Isabel de Trastámara, de infanta a reina de Castilla (1451-1480)
Fundación Juan MarchLa catedrática emérita de Historia Medieval María Isabel del Val Valdivieso dedica esta conferencia a responder una pregunta: cómo llegó Isabel de Trastámara, media hermana de Enrique IV, a ocupar el trono de Castilla y a gobernarlo de forma efectiva. Es la primera sesión del ciclo «Isabel I y Juana I, reinas de Castilla: historia y mito», celebrado en la Fundación Juan March. La ponente organiza el recorrido en tres etapas: el infantazgo, hasta 1468; el periodo como princesa heredera, hasta 1474; y la guerra por el trono entre 1475 y 1479. El relato se detiene en 1480, cuando empieza el reinado en paz, que queda para la conferencia siguiente.
Su tesis atraviesa toda la exposición. Que una mujer reinara en Castilla no era una anomalía. Lo que distingue a Isabel es su capacidad para tomar decisiones en momentos críticos, para negociar y pactar y, cuando lo juzgó necesario, para hacer la guerra.
En Castilla las mujeres podían reinar y gobernar
La primera consideración previa distingue entre reinar y gobernar. Según la ponente, en el Reino de Navarra las mujeres podían ser reinas, pero quienes gobernaban eran sus maridos. En la Corona de Aragón ocurría lo contrario: las mujeres no podían reinar, aunque sí gobernar como delegadas del rey si este lo consideraba oportuno. En la Corona de Castilla podían ser reinas titulares y además ejercer el poder, y así había sido desde los primeros tiempos del reino.
Como precedente cita a la reina Urraca, cuyo noveno centenario de la muerte se cumple este año. Urraca fue reina de León y Castilla, se tituló emperatriz de Hispania y acuñó moneda con su efigie. Del Val subraya que este último gesto es una manifestación evidente de poder y algo «extrañísimo» en la historia de la época.
La ponente matiza que esta posibilidad tenía un carácter excepcional. Una mujer accedía al trono solo si no había un varón en línea legítima y directa. Si tampoco hubiera mujer, o si no se aceptara la herencia femenina, la corona pasaría al varón de la línea colateral más próximo a la rama troncal. Esta regla es la que da sentido a buena parte de las decisiones posteriores de Isabel.
Una misma dinastía a ambos lados de la frontera
La segunda consideración previa explica quién era ese varón colateral. En Castilla y en Aragón reinaba la misma dinastía, los Trastámara. Es una casa de origen castellano que había pasado a ocupar también la corona aragonesa. Sus antecesores comunes eran Juan I de Castilla y Leonor de Aragón, en el siglo XIV. El primogénito de ambos fue rey de Castilla y el segundogénito llegó a rey de Aragón.
De ahí se sigue que, si en Castilla no se admitiera a una mujer como heredera, el trono correspondería a un varón de la rama aragonesa. En el momento que interesa, en Aragón reinaba Juan II, padre de Fernando el Católico. La ponente pide al público que retenga este dato, porque a él volverá para explicar la elección matrimonial de Isabel.
Nacimiento y educación de una infanta
Isabel fue el primer fruto del segundo matrimonio de Juan II de Castilla, que había enviudado y se casó con Isabel de Portugal. Nació en Madrigal de las Altas Torres el 22 de abril de 1451. Su padre ya tenía un heredero varón del primer matrimonio, el futuro Enrique IV. Por eso, explica la ponente, el nacimiento se celebró sobre todo en el entorno cortesano y familiar, «sin muchas alharacas», aunque la noticia se comunicó a todo el reino.
Desde el principio se la educó como infanta, es decir, como una niña destinada a representar a su reino y a desempeñar un papel político según con quién la casaran. Del Val distingue tres dimensiones en esa formación: la espiritual, la intelectual y la cortesana.
En lo espiritual, Isabel creció en un ambiente de religiosidad profunda. Su madre y su abuela materna, Isabel de Barcelos, que vivía con ellas y participó en su educación, eran mujeres muy religiosas. La ponente recuerda que la casa portuguesa contaba con una santa en sus ramas familiares. Tras la muerte del padre, la niña pasó sus primeros años en Arévalo, donde, según indica, los franciscanos del convento local parecen haber colaborado en su educación. Del Val considera probable que la inclinación de la Isabel adulta por la espiritualidad franciscana venga de esa etapa.
La formación intelectual se desarrollaba en la parte femenina de las casas nobiliarias o reales. Allí las niñas aprendían lo que se creía que iban a necesitar en el territorio donde vivirían una vez casadas. En el caso de Isabel, la ponente destaca el conocimiento de la historia de Castilla, porque más tarde lo utilizará para defender su derecho a ser reina propietaria.
La educación cortesana abarcaba los modales en la mesa, la forma de vestirse, adornarse y perfumarse, de mostrarse en público y de conversar, además de la danza y la música. Incluía también el conocimiento de las artes cinegéticas y de la guerra. Del Val explica que las mujeres debían admirar las hazañas masculinas en la guerra y en la caza, y para ello tenían que conocer sus reglas. Isabel demostraría a lo largo de su vida que conocía bien las de la guerra, porque llegó a practicarla directamente.
Del hogar materno a la corte de Enrique IV
Isabel permaneció en la casa-palacio de Arévalo hasta finales de 1461 o comienzos de 1462. En febrero de 1462, Enrique IV, tras varios años de matrimonio con Juana de Portugal, iba a tener por fin un descendiente cuyo sexo no podía conocerse de antemano. Según la ponente, el rey juzgó más seguro que sus dos medio hermanos, Isabel y el pequeño Alfonso, dejaran la casa materna y se trasladaran a la corte. Cuando nació en Madrid la princesa Juana, ambos ya estaban allí. Alfonso se instaló en la casa del rey e Isabel en la de la reina.
Del Val presenta este traslado como una segunda etapa formativa. En la corte, Isabel pudo observar de cerca la trama de lazos e intrigas políticas que rodeaba a Enrique IV. A partir de 1464 el rey afrontó una crisis provocada por una parte de la nobleza descontenta con su forma de gobernar. La ponente sostiene que detrás había una lucha por el poder entre dos concepciones: una defendía que el rey debía gobernar con la colaboración de los nobles, y la otra, que el rey ocupara el trono mientras las riendas de la política quedaban en manos de la nobleza.
Enrique IV aparece en su relato como un rey pacífico, que huía de la confrontación y fracasó en todos sus intentos de pacificar el reino. Los nobles sublevados se hicieron con el infante Alfonso, que como varón podía oponerse a Enrique. Isabel, aunque era mayor, quedó entonces al margen. En las celebraciones del Corpus Christi del 5 de junio de 1465, los rebeldes organizaron una especie de representación teatral en la que depusieron a Enrique IV y proclamaron rey a Alfonso. Desde ese momento hubo dos bandos enfrentados y una guerra civil.
Mientras tanto, Isabel siguió en la casa de la reina Juana. Allí continuó aprendiendo las normas cortesanas y practicando el portugués, que se hablaba en ese entorno. La ponente recuerda que muchas de las mujeres que la habían educado desde niña eran portuguesas.
La primera decisión: pasarse al bando de Alfonso
En 1467 Isabel estaba con la reina Juana en Segovia cuando los rebeldes, en un breve momento de esplendor, lograron entrar en la ciudad. La reina se refugió en el Alcázar. Isabel, en cambio, permaneció en el palacio real y se unió a los rebeldes, es decir, al bando de su hermano Alfonso. Del Val la califica como su primera decisión importante.
Ese mismo año, con motivo del cumpleaños de Alfonso en septiembre, Isabel viajó con él a Arévalo para visitar a su madre y organizó unos momos. Se trataba de una pequeña obra teatral cortesana escrita por Gómez Manrique, poeta que fue partidario de Isabel durante toda su vida. Isabel actuó como reina de la fiesta junto a sus damas disfrazadas. Para la ponente, el episodio revela su gusto por la cultura, la vida cortesana, la música y el teatro, que en la época reunía texto, poesía, canto y danza. Revela también su afecto por su madre, a la que había echado de menos desde que la sacaron de Arévalo y a la que visitó siempre que pudo hasta su muerte, que la ponente sitúa en 1497.
La segunda decisión: pactar con el rey en Guisando
En julio de 1468 Alfonso murió de unas fiebres en muy pocos días, y el bando rebelde se quedó sin nadie que oponer a Enrique IV. Aquí sitúa Del Val la segunda decisión importante de Isabel: no seguir los pasos de su hermano. La ponente la considera, desde su punto de vista, más despierta y con más voluntad e inteligencia que Alfonso, que era bastante menor. Isabel vio que la situación era muy poco favorable para mantener un enfrentamiento armado. Tras dudarlo, siguió el consejo de quienes le recomendaban pactar con el rey.
El resultado fue el «famoso y controvertido» pacto de Guisando, del 18 de septiembre de 1468, escenificado en un espacio abierto entre Cadalso y Cebreros. Las dos legaciones se reunieron para mostrar la amistad renovada entre los hermanos. En síntesis, la princesa Juana quedaba apartada de la herencia con el pretexto de que el matrimonio de sus padres no era legítimo, y Enrique reconocía como heredera a Isabel, que desde entonces se tituló princesa de Castilla. A cambio, Isabel asumía varios compromisos. El que marcaría todo lo posterior era casarse según su voluntad, pero siempre de acuerdo con el rey.
Según la ponente, ambas partes incumplieron lo pactado. Enrique IV nunca convocó Cortes para jurar a Isabel como heredera, e Isabel se casó en contra de la voluntad de su hermano.
Los pretendientes y la elección de Fernando
Convertida en heredera, Isabel atrajo muchos más pretendientes, porque casarse con la heredera del trono valía mucho más que casarse con una infanta. La ponente menciona tres. Pedro Girón era hermano de Juan Pacheco, marqués de Villena, que había sido uno de los cabecillas de la rebelión y ahora era uno de los principales defensores de Enrique IV. El matrimonio habría sido un gran golpe para los Pacheco, pero no se celebró, entre otras razones porque Girón murió. Alfonso V de Portugal, hermano de la reina Juana, era el candidato que deseaban Enrique y su esposa, y llegaron a firmarse capitulaciones matrimoniales, pero Isabel se negó a esa boda. El tercero fue el duque de Berry y Guyena, hermano del rey de Francia, alianza que la ponente considera conveniente para Castilla por las relaciones internacionales del momento. Isabel también lo rechazó.
Isabel eligió a Fernando, hijo de Juan II de Aragón. Del Val lo explica retomando las consideraciones del principio. Si en Castilla se rechazaba por cualquier motivo que reinara una mujer, el candidato más próximo y seguro era el rey de Aragón o su hijo. Además, existía en Castilla un potente partido aragonesista, favorable a la alianza con Aragón, encabezado entre otros por el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, uno de los principales partidarios de Isabel. Con esta boda, según la ponente, Isabel reforzaba el apoyo de quienes la sostenían y neutralizaba el peligro de que un príncipe aragonés le disputara el trono, porque lo convertía en su marido.
Las capitulaciones se firmaron en Cervera en enero de 1469. Entre otras cláusulas, establecían que los hijos de la pareja permanecerían siempre en Castilla y no podrían ser sacados del reino, de modo que Aragón no pudiera hacerse con ellos. Fernando se comprometía además a ayudar militarmente a la causa de su esposa, y el acuerdo incluía una dote y otras disposiciones.
La huida, el viaje de Fernando y las cartas al rey
Firmar el acuerdo no bastaba: había que celebrar materialmente el matrimonio. Para ello Isabel tenía que salir del control de su hermano, bajo cuya custodia estaba, y Fernando, a quien Enrique IV veía como un enemigo, tenía que entrar en Castilla. La ponente atribuye el éxito de la operación a Isabel, a sus partidarios y a la «gran inteligencia política» de Juan II de Aragón.
Isabel aprovechó que Enrique IV se había alejado de la corte en una campaña contra Granada. Con el pretexto de visitar a su madre y la tumba de su hermano Alfonso, huyó de Ocaña hacia Madrigal y se puso bajo el amparo de las fuerzas del arzobispo Carrillo y del almirante de Castilla, también partidario suyo. La huida, en verano, terminó en Valladolid, villa controlada entonces por fuerzas favorables a Aragón y a Isabel. Fernando, por su parte, hizo un viaje azaroso y peligroso, porque si las tropas de Enrique lo capturaban podía no llegar a su destino. Consiguió alcanzar Dueñas, villa cercana a Valladolid controlada por los Buendía y también partidaria de Isabel.
Del Val subraya un aspecto: Isabel era perfectamente consciente de que estaba rompiendo el pacto y luchó hasta el final por obtener la aceptación de su hermano. Escribió al reino y, sobre todo, al rey, dos o tres cartas largas en las que le explicaba sus razones y le aseguraba su fidelidad. Enrique IV no respondió. Se opuso radicalmente en cuanto conoció los planes de boda y empezó a actuar contra el principado de su hermana. La boda se celebró sin el consentimiento real.
Una bula falsa y una boda en tres actos
Había otro obstáculo. Isabel y Fernando eran primos en cuarto grado y necesitaban una dispensa papal para casarse legítimamente. El Papa, que defendía la legitimidad de Enrique IV, se la negó, y ni la diplomacia de Isabel ni la de Juan II de Aragón, que la ponente califica de «poderosísima», también en Roma, consiguieron convencerlo. La solución fue falsificar la bula. El legado a látere que había asistido a Guisando, Veneris, era partidario de Isabel, y según explica la ponente se piensa que fue él quien la falsificó. En cualquier caso, los futuros Reyes Católicos se casaron en Valladolid con una bula falsa, que además quedó recogida en el acta notarial del matrimonio.
La ponente describe las tres partes de estos grandes matrimonios. El 18 de octubre, en las casas de Juan de Vivero, se celebró el matrimonio por palabras de futuro y se leyó la bula falsa. El día 19 se leyeron las capitulaciones de Cervera y se celebró la misa de velaciones. Para que el matrimonio fuera válido faltaba la consumación, que tuvo lugar la tarde-noche del 19. Los testigos esperaban al otro lado de la puerta para ver la sábana de la princesa, que efectivamente se mostró.
Del Val insiste en la importancia de este gesto por contraste con Enrique IV. Su primer matrimonio nunca se consumó. En el segundo, con Juana de Portugal, del que nació la princesa Juana al cabo de cinco años, el rey se negó a que la ceremonia de la sábana se hiciera pública. Según la ponente, eso alimentó los rumores de que el rey era impotente, de que la reina era una «casquivana» y de que la niña era hija de otro hombre, Beltrán de la Cueva.
Tras la boda hubo siete días de fiestas en Valladolid: justas, torneos, juegos de mesa, bailes, representaciones teatrales y banquetes, además de festejos callejeros en los que participó el vecindario. Al final, en la colegiata, que entonces era la iglesia principal de la villa, se celebró la misa de bendiciones. La ofició Carrillo y predicó fray Alonso de Burgos, a quien la ponente presenta como un gran teólogo dominico y una figura destacada del ambiente político e intelectual del reino.
Ruptura, avance isabelino y el apoyo de los Mendoza
La boda rompió la relación entre los hermanos. Enrique reaccionó con lentitud, pero reaccionó. En octubre de 1470, en Val de Lozoya, cerca de Segovia, la reina Juana y él juraron que la niña Juana era hija de ambos y el rey la proclamó de nuevo princesa heredera. Siguieron enfrentamientos puntuales en los que, según la ponente, la política de Isabel fue ganando progresivamente nobles y ciudades mientras Enrique retrocedía.
El avance principal fue atraer a los Mendoza, la nobleza más poderosa y, en palabras de Del Val, la más fiel a la corona. Fueron leales a Enrique IV hasta el final, pero en sus últimos años se mostraron inclinados a la sucesión de Isabel y pasaron a servirla en cuanto el rey murió. La ponente explica cómo se logró ese apoyo: gracias a la influencia de los Trastámara aragoneses en Roma y en el Reino de Valencia. Rodrigo de Borja, valenciano, afecto a Juan II y a Fernando y más tarde Papa, se dejó convencer por Fernando para promover al clérigo Pedro González de Mendoza, sabiendo que así los Mendoza acabarían apoyándolos. Mendoza, gran intelectual y político de ese poderoso linaje, fue nombrado cardenal en 1472, y su familia terminó sumándose a la causa de Isabel.
En la Navidad de 1473-1474 los hermanos se reconciliaron personalmente en Segovia. Pasearon juntos por la ciudad, cantaron, bailaron y tocaron instrumentos, pero Enrique siguió sosteniendo que su heredera era Juana.
La proclamación en Segovia
Enrique IV murió en Madrid el 11 de diciembre de 1474. Isabel estaba en Segovia, conoció la noticia el día 13 y ese mismo día organizó su proclamación ante la iglesia de San Miguel, donde se reunía el concejo. Se consideraba heredera en virtud de lo acordado en Guisando. Fernando estaba en Aragón, ayudando a su padre contra los franceses en la frontera, y la ponente subraya que Isabel no le comunicó la noticia porque no quería que los aragoneses estuvieran presentes ni pudieran perturbar el acto.
Según el acta notarial, los heraldos proclamaron: «Castilla, Castilla, Castilla por la muy alta y muy poderosa princesa señora nuestra señora, la reina doña Isabel, e por el muy alto y muy poderoso príncipe, señor nuestro señor, el rey don Fernando, como su legítimo marido». Para Del Val, lo fundamental son las cuatro últimas palabras. En la pareja real hay una titular y un cónyuge, y la fórmula hacía de Fernando un rey consorte, igual que lo habían sido las esposas de los reyes. El cronista Alonso de Palencia añade un detalle simbólico: delante de la hacanea de Isabel desfilaba Gutierre de Cárdenas, uno de sus hombres de mayor confianza, con la espada sujeta por la punta y la empuñadura en alto. Era la señal de que quien iba detrás tenía el máximo poder de justicia en el reino.
El pulso con Fernando y la Concordia de Segovia
Ni Fernando ni los aragonesistas querían esa solución. Aspiraban a que Fernando ejerciera como rey titular de Castilla, y se abrió una crisis fuerte en el propio partido isabelino. Fernando llegó a Segovia a toda velocidad hacia el 2 de enero de 1475.
La ponente destaca dos argumentos de Isabel que considera especialmente reveladores de su personalidad. El primero se refería a su única hija, la infanta Isabel, nacida en 1470. De los cinco hijos que tendría la pareja, un varón y cuatro mujeres, era entonces la única, y lo fue durante ocho años decisivos, lo que según Del Val la convirtió en la hija predilecta de su madre. Isabel razonó ante Fernando que, si no tenían más descendencia o les ocurría algo, la heredera sería una mujer, y que si no se la aceptaba a ella como reina, difícilmente se aceptaría después a su hija. La ponente lo califica de argumento maternal y afectivo, pero también «enormemente político». El segundo argumento lo recoge el cronista Hernando del Pulgar: Isabel enumeró las mujeres que desde los reinos de Asturias y León habían ejercido y transmitido el poder, para concluir que en Castilla las mujeres podían reinar sin problema y que ella quería hacerlo y lo haría.
La situación era muy tensa y no había tiempo que perder, porque los partidarios de Juana se organizaban para la guerra. Aquí la ponente destaca otro rasgo que, a su juicio, Isabel mostró toda su vida: saber manejar el pacto. Se formó una comisión con el cardenal Mendoza por parte de Isabel y Carrillo por parte de Fernando, que en pocos días alcanzó la Concordia de Segovia, de enero de 1475. Ese acuerdo sentó las bases del reinado conjunto conocido como de los Reyes Católicos. Isabel era la reina titular en Castilla, mientras que en Aragón la relación no era recíproca: allí el rey era Fernando e Isabel la consorte. Fernando podía intervenir en el gobierno castellano de acuerdo con ella cuando estuvieran juntos y por su propio criterio cuando estuvieran separados, con muy pocas limitaciones, como la de no nombrar a extranjeros.
La guerra de sucesión y una reina guerrera
El bando juanista reaccionó, según la ponente con la misma lentitud que había mostrado Enrique IV. Proclamó a Juana en Plasencia en mayo de 1475 y la casó con su tío Alfonso V de Portugal. La guerra, civil y a la vez contra Portugal, comenzó cuando las tropas portuguesas entraron por el valle del Duero y duró hasta 1479. Tuvo tres escenarios principales. El primero fue el valle del Duero, donde se libró la conocida batalla de Toro. El segundo fue Andalucía, donde Isabel permaneció largo tiempo, ganó para su causa a la nobleza andaluza y pacificó las relaciones entre sus linajes. El tercero lo formaban los dos extremos del reino: Extremadura, en la frontera portuguesa, y el Marquesado de Villena, en la frontera con Valencia y la Corona de Aragón.
Del Val presenta a Isabel como una reina que se implicó directamente en la guerra. Se ocupó de recaudar los recursos económicos y de las levas de tropas, participó en los consejos, opinó sobre estrategia y táctica y tomó decisiones, de acuerdo con Fernando cuando estaban juntos y por su cuenta cuando no. En algunas ocasiones se acercó al frente. Llevó una mesnada para reforzar el asedio del castillo de Burgos, estuvo presente en la toma de la fortaleza de Toro después de conquistada la ciudad y desde Trujillo organizó numerosas acciones militares en la frontera extremeña. En sus documentos llamaba a hacer la guerra «a sangre y fuego» contra quienes se le oponían, aunque, subraya la ponente, al mismo tiempo buscaba el pacto. Su objetivo era controlar el reino y también expandirlo para favorecer el comercio y la pesca, porque, en palabras de Del Val, lo económico también es político.
Los tratados de Alcáçovas
La paz se selló en los tratados de Alcáçovas de 1479. La ponente usa el plural porque fueron varios documentos. La negociación comenzó por iniciativa de Isabel y de su tía Beatriz de Portugal, duquesa de Viseu, que mantuvieron una primera conversación en la frontera extremeña. Después, los embajadores de ambos reinos fijaron los términos. Del Val destaca cuatro cuestiones.
La primera, la más importante para Castilla, era que Juana no pudiera volver a reivindicar el trono ni tener descendencia que lo hiciera. Juana quedó en Portugal, primero en un convento y después bajo el cuidado de sus primos, los reyes portugueses. Según la ponente, los espías y embajadores castellanos vigilaron el cumplimiento y los portugueses respetaron lo pactado. Juana no volvió a dar problemas, aunque hasta su muerte firmó como «yo la reina» y los portugueses la llamaron «la Excelente Señora», convencida de que, como hija del rey, le correspondía el trono.
La segunda cuestión era el perdón a los juanistas que se sometieran y acataran a Isabel como reina. La tercera fue la amistad entre ambos reinos, sellada, como era habitual, con un acuerdo matrimonial. La infanta Isabel había dejado de ser princesa heredera con el nacimiento del príncipe Juan en Sevilla en 1478, porque los varones tenían precedencia. Quedó prometida a Alfonso, heredero de Portugal, en las llamadas tercerías de Moura: debía abandonar la casa de su madre y vivir en Portugal bajo la custodia de Beatriz hasta tener edad para casarse. La boda se celebró en 1490, y para festejarla Isabel organizó en Sevilla grandes fiestas y unos momos que la ponente describe como «lujosísimos y complicadísimos». Del Val recuerda que esa fue la segunda separación de la hija; la primera había sido la de las tercerías.
La cuarta cuestión fue la económica, pesquera y territorial. Según la ponente, Portugal era entonces la gran potencia marítima y atlántica, y Castilla, que quería competir en África por sus riquezas, iba muy por detrás pese a sus esfuerzos. El reparto asignó el reino de Fez a Portugal y las Canarias a Castilla. Portugal se quedó además con Guinea y las Azores, y Castilla tuvo que admitir que en sus propios puertos se cobrara el quinto real sobre las mercancías procedentes de Guinea y de La Mina y que ese impuesto se entregara a Portugal. Del Val lo interpreta como una negociación con cesiones por ambas partes. Isabel consiguió apartar a Juana y obtuvo las Canarias, pero dejó a Portugal la primacía en África. Ese equilibrio permitió la paz con Portugal y también la paz interior de Castilla.
1480: el balance de una reina
La ponente cierra con un retrato de Isabel en 1480. Tenía 29 años y tres hijos; después tendría dos hijas más. Había controlado el reino y atendido a la vez su casa y su corte, ejerciendo como reina en todas sus facetas. Había demostrado que sabía hacer la guerra sin titubear cuando lo creía necesario y negociar cuando llegaba el momento del pacto. Según Del Val, había establecido además con Fernando una afinidad plena: formaban una pareja política en el sentido más completo y se apoyaban también en lo afectivo, algo que la ponente promete mostrar en la próxima sesión a propósito de una crisis personal de la reina.
Para Del Val, en 1480 ya estaban trazados los ejes de su política. Eran el fortalecimiento del poder regio, la expansión territorial con apoyo al comercio internacional, como muestra Alcáçovas, y el orden interno, que buscó al instituir la Hermandad en las Cortes de Madrigal de 1476. A esas líneas se añadirían entre 1480 y 1504, año de su muerte, otras dos: el peso de la política internacional y la unidad en la fe, que la época, y la propia Isabel, entendía como condición necesaria para un reino cohesionado y bien organizado. Ese periodo queda para la siguiente conferencia del ciclo.
Antes de empezar la intervención, quería explicarles o exponerles cuáles van a ser los, digamos, los apartados o los pasos, los capítulos por los cuales vamos a transitar a lo largo de los próximos 60 minutos. Como ven, empezaré por hacer unas consideraciones previas para enmarcar la figura y el momento en el que Isabel vive y, bueno, algunos elementos importantes para comprender su trayectoria, y después pasaré a presentar la evolución o, digamos, el recorrido de esta Isabel de Trastámara desde su periodo de infanta hasta el momento en el que se convierte en reina de Castilla, controlando ya el reino. Por lo tanto, pasaremos por el periodo de su infantazgo, que es hasta 1468, después el periodo de princesa heredera del trono hasta 1474, el momento en el que tiene que hacer la guerra para conquistar el trono entre 1475 y 1479. Ya lo dejaremos en 1480, cuando se iniciará el reinado en paz de Isabel I, que será objeto de la conferencia del próximo jueves.
En esas consideraciones previas que quería hacerles, les voy a plantear nada más dos cuestiones. La primera de ellas es que en la corona de Castilla las mujeres pueden reinar y gobernar. Son dos cosas diferentes. En el Reino de Navarra, por ejemplo, las mujeres pueden ser reinas. En ese sentido, pueden reinar, pero no gobiernan, gobiernan sus maridos. En la corona de Aragón, las mujeres no pueden reinar, en cambio pueden gobernar como delegadas del rey si el rey lo considera oportuno.
Sin embargo, en la corona de Castilla, las mujeres son reinas o pueden ser reinas titulares y pueden ejercer el gobierno, pueden ejercer el poder. Y esto es así desde los primeros tiempos del reino, y un caso evidente y un ejemplo, un precedente importante y que les quiero recordar aquí porque este año se cumple el 900 aniversario de la muerte de una de estas grandes reinas de León y de Castilla, que es la reina Urraca. La reina Urraca, que murió hace 900 años, pues fue reina en León y Castilla y se tituló Emperatriz de Hispania. Y esta reina Urraca además acuñó moneda con su efigie, cosa que es una manifestación de poder evidente y que es extrañísimo en la historia de la época, ¿no? Piensen que estamos en los primeros años del siglo XI. Tienen la moneda con la efigie de Urraca claramente establecida.
Bueno, en Castilla las mujeres pueden reinar. Por lo tanto, el que Isabel sea reina no es ninguna anomalía. Es excepcional en el sentido de que pueden gobernar siempre que no haya varón. Es decir, es necesario que no haya un varón en línea legítima y directa que pueda ocupar el trono, y entonces puede pasar una mujer a ocupar el trono o a ceñir la corona del reino.
Si no hubiera tampoco mujer, o no se aceptara la herencia femenina, entonces tendría que pasar un varón de la línea colateral, es decir, el familiar masculino más próximo a la rama troncal de la corona de Castilla. Este tema lo retomaremos después, se lo recordaré cuando lleguemos ahí.
El segundo elemento que quería presentarles como consideración previa tiene que ver con esto, porque resulta que los varones más próximos a la corona de Castilla son los reyes de Aragón, los reyes en el sentido masculino, los varones que pueden acceder al trono de Aragón. ¿Por qué? Pues porque en Castilla y en Aragón gobiernan, reinan la misma dinastía, la dinastía Trastámara, una dinastía que procede de Castilla, pero que pasó a ser también la titular de la corona aragonesa.
Esto es así porque tienen unos antecesores comunes, y esos antecesores comunes los tienen ahí a los dos en pantalla: son el rey Juan I de Castilla y su mujer Leonor de Aragón. Los dos, como ven, en el siglo XIV, este rey y reina de Castilla engendran unos hijos. El primogénito fue rey de Castilla, pero el segundogénito se convirtió en rey de Aragón. Por lo tanto, son la misma familia. Y en caso de que en una de las dos ramas no hubiera descendiente para ocupar el trono, vendría alguien de la rama colateral. En el caso de Castilla, si no se admitiera a una mujer como heredera del trono, vendría un varón de la rama aragonesa. Y en ese momento, en Aragón está reinando Juan II, el rey Juan II, cuyo hijo es Fernando el Católico.
Esto también ténganlo en cuenta, porque luego volveré sobre ello, pero es importante para entender lo que hace Isabel o la trayectoria política de Isabel. Bien, con estas consideraciones previas como telón de fondo, vamos a empezar el recorrido por la vida de la infanta Isabel.
La infanta Isabel es el primer fruto del segundo matrimonio de su padre con Isabel de Portugal. Juan II de Castilla queda viudo y contrae segundas nupcias con esta mujer de la casa dinástica portuguesa, Isabel de Portugal. Y el primer retoño que tienen es una niña, una niña que nace en Madrigal de las Altas Torres el día 22 de abril de 1451.
Es una niña. Juan II ya tenía un heredero varón de su primera mujer, que será Enrique IV de Castilla. Por lo tanto, bueno, se celebra el nacimiento de la niña, pero tampoco con muchas alharacas. No deja de ser una infanta. El trono está asegurado en Enrique IV y sus posibles descendientes, y por lo tanto la cosa, digamos que queda un poco la celebración en el entorno cortesano y familiar, aunque por supuesto la noticia se comunica a todo el reino.
Desde ese primer momento, Isabel empieza su educación como infanta de Castilla, es decir, como una niña que cuando sea mujer está destinada a representar a su reino y a jugar un papel político en función de con quién la casen, para establecer alianzas políticas del reino al que pertenece, Castilla, con otros reinos. Esto requiere para las infantas castellanas una sólida educación de la época, una educación que tiene tres aspectos principales: la espiritual, por supuesto, la intelectual y la cortesana.
Isabel desde que nace se desarrolla, se desenvuelve en un ambiente de una espiritualidad bastante profunda. Tanto su madre, Isabel de Portugal, como su abuela materna, Isabel de Barcelos, que viene y que vive en la casa de su madre y que contribuye y colabora a la educación de la niña, son mujeres de una profunda religiosidad. La casa portuguesa tiene una santa, digamos, en sus ramas familiares, y son especialmente religiosos. Y todo esto indudablemente influye en la educación de la niña.
La niña, además, pasa los primeros años de su vida, después de muerto su padre, en la villa de Arévalo. Y en Arévalo parece que los franciscanos, los frailes franciscanos del convento de Arévalo, pues colaboran en la educación de esta niña, y en cualquier caso, luego, cuando Isabel es adulta, Isabel se inclina por la espiritualidad franciscana. Y esto probablemente viene de este primer periodo de su educación en Arévalo y desde luego en el entorno de la casa materna de la reina Isabel de Portugal.
La formación intelectual pues va pareja al propio desarrollo de los niños. En este momento las niñas suelen quedarse en la parte femenina de las casas nobiliarias o reales, y ahí pues son educadas en todo tipo de materias que entienden que van a necesitar para su desenvolvimiento futuro en la sociedad de la época, y sobre todo en el territorio en el que vayan a tener que vivir una vez que se casen.
Esa formación, en el caso de Isabel, entre otras materias, desde luego, debió de tener contactos con el conocimiento de la historia y de la historia de su reino, de la historia de Castilla. Luego lo veremos también, puesto que va a utilizar precisamente algunos elementos del pasado de Castilla para reivindicar su derecho a ser reina propietaria del trono que quiere ocupar.
Y luego también hay una educación cortesana, es decir, todo lo que se refiere a la vida en la corte, desde los modales en la mesa, la forma de vestirse, de adornarse, de perfumarse, de mostrarse ante la gente, de conversar, de danzar, de tañer instrumentos; en fin, toda una serie, digamos, de habilidades de carácter cortesano cultural que incluyen también, desde luego, el conocimiento de las artes cinegéticas y de las artes de la guerra. Las mujeres tienen que admirar las, bueno, las acciones importantes que los hombres dicen protagonizar tanto en las guerras como en la caza. Y para poderlas admirar tienen que saber, tienen que conocer las artes, las leyes de la guerra y de la caza para admirar a sus varones. Por lo tanto, también lo conocen. E Isabel va a demostrar a lo largo de su vida que lo conoce suficientemente. Desde luego lo de la guerra, porque lo va a practicar directamente, como después veremos.
También hay algunos libros, algunas obras que Isabel conoce, pero bueno, vamos a dejarlo ahí. Y yo creo que con estas pinceladas sobre la educación de Isabel pueden imaginarse a una niña en sus primeros 10 años de vida en la casa y corte de su madre, la reina viuda Isabel de Portugal, reinando su medio hermano Enrique IV, y ella en la casa palacio de Arévalo.
Allí está hasta el año 1462, quizás finales del 61, comienzos del 62. ¿Por qué? Pues porque en febrero de 1462 el rey Enrique IV, que en su segundo matrimonio, después de varios años de estar casado con Juana de Portugal, consigue por fin un embarazo de la reina, y por lo tanto va a conseguir tener un descendiente, pues va a tener, digamos, ese bebé que en la época no se sabía si era niño o niña. Claro.
Entonces, en esa situación, el rey piensa que lo más seguro para él es que sus dos medio hermanos, es decir, los hijos del segundo matrimonio de su padre, Isabel y otro más pequeño que se llama Alfonso, pues dejen la casa de Arévalo, es decir, el contexto de la casa de su madre en Arévalo, y pasen a la corte regia. Entonces, en 1462, cuando la niña Juana nace en Madrid, en esta villa de Madrid, Isabel y su hermano Alfonso han sido trasladados por el rey, por su hermano, el rey Enrique IV, de la casa materna de Arévalo a la corte y casa real.
El niño Alfonso se instala en la casa del rey, pero la niña Isabel se instala en la casa de la reina. Y aquí comienza, digamos, una segunda etapa de la formación de la infanta Isabel, porque ahora va a conocer una corte regia y ahora va a tener la posibilidad de observar todo aquello que se mueve en torno a una corte, y por lo tanto va a poder observar los hitos y los lazos y el entrelazamiento de los lazos políticos, y sobre todo de las intrigas políticas que se están ahí tejiendo en el entorno de Enrique IV de Castilla.
Enrique IV de Castilla, que a partir de 1464 va a tener una crisis política debido a que una parte de su corte, una parte de la nobleza que está en torno suyo, se subleva contra él, se opone a la forma de gobernar de Enrique, descontenta con cómo está llevando el rey las riendas del reino. En realidad, lo que está por detrás de todo esto es una lucha por el poder, una lucha por el poder en una situación en la que hay una parte de los teóricos políticos, diríamos hoy, y desde luego de la nobleza, que piensa que el rey debe gobernar con la colaboración de los nobles, y otra corriente nobiliar, otros nobles que piensan que el rey está en el trono, pero que quienes deben llevar las riendas de la política son ellos, es decir, que son ellos quienes deben realmente dirigir la política del reino.
Bien, en esta tesitura se produce un fuerte enfrentamiento que va a acabar con una sublevación en contra del rey. Enrique intenta calmar los ánimos. Enrique es un rey pacífico, es un rey que huye de la confrontación, pero que fracasa en todos los intentos de pacificar el reino que protagonizó. El primero de ellos y el más importante en este, a pesar de que, como digo, intentó, bueno, pues tranquilizar los ánimos, pactar con quienes se oponían a su política, no consigue convencerlos, y los nobles se hacen con el niño Alfonso, es decir, con su medio hermano Alfonso, su hermano menor Alfonso. Recuerden, es un varón y por lo tanto puede ser propuesto como rey frente a Enrique IV. Es un varón frente a otro varón. Isabel, por lo tanto, de momento queda de lado, aunque sea mayor que Alfonso.
Estos nobles que se sublevan, que tienen a Alfonso, al niño Alfonso en su poder, al infante Alfonso, infante, príncipe, rey Alfonso, organizan en las celebraciones del Corpus Christi del año 1465, el 5 de junio de ese año, una especie de teatrillo. En el Corpus representaban pequeñas obras teatrales, diríamos con el lenguaje del siglo XXI. Pues representando, digamos, una obra de este estilo, lo que hacen es deponer a Enrique IV y proclamar rey a su medio hermano Alfonso. Tenemos al rey legítimo, Enrique IV, y un rey que ha sido proclamado ilegítimamente por los nobles. Pero tenemos dos bandos en el reino, dos bandos enfrentados que inician una guerra civil.
Durante esta guerra civil, la infanta Isabel sigue en la casa de la reina Juana. Y en la casa de la reina Juana, digamos que continúa aprendiendo lo que son las formas y las normas cortesanas.
Sigue también practicando el portugués. Isabel es hija de portuguesa. Muchas de las mujeres que estuvieron en su entorno educándola desde niña eran portuguesas. Y en la corte de Juana, de Juana de Portugal, la mujer de Enrique IV, ella es portuguesa y está rodeada de portuguesas, se habla portugués. Bueno, pues Isabel sigue en ese ambiente familiar portugués, pero en un ambiente muy diferente, en el que se siguen viendo las intrigas políticas y en el que sigue a la reina en sus desplazamientos por el reino.
En 1467, Isabel con Juana están en Segovia, y en ese momento los rebeldes tienen, digamos, una fase, una breve fase de esplendor y consiguen entrar en la ciudad de Segovia. La reina Juana se refugia en el Alcázar para huir de los rebeldes, pero en ese momento Isabel toma su primera decisión importante. No se mueve del palacio real y se suma a los rebeldes, es decir, deja a la reina y se suma al bando de su hermano Alfonso.
Estamos en 1467. En ese año Alfonso va a cumplir años en el mes de septiembre, y acompaña Isabel a Arévalo a visitar a su madre con su hermano Alfonso, e Isabel organiza unos momos, es decir, una pequeña obra teatral cortesana, una obra que le escribe un poeta cortesano de la época, Gómez Manrique, un partidario de Isabel; lo será durante todo el tiempo. Y en esos momos, ella, Isabel, actúa como la reina de la fiesta con todas sus damas disfrazadas y representan una pequeña obrita en honor del niño Alfonso, que cumple años, y junto con su madre Isabel.
Esto, aparte de mostrar ese afán por la cultura y ese gusto por la vida cortesana y el gusto por el teatro, por la música, porque el teatro es música, aparte de ser texto, poesía, es música, canto, es danza, todo esto es el teatro en la época, Isabel muestra también su afecto a su madre, una madre a la que ha echado de menos desde que se marchó, bueno, desde que la sacaron de Arévalo en 1462, y una madre a la que va a ir visitando hasta que muera. Isabel de Portugal muere en 1497 y hasta esa fecha Isabel va siempre que puede a Arévalo a visitar a su madre.
Bueno, están en cualquier caso en Arévalo en 1467, hacen o representan esos momos de Gómez Manrique, celebran el cumpleaños de Alfonso y continúa el enfrentamiento.
Pero a los pocos meses, en julio de 1468, el niño Alfonso muere. Muere en muy pocos días de unas fiebres, y esto desarbola al bando rebelde, que se queda sin nadie que oponer a Enrique IV. Es entonces cuando Isabel toma su segunda decisión importante, y es no seguir los pasos de su hermano. Su hermano era un niño mucho menor que ella, desde luego no con la voluntad ni con la inteligencia que Isabel demostró, desde mi punto de vista.
E Isabel, en cambio, pues es más despierta, es mayor, un poquito mayor, ve la situación muy poco favorable a mantener un enfrentamiento armado con el rey. De hecho, el bando rebelde está en horas bastante bajas en ese momento. Después de dudarlo, Isabel opta por aliarse o inclinarse del lado de aquellos que le recomiendan que pacte con el rey Enrique, que se deje de rebeldías y que pacte con el rey. E Isabel efectivamente va a pactar con el rey.
Ese pacto con el rey es el famoso y controvertido pacto de Guisando, que tiene lugar el día 18 de septiembre de 1468 en una campa, en un espacio abierto entre Cadalso y Cebreros. Las dos legaciones, Enrique IV por una parte y la infanta Isabel con sus partidarios por otra, se reúnen y escenifican la amistad que se renueva entre el rey
Enrique y su hermana Isabel. Una amistad que se fundamenta en un acuerdo que, resumiendo mucho, consta de lo siguiente. La princesa Juana, es decir, la hija de Enrique IV y Juana de Portugal, es apartada de la herencia so pretexto de que el matrimonio de sus padres no es legítimo. Y se reconoce, o Enrique IV reconoce como heredera a Isabel, a su hermana, su medio hermana Isabel. A partir de ese momento, Isabel se titulará princesa de Castilla.
Isabel también contrae compromisos. Claro, el que nos interesa, porque es el más importante y el que va a marcar toda la evolución posterior, es que se compromete a casarse según su voluntad, pero siempre de acuerdo con el rey, siempre de acuerdo con Enrique IV.
¿Qué va a pasar? Pues que Enrique IV no convoca Cortes para jurar heredera a Isabel. Isabel no fue jurada heredera en Cortes, y que Isabel se casó en contra de la voluntad de su hermano. Es decir, ambas partes incumplieron el pacto.
Y ¿qué sucede entonces? Pues sucede que vamos a volver a la guerra, pero antes de volver a la guerra todavía tenemos un año y pico de, bueno, digamos de entente.
En el momento en que Isabel es princesa heredera, claro, los candidatos a su mano florecen. Es mucho más importante casarse con una heredera del trono que con una infanta. Esto es obvio, ¿no? Tenemos a Pedro Girón, un noble local; vamos, un noble local quiere decir un noble castellano, hermano de uno de los principales adalides de la rebelión en contra de Enrique IV y ahora uno de los principales defensores de Enrique IV, que es Juan Pacheco, marqués de Villena. Su hermano Pedro Girón pues quería casarse con Isabel. Hubiera sido desde luego un gran golpe para la casa de los Pachecos. Pero no es así, no se casan, entre otras cosas, porque Pedro Girón muere.
También es candidato a la mano de Isabel, y esto lo deseaba Enrique y lo deseaba su mujer Juana de Portugal, Alfonso V de Portugal. Alfonso V, rey de Portugal, hermano de la reina Juana de Castilla, es decir, hermano de la mujer de Enrique IV. Incluso llegan a firmarse capitulaciones matrimoniales, pero Isabel no quiere esa boda. Isabel se niega a casarse con Alfonso V de Portugal y no se casará con él.
También aparece como candidato, entre otros, no les voy a dar más que este tercer nombre, el duque de Berry y Guyena. El duque de Berry y Guyena es el hermano del rey de Francia y era también, bueno, sería una buena alianza para Castilla dadas las relaciones internacionales, ¿no? Pero Isabel tampoco quiere a este partidario, vamos, este candidato a su mano; también lo rechaza.
¿A quién quiere Isabel? Isabel se inclina por el príncipe de Aragón, es decir, por Fernando de Aragón, por el hijo del rey Juan II de Aragón. ¿Por qué? Pues por lo que les decía al principio. Recuerden que les decía que tenían que tener un poco en mente que las casas reinantes son la misma familia y que la casa reinante en Aragón es colateral de la casa reinante en Castilla. Si en Castilla no hay quien ocupe el trono, pasarían los aragoneses. Por lo tanto, si se rechazara en Castilla por alguna circunstancia que una mujer ocupara el trono, el candidato más próximo y más seguro al trono castellano era el rey de Aragón, Juan II, o su hijo Fernando.
Y además en Castilla hay un potente bando, un potente partido proaragonés o aragonesista, un partido que aboga por la alianza con Aragón y por estar junto a Aragón. Y el que encabeza ese partido, o uno de los principales cabecillas de ese partido, es el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, que es uno de los principales partidarios de Isabel en este momento.
Así las cosas, se comprende que Isabel decida casarse con Fernando. Por una parte refuerza esa parte de quienes le apoyan, que son partidarios de Aragón, y por otra parte neutraliza el peligro de que un príncipe aragonés venga a quitarle el trono a Castilla. Y le neutraliza convirtiéndole en su marido. E Isabel se casa efectivamente con Fernando de Aragón.
Las capitulaciones se firman en el mes de enero de 1469. En esas capitulaciones, entre otras cosas, se dice que los hijos que tenga la pareja siempre permanecerán en Castilla y no podrán ser sacados de Castilla. Es decir, que Aragón no se podrá hacer con los hijos de la futura reina Isabel, de la princesa Isabel. En ese momento también Fernando se compromete a ayudar militarmente a la causa de su mujer y, en fin, otras muchas cosas, ¿no? Aparte de una dote y todo esto.
Bueno, esas capitulaciones matrimoniales que se firman en Cervera en enero de 1469 son el fundamento del matrimonio. Pero no consistía solo en poner de acuerdo a un bando y a otro, consistía en poder realizar físicamente, materialmente, ese matrimonio. Es decir, había que conseguir primero que Isabel saliera del control de su hermano, porque Isabel está bajo el control, bajo la custodia de su hermano y sus partidarios. Y segundo, había que conseguir que Fernando, que es visto por Enrique IV como un enemigo, pues que Fernando pueda entrar en Castilla y pueda casarse con ella.
Todo esto no era fácil en absoluto, pero Isabel y sus partidarios, y Juan II de Aragón y su gran inteligencia política, pues van a llevar toda esta operación a buen puerto.
Isabel huye del lado de su hermano, de su hermano Enrique IV, aprovechando que Enrique IV se aleja de la corte en una campaña contra Granada. Y en ese momento Isabel, so pretexto de visitar a su madre y de ir a la tumba de su hermano Alfonso, huye de Ocaña, que es donde estaba, y avanza hacia Madrigal. Madrigal es una villa que le es fiel, y se va a poner bajo el amparo del arzobispo de Toledo, de Carrillo, y de sus fuerzas, y también del almirante de Castilla, que también es partidario de Isabel, por supuesto, y de los aragonesistas.
La huida de Isabel se produce en el verano y en esa huida Isabel acaba en Valladolid. Acaba en Valladolid porque en ese momento Valladolid estaba controlada por fuerzas partidarias de Aragón y de Isabel, contrarias a Enrique IV. Por lo tanto, la villa de Valladolid acoge y protege a Isabel al amparo de sus murallas.
Bueno, Isabel ya ha huido, pero ahora hacía falta que entrara Fernando. El viaje de Fernando es un viaje peligroso porque es un enemigo del reino y, si es capturado por las tropas de Enrique IV, pues podría no llegar a su destino. Con todo y con esto, Fernando consigue, en un viaje bastante azaroso, pero consigue entrar en Castilla y consigue llegar hasta Dueñas. Dueñas es una villa muy próxima a Valladolid, partidaria también de Isabel, está controlada por los duques de Buendía, y Fernando se queda en Dueñas.
Entre tanto, Isabel piensa que, como está rompiendo el pacto, y ella es perfectamente consciente de lo que hace, necesita convencer a su hermano, necesita el permiso de su hermano. Isabel hasta el final va a luchar porque su hermano le acepte esta boda. E Isabel escribe al reino y sobre todo Isabel escribe al rey y le da sus razones. Le escribe largas cartas, un par de cartas o tres, en las que le explica por qué se casa con Fernando, que por supuesto es fiel a él, es fiel a Enrique IV. Bueno, intenta convencerle.
Enrique IV no se deja convencer. Enrique IV, en el momento en que conoce estos planes de boda, se opone radicalmente y empieza a trabajar en contra del principado de su hermana, lógicamente. Bien, no contesta a Isabel, no acepta las razones que Isabel le da, de tal manera que cuando llega el momento de la boda, Enrique IV sigue opuesto a esa boda, no da su consentimiento, y la boda se va a realizar sin el consentimiento del rey. Pero es que además hay otro problema.
Habrán comprendido que, siendo miembros de la misma familia, son primos los reyes de Aragón y los reyes de Castilla, o los reyes de Castilla y los reyes de Aragón. Es decir, para poder contraer un matrimonio legítimo necesitan una dispensa canónica que tiene que otorgarles el Papa. Dispensa canónica de su grado de parentesco, que es muy próximo, el cuarto grado.
Pero el Papa no les da la dispensa, el Papa se niega a darle dispensa a Isabel. El Papa defiende la legitimidad de Enrique IV y se opone a quienes se oponen a Enrique IV. Por lo tanto, Isabel, bueno, digamos la diplomacia de Isabel, y sobre todo la diplomacia de Juan II de Aragón, que es una diplomacia poderosísima en todas partes, pero particularmente en Roma, no consiguen convencer al Papa de la necesidad de una bula de dispensa y de que firme la bula de dispensa. ¿Qué se hace? Se falsifica directamente.
El legado a latere que había sido enviado por el Papa, que había estado presente en la entrevista de Guisando, Veneris, pues es partidario de Isabel, y se piensa que fue Veneris, digamos, quien falsificó la bula. Pero en cualquier caso se falsificó. Es decir, los reyes, los futuros Reyes Católicos, se casan con una bula falsa en Valladolid.
Una bula falsa que es recogida en el acta de matrimonio, porque el matrimonio era enormemente importante. Este matrimonio era enormemente importante para las dos partes y hay un acta notarial, un acta notarial que recoge lo que allí pasó, ¿no? Y los matrimonios en ese momento, bueno, estos grandes matrimonios, tienen tres partes.
Matrimonio por palabras de futuro: tiene lugar el día 18 de octubre. Fernando acude a las casas de Juan Vivero, que es donde se celebra el matrimonio. Se lee la bula de dispensa, la bula falsa de dispensa, y, bueno, se compromete el matrimonio. Al día siguiente, el día 19, se celebra la misa de velaciones. En ese caso, antes de la misa de velaciones se leen las capitulaciones matrimoniales, esas capitulaciones que se firmaron en Cervera en el mes de enero, y se celebra la misa de velaciones.
El matrimonio canónico está celebrado, pero para que el matrimonio sea válido tiene que consumarse. Y esa tercera parte del matrimonio, que es la consumación del matrimonio, tiene lugar en la noche entre el 19 y el 20, o en la tarde noche del día 19, léanlo como quieran. Se retiran a su cámara Isabel y Fernando, con los testigos al otro lado de la puerta esperando a ver la sábana de la princesa. Efectivamente, el matrimonio se consuma y se enseña la sábana de la princesa.
Esto era enormemente importante. Era enormemente importante primero porque demuestra que el matrimonio celebrado canónicamente se ha consumado. Pero sobre todo era importante porque es que Enrique IV, en sus dos matrimonios... En el primer matrimonio no pudo enseñar la sábana de la entonces princesa, entre otras cosas porque el matrimonio no se consumó nunca. Y en el segundo matrimonio, que celebró con Juana de Portugal, en el que después de 5 años tuvieron a la princesa Juana, pues Enrique IV se negó a que esta ceremonia se hiciera pública, es decir, se negó a que se enseñara la sábana de la reina, con lo cual decían: "Si no ha habido sábana de la reina, nadie sabe si el matrimonio se ha consumado o no".
Y eso ayudó a todos, digamos, a todos los bulos que corrieron por el reino diciendo que el rey era impotente, que la reina era una casquivana y que la niña Juana era hija de otro varón, no del rey Enrique IV. Bueno, decían que era hija, como seguramente todos sabrán, de Beltrán de la Cueva.
Bien, Isabel y Fernando enseñan la sábana, claro. Y después de esto en Valladolid hay siete días de fiesta: bailes, justas, juegos, torneos, pero también, por supuesto, juegos de mesa, bailes de salón, representaciones teatrales, banquetes, bueno, todo lo que son las fiestas cortesanas del momento, y fiestas públicas, puesto que en toda la villa los vecinos también participan, digamos, en las manifestaciones callejeras de jolgorio y de festejo.
Y al cabo de esos 7 días, en la colegiata (Valladolid entonces tenía como iglesia principal una colegiata), en la colegiata se celebra la misa de bendiciones. Y esa misa de bendiciones la celebra Carrillo, el arzobispo de Toledo, y predica fray Alonso de Burgos, es decir, el gran dominico, gran teólogo y, bueno, un gran personaje de la intelectualidad y del contexto político intelectual del reino.
En ese momento la boda está celebrada. Esto supone que se ha roto la relación entre Isabel y Enrique IV. Enrique IV reacciona lentamente, pero reacciona. Y un año después, en octubre de 1470, hace también otra representación en la cual, públicamente, en Val de Lozoya, es decir, en un sexmo próximo a Segovia, a la ciudad de Segovia, pues después de que la reina Juana y él juraran que la niña Juana era hija de ambos, proclama de nuevo a Juana como princesa heredera del trono.
La guerra queda abierta y va a haber enfrentamientos puntuales en el reino. Isabel tiene sus partidarios, Enrique tiene los suyos, y progresivamente Isabel va avanzando; la política de Isabel va convenciendo cada vez a mayor número de nobles y ciudades y Enrique va retrocediendo lentamente.
El punto principal de avance de Isabel es la atracción de la casa de los Mendoza. Los Mendoza, la nobleza más poderosa y la más fiel a Enrique IV. Bueno, yo creo que habría que decir que la más fiel a la corona. Va a ser fiel a Enrique IV hasta el final, pero va a pasar inmediatamente a ser fiel a Isabel en el momento en que muera Enrique, y ya en los últimos años de Enrique se muestra inclinada a que la sucesora sea Isabel.
¿Cómo consigue el bando de Isabel este apoyo de los Mendoza? Pues de una manera relativamente sencilla, gracias a los poderes que los Trastámara aragoneses tienen en general, y tienen en Roma en particular, y tienen en el Reino de Valencia más particularmente. Pedro González de Mendoza, un egregio personaje este que tienen aquí, este es Pedro González de Mendoza, es un gran clérigo, es miembro de la Casa de Mendoza, es un gran intelectual, un gran político, sobre todo miembro de ese enorme linaje, y ese poderosísimo linaje de los Mendoza...
Va a ser elevado a cardenal gracias a los favores de, digamos, de un valenciano, de Rodrigo de Borja, nada menos que Rodrigo de Borja, que es valenciano, que, bueno, llegó a papa, como todos ustedes saben, que es afecto a Juan II de Aragón y a Fernando, y que es convencido por Fernando para que, bueno, premie al clérigo Mendoza, porque sabe que de esta manera los Mendoza van a acabar apoyándoles. Y efectivamente, Pedro González de Mendoza es cardenal en 1472 y los Mendoza acaban apoyando la causa de la princesa Isabel.
Entre 1473 y 1474, en la Navidad de esos años, Enrique e Isabel, digamos, se amigan, es decir, personalmente los dos hermanos vuelven a encontrarse, celebran la Navidad juntos en Segovia y parece que hay un clima de entendimiento. Bueno, pasean juntos por la ciudad, cantan, bailan, tañen instrumentos, estas cosas que se hacían en las cortes, ¿no? Pero Enrique sigue manteniendo que su heredera es Juana.
En 1474, en diciembre, ya muere Enrique IV. Aunque Isabel había conseguido amistarse con su hermano, no había conseguido que su hermano volviera a reconocerla heredera. Pero Isabel seguía considerándose heredera en función de aquello que se acordó en Guisando en 1468. Por lo tanto, cuando Enrique IV muere en esta villa de Madrid el 11 de diciembre de 1474, Isabel, que está en Segovia, en cuanto conoce la noticia, que es el día 13, pues el día 13 de diciembre organiza su proclamación, y ante las puertas de la Iglesia de San Miguel de Segovia, que era la iglesia en la que se reunía el concejo segoviano, va a ser proclamada reina de Castilla.
Una proclamación que realiza en solitario. Su marido está en Aragón. Su marido, que había estado casi todo el tiempo en Castilla, todo este tiempo de guerra civil había estado por aquí, pues había ido a ayudar a su padre a luchar contra los franceses en la frontera. De manera que está Isabel sola en Segovia. Isabel no comunica la noticia a su marido; no quiere que los aragoneses estén presentes en este acto ni que puedan perturbarla en esta situación. E Isabel sola se proclama, pues proclamada, vamos, reina en Segovia.
Y según el acta de la proclamación, también hay un acta notarial de la proclamación de Isabel en Segovia, lo que claman los heraldos que proclaman su acceso al trono es lo siguiente: "Castilla, Castilla, Castilla por la muy alta y muy poderosa princesa, señora nuestra señora, la reina doña Isabel. E por el muy alto y muy poderoso príncipe, rey e señor, nuestro señor, el rey don Fernando, como su legítimo marido".
Estas últimas palabras, estas cuatro últimas palabras, «como su legítimo marido», son lo fundamental de esta proclamación. ¿Por qué? Porque, bueno, es evidente: «Castilla, Castilla por la reina Isabel», está claro, la están proclamando a ella, pero es la pareja real.
Y en la pareja real hay alguien que es el titular y está el cónyuge. Pues aquí el titular es Isabel: «Castilla, Castilla por Isabel y por Fernando como su legítimo marido». Es decir, Fernando es proclamado rey consorte de Castilla. Lo mismo que eran las reinas mujeres de los reyes: consortes.
Claro, esto no es lo que quería ni Fernando ni los aragonesistas, que a lo que aspiraban era a que Fernando en realidad ejerciera como rey de Castilla, es decir, como rey titular de Castilla. Y esto va a provocar una crisis, una poderosa crisis en el entorno de Isabel y, digamos, en el partido isabelino en este momento.
Piensen que Isabel... estamos en 1474, en diciembre. Bueno, vamos a ponernos el 1 de enero del 75, si quieren, o el 2 de enero del 75, que es cuando Fernando llega a Segovia a toda velocidad, porque se desplaza rápidamente en cuanto conoce la noticia. Bien, Isabel ha sido madre en ese momento una sola vez. En 1470 dio a luz a su primogénita Isabel. Luego tendrá cuatro hijos más. Isabel y Fernando tuvieron cinco hijos, un varón y cuatro mujeres. Pero en ese momento solo tiene una hija, Isabel.
Y esto es importante. Es importante, primero, porque Isabel va a ser la hija preferida y predilecta de Isabel. Claramente va a estar muy unida a ella y va a sufrir mucho Isabel con esta, bueno, probablemente con otras de sus hijas también y desde luego con el hijo, pero con esta especialmente. Tenía una relación muy personal; durante mucho tiempo fue hija única. Bueno, pues durante 8 años fue hija única y fueron años muy decisivos para la vida de Isabel. Entonces, solo tiene a esta hija, y esto va a ser un argumento que va a utilizar Isabel frente a Fernando cuando tenga que defender que la reina legítima es ella, que es ella la titular del reino, que es ella la que va a gobernar.
En la proclamación en Segovia, según el cronista Alonso de Palencia, se hizo preceder por Gutiérrez de Cárdenas, bueno, uno de los miembros más próximos, de más confianza para ella en ese momento, que delante de su hacanea bien ajaezada para la proclamación desfilaba con la espada por la punta y la empuñadura en alto; por lo tanto, símbolo de que la persona que iba detrás de esa espada es quien tenía el máximo poder de la justicia, es decir, el máximo poder en el reino, quien era la titular del reino, y era ella. Es decir, que ella todos los efectos simbólicos los utiliza también para marcar su poder.
Bien, pues cuando tiene que justificar esto frente a Fernando, que quiere ser él, y frente a una parte de sus partidarios, que quieren que sea Fernando el que gobierne, pues tiene que defender su postura y tiene que tener argumentos. Y más allá de otros argumentos políticos, Isabel utiliza dos que a mí me parecen especialmente importantes, especialmente relevantes de lo que pueda ser la personalidad de Isabel. Por una parte, le dice a Fernando que solo tienen una hija y que, en caso de que no tengan más descendencia o en el caso de que a cualquiera de los dos les pase algo, la heredera es una hija, es una niña, es una mujer.
Si no la admiten a ella, Isabel, que es mujer, ¿cómo van a admitir luego a su hija? En ese caso, estarían perjudicando los intereses de su hija. Y esto es un argumento que utiliza Isabel, un argumento, si quieren, de carácter maternal, de carácter afectivo, pero también político, enormemente político, que Isabel utiliza frente a Fernando.
Y otro argumento que también quería ponerles de manifiesto y resaltarles, que es utilizado por Isabel según su cronista Hernando del Pulgar, es que Isabel dice que en la historia de Castilla, desde los reinos, desde el reino de Asturias, el reino de León, pues las mujeres han ejercido poder y las mujeres han sido reinas, y enumera toda una serie de reinas y de mujeres que han transmitido poder, que han ejercido poder, que han sido reinas, y por lo tanto que en Castilla las mujeres pueden reinar sin ningún problema y que por lo tanto ella puede hacerlo, y es ella la que quiere hacerlo y la que lo va a hacer.
Bueno, a pesar de estos argumentos y otros argumentos de carácter político intelectual que se manejan en el momento, la discusión es fuerte y la situación es muy tensa. Es una situación en la que no se podía perder tiempo, además porque, claro, los enemigos de Isabel se están organizando también, e Isabel sabe y Fernando sabe que los partidarios de Juana le van a presentar frente, es decir, que va a haber una guerra.
Ante esa situación en la que hay que avanzar con rapidez, deciden pactar. Esta es una de las características de Isabel en este momento; vamos, a lo largo de toda su vida va a saber manejar muy bien el pacto. Entonces, hay que pactar. Y pactan. Es lo que se conoce como la Concordia de Segovia. Se organiza una comisión. Los representantes de uno y otra son el cardenal Pedro González de Mendoza por parte de Isabel y Carrillo por parte de los aragonesistas o de Fernando. Llegan a un acuerdo en muy pocos días, y ese acuerdo, que se conoce como la Concordia de Segovia, enero de 1475, es lo que pone las bases a ese reinado conjunto que conocemos como reinado de los Reyes Católicos, que es el reinado de Isabel I de Castilla con su marido Fernando de Aragón en Castilla, porque en Aragón esto no es correlativo. Es decir, en Aragón el rey fue Fernando e Isabel fue la consorte. Pero en Castilla, según esta Concordia de Segovia, pues ella era la reina titular, pero acordó que Fernando podía intervenir en el reino, de acuerdo con ella si estaban juntos y por su propio criterio si no estaban juntos, con unas ligerísimas, quiero decir, muy pocas condiciones referentes a que no puede nombrar extranjeros y cosas por el estilo, pero vamos, digamos con muy pocas cortapisas. Fernando podía también intervenir en el gobierno de Castilla.
Bueno, a partir de este momento se inicia la guerra, prácticamente la guerra civil. El bando juanista reacciona. Proclaman a Juana en el mes de mayo. Ya ven, Enrique IV y luego los parciales de Juana siguen la misma tónica: reaccionan con lentitud. La proclamación de Juana es en el mes de mayo de 1475 en Plasencia. A Juana la casan con Alfonso V de Portugal, que es su tío, es el hermano de su madre; la casan con él y se inicia la guerra, la guerra civil y contra Portugal, en el momento en que las tropas de Portugal, de Alfonso V, entran por el Valle del Duero.
Es una guerra que dura hasta 1479 y es una guerra que tiene tres escenarios principales. Por una parte, el Valle del Duero; lo más conocido es la famosa batalla de Toro frente a las tropas portuguesas. Luego también está Andalucía. Isabel permanece durante largo tiempo en Andalucía y consigue atraer a su bando y hacer fieles a su causa a la nobleza andaluza y pacificar las relaciones de la nobleza andaluza. Y también Extremadura y el Marquesado de Villena, en los dos extremos del reino: en el extremo occidental, en la frontera portuguesa, la zona de Extremadura, y en la frontera con el Reino de Valencia, por lo tanto con la Corona aragonesa, el señorío de Villena. Son los tres focos principales de la guerra. Las fuerzas de Isabel progresivamente van a ir avanzando y van a ir consiguiendo sumar a su causa los distintos territorios del reino.
En todo este proceso, la reina se implica directamente, es decir, Isabel es una reina guerrera; entre otras cosas, también participa de la guerra. No vamos a hablar aquí de esto, pero Isabel se encarga, por supuesto, de todo lo que se refiere a recaudación de recursos económicos necesarios, a las levas de tropas. Ella aconseja, participa en los consejos o da opiniones sobre la estrategia y la táctica a seguir cuando hay oportunidad. Toma decisiones y las aplica por su propio criterio, digamos, con los consejeros que la rodean, con su marido, de acuerdo con su marido cuando está Fernando delante, y cuando están solos cada uno por su lado. Y en algunas ocasiones Isabel se acerca al frente de batalla y de alguna manera participa en esas acciones.
Por ejemplo, para la toma del castillo de Burgos se encarga de llevar una mesnada de tropas a reforzar a las tropas que están sitiando el castillo de Burgos para conquistarlo para su causa. Toro: cuando la ciudad de Toro ya ha sido conquistada por las tropas de Isabel, queda también la fortaleza. En la conquista de la fortaleza de Toro también Isabel está allí presente. Y luego en Extremadura, en Trujillo o desde Trujillo, Isabel organiza y ordena muchas acciones militares en esa zona de la frontera extremeña con la frontera portuguesa, y por supuesto escribe al reino y no se para, digamos que cuando hay que hacer la guerra, hay que hacer la guerra, y dice «hay que hacer la guerra a sangre y fuego». Estas son palabras que Isabel utiliza en documentos en los que llama a la guerra y a hacer la guerra a quienes se le oponen, pero al mismo tiempo busca también, por supuesto, el pacto.
Lo que persigue con esto es controlar el reino, por supuesto, y expandir el reino. Una expansión territorial que busca favorecer el comercio y la pesca, porque son intereses políticos; pero lo comercial, lo económico, también es político, y también Isabel busca las cuestiones políticas. Y esto queda muy claro en el tratado entre Castilla y Portugal por el que se pone fin a esta guerra, el tratado o los tratados de Alcáçovas, porque en realidad son varios documentos los que suponen el acuerdo del fin de la guerra.
Estos tratados se empiezan a negociar por iniciativa de Isabel y de su tía Beatriz de Portugal, la condesa de Viseu. Ellas dos son las que tienen la primera conversación de paz en la zona de la frontera extremeña, y a partir de ahí los embajadores de Castilla y de Portugal pues acuerdan las paces o cómo se van a hacer esas paces.
Para Castilla lo más importante era que Juana no volviera a dar problemas al trono, es decir, que Juana no tuviera ninguna posibilidad de reivindicar el trono de Castilla y, por supuesto, que no tuviera descendencia que pudiera reivindicar a su vez más adelante el trono de Castilla. Y eso se va a conseguir en el tratado de Alcáçovas. Juana queda en Portugal, primero en un convento; luego saldrá del convento, está bajo el control y el cuidado de sus parientes, de sus primos, los reyes de Portugal. Y ya, digamos, los espías y embajadores castellanos se encargan de que esto funcione, y desde luego los portugueses en esto cumplen con lo que pactaron. Juana no volvió a dar problemas a Isabel, aunque Juana se llamó reina de Castilla. Los portugueses la llaman la Excelente Señora hasta su muerte. Es decir, que Juana se reivindicaba y firmaba como «yo la reina», estando en Portugal y no gobernando, que no tenía reino. El reino lo dirigía Isabel. Pero Juana se mantuvo hasta el final en esa postura, que entendía que era la suya: era la hija del rey y por lo tanto tenía que ser la reina.
Este es uno de los aspectos. Otro aspecto es, bueno, todos los que apoyaron a Juana, que han hecho la guerra a Isabel: a ver qué hacemos con ellos. Pues hay que perdonar, claro, perdonar a los que finalmente se someten a la voluntad de los reyes, a la voluntad de Isabel, y acatan a Isabel como reina. Ese perdón a los juanistas es otro de los puntos principales del tratado de Alcáçovas.
Luego está la cuestión de la amistad entre Portugal y Castilla. Ha habido una guerra entre los dos, y las guerras suelen solucionarse con matrimonios. Bueno, acaba la guerra, una parte vence sobre otra o más o menos quedan tablas, todo según. Pero hay un acuerdo matrimonial, y en este caso el acuerdo matrimonial supone el matrimonio de la, en este momento, por primera vez infanta Isabel. Isabel, que ha sido princesa, la hija primogénita de la reina, pues ya no es princesa, porque ha nacido en 1478 en Sevilla el príncipe Juan. Los varones tienen precedencia; por lo tanto, el niño Juan pasa a ser príncipe e Isabel pasa a ser infanta. La infanta Isabel queda prometida en matrimonio a Alfonso de Portugal, el heredero del trono portugués. Es lo que se llama las tercerías de Moura. Isabel, la infanta Isabel, tiene que salir de la casa de su madre y marchar a Portugal, donde va a quedar en tercerías bajo el control de, bueno, de Beatriz y de los portugueses, junto con Alfonso de Portugal, hasta que los dos tengan la edad conveniente para casarse. Ese matrimonio se celebrará en 1490, y con motivo de ese matrimonio, que se celebra, como les digo, mucho después, 10 años después, en 1490, Isabel vuelve a organizar unos momos lujosísimos y complicadísimos en Sevilla, bueno, y grandes fiestas en Sevilla, para festejar el matrimonio de esta hija Isabel, que va a casarse a Portugal y de la que se va a separar con motivo de su boda, y de la que se separó por primera vez en estas tercerías de Moura, es decir, en el tratado de Alcáçovas de 1479.
Y luego está la cuestión económica y pesquera y la expansión territorial. Portugal tiene en este momento la hegemonía marítima. Portugal es la gran potencia del mar y la gran potencia atlántica. Castilla quiere entrar ahí, quiere también competir con Portugal, quiere avanzar por África, porque África ofrece muchísimas ventajas, muchísimas riquezas, y quiere estar ahí, pero no alcanza. Quiero decir que Portugal está muy por delante, muy por delante de Castilla. Con todo y con eso, Castilla va a hacer un gran esfuerzo por avanzar en este terreno. Ya lo venía haciendo desde época anterior y lo va a continuar haciendo en el reinado de Isabel y Fernando, de los Reyes Católicos.
En el acuerdo que se firma en Alcáçovas en 1479, lo primero que se reparten es lo que van a conquistar. El reino de Fez, en el continente, queda para Portugal, y las Islas Canarias quedan para Castilla. Pero al mismo tiempo que esto, Portugal se queda con Guinea y con las Azores, de donde conseguían importantes riquezas. Y además Castilla tiene que admitir que en los puertos castellanos se cobre el llamado quinto real, es decir, un impuesto por entrada de mercancías procedentes de Guinea y de La Mina de Oro, y que ese quinto real no quede para Castilla, sino que sea entregado a Portugal. Es decir, que Isabel aquí también negocia y, claro, en una negociación unos ceden unas cosas y otros ceden otras. Isabel consigue apartar a Juana, consigue las Islas Canarias, pero la primacía en África queda para Portugal. Por lo tanto, ahí hay ese acuerdo, ese equilibrio entre las partes, un equilibrio que va a favorecer y que va a permitir, por supuesto, el fin de la guerra y la paz entre Castilla y Portugal, y también va a permitir la paz en el interior de Castilla.
Llegamos así a 1480. En 1480, en ese momento, Isabel tiene 29 años y tiene ya tres hijos; todavía tendrá otras dos niñas más adelante. Ha sido capaz de controlar el reino y de atender a todo lo que se refiere a las necesidades de su corte y de su casa. Es decir, que ejerce como reina en todos los aspectos y en todas las facetas, como mujer en el trono y como mujer al frente de la casa y la corte. Ha demostrado que sabe hacer la guerra, y la hace sin titubear cuando lo cree necesario, pero que también sabe pactar y también sabe negociar cuando llega el momento del pacto.
Ha establecido una estrecha afinidad con Fernando. En este momento es evidente que la afinidad entre Isabel y Fernando es plena, que se entienden perfectamente, que forman una pareja política entendida en su más pleno sentido, y que se muestran también apoyo incluso en lo afectivo. Veremos el próximo jueves algún momento en el que Isabel pues entra en crisis personal. Y además, también en 1480, Isabel ya ha marcado los ejes de su política. De alguna manera, pues ha marcado su intención de fortalecer el poder regio y ha dado pasos importantes en esa dirección; la expansión territorial y el apoyo al comercio y al comercio internacional. Es evidente, lo
acabamos de ver el tratado de Alcáçovas, el deseo de tener un reino bien organizado y en paz, en orden interno. Esto en 1476 en las Cortes de Madrigal, instituyó la Hermandad y con esto lo va a conseguir. También lo veremos el próximo jueves.
Y bueno, pues empieza, como les decía, una nueva etapa, una nueva etapa a partir de 1480, en la que a estas líneas que ya se han marcado en el periodo precedente, en sus primeros años de reinado en guerra, pues se van a añadir otros dos aspectos: la política internacional, el peso que la política internacional va a tener, y la unidad en la fe, el deseo de conseguir un reino cohesionado y bien organizado, que es lo que Isabel pretende alcanzar, para lo cual se entiende en la época y entiende Isabel que es necesario que haya unidad en la fe.
Y todo esto pues lo va a desarrollar entre 1480 y 1504, que será la fecha de su muerte, y lo veremos como ya está anunciado en la siguiente conferencia el próximo jueves. Muchas gracias por su atención.
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