Cinco días que cambiaron Roma: Marco Antonio, el Senado y el funeral de Julio César

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Resumen

En la cuarta conferencia del ciclo La fuerza de la palabra en la Antigüedad de la Fundación Juan March, la catedrática Cristina Rosillo López (Universidad Pablo de Olavide) parte de una afirmación contundente: pocos discursos han tenido tanto impacto político como el que pronunció Marco Antonio en el funeral de Julio César. Para explicarlo, reconstruye los cinco días que, a su juicio, cambiaron el curso de la historia de Roma y de todo el Mediterráneo bajo su dominio. Son el asesinato del 15 de marzo del 44 a. C., la sesión del Senado del día 17, la apertura del testamento el 18 y el funeral del 20. La conferencia se celebró el 19 de marzo de 2026, y la ponente subrayó que el día siguiente se cumplirían 2070 años de aquel discurso.

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Su tesis es doble. Por un lado, Antonio se reveló en esos días como un hombre de Estado capaz de evitar, al menos de momento, una guerra civil. Por otro, usó la palabra para reforzar su propio poder y señalar a los asesinos ante el pueblo sin necesidad de ningún decreto. Durante la sesión, el actor Israel Elejalde dramatizó fragmentos de las fuentes antiguas y del Julio César de Shakespeare.

Roma en el 44 a. C.: la clemencia y el dictador perpetuo

Rosillo sitúa primero el escenario. En el 44 a. C., Roma domina casi todo el Mediterráneo y se ha adentrado ya en la Galia y en Asia, aunque territorios como Egipto siguen fuera de su control. Los dos grandes protagonistas de la segunda mitad de los años 50 habían sido Julio César y su rival Pompeyo, que se enfrentaron en una guerra civil entre el 49 y el 46 a. C.

César la ganó y aplicó, según la ponente, una política que ningún vencedor de una guerra civil había practicado antes: amnistió a sus enemigos. Es la llamada política de la clemencia, por la que todos los que habían luchado contra él fueron perdonados.

De vuelta en Roma, César gobernó como dictador. Rosillo insiste en que la dictadura romana no se parecía a lo que hoy entendemos por ese término. Era una magistratura extraordinaria que se concedía por un periodo muy concreto, a veces un día, una semana o unos meses, para una tarea precisa: dirigir un ejército, convocar elecciones o celebrar un ritual cuando los cónsules no estaban disponibles. Cumplida la tarea, el dictador dejaba el cargo. Sila ya había forzado esa lógica en los años 80 a. C., al nombrarse dictador para "restaurar la República" y mantenerse en el puesto un tiempo. Pero a comienzos del 44 César se proclamó dictador perpetuo, algo que para un romano era, en palabras de la ponente, una contradicción absoluta, porque por definición un dictador no podía ser perpetuo.

Marco Antonio, un hombre contado por sus enemigos

El protagonista de la charla tenía entonces 39 años. Procedía de una familia senatorial ilustre. Su abuelo, del mismo nombre, había sido el gran orador de la generación anterior a Cicerón. Toda su carrera política y militar estuvo ligada a César, del que fue un fiel lugarteniente.

Rosillo advierte al público de un problema de fuentes. Casi todo lo que sabemos de Antonio lo escribieron sus dos grandes enemigos. El primero es Cicerón, que intentó declararlo enemigo público y era partidario de que lo asesinaran. El segundo es Octavio, el futuro Augusto, que lo derrotó y basó en esa victoria toda su legitimidad como primer emperador. Por eso, sostiene la ponente, las acusaciones de que Antonio era una veleta, un casquivano, un borracho o un inútil deben ponerse muy en perspectiva. Propone, en cambio, dejar hablar a los hechos y a las propias palabras de Antonio.

El primer gran momento político de Antonio en el 44 fueron las Lupercales del 15 de febrero. En esa ceremonia religiosa, hombres de la élite casi desnudos recorrían la ciudad azotando con varas a las mujeres en una especie de rito de fertilidad. Aquel día Antonio ofreció tres veces una diadema real a César, y César la rechazó tres veces en público. Para Rosillo es imposible que fuera improvisado. Se trataba de dejar claro que, aunque fuera dictador perpetuo, César nunca sería rey. En Roma la palabra "rey" era un tabú político: la República se fundaba en la expulsión de los reyes y ni siquiera los emperadores usarían nunca ese título. Antonio, además, era cónsul, la magistratura más alta, solo superada entonces por el dictador.

Cleopatra, los conjurados y la elección de los idus

La ponente recuerda un dato que, según ella, no se suele comentar: Cleopatra estaba en Roma en los idus de marzo. La reina de Egipto, de unos 25 años, se encontraba en la ciudad en misión diplomática. Egipto era uno de los pocos Estados todavía independientes del Mediterráneo. César la había ayudado a ganar la guerra civil contra su hermano y había mantenido una relación con ella. Además, estaba embarazada de Cesarión, que sería hijo póstumo de César. Rosillo invita a imaginar a esa joven reina embarazada recibiendo la noticia del asesinato, con todo lo que suponía para ella en lo político y en lo personal.

Entre los conjurados destaca a Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino, ambos de 41 años. Los dos habían sido partidarios de Pompeyo y habían sido perdonados, hasta el punto de que en el 44 eran pretores, el cargo inmediatamente inferior al consulado. Los movía una mezcla de razones personales, políticas e ideológicas. La ponente subraya que no enviaron esclavos ni contrataron sicarios: todos los conjurados eran miembros de la élite y ejecutaron el crimen con sus propias manos. Lo concebían como un acto político, el asesinato de un tirano. Una moneda acuñada por ellos meses después lo resume: dos puñales y el gorro frigio, símbolo de la libertad.

¿Por qué el 15 de marzo? Porque César estaba a punto de partir en campaña contra el Imperio parto, una empresa que lo mantendría fuera de Roma probablemente uno o dos años como mínimo. Esa sesión del Senado era la última ocasión de tenerlo a su alcance en público. Además, ese día se celebraba la fiesta de Ana Perenna, en la que el pueblo solía salir a un bosquecillo a las afueras para comer, beber y cantar, de modo que buena parte de la plebe no estaba en el centro de la ciudad.

Aquella mañana, Calpurnia, la esposa de César, le contó que había tenido pesadillas que anunciaban su muerte. Los presagios fueron desfavorables y César pensó no acudir al Senado, pero algunos conjurados, temiendo precisamente eso, fueron a su casa y lo convencieron para ir a la curia de Pompeyo, un edificio construido por su antiguo enemigo.

El asesinato y sus versiones

Elejalde leyó el relato del historiador griego Apiano. Trebonio entretuvo a Antonio en la puerta mientras los demás rodeaban a César como amigos, con los puñales ocultos. Tilio Címber le pidió el regreso de su hermano del exilio, le agarró la toga de púrpura y tiró de ella hasta el cuello, gritando: "¿A qué esperáis, amigos?". Casca intentó asestar el primer golpe, pero se desvió y lo hirió en el pecho. César se revolvió y otro le atravesó el costado. Casio lo hirió en el rostro, Bruto en el muslo y Bucoliano en la espalda. Tras la herida de Bruto, César se cubrió con su vestido y cayó ante la estatua de Pompeyo. Los atacantes siguieron golpeándolo hasta infligirle 23 heridas, e incluso se hirieron entre ellos.

Rosillo aclara que ya en la Antigüedad circulaban versiones distintas. Según unas, César se defendió con fiereza, intentando apuñalar a sus agresores con el estilo de escritura. Según otras, se cubrió enseguida la cabeza con la toga y se dejó caer. Algunas recogen la célebre frase de reproche a Bruto, "tú también, hijo mío", que otros interpretan como una especie de maldición: tú también me acompañarás algún día al más allá. La ponente precisa que Bruto no era hijo biológico de César. Es cierto que César y Servilia, la madre de Bruto, mantuvieron durante años una relación, pero la cronología hace imposible esa paternidad.

Tras el crimen, el Senado se vació en pleno pánico y el cadáver quedó abandonado en el suelo. Los asesinos habían planeado arrojarlo al Tíber y declarar a César enemigo público, pero también ellos se dejaron llevar por la conmoción y salieron escoltados por gladiadores. Llegó un médico, Antistio, que examinó el cuerpo, en lo que la ponente llama casi en broma "la primera autopsia CSI de la historia". Certificó 23 puñaladas, de las que solo una había sido mortal. Los esclavos de César se llevaron el cuerpo a casa en una litera.

Los conjurados habían pensado matar también a Antonio, la mano derecha de César. Según la ponente, fue Bruto quien lo impidió: si mataban también al cónsul, el tiranicidio se convertiría en una masacre indiscriminada y su mensaje político, que la autocracia terminaba con la muerte del tirano, se desvanecería. Por eso alguien entretuvo a Antonio en la entrada. En un fragmento que Apiano pone en su boca, Antonio lo interpreta así: quien disuadió a los asesinos no quería salvarle la vida, sino preservar la apariencia de tiranicidio, para que no pareciera que mataban a muchos como enemigos, sino a uno solo como tirano. Antonio confiesa además el miedo que sintió, pues ignoraba el alcance de la conspiración y contra cuántos iba dirigida.

El dilema: tirano o magistrado

Siguieron uno o dos días de incertidumbre absoluta. Hubo disturbios e intentos de asesinato en la calle. Lépido, otro lugarteniente de César, ordenó a sus soldados ocupar el Foro para contener la violencia. Los asesinos se atrincheraron en el Capitolio y los senadores se encerraron en sus casas. Nadie sabía si los conjurados matarían a más magistrados, si se reprimiría a los partidarios de César como había ocurrido en tiempos de los Gracos, o si estallaría una guerra civil.

Rosillo destaca el enorme problema político que se planteaba. Si César era un tirano, todas sus medidas debían anularse. Pero entonces muchos senadores y casi todos los magistrados, incluidos varios conjurados, perderían los cargos que César les había concedido. ¿Había que condenar a César como tirano, o a sus asesinos por haber matado a un magistrado del Estado?

La sesión del 17 de marzo: Antonio, hombre de Estado

Dos días después del asesinato, Antonio convocó al Senado como cónsul en el templo de Tellus. Allí, según la ponente, se reveló como algo que nadie habría sospechado, quizá ni él mismo: un gran hombre de Estado.

El discurso que recogen los historiadores antiguos, leído en la sala por Elejalde, planteaba el dilema sin rodeos. Si César había sido un magistrado legítimo, todos sus actos seguían vigentes. Si se había hecho con el poder por la violencia, su cuerpo debía ser arrojado sin sepultura fuera de la patria y todos sus actos anulados. Antonio recordaba a los senadores que casi todos ellos habían ejercido magistraturas bajo César, algunos las ejercían aún y otros estaban designados para ejercerlas, porque César había dejado dispuestos cargos, provincias y ejércitos para cinco años. Les preguntaba si estaban dispuestos a renunciar voluntariamente a ellos. Añadía el argumento de la calle: ¿consentirían los soldados de César que su cadáver fuera ultrajado? ¿Considerarían seguras las recompensas de sus campañas en la Galia y Britania? ¿Qué harían el pueblo y los italianos? Y denunciaba la incoherencia de honrar a quienes habían matado a un cónsul, un hombre sagrado, en un lugar sagrado y en plena sesión del Senado. Su propuesta final: ratificar todos los actos y proyectos de César, no elogiar a los autores del crimen, pero perdonarles la vida.

Para Rosillo, Antonio tenía un objetivo claro: evitar la que sería la tercera guerra civil en menos de cuarenta años, en una ciudad profundamente traumatizada, donde mucha gente había vivido una o dos guerras civiles o conocía testimonios directos de ellas. Pero Antonio también era un senador y un político, y quería presentarse como el sucesor de César. De ahí su fórmula intermedia: ni se condenaba el asesinato ni se castigaba a los asesinos, pero los actos de César se mantenían. El Senado la aprobó. La ponente recuerda que el propio César había advertido en vida que, si lo mataban, habría guerra civil.

Los papeles de César, dos cenas y una confesión

Ese mismo 17 de marzo, Antonio fue a casa de César y consiguió que Calpurnia le entregara todos sus papeles y su tesoro: escritos, anotaciones y borradores de leyes sin promulgar. Durante los meses siguientes, Antonio promovería leyes alegando que César las había dejado escritas en borrador.

La ponente subraya lo pequeña que era la élite romana, donde todos estaban emparentados con todos. Esa noche hubo dos cenas para sellar el acuerdo. Lépido cenó con Bruto, que era su cuñado, y Antonio cenó con Casio. Las cenas eran el escenario habitual de las conversaciones informales entre senadores, pero la confianza era limitada. Casio recibió a Antonio diciéndole que no se preocupara, que no llevaba ninguna daga, un comentario de mal gusto según Rosillo. Antonio respondió que él llevaba una coraza bajo la toga.

Apiano recoge también, en boca de Antonio y ante un grupo reducido de amigos, las intenciones que había detrás de su actuación en el Senado. Si César hubiera sido declarado tirano, todos sus amigos habrían podido ser ejecutados como amigos de un tirano. Lo esencial era impedir que se votaran recompensas a los asesinos. A cambio de la amnistía, Antonio obtuvo lo que necesitaba: que el nombre de César no fuera borrado, que no se confiscara su hacienda ni se anulara su testamento ni la adopción de la que "ese joven" se enorgullecía, que tuviera un funeral regio, que sus honores y actos siguieran vigentes y que sus amigos y soldados tuvieran la vida garantizada. Después, una vez que los asesinos bajaron la guardia, socavó la amnistía no mediante votos o decretos, lo cual era imposible, sino ganándose el favor del pueblo de forma imperceptible.

Pisón y el testamento: el momento en que todo cambió

Al final de la sesión del 17 ocurrió otro episodio decisivo. Lucio Calpurnio Pisón, antiguo cónsul y suegro de César, empezó a comentar algo en los corrillos y la sesión acabó reanudándose. Rosillo lo describe como un hombre culto y con autoridad, filósofo epicúreo. Se cree que era suyo la Villa de los Papiros de Herculano, de donde proceden tantas esculturas y papiros filosóficos. Pisón anunció ante el Senado que iba a enterrar a César y a abrir su testamento.

Los senadores más próximos a los conjurados se negaron en un primer momento, pues la idea inicial había sido arrojar el cadáver al río. Pero Pisón se amparó en que César era pontífice máximo. La ponente señala que ese era el único cargo que César no debía a la guerra civil: lo había ganado en la treintena en una votación de todos los ciudadanos varones adultos. Tras mucho debate, el Senado autorizó el entierro público y la apertura del testamento. En la lectura de Elejalde, Pisón acusaba a quienes decían haber matado a un tirano de estar tiranizando ahora ellos, en número mucho mayor, y se declaraba responsable del testamento, que jamás traicionaría "a menos que alguien me mate a mí también".

Rosillo afirma que, pocos meses después, los propios conjurados reconocieron que ese fue el momento en que todo cambió: nunca debieron permitir que se abriera el testamento y se diera a César un entierro público. El testamento, depositado con las vestales, deparó dos sorpresas. La primera fue que Antonio, que esperaba ser heredero y quizá hijo adoptivo póstumo, no lo era. Uno de los tres herederos principales era Cayo Octavio, sobrino nieto de César, de 18 años, que estaba en Iliria estudiando retórica en una especie de "Erasmus" que hacían los jóvenes de la aristocracia romana, incluido el hijo de Cicerón. La segunda fue que César, "animal político" según la ponente, sabía que cualquier sucesor necesitaría al pueblo, y legó 300 sestercios a cada ciudadano y sus grandes jardines al otro lado del Tíber para uso público. César, dice Rosillo, sorprendía a sus enemigos incluso después de muerto.

Cómo era un funeral aristocrático

El funeral del 20 de marzo estaba, en principio, muy controlado. Los asesinos habían dado instrucciones estrictas sobre lo que se podía y no se podía hacer. Pero cometieron un error grave: infravaloraron la opinión que el pueblo tenía de César, convencidos de que compartía su visión de un tirano.

Antes de llegar al discurso, la ponente explica cómo era un funeral aristocrático, "una fiesta de los sentidos" en la que la élite gastaba cantidades enormes. César había dispuesto que lo organizara la madre de Antonio, pariente suya. Rosillo señala que no era inhabitual: muchas mujeres se encargaban de ejecutar las disposiciones funerarias e incluso de construir los monumentos. El difunto iba en una litera, precedido por músicos, hombres y mujeres, con flautas y trompetas; hay inscripciones de mujeres flautistas en funerales. Detrás iban las plañideras, familiares y mujeres contratadas para llorar.

Un rasgo muy romano eran las imagines, retratos de cera de los antepasados que se guardaban en el atrio de la casa, junto a árboles genealógicos pintados en las paredes. Rosillo pone el ejemplo de Cornelia, madre de los Gracos e hija de Escipión el Africano, con nueve o diez antepasados cónsules: entrar en su atrio era contemplar el poderío de la familia. Las mujeres llevaban copias de sus imagines al casarse, y se enseñaba a los jóvenes que debían medirse con sus antepasados. En los funerales, a veces actores se ponían esas máscaras para representar a los antepasados que acompañaban al muerto. La procesión culminaba en el Foro con un elogio pronunciado por un familiar. En el siglo I a. C., añade la ponente, esos discursos servían a veces de presentación en sociedad de un futuro político, como hizo César con el funeral público de su tía Julia, viuda de Mario.

El discurso fúnebre según Apiano

Antonio, recuerda Rosillo, era nieto del gran orador de quien llevaba el nombre, e hizo algo que nadie había hecho antes ni volvería a hacer. Sus objetivos eran dos: evitar la guerra civil, todavía muy posible cinco días después del asesinato y con una enorme incertidumbre sobre si se respetarían los acuerdos, y señalar ante el pueblo a los culpables, a los que no se había castigado pero que eran los autores del crimen.

En la versión de Apiano leída por Elejalde, Antonio empezó con una artimaña. No era digno que él solo elogiara a un hombre tan grande, sino la patria entera, así que leería los decretos que el Senado y el pueblo habían votado en vida de César, "para que sea vuestra voz la que hable y no la voz de Antonio". Los leyó con rostro grave, deteniéndose en los que llamaban a César sagrado, inviolable, padre de la patria. Comentaba cada uno: nadie que se refugió en su clemencia sufrió daño, y sin embargo él, inviolable y sagrado, fue asesinado. Leyó luego los juramentos por los que todos se habían comprometido a protegerlo y a vengarlo. Alzando la voz, invocó a Júpiter declarándose dispuesto a la venganza, aunque sus pares hubieran decidido que la amnistía era beneficiosa. Ante el tumulto de los senadores, se retractó: lo ocurrido parecía obra de alguna divinidad maléfica, y había que mirar al presente para no ser arrastrados de nuevo a guerras civiles.

Después entonó un himno junto al féretro como a un dios, enumeró sus victorias y los pueblos que había sometido, y le gritó que había sido el único invencible y el único que había vengado a la patria de los pueblos que la habían incendiado trescientos años antes. Lloró y juró que cambiaría su vida por la de César. Finalmente desnudó el cadáver y alzó su vestido en la punta de una lanza. El pueblo, "como el coro de una tragedia", estalló en lamentos y la pena se convirtió en ira. En los cantos fúnebres parecía que el propio César enumeraba a los enemigos a los que había favorecido, y el pueblo no soportó que quienes habían sido perdonados y elevados a magistraturas y gobiernos de provincias hubieran conspirado contra él.

El manto ensangrentado y la catarsis colectiva

Para Rosillo, la clave fue mostrar el manto ensangrentado con los 23 agujeros. La gente estaba acostumbrada a ver cadáveres en los funerales, pero Antonio consiguió que revivieran el asesinato, vieran la sangre y comprendieran que lo habían matado precisamente aquellos a quienes había perdonado y encumbrado. El discurso provocó una catarsis colectiva: todos se convirtieron en plañideras y corearon los lamentos. En el Foro había además muchos veteranos de la Galia, Britania, Egipto e Hispania que veían a su general asesinado por la élite.

Así, según la ponente, Antonio logró dos cosas sin aprobar ninguna medida ni decreto: poner al pueblo del lado de César, de su memoria y de sus sucesores, y convertir a los asesinos en objetivo popular. Legalmente no podía hacerse nada contra ellos, pero el pueblo entendió perfectamente el mensaje. Elejalde leyó a continuación la versión de Shakespeare del momento del manto: "Mirad por aquí penetró el puñal de Casio… Por esta otra le hirió su muy amado Bruto…", hasta mostrar el cuerpo "acribillado, como veis, por los traidores".

La ponente propuso imaginar el funeral desde el fondo del Foro, a través de dos personas reales: Aurelio Hermia y Aurelia Filematio, un matrimonio de libertos y carniceros cuya estela funeraria se conserva, que vivían en Roma en esa época y quizá estuvieron allí. Existen estudios sobre cómo proyectaban la voz los oradores romanos, entrenados en retórica para ello, pero la audición dependía de la distancia y del tiempo, y en marzo podía hacer sol o llover. Se conocen muchos malentendidos por no oírse bien desde atrás. Rosillo lo ilustró con la escena del sermón de la montaña de La vida de Brian, donde los de las últimas filas creen oír "bienaventurados los que comen queso". Esa pareja quizá solo oyó fragmentos o lo que les contaban los de delante, pero seguro vio el manto, y la ponente supone que incluso desde el fondo el impacto fue enorme.

El motín y la pira en el Foro

La reacción fue un motín. Grupos salieron del funeral hacia las casas de los asesinos para incendiarlas y matarlos si los encontraban. Al mismo tiempo, el pueblo se apoderó del cadáver y decidió incinerarlo allí mismo, en el Foro, un espacio político donde no se quemaban cadáveres. Amontonaron sillas, tablas de tiendas y todo lo que encontraron para hacer una pira colectiva que nadie había previsto.

Sobre un plano, Rosillo explicó el simbolismo del lugar. El discurso se pronunció probablemente desde los Rostra. El Foro es un espacio pequeño donde todo está muy próximo. La pira se levantó donde después se edificó el templo del Divino Julio, frente a la Regia, residencia del pontífice máximo, y junto al templo de Vesta, cuyas vestales estaban bajo su autoridad. Todo el entorno era "César". Aún hoy se conservan restos del templo y la gente suele dejar ofrendas florales en el lugar de la cremación, como mostró en una fotografía reciente.

Elejalde leyó el relato de Suetonio. Mientras unos proponían quemar el cuerpo en el templo de Júpiter Capitolino y otros en la curia de Pompeyo, dos hombres armados le prendieron fuego con antorchas. La multitud arrojó ramas secas y los estrados de los jueces. Los músicos y actores lanzaron sus vestiduras triunfales, los veteranos sus armas y las matronas sus joyas y las bulas y togas pretextas de sus hijos. Muchos extranjeros expresaron su duelo según sus costumbres, en especial los judíos, que acudieron a la pira varias noches seguidas. La ponente comentó que es una de las primeras referencias a una comunidad judía en Roma, que honraba a César porque les había concedido privilegios y leyes favorables, tanto en Roma como en Judea.

César en el recuerdo: carisma y el duelo de Matio

¿Cómo era César? Según Rosillo, amigos y enemigos coinciden en su enorme carisma y encanto personal, en su consideración constante por sus amigos y en su rapidez mental: era capaz de dictar cuatro cartas a la vez. Tenía buena memoria y buen humor. Durante los juegos aprovechaba los momentos aburridos para firmar decretos, algo que molestó al pueblo. Augusto, consciente de ello, nunca lo hizo.

Como testimonio de esa huella personal, la ponente presentó a Matio, un caballero rico que nunca se dedicó a la política ni buscó cargos de César. Su única actuación política conocida fue pedirle clemencia para enemigos derrotados tras la guerra civil. Fue una de las personas más cercanas a César. Meses después del asesinato, en el texto que leyó Elejalde, Matio responde a quienes le reprochan su duelo: le acusan de lamentar la muerte de alguien a quien quería, como si ya hubieran demostrado que esa muerte fue útil al Estado. Unos se glorían de un crimen y a otros no se les permite ni siquiera apenarse, cuando incluso los esclavos han tenido siempre libertad para alegrarse o dolerse. Esa libertad es la que intentan arrancar "los que se proclaman defensores de nuestra libertad".

Los asesinos, acorralados: Octavio, Servilia y Cicerón

En los meses siguientes, los asesinos comprobaron que su situación era precaria. Tenían menos apoyo popular del que creían, y ni siquiera todos los senadores estaban con ellos. Rosillo cita a Marco Favonio, íntimo de Bruto, que había dicho que prefería una monarquía sin ley a una guerra civil. Antonio se fortalecía, y en abril llegó Octavio, aceptó la herencia y tomó el nombre de Cayo Julio César. Para sorpresa general, aspiraba a ser también heredero político de César.

Los conjurados se plantearon marcharse a Oriente y obtener provincias ricas, en las actuales Grecia y Turquía, donde reunir recursos y ejércitos. Pero dudaban, y no aceptaban cualquier encargo. Bruto se indignaba de que le ofrecieran una comisión de grano siendo pretor: él quería el mando de una provincia y un ejército.

En junio del 44 hubo una reunión en casa de Bruto. Asistió Cicerón, que no había participado en la conjura a su pesar, pues habría querido ser su autor intelectual, y que sostenía sobre todo que había que haber matado a más gente, en concreto a Antonio. La ponente lo describe como alguien con muy buena opinión de sí mismo, "por decirlo finamente", que se dedicó a explicar a los asesinos lo que deberían haber hecho. Estaban también las esposas de Bruto y Casio y, sobre todo, Servilia, la madre de Bruto, de 63 años. Viuda desde que su hijo era muy joven, había asumido el papel de promotora de su carrera, por ejemplo consiguiendo que su hermano se lo llevara de joven a una provincia para formarse. Aunque, como toda mujer romana, no podía votar ni ser magistrada, tenía tanta influencia que logró cambiar un decreto del Senado que desagradaba a su hijo. Rosillo añade que Servilia y César habían mantenido durante años una relación conocida por todos. Es difícil saber qué sintió tras el asesinato, probablemente emociones encontradas, pero en junio del 44 tenía claro que su función era ayudar a su hijo.

La carta de Cicerón leída por Elejalde relata la escena. Cuando empezó a decir lo que debería haberse hecho (convocar el Senado, enardecer al pueblo, tomar el control del Estado), Servilia le interrumpió: "Esto no se lo he oído yo nunca a nadie". Y Cicerón se calló.

De Módena a Accio: el fin de la República

A comienzos del 43 la situación se agravó. En la guerra de Módena, en abril, el Senado y Octavio se enfrentaron a Antonio, mientras Cicerón pronunciaba discursos para que lo declararan enemigo público. Los dos cónsules, Hircio y Pansa, lugartenientes de César, murieron en la batalla. Octavio, con 19 años y sin haber ocupado nunca una magistratura, se presentó con ocho legiones ante Roma y exigió el consulado. La ponente señala que casos así se cuentan con los dedos de una mano en toda la historia romana, y que esa marcha sobre Roma inspiró incluso la de Mussolini en 1922. El Senado cedió.

En el verano del 43, contra todo pronóstico, Antonio y Octavio se aliaron con Lépido y formaron el triunvirato para restaurar la República, una magistratura creada por ley, de cinco años de duración y situada por encima de todas las demás. Lo primero que hicieron fueron proscripciones: listas de enemigos que podían ser asesinados impunemente, con sus bienes confiscados, recompensas para los asesinos y castigo para quien los ocultara. Cicerón fue uno de los primeros. Roma ya había vivido proscripciones a comienzos de los años 80 a. C., y el pánico fue inmediato. Hubo quien aprovechó para incluir en las listas a enemigos o a personas cuyas propiedades codiciaba. El cónsul Quinto Pedio, aliado de Octavio, intentó calmar a la población mostrando la lista que los triunviros le habían pedido mantener en secreto, para asegurar que solo afectaba a esos nombres. Esa misma noche murió. Según la ponente, probablemente su corazón no resistió la tensión.

Antonio y Octavio compartían ahora la voluntad de castigar a los asesinos. En la guerra que siguió, Bruto y Casio murieron en Filipos. Después, Antonio se casó con Octavia, hermana de Octavio, para sellar la alianza, pero las divergencias crecieron. Antonio inició una relación política y sentimental con Cleopatra, con quien tuvo varios hijos y llegó a casarse. En septiembre del 31 a. C. Octavio venció en Accio, y Antonio y Cleopatra acabaron suicidándose en Alejandría. Cleopatra, explica Rosillo, sabía lo que le esperaba: ser exhibida encadenada en un triunfo y luego ejecutada. Lo había visto con su hermana Arsínoe en el triunfo de César. Octavio ordenó matar a Cesarión, único hijo biológico de César, porque, como le dijeron, había "demasiados Césares". Cleopatra lo había enviado hacia el desierto, pero lo engañaron para que volviera. Los tres hijos de Antonio y Cleopatra, de entre seis y ocho años, desfilaron encadenados, y según las fuentes llevaban tantas cadenas que apenas podían andar y acabaron despertando la compasión del pueblo. Octavio los incorporó a su familia. De los chicos se pierde la pista. Cleopatra Selene se casó con un rey cliente de Augusto, gobernó en el norte de África y, consciente de la herencia materna, llamó Ptolomeo a su hijo.

Octavio, ya Augusto, quedó sin rivales: la mayor parte de la clase dirigente republicana había muerto o carecía de fuerza. Comenzó entonces un proceso largo, progresivo pero implacable, hacia la autocracia, con él como princeps. Elejalde cerró este bloque con Tácito: tras la muerte de Bruto, Casio, Sexto Pompeyo y Antonio, y la eliminación de Lépido, Augusto sedujo al ejército con recompensas, al pueblo con trigo y a todos con la paz. Fue acumulando poderes sin oposición, porque los más decididos habían muerto y los supervivientes preferían la seguridad del presente a un pasado incierto. Las provincias tampoco se opusieron, porque desconfiaban de un gobierno del Senado marcado por la violencia, las intrigas y los sobornos.

Del hito al mito: Shakespeare y la escena

Para Rosillo, el discurso fúnebre de Antonio se convirtió "en un hito y en un mito", el momento decisivo del final de la República, llevado a escena innumerables veces. Mencionó a Marlon Brando y Charlton Heston como Antonio. Citó también César debe morir, película italiana en la que los actores son presos de una cárcel, y el montaje de Orson Welles de 1937, ambientado en la Alemania nazi con soldados vestidos como las SS, muy influyente aunque no se ha conservado.

La ponente precisa que Antonio no publicó el discurso, porque no lo tenía escrito. Los fragmentos escuchados proceden de historiadores posteriores, y Shakespeare, en 1599, tejió su propia versión en Julio César. Según Rosillo, lo hizo porque esos cinco días condensan política, odio, amor, violencia e incertidumbre, "el mejor material que puede soñar un dramaturgo", y Shakespeare sabía elegir bien su material.

La conferencia terminó con Elejalde recitando el discurso shakespeariano: "Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención. Vengo a sepultar a César, no a elogiarle". En él, Antonio repite una y otra vez que "Bruto es un hombre honrado" mientras recuerda los cautivos cuyos rescates llenaron las arcas públicas, las lágrimas de César ante los pobres y la corona tres veces rechazada en las Lupercales. Pregunta si eso era ambición y se interrumpe porque su corazón "está aquí en el ataúd con César".