Luis Fernández-Galiano: la arquitectura como crónica del mundo, de los poblados dirigidos al desorden que viene

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Resumen

En esta sesión de las «Memorias de la Fundación» de la Fundación Juan March, el periodista Ramón González Férriz conversa con Luis Fernández-Galiano: arquitecto, catedrático emérito de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid y director de las revistas AV, Arquitectura Viva y AV Proyectos. Nacido en Calatayud en 1950 y madrileño durante la mayor parte de su vida, fue dos veces becario de la Fundación e impartió en ella ciclos sobre maestros de la arquitectura del siglo XX y sobre cuatro ciudades.

27 min de lectura

La conversación recorre su formación, su paso de la ecología militante a una defensa decidida de la ciudad densa, su larga tarea como cronista y editor, y su lectura del presente. Su tesis de fondo aparece a mitad del diálogo: la arquitectura es una actividad «de servicio», arcaica y conservadora. Fernández-Galiano no lo plantea como un reproche, sino casi como un elogio.

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Un internado junto al mar: la primera beca, en 1966

La primera beca de la Fundación March le llevó al Reino Unido con 16 años, en 1966. González Férriz le pregunta por el impacto de salir de la España franquista en plena transformación cultural británica. Él matiza que la experiencia decisiva fue otra: vivir por primera vez en un internado. Hasta entonces había vivido en casa y estudiado en el Instituto Ramiro de Maeztu. Pasó dos años en un colegio instalado en un viejo castillo isabelino que había sido propiedad de Randolph Hearst.

El centro se inspiraba en la pedagogía del alemán Kurt Hahn, según la cual los jóvenes debían «correr riesgos juntos». El colegio tenía una estación de salvamento. A veces sonaba la alarma en plena clase y los alumnos debían ponerse el traje de neopreno y salir al mar a rescatar a algún náufrago, con operaciones que tenían un componente real de riesgo. Estudiaban allí unos 180 alumnos de 50 nacionalidades, bajo la dirección de un almirante y con una disciplina muy estricta.

Fernández-Galiano recuerda que jugaba en el equipo de baloncesto porque venía del Ramiro de Maeztu, donde había jugado en un equipo juvenil del instituto. Bromea con que allí solo sabían jugar «los americanos, los griegos y yo». Insiste en que llegó a Gran Bretaña con una formación previa muy buena, gracias a los excelentes profesores del instituto.

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Una vocación inducida y una doble vida en la universidad

En su familia no había tradición arquitectónica. Eran sobre todo científicos y universitarios, no profesionales liberales. Dudaba entre estudiar Exactas o Filosofía y Letras. Su catedrático de dibujo en el Ramiro, el pintor Guillermo García Saúco, vio que dibujaba bien y que se le daban las matemáticas, y le aconsejó Arquitectura porque combinaba lo técnico y lo humanístico. «Me engañaron», dice con ironía.

Durante la carrera llevó una doble vida. Por la mañana asistía a la Escuela. Por la tarde, gracias al inglés aprendido en Gran Bretaña, daba clases de inglés científico a posgraduados de la Facultad de Ciencias: un grupo de astrónomos y otro de botánicos, unos diez años mayores que él.

Su entrada en el mundo editorial fue, según él, fruto del azar: la vida «está hecha de un tejido de azares». Le encargaron traducir un libro sobre la ciudad procedente de Scientific American, y así conoció al editor Germán Blume. Este le pidió que se ocupara de sus libros de arquitectura, luego de ensayo y finalmente de arte. Lo hizo durante 15 años, en los que publicó alrededor de un centenar de libros, algunos originales y muchos traducidos. En paralelo entró en el consejo de redacción de la revista CAU (Construcción, Arquitectura, Urbanismo). Recuerda también que su primer estudio estaba en una rampa de garaje de la calle Salazar.

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Ecología, crisis del petróleo y una tesis sobre energía

González Férriz sugiere que Fernández-Galiano siempre ha tenido una mirada «humanista», abierta a otras disciplinas. Él corrige el matiz. En aquellos años lo que realmente les interesaba era la ecología, y los libros de Blume trataban, «de una forma un tanto ingenua», sobre colectores solares, molinos eólicos o casas autosuficientes. Lo que sí tenía era un buen bachillerato. Cita a alguien que decía que una persona es, al final, «una madre y un bachillerato», y él añade que en su caso también un padre. Recuerda que las dos crisis del petróleo coincidieron con el final de sus estudios, de modo que salió a la profesión en un momento en que eso era lo que importaba.

El entrevistador describe su trayectoria como la de un estudiante comprometido, marxista, que al viajar por Europa del Este y China comprueba que el comunismo no había funcionado como esperaba. Según González Férriz, habría encontrado en la ecología un nuevo proyecto político, como ocurrió a muchos en Alemania. Fernández-Galiano lo acepta y muestra fotos de cuando, todavía en vida de Franco y recién salido de la Escuela, «un grupo de barbudos» ganó en elecciones democráticas el Colegio de Arquitectos. Él formaba parte de aquella junta de gobierno.

Subraya, sin embargo, que abordaba estos temas desde una óptica científica. Su tesis doctoral versó sobre termodinámica y construcción y tenía un carácter econométrico: trasladaba las tablas input-output de Leontief de unidades monetarias a unidades energéticas. Como el asunto resultaba demasiado abstruso para una escuela de arquitectura, el prólogo acabó convertido en libro. Se publicó en Alianza con el título El fuego y la memoria, sobre arquitectura y energía, y después salió en inglés. Su propósito, dice, era dotar a las inquietudes ecológicas de un sustrato científico sólido.

9:49

Los poblados dirigidos: autoconstrucción y reparto no clientelar

La segunda beca de la Fundación, solicitada en 1975, financió el trabajo Alternativas de alojamiento: bases para una política alternativa de vivienda en España, centrado en los poblados dirigidos de Madrid. En algunos intervinieron arquitectos conocidos como Oíza, Sierra y Alvear. González Férriz comenta que hoy tienen un aspecto muy modesto.

Fernández-Galiano explica que el interés venía de la preocupación de los sectores alternativos por la autoconstrucción. «Poblados dirigidos» significa poblados que la gente construía bajo la dirección de arquitectos. Muchos se terminaron después con contratas normales, pero la idea inicial era que los propios habitantes levantaran sus casas. Eran sobre todo inmigrantes españoles llegados a Madrid que vivían en chabolas e infraviviendas, y los profesionales les ayudaban a ordenar el barrio de forma más sensata. La experiencia les atraía por ser a la vez alternativa, social y tecnológica, con métodos constructivos sencillos y cierta horizontalidad buscada entre el arquitecto y los vecinos. Predominaban las mallas bajas «en alfombra», aunque los últimos poblados incluyeron viviendas en altura.

Dedicó mucho tiempo al estudio. Su conclusión fue que la experiencia, iniciada en 1956, había sido útil sobre todo por un motivo: como la gente tenía que trabajar en la obra, las viviendas públicas no podían adjudicarse de forma clientelar. Solo las obtenían quienes habían trabajado los fines de semana, personas empleadas durante la semana como albañiles o camareros, que accedían así a una vivienda con un apoyo financiero muy significativo del Estado.

¿Qué enseñan los poblados ante la crisis de vivienda actual?

Preguntado por si ese modelo sirve hoy, Fernández-Galiano recuerda que los poblados se hicieron de forma muy irregular, ocupando el cinturón verde de Madrid y violando la normativa urbanística. No cree que deba repetirse. Sí sostiene que hace falta más suelo y construir más. Para él el problema de la vivienda tiene una dimensión cuantitativa. Una revista de arquitectura debe favorecer lo que tenga más calidad estética y técnica, pero «ahora mismo lo que necesitamos sobre todo es más vivienda».

González Férriz cuenta que está buscando piso en Madrid y le choca la distancia entre la arquitectura que celebran las revistas y la de los barrios reales. Fernández-Galiano responde con el ejemplo de Caño Roto, que considera un éxito. Su arquitecto, Vázquez de Castro, vivió en una de aquellas casas modestas durante la primera etapa de su vida. En su opinión, los poblados reunieron a los mejores de esa generación, que trabajaron por altruismo, por experimentar y porque sentían que eso era lo que España necesitaba. Julián Laguna, desde la comisaría de poblados, recurrió sobre todo a arquitectos jóvenes, para quienes aquello era una oportunidad y un compromiso social. Entre ellos había perfiles muy izquierdistas y otros muy conservadores que coincidían en que eso era lo que debía hacerse.

14:56

La «arquitectura de papel»: enseñanza, cursos y mentores

En 1977 se convirtió en profesor titular de Proyectos y más tarde enseñó Elementos de Composición. ¿Por qué no se dedicó más a construir? Otra vez por azar. En el estudio eran cuatro: tres hacían edificios y él se dedicaba a la «arquitectura de papel», es decir, la enseñanza, las revistas y los libros.

Dio clases también en Pamplona y organizó muchos seminarios en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander. Primero los hizo con Antonio Fernández Alba, a quien considera su segundo mentor tras Alejandro de la Sota, figura muy influyente en la Escuela. Después impartió por su cuenta cursos «magistrales» que llegaban a sumar 14 conferencias en una semana: dos por la mañana y una por la tarde de lunes a jueves, y dos el viernes por la mañana. Lamenta que no haya quedado registro de nada de aquello: «todo esto al final es lágrimas en la lluvia». La Fundación March, en cambio, lo graba todo. González Férriz menciona que allí se conserva incluso su solicitud de beca manuscrita.

17:00

Un «miesiano reticente» y un cronista de todos

Sobre su canon personal, reconoce que fue Alejandro de la Sota quien convirtió a toda su clase «al evangelio» de Mies van der Rohe. Luego tuvo que «curarse», pero se define todavía como un «miesiano reticente y vergonzante».

Ha mantenido relación estrecha con arquitectos de su generación a los que llevó a la Fundación, como Jacques Herzog o David Chipperfield. También con maestros de la generación anterior, como Norman Foster o Renzo Piano. Con ellos y con una docena más grabó 14 conversaciones para Arquia, un banco de arquitectos. Esas grabaciones acabaron vendidas a Netflix, donde todavía pueden verse. Lo describe como «una locura» y comenta que en los medios hay umbrales que, cuando se superan, lo cambian todo.

Preguntado por lo que tienen en común sus arquitectos preferidos, rehúye la idea de un canon. La revista es «de registro» y él mismo se considera «un cronista del mundo», así que debe interesarse por todos. Con algunos tiene vínculos mayores por razones «casi de piel». Frente a las revistas de tendencia, que promueven un tipo concreto de arquitectura, AV ha querido ser «muy católica, muy universal».

20:08

AV: una revista nacida por encargo que se convirtió en archivo

La revista nació en 1985, cuando él tenía 35 años. Fue un encargo de una sociedad pública de vivienda creada por los socialistas, llegados al poder dos o tres años antes. La sociedad les dio espacio en su sede y compraba parte de la tirada. Cuando eso terminó, al cabo de dos o tres años, decidieron seguir por su cuenta. En la presentación madrileña participaron cuatro personas, ninguna de ellas arquitecto: Félix de Azúa y tres amigos ya fallecidos, Juan Antonio Ramírez, Paco Calvo y Vicente Verdú. Con Calvo organizó muchas conferencias y ciclos en el Museo del Prado. Con Verdú hizo durante 14 años unas páginas en El País. Los recuerda con especial nostalgia. En Sevilla, en cambio, la revista se presentó con Aldo Rossi, entonces el arquitecto más celebrado.

Cuarenta años después cree que AV ha construido «una crónica verosímil», con voluntad universalista. La primera revista publicaba cuatro números al año. Hoy, entre las tres cabeceras (AV Monografías, Arquitectura Viva y AV Proyectos), publican 26, además de libros y otras actividades. También han ampliado el foco geográfico. Unos atlas de arquitectura que le encargó la Fundación BBVA le obligaron a documentar regiones que apenas conocían. Conocían Europa, Estados Unidos, algo de América Latina y Japón, pero muy poco de China, nada del resto de Asia y menos aún del África subsahariana, que describe como «puntos ciegos» en el mapa de la producción arquitectónica.

El País: crónica, no divulgación

Su primer artículo en El País apareció en 1980. Escribió con regularidad desde 1986, y en 1993 empezó con Vicente Verdú una página semanal de arquitectura que duró 14 años y que, según él, ningún otro periódico tenía. Después escribió ocasionalmente en Opinión. Hoy ya no colabora y se concentra en la revista.

Cuando González Férriz alaba su labor de «divulgación», Fernández-Galiano rechaza el término porque lo percibe como paternalista. Su voluntad era hacer crónica: contar las cosas con las mejores imágenes y los mejores textos. Usaba los mismos materiales para el periódico y para la revista, porque no creía que el público general y el especializado necesitaran códigos distintos. «La buena prosa y las buenas imágenes funcionan igual en los dos sitios».

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Cuarenta años de arquitectura en seis volúmenes

Para resumir el periodo, recurre a los libros en que ha recopilado sus artículos. Primero, la etapa ecológica de los «empeños sostenibles» y las «grandes esperanzas», entre 1985 y 1992, cuando sentían que las cosas cambiaban y España vivía un momento dulce. Después, «fracturas y ficciones»: por un lado el poder de Disney y de una arquitectura mercantil «dulzona», por otro la deconstrucción y las arquitecturas que buscaban provocar. Siguieron unos 14 años «fantásticos», que califica de «alejandrinos» por su combinación de grandes edificios y sofisticación: la edad del espectáculo, con el Guggenheim como icono. Después vinieron los «tiempos de incertidumbre», abiertos por el 11-S y la crisis financiera, con las subprime en 2007 y Lehman Brothers en 2008. Los dos últimos volúmenes recogen las crónicas de la crisis y el ascenso de China, que ilustra con el estadio olímpico de Herzog & de Meuron en Pekín, y los «territorios del riesgo», con Kiev en portada por la guerra en Europa.

¿Ha cambiado la arquitectura más de lo habitual en este tiempo? Responde con ironía: todo el mundo cree haber vivido tiempos interesantes, pero los suyos, por fortuna, no lo han sido tanto como los del ascenso del nazismo y la guerra mundial. «De lo cual yo me felicito».

28:28

Más urbanidad que urbanismo: el elogio de la ciudad densa

González Férriz recuerda un artículo de los años noventa, escrito tras unas municipales, en el que Fernández-Galiano pedía irónicamente a los alcaldes que olvidaran los proyectos espectaculares y volvieran a lo básico: silencio, jardineros, aceras amplias con árboles, calles limpias, bien conservadas y seguras. Concluía que quizá no hacía falta tanto urbanismo como más urbanidad.

Él sigue defendiéndolo y va más allá. La ciudad es, a su juicio, «el mayor invento de la historia de la humanidad». Aunque en su etapa ecologista soñaban con el retorno al campo y la casa autosuficiente, la ciudad es el escenario más rico para la vida: en contactos, relaciones y estímulo intelectual y emocional. Por eso defiende la ciudad densa, que considera además la más sostenible. Resume esa idea con una frase que, reconoce, le reprochan a menudo: «el cemento es más verde que el césped». Es decir, la ciudad es más ecológica que las urbanizaciones de casitas con jardín, perro y barbacoa que tapizan el territorio.

La pandemia, dice, fue la única vez que resurgió la tentación del campo, y resultó un «fracaso total»: la gente ha vuelto. «La gente vota con los pies». Si la humanidad es hoy un 50 % urbana y lo será en un 70 % dentro de 20 o 30 años, es porque la ciudad es el mejor lugar para desarrollar una vida profesional y personal. La concentración abarata además los servicios, desde el cableado y el alcantarillado hasta los centros de salud y las escuelas, mientras que abastecer una aldea gallega resulta «carísimo».

Ante la pregunta de si es viable adaptar las ciudades a un mundo con dos grados más, responde que ya se está haciendo. Pone como ejemplo el cambio en el mix energético español y el aumento de las renovables en 15 años. Considera razonable el ritmo y cree que los problemas actuales son de otra naturaleza, ligados sobre todo a la inestabilidad geopolítica.

32:42

Cuatro ciudades y el desplazamiento hacia Asia y África

El ciclo «Cuatro ciudades», luego convertido en libro, fue según él uno de los que más le costó preparar, aunque quedó contento. La idea fue de Lucía Franco; él solo cambió la última ciudad. Planteaba una historia cultural del siglo XX a través de la Viena finisecular, el París de Picasso y las vanguardias, el Nueva York de la Guerra Fría y Los Ángeles, donde la cultura deriva hacia lo popular y se aleja de las élites. No es lo mismo, dice, las señoras que pintaba Klimt que lo que hacen Disney y Hollywood. Ha habido una transformación cuantitativa en la extensión de la producción y la difusión cultural.

González Férriz observa que el recorrido avanza hacia el oeste y pregunta si hoy iría hacia Oriente o hacia el sur. Fernández-Galiano responde que eso ya está ocurriendo. Asia es un «caldero de innovación extraordinario» y los artistas africanos conquistan las bienales. Se les busca en parte por esnobismo, admite, pero también por una preocupación genuina por saber dónde surge el pensamiento nuevo. Cuando las realidades son extremas y los medios escasos, el ingenio se agudiza. En varios congresos en Pamplona intentó mezclar a «los sospechosos habituales», con una docena de premios Pritzker, con arquitectos emergentes que trabajan en lugares muy difíciles. Entre ellos está Francis Kéré, de Burkina Faso, por quien siente gran afecto. Tras la última de las exposiciones que le organizó en Madrid, Kéré quiso fotografiarse con todos sus hermanos y le dijo que eran «una familia africana».

Para ilustrar cómo la escasez estimula la invención, acude a ejemplos ajenos a la arquitectura. Menciona, con la duda de si exagera, el Óscar a una película que costó solo 6 millones de dólares. Menciona también el «momento Sputnik» de la inteligencia artificial provocado por la startup china DeepSeek. Según él, se hizo con menos de una décima parte de lo que cuesta la IA estadounidense, no solo en desarrollo sino en consumo de energía y agua. Se pregunta si no disponer de los chips más avanzados les obligó a hacerlo de otra manera.

37:54

Tecnología: «la arquitectura es conservadora»

Sobre el impacto de la tecnología en la arquitectura, empieza admitiendo: «No lo sabemos. Y yo desde luego no lo sé». La inteligencia artificial ayuda a fabricar imágenes y, sobre todo, puede mejorar la coordinación entre los numerosos oficios y agentes que intervienen en un edificio, un proceso muy complejo y caro que ya se apoya en sistemas de información compartida. Pero insiste en que la arquitectura es una disciplina arcaica. Trabajamos con dimensiones muy parecidas a las de las personas de hace mil años y tenemos necesidades similares. Recoge entonces la frase que da título a la sesión: el arte es revolucionario, pero la arquitectura es conservadora.

Reconoce que el mundo virtual está cambiando los hábitos. Sin llegar al extremo de ciertos jóvenes japoneses que no salen de casa, la gente ve cine en casa en lugar de ir a una sala. Eso resta dinamismo a la ciudad y elimina lugares de encuentro azaroso. La tecnología, dice, a veces nos individualiza en exceso, nos segrega y nos aísla. Aun así, recuerda que la tecnología ha transformado la arquitectura. La ciudad del siglo XX no se concibe sin el ascensor y el coche, uno para crecer hacia arriba y otro hacia los lados, ni la arquitectura moderna sin el acero y el vidrio.

No ve hoy materiales nuevos que estén transformando radicalmente la arquitectura. La excepción es que las geometrías complejas son cada vez más fáciles de construir gracias a los medios digitales y robóticos. Recuerda a una arquitecta ya fallecida que se preguntaba por qué usar solo el ángulo recto si existían mil ángulos distintos; entonces eran difíciles de usar. Su ejemplo principal es el Guggenheim de Bilbao, hecho con CATIA, un programa desarrollado para la industria aeronáutica. Según su relato, el mismo arquitecto había arruinado a su cliente en el edificio anterior, el American Center de París, institución vinculada a figuras como Merce Cunningham y John Cage. Intentaron construir manualmente sus formas alabeadas, el centro tuvo que cerrar y el arquitecto no supo hacerlo de manera eficaz y barata. Al llegar a Bilbao había descubierto CATIA, que permitió arquitecturas complicadísimas.

42:43

Contra el arte, a favor de la vida

González Férriz recuerda su discurso de ingreso en la Real Academia de Doctores, donde dijo que la arquitectura se había vuelto ensimismada y narcisista, demasiado ligada al arte. Fernández-Galiano precisa que aquel texto se titulaba «Discurso contra el arte» y era voluntariamente polémico. Su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando se tituló en cambio «Arquitectura y vida», un planteamiento que considera más positivo: no tanto contra el arte como a favor de la vida. La arquitectura es, ante todo, una actividad «al servicio de otros, al servicio de la vida».

Como indicio de las tendencias actuales cita los premios Pritzker. Desde hace unos diez años, dice, distinguen en general a arquitectos con prácticas alternativas. El caso que menciona es Alejandro Aravena, que resucitó ideas de los años sesenta, como la autoconstrucción o construir la mitad de la casa para que el usuario complete la otra mitad, ideas del concurso PREVI de Lima. Aravena recibió el premio y ahora preside el jurado. Para Fernández-Galiano, eso muestra que hoy se valora una arquitectura más próxima a la gente, más allá de palabras «gastadas por el uso» como sostenibilidad. En su opinión, el tiempo de los iconos que servían de emblema a una ciudad, un régimen o un personaje pertenece a la edad del espectáculo, no al presente.

El entrevistador objeta que a los políticos les siguen gustando: el Ayuntamiento de Madrid vuelve a proponer unos Juegos Olímpicos, que según González Férriz son «una ruina en todas partes». Fernández-Galiano lo admite en parte, pero sostiene que los mismos alcaldes que antes pedían un edificio emblemático ahora piden un tranvía, porque una forma de transporte alternativo les da más prestigio y popularidad que un icono construido.

46:37

El desorden que viene ya está aquí

Sus libros anuales de crónicas reflejan un mundo cada vez más caótico. González Férriz vuelve al lema del colegio británico, correr riesgos juntos. Fernández-Galiano recuerda que aquel era otro mundo: solo alumnos varones y un almirante que les decía «cuando ustedes tengan su guerra», porque daba por hecho que cada generación tenía la suya. La de Fernández-Galiano no la ha tenido de cerca, algo que describe como haber ganado «la lotería histórica».

Repasa los títulos recientes: la vida entre paréntesis de la pandemia, el volcán y su ceniza, el inicio de la guerra de Ucrania, las «voces globales» de países que no se sienten representados por los tres grandes imperios y, finalmente, «el desorden que viene». Pero duda de que ese desorden esté por venir. Su último editorial en Arquitectura Viva trata de «tres días de febrero»: el 14 en Múnich, el 17 en París y el 18 en Riad. Considera que esas tres reuniones han cambiado el mundo y le hacen pensar que el desorden «está ya con nosotros».

49:05

La inercia de las ciudades y el respeto a lo existente

González Férriz sugiere que la gran lección de la pandemia es que nada cambió tanto: iban a irse al campo y volvieron a la ciudad, iban a llevar siempre mascarilla y casi nunca la llevan. Fernández-Galiano cita a un experto urbano a quien preguntaron cómo serían las ciudades del futuro y respondió: «Siento decepcionarles, se van a parecer bastante a estas». La arquitectura y la ciudad tienen, dice, «una inercia perezosa en las formas». El trazado de una ciudad perdura a través de las épocas aunque se construya más alto.

No considera censurable esa permanencia. Necesitamos la inercia de las cosas para desarrollar la vida cotidiana. «Habitar viene de hábito», y los hábitos le parecen una manera razonable de estar en el mundo. Que la arquitectura sea habitual es, para él, más un elogio que un reproche.

Sobre los ejercicios de futurismo, como Blade Runner, el cyberpunk o los coches voladores que nunca llegaron, señala que la posmodernidad lo cambió todo. Antes el futuro estaba asociado a las vanguardias y a la transformación radical del mundo. La posmodernidad, vista a menudo solo como un movimiento nostálgico, dejó un legado duradero: el respeto al patrimonio y a lo existente. Le Corbusier quería la tabla rasa y demoler para levantar una ciudad nueva. Hoy eso parece un disparate: se trata de reformar, modificar y alterar lo que existe, no necesariamente de destruirlo.

52:39

Humanidades, formación científica y una profesión de servicio

En el cierre, González Férriz le pregunta si el declive de las humanidades afectará a la profesión. La respuesta de Fernández-Galiano sorprende. Primero observa que hoy se llama arquitecto a profesiones muy diversas, desde quien diseña programas hasta quien vende productos de construcción, mientras que antes había pocos arquitectos y construían. Después afirma que el humanismo entendido de ese modo le parece «sobrevalorado»: para conocer el mundo no es necesario haber estudiado griego. Quienes estudiaron lenguas clásicas son, dice, «residuos de otra etapa, pero no necesariamente fértiles». No le preocupa ese declive.

Considera esencial la formación científica y matemática, quizá porque viene de una familia de científicos, y defiende que hay realidades con una objetividad que transforma el mundo. Para los jóvenes querría una base científica y matemática a la que luego añadirían otras cosas a través de los medios y del entretenimiento. No cree que las humanidades clásicas deban ser el centro de gravedad de la formación, aunque admite que podría equivocarse, y ve en su imposición un «reflejo elitista» que no le agrada. Reconoce, eso sí, que la desaparición de la enseñanza de la religión hace incomprensible buena parte de un museo de arte antiguo, porque sin la Biblia o la mitología clásica se pierden muchas escenas. Se pregunta si eso debe ser base obligatoria o algo que cada uno adquiera por gusto, de forma más vocacional que instrumental.

A la última pregunta, si una formación más técnica dará lugar a una arquitectura mejor, más barata o mejor adaptada al clima, responde que hacen falta herramientas técnicas y también sociológicas. Un arquitecto debe tener en cuenta el emplazamiento, el cliente, el presupuesto y las demandas de la comunidad en su conjunto. Todo edificio se inserta en un tejido urbano colectivo y común, donde inevitablemente quedará sometido al juicio de personas que no intervienen directamente en su construcción.