Luis Fernández-Galiano: la arquitectura como crónica del mundo, de los poblados dirigidos al desorden que viene
Fundación Juan MarchEn esta sesión de las «Memorias de la Fundación» de la Fundación Juan March, el periodista Ramón González Férriz conversa con Luis Fernández-Galiano: arquitecto, catedrático emérito de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid y director de las revistas AV, Arquitectura Viva y AV Proyectos. Nacido en Calatayud en 1950 y madrileño durante la mayor parte de su vida, fue dos veces becario de la Fundación e impartió en ella ciclos sobre maestros de la arquitectura del siglo XX y sobre cuatro ciudades.
La conversación recorre su formación, su paso de la ecología militante a una defensa decidida de la ciudad densa, su larga tarea como cronista y editor, y su lectura del presente. Su tesis de fondo aparece a mitad del diálogo: la arquitectura es una actividad «de servicio», arcaica y conservadora. Fernández-Galiano no lo plantea como un reproche, sino casi como un elogio.
Un internado junto al mar: la primera beca, en 1966
La primera beca de la Fundación March le llevó al Reino Unido con 16 años, en 1966. González Férriz le pregunta por el impacto de salir de la España franquista en plena transformación cultural británica. Él matiza que la experiencia decisiva fue otra: vivir por primera vez en un internado. Hasta entonces había vivido en casa y estudiado en el Instituto Ramiro de Maeztu. Pasó dos años en un colegio instalado en un viejo castillo isabelino que había sido propiedad de Randolph Hearst.
El centro se inspiraba en la pedagogía del alemán Kurt Hahn, según la cual los jóvenes debían «correr riesgos juntos». El colegio tenía una estación de salvamento. A veces sonaba la alarma en plena clase y los alumnos debían ponerse el traje de neopreno y salir al mar a rescatar a algún náufrago, con operaciones que tenían un componente real de riesgo. Estudiaban allí unos 180 alumnos de 50 nacionalidades, bajo la dirección de un almirante y con una disciplina muy estricta.
Fernández-Galiano recuerda que jugaba en el equipo de baloncesto porque venía del Ramiro de Maeztu, donde había jugado en un equipo juvenil del instituto. Bromea con que allí solo sabían jugar «los americanos, los griegos y yo». Insiste en que llegó a Gran Bretaña con una formación previa muy buena, gracias a los excelentes profesores del instituto.
Una vocación inducida y una doble vida en la universidad
En su familia no había tradición arquitectónica. Eran sobre todo científicos y universitarios, no profesionales liberales. Dudaba entre estudiar Exactas o Filosofía y Letras. Su catedrático de dibujo en el Ramiro, el pintor Guillermo García Saúco, vio que dibujaba bien y que se le daban las matemáticas, y le aconsejó Arquitectura porque combinaba lo técnico y lo humanístico. «Me engañaron», dice con ironía.
Durante la carrera llevó una doble vida. Por la mañana asistía a la Escuela. Por la tarde, gracias al inglés aprendido en Gran Bretaña, daba clases de inglés científico a posgraduados de la Facultad de Ciencias: un grupo de astrónomos y otro de botánicos, unos diez años mayores que él.
Su entrada en el mundo editorial fue, según él, fruto del azar: la vida «está hecha de un tejido de azares». Le encargaron traducir un libro sobre la ciudad procedente de Scientific American, y así conoció al editor Germán Blume. Este le pidió que se ocupara de sus libros de arquitectura, luego de ensayo y finalmente de arte. Lo hizo durante 15 años, en los que publicó alrededor de un centenar de libros, algunos originales y muchos traducidos. En paralelo entró en el consejo de redacción de la revista CAU (Construcción, Arquitectura, Urbanismo). Recuerda también que su primer estudio estaba en una rampa de garaje de la calle Salazar.
Ecología, crisis del petróleo y una tesis sobre energía
González Férriz sugiere que Fernández-Galiano siempre ha tenido una mirada «humanista», abierta a otras disciplinas. Él corrige el matiz. En aquellos años lo que realmente les interesaba era la ecología, y los libros de Blume trataban, «de una forma un tanto ingenua», sobre colectores solares, molinos eólicos o casas autosuficientes. Lo que sí tenía era un buen bachillerato. Cita a alguien que decía que una persona es, al final, «una madre y un bachillerato», y él añade que en su caso también un padre. Recuerda que las dos crisis del petróleo coincidieron con el final de sus estudios, de modo que salió a la profesión en un momento en que eso era lo que importaba.
El entrevistador describe su trayectoria como la de un estudiante comprometido, marxista, que al viajar por Europa del Este y China comprueba que el comunismo no había funcionado como esperaba. Según González Férriz, habría encontrado en la ecología un nuevo proyecto político, como ocurrió a muchos en Alemania. Fernández-Galiano lo acepta y muestra fotos de cuando, todavía en vida de Franco y recién salido de la Escuela, «un grupo de barbudos» ganó en elecciones democráticas el Colegio de Arquitectos. Él formaba parte de aquella junta de gobierno.
Subraya, sin embargo, que abordaba estos temas desde una óptica científica. Su tesis doctoral versó sobre termodinámica y construcción y tenía un carácter econométrico: trasladaba las tablas input-output de Leontief de unidades monetarias a unidades energéticas. Como el asunto resultaba demasiado abstruso para una escuela de arquitectura, el prólogo acabó convertido en libro. Se publicó en Alianza con el título El fuego y la memoria, sobre arquitectura y energía, y después salió en inglés. Su propósito, dice, era dotar a las inquietudes ecológicas de un sustrato científico sólido.
Los poblados dirigidos: autoconstrucción y reparto no clientelar
La segunda beca de la Fundación, solicitada en 1975, financió el trabajo Alternativas de alojamiento: bases para una política alternativa de vivienda en España, centrado en los poblados dirigidos de Madrid. En algunos intervinieron arquitectos conocidos como Oíza, Sierra y Alvear. González Férriz comenta que hoy tienen un aspecto muy modesto.
Fernández-Galiano explica que el interés venía de la preocupación de los sectores alternativos por la autoconstrucción. «Poblados dirigidos» significa poblados que la gente construía bajo la dirección de arquitectos. Muchos se terminaron después con contratas normales, pero la idea inicial era que los propios habitantes levantaran sus casas. Eran sobre todo inmigrantes españoles llegados a Madrid que vivían en chabolas e infraviviendas, y los profesionales les ayudaban a ordenar el barrio de forma más sensata. La experiencia les atraía por ser a la vez alternativa, social y tecnológica, con métodos constructivos sencillos y cierta horizontalidad buscada entre el arquitecto y los vecinos. Predominaban las mallas bajas «en alfombra», aunque los últimos poblados incluyeron viviendas en altura.
Dedicó mucho tiempo al estudio. Su conclusión fue que la experiencia, iniciada en 1956, había sido útil sobre todo por un motivo: como la gente tenía que trabajar en la obra, las viviendas públicas no podían adjudicarse de forma clientelar. Solo las obtenían quienes habían trabajado los fines de semana, personas empleadas durante la semana como albañiles o camareros, que accedían así a una vivienda con un apoyo financiero muy significativo del Estado.
¿Qué enseñan los poblados ante la crisis de vivienda actual?
Preguntado por si ese modelo sirve hoy, Fernández-Galiano recuerda que los poblados se hicieron de forma muy irregular, ocupando el cinturón verde de Madrid y violando la normativa urbanística. No cree que deba repetirse. Sí sostiene que hace falta más suelo y construir más. Para él el problema de la vivienda tiene una dimensión cuantitativa. Una revista de arquitectura debe favorecer lo que tenga más calidad estética y técnica, pero «ahora mismo lo que necesitamos sobre todo es más vivienda».
González Férriz cuenta que está buscando piso en Madrid y le choca la distancia entre la arquitectura que celebran las revistas y la de los barrios reales. Fernández-Galiano responde con el ejemplo de Caño Roto, que considera un éxito. Su arquitecto, Vázquez de Castro, vivió en una de aquellas casas modestas durante la primera etapa de su vida. En su opinión, los poblados reunieron a los mejores de esa generación, que trabajaron por altruismo, por experimentar y porque sentían que eso era lo que España necesitaba. Julián Laguna, desde la comisaría de poblados, recurrió sobre todo a arquitectos jóvenes, para quienes aquello era una oportunidad y un compromiso social. Entre ellos había perfiles muy izquierdistas y otros muy conservadores que coincidían en que eso era lo que debía hacerse.
La «arquitectura de papel»: enseñanza, cursos y mentores
En 1977 se convirtió en profesor titular de Proyectos y más tarde enseñó Elementos de Composición. ¿Por qué no se dedicó más a construir? Otra vez por azar. En el estudio eran cuatro: tres hacían edificios y él se dedicaba a la «arquitectura de papel», es decir, la enseñanza, las revistas y los libros.
Dio clases también en Pamplona y organizó muchos seminarios en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander. Primero los hizo con Antonio Fernández Alba, a quien considera su segundo mentor tras Alejandro de la Sota, figura muy influyente en la Escuela. Después impartió por su cuenta cursos «magistrales» que llegaban a sumar 14 conferencias en una semana: dos por la mañana y una por la tarde de lunes a jueves, y dos el viernes por la mañana. Lamenta que no haya quedado registro de nada de aquello: «todo esto al final es lágrimas en la lluvia». La Fundación March, en cambio, lo graba todo. González Férriz menciona que allí se conserva incluso su solicitud de beca manuscrita.
Un «miesiano reticente» y un cronista de todos
Sobre su canon personal, reconoce que fue Alejandro de la Sota quien convirtió a toda su clase «al evangelio» de Mies van der Rohe. Luego tuvo que «curarse», pero se define todavía como un «miesiano reticente y vergonzante».
Ha mantenido relación estrecha con arquitectos de su generación a los que llevó a la Fundación, como Jacques Herzog o David Chipperfield. También con maestros de la generación anterior, como Norman Foster o Renzo Piano. Con ellos y con una docena más grabó 14 conversaciones para Arquia, un banco de arquitectos. Esas grabaciones acabaron vendidas a Netflix, donde todavía pueden verse. Lo describe como «una locura» y comenta que en los medios hay umbrales que, cuando se superan, lo cambian todo.
Preguntado por lo que tienen en común sus arquitectos preferidos, rehúye la idea de un canon. La revista es «de registro» y él mismo se considera «un cronista del mundo», así que debe interesarse por todos. Con algunos tiene vínculos mayores por razones «casi de piel». Frente a las revistas de tendencia, que promueven un tipo concreto de arquitectura, AV ha querido ser «muy católica, muy universal».
AV: una revista nacida por encargo que se convirtió en archivo
La revista nació en 1985, cuando él tenía 35 años. Fue un encargo de una sociedad pública de vivienda creada por los socialistas, llegados al poder dos o tres años antes. La sociedad les dio espacio en su sede y compraba parte de la tirada. Cuando eso terminó, al cabo de dos o tres años, decidieron seguir por su cuenta. En la presentación madrileña participaron cuatro personas, ninguna de ellas arquitecto: Félix de Azúa y tres amigos ya fallecidos, Juan Antonio Ramírez, Paco Calvo y Vicente Verdú. Con Calvo organizó muchas conferencias y ciclos en el Museo del Prado. Con Verdú hizo durante 14 años unas páginas en El País. Los recuerda con especial nostalgia. En Sevilla, en cambio, la revista se presentó con Aldo Rossi, entonces el arquitecto más celebrado.
Cuarenta años después cree que AV ha construido «una crónica verosímil», con voluntad universalista. La primera revista publicaba cuatro números al año. Hoy, entre las tres cabeceras (AV Monografías, Arquitectura Viva y AV Proyectos), publican 26, además de libros y otras actividades. También han ampliado el foco geográfico. Unos atlas de arquitectura que le encargó la Fundación BBVA le obligaron a documentar regiones que apenas conocían. Conocían Europa, Estados Unidos, algo de América Latina y Japón, pero muy poco de China, nada del resto de Asia y menos aún del África subsahariana, que describe como «puntos ciegos» en el mapa de la producción arquitectónica.
El País: crónica, no divulgación
Su primer artículo en El País apareció en 1980. Escribió con regularidad desde 1986, y en 1993 empezó con Vicente Verdú una página semanal de arquitectura que duró 14 años y que, según él, ningún otro periódico tenía. Después escribió ocasionalmente en Opinión. Hoy ya no colabora y se concentra en la revista.
Cuando González Férriz alaba su labor de «divulgación», Fernández-Galiano rechaza el término porque lo percibe como paternalista. Su voluntad era hacer crónica: contar las cosas con las mejores imágenes y los mejores textos. Usaba los mismos materiales para el periódico y para la revista, porque no creía que el público general y el especializado necesitaran códigos distintos. «La buena prosa y las buenas imágenes funcionan igual en los dos sitios».
Cuarenta años de arquitectura en seis volúmenes
Para resumir el periodo, recurre a los libros en que ha recopilado sus artículos. Primero, la etapa ecológica de los «empeños sostenibles» y las «grandes esperanzas», entre 1985 y 1992, cuando sentían que las cosas cambiaban y España vivía un momento dulce. Después, «fracturas y ficciones»: por un lado el poder de Disney y de una arquitectura mercantil «dulzona», por otro la deconstrucción y las arquitecturas que buscaban provocar. Siguieron unos 14 años «fantásticos», que califica de «alejandrinos» por su combinación de grandes edificios y sofisticación: la edad del espectáculo, con el Guggenheim como icono. Después vinieron los «tiempos de incertidumbre», abiertos por el 11-S y la crisis financiera, con las subprime en 2007 y Lehman Brothers en 2008. Los dos últimos volúmenes recogen las crónicas de la crisis y el ascenso de China, que ilustra con el estadio olímpico de Herzog & de Meuron en Pekín, y los «territorios del riesgo», con Kiev en portada por la guerra en Europa.
¿Ha cambiado la arquitectura más de lo habitual en este tiempo? Responde con ironía: todo el mundo cree haber vivido tiempos interesantes, pero los suyos, por fortuna, no lo han sido tanto como los del ascenso del nazismo y la guerra mundial. «De lo cual yo me felicito».
Más urbanidad que urbanismo: el elogio de la ciudad densa
González Férriz recuerda un artículo de los años noventa, escrito tras unas municipales, en el que Fernández-Galiano pedía irónicamente a los alcaldes que olvidaran los proyectos espectaculares y volvieran a lo básico: silencio, jardineros, aceras amplias con árboles, calles limpias, bien conservadas y seguras. Concluía que quizá no hacía falta tanto urbanismo como más urbanidad.
Él sigue defendiéndolo y va más allá. La ciudad es, a su juicio, «el mayor invento de la historia de la humanidad». Aunque en su etapa ecologista soñaban con el retorno al campo y la casa autosuficiente, la ciudad es el escenario más rico para la vida: en contactos, relaciones y estímulo intelectual y emocional. Por eso defiende la ciudad densa, que considera además la más sostenible. Resume esa idea con una frase que, reconoce, le reprochan a menudo: «el cemento es más verde que el césped». Es decir, la ciudad es más ecológica que las urbanizaciones de casitas con jardín, perro y barbacoa que tapizan el territorio.
La pandemia, dice, fue la única vez que resurgió la tentación del campo, y resultó un «fracaso total»: la gente ha vuelto. «La gente vota con los pies». Si la humanidad es hoy un 50 % urbana y lo será en un 70 % dentro de 20 o 30 años, es porque la ciudad es el mejor lugar para desarrollar una vida profesional y personal. La concentración abarata además los servicios, desde el cableado y el alcantarillado hasta los centros de salud y las escuelas, mientras que abastecer una aldea gallega resulta «carísimo».
Ante la pregunta de si es viable adaptar las ciudades a un mundo con dos grados más, responde que ya se está haciendo. Pone como ejemplo el cambio en el mix energético español y el aumento de las renovables en 15 años. Considera razonable el ritmo y cree que los problemas actuales son de otra naturaleza, ligados sobre todo a la inestabilidad geopolítica.
Cuatro ciudades y el desplazamiento hacia Asia y África
El ciclo «Cuatro ciudades», luego convertido en libro, fue según él uno de los que más le costó preparar, aunque quedó contento. La idea fue de Lucía Franco; él solo cambió la última ciudad. Planteaba una historia cultural del siglo XX a través de la Viena finisecular, el París de Picasso y las vanguardias, el Nueva York de la Guerra Fría y Los Ángeles, donde la cultura deriva hacia lo popular y se aleja de las élites. No es lo mismo, dice, las señoras que pintaba Klimt que lo que hacen Disney y Hollywood. Ha habido una transformación cuantitativa en la extensión de la producción y la difusión cultural.
González Férriz observa que el recorrido avanza hacia el oeste y pregunta si hoy iría hacia Oriente o hacia el sur. Fernández-Galiano responde que eso ya está ocurriendo. Asia es un «caldero de innovación extraordinario» y los artistas africanos conquistan las bienales. Se les busca en parte por esnobismo, admite, pero también por una preocupación genuina por saber dónde surge el pensamiento nuevo. Cuando las realidades son extremas y los medios escasos, el ingenio se agudiza. En varios congresos en Pamplona intentó mezclar a «los sospechosos habituales», con una docena de premios Pritzker, con arquitectos emergentes que trabajan en lugares muy difíciles. Entre ellos está Francis Kéré, de Burkina Faso, por quien siente gran afecto. Tras la última de las exposiciones que le organizó en Madrid, Kéré quiso fotografiarse con todos sus hermanos y le dijo que eran «una familia africana».
Para ilustrar cómo la escasez estimula la invención, acude a ejemplos ajenos a la arquitectura. Menciona, con la duda de si exagera, el Óscar a una película que costó solo 6 millones de dólares. Menciona también el «momento Sputnik» de la inteligencia artificial provocado por la startup china DeepSeek. Según él, se hizo con menos de una décima parte de lo que cuesta la IA estadounidense, no solo en desarrollo sino en consumo de energía y agua. Se pregunta si no disponer de los chips más avanzados les obligó a hacerlo de otra manera.
Tecnología: «la arquitectura es conservadora»
Sobre el impacto de la tecnología en la arquitectura, empieza admitiendo: «No lo sabemos. Y yo desde luego no lo sé». La inteligencia artificial ayuda a fabricar imágenes y, sobre todo, puede mejorar la coordinación entre los numerosos oficios y agentes que intervienen en un edificio, un proceso muy complejo y caro que ya se apoya en sistemas de información compartida. Pero insiste en que la arquitectura es una disciplina arcaica. Trabajamos con dimensiones muy parecidas a las de las personas de hace mil años y tenemos necesidades similares. Recoge entonces la frase que da título a la sesión: el arte es revolucionario, pero la arquitectura es conservadora.
Reconoce que el mundo virtual está cambiando los hábitos. Sin llegar al extremo de ciertos jóvenes japoneses que no salen de casa, la gente ve cine en casa en lugar de ir a una sala. Eso resta dinamismo a la ciudad y elimina lugares de encuentro azaroso. La tecnología, dice, a veces nos individualiza en exceso, nos segrega y nos aísla. Aun así, recuerda que la tecnología ha transformado la arquitectura. La ciudad del siglo XX no se concibe sin el ascensor y el coche, uno para crecer hacia arriba y otro hacia los lados, ni la arquitectura moderna sin el acero y el vidrio.
No ve hoy materiales nuevos que estén transformando radicalmente la arquitectura. La excepción es que las geometrías complejas son cada vez más fáciles de construir gracias a los medios digitales y robóticos. Recuerda a una arquitecta ya fallecida que se preguntaba por qué usar solo el ángulo recto si existían mil ángulos distintos; entonces eran difíciles de usar. Su ejemplo principal es el Guggenheim de Bilbao, hecho con CATIA, un programa desarrollado para la industria aeronáutica. Según su relato, el mismo arquitecto había arruinado a su cliente en el edificio anterior, el American Center de París, institución vinculada a figuras como Merce Cunningham y John Cage. Intentaron construir manualmente sus formas alabeadas, el centro tuvo que cerrar y el arquitecto no supo hacerlo de manera eficaz y barata. Al llegar a Bilbao había descubierto CATIA, que permitió arquitecturas complicadísimas.
Contra el arte, a favor de la vida
González Férriz recuerda su discurso de ingreso en la Real Academia de Doctores, donde dijo que la arquitectura se había vuelto ensimismada y narcisista, demasiado ligada al arte. Fernández-Galiano precisa que aquel texto se titulaba «Discurso contra el arte» y era voluntariamente polémico. Su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando se tituló en cambio «Arquitectura y vida», un planteamiento que considera más positivo: no tanto contra el arte como a favor de la vida. La arquitectura es, ante todo, una actividad «al servicio de otros, al servicio de la vida».
Como indicio de las tendencias actuales cita los premios Pritzker. Desde hace unos diez años, dice, distinguen en general a arquitectos con prácticas alternativas. El caso que menciona es Alejandro Aravena, que resucitó ideas de los años sesenta, como la autoconstrucción o construir la mitad de la casa para que el usuario complete la otra mitad, ideas del concurso PREVI de Lima. Aravena recibió el premio y ahora preside el jurado. Para Fernández-Galiano, eso muestra que hoy se valora una arquitectura más próxima a la gente, más allá de palabras «gastadas por el uso» como sostenibilidad. En su opinión, el tiempo de los iconos que servían de emblema a una ciudad, un régimen o un personaje pertenece a la edad del espectáculo, no al presente.
El entrevistador objeta que a los políticos les siguen gustando: el Ayuntamiento de Madrid vuelve a proponer unos Juegos Olímpicos, que según González Férriz son «una ruina en todas partes». Fernández-Galiano lo admite en parte, pero sostiene que los mismos alcaldes que antes pedían un edificio emblemático ahora piden un tranvía, porque una forma de transporte alternativo les da más prestigio y popularidad que un icono construido.
El desorden que viene ya está aquí
Sus libros anuales de crónicas reflejan un mundo cada vez más caótico. González Férriz vuelve al lema del colegio británico, correr riesgos juntos. Fernández-Galiano recuerda que aquel era otro mundo: solo alumnos varones y un almirante que les decía «cuando ustedes tengan su guerra», porque daba por hecho que cada generación tenía la suya. La de Fernández-Galiano no la ha tenido de cerca, algo que describe como haber ganado «la lotería histórica».
Repasa los títulos recientes: la vida entre paréntesis de la pandemia, el volcán y su ceniza, el inicio de la guerra de Ucrania, las «voces globales» de países que no se sienten representados por los tres grandes imperios y, finalmente, «el desorden que viene». Pero duda de que ese desorden esté por venir. Su último editorial en Arquitectura Viva trata de «tres días de febrero»: el 14 en Múnich, el 17 en París y el 18 en Riad. Considera que esas tres reuniones han cambiado el mundo y le hacen pensar que el desorden «está ya con nosotros».
La inercia de las ciudades y el respeto a lo existente
González Férriz sugiere que la gran lección de la pandemia es que nada cambió tanto: iban a irse al campo y volvieron a la ciudad, iban a llevar siempre mascarilla y casi nunca la llevan. Fernández-Galiano cita a un experto urbano a quien preguntaron cómo serían las ciudades del futuro y respondió: «Siento decepcionarles, se van a parecer bastante a estas». La arquitectura y la ciudad tienen, dice, «una inercia perezosa en las formas». El trazado de una ciudad perdura a través de las épocas aunque se construya más alto.
No considera censurable esa permanencia. Necesitamos la inercia de las cosas para desarrollar la vida cotidiana. «Habitar viene de hábito», y los hábitos le parecen una manera razonable de estar en el mundo. Que la arquitectura sea habitual es, para él, más un elogio que un reproche.
Sobre los ejercicios de futurismo, como Blade Runner, el cyberpunk o los coches voladores que nunca llegaron, señala que la posmodernidad lo cambió todo. Antes el futuro estaba asociado a las vanguardias y a la transformación radical del mundo. La posmodernidad, vista a menudo solo como un movimiento nostálgico, dejó un legado duradero: el respeto al patrimonio y a lo existente. Le Corbusier quería la tabla rasa y demoler para levantar una ciudad nueva. Hoy eso parece un disparate: se trata de reformar, modificar y alterar lo que existe, no necesariamente de destruirlo.
Humanidades, formación científica y una profesión de servicio
En el cierre, González Férriz le pregunta si el declive de las humanidades afectará a la profesión. La respuesta de Fernández-Galiano sorprende. Primero observa que hoy se llama arquitecto a profesiones muy diversas, desde quien diseña programas hasta quien vende productos de construcción, mientras que antes había pocos arquitectos y construían. Después afirma que el humanismo entendido de ese modo le parece «sobrevalorado»: para conocer el mundo no es necesario haber estudiado griego. Quienes estudiaron lenguas clásicas son, dice, «residuos de otra etapa, pero no necesariamente fértiles». No le preocupa ese declive.
Considera esencial la formación científica y matemática, quizá porque viene de una familia de científicos, y defiende que hay realidades con una objetividad que transforma el mundo. Para los jóvenes querría una base científica y matemática a la que luego añadirían otras cosas a través de los medios y del entretenimiento. No cree que las humanidades clásicas deban ser el centro de gravedad de la formación, aunque admite que podría equivocarse, y ve en su imposición un «reflejo elitista» que no le agrada. Reconoce, eso sí, que la desaparición de la enseñanza de la religión hace incomprensible buena parte de un museo de arte antiguo, porque sin la Biblia o la mitología clásica se pierden muchas escenas. Se pregunta si eso debe ser base obligatoria o algo que cada uno adquiera por gusto, de forma más vocacional que instrumental.
A la última pregunta, si una formación más técnica dará lugar a una arquitectura mejor, más barata o mejor adaptada al clima, responde que hacen falta herramientas técnicas y también sociológicas. Un arquitecto debe tener en cuenta el emplazamiento, el cliente, el presupuesto y las demandas de la comunidad en su conjunto. Todo edificio se inserta en un tejido urbano colectivo y común, donde inevitablemente quedará sometido al juicio de personas que no intervienen directamente en su construcción.
Buenas tardes a todos. Bienvenidos a esta nueva sesión de las Memorias de la Fundación March. Gracias por estar aquí, también a quienes nos están viendo, sea en directo o sea en diferido a través de internet, o nos están escuchando en el podcast. Hoy es un placer especial hablar con Luis Fernández-Galiano. Buenas tardes, Luis.
Buenas tardes, Ramón.
Luis nació en Calatayud en 1950, pero ha vivido en Madrid la mayor parte de su vida. La otra parte se la ha pasado viajando, también hablaremos de eso. Es arquitecto, es catedrático emérito de Proyectos de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid y dirige las revistas AV, Arquitectura Viva y AV Proyectos. Ha escrito durante muchos años sobre arquitectura en El País, ha sido profesor en varias universidades, comisario de exposiciones en Tokio o en Madrid, es autor de varios libros de los que también hablaremos y ha tenido una larga relación con la Fundación, que es lo que nos sirve de excusa para esta conversación.
No solo ha sido becario en dos ocasiones, que es lo primero por lo que le preguntaré, sino que también ha impartido ciclos como Maestros de la arquitectura del siglo XX, uno sobre cuatro ciudades, Viena, París, Nueva York y Los Ángeles. Ha tenido conversaciones con Herzog, con Chipperfield y hoy está aquí para repasar todo esto y más.
Luis, creo que esa imagen corresponde a cuando estuviste en Reino Unido becado por la Fundación March con 16 años.
Efectivamente, en 1966.
¿En qué grado fue formativa la experiencia de irse de España en el 66? En un momento en que el mundo y también Reino Unido estaba pasando por unas transformaciones culturales que han marcado a tu generación y un momento en que la dictadura de Franco estaba ahí, a ver si se abría o no se abría.
En realidad, la experiencia mayor fue estar en un colegio interno. Yo había estado siempre viviendo en casa y al fin al instituto Ramiro de Maeztu, y antes de entrar a la universidad pues surgió la oportunidad de pasar dos años en el Reino Unido en un colegio que estaba en un viejo castillo isabelino que había sido propiedad de Randolph Hearst y que tenía, digamos, como hilo conductor la pedagogía de un alemán, Kurt Hahn, que decía que los jóvenes debían de correr riesgos juntos. Y entonces pues teníamos una estación de rescate y entonces a veces sonaba la alarma en el aula y tenías que ponerte un traje de neopreno y salir al mar a rescatar algún náufrago, ¿no? Con elementos que a veces pues tenían un elemento de riesgo.
Sí. ¿Te formó mucho ver el extranjero tan pronto?
Bueno, de entrada cuando estás interno en un sitio, ¿sabes?, tienes todo el tiempo del mundo para dedicarlo a tu trabajo, no solamente escolar, sino las distintas cosas que hacíamos allí, porque se hacían, digamos, gran cantidad de actividades, ¿no? Yo estaba en el equipo de baloncesto fundamentalmente porque venía del Ramiro de Maeztu, que como sabes, a través del Estudiantes, pues todos... yo había jugado en el Águilas, que era un juvenil del Ramiro, ¿no? De manera que en este colegio, que había 180 estudiantes de 50 nacionalidades, ¿sabes?, dirigido por un almirante, ¿sabes?, una disciplina muy estricta, y la verdad es que al baloncesto solamente sabían jugar los americanos, los griegos y yo.
Pero eso es el recuerdo del Ramiro, donde tuve profesores excelentes, es decir, que yo llegué a Gran Bretaña, pero con una formación anterior que era muy buena, muy buena.
Sí. Cuando vuelves a Madrid, empiezas en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura. ¿Habías tenido vocación de arquitecto desde pequeño o hubo algo en la adolescencia que te hizo decidirte?
No, en mi familia no había tradición. Era una familia de científicos en general, de universitarios, no de profesionales, pero en el Ramiro había un catedrático de dibujo que era pintor, Guillermo García Saúco, que como yo dibujaba muy bien, pues decidió, y se me daban a mí las matemáticas, que yo debería de ser arquitecto, ¿no? Porque en ese momento estaba dudando si hacer Exactas, como se llamaba entonces, o Filosofía y Letras, ¿no? Entonces dudaba entre las dos y me dijeron: "No, en la arquitectura tienes un poco de cada cosa, ¿no? Un poco de la parte técnica y otra parte la parte humanística". Y me engañaron.
Y en fin, cursé los estudios de arquitectura, pero no solamente en la escuela, porque la escuela iba por las mañanas, pero como había estado dos años en Gran Bretaña y al menos dominaba el inglés, empecé a dar clase también de inglés científico a posgraduados en la Facultad de Ciencias, con lo cual tenía un grupo de astrónomos y otro de botánicos, eran diez años mayores que yo, a los que les daba clase por las tardes. O sea, que durante la carrera, digamos, iba a las clases de la escuela, pero también hacía de profesor universitario, ¿no?
Obtuviste el Premio Fin de Carrera y rápidamente te conviertes en editor de libros de arquitectura, en una editorial a la que asesoras sobre libros de arquitectura, lo cual te hace, has dicho en algún momento, estar muy atento a lo que se está publicando y lo que se está pensando en el extranjero. Muy pronto también te conviertes en miembro del Consejo de Redacción de una revista que se llama CAU, Construcción, Arquitectura y Urbanismo. ¿Tenías planeado, como arquitecto, tener un pie en el mundo de la edición y del periodismo? Es decir, no solo, y luego te preguntaré por eso, lo que muchos imaginamos que es un arquitecto, que es un señor que construye cosas.
Un arquitecto. El primer estudio que teníamos, decimos, era una rampa de garaje en la calle de Salazar, ¿no? La vida... uno no programa su vida, suceden cosas, ¿no? Y está hecha de un tejido de azares, ¿no? En mi caso, pues me encargaron una traducción precisamente de un libro sobre la ciudad del Scientific American, y establecí una relación con el editor Germán Blume y me pidió que me ocupara de los libros de arquitectura que ellos hacían, y también de ensayo, y al final también de arte, y eso es lo que hice durante 15 años. Es decir, que durante 15 años publiqué un centenar de libros, algunos originales, pero muchos de ellos traducidos del inglés o del francés o del italiano, ¿no?
Por lo que vienes contando, has estado en contacto intelectual con otras disciplinas todo el rato, ¿no? Es decir, incluso con gente de la edición, con el ensayo más o menos filosófico o urbano. Decías antes tú tus dudas sobre si dedicarte a las ciencias exactas o incluso a la filosofía. Has tenido como una mentalidad, no me encanta la palabra, pero lo voy a decir, humanista, digamos, de ver la arquitectura en términos muy abiertos.
Bueno, aquellos años no. En aquellos años nos interesaba sobre todo la ecología, y lo que hacíamos también en CAU, los libros que publicábamos en Blume, tenían que ver, de una forma un tanto ingenua, ¿no?, con los colectores solares, los molinos eólicos, las casas autosuficientes, ¿no? Pero lo que sí había por mi parte es una buena formación de bachillerato. Alguien decía una vez que una persona al final es una madre y un bachillerato, ¿no? Pues en mi caso también un padre y un bachillerato. Pero entonces esto estaba presente, pero en aquel momento para nosotros lo importante era la ecología. Ten en cuenta que las dos crisis del petróleo, la del 64 y la del 69, se producen cuando yo termino la escuela. Entonces, yo salgo al mundo de la profesión y lo que importa son las crisis del petróleo.
Es muy interesante porque tú viajas por Europa, eres un estudiante comprometido, marxista, dices en algún momento que es una especie de religión para los estudiantes de esa época, pero a medida que transcurre el tiempo, viajas por Europa, me estoy adelantando un poco, pero viajas por Europa, por Europa del Este, vas a China y te das cuenta de que esto, el marxismo, igual no ha funcionado tan bien como esperabas. Y de algún modo haces lo que yo creo que es, corrígeme si me equivoco, lo que ha sido más habitual en países como Alemania y demás, que es mucha gente que se da cuenta de que el comunismo no ha funcionado: pensar que la ecología sí es el proyecto político sobre el que se pueden vertebrar cosas a futuro.
Bueno, efectivamente. Mira estas fotos de cuando todavía en vida de Franco, y yo estaba recién salido de la escuela, pues un grupo de barbudos, como ves, se hicieron con el Colegio de Arquitectos, porque había elecciones democráticas, ¿no? Y yo formaba parte de aquella junta de gobierno. Pero al margen, digamos, de que efectivamente era un entorno pues radical, ¿no?, lo cierto es que a mí me interesaban esos temas desde una óptica también científica.
He dicho mi tesis doctoral, que fue sobre termodinámica y construcción, que era una forma de intentar... pero era una tesis econométrica, porque era trasladar, digamos, las tablas input-output de Leontief de unidades monetarias a unidades energéticas, ¿no? Y como era un tema a veces demasiado abstruso para una escuela de arquitectura, al final escribí un prólogo que se publicó en forma de libro en Alianza y luego salió en inglés, ¿no?, El fuego y la memoria, que en el fondo era sobre arquitectura y energía. Es decir, que intentaba dotar estas inquietudes ecológicas de un sustrato científico sólido.
Claro. Y en el 75 pides una segunda beca a la Fundación March. La primera fue para estudiar en Reino Unido. La segunda la pides para un trabajo que se llama Alternativas de alojamiento. Bases para una política alternativa de vivienda en España, donde estudias los poblados de Madrid. Es decir, un tipo de construcción muy peculiar, en la que también se hace un uso de los materiales, de la energía, que es muy peculiar. Algunos de ellos los hacen arquitectos muy conocidos, Oíza, Sierra y Alvear. Ahora tienen un aspecto muy modesto, de hecho he visto algunos últimamente, un poco por casualidad. Tienen un aspecto muy modesto, pero ¿qué te llamó la atención de ese modelo de arquitectura o de ese modelo de urbanismo en ese momento?
Pues tiene que ver con las preocupaciones de estos sectores alternativos por la autoconstrucción. Poblados dirigidos quiere decir poblados que la gente construía dirigida por arquitectos. Luego al final muchos se hicieron, digamos, con contratas normales, ¿no? Pero la idea inicial era que la gente se hiciera sus propias casas.
Estamos hablando sobre todo de inmigrantes, o sea, españoles que vinieron a Madrid.
Bueno, fundamentalmente sí, inmigrantes que vivían en chabolas, en infraviviendas, y que podían construirse su casa dirigidos por profesionales que les permitieran un poco pues ordenar de manera más sensata el barrio. En el fondo, esa experiencia nos interesaba por lo que tenía, digamos, de aproximación, bueno, por muchos motivos: era alternativa, era social, era tecnológica, ¿no? Porque usaba métodos de construcción muy sencillos.
Tenía algo de horizontalidad también, ¿no? Buscada entre el arquitecto y...
Claro. Los poblados últimos también tuvieron viviendas en altura, pero sobre todo eran mallas un poco en alfombra, ¿no? Pero la conclusión, a esto le dediqué mucho tiempo, la verdad, y la conclusión fue que había sido útil esa experiencia de los poblados, que empieza el año 56, sobre todo porque, gracias a que la gente tenía que trabajar en ellos, no podían adjudicarse las viviendas públicas de forma clientelar, sino que eran solo para aquellos que habían trabajado durante los fines de semana, gente que trabajaba en otro sitio, de albañil o de camarero, y que sin embargo tenía la oportunidad de obtener una vivienda con un apoyo financiero muy significativo del Estado, ¿no?
Me adelanto 70 años, pero ¿crees que podríamos aprender algo de ese modelo en un momento como el actual de escasez de vivienda?
Los poblados se hicieron de una forma tan irregular, se hicieron en el cinturón verde de Madrid. Es decir, que los emplazamientos se hicieron violando la normativa urbanística, ¿no? Yo no creo que debiéramos hacer ahora lo mismo, pero sí que necesitamos más suelo y sí que necesitamos construir más. O sea, el tema de la vivienda, es verdad, lo hemos tratado a veces en la revista también, ¿no? Y creo que tiene una dimensión cuantitativa. Una revista de arquitectura tiene que favorecer las cosas que tengan una calidad mejor y que, tanto estética como técnicamente, sean más defendibles, pero ahora mismo lo que necesitamos sobre todo es más vivienda.
Aquí hemos venido a hablar de Luis, pero déjenme medio minuto que hable de mí mismo, porque estoy buscando piso en Madrid, y es una experiencia ardua en este momento. Y al mismo tiempo que voy a barrios, en algunos de los cuales estaban estos poblados, leía la revista de Luis, Arquitectura Viva, luego le preguntaré por ella, y el choque entre la arquitectura que celebramos y la arquitectura real me llamaba constantemente la atención, ¿no? La gran distancia que existe entre las viviendas, los barrios, etcétera, y lo que los que sabéis de arquitectura recomendáis o celebráis como modelos a seguir.
Pero fíjate, hay barrios de esos como Caño Roto, ¿sabes?, que fue un éxito. El propio arquitecto, Vázquez de Castro, vivió en una de las casas, claro, un arquitecto joven, y eran unas casas asequibles, ¿no?, durante la primera etapa de su vida, ¿no? Y yo creo que en conjunto fueron un éxito.
Y trabajaron, desde luego, los mejores de esa generación, por altruismo, por experimentar, porque había una sensación de que realmente eso era lo que necesitaba España en ese momento.
Yo creo que Julián Laguna, desde la Comisaría de Poblados, recabó sobre todo arquitectos jóvenes, para los cuales eran una oportunidad y al mismo tiempo una labor de compromiso social, porque allí trabajaron algunos que tenían, digamos, una ubicación ideológica muy izquierdista, aunque también otros muy conservadores, ¿no?, que entendían que era lo que debía hacerse en ese momento.
En el 77 empiezas... ya has dado clases, como decías, pero te conviertes en profesor titular de Proyectos de la Escuela de Arquitectura. Luego das clases de Elementos de Composición. Ya eras editor de libros, estabas en una revista, habías publicado sobre los poblados. ¿Hay algo, o fue uno de los azares de la vida, que no te dedicaras más que un periodo de tiempo breve a la construcción? Digamos, que acabaras dedicándote más a pensar y a publicar y a escribir sobre arquitectura, y a dar clases, por supuesto, que a ser un arquitecto que construye cosas.
Pues azares, como siempre. Al final en el estudio éramos cuatro personas, y tres de ellos hacían edificios y yo me dedicaba a esta arquitectura de papel, ¿no? La de la enseñanza, las revistas, los libros, ¿no? Y la verdad es que no solamente en la escuela de Madrid; he dado clases en Pamplona. Hice muchos seminarios en la Menéndez Pelayo, primero con Antonio Fernández Alba, que, después de Alejandro de la Sota, que había sido una influencia muy importante en la escuela de arquitectura, fue mi segundo mentor, ¿no? Y con él hice muchos cursos en la Menéndez Pelayo, ahí estamos los dos, ¿sabes?, con la Magdalena al fondo.
Y luego ya de forma independiente, haciendo cursos que llamaba magistrales, que suponían a veces hasta 14 conferencias en una semana, ¿no? Dos por la mañana y una por la tarde de lunes a jueves, y el viernes solo dos por la mañana. Bueno, una barbaridad, y por desgracia no ha quedado ningún registro de eso. Aquí es una suerte la Fundación March, porque todo se graba, etcétera, y uno piensa que algo queda, ¿no? Pero todo esto al final es lágrimas en la lluvia.
Lo de la March a veces es angustioso, porque queda todo. O sea, queda tu solicitud de beca manuscrita.
Ah, sí, sí. Bueno, has hecho ese research.
Ah, sí, sí, sí. No, quedan. El mes anterior hablé con Félix de Azúa y pude ver la solicitud mecanografiada de su beca para escribir una novela, y a él le daba incluso un poco de vergüenza lo que había escrito con 23 o 24 años, diciendo que iba a hacer una novela sobre... vamos, cosas muy filosóficas de la época. Pero sí, queda todo.
En este momento, finales de los 70, ¿tienes una especie de canon personal, tienes ya claro cuáles son tus arquitectos preferidos, qué arquitectos te importan? En algún momento has llegado a decir que eres un creyente de Mies van der Rohe. Es
Es decir, hay una especie de santoral.
Pues sí. Bueno, vamos a ver. A mí me convirtieron al evangelio de Mies van der Rohe y fue Alejandro de la Sota en la escuela de arquitectura el que nos convirtió a toda la clase al evangelio de Mies. Luego me he tenido que curar, ¿no? Pero bien, en el fondo sigo siendo un miesiano reticente, ¿sabes? Y vergonzante, pero lo sigo siendo. Luego la vida se lleva por otros caminos y...
Cuando tú me preguntabas hace un rato por mis arquitectos favoritos, ¿no? Antes me han dicho en una entrevista: "¿Cuál es su obra favorita?" Siempre es difícil, ¿no? Pero al menos algunos de los de mi generación que he traído a la Fundación March y que he hablado con ellos, ¿no? Como por ejemplo con Jacques Herzog o con David Chipperfield, ¿no? Que hemos hecho debates.
En todo caso quiero decir que efectivamente ahora voy: algunos de mi generación con los que he tenido una relación muy estrecha porque son gente de mi edad y luego otros maestros de la generación anterior con los que también he tenido un vínculo grande, he estado presente en sus fundaciones, ¿no? Con Norman Foster, por ejemplo, ¿no? O con Renzo Piano, ¿no? Y de hecho a ellos dos y una docena más pues he grabado a través de Arquia conversaciones que luego se vendieron a Netflix y que están todavía en Netflix y que se pueden ver. Y lo de Netflix es una cosa que es una locura, ¿no? Estas 14 conversaciones las hice para Arquia, un banco de arquitectos, que tuvieron su difusión, y de repente entrar en Netflix es una locura. Es que en esto de los medios de repente hay unos umbrales que cuando se superan...
Y ¿te parece ver algo en común en los arquitectos que más te han interesado? O, digamos, obviamente cada uno tiene su personalidad, pero ¿han respondido a preguntas con su obra que a ti te importaban o han encontrado soluciones que te parecían importantes? ¿Hay algo en común en todos ellos?
En realidad, tanto la revista, que es una revista de registro, como yo mismo, que soy un cronista del mundo, me tengo que interesar en todos, ¿sabes? Con algunos he establecido unos vínculos mayores, pero por razones casi de piel, ¿no? Pero interés, yo creo que lo he tenido en todos los grandes personajes del panorama. Es decir, que a diferencia de otras revistas de arquitectura, que son revistas de tendencia y que promueven, ¿sabes?, una arquitectura que tiene unas determinadas características, en nuestro caso hemos querido ser muy católicos, muy universales.
La revista nace en el 85, 1985. Tú tienes 35 años en ese momento. Casualmente en la presentación de la revista participa Félix de Azúa, que es quien estuvo aquí el mes pasado. En realidad son tres revistas: AV Monografías, Arquitectura Viva y AV Proyectos, que nace más tarde. ¿Por qué fundar una revista en ese momento? ¿Qué te hacía pensar que no solo a ti personalmente te podía resultar estimulante, sino el momento, en el 85: socialismo, democracia, la OTAN, la progresiva modernización de España?
Bueno, como tantas cosas es un azar. En este caso es un encargo: me lo encarga una sociedad pública de vivienda puesta en marcha por los socialistas que habían llegado al poder dos o tres años antes, y durante un tiempo nos dan un espacio en una sede de la sociedad, nos compran una parte de la tirada, y esto duró dos o tres años, y después, cuando aquello se terminó, decidimos seguir con la revista y montar algo diferente, ¿no? Pero como decías lo de Félix de Azúa, es bonito que en la presentación estuvo Félix, pero junto con otros tres amigos que ya por desgracia han desaparecido, Juan Antonio Ramírez, Paco Calvo y Vicente Verdú, con los que hice tantas cosas. Juan Antonio, tantísimo, ¿no? ¿Sabes? Con Paco Calvo, muchas conferencias y ciclos en el Museo del Prado, y con Vicente Verdú, pues unas páginas en El País que hicimos durante 14 años, ¿no? Así que con todos ellos tuve una relación muy estrecha y ahora lo recuerdo con especial nostalgia.
Decías que aspirabas a que la revista no fuera tanto una especie de manifiesto defendiendo un tipo determinado de arquitectura, sino más bien algo de registro, ¿no? Que fuera una especie de crónica de lo que iba pasando. ¿Cómo te ves como director y editor de una revista 40 años después? Es decir, ¿qué sensación tienes de lo que ha hecho esa revista o de la crónica o de la historia que ha contado esa revista?
Bueno, creo que es una crónica verosímil, creo que es con una voluntad universalista, en que hemos ido, digamos, ampliando nuestro foco y ampliando nuestro registro geográfico.
Es gracioso. Fíjate esta imagen, que es divertida, ¿no? Porque en Madrid la presentamos con cuatro personas y no era ningún arquitecto, ¿sabes? Eran todos de distintas profesiones, pero ningún arquitecto. En cambio, en Sevilla lo hicimos con Aldo Rossi, que era entonces el arquitecto más celebrado, que está aquí con Guillermo Vázquez Consuegra y conmigo mismo. No, te decía que la primera revista publicaba cuatro números al año; ahora entre las tres cabeceras publicamos 26, más libros y muchas otras cosas. Entonces hemos crecido en volumen de información.
Pero creo que seguimos siendo fieles a esa voluntad de contar todo lo que pasa, de ser un archivo. Hombre, hemos ido aprendiendo. Por ejemplo, la Fundación del BBV me encargó unos atlas de arquitectura que me permitieron conocer zonas con las que no me había familiarizado, porque conocíamos Europa, Estados Unidos, algo América Latina, Japón, pero sabíamos muy poco de China, nada del resto de Asia, y no digamos ya el África subsahariana, no sabíamos nada, y tuvimos que intentar documentar también, ¿sabes?, la arquitectura de esas zonas que parecen que son puntos ciegos, ¿verdad?, en el mapa de la producción arquitectónica. Así que yo diría: hemos ido iguales, pero hemos intentado ampliar el registro geográfico y ampliar el volumen de información.
En el 93, también lo mencionabas ahora, empiezas a escribir una página semanal de arquitectura en El País. Es decir, aparte de hacer la revista, has hablado de estas conversaciones con arquitectos para Arquia; luego te preguntaré por ello, pero en esta casa has hecho muchas conferencias y entrevistas y demás. Escribes en El País, digamos, el primer periódico de España. O sea, que has tenido mucha vocación también de dirigirte a gente que no es especialista en arquitectura, a un público general culto, con curiosidad, sofisticado, pero te has preocupado mucho por la divulgación, que me parece interesante porque quizás no es algo que siempre hayamos hecho bien en España.
Claro, yo oigo el término de divulgación y lo noto diferentemente paternalista. ¿Paternalista, sí? No, bueno, no quiero usar un adjetivo porque, como tú dices, aquí se graba todo, ¿no? [risas] Pero mi voluntad no era hacer divulgación, sino hacer crónica, o sea, contar las cosas con las mejores imágenes y con los mejores textos. Y las mismas imágenes y textos que usaba para El País iban luego a la revista, porque no entendía que la comunicación con el público general y con el público de la arquitectura tuviera que tener unos códigos diferentes. O sea, porque la buena prosa y las buenas imágenes funcionan igual en los dos sitios. Mi primer artículo en El País fue en el año 80, tenía 30 años, y escribí regularmente a partir del 86, y en el 93 empecé con Vicente Verdú la página, que duró 14 años, ¿no? Una página semanal. Ningún otro periódico de Europa tenía una página semanal de arquitectura, ¿no? Y después pues he seguido escribiendo a veces en Opinión, y ahora ya de ninguna manera, ¿no? Ahora solamente me concentro en escribir en la revista.
Y con esta voluntad de crónica que tienes, porque claro, es que el periodo que tú has abarcado... Hemos empezado hablando de los poblados dirigidos, de la autoconstrucción, y en estos años te has ocupado de los arquitectos estrella, de la sensación de que España entraba en el circuito universal de grandes arquitectos, hasta ahora, que también te preguntaré luego por ello, en que estás hablando más de los arquitectos del sur global, de que te interesa un arquitecto de Burkina Faso, etcétera. Ya sé que es imposible, pero ¿cuál sería tu crónica resumida de la arquitectura en este periodo de tiempo? Porque además siempre...
Pues mira, te lo resumo con seis imágenes. Vamos, que como he recopilado en libros mis artículos, pues puedes verlo. Mira, al principio la parte ecológica, empeños sostenibles, las grandes esperanzas. Era el momento, ¿verdad?, del 85 al 92, en que sentíamos que estaban cambiando las cosas y España estaba entrando en un momento dulce, ¿no? Después, fracturas y ficciones. ¿Por qué? Porque simultáneamente está el poder de Disney y, si quieres, de esta arquitectura mercantil dulzona, y por otro lado las fracturas, la deconstrucción, las arquitecturas que buscan provocar, ¿no?
A continuación, estos 14 años fantásticos para la arquitectura, ¿no? Años alejandrinos, porque habían sido por un lado de grandes edificios y al mismo tiempo de una cierta sofisticación, que aquí lo puedes ver: la edad del espectáculo, con el Guggenheim como icono. Y luego los tiempos de incertidumbre que se abren no solamente con el 11S, sino también con la crisis financiera, con el 2007, que es el momento de las subprime, y luego 2008, Lehman Brothers, ¿no? O sea, ahí termina una etapa, y entonces la etapa última que he recogido en estos dos últimos volúmenes: pues las crónicas de la crisis, con el ascenso de China, que ahí lo represento a través de este edificio de Herzog & de Meuron para el estadio olímpico en Pekín, y luego los territorios del riesgo, que inevitablemente tienen ahora mismo a Kiev en la portada, ¿no? Que es una guerra en Europa que ha condicionado tantas cosas que están pasando ahora, ¿no?
¿Tienes la sensación de que la arquitectura ha cambiado más a lo largo de tu vida profesional de lo que lo hacía en otros periodos, o en realidad siempre está cambiando a un ritmo así de elevado?
Creemos que hemos vivido tiempos interesantes, y todo el mundo ha vivido tiempos interesantes. Por fortuna, los nuestros no tan interesantes como los que vivieron el ascenso del nazismo, la guerra mundial, ¿sabes? Todavía estamos a tiempo, ¿eh? No, bien, pero por ahora no está siendo tan interesante, de lo cual yo me felicito. [risas]
Hay una cosa de la que has hablado mucho, has escrito mucho, que es sobre ciudades. Es decir, has pensado desde el principio de tu carrera profesional en ciudades, y leyendo uno de tus artículos de esa época, de los años 90, de la que estábamos hablando, había habido elecciones municipales en España y publicaste un artículo en el que te dirigías a los alcaldes de una manera un poco irónica. Decías: "Bueno, ahora ya han ganado ustedes las elecciones", y les decías que se olvidaran un poco de la gran arquitectura, de los proyectos espectaculares, que se olvidaran un poco de los Guggenheims y de esas cosas, y les pedías que volvieran a cuestiones básicas. Les decías: silencio, jardineros, aceras amplias con árboles, calles limpias y bien conservadas, seguras. Decías: "Quizá no hace falta tanto urbanismo como más urbanidad". ¿Hemos olvidado un poco, o en ese momento se habían olvidado un poco, los básicos de lo que es una ciudad o de lo que debería ser?
No, yo he seguido defendiendo eso de que es mejor la urbanidad que el urbanismo, pero la ciudad es el mayor invento de la historia de la humanidad. Es extraordinaria. Y entonces, aunque en esos momentos ecológicos del principio de lo que comentábamos soñábamos con el retorno al campo, la casa autosuficiente, vivir en un paisaje idílico, en el fondo la ciudad es el mejor escenario de nuestras vidas, el más rico en todo: en contactos, en relaciones, en estímulo intelectual, emocional.
Y por eso he defendido siempre la ciudad densa, la ciudad densa. Y creo que además es la más sostenible. A veces digo esto que la gente no entiende, claro, porque luego me lo reprochan siempre, ¿no? Pero digo que el cemento es más verde que el césped, es decir, que la ciudad es más ecológica, ¿sabes?, que las urbanizaciones estas que tapizan el territorio con estas casitas, con su jardín, su perro, su barbacoa. No.
Pues no. Voy a volver brevemente, les pido disculpas, a mi autobiografía, porque ahora que estoy buscando piso a veces nos desanimamos mucho, mi mujer y yo, mi mujer que también es arquitecta, y mi mujer a veces me dice, me ha dicho estos últimos días: "¿Y por qué no nos vamos al campo?". Y le he dicho: "Porque Galiano dice que no". [risas] No, no será.
Incluso en el contexto del calentamiento global, ¿piensas que la ciudad sigue siendo una fora?
Por supuesto, por supuesto. Y no solo eso, si es que en el único momento que ha habido esa tentación, que ha sido en la pandemia, la gente decía: "No, no, estas casas, tal, fíjate que no tengo suficiente luz, suficiente aire, me voy a ir al campo". Fracaso total. La gente ha vuelto. La gente ha vuelto. O sea, no, la gente vota con los pies, y si la humanidad ahora mismo es un 50% urbana y será un 70% dentro de 30 años o dentro de 20, ¿sabes?, es porque la gente vota con los pies y vota ir a las ciudades, porque es el lugar mejor para desarrollar una vida profesional y personal sin ningún género de duda. Y además es más ecológica porque los servicios se pueden prestar de manera más sencilla; con la concentración puedes tener más fácilmente no solamente las infraestructuras, ¿sabes?, de los cableados o las alcantarillas, sino también los centros de salud, ¿sabes?, las escuelas, todo, mientras que suministrar sus servicios a una aldea gallega, por favor, es carísimo.
¿Y te dan miedo o, digamos, crees que es viable adaptar todo eso a 2 grados más de temperatura media en 20 años? Digamos, ¿crees que existe la capacidad política, económica, arquitectónica para adaptar las ciudades a un mundo mucho más cálido?
Sin duda, lo estamos haciendo ya. Es decir, no es que sea un desideratum, no, es una realidad que es tangible, lo estamos viendo. Fíjate cómo ha cambiado el mix energético en España. Es increíble. En 15 años, el porcentaje de energías renovables que estamos empleando, ¿no? Estamos adaptándonos a una situación nueva y lo estamos haciendo bien.
Iba a preguntarte: ¿crees que es razonable el ritmo al que vamos?
Sí, sí, sí. Y yo creo que lo estamos haciendo bien. O sea, creo que los problemas que tenemos ahora son de otra naturaleza y tienen que ver más con la inestabilidad geopolítica del mundo.
Has estudiado también las ciudades. Hay un ciclo que diste en esta casa y que luego convertiste en un libro que publicó la revista, que se llamaba Cuatro ciudades, y hablabas de Viena, de París, de Nueva York y de Los Ángeles. Era un recorrido por cuatro grandes ciudades, pero también era un recorrido cronológico por la historia cultural, digámoslo así, como ese sitio donde pasan las cosas interesantes, ¿no? Los experimentos. Hablas de la Viena del final del imperio, con Freud y con las nuevas teorías arquitectónicas, y vas desplazándote... Digamos, ves la modernidad de manera inevitablemente atada a las ciudades, vinculada a las ciudades, y que no vamos a poder...
Bueno, la verdad es que este ciclo yo creo que es el que más me ha costado hacer. Pero quedé contento. Era una idea de Lucía Franco, no era una idea mía. Yo solamente cambié la última ciudad. Pero era una historia cultural del siglo XX a través de cuatro ciudades, porque hay cuatro conferencias, ¿no? Si no, hubiéramos hecho 13 o 22, ¿no? Y creo que sí: la Viena finisecular, ¿sabes?, el París de la época de Picasso y las vanguardias, luego la Nueva York de la Guerra Fría y finalmente Los Ángeles, ya con una especie de deriva hacia una cultura cada vez más popular y menos de élites, ¿no? No es lo mismo las señoras a las que pinta Klimt, ¿sabes?, que luego lo que hacen Disney y Hollywood en Los Ángeles. Ha habido una transformación también cuantitativa y de extensión de la producción y la difusión cultural.
Cuando leía este libro me hice una pregunta muy hipotética, que es, si lo ven, las ciudades son cada vez más hacia occidente. Luis va cada vez a...
medida que avanza el tiempo se va cada vez más hacia y luego hay que saltar el Pacífico.
Le preguntaba si hicieras algo, no sé si esto es una idea para Lucía, pero si hicieras ahora esto algo parecido, igual el viaje sería hacia el este. Es decir, a medida que pase el tiempo, esa densidad cultural de nuevas ideas irá sucediendo cada vez más hacia Oriente, hacia Asia, o cada vez más hacia el sur, hacia África. Es decir, no solo en arquitectura, sino también en otras cuestiones, el protagonismo, la capacidad inventiva va a empezar a suceder en otros sitios que no son Europa y Estados Unidos.
Bueno, está pasando ya, ¿no? Es decir, que no solamente Asia es ahora mismo un caldero de innovación extraordinario, ¿no? Sino que los nuevos artistas africanos, por ejemplo, están conquistando las bienales, la buscamos en parte por esnobismo, pero en parte también por una preocupación genuina, ¿sabes?
Ver dónde surge el pensamiento nuevo y a veces cuando las realidades son muy extremas, ¿sabes? Si trabaja con medios muy escasos, muy suficientes, el ingenio, ¿sabes? Se agudiza, ¿no? Y he hecho tres o cuatro congresos en Pamplona intentando mezclar a los sospechosos habituales, a todos estos arquitectos. Ahí había pues una docena de premios Pritzker junto con arquitectos emergentes que trabajan en lugares verdaderamente muy muy difíciles, ¿no? Y algunos como Francis Kéré, el arquitecto de Burkina Faso, del que te hablaba, de los que tengo pues un gran afecto. Y de hecho cuando le organicé una exposición en Madrid, le hice varias, pero la última pues quiso hacerse una foto con todos mis hermanos y me dijo que éramos una familia africana, y esto a mí me gustó especialmente.
¿Te recuerda algo la, digamos, en la revista publicáis con frecuencia cosas que se salen del circuito, que los no especialistas no conocemos, de obras que, como decías, tienen lugar en Asia, en África? ¿Hay algo que te recuerde a lo que hablábamos al principio de los poblados? Es decir, cómo las circunstancias económicas y políticas y climáticas y logísticas te obligan a ser ingenioso, a ser más imaginativo, a inventarte cosas diferentes arquitectónicamente.
Sin duda. Claro, en muchos otros países hacen una arquitectura interesante porque está hecha con medios limitados.
Bueno, pero si ha pasado incluso, bueno, no lo sé. No sé si es exagerar decir que el Óscar a una película que ha costado solo 6 millones de dólares entrar en esta categoría, ¿no? Pero desde luego lo que ha sido el momento Sputnik de la inteligencia artificial ha tenido que ver con una startup china, ¿sabes? que se ha hecho con algo que es como menos de la décima parte de lo que cuestan, no solamente generarlos, sino en consumo de energía y de agua, ¿sabes? La inteligencia artificial norteamericana, ¿no? Entonces, me pregunto si en este caso el no disponer de esos chips avanzados y el tener que hacerlo de otra manera no les ha permitido hacer cosas como DeepSeek, que son verdaderamente para todo el mundo este de la inteligencia artificial un momento de deslumbramiento. Dice, "¿Qué está ocurriendo? ¿Qué estamos haciendo mal?"
Y desde el principio, supongo que inevitablemente cuando piensas en arquitectura tienes que pensar en tecnología. ¿Qué curiosidad tienes o qué piensas que le puede hacer la nueva tecnología a la arquitectura? Es decir, ¿ves a la inteligencia artificial teniendo un impacto claro en la arquitectura o ves, no lo sé, las nuevas formas de telecomunicación ya modelando de algún modo los espacios en que vivimos y que diseñamos?
No lo sabemos. No lo sabemos. Y yo desde luego no lo sé. Es verdad que la arquitectura es una disciplina arcaica, no se diseña con inteligencia artificial. Bueno, efectivamente se puede, digamos, sobre todo fabricar imágenes con inteligencia artificial y ayudan. Hay muchos procesos de coordinación entre oficios y las personas que intervienen en un edificio, es una cosa muy compleja, además de ser muy cara, ¿no? Intervienen muchas personas y la coordinación que se hace también con sistemas de, digamos, en las que distintos intervinientes, ¿sabes? Todos pueden, digamos, usar una información que comparten, ahí la introducción de inteligencia artificial es muy sencilla. Bueno, no es muy sencilla, pero mejora la coordinación. Pero como digo, la arquitectura es arcaica. Medimos unas dimensiones muy parecidas, ¿sabes? A las que se medían las personas hace 1000 años y tenemos unas necesidades también muy similares a aquellas, ¿no? No, la arquitectura es conservadora. Eso lo decía, decía: el arte revolucionario, pero la arquitectura es conservadora.
Y el hecho de que pasemos tanto tiempo en un mundo virtual cada vez más, ¿crees que puede tener impacto también la manera en que pensemos los espacios? Espacios físicos.
Bueno, evidentemente, sin llegar a los japoneses estos que viven aislados en su burbuja, ¿no? Y que ya dejan de salir de su entorno doméstico porque todo lo consumen a través de medios digitales. Yo creo que esto ha cambiado mucho. La gente consume el cine en casa en lugar de ir a una sala de cine. Eso hace perder a la ciudad dinamismo y hace perder lugares de encuentro azaroso y de interrelación. No es lo mejor. Es decir, la tecnología a veces nos individualiza en exceso, o sea, nos segrega, nos aísla. Pero sin embargo también es verdad que la tecnología ha cambiado muchísimo la arquitectura. Oye, el invento, digamos, la ciudad contemporánea no se puede concebir sin el ascensor y el coche. Los dos grandes inventos que crea la ciudad del siglo XX, uno para crecer hacia arriba y otro para crecer hacia los lados, ¿no? Y evidentemente el acero, el vidrio, tal, la arquitectura moderna no se puede pensar sin estos nuevos materiales.
¿Y te imaginas?
¿Hay materiales nuevos ahora? Pues sí, algunos, pero yo no estoy viendo que estén transformando radicalmente la arquitectura que se hace, salvo que las geometrías cada vez más complejas son cada vez más fáciles de construir. Es decir, que antes la limitación, digamos, formal de la arquitectura tenía que ver con los medios que se empleaban. Hubo una arquitecta ya fallecida que le gustaba decir que por qué voy a usar solamente el ángulo recto, ¿sabes? Si hay mil ángulos distintos que puedo emplear. Bueno, eran difíciles de usar. Ahora, en cambio, se pueden hacer edificios extraordinariamente complejos, ¿sabes? De una forma sencilla. Es decir, que en eso sí los medios robóticos, ¿sabes?, permiten hacer cosas que antes simplemente eran imposibles. Por ejemplo, el Guggenheim se hizo con el programa CATIA, que es un programa diseñado por la industria aeronáutica, ¿no? El mismo arquitecto que hizo ese edificio había arruinado a su cliente en el edificio anterior porque no tenía un instrumento para hacerlo. Lo intentaron hacer manualmente, de estas formas alabeadas, complicadas, ¿no? Y al final, bueno, fíjate, el Centro Americano en París, un centro que tenía una gran historia detrás, ¿no? Con desde Merce Cunningham y tanta gente, ¿no? John Cage, tal, tuvo que cerrar porque el arquitecto les había arruinado, porque no supo construir de manera eficaz y barata esas formas. Sin embargo, cuando llega Bilbao ha descubierto el CATIA, y el CATIA, que es un programa hecho para hacer aviones, que lo desarrolla la logi tal, de repente permite hacer arquitecturas complicadísimas. O sea, que claro que la tecnología influye de esas formas, sin duda.
Cuando entraste en la Academia de Doctores, en tu discurso de admisión en la Academia de Doctores, dijiste: "La arquitectura ha devenido ensimismada y narcisista". Dijiste que la arquitectura se había vinculado mucho al arte y había perdido vínculos con otras disciplinas. ¿Es esa la dirección que crees que ha tomado y que necesita un correctivo o un exceso de…?
Bueno, en aquel momento el título era Discurso contra el arte, es decir, que era una cosa voluntariamente polémica, ¿no? Y sin embargo, cuando ingresé en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, mi discurso se llama Arquitectura y vida, que yo creo que es más positivo, no es tanto contra el arte, sino a favor de la vida. Yo creo que la arquitectura, sobre todo, es una profesión de servicio y es una actividad de servicio, al servicio de otros, al servicio de la vida.
¿Y cómo crees que se traduce eso actualmente? Es decir, supongo que es una pregunta demasiado abstracta, pero ¿ves tendencias identificables en la arquitectura actual, en el mundo postcrisis, en el mundo cada vez más asiático o cada vez más no occidental? Es decir, ¿te parece que hay rasgos que un historiador dentro de 200 años dirá: "Ah, sí, había una coherencia en lo que estaba sucediendo en el primer tercio del siglo XXI"?
Bueno, lo que es cierto que está pasando es que incluso si lo ves a través de elementos a lo mejor tan… que sirven a lo mejor como brújula, ¿no? Por ejemplo, los premios Pritzker, que desde hace 10 años en general distinguen a arquitectos con una práctica alternativa, desde Aravena, comprendes, que resucitó ideas de los años 60, del sueldo servicio, ¿sabes? De aquellas cosas de construir solamente la mitad de la casa y que el usuario saca la otra mitad. Lo de la autoconstrucción, ¿no? Que eran ideas de los años 60, del concurso PREVI de Lima, ¿sabes? Pues las ha resucitado Aravena y luego le dan el premio Pritzker y luego él además preside el jurado, ¿no? Como es el caso ahora. Eso te sirve como indicativo de qué cosas se valoran hoy más, que tienen que ver no solamente con palabras ya demasiado, en fin, gastadas por el uso, como sostenibilidad, pero sí con hacer una arquitectura más próxima a la gente, ¿sabes? Yo creo que el tiempo de los iconos y el tiempo de las arquitecturas que servían, digamos, como emblema de una ciudad o de un régimen político o de un gran personaje, pertenece al pasado, pertenece a esa edad del espectáculo y no al tiempo que ahora vivimos, que tiene otras urgencias y otras demandas.
Pero a los políticos les gusta mucho, ¿no? Yo cada vez que veo, no es por animadversión, pero cada vez que veo al Ayuntamiento de Madrid proponiendo hacer de nuevo los Juegos Olímpicos en Madrid, pienso: pero si son una ruina en todas partes los Juegos Olímpicos. Pero muchos sitios siguen pensando que es la excusa perfecta para renovar la arquitectura de una ciudad, para demostrar el poderío político. Es decir, la arquitectura sí sigue teniendo ese valor tradicional histórico, desde los egipcios o los romanos, de transmitir poderío, valor, capacidad de los políticos para hacer grandes proyectos. ¿Crees que ese tiempo…?
Bueno, en cierta medida eso es cierto, pero también es cierto que los mismos alcaldes que querían, como ellos decían, un edificio emblemático, un edificio icónico, ahora piden un tranvía, ¿sabes? Les da más prestigio social y popularidad, ¿sabes? Una forma de transporte alternativo, ¿sabes? que necesariamente un icono construido, ¿no?
Luis tiene una costumbre los últimos años, no sé cuántos llevas, pero los últimos cinco o seis seguro, de publicar en un librito al principio del año las crónicas que has ido publicando en el año anterior, y he estado mirando las anteriores, los dos o tres últimos años, y ahí me parecía ver algunos de los temas que hemos venido hablando, ¿no? Por un lado, lo que decíamos, ¿no? El cambio climático, la sostenibilidad, el desplazamiento de la arquitectura y de la cultura hacia sitios que no son europeos o que no sean estadounidenses. Y por el otro, en concreto el del año pasado, cómo entramos en un mundo más desordenado, ¿no? Entramos en un mundo mucho más difícil de entender y más caótico y más imprevisible y más arriesgado. Decías al principio que la escuela a la que fuiste con la beca de la Fundación March decía que hay que asumir riesgos juntos. Me parece que vamos a asumir todos riesgos juntos a partir de ahora. ¿Cómo crees que impactará este mundo que todavía no sabemos cómo es en la arquitectura o en…?
Sí, pero ten en cuenta una cosa, que en aquella escuela era otro mundo, claro, éramos todos varones, tal. Lo dirigía un almirante británico y nos decía a veces: "Cuando ustedes tengan su guerra", porque daban por supuesto que cada generación tenía su guerra. Nosotros hemos sido, vamos, tan afortunados históricamente, no hemos tenido una guerra próxima, las hemos visto aquí y allá, pero no hemos tenido una guerra. Nuestra generación no la ha tenido. Es que nos ha tocado la lotería histórica, ¿no? Y esta secuencia que tú ves aquí, ¿ves? Pues mira, pues claro, la vida entre paréntesis, que fue el año de la pandemia, luego el volcán, que fue tan importante, la ceniza, Marte, claro, el inicio de la guerra de Ucrania, ¿no? Voces globales, cuando de repente surge esta importancia de los países que no se sienten representados por los tres grandes imperios, ¿no? Y ahora con la foto esa famosa de portada, el desorden que viene. Pero el desorden que viene no sé si está aquí ya, por eso la última, yo siempre hago un artículo editorial en Arquitectura Viva, y el último habla de tres días de febrero, ¿sabes? Tres reuniones, una en Múnich, de San Valentín, el día 14 de febrero, otra en París tres días más tarde, el día 17, y luego finalmente en Riad, en Arabia Saudí, el día 18 de febrero. Tres días de febrero que han cambiado el mundo y que me hacen pensar a mí que ese desorden que viene está ya con nosotros.
Cuando empezaste, y lo hemos visto en alguna de las imágenes que mostrabas, había una cierta expectativa revolucionaria, quizá no necesariamente en el sentido marxista del término, sino que quizá se esperaba que las cosas iban a cambiar en una dirección distinta, y ahora decías algo que me interesa repreguntarte, que es que a lo mejor resulta que la arquitectura es más conservadora de lo que esperábamos, ¿no? Ahora mencionabas la pandemia. Tengo la sensación de que la gran lección que vamos a sacar del periodo de la pandemia es que nada ha cambiado tanto. Pensábamos que nos íbamos a vivir al campo y hemos vuelto a vivir a la ciudad. Pensábamos que llevaríamos siempre mascarilla y casi nunca llevamos mascarilla. Es decir, ¿te ha sorprendido el mundo a lo largo de esta trayectoria tuya, en la que al mismo tiempo han cambiado un montón de cosas? Como que ahí hay algo como irreductible que nunca cambia o que tiene un sesgo muy conservador la arquitectura, la ciudad, la manera en que vivimos.
Bueno, le preguntaban a un gran experto urbano que cómo iban a ser las ciudades del futuro y él decía: "Pues siento decepcionarles, se van a parecer bastante a estas". Es verdad, es verdad. La arquitectura y la ciudad tienen una inercia perezosa en las formas. Generalmente cuando se traza una ciudad, ese trazado, ¿sabes?, perdura a través de épocas históricas, ¿no? Luego a veces se construye más alto, pero el trazado queda ahí para siempre, ¿no? Es una forma de permanencia que yo no creo que sea necesariamente censurable, ¿no? No, en absoluto. Creo que necesitamos a veces la inercia de las cosas para desarrollar nuestras vidas cotidianas, ¿no? Que en el fondo los hábitos, habitar viene de hábito, y los hábitos yo creo que son una manera razonable de estar en el mundo. Tú, para ser productivo, seguro que tienes hábitos a los que te ciñes con… casi maníacos.
Maníacos, claro. No tanto como maníacos, pero creo que a veces estoy cerca.
Sí, sí. Sin hábitos creo que es imposible. Y por eso el que la arquitectura sea habitual a mí me parece más un elogio que un término de abuso.
Y todos los ejercicios de futurismo que se han hecho con la arquitectura, que quizás es uno de los ámbitos humanos en el que más ejercicios de futurismo hacemos, ¿no? De cómo serían las ciudades de Blade Runner o cómo serían las calles influidas por el cyberpunk o cómo serían los coches voladores, que al final parece que no tenemos coches voladores. Digamos, supongo que es un instinto humano querer conocer el futuro, pero como dices, igual en arquitectura deberíamos ser más prudentes, en arquitectura y en la ciudad, y pensar que quizá las transformaciones no van a ser tan fuertes.
Bueno, eso lo cambió todo la posmodernidad, es decir, que el futuro estaba muy asociado a la idea de las vanguardias y la transformación
radical del mundo en que vivimos. Sin embargo, la postmodernidad, que se ha visto solo como movimiento nostálgico, tuvo algo que se ha quedado con nosotros, que es el respeto al patrimonio, a la herencia, a lo existente, ¿no? El respeto a lo existente. Antes, por el contrario, otra vez Le Corbusier quería la tábula rasa, quería demoler todo para conseguir una ciudad nueva, ¿no? Hoy no se nos ocurre. Hoy pensamos que esos son disparates, ¿no? Que debemos, digamos, respetar lo que existe e intentar reformarlo, modificarlo, alterarlo, pero no necesariamente destruirlo.
Decías antes, por cerrar, decías antes que en parte te dedicaste a la arquitectura porque te convencieron de que ahí se juntaban varias cosas que te interesaban, desde la ciencia o la filosofía o el arte. Ahora hablamos mucho, no sé si demasiado, pero creo que es importante la casa en la que estamos, del declive de las humanidades, de la sensación de que cada vez tiene menos peso la formación clásica o literaria o filosófica sobre las personas. ¿Crees o te imaginas que eso también va a tener un impacto en la profesión de la arquitectura? Es decir, ¿es cada vez menos una profesión, y repito la palabra que no me encanta, humanista para convertirse en otra cosa?
Bueno, yo creo que hoy llamamos arquitecto a tantas profesiones distintas, ¿sabes? Antes había muy pocos arquitectos y construían. Ahora, bajo ese nombre, ¿sabes?, hay gente que hace cosas enormemente diversas y trabaja, ¿sabes?, desde diseñando programas hasta vendiendo productos de construcción, ¿no?
Yo creo que el humanismo a veces, entendido de esa forma que tú lo presentas, está sobrevalorado. Es que para conocer el mundo no es necesario haber estudiado griego, ¿sabes? Y los que hemos tenido la ocasión, ¿sabes?, pues de estudiar lenguas clásicas, en el fondo somos ahora mismo residuos de otra etapa, pero no necesariamente fértiles. No, no me preocupa ese declive.
No creo a veces que el énfasis que se pone en la formación STEM, ¿sabes? Es decir, de la formación fundamentalmente técnica, matemática, ¿sabes?, científica, es esencial y eso es a lo que no podemos renunciar, ¿sabes? Y siempre, quizás porque vengo de una familia de científicos, ¿no?, el defender que hay realidades que, digamos, tienen una objetividad que transforman el mundo, ¿no?
Y entonces, para los jóvenes yo querría una formación que tuviera desde luego una base científica y matemática, a la que ellos luego añadirán muchas otras cosas a través de los medios de comunicación, el consumo de entretenimiento, ¿sabes? Digamos, se enriquecerán, ¿sabes?, su cabeza y su sensibilidad con otras cosas, ¿no? Pero no es imprescindible, ¿sabes?, que defendamos que las humanidades clásicas sean el centro de gravedad de la formación. No, no lo creo. No lo creo. Y puede ser que me equivoque, ¿no?, porque yo mismo provengo de ese mundo, pero no estoy seguro de que podamos imponerlo salvo como una especie de reflejo elitista que no me agrada, ¿no?
Entonces creo que para mí la arquitectura ha sido importante como una herramienta para entender el mundo y documentar el mundo y cartografiarlo. ¿Para eso necesitamos esa formación? No lo sé.
Es verdad que, por ejemplo, la desaparición de la enseñanza de la religión hace que una visita a un museo de arte antiguo sea incomprensible, porque a lo mejor la mitad de los lienzos, ¿sabes?, o muestran escenas de la Biblia o muestran escenas de la mitología clásica. Entonces, sin conocer la mitología clásica o la Biblia, te vas a perder muchas cosas. Pero ¿podemos establecerlo como una base sólida de la formación o es algo que la gente debe adquirir por gusto y por capricho, como algo, digamos, más vocacional que propiamente instrumental?
¿Y tienes la esperanza de que este mayor énfasis en aspectos científicos y técnicos se traduzca en el futuro en una arquitectura no solo que entienda mejor cómo luchar contra el cambio climático o cómo adaptarse al cambio climático, sino también que pueda ser incluso más barata o de mayor calidad, en la que simplemente sea mejor habitar porque está más pendiente de solucionar problemas con herramientas técnicas?
Bueno, herramientas técnicas y herramientas también sociológicas: tienes que conocer, digamos, el mundo en el que trabajas, al que te diriges, ¿no? O sea, un arquitecto, cuando es un edificio, tiene en cuenta el emplazamiento, el cliente, el presupuesto, las demandas ya no solo, digamos, de los que tienen una responsabilidad directa en el edificio, sino de la comunidad en su conjunto. Es decir, que al final sabes que necesitas, digamos, insertarlo en un tejido urbano que es colectivo, que es común y donde irremediablemente vas a estar sometido al juicio de gentes que, digamos, no intervienen de forma directa en el proceso de la construcción, ¿no?
Se nos ha ido la hora, Luis. A pesar del formato, ha sido un placer hablar contigo. Un placer distante. Un placer distante, pero un placer. Muchas gracias a todos por estar aquí, a quienes nos han visto y escuchado desde la web. Y insisto, muchísimas gracias, Luis. Ha sido un placer, por favor. Muchas gracias.
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