El reinado de Isabel I de Castilla: gobierno, expansión, unidad de la fe y crisis dinástica

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Resumen

En la segunda conferencia del ciclo Isabel I y Juana I, reinas de Castilla: historia y mito, en la Fundación Juan March, la catedrática emérita de Historia Medieval María Isabel del Val Valdivieso retoma el relato donde lo había dejado en la sesión anterior. Aquella primera conferencia recorrió la vida de Isabel desde su nacimiento en Madrigal de las Altas Torres en 1453 hasta el final de la guerra de sucesión, en la que se impuso a los partidarios de su sobrina Juana y a Portugal. Esta segunda parte arranca con la paz de septiembre de 1479 y abarca lo que la ponente llama el "reinado en paz", aunque advierte que esa paz es relativa y se refiere sobre todo a la paz interna del reino.

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La conferencia sigue un esquema que la propia ponente anuncia al principio. Primero plantea algunas cuestiones generales para enmarcar la acción política de la reina. Después explica cómo gobierna Castilla y con qué instrumentos de poder. Luego aborda la expansión territorial del reinado, a continuación la búsqueda de la unidad de los súbditos en la fe católica, y por último los años finales, marcados, según su interpretación, por una crisis dinástica provocada por la muerte sucesiva de los posibles herederos.

Una reina que no solo gobierna: educación, mecenazgo y cultura

Del Val insiste en que Isabel gobierna Castilla junto a su marido, Fernando de Aragón, pero que además de gobernar se ocupa de muchas otras cosas. Algunas son propias de las mujeres de su época, como la crianza y la educación de sus hijos. La reina organiza también cómo deben educarse los jóvenes que viven en la corte, es decir, los hijos de otras personas presentes en ella.

Dedica también tiempo a lo que la ponente llama, "de una manera un tanto laxa", tarea de mecenazgo. El primer ejemplo es San Juan de los Reyes, en Toledo. Isabel promueve su construcción después de la guerra, sobre todo para subrayar su victoria en la batalla de Toro, que fue un hito relevante de la guerra de sucesión. Después lo entrega a los franciscanos. Del Val considera significativa esa elección: se piensa que en su niñez Isabel tuvo relación con los franciscanos de Arévalo, y en cualquier caso muestra una clara inclinación por la espiritualidad franciscana, así que no sería casual que les confiara el monasterio. A esto se suman el apoyo a la cartuja de Miraflores, donde la reina paga y organiza los sepulcros de sus padres, Juan II e Isabel de Portugal, obra de Gil de Siloé que la ponente califica de bellísima. Menciona también la fundación de hospitales en Santiago de Compostela, Granada y Toledo.

La conferenciante presenta a Isabel como una mujer de su tiempo, el del humanismo y el Renacimiento, cuando también en Castilla florecen cortes y nobles humanistas. Isabel procede de una familia con gusto por la cultura, pues tanto su padre, Juan II, como su hermano, Enrique IV, mostraron esa inclinación. En ella se añade el interés por extender la enseñanza y dar acceso al conocimiento al mayor número posible de personas. Del Val da dos ejemplos. El primero tiene que ver con Nebrija. Que le dedicara su gramática no le parece especialmente significativo, porque los intelectuales solían dedicar sus obras a los reyes. Lo que sí considera revelador es que la reina le pidiera traducir sus Introducciones latinas para que las religiosas que no sabían latín pudieran aprender. El segundo es el encargo a Diego de Valera, autor de crónicas de Enrique IV y de los Reyes Católicos, de una crónica abreviada de España, conocida hoy como la Valeriana. Para la ponente, ambos casos prolongan una vida intelectual que Isabel ya había conocido antes de ser reina.

La complicidad con Fernando y una reina desbordada

Para entender su labor de gobierno, Del Val subraya la confianza mutua entre Isabel y Fernando. Según ella, Fernando es para Isabel un auténtico apoyo durante todo el reinado, y ambos se sostienen como pareja. Lo considera especialmente importante en una mujer que está en permanente actividad, con la atención puesta en problemas muy diversos.

Para ilustrarlo muestra un fragmento de una carta autógrafa que Isabel escribe desde Zaragoza, probablemente en 1493, a su confesor Hernando de Talavera. En ella la reina dice que empezó y acabó la carta "con tanto desasosiego" porque mientras escribía le llegaban "tantas hablas y demandas que apenas sé qué digo". Añade que había pasado todo el día en la cama, aunque estaba sana, solo para que la dejaran tranquila, y que aun así no lo conseguía. La ponente lee en el texto el agobio de una reina que no encuentra tiempo para sí misma, algo que, comenta, les ocurre con relativa frecuencia a las mujeres.

Del Val destaca también su gran capacidad de negociación para llegar a acuerdos con interlocutores de naturaleza y rango muy distintos. El ejemplo es la Concordia de Segovia, de la que ya habló en la primera sesión: el acuerdo por el que Fernando puede gobernar con ella en Castilla, con poderes prácticamente plenos. Ese pacto hizo posible el reinado conjunto de los Reyes Católicos, pero tuvo un coste. El arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, que había sido su principal valedor, se enfadó con los reyes porque pretendía otra cosa, rompió con ellos y pasó a apoyar a Juana de Trastámara, hija de Enrique IV. Aun así, la ponente considera que la Concordia fue enormemente favorable para Castilla y para Isabel.

La culminación de un proceso: el fortalecimiento del poder real

La última clave general que propone Del Val es que Isabel no inventa el fortalecimiento del poder real, sino que lleva a su cumbre un camino ya iniciado. Juan II y Enrique IV habían buscado lo que en la época se llamaba el "poder real absoluto", es decir, que el rey fuera el máximo poder del reino y que los nobles, laicos y eclesiásticos, colaboraran con él. Esa búsqueda, explica, fue la causa de muchos conflictos internos en los reinados anteriores. Sus antecesores no lograron completarla. Isabel sí consigue implantar en la Corona de Castilla medidas que en muchos casos ya se habían ensayado antes.

La Hacienda: una base saneada que permite prescindir de las Cortes

La conferenciante pasa entonces al gobierno propiamente dicho, siempre con la colaboración de Fernando. Parte de una idea básica: cualquier empresa requiere recursos, y la Hacienda es uno de los pilares del poder. Isabel tuvo enormes gastos, sobre todo por las guerras y la expansión ultramarina. Sin embargo, según Del Val, su Hacienda estaba relativamente saneada porque contaba con ingresos que le permitían prescindir de los impuestos extraordinarios, que debían aprobarse en Cortes.

Entre esas fuentes enumera la alcabala, un tributo sobre el intercambio mercantil, las tercias, las aduanas y el servicio y montazgo. Solo en casos excepcionales había que pedir servicios al reino, como durante la guerra de Granada, o recurrir a la bula de cruzada. Con estos recursos la reina podía financiar un gobierno orientado a fortalecer la Corona, lo que significaba controlar los tres focos de poder del momento: las ciudades, la nobleza laica y la Iglesia.

Las Cortes y la Hermandad

La relación con las ciudades pasa en primer lugar por las Cortes. Los reyes anteriores, sobre todo Enrique IV, las convocaban con frecuencia porque necesitaban impuestos extraordinarios. Isabel no tiene esa necesidad, las convoca mucho menos y puede gobernar sin tener que lidiar con los procuradores de las ciudades. Del Val advierte, no obstante, que las Cortes cumplen un papel importantísimo en el reinado. En ellas se jura a los herederos y en ellas la reina fija las líneas de su política. Destaca dos convocatorias. En las Cortes de Madrigal de 1476, en los inicios de la guerra, se trazan las primeras líneas de gobierno y, sobre todo, se establece la Hermandad. En las de Toledo de 1480 Isabel expone al reino lo que la ponente describe casi como su programa de gobierno.

La Hermandad tampoco era nueva: existía desde siglos antes, y Enrique IV ya había ensayado una hermandad general del reino, sin el éxito que después tendría Isabel. La ponente explica su funcionamiento. Todas las villas y ciudades cuentan con cuadrillas encargadas de mantener el orden, perseguir a los malhechores y aplicar una justicia prácticamente inmediata. El territorio de cada cuadrilla limita con el de la siguiente, de modo que quien huye de una villa a otra es perseguido por la hermandad de la primera hasta el límite de su jurisdicción y, a partir de ahí, por la de la segunda. Así la persecución resulta más eficaz y la justicia más rápida. Del Val reconoce que esto "va a plantear problemas", pero sostiene que Isabel logra controlar la Hermandad y con ello favorecer el orden interno. Además, la Hermandad le aporta algo quizá tan importante o más: fuerzas armadas, que tendrán un papel relativamente relevante en la guerra de Granada, y recursos económicos.

El control de las ciudades: corregidores, regimientos y comercio

Para la ponente, lo que de verdad interesa a Isabel de las ciudades, que ya tenían un poder político y económico relevante, es controlarlas: que no fueran focos de problemas para la Corona, sino que actuaran en su beneficio. Para ello combina varios mecanismos. Por un lado, apoya las aspiraciones de la población urbana. En esta época las ciudades buscan bienestar y comodidad, y la reina autoriza gastos a veces muy importantes en obras de conducción de agua hasta las viviendas o de reparación de murallas, que según Del Val tenían más de embellecimiento que de defensa y estaban ligadas al honor y el prestigio urbanos.

Más allá de eso, Isabel quiere controlar el órgano de poder local y a los poderosos de cada ciudad, y lo hace de dos maneras. La primera es el corregidor, oficial que representa al monarca en las ciudades de realengo. La institución venía de siglos atrás, pero Isabel consigue extenderla a todas ellas y que la acepten, "de mejor o peor voluntad". El corregidor preside las reuniones del gobierno local y lo controla en nombre de la reina. La segunda es la intervención en el regimiento, el órgano de gobierno municipal. Las familias poderosas se disputaban las regidurías, y esas luchas generaban conflictos internos que dañaban el orden del reino y el comercio, y que Isabel consideraba perjudiciales para su gobierno. Siempre que puede, interviene: fija el sistema de elección de los regidores y garantiza un equilibrio de fuerzas entre las familias que les permita convivir en paz y dedicarse a la actividad propiamente urbana, la artesanía y, sobre todo, el comercio.

Del apoyo al comercio da varios ejemplos: el comercio de libros, en relación con su interés por la cultura, y las ferias de Medina del Campo, las más importantes del reino. Pero Del Val subraya sobre todo la creación de instituciones para el comercio internacional, el más lucrativo para la Corona, los mercaderes y las ciudades. En 1493, al año siguiente de la conquista de Granada, se crea el Consulado de Burgos. En 1503, un año antes de la muerte de la reina, la Casa de Contratación de Sevilla para los negocios de las Indias. Según la ponente, esta política beneficia a las ciudades, a la reina y al reino, porque proporciona ingresos, riqueza y prestigio internacional.

Nobleza e Iglesia: control sin enfrentamiento

Frente a las ciudades como poder emergente están los poderes tradicionales, la nobleza laica y la Iglesia. Del Val es tajante: la idea de que Isabel se opuso a ellos "hay que desecharla de entrada". Isabel apoya a la Iglesia como institución y apoya a la nobleza. Lo que busca es que en ambas prevalezcan personas fieles a ella, que actúen conforme a sus intereses y a lo que ella entiende como intereses del reino. Por eso aparta a la nobleza de aquellas decisiones políticas en las que pudiera causarle problemas, pero respalda su poder social y económico y su prestigio. En palabras de la ponente, sin la nobleza no se entendería la Castilla de entonces ni el reinado de Isabel. En la Iglesia persigue algo parecido: que los altos cargos los ocupen personas afectas y, sobre todo, que no sean nobles, para poder negociar mejor con ellos.

Entre las medidas más llamativas, Del Val destaca el apoyo a la Mesta, es decir, al comercio internacional de la lana, que beneficiaba a los grandes propietarios de ganado: nobleza y órdenes militares, poderes laicos y eclesiásticos. Otro rasgo es la búsqueda de consejeros especialistas. Isabel quiere asesorarse con expertos de confianza, no con personas elegidas por ser nobles. Así empiezan a perfilarse los consejos del reino, el más importante de los cuales es el Consejo Real. La ponente matiza que esos consejeros podían pertenecer a la nobleza laica o eclesiástica, pero que lo que la reina buscaba era una orientación basada en los intereses generales de la Corona y no en los particulares de nobles o clérigos.

Con respecto a la Iglesia, el gran objetivo es el derecho de presentación y patronato, es decir, poder intervenir en el nombramiento de los altos cargos eclesiásticos. No era fácil, porque esos nombramientos correspondían a Roma. Isabel lucha por conseguirlo y obtiene un gran éxito: el patronato sobre la Iglesia del reino de Granada tras su conquista y sobre las nuevas iglesias de Canarias, lo que convierte a los reyes en patronos de esas iglesias con capacidad de intervenir en los nombramientos. Del Val lo presenta como un logro diplomático, en un momento en que la diplomacia se desarrolla notablemente y las cortes castellana y aragonesa tienen representantes en otras cortes. El negociador en Roma fue el conde de Tendilla, que después tendría un papel relevante en la conquista de Granada y en sus primeros años bajo la Corona, y quien consiguió que el papa Inocencio VIII otorgara las bulas correspondientes.

La justicia: chancillerías y recopilación de leyes

La ponente deja para el final lo que en la época se consideraba la máxima expresión del poder: el ejercicio de la justicia. Recuerda la escena narrada por el cronista Alonso de Palencia y comentada en la primera sesión. Cuando Isabel va a ser proclamada, Gonzalo Chacón desfila ante ella sosteniendo la espada por la punta, con la empuñadura en alto, para indicar que quien va detrás ostenta el máximo poder de justicia. Isabel procura ejercer la recta justicia, imponer la equidad y tomar medidas para una buena administración judicial, y Del Val las agrupa en dos líneas.

La primera afecta a los tribunales supremos. Además del Consejo Real, que actuaba como tal en algunas causas, estaban las chancillerías: la de Valladolid y la que se hallaba en Ciudad Real, que se traslada a Granada. Con Isabel adquieren su sede definitiva, que ya nunca volverá a discutirse: Valladolid para el norte y Granada para el sur. Como Galicia tenía comunicaciones difíciles, en 1494 la reina crea la Real Audiencia de Galicia, que no es exactamente una chancillería pero funciona como máximo tribunal en ese reino.

La segunda línea es la clarificación de las leyes aplicables. Isabel se ocupa de que se publiquen las Partidas y el Fuero Real de Alfonso X, pero lo que más le preocupa es revisar y recopilar los textos jurídicos dispersos. Al comienzo de este periodo encarga a un equipo de juristas encabezado por Alonso Díaz de Montalvo que recopile, revise, comente y explique las ordenanzas reales, para que los jueces sepan qué leyes aplicar y en qué casos. El resultado, el Ordenamiento de Montalvo de 1484, supone para la ponente un avance importante. Como tenía defectos y lagunas, en 1503 se hace una nueva recopilación. Ya muerta la reina llegan las Leyes de Toro, presentadas en las Cortes celebradas en esa ciudad en 1505. Del Val subraya que son posteriores a Isabel, pero que ella las venía preparando, y las presenta como la culminación de esa tarea. Además de actualizar el corpus legislativo castellano, su gran importancia está en que dan satisfacción a la nobleza y preservan las bases de su poder, porque regulan el mayorazgo, sobre el que se sustentarán las grandes familias nobiliarias.

La guerra de Granada

Con el reino controlado y organizado, Isabel se propone expandirlo, según la ponente por intereses políticos y religiosos y para controlar la navegación y el comercio internacional. El primer frente es la guerra de Granada, iniciada poco después del fin de la guerra civil y prolongada hasta la entrega de las llaves y la escenificación de la rendición entre finales de diciembre de 1491 y comienzos de enero de 1492. La reina vuelve a implicarse personalmente y de muy diversas maneras. Del Val destaca los hospitales de campaña que establece en las campañas más largas; el más famoso es el de Santa Fe, pero hubo otros anteriores.

La conferenciante describe esta guerra como un enorme esfuerzo económico que a la vez proporcionaba prestigio y honor a los nobles victoriosos e ingresos a todos los participantes, incluida la Corona, porque era una guerra de conquista con botín que se repartía entre los conquistadores, reyes incluidos. El botín era sobre todo material, pero también incluía cautivos y esclavos cuando una plaza resistía y obligaba a un esfuerzo mayor del previsto. El caso más conocido, y quizá el más complicado, es Málaga. Sus habitantes no se rindieron, la ciudad fue tomada al asalto y toda la población fue capturada: hombres, mujeres, niños y ancianos. Quienes podían pagar rescate quedaron como cautivos y recuperaban la libertad si pagaban. Quienes no podían se convirtieron en esclavos, vendidos en el mercado o regalados. La ponente recuerda que, tras la conquista de Málaga, la propia reina hizo algunos regalos notables y conocidos de esclavos de esa procedencia a personajes relevantes.

África y Canarias

Tras Granada venía África, donde los portugueses llevaban la delantera. Según Del Val, después de 1492 Isabel no puede ocuparse realmente de la expansión por el norte de África. La única acción es la de 1497, cuando el duque de Medina Sidonia decide conquistar Melilla y la reina se suma a su empresa. Fuera de eso, no hay mayor expansión en el norte africano.

En el Atlántico, en cambio, sí la hay. El tratado de Alcáçovas había dejado Canarias para Castilla, que ya tenía conquistada buena parte del archipiélago, pero faltaban Gran Canaria, La Palma y Tenerife. La conquista no fue fácil: hubo enfrentamientos internos entre los castellanos y resistencia de la población de las islas. Entre 1478 y 1496 las tropas castellanas avanzan progresivamente y ocupan las tres islas en ese orden. Con Tenerife conquistada en 1496, todo el archipiélago pasa a la Corona. También aquí, señala la ponente, hubo esclavos, además de la riqueza de los productos insulares, sobre todo el azúcar, que ya entonces y sobre todo en el futuro sería el gran negocio de Canarias.

Colón, las bulas alejandrinas y Tordesillas

La expansión atlántica más espectacular es la de lo que hoy llamamos América y lo que Isabel llamaba "las islas y tierra firme de la mar océana". Solo tras la entrega de Granada puede la reina atender la propuesta de Colón. Del Val insiste en las muchas dudas: se consulta a los sabios de la Universidad de Salamanca y a los miembros del Consejo, y en su entorno nadie tenía la certeza de que la empresa pudiera salir bien. Isabel concluye que la inversión no era excesiva y que podía arriesgarse a intentar llegar a las Indias, es decir, al Asia oriental, navegando hacia occidente. Por eso, explica la ponente, se habló de "Indias": creían haber llegado a la costa asiática del Pacífico.

La cronología que expone es la siguiente: capitulaciones de Santa Fe en abril, embarque en agosto y llegada en octubre. En vida de Isabel, lo que se conoce en esa primera fase son las islas de Guanahaní, Cuba y La Española. Cuando Colón regresa, los reyes están en Barcelona. Colón trae consigo a algunos indígenas, y la reina ordena que no se les convierta en esclavos y que se les bautice.

Comienza entonces la negociación en la corte pontificia para que esas tierras, que no sabían bien qué eran pero que ya intuían que no eran las Indias buscadas, quedaran para Castilla. Alejandro VI otorga entre julio y diciembre de 1493 las bulas alejandrinas, que reconocen la pertenencia de esas tierras a Castilla con una condición: convertir al cristianismo a su población. Isabel se compromete a ello, y según Del Val esa será una de sus grandes metas en los últimos años del reinado.

Quedaba Portugal, que llevaba ventaja en la navegación africana pero había sido adelantado por Castilla en la ruta atlántica hacia occidente. De nuevo con apoyo pontificio, en junio de 1494 se firma el tratado de Tordesillas, que traza un meridiano a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Portugal no quedó del todo convencido, dice la ponente, pero "la realidad se impone". El reparto afectaba también a la costa occidental africana, porque allí estaba la riqueza ya conocida frente a la todavía ignota del otro lado del océano: el oro del Sudán, los esclavos, las materias primas y también las pesquerías.

La política indiana: evangelizar, producir y la cuestión de la esclavitud

Del Val dedica un largo pasaje a cómo tratar a la población de las nuevas tierras. Distingue puntos en los que la política isabelina es muy clara y otros en los que se observan "bastantes dudas". Lo primero que deja claro es que Isabel es "muy reina de su reino" y muy defensora de Castilla. En su testamento establece que las tierras descubiertas y conquistadas son de los reinos de Castilla y León, y que "el trato y provecho de ellas se haya e trate e negocie en estos reinos". Para la ponente, esto significa que no son de Aragón ni de ningún otro reino, tampoco de Portugal. La mención del trato y el negocio le sirve para advertir: "no vayamos a engañarnos". No se trataba solo de evangelizar. Según su lectura, el objetivo principal era el comercio y los recursos económicos.

Junto a la cristianización había que organizar la población para que trabajara y produjera en beneficio de los castellanos. Con los primeros gobernadores, y dejando al margen las disputas con Colón, se sientan las bases de lo que inmediatamente después será la encomienda americana. Se dispone que los indígenas mantengan un trato constante con los castellanos para familiarizarse con su lengua y su cultura y, sobre todo, para cristianizarse, y también que trabajen conforme a la mentalidad y las normas castellanas. Colonos y gobernadores debían ganarse la voluntad de los caciques para que la población aceptara esa forma de trabajo, cuya producción beneficiaría a los propios indígenas, a los colonos y a la Corona. Del Val señala que aquí surgieron roces, porque la población originaria no entendía bien por qué debía entregar a los castellanos parte del fruto de su trabajo. Mientras vivió Isabel, estos problemas parecieron menores, y el foco principal, al menos para ella, parece haber sido la cristianización.

La otra gran cuestión era jurídica y moral: ¿eran súbditos de la Corona, naturales del reino, sobre todo si se cristianizaban? ¿Se les podía esclavizar? Aquí la conferenciante califica la conducta de Isabel de "bastante confusa" y la reconstruye paso a paso. En 1493 ordena que no se les esclavice. En 1495 paga a uno de sus capitanes, al que no podía pagar de otro modo, con cincuenta esclavos indios. Poco después vuelve a prohibir la esclavización. Finalmente, poco antes de morir, acepta que se pueda esclavizar a los que sean antropófagos, pero no al resto, a quienes describe como gente amable. Del Val añade que la realidad no se ajustó a esas normas y que hubo muchas discusiones y enfrentamientos, incluso entre los colonos, aunque no entra en ello. Sí subraya que Isabel era consciente de la situación. En el codicilo firmado dos días antes de morir pide que no se consienta que los indios "de las dichas Indias y tierra firme, ganadas y por ganar" —expresión que muestra que esperaba conquistar más— reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, que sean bien y justamente tratados y que, si han recibido algún agravio, se remedie. Para la ponente, esto prueba que la reina sabía que los agravios se habían producido. Cierra el tema recordando que después la historia siguió otro camino, algo que ya queda fuera del reinado de Isabel.

La unidad en la fe: apartamiento, expulsión y bautismo forzoso

El cuarto gran bloque es la unidad religiosa. Según Del Val, Isabel tiene un deseo "profundo y ardiente" de que todos sus súbditos sean cristianos, porque entiende que un reino bien organizado es aquel cuyos súbditos comparten la misma fe. En Castilla convivían tres: la cristiana, mayoritaria, la musulmana y la judía.

La primera medida continúa una política de apartamiento ensayada desde comienzos del siglo XV, en la minoría de Juan II, bajo Catalina de Lancaster. En las Cortes de 1480 se ordena de nuevo que judíos y musulmanes vivan en barrios separados, las juderías y morerías. Ese apartamiento no convence ni a la reina ni a buena parte de los cristianos viejos. En un ambiente que la ponente describe como convulso, con hostilidad de los castellanos hacia parte de la población judía y problemas internos derivados de ello, el 31 de marzo de 1492 se firma el decreto de expulsión: los judíos que no se bauticen deben abandonar el reino, y muchos se marchan.

Los musulmanes, según Del Val, planteaban menos problemas por su menor relevancia social, aunque también generaban conflictos, sobre todo tras la conquista de Granada, donde eran la inmensa mayoría. Se intentó convencerlos, sin éxito. Ante la resistencia de la población granadina a la conversión y a la política de la reina y sus gobernadores, poco después se obliga a los musulmanes de Granada a bautizarse, un bautismo forzoso que al año siguiente se extiende a todos los musulmanes del reino. En ese momento, dice la ponente, podía parecer que se había alcanzado la unidad en la fe.

Los conversos y la Inquisición

Pero la convivencia religiosa no se reducía a los grupos confesionales. Estaban también los conversos, personas de familias de otra religión convertidas al cristianismo. Los cristianos viejos desconfiaban de todos ellos y los consideraban falsos conversos que en casa mantenían prácticas judías. La tensión fue especialmente fuerte en Andalucía, y la respuesta fue la Inquisición.

Tampoco era una novedad absoluta, subraya Del Val. Enrique IV intentó en 1461, al comienzo de su reinado, una solución de este tipo, sin lograrlo. En tiempos de Isabel, el papa Sixto IV concede en 1478 la bula que permite establecer en Castilla la Inquisición moderna. La ponente explica qué la hacía moderna, ya que la Inquisición existía en la Iglesia desde siglos atrás: en la península ibérica los inquisidores no los nombraba la autoridad eclesiástica, sino que era un tribunal ligado a la Corona y sometido a su poder. En 1478 se estaba en plena guerra civil y no era el momento político oportuno. Por eso no se implanta hasta 1480, en Sevilla, donde parecía haber más problemas. En 1481 se celebra allí el primer auto de fe y se condena a la hoguera a los primeros acusados de ser falsos conversos. El juicio correspondía al tribunal inquisitorial y la ejecución, a la justicia real. En 1483 es nombrado inquisidor Tomás de Torquemada y los tribunales se extienden por el resto de la Corona castellana.

Del Val vincula a esta política religiosa el título de Reyes Católicos. Alejandro VI, a quien presenta como el gran apoyo papal de los reyes (aunque Sixto IV también los apoyó), se lo concede en 1496 por sus esfuerzos en la defensa y extensión del cristianismo y por los bautismos logrados en América y en la península. La ponente lo relaciona también con la rivalidad con Francia, cuyo monarca tenía otros títulos honoríficos.

El ocaso: la muerte sucesiva de los herederos

Con esto llega el final del reinado, que la conferenciante define como la época de los "grandes disgustos dinásticos". El primero es la muerte del príncipe Juan, de salud muy delicada, casado pocos meses antes con Margarita de Austria o de Borgoña, procedente de la corte más refinada de Europa. Muere el 4 de octubre de 1497. Del Val lo presenta como un golpe enorme para Isabel, e incluso como la quiebra de su salud. Vuelve aquí a la afinidad de la pareja: Fernando, que no estaba con ella, acelera su viaje para consolarla, consciente de que para Isabel aquello sería un drama. La ponente subraya que se unían dos problemas, el afectivo por la muerte del hijo y el dinástico. Isabel quería a sus hijas, como muestran su correspondencia y muchos otros gestos, pero no veía claro el futuro del reino en sus manos. Según Del Val, en Isabel "siempre está primero la exigencia política y luego el afecto maternal".

Muerto Juan, la heredera pasa a ser Isabel, la primogénita, que había enviudado del príncipe heredero de Portugal y después, tras muchos esfuerzos de su madre, había aceptado casarse con el rey Manuel I. Embarazada, viene a Castilla para ser jurada heredera y pasa después a Aragón con el mismo fin, aunque la ponente prefiere no entrar en los problemas aragoneses. Da a luz en agosto en Zaragoza y muere como consecuencia del parto. Es otro profundo disgusto, paliado solo, según reflejan la correspondencia y las crónicas, por el recién nacido, Miguel de la Paz, heredero a la vez de Portugal, Castilla y Aragón. Del Val sostiene que esto anima a la reina, porque ese niño podía unificar los tres reinos y convertirse en el soberano más poderoso de Occidente, lo que en definitiva era la aspiración de Isabel. La reina consigue incluso que Manuel I renuncie a tener a su hijo en Portugal. El niño se queda en Castilla, viaja con los reyes y muere en Granada el 20 de julio de 1500.

Juana heredera y el testamento de Isabel

La siguiente en el orden sucesorio es Juana, jurada heredera en Toledo en mayo de 1502. La reina se ocupa mucho de que quede claro que la heredera es Juana y que Felipe de Habsburgo es solo el consorte. En 1503 Juana, entonces en Castilla, tiene en Alcalá de Henares a su segundo hijo varón, Fernando, que se queda en Castilla y se convierte, según la ponente, en el consuelo de los reyes en sus últimos años. Fernando el Católico llegó a dudar si nombrarlo heredero, pero no pudo y tuvo que renunciar. Del Val añade que ese niño, muy querido en Castilla, fue visto como un enemigo por su hermano Carlos I a su llegada, que lo envió a Alemania, donde acabaría siendo emperador. Juana, en cambio, sobrevivió muchos años, hasta mediados del siglo XVI.

En su testamento Isabel instituye "por mi universal heredera" a la princesa doña Juana, y la ponente insiste en que quiere dejar claro que la heredera es Juana y no Felipe, a quien pretende apartar como sea del trono castellano. Consciente de las "particularidades" de su hija, a quien Del Val describe como una mujer que no quiere gobernar y que tiene otras aspiraciones, Isabel añade una cláusula: si Juana no estuviera en el reino, como ocurría entonces porque estaba en Flandes con su marido, o estando en él no quisiera o no pudiera ocuparse de la gobernación, "el rey, mi señor" rija, administre y gobierne sus reinos. Para la ponente, es una nueva muestra de la confianza de Isabel en Fernando. La historia, recuerda, siguió después otros derroteros, pero esa fue la voluntad de la reina.

Isabel murió el 25 de noviembre de 1504 en Medina del Campo, en los palacios que tenía junto a la plaza de las ferias. Del Val cierra la conferencia señalando que, tras su muerte, la Corona de Castilla entró en una nueva fase de problemas que, con los años, desembocaría en la revolución comunera de 1520.