Matías Vallés: "El buen periodista ha de ser traidor"

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Resumen

En una conversación en la Fundación Juan March de Palma, el periodista Andreu Manresa dialogó con Matías Vallés, columnista del Diario de Mallorca, tertuliano radiofónico y televisivo y autor de libros sobre la Mallorca contemporánea. El ciclo se titula "Líderes de opinión", pero Vallés empezó rechazando la palabra "líder". La pregunta de fondo fue qué le ha pasado a la crítica periodística. Vallés defiende que el periodismo consiste en publicar lo que duele a alguien y en disparar siempre hacia arriba. Según él, lectores, medios y periodistas se han vuelto monocordes, temen la cancelación y ya no toleran la irreverencia que se aceptaba en la Transición. Aplicó el mismo diagnóstico a la Mallorca que ambos han contado durante décadas. La definió como "una isla que comercia con su cuerpo".

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Amigos, competidores y becario de la March

Manresa presentó a Vallés como articulista de prensa, radio y televisión, polemista e irónico, y alguien que desmiente la idea de que solo se es alguien viviendo en Madrid. Contó que había preguntado a ChatGPT por él. La máquina lo describió con "estilo afilado, sarcástico y literario", un autor que "no busca agradar, busca sacudir" y que "fascina o irrita". Vallés dijo sentirse retratado. Luego bromeó con que el público se encontraría a un señor "10, 15, 20 años mayor" que no está a la altura de su propio retrato.

Vallés se detuvo en la relación entre ambos. Durante décadas mucha gente les ha preguntado si eran amigos o enemigos, y a menudo los invitaban juntos para no desairar a ninguno. Manresa lo resumió así: son amigos, se ven poco, no coinciden en todo, han competido por la noticia y quiere seguir compitiendo.

Vallés agradeció expresamente a la Fundación Juan March. Fue becario suyo desde los 15 o 16 años y durante toda la carrera, tras aprobar un examen en los años setenta, en un programa que califica de "pionero" y meritocrático. Añadió con ironía que hoy esa labor ya no parece necesaria, porque en Mallorca todos los hoteleros y grandes empresarios financian alas de hospital, facultades y becas. Recordó a Estrabón, según quien una ardilla podía cruzar España saltando de árbol en árbol. En la Mallorca actual, dijo, una ardilla iría "de ala de hospital hecha por un hotelero" a una facultad "construida gratuitamente por un constructor".

El gusanillo de la información frente al peso de la opinión

Vallés dijo que el público los conoce por sus artículos de opinión y por las veces que han molestado u ofendido. Aun así, sostuvo que lo que de verdad mueve a Manresa y a él es la información, que es mucho más difícil de transmitir. Citó a Tom Wolfe, que al llegar a las redacciones con 20 años se asombraba de ver a periodistas de 50 o 60 años aporreando la máquina y persiguiendo contactos. La razón, según Vallés, es el regusto de obtener una información que nadie ha dado antes, algo "insustituible" para quien lo ha probado antes de pasar a la opinión.

Recordó a Juan Luis Cebrián, de quien dice que sin él no estaría trabajando en prensa ni radio. Cebrián observaba que todo el mundo afirma querer información y no veredictos, pero luego todo el mundo lee la opinión. Vallés señaló el gran cambio que, a su juicio, se está produciendo: antes se leían todas las opiniones. Puso el ejemplo de Antonio Asensio, a quien comparó con los Rupert Murdoch actuales, y de Interviú, donde Asensio decía publicar lo que él quería leer. Allí convivían Emilio Romero, Santiago Carrillo, Álvarez Solís y Francisco Umbral. Vallés lamenta que hoy quienes deciden qué publicar o qué escribir no siempre publican lo que querrían leer.

La cancelación y el fin de la pluralidad dentro de cada medio

Según Vallés, esa convivencia de firmas enfrentadas ya no es posible, "ni siquiera en el New York Times". Contó que ese diario publicó un artículo que respaldaba una medida de Trump: contemplar la intervención de fuerzas armadas si el desorden civil se volvía insostenible. Lo presentó como una sugerencia sin poder decisorio, y aun así se "barrió" a toda la dirección de opinión del periódico. El resultado, dice, son medios y periodistas cada vez más "monopolares" u orientados. Confesó que no sabe muy bien qué significa "polarizado". Quien sigue a Federico Jiménez Losantos solo sigue a Jiménez Losantos, y lo mismo ocurre en la izquierda.

Manresa añadió una idea del cronista político Josep Melià. Los veteranos del periodismo madrileño le habían dicho que, para ganarse al lector, hay que repetir muchas veces el mismo artículo, porque el lector acaba creyendo que lo que lee es lo que él piensa. Vallés llevó esa idea al presente. Hay articulistas solventes, con buena prosa y que estudian los temas, que habrán escrito "200, 300 artículos" diciendo que Pedro Sánchez está acabado, y al día siguiente escribirán lo mismo haya un apagón, un accidente de tren o una ley rechazada. Antes, sostiene, incluso los radicales eran menos previsibles. Puso como ejemplo a Manuel Vázquez Montalbán y a Eduardo Haro Tecglen en El País. El primero militaba en el Partido Comunista, y el segundo había evolucionado desde posiciones franquistas. Ninguno era repetitivo, y según Vallés hoy ninguno tendría cabida.

Vallés atribuye esa deriva también a los lectores. Planteó un experimento: si le dijeran que no volverá a escribir ni a salir en radio o televisión, le sabría mal. Si le dijeran que no volverá a leer un periódico, se hundiría en una depresión. Dijo que se siente ante todo lector y que prefiere "100 veces" leer a escribir. Nunca ha escrito a un columnista ni para elogiarlo ni para insultarlo: si le gusta, lo lee, y si no, deja de leerlo. Esa era la lógica del "mercado de las ideas" del juez Oliver Wendell Holmes, en el que el público elige y se va a otro puesto si no le convence, sin censura, salvo en caso de peligro inmediato, como gritar "¡fuego!" en una sala llena. Agradece al periodismo haberle permitido leer a Gore Vidal, a quien considera ante todo periodista, a los grandes italianos como Scalfari y a Jean Daniel, que "vivió 100 años" y escribía hasta el final los mejores artículos.

Humor, irreverencia y lo que ya no se tolera

Vallés dejó claro que no se considera neutral en este punto. A su juicio, la radicalización favorece a la derecha, porque quien acaba expulsando al "cuerpo extraño" es la izquierda. Su ejemplo fue Héctor de Miguel, sobre quien iba a escribir al día siguiente. Explicó que el formato de telediario cómico lo inventó Jon Stewart con The Daily Show. Stewart, que se había retirado, volvió para hacer cada lunes veinte minutos de sátira sobre Trump. En España lo adaptó primero el Gran Wyoming, y en su versión más radical, Héctor de Miguel, cuyo programa "se ha acabado esta semana". Vallés relacionó el final con la acusación de no haberse tomado en serio "la tragedia de Córdoba". Replicó que Stewart ha bromeado sobre los muertos de Minneapolis o sobre Gaza.

Su conclusión es que en España ya no se toleran los niveles de acidez y de salidas de tono que se aceptaban al principio de la Transición. Hermano Lobo o La Codorniz serían hoy impracticables, y a Maruja Torres "habría que cancelarla semanalmente". Contó también una anécdota de Groucho Marx en tiempos de Nixon: el humorista dijo que la única solución del país era asesinar al presidente. Según Vallés, el abogado de la Casa Blanca, el de Nixon y no el de un presidente progresista, respondió que era un payaso y que sus ideas sobre a quién había que matar no tenían importancia. Hoy, dice, se rastrearía su vida privada y su familia.

Vallés distinguió esto de la exigencia profesional, con la que se declara de acuerdo. Escribir hoy exige mucho más que hace veinte años: ser más riguroso, documentarse más, comprobar que las citas sean exactas. Mencionó que usa la inteligencia artificial para eso, "no para escribir, no para suplantar".

Formentera, Menorca y la Mallorca extranjera

Manresa repasó la trayectoria de Vallés. Es licenciado en Químicas, fue profesor en la Universitat de les Illes Balears, jugó al baloncesto, escribe desde siempre en el Diario de Mallorca y participa en La Ser con Carles Francino. Ganó el premio Ortega y Gasset por la investigación sobre los vuelos de la CIA con Marisa Goñi y Felipe Armendáriz y ha publicado libros sobre los personajes que han pasado por la Mallorca turística.

Manresa recordó que al salir de la universidad quería ser comentarista de política internacional, "utopía de periodista tonto". Su modelo era Juan Ramón de la Cruz, que a mediados de los setenta escribía desde Formentera dos análisis internacionales por semana sin internet, sin televisión por satélite y sin teléfono móvil, informándose por la onda corta de la BBC o Radio France Internacional y enviando los sobres por correo desde Ibiza. Manresa lo describió como un Robinson que miraba el mundo desde la periferia total y rompía el discurso monolítico. Recordó también a Flora Lewis, a la que presentó como la gran voz política del New York Times en los años ochenta y noventa, que según él escribía desde Menorca.

Vallés explicó que llegó al periodismo fascinado por la "Mallorca extranjera": los cines donde se proyectaban películas en inglés, una cultura norteamericana que, reconoce, despreciaba la tradición de los autores mallorquines que Manresa conoce bien. Esa Mallorca de suecos y alemanes ofrecía una dimensión cosmopolita extraordinaria. Al mismo tiempo se declaró "turismófobo militante" y celebró que la Real Academia haya admitido "turismofobia", con una definición que atribuye la aversión al daño que el turismo causa al medio ambiente y a las condiciones de vida de los residentes. Añadió con humor que da indicaciones equivocadas a los turistas y que mira mal a los suecos que lo rodean, porque "ellos me han mirado mal antes".

El poder visto de cerca: torpe, infantil y caprichoso

Para Vallés, el periodismo no es proximidad al poder, sino "darse cuenta de que el poder es mucho peor de lo que pensamos", no solo en lo malo, sino "en lo torpe, en lo elemental, en lo infantil, en lo caprichoso". Lo ilustró con la entrega del premio Ortega y Gasset. Él, Marisa Goñi y el tercer premiado habían cerrado su discurso con una broma: pedían perdón porque aquella sería la primera entrega grabada íntegramente por la CIA. Según su relato, José Luis Rodríguez Zapatero, entonces presidente del Gobierno, subió corriendo al escenario para decirles que tenían razón, que no era una broma, que la CIA lo estaba grabando todo y que él no podía hacer nada porque ya tenía bastante con ETA y el terrorismo islámico. Vallés subrayó que no es lo mismo que lo diga un periodista "conspiranoico" que el presidente en ejercicio. Contó también que el libro sobre la CIA fue adquirido por la Facultad de Derecho de Yale, y comentó con ironía que "no lo merece".

Ese episodio le sirvió para discutir la figura del experto. Le han reprochado hablar de Venezuela sin haber estado nunca allí. Él responde que sin salir de Mallorca ha entrevistado a solas y durante largo tiempo a dos presidentes venezolanos. Al dictador Marcos Pérez Jiménez, ya derrocado, lo entrevistó en la suite real del hotel Valparaíso. Era un hombre pequeño que se colocaba en el centro, como en un trono, para que quien abriera la puerta viera al dictador. Vallés lo presentó como la inspiración de El otoño del patriarca y contó que tras mucho hablar consiguió que admitiera haber sido quizá "un déspota esclarecido". Al segundo, Rafael Caldera, lo entrevistó en Son Vida cuando tenía unos 80 años y estaba en su segundo mandato. Caldera comparó Venezuela con Mallorca: con el petróleo se creyeron los más ricos e inteligentes del mundo, como le está pasando a Mallorca con el turismo. En un momento se le desplazó la corbata y un alto funcionario de Exteriores se la recolocó. "Esto es el poder", concluyó Vallés.

Añadió más ejemplos. Un año entrevistó en Deià a un periodista sudafricano cuyo currículum presumía de haber hablado con el ministro de Exteriores de su país. Al año siguiente, Vallés estuvo en Son Vida a muy poca distancia de Frederik de Klerk, a quien llamó el "Adolfo Suárez de Sudáfrica". Según Vallés, De Klerk le dijo que se había inspirado en la Transición española. Considera que esas oportunidades no las habría tenido en Madrid, París, Londres ni en la propia Sudáfrica. A todos les preguntaba por qué elegían Mallorca. La respuesta más clara se la dio el magnate sudafricano Anton Rupert, que mantenía todo el año una casa con servicio y venía un par de días: "para dormir". Manresa aportó una historia parecida, la de un empresario venezolano-americano que trabajaba en Indonesia, preguntó dónde podía dormir tranquilo, compró una finca bajo el castillo de Santueri y plantó viña.

La complicidad entre prensa y poder

Manresa planteó el dilema de dónde empieza y dónde termina la relación con el poder. Recordó a Carlos Fuentes, diplomático y escritor, y sus encuentros con Clinton, y a Katharine Graham y Ben Bradlee, del Washington Post, que pasaron por Mallorca en casa de Cristina Macaya. Según Manresa, fueron personajes muy ligados al poder, y Bradlee cuenta en sus memorias su cercanía con Kennedy y un compromiso de no publicar durante cinco años lo que este le contara.

Vallés reconoció que los periodistas son "demasiado a menudo" lacayos y están demasiado próximos al poder, y que cenar con un político nunca es solo "un asunto de trabajo". Dijo poder presumir de haberse llevado bien con todos los presidentes autonómicos de Baleares hasta que llegaron al cargo, y de que todos le retiraron el saludo mientras gobernaban. Aclaró que eso no es ningún mérito y que puede leerse como la actitud de un "niño travieso" y cascarrabias.

Contó que en una conversación con Jean Daniel, cuando este tenía 92 años, lo primero que le dijo el periodista francés fue que Zapatero nunca le había llamado, lo que para Vallés revela una vanidad herida. Le preguntó si su íntima relación con Mitterrand le había hecho callar cosas que debería haber escrito, y Daniel le confesó que sí. Otro visitante, Jim Hoagland, del Washington Post, le explicó la regla del periódico: cuando gobiernan los demócratas se escoran un poco hacia los republicanos, y viceversa. Vallés lo describe como una brújula que siempre apunta "al norte de la crítica" y que, según él, hoy "se ha atascado": en casi todos los países se buscan verdades ya conocidas que refuercen los prejuicios.

El editor, el director y el redactor "loco"

Vallés, que se definió medio en broma como anarquista, dijo creer en la figura del editor, aunque la considera "auténticamente imposible". Citó a Pulitzer, editor sensacionalista: el periodismo consiste en "morder la mano que te da de comer". Su ejemplo más paradójico fue Rupert Murdoch. Vallés sostiene que fue el editor que hizo presidente a Trump la primera vez, y por tanto la segunda. Aun así, su Wall Street Journal publicó el dibujo de una mujer desnuda con el que, según Vallés, Trump felicitó a Jeffrey Epstein por su 50 cumpleaños, y lo defendió aun a riesgo de una demanda multimillonaria de su amigo. Vallés añadió el caso Theranos: la empresaria que prometía análisis de sangre caseros captó miles de millones de grandes inversores, entre ellos Rumsfeld y el propio Murdoch, y fue el Wall Street Journal de Murdoch el que destapó el fraude, perdiendo su inversión. "Esto es ilógico, pero es la única forma en la que puede funcionar el periodismo", dijo.

En ese esquema, el redactor, el papel que él siempre ha querido, "está loco". Discutió la expresión que los tribunales españoles copian del Supremo estadounidense, "perros guardianes de la democracia". Según Vallés, ninguna profesión aceptaría ese elogio. Además, jueces y poderes quieren perros guardianes "que no muerdan", cuando el perro es rebelde y arbitrario y no se sabe por dónde saldrá: un guardián que sea un caniche no es un perro. El periodista tiene "la fiebre de saber lo que otros no saben". Moralmente, eso se traduce en confortar a los afligidos y afligir a los confortables, y en una regla que dice haber seguido: disparar siempre hacia arriba. Equivocarse es igual de probable en ambas direcciones, pero el poder "siempre se ha equivocado". El director es el amortiguador entre redactor y propiedad, una posición "dificilísima" que Vallés rechaza ocupar por principio.

Sostuvo también que toda gran investigación periodística se hace siempre contra la propiedad, que produce desgaste y que solo sale si el editor dice "adelante" en el último momento. Definió el periodismo como "lo que duele a alguien", y Manresa completó: publicar lo que no quieren que se publique; lo demás es publicidad. Vallés compartió además un "truco": si hablas bien de alguien se enfadan sus enemigos y, sobre todo, sus amigos; si hablas mal, sus amigos son los primeros en hacérselo llegar. Por eso, concluyó, hablar mal logra más repercusión.

Maura, Miquel dels Sants Oliver, Gaziel y los editores

Manresa recordó que Enric González, que abrió este mismo ciclo, sostuvo que los verdaderos líderes de opinión son los editores, porque tienen la última palabra sobre lo que se publica. Aportó dos ejemplos históricos. Miquel dels Sants Oliver, primer director de La Almudaina, luego director de La Vanguardia, articulista bilingüe con muchas calles dedicadas "pero poca gente que lo ha leído", fue maurista toda su vida. Manresa contó que a finales del siglo XIX, al no poder recoger taquigráficamente una conferencia de Antonio Maura en la Llotja, el propio Maura acudió a la redacción y se la dictó, corrigiéndola hasta las cuatro de la mañana. Oliver defendió después a Maura en El caso Maura tras la Semana Trágica, aunque según Manresa chocó con su editor por ser germanófilo. Su discípulo Agustí Calvet, Gaziel, dirigió La Vanguardia entre la República y la guerra. En su historia del diario contó que el editor negociaba a la vez con monárquicos y generales republicanos, y que tuvo que marcharse porque le advirtieron de que lo matarían los dos bandos. Según Manresa, después apenas se volvió a hablar de él.

Vallés respondió que la relación entre periodista, editor y lector nunca es limpia ni tiene solución fácil, y que se resuelve con coraje. Añadió que los lectores ya son "tan periodistas como el que escribe" porque las redes han invertido las jerarquías. Contó la anécdota de Harold Ross, a quien presentó como fundador de Time, y de su novia actriz. El crítico escribió una reseña entusiasta del estreno, y Ross la rompió y le obligó a escribir la crítica real: la obra "no es para tanto". Volvió a Bradlee para mostrar que ni el caso más limpio lo es. Según su relato, Bradlee era íntimo amigo de Kennedy, al tumbar a Nixon se estaba en parte vengando, y la hermana de su mujer fue amante de Kennedy y apareció muerta en un parque en circunstancias extrañas, algo que Bradlee, según Vallés, "nunca supo".

Poder criticar a todos, también a El Corte Inglés

Para Vallés, lo importante no es si él ha criticado a un personaje concreto. Contó que una vez le reprocharon no haberse metido nunca con alguien y que ni siquiera lo sabía. Lo importante es si se puede criticar a cualquier figura del Estado. Explicó que hoy escribe menos críticamente sobre Juan Carlos I que hace 10 o 20 años, cuando casi nadie lo hacía. Una vez que la crítica es corriente dominante, ya no le parece necesario sumarse, y siempre intentará alejarse del cauce principal.

Se planteó a sí mismo la objeción de por qué nunca critica a El Corte Inglés. Su respuesta: tampoco lo ha elogiado nunca, porque su regla es no hablar bien de aquello de lo que no puede hablar mal. Pidió a los lectores que exijan a sus periodistas crítica hacia instituciones que no la reciben. Manresa contó que su compañero de El País Javier Cuartas escribió una extensa biografía de El Corte Inglés que, según él, nunca se distribuyó porque la empresa compró todos los ejemplares.

Química, detector de tonterías y el "hijo de…"

Preguntado por la relación entre instinto e inteligencia en el analista, Vallés recurrió a su formación de químico. Sostiene que la química, a diferencia de biología o física en su opinión, enseña que uno nunca puede engañarse a sí mismo. Por eso, bromeó, sufren tanto los químicos que llegan a cargos políticos: tienen que mentir. Esa formación da lo que en periodismo se llama bullshit detector, el "detector de gilipolleces". Se puede mantener una posición equivocada, pero no fingir que uno no se había dado cuenta.

Recordó la regla de los manuales anglosajones de entrevista: ante cada respuesta de un poderoso hay que preguntarse por qué "este hijo de…" está mintiendo, aunque solo diga la hora. Reconoció haber abandonado muchas veces esa actitud, y que entonces la entrevista "decae" y es "basura", porque el poder, dice, engaña siempre. Él y Manresa han visto a decenas de amigos cambiar por completo en cuanto obtenían "un carguito".

"¿Qué han hecho ustedes de Mallorca?"

Vallés planteó una pregunta generacional. Cuando Antonio Alemany o Pedro Serra revolucionaron el periodismo mallorquín tenían unos 29 años. Hoy no ve gente de 29 a 40 años fundando medios ni empresas. En el turismo, dice, el mejor gestor siempre es el hijo o la hija del hotelero, y los emprendedores jóvenes que se le ocurren son extranjeros. Reconoce que esa generación está mucho mejor formada, con más idiomas y experiencia internacional, y se pregunta dónde está.

Luego asumió la pregunta que el público podría hacerles tras "80, 90 años de periodismo" sumados: qué han hecho de Mallorca. Su respuesta fue "un desastre, un fracaso íntegro". Enumeró Son Espases, que según él nunca debió construirse junto al Secar de la Real y que una sentencia del Supremo reprochó a los jueces mallorqueños, el Palacio de Congresos y la saturación turística. Añadió que nunca nadie le ha presentado un proyecto que no incluya construir algo. Incluso el mindfulness, que apenas consume recursos, acaba acompañado de una residencia de quince habitaciones entre almendros, y ahora habrá turistas en explotaciones agrarias.

Sobre el alquiler turístico hizo dos observaciones. Aclaró antes que tiene familia que se dedica a ello, "para que no nos pase con Bradlee". La primera: es el equivalente del cerdo que cada familia mallorquina criaba para comer todo el año; ahora es "un alemán" que paga 100 o 200 euros diarios. La segunda, que cree que nadie ha planteado: la disociación y la pérdida de identidad. El vínculo con la propia casa es el vínculo más fuerte con el territorio, y bajo la "falacia de la economía colaborativa" uno se distancia de su hogar. Eso lleva, según él, a una sociedad disociada de su realidad, en la que quien ha pagado impuestos treinta años sin comprar vivienda recibe el mensaje de irse a Alicante o Asturias. Mientras, las infraestructuras pagadas por los residentes, como Son Espases o el aeropuerto, sirven de reclamo, y la publicidad hotelera muestra paisajes vírgenes y no las calles de los hoteles de Magaluf o la Playa de Palma.

Manresa introdujo un matiz. Espacios como la punta de n'Amer, Es Trenc o la Serra de Tramuntana no están construidos gracias a que medios de comunicación canalizaron la presión social y ecologista, con articulistas como Ferret o Xavier Pastor. Aun así, admitió que los periodistas tienen poca capacidad de influir y más bien de explicar.

Cuatro ventanas al día, el síndrome del impostor y el 13 %

Manresa le preguntó cómo organiza dos artículos diarios, la tertulia radiofónica y el cara a cara semanal. Vallés citó la filosofía de Gore Vidal: devorar hacia fuera para no comerse por dentro. Dijo que "odia" el mindfulness y enfrentarse a sí mismo. Se comparó con Fernando Ónega, con quien coincidió en las mañanas de Cuatro, cuya jornada empezaba a las 6:30 en la televisión gallega y seguía con la COPE, La Vanguardia y Cuatro. Cuando le preguntaban si no temía repetirse, respondía que su miedo era contradecirse a lo largo del día.

Vallés reconoció sufrir a diario el síndrome del impostor. Tras un accidente ferroviario tendría que opinar al día siguiente sobre aceros y catenarias. De paso mencionó que Lakshmi Mittal, de ArcelorMittal, veraneaba en Mallorca y que el rey iba a recibirlo al aeropuerto. Su método lo aprendió de Andrés Ferret, fallecido en 1996 a los 56 años, a quien describió como el "sounding board" de la redacción: nunca imponía nada, pero con un gesto de la barbilla indicaba que algo no iba. Ferret sostenía que los periodistas saben el 10 % de lo que pasa y publican el 10 % de lo que saben, es decir, un 1 % de la realidad, como la materia oscura del universo. Vallés decidió publicar el 13 % de lo que sabe. Para él supone arriesgar solo tres puntos más, pero el lector pasa de recibir un 10 a un 13, lo que según su cálculo es un 30 % más de información.

Redes, Substack y la fe en la jerarquía

Vallés no tiene redes sociales. Explicó que cree "totalmente" en la jerarquía: quiere un director como Ferret que le diga que un tema está agotado. Miquel Barceló le decía que estaba "amortizado", que ante cualquier proyecto de diez pisos ya se sabía qué iba a escribir. Peor fue cuando se lo dijo el constructor Vicente Grande, que lo llamaba para preguntarle cuándo iba a escribir en contra de su último proyecto.

Reconoció que en Substack están algunos de los mejores periodistas del mundo, independizados o jubilados, como Seymour Hersh, sobre quien recomendó el documental de Laura Poitras. Aun así, prefiere la estructura con editor "suficientemente loco" y lamenta que no haya jóvenes igual de locos para fundar medios. Sobre los directores contó una anécdota de Pedro J. Ramírez: al salir un día a la calle se sorprendió de que el semáforo pitara, y le respondieron que llevaban treinta años haciéndolo. Para Vallés esa es la esencia de un director que vive en la redacción.

Preguntas del público: por qué se ha perdido la crítica

Un asistente sugirió que la presión de las redes, donde todos pueden criticar, explica la uniformidad ideológica de los periodistas. Vallés recurrió al "humor de patíbulo" (gallows humor), expresión que, según él, usó Trump en su defensa por la grabación en la que decía que, siendo famoso, podía agarrar a las mujeres por los genitales. Vallés creyó entonces, en vísperas de las elecciones de 2016, que Trump perdería, hasta que leyó en el New York Times a una votante que decía que eso lo hacía "más humano". También admitió haber interpretado mal durante mucho tiempo la frase de que podía disparar a alguien en la Quinta Avenida sin perder votos. Lo grave, dice, no es lo de los votos, sino que afirma que puede disparar, "como se está viendo ahora en Minneapolis".

En las redacciones siempre ha existido ese humor negro: dos muertos, tres columnas; tres muertos, cuatro columnas. Las redes lo han sacado "a lo grande y en público". A Vallés no le parece mal. Lo que rechaza es la condena y la cancelación. Se declaró "víctima" de la polarización por intentar ser un maverick, alguien a quien no se puede situar, porque en este sistema "estás muerto". Criticó que en los medios de centroizquierda todos justifiquen cualquier derrota del PSOE en Aragón o Extremadura, y en la derecha todos repitan "muera Sánchez".

Como ejemplo de periodismo irreverente contra un poderoso citó la revista Spy. Cuando Trump la insultaba en los años noventa, la revista consultó tablas actuariales y publicaba cuántos años de vida le quedaban. Para Vallés eso es periodismo siempre que se dirija a un poderoso y exista posibilidad de réplica. Criticó que hoy se anuncien fichajes de columnistas como en el fútbol. Reivindicó a Umbral como gran analista de la España de la Transición, más allá de la pirotecnia verbal que copiaron sus imitadores, él incluido. Recordó que Umbral, Vázquez Montalbán y Haro Tecglen "no eran cómodos" en los medios donde escribían. Coincidió con Manresa en que los medios digitales se llenan de opinión porque es mucho más barata que la información: una tertulia de cuatro personas cuesta menos que un reportaje sobre Son Espases o la antigua prisión de Palma.

Contó que un director canadiense de Sports Illustrated, a la que considera quizá la revista mejor escrita de la historia, advertía a cada nuevo redactor que si no recibía suficientes cartas en su contra, sería un pésimo redactor. Hoy, según Vallés, el periodismo "ha cogido miedo" y se limita a seguir la línea de su medio. Así no salta la chispa del contacto con el público.

Traicionar a la propia clase

Manresa recordó que muchos grandes nombres citados traicionaron a su clase en algún momento. Vallés hizo suya la idea con Orwell, "patrono de los grandes periodistas del siglo XX", burgués que se enfrentó a los suyos en nombre de la common decency. En Mallorca, que describió como "una planta industrial" funcionando a pleno rendimiento camino de los 365 días al año, eso significaría atreverse a plantearlo. "El periodista ha de ser traidor, para empezar a los suyos, y si no, no será un buen periodista", resumió, y admitió que hoy esa expresión resulta "inaceptable", lo que para él es uno de los problemas graves del periodismo.

Cuando Manresa lo definió como un outsider, un perro sin collar, Vallés lo matizó: se considera "un burgués mallorquín conservador", nada aventurero, que ha trabajado casi siempre en el mismo sitio, del que solo se ha ido cuando lo han echado, y cuyas secciones tienen 30 o 35 años. Bromeó con que quiere ser "el último votante del PP", sabiendo que eso enfurece a los votantes del PP. No cree que el periodismo libre hundiera a José Ramón Bauzá entre 2011 y 2015, que pasó de ser el presidente balear más votado al menos votado sin necesidad de nadie. Lo que descubrió entonces fue que mucha gente dentro de esa estructura lo estaba leyendo. Recordó que Antonio Alemany decía en el franquismo ser democristiano y no comunista, aunque contra Franco daba igual.

Su inquietud final fue que debería estar allí con un periodista de 30 años al que reprender, y no lo hay. Se preguntó cuándo empezará "la revolución". Ante una situación que califica de "paroxística", de "suspensión de las constantes vitales", no ve ninguna reacción consolidada. Duda del peso actual del GOB y de los movimientos ecologistas, y no ve a nadie, ni un joven, ni un artista como Barceló, que tiene 68 años, ni escritoras como Carme Riera, que diga "me planto, esta va a ser la nueva Mallorca" y acuse a su generación de haber llevado la isla a un lugar "inavegable". Manresa cerró con una reflexión sin respuesta: se celebran medio siglo y un siglo de muchas cosas, y no sabe si los relevos están ya en marcha.