Shaolin: del budismo chan al kung-fu y a la pantalla global

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Resumen

¿Por qué un monasterio del centro de China merece una conferencia propia? Manel Ollé, de la Universidad Pompeu Fabra, abre así el ciclo Místicos y guerreros de Oriente en la Fundación Juan March. Su respuesta es que Shaolin no interesa por ser un edificio singular que haya que visitar, sino porque en torno a él se reúnen historia y mito, leyenda y realidad. Ollé sigue tres hilos entrelazados. Shaolin es, según la tradición, el lugar donde surge el budismo chan, conocido en Occidente por su nombre japonés, zen. Allí se desarrolla también una de las grandes corrientes de las artes marciales chinas, el wushu o kung-fu de Shaolin, que después se globaliza. Y de esa unión entre práctica marcial y dimensión espiritual nace una amplia tradición de cultura popular, primero literaria y luego cinematográfica. El recorrido termina en el presente, con el Shaolin convertido en negocio, espectáculo y franquicia.

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El "templo del bosquecillo" y su complejo monástico

Ollé empieza por el nombre. Shaolin significa, literalmente, algo así como "el templo del bosquecillo" o "de los árboles jóvenes". La inscripción de la entrada fue caligrafiada por el emperador Kangxi. Para entonces el templo tenía ya más de mil años de existencia. Los emperadores Qing, manchúes, lo restauraron después de varias décadas de decadencia absoluta, tras su destrucción a finales de la dinastía Ming. Ollé anticipa que esta historia se repite a lo largo de los siglos: un templo que sufre ataques, que es destruido y que resiste, pero que también goza de patronazgo imperial. A su juicio, esa constante tiene que ver con la importancia de lo marcial en el lugar.

El templo se fundó a finales del siglo V, en una China históricamente turbulenta, con dinastías enfrentadas, particiones y bandos. Ollé subraya que esa crisis coincidió con una gran efervescencia cultural, religiosa y espiritual y con una fuerte conexión con el espacio euroasiático a través de las rutas de la seda. Fue también la época en que el budismo, que había empezado a entrar con los Han a inicios de nuestra era, se consolidó con fuerza en China. Shaolin se fundó con patronazgo real, pero lo fundó un monje indio, lo que ilustra esa llegada del budismo desde la India.

El monasterio se levanta en el Song Shan, una de las cinco montañas sagradas de China, en la provincia de Henan. Está cerca del río Amarillo, en el norte de secano de la China imperial antigua, próximo a la antigua capital de Luoyang y relativamente cerca de la actual Zhengzhou. Ollé insiste en que hablar del "templo" es hablar de un complejo monástico completo, con tierras, pagodas y edificaciones repartidas por la montaña. Como los demás templos chinos, sean budistas, taoístas, islámicos o imperiales, el núcleo tiene planta rectangular, con patios y pabellones sucesivos que conducen a los de mayor rango. Lo compara con la Ciudad Prohibida. En los laterales quedan las edificaciones logísticas o menores.

Las tierras eran esenciales. Como en los monasterios de la Edad Media europea, los monjes vivían del trabajo de los campesinos que cultivaban las tierras del templo. Eso les permitía dedicarse a meditar, recitar sutras y ejercitar el cuerpo mediante las artes marciales. Otro elemento singular es el Bosque de Pagodas, con 228 pagodas funerarias donde están enterrados abades y grandes monjes de linajes que se suceden durante muchos siglos. Aun así, Ollé advierte que todo esto, siendo bonito, no bastaría para llamar la atención, porque en China había miles de templos y decenas de miles de monjes. Lo que hace único a Shaolin es la unión de su papel legendario como origen del chan y como cuna de una corriente marcial.

Tres vías del budismo y la adaptación china

Para situar el chan, Ollé describe tres grandes disciplinas del budismo. No se excluyen entre sí, pero en cada tradición predomina alguna. La primera es dhyana: la concentración, la meditación, la atención plena y el estar presente para llegar a una mente clara, el samadhi. El propio nombre chan, y de ahí zen, deriva de dhyana. Ollé la califica como la vía más mística e iniciática. La segunda es la práctica de la virtud: cumplir preceptos, llevar una vida moral y, en formas más devocionales, repetir fórmulas o acudir al templo de vez en cuando. La tercera es la vía doctrinal, que consiste en estudiar los sutras y comprender el carácter ilusorio de la realidad.

Según Ollé, la entrada del budismo indio en China obligó a adaptar una mentalidad a una realidad social muy distinta. Caracteriza la tradición india como muy clasificatoria y analítica, y la china como más sintética y más desconfiada de la mente, del lenguaje y de la palabra para transmitir el conocimiento. Por eso, argumenta, la vía doctrinal no predominó en China y el chan puso el énfasis en la práctica. La enseñanza se transmitía "de corazón a corazón", a través del cuerpo, y cada cual debía descubrirla por sí mismo.

Ollé enmarca este proceso en el carácter universalizante del budismo, que comparte con el cristianismo y el islam: son religiones capaces de arraigar en culturas muy diferentes y de transformarse al hacerlo. Pone como ejemplo que el islam de Arabia Saudí y el de Indonesia, el mayor país islámico del mundo, tienen poco que ver entre sí. Del mismo modo, el budismo devocional de partes del sudeste asiático difiere mucho del budismo tántrico e iniciático tibetano y del chan, centrado en sentarse a meditar.

Bodhidharma: nueve años frente a una pared

El vínculo entre Shaolin y el chan pasa por Bodhidharma, en chino Damo o Tamo. Ollé advierte que es una figura legendaria que probablemente no existió, aunque no se sabe con seguridad, como ocurre a menudo con los hechos religiosos antiguos. La leyenda cuenta que era un monje indio que llegó a Shaolin a principios del siglo VI y pasó nueve años sentado en una cueva meditando frente a una pared, hasta alcanzar la iluminación. Ollé extrae de ahí el mensaje implícito: no hace falta hacer muchas cosas, basta con sentarse y concentrarse en la nada o en una pared.

Esa figura fundacional sigue presente en el lugar. En los alrededores del complejo se muestra la cueva donde habría estado Bodhidharma, y hay estelas que lo representan mirando la pared. Tras cuatro o cinco siglos de desarrollo en China, el chan pasó a Japón. Ollé señala que allí se implantó quizá con más fuerza que la que conservaría después en China y tuvo un gran impacto cultural. Todavía hoy son habituales en Japón los daruma, figurillas de buena suerte cuyo nombre es la forma japonesa de Bodhidharma.

En el templo hay otras estelas que recogen leyendas del personaje. Una lo muestra con una zapatilla en la mano. La historia cuenta que, después de muerto y enterrado, alguien lo vio en un lugar lejano, caminando algo desorientado con una zapatilla en la mano. Al abrir su tumba solo encontraron una zapatilla. De ahí la leyenda de que Bodhidharma reapareció o renació. Otra imagen lo representa cruzando el río Yangtsé.

Patronazgo imperial y convivencia de tradiciones

Ollé vuelve sobre la segunda constante, el apoyo del poder. El templo se fundó por iniciativa imperial, y ese patronazgo se repite a lo largo de la historia. Wu Zetian, la única emperatriz que gobernó China por derecho propio y no como esposa de un emperador, visitaba con frecuencia el templo en época Tang, conversaba con los monjes y les dejó una inscripción que se conserva. El emperador Qianlong también dejó un poema elogioso tras restaurarlo, como antes Kangxi su caligrafía. Las donaciones de tierras y dinero continuaron incluso en la época republicana. En los años treinta del siglo XX, Chiang Kai-shek visitó el templo, destrozado por señores de la guerra, se conmovió al ver lo que quedaba y el trabajo de los pocos monjes, e hizo una gran donación para su recuperación.

Dentro del chan, Ollé menciona varias escuelas. Considera la más fructífera la de Huineng y sus seguidores, de la que derivan las escuelas conocidas por sus nombres japoneses, Sōtō y Rinzai. Shaolin se convirtió en un punto de referencia para los estudios y los textos budistas. Pero Ollé destaca que en época Song, cuando se buscó la coexistencia de las tradiciones religiosas y filosóficas, el templo reflejó también el sincretismo chino, la capacidad de hacer convivir lo aparentemente contradictorio. Como ejemplo actual cita que la Constitución china define al Estado como "socialista de mercado", algo que él compara con un oxímoron, una especie de "comunista neoliberal". En esa época, añade, el neoconfucianismo incorporó elementos metafísicos del budismo y del taoísmo.

En Shaolin hay una estela de los "tres sabios de las tres escuelas": Laozi por el taoísmo, Sakyamuni, el Buda histórico, y Confucio. Para explicar su complementariedad, Ollé recurre a una imagen china recurrente, la de los tres sabios probando vinagre. El taoísta encuentra el sabor ácido pero se acostumbra y le gusta. El confuciano ve un vino que se ha agriado porque el mal gobierno y la inmoralidad han hecho que los trabajadores no cumplan su trabajo, y concluye que hay que corregir al gobierno. El budista lo encuentra desagradable, pero no le afecta gracias a su desapego respecto del carácter ilusorio de la realidad. Así, aunque Shaolin está asociado fundacionalmente al chan, conserva huellas de las otras corrientes.

La rutina monástica: meditación sentada

Lo propio de un monasterio budista, recuerda Ollé, son las prácticas de cultivo personal y, en el caso del chan, sobre todo la meditación sentada: respiración calmada, concentración y contemplación de la mente y del vacío para llegar eventualmente a la iluminación. Menciona las dos escuelas chan, la de la iluminación súbita (satori) y la de la iluminación gradual. En ambas, sentarse a meditar es lo que hizo Bodhidharma y lo que se espera principalmente del monje: no evadirse, sino estar concentrado en la respiración y en el vacío, de donde surgirá un saber superior. A ello se suman los mudras, las posiciones de las manos, con valor simbólico y energético, y según Ollé también marcial, además de la recitación de sutras y los horarios marcados. Esto es lo esperable en un monasterio budista. Lo singular de Shaolin es que allí aparecen además prácticas marciales.

De la autodefensa a la codificación

Ollé presenta el kung-fu de Shaolin como algo que empezó siendo una estrategia de supervivencia y defensa en un contexto hostil. Poco a poco, o quizá desde el principio, se convirtió también en una práctica espiritual y de transformación, equiparable a sentarse con las piernas cruzadas. Hay testimonios de monjes guerreros ya entre los siglos VI y X, bajo las dinastías Sui y Tang. Los monasterios eran codiciados por las bandas rebeldes que surgían en cada turbulencia. Además, algunos emperadores eran menos favorables al budismo que otros, los templos concentraban riquezas, donaciones y tierras, y lugares como Shaolin ocupaban posiciones estratégicas en las montañas. Nadie iba a defenderlos, así que los monjes aprendieron a usar la espada y la lanza para proteger sus tierras y edificios. Ollé explica que en los conflictos previos a la entronización de los Tang, monjes de Shaolin ayudaron a quien acabaría siendo emperador, lo que les dejó en buena posición durante esa dinastía.

En los siglos siguientes, estas formas de combate se desarrollaron, se codificaron y, en palabras de Ollé, se fueron "profesionalizando". La transformación decisiva, dice, se produjo bajo los Ming. Entre los siglos XIV y XVII Shaolin se convirtió en referencia de las artes marciales y en foco de irradiación y sistematización de ese saber. Pero a finales de la dinastía sufrió uno de los ataques que no siempre logró repeler. Esta vez la destrucción fue casi total, los monjes se dispersaron y el monasterio quedó prácticamente abandonado durante cuatro, cinco o seis décadas.

República, nacionalismo y deporte

La caída del imperio abrió otro periodo turbulento. Ollé describe la República de China (1911-1949) como un Estado fallido que no controlaba el territorio, acosado por los señores de la guerra, por los japoneses, que en 1937 llegaron a conquistar casi toda China, y por la revolución comunista. En 1928 uno de esos señores de la guerra volvió a destruir prácticamente el templo.

Sin embargo, para las artes marciales este periodo supuso un giro importante. La República había acabado con una dinastía manchú, no étnicamente han, y tenía un nacionalismo fuerte que reivindicaba las tradiciones autóctonas, incluidas las artes marciales. Al mismo tiempo quería modernizarse a la manera europea. De ahí surgieron la reglamentación y la codificación de las artes marciales como deporte y competición: federaciones, torneos locales y regionales, clasificaciones y reglamentos. Se empezó a hablar de la escuela de Shaolin, de la de Wudang, del taichi estilo Chen o estilo Yang. Ollé ve aquí una desconexión: lo que había sido un arte marcial intrínsecamente ligado al templo y a lo espiritual adquirió protagonismo por sí mismo.

Según Ollé, esa tendencia se agudizó después de 1949. Con el triunfo del Partido Comunista, las tierras del templo pasaron al Estado, los campesinos quedaron liberados de trabajar para los monjes y la mayoría de los monjes se dispersaron. Pero la República Popular consideró que el monasterio tenía entidad patrimonial suficiente para conservarlo, ayudó a reconstruirlo y permitió que unas docenas de monjes se quedaran a cuidarlo y a mantener sus rituales. Al mismo tiempo continuó la reinterpretación del wushu como algo deportivo y ligado a la salud, menos vinculado a lo espiritual.

Shaolin y Wudang: una clasificación discutible

En esos periodos, explica Ollé, las artes marciales chinas se codificaron en torno a dos monasterios y dos tradiciones. Shaolin, budista, en el Song Shan, representa un estilo más explosivo: el puño largo, la importancia de las patadas, la fuerza y la resistencia. Wudang, con templos taoístas en otra montaña sagrada, se asocia a las llamadas artes internas, como el taichi, el baguazhang o el xingyiquan, donde prima lo energético sobre lo explosivo. Ollé advierte que son esquemas que "no acaban de funcionar": lo energético y la espada están presentes en ambos lados. Aun así, es una clasificación de época republicana que ha perdurado. Estéticamente, señala, los monjes budistas visten de azafrán, tonos terrosos o morado, mientras que los de Wudang van siempre de blanco o negro y con un tocado específico.

Ollé menciona Wudang como contrapunto o "némesis" de Shaolin, con su propia leyenda y su propio impacto en la cultura popular. Cita Tigre y dragón, del taiwanés Ang Lee, ganadora del Oscar, que tiene referencias a un monje de Wudang, al templo y a sus formas de lucha. Como ejemplo más desenfadado cita al grupo de hip hop Wu-Tang Clan, cuyo nombre remite directamente a esa tradición.

Energía, puntos vitales y resistencia al dolor

De vuelta a Shaolin, Ollé menciona una figura casi mitológica procedente de la India, Kinnara, de quien se dice que defendió el templo en uno de los ataques. Aparece asociada al bastón largo, atributo también de Sun Wukong, el personaje mítico de Viaje al Oeste. El bastón es una de las armas principales en los grabados antiguos sobre las artes marciales de Shaolin.

Ollé subraya que, antes de la lucha, está el trabajo con la energía interna. Desde el primer milenio antes de Cristo hay testimonios en China de prácticas psicofísicas en las que la respiración, la concentración y el movimiento lento sirven para movilizar el qi, el aliento vital que circula por el cuerpo y que los acupuntores estimulan con agujas. Su finalidad era estabilizar el corazón, hacer crecer la conciencia y equilibrar las energías de los órganos. Se conocían como neidan y hoy se han popularizado como qigong, "trabajo con el qi". En Shaolin hay imágenes de este tipo de ejercicios calisténicos y respiratorios. Ollé añade una curiosidad: según él, quienes crearon la gimnasia sueca se inspiraron en estas prácticas a través de los grabados y descripciones de los jesuitas que estuvieron en China. Por eso considera algo artificiosa la distinción entre artes internas y externas, ya que también las explosivas requieren movilizar, concentrar y proyectar la energía.

El conocimiento médico, testimoniado en el templo, servía para trabajar esa energía, pero también para saber dónde atacar. Ollé explica que en estas artes no se golpea "al tuntún". Se busca un punto concreto que, si se toca, puede provocar un desmayo, una caída o incluso la muerte. En su descripción, el kung-fu no consiste en intercambiar puñetazos hasta que el otro se desangre, sino en tantear hasta dar el golpe certero en el punto certero. Por eso conocer la estructura energética del cuerpo formaba parte del aprendizaje, de forma vivencial y no teórica.

Ollé comenta también imágenes de la práctica cotidiana. Lo que podría parecer un patio de escuela descontrolado es en realidad un trabajo por parejas sobre técnicas de bloqueo, respuesta y ataque, como convertir en circular un golpe que llega en línea recta, para aprender a reaccionar, absorber y aguantar. Una característica de Shaolin, según Ollé, es el entrenamiento para resistir el dolor: recibir el golpe de un tronco o sostener un hierro candente sin inmutarse, porque la mente se sobrepone al estímulo sensorial.

Una práctica utilitaria, saludable y espiritual

Ollé atribuye a estas prácticas tres dimensiones. La primera es utilitaria, porque el templo debía defenderse. La segunda es saludable, porque buscaba un cuerpo equilibrado, fuerte y elástico. La tercera, que a un occidental puede parecerle extraña, es espiritual o sapiencial. Es una práctica de la atención y de la presencia en el instante, que consiste en saber por dónde viene el golpe antes de que llegue. Y es también, dice, una práctica muy budista de mirar a la muerte a los ojos y no temerla. Ollé la relaciona con la mortificación de otras tradiciones místicas, como el ayuno, y con posiciones incómodas mantenidas hasta que dejan de doler. Por eso sostiene que no es una práctica separada del budismo, sino un cultivo de la unión entre cuerpo y mente.

A continuación describe elementos técnicos. Menciona la observación de animales como la serpiente, la grulla o el mono para incorporar su intuición, elasticidad y rapidez, de donde surgen algunas escuelas. Explica las formas o taolu, secuencias de cinco o diez minutos con patadas, saltos, giros, codazos y golpes de palma. Son parecidas al taichi, pero rápidas, y sirven para automatizar respuestas y representar simbólicamente ataques y defensas. Como ejemplo cita las "dieciocho manos (o palmas) del arhat", algunas de cuyas posiciones reaparecen en el taichi.

Otro rasgo de Shaolin es la importancia de las piernas. Ollé señala que solemos asociar las patadas al taekwondo, pero en Shaolin son igual de centrales, de ahí los estiramientos casi acrobáticos. Existen posiciones de partida, como el jinete o el arquero, que llevan el cuerpo a extremos. Ollé cree que por eso, al llegar a la modernidad, la tradición de Shaolin casi se asocia a lo acrobático, en paralelo, y a veces mezclada, con la ópera china, cuyos actores reciben una formación física muy similar. Cita vídeos, que no pudo incluir en la presentación, donde los monjes comen con el cuenco manteniéndose sobre una pierna doblada. Si hay que dedicar media hora a comer, se aprovecha para entrenar, olvidando el dolor con la posición correcta y la mente calmada. Ollé habla de un carácter "casi espartano" en el trato con el dolor.

Por último están las armas: bastones, espadas, lanzas y sables, que según Ollé los monjes llegan a forjar y templar. Las espadas chinas de artes marciales no son pesadas, sino flexibles, "como una hoja de bambú", y hay que manejarlas bien para no romperlas. Sus secuencias permiten proyectar la energía más lejos. Ollé recuerda que la espada tiene en todas las tradiciones, de Excalibur en adelante, una dimensión mística asociada al desarrollo espiritual, y Shaolin no es una excepción.

De la leyenda a la novela wuxia y al cine de Hong Kong

Estos monjes que "ponían los puños" frente a rebeliones y destrucciones generaron, dice Ollé, un capital simbólico. Una de las tradiciones cuenta que, en una de las destrucciones del templo, cinco grandes maestros huyeron y diseminaron el conocimiento de Shaolin por toda China, dando origen a otras corrientes.

Desde el siglo XIX, y sobre todo en el XX, surgió en el ámbito chino la novela wuxia, de espadachines, caballeros errantes y héroes justicieros. Ollé la compara con el western o con las historias de piratas. Sus héroes son diestros con la espada, desprendidos, luchan contra bandidos y buscan tesoros, pero además tienen poderes casi mágicos: trepan por las paredes, luchan sobre los árboles y vencen la gravedad, como superhéroes actuales. A principios del siglo XX estas novelas sirvieron para narrar la confrontación con los manchúes y luego con los japoneses.

El género pasó al cine. Ollé afirma que en los años veinte, treinta y cuarenta, antes de que apareciera Bollywood, los grandes focos de producción eran Hollywood y Shanghái, y que en Shanghái se produjeron ingentes cantidades de películas wuxia, con efectos especiales que entonces eran espectaculares y hoy hacen reír. Con el triunfo de la revolución esa producción se interrumpió en la China continental, pero sobrevivió en Hong Kong. En los años sesenta y setenta surgió en Hong Kong un género más realista, basado en el éxito de las escuelas de kung-fu. Los maestros coreografiaban las luchas como danzas, con influencia operística, en relatos de iniciación y de bandas, normalmente contemporáneos o ambientados en la invasión japonesa y en la diáspora.

Kung Fu, Bruce Lee y la conexión con el wing chun

Según Ollé, la primera irrupción de Shaolin en el imaginario internacional fue la serie de televisión de 1972 protagonizada por David Carradine, que interpretaba a un monje de Shaolin sin ser chino. El personaje recorría Estados Unidos buscando a su hermano y enfrentándose a asaltantes como en un western. La serie estaba llena de referencias al templo y al maestro ciego que le planteaba preguntas paradójicas al "pequeño saltamontes". Ollé señala que aquí Shaolin es un paisaje de fondo, no el protagonista, pero aporta al relato un aire místico y sapiencial.

Ese mismo año, Bruce Lee estrenó las dos películas que más le dieron fama, meses antes de su muerte prematura en 1973. En una lucha en las ruinas de Roma para ayudar a unos amigos de un restaurante chino. La otra está ambientada en el triángulo del opio entre Tailandia, China y Birmania. Ollé explica que son historias contemporáneas del chino que lucha contra el japonés o contra el occidental, del kung-fu frente al kárate, y que parecen no tener que ver con Shaolin. Sin embargo, el maestro de Bruce Lee fue Ip Man, legendario maestro de wing chun sobre quien se han hecho películas, entre ellas una de Wong Kar-wai. La leyenda atribuye el origen del wing chun a uno de los cinco monjes que huyeron de Shaolin en época Ming y lo llevaron al sur. Ollé concluye que la formación inicial de Bruce Lee procede de la filiación legendaria de Shaolin, aunque luego él inventara su propio estilo mezclando elementos. En esa filiación, añade, "hay más invento que otra cosa".

Jet Li, Jackie Chan y la parodia

Ollé recuerda que en los años cincuenta y sesenta ya había en Hong Kong decenas de películas relacionadas con Shaolin. Era un cine de producción masiva, muy bajo presupuesto y atrezo improvisado, que se difundió después por el cine de serie B y las cintas de VHS, impulsado en parte por la moda de Bruce Lee. Pero la película que, según él, marca un antes y un después en la difusión global de Shaolin como mito marcial y espiritual es la que protagonizó Jet Li, uno de los grandes sucesores de Bruce Lee. Ollé considera que estas películas sintetizan las dos corrientes. Del cine de kung-fu toman la exhibición realista de estilos y posiciones de lucha, que el actor coreografía imitando las tradiciones. Del wuxia toman el halo mítico y legendario.

El joven Jackie Chan también contribuyó al mito con películas sobre estilos concretos, como la serpiente y la grulla de Shaolin, el estilo del borracho o el hombre de madera, antes de derivar hacia la acción humorística. Ollé explica que el atractivo estaba en ver esos estilos de lucha dentro de un relato. Aparecen también otros estilos asociados a animales, como la mantis, y reproducciones de las pagodas del templo en los decorados.

En 2001, Stephen Chow, director y actor de la corriente humorística de Hong Kong, con un humor que Ollé describe como "chocarrero" pero muy efectivo, estrenó Shaolin Soccer. La película une el arte marcial convertido en competición con el fútbol, en un momento en que China se proponía ser una potencia futbolística. Según Ollé, el país creó miles de campos y escuelas y trajo entrenadores internacionales, sin conseguirlo. En la película, monjes poco eficaces juegan al fútbol haciendo cosas raras. Para Ollé muestra otro giro: la tradición termina parodiada. En 2011 otra película, con Jackie Chan ya mayor y Andy Lau, vuelve a Shaolin.

El último icono que comenta es Pai Mei, a quien algunas versiones sitúan entre los cinco maestros que huyeron. Otras lo presentan como un maestro taoísta renegado, e incluso como el responsable de la destrucción del templo. Su figura blanca, de larga barba, cejas y bigote y moño taoísta, aparece a menudo en novelas y películas de Hong Kong, y Tarantino la recrea en Kill Bill como el maestro que inicia a la protagonista. Ollé se detiene en la escena en que le enseña a proyectar toda su fuerza en la punta de los dedos, técnica con la que ella después rompe el ataúd donde la han enterrado viva. Esa práctica, subraya, sí es propia de Shaolin. Muestra la imagen de un árbol del templo, no de la película, lleno de agujeros hechos por los dedos de los monjes al golpear la madera, soportando el dolor para convertir una parte mínima del cuerpo en un arma. Ollé añade que Shaolin aparece también en videojuegos como Mortal Kombat y que, "si fuéramos a rascar", se encontraría por todas partes.

Del cierre maoísta al Shaolin global

Ollé retoma la historia reciente. Durante la Revolución Cultural, entre 1966 y 1978, el templo estuvo cerrado, abandonado y sin monjes. En ese pasaje se corrige a sí mismo: primero habla de saqueo y destrucción, pero luego precisa que se preservó. Lo atribuye a que quedaba lejos, fuera del furor iconoclasta de los guardias rojos, que sí destruyeron muchos templos, casas antiguas y reliquias en 1966-1967, y a que Zhou Enlai logró frenar algunos de esos ataques. Tras la muerte de Mao en 1976 llegaron la etapa reformista de Deng Xiaoping, el socialismo de mercado y la apertura, con mayor permisividad hacia los templos.

Shaolin reabrió en los años ochenta y, sobre todo desde los noventa, se convirtió en atracción turística, inicialmente para el turismo interno. Alrededor del templo se construyeron instalaciones capaces de acoger a miles de estudiantes de artes marciales en su vertiente estrictamente deportiva. Ollé comenta imágenes de centenares de alumnos en chándal, sin nada de monacal, aunque asociados al nombre del templo. A la vez, Shaolin se transformó en una plataforma cultural global, con compañías de monjes, o "presuntos monjes", que recorren el mundo exhibiendo posiciones extrañas, equilibrios sobre dos dedos o sobre lanzas sin sufrir daño. Ollé señala que el negocio debía entregar una tercera parte al municipio, dentro de la economía socialista, y lo describe como un gran negocio que combina escuelas con público internacional, espectáculos itinerantes y franquicias. El templo legaliza centros en lugares como Buenos Aires o París, a veces enviando a un monje, donde es posible entrenar e incluso practicar el culto, "con la filosofía de una franquicia comercial". Ollé reconoce que esto genera tensión entre tradición y comercialización y ha recibido críticas, pero también ha popularizado Shaolin.

El abad encarcelado y el "falso monje" de Bilbao

El artífice de esta expansión fue el abad Shi Yongxin, al frente del templo entre 1999 y 2025. Su salida no se debió a su muerte. Según Ollé, tras numerosas acusaciones de irregularidades económicas y abusos sexuales, de tener varios hijos y varias amantes, fue detenido en 2025 y está en prisión. Ollé lo enmarca en la intolerancia de la China de Xi Jinping hacia la corrupción, aunque subraya que tardaron años en apartarlo pese a las denuncias. Explica esa demora por su peso simbólico: era diputado del Parlamento chino, porque las religiones en China están integradas en la estructura social y política del Estado. Ollé comenta que estas cosas pueden pasar cuando algo entra en la globalización y la comercialización, "no solo en China".

Menciona también un caso "tristemente famoso" que, insiste, no representa a Shaolin: el llamado falso monje shaolin de Bilbao. Tenía allí su centro, fue juzgado y condenado en 2013 por asesinar a dos mujeres valiéndose de su ascendiente como guía espiritual y marcial, y está en prisión.

Una continuidad transformativa

Ollé cierra advirtiendo contra la conclusión de que todo lo relacionado con Shaolin acaba en corrupción y excentricidad. Lo que propone ver es una evolución histórica, una "continuidad transformativa". Un templo fundado con patronazgo imperial se convierte en núcleo simbólico del budismo chan. Allí surgen unas artes marciales que se codifican y se globalizan dentro del amplio repertorio chino. Y alrededor de todo ello nace un conjunto de leyendas, novelas y películas que toman sus monjes, guerreros y escenarios. La conferencia termina con la imagen de unos monjes cabeza abajo.