Henar Iglesias y la recuperación del arte plumario: del taller de sombrerería al mosaico de plumas contemporáneo

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Resumen

En la última sesión de la temporada del ciclo Las artes y los oficios de la Fundación Juan March en Palma, la artista Henar Iglesias habló de un oficio que, en sus palabras, había desaparecido en España aunque no en otros lugares: el arte plumario, la creación de objetos y obras con plumas. La persona que moderó el encuentro la situó "a medio camino entre arte y artesanía" y planteó la pregunta que recorre el ciclo: qué valor tiene hoy un trabajo hecho a mano, rodeados como estamos de objetos producidos en masa, baratos y utilitarios.

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Iglesias es hija de un pintor y de una sombrerera dedicada a la alta costura. Creció visitando museos de arte, colecciones históricas y arqueológicas, sobre todo de las Américas, y después estudió Matemáticas. A lo largo de la charla explicó cómo cada una de esas influencias entra en su trabajo: el taller materno le dio el oficio, la pintura del padre le enseñó a pensar el color y la luz, las matemáticas le dan una forma de ordenar las plumas y el arte plumario mesoamericano le marcó un listón técnico que, según ella, todavía no se ha vuelto a alcanzar.

Un recuerdo de infancia y un oficio aprendido en casa

El origen de su dedicación, según contó, es una escena concreta. Con ocho años acompañó a su madre al cierre de la última tienda de Madrid que vendía apliques de plumaria para sombreros, una tienda de la calle Montera llamada Bogue. Ahí entendió que el oficio estaba desapareciendo en España y pensó que, si no había nadie, alguien tendría que hacerlo. Esa idea quedó sembrada y, hacia los 16 o 18 años, cuando ya trabajaba en el taller, decidió especializarse en plumas dentro de la sombrería.

Iglesias insistió en el valor de heredar un oficio en la infancia. Por un lado, dijo, asocias el trabajo al juego, algo que en su opinión se está perdiendo con la separación estricta entre los niños y el ámbito laboral. Por otro, cuando empiezas como aprendiz a los 14 o 15 años, descubres que sabes mucho más que cualquier otro aprendiz, y eso da seguridad. También destacó el aprendizaje por observación: al convivir con las personas que trabajan en casa vas registrando gestos y maneras de hacer. Ahora, cuando da clase, nota que los alumnos quieren hacer enseguida, y ella defiende que mirar primero hace que después el trabajo fluya de manera más ágil y eficaz. Llegó a decir que a los 14 años ya sabía todo lo que su madre había aprendido en su carrera, y que lo interesante de heredar un oficio es que a partir de ahí puedes aportarle cosas nuevas. Lo comparó con los atletas, que empiezan de niños: en su opinión, si alguien llega al oficio a los 20 años a través de la formación profesional, ya está en otro momento vital.

El contexto del taller de su madre también explica su especialización. Según relató, cuando su madre empezó en la sombrería estaban cayendo muchos talleres productivos en España, los que abastecían a los grandes almacenes, a medida que la producción se iba al extranjero. Esos talleres estaban especializados, unos en fieltro, otros en flores o en paja, y su madre fue "recogiendo todos los trozos que se iban cayendo": conservaba esos oficios en su taller, los practicaba y los enseñaba con la esperanza de que cada uno volara por su cuenta. Las plumas fueron el trozo que recogió Iglesias.

Aprender deshaciendo: las cajas del taller

Entre las imágenes que mostró estaba el salón de la casa familiar, convertido en espacio de trabajo cotidiano, y las cajas que para ella eran los grandes tesoros del taller: pajas antiguas de los años 20 a los 60 y 70, españolas e importadas de Francia y de otros países europeos, entre ellas unas pajas suizas que calificó de increíbles, y fieltros antiguos sin etiqueta de los que su madre decía, medio en broma, que eran de camello.

Una de esas cajas guardaba las últimas piezas de la tienda de la calle Montera. Iglesias mostró varios apliques. De uno de ellos no se sabe de qué pájaro procede, y explicó que ahora, gracias a su contacto con el Museo de Ciencias Naturales, están intentando averiguarlo. Aprovechó para recordar que a finales del siglo XIX y principios del XX se usaron aves protegidas y hubo, en sus palabras, una "esquilmada" de pájaros para la sombrería femenina, que hizo que muchas especies dejaran de verse con frecuencia. Ella dijo que no usa ni le interesa ese tipo de pluma.

Otros apliques los enseñó por su virtuosismo técnico: uno con una zona entera de entretejido de hilo y pluma, y un caracol en el que la pluma de avestruz está colocada en sentido contrario, lo que produce un efecto de terciopelo. Su aprendizaje, contó, consistió en gran parte en deshacer estas piezas. Lo primero que se pierde en ellas es la cola, que deja de ser aglutinante, así que había que restaurarlas; al abrirlas veía cómo estaban construidas.

De la sombrería al mosaico de plumas

Sus primeros trabajos fueron montajes estructurales para sombrería. Mostró como ejemplo un sombrero de copa con pluma de gallo teñida en tonos fuego: el fieltro se rompió mientras trabajaba y decidieron cortarlo y hacer como si se estuviera quemando, "la chistera en llamas". Hizo este tipo de trabajo durante mucho tiempo para alta costura, teatro y formación, y colaboró con modistos y diseñadores en muchos desfiles de la pasarela Cibeles.

Practicando e imitando los apliques antiguos llegó a la técnica que define su obra, el mosaico de plumas: una aplicación de plumas superpuestas en forma de teja que construye un dibujo. Hubo una etapa en la que quiso aplicar pluma a todo: zapatos, sombreros a juego e incluso una funda de ordenador, que ahora ve con humor como un ejemplo de aquel atrevimiento poco práctico.

El giro llegó con una llamada al taller. Una diseñadora francesa de muebles, François, buscaba a alguien que trabajara las plumas; Iglesias explicó que en Francia es muy normal tener un "plumassier" igual que se tiene un tapicero de sofás. Iglesias se ofreció, aunque estaba empezando, porque en Madrid ya era "la de las plumas". La diseñadora le enseñó fotos de trabajos de artesanos franceses y le pidió que hiciera eso mismo. Ella respondió que aquello era obra de otra persona y propuso trabajar la idea con otros dibujos. Al cambiar la dirección de las plumas, según contó, el resultado ya no tenía nada que ver con el original, y a la diseñadora le gustó. A partir de ahí empezó a diseñar piezas que François aplicaba en sus mesas. Al principio la diseñadora aportaba ideas, pero pronto Iglesias pasó a decidir formas y dibujos; en algunos encargos, dijo, la diseñadora ni siquiera miraba el boceto. Esta colaboración duró años, con uno o dos pedidos anuales, y le permitió ir construyendo un portafolio cuando en España todavía no existía un mercado para este trabajo.

La plumaria mesoamericana como listón técnico

En paralelo, reapareció una influencia que venía de la infancia: los museos arqueológicos que había visitado en sus viajes, sobre todo el de México, que la impresionó por su tamaño y su contenido. Iglesias dijo que de pequeña miras cosas que parece que no ves y de mayor te das cuenta de que sí las viste, porque de otra forma no harías lo que haces.

Le sorprende que tanta gente no conozca la plumaria mesoamericana. Planteó una lectura propia de la llegada de los españoles a América: que en cierto sentido "fueron conquistados ellos", fascinados por lo que encontraron. Dijo que al investigar el Archivo de Indias le impresionan los comentarios sobre las dimensiones de los palacios y los lujos, y atribuyó a aquel contacto costumbres como la sobremesa con café y siesta o el cigarro. Entre las cosas que fascinaron a los frailes estaba la plumaria: según contó, en sus crónicas comparaban lo que aquellos artistas hacían con la pluma con lo que los pintores europeos hacían con el pincel.

Recomendó el Museo de América de Madrid, que considera la mayor concentración de plumaria en España, y animó a recorrer sus pasillos, donde según ella hay una obra de plumaria de siete a diez metros por uno que le parece increíble que no esté en la sala principal. Su valoración técnica fue tajante: lo que ella hace es interesante, pero en los siglos XV y XVI aquellos artistas "me daban cien mil vueltas". Explicó que hacia 1600 se hacían maravillas en miniatura y que en el siglo XVIII el arte empezó a decaer técnicamente: las manos y las caras ya no se hacían con pluma, sino pintadas. Lo atribuye a que aquello era fruto de generaciones de oficio transmitido de padres a hijos, igual que le pasó a ella con la sombrería. De ahí su idea de que, para innovar en artesanía, hay que ir a un museo antropológico o arqueológico y recuperar técnicas perdidas.

Materia prima: color natural, dos canales de suministro y precios volátiles

Durante la charla hizo circular entre el público su muestrario de plumas, al que llama su "Pantone". Explicó por qué renunció al tinte: en la sombrería, el teatro, una boda o una pasarela, la pieza acaba en un armario, pero en una mesa o una obra expuesta a la luz el tinte se degrada. Aunque había logrado colores y retos tintóreos muy potentes, lo abandonó; además, lo que más le interesaba era la limitación del color. No busca plumas exóticas de pájaros raros, sino trabajar con lo que da la tierra. Lo comparó con Picasso: contó que en un museo del pintor en Antibes vio obras de la posguerra en las que, sin lienzos ni pinturas, trabajó con pintura de barco sobre madera. Para ella, cuanto más se limita un artista, más se le abren campos creativos.

Sus tres "colores primarios" vienen de dos aves: el faisán dorado le da el rojo y el amarillo, y el pavo real el azul. Para conseguir las plumas tiene dos canales. Cuando necesita mucha diversidad de una misma ave recurre al mercado de la pesca con mosca, en el que se usan plumas y pelos para fabricar insectos artificiales que atraen a los peces; los cazadores abastecen a los pescadores con la piel entera del ave disecada con todas sus plumas, de modo que en un mismo paquete tiene toda la variedad de un ave. Cuando necesita mucha cantidad de un mismo tipo, compra en el mercado de la moda, que surte al carnaval y a la indumentaria. Esas plumas llegan cosidas a una cinta, porque quienes las usan normalmente las cosen a máquina con ella, pero Iglesias tiene que quitarlas una a una.

Los precios, advirtió, son muy variables: pueden ser como el oro, pero sin que se vea venir el cambio. Por eso no da presupuestos sin hablar antes con el proveedor. La pluma azul del pecho del pavo real pasó de un mes a otro de 18 o 20 euros a 70 euros el metro (a veces la yarda, porque muchas vienen de Inglaterra), con, como mucho, tres plumas por centímetro. Más adelante añadió que cada vez que repone sus "botes de pintura" tiene que gastar un mínimo de 1.500 euros.

La selección como el 80% del trabajo

Una vez obtenidas, las plumas pasan por lo que ella llama "el pelado": retirar el plumón, la parte más vaporosa, que en el mosaico ensucia el resultado. Después viene la selección, que según ella supone el 80% del trabajo. Si tienes bien preparado y clasificado el color, montar es como pintar; si tienes que ir pensando el color sobre la marcha, todo cambia, porque cada pluma es una pincelada. Explicó que ha ido sistematizando cada vez más este proceso para trabajar con más eficacia y conseguir más profundidad y potencia visual, porque así controla mejor el "pigmento", que en su caso es materia orgánica.

La dependencia del proveedor también condiciona la obra. Contó que antes el gris de pato le llegaba mezclado en una bolsa y ahora le llegan claras y oscuras separadas, de modo que casi no tiene tonos medios y tiene que inventarlos superponiendo plumas. El proveedor, dijo, no va a mirar el color en detalle, así que trabaja con lo que llega y se adapta.

Algunas plumas exigen además un trabajo minucioso de recuperación. Una perdiz autóctona que solo consigue a través de cazadores le llega en una bolsa tal como la han pelado para cocinar, y de ella solo quiere una línea concreta y el gris de alrededor. A la pregunta de si lava las plumas respondió que no, que si tuviera que hacerlo el trabajo no sería viable. Antes las desinfectaba y trataba, pero concluyó que no era necesario: según explicó, el piojo de las aves está en la piel y no en la pluma, y no es el que afecta a las personas. Las plumas sucias, normalmente las más grandes de la cola, las descarta porque no compensa recuperarlas. Para dar idea de la escala, dijo que la pluma de paloma que usa apenas llega a un centímetro.

Luz, transparencia y oro: lo que aprendió de la pintura

Iglesias atribuye a su padre la comprensión de las transparencias: que las cosas no son planas, que una pluma no es simplemente blanca o negra, y que un color cambia según lo que tenga detrás. Lo ilustró con una obra que considera una de sus obras maestras recientes, un corazón. Contó que hace sus piezas para sí misma, como "medicina": le dijeron que tenía que trabajar el chakra del corazón y se hizo un corazón. Cuando una obra así se vende, siente el hueco y tiene que hacer otra, y así nacen las series. Esa pieza, dijo, dejó uno de los huecos más grandes que ha sentido su taller.

Mostró el proceso a medio hacer. La zona aún sin cubrir tiene pintura negra en los bordes para que "chupe la luz" y el oscuro de la pluma se vea todavía más oscuro. Precisó que el color de la pluma no se genera por transparencia, porque ya está seleccionado, pero el fondo lo potencia. Además usa pan de oro: los rayos que parten del corazón coinciden con la zona de plumas más claras, de modo que al iluminar la pieza la luz rebota desde atrás y las plumas parecen retroiluminadas.

La serie del corazón le sirvió para explicar cómo evoluciona una idea. La primera pieza tenía relativamente poco contraste porque la pluma llegó así. La segunda, redonda y de unos 60 centímetros de diámetro, tenía mucho contraste porque había ido guardando plumas contrastadas. La tercera mide 120 por 120 centímetros y, por su tamaño, no podía tener tanto contraste como la pequeña, pero es la que según ella concentra todo lo que quería contar sobre el corazón: su campo electromagnético, el color, la geometría. Para ella, las otras "lo intentaron", pero la que llegó fue la tercera. En esta serie también fue deformando el círculo exacto, hasta el límite en que, en sus palabras, la pluma ya no da más.

Campos vectoriales: el pensamiento matemático en el diseño

Aquí entra su formación matemática. Las plumas, explicó, piden un orden, como un tejado: cada una tapa a otra, siempre tiene que haber un debajo y un encima, y eso exige coherencia, ritmo y orden. Ella lo visualiza como campos vectoriales. Una cosa es la imagen que imaginas y otra resolverla: saber si es viable, de qué manera hacerla y cómo lograr que sea armónica. Añadió un motivo práctico: para ella la mejor forma de limpiar las piezas es con la mano (limpia y con crema ya absorbida), que hidrata la pluma y quita el polvo, y para eso conviene que la disposición de las plumas lo facilite.

Con piezas en proceso mostró cómo unas plumas van en línea hacia el centro y otras se colocan en circunferencias, primero una mitad y luego la otra, porque la puntita negra de cada pluma es la que dibuja los círculos. En otra obra, un bajorrelieve en grises de pato ordenados desde los más claros a los más oscuros, cada montón de plumas tiene sus características de color y de dibujo, y con ellas se construyen las gradaciones. Fue su primer bajorrelieve: tiene cinco centímetros de profundidad, está tallado y forrado de fieltro, que según ella es el material al que mejor se adhiere la pluma. Le interesa jugar con el sombreado del relieve, a veces a favor y a veces en contra del degradado de la pluma.

Recordó con humor que empezó con estos diseños hacia los 20 años, mientras estudiaba matemáticas y teoría de nudos, y que les decía a sus amigos que le encantaba hacer puzles los domingos y había encontrado gente que le pagaba por ello.

No todo se prediseña. Algunas figuras las prepara mucho, incluso en Photoshop, pero otras necesita trabajarlas de forma orgánica, porque, dijo, falta imaginación para imaginar lo que no sabes que existe y para eso hay que jugar. Mostró un biombo en el que empezó sin diseño previo: dos puntos de remate enfrentados generaron una línea central, y de esa línea surgió después una variante con cruces de plumas que producía una especie de estampado animal, que en otra pieza exageró todavía más.

Una feria fallida y el salto al extranjero

Iglesias relató con humor un tropiezo. En 2009, con las piezas que se salían de lo que hacía habitualmente (la lámpara, la funda de ordenador, cuencos, pequeñas esculturas), invirtió tres meses de producción y el coste de un stand en una feria de decoración de Madrid llamada Casa Pasarela, ya desaparecida. Esperaba un gran éxito, pero la gente se acercaba y solo preguntaba, sorprendida, si aquello era pluma. No pasó nada y volvió a casa habiendo perdido dinero. Siguió con el teatro, los sombreros y los encargos de François, pero no veía que aquello avanzara comercialmente. Cada vez que terminaba una mesa la inauguraba en casa con un vino y todo el mundo quedaba impresionado, pero ella se preguntaba adónde iba todo aquello, porque, pensaba, cuando algo es realmente bueno se tiene que notar.

Decidió entonces presentarse al concurso internacional más exigente que conocía, el Loewe Craft Prize, con una lista de alternativas por si no la seleccionaban. La seleccionaron. Contó que el contrato le preguntaba si estaba dispuesta a hablar de su trabajo en inglés en cualquier lugar del mundo y que en ese momento entendió que "empezaba lo serio". Según dijo, de unas 2.500 candidaturas de todo el mundo quedaron 30 finalistas, que compartieron cuatro días de viaje hablando de cómo se mueven, cómo ganan dinero con su trabajo y cómo funciona el mercado. Allí concluyó que su mercado estaba fuera de España. Ese mismo año, que ella situó en 2019, Fundesarte la seleccionó para representar a España en Révélations, en el Grand Palais de París, que describió como una de las exposiciones de artesanía contemporánea más importantes del mundo.

Por la misma época, la fundación Homo Faber le encargó una obra para su feria en la basílica de San Giorgio: a todos los participantes se les pidió reinterpretar el motivo de las baldosas del suelo. Iglesias la considera el trabajo más complejo que ha hecho en cuanto a campos vectoriales. Tuvo que hacer una prueba de viabilidad porque quería líneas con caos en medio y no sabía si funcionaría: su intuición decía que sí, pero su cabeza matemática no lo resolvía. Probó y funcionó.

Técnica de montaje: cola, verticalidad y el problema de fotografiar plumas

Preguntada por el adhesivo, explicó que se ha decantado por una cola acrílica, porque es la que en su opinión más dura en el tiempo, algo en lo que le ha asesorado su padre y que le importa tras haber visto tantas obras perecer por el aglutinante. La densidad de la cola es clave: cada vez trabaja más en vertical porque las piezas son grandes, y muchas plumas tienen cierta curva, así que si la cola está demasiado líquida la pluma se despega. Ha llegado a usar un secador para poder avanzar. Las colas con algo de látex forman hilos al secarlas deprisa, así que utiliza una muy concreta que vende la droguería Riesgo de Madrid, que según contó estuvo a punto de cerrar.

Insistió en que la fotografía no hace justicia a estas obras. En una foto la luz es fija, pero las piezas tienen relieve y reflejan la luz de manera distinta según se mueve el espectador; las sombras cambian mucho el color de la pluma. Por eso le piden cada vez más vídeos, aunque, reconoció, ni siquiera el vídeo llega a lo que capta el ojo. Mostró una pieza en la que el degradado de la pluma va a favor del relieve en un lado y en contra en otro, algo que según ella solo se percibe caminando delante, y otra, la única figurativa que ha hecho, que llevó para que el público la viera en persona.

También habló de colaboraciones. Con el tornero Tony Porto, al que conoció en una asociación de la que ambos forman parte, ha hecho piezas torneadas cubiertas de plumas; la primera, una pieza verde, fue seleccionada en un concurso internacional en Shanghái. Según contó, Porto le dijo que si hubiera sido más grande habrían ganado.

Arte, artesanía y emoción

Iglesias explicó que su fascinación por las técnicas ancestrales tiene que ver con su capacidad de inspirar a los creadores actuales y de despertar en ellos la ambición de llegar más lejos técnicamente. Retomando la reflexión inicial sobre arte y artesanía, sostuvo que la artesanía contemporánea está ganando una consideración que nunca había tenido, porque antes estaba integrada en el arte sin distinción. Según su lectura, el arte se ha conceptualizado hasta extremos que describió como de concepto muy elevado y vacío material, mientras la materia "está gritando desde abajo". Contó que sale de las exposiciones de arte contemporáneo con una gran intensidad intelectual, pero que en ferias como Homo Faber o Révélations la artesanía le llega a lo emocional, incluso hasta las lágrimas. Para ella, la artesanía está en auge porque compensa esa tendencia con algo más emocional, material y visual. Desde la moderación se sugirió la analogía de los hemisferios cerebrales, racional e intuitivo, e Iglesias la acogió con cautela.

Esa idea la llevó a contar por qué estudió Matemáticas. En su familia la universidad era obligatoria, pero el oficio quería aprenderlo como su madre, de forma autodidacta: no le compensaba ir a Milán o París a cursar toda una carrera de diseño de moda para tener una optativa de plumas en quinto curso. Eligió lo que más le gustaba en el colegio, las matemáticas. Pensó en antropología, pero le dijeron que eso era bibliografía y que podía leerlo por su cuenta. Contó que devoraba lecturas y que dejó la novela hacia los 16 o 18 años porque se sentía "poseída" por los personajes (Bram Stoker le daba pesadillas) y quería conocerse a sí misma; después se pasó al ensayo. Tardó diez años en terminar la carrera, con mañanas de universidad, tardes de costura en el taller y fines de semana de diseño de plumas, y dijo que fue de las pocas personas que se entristecieron al acabarla.

Función, encargos y la identidad cambiante

Cuando se le preguntó cómo pasó de objetos reconocibles, como sombreros o mesas, a piezas sin función, como los bajorrelieves que ella llama "cuadros", Iglesias discutió la premisa. Dijo estar "un poco enfadada" con el debate sobre la funcionalidad del arte: cree que el arte es muy útil, y cuanto más vende más se da cuenta de la utilidad que la gente le ve, incluso más que ella. El paso, explicó, no fue planificado; los procesos surgieron de forma orgánica. Hasta tarde nadie le pidió escribir el concepto de sus piezas porque se la consideraba artesana.

No le gusta definirse: depende del contexto. "Para Hacienda soy artista", dijo, pero se considera también artesana porque le encanta el arte al servicio, algo que atribuye a su origen en la alta costura. Acepta encargos abiertos, en los que alguien le cuenta qué necesita para un hueco de su salón, y también encargos cerrados con instrucciones precisas. Contó el caso de una clienta que insistió en teñir las plumas de una mesa pese a sus advertencias; al cabo de cinco años el color se había ido.

Sobre el valor de las plumas en sí, explicó que las que usa en su color natural no tienen pigmento, sino color estructural, que según ella es permanente. Por eso algunas plumas le "piden" relieve: la pluma verde que mostró recorre, según la luz y la sombra, desde el negro hasta un verde brillante amarillento, pasando casi por el azul.

El mercado: Francia, galerías y coleccionistas

Iglesias contó que ha trabajado siempre con un planteamiento de negocio, no como hobby: no quiere acumular piezas en casa y el material exige una sostenibilidad económica real. Fue en el Loewe Craft Prize donde vio cómo funcionaba el mercado: fuera de España, dijo, las galerías llevan años incluyendo artesanía contemporánea en su oferta. Precisó que "fuera" es mucho decir y que se refería a un contexto concreto de ferias y concursos de alto nivel. En ese entorno percibió artesanos que entienden sus proyectos como artistas, en cómo producen, comercializan y viven su trabajo. Para ella, eso es llevar la artesanía al arte: que haya un "yo" que dice que algo se hace de cierta manera pero que ella lo quiere hacer de otra, frente a quien hace botijos como los hacía su abuelo.

En el turno de preguntas del público amplió esta parte. Cuando se presentó al Loewe llevaba unos 12 o 13 años haciendo portafolios para las mesas de François, y le pareció evidente que Francia era su mercado natural, donde más se entiende la pluma. Contó que en París ha visto una moto emplumada aparcada en la calle, con las plumas colocadas a favor de la velocidad. Buscó un representante en Francia; a través de él le salió una galería en Dubái, y después llegaron ferias, una galería en Estados Unidos y muchos clientes particulares. Tiene piezas en Londres y en Tokio: expuso en el hotel Crillon de París y un comprador japonés adquirió dos obras grandes. También ha recibido mucha atención de la prensa, porque lo que hace es poco conocido y resulta atractivo para reportajes.

El gran corazón de su serie está hoy en Estonia. Lo compró una pareja de coleccionistas que la conoció en una feria en Francia; según relató, la compradora le dijo que iba a meditar delante de la pieza todos los días. Iglesias sintió que había entendido exactamente para qué la había hecho ella. De ahí su idea sobre la venta de arte: según ella, el arte se vende haciendo la pieza, porque quien compra llega y dice "lo quiero", sin necesidad de convencerle. Lo comparó con encontrar una prenda que sientes tuya en cuanto la ves.

Para quienes no pueden permitirse un mosaico, tiene lo que llama "el perfume de la marca": apliques y piezas pequeñas como las que llevaba puestas ese día. Con amigos y conocidos que quieren algo suyo, dijo, se adapta al presupuesto.

Preguntas del público: conservación, especies y taxidermia

A la pregunta de si la pluma aguanta con los años, respondió que sí: los apliques de la tienda de Montera son de los años 20 y las piezas del Museo de América, de hacia 1600. Explicó que la pluma es como el pelo y que tiene dos amenazas principales. La primera es la polilla de la lana, que ataca lo mismo que come la lana o la seda. La segunda es el soporte, a menudo de fibras vegetales; por eso, contó, en las culturas mesoamericanas muchas piezas se hacían sobre metal. Muchos creadores de plumaria que conoce encapsulan sus obras en vidrio para protegerlas de la polilla, pero ella prefiere tenerlas al aire y ha comprobado que basta con aplicar un spray antipolillas dos veces al año, igual que se cuida la ropa. Dijo haber probado otros métodos sin éxito.

Una persona del público, que se presentó como cocinero, le preguntó por qué los pintores aprecian una pequeña pluma rígida de la becada, que según explicó usan desde antiguo para pintar detalles de precisión como ojos, labios o pestañas. Iglesias conocía la pluma pero no ese uso; dedujo que se debe a su rigidez y a su punta dura, que ningún pincel tiene, y reconoció que no sabía el porqué exacto. Aprovechó para contar su vínculo con la cocina: de joven, cuando era mala estudiante, la "castigaban" a trabajar y acabó en un restaurante llamado Arce con Iñaki, y para el libro de sombrerería que escribió con su madre se inspiraron en un libro de recetas de los Roca. Ese libro, que regaló a la fundación, responde según ella a la necesidad de dejar por escrito el saber de su madre; antes revisaba los apuntes de sus alumnos por miedo a que, trabajando en teatros serios, repitieran un error atribuyéndoselo a ella.

Otra persona preguntó cuántas plumas lleva una pieza y por qué su muestrario se compone casi solo de aves de suelo y ánades. Iglesias contestó a la segunda parte: hubo una regulación oficial tras los abusos de principios del siglo XX, pero sobre todo una conciencia social con la que su generación ya nació, de modo que ni se le ocurre usar otras especies. No llegó a dar una cifra de plumas por pieza.

En esa respuesta anunció una exposición temporal en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, a partir del 15 de julio y durante seis meses, en la que representará el arte plumario actual. Según explicó, reunirá piezas de plumaria de colecciones de Madrid, entre ellas del Museo de América, del de Antropología y del de Artes Decorativas, donde descubrió una técnica asiática con plumas de martín pescador que no conocía, junto a las aves correspondientes naturalizadas por los taxidermistas del museo, y también contará la historia de los sombreros y de la esquilma de pájaros.

La taxidermia le trajo otro recuerdo. De la tienda que cerró cuando tenía ocho años conservaba unos broches con cabecitas disecadas de gorrión; uno se le cayó y se rompió porque el pegamento había caducado, y quiso aprender a restaurarlo. Nadie quería enseñarle: no encontró libros, clases ni escuelas. Al final pagó 20 o 30 euros por una llamada de dos horas con un hombre cuya madre era aficionada a la taxidermia, que le dio cuatro claves básicas. Su primer intento, contó entre risas, parecía un pájaro atropellado. Contrapuso aquel secretismo con la situación actual, en la que en YouTube hay gente que explica oficios con enorme profundidad, y con el libro que hizo con su madre, del que otras sombrereras le dicen que lo han contado todo. Sobre la pregunta de la taxidermia, explicó que los taxidermistas conservan la piel entera, y que lo difícil en las aves es que, al mover la piel, las plumas se desordenan y hay que recolocarlas para que sequen en su sitio y recuperen la forma y la expresión, sobre todo alrededor del ojo, donde la piel es muy elástica. Mencionó al taxidermista Benedito, a quien atribuyó las piezas que admira del museo.

La sesión terminó con el agradecimiento de la moderación a Iglesias y al público por la temporada, sin una conclusión formal. Lo que quedó planteado por la artista fue su convicción de que la técnica perdida del arte plumario está por recuperar, de que la artesanía contemporánea gana terreno frente a un arte cada vez más conceptual y de que la frontera entre artista y artesana depende, para ella, de dónde y para quién trabaja.