pero ya se atrevía a dar lecciones teóricas. Pina Polo destacó de esa obra el binomio entre elocuencia y sabiduría. El orador debe saber de qué habla, porque si no, por hermosas que sean sus palabras, el discurso será mera palabrería.

Al final de su vida, en El orador, Cicerón concretó a qué saberes se refería. El primero es la filosofía, necesaria para hablar de la muerte, la religión, la ética o el alma. El segundo es el derecho, imprescindible en los tribunales, uno de sus grandes campos de actuación, sobre todo como abogado defensor. Y no solo el derecho romano: el conferenciante recordó que los senadores eran una especie de «hombres orquesta» que debían saber de diplomacia y de derecho internacional. El tercero es la historia, primero la de Roma y luego la del Mediterráneo, sus grandes estados y sus reyes. Pina Polo señaló que el uso de ejemplos históricos es un rasgo característico de sus discursos, y probablemente también de otros oradores de la época, porque, como decía Cicerón, esos ejemplos dan autoridad y crédito.

La obra retórica más ambiciosa fue Sobre el orador, tres libros escritos como diálogo entre varios personajes. En ella se describe el proceso creativo. Primero hay que saber qué se quiere decir. Después hay que ordenarlo y darle un ritmo que atraiga al oyente. Luego hay que memorizarlo. El conferenciante subrayó que en la Antigüedad era inconcebible que un orador leyera en público. Cicerón escribía, o hacía escribir a alguno de sus varios secretarios, pero no leía ante el público ni en un tribunal, algo que Pina Polo contrastó con la política actual, en la que «prácticamente para una sola frase hay que leerla». Por último, hay que atraer al público eligiendo bien los argumentos: engrandecer los que favorecen al orador y dejar en segundo plano los que pueden perjudicarle.

Tres escenarios y tres públicos

La conferencia se organizó en torno a los tres grandes escenarios de la oratoria romana. El primero eran los tribunales. Desde unas décadas antes de la época de Cicerón existían en Roma tribunales permanentes y especializados: uno para homicidios, otro para la malversación de fondos públicos y las actuaciones indebidas en las provincias, etcétera. Al frente de cada uno había un pretor, el penúltimo escalón de la carrera política romana, y los jurados se designaban por sorteo. Pina Polo advirtió que ese sorteo se hacía entre miembros de la élite y de la aristocracia. No eran tribunales populares como los de la Atenas democrática, sino jurados con una educación parecida a la del propio Cicerón.

El segundo escenario eran las asambleas populares, de dos tipos. En los comicios nunca se pronunciaban discursos y siempre se votaba: eran asambleas decisorias en las que se aprobaban o rechazaban leyes y se elegía anualmente a los magistrados del cursus honorum. En las contiones (en singular, contio), en cambio, siempre se hablaba pero nunca se decidía. Eran deliberativas, y cuando se lee que un orador habló ante el pueblo, es siempre en este tipo de asamblea.

El tercer escenario era el Senado, la cámara aristocrática por excelencia de una República que el conferenciante definió como un sistema básicamente aristocrático con elementos propios de una democracia. Solía reunirse en la curia, pero también podía hacerlo en templos: «el Senado estaba donde estaban los senadores». Era un órgano de exmagistrados, ya que quien ocupaba una magistratura se convertía en senador de por vida. Además, era una cámara cerrada, a cuyas sesiones no podía asistir público externo.

Cicerón sabía que no se podía hablar igual en todos esos lugares. El objetivo es siempre persuadir, y la inteligencia y el prestigio dan peso al orador, pero el registro cambia. En el Senado, y por extensión en los tribunales, el público era, en palabras de Cicerón, gente como él: cultos, educados, «sabios». Allí cabían argumentos más elevados, aunque no convenía mostrarse arrogante para no enajenarse a esa audiencia. En la contio podía entrar cualquiera, aristócratas y plebeyos, aunque probablemente predominaban los plebeyos. El ánimo de la asamblea podía cambiar constantemente, y Cicerón insistía en que allí había que despertar sentimientos: miedo, esperanza, deseo, gloria. Pina Polo anticipó que esta idea se vería después en un discurso concreto.

Los tribunales: descalificar más que refutar

Para explicar cómo funcionaba un juicio romano, el conferenciante proyectó escenas de grandes películas judiciales estadounidenses, porque le parecían una forma sencilla de entenderlo. Un ciudadano, no un fiscal profesional, acusaba a alguien y presentaba testigos contra el reo. Este contaba con uno o varios defensores, que tampoco eran profesionales, sino, como el propio Cicerón, miembros de la élite que actuaban como abogados de forma circunstancial. Era una contentio, una competición dialéctica para convencer al jurado. Y, como en esas películas, a menudo no se trataba tanto de rebatir argumentos como de descalificar personas: desacreditar a los testigos o al acusador para invalidar su testimonio. Según Pina Polo, esta era una de las estrategias preferidas de Cicerón.

El conferenciante añadió dos precisiones. Todos los discursos judiciales conocidos de Cicerón los pronunció como defensor, con una excepción: las Verrinas, contra Verres, gobernador de Sicilia. Y de Cicerón se conservan muchos más discursos judiciales que discursos ante el pueblo o incluso ante el Senado.

En defensa de Flaco: testigos griegos y asambleas «desordenadas»

El primer caso fue el juicio del año 59 a. C. contra Lucio Valerio Flaco, miembro de la ilustre familia de los Valerios. Desde el año 62 había sido gobernador de la provincia de Asia, el antiguo reino de Pérgamo, en la parte occidental de la actual Turquía, una de las provincias más ricas del Imperio por sus impuestos y su comercio. Al parecer, Flaco cometió abusos en forma de tasas excesivas. Algunas ciudades acudieron a Roma, encontraron a un ciudadano dispuesto a apoyarlas y llevaron a Flaco a juicio. Cicerón lo defendió y, en lugar de rebatir las acusaciones, se concentró en desprestigiar a quienes las sostenían.

La primera línea consistió en descalificar a los testigos por ser griegos. En el fragmento dramatizado, Cicerón pide a los jueces que no piensen que juzgan sobre lidios, misios o frigios, sino sobre la propia República. Se pregunta si van a fiarse de un aldeano del Tmolo al que nadie conoce para saber quién es Lucio Flaco. Declara que no niega a los griegos su literatura, su dominio de las artes, el encanto de su palabra y su ingenio, pero sí «la seriedad y la fidelidad en el testimonio». Afirma que el testigo griego sube al estrado con el único propósito de causar daño y que por eso se elige al más desvergonzado y charlatán. Pina Polo señaló que la mención del Tmolo no era casual. Se trataba de una pequeña población de montaña del occidente de Anatolia, y la referencia suponía una doble descalificación, como griego y como montañés, porque para la mentalidad romana la civilización estaba en el llano y en la agricultura, y la montaña era sinónimo de incultura.

Cabría pensar que todo era exageración retórica, y el conferenciante admitió que en parte lo era: Cicerón conocía bien la cultura griega, hablaba griego perfectamente y había viajado a Grecia. Pero sostuvo que también había en él un punto de creencia, «una cierta xenofobia». Como prueba citó una carta a su hermano Quinto, cuando este iba a gobernar la provincia de Asia, en la que Cicerón le advierte que se cuide de los griegos porque la mayoría son mentirosos, frívolos y aduladores.

La segunda línea de defensa atacaba la democracia. Pina Polo recordó que Cicerón no creía en ella y citó Sobre la República: la igualdad (aequabilitas) es injusta, porque en la sociedad debe haber grados de dignidad. El conferenciante parafraseó así la idea: cómo va a valer lo mismo el voto de una persona culta, que sabe lo que Roma necesita, que el del carnicero del Aventino. En el juicio, Cicerón sostuvo que las acusaciones no merecían crédito porque procedían de votaciones en asambleas populares de ciudades griegas. En el fragmento leído afirma que los antepasados romanos nunca dieron autoridad a la asamblea popular, que Grecia cayó «por la libertad desordenada y el desenfreno de las asambleas», y que si eso ocurrió en Atenas, cuánto más en Frigia o Misia, donde es fácil agitar a artesanos y tenderos. Por eso se niega a llamar testimonios a esos decretos, que describe como «el bramido de una turba de indigentes» y el motín de «una asamblea de grieguecillos».

Pina Polo considera que probablemente había algo de cierto en las acusaciones, pero Cicerón logró su propósito y Flaco fue absuelto.

En defensa de Celio: Clodia en el centro del proceso

Tres años después, en el 56, Cicerón defendió a Marco Celio Rufo, un joven de unos 26 años de familia ilustre, aunque menos que los Valerios. Era amigo y entonces aliado político de Cicerón, con quien compartía ideas básicas sobre la organización de la República. Entre los cargos, el más grave quizá fuera un intento de asesinato contra Clodia, hermana de Clodio. Y aquí, subrayó el conferenciante, está la clave. Clodio, de la familia de los Claudios aunque había cambiado su nombre para parecer más popular, era el archienemigo de Cicerón. Como tribuno en el 58 había logrado enviarlo al exilio, acusándolo de haber ejecutado sin juicio y sin derecho de apelación a ciudadanos romanos implicados en la conjuración de Catilina.

La estrategia volvió a ser la descalificación. Según Pina Polo, a lo largo de todo el discurso Cicerón viene a decir: cómo vais a creer a Clodia si vive como una prostituta. No afirma que lo sea, sino que vive como si lo fuera: que se acuesta con sus esclavos, lo peor en una sociedad donde el esclavo es una cosa; que se va con cualquiera; incluso que comete incesto con su hermano. Cicerón no necesita demostrar nada, le basta con lanzar las acusaciones. En el fragmento dramatizado, Cicerón asegura que hablará de ella con moderación, porque nunca ha querido enemistades con mujeres, y menos con una «a quien todos han considerado siempre más bien amiga de todos que enemiga de alguien». Se dirige a ella directamente: si existiera una mujer como la que ha descrito, «que naturalmente no eres tú», ¿sería escandaloso que un joven tuviera trato con ella? También finge equivocarse al hablar de «el esposo de esa mujer, perdón, quise decir con su hermano, siempre me equivoco en esto». Y concluye pintando la casa de Clodia como un lugar de lujos y vicios de donde procede toda la acusación.

El conferenciante explicó el trasfondo que Cicerón explota. Supuestamente Celio había sido amante de Clodia, y el discurso juega con el «manido argumento» de la mujer madura que seduce al joven y, abandonada, busca venganza. Como mujer, Clodia no podía impulsar un juicio, aunque fuera ciudadana, y utilizó a otra persona. Aun así, en el discurso queda claro que la clave es ella. Celio también fue absuelto.

En defensa de Milón: el tiranicidio como servicio a la República

El tercer juicio llevó a Pina Polo al año 52, que considera clave porque sus acontecimientos conducen casi directamente a la guerra civil entre cesarianos y pompeyanos del 49. En los años 50, Roma vivía un clima de violencia callejera con bandas armadas al servicio de distintos políticos. A comienzos del 52 se enfrentaron las de Clodio y las de Tito Annio Milón, y Milón hizo buscar y asesinar a Clodio, que se había refugiado en una posada. Clodio era enemigo de Cicerón, pero también muy popular: como tribuno había impulsado leyes favorables al pueblo, como el reparto gratuito de grano a los más pobres.

Su muerte provocó una movilización popular extraordinaria, con asambleas y discursos incendiarios cada día para llevar a Milón a juicio. Los partidarios de Clodio llevaron su cadáver al interior de la curia y le prendieron fuego. El edificio quedó totalmente destruido y algunos inmuebles cercanos resultaron dañados. Según el conferenciante, el mensaje a los senadores era claro: vosotros sois culpables porque amparáis la violencia de Milón. El Senado se planteó nombrar dictador a Pompeyo y finalmente lo hizo cónsul sin colega, algo inédito desde el fin de la monarquía, en lo que Pina Polo ve una forma curiosa de darle todos los poderes sin llamarlo dictador. Pompeyo reprimió a los clodianos, con juicios, exilios y probablemente muertes, pero para calmar los ánimos aceptó también que Milón fuera juzgado.

Cicerón, aliado y amigo de Milón, asumió su defensa. Según cuenta Plutarco, el juicio se celebraba al aire libre y estaba rodeado por una multitud de partidarios de Clodio, la llamada corona. Cicerón apenas pudo hablar: le temblaba el cuerpo y casi no le salía la voz. El texto conservado, advirtió el conferenciante, quizá sea el discurso que quiso pronunciar y no llegó a pronunciar, al menos completo.

La línea argumental no niega el asesinato, sino que lo justifica. En el fragmento, Cicerón invoca una ley no escrita y natural que permite repeler la fuerza con la fuerza. Afirma luego que, aunque renunciara a refutar la acusación, Milón podría proclamar con orgullo que ha matado a Clodio, a quien acusa de adulterio sacrílego, de incesto con su hermana y de asesinatos en el foro. Recuerda que los griegos honran como dioses a los tiranicidas y enumera precedentes: Ahala con Espurio Melio, Nasica con Tiberio Graco, Opimio con Cayo Graco, Mario con Saturnino, y «nosotros mismos» con los catilinarios. El texto termina en tono patético, con Cicerón lamentando que un hombre nacido para servir a su patria vaya a morir fuera de ella y diciendo que las lágrimas no le dejan hablar.

Pina Polo resumió la argumentación con una frase de Sobre las leyes: salus populi suprema lex esto, la salvación del pueblo debe ser la ley suprema. Si es necesario usar la violencia para salvar la República, todo queda legitimado. Milón habría matado a un tirano y merecería ser alabado, igual que los demás personajes de la lista, Cicerón incluido, presentados no como asesinos sino como héroes.

Esta vez Cicerón no tuvo éxito. Milón tuvo que marchar al exilio y no volvió a Roma. El conferenciante cerró el episodio con una anécdota que recoge Casio Dion, autor que escribe en griego. Cicerón reescribió el discurso y se lo envió a Milón, quien respondió que era un bonito discurso y que, de haberlo pronunciado cuando debía, quizá habría sido absuelto, aunque tampoco estaba tan mal en Massilia, la actual Marsella, comiendo riquísimos salmonetes todos los días.

La tribuna de oradores y el alcance de la voz

Al pasar a la asamblea popular, Pina Polo describió el espacio físico. Frente a la curia estaban los rostra, la tribuna de oradores, llamada así por las piezas de barcos enemigos hundidos por la marina romana que se incrustaron en su parte frontal. Desde allí se hablaba habitualmente hacia el foro, aunque había otros escenarios posibles. Sin micrófonos ni altavoces, todo dependía de la potencia de la voz. Por eso el conferenciante insistió en que no hay que imaginar a miles de oyentes: la voz no habría llegado al otro extremo del foro. Según explicó, se han hecho pruebas que lo muestran con claridad, y además habría un murmullo constante de gente comentando lo que decía el orador. Pina Polo piensa más bien en algunos cientos de personas. Lo que allí se oía se difundía después de forma capilar, a través de rumores y habladurías, por toda Roma. Pero el epicentro de esos rumores era siempre la tribuna.

El orgullo del homo novus

El primer discurso ante el pueblo que comentó fue el inicio del que Cicerón pronunció al comienzo de su consulado, en el 63. Para situarlo, Pina Polo mostró el llamado «Togado Barberini», un noble romano no identificado que sostiene los bustos de dos antepasados. Son las imagines maiorum, una demostración de fuerza que viene a decir: estos son mis antepasados y fueron cónsules y triunfadores. Cicerón carecía de ese linaje. Era un homo novus, un advenedizo, el primero de su familia en entrar en el Senado, y algunos nobles «pata negra» se lo echaban en cara. Aun así, llegó a cónsul.

En lugar de disculparse, Cicerón dio la vuelta al argumento. En el fragmento dramatizado recuerda la costumbre de que los nobles elogien a sus antepasados en su primer discurso y afirma que él no puede hacerlo. No porque sus antepasados carecieran de las cualidades que ven en él, sino porque no recibieron los honores del pueblo. Se presenta como el primer hombre nuevo en muchos años elegido cónsul, y además en su primera candidatura y a la edad legal. El conferenciante explicó que Cicerón presumía de haber sido elegido a la primera para edil, para pretor y para cónsul, un logro que, según él mismo, ningún homo novus y pocos nobles habían alcanzado.

La ley Manilia: una lista de irregularidades convertida en argumento

Retrocediendo al año 66, Pina Polo analizó el discurso a favor de la propuesta del tribuno Manilio. Las propuestas de ley, rogationes, llevaban el nombre de quien las presentaba. Manilio proponía conceder un mando extraordinario a Pompeyo Magno para acabar con Mitrídates, rey del Ponto, un pequeño reino del norte de Anatolia que había conquistado buena parte de la península. Desde hacía dos décadas ponía en jaque al ejército romano y amenazaba intereses económicos enormes, empezando por la provincia de Asia. Pompeyo tenía fama de «apagafuegos»: había terminado la guerra contra Sertorio en la península ibérica y, «o eso decía él», había acabado con la piratería. El conferenciante matizó que logró hacerla retroceder, pero los corsarios volvieron más tarde.

A Pina Polo le resulta sorprendente, viendo la trayectoria de Cicerón, que apoyara conceder miles de soldados a un particular que ni siquiera era magistrado. Y el texto le parece fascinante como muestra de su oratoria. Cicerón enumera con preguntas retóricas una larga serie de irregularidades, incluso ilegalidades, de la carrera de Pompeyo. Siendo casi un adolescente y sin cargo oficial, organizó un ejército. Recibió mandos en Sicilia y África sin tener edad de senador. Celebró un triunfo siendo caballero romano, y luego un segundo. Fue enviado como procónsul a una guerra teniendo Roma dos cónsules. Fue dispensado de las leyes para ser cónsul sin haber ocupado antes otra magistratura. Cuando el oyente espera que la conclusión sea el rechazo a la ley, Cicerón da un giro: si todo eso funcionó, por qué no confiarle un poder más. El conferenciante lo comparó con Groucho Marx: «tengo unos principios, pero si no le gustan, tengo otros».

El discurso termina con otro rasgo que Pina Polo considera típico de Cicerón: la afirmación de que actúa solo por el bien del Estado, anteponiendo la voluntad del pueblo a sus intereses. En realidad, señaló el conferenciante, algún interés tenía, porque tres años después quería ser cónsul y para ello necesitaba el apoyo de Pompeyo.

Las Catilinarias ante el pueblo: el miedo al fuego y el mérito divino

El tercer discurso popular pertenece a las Catilinarias, del año 63, cuando Cicerón era cónsul. Le llegaron rumores de que Catilina preparaba una conjura para hacerse con el poder, reunió pruebas y se propuso convencer al Senado y al pueblo, y volcar la opinión pública contra él. El pasaje elegido corresponde a un discurso pronunciado cuando Catilina ya había salido de Roma. El objetivo era impedir que la plebe se movilizara a favor de los catilinarios, y el instrumento, según Pina Polo, fue el miedo, en aplicación de su propia teoría sobre despertar sentimientos ante el pueblo. Cicerón insinúa una y otra vez que Catilina quería incendiar Roma, porque nada asusta más a los habitantes de una ciudad, y sobre todo a los más pobres, que perder su casa y sus enseres.

El conferenciante destacó también un juego característico: Cicerón se atribuye el mérito y a la vez lo desplaza. En el fragmento dramatizado celebra que Catilina haya sido expulsado, asegura que la ciudad, sus bienes, sus mujeres e hijos han sido salvados de las llamas por el amor de los dioses y gracias a sus esfuerzos, su vigilancia y sus riesgos. Luego añade que decir que fue él quien hizo frente a los conjurados sería una pretensión excesiva, porque fue Júpiter. Aunque, eso sí, fue él quien, inspirado por los dioses, encontró las pruebas. Termina invitando a celebrar una victoria obtenida sin matanzas ni ejércitos, «sin dejar de vestir la toga», con él como único guía.

Pina Polo corrigió esa imagen. Las palabras fueron precipitadas: Catilina había huido para unirse a un ejército en Etruria, la actual Toscana, y murió meses después en batalla. Además, conjurados apresados en Roma fueron ejecutados por orden del cónsul. No es exacto, concluyó, que la conjura se derrotara solo con la toga: también hicieron falta las armas.

En el Senado: la Primera Catilinaria

Para el Senado, el conferenciante recurrió al conocido cuadro de Cesare Maccari del siglo XIX. Advirtió que es una reconstrucción fantasiosa: el Senado podía disponerse en hemiciclo o con bancos corridos a ambos lados, y el orador hablaba desde su asiento o desde el centro. En la escena, Catilina aparece aislado en un rincón, repudiado por todos gracias al discurso. Pina Polo confesó que al principio se resistió a incluir un texto tan conocido, que muchos han traducido en clase de latín, pero le parece tan potente que decidió hacerlo. No hay proemio ni captatio benevolentiae: desde la primera frase Cicerón acusa a Catilina de querer destruir la ciudad, porque quiere convencer al Senado de que hay que acabar con él y de que lo que merece es la muerte. El actor leyó el célebre arranque: «¿Hasta cuándo, Catilina, seguirás abusando de nuestra paciencia?», con el «¡qué tiempos, qué costumbres!» y el reproche de que Catilina sigue vivo e incluso participa en el Senado mientras señala con la mirada a quienes quiere matar.

Las Filípicas: la paz que exige la guerra

El último ciclo analizado fueron las Filípicas contra Marco Antonio. Pina Polo explicó que el título, elegido por el propio Cicerón, era un mensaje en sí mismo. En la sesión anterior del ciclo se había hablado de las Filípicas de Demóstenes, en las que este se presentaba como defensor de la libertad de Atenas frente a la tiranía de Filipo de Macedonia. Cicerón se situaba así como defensor de la libertad frente a un tirano.

César había sido asesinado en los idus de marzo del 44. Según el conferenciante, no parece que Cicerón participara activamente en la conjura, pero después la legitimó. Aun así, vio pronto que «el trabajo no estaba bien hecho»: había desaparecido César, pero no la red de alianzas, amistades e intereses políticos y económicos que había tejido, en cuyo centro estaba Marco Antonio. Menos de dos meses después del asesinato, Cicerón escribió a Ático que César había dejado un heredero, Antonio, y que aquello no acabaría mientras no acabaran con él. A finales del 44 y en los primeros meses del 43 pronunció las Filípicas, la mayoría en el Senado y un par ante el pueblo. Su objetivo era que Antonio fuera declarado hostis, enemigo público, lo que de facto lo apartaría de la ciudadanía y lo convertiría en alguien a quien se podía matar legalmente. El conferenciante lo relacionó con el argumento de la defensa de Milón: todo es legítimo si se trata de salvar la República.

En el fragmento leído, Cicerón describe a Antonio como un monstruo hecho de lujuria, crueldad, soberbia y arrogancia, sin rastro de nobleza ni honestidad. Pide a los senadores el coraje de los antepasados para reconquistar la libertad o preferir la muerte a la esclavitud. Propone declarar a Antonio enemigo de la patria, decretar el estado de alarma, vestir el uniforme de campaña y reclutar tropas. Pina Polo destacó aquí de nuevo el recurso de insistir machaconamente en una idea para acabar dando un giro. Cicerón se define como hombre de paz, «hijo de la paz», que siempre la ha defendido, para concluir que no quiere la paz con Antonio porque sería vergonzosa, peligrosa e imposible: «Si queremos disfrutar de la paz, hay que hacer la guerra».

Según el conferenciante, Cicerón no logró su objetivo, pero vivió su último periodo de fama. Como consular más antiguo, recuperó el liderazgo en el Senado al frente de lo que consideraba una causa justa. Sin embargo, los intereses que había dejado César eran muy fuertes: estaban Octavio, hijo adoptivo de César y futuro Augusto, Antonio y otros. Hubo guerras por el Mediterráneo, pero Antonio nunca fue declarado hostis y el Senado nunca le declaró la guerra oficialmente.

La muerte del orador

En noviembre del 43, Octavio, Antonio y Lépido, antiguo lugarteniente de César, se aliaron y, mediante una ley aprobada por el pueblo, se convirtieron legalmente en triunviros. Lo primero que hicieron fue publicar una lista de proscritos, supuestos enemigos públicos que en realidad eran sus propios enemigos. El número uno, explicó Pina Polo, era Marco Tulio Cicerón, y Antonio no dudó en ordenar su muerte. Cicerón supo al conocer la lista que era hombre muerto si no escapaba de Roma. Desde una de sus villas del Lacio y Campania, relativamente cerca de la costa al sur de Roma, intentó llegar al mar en una litera llevada por esclavos fieles para embarcar y salir de Italia. Los soldados enviados por Antonio lo alcanzaron, lo sacaron de la litera y le cortaron la cabeza.

La conferencia terminó con la lectura de un texto que el conferenciante atribuyó al filósofo Séneca, en el que se describe la escena de forma vívida. Los esclavos de Cicerón estaban dispuestos a luchar, pero él les ordenó dejar la litera en el suelo y aceptar su destino. Asomándose fuera, ofreció el cuello. Los soldados no se conformaron con decapitarlo y le cortaron también las manos, diciendo que eran las que habían escrito contra Antonio. Por orden de Antonio, la cabeza, colocada entre las dos manos, fue expuesta en la tribuna de oradores de Roma, el lugar donde Cicerón había hablado tantas veces y donde ese mismo año había sido escuchado contra Antonio. Según el texto, los ciudadanos, anegados en lágrimas, apenas podían alzar los ojos para mirar los restos mutilados de su compatriota. Así cerró Pina Polo la historia del hombre al que consideraba probablemente uno de los grandes oradores de la Antigüedad, y que, añadió, seguramente estaría de acuerdo en que era el mejor.