Cinco días que cambiaron Roma: Marco Antonio, el Senado y el funeral de Julio César
Fundación Juan MarchEn la cuarta conferencia del ciclo La fuerza de la palabra en la Antigüedad de la Fundación Juan March, la catedrática Cristina Rosillo López (Universidad Pablo de Olavide) parte de una afirmación contundente: pocos discursos han tenido tanto impacto político como el que pronunció Marco Antonio en el funeral de Julio César. Para explicarlo, reconstruye los cinco días que, a su juicio, cambiaron el curso de la historia de Roma y de todo el Mediterráneo bajo su dominio. Son el asesinato del 15 de marzo del 44 a. C., la sesión del Senado del día 17, la apertura del testamento el 18 y el funeral del 20. La conferencia se celebró el 19 de marzo de 2026, y la ponente subrayó que el día siguiente se cumplirían 2070 años de aquel discurso.
Su tesis es doble. Por un lado, Antonio se reveló en esos días como un hombre de Estado capaz de evitar, al menos de momento, una guerra civil. Por otro, usó la palabra para reforzar su propio poder y señalar a los asesinos ante el pueblo sin necesidad de ningún decreto. Durante la sesión, el actor Israel Elejalde dramatizó fragmentos de las fuentes antiguas y del Julio César de Shakespeare.
Roma en el 44 a. C.: la clemencia y el dictador perpetuo
Rosillo sitúa primero el escenario. En el 44 a. C., Roma domina casi todo el Mediterráneo y se ha adentrado ya en la Galia y en Asia, aunque territorios como Egipto siguen fuera de su control. Los dos grandes protagonistas de la segunda mitad de los años 50 habían sido Julio César y su rival Pompeyo, que se enfrentaron en una guerra civil entre el 49 y el 46 a. C.
César la ganó y aplicó, según la ponente, una política que ningún vencedor de una guerra civil había practicado antes: amnistió a sus enemigos. Es la llamada política de la clemencia, por la que todos los que habían luchado contra él fueron perdonados.
De vuelta en Roma, César gobernó como dictador. Rosillo insiste en que la dictadura romana no se parecía a lo que hoy entendemos por ese término. Era una magistratura extraordinaria que se concedía por un periodo muy concreto, a veces un día, una semana o unos meses, para una tarea precisa: dirigir un ejército, convocar elecciones o celebrar un ritual cuando los cónsules no estaban disponibles. Cumplida la tarea, el dictador dejaba el cargo. Sila ya había forzado esa lógica en los años 80 a. C., al nombrarse dictador para "restaurar la República" y mantenerse en el puesto un tiempo. Pero a comienzos del 44 César se proclamó dictador perpetuo, algo que para un romano era, en palabras de la ponente, una contradicción absoluta, porque por definición un dictador no podía ser perpetuo.
Marco Antonio, un hombre contado por sus enemigos
El protagonista de la charla tenía entonces 39 años. Procedía de una familia senatorial ilustre. Su abuelo, del mismo nombre, había sido el gran orador de la generación anterior a Cicerón. Toda su carrera política y militar estuvo ligada a César, del que fue un fiel lugarteniente.
Rosillo advierte al público de un problema de fuentes. Casi todo lo que sabemos de Antonio lo escribieron sus dos grandes enemigos. El primero es Cicerón, que intentó declararlo enemigo público y era partidario de que lo asesinaran. El segundo es Octavio, el futuro Augusto, que lo derrotó y basó en esa victoria toda su legitimidad como primer emperador. Por eso, sostiene la ponente, las acusaciones de que Antonio era una veleta, un casquivano, un borracho o un inútil deben ponerse muy en perspectiva. Propone, en cambio, dejar hablar a los hechos y a las propias palabras de Antonio.
El primer gran momento político de Antonio en el 44 fueron las Lupercales del 15 de febrero. En esa ceremonia religiosa, hombres de la élite casi desnudos recorrían la ciudad azotando con varas a las mujeres en una especie de rito de fertilidad. Aquel día Antonio ofreció tres veces una diadema real a César, y César la rechazó tres veces en público. Para Rosillo es imposible que fuera improvisado. Se trataba de dejar claro que, aunque fuera dictador perpetuo, César nunca sería rey. En Roma la palabra "rey" era un tabú político: la República se fundaba en la expulsión de los reyes y ni siquiera los emperadores usarían nunca ese título. Antonio, además, era cónsul, la magistratura más alta, solo superada entonces por el dictador.
Cleopatra, los conjurados y la elección de los idus
La ponente recuerda un dato que, según ella, no se suele comentar: Cleopatra estaba en Roma en los idus de marzo. La reina de Egipto, de unos 25 años, se encontraba en la ciudad en misión diplomática. Egipto era uno de los pocos Estados todavía independientes del Mediterráneo. César la había ayudado a ganar la guerra civil contra su hermano y había mantenido una relación con ella. Además, estaba embarazada de Cesarión, que sería hijo póstumo de César. Rosillo invita a imaginar a esa joven reina embarazada recibiendo la noticia del asesinato, con todo lo que suponía para ella en lo político y en lo personal.
Entre los conjurados destaca a Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino, ambos de 41 años. Los dos habían sido partidarios de Pompeyo y habían sido perdonados, hasta el punto de que en el 44 eran pretores, el cargo inmediatamente inferior al consulado. Los movía una mezcla de razones personales, políticas e ideológicas. La ponente subraya que no enviaron esclavos ni contrataron sicarios: todos los conjurados eran miembros de la élite y ejecutaron el crimen con sus propias manos. Lo concebían como un acto político, el asesinato de un tirano. Una moneda acuñada por ellos meses después lo resume: dos puñales y el gorro frigio, símbolo de la libertad.
¿Por qué el 15 de marzo? Porque César estaba a punto de partir en campaña contra el Imperio parto, una empresa que lo mantendría fuera de Roma probablemente uno o dos años como mínimo. Esa sesión del Senado era la última ocasión de tenerlo a su alcance en público. Además, ese día se celebraba la fiesta de Ana Perenna, en la que el pueblo solía salir a un bosquecillo a las afueras para comer, beber y cantar, de modo que buena parte de la plebe no estaba en el centro de la ciudad.
Aquella mañana, Calpurnia, la esposa de César, le contó que había tenido pesadillas que anunciaban su muerte. Los presagios fueron desfavorables y César pensó no acudir al Senado, pero algunos conjurados, temiendo precisamente eso, fueron a su casa y lo convencieron para ir a la curia de Pompeyo, un edificio construido por su antiguo enemigo.
El asesinato y sus versiones
Elejalde leyó el relato del historiador griego Apiano. Trebonio entretuvo a Antonio en la puerta mientras los demás rodeaban a César como amigos, con los puñales ocultos. Tilio Címber le pidió el regreso de su hermano del exilio, le agarró la toga de púrpura y tiró de ella hasta el cuello, gritando: "¿A qué esperáis, amigos?". Casca intentó asestar el primer golpe, pero se desvió y lo hirió en el pecho. César se revolvió y otro le atravesó el costado. Casio lo hirió en el rostro, Bruto en el muslo y Bucoliano en la espalda. Tras la herida de Bruto, César se cubrió con su vestido y cayó ante la estatua de Pompeyo. Los atacantes siguieron golpeándolo hasta infligirle 23 heridas, e incluso se hirieron entre ellos.
Rosillo aclara que ya en la Antigüedad circulaban versiones distintas. Según unas, César se defendió con fiereza, intentando apuñalar a sus agresores con el estilo de escritura. Según otras, se cubrió enseguida la cabeza con la toga y se dejó caer. Algunas recogen la célebre frase de reproche a Bruto, "tú también, hijo mío", que otros interpretan como una especie de maldición: tú también me acompañarás algún día al más allá. La ponente precisa que Bruto no era hijo biológico de César. Es cierto que César y Servilia, la madre de Bruto, mantuvieron durante años una relación, pero la cronología hace imposible esa paternidad.
Tras el crimen, el Senado se vació en pleno pánico y el cadáver quedó abandonado en el suelo. Los asesinos habían planeado arrojarlo al Tíber y declarar a César enemigo público, pero también ellos se dejaron llevar por la conmoción y salieron escoltados por gladiadores. Llegó un médico, Antistio, que examinó el cuerpo, en lo que la ponente llama casi en broma "la primera autopsia CSI de la historia". Certificó 23 puñaladas, de las que solo una había sido mortal. Los esclavos de César se llevaron el cuerpo a casa en una litera.
Los conjurados habían pensado matar también a Antonio, la mano derecha de César. Según la ponente, fue Bruto quien lo impidió: si mataban también al cónsul, el tiranicidio se convertiría en una masacre indiscriminada y su mensaje político, que la autocracia terminaba con la muerte del tirano, se desvanecería. Por eso alguien entretuvo a Antonio en la entrada. En un fragmento que Apiano pone en su boca, Antonio lo interpreta así: quien disuadió a los asesinos no quería salvarle la vida, sino preservar la apariencia de tiranicidio, para que no pareciera que mataban a muchos como enemigos, sino a uno solo como tirano. Antonio confiesa además el miedo que sintió, pues ignoraba el alcance de la conspiración y contra cuántos iba dirigida.
El dilema: tirano o magistrado
Siguieron uno o dos días de incertidumbre absoluta. Hubo disturbios e intentos de asesinato en la calle. Lépido, otro lugarteniente de César, ordenó a sus soldados ocupar el Foro para contener la violencia. Los asesinos se atrincheraron en el Capitolio y los senadores se encerraron en sus casas. Nadie sabía si los conjurados matarían a más magistrados, si se reprimiría a los partidarios de César como había ocurrido en tiempos de los Gracos, o si estallaría una guerra civil.
Rosillo destaca el enorme problema político que se planteaba. Si César era un tirano, todas sus medidas debían anularse. Pero entonces muchos senadores y casi todos los magistrados, incluidos varios conjurados, perderían los cargos que César les había concedido. ¿Había que condenar a César como tirano, o a sus asesinos por haber matado a un magistrado del Estado?
La sesión del 17 de marzo: Antonio, hombre de Estado
Dos días después del asesinato, Antonio convocó al Senado como cónsul en el templo de Tellus. Allí, según la ponente, se reveló como algo que nadie habría sospechado, quizá ni él mismo: un gran hombre de Estado.
El discurso que recogen los historiadores antiguos, leído en la sala por Elejalde, planteaba el dilema sin rodeos. Si César había sido un magistrado legítimo, todos sus actos seguían vigentes. Si se había hecho con el poder por la violencia, su cuerpo debía ser arrojado sin sepultura fuera de la patria y todos sus actos anulados. Antonio recordaba a los senadores que casi todos ellos habían ejercido magistraturas bajo César, algunos las ejercían aún y otros estaban designados para ejercerlas, porque César había dejado dispuestos cargos, provincias y ejércitos para cinco años. Les preguntaba si estaban dispuestos a renunciar voluntariamente a ellos. Añadía el argumento de la calle: ¿consentirían los soldados de César que su cadáver fuera ultrajado? ¿Considerarían seguras las recompensas de sus campañas en la Galia y Britania? ¿Qué harían el pueblo y los italianos? Y denunciaba la incoherencia de honrar a quienes habían matado a un cónsul, un hombre sagrado, en un lugar sagrado y en plena sesión del Senado. Su propuesta final: ratificar todos los actos y proyectos de César, no elogiar a los autores del crimen, pero perdonarles la vida.
Para Rosillo, Antonio tenía un objetivo claro: evitar la que sería la tercera guerra civil en menos de cuarenta años, en una ciudad profundamente traumatizada, donde mucha gente había vivido una o dos guerras civiles o conocía testimonios directos de ellas. Pero Antonio también era un senador y un político, y quería presentarse como el sucesor de César. De ahí su fórmula intermedia: ni se condenaba el asesinato ni se castigaba a los asesinos, pero los actos de César se mantenían. El Senado la aprobó. La ponente recuerda que el propio César había advertido en vida que, si lo mataban, habría guerra civil.
Los papeles de César, dos cenas y una confesión
Ese mismo 17 de marzo, Antonio fue a casa de César y consiguió que Calpurnia le entregara todos sus papeles y su tesoro: escritos, anotaciones y borradores de leyes sin promulgar. Durante los meses siguientes, Antonio promovería leyes alegando que César las había dejado escritas en borrador.
La ponente subraya lo pequeña que era la élite romana, donde todos estaban emparentados con todos. Esa noche hubo dos cenas para sellar el acuerdo. Lépido cenó con Bruto, que era su cuñado, y Antonio cenó con Casio. Las cenas eran el escenario habitual de las conversaciones informales entre senadores, pero la confianza era limitada. Casio recibió a Antonio diciéndole que no se preocupara, que no llevaba ninguna daga, un comentario de mal gusto según Rosillo. Antonio respondió que él llevaba una coraza bajo la toga.
Apiano recoge también, en boca de Antonio y ante un grupo reducido de amigos, las intenciones que había detrás de su actuación en el Senado. Si César hubiera sido declarado tirano, todos sus amigos habrían podido ser ejecutados como amigos de un tirano. Lo esencial era impedir que se votaran recompensas a los asesinos. A cambio de la amnistía, Antonio obtuvo lo que necesitaba: que el nombre de César no fuera borrado, que no se confiscara su hacienda ni se anulara su testamento ni la adopción de la que "ese joven" se enorgullecía, que tuviera un funeral regio, que sus honores y actos siguieran vigentes y que sus amigos y soldados tuvieran la vida garantizada. Después, una vez que los asesinos bajaron la guardia, socavó la amnistía no mediante votos o decretos, lo cual era imposible, sino ganándose el favor del pueblo de forma imperceptible.
Pisón y el testamento: el momento en que todo cambió
Al final de la sesión del 17 ocurrió otro episodio decisivo. Lucio Calpurnio Pisón, antiguo cónsul y suegro de César, empezó a comentar algo en los corrillos y la sesión acabó reanudándose. Rosillo lo describe como un hombre culto y con autoridad, filósofo epicúreo. Se cree que era suyo la Villa de los Papiros de Herculano, de donde proceden tantas esculturas y papiros filosóficos. Pisón anunció ante el Senado que iba a enterrar a César y a abrir su testamento.
Los senadores más próximos a los conjurados se negaron en un primer momento, pues la idea inicial había sido arrojar el cadáver al río. Pero Pisón se amparó en que César era pontífice máximo. La ponente señala que ese era el único cargo que César no debía a la guerra civil: lo había ganado en la treintena en una votación de todos los ciudadanos varones adultos. Tras mucho debate, el Senado autorizó el entierro público y la apertura del testamento. En la lectura de Elejalde, Pisón acusaba a quienes decían haber matado a un tirano de estar tiranizando ahora ellos, en número mucho mayor, y se declaraba responsable del testamento, que jamás traicionaría "a menos que alguien me mate a mí también".
Rosillo afirma que, pocos meses después, los propios conjurados reconocieron que ese fue el momento en que todo cambió: nunca debieron permitir que se abriera el testamento y se diera a César un entierro público. El testamento, depositado con las vestales, deparó dos sorpresas. La primera fue que Antonio, que esperaba ser heredero y quizá hijo adoptivo póstumo, no lo era. Uno de los tres herederos principales era Cayo Octavio, sobrino nieto de César, de 18 años, que estaba en Iliria estudiando retórica en una especie de "Erasmus" que hacían los jóvenes de la aristocracia romana, incluido el hijo de Cicerón. La segunda fue que César, "animal político" según la ponente, sabía que cualquier sucesor necesitaría al pueblo, y legó 300 sestercios a cada ciudadano y sus grandes jardines al otro lado del Tíber para uso público. César, dice Rosillo, sorprendía a sus enemigos incluso después de muerto.
Cómo era un funeral aristocrático
El funeral del 20 de marzo estaba, en principio, muy controlado. Los asesinos habían dado instrucciones estrictas sobre lo que se podía y no se podía hacer. Pero cometieron un error grave: infravaloraron la opinión que el pueblo tenía de César, convencidos de que compartía su visión de un tirano.
Antes de llegar al discurso, la ponente explica cómo era un funeral aristocrático, "una fiesta de los sentidos" en la que la élite gastaba cantidades enormes. César había dispuesto que lo organizara la madre de Antonio, pariente suya. Rosillo señala que no era inhabitual: muchas mujeres se encargaban de ejecutar las disposiciones funerarias e incluso de construir los monumentos. El difunto iba en una litera, precedido por músicos, hombres y mujeres, con flautas y trompetas; hay inscripciones de mujeres flautistas en funerales. Detrás iban las plañideras, familiares y mujeres contratadas para llorar.
Un rasgo muy romano eran las imagines, retratos de cera de los antepasados que se guardaban en el atrio de la casa, junto a árboles genealógicos pintados en las paredes. Rosillo pone el ejemplo de Cornelia, madre de los Gracos e hija de Escipión el Africano, con nueve o diez antepasados cónsules: entrar en su atrio era contemplar el poderío de la familia. Las mujeres llevaban copias de sus imagines al casarse, y se enseñaba a los jóvenes que debían medirse con sus antepasados. En los funerales, a veces actores se ponían esas máscaras para representar a los antepasados que acompañaban al muerto. La procesión culminaba en el Foro con un elogio pronunciado por un familiar. En el siglo I a. C., añade la ponente, esos discursos servían a veces de presentación en sociedad de un futuro político, como hizo César con el funeral público de su tía Julia, viuda de Mario.
El discurso fúnebre según Apiano
Antonio, recuerda Rosillo, era nieto del gran orador de quien llevaba el nombre, e hizo algo que nadie había hecho antes ni volvería a hacer. Sus objetivos eran dos: evitar la guerra civil, todavía muy posible cinco días después del asesinato y con una enorme incertidumbre sobre si se respetarían los acuerdos, y señalar ante el pueblo a los culpables, a los que no se había castigado pero que eran los autores del crimen.
En la versión de Apiano leída por Elejalde, Antonio empezó con una artimaña. No era digno que él solo elogiara a un hombre tan grande, sino la patria entera, así que leería los decretos que el Senado y el pueblo habían votado en vida de César, "para que sea vuestra voz la que hable y no la voz de Antonio". Los leyó con rostro grave, deteniéndose en los que llamaban a César sagrado, inviolable, padre de la patria. Comentaba cada uno: nadie que se refugió en su clemencia sufrió daño, y sin embargo él, inviolable y sagrado, fue asesinado. Leyó luego los juramentos por los que todos se habían comprometido a protegerlo y a vengarlo. Alzando la voz, invocó a Júpiter declarándose dispuesto a la venganza, aunque sus pares hubieran decidido que la amnistía era beneficiosa. Ante el tumulto de los senadores, se retractó: lo ocurrido parecía obra de alguna divinidad maléfica, y había que mirar al presente para no ser arrastrados de nuevo a guerras civiles.
Después entonó un himno junto al féretro como a un dios, enumeró sus victorias y los pueblos que había sometido, y le gritó que había sido el único invencible y el único que había vengado a la patria de los pueblos que la habían incendiado trescientos años antes. Lloró y juró que cambiaría su vida por la de César. Finalmente desnudó el cadáver y alzó su vestido en la punta de una lanza. El pueblo, "como el coro de una tragedia", estalló en lamentos y la pena se convirtió en ira. En los cantos fúnebres parecía que el propio César enumeraba a los enemigos a los que había favorecido, y el pueblo no soportó que quienes habían sido perdonados y elevados a magistraturas y gobiernos de provincias hubieran conspirado contra él.
El manto ensangrentado y la catarsis colectiva
Para Rosillo, la clave fue mostrar el manto ensangrentado con los 23 agujeros. La gente estaba acostumbrada a ver cadáveres en los funerales, pero Antonio consiguió que revivieran el asesinato, vieran la sangre y comprendieran que lo habían matado precisamente aquellos a quienes había perdonado y encumbrado. El discurso provocó una catarsis colectiva: todos se convirtieron en plañideras y corearon los lamentos. En el Foro había además muchos veteranos de la Galia, Britania, Egipto e Hispania que veían a su general asesinado por la élite.
Así, según la ponente, Antonio logró dos cosas sin aprobar ninguna medida ni decreto: poner al pueblo del lado de César, de su memoria y de sus sucesores, y convertir a los asesinos en objetivo popular. Legalmente no podía hacerse nada contra ellos, pero el pueblo entendió perfectamente el mensaje. Elejalde leyó a continuación la versión de Shakespeare del momento del manto: "Mirad por aquí penetró el puñal de Casio… Por esta otra le hirió su muy amado Bruto…", hasta mostrar el cuerpo "acribillado, como veis, por los traidores".
La ponente propuso imaginar el funeral desde el fondo del Foro, a través de dos personas reales: Aurelio Hermia y Aurelia Filematio, un matrimonio de libertos y carniceros cuya estela funeraria se conserva, que vivían en Roma en esa época y quizá estuvieron allí. Existen estudios sobre cómo proyectaban la voz los oradores romanos, entrenados en retórica para ello, pero la audición dependía de la distancia y del tiempo, y en marzo podía hacer sol o llover. Se conocen muchos malentendidos por no oírse bien desde atrás. Rosillo lo ilustró con la escena del sermón de la montaña de La vida de Brian, donde los de las últimas filas creen oír "bienaventurados los que comen queso". Esa pareja quizá solo oyó fragmentos o lo que les contaban los de delante, pero seguro vio el manto, y la ponente supone que incluso desde el fondo el impacto fue enorme.
El motín y la pira en el Foro
La reacción fue un motín. Grupos salieron del funeral hacia las casas de los asesinos para incendiarlas y matarlos si los encontraban. Al mismo tiempo, el pueblo se apoderó del cadáver y decidió incinerarlo allí mismo, en el Foro, un espacio político donde no se quemaban cadáveres. Amontonaron sillas, tablas de tiendas y todo lo que encontraron para hacer una pira colectiva que nadie había previsto.
Sobre un plano, Rosillo explicó el simbolismo del lugar. El discurso se pronunció probablemente desde los Rostra. El Foro es un espacio pequeño donde todo está muy próximo. La pira se levantó donde después se edificó el templo del Divino Julio, frente a la Regia, residencia del pontífice máximo, y junto al templo de Vesta, cuyas vestales estaban bajo su autoridad. Todo el entorno era "César". Aún hoy se conservan restos del templo y la gente suele dejar ofrendas florales en el lugar de la cremación, como mostró en una fotografía reciente.
Elejalde leyó el relato de Suetonio. Mientras unos proponían quemar el cuerpo en el templo de Júpiter Capitolino y otros en la curia de Pompeyo, dos hombres armados le prendieron fuego con antorchas. La multitud arrojó ramas secas y los estrados de los jueces. Los músicos y actores lanzaron sus vestiduras triunfales, los veteranos sus armas y las matronas sus joyas y las bulas y togas pretextas de sus hijos. Muchos extranjeros expresaron su duelo según sus costumbres, en especial los judíos, que acudieron a la pira varias noches seguidas. La ponente comentó que es una de las primeras referencias a una comunidad judía en Roma, que honraba a César porque les había concedido privilegios y leyes favorables, tanto en Roma como en Judea.
César en el recuerdo: carisma y el duelo de Matio
¿Cómo era César? Según Rosillo, amigos y enemigos coinciden en su enorme carisma y encanto personal, en su consideración constante por sus amigos y en su rapidez mental: era capaz de dictar cuatro cartas a la vez. Tenía buena memoria y buen humor. Durante los juegos aprovechaba los momentos aburridos para firmar decretos, algo que molestó al pueblo. Augusto, consciente de ello, nunca lo hizo.
Como testimonio de esa huella personal, la ponente presentó a Matio, un caballero rico que nunca se dedicó a la política ni buscó cargos de César. Su única actuación política conocida fue pedirle clemencia para enemigos derrotados tras la guerra civil. Fue una de las personas más cercanas a César. Meses después del asesinato, en el texto que leyó Elejalde, Matio responde a quienes le reprochan su duelo: le acusan de lamentar la muerte de alguien a quien quería, como si ya hubieran demostrado que esa muerte fue útil al Estado. Unos se glorían de un crimen y a otros no se les permite ni siquiera apenarse, cuando incluso los esclavos han tenido siempre libertad para alegrarse o dolerse. Esa libertad es la que intentan arrancar "los que se proclaman defensores de nuestra libertad".
Los asesinos, acorralados: Octavio, Servilia y Cicerón
En los meses siguientes, los asesinos comprobaron que su situación era precaria. Tenían menos apoyo popular del que creían, y ni siquiera todos los senadores estaban con ellos. Rosillo cita a Marco Favonio, íntimo de Bruto, que había dicho que prefería una monarquía sin ley a una guerra civil. Antonio se fortalecía, y en abril llegó Octavio, aceptó la herencia y tomó el nombre de Cayo Julio César. Para sorpresa general, aspiraba a ser también heredero político de César.
Los conjurados se plantearon marcharse a Oriente y obtener provincias ricas, en las actuales Grecia y Turquía, donde reunir recursos y ejércitos. Pero dudaban, y no aceptaban cualquier encargo. Bruto se indignaba de que le ofrecieran una comisión de grano siendo pretor: él quería el mando de una provincia y un ejército.
En junio del 44 hubo una reunión en casa de Bruto. Asistió Cicerón, que no había participado en la conjura a su pesar, pues habría querido ser su autor intelectual, y que sostenía sobre todo que había que haber matado a más gente, en concreto a Antonio. La ponente lo describe como alguien con muy buena opinión de sí mismo, "por decirlo finamente", que se dedicó a explicar a los asesinos lo que deberían haber hecho. Estaban también las esposas de Bruto y Casio y, sobre todo, Servilia, la madre de Bruto, de 63 años. Viuda desde que su hijo era muy joven, había asumido el papel de promotora de su carrera, por ejemplo consiguiendo que su hermano se lo llevara de joven a una provincia para formarse. Aunque, como toda mujer romana, no podía votar ni ser magistrada, tenía tanta influencia que logró cambiar un decreto del Senado que desagradaba a su hijo. Rosillo añade que Servilia y César habían mantenido durante años una relación conocida por todos. Es difícil saber qué sintió tras el asesinato, probablemente emociones encontradas, pero en junio del 44 tenía claro que su función era ayudar a su hijo.
La carta de Cicerón leída por Elejalde relata la escena. Cuando empezó a decir lo que debería haberse hecho (convocar el Senado, enardecer al pueblo, tomar el control del Estado), Servilia le interrumpió: "Esto no se lo he oído yo nunca a nadie". Y Cicerón se calló.
De Módena a Accio: el fin de la República
A comienzos del 43 la situación se agravó. En la guerra de Módena, en abril, el Senado y Octavio se enfrentaron a Antonio, mientras Cicerón pronunciaba discursos para que lo declararan enemigo público. Los dos cónsules, Hircio y Pansa, lugartenientes de César, murieron en la batalla. Octavio, con 19 años y sin haber ocupado nunca una magistratura, se presentó con ocho legiones ante Roma y exigió el consulado. La ponente señala que casos así se cuentan con los dedos de una mano en toda la historia romana, y que esa marcha sobre Roma inspiró incluso la de Mussolini en 1922. El Senado cedió.
En el verano del 43, contra todo pronóstico, Antonio y Octavio se aliaron con Lépido y formaron el triunvirato para restaurar la República, una magistratura creada por ley, de cinco años de duración y situada por encima de todas las demás. Lo primero que hicieron fueron proscripciones: listas de enemigos que podían ser asesinados impunemente, con sus bienes confiscados, recompensas para los asesinos y castigo para quien los ocultara. Cicerón fue uno de los primeros. Roma ya había vivido proscripciones a comienzos de los años 80 a. C., y el pánico fue inmediato. Hubo quien aprovechó para incluir en las listas a enemigos o a personas cuyas propiedades codiciaba. El cónsul Quinto Pedio, aliado de Octavio, intentó calmar a la población mostrando la lista que los triunviros le habían pedido mantener en secreto, para asegurar que solo afectaba a esos nombres. Esa misma noche murió. Según la ponente, probablemente su corazón no resistió la tensión.
Antonio y Octavio compartían ahora la voluntad de castigar a los asesinos. En la guerra que siguió, Bruto y Casio murieron en Filipos. Después, Antonio se casó con Octavia, hermana de Octavio, para sellar la alianza, pero las divergencias crecieron. Antonio inició una relación política y sentimental con Cleopatra, con quien tuvo varios hijos y llegó a casarse. En septiembre del 31 a. C. Octavio venció en Accio, y Antonio y Cleopatra acabaron suicidándose en Alejandría. Cleopatra, explica Rosillo, sabía lo que le esperaba: ser exhibida encadenada en un triunfo y luego ejecutada. Lo había visto con su hermana Arsínoe en el triunfo de César. Octavio ordenó matar a Cesarión, único hijo biológico de César, porque, como le dijeron, había "demasiados Césares". Cleopatra lo había enviado hacia el desierto, pero lo engañaron para que volviera. Los tres hijos de Antonio y Cleopatra, de entre seis y ocho años, desfilaron encadenados, y según las fuentes llevaban tantas cadenas que apenas podían andar y acabaron despertando la compasión del pueblo. Octavio los incorporó a su familia. De los chicos se pierde la pista. Cleopatra Selene se casó con un rey cliente de Augusto, gobernó en el norte de África y, consciente de la herencia materna, llamó Ptolomeo a su hijo.
Octavio, ya Augusto, quedó sin rivales: la mayor parte de la clase dirigente republicana había muerto o carecía de fuerza. Comenzó entonces un proceso largo, progresivo pero implacable, hacia la autocracia, con él como princeps. Elejalde cerró este bloque con Tácito: tras la muerte de Bruto, Casio, Sexto Pompeyo y Antonio, y la eliminación de Lépido, Augusto sedujo al ejército con recompensas, al pueblo con trigo y a todos con la paz. Fue acumulando poderes sin oposición, porque los más decididos habían muerto y los supervivientes preferían la seguridad del presente a un pasado incierto. Las provincias tampoco se opusieron, porque desconfiaban de un gobierno del Senado marcado por la violencia, las intrigas y los sobornos.
Del hito al mito: Shakespeare y la escena
Para Rosillo, el discurso fúnebre de Antonio se convirtió "en un hito y en un mito", el momento decisivo del final de la República, llevado a escena innumerables veces. Mencionó a Marlon Brando y Charlton Heston como Antonio. Citó también César debe morir, película italiana en la que los actores son presos de una cárcel, y el montaje de Orson Welles de 1937, ambientado en la Alemania nazi con soldados vestidos como las SS, muy influyente aunque no se ha conservado.
La ponente precisa que Antonio no publicó el discurso, porque no lo tenía escrito. Los fragmentos escuchados proceden de historiadores posteriores, y Shakespeare, en 1599, tejió su propia versión en Julio César. Según Rosillo, lo hizo porque esos cinco días condensan política, odio, amor, violencia e incertidumbre, "el mejor material que puede soñar un dramaturgo", y Shakespeare sabía elegir bien su material.
La conferencia terminó con Elejalde recitando el discurso shakespeariano: "Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención. Vengo a sepultar a César, no a elogiarle". En él, Antonio repite una y otra vez que "Bruto es un hombre honrado" mientras recuerda los cautivos cuyos rescates llenaron las arcas públicas, las lágrimas de César ante los pobres y la corona tres veces rechazada en las Lupercales. Pregunta si eso era ambición y se interrumpe porque su corazón "está aquí en el ataúd con César".
Pocos discursos, uno solo, en realidad, han tenido tanto impacto político como el discurso de Marco Antonio en el funeral de Julio César.
Déjenme llevarles a los cinco días, solo cinco días que cambiaron completamente el curso de la historia de Roma. Y quien dice la historia de Roma no es solo la ciudad de Roma, sino todo el Mediterráneo y de los millones de personas que vivían bajo el dominio de esta potencia. Todo empieza el 15 de marzo, los famosos idus de marzo, cuando César es asesinado en el Senado. El 17 de marzo será la sesión en el Senado en la que se debatirá qué se va a hacer con su política y su memoria. El 18 de marzo se abre el testamento y tal día como mañana, hace 2070 años, Marco Antonio pronunció el discurso del funeral de César.
Pero veamos un poco. Déjenme que les presente los personajes que forman parte de esta historia. Esto es Roma en el año 44 antes de Cristo. Roma domina prácticamente casi todo el Mediterráneo, incluso más allá ya se ha adentrado en zonas como la Galia, aquí en el norte, o incluso en Asia. Todo lo que ven en verde clarito por aquí no lo dominan todavía. Aquí a la izquierda en Asia, como Egipto o estas zonas, pero todo llegará.
Y estos son los dos personajes más importantes de la segunda mitad de los años 50. A un lado, Julio César y al otro su gran rival, Pompeyo. Llegará un momento que estos dos generales, estos dos grandes políticos, se van a enfrentar en una guerra civil que empieza en el 49 antes de Cristo y que durará hasta el 46.
Y esa guerra la va a ganar Julio César, que va a llevar a cabo una política totalmente inesperada que ningún otro victorioso de las guerras civiles va a o había realizado antes, es decir, va a amnistiar a sus enemigos. Lo que llama la política de la clemencia. Todos los enemigos, todos aquellos que se habían enfrentado a César van a ser perdonados. Él vuelve a Roma y comienza un periodo en el que él es dictador.
En Roma había toda una serie de magistraturas elegidas cada año, pero luego existía la dictadura, que era algo muy especial, no es como la entendemos nosotros. Un dictador era un magistrado romano que se nombraba por un tiempo de periodo muy específico, que muchas veces podían ser un día, una semana, unos meses para acometer concreta, por ejemplo, pues liderar un ejército, convocar unas elecciones o hacer determinado ritual cuando, por ejemplo, los cónsules, que eran los magistrados supremos, no estaban disponibles en ese momento por encontrarse en guerra o por cualquier otra circunstancia.
Entonces, se supone que cuando ese dictador realizaba esa acción para la cual se le había encargado, esa tarea que se le había encargado, dejaba el cargo y esa era la idea. Lo que pasa que también había ocurrido en la primera guerra civil, a comienzos del siglo I antes de Cristo, Lucio Cornelio Sila, que había sido el vencedor en los años 80, se nombra dictador para restaurar la República. Y él está así un tiempo. César también se nombra a sí mismo dictador, pero a comienzos del año 44 se nombra dictador perpetuo, que eso para un romano es una contradicción absoluta en todos sus términos, porque un dictador, por definición, en Roma no podía ser perpetuo. Y estamos en esa circunstancia.
El siguiente personaje importante, evidentemente, en esta charla va a ser Marco Antonio, al que tienen en pantalla. Marco Antonio tiene 39 años en este momento, en el año 44. Marco Antonio proviene de una familia senatorial, aristocrática, con incluso miembros muy ilustres dentro de ella. Su abuelo, que se llamaba igual que él, Antonio, había sido el gran orador de la generación antes de Cicerón, un hombre extremadamente reputado.
Y Marco Antonio de alguna manera hace toda su carrera política y militar ligado a César. Es un fiel lugarteniente de César. Si estuvieron aquí el martes pasado en la conferencia sobre Cicerón, oyeron a Cicerón pronunciar unas palabras terribles y unas críticas terribles contra Marco Antonio. El problema que tiene Marco Antonio es el que tendríamos todos si fueran nuestros enemigos los que contaran nuestra historia, porque Marco Antonio, todas las fuentes o casi todas las fuentes que tenemos de Marco Antonio han sido escritas por sus dos grandes enemigos. Primero, Cicerón, que intentó declararlo enemigo público y expulsarlo de Roma y estaba a favor de que lo asesinara. Y en segundo lugar, Octavio, que luego será Augusto, al cual va a vencer, el Augusto va a vencer a Antonio en las guerras civiles. Y de hecho toda la legitimidad que va a tener Augusto para convertirse en el primer emperador de Roma se basa en haber vencido a Marco Antonio. Entonces, claro, todas esas acusaciones de que Marco Antonio era un veleta, era un casquivano, era un borracho, no servía para nada, etcétera, tenemos que ponerlas muy en perspectiva de que son sus enemigos, que lo odian, los que están contando así su historia.
Por eso, en esta conferencia hoy, vamos a ver cómo hablan los hechos, ¿no? Y las palabras de Antonio. Vamos a escuchar su versión, al menos de esta parte. A principios del año 44, Antonio tiene un momento político muy importante en Roma y es el 15 de febrero de ese año del 44 cuando tiene lugar una ceremonia religiosa que se llama las Lupercalia, las lupercales, en las que, bueno, unos hombres de la élite vestidos apenas con un taparrabos se paseaban, corrían por la ciudad de Roma con una especie de látigos, varas, azotando a las mujeres, una especie como de ritual de fertilidad. Y es en ese 15 de febrero cuando, como vemos en pantalla, Antonio ofrece por tres veces una corona real, una diadema real a César y César por tres veces la rechaza en público. Esto es imposible que fuera improvisado. Aquí hay claramente una intención por parte de César de dejar claro que aunque sea un dictador perpetuo, nunca va a ser un rey. En Roma el ser rey es un anatema. Toda la República romana se basa en la expulsión de los reyes. Ni siquiera los emperadores jamás se llamarán rey en Roma porque es una palabra política totalmente tabú. Y esa es la situación de Antonio a comienzos del 44. No olvidemos que además es cónsul, es el magistrado romano más elevado, si no fuera porque César es dictador.
Pero hay más gente importante en Roma al mismo tiempo. Cleopatra VII, la reina de Egipto, que tiene apenas 25 años en este momento. Se encuentra en Roma en misión diplomática. Egipto es uno de los pocos estados todavía independientes del Mediterráneo. César la ha ayudado a ganar la guerra civil que la enfrentó a ella, a Cleopatra, con su hermano. Tuvo una relación sentimental con ella y, de hecho, y eso es algo que no se suele comentar, Cleopatra está en Roma en el momento de los idus de marzo. Está en Roma cuando asesinan a César. Y no solo eso, ella estaba embarazada de Cesarión. Cesarión va a ser el hijo póstumo que César y ella van a tener. Entonces, tenemos que imaginarnos a una Cleopatra, una reina de Egipto embarazada con 25 años en la ciudad de Roma oyendo las terribles noticias del asesinato de César, con lo que implica política, pero también personalmente para ella.
Pero vayamos a los asesinos, varios, no solo estos dos que vemos en pantalla, pero realmente son los dos más significativos, Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino, que ambos tienen 41 años en este momento. Habían sido partidarios de Pompeyo, es decir, habían luchado contra César en la guerra civil, habían sido perdonados, y tan perdonados hasta tal punto que en el año 44 ellos dos son magistrados, o sea, tienen un cargo, son pretores, tienen el cargo justo por debajo del consulado. Tanto Bruto como Casio tienen una mezcla de razones personales, políticas e ideológicas para querer asesinar a César. Es muy importante la idea de que no mandan a unos esclavos para que lo maten, no contratan a unos asesinos, son ellos mismos. Todos los conjurados son miembros de la élite que van a ir ellos mismos a hacer el trabajo sucio, entre comillas. Es decir, es un acto político, como se ve en esta moneda que acuñaron unos meses después los asesinos de César, ¿no? Vemos esos dos puñales y ese gorro que es el gorro frigio de la libertad, ¿no? Esos puñales nos han traído la libertad. Ellos consideran que César se ha convertido en un tirano y que, como es un tirano, hay que asesinarlo en un acto político de alguna manera.
¿Por qué el 15 de marzo? ¿Por qué es en ese momento? Muy sencillo, porque César va a comenzar una campaña militar contra los partos, a los que vemos aquí en Asia, contra el imperio parto, es decir, va a partir a la guerra y va a estar fuera de Roma, pues probablemente uno o dos años mínimo, porque es un recorrido bastante largo, aparte de las batallas que hay allí. Entonces es el último momento, han esperado justo hasta el final y es el último momento, la última sesión del Senado en la que César va a estar en público y pueden acceder a él para asesinarlo.
Por lo tanto, el 15 de marzo del 44 es un día festivo para el pueblo de Roma. Se celebra una festividad que se llamaba la festividad de Ana Perenna y el pueblo solía ir a una especie de bosquecillo situado a las afueras de Roma a celebrar, a cantar, a beber, a comer, haciendo una especie de picnic en el campo, con lo que había mucha gente del pueblo que no estaba presente. Por la mañana, Calpurnia, la esposa de César, se levanta y le comunica a su marido que ha tenido unas pesadillas terribles y que esas pesadillas de alguna manera le están diciendo que lo van a asesinar. Se toman los presagios, los presagios son muy desfavorables y entonces César por un momento decide no acudir a la reunión del Senado. Pero hay varios conjurados que, temiéndose eso, van a su casa y le convencen y consiguen arrastrarle hasta la curia de Pompeyo, un edificio construido por Pompeyo, por su enemigo en la guerra civil, donde va a tener lugar el asesinato. Pero dejemos mejor que sea el historiador griego Apiano el que nos cuente cómo asesinaron a César.
Los conspiradores habían dejado a Trebonio, uno de los suyos, para que entretuviera charlando a Antonio delante de las puertas, y los demás se habían colocado de pie alrededor de César como amigos, con puñales ocultos, mientras él se sentaba en su asiento.
Entonces uno de ellos, Tilio Címber, se puso frente a él y le pidió el regreso de su hermano del exilio. Cuando César respondió que el asunto debía ser del todo pospuesto, Címber lo cogió de su vestido de púrpura como si todavía le suplicara, y tirando de él lo bajó hasta la base del cuello, gritando: "¿A qué esperáis, amigos?"
Entonces Casca, que estaba colocado sobre la cabeza de César, empuñó su espada para asestar el golpe, pero al desviarse lo hirió en el pecho. César arrancó su toga a Címber y, asiendo de la mano a Casca, bajó precipitadamente de su asiento, giró sobre sí mismo y lanzó con mucha fuerza a su agresor. En esta situación, otro, debido a la posición forzada de César, le atravesó el costado con una daga cuando se hallaba estirado. Casio le hirió en el rostro, Bruto le golpeó en el muslo y Bucoliano en la espalda, de tal forma que César, con ira y con gritos, como un animal salvaje, daba vueltas para enfrentarse a cada uno de ellos. Pero después de la herida de Bruto, sea porque había perdido ya la esperanza, se ocultó con su vestido y cayó con compostura ante la estatua de Pompeyo. Mas ellos, incluso en tal estado, continuaron sus golpes cuando estaba caído, hasta que recibió 23 heridas, y varios de sus agresores se hirieron mutuamente mientras asestaban sus golpes con saña.
Existen varias versiones ya en la Antigüedad de qué ocurrió exactamente en ese momento. Algunos dicen que César se defendió y que se defendió además con fiereza, intentando apuñalarlos con el estilo, el instrumento de escritura que llevaba en la mano. Otros dicen que en realidad se cubrió enseguida el rostro, la cabeza con la toga y se dejó caer. Algunas incluso mencionan esa famosa frase de reproche hacia Bruto, ¿no? "Tú también, hijo mío", que ha hecho correr ríos de tinta. Bruto no era su hijo biológico. Otros dicen que era una especie de maldición, ¿no? "Tú también me acompañarás algún día a los infiernos", ¿no? O al más allá. Sí que es verdad, como mencionaré más adelante, que César y la madre de Bruto habían tenido durante o tuvieron durante muchos años una relación sentimental, aunque sabemos que cronológicamente es imposible que fuera su hijo. Los senadores huyen, todo el mundo entra en pánico, la gente entra en pánico, todo el Senado desaparece y César se queda ahí tirado totalmente en el suelo, abandonado.
Los asesinos inicialmente querían tirar el cadáver de César al río Tíber y declararlo enemigo público, pero de alguna manera ellos también entran en pánico, en el subidón de lo que ha pasado, y salen, ¿no?, de la curia, acompañados por un grupo de gladiadores. Y entonces sabemos que llega un médico llamado Antistio, que reconoce el cadáver; podríamos casi llamarlo la primera autopsia CSI de la historia. Entonces certifica que César está muerto, que le han asestado 23 puñaladas y que solo una de ellas ha sido mortal. Los esclavos de César introducen el cadáver en su litera y se lo llevan a casa.
¿Qué pasó con Marco Antonio en ese momento? Los asesinos, los conjurados, se plantearon en un momento asesinar también a Marco Antonio, de alguna manera la mano derecha de César. Pero es Bruto el que les para y es Bruto el que les dice: "No, porque nosotros, esto es un acto político, nosotros vamos a asesinar al tirano. Si empezamos a asesinar a más gente, en este caso a Marco Antonio, que es el cónsul, esto sería una masacre indiscriminada", y de alguna manera nuestro mensaje político, que es una vez descabezado el tirano, se acabó el momento autocrático, se esfumaría. Y por lo tanto a Marco Antonio lo apartan en un momento a la entrada del Senado. César entra y alguien entretiene un momento a Marco Antonio, "disculpa, que te tengo que contar una cosa", para que no esté dentro del Senado y no pueda ayudar a César. Pero mejor que yo, dejemos que sea Marco Antonio el que nos cuente esas circunstancias posteriores al asesinato.
Cuánta amistad y fervor hacia César, mientras estuvo vivo, mostré, siendo el primero de todos en arrostrar el peligro en los momentos críticos para aquel, lo conocéis perfectamente. Mas el favor y la estima tan grandes que aquel tuvo conmigo en el transcurso de su vida, no está bien que sea yo quien lo testimonie.
Y los asesinos, que conocían bien ambos hechos, conspiraron matarme a mí también junto con César, porque ellos eran conscientes de que mientras yo viviera no iba a ceder ante un hecho tal. Y quienquiera que los hizo mudar de opinión no actuó impulsado por un deseo benévolo de salvar mi vida, sino por preservar la apariencia de un tiranicidio, a fin de que no pareciera que mataban a muchos como enemigos, sino a uno solo, como a un tirano.
Cuando César fue muerto de improviso en el Senado, me sobrevino más que a ningún otro un temor, en razón de mi amistad con él y por mi falta de conocimiento exacto, pues no conocía los particulares de la conspiración ni contra cuántos iba dirigida. El pueblo estaba aterrorizado y los asesinos, en compañía de los gladiadores, se apoderaron del Capitolio y se encerraron en él.
Tras el asesinato, hay un momento, dos días sobre todo, de incertidumbre total y absoluta. Nadie sabe lo que está pasando. Hay disturbios en la calle, hay intentos de asesinato, incluso de gente por la calle. Lépido, uno de los lugartenientes de César, manda a los soldados a que tomen el foro para intentar que la violencia no se generalice. Los asesinos se han atrincherado en el Capitolio, en lo alto del Capitolio. Los senadores, muertos de miedo, se han encerrado en sus casas. Nadie sabe lo que está pasando. Es uno de esos momentos políticos en el que la incertidumbre es total y absoluta. ¿Qué va a pasar? ¿Van a asesinar solo a César? ¿Van a asesinar a más magistrados o a más partidarios de César? ¿Van a reprimir a todos los partidarios de César, como había pasado ya en otras ocasiones en la República romana con los Gracos? ¿Va a haber una guerra civil entre partidarios de César y sus asesinos?
Y claro, de repente se plantea un problema político enorme. Es decir, ¿qué hacemos con las medidas que había promulgado César? ¿Qué hacemos con todas esas personas que tenían cargos porque
¿César se los había concedido? Si consideramos que César es un tirano, todo eso tendría que ser anulado. Pero claro, buena parte de los senadores y casi todos los magistrados, incluyendo muchos de los conjurados, perderían sus cargos. ¿Qué hacemos? ¿Lo condenamos a él como tirano? ¿Condenamos a sus asesinos por haber asesinado a un magistrado del Estado romano? Este es el gran problema que se plantea.
Y el 17 de marzo, es decir, solo 2 días después del asesinato, Marco Antonio como cónsul convoca al Senado en el templo de Tellus. Y es ahí cuando Marco Antonio se revela como algo que nadie hubiera sospechado que tenía en él. Se revela como un hombre de estado, como un gran hombre de estado. Probablemente, a lo mejor, ni siquiera él había sospechado que lo era, pero Marco Antonio va a intentar convencer al Senado y de alguna manera llevar al Senado hacia una salida de esa crisis tan terrible y de ese problema tan político. ¿Qué hacemos con la memoria y los hechos de César?
Y tenemos la suerte de que los antiguos, los historiadores antiguos, de alguna manera recogieron las palabras de Marco Antonio para que podamos escuchar al mismo Marco Antonio cómo intentó convencer al Senado en esa sesión del 17 de marzo.
Aquellos que piden un voto sobre la persona de César deben conocer de antemano que si él era un magistrado y había sido elegido jefe del Estado, todos sus actos y decretos tienen plena vigencia. Pero que si se decide que él se hizo con el poder absoluto por la violencia, su cuerpo será arrojado insepulto fuera de la patria y todos sus actos serán anulados.
Casi todos nosotros hemos detentado magistraturas bajo César. Algunos las seguimos desempeñando, habiendo sido elegidos por él. Otros hemos sido designados para ejercerlas en un próximo futuro. Pues como sabéis, él dispuso las magistraturas de la ciudad, las magistraturas anuales y el mando de las provincias y de los ejércitos para un periodo de 5 años. Precisamente es esto lo primero que opino, que vosotros debéis decidir. Si vais a deponer voluntariamente esos cargos, pues sois dueños por completo de hacerlo, y luego proseguiré con los otros asuntos.
¿Y pensáis que los soldados de César van a consentir que su cadáver sea arrastrado, ultrajado y arrojado insepulto, pues esto es lo que prescriben las leyes contra los tiranos? ¿Considerarán ellos seguras las recompensas que han recibido por sus campañas en la Galia y Britania, cuando quien se las dio es objeto de ultrajes? ¿Y qué hará el propio pueblo? ¿Qué harán los italianos? ¿Cuánta cólera de hombres y de dioses os echaréis encima si hacéis objeto de violencia a aquel que ensanchó vuestro imperio hasta el océano hasta ahora desconocido?
¿Y no entrañará mayor culpabilidad y condena un comportamiento tan irregular por nuestra parte si consideramos que merecen honores los que mataron a un cónsul en el edificio del Senado, un hombre sagrado en un lugar sagrado, estando reunido el Senado y bajo la mirada de los dioses, y en cambio deshonramos a aquel a quien incluso honran por su valor los enemigos?
Os aconsejo, por tanto, que desistáis por completo de esa actitud, que es sacrílega y escapa a nuestro poder. Y os propongo, en cambio, que todos los actos y proyectos de César sean ratificados y que bajo ningún concepto se dediquen elogios a los autores del delito, pues no sería conforme con la voluntad divina, ni justo ni acorde con la ratificación de los actos de César. Pero que se les conceda la vida.
¿Qué quiere conseguir Marco Antonio? Marco Antonio tiene un objetivo muy claro, que es evitar una guerra civil. No olvidemos que sería la tercera guerra civil en menos de 40 años en Roma. O sea, es una ciudad profundamente traumatizada. No solo hay mucha gente viva que había vivido una guerra civil, sino que había mucha gente viva que había vivido dos guerras civiles o, si no, lo habían oído directamente, testimonio directo de gente que las había sufrido. Entonces, en primer lugar, evitar una guerra civil, pero al mismo tiempo, en el fondo, es un senador y un político. Marco Antonio quiere afianzar su propio poder, quiere presentarse como la opción política después de César. Yo soy el sucesor de César.
Y entonces por eso propone, como muy bien hemos escuchado, decir: bueno, no condenamos el asesinato, pero tampoco condenamos a los asesinos. Se mantienen los actos de César, pero de alguna manera a los asesinos no se les castiga. Una especie de punto intermedio. Y Antonio consigue que el Senado apruebe eso.
Como ya digo, es uno de los grandes hechos políticos de Marco Antonio, que en este momento está literalmente evitando una guerra civil, porque el mismo César lo había dicho estando en vida, cuando ya era dictador: si me matan, habrá una guerra civil. Él lo tenía clarísimo.
Después de esa sesión del Senado, Marco Antonio lleva a cabo un segundo acto. Bueno, son los dos días de Marco Antonio: el 17 de marzo, la sesión del Senado, y el 20 de marzo, el momento del funeral. El 17 de marzo, después del Senado, Marco Antonio va a la vivienda de César, donde está Calpurnia, donde está su viuda, y consigue que ella le entregue todos los papeles de César, es decir, todos los escritos, todas las anotaciones, todos los borradores de leyes que todavía estaban sin promulgar y que Antonio a lo largo de los meses va a decir: "Esta ley tenemos que promulgarla porque César la tenía aquí en borrador escrita". Los papeles de César, todos, y el tesoro de César.
En el fondo, al mismo tiempo, Roma y la élite romana es muy pequeña. Es una ciudad, pero es una ciudad en la que en la élite están todos relacionados con todos. Tras la sesión del Senado, de alguna manera para sellar esa vía media por la cual quedan todos contentos, hay dos cenas. Lépido, el lugarteniente de César, cena con Bruto porque son cuñados; Lépido está casado con una de las hermanas de Bruto. Y Casio cena con Antonio. De alguna manera esas cenas, que era el lugar donde se llevaban a cabo las conversaciones informales entre senadores, esas cenas del día 17 de marzo entre ambos bandos están sellando esa paz, pero todos confían mucho. De hecho, cuando Antonio llega a casa de Casio para cenar, Casio le dice: "No te preocupes, que no tengo ninguna daga". Un comentario un poquito de mal gusto, la verdad. Y Antonio le responde: "No te preocupes, que yo llevo una coraza por debajo de la toga", porque nos fiamos, pero lo justo.
Pero escuchemos cómo Marco Antonio, y esto lo recoge un historiador griego que se llama Apiano, cómo Marco Antonio explica a un grupo muy escogido de amigos, de alguna manera en petit comité, qué es lo que había detrás, qué intenciones tenía él en ese 17 de marzo y en esa sesión del Senado.
Si César hubiera sido declarado un tirano, hubiera sido posible matarnos a nosotros todos como amigos de un tirano. De este modo, yo me encontraba en medio de la confusión, ansiedad y miedo, en una situación en la que no había lugar para una actitud temeraria ni vacilante.
Si examináis con atención, hallaréis que donde hubo necesidad de audacia fui el más osado y donde de ingenio el más mañoso. Lo primero de todo, porque implicaba todo lo demás, era impedir que se votaran las recompensas a los asesinos. Y esto precisamente lo conseguí. Sin embargo, como quiera que los enemigos y el propio Senado estaban aquejados del mismo temor de que si César no era declarado un tirano serían apresados por asesinato, y por este motivo se oponían, estuve de acuerdo en que se les otorgara la amnistía en vez de las recompensas, a fin de obtener a cambio lo que necesitaba: que el nombre de César, el más querido de todos, con mucho, para mí, no fuera borrado, ni su hacienda fuera confiscada, ni la adopción de la cual ahora ese joven se enorgullece fuera anulada, ni invalidado su testamento; que su cuerpo recibiera un funeral regio, que los honores inmortales que le habían sido decretados previamente permanecieran con pleno vigor, que todos sus actos fueran ratificados y que su hijo y nosotros, sus amigos, así como sus generales y soldados, gozáramos de una seguridad personal garantizada y de una vida de honor en lugar de ignominia.
Sin embargo, yo actué con la idea de diferir el castigo, y una vez que ciertamente obtuve del Senado lo que necesitaba en primer lugar y los asesinos aflojaron su guardia por creerse libres de ansiedad, recobré nuevos bríos y socavé la amnistía, no por medio de votos o decretos, pues ello era imposible, sino granjeándome el favor del pueblo de forma imperceptible.
Pero Marco Antonio tiene muy poco tiempo para hacer esto. Estamos en el 17. ¿Y qué va a hacer? Hay otro gran momento al final de esa sesión del Senado. Se han aprobado lo que ya hemos comentado, ¿no? Que los actos de César y el nombre de César se mantienen, pero que los asesinos no van a ser castigados, y la sesión se acaba. Pero hay un consular, un antiguo cónsul, un hombre extremadamente reputado y muy bien considerado en el Senado, que se llama Lucio Calpurnio Pisón, que empieza a comentar algo en los corrillos del final, y se acaba volviendo a convocar la sesión.
¿Por qué? ¿Quién es Lucio Calpurnio Pisón? Lucio Calpurnio Pisón es el padre de Calpurnia, es decir, es el suegro de César. César está casado con su hija Calpurnia. Y es un hombre de mucha reputación, además filósofo, epicúreo. Se cree que la famosa villa de los papiros que se encontró en Herculano, y que tantas esculturas y maravillosos papiros filosóficos nos ha dado, le pertenecía a él. Un hombre extremadamente culto, pero es alguien con autoridad.
Y Pisón se planta delante del Senado y les dice: "Yo voy a enterrar a César y voy a abrir su testamento". En un primer momento, los senadores, sobre todo los que estaban más ligados a los conjurados, se niegan, dicen: "No, no podemos darle un entierro público". No olvidemos que la idea inicial de ellos ha sido tirar, arrojar el cadáver directamente al foro. Y Antonio lo ha dicho antes: bueno, ¿qué vamos a hacer con los soldados? Los veteranos de César que están aquí, ¿van a permitir que el cadáver de su comandante sea enterrado? Bueno, enterrado, ¿no? O sea, arrojado a las aguas en un acto totalmente cruel, ¿no?
Y Pisón dice: "No, yo lo voy a enterrar". Y además Pisón es muy inteligente, porque afirma claramente que va a hacer algo porque César era el pontífice máximo. Es el único cargo que tenía que no había sido de alguna manera ganado después de la guerra civil. Cuando estaba en la treintena, César fue elegido por el pueblo como pontífice máximo en votaciones. Todos los hombres adultos ciudadanos de Roma votaron que la persona que iba a ser el nuevo pontífice máximo iba a ser el joven Cayo Julio César. Y de alguna manera es un cargo religioso, y Pisón se acoge a eso, ¿no? Este es el pontífice máximo y yo lo voy a enterrar y voy a abrir su testamento.
Al día siguiente él va a abrir el testamento, y al final el Senado, tras mucho debate, decide autorizar eso. Se puede abrir el testamento y se puede enterrar a César. Poco tiempo después, apenas unos meses después, ya los mismos conjurados se dieron cuenta de que ese fue el momento en el que todo cambió. Visto en retrospectiva, fue algo que ellos mismos dijeron: "Nunca debimos permitir que se abriera el testamento y que se le diera entierro público".
Porque cuando abren el testamento, que estaba depositado con las vestales, resulta que Antonio, que esperaba ser el heredero, no lo es. Antonio esperaba ser heredero de César y ser de alguna manera adoptado post mortem por César, pero no lo es. Hay tres herederos principales y uno de ellos es este joven que vemos en pantalla, que se llama Cayo Octavio, que tenía 18 años en ese momento. Era sobrino nieto de César y se encuentra fuera de Italia. Está en Iliria, la zona de lo que hoy en día sería Albania, y muchas ciudades griegas. Lo habían mandado allí, bueno, pues para que aprendiera retórica. Viera mundo, una especie de Erasmus avant la lettre, que los hijos, los niñitos de la élite romana, incluyendo el hijo de Cicerón, todos los hijos de la aristocracia romana lo hacían, ¿no? Se iban a Grecia para aprender a hablar, aprender oratoria de los mejores maestros. Bueno, pues a Octavio también lo habían enviado. Él no está en Roma en ese momento y tiene 18 años. En un rato veremos cuando llegue a Roma.
Pero además César deja incluso sorpresas después de muerto, porque César, que también era un animal político tremendamente inteligente, sabe que sea quien sea su sucesor, y le pase lo que le pase, siempre va a necesitar el apoyo del pueblo. ¿Y qué hace César? César lega a cada ciudadano romano, hombre, entendemos, 300 sestercios para cada uno. Y además él tenía unos enormes jardines al otro lado del Tíber y deja esos jardines a disposición del pueblo, ¿no? De alguna manera, en un acto de evergetismo, de generosidad desde la tumba.
Como digo, César da sorpresas a sus enemigos incluso después de muerto. Pero escuchemos ese momento, el momento en el que cambió todo, cuando Lucio Calpurnio Pisón, al final de la sesión del Senado, afirma rotundamente: "Yo voy a enterrar a César".
Los que afirman que han dado muerte a un tirano nos tiranizan ya en número tan grande, en vez de uno solo, e impiden que yo dé sepultura al pontífice máximo, y me amenazan si hago público el testamento, y tratan de confiscar de nuevo su hacienda como si fuera la de un tirano.
Han ratificado los actos de César que les conciernen a ellos, pero intentan anular las disposiciones que aquel dejó sobre su propia persona. Y no se trata ahora de Bruto ni de Casio, sino de los que incitaron a aquellos a este asesinato, de su funeral. Por tanto, vosotros sois los responsables, pero del testamento lo soy yo. Y jamás traicionaré lo que me fue confiado, a menos que alguien me mate a mí también.
Y llegamos al 20 de marzo, mañana, el día del funeral. Todo estaba muy controlado por los asesinos. Habían dado órdenes estrictas a los que iban a hacer el funeral de qué se podía hacer y de qué no se podía hacer. Pero los asesinos tuvieron un fallo muy grande, y es que minusvaloraron, infravaloraron la opinión que el pueblo tenía de César. Ellos consideraban que el pueblo compartía esa visión que ellos tenían de que César había sido un tirano. Y de repente, en el momento del funeral, en ese 20 de marzo de hace 2070 años, se dieron cuenta de que no era así.
¿Cómo era un funeral aristocrático? Lo vemos en pantalla en este relieve. Era una fiesta de los sentidos. Claro, cuando son gente de la élite que puede permitirse gastar unas cantidades de dinero impresionantes. Sabemos que en su testamento César había dispuesto que la persona que tenía que organizar el funeral era Asia, la madre de Antonio, que era familiar, era sobrina suya. Esto no era algo inhabitual. Hay muchas mujeres que son encargadas a lo largo de toda la historia de Roma de ejecutar las disposiciones funerarias después del testamento, incluso de encargarse de la construcción de los monumentos funerarios. Tenemos muchos hombres que lo hacen, pero también muchas mujeres.
Entonces, ¿cómo es ese funeral? Bueno, pues el difunto va en una especie de litera y va precedido, como vemos en pantalla, por toda una serie de músicos, flautistas, una especie de corneta, trompeta. Solían ser músicos, hombres y mujeres. Esto también era muy habitual en los funerales romanos, y tenemos muchas inscripciones y sabemos de mujeres que eran flautistas en los funerales. Y detrás, como vemos aquí, ¿no?, van las plañideras, miembros de la familia, pero también mujeres contratadas para llorar por el muerto.
Y luego también algo muy específico de los funerales romanos era que desfilaban las imagines. Una imago era un retrato en cera de un antepasado, como vemos aquí en esta estatua, ¿no?, en la que hay un hombre de la élite que lleva en la mano, ¿no?, las dos imágenes, los dos bustos de antepasados suyos. Y generalmente se colocaban aquí, ¿no?, en el atrio de la casa. Entonces, de alguna manera, es la parte pública de la casa: cuando entraba la gente, pues veía, ¿no?, todos esos bustos de todos los antepasados, de todos los que habían sido cónsules, pretores, etcétera. Se pintaban incluso en las paredes del atrio los árboles genealógicos, ¿no? Imaginemos, por
Ejemplo, entrar en el atrio de Cornelia, la madre de los Gracos, la hija del gran Escipión Africano, que tenía entre 9 y 10 antepasados cónsules, solo cónsules. Luego de ahí para abajo, o sea, ese atrio debía ser impresionante, ¿no? Tenía el retrato de su padre, el de su tío, el de su abuelo, el de su bisabuelo, de su tatarabuelo, etcétera, etcétera. Es decir, es entrar y es como: "Este es mi poderío y esta es mi familia".
Y de hecho las mujeres, cuando se casaban y se trasladaban en muchas ocasiones a la casa del marido, a su nuevo hogar, se llevaban copias de sus imágenes, ¿no? Porque eran los muertos de alguna manera de su familia, y era algo que también se enseñaba a las nuevas generaciones, a los jóvenes romanos: estos son tus antepasados y tú tienes que medirte a ellos. En los funerales a veces se desfilaban esas imágenes y muchas veces incluso eran actores los que se las ponían, ¿no? Y de alguna manera representaban los antepasados que acompañaban al muerto, pero que también mostraban en público cómo de glorioso o de gloriosa era esa familia. Y todo esto, esta procesión, literalmente culminaba en el foro, donde un miembro de la familia pronunciaba un discurso, un discurso en el que elogiaba la figura del fallecido. Esto es un funeral tradicional.
Sabemos incluso que en el siglo primero antes de Cristo hay varios casos en los que estos funerales se convierten en lugares en los que la persona que pronuncia el discurso de alguna manera se presenta en sociedad como un futuro político. César lo había hecho así. Cuando su tía Julia fallece, César le hace un funeral público. Él es muy joven y de alguna manera es su carta de presentación frente al pueblo y a los senadores de Roma. No, es él el que pronuncia ese discurso en honor de su tía Julia, que había sido la esposa del gran político y comandante Mario. De alguna manera, ese era el marco en el que Antonio se iba a mover.
Pero Antonio no es un cualquiera. Ya lo he comentado antes. Antonio es el nieto del gran orador. Antonio se llamaba como él. Y Antonio hace algo que nadie había hecho en Roma antes y que no se va a volver a ver, y menos en un funeral así. Es decir, no solo muestra el cadáver, que eso era algo más habitual, sino que hace un discurso diferente con unos recursos diferentes que vamos a ver a continuación.
Y además tiene dos objetivos en ese discurso. Primero, de nuevo, como gran hombre de Estado, evitar una guerra civil. Todavía está el peligro ahí. César ha sido asesinado hace apenas 5 días. ¿Cómo de fiables son esas medidas que el Senado ha promulgado? ¿Van a ajustarse los asesinos a lo que ha sido acordado? No lo saben. Realmente hay una incertidumbre enorme en todo lo que está pasando. Van todos con pies de plomo. Y Antonio, de alguna manera, sí quiere evitar una guerra civil, pero al mismo tiempo quiere señalar a los asesinos delante del pueblo. Han sido ellos. No se les ha castigado, pero han sido ellos. Pero dejemos que sea el mismo Antonio el que pronuncie ese funeral.
Antonio, habiendo sido elegido para pronunciar la oración fúnebre como un cónsul en honor de otro cónsul, un amigo por un amigo y un familiar por otro, pues era pariente de César por parte de madre, acudió una vez más a su artimaña y dijo lo siguiente: "No es digno, ciudadanos, que sea yo solo quien pronuncie el elogio fúnebre de un hombre tan grande, sino más bien la patria entera. Los decretos que vosotros todos, llenos de admiración por su valor, el Senado y junto con él el pueblo, le votasteis en vida, os los voy a leer para que sea vuestra voz la que hable y no la voz de Antonio".
Comenzó a leer con rostro grave y sombrío, marcando con su voz cada frase y deteniéndose con énfasis especialmente en aquellos decretos en los que se le comparaba con un dios y se le llamaba sagrado, inviolable, padre de la patria, benefactor o jefe sin par.
"Esto es un testimonio de su clemencia. Nadie que buscó refugio a su lado sufrió daño alguno, pero él, que era inviolable y sagrado para vosotros, fue asesinado, aunque no obtuvo por la fuerza como un tirano estos honores que ni siquiera pidió. En todo caso, más faltos de un espíritu de hombres libres somos nosotros, que concedemos tales honores a los indignos de ellos que ni siquiera los piden. Pero vosotros, fieles ciudadanos, nos defenderéis de esta acusación al conferir al muerto un honor tal como el presente".
Y de nuevo leyó los juramentos por los que se comprometían todos a proteger a César y que, si alguien conspiraba contra su vida, fueran exterminados los que no le vengaran. En este punto, elevando al máximo la voz, dijo: "Yo, oh Júpiter, protector de la ciudad, y dioses otros, estoy dispuesto a la venganza como juré bajo maldición. Pero puesto que los de mi mismo rango han decidido que el decreto de amnistía es beneficioso, te suplico que en efecto lo sea".
Entre los senadores hubo un tumulto como consecuencia de esta exclamación, pero Antonio la atenuó y, retractándose, dijo: "Parece, ciudadanos, que lo ocurrido es obra no de un ser humano, sino de alguna divinidad maléfica. Y hay que prestar atención al presente más bien que al pasado y ver qué grandes peligros nos amenazan, si es que no están ya presentes. No vaya a ser que seamos arrastrados a pretéritas guerras civiles y todo lo que de noble queda aún en la ciudad perezca. Enviemos, por tanto, a este hombre sagrado a la mansión de los bienaventurados, entonando en su honor el himno y lamento fúnebre acostumbrado".
Después de pronunciar tales palabras, se colocó junto al féretro y, bajando la cabeza hacia él, entonó un himno como a un dios celestial para testificar su linaje divino. Al mismo tiempo, con voz rápida, enumeró sus combates, guerras, victorias y pueblos que había incorporado a su patria, exaltando con admiración cada uno de sus actos y gritando continuamente: "Tú has sido el único invencible de todos los que trabaron combate contigo. Tú has sido el único que has vengado a tu patria ultrajada hace ya 300 años, al poner a sus pies a las tribus salvajes que fueron las únicas en atacar a Roma y las únicas que la incendiaron".
Muchas otras cosas dijo con frenesí divino. Lloró por él e hizo un voto solemne de que trocaría voluntariamente su vida por la de César. Transportado a un estado de pasión extrema, desnudó el cadáver de César y agitó su vestido en lo alto de la punta de una lanza. Ante este espectáculo, el pueblo, como el coro de una tragedia, expresó conjuntamente su lamento en la forma más lastimera, y de la pena de nuevo se llenó de ira. Otros lamentos acompañados de música fueron cantados por los coros. Parecía que en medio de estos cantos de duelo el propio César hablaba y refería a cuántos de sus enemigos había hecho favores, llamándolos por su nombre. El pueblo ya no pudo soportarlo, pues le parecía fuera de razón el hecho de que todos sus asesinos, que habían sido hechos prisioneros por pertenecer a la facción de Pompeyo y que en vez de sufrir castigo habían sido elevados a las magistraturas y gobierno de las provincias y ejércitos, hubieran conspirado contra él.
Como hemos visto, como hemos escuchado, Antonio hace algo en el funeral que nadie había hecho antes. Muestra el manto ensangrentado de César con los 23 agujeros y su sangre, de manera que todo el pueblo lo pueda ver. La gente estaba acostumbrada a que en los funerales hubiera un cadáver, pero de alguna manera Antonio lo que consigue es que la gente viva ese momento del asesinato y vea la sangre y se dé cuenta de que realmente lo han asesinado, y que lo han asesinado, como bien dice Marco Antonio, aquellos a los que César había perdonado, les había perdonado la vida, y no solo eso, les había alzado a las más altas magistraturas.
De alguna manera eso se convierte, ese discurso de Antonio es tan potente que se convierte en un estado de catarsis colectiva, porque la gente acaba coreando los lamentos fúnebres, ¿no? De repente todos se convierten en las plañideras, todos están cantando las alabanzas fúnebres y las loas a la figura de César. No olvidemos además que en el foro estaban presentes muchos de sus veteranos, gente que había ido con César a Galia, que habían estado en Britania, que habían estado en las guerras civiles, en Egipto, en Hispania, y que ven a su comandante, a su general, asesinado por parte de la élite romana.
Y es en ese momento, y gracias a esa estrategia, Antonio consigue dos cosas. Primero, no solo consigue que el pueblo se ponga de su lado y del lado de César y del lado de la memoria de César y de sus sucesores, sino también, realmente sin hacerlo, es decir, sin ninguna política, ninguna medida, sin ningún decreto, pero ahí mismo, él consigue que los asesinos de César se conviertan en objetivo del pueblo y señalarlos como los que tenían que ser de alguna manera perseguidos. No legalmente, porque legalmente no se puede aprobar nada, pero el pueblo romano entiende perfectamente lo que Antonio les está transmitiendo. Pero dejemos que sea el mismo Antonio, en las palabras que ideó para él William Shakespeare, el que nos cuente, nos narre cómo hizo enemigos públicos a esos asesinos.
Si tenéis lágrimas, disponeos ahora a verterlas. Todos conocéis este manto. Mirad: por aquí penetró el puñal de Casio. Ved qué brecha abrió el implacable Casca. Por esta otra le hirió su muy amado Bruto, y al retirar el maldito acero, observad cómo la sangre de César parece haberse lanzado en pos de él, como para asegurarse de si era o no Bruto el que tan inhumanamente abría la puerta. Porque Bruto, como sabéis, era el ángel de César. Juzgad, oh dioses, con qué ternura le amaba César. Ese fue el golpe más cruel de todos. Pues cuando el noble César vio que él también le hería, la ingratitud, más potente que los brazos de los traidores, le anonadó completamente. Entonces estalló su poderoso corazón y, cubriéndose el rostro con el manto, el gran César cayó a los pies de la estatua de Pompeyo, que se inundó de sangre. ¡Oh, qué caída, compatriotas! En aquel momento yo y vosotros y todos caímos, y la traición sangrienta triunfó sobre nosotros.
Ahora lloráis, y percibo sentir en vosotros la impresión de la piedad. Esas lágrimas son generosas, almas compasivas. ¿Por qué lloráis cuando aún no habéis visto más que la desgarrada vestidura de César? Mirad aquí. Aquí está él mismo, acribillado, como veis, por los traidores.
Imaginemos por un momento cómo pudieron sentirse dos personas que estaban en ese funeral abajo escuchando a Marco Antonio. En pantalla estamos viendo la estela funeraria con un bonito relieve de dos personas que cronológicamente estaban vivos en ese momento y que además vivían en Roma, con lo que es posible que pudieran estar ahí. Son Aurelio Hermia y Aurelia Filematio, un matrimonio de dos antiguos esclavos, ahora libertos, ciudadanos romanos y honrados carniceros. Tenían una carnicería.
Imaginemos que están al fondo del foro y están escuchando a Marco Antonio. Se han hecho estudios sobre cómo los antiguos romanos eran capaces de proyectar la voz. Claro, ellos no tenían micrófonos como tengo yo ahora o como tienen en general los actores. Y sobre todo también depende mucho de la distancia a la que se proyecta la voz. También depende mucho del tiempo que haga en ese momento. No es lo mismo si hay un día soleado o si está lloviendo. Es marzo en Italia, pues como aquí puede hacer un día muy bonito como hoy o puede estar lloviendo perfectamente. No lo sabemos.
Pero lo que sí sabemos era que todos ellos, incluyendo Antonio, estaban entrenados, porque habían tenido sus clases de retórica, para proyectar la voz. De todas maneras, sabemos y conocemos muchos casos de malentendidos, pues porque atrás no se escucha del todo bien. Si tienen en mente la famosa escena del sermón de la montaña en La vida de Brian, de los Monty Python, cuando Jesús está hablando, pero solo vemos a los de detrás, dice: "¿Qué ha dicho? Bienaventurados los qué, los que comen queso. Ha dicho queso, ¿no?". Y otro dice: "No, ha dicho no sé qué". Claro, eso pasaba perfectamente en el mismo Foro Romano.
Entonces, imaginemos que Aurelio Hermia y Aurelia Filematio están allí, a lo mejor escuchan partes, ¿no? Todo completo, personas que están delante les van diciendo cosas, pero sobre todo verán el manto ensangrentado de César. Y nos podemos imaginar que incluso para gente que está en el fondo eso tuvo un impacto enorme, y la reacción del pueblo es clara. O sea, lo que comienza es un motín, o sea, comienza un motín absoluto. La gente o grupos de gente que estaban ahí en el funeral salen dirigidos a las casas de los asesinos para intentar pegar fuego a la casa y asesinarles si los encuentran por la calle directamente.
Al mismo tiempo, el pueblo, como ya digo, entran como en una especie de modo catártico, se apoderan del cadáver y deciden incinerarlo ahí mismo dentro del foro, donde en teoría eso es un lugar político, ahí no se incineran cadáveres. Sí, ahí van a incinerar a César, y empiezan a buscar madera, todo tipo de sillas, de tiendas, todo empiezan a acumularlo para hacer una pira funeraria colectiva. Esto no está organizado en el funeral, esto no está organizado así. Empiezan a hacer una pira funeraria colectiva ahí mismo, delante de donde se ha pronunciado el discurso, y ahí va a ser incinerado César.
Es también, además, un sitio muy simbólico. Lo vemos en este plano del foro. Probablemente el discurso fue pronunciado aquí desde los Rostra, el Senado está aquí; si han estado ustedes, el Foro Romano en realidad es un sitio muy pequeñito, o sea, está realmente todo muy cerca. Y es aquí, donde luego, aquí donde pone templo del divino Julio. Ese será el templo que después se ha edificado, ¿no?, en honor, en el lugar exacto donde César fue asesinado, que es muy significativo, que se encuentra justo delante de la Regia, que es el lugar donde vivía el pontífice máximo, César, y al lado del templo, aquí lo tienen, el templo circular de Vesta, donde viven las vestales y donde las vestales cuidan del fuego sagrado de Roma, y las vestales estaban bajo la autoridad del pontífice máximo. O sea, es todo César, ¿no? Es ahí donde se va a erigir una enorme pira funeraria con todo el material de desecho que se encuentra en ese momento para que César suba de alguna manera a los cielos.
Si han ido y han visitado el Foro Romano, lo habrán visto. Si no, cuando vayan, fíjense: existen los restos de esa parte del templo del divino Julio. Y en el lugar exacto donde se supone que fue inhumado, cremado César, se suelen ver ofrendas florales. Esto es una foto relativamente reciente. La gente suele dejar ofrendas florales incluso hoy en día a la memoria de César. Pero dejemos que sea un historiador romano posterior, de época imperial, Suetonio, que nos cuente cómo fue ese momento en el que César ascendió a los cielos.
El lecho fúnebre fue llevado al foro ante la tribuna de las arengas por magistrados en ejercicio y exmagistrados. Y mientras unos proponían quemarlo en el santuario de Júpiter Capitolino y otros en la curia de Pompeyo, de repente dos individuos ceñidos con espada y blandiendo dos venablos cada uno le prendieron fuego por debajo con antorchas de cera ardiendo, y al punto la muchedumbre de los circunstantes amontonó sobre él ramas secas, los estrados de los jueces con sus asientos y todo lo que por allí había para ofrenda. Luego los tañedores de flauta y los actores se despojaron de las vestiduras que se habían puesto para la ocasión, sacándolas del equipo de sus triunfos, y tras hacerlas pedazos las arrojaron a las llamas. Los legionarios veteranos lanzaron también sus armas, con las que se habían adornado para celebrar los funerales, e incluso muchas matronas las joyas que llevaban y las bulas y las pretextas de sus hijos. En medio de estas muestras de duelo por parte del pueblo, una multitud de extranjeros, concentrándose en grupos, manifestó también su dolor, cada uno según sus costumbres, particularmente los judíos, que se congregaron incluso junto a la pira varias noches seguidas.
La presencia de los judíos, así como en un comentario, es muy interesante: es una de las primeras referencias a que hubiera un grupo, una comunidad judía en la ciudad de Roma, y están presentes allí porque César les había concedido como grupo, no solo en Roma, sino en Judea, de alguna manera prebendas y leyes favorables, ¿no? Por eso, de alguna manera, ellos también lo están honrando.
¿Cómo era César?
Lo que dicen las fuentes de César, y en esto coinciden tanto sus amigos como sus enemigos, era que era una persona con un gran carisma, era una persona de alguna manera encantadora, o sea, te deslumbraba. Tenía muchísimo encanto personal. Al mismo tiempo siempre tuvo mucha consideración por sus amigos y eso es algo en lo que todos los autores antiguos están de acuerdo.
Era muy rápido de pensamiento. Era capaz de dictar cuatro cartas al mismo tiempo. Los senadores romanos, los miembros de la élite dictan las cartas, no las escriben ellos. Bueno, era capaz de dictar cuatro cartas al mismo tiempo. Hoy diríamos que a César le iba mucho el multitask, ¿no? Era capaz, ¿no? De hecho, claro, tenemos que imaginar que cuando él se hace dictador y tiene que promulgar muchísimas leyes y de alguna manera volver a poner en práctica, ¿no?, muchas prácticas y leyes romanas que había que rehacer, daba abasto.
Y sabemos que, por ejemplo, durante los juegos había momentos en el que los juegos y las representaciones de gladiadores pues tenían momentos más interesantes que otros y algunos estaban muy aburridos. Entonces, César se llevaba los papeles y estaba allí firmando decretos y firmando leyes, cosa que al pueblo romano le sentó bastante mal porque era como, a ver, ¿estamos a los juegos o estamos a los juegos? ¿Vale? Y, por ejemplo, Augusto nunca lo hizo porque sabía perfectamente que esa costumbre que había tenido su padre adoptivo no era muy bien vista por la población romana.
Tenía muy buena memoria, tenía muy buen humor, le gustaban mucho las bromas. Y de alguna manera hubo gente que siempre recordó su memoria positivamente, incluso después del asesinato.
En un momento vamos a escuchar a Macio. Macio es un miembro de la élite romana, pero no es un político, no es un senador. Era un caballero importante, un hombre con una fortuna considerable, pero nunca se había dedicado a política. Y entonces es alguien que de alguna manera no necesita conseguir nada políticamente de César. Él no quiere cargos. De hecho, las únicas actuaciones políticas que va a tener Macio es justo después de la guerra civil, cuando le solicita a César clemencia para varios enemigos de César que habían sido derrotados, ¿no? Y Macio le pide: "Por favor, perdón a los amnistianos". Entonces es una de las personas con las que César tenía una relación, ¿no? Probablemente no la relación más estrecha de toda la vida de César, pero una relación cercana.
Y entonces, después del asesinato, unos meses después, vamos a escuchar a Macio, que de alguna manera está una mezcla de triste y enfadado, porque dice: "Mira, yo he querido mucho a César y por mucho que lo hayan asesinado y por mucho que los asesinos ahora estén intentando de alguna manera controlar el discurso y decir que es un tirano, etcétera, yo lo he querido y yo tengo derecho a hacer duelo por él y a estar triste por su pérdida". Y eso a mí no me lo pueden impedir de alguna manera. Y es un testimonio de esa huella personal, ¿no?, que César era capaz de dejar en los que le rodeaban. Pero escuchemos mejor a Macio a continuación.
Efectivamente, yo sé qué acusaciones se han lanzado contra mí tras la muerte de César. Se me achaca que llevo con pesar la muerte de una persona muy cercana para mí y que me indigno de que haya muerto aquel a quien he querido. Pues argumentan que hay que anteponer la patria a la amistad, como si ya hubieran demostrado victoriosamente que su muerte ha sido útil para el Estado. Por tanto, serás castigado, dicen, puesto que te atreves a desaprobar nuestro hecho.
Qué inaudita soberbia. Los unos se vanaglorian de un crimen y a los otros no les está permitido ni siquiera apenarse sin castigo. Pero incluso los esclavos han tenido siempre la libertad de temer, alegrarse, dolerse, llevados antes por su criterio que por el de cualquier otro. Esta libertad de ahora es la que intentan arrancárnosla por miedo los que se proclaman defensores de nuestra libertad.
En los meses posteriores al asesinato de César, a lo largo del año 44, los asesinos de repente se dan cuenta de que se han quedado en una situación muy precaria. Ellos consideraban que tenían más apoyos en el pueblo. Y entre los senadores, aunque sí que es verdad que había un grupo, como por ejemplo Cicerón y muchos otros, que estaban a favor de lo que habían hecho, muchos otros no. Pero incluso gente como Favonio, Marco Favonio, un senador muy íntimo de Bruto, lo había dicho claramente: prefiero una monarquía sin ley a una guerra civil. O sea, prefiero el gobierno de César a la guerra civil que probablemente vendrá después.
Y además Antonio se está haciendo cada vez más fuerte, políticamente hablando, y tenemos un elemento nuevo. En abril llega el joven Cayo Octavio de su estancia Erasmus. Acepta el testamento de César y toma su nombre. De hecho, va a ser llamado Cayo Julio César. Para no confundirlo, lo solemos llamar Octavio o a veces el joven César. Spoiler: se volverá a cambiar otra vez el nombre y será Augusto, pero todavía no. Y para la sorpresa también de todo el mundo, resulta que quiere ser un actor político, que él también aspira a tener una presencia política y a ser el heredero político de César.
Entonces, frente a esto, los asesinos de alguna manera se plantean: bueno, lo mejor va a ser poner distancia entre Roma y nosotros, irnos al este, conseguir que nos den el mando de provincias en el este, en la zona de lo que hoy en día sería pues Grecia, Turquía. Son provincias muy ricas en las que ellos pueden conseguir recursos y así pues tener ejércitos. Y además ponen distancia con respecto a Roma. Pero dudan, no saben qué hacer: ¿nos vamos, no nos vamos, qué encargo nos va a conceder el Senado para que nos vayamos? No me quiero ir con cualquier tipo de encargo. Claro, me quieren conceder una comisión de grano, de grano a mí, que soy pretor. Eso mismo dice Bruto, ¿no? Yo quiero un encargo, yo quiero el mando de una provincia porque además así voy a tener un ejército.
Entonces, en junio del 44, pues se reúnen en casa varias personas, un grupo de gente. Entre ellos está Marco Tulio Cicerón, sobre el que oímos hablar mucho el martes, del gran orador romano, alguien que no estaba implicado en la conjura, a su pesar, porque lo hubiera querido ser el autor intelectual, pero no le dijeron nada. Pero está muy a favor de haber asesinado a César y, de hecho, sobre todo de lo que está a favor es de que había que haber matado a más gente. Básicamente había que haber matado a Marco Antonio.
Cicerón era un cónsul, una autoridad importante en Roma, pero también una persona que tenía una opinión muy buena de sí mismo, por decirlo finamente. Y en esa reunión él les va a decir a la cara a los asesinos qué es lo que tenían que haber hecho: es que lo habéis hecho mal. Lo que teníais que haber hecho era esto, esto y esto, y así nos hubiera salido bien. Pero no es la única persona en esa reunión. Hay otros senadores, están las esposas de Bruto, de Casio, pero también está la gran Servilia.
No tenemos ningún busto del que podamos decir con seguridad que es Servilia. Este es un busto de una matrona romana de la época. La gran Servilia es la madre de Bruto. Tiene 63 años. Es descendiente de una importante familia senatorial, viuda desde que su hijo era muy joven y que de alguna manera cumplió el papel que las matronas romanas tenían cuando el padre había fallecido, es decir, yo voy a ser la que va a promocionar la carrera política de mi hijo. Y a lo largo de toda su vida, Servilia hizo eso, promocionó la carrera política de su hijo, ¿no?, consiguiendo que el hermano de ella, el tío de Bruto, se lo llevara a una provincia cuando era joven para que pudiera ir entrenándose, pues mandando un pequeño destacamento, sabiendo cómo es la administración.
Y de alguna manera es una mujer que tiene tanta influencia que, como todas las mujeres romanas, no puede votar, no puede ser elegida magistrada, pero es capaz de hacer cosas que muchos senadores no eran capaces de hacer. Ella es capaz de hacer cambiar un decreto del Senado porque tiene tantos contactos y es tan poderosa y conoce a tanta gente, que hay un momento en que Bruto dice: "Bueno, es que, claro, este decreto no me gusta". "No te preocupes, yo consigo que te lo cambien". Y lo cambian. Eso ya es un nivel superior.
Y además, para complicar más la cosa, durante muchos años Servilia y César tuvieron una relación sentimental conocida por todo el mundo. No sabemos cómo se sintió Servilia tras el asesinato. Es mucho suponer y además probablemente tendría sentimientos muy encontrados, pero en este momento, en junio del 44, Servilia tiene claro que su única función política es ayudar a su hijo, porque es lo que una matrona romana miembro de la élite tiene que hacer. Pero dejemos que sea Cicerón el que nos cuente qué ocurre en esa reunión.
Mi venida fue agradable a Bruto. Luego, ante muchas personas que escuchaban, entre ellas Servilia, Tértula, Porcia, Bruto me preguntó mi parecer y, cuando había empezado a decir lo que debería haberse hecho, nada nuevo por cierto, sino lo que todos decimos a diario, sin tocar, no obstante, el conocido asunto de que aparte de él habría sido conveniente haber asesinado a cierta persona: convocar el Senado, incitar con más fuerza al pueblo ardiente de entusiasmo, hacerse cargo de todo el Estado. Servilia exclamó: "Esto no se lo he oído yo nunca a nadie". Yo me callé.
Estamos a inicios del 43 y la situación se está complicando mucho. En un primer momento, el Senado y Octavio se enfrentan a Antonio en lo que se llama la guerra de Módena, que tiene lugar en abril del 43. Cicerón es uno de los que está constantemente realizando discursos frente al pueblo y frente al Senado para conseguir que a Antonio lo declaren enemigo público. Realmente la situación está llegando a un punto en el que prácticamente parece que es una guerra civil.
¿Qué pasa? Que en esa lucha entre Antonio, por un lado, y el Senado y Octavio por otro, los dos cónsules, a los que mandan a enfrentarse contra Antonio con sus legiones, mueren en la batalla los dos, Hircio y Pansa, dos fieles lugartenientes de César. De hecho, eran cónsules en el 43 porque César los había nombrado con antelación. Fallecen en batalla y de repente no hay cónsules al cargo de Roma.
Y Octavio, con sus 19 años, se planta con ocho legiones a las puertas de Roma y exige ser nombrado cónsul. No ha tenido nunca una magistratura. Tiene una edad con la que es imposible en Roma, salvo circunstancias extremadamente excepcionales que puedo contar con los dedos de esta mano en toda la historia romana, tener un cargo y menos un consulado, pero tiene ocho legiones. Esa marcha sobre Roma de alguna manera fue incluso la inspiración para la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922. Y frente a ocho legiones a las puertas de la ciudad de Roma, el Senado lo nombra cónsul.
Estamos en el verano del 43 y de repente, lo que nadie se esperaba, Marco Antonio y el joven César, Octavio, se alían y, con una tercera persona, Emilio Lépido, otro fiel lugarteniente de César, crean lo que se llama el triunvirato. Es una ley que el pueblo romano aprueba para crear una magistratura nueva que se llama los triunviros. Los triunviros para restaurar la República, de duración cinco años, que están por encima de todas las magistraturas. Se van a seguir eligiendo pretores, cónsules, etcétera, pero ellos están por encima de todas las magistraturas. Esto sí que no se lo esperaba nadie, porque se supone que estaban opuestos, pero de repente se alían.
Y lo primero, lo primerísimo que hacen son proscripciones. Proscripciones quiere decir que hacen una lista con sus enemigos políticos. Cicerón, uno de los primeros. El martes ya escuchamos el relato de cómo Cicerón intenta escapar y es asesinado en estas proscripciones, pero muchos otros. Las proscripciones quieren decir que todas las personas cuyo nombre esté en esa lista pueden ser asesinadas con impunidad. Sus propiedades, toda su hacienda va a ser confiscada y se va a recompensar a sus asesinos. Y además, si alguien intenta ayudarles, si alguien intenta esconderles, puede ser asesinado también impunemente.
Cuando llegan las noticias de que se van a realizar proscripciones, que ya se habían realizado en Roma a comienzos de la década de los 80, es decir, hay mucha gente viva que las había vivido, y si no, lo habían oído de primera mano; cuando esas noticias llegan a Roma, el otro cónsul, el que ha sido nombrado cónsul con Octavio, un aliado también de Octavio, ve que la ciudad está entrando en pánico, porque todo el mundo sabe lo que es eso. Es el caos más absoluto. Es realmente la incertidumbre: es que no sabes quién te va a matar, si va a ser tu hermano para intentar salvarse a sí mismo y quedarse con tu hacienda. Porque también hubo muchísimos casos de eso, gente que consiguió colocar a sus enemigos y a la gente cuyas propiedades quería conseguir en la lista.
Y entonces la gente entra en pánico, y ese cónsul en un primer momento intenta apaciguar a la población y les dice: "No, no, mirad, solo hay una lista, solo hay esta lista", que los triunviros se la habían mandado y le habían pedido a Quinto Pedio que no la enseñara. Pero ante el pánico absoluto de la ciudad de Roma, él enseña la lista y dice: "No, tranquilos, solo hay esta, es esta lista, solo van a ser estos. No va a ser todo el mundo, no va a ser de manera general". Pero el caos es absoluto, y esto es muy sintomático. Esa misma noche, el día que llega la noticia de las proscripciones y que el cónsul Pedio intenta tranquilizar a la población, esa misma noche el cónsul fallece, muere. O sea, su corazón no es capaz de resistir todo eso. Probablemente de estrés, de qué hago yo ahora, yo no puedo gestionar esto.
Entonces, al mismo tiempo que tenemos esa lista, en la que por supuesto estaban todos los asesinos de César, porque ahora sí eso es algo que Antonio y el joven César, Octavio, tienen en común, que quieren castigar a los asesinos. Evidentemente, para Octavio son los asesinos de su padre adoptivo de alguna manera. Empieza una guerra civil, porque Bruto y Casio están fuera, y muchos otros, y entonces el triunvirato empieza a perseguirlos y hay varias batallas, y en la batalla de Filipos, Bruto y Casio mueren, ¿no? Y de alguna manera se ha acabado la campaña contra los asesinos de César. Entonces se queda ese triunvirato de Lépido, Marco Antonio y Octavio al mando de Roma.
Pero la historia no acaba aquí, y ya lo sabemos, ¿no? Marco Antonio se casa con Octavia, con la hermana de Octavio, con la intención de alguna manera de reforzar, ¿no?, esa alianza política, una unión destinada a cimentar la paz. Sin embargo, las divergencias políticas entre Octavio y Marco Antonio se hacen cada vez más acusadas. Y ahora sí, además, Antonio comienza una relación política y sentimental con Cleopatra, que vemos en pantalla en una moneda que acuñaron juntos, la reina de Egipto, como hemos visto, uno de los pocos estados independientes que todavía quedan en el Mediterráneo, con la cual tiene además varios hijos, con la cual contrae incluso matrimonio.
Y el enfrentamiento final tuvo lugar en septiembre del 31 antes de Cristo en la famosa batalla de Accio, en la que Octavio gana. Marco Antonio y Cleopatra se retiran a Alejandría y en dos momentos diferentes se acaban suicidando. Esto es uno de los muchísimos cuadros que hay del momento del suicidio de Cleopatra, que es uno de esos grandes momentos, ¿no?, supuestamente con esa serpiente que ella se lleva a su pecho, ¿no? Porque Octavio, el vencedor, ha llegado a Alejandría, él se entrevista con ella y ella sabe perfectamente cuál es el destino que le aguarda: ser trasladada a Roma para desfilar cargada de cadenas y como cautiva en un triunfo romano, insultada por el pueblo romano, para después ser asesinada. De hecho, ella lo había visto, porque la primera vez que ella va a Roma, ella era, siendo reina, y después, bueno, ahí
había tenido una guerra civil en Egipto y su hermana Arsínoe había sido apresada por César. Y entonces ella está en Roma y ella es testigo del triunfo de César en Roma y ella ve a su hermana desfilar cargada de cadenas. Entonces, ella sabe perfectamente qué es lo que le aguarda y por eso Cleopatra se suicida.
Octavio va a ordenar el asesinato de Cesarión, del hijo de Cleopatra y de César, porque es el hijo biológico, por mucho que no sea un ciudadano romano. El hijo de la egipcia, ¿no?, le llamaban. Es el único hijo biológico de César y como le dijeron a Octavio, demasiados césares y por eso lo salvó. Ella, Cleopatra, manda a su hijo al desierto. La idea era que intentara llegar a un lugar salvo, pero bueno, lo engañan, vuelve y es asesinado.
Los hijos que ella tuvo con Marco Antonio sí que van a desfilar en el triunfo de Roma cargados de cadenas. Son dos gemelos y un niño, que tenían entre 8 y 6 años. Y de hecho van a, al pueblo romano les va a dar muchísima pena porque dicen las fuentes, ¿no?, que les habían puesto tantas cadenas que apenas podían andar. Nos podemos imaginar todos a unos niños de 8 o 6 años que son incapaces de arrastrar las cadenas y acabaron dando más pena que otra cosa.
Y al final, bueno, Octavio se los incorpora, ¿no?, a su familia, ¿no? Los van a educar porque son los hijos de Antonio. No sabemos qué les pasa a los chicos, les perdemos la vista. Es posible que murieran por enfermedades, etcétera. Pero Cleopatra Selene, la hija de Cleopatra, va a ser educada en Roma y casada posteriormente con un rey cliente de Augusto, ¿no? Y acabará gobernando un reino, ¿no?, en el norte de África, llamando a su hijo Tolomeo y de alguna manera reviviendo, ¿no?, esa... y es muy consciente de esa herencia de su madre, ¿no?, de esa herencia de Cleopatra.
Pero, ¿qué pasa con el vencedor? El vencedor es él, Octavio, el joven César, ahora Augusto, y ya no tiene a nadie que se enfrente a él. Y la mayor parte de la gente importante de la República Romana ha muerto en batalla o no tienen fuerza política para oponerse.
Y él adopta el sobrenombre de Augusto y comienza un proceso muy largo, muy progresivo, pero implacable, en el que Roma se va convirtiendo en una autocracia. Es el paso progresivo hacia el imperio. Augusto será el princeps, el primero de muchos. Ese es además el gran momento. No solo él como vencedor de las guerras civiles, sino incluso llega a transmitir todo eso y la República se acaba. Es otro mundo completamente diferente, pero dejemos que sea el historiador imperial Tácito el que nos cuente ese momento final de la República, ¿no?, ese momento de la muerte de Bruto, Casio y la llegada al poder supremo de Augusto.
Después de que muertos violentamente Bruto y Casio, no existía ya un ejército republicano, que Sexto Pompeyo fue aplastado junto a Sicilia y que eliminado Lépido y muerto Antonio no le quedaba ya tampoco al partido juliano otro jefe que César Augusto. Abandonó este el título de triunviro, presentándose como cónsul, satisfecho con el poder de los tribunos para la defensa del pueblo. Sedujo al ejército con recompensas, al pueblo con repartos de trigo y a todos con las delicias de la paz.
Se fue elevando paulatinamente. Empezó a tomar para sí las prerrogativas del Senado, de las magistraturas, de las leyes. No había oposición, ya que los más decididos habían caído en las guerras o en las proscripciones y los supervivientes de la clase alta se daban cuenta que la obediencia servil era la forma de tener riquezas y honores. Se habían aprovechado de los conflictos y, encumbrados con la nueva situación, preferían la seguridad del presente gobierno al problemático e incierto pasado.
Tampoco las provincias ponían mala cara a aquel estado de cosas, ya que desconfiaban del gobierno del Senado y el pueblo a causa de las peleas entre los poderosos y la codicia de los magistrados. Las leyes no les habían servido de protección frente a esto, ya que estaban condicionadas por la violencia, las intrigas y, en fin, por los sobornos.
En suma, el discurso de Antonio en el funeral se convierte en un hito y en un mito. Es el momento final decisivo de la República Romana y va a ser, por lo tanto, llevado a escena, tanto en teatro como en películas muchísimas veces. Les he puesto aquí en pantalla algunas de las más conocidas. Es posible que recuerden la fabulosa interpretación de Marlon Brando como Antonio, pero también la de Charlton Heston, esa película italiana más reciente, muy curiosa, César debe morir, que es una representación, es decir, los actores son prisioneros de una cárcel italiana, ¿no?, y representan la historia de Julio César.
O muy influyente representación teatral que realizó Orson Welles en 1937, y ahí la tienen en pantalla, en la que toda la escenografía, la ropa, la ambientación, etcétera, todo se ambientaba en la Alemania nazi en el momento 1937, en el momento que los nazis están en el poder en Alemania, ¿no? Y de alguna manera Orson Welles trae esta historia que les estaba contando al momento actual, actualísimo, con los soldados vestidos como los de las SS. Una además puesta en escena que ha sido muy influyente.
Pero claro, no lo hemos conservado literalmente. Yo les he mostrado y les he escogido fragmentos de historiadores posteriores, pero Marco Antonio no publicó, porque no lo tenía escrito, ese discurso. Y alguien como William Shakespeare en 1599 teje uno, teje ese discurso como parte de su tragedia de Julio César. ¿Por qué? Porque es un momento impresionante, esos 5 días es un momento cargado, son momentos cargados de política, de odio, de amor, de violencia, de incertidumbre, de todo el mejor material que puede soñar un dramaturgo.
Por eso la República Romana y por eso estos momentos son tan apasionantes. Y Shakespeare, que era muy inteligente en ese sentido y que sabía escoger muy bien su material, no lo desaprovecha. Así que acabemos esta charla dando la palabra a Marco Antonio según William Shakespeare.
Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención. Vengo a sepultar a César, no a elogiarle. El mal que hacen los hombres vive después de ellos. El bien en ocasiones queda enterrado con sus huesos. Sea así con César.
El ilustre Bruto os ha dicho que César era ambicioso. Si así fue, fue una grave falta y César la ha pagado gravemente. Aquí, con permiso de Bruto y de los demás, pues Bruto es un hombre honrado, todos son hombres honrados, vengo a hablar en el funeral de César. Él fue amigo mío, fiel y justo conmigo. Pero Bruto dice que era ambicioso y Bruto es un hombre honrado.
Trajo a Roma multitud de cautivos cuyos rescates llenaron las arcas públicas. ¿Fue su ambición? Cuando los pobres clamaban, César lloraba. La ambición debería estar hecha de materia más dura. Pero Bruto dice que era ambicioso y Bruto es un hombre honrado.
Todos visteis que en las Lupercales le ofrecí tres veces una corona real y él la rehusó tres veces. ¿Fue eso ambición? Sin embargo, Bruto dice que era ambicioso y, por supuesto, Bruto es un hombre honrado.
No estoy aquí para desmentir lo que dijo Bruto, sino que estoy aquí para decir lo que sé. Todos vosotros le quisisteis antes, no sin razón. ¿Qué razón entonces os impide llorarle? ¡Oh, juicio, has huido a las bestias irracionales y los hombres han perdido la razón!
Perdonadme, mi corazón está aquí en el ataúd con César y debo detenerme hasta que vuelva a mí.
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