Isabel de Trastámara, de infanta a reina de Castilla (1451-1480)

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Resumen

La catedrática emérita de Historia Medieval María Isabel del Val Valdivieso dedica esta conferencia a responder una pregunta: cómo llegó Isabel de Trastámara, media hermana de Enrique IV, a ocupar el trono de Castilla y a gobernarlo de forma efectiva. Es la primera sesión del ciclo «Isabel I y Juana I, reinas de Castilla: historia y mito», celebrado en la Fundación Juan March. La ponente organiza el recorrido en tres etapas: el infantazgo, hasta 1468; el periodo como princesa heredera, hasta 1474; y la guerra por el trono entre 1475 y 1479. El relato se detiene en 1480, cuando empieza el reinado en paz, que queda para la conferencia siguiente.

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Su tesis atraviesa toda la exposición. Que una mujer reinara en Castilla no era una anomalía. Lo que distingue a Isabel es su capacidad para tomar decisiones en momentos críticos, para negociar y pactar y, cuando lo juzgó necesario, para hacer la guerra.

En Castilla las mujeres podían reinar y gobernar

La primera consideración previa distingue entre reinar y gobernar. Según la ponente, en el Reino de Navarra las mujeres podían ser reinas, pero quienes gobernaban eran sus maridos. En la Corona de Aragón ocurría lo contrario: las mujeres no podían reinar, aunque sí gobernar como delegadas del rey si este lo consideraba oportuno. En la Corona de Castilla podían ser reinas titulares y además ejercer el poder, y así había sido desde los primeros tiempos del reino.

Como precedente cita a la reina Urraca, cuyo noveno centenario de la muerte se cumple este año. Urraca fue reina de León y Castilla, se tituló emperatriz de Hispania y acuñó moneda con su efigie. Del Val subraya que este último gesto es una manifestación evidente de poder y algo «extrañísimo» en la historia de la época.

La ponente matiza que esta posibilidad tenía un carácter excepcional. Una mujer accedía al trono solo si no había un varón en línea legítima y directa. Si tampoco hubiera mujer, o si no se aceptara la herencia femenina, la corona pasaría al varón de la línea colateral más próximo a la rama troncal. Esta regla es la que da sentido a buena parte de las decisiones posteriores de Isabel.

Una misma dinastía a ambos lados de la frontera

La segunda consideración previa explica quién era ese varón colateral. En Castilla y en Aragón reinaba la misma dinastía, los Trastámara. Es una casa de origen castellano que había pasado a ocupar también la corona aragonesa. Sus antecesores comunes eran Juan I de Castilla y Leonor de Aragón, en el siglo XIV. El primogénito de ambos fue rey de Castilla y el segundogénito llegó a rey de Aragón.

De ahí se sigue que, si en Castilla no se admitiera a una mujer como heredera, el trono correspondería a un varón de la rama aragonesa. En el momento que interesa, en Aragón reinaba Juan II, padre de Fernando el Católico. La ponente pide al público que retenga este dato, porque a él volverá para explicar la elección matrimonial de Isabel.

Nacimiento y educación de una infanta

Isabel fue el primer fruto del segundo matrimonio de Juan II de Castilla, que había enviudado y se casó con Isabel de Portugal. Nació en Madrigal de las Altas Torres el 22 de abril de 1451. Su padre ya tenía un heredero varón del primer matrimonio, el futuro Enrique IV. Por eso, explica la ponente, el nacimiento se celebró sobre todo en el entorno cortesano y familiar, «sin muchas alharacas», aunque la noticia se comunicó a todo el reino.

Desde el principio se la educó como infanta, es decir, como una niña destinada a representar a su reino y a desempeñar un papel político según con quién la casaran. Del Val distingue tres dimensiones en esa formación: la espiritual, la intelectual y la cortesana.

En lo espiritual, Isabel creció en un ambiente de religiosidad profunda. Su madre y su abuela materna, Isabel de Barcelos, que vivía con ellas y participó en su educación, eran mujeres muy religiosas. La ponente recuerda que la casa portuguesa contaba con una santa en sus ramas familiares. Tras la muerte del padre, la niña pasó sus primeros años en Arévalo, donde, según indica, los franciscanos del convento local parecen haber colaborado en su educación. Del Val considera probable que la inclinación de la Isabel adulta por la espiritualidad franciscana venga de esa etapa.

La formación intelectual se desarrollaba en la parte femenina de las casas nobiliarias o reales. Allí las niñas aprendían lo que se creía que iban a necesitar en el territorio donde vivirían una vez casadas. En el caso de Isabel, la ponente destaca el conocimiento de la historia de Castilla, porque más tarde lo utilizará para defender su derecho a ser reina propietaria.

La educación cortesana abarcaba los modales en la mesa, la forma de vestirse, adornarse y perfumarse, de mostrarse en público y de conversar, además de la danza y la música. Incluía también el conocimiento de las artes cinegéticas y de la guerra. Del Val explica que las mujeres debían admirar las hazañas masculinas en la guerra y en la caza, y para ello tenían que conocer sus reglas. Isabel demostraría a lo largo de su vida que conocía bien las de la guerra, porque llegó a practicarla directamente.

Del hogar materno a la corte de Enrique IV

Isabel permaneció en la casa-palacio de Arévalo hasta finales de 1461 o comienzos de 1462. En febrero de 1462, Enrique IV, tras varios años de matrimonio con Juana de Portugal, iba a tener por fin un descendiente cuyo sexo no podía conocerse de antemano. Según la ponente, el rey juzgó más seguro que sus dos medio hermanos, Isabel y el pequeño Alfonso, dejaran la casa materna y se trasladaran a la corte. Cuando nació en Madrid la princesa Juana, ambos ya estaban allí. Alfonso se instaló en la casa del rey e Isabel en la de la reina.

Del Val presenta este traslado como una segunda etapa formativa. En la corte, Isabel pudo observar de cerca la trama de lazos e intrigas políticas que rodeaba a Enrique IV. A partir de 1464 el rey afrontó una crisis provocada por una parte de la nobleza descontenta con su forma de gobernar. La ponente sostiene que detrás había una lucha por el poder entre dos concepciones: una defendía que el rey debía gobernar con la colaboración de los nobles, y la otra, que el rey ocupara el trono mientras las riendas de la política quedaban en manos de la nobleza.

Enrique IV aparece en su relato como un rey pacífico, que huía de la confrontación y fracasó en todos sus intentos de pacificar el reino. Los nobles sublevados se hicieron con el infante Alfonso, que como varón podía oponerse a Enrique. Isabel, aunque era mayor, quedó entonces al margen. En las celebraciones del Corpus Christi del 5 de junio de 1465, los rebeldes organizaron una especie de representación teatral en la que depusieron a Enrique IV y proclamaron rey a Alfonso. Desde ese momento hubo dos bandos enfrentados y una guerra civil.

Mientras tanto, Isabel siguió en la casa de la reina Juana. Allí continuó aprendiendo las normas cortesanas y practicando el portugués, que se hablaba en ese entorno. La ponente recuerda que muchas de las mujeres que la habían educado desde niña eran portuguesas.

La primera decisión: pasarse al bando de Alfonso

En 1467 Isabel estaba con la reina Juana en Segovia cuando los rebeldes, en un breve momento de esplendor, lograron entrar en la ciudad. La reina se refugió en el Alcázar. Isabel, en cambio, permaneció en el palacio real y se unió a los rebeldes, es decir, al bando de su hermano Alfonso. Del Val la califica como su primera decisión importante.

Ese mismo año, con motivo del cumpleaños de Alfonso en septiembre, Isabel viajó con él a Arévalo para visitar a su madre y organizó unos momos. Se trataba de una pequeña obra teatral cortesana escrita por Gómez Manrique, poeta que fue partidario de Isabel durante toda su vida. Isabel actuó como reina de la fiesta junto a sus damas disfrazadas. Para la ponente, el episodio revela su gusto por la cultura, la vida cortesana, la música y el teatro, que en la época reunía texto, poesía, canto y danza. Revela también su afecto por su madre, a la que había echado de menos desde que la sacaron de Arévalo y a la que visitó siempre que pudo hasta su muerte, que la ponente sitúa en 1497.

La segunda decisión: pactar con el rey en Guisando

En julio de 1468 Alfonso murió de unas fiebres en muy pocos días, y el bando rebelde se quedó sin nadie que oponer a Enrique IV. Aquí sitúa Del Val la segunda decisión importante de Isabel: no seguir los pasos de su hermano. La ponente la considera, desde su punto de vista, más despierta y con más voluntad e inteligencia que Alfonso, que era bastante menor. Isabel vio que la situación era muy poco favorable para mantener un enfrentamiento armado. Tras dudarlo, siguió el consejo de quienes le recomendaban pactar con el rey.

El resultado fue el «famoso y controvertido» pacto de Guisando, del 18 de septiembre de 1468, escenificado en un espacio abierto entre Cadalso y Cebreros. Las dos legaciones se reunieron para mostrar la amistad renovada entre los hermanos. En síntesis, la princesa Juana quedaba apartada de la herencia con el pretexto de que el matrimonio de sus padres no era legítimo, y Enrique reconocía como heredera a Isabel, que desde entonces se tituló princesa de Castilla. A cambio, Isabel asumía varios compromisos. El que marcaría todo lo posterior era casarse según su voluntad, pero siempre de acuerdo con el rey.

Según la ponente, ambas partes incumplieron lo pactado. Enrique IV nunca convocó Cortes para jurar a Isabel como heredera, e Isabel se casó en contra de la voluntad de su hermano.

Los pretendientes y la elección de Fernando

Convertida en heredera, Isabel atrajo muchos más pretendientes, porque casarse con la heredera del trono valía mucho más que casarse con una infanta. La ponente menciona tres. Pedro Girón era hermano de Juan Pacheco, marqués de Villena, que había sido uno de los cabecillas de la rebelión y ahora era uno de los principales defensores de Enrique IV. El matrimonio habría sido un gran golpe para los Pacheco, pero no se celebró, entre otras razones porque Girón murió. Alfonso V de Portugal, hermano de la reina Juana, era el candidato que deseaban Enrique y su esposa, y llegaron a firmarse capitulaciones matrimoniales, pero Isabel se negó a esa boda. El tercero fue el duque de Berry y Guyena, hermano del rey de Francia, alianza que la ponente considera conveniente para Castilla por las relaciones internacionales del momento. Isabel también lo rechazó.

Isabel eligió a Fernando, hijo de Juan II de Aragón. Del Val lo explica retomando las consideraciones del principio. Si en Castilla se rechazaba por cualquier motivo que reinara una mujer, el candidato más próximo y seguro era el rey de Aragón o su hijo. Además, existía en Castilla un potente partido aragonesista, favorable a la alianza con Aragón, encabezado entre otros por el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, uno de los principales partidarios de Isabel. Con esta boda, según la ponente, Isabel reforzaba el apoyo de quienes la sostenían y neutralizaba el peligro de que un príncipe aragonés le disputara el trono, porque lo convertía en su marido.

Las capitulaciones se firmaron en Cervera en enero de 1469. Entre otras cláusulas, establecían que los hijos de la pareja permanecerían siempre en Castilla y no podrían ser sacados del reino, de modo que Aragón no pudiera hacerse con ellos. Fernando se comprometía además a ayudar militarmente a la causa de su esposa, y el acuerdo incluía una dote y otras disposiciones.

La huida, el viaje de Fernando y las cartas al rey

Firmar el acuerdo no bastaba: había que celebrar materialmente el matrimonio. Para ello Isabel tenía que salir del control de su hermano, bajo cuya custodia estaba, y Fernando, a quien Enrique IV veía como un enemigo, tenía que entrar en Castilla. La ponente atribuye el éxito de la operación a Isabel, a sus partidarios y a la «gran inteligencia política» de Juan II de Aragón.

Isabel aprovechó que Enrique IV se había alejado de la corte en una campaña contra Granada. Con el pretexto de visitar a su madre y la tumba de su hermano Alfonso, huyó de Ocaña hacia Madrigal y se puso bajo el amparo de las fuerzas del arzobispo Carrillo y del almirante de Castilla, también partidario suyo. La huida, en verano, terminó en Valladolid, villa controlada entonces por fuerzas favorables a Aragón y a Isabel. Fernando, por su parte, hizo un viaje azaroso y peligroso, porque si las tropas de Enrique lo capturaban podía no llegar a su destino. Consiguió alcanzar Dueñas, villa cercana a Valladolid controlada por los Buendía y también partidaria de Isabel.

Del Val subraya un aspecto: Isabel era perfectamente consciente de que estaba rompiendo el pacto y luchó hasta el final por obtener la aceptación de su hermano. Escribió al reino y, sobre todo, al rey, dos o tres cartas largas en las que le explicaba sus razones y le aseguraba su fidelidad. Enrique IV no respondió. Se opuso radicalmente en cuanto conoció los planes de boda y empezó a actuar contra el principado de su hermana. La boda se celebró sin el consentimiento real.

Una bula falsa y una boda en tres actos

Había otro obstáculo. Isabel y Fernando eran primos en cuarto grado y necesitaban una dispensa papal para casarse legítimamente. El Papa, que defendía la legitimidad de Enrique IV, se la negó, y ni la diplomacia de Isabel ni la de Juan II de Aragón, que la ponente califica de «poderosísima», también en Roma, consiguieron convencerlo. La solución fue falsificar la bula. El legado a látere que había asistido a Guisando, Veneris, era partidario de Isabel, y según explica la ponente se piensa que fue él quien la falsificó. En cualquier caso, los futuros Reyes Católicos se casaron en Valladolid con una bula falsa, que además quedó recogida en el acta notarial del matrimonio.

La ponente describe las tres partes de estos grandes matrimonios. El 18 de octubre, en las casas de Juan de Vivero, se celebró el matrimonio por palabras de futuro y se leyó la bula falsa. El día 19 se leyeron las capitulaciones de Cervera y se celebró la misa de velaciones. Para que el matrimonio fuera válido faltaba la consumación, que tuvo lugar la tarde-noche del 19. Los testigos esperaban al otro lado de la puerta para ver la sábana de la princesa, que efectivamente se mostró.

Del Val insiste en la importancia de este gesto por contraste con Enrique IV. Su primer matrimonio nunca se consumó. En el segundo, con Juana de Portugal, del que nació la princesa Juana al cabo de cinco años, el rey se negó a que la ceremonia de la sábana se hiciera pública. Según la ponente, eso alimentó los rumores de que el rey era impotente, de que la reina era una «casquivana» y de que la niña era hija de otro hombre, Beltrán de la Cueva.

Tras la boda hubo siete días de fiestas en Valladolid: justas, torneos, juegos de mesa, bailes, representaciones teatrales y banquetes, además de festejos callejeros en los que participó el vecindario. Al final, en la colegiata, que entonces era la iglesia principal de la villa, se celebró la misa de bendiciones. La ofició Carrillo y predicó fray Alonso de Burgos, a quien la ponente presenta como un gran teólogo dominico y una figura destacada del ambiente político e intelectual del reino.

Ruptura, avance isabelino y el apoyo de los Mendoza

La boda rompió la relación entre los hermanos. Enrique reaccionó con lentitud, pero reaccionó. En octubre de 1470, en Val de Lozoya, cerca de Segovia, la reina Juana y él juraron que la niña Juana era hija de ambos y el rey la proclamó de nuevo princesa heredera. Siguieron enfrentamientos puntuales en los que, según la ponente, la política de Isabel fue ganando progresivamente nobles y ciudades mientras Enrique retrocedía.

El avance principal fue atraer a los Mendoza, la nobleza más poderosa y, en palabras de Del Val, la más fiel a la corona. Fueron leales a Enrique IV hasta el final, pero en sus últimos años se mostraron inclinados a la sucesión de Isabel y pasaron a servirla en cuanto el rey murió. La ponente explica cómo se logró ese apoyo: gracias a la influencia de los Trastámara aragoneses en Roma y en el Reino de Valencia. Rodrigo de Borja, valenciano, afecto a Juan II y a Fernando y más tarde Papa, se dejó convencer por Fernando para promover al clérigo Pedro González de Mendoza, sabiendo que así los Mendoza acabarían apoyándolos. Mendoza, gran intelectual y político de ese poderoso linaje, fue nombrado cardenal en 1472, y su familia terminó sumándose a la causa de Isabel.

En la Navidad de 1473-1474 los hermanos se reconciliaron personalmente en Segovia. Pasearon juntos por la ciudad, cantaron, bailaron y tocaron instrumentos, pero Enrique siguió sosteniendo que su heredera era Juana.

La proclamación en Segovia

Enrique IV murió en Madrid el 11 de diciembre de 1474. Isabel estaba en Segovia, conoció la noticia el día 13 y ese mismo día organizó su proclamación ante la iglesia de San Miguel, donde se reunía el concejo. Se consideraba heredera en virtud de lo acordado en Guisando. Fernando estaba en Aragón, ayudando a su padre contra los franceses en la frontera, y la ponente subraya que Isabel no le comunicó la noticia porque no quería que los aragoneses estuvieran presentes ni pudieran perturbar el acto.

Según el acta notarial, los heraldos proclamaron: «Castilla, Castilla, Castilla por la muy alta y muy poderosa princesa señora nuestra señora, la reina doña Isabel, e por el muy alto y muy poderoso príncipe, señor nuestro señor, el rey don Fernando, como su legítimo marido». Para Del Val, lo fundamental son las cuatro últimas palabras. En la pareja real hay una titular y un cónyuge, y la fórmula hacía de Fernando un rey consorte, igual que lo habían sido las esposas de los reyes. El cronista Alonso de Palencia añade un detalle simbólico: delante de la hacanea de Isabel desfilaba Gutierre de Cárdenas, uno de sus hombres de mayor confianza, con la espada sujeta por la punta y la empuñadura en alto. Era la señal de que quien iba detrás tenía el máximo poder de justicia en el reino.

El pulso con Fernando y la Concordia de Segovia

Ni Fernando ni los aragonesistas querían esa solución. Aspiraban a que Fernando ejerciera como rey titular de Castilla, y se abrió una crisis fuerte en el propio partido isabelino. Fernando llegó a Segovia a toda velocidad hacia el 2 de enero de 1475.

La ponente destaca dos argumentos de Isabel que considera especialmente reveladores de su personalidad. El primero se refería a su única hija, la infanta Isabel, nacida en 1470. De los cinco hijos que tendría la pareja, un varón y cuatro mujeres, era entonces la única, y lo fue durante ocho años decisivos, lo que según Del Val la convirtió en la hija predilecta de su madre. Isabel razonó ante Fernando que, si no tenían más descendencia o les ocurría algo, la heredera sería una mujer, y que si no se la aceptaba a ella como reina, difícilmente se aceptaría después a su hija. La ponente lo califica de argumento maternal y afectivo, pero también «enormemente político». El segundo argumento lo recoge el cronista Hernando del Pulgar: Isabel enumeró las mujeres que desde los reinos de Asturias y León habían ejercido y transmitido el poder, para concluir que en Castilla las mujeres podían reinar sin problema y que ella quería hacerlo y lo haría.

La situación era muy tensa y no había tiempo que perder, porque los partidarios de Juana se organizaban para la guerra. Aquí la ponente destaca otro rasgo que, a su juicio, Isabel mostró toda su vida: saber manejar el pacto. Se formó una comisión con el cardenal Mendoza por parte de Isabel y Carrillo por parte de Fernando, que en pocos días alcanzó la Concordia de Segovia, de enero de 1475. Ese acuerdo sentó las bases del reinado conjunto conocido como de los Reyes Católicos. Isabel era la reina titular en Castilla, mientras que en Aragón la relación no era recíproca: allí el rey era Fernando e Isabel la consorte. Fernando podía intervenir en el gobierno castellano de acuerdo con ella cuando estuvieran juntos y por su propio criterio cuando estuvieran separados, con muy pocas limitaciones, como la de no nombrar a extranjeros.

La guerra de sucesión y una reina guerrera

El bando juanista reaccionó, según la ponente con la misma lentitud que había mostrado Enrique IV. Proclamó a Juana en Plasencia en mayo de 1475 y la casó con su tío Alfonso V de Portugal. La guerra, civil y a la vez contra Portugal, comenzó cuando las tropas portuguesas entraron por el valle del Duero y duró hasta 1479. Tuvo tres escenarios principales. El primero fue el valle del Duero, donde se libró la conocida batalla de Toro. El segundo fue Andalucía, donde Isabel permaneció largo tiempo, ganó para su causa a la nobleza andaluza y pacificó las relaciones entre sus linajes. El tercero lo formaban los dos extremos del reino: Extremadura, en la frontera portuguesa, y el Marquesado de Villena, en la frontera con Valencia y la Corona de Aragón.

Del Val presenta a Isabel como una reina que se implicó directamente en la guerra. Se ocupó de recaudar los recursos económicos y de las levas de tropas, participó en los consejos, opinó sobre estrategia y táctica y tomó decisiones, de acuerdo con Fernando cuando estaban juntos y por su cuenta cuando no. En algunas ocasiones se acercó al frente. Llevó una mesnada para reforzar el asedio del castillo de Burgos, estuvo presente en la toma de la fortaleza de Toro después de conquistada la ciudad y desde Trujillo organizó numerosas acciones militares en la frontera extremeña. En sus documentos llamaba a hacer la guerra «a sangre y fuego» contra quienes se le oponían, aunque, subraya la ponente, al mismo tiempo buscaba el pacto. Su objetivo era controlar el reino y también expandirlo para favorecer el comercio y la pesca, porque, en palabras de Del Val, lo económico también es político.

Los tratados de Alcáçovas

La paz se selló en los tratados de Alcáçovas de 1479. La ponente usa el plural porque fueron varios documentos. La negociación comenzó por iniciativa de Isabel y de su tía Beatriz de Portugal, duquesa de Viseu, que mantuvieron una primera conversación en la frontera extremeña. Después, los embajadores de ambos reinos fijaron los términos. Del Val destaca cuatro cuestiones.

La primera, la más importante para Castilla, era que Juana no pudiera volver a reivindicar el trono ni tener descendencia que lo hiciera. Juana quedó en Portugal, primero en un convento y después bajo el cuidado de sus primos, los reyes portugueses. Según la ponente, los espías y embajadores castellanos vigilaron el cumplimiento y los portugueses respetaron lo pactado. Juana no volvió a dar problemas, aunque hasta su muerte firmó como «yo la reina» y los portugueses la llamaron «la Excelente Señora», convencida de que, como hija del rey, le correspondía el trono.

La segunda cuestión era el perdón a los juanistas que se sometieran y acataran a Isabel como reina. La tercera fue la amistad entre ambos reinos, sellada, como era habitual, con un acuerdo matrimonial. La infanta Isabel había dejado de ser princesa heredera con el nacimiento del príncipe Juan en Sevilla en 1478, porque los varones tenían precedencia. Quedó prometida a Alfonso, heredero de Portugal, en las llamadas tercerías de Moura: debía abandonar la casa de su madre y vivir en Portugal bajo la custodia de Beatriz hasta tener edad para casarse. La boda se celebró en 1490, y para festejarla Isabel organizó en Sevilla grandes fiestas y unos momos que la ponente describe como «lujosísimos y complicadísimos». Del Val recuerda que esa fue la segunda separación de la hija; la primera había sido la de las tercerías.

La cuarta cuestión fue la económica, pesquera y territorial. Según la ponente, Portugal era entonces la gran potencia marítima y atlántica, y Castilla, que quería competir en África por sus riquezas, iba muy por detrás pese a sus esfuerzos. El reparto asignó el reino de Fez a Portugal y las Canarias a Castilla. Portugal se quedó además con Guinea y las Azores, y Castilla tuvo que admitir que en sus propios puertos se cobrara el quinto real sobre las mercancías procedentes de Guinea y de La Mina y que ese impuesto se entregara a Portugal. Del Val lo interpreta como una negociación con cesiones por ambas partes. Isabel consiguió apartar a Juana y obtuvo las Canarias, pero dejó a Portugal la primacía en África. Ese equilibrio permitió la paz con Portugal y también la paz interior de Castilla.

1480: el balance de una reina

La ponente cierra con un retrato de Isabel en 1480. Tenía 29 años y tres hijos; después tendría dos hijas más. Había controlado el reino y atendido a la vez su casa y su corte, ejerciendo como reina en todas sus facetas. Había demostrado que sabía hacer la guerra sin titubear cuando lo creía necesario y negociar cuando llegaba el momento del pacto. Según Del Val, había establecido además con Fernando una afinidad plena: formaban una pareja política en el sentido más completo y se apoyaban también en lo afectivo, algo que la ponente promete mostrar en la próxima sesión a propósito de una crisis personal de la reina.

Para Del Val, en 1480 ya estaban trazados los ejes de su política. Eran el fortalecimiento del poder regio, la expansión territorial con apoyo al comercio internacional, como muestra Alcáçovas, y el orden interno, que buscó al instituir la Hermandad en las Cortes de Madrigal de 1476. A esas líneas se añadirían entre 1480 y 1504, año de su muerte, otras dos: el peso de la política internacional y la unidad en la fe, que la época, y la propia Isabel, entendía como condición necesaria para un reino cohesionado y bien organizado. Ese periodo queda para la siguiente conferencia del ciclo.