Jaume Ripoll en La March: un cine que teme que el público se aburra

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Resumen

En la primera sesión del año de este ciclo de conversaciones de la Fundación Juan March en Palma, Jaume Ripoll, cofundador de Filmin y director del Atlàntida Mallorca Film Fest, charla con un interlocutor que viene del mundo de la publicidad. Es habitual en el ciclo que la gastronomía se cuele como excusa. La pregunta de fondo es por qué el cine sigue sin ocupar en el canon cultural el lugar que tienen la literatura o la pintura. A partir de ahí, la charla recorre la aceleración del lenguaje audiovisual, la obsesión por las cifras y el presente, la relación entre publicidad y cine, la inteligencia artificial, la política en el Hollywood actual, la evolución de las series y la conservación del patrimonio fílmico. Ripoll sostiene que el cine debería mirarse más como obra y menos como dato, y que el espectador actual está perdiendo la disposición a dejarse incomodar.

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Un niño en el videoclub viendo Platoon

El anfitrión arranca con una imagen borgeana: la del niño que se pierde en la biblioteca del padre. Hoy preocupa lo que los niños ven en el móvil, señala, pero también tiene su riesgo lo que uno encuentra en según qué biblioteca o videoclub. Ripoll cuenta que a los siete años veía películas como Platoon, sin que le parecieran raras. Lo más llamativo, admite, es que además las recomendaba en el videoclub familiar y a sus amigos, convencido de que era natural que cualquiera de esa edad las viera. Esa manera de pensar le trajo algún roce en Filmin, donde compañeros suyos le advirtieron que quizá no convenía enfocar ciertas películas hacia niños de nueve años por los posibles problemas con los padres.

Ripoll sitúa esa experiencia en la época dorada del VHS. El formato doméstico llega a España hacia 1979-1980, y para alguien nacido en 1977 los años 84, 85 y 86 fueron un descubrimiento permanente: cada viernes llegaban películas nuevas y él se daba un atracón de tres o cuatro al día. El anfitrión recuerda que en su infancia le decían que ver más de tres películas al día le dejaría ciego o loco. Ambos contrastan ese estigma con el prestigio de leer mucho: nadie considera enfermizo que un niño lea un libro por hora, aunque el Quijote sea precisamente la historia de alguien que enloquece por leer demasiado. Leer cómics, en cambio, sí sigue asociado a la etiqueta de friki.

Para Ripoll, las obras vistas demasiado pronto dejan un poso. Cuando se recuperan años después, dialogan el espectador que uno fue, el que es ahora y todas las vivencias que le permiten descifrar emociones de los personajes que a los siete u ocho años era incapaz de entender. El anfitrión amplía la idea: no hace falta haberlas visto de niño, porque cada vez que se revisita una película uno es un espectador distinto.

Olvidar películas y redescubrirlas

La conversación deriva hacia la memoria. Ripoll confiesa que ha empezado a notar que ya no retiene nombres nuevos. Preparando con su equipo el Festival de Berlín, a diez días vista, se dio cuenta de que no recordaba a directores cuyas películas tiene Filmin. En cambio, sí se acuerda del director de una película menor que vio en 1993 en el Metropolitan, una sala ya desaparecida de Mallorca.

El anfitrión habla de otro olvido, el del argumento, y lo celebra: volver a una película vista varias veces sin saber qué va a pasar. Ripoll pone como ejemplo Carga maldita (Sorcerer), de William Friedkin, adaptación de la misma novela que dio origen a El salario del miedo de Clouzot: unos hombres que conducen un camión cargado de dinamita, rodada en República Dominicana. Ripoll la coloca junto a Fitzcarraldo y Apocalypse Now como tercera gran película de rodaje maldito. En su momento, de pequeño, le pareció una película de aventuras no demasiado bien hecha. Al recuperarla ahora encontró en ella una carga de profundidad que entonces no supo valorar. Solo recordaba que salía Roy Scheider, y ni se acordaba de que también aparecía Paco Rabal.

El anfitrión aporta su propia experiencia con Heidi. Su mujer se la ha puesto a su nieto de tres años, él la odiaba de niño, y al volver a verla le sorprendió lo bien hecha que estaba. Al buscar quién la hizo descubrió que era obra de Miyazaki, de la etapa previa a Ghibli. Ripoll añade que buena parte del público que va a ver El viaje de Chihiro o La princesa Mononoke desconoce ese origen, porque descubrió Ghibli a partir de los noventa.

Steiner y el cine fuera del canon

El anfitrión lee una cita de George Steiner en la que el crítico lamenta que su educación clásica, su temperamento y su carrera académica no le permitieran comprender la importancia de ciertos movimientos modernos. Steiner dice no haber entendido que el cine, como nueva forma de expresión, podía revelar talentos creativos y nuevas visiones mejor que la literatura o el teatro. La pregunta es por qué cuesta tanto que el cine entre en el canon cultural.

Ripoll responde que el cine se asocia constantemente a términos industriales y no artísticos. Nadie piensa un libro en función de cuántos ejemplares ha vendido la reedición de La montaña mágica. Del cine, en cambio, se habla de cuánto recaudaron Los Goonies o una película ese fin de semana, de cuántos premios ganó, de qué nota tiene en FilmAffinity, IMDb o Letterboxd. Propone ir más allá de ese valor numérico asociado a una obra como forma de profundizar en el análisis. Menciona también el debilitamiento de la crítica: ¿quién guía al espectador?

Otra dificultad que señala es que, mientras más o menos se sabe cuáles son los 20, 30 o 50 libros que uno debería leer, no está tan claro cuáles serían las películas equivalentes, aunque ver cine sea mucho más rápido: en lo que dura la lectura del Quijote o de La montaña mágica se puede haber visto la filmografía completa de Kubrick. A su juicio, el cine está preso de dos obsesiones: los números, en su vertiente industrial, y el presente. Dedicamos demasiado tiempo, dice, a ver películas malas actuales en lugar de buenas películas no tan actuales. El anfitrión recuerda que Borges decía leer solo a autores muertos, dejando que el tiempo hiciera la criba, y Ripoll coincide en que hay mucho por rescatar en el cine clásico para entender el mundo.

Como prueba cita las que considera obras más relevantes del año: Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson; Sinners, y Marty Supreme, de Josh Safdie con Timothée Chalamet. Según Ripoll, son películas que beben hasta emborracharse del cine de los setenta, y quien conozca a Cassavetes, Friedkin, Schlesinger, Frankenheimer o Pakula reconocerá que su armazón está construido con elementos que ellos ya utilizaron.

La discusión sobre Sinners

El anfitrión reconoce que no entiende Sinners y que no le gustó, lo que da pie a una defensa. Ripoll explica que le gustan el terror, los musicales y las películas en espacios cerrados, y Sinners reúne todo eso: la compara con quien disfruta a la vez de la caza y de la trufa. No oculta sus defectos. Es sobreexplicativa, tiene un epílogo que califica de atroz y carga su dosis de mensajes, algo que atribuye a la "cuota de 2025" y a los peajes inevitables de una gran producción de estudio. Aun así, valora que lleve al espectador por caminos inesperados, algo que celebra en el cine comercial estadounidense. El anfitrión bromea con volver a verla dentro de veinte años, cuando sea otro espectador.

El anfitrión también compara la resistencia a considerar arte el cine con lo que ocurre con la gastronomía, que se come, se paga con factura y cuyos cocineros, según los dos, tienden a sobreexplicar los platos, como si hubiera alguien al lado de cada cuadro explicándolo durante horas. Y extiende la idea de la búsqueda constante de novedad al vino, un mundo en el que ya no se repiten botellas y en el que lo ligero ha desplazado a lo potente, igual que, según Ripoll, ha pasado en el cine. "Infidelidad y poliamor", resume, es lo que hace hoy el cine.

De la publicidad al cine, pero no al revés

Desde su oficio, el anfitrión plantea una asimetría. Muchos directores de publicidad han hecho grandes carreras en el cine: Isabel Coixet, Jonathan Glazer o Alan Parker. Sobre Parker cuenta una anécdota que él mismo presenta como posiblemente apócrifa. Parker era redactor, y no director de arte, que era el perfil del que solían salir los realizadores, en Collett Dickenson Pearce, considerada entonces la mejor agencia del mundo. Cuando la publicidad llegó a la televisión, se puso a rodar anuncios como un loco para aprender. Un día los socios llegaron con un gran cliente y encontraron la agencia vacía: Parker estaba en el sótano rodando un anuncio de época y había vestido de siglo XVII a toda la plantilla para usarla como figuración. Cuando subió, le dieron dos noticias: estaba despedido y querían ser socios de su productora. Así fue, según el relato.

Ripoll recuerda que tanto a Parker como a Tony Scott se les colgó durante mucho tiempo la etiqueta de directores de publicidad metidos en el cine, cuyas películas, como El corazón del ángel o El expreso de medianoche, primaban lo visual sobre la profundidad narrativa. El anfitrión apunta con ironía que hoy Oliver Laxe dice que el cine es visual y nadie le reprocha nada.

El tránsito inverso, en cambio, casi no se da: cuando cineastas como los hermanos Coen o Woody Allen han hecho anuncios, el resultado ha sido, según ambos, tremendo. Ripoll lo explica así: un director necesita tiempo, trabajo con actores, independencia y libertad de movimiento, y en publicidad no los tiene. El cliente que contrata a un gran cineasta quiere que se vea "Scorsese por todos lados", o De Palma, y el resultado acaba siendo una versión Reader's Digest de su talento, un cliché de su obra.

Ripoll extiende el argumento a las series. Woody Allen fracasó con la suya para Amazon. Scorsese tuvo más éxito, pero como director puntual de algún episodio que marcaba la línea estética, mientras el desarrollo de Boardwalk Empire quedó en manos de profesionales del medio. El anfitrión cita el caso de Bergman, cuya Fanny y Alexander funcionó como serie y como largometraje. Ripoll añade un contraejemplo reciente: Tomas Alfredson, director de Déjame entrar y El topo, retomó un guion de Bergman, Infiel, y lo convirtió en una serie que Ripoll califica de despropósito fallido por todos lados, pese a estar en el catálogo de Filmin. En su opinión, Alfredson está todo el tiempo pensando en cómo lo habría rodado Bergman.

Videoclips, dinero y la aceleración del lenguaje

Sobre la influencia de la publicidad en el público, Ripoll cree que marcó sin duda a la generación de los ochenta y noventa, pero duda de que hoy los anuncios pesen tanto en el imaginario de los nuevos creadores, más allá de ser una fuente de ingresos para financiar cortos y largos. Algo parecido ve en el videoclip. En aquellas décadas un director empezaba con cortos, para explorar lo narrativo y el trabajo con actores, y con videoclips, para experimentar con lo visual, a modo de ensayo antes del largometraje. Recuerda que en su época en el videoclub Casablanca tenía en bucle los DVD de la serie Directors Label con los trabajos de Gondry, Spike Jonze, Glazer y Romanek, como el vídeo de Christopher Walken bailando o Hurt de Johnny Cash. Hoy, cree, el videoclip pesa mucho menos. El anfitrión confirma que en publicidad buscaban nuevos realizadores en ese terreno.

Ripoll también señala una trampa. En publicidad el dinero por segundo era absurdo, "o se aplicaba, ahora ya no", y algunos directores acostumbrados a esos medios, al dar el salto al cine, quieren rodar como en un anuncio sin el presupuesto de un anuncio. La película queda en tierra de nadie y se ve constantemente dónde falla. Sale entonces el caso de Tony Kaye, que quiso retirar su nombre de American History X. Ripoll recuerda que Kaye hizo después Lake of Fire, un documental de tres horas sobre el aborto, que fue una figura controvertida sin muchos amigos en el cine ni en la publicidad, y que lleva veinte años sin rodar un largo.

El anfitrión cree que sí hubo una transferencia de la publicidad al cine: la elipsis brutal, el ir más rápido. Ripoll desmonta primero la queja de que las películas son ahora demasiado largas: el cine siempre ha sido largo, con épicas de dos horas y media en los cincuenta y sesenta y Lo que el viento se llevó rozando las cuatro. Tiene vocación de "novela larga, tapa dura". Lo que sí ha cambiado es la velocidad. Su ejemplo es Spielberg: el Spielberg de 2025 jamás rodaría el primer acto de Encuentros en la tercera fase, ni los largos tramos casi sin diálogos de Tiburón, que para él recuerdan a Moby Dick. "El cine tiene un temor constante a que el público se aburra", afirma, y lo relaciona con un pánico social más amplio al aburrimiento, visible en cómo recurrimos al móvil ante cualquier silencio.

El anfitrión objeta que hay podcasts de tres horas que la gente consume sin problema. Ripoll responde que el podcast funciona como compañía de fondo, como antes la radio: se escucha mientras uno va al baño o cocina. La atención que exige una película es otra, y hay películas que exigen más que otras. Si no se está dispuesto a dársela, la experiencia será un desastre y uno creerá que se aburre cuando en realidad no ha entendido de qué va el juego. De ahí la importancia de la sala frente al salón: en la sala el decoro obliga a la fidelidad, aunque Ripoll admite que esa norma se está perdiendo, con móviles encendidos y gente que se levanta constantemente. Matiza también que el comportamiento en los años ochenta tampoco era ejemplar: su padre tenía cines en Alaró y en Palma, y se fumaba y se hablaba. Se declara a favor de las proyecciones participativas si llenan las salas, aunque él no participe.

Marcas con buena fe: Náufrago y Perfect Days

El anfitrión cierra el bloque publicitario con dos historias que también presenta con reservas sobre su veracidad. La primera es la de FedEx en Náufrago. Ripoll cuenta la versión que conoce: el guion tenía una compañía inventada y Robert Zemeckis pidió permiso a UPS y FedEx porque temía que el público desconectara si la marca no le resultaba reconocible, pese a que en la película se estrella uno de sus aviones. FedEx aceptó y, según esa versión, no pagó nada. A Ripoll le sorprende que ni Universal ni Zemeckis pensaran en sacar dinero, pero prefiere creer en la buena fe.

La segunda es Perfect Days, de Wim Wenders. La Tokyo Toilet le encargó, según el anfitrión, pequeños documentales sobre los aseos de Shibuya renovados por unos quince o diecisiete arquitectos, y Wenders, fascinado, propuso hacer una película. Ripoll lo describe como un renacer: Wenders estaba desprestigiado, nada de lo que hacía funcionaba y todo parecía deudor de su obra anterior, y de pronto rodó un fenómeno que quizá acabe siendo, junto a París, Texas, su película más recordada, incluso por delante de El cielo sobre Berlín. Para Ripoll es el ejemplo perfecto de película imposible de vender en un pitch: un señor aburrido que limpia baños en Tokio y escucha rock. Pero conecta con públicos de todo tipo porque habla de soledad, de comunicación, de segundas oportunidades y de relaciones familiares.

Eso lleva a la cuestión de la prescripción. Según Ripoll, el principal prescriptor hoy es el compañero de trabajo o el amigo, no el crítico. La crítica ha perdido peso porque "todas las películas tienen cinco estrellas", como en los carteles de los musicales de Londres, firmadas por medios que nadie conoce. Compara el cine con la literatura: unos pocos fenómenos y una enorme masa de títulos insignificantes. Cita, como dato que él mismo aporta, que solo un porcentaje ínfimo de los libros publicados en España vende más de mil ejemplares. En un mundo de repetición, concluye, las propuestas extrañas y originales son las que más capacidad tienen de seducir.

La inteligencia artificial: abundancia y huevo ecológico

El anfitrión, implicado profesionalmente en la IA desde la publicidad, pregunta cómo cambiará el cine. Ripoll cree que lo cambiará todo, con un impacto comparable al de internet, que transformó la distribución y el consumo. La IA transformará la manera de trabajar de la industria, desde los dosieres hasta los propios procesos de rodaje, o de no rodaje, y lo que se anticipaba para quince años está ocurriendo en uno. Lo que más le preocupa es lo difícil que resulta regularla. Su pronóstico es gastronómico: igual que el consumidor valora el huevo ecológico frente al de gallinas hacinadas, los espectadores darán valor a las películas y procesos libres de IA.

El anfitrión, que se define como optimista por oficio y por carácter, ve en la IA la caída de una barrera: el dinero, que impedía a mucho talento contar sus historias. Ripoll matiza con una distinción. Lo digital abarató y globalizó la distribución, no el rodaje: hoy no se rueda más barato que antes, sino más caro, y hay quien vuelve al celuloide, como Una batalla tras otra en formato panorámico, con proyectos que se encarecen decenas de millones. En los ochenta se podía rodar en Super 8 o 16 mm con muy poco dinero, como Cassavetes, pero no había forma de distribuirlo. Hoy se puede subir a Vimeo o YouTube. Añade que todos rodamos constantemente relatos de nuestra vida en redes sociales, de los que somos productores, guionistas y actores, y que casi siempre son ficciones.

Sobre el rodaje con IA, Ripoll anticipa efectos especiales más fáciles, pero también el riesgo de gastar demasiada energía en la tecnología y demasiado poca en los personajes. Recuerda cuando George Lucas se obsesionó con los cromas en La amenaza fantasma (1999): actores magníficos que parecían no saber qué hacían ante un fondo verde, en películas "de cartón piedra, más videojuegos que películas". Cree que esa obsesión por la imagen deslumbrante acabará devolviendo el foco al tuétano: el actor, el personaje, la historia. No hace falta IA para contar la historia de un hombre que limpia baños en Tokio.

El anfitrión insiste en que la tecnología ha permitido prosperar a chavales que hacen música en su dormitorio. Ripoll lo concede y menciona a Sean Baker, el último ganador del Óscar por Anora, que se ha autoproducido toda la vida con bajo coste gracias a lo digital. Rodó Tangerine con iPhones y, cuando tuvo más dinero, siguió usándolos pero con ópticas carísimas delante. El problema, para Ripoll, no es que la gente pueda crear, sino la cantidad de obras de poquísima calidad que contaminarán el mercado. Se repite, dice, pero la gran cuestión es cómo gestionar la abundancia. Con la IA crecerá de forma exponencial, porque la harán los creadores, los usuarios que querrán contar su vida como una película que otros quieran ver y la propia IA generando sus películas. Recomienda El congreso, de Ari Folman, director de Vals con Bashir: una película de hace unos quince años, mezcla de animación e imagen real, con Robin Wright como una de las primeras actrices convertidas en modelo digital, que a su juicio anticipaba los dilemas actuales.

Hollywood, propaganda y la era Trump

El anfitrión recuerda que Hollywood ha sido también una industria de propaganda. Las grandes agencias de publicidad estadounidenses tuvieron que abrir delegaciones en todo el mundo porque las películas de los cincuenta y sesenta vendían productos: sus padres querían la nevera de la película de Spencer Tracy o fumar lo que fumaba Bogart. Y el ejército tiene oficinas en Hollywood: Top Gun, dice, "es un anuncio". Ripoll añade que el cine de cada país es hijo de su tiempo y hace publicidad de los temas de su época: el de los ochenta, con Rambo, Schwarzenegger, Stallone o Chuck Norris, refleja la política expansiva de Reagan; el de los setenta, la crisis de identidad posterior a Vietnam; el de los noventa, una ingenuidad permanente, un "Camelot" en la Casa Blanca de Clinton.

Le interesa ver qué cine saldrá del segundo mandato de Trump. Una batalla tras otra anticipa, según él, cuestiones como ICE, y el anfitrión ve en Nuremberg una película directamente antitrumpista. Pero Ripoll advierte que los grandes estudios dependen de cada vez menos manos, grandes conglomerados con muchos intereses, y se pregunta cuánto querrán molestar a quien tiene "la piel tan fina". Pone como ejemplo el documental sobre Melania Trump estrenado ese fin de semana. Según sus cifras, Amazon pagó 40 millones de dólares por él y gastó 30 más en promoción, unos 70 en total, y lo dirige Brett Ratner, acusado de abusos y, según Ripoll, rehabilitado en Hollywood por su amistad con Trump. Antes, dice, había estudios pequeños que daban libertad y recursos; en un mundo dominado por dos o tres plataformas y multinacionales, los creadores dependerán de las ventas internacionales y de una red de distribuidores independientes que entren en los proyectos desde el inicio.

El anfitrión objeta que el cine siempre encuentra salida, como demuestran los cineastas iraníes. Ripoll lo confirma con una noticia de esos días: la detención en Irán del coguionista de Un simple accidente, de Jafar Panahi, Palma de Oro en Cannes y nominada al Óscar, por críticas al régimen.

El anfitrión añade que parte del trumpismo se construye sobre el imaginario fundacional del western. Revisando Harry el sucio, que antes le gustaba, la vio como una película trumpista: hay una ley y un Estado de derecho, pero el protagonista hace lo que le da la gana porque "esto no funciona". Ripoll coincide en que el imaginario del héroe de Clint Eastwood alimenta el trumpismo, encarnado por alguien que vive de la mitología de Hollywood, como Reagan pero en una versión "mucho más simplificada y más estúpida". El anfitrión recuerda un artículo de La Vanguardia, cuyo autor no recuerda, que antes de las elecciones sostenía que el tema de la campaña de Trump era la venganza, eje de la gran filmografía estadounidense, con el justiciero de Charles Bronson como referencia.

Remakes, franquicias y el fin de los superhéroes

A propósito de un supuesto nuevo Doctor Zhivago con Keira Knightley, que el anfitrión no sabe si es real, surge la pregunta por la falta de ideas. Ripoll cree que remakes y adaptaciones ha habido siempre: Carga maldita ya lo era. Lo nuevo es el síndrome de franquicia. Según sus datos, en los ochenta y noventa el 70 % de las películas más vistas eran originales o adaptaciones, no secuelas, mientras que desde los noventa y sobre todo en los 2000 todo es secuela, remake, reboot o readaptación. Lo ilustra con Spider-Man, que pasa de Tobey Maguire a Andrew Garfield y a Tom Holland. Esa obsesión por ir sobre seguro se debe, según él, a lo caro que es ese tipo de cine y a la dificultad de convencer al público de ver otras cosas.

Su analogía viene de un libro sobre un año clave en Hollywood. Ripoll lo sitúa, dudando, hacia 1975, el año de El graduado, ¿Quién teme a Virginia Woolf?, En el calor de la noche, por el protagonismo de un actor afroamericano, y Doctor Dolittle, que supuso el fracaso definitivo del musical. Los estudios estuvieron a punto de abandonar el género, pero Sonrisas y lágrimas y, cree recordar, Hello, Dolly! fueron éxitos. Siguieron haciendo musicales, y todos los demás fracasaron estrepitosamente. Ripoll ve algo parecido con los superhéroes, que acumulan demasiados fracasos ante un público cansado. Su intuición es que en los próximos diez años habrá menos reboots y secuelas y volverán los proyectos originales.

Las series: del DVD a las temporadas de seis episodios

El anfitrión pregunta cuándo las series se hicieron adultas, cuando se empezó a decir que "parecen películas". Ripoll marca dos hitos: Los Soprano, The Wire y A dos metros bajo tierra, en HBO, en el formato corto, y El ala oeste y Expediente X, con temporadas de 24 episodios, en el largo. El factor decisivo, sostiene, fue el DVD. Antes la serie se veía cuando la emitía la televisión, así que los capítulos debían ser autoconclusivos, con excepciones como Twin Peaks. El DVD permitió ver una temporada entera en un fin de semana y abrió la puerta a los grandes arcos narrativos, apoyados por el dinero de HBO. Ripoll lo sitúa entre finales de los noventa y principios de los 2000, con la explosión del mercado DVD.

Hoy la tendencia es la contraria: temporadas de cuatro o seis episodios con un año y medio de espera entre ellas, frente a los 22 de antes, con excepciones como The Pit. Según Ripoll, se gasta lo mismo en menos capítulos para que luzcan más, porque el espectador exige a una serie valores de producción iguales o superiores a los de un largometraje. De Los Bridgerton o La edad dorada se espera algo al nivel formal de James Ivory, y lo que quede por debajo parece cutre. Las series de época de la BBC de los 2000 o Yo, Claudio se perciben hoy como de bajo coste. Filmin lo comprobó con Poirot, la serie de David Suchet: trece temporadas que acaban hacia 2010, remasterizadas y reestrenadas, y suscriptores quejándose de lo cutre que era, rodada en 4:3. La expectativa era que pareciese el Agatha Christie de Kenneth Branagh o el de Sidney Lumet, cuando era televisión, aunque mejora con las temporadas. Ripoll destaca que su versión de Asesinato en el Orient Express, con Jessica Chastain y Toby Jones, le parece mucho mejor que la de Branagh.

El anfitrión pide Canción triste de Hill Street. Ripoll explica que tiene demasiados episodios: se paga por episodio y la inversión no se amortizaría. Doctor en Alaska funcionó muy bien, pero Luz de luna, que en su día celebraron haber conseguido, ha sido decepcionante en audiencia: el público no ha entrado en su forma de narrar las relaciones personales, incómoda a ojos de hoy, como le pasó al anfitrión con Harry el sucio. Ripoll resume su postura: "el cine no envejece, somos nosotros los que envejecemos". Hay que entender cada película en su contexto, y a menudo juzgamos una obra de 1943 como si se hubiera rodado ayer.

Conservar el cine: discos duros, celuloide y mármol

Con una pregunta que le transmitió un colega, el anfitrión plantea si Filmin funciona como una especie de repositorio de películas que alguien querrá ver algún día, un papel que no asumen Netflix o HBO. Ripoll desvía el foco hacia el trabajo "encomiable" y poco comentado de las filmotecas. La nube, recuerda, no es una entelequia sino discos duros, y él ha vivido lo que pasa cuando "se cae la nube". Aunque cada vez hay más iniciativas privadas que apoyan a filmotecas y fundaciones, el debate sobre cómo conservar está poco trabajado. ¿Cada cuánto hay que pasar las películas de un disco duro a otro? ¿Es mejor un disco duro, un ProRes, un DCP o el celuloide, que dura más y cuyo deterioro suele ser parcial? Un disco duro que se rompe hace perder la película entera; el celuloide, en cambio, tiene un coste de almacenamiento elevado.

Como vivimos tanto en el presente, dice Ripoll, nos importa poco el futuro, y se trabaja mucho en restaurar lo que se daba por perdido, como en el festival Il Cinema Ritrovato de Bolonia, y poco en conservar lo que se hace hoy. Pone el ejemplo de la televisión británica de los ochenta y noventa: obras de Dennis Potter, a quien considera uno de los creadores más influyentes de la televisión contemporánea, no pueden restaurarse porque el material en U-matic está destrozado. La filmoteca conservará a Buñuel o Almodóvar, pero ¿quién conservará las películas que se estrenan ahora? Y advierte que ese disco duro guardado en un armario probablemente no funcionará dentro de diez años. El anfitrión lo enlaza con el debate, politizado en España, sobre el mantenimiento de infraestructuras, y con una historia que presenta con reservas: la de los depósitos de residuos nucleares, cuya advertencia para dentro de mil años solo puede grabarse en mármol.

Ripoll comparte entonces el documental que le habría gustado hacer: un cementerio de videoclubs. Entre 2000 y 2005 los videoclubs tenían enormes máquinas expendedoras de metal que pesaban toneladas. En unos tres años cerraron todos, y muchos dueños dejaban las llaves y se marchaban. El propietario del local se encontraba una máquina llena de películas sin valor de mercado, cuya retirada al desguace costaba, según Ripoll, entre 3.000 y 6.000 euros. Se imagina un lugar en Mallorca hacia 2006 lleno de esos monstruos de metal esperando su destrucción, "casi anteayer". Acabaron en chatarrerías.

Preguntas del público: gustos, estrenos y el Atlàntida

Un asistente pregunta si hay un ingrediente común en sus películas favoritas. Ripoll responde que todos somos espectadores más eclécticos de lo que decimos. A Filmin le colgaron durante mucho tiempo la etiqueta de plataforma de gafapastas e intelectuales esnobs, algo que él considera una "chorrada". Disfruta del cine comercial de evasión de los ochenta tanto como de Béla Tarr, Albert Serra o Pasolini, y el catálogo intenta reflejar esa variedad, incluido el cine que se dirige al yo nostálgico: Poirot no es complejo, pero tras un día espantoso regala una hora y veinte sin pensar en otra cosa que en quién ha matado a una anciana en los Cotswolds, y eso, dice, es un trabajo maravilloso. Sí reconoce que, quizá porque su trabajo le obliga a ver mucho cine reciente, lo que más placer le da ahora es el clásico, el rodado hace al menos cuarenta o cincuenta años, y que en el último año y medio o dos ha descubierto muchas películas de esa época.

Como ejemplo cita El hombre terminal, recién estrenada en Filmin: una adaptación de una novela de Michael Crichton dirigida por Mike Hodges, director de videoclips de Queen y de Flash Gordon. Parece de Kubrick, y según Ripoll tanto Kubrick como Terrence Malick la adoraban. La describe como una película de espionaje aséptica, sobre la construcción de una especie de superhéroe, de una modernidad que le hace ver "cuán moderno era el cine antaño", aunque aclara que no sostiene que todo lo anterior fuera mejor, sino que lo encuentra más nutritivo. Entre los próximos estrenos menciona Betterman, una serie corta premiada en Cannes sobre un troll de internet cuya identidad se descubre, con consecuencias que ponen al espectador en una posición muy incómoda. Espera ver cómo reacciona el público ante una serie "moralmente compleja para tiempos binarios".

Ripoll anuncia la nueva edición del Atlàntida, del 24 de julio al 2 de agosto, diez días. El programa no está cerrado: el año pasado lo cerraron tres semanas y media antes, con una diapositiva de la rueda de prensa pendiente de si alguien llamaba o no. Los plazos son cada vez más cortos en todos los festivales. Sobre su misión, explica que la parte online sirvió inicialmente para poner el foco en unas quince películas dentro de un catálogo enorme. La parte presencial en Mallorca permite conectar con una audiencia real, en una sala donde se puede hablar con quien presenta la película, y que gente que jamás vería esos títulos acabe viéndolos gracias a los conciertos, las conferencias, el espacio y la gratuidad. En un momento en que el cine necesita recuperar público, el festival es, como el amigo, uno de los mejores prescriptores.

Distingue esto de Cannes, que para Filmin es industria: un mercado donde se ven películas para comprarlas y se puja por ellas, al que solo se accede como profesional acreditado. Sundance, en cambio, puede seguirlo online desde casa para decidir compras. Lo más parecido a un mercado puro es el American Film Market, a finales de octubre y principios de noviembre, antes en Las Vegas y ahora en Los Ángeles: películas estadounidenses con actores conocidos, sin vocación de festival. Allí conviven los proyectos futuros y lo que Ripoll llama "el pescado de las tres de la tarde", lo que nadie ha querido y se vende rebajado al por mayor. Para poder decir que tienes diez mil películas, bromea con el anfitrión, hay que meter mucha gamba y merluza congelada.

Otra asistente pregunta si el festival seguirá en Mallorca. Ripoll lo afirma sin dudar: el Atlàntida o es en Mallorca o no tiene sentido. La isla ha construido su identidad, con espacios como Ses Voltes, La Misericòrdia o el museo. A directores habituados a festivales les llama la atención lo singular de exponer su película en esos espacios, aunque a algunos les asusta Ses Voltes por ser un espacio "salvaje": hay público infiel que hace ruido, pero también gente que nunca habría visto esa película y se queda con los ojos abiertos.

¿Cómo será la épica del trumpismo?

La última pregunta retoma la política: si el cine de Reagan construyó la épica de la América salvadora y los superhéroes perderán vigencia, ¿cómo se construirá la épica del trumpismo? Ripoll no cree que las grandes producciones vayan a glosar el ideario trumpista ni a denunciarlo, sino que intentarán no molestar. Evitarán temas controvertidos y personajes que puedan leerse como respuesta al trumpismo, sobre todo en estudios que cotizan en bolsa y cuyo negocio depende de decisiones de la Casa Blanca. Pide esperar a las elecciones de medio mandato de noviembre, "si hay midterms y se puede votar", porque quizá lo que parece un fin del mundo, una "Civil War 2", acabe desescalando. También cree que la inmediatez nos lleva a un tremendismo constante, y se pregunta qué habría pasado con la crisis de los misiles de Cuba en la era de las redes sociales.

Menciona A House of Dynamite, de Kathryn Bigelow, sobre una posible guerra nuclear, y recuerda que Sidney Lumet ya rodó ese tema en Punto límite (Fail Safe), con Henry Fonda, que le parece incluso mejor: una película sobre la desinformación y la dependencia de las máquinas que desembocan en una crisis nuclear global.

La pregunta abierta, concluye Ripoll, es si Warner podrá seguir dando 150 millones a un Paul Thomas Anderson para una película como Una batalla tras otra, crítica implícita con ICE y el sistema migratorio trumpista, si acaba perteneciendo a una plataforma global como Netflix. O si viviremos de títulos como Los Bridgerton o Heated Rivalry, que funcionan y "no hacen daño". Estos productos no lavan el cerebro, matiza; lo que hacen es evitar que el espectador se plantee preguntas, cuando la cultura debería planteárselas. Y el público, dice, está cada vez menos dispuesto a hacérselas: ante lo que incomoda responde con boicot, rechazo o amenaza, en lugar de intentar entender por qué existe esa obra. Queda por ver si quienes anticipan ese rechazo darán luz verde a un cine que, recuerda, no puede rodarse con diez millones.