El reinado de Isabel I de Castilla: gobierno, expansión, unidad de la fe y crisis dinástica
Fundación Juan MarchEn la segunda conferencia del ciclo Isabel I y Juana I, reinas de Castilla: historia y mito, en la Fundación Juan March, la catedrática emérita de Historia Medieval María Isabel del Val Valdivieso retoma el relato donde lo había dejado en la sesión anterior. Aquella primera conferencia recorrió la vida de Isabel desde su nacimiento en Madrigal de las Altas Torres en 1453 hasta el final de la guerra de sucesión, en la que se impuso a los partidarios de su sobrina Juana y a Portugal. Esta segunda parte arranca con la paz de septiembre de 1479 y abarca lo que la ponente llama el "reinado en paz", aunque advierte que esa paz es relativa y se refiere sobre todo a la paz interna del reino.
La conferencia sigue un esquema que la propia ponente anuncia al principio. Primero plantea algunas cuestiones generales para enmarcar la acción política de la reina. Después explica cómo gobierna Castilla y con qué instrumentos de poder. Luego aborda la expansión territorial del reinado, a continuación la búsqueda de la unidad de los súbditos en la fe católica, y por último los años finales, marcados, según su interpretación, por una crisis dinástica provocada por la muerte sucesiva de los posibles herederos.
Una reina que no solo gobierna: educación, mecenazgo y cultura
Del Val insiste en que Isabel gobierna Castilla junto a su marido, Fernando de Aragón, pero que además de gobernar se ocupa de muchas otras cosas. Algunas son propias de las mujeres de su época, como la crianza y la educación de sus hijos. La reina organiza también cómo deben educarse los jóvenes que viven en la corte, es decir, los hijos de otras personas presentes en ella.
Dedica también tiempo a lo que la ponente llama, "de una manera un tanto laxa", tarea de mecenazgo. El primer ejemplo es San Juan de los Reyes, en Toledo. Isabel promueve su construcción después de la guerra, sobre todo para subrayar su victoria en la batalla de Toro, que fue un hito relevante de la guerra de sucesión. Después lo entrega a los franciscanos. Del Val considera significativa esa elección: se piensa que en su niñez Isabel tuvo relación con los franciscanos de Arévalo, y en cualquier caso muestra una clara inclinación por la espiritualidad franciscana, así que no sería casual que les confiara el monasterio. A esto se suman el apoyo a la cartuja de Miraflores, donde la reina paga y organiza los sepulcros de sus padres, Juan II e Isabel de Portugal, obra de Gil de Siloé que la ponente califica de bellísima. Menciona también la fundación de hospitales en Santiago de Compostela, Granada y Toledo.
La conferenciante presenta a Isabel como una mujer de su tiempo, el del humanismo y el Renacimiento, cuando también en Castilla florecen cortes y nobles humanistas. Isabel procede de una familia con gusto por la cultura, pues tanto su padre, Juan II, como su hermano, Enrique IV, mostraron esa inclinación. En ella se añade el interés por extender la enseñanza y dar acceso al conocimiento al mayor número posible de personas. Del Val da dos ejemplos. El primero tiene que ver con Nebrija. Que le dedicara su gramática no le parece especialmente significativo, porque los intelectuales solían dedicar sus obras a los reyes. Lo que sí considera revelador es que la reina le pidiera traducir sus Introducciones latinas para que las religiosas que no sabían latín pudieran aprender. El segundo es el encargo a Diego de Valera, autor de crónicas de Enrique IV y de los Reyes Católicos, de una crónica abreviada de España, conocida hoy como la Valeriana. Para la ponente, ambos casos prolongan una vida intelectual que Isabel ya había conocido antes de ser reina.
La complicidad con Fernando y una reina desbordada
Para entender su labor de gobierno, Del Val subraya la confianza mutua entre Isabel y Fernando. Según ella, Fernando es para Isabel un auténtico apoyo durante todo el reinado, y ambos se sostienen como pareja. Lo considera especialmente importante en una mujer que está en permanente actividad, con la atención puesta en problemas muy diversos.
Para ilustrarlo muestra un fragmento de una carta autógrafa que Isabel escribe desde Zaragoza, probablemente en 1493, a su confesor Hernando de Talavera. En ella la reina dice que empezó y acabó la carta "con tanto desasosiego" porque mientras escribía le llegaban "tantas hablas y demandas que apenas sé qué digo". Añade que había pasado todo el día en la cama, aunque estaba sana, solo para que la dejaran tranquila, y que aun así no lo conseguía. La ponente lee en el texto el agobio de una reina que no encuentra tiempo para sí misma, algo que, comenta, les ocurre con relativa frecuencia a las mujeres.
Del Val destaca también su gran capacidad de negociación para llegar a acuerdos con interlocutores de naturaleza y rango muy distintos. El ejemplo es la Concordia de Segovia, de la que ya habló en la primera sesión: el acuerdo por el que Fernando puede gobernar con ella en Castilla, con poderes prácticamente plenos. Ese pacto hizo posible el reinado conjunto de los Reyes Católicos, pero tuvo un coste. El arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, que había sido su principal valedor, se enfadó con los reyes porque pretendía otra cosa, rompió con ellos y pasó a apoyar a Juana de Trastámara, hija de Enrique IV. Aun así, la ponente considera que la Concordia fue enormemente favorable para Castilla y para Isabel.
La culminación de un proceso: el fortalecimiento del poder real
La última clave general que propone Del Val es que Isabel no inventa el fortalecimiento del poder real, sino que lleva a su cumbre un camino ya iniciado. Juan II y Enrique IV habían buscado lo que en la época se llamaba el "poder real absoluto", es decir, que el rey fuera el máximo poder del reino y que los nobles, laicos y eclesiásticos, colaboraran con él. Esa búsqueda, explica, fue la causa de muchos conflictos internos en los reinados anteriores. Sus antecesores no lograron completarla. Isabel sí consigue implantar en la Corona de Castilla medidas que en muchos casos ya se habían ensayado antes.
La Hacienda: una base saneada que permite prescindir de las Cortes
La conferenciante pasa entonces al gobierno propiamente dicho, siempre con la colaboración de Fernando. Parte de una idea básica: cualquier empresa requiere recursos, y la Hacienda es uno de los pilares del poder. Isabel tuvo enormes gastos, sobre todo por las guerras y la expansión ultramarina. Sin embargo, según Del Val, su Hacienda estaba relativamente saneada porque contaba con ingresos que le permitían prescindir de los impuestos extraordinarios, que debían aprobarse en Cortes.
Entre esas fuentes enumera la alcabala, un tributo sobre el intercambio mercantil, las tercias, las aduanas y el servicio y montazgo. Solo en casos excepcionales había que pedir servicios al reino, como durante la guerra de Granada, o recurrir a la bula de cruzada. Con estos recursos la reina podía financiar un gobierno orientado a fortalecer la Corona, lo que significaba controlar los tres focos de poder del momento: las ciudades, la nobleza laica y la Iglesia.
Las Cortes y la Hermandad
La relación con las ciudades pasa en primer lugar por las Cortes. Los reyes anteriores, sobre todo Enrique IV, las convocaban con frecuencia porque necesitaban impuestos extraordinarios. Isabel no tiene esa necesidad, las convoca mucho menos y puede gobernar sin tener que lidiar con los procuradores de las ciudades. Del Val advierte, no obstante, que las Cortes cumplen un papel importantísimo en el reinado. En ellas se jura a los herederos y en ellas la reina fija las líneas de su política. Destaca dos convocatorias. En las Cortes de Madrigal de 1476, en los inicios de la guerra, se trazan las primeras líneas de gobierno y, sobre todo, se establece la Hermandad. En las de Toledo de 1480 Isabel expone al reino lo que la ponente describe casi como su programa de gobierno.
La Hermandad tampoco era nueva: existía desde siglos antes, y Enrique IV ya había ensayado una hermandad general del reino, sin el éxito que después tendría Isabel. La ponente explica su funcionamiento. Todas las villas y ciudades cuentan con cuadrillas encargadas de mantener el orden, perseguir a los malhechores y aplicar una justicia prácticamente inmediata. El territorio de cada cuadrilla limita con el de la siguiente, de modo que quien huye de una villa a otra es perseguido por la hermandad de la primera hasta el límite de su jurisdicción y, a partir de ahí, por la de la segunda. Así la persecución resulta más eficaz y la justicia más rápida. Del Val reconoce que esto "va a plantear problemas", pero sostiene que Isabel logra controlar la Hermandad y con ello favorecer el orden interno. Además, la Hermandad le aporta algo quizá tan importante o más: fuerzas armadas, que tendrán un papel relativamente relevante en la guerra de Granada, y recursos económicos.
El control de las ciudades: corregidores, regimientos y comercio
Para la ponente, lo que de verdad interesa a Isabel de las ciudades, que ya tenían un poder político y económico relevante, es controlarlas: que no fueran focos de problemas para la Corona, sino que actuaran en su beneficio. Para ello combina varios mecanismos. Por un lado, apoya las aspiraciones de la población urbana. En esta época las ciudades buscan bienestar y comodidad, y la reina autoriza gastos a veces muy importantes en obras de conducción de agua hasta las viviendas o de reparación de murallas, que según Del Val tenían más de embellecimiento que de defensa y estaban ligadas al honor y el prestigio urbanos.
Más allá de eso, Isabel quiere controlar el órgano de poder local y a los poderosos de cada ciudad, y lo hace de dos maneras. La primera es el corregidor, oficial que representa al monarca en las ciudades de realengo. La institución venía de siglos atrás, pero Isabel consigue extenderla a todas ellas y que la acepten, "de mejor o peor voluntad". El corregidor preside las reuniones del gobierno local y lo controla en nombre de la reina. La segunda es la intervención en el regimiento, el órgano de gobierno municipal. Las familias poderosas se disputaban las regidurías, y esas luchas generaban conflictos internos que dañaban el orden del reino y el comercio, y que Isabel consideraba perjudiciales para su gobierno. Siempre que puede, interviene: fija el sistema de elección de los regidores y garantiza un equilibrio de fuerzas entre las familias que les permita convivir en paz y dedicarse a la actividad propiamente urbana, la artesanía y, sobre todo, el comercio.
Del apoyo al comercio da varios ejemplos: el comercio de libros, en relación con su interés por la cultura, y las ferias de Medina del Campo, las más importantes del reino. Pero Del Val subraya sobre todo la creación de instituciones para el comercio internacional, el más lucrativo para la Corona, los mercaderes y las ciudades. En 1493, al año siguiente de la conquista de Granada, se crea el Consulado de Burgos. En 1503, un año antes de la muerte de la reina, la Casa de Contratación de Sevilla para los negocios de las Indias. Según la ponente, esta política beneficia a las ciudades, a la reina y al reino, porque proporciona ingresos, riqueza y prestigio internacional.
Nobleza e Iglesia: control sin enfrentamiento
Frente a las ciudades como poder emergente están los poderes tradicionales, la nobleza laica y la Iglesia. Del Val es tajante: la idea de que Isabel se opuso a ellos "hay que desecharla de entrada". Isabel apoya a la Iglesia como institución y apoya a la nobleza. Lo que busca es que en ambas prevalezcan personas fieles a ella, que actúen conforme a sus intereses y a lo que ella entiende como intereses del reino. Por eso aparta a la nobleza de aquellas decisiones políticas en las que pudiera causarle problemas, pero respalda su poder social y económico y su prestigio. En palabras de la ponente, sin la nobleza no se entendería la Castilla de entonces ni el reinado de Isabel. En la Iglesia persigue algo parecido: que los altos cargos los ocupen personas afectas y, sobre todo, que no sean nobles, para poder negociar mejor con ellos.
Entre las medidas más llamativas, Del Val destaca el apoyo a la Mesta, es decir, al comercio internacional de la lana, que beneficiaba a los grandes propietarios de ganado: nobleza y órdenes militares, poderes laicos y eclesiásticos. Otro rasgo es la búsqueda de consejeros especialistas. Isabel quiere asesorarse con expertos de confianza, no con personas elegidas por ser nobles. Así empiezan a perfilarse los consejos del reino, el más importante de los cuales es el Consejo Real. La ponente matiza que esos consejeros podían pertenecer a la nobleza laica o eclesiástica, pero que lo que la reina buscaba era una orientación basada en los intereses generales de la Corona y no en los particulares de nobles o clérigos.
Con respecto a la Iglesia, el gran objetivo es el derecho de presentación y patronato, es decir, poder intervenir en el nombramiento de los altos cargos eclesiásticos. No era fácil, porque esos nombramientos correspondían a Roma. Isabel lucha por conseguirlo y obtiene un gran éxito: el patronato sobre la Iglesia del reino de Granada tras su conquista y sobre las nuevas iglesias de Canarias, lo que convierte a los reyes en patronos de esas iglesias con capacidad de intervenir en los nombramientos. Del Val lo presenta como un logro diplomático, en un momento en que la diplomacia se desarrolla notablemente y las cortes castellana y aragonesa tienen representantes en otras cortes. El negociador en Roma fue el conde de Tendilla, que después tendría un papel relevante en la conquista de Granada y en sus primeros años bajo la Corona, y quien consiguió que el papa Inocencio VIII otorgara las bulas correspondientes.
La justicia: chancillerías y recopilación de leyes
La ponente deja para el final lo que en la época se consideraba la máxima expresión del poder: el ejercicio de la justicia. Recuerda la escena narrada por el cronista Alonso de Palencia y comentada en la primera sesión. Cuando Isabel va a ser proclamada, Gonzalo Chacón desfila ante ella sosteniendo la espada por la punta, con la empuñadura en alto, para indicar que quien va detrás ostenta el máximo poder de justicia. Isabel procura ejercer la recta justicia, imponer la equidad y tomar medidas para una buena administración judicial, y Del Val las agrupa en dos líneas.
La primera afecta a los tribunales supremos. Además del Consejo Real, que actuaba como tal en algunas causas, estaban las chancillerías: la de Valladolid y la que se hallaba en Ciudad Real, que se traslada a Granada. Con Isabel adquieren su sede definitiva, que ya nunca volverá a discutirse: Valladolid para el norte y Granada para el sur. Como Galicia tenía comunicaciones difíciles, en 1494 la reina crea la Real Audiencia de Galicia, que no es exactamente una chancillería pero funciona como máximo tribunal en ese reino.
La segunda línea es la clarificación de las leyes aplicables. Isabel se ocupa de que se publiquen las Partidas y el Fuero Real de Alfonso X, pero lo que más le preocupa es revisar y recopilar los textos jurídicos dispersos. Al comienzo de este periodo encarga a un equipo de juristas encabezado por Alonso Díaz de Montalvo que recopile, revise, comente y explique las ordenanzas reales, para que los jueces sepan qué leyes aplicar y en qué casos. El resultado, el Ordenamiento de Montalvo de 1484, supone para la ponente un avance importante. Como tenía defectos y lagunas, en 1503 se hace una nueva recopilación. Ya muerta la reina llegan las Leyes de Toro, presentadas en las Cortes celebradas en esa ciudad en 1505. Del Val subraya que son posteriores a Isabel, pero que ella las venía preparando, y las presenta como la culminación de esa tarea. Además de actualizar el corpus legislativo castellano, su gran importancia está en que dan satisfacción a la nobleza y preservan las bases de su poder, porque regulan el mayorazgo, sobre el que se sustentarán las grandes familias nobiliarias.
La guerra de Granada
Con el reino controlado y organizado, Isabel se propone expandirlo, según la ponente por intereses políticos y religiosos y para controlar la navegación y el comercio internacional. El primer frente es la guerra de Granada, iniciada poco después del fin de la guerra civil y prolongada hasta la entrega de las llaves y la escenificación de la rendición entre finales de diciembre de 1491 y comienzos de enero de 1492. La reina vuelve a implicarse personalmente y de muy diversas maneras. Del Val destaca los hospitales de campaña que establece en las campañas más largas; el más famoso es el de Santa Fe, pero hubo otros anteriores.
La conferenciante describe esta guerra como un enorme esfuerzo económico que a la vez proporcionaba prestigio y honor a los nobles victoriosos e ingresos a todos los participantes, incluida la Corona, porque era una guerra de conquista con botín que se repartía entre los conquistadores, reyes incluidos. El botín era sobre todo material, pero también incluía cautivos y esclavos cuando una plaza resistía y obligaba a un esfuerzo mayor del previsto. El caso más conocido, y quizá el más complicado, es Málaga. Sus habitantes no se rindieron, la ciudad fue tomada al asalto y toda la población fue capturada: hombres, mujeres, niños y ancianos. Quienes podían pagar rescate quedaron como cautivos y recuperaban la libertad si pagaban. Quienes no podían se convirtieron en esclavos, vendidos en el mercado o regalados. La ponente recuerda que, tras la conquista de Málaga, la propia reina hizo algunos regalos notables y conocidos de esclavos de esa procedencia a personajes relevantes.
África y Canarias
Tras Granada venía África, donde los portugueses llevaban la delantera. Según Del Val, después de 1492 Isabel no puede ocuparse realmente de la expansión por el norte de África. La única acción es la de 1497, cuando el duque de Medina Sidonia decide conquistar Melilla y la reina se suma a su empresa. Fuera de eso, no hay mayor expansión en el norte africano.
En el Atlántico, en cambio, sí la hay. El tratado de Alcáçovas había dejado Canarias para Castilla, que ya tenía conquistada buena parte del archipiélago, pero faltaban Gran Canaria, La Palma y Tenerife. La conquista no fue fácil: hubo enfrentamientos internos entre los castellanos y resistencia de la población de las islas. Entre 1478 y 1496 las tropas castellanas avanzan progresivamente y ocupan las tres islas en ese orden. Con Tenerife conquistada en 1496, todo el archipiélago pasa a la Corona. También aquí, señala la ponente, hubo esclavos, además de la riqueza de los productos insulares, sobre todo el azúcar, que ya entonces y sobre todo en el futuro sería el gran negocio de Canarias.
Colón, las bulas alejandrinas y Tordesillas
La expansión atlántica más espectacular es la de lo que hoy llamamos América y lo que Isabel llamaba "las islas y tierra firme de la mar océana". Solo tras la entrega de Granada puede la reina atender la propuesta de Colón. Del Val insiste en las muchas dudas: se consulta a los sabios de la Universidad de Salamanca y a los miembros del Consejo, y en su entorno nadie tenía la certeza de que la empresa pudiera salir bien. Isabel concluye que la inversión no era excesiva y que podía arriesgarse a intentar llegar a las Indias, es decir, al Asia oriental, navegando hacia occidente. Por eso, explica la ponente, se habló de "Indias": creían haber llegado a la costa asiática del Pacífico.
La cronología que expone es la siguiente: capitulaciones de Santa Fe en abril, embarque en agosto y llegada en octubre. En vida de Isabel, lo que se conoce en esa primera fase son las islas de Guanahaní, Cuba y La Española. Cuando Colón regresa, los reyes están en Barcelona. Colón trae consigo a algunos indígenas, y la reina ordena que no se les convierta en esclavos y que se les bautice.
Comienza entonces la negociación en la corte pontificia para que esas tierras, que no sabían bien qué eran pero que ya intuían que no eran las Indias buscadas, quedaran para Castilla. Alejandro VI otorga entre julio y diciembre de 1493 las bulas alejandrinas, que reconocen la pertenencia de esas tierras a Castilla con una condición: convertir al cristianismo a su población. Isabel se compromete a ello, y según Del Val esa será una de sus grandes metas en los últimos años del reinado.
Quedaba Portugal, que llevaba ventaja en la navegación africana pero había sido adelantado por Castilla en la ruta atlántica hacia occidente. De nuevo con apoyo pontificio, en junio de 1494 se firma el tratado de Tordesillas, que traza un meridiano a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Portugal no quedó del todo convencido, dice la ponente, pero "la realidad se impone". El reparto afectaba también a la costa occidental africana, porque allí estaba la riqueza ya conocida frente a la todavía ignota del otro lado del océano: el oro del Sudán, los esclavos, las materias primas y también las pesquerías.
La política indiana: evangelizar, producir y la cuestión de la esclavitud
Del Val dedica un largo pasaje a cómo tratar a la población de las nuevas tierras. Distingue puntos en los que la política isabelina es muy clara y otros en los que se observan "bastantes dudas". Lo primero que deja claro es que Isabel es "muy reina de su reino" y muy defensora de Castilla. En su testamento establece que las tierras descubiertas y conquistadas son de los reinos de Castilla y León, y que "el trato y provecho de ellas se haya e trate e negocie en estos reinos". Para la ponente, esto significa que no son de Aragón ni de ningún otro reino, tampoco de Portugal. La mención del trato y el negocio le sirve para advertir: "no vayamos a engañarnos". No se trataba solo de evangelizar. Según su lectura, el objetivo principal era el comercio y los recursos económicos.
Junto a la cristianización había que organizar la población para que trabajara y produjera en beneficio de los castellanos. Con los primeros gobernadores, y dejando al margen las disputas con Colón, se sientan las bases de lo que inmediatamente después será la encomienda americana. Se dispone que los indígenas mantengan un trato constante con los castellanos para familiarizarse con su lengua y su cultura y, sobre todo, para cristianizarse, y también que trabajen conforme a la mentalidad y las normas castellanas. Colonos y gobernadores debían ganarse la voluntad de los caciques para que la población aceptara esa forma de trabajo, cuya producción beneficiaría a los propios indígenas, a los colonos y a la Corona. Del Val señala que aquí surgieron roces, porque la población originaria no entendía bien por qué debía entregar a los castellanos parte del fruto de su trabajo. Mientras vivió Isabel, estos problemas parecieron menores, y el foco principal, al menos para ella, parece haber sido la cristianización.
La otra gran cuestión era jurídica y moral: ¿eran súbditos de la Corona, naturales del reino, sobre todo si se cristianizaban? ¿Se les podía esclavizar? Aquí la conferenciante califica la conducta de Isabel de "bastante confusa" y la reconstruye paso a paso. En 1493 ordena que no se les esclavice. En 1495 paga a uno de sus capitanes, al que no podía pagar de otro modo, con cincuenta esclavos indios. Poco después vuelve a prohibir la esclavización. Finalmente, poco antes de morir, acepta que se pueda esclavizar a los que sean antropófagos, pero no al resto, a quienes describe como gente amable. Del Val añade que la realidad no se ajustó a esas normas y que hubo muchas discusiones y enfrentamientos, incluso entre los colonos, aunque no entra en ello. Sí subraya que Isabel era consciente de la situación. En el codicilo firmado dos días antes de morir pide que no se consienta que los indios "de las dichas Indias y tierra firme, ganadas y por ganar" —expresión que muestra que esperaba conquistar más— reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, que sean bien y justamente tratados y que, si han recibido algún agravio, se remedie. Para la ponente, esto prueba que la reina sabía que los agravios se habían producido. Cierra el tema recordando que después la historia siguió otro camino, algo que ya queda fuera del reinado de Isabel.
La unidad en la fe: apartamiento, expulsión y bautismo forzoso
El cuarto gran bloque es la unidad religiosa. Según Del Val, Isabel tiene un deseo "profundo y ardiente" de que todos sus súbditos sean cristianos, porque entiende que un reino bien organizado es aquel cuyos súbditos comparten la misma fe. En Castilla convivían tres: la cristiana, mayoritaria, la musulmana y la judía.
La primera medida continúa una política de apartamiento ensayada desde comienzos del siglo XV, en la minoría de Juan II, bajo Catalina de Lancaster. En las Cortes de 1480 se ordena de nuevo que judíos y musulmanes vivan en barrios separados, las juderías y morerías. Ese apartamiento no convence ni a la reina ni a buena parte de los cristianos viejos. En un ambiente que la ponente describe como convulso, con hostilidad de los castellanos hacia parte de la población judía y problemas internos derivados de ello, el 31 de marzo de 1492 se firma el decreto de expulsión: los judíos que no se bauticen deben abandonar el reino, y muchos se marchan.
Los musulmanes, según Del Val, planteaban menos problemas por su menor relevancia social, aunque también generaban conflictos, sobre todo tras la conquista de Granada, donde eran la inmensa mayoría. Se intentó convencerlos, sin éxito. Ante la resistencia de la población granadina a la conversión y a la política de la reina y sus gobernadores, poco después se obliga a los musulmanes de Granada a bautizarse, un bautismo forzoso que al año siguiente se extiende a todos los musulmanes del reino. En ese momento, dice la ponente, podía parecer que se había alcanzado la unidad en la fe.
Los conversos y la Inquisición
Pero la convivencia religiosa no se reducía a los grupos confesionales. Estaban también los conversos, personas de familias de otra religión convertidas al cristianismo. Los cristianos viejos desconfiaban de todos ellos y los consideraban falsos conversos que en casa mantenían prácticas judías. La tensión fue especialmente fuerte en Andalucía, y la respuesta fue la Inquisición.
Tampoco era una novedad absoluta, subraya Del Val. Enrique IV intentó en 1461, al comienzo de su reinado, una solución de este tipo, sin lograrlo. En tiempos de Isabel, el papa Sixto IV concede en 1478 la bula que permite establecer en Castilla la Inquisición moderna. La ponente explica qué la hacía moderna, ya que la Inquisición existía en la Iglesia desde siglos atrás: en la península ibérica los inquisidores no los nombraba la autoridad eclesiástica, sino que era un tribunal ligado a la Corona y sometido a su poder. En 1478 se estaba en plena guerra civil y no era el momento político oportuno. Por eso no se implanta hasta 1480, en Sevilla, donde parecía haber más problemas. En 1481 se celebra allí el primer auto de fe y se condena a la hoguera a los primeros acusados de ser falsos conversos. El juicio correspondía al tribunal inquisitorial y la ejecución, a la justicia real. En 1483 es nombrado inquisidor Tomás de Torquemada y los tribunales se extienden por el resto de la Corona castellana.
Del Val vincula a esta política religiosa el título de Reyes Católicos. Alejandro VI, a quien presenta como el gran apoyo papal de los reyes (aunque Sixto IV también los apoyó), se lo concede en 1496 por sus esfuerzos en la defensa y extensión del cristianismo y por los bautismos logrados en América y en la península. La ponente lo relaciona también con la rivalidad con Francia, cuyo monarca tenía otros títulos honoríficos.
El ocaso: la muerte sucesiva de los herederos
Con esto llega el final del reinado, que la conferenciante define como la época de los "grandes disgustos dinásticos". El primero es la muerte del príncipe Juan, de salud muy delicada, casado pocos meses antes con Margarita de Austria o de Borgoña, procedente de la corte más refinada de Europa. Muere el 4 de octubre de 1497. Del Val lo presenta como un golpe enorme para Isabel, e incluso como la quiebra de su salud. Vuelve aquí a la afinidad de la pareja: Fernando, que no estaba con ella, acelera su viaje para consolarla, consciente de que para Isabel aquello sería un drama. La ponente subraya que se unían dos problemas, el afectivo por la muerte del hijo y el dinástico. Isabel quería a sus hijas, como muestran su correspondencia y muchos otros gestos, pero no veía claro el futuro del reino en sus manos. Según Del Val, en Isabel "siempre está primero la exigencia política y luego el afecto maternal".
Muerto Juan, la heredera pasa a ser Isabel, la primogénita, que había enviudado del príncipe heredero de Portugal y después, tras muchos esfuerzos de su madre, había aceptado casarse con el rey Manuel I. Embarazada, viene a Castilla para ser jurada heredera y pasa después a Aragón con el mismo fin, aunque la ponente prefiere no entrar en los problemas aragoneses. Da a luz en agosto en Zaragoza y muere como consecuencia del parto. Es otro profundo disgusto, paliado solo, según reflejan la correspondencia y las crónicas, por el recién nacido, Miguel de la Paz, heredero a la vez de Portugal, Castilla y Aragón. Del Val sostiene que esto anima a la reina, porque ese niño podía unificar los tres reinos y convertirse en el soberano más poderoso de Occidente, lo que en definitiva era la aspiración de Isabel. La reina consigue incluso que Manuel I renuncie a tener a su hijo en Portugal. El niño se queda en Castilla, viaja con los reyes y muere en Granada el 20 de julio de 1500.
Juana heredera y el testamento de Isabel
La siguiente en el orden sucesorio es Juana, jurada heredera en Toledo en mayo de 1502. La reina se ocupa mucho de que quede claro que la heredera es Juana y que Felipe de Habsburgo es solo el consorte. En 1503 Juana, entonces en Castilla, tiene en Alcalá de Henares a su segundo hijo varón, Fernando, que se queda en Castilla y se convierte, según la ponente, en el consuelo de los reyes en sus últimos años. Fernando el Católico llegó a dudar si nombrarlo heredero, pero no pudo y tuvo que renunciar. Del Val añade que ese niño, muy querido en Castilla, fue visto como un enemigo por su hermano Carlos I a su llegada, que lo envió a Alemania, donde acabaría siendo emperador. Juana, en cambio, sobrevivió muchos años, hasta mediados del siglo XVI.
En su testamento Isabel instituye "por mi universal heredera" a la princesa doña Juana, y la ponente insiste en que quiere dejar claro que la heredera es Juana y no Felipe, a quien pretende apartar como sea del trono castellano. Consciente de las "particularidades" de su hija, a quien Del Val describe como una mujer que no quiere gobernar y que tiene otras aspiraciones, Isabel añade una cláusula: si Juana no estuviera en el reino, como ocurría entonces porque estaba en Flandes con su marido, o estando en él no quisiera o no pudiera ocuparse de la gobernación, "el rey, mi señor" rija, administre y gobierne sus reinos. Para la ponente, es una nueva muestra de la confianza de Isabel en Fernando. La historia, recuerda, siguió después otros derroteros, pero esa fue la voluntad de la reina.
Isabel murió el 25 de noviembre de 1504 en Medina del Campo, en los palacios que tenía junto a la plaza de las ferias. Del Val cierra la conferencia señalando que, tras su muerte, la Corona de Castilla entró en una nueva fase de problemas que, con los años, desembocaría en la revolución comunera de 1520.
Para quienes estuvieron el martes pasado en la conferencia o siguieron la conferencia por algún medio, pues ya vieron que les expliqué, les hablé de la vida de la reina Isabel desde el momento de su nacimiento en Madrigal de las Altas Torres en 1453 hasta el final de la guerra de sucesión, en la que consigue imponerse a los partidarios de su sobrina Juana y consigue imponerse también a Portugal. Entonces, a partir de ese momento, eso se consigue, esa paz se consigue en septiembre de 1479, y a partir de ese momento pues empieza lo que podemos entender como el reinado en paz. Bueno, ya veremos después que esto de en paz es relativo, pero en paz interna, en paz dentro del reino de Isabel I de Castilla.
Es de eso de lo que les voy a hablar esta tarde, de ese reinado de Isabel. Los aspectos que les voy a tratar son los que tienen y pueden ver en pantalla. Hablaré de algunas cuestiones generales para enmarcar esa acción política que Isabel protagoniza. Después les voy a hablar de lo que es propiamente el gobierno del Reino de Castilla, cómo lo gobierna, o sus instrumentos de poder. Después hablaré de la expansión territorial espectacular que tiene lugar durante el reinado de Isabel I. Dedicaré unos minutos a exponerles cómo la reina intenta conseguir en su reino la unidad de todos sus súbditos en la fe, la fe cristiana, en la fe católica, se entiende. Y por último, el periodo final de su reinado, que está marcado por lo que yo entiendo que son los problemas dinásticos, problemas dinásticos que se complican y que son problemas de política internacional y también de política interior, pero en definitiva viene marcado por esa, digamos, crisis dinástica que se produce como consecuencia de la muerte sucesiva de sus posibles sucesores.
Hay que tener en cuenta que Isabel gobierna Castilla en colaboración con su marido Fernando de Aragón, pero que aparte de la tarea de gobierno realiza otra serie de actividades muy diversas, algunas propias de las mujeres de su época, como atender a la crianza y educación de sus hijos y los jóvenes de la corte. Ella organiza cómo debe darse esa educación a su hijo, a sus hijas y también a los jóvenes que viven en la corte, es decir, hijos de otras personas que están en la corte de Castilla.
Pero además de esto dedica parte de su actividad y de su tiempo a lo que podíamos entender o podíamos denominar como tarea de mecenazgo, dicho de una manera un tanto laxa. En este sentido, yo les llamaría la atención sobre San Juan de los Reyes de Toledo. Es la reina Isabel la que promueve la construcción de este monasterio, que se lo entrega a los franciscanos. Construye San Juan de los Reyes después de, bueno, después de la guerra y sobre todo para poner de relieve su victoria en la batalla de Toro. La batalla de Toro fue un hito importante, un hito relevante en la guerra de sucesión. Y luego, como acabo de decirles, se lo entrega a los franciscanos, y esto es importante. Ella tuvo durante su niñez, se piensa que tuvo relación con los franciscanos de Arévalo, y en cualquier caso Isabel muestra una clara inclinación por la espiritualidad franciscana. Por lo tanto, no es casual que se lo entregara a frailes de esta orden, esa gran construcción que es San Juan de los Reyes en Toledo. Pero también hay que recordar el apoyo a la cartuja de Miraflores y la construcción que ella paga y organiza de los magníficos sepulcros de sus padres, Juan II e Isabel de Portugal, obra, en fin, bellísima de Gil de Siloé, que se puede admirar en la cartuja de Miraflores. Y en otro orden de cosas, pues los hospitales, el hospital de Santiago de Compostela, el de Granada o el de Toledo.
Y además de esto, Isabel es una mujer de su época. Estamos en pleno humanismo. Piensen que es la época del Renacimiento. Las grandes cortes humanísticas también florecen en Castilla. Los grandes nobles humanistas también los tenemos aquí. E Isabel viene de una familia que ha mostrado gusto por la cultura. Tanto su padre Juan II como su hermano Enrique IV muestran, digamos, esa inclinación, ese gusto por la cultura humanística. E Isabel no es una excepción. Isabel también muestra ese interés por la cultura, por el cultivo de la inteligencia y por expandir la enseñanza y dar acceso al conocimiento al mayor número posible de personas.
Y en este sentido quería únicamente darles dos pinceladas o dos datos. Isabel pide a Nebrija... Ya saben que Nebrija le dedica su gramática, pero bueno, los intelectuales suelen dedicar sus obras a los reyes; esto podría no ser especialmente significativo. Lo que sí es significativo del interés de Isabel por la cultura es que pide a Nebrija que traduzca sus Introducciones latinas para que las religiosas puedan acceder, las religiosas que no saben latín pudieran aprender y pudieran tener acceso al conocimiento. Y luego también me parece que es especialmente significativo de su inclinación por el saber y su gusto por la historia que pida a Diego de Valera... Diego de Valera, aparte de otras muchas cosas, pues escribió una crónica de los Reyes Católicos y también una crónica de Enrique IV. Bueno, pues Isabel le pide a Diego de Valera que escriba una crónica abreviada de España, que hoy solemos conocer como la Valeriana. Por lo tanto, ella tiene este gusto y este afán por la cultura y por seguir con esta, digamos, con esta vida intelectual que ya ha vivido y ha conocido en su etapa previa a ser reina.
Además de esto, también me parece importante que tengan en cuenta, para comprender su tarea de gobierno, la complicidad y la confianza que establece con su marido Fernando de Aragón. Fernando de Aragón es para Isabel un auténtico apoyo en toda la trayectoria de su gobierno y de su reinado. Ambos confían mutuamente el uno en el otro y ambos se apoyan en la pareja. Y esto creo que hay que tenerlo en cuenta y hay que comprenderlo también. Y hay que comprenderlo sobre todo en el caso de una mujer como Isabel, que está en permanente actividad, una mujer que está permanentemente ocupada, que, digamos, tiene la mente y la preocupación puesta en muy diferentes problemas y cuestiones.
Una buena muestra de ello es el pequeño texto que tienen en pantalla y que pone de manifiesto ese agobio que a Isabel le produce el tener que dedicarse a tantas cosas y no tener tiempo para ella misma, no tener tiempo para sí misma, cosa que suele ocurrirles con relativa frecuencia a las mujeres. En una carta a su confesor Hernando de Talavera, probablemente en 1493, es una carta que escribe de su puño y letra desde Zaragoza, donde se encontraba en ese momento, pues le dice a Hernando de Talavera esto que tienen en pantalla: «Empecé y acabo esta carta con tanto desasosiego, porque estando escribiendo me llegan con tantas hablas y demandas que apenas sé qué digo, y nunca acabarán, sino que estuve en la cama hoy todo el día, aunque estoy sana, solo porque me dejasen, y aun así no me dejan». Es decir, que intenta buscar tiempo para sí misma, pero le resulta difícil encontrarlo. Una mujer, por lo tanto, en permanente actividad, en permanente acción.
Una mujer que ya ha demostrado antes de esta fecha, y que seguirá demostrando en los años siguientes hasta su muerte, una gran capacidad de negociación, una negociación que la lleva a establecer el equilibrio y el acuerdo con contendientes de diversa naturaleza y de diverso grado. En este sentido, y hablando de Fernando de Aragón, pues una muestra de esa capacidad de negociación es la llamada Concordia de Segovia, de la que les hablé el otro día, en la que llega a un acuerdo con su marido para que Fernando pueda gobernar con ella en Castilla. Es decir, le da prácticamente plenos poderes en Castilla a su marido. Este acuerdo... Claro, todos los acuerdos tienen sus pros y sus contras, y este acuerdo pues tiene también una vertiente relativamente negativa. Llega a ese pacto con Fernando; eso les va a permitir ese reinado conjunto que es el de los Reyes Católicos, pero también le lleva a perder algunos apoyos. Como consecuencia de ese pacto, uno de los que habían sido sus principales sostenes, su principal valedor, que es el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, se enfada con Isabel, se enfada con Fernando por haber llegado a este acuerdo. Carrillo pretendía otra cosa y rompe con ellos y pasa a apoyar a Juana de Trastámara, es decir, a la sobrina de Isabel, a la hija de Enrique IV. Pero con todo y con eso, la Concordia de Segovia fue enormemente favorable para Castilla y desde luego para Isabel.
Y luego también hay que tener en cuenta un último aspecto para comprender todo lo que Isabel hizo, y es que la reina Isabel en realidad lo que consiguió fue llegar a la cumbre de un proceso, de un camino que conducía hacia el fortalecimiento del poder real. Esto no es algo que innove Isabel. Ya sus antecesores, Juan II, Enrique IV, buscan ese fortalecimiento del poder real. Y, de hecho, esto es lo que provoca toda una serie de conflictos internos en Castilla durante los reinados anteriores. Los reyes buscan lo que en la época se denomina el poder real absoluto, que sea el rey el máximo poder del reino, que los nobles colaboren con él. Por supuesto, los nobles siempre tienen que estar presentes, nobles laicos y nobles eclesiásticos. Los antecesores, tanto Juan II como Enrique IV, no consiguen llevar esto a buen puerto. Isabel lo que va a conseguir es culminar todo ese camino de fortalecimiento del poder real y toda una serie de, digamos, de medidas y de etapas que ya habían sido intentadas, ensayadas muchas de ellas en años anteriores, y que va a ser Isabel la que va a conseguir implantarlas en la Corona de Castilla.
Bueno, pues teniendo en cuenta esta situación general de la reina, de cómo se desarrolla la vida de la reina, vamos a pasar ya a ver algunos de los elementos principales de lo que es el gobierno del Reino de Castilla ejercido por Isabel I, siempre con la colaboración y el apoyo de Fernando II de Aragón.
Para cualquier empresa que se quiera realizar es necesario tener recursos económicos. La Hacienda es uno de los pilares del poder y, por lo tanto, también en este caso, a finales del siglo XV, la Hacienda era una preocupación para los reyes y desde luego para Isabel. En los años de su reinado, Isabel tiene enormes frentes de gasto. Solamente las guerras y todo lo que es la expansión ultramarina supone un gran esfuerzo económico, pero también otra serie de actividades dentro del reino. Ahora bien, la Hacienda es relativamente saneada para Isabel porque cuenta con toda una serie de ingresos que le van a permitir prescindir de los impuestos extraordinarios que tenían que ser aprobados en Cortes. Isabel cuenta con un sistema de alcabala, es decir, un tributo sobre el intercambio, el intercambio mercantil. Las tercias también proporcionan importantes recursos, las aduanas, el servicio y montazgo, y solo para casos excepcionales habría que solicitar servicios al reino o bien, para la guerra de Granada, por ejemplo, la bula de cruzada. Con todo esto, Isabel cuenta con recursos suficientes para hacer frente a los gastos que implica su tarea de gobierno.
Una tarea de gobierno que busca, como les acabo de decir, fortalecer su poder como el poder de la Corona y que, por lo tanto, va a significar que quiere controlar las tres fuentes, los tres focos de poder del momento: las ciudades, los nobles y la Iglesia, los nobles laicos y la Iglesia.
En relación con las ciudades, se plantea la cuestión de las Cortes. Los reyes anteriores, sobre todo Enrique IV, convocan Cortes con relativa frecuencia debido sobre todo a que necesitan impuestos extraordinarios que tenían que ser aprobados por el reino. Bien, Isabel no tiene estas necesidades, no tiene esta necesidad, y por lo tanto convoca Cortes con muchísima menos frecuencia, y esto le permite gobernar sin contar con la participación o con los problemas que le pudieran plantear los procuradores en Cortes de las ciudades que tenían representantes en ese organismo. No obstante, las Cortes cumplen durante el reinado de Isabel un importantísimo papel. Bueno, en las Cortes se jura a los herederos, pero además también en las Cortes Isabel va a marcar lo que iban a ser las líneas de su política. Poco después de su acceso al trono, en los inicios de la guerra civil, en 1476, convocó unas Cortes en Madrigal, que son enormemente importantes porque marcan ya las primeras líneas de su política y sobre todo establecen la Hermandad. Y luego, en las de Toledo de 1480, define o plantea, expone al reino las líneas principales de lo que podemos entender casi como su programa de gobierno.
Esto nos lleva a las dos cuestiones planteadas tanto en Madrigal como en Toledo. En Madrigal es la Hermandad. Bueno, la Hermandad no es tampoco una novedad. Les decía antes que Isabel lo que hace es continuar un camino y culminar un proceso. Bueno, la hermandad existe desde siglos antes, pero ya su antecesor Enrique IV había ensayado una hermandad general del reino. No tuvo el éxito que tuvo Isabel, pero iba ya por ese camino. Isabel organiza una Hermandad, es decir, un sistema que supone que todas las villas y ciudades del reino cuentan con las cuadrillas de la Hermandad, es decir, un conjunto de personas que se encargan de mantener el orden, perseguir a los malhechores y ejercer una justicia inmediata o prácticamente inmediata. Y el ámbito jurisdiccional de cada una de estas cuadrillas de Hermandad limita con el siguiente, de tal manera que quienes huyen de la justicia pasan de una villa o del territorio de una villa a otra, pero la Hermandad les seguirá: la Hermandad de la villa A para en el final de su línea de acción, pero entrará a continuación la Hermandad siguiente, con lo cual, digamos, la persecución de malhechores en principio es más eficaz y sobre todo la justicia se ejerce con rapidez. Una justicia que se ejerce con bastante rapidez va a plantear problemas, pero Isabel consigue controlar la Hermandad y consigue con esto pues favorecer el orden interno en el reino. Incluso consigue otras cosas que son para ella quizás tan importantes o incluso más, porque la Hermandad le va a proporcionar fuerzas armadas. En la guerra de Granada las fuerzas de la Hermandad tendrán un papel relevante o relativamente relevante, y además también le proporcionan recursos económicos. Por lo tanto, esto es otra fuente de ingresos que también Isabel puede utilizar.
Hablando de ciudades, en las ciudades, bueno, organiza la Hermandad y, como digo, todo, digamos, todo el sistema, toda la red de la Hermandad a lo largo y ancho del reino. Pero sobre todo, lo que a Isabel le interesa con respecto a las ciudades como poder político, porque las ciudades empiezan ya a tener, o ya tienen en ese momento, un poder político, un poder económico relevante en el reino, es controlarlas. Es decir, que las ciudades no sean entes de poder que puedan de alguna manera presentar problemas a la Corona, sino que, al contrario, queden sometidas al control de la Corona y actúen siempre en beneficio de la Corona. Para ello va a utilizar diversos aspectos y, digamos, diversos mecanismos.
Apoya en general aspiraciones de la población urbana. Por ejemplo, en esta época en las ciudades se busca el bienestar y la comodidad, y en muchos lugares se hacen obras de aducción de agua para tener más agua próxima a las viviendas y que esto facilite la vida de la comunidad. Entonces Isabel apoya este tipo de obras y permite a las ciudades realizar gastos a veces muy importantes para poder tener este tipo de obras de aducción de agua o de reparación de las murallas, que más que una tarea de defensa son embellecedoras de una ciudad. Pero más allá de esto, que iría relacionado con el honor y el prestigio, Isabel lo que quiere es controlar el órgano de poder y controlar a los poderosos de las ciudades. Y lo consigue mediante dos mecanismos.
Por una parte, el corregidor. El corregidor es un oficial que representa el poder del rey, de la reina en este caso, en cada una de las ciudades de realengo. Esta institución viene también de siglos atrás. Lo que consigue Isabel es que el corregidor se extienda a todas las
ciudades de realengo del reino y que las ciudades, todas ellas, de mejor o peor voluntad, acepten esta presencia del corregidor, que preside las reuniones del órgano de gobierno local y que controla el gobierno de la ciudad en nombre del rey, de la reina en este caso. Y luego el regimiento, es decir, el órgano de gobierno local. Por llegar al regimiento, los poderosos de las familias poderosas de cada una de las ciudades luchan entre sí para ver quién tiene más cargos de poder, más regidurías a su favor. Y esto plantea problemas, guerras internas, conflictos en las ciudades que no favorecen el orden interno del reino, que perjudican al comercio y que Isabel entiende que perjudican también a su gobierno.
Por lo tanto, pretende acabar con esto y siempre que le es posible interviene en estos conflictos internos, estableciendo ella como reina el sistema de elección de los regidores y garantizando en todo caso el equilibrio de poder, el equilibrio de fuerzas entre las distintas familias poderosas de la ciudad, un equilibrio que les permita vivir en paz y por lo tanto poder desarrollar lo que es la actividad típicamente urbana, el artesanado y sobre todo el comercio, que es la actividad urbana más enriquecedora.
E Isabel también apoya al comercio, apoya al comercio, por ejemplo, de los libros. Antes les hablaba de su afán por la cultura. Bueno, pues apoya el comercio de los libros, pero apoya las actividades comerciales en general, apoya las ferias de Medina del Campo, que son las más importantes ferias del reino. Isabel apoya estas ferias de Medina. Pero incluso más allá de todo esto, lo que Isabel va a hacer a lo largo de su reinado es establecer instituciones que favorezcan en general el comercio internacional, que es el más lucrativo, el que más ingresos proporciona tanto a la corona como a los mercaderes y por lo tanto también a las ciudades.
Durante el reinado de Isabel, con Isabel se establece el Consulado de Burgos en 1493, es decir, al año siguiente de la conquista del reino nazarí de Granada. Y con Isabel también, dos años antes de su muerte, en 1503 se establece la Casa de Contratación de Sevilla para todos los negocios que se realizan en las Indias. Por lo tanto, Isabel tiene una política en este sentido de apoyo al comercio, de apoyo al comercio interior del reino, pero también al comercio internacional. Y esto favorece a las ciudades y le favorece a ella como reina y al reino, puesto que le proporciona ingresos, riqueza y, sobre todo, prestigio, y además prestigio internacional.
Si las ciudades son un poder en el reino, son un poder emergente, tenemos los dos poderes tradicionales, que son la Iglesia y la nobleza laica. Bueno, pues Isabel, que quiere controlar el reino, también busca controlar a estos dos poderes tradicionales. En ningún caso se opone a ellos. Esto es una idea que hay que desechar de entrada. Isabel apoya la Iglesia como institución, quiero decir, e Isabel apoya a la nobleza. Lo que Isabel pretende es que tanto en la Iglesia como entre los nobles lo que prevalezcan sean personas que le sean fieles a ella y que actúen en beneficio de sus intereses y de lo que ella entiende que son los intereses del reino.
Por lo tanto, lo que va a intentar hacer es apartar a la nobleza de aquellos, digamos, asuntos de decisión política en los que pudiera plantearle a ella como reina algún problema. Pero potenciar su papel, potenciar, asentar, respaldar, en fin, digamos que respetar en el más amplio sentido de la palabra el poder, el poder social, el poder económico, el prestigio de la nobleza. Sin la nobleza no se entendería la Castilla de entonces y, por supuesto, tampoco el reinado de Isabel. Y algo similar sucede con la Iglesia. Lo que pretende es que los cargos, altos cargos eclesiásticos, pues estén ocupados por personas que le sean afectas a ella y sobre todo que no sean nobles para poder, digamos, negociar mejor con ellos, tratar mejor con ellos.
En este sentido, las medidas más llamativas o, bueno, los aspectos que pienso que se podrían señalar en cuanto a la política de la reina en este campo es el apoyo a la Mesta. El apoyo a la Mesta, que significa el apoyo del comercio internacional de la lana, que lo que hace es beneficiar a los grandes propietarios de ganado, nobleza, órdenes militares, es decir, poderes laicos y eclesiásticos, grandes poderes nobiliarios del reino. Eso es lo que hace con su apoyo a la Mesta.
Luego busca, a la hora de actuar políticamente y de tomar decisiones, buscar consejeros que le sean afectos, no porque sean nobles, sino porque sean expertos en la materia y personas en las que ella pueda confiar. Entonces, busca a esos consejeros especialistas y se empiezan a perfilar lo que serán los consejos del reino. El órgano, digamos, durante el reinado de Isabel, más importante es el Consejo Real, en el que lo que predomina, lo que prevalece para ella son los consejeros especialistas en la materia a tratar, que es a los que ella quiere escuchar antes de tomar las decisiones pertinentes. Esto no quiere decir que sea parte de la nobleza laica o eclesiástica, pero sí que Isabel busca consejeros especializados, es decir, personas que realmente puedan llevarla por el camino más apropiado, no en función de intereses particulares de los nobles o de los clérigos, sino en función de los intereses generales de la corona. Y el Consejo Real, como digo, es el hito de toda esta organización.
Y con respecto a la Iglesia, Isabel busca conseguir algo muy importante, que es el derecho de presentación y patronato, es decir, poder intervenir en el nombramiento de los altos cargos eclesiásticos. Esto no es fácil. No es fácil porque los altos cargos eclesiásticos los nombra Roma. Es decir, es un asunto de la institución eclesiástica y es Roma quien nombra a estos altos cargos eclesiásticos. Pero Isabel pugna por conseguir esto y va a conseguir un gran éxito, que es el derecho de patronato en el reino de Granada cuando conquiste el reino nazarí de Granada. Va a conseguir que se le reconozca el derecho de patronato en la Iglesia del Reino de Granada y en Canarias también el patronato para las nuevas iglesias que se instituyan, que, digamos, se establezcan en las Islas Canarias. Esto significa que los reyes son los patronos de esas iglesias y que pueden intervenir en esos nombramientos, aparte de otras cuestiones.
Esta cuestión del derecho de presentación, bueno, lo consiguen durante el pontificado de Inocencio, pues lo consigue a través de la intervención y la negociación en Roma y por lo tanto a través de la vía diplomática, porque la diplomacia se está desarrollando notablemente en este momento y la corte castellana, lo mismo que la corte aragonesa, pues cuenta con diplomáticos y cuenta con representantes en distintas cortes que negocian y actúan en función de los beneficios, en este caso, de Castilla. Para esta cuestión de los derechos de presentación y patronato que intentan conseguir los reyes, quien actúa en Roma es el conde de Tendilla, conde de Tendilla, que después tendrá un papel relevante en Granada, en la conquista de Granada y en los primeros años de la incorporación de Granada a la corona. Pues el conde de Tendilla es quien negocia en Roma y quien consigue que Inocencio VIII en 1496 otorgue esas bulas que van a permitir tener el derecho de patronato sobre las iglesias de Granada y de Canarias.
Y he dejado para el final lo que se entiende en el momento como la máxima expresión del poder. Máxima expresión del poder es el ejercicio de la justicia. El martes les decía que, según el cronista Alonso de Palencia, delante de Isabel, cuando va a ser proclamada reina, desfila una persona de su confianza, Gonzalo Chacón, cogiendo la espada por la punta con la empuñadura en alto, que significa que la persona que sigue a esa espada, que está detrás de esa espada, es la que tiene el máximo poder de la justicia, porque esa es la máxima expresión del poder. Bueno, pues Isabel evidentemente va a procurar ejercer la recta justicia, imponer la equidad en ese ejercicio de la justicia y sobre todo va a tomar toda una serie de medidas que conduzcan a una buena administración de justicia en su reino.
En este sentido, hay dos actuaciones principales. Por una parte, lo que son los tribunales supremos del reino. Tradicionalmente, los dos tribunales supremos del reino, aparte del Consejo Real, que funciona también para algunas causas como tribunal supremo, son las chancillerías, la chancillería de Valladolid y la chancillería que estaba en Ciudad Real, que va a ser trasladada a Granada. Bueno, con Isabel las chancillerías se establecen definitivamente, adquieren definitivamente su sede. Nunca más se discutirá dónde van a estar instaladas. Para el norte del reino, Valladolid. Para el sur, Granada. Quedaba Galicia, que tiene una comunicación relativamente difícil, y esto le lleva en 1494 a Isabel a establecer la Real Audiencia de Galicia, que no es exactamente una chancillería, pero que funciona también como organismo, como máximo tribunal de justicia en el Reino de Galicia.
Ahí se ejerce la justicia, ahí están los jueces, se ven las causas, etcétera, pero están, digamos, los textos jurídicos, las leyes que hay que aplicar, las normas del reino. Isabel entiende que es necesario clarificar la situación, es decir, que queden claras cuáles son las leyes del reino que hay que aplicar, cuáles son las normas para cada caso, etcétera, etcétera. Se ocupa de que se publiquen las Partidas y el Fuero Real de Alfonso X, pero sobre todo lo que le preocupa es la revisión y la recopilación de textos jurídicos que están, iba a decir más o menos dispersos, en realidad que están dispersos.
Y lo que hace a comienzos de este periodo de su reinado es encargar a un equipo de juristas, al frente del cual está Alonso Díaz de Montalvo, que recopile y revise las ordenanzas reales, es decir, las distintas ordenanzas que los reyes han ido emitiendo y que, bueno, hay que recopilarlas, comentarlas y explicarlas para que los jueces sepan qué leyes se pueden aplicar y cómo se pueden aplicar esas leyes, en qué casos, etcétera, etcétera.
Hecho esto, en 1484, que ya es un importante avance para la buena aplicación de la justicia, un poquito más adelante, en 1503, se realiza una nueva recopilación. Se entiende que el Ordenamiento de Montalvo, que es como se conoce, Ordenamiento de Montalvo, pues está bien, pero, en fin, tiene algunos defectos, le faltan algunas cosas y se hace una nueva recopilación en 1503. Y ya muerta la reina, después de fallecida la reina, en 1505 están las famosas Leyes de Toro. En realidad, esto es posterior a la reina, puesto que las Leyes de Toro se presentan al reino en las Cortes que se celebran en Toro en este año, en 1505. Pero es algo que Isabel ya venía preparando desde tiempo anterior.
En estas Leyes de Toro lo que se intenta hacer sobre todo es dar satisfacción a la nobleza. Es verdad que las Leyes de Toro, aparte de esto, actualizan el corpus legislativo castellano en general, pero particularmente la importancia de las Leyes de Toro es que preservan las bases del poder de la nobleza, porque regulan el mayorazgo y establecen claramente ese derecho de mayorazgo de los nobles, que es en el que van a poder sustentar el poder todas estas grandes familias nobiliarias del reino. Por lo tanto, es algo posterior a la muerte de Isabel, inmediatamente posterior, pero que ya venía preparando, pues, de alguna manera, la culminación de una tarea que Isabel había venido preparando desde años anteriores.
Con esto tiene el reino controlado y más o menos organizado, pero ahora es necesario para ella expandirlo. Aquí lo que busca es sobre todo intereses políticos, intereses religiosos, controlar la navegación y el comercio internacional. Esta expansión territorial seguro que todos la conocen y saben de lo que estoy hablando, a lo que me estoy refiriendo. Se trata de la guerra de Granada, en primer lugar, que inicia poco después de terminada la guerra civil, la guerra de Granada, que supone la conquista del reino nazarí, una guerra en la que la reina vuelve a implicarse de forma personal, en la que interviene de muy diversas maneras a lo largo de las campañas, hasta 1492. Bueno, hasta diciembre del 91; el inicio de enero del 92 es cuando se entregan las llaves de la ciudad, se hace la escenificación de la rendición.
Una guerra en la que, bueno, hablando de Isabel y de las tareas de Isabel, pues volvería a hablarles de los hospitales de campaña. Establece hospitales de campaña, sobre todo en aquellas campañas militares que tienen mayor duración. El más famoso de todos es el de Santa Fe, pero hay otros anteriores. Y una guerra que supone un enorme esfuerzo económico, pero que también va a proporcionar prestigio y honor a los nobles que triunfan en ella y va a proporcionar ingresos a todas aquellas personas que participan en ella, incluida la corona, porque es una guerra de conquista y es una guerra en la que se consigue el botín. Es decir, se conquista y lo que se conquista se quedan con ello y se lo reparten los conquistadores. También los reyes, por supuesto, participan en ese reparto.
Y en ese reparto intervienen sobre todo bienes de carácter material, pero en algunos casos también se capturan esclavos o cautivos cuando las plazas que se van a conquistar no se rinden, es decir, ofrecen una resistencia férrea a las tropas castellanas y exigen a las tropas castellanas que hagan un esfuerzo mayor del que esperaban tener que hacer para conseguir la plaza. Es el caso de Málaga, la conquista de Málaga, que quizás sea la más famosa en este sentido y la más complicada. Los malagueños se resisten a entregarse. Los malagueños no quieren rendirse, no se rinden. Hay que tomar la ciudad al asalto y entonces la población es capturada. Todos, hombres, mujeres, niños, ancianos, todos son capturados. Los que tienen dinero para poderse rescatar son convertidos en cautivos, es decir, si pagan recuperarán la libertad. Y los que no tienen dinero para pagar el rescate se convierten en esclavos y serán o vendidos en el mercado o regalados. La reina Isabel, después de la conquista de Málaga, realiza algunos notables y conocidos regalos de esclavos a personajes relevantes, esclavos procedentes de la conquista de Málaga.
Después de Granada viene África, la expansión hacia África, donde tenían ahí, digamos, aquella tensión con los portugueses, porque los portugueses les llevan la delantera en África. Pero Isabel no puede ocuparse después de 1492, no puede ocuparse realmente de esa expansión africana por el norte de África. Y únicamente en 1497, debido a la acción del duque de Medina Sidonia, el duque de Medina Sidonia decide ir a conquistar Melilla. La reina se suma a esa acción del duque de Medina Sidonia y por lo tanto conquistan Melilla. Pero, vamos, en el norte de África no se avanza, no hay mayor expansión territorial.
En cambio, sí hay una expansión por la parte del Atlántico occidental. Si recuerdan, el otro día les decía que en el Tratado de Alcáçovas Canarias queda para Castilla. Castilla ya tenía conquistadas buena parte de las islas, pero quedaban estas tres que tienen en pantalla, Gran Canaria, La Palma y Tenerife. No era fácil esta conquista. Las tropas castellanas se enfrentan, hay enfrentamientos internos. La población de las islas se resiste a la conquista, pero progresivamente, entre 1478 y 1496, las tropas castellanas van avanzando sobre estas islas y las van conquistando. Las conquistan en el orden que las tienen en pantalla. La primera que se ocupa es Gran Canaria, la siguiente, La Palma, y la conquista de Tenerife es la última. En 1496 Tenerife está conquistada y por lo tanto ya las Islas Canarias en su conjunto pasan a la Corona. De nuevo tenemos aquí también esclavos y tenemos luego toda la riqueza de los productos de la isla y sobre todo el azúcar. Será ya en el futuro, en el momento también, pero sobre todo en el futuro, el negocio del azúcar el gran negocio en las Islas Canarias.
Pero la expansión en el Atlántico más espectacular, ya saben, es lo que hoy llamamos América
y lo que en la época Isabel llamaba las islas y tierra firme de la mar océano.
En las… después de la entrega de Granada en 1492, Isabel por fin puede prestar atención a lo que Colón le presenta. Y después de muchas dudas, de consultar a los sabios de la Universidad de Salamanca, después de consultar a los miembros de su consejo, y a pesar de que en su entorno nadie tenía la certeza de que aquella aventura colombina pudiera llegar a buen puerto, Isabel decide que en realidad la inversión que se va a realizar no es excesiva y que puede arriesgarse a intentar llegar a las Indias, es decir, al Asia oriental, navegando por occidente, occidente hacia delante. Por eso lo llaman las Indias, porque creen que han llegado a la costa del Pacífico de Asia.
Bueno, admite Isabel la aventura, vamos, la propuesta de Colón. Firma con Colón en el mes de abril las capitulaciones de Santa Fe. Colón se embarca en agosto. En octubre, como saben, llega a las islas americanas, y lo que se conoce en vida de Isabel es simplemente las islas de Guanahaní, Cuba y la Española; es decir, por lo tanto, ahí nos quedamos.
Cuando Colón regresa, Isabel está, Isabel y Fernando están en Barcelona. Colón regresa con unos cuantos indios, es decir, personas procedentes de la población autóctona de estas islas. Isabel manda que se les libere, es decir, que no se les convierta en esclavos, y les bautiza. Lo primero, hay que bautizarles. Y se inicia la negociación en la Corte Pontificia para conseguir que esas tierras que han encontrado allá en el Occidente, y que no saben muy bien lo que son, pero que sí son conscientes de que no son las Indias que buscaban, pues que esas tierras sean para Castilla. Volvemos de nuevo a la negociación en la Corte Pontificia, y el papa del momento, Alejandro VI, pues otorga unas bulas, las llamadas bulas alejandrinas, entre julio y diciembre de 1493. Y esas bulas alejandrinas reconocen, digamos, la pertenencia a Castilla de esas tierras que se acaban de descubrir, con una condición: que a la población que allí vive se la convierta al cristianismo. Isabel, por supuesto, se compromete a esa conversión al cristianismo de la población autóctona americana, y esa va a ser una de sus grandes metas en estos últimos años de reinado.
Pero claro, está Portugal, que lleva ventaja a Castilla en la navegación africana, pero Castilla se le ha adelantado en la navegación atlántica hacia occidente. Hay que negociar con Portugal. De nuevo, con el apoyo pontificio, se consigue en junio de 1494 la firma de ese famoso, famosísimo Tratado de Tordesillas, que marca esa línea meridiana que tienen aquí en pantalla. Es esta línea, meridiano. A ver, ¿dónde está? Bueno, la han visto, ¿verdad? Bueno, pues la línea a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Esta línea que tienen aquí significa que se reparten esas tierras. Portugal no acaba de estar del todo convencida, pero la realidad se impone. También se reparten la costa occidental africana, porque lo que quieren es además la riqueza conocida, porque esto es una riqueza ignota, todavía no saben lo que van a poder conseguir, pero en África sí saben lo que quieren conseguir. Y ahí de nuevo Portugal en África lleva la ventaja, lleva la delantera a Castilla. Lo que buscan es el oro del Sudán, los esclavos, las materias primas, este tipo de cosas que encontraban en las costas de África occidental. Bueno, y las pesquerías, la pesca también tiene importancia.
Isabel se ha comprometido a cristianizar a la población de las islas, pero claro, esto hay que hacerlo, y sobre todo hay que ver cómo tratar a esta población. Y aquí la política isabelina, bueno, pues en algunos puntos es muy clara y en otros se observan bastantes dudas.
Lo primero, Isabel es muy reina de su reino y muy defensora de lo suyo, muy defensora de Castilla, ¿no? Y lo marca en el testamento, bueno, aparte de otra documentación anterior, pero en el testamento queda muy claro que las tierras descubiertas y conquistadas por los reinos de Castilla y León allá en las Indias son de Castilla. Dice: «El trato y provecho de ellas se haya e trate e negocie en estos reinos», en Castilla. Es decir, son de Castilla, que quede muy claro, no son de Aragón, son de Castilla, y por supuesto de ningún otro reino, tampoco de Portugal, que es su competidor en ese momento. Y habla del trato y negocio, es decir, lo que están buscando son recursos económicos. No vayamos a engañarnos. Es decir, no solamente van a evangelizar, van también a conseguir recursos económicos, y eso es el objetivo principal, el comercio y el negocio que se puede hacer allí.
Buscan, por supuesto, cristianizar a esa población y organizar las tierras: cómo organizamos aquella población originaria que hemos encontrado, cómo hacemos que trabajen, que rindan, que produzcan para nosotros, para los castellanos, y que además se cristianicen. Bueno, pues establecen lo que van a ser las bases de lo que será inmediatamente después la llamada encomienda americana. Bueno, pues esto con los primeros gobernadores que van a las islas, y salvando las discusiones que hay con Colón y todo esto, pues se establece que se debe procurar que la población de estas islas y tierra firme de la mar océano tenga trato constante, permanente con los castellanos, para que se familiaricen con su lengua, con su cultura, es decir, con nuestra lengua, con nuestra cultura, y se cristianicen, sobre todo que se cristianicen. Pero también hay que conseguir que trabajen conforme a la mentalidad y las normas castellanas. Y por lo tanto se busca que estos primeros colonizadores y los primeros gobernadores que van allá establezcan contacto con los caciques, se atraigan la voluntad de los caciques, y que de esta manera consigan que la población acepte la forma de trabajar, bueno, para poner en producción aquellas tierras y que esa producción beneficie a la corona, aparte de, bueno, a la población originaria, a los colonos y a la corona. No, esto plantea ciertos problemas, porque claro, se dice: tienen que trabajar, la población originaria, que trabajen, pero el fruto de su trabajo no es todo para ellos. Tienen que entregar una parte a los castellanos, y la población originaria esto no lo entiende muy bien, y ahí se producen algunos roces, algunos problemas. Pero de momento, mientras vive Isabel, digamos que estos problemas son aparentemente menores, y el foco principal, por lo menos para ella, parece ser el de la cristianización.
El segundo problema, aparte de… bueno, segundo o el tercero, aparte de hacerles producir, es decir, conseguir recursos económicos para los castellanos, cristianizarles, pero luego también está el ¿qué hacemos con la población originaria? O sea, ¿son súbditos de la corona, son naturales del reino o no? Si se cristianizan, ¿son naturales del reino o no? ¿Les podemos esclavizar o no les podemos esclavizar?
En esta situación, pues la conducta de Isabel es bastante confusa. En un primer momento dice que no se les esclavice. En 1493 dice que no se les esclavice, pero en 1495 paga a uno de sus capitanes del ejército, al que no puede pagar de otra manera, le paga con 50 esclavos de Indias, quiero decir, no esclavos traídos de África o de otro lugar, con esclavos de Indias. Pero luego, poco tiempo después, vuelve a decir que no se les esclavice. Y finalmente lo que acepta, vamos, justo antes de morir, dice que se puede esclavizar a aquellas poblaciones originarias que sean antropófagos, es decir, que a esos se les puede esclavizar. Al resto, que es gente amable, pues que no se les puede esclavizar. Digamos que prohíbe esa esclavización, pero las cosas no son fáciles y las cosas no van así. De manera que efectivamente hay problemas en el trato con la población originaria, hay muchas discusiones, muchos enfrentamientos incluso entre los colonos.
No vamos a entrar ahora en ello porque nos llevaría muy lejos, pero sí, Isabel es consciente de esa situación, y en el codicilo que firma dos días antes de morirse dice lo siguiente respecto a la población originaria de esas islas que ha descubierto y que ha conquistado. Dice que no consientan ni den lugar a que los indios vecinos moradores de las dichas Indias y tierra firme, ganadas y por ganar —es decir, ella piensa que hay más y que va a conquistar más—, dice, no consientan que reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, que lo remedien. Es decir, es perfectamente consciente de que ha habido agravios y pide que los remedien. Como saben, luego la historia sigue su curso y va por otro camino, pero eso ya nos lleva lejos de la situación de Isabel. El último aspecto es el de la unidad en la fe.
Isabel tiene el deseo profundo y ardiente de que su reino, toda la población de su reino, sea cristiana, porque entiende que un reino bien organizado es un reino cuyos súbditos tengan una misma fe. Y en Castilla hay tres fes: la mayoritaria, cristiana, pero están musulmanes y judíos. Bueno, lo primero que hace es continuar la política de apartamiento que ya se había ensayado desde comienzos del siglo XV, desde la época de Juan II, de su padre, la minoría de su padre con Catalina de Lancaster: hacer barrios separados para judíos y musulmanes. En las Cortes de 1480 ordena de nuevo que judíos y musulmanes vivan apartados en las ciudades, en barrios separados. Es lo que nosotros conocemos hoy como judería o morería. Si en una ciudad van y hay la judería, bueno, la judería es el barrio donde viven los judíos. La morería es el barrio donde viven los musulmanes en este momento, en esta época, con ese apartamiento que Isabel impone. Pero ese apartamiento no acaba de convencer a la reina ni a buena parte de los cristianos viejos de Castilla. De manera que, para conseguir esa unidad en la fe, en 1492, y debido al ambiente convulso de los castellanos en contra de una parte de la población judía, y bueno, en fin, de los problemas internos que plantean estas cuestiones, el 31 de marzo de 1492 se firma el decreto de expulsión de los judíos.
Los judíos que no se bauticen tienen que abandonar el reino. Y de hecho, como saben, muchos judíos marchan de Castilla. En ese momento quedan los musulmanes. Planteaban menos problemas porque tenían menos relevancia social y por lo tanto creaban menos roces o menos conflictos, pero también creaban conflictos, y sobre todo conflictos a partir de la conquista de Granada, porque en Granada la inmensa mayoría de la población era musulmana. Se intenta convencer del error en la fe en la que están los musulmanes de Granada. Los musulmanes no se convencen. Ante lo cual se decide, y dada la resistencia que los musulmanes, que los granadinos, la población granadina, presenta a esa conversión y a la política de Isabel y los gobernadores en Granada, pues en 1501 se obliga a los musulmanes de Granada a bautizarse: un bautismo forzoso a los musulmanes de Granada. Y al año siguiente, 1502, esta obligación se extiende a todos los musulmanes del reino. Los musulmanes pasan a ser cristianos, se bautizan y pasan a ser cristianos a partir de ese momento.
Parecía, o se podían hacer una idea de, que ya habían conseguido, Isabel había conseguido la unidad en la fe. Ahora bien, los problemas relativos a la convivencia con otras religiones no solamente están en las confesiones, los grupos confesionales diferentes, judíos y musulmanes, sino que también están en los conversos, es decir, aquellas personas de familia procedente de otra religión que se han convertido al cristianismo. Los cristianos viejos desconfían de todos los conversos. Piensan que los conversos en realidad lo que son es falsos conversos, es decir, que aparentemente son cristianos, pero que luego en su casa hacen prácticas judías. Y ante esta situación y la tensión que se produce, sobre todo en Andalucía, pues se acaba estableciendo la Inquisición. Inquisición que tampoco es una novedad en el caso de Isabel. Enrique IV lo intentó relativamente al comienzo, sí, en 1461, al comienzo de su reinado. Intentó imponer una solución de estas, no lo consiguió. Pero en cambio, en el caso del reinado de Isabel, en 1478 el papa Sixto IV otorga la bula que permite el establecimiento de la Inquisición moderna en Castilla. Vamos, es moderna porque la Inquisición existe en la Iglesia desde muchos siglos atrás. Pero en este caso, la Inquisición castellana o aragonesa, es decir, la Inquisición de la península ibérica, los inquisidores son nombrados no por la autoridad eclesiástica, y no son los tribunales eclesiásticos, sino que es un tribunal ligado a la corona. Entonces está sometido al poder de la corona. En 1478, como digo, se da la bula de concesión de la Inquisición. Bueno, en 1478 están en guerra, la guerra civil. Todavía no se impone la Inquisición porque no era momento oportuno políticamente. En 1480, ya ha terminado la guerra, se instaura la Inquisición en Sevilla, que es donde más problemas parece que había. Y en 1481 se hace el primer auto de fe, es decir, se quema a los primeros conversos en Sevilla. Bueno, falsos conversos, es decir, se les acusa de ser falsos conversos y por lo tanto se les condena a la hoguera. El juicio lo hacía el Tribunal de la Inquisición y la justicia la aplicaba la justicia civil, la justicia real.
A partir de 1483 es nombrado Tomás de Torquemada inquisidor, y los tribunales de la Inquisición empiezan a extenderse por el resto de la corona castellana. Y ya saben, la Inquisición luego tuvo una larga vida. Por lo que se refiere a los Reyes Católicos, todos estos esfuerzos en beneficio de la cristianización, de extender la fe cristiana, de defender el cristianismo, de convencer a los infieles de que la fe verdadera es la fe católica y conseguir el bautismo de muchos de estos infieles, tanto allá en América como en la península ibérica… Pues Alejandro VI, que no olviden que es el papa que apoya fundamentalmente a los Reyes Católicos —bueno, Sixto IV también, pero Alejandro VI es el gran apoyo de los Reyes—, Alejandro VI en 1496 les da el título honorífico de Reyes Católicos. Por eso se les conoce a Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón como los Reyes Católicos. Y siempre en relación con esta política religiosa, y en relación también con su rivalidad con Francia, cuyo monarca también tenía otros títulos honoríficos. Y con esto llegamos al final del reinado de Isabel.
A partir de entonces empiezan los grandes disgustos dinásticos, y a partir de entonces se inicia el final, el ocaso del reinado de Isabel. Sucesivamente van muriendo todos sus sucesores. El príncipe Juan, que era un joven de salud muy delicada, recién casado —prácticamente hacía muy pocos meses que se había casado con Margarita de Austria o Margarita de Borgoña, una mujer de la más alta nobleza europea, procedente de la corte más refinada de entonces—, pues muere el 4 de octubre de 1497, fallece. Esto supone un enorme disgusto para Isabel y la quiebra absoluta, yo creo que incluso de su salud. Fernando… ya les decía antes que había una gran afinidad entre Fernando e Isabel. Cuando Fernando se entera de la muerte del príncipe Juan, hace todo lo posible por llegar lo antes posible, por acelerar; no está con Isabel en ese momento, y acelera su viaje para reunirse con Isabel con el fin de consolarla. Es decir, Fernando sabe que para Isabel esto va a ser el final, que va a ser un auténtico drama, como realmente fue. Y Fernando va a su lado para apoyarla, digamos, sentimentalmente, afectivamente, además de políticamente, porque aquí se unen dos problemas: el problema afectivo, la muerte del hijo, pero también el problema dinástico. Isabel es perfectamente consciente de que si Juan no es rey, y no va a serlo porque ha muerto, sus sucesores, o sus sucesoras mejor, no lo van a tener fácil, o ella no ve bien cómo va a ser la historia de su reino en manos de estas otras hijas
suyas a las que quiere también, que manifiesta en su correspondencia y que manifiesta en otros muchos gestos su afecto, su amor de madre hacia ellas, pero también, digamos, su exigencia política, porque en Isabel siempre está primero la exigencia política y luego el afecto maternal.
Pues en fin, todo esto se manifiesta a partir de ese momento. Muerto Juan, la princesa es de nuevo Isabel, la primogénita de los Reyes Católicos, viuda del príncipe heredero de Portugal, que después de muchos esfuerzos por parte de su madre, la reina Isabel, había aceptado casarse con el rey de Portugal, Manuel I, que estaba relativamente recién casada, bueno, un poquito más, lleva unos meses más, un año y pico casada con Manuel, que estaba embarazada y que, bueno, pues va a ser la heredera.
Esta mujer, Isabel, reina de Portugal, viene a Castilla para ser jurada heredera. Es jurada heredera, efectivamente, de Castilla y pasa a Aragón para ser también jurada heredera. Vamos a prescindir de los problemas de Aragón, y el caso es que llega a Aragón para ser reconocida heredera, a punto de dar a luz, y efectivamente se pone de parto en agosto en Zaragoza y muere en ese parto. O bueno, como consecuencia de ese parto, Isabel, la princesa Isabel, muere también.
Por lo tanto, es otro disgusto para la reina Isabel, otro profundo disgusto para la reina Isabel, que únicamente viene paliado, por lo que se manifiesta a través de la correspondencia, de las crónicas, de algunos otros escritos, por la existencia de ese niño recién nacido, el príncipe Miguel de la Paz, es el nombre que se le da al niño, que es en ese momento heredero de Portugal, es el hijo del rey Manuel I de Portugal y de Isabel, heredero de Castilla y heredero de Aragón.
Esto parece que anima a la reina. Este niño va a poder unificar estos tres reinos y va a ser el más poderoso, sin duda, de todo el occidente europeo, que en definitiva es a lo que Isabel aspiraba. Pero este niño, que Isabel consigue que se quede en Castilla, que no vaya a Portugal, es decir, consigue que Manuel I renuncie a tener a su hijo en Portugal, el niño Miguel de la Paz se queda en Castilla, viaja con los Reyes y el 20 de julio de 1500, en Granada, el niño muere.
Por lo tanto, de nuevo, crisis política para Isabel, que se encuentra con que la siguiente en el orden sucesorio es Juana. Como muy bien saben, Juana es jurada heredera en Toledo en mayo de 1502 y la reina se ocupa muy mucho de que quede claro que la heredera es Juana y que Felipe de Habsburgo es su marido, es decir, es el consorte.
Juana se queda en Castilla. En 1503 tiene un niño en Alcalá de Henares. Es su segundo hijo varón. Este niño, Fernando, se queda en Castilla. Va a ser el consuelo de Isabel y Fernando en sus últimos años. Incluso Fernando dudó en nombrarle heredero, no podía y tuvo que renunciar a ello, pero en fin, tenía mucho, mucho respeto a este niño Fernando, que creció en Castilla. Y Fernando, este Fernando de Alcalá de Henares, que nació en Alcalá de Henares, el segundo hijo varón de Juana, fue emperador, es el hermano de Carlos I, al que Carlos, cuando llega a Castilla, le ve como un enemigo porque a Fernando le querían mucho en Castilla, y Carlos le manda a Alemania y consigue ser emperador en Alemania.
Y por lo tanto, pues Juana es la heredera, y Juana sobrevive y Juana vive muchos años después, hasta mediados del siglo XVI. Isabel en su testamento la nombra, la instituye claramente como su heredera. Dice: "Instituyo por mi universal heredera a la ilustrísima princesa doña Juana". Isabel quiere que quede claro que no es Felipe, es Juana la heredera. Isabel quiere apartar como sea a Felipe del trono de Castilla.
Y luego, como Isabel es consciente de que Juana tiene sus particularidades, que es una mujer que no quiere gobernar, que tiene otras aspiraciones, pues en su testamento, además de nombrarla heredera, dice lo siguiente: dice que si no está en el reino, porque claro, Juana está en Flandes con su marido, si Juana no está en el reino o, estando en ellos, es decir, en los reinos de Castilla, no quisiere o no pudiere entender en la gobernación de ellos, de los reinos de Castilla, que el rey, mi señor, es decir, Fernando de Aragón, rija, administre y gobierne los dichos mis reinos.
Isabel confía en su marido Fernando y le deja el gobierno de Castilla a Fernando en caso de que Juana no quiera o no pueda gobernar. Como saben, luego la historia pues fue por otros derroteros, pero en fin, esta fue la voluntad de Isabel.
Isabel falleció, como seguramente todos ustedes saben, en Medina del Campo, en los palacios que tenía a pie de la plaza de las ferias, de la plaza del mercado de Medina, el 25 de noviembre de 1504. Y después de su muerte, pues la corona castellana entró en una nueva fase de problemas que culminarán, andando los años, con la revolución comunera de 1520. Nada más, muchas gracias por su atención. [aplausos]
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