Juana I antes de reinar: de infanta a archiduquesa y princesa heredera
Fundación Juan MarchEn la primera de dos conferencias dedicadas a Juana I, el catedrático Miguel Ángel Zalama recorre la etapa de su vida anterior al trono: desde su nacimiento como infanta, sin opciones reales de heredar, hasta su matrimonio en los Países Bajos y su conversión en princesa heredera de Castilla y Aragón. Zalama parte de una distinción que recorrerá todo el ciclo. Juana fue reina de Castilla desde la muerte de su madre en 1504 y reina de Aragón desde la de su padre en enero de 1516, y lo siguió siendo hasta su muerte, el Jueves Santo de 1555. Sin embargo, reinar y gobernar fueron en su caso cosas totalmente separadas.
Una reina borrada por la leyenda y por el olvido
Zalama sostiene que la historiografía ha tratado a Juana de dos maneras igualmente dañinas: rodeándola de leyenda u olvidándola. Confiesa que no sabe cuál de las dos es peor, porque ambas han sido nefastas para conocer a una mujer que fue reina de Castilla durante 51 años y de Aragón durante casi 40.
Para ilustrar el olvido muestra la tapa de una cajita conservada en Bruselas con cuatro miembros de la casa de Austria: Maximiliano, Felipe el Hermoso, Carlos V y Felipe II. Juana no aparece. Según Zalama, en el imaginario común se pasa directamente de Isabel y Fernando a Carlos I, como si ella no hubiera existido. Y no solo existió: fue jurada por las Cortes de Castilla y, posteriormente, por las de Aragón.
Aclara también cuestiones de titulatura. En España, la hija mayor del rey es princesa y la segunda es infanta. En la documentación de la época incluso el príncipe aparece a menudo como infante. Los reyes recibían el tratamiento de alteza, y el de majestad no se generalizó hasta la llegada de Carlos.
Una infanta lejos de la sucesión y su educación
Juana nació el 6 de noviembre de 1479, tercera hija de los Reyes Católicos. La sucesión seguía la primogenitura con preferencia del varón. Por delante tenía a su hermana Isabel, nacida en 1470, y a su hermano Juan, nacido en 1478, que pronto sería el príncipe heredero. Al nacer, por tanto, Juana no contaba para la sucesión.
Juana se educó separada de su hermano, como era norma entre varones y mujeres, y más aún tratándose del heredero. Aun así, Zalama considera que recibió una educación importante para la época, pensada para una joven destinada a casarse con un príncipe extranjero o con un noble del reino. Aprendió a danzar y a tocar algún instrumento; con humor, el conferenciante dice que probablemente aquello «sonaba a lata». Aprendió latín, y su maestra fue Beatriz Galindo, la Latina, algo que el propio Zalama documentó hace años. Las lecturas de referencia eran obras como el Jardín de las nobles doncellas de fray Martín de Córdoba, escrito para su madre cuando esta era princesa, o El carro de las donas del franciscano Eiximenis, libro que Juana llevó consigo a Tordesillas al ingresar allí en 1509.
Las hijas vivían con su madre y dormían en su misma habitación. Zalama lo explica por el decoro y el honor: se evitaban con un cuidado extraordinario las habladurías y los malentendidos.
Los retratos no muestran a las personas
El conferenciante insiste varias veces en que los retratos de la época no pretendían mostrar la individualidad del retratado, sino su rango. En una imagen de Fernando e Isabel con sus hijos Juan e Isabel, estos aparecen diminutos, no solo por su edad sino por su jerarquía. Según Zalama, los reyes no se habrían reconocido en esa imagen, y nosotros tampoco los reconoceríamos si los tuviéramos delante. Lo mismo vale para los retratos de Juana atribuidos a Juan de Flandes. Zalama cree que Juana no era así y anuncia que más adelante aparecerán otros retratos suyos que no se parecen en nada a este.
Más adelante lo demuestra comparando a Juana con su cuñada Margarita de Austria. Ambos retratos son prácticamente idénticos en atuendo, colores, escote y posición de las manos. Zalama bromea con que algún parentesco tenían, puesto que compartían un tatarabuelo. Explica que estos retratos no se exponían: se guardaban en cajas y servían para enviarlos a otras cortes. Cuando uno de ellos llegaba, todos exclamaban qué mujer tan guapa, aunque sabían perfectamente que la realidad podía ser otra. Recuerda una anécdota que, cree, contó su colega Isabel del Val en una sesión anterior: cuando se quiso casar a Isabel la Católica con el duque de Guyena, se le describió como muy apuesto, y según Zalama estaba físicamente en muy malas condiciones.
Cinco intentos de boda: las hijas como piezas de ajedrez
Los Reyes Católicos tenían un hijo destinado a heredar y cuatro hijas que, en palabras de Zalama, eran piezas de un tablero de ajedrez que se trataba de «colocar» en distintas cortes para conseguir alianzas e influencia. El conferenciante repasa los intentos de casar a Juana:
- Con tres años se la quiso comprometer con el príncipe portugués, nieto de Alfonso V. Los portugueses prefirieron a su hermana mayor, Isabel, porque veían a Juana muy lejos de la sucesión. El príncipe murió y el proyecto se rompió.
- Después se pensó en el duque de Bretaña, Francisco II, que solo tenía una hija. Como en Francia regía la ley sálica, que permite a la mujer transmitir el poder pero no ejercerlo, el duque quería un heredero varón. Era 44 años mayor que Juana, que tenía entonces unos nueve. Murió a los pocos meses.
- En marzo de 1489 se planteó el matrimonio con Jacobo IV de Escocia. Zalama dice que no se sabe bien qué ocurrió, pero no hubo boda.
- Se intentó con Carlos VIII de Francia. Este estaba comprometido por tratado con Margarita de Austria, que había sido enviada a crecer al castillo de Amboise. Carlos VIII rompió ese compromiso y devolvió a la niña a su padre para casarse con Ana de Bretaña, hija del duque Francisco, e incorporar así Bretaña a la corona. Tampoco se casó con Juana, porque consideró a Ana mejor partido.
Zalama subraya la ironía de todo esto de cara a la leyenda romántica: el amor «sale por todos los sitios». Estas negociaciones, dice, eran un intercambio de cromos regido por intereses de todo tipo. El quinto intento, la doble boda con la casa de Austria, fue el definitivo.
La doble boda y el mito del «Hermoso»
A finales de 1495 se logró lo que parecía imposible: un doble acuerdo por el que Juana se casaría con Felipe, archiduque de Austria y duque de Borgoña, y la hermana de este, Margarita de Austria, con el príncipe don Juan. Las capitulaciones se conservan en el Archivo General de Simancas, y hay otro juego en el Palacio de Liria, de la casa de Alba. Quien llevó adelante la negociación fue el noble Francisco de Rojas, cuyo escudo aparece en el documento. El acuerdo se sancionó a comienzos de enero de 1496, y el matrimonio se celebró por poderes, pues los novios no se conocían. Ya era un matrimonio válido. Faltaban la ceremonia propiamente dicha y las velaciones. Desde ese momento, Juana, sin dejar de ser infanta, pasaba a ser archiduquesa.
Zalama desmonta el sobrenombre de Felipe. Varios reyes de Francia fueron llamados «el Hermoso», e incluso un cuñado de Felipe, el duque de Saboya. Según él, «hermoso» no aludía a una belleza extraordinaria: significaba ser príncipe, comer todos los días, vestir bien, montar a caballo, tener sirvientes y llevar oro. Añade que se sabe que Felipe tenía la dentadura en condiciones lamentables y que cojeaba desde una caída del caballo, cojera que arrastró hasta su muerte. Los dos retratos de la pareja conservados en Viena, señala, no forman un díptico propiamente dicho, porque ambos miran en la misma dirección y no se miran entre sí.
La magnificencia de Isabel: la armada y el ajuar
Isabel se encargó personalmente de que su hija partiera con una magnificencia extraordinaria. Zalama precisa que la magnificencia se confunde hoy con la ostentación, y que el propio diccionario las confunde. En la época, en cambio, se entendía según la Ética a Nicómaco de Aristóteles: gastar a manos llenas era una virtud, de modo que quien gastaba mucho porque tenía mucho era además virtuoso. Hoy puede parecer cínico, reconoce, pero así se pensaba.
Para organizar la armada, que saldría de Laredo, la reina llegó a consultar a Cristóbal Colón. Entre el ajuar y la flota se gastaron 135.000 ducados, que Zalama equipara a unos 50 millones de maravedís. Para dar una escala, recuerda que en esos mismos años todo el crucero de la catedral de Palencia, con toda su cantería, costó un millón de maravedís. Con estos datos rebate la imagen de una Isabel austera o casi tacaña.
Juana no llevó dote, porque Margarita tampoco la llevaría. Se acordó así al viajar Margarita en la misma armada de regreso. Solo llevó ajuar, al que se destinaron 50.000 ducados, algo más de un tercio del total. Zalama cifra esa cantidad en unos 17,5 millones de maravedís. Había sobre todo oro, plata, perlas y piedras preciosas: diamantes, zafiros y rubíes. Los cronistas de los Países Bajos decían que nunca habían visto a nadie tan rico. Zalama aprovecha para matizar que se suele hablar de la corte de Borgoña como algo extraordinario, pero que el verdadero poder estaba en Castilla.
Todo se preparó en seis meses, y por eso no se encargaron tapices, que entonces se valoraban mucho más que las pinturas y no podían tejerse en tan poco tiempo. Se sabe indirectamente que Juana llevó tapices regalados por su madre, que llegó a reunir más de 300. Según Zalama, esa colección fue el germen de la de Patrimonio Nacional, la más importante del mundo.
Solo en telas ricas (brocados, damascos, sedas y terciopelos) se gastaron 3.635.920 maravedís. El conferenciante ofrece varias comparaciones. Un ganapán, un trabajador sin oficio, podía ganar un real diario, es decir, 34 maravedís, y nada los días que no trabajaba. Una vara de brocado, unos 80 centímetros, podía costar 10.000 maravedís, y hacían falta varias para confeccionar un «hábito», como se llamaba a un vestido importante. El pintor de la reina, Juan de Flandes, cobraba 20.000 maravedís al año, el precio de dos varas de brocado.
Al frente de la expedición iba el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez, aunque Isabel lo supervisó todo. Zalama remarca que, que se sepa, nadie preguntó a Juana si quería casarse ni qué quería llevar. Los cronistas no coinciden en el número de barcos, pero parece que fueron unos 120. Isabel retrasó la salida de la flota de la lana, que llevaba lana a los Países Bajos, para que navegaran juntas y el conjunto resultara imponente ante los franceses, los ingleses y los piratas. Con viento favorable, la armada zarpó de Laredo el 22 de agosto de 1496.
Una llegada sin nadie que la recibiera
La flota arribó a Flesinga, en la entonces isla de Walcheren, cerca de Middelburg. Zalama explica con mapas que aquellas islas quedaron unidas al continente gracias a los pólderes holandeses. Juana llegó el 8 de septiembre y no había nadie para recibirla: ni su esposo ni ningún miembro de la familia. Su cuñada Margarita y Margarita de York, viuda de Carlos el Temerario, conocida como Madame la Grande, tardaron varios días en aparecer. Zalama la describe como una especie de abuela sin serlo realmente.
Desde allí, Juana se dirigió a Amberes e hizo lo que en francés se conoce como una joyeuse entrée, una entrada gloriosa. Era un ritual habitual: el señor juraba los privilegios de la ciudad y esta le entregaba las llaves en señal de sujeción. Juana entró sola. Zalama muestra una miniatura con lo que parece ser la torre de la catedral de Amberes, llena de antorchas, y advierte de nuevo que no se busque en ella la verdadera efigie de Juana.
Felipe no apareció hasta el 17 de octubre, mes y medio después. Según Zalama, estaba muy poco interesado en el matrimonio, que había concertado su padre, Maximiliano. Parece incluso que se enfrentó con él por ello, y en ese momento se ocupaba de otros asuntos en Alemania. Que su esposa hubiera llegado bien y estuviera alojada le bastaba.
Lier: la boda y la desmitificación del flechazo
La boda se celebró en Lier, pequeña localidad entre Bruselas y Amberes, en la iglesia de San Gumaro. La leyenda cuenta que se vieron, se enamoraron perdidamente y decidieron casarse en el acto buscando a un párroco. Zalama lo califica de mentira. Felipe eligió Lier porque no quería favorecer a ninguna de sus grandes ciudades: casarse en Bruselas ofendería a Amberes, y hacerlo en Amberes ofendería a Bruselas, a Gante y a Brujas. Una ciudad menor a medio camino pasaba más desapercibida.
Debía casarlos el obispo de Jaén, pero había muerto unos días antes. Según Zalama, murieron muchos españoles, que habían salido en agosto y se encontraron con lluvia y frío constantes. La propia Juana enfermó, y no debió de ser cosa menor, porque se pagaron 18.750 maravedís al médico y 4.500 al boticario. Aun así, el conferenciante adelanta que la naturaleza de esta mujer «era de piedra». Finalmente los casó el obispo de Astorga, Diego Ramírez de Villaescusa, que llegaría a ser un personaje muy importante.
Como argumento adicional contra la idea del amor apasionado, Zalama señala que la primera hija, Leonor, no nació hasta finales de 1498, dos años después del encuentro. Admite que probablemente el matrimonio se consumó, pero pregunta retóricamente de qué amor se habla. Muestra dos retratos de Leonor: uno juvenil y otro posterior, copia de Antonio Moro, que califica de casi aterrador. Dice que en esa época ya se retrataba teniendo presente al modelo. El segundo hijo, Carlos, nació en 1500. Zalama muestra un retrato suyo de hacia 1516 conservado en Brou, en Bourg-en-Bresse, donde está enterrada Margarita de Austria.
Los palacios de los duques de Borgoña
Los duques de Borgoña habían abandonado pronto Dijon, capital de Borgoña, en el este de Francia, para residir en Flandes y Brabante. Zalama precisa que Brabante era un ducado y Flandes un condado, de menor categoría, aunque se suele decir «Flandes» de forma genérica. No había un único palacio. Él lo atribuye probablemente a la necesidad de satisfacer la primacía que reclamaba cada ciudad.
En Bruselas estaba el palacio de Coudenberg, cuyo nombre traduce como «monte frío». Bromea con que frío puede que haga, pero el monte es la parte alta de la ciudad, unos 100 metros por encima de la Grand Place. Según explica, el palacio quedó arrasado en una incursión francesa. Estos palacios tenían dos plantas principales: la inferior era la del duque y la superior la de la duquesa. Solo las comunicaba una escalera angosta cerrada con llave, que únicamente podía abrirse desde la planta del príncipe. Él subía a ver a su esposa cuando lo consideraba oportuno. Zalama avisa de que este detalle tendrá su importancia. Los palacios eran lujosos y disponían de agua corriente y agua caliente, además de calefacción mediante un sistema semejante a las «glorias» de algunos pueblos, precursor de los suelos radiantes. Menciona también el Prinsenhof de Gante, del que solo queda media puerta y se conoce por una maqueta, y los de Brujas, Lille y Dijon, de los que apenas quedan restos.
Una cadena de muertes: Juan, Isabel y Miguel
La flota regresó en 1497 con Margarita de Austria. Ya a la ida algunos barcos habían encallado en bancos de arena y se perdieron objetos. Juan y Margarita se casaron, con una ceremonia final en la catedral de Burgos, y ella quedó embarazada. El 4 de octubre de 1497 el príncipe, enfermizo y aquejado de fiebres tercianas, murió en Salamanca. Quedaba la esperanza del hijo que esperaba Margarita. Zalama corrige una versión habitual: no fue un niño nacido muerto, sino un aborto.
La heredera pasó a ser la hermana mayor, Isabel, casada con Manuel I de Portugal. Por eso se la conoce como la «reina princesa» o «princesa reina». Según Zalama, los Reyes Católicos empezaron a ver entonces que Juana se acercaba a la herencia y enviaron a Flandes al dominico fray Tomás de Matienzo, superior del convento de Santa Cruz de Segovia, para entrevistarse con ella. A Juana no le gustó nada, porque lo vio como una especie de inquisidor.
En agosto de 1498 el problema se convirtió, en palabras del conferenciante, en «problemón». Isabel estaba en Zaragoza con Manuel I, a la espera de que las Cortes de Aragón los reconocieran como herederos, y murió a consecuencia del parto. Zalama explica que ante una hemorragia no había remedio y que la prioridad era siempre salvar al recién nacido. Nació el príncipe Miguel, a quien los Reyes Católicos se quedaron sin dejar que su padre se lo llevara a Portugal y protegieron al máximo. Miguel no llegó a cumplir dos años. Zalama muestra la cripta de la Capilla Real de Granada, donde se ven cinco féretros: los de los Reyes Católicos en el centro, los de Felipe y Juana y uno marcado con una «M», el del príncipe Miguel.
Una instrucción de 1495 que revela preocupación temprana
Antes de seguir, Zalama lee un documento que considera revelador. Isabel lo dictó en Alfaro en noviembre de 1495, cuando aún no se había cerrado el acuerdo matrimonial y Juana no conocía a Felipe. Es una instrucción a Diego de Vargas, encargado de las damas que servían a la infanta. Le ordena estar continuamente en el aposento de Juana y guardar a las damas. Nadie de la casa o de fuera podía entrar sin licencia de la reina, e incluso padres y hermanos de las damas necesitaban su permiso para hablar con ellas. Los porteros debían quedarse fuera, sin dejar entrar a nadie salvo al tesorero Mojica cuando fuera llamado para servir a la infanta. Además, no podían llevar «fablas» ni mensajes de nadie. Cualquier cosa debía comunicarse a la reina para que ella la mandase «remediar e castigar».
Zalama se pregunta qué estaba pasando en 1495. Su conclusión es que, antes incluso del matrimonio, la madre ya estaba tremendamente preocupada por lo que ocurría en el entorno de Juana.
1502: princesa heredera y el viaje a España
Con la muerte de Miguel, Juana se convirtió en princesa heredera de Castilla y Aragón. Los Reyes Católicos querían que viniera con su esposo, «en tanto que su legítimo esposo», para ser reconocidos por las Cortes de Castilla en Toledo y por las de Aragón en Zaragoza. Para Felipe fue como si le tocara la lotería. Zalama recuerda que Carlos el Temerario, de quien descendía Felipe, murió luchando contra los suizos sin haber logrado ser rey, porque el emperador Federico III no le concedió ese título. Felipe veía ahora la oportunidad de serlo. Zalama muestra una de las poquísimas firmas de Juana como princesa: «Yo la princesa».
La partida se retrasó por dos motivos. Juana estaba embarazada de su tercera hija, Isabel. Zalama muestra un díptico desaparecido hace años en circunstancias desconocidas, en el que Carlos y Fernando aparecen con el mismo rostro y las cuatro hijas (Leonor, Isabel, María, futura reina de Hungría, y Catalina) son iguales pero cada vez más pequeñas. Explica que en la tabla figura 1506 para Catalina, nacida en 1507, porque el año no empezaba el 1 de enero, sino el 1 o el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación. El segundo motivo era que Felipe no tenía dinero. Tuvo que pedirlo a las asambleas de sus territorios para no presentarse como «poco menos que un pobre hombre» después de la llegada espectacular de su esposa. Según Zalama, consiguió poco, pero al final vino.
Zalama sostiene que Felipe estaba convencido de que el rey debía ser él, por la ley sálica. Pone ejemplos franceses: Francisco I no habría debido reinar y lo hizo por casarse con Claudia, hija de Luis XII y Ana de Bretaña, y lo mismo ocurrió con Luis XII, que también llegó al trono por matrimonio.
Por Francia: el primer desencuentro
Primer choque con los Reyes Católicos: Felipe decidió viajar por tierra a través de Francia para rendir homenaje a su señor, el rey de Francia, puesto que Flandes era un condado vinculado a la corona francesa. En Blois se entrevistaron con Luis XII y Ana de Bretaña. Según las crónicas, Ana dio unas monedas a Juana para que hiciera una ofrenda, y Juana las rechazó porque aceptarlas era humillante: ya no era una simple condesa, sino la princesa de España. Felipe, en cambio, se arrodilló tres veces ante el rey.
Zalama aprovecha para matizar otro tópico, el de la «pobre Juana» sola en un país extraño. Juana llevó consigo una corte considerable de españoles y españolas. No sería igual que vivir con sus padres, dice, pero de sola, nada. En Blois se acordó además que el futuro Carlos V se casaría con Claudia, que acabaría casándose con su archienemigo Francisco I. Los compromisos se hacían y deshacían con facilidad, comenta Zalama, y bromea con que por eso Enrique VIII se preguntaría por qué a él no le deshacían el suyo.
Fiestas, robos y el falso mito de unos reyes pobres
Salieron a finales de 1501 y no entraron en España hasta comienzos de 1502, por Roncesvalles. En Burgos se alojaron en la Casa del Cordón, que Zalama muestra en una fotografía anterior a la muy inventiva restauración de Vicente Lampérez a comienzos del siglo XX. El cronista Antoine de Lalaing relata los recibimientos: entrada bajo palio, entrega de llaves a cambio del juramento de los privilegios, calles engalanadas con tapices. Hubo juegos de cañas, que según Zalama tenían poco de juego porque las cañas estaban muy afiladas y los accidentes eran continuos, y corridas de toros en las que el animal «se defendía como podía». Era, dice, un mundo bastante violento al que le encantaba todo esto.
En Valladolid, en el palacio del Almirante, donde hoy está el teatro Calderón y que conocemos por un dibujo de Valentín Carderera de 1836, hubo cenas ofrecidas por el almirante y por Felipe. Zalama explica que entonces se exhibían en aparadores las vajillas de plata sobredorada, algo que hoy parecería de pésimo gusto, y lo ilustra con una miniatura de las Muy ricas horas del duque de Berry. En Valladolid le robaron a Felipe un arca de joyas de oro. Apareció tras un interrogatorio que Zalama compara irónicamente con el «tercer grado».
La mala suerte siguió: antes de llegar a Toledo, Felipe cayó enfermo de sarampión en Olías y tuvo que detenerse. Finalmente las Cortes de Castilla, reunidas en Toledo, juraron a la pareja como herederos. Zalama subraya que en España no hay coronación: el rey se jura.
En Toledo se alojaron en casa de los marqueses de Moya, y las crónicas cuentan que los reyes vestían de negro. Según Zalama, de ambos datos se ha deducido que los Reyes Católicos eran poco menos que pobres, y lo rechaza. Muestra un tapiz de Isabel conservado en el Museo de Tapices de La Seo de Zaragoza, regalo del condestable y tasado en 150.000 maravedís pese a su pequeño tamaño, que Fernando adquirió en la almoneda de su esposa. Nadie en Europa tenía 300 tapices, recuerda. En cuanto al negro, acababa de llegar la noticia de la muerte de Arturo, príncipe de Gales y esposo de Catalina, la hija menor. Pero además, señala, los reyes en España vestían de negro con sedas carísimas precisamente para distinguirse de los nobles cargados de oro y terciopelo, como muestra el retrato de Felipe II. La propia Juana compró en Toledo cuatro de los llamados «paños de oro», hoy en Patrimonio Nacional, y otros de la Vida de la Virgen, de seda y lana, por 2.500 libras, unos 500.000 maravedís.
La Mota: el choque entre madre e hija
Tras la jura en Aragón, Felipe, que veía morir de forma extraña a miembros de su camarilla, decidió marcharse. Según Zalama, no tenía prisa por llegar a sus estados, pues se entretuvo largo tiempo en Saboya con su hermana. Lo que quería era irse de un lugar donde no veía las cosas claras. Juana quiso acompañarlo, pero estaba embarazada de Fernando, futuro emperador Fernando I, que nació en Alcalá de Henares. Los Reyes Católicos se negaron a que se moviera hasta dar a luz.
Tras el parto comenzó una verdadera lucha entre madre e hija. Juana ordenaba preparativos para partir, e Isabel la llevó a Medina del Campo. No la instaló en el palacio, del que era fácil salir, sino en el castillo de la Mota, al cuidado del obispo Juan Rodríguez de Fonseca, que dirigía la Casa de Contratación y era, según Zalama, riquísimo y nada pusilánime. Fonseca no pudo con ella: Juana se negó a moverse del cuerpo de guardia y permaneció allí. Zalama aclara que no estuvo desnuda, como a veces se ha dicho, sino mal vestida para una princesa. Isabel, ya muy enferma en Segovia, envió al arzobispo Cisneros, que tampoco pudo. Al final tuvo que cabalgar la propia reina hasta Medina.
La conversación debió de ser terrible, y se conoce porque Isabel se la contó a su embajador en Flandes, Gutierre Gómez de Fuensalida. La reina escribe que su hija le habló «tan reciamente palabras de tanto desacatamiento y tan fuera de lo que hija debe decir a su madre» que, si no hubiera visto la disposición en que estaba, no se lo habría consentido de ninguna manera. Zalama insiste en que se trataba de su madre, pero también de la reina. Cita después a Jerónimo Zurita, historiador aragonés muy bien informado, según el cual en esa ocasión se descubrió más la indisposición y demencia de la princesa, que antes no era tan pública. Zalama lo interpreta así: en petit comité se sabía que Juana tenía problemas serios, y a partir de entonces se supo públicamente. Finalmente Isabel la dejó ir. Zalama imagina, advirtiendo que es su suposición, que en el fondo pensó algo como «vete y no vuelvas».
De vuelta en Flandes: celos, violencia y el dossier de Felipe
Juana regresó por mar, retrasada por vientos desfavorables, y llegó a comienzos de 1504. Felipe no estaba. Juana montó en cólera y atacó a las damas de compañía, a quienes creía amantes de su marido. Zalama añade que probablemente lo eran. Que se sepa, Felipe no tuvo bastardos, pero a su bisabuelo Felipe el Bueno se le cuentan 19 o 20. Tener bastardos no estaba mal visto ni provocaba rechazo social: el llamado Gran Bastardo de Borgoña era un personaje principal en la corte de Felipe el Hermoso.
Zalama lee el relato de Pedro Mártir de Anglería: con el corazón lleno de rabia, rechinando los dientes, Juana la emprendió a golpes contra la dama sospechosa y ordenó cortarle al rape el cabello rubio que tanto agradaba a Felipe. Con el atizador de la chimenea golpeó a diestro y siniestro. Añade una anécdota. Felipe volvió de caza cojeando tras un accidente y se retiró a sus aposentos de la planta baja, la de la escalera con llave. Juana quería que subiera y pasó la noche golpeando el techo, no se sabe si con el atizador u otro objeto, para no dejarle dormir. Zalama advierte que en la siguiente sesión se verán cosas mucho peores.
Felipe, asustado, hizo según Zalama «la mayor tontería»: reunió todas estas andanzas en un dossier y se lo envió a los Reyes Católicos. A ellos no les descubría nada, porque ya conocían la salud mental de su hija, pero a Fernando le vendría muy bien más adelante. Las crónicas cuentan de todo: que no se lavaba, o que se lavaba continuamente e incluso el pelo todos los días, lo que entonces se consideraba una extravagancia.
El testamento de Isabel: una caja de Pandora
Isabel otorgó testamento el 12 de octubre de 1504, semanas antes de morir, a finales de ese mismo año. Zalama lo describe como una caja de Pandora. Juana era la heredera, con su marido «en tanto que su legítimo esposo». Pero el testamento añadía que si al morir la reina la princesa no estuviera en sus reinos, o tuviera que salir de ellos después de venir, o, estando en ellos, «no quisiere o no pudiere» entender en la gobernación, el rey Fernando gobernaría y administraría en su nombre. Zalama muestra que en el original «o no pudiere» está sobrescrito, añadido, y advierte que para cualquier abogado eso sería causa de impugnación.
La ambigüedad era enorme: la heredera era Juana, el testamento no hablaba de Felipe en esos supuestos y dejaba la gobernación a Fernando. Zalama lo resume así: desde 1504 hubo una reina, pero nunca hubo alguien que gobernara. Fernando quería mantener la gobernación de Castilla, Felipe quería ser rey de Castilla y nadie se preocupó de Juana. Según el conferenciante, aquel conflicto pudo haber desembocado en una guerra civil. Con esa pregunta abierta cierra la sesión y deja para la siguiente conferencia lo que ocurrió después.
Vamos a hablar en dos conferencias de la reina Juana. Juana I, ¿no? Juana I de Castilla, como alguna vez lo he dicho yo, porque Juana fue reina de Castilla y de Aragón. Es cierto que primero fue reina de Castilla al fallecimiento de su madre en 1504, pero después, cuando muere su padre en 1516, en enero de 1516, también se convirtió en reina de Aragón, y lo fue hasta el día que se murió, el día de Jueves Santo de 1555. Eso no quiere decir que gobernara, son cosas diferentes. Reinar y gobernar aquí van a ir totalmente separados.
Bien, en esta primera conferencia me voy a centrar, pues cronológicamente, que no puedo hacerlo de otra forma, en la etapa en la que doña Juana fue primero infanta por su nacimiento, después archiduquesa y por último princesa.
Los hijos de los reyes en España, ustedes lo sabrán perfectamente porque tenemos un rey, y entonces la hija mayor es princesa, pero la hija segunda es infanta, porque llevaban el título y llevan el título de infantes. En aquellos momentos incluso el príncipe también muchas veces en la documentación aparece con el nombre de infante, ¿no? Y los reyes recibían el título de alteza, no el de majestad. Hay que esperar a la llegada de Carlos para que empiece a ser común llamar majestad. O sea, el título era alteza.
Bueno, Juana para la historiografía ha sido un personaje siempre teñido de leyenda u olvidado. Y ya no sé qué es peor, si cuando se ha hecho la leyenda o cuando se ha olvidado, porque, como vamos a ver, una cosa y la otra han sido nefastas para el conocimiento de esta mujer que fue reina de Castilla durante 51 años y durante casi 40 de Aragón.
La historiografía la ha dejado en principio totalmente de lado. Fíjense, esto es una tapa de una cajita que se conserva en Bruselas donde aparecen cuatro miembros de los Habsburgo, los Austria, ¿no? El primero de ellos es Maximiliano, este señor que tenemos aquí a la derecha con esta nariz tan considerable, ¿verdad? Maximiliano. El que va a continuación es Felipe, Felipe el Hermoso. Después es Carlos, y el cuarto es Felipe, Felipe II. Pues bien, aquí no está la reina en ningún sitio, y la reina existió. En el ideario generalizado de las personas se pasa de Isabel la Católica y de Fernando el Católico a Carlos I o Carlos V como emperador, olvidándonos de que existió esta mujer. Y esta mujer no solo existió, sino que fue jurada reina por las Cortes de Castilla y posteriormente por las Cortes de Aragón.
Juana nació en 1479, el día 6 de noviembre. Y cuando nace Juana, ella no cuenta para la sucesión. La sucesión es por el primogénito y siempre con prelación de varón en España. Ya veremos que en Francia las cosas son de otra manera y nos interesará.
Pues bien, cuando nace Juana es la tercera de los hijos de los Reyes Católicos. Tiene una hermana mayor, bastante mayor que ella, que ha nacido en 1470, Isabel. Tiene un hermano, que es el que se va a convertir inmediatamente en príncipe heredero, que es Juan, que nace el año antes que Juana, el 78. Y ella nace en 1479.
La educación que va a recibir desde niña es separada de la de su hermano. Los varones se educaban por un lado, las mujeres por otro, y más cuando este varón iba a ser el heredero: tenía que tener una educación especial. No obstante, la educación de Juana fue bastante... podríamos decir una educación realmente importante, al menos para la época. Ella pues aprendió todo aquello que se entendía que debía ser propio de una joven que iba a tener después pues mucho que decir en cuanto a un matrimonio con algún príncipe extranjero o con algún noble nacional, ¿no?
¿Cómo es esta educación? Bueno, Juana aprendió pues a danzar, que era lo normal en aquellos momentos. También aprendió a tocar algún instrumento musical. No me pregunten cómo tocaba. Probablemente aquello sonaba a lata, pero bueno, algo aprendió, ¿no? Algo aprendió. Aprendió latín y tuvo por maestra de latín nada más y nada menos que a Beatriz Galindo, la Latina. Esto está documentado, ¿vale? Lo documenté ya hace algunos años, cómo la Latina fue su maestra, ¿no? Pero se guiaban por algunos libros que eran pues casi de cabecera para la educación de las damas, como El jardín de las nobles doncellas, obra de fray Martín de Córdoba, que lo escribió para la entonces princesa Isabel, para su madre, ¿no? O también por el libro El carro de las donas, del franciscano Francesc Eiximenis, que Juana llevó consigo a Tordesillas cuando ingresó en 1509.
Vivían junto a su madre, dormían en la misma habitación que su madre las hijas. Era un problema de decoro y del honor de estas personas. Entonces, para evitar cualquier habladuría, para evitar cualquier malentendido, en todo esto se tenía un cuidado absolutamente extraordinario.
En esta imagen pueden ver ustedes a Fernando e Isabel. No son retratos. En aquellos momentos los retratos no tratan de mostrarnos la individualidad de cada personaje. No nos muestran cuáles son sus características. Sencillamente son retratos que muestran la importancia que tienen. O sea, Fernando es rey de Aragón, Isabel es reina de Castilla y a su vez ambos son rey y reina de Castilla y de Aragón, pero aquí se nos muestran no como eran. Desde luego ellos no se reconocerían en este retrato, y si nosotros los encontrásemos de frente, mirando este retrato no podríamos decir que son ellos.
Junto a ellos aparecen dos jovencitos muy pequeñitos. No solamente es que sean pequeños, sino que son de mucho menor tamaño, que son, con una corona, el príncipe Juan, y a la derecha está la infanta Isabel, que primero fue princesa hasta nacer su hermano y posteriormente también va a ser princesa.
Vayamos poco a poco. Aquí tenemos a la infanta Juana. ¿Era así la infanta Juana? Creo que no. O sea, sencillamente son retratos pues de aparato donde se nos muestra a una mujer joven, que después se van de una u otra manera a repetir. Y les digo creo que no porque después veremos algún otro retrato donde Juana no se parece en nada a este, ¿no? Este también lo hizo Juan de Flandes, pero son retratos que, como digo, muestran la importancia del personaje y no sus rasgos físicos, que son los que a nosotros nos pudiesen interesar.
Bien. En la política internacional de los Reyes Católicos, ellos tienen un hijo y van a tener cuatro hijas. Entonces, estas cuatro hijas van a ser piezas de un tablero de ajedrez que se van a tratar de colocar en diferentes cortes, y la palabra está muy bien elegida, tratar de colocar en diferentes cortes para encontrar después apoyos, alianzas y para tener influencia en esas cortes, ¿no? El hijo, ¿no?, el hijo está destinado a ser rey, a ser el heredero, ¿no?
Cuando Juana tiene 3 años, 3 años, van a querer que se case con el entonces príncipe, el príncipe portugués que era nieto de Alfonso V de Portugal. Los portugueses no quieren, prefieren un compromiso con la hermana mayor, con Isabel, porque ven que Juana está muy lejos de la sucesión. El príncipe muere, el compromiso se rompió y Juana tampoco se casó. Tenía 3 años. Alguien dirá: «¡Qué barbaridad!». No era ninguna barbaridad. Evidentemente eso no se podía consumar, vamos, eso es un sinsentido, pero se establecía ya ese compromiso y además esa niña se apartaba de sus padres, de su casa, se enviaba donde iba a casarse y allí es donde iba a vivir, ¿no?
Bien, como ese compromiso se rompe, van a querer tratar a esta niña con el duque de Bretaña, Francisco II. Francisco II había enviudado y tenía un problema, y es que solo tenía una hija, y en Francia rige la ley sálica. La ley sálica impide que una mujer ejerza el poder. Lo transmite, pero no puede ejercerlo. Francisco II quiere tener heredero varón. El único problema es que Francisco II sacaba la friolera de 44 años a Juana. Y además en aquellos momentos pues Juana tenía algo así como 9 años. Evidentemente tampoco podía haberse consumado ese matrimonio, pero Francisco II debía pensar que era un hombre muy fuerte y que iba a vivir mucho más. Se murió a los pocos meses y el matrimonio no se hizo.
El tercer intento. En marzo de 1489 se quiere casar a la infanta Juana con el rey de Escocia, Jacobo IV. No sabemos muy bien qué ocurrió, pero lo cierto es que no hubo tampoco ese matrimonio.
Cuarto intento, el rey Carlos VIII de Francia. Carlos VIII había firmado con Maximiliano un tratado por el cual él iba a contraer matrimonio con Margarita de Austria, que después era su cuñada, pero por otro lado, ¿no?, por aquí. Y esta niña, Margarita de Austria, fue enviada al castillo de Blois... perdón, al castillo de Amboise. Allí estuvo durante bastante tiempo creciendo, porque el matrimonio, insisto, no se podía consumar, y hay un momento en que a Carlos VIII no le interesa; le interesa mucho más casarse con la hija de Francisco II, con Ana de Bretaña, y así incorporar Bretaña a la corona francesa, con lo cual se rompe el compromiso y mandan a la niña otra vez de regreso a su casa con su padre. Pero Carlos VIII tampoco se casó con Juana porque prefirió, como digo, a Ana de Bretaña, que consideraba que era mejor partido.
En todo esto, como pueden ustedes ver, el amor sale por todos los sitios. Estos no son nada más que intereses de todo tipo. No, lo digo porque vamos después a llegar a la leyenda de Juana, ¿verdad?, donde la locura, el amor y todas estas cosas. Fíjense ustedes qué amor puede haber, ¿no?, cuando esto es un intercambio de cromos, como si se estuviese jugando, he dicho antes, en un tablero de ajedrez moviendo las piezas.
A la quinta va la vencida. Aquí no fue la tercera. La doble boda.
Esta es Isabel, y bueno, que no sería así ni mucho menos, Isabel Trastámara, la hija mayor de los Reyes Católicos. Otra vez tenemos a Juana. Y aquí la doble boda con Felipe, Felipe el Hermoso.
A ver, el sobrenombre de Hermoso lo llevaron varios reyes de Francia, e incluso uno que fue cuñado de Felipe el Hermoso también, que era el duque de Saboya, que también era el Hermoso. Todo el mundo era hermoso. Hermoso no se refiere ni mucho menos a una belleza extraordinaria, a un atractivo, vamos, que arrasa, ni mucho menos. Hermoso es que era príncipe, comía todos los días, vestía bien, montaba a caballo, tenía sirvientes, llevaba oro; eso era el hermoso, eso era la hermosura. O sea, desde luego era todo eso y no su belleza. De Felipe ya les adelanto que sabemos que tenía la dentadura en unas condiciones lamentables, que cojeaba porque se cayó del caballo y aquella cojera la llevó hasta el día de su muerte, que no tardó mucho en morir. Bien, o sea, que tampoco era ni mucho menos tan hermoso.
Estos dos cuadros que se conservan en Viena no son pendant, parte de un díptico o algo así, porque cada uno mira... no se miran, no se miran. O sea, miran ambos a la derecha, y Juana incluso más hacia nosotros, aunque ha girado la cabeza, pero son dos representaciones de Felipe y de Juana.
Al final de 1495 se consigue lo que parecía imposible, que es un doble acuerdo, porque esto va a ser una doble boda. Juana va a casar con el archiduque de Austria y duque de Borgoña, Felipe el Hermoso, mientras que la hermana de Felipe, Margarita de Austria, va a casar con el príncipe don Juan. O sea, es un doble matrimonio. Ese doble matrimonio no fue nada fácil porque había que poner a todos de acuerdo, ¿no?
Aquí a la derecha pueden ver ustedes las capitulaciones matrimoniales. En este caso son las que se conservan en el Archivo General de Simancas; como se hacían para unos y para otros, hay otro juego conservado aquí en el Palacio de Liria, en la Casa de Alba. Estas son las capitulaciones que se firman. El que hizo todo esto, el que llevó adelante la boda, es un noble español, Francisco de Rojas. Y por eso aquí aparece este escudo. El escudo que tenemos aquí abajo es el escudo de don Francisco de Rojas.
Bueno, en este momento la infanta se va a convertir ya en archiduquesa. Se ha llegado al acuerdo al finalizar 1495, muy a finales. Y lo van a firmar; había que sancionarlo a comienzos del año, a comienzos de enero de 1496. Inmediatamente se prepara un viaje extraordinario para que la ya archiduquesa, sigue siendo infanta, pero archiduquesa, vaya a los Países Bajos, ¿no? Este matrimonio se tuvo que hacer, como todos estos se hacían, per procuram, es decir, por un representante, porque los novios ni se conocían y tardarían en conocerse, ¿no? Pero el matrimonio ya estaba hecho, ese matrimonio ya era válido. Faltaba después el casamiento propiamente dicho y el velar a esos novios, pero ya estaba firmado, ya había un matrimonio.
Los Reyes Católicos se van a preocupar, sobre todo Isabel, que es la que se va a encargar de todo esto, de que su hija vaya de una manera absolutamente extraordinaria, magnificente, mostrando la magnificencia, esa magnificencia que hoy se confunde con facilidad con ostentación, y que, sin embargo, la confunde el diccionario, con eso se lo digo todo. Pero en aquellos momentos la magnificencia seguía lo que había dicho Aristóteles en su Ética a Nicómaco, de manera que la magnificencia era gastar, podríamos decir, a manos llenas, y eso te significaba, te hacía ser diferente. Y decía Aristóteles que eso era una virtud, con lo cual los que gastaban mucho porque tenían mucho encima eran virtuosos. Hoy nos puede parecer muy cínico, pero era así.
Para preparar la armada que va a llevar a Juana, porque va a ir por mar desde Laredo, que es de donde va a salir, hasta los Países Bajos, la reina consulta a Cristóbal Colón. Le hace la consulta a Cristóbal Colón de cómo puede ser ese viaje.
Se gastan para el ajuar de Juana y para preparar toda la armada la barbaridad de 135.000 ducados. Eso equivale a algo así como 50 millones de maravedís. Para que se hagan una idea, con 1 millón de maravedís se cubrió en esos mismos años el crucero de la catedral de Palencia. Todo el crucero, toda la obra de cantería que se hizo, costó un millón de maravedís, y aquí se gastan 50 millones, ¿no? Eso también cuando se dice que Isabel la Católica pues era una mujer morigerada, era una mujer casi casi tacaña. Ya veremos que de eso nada.
Bien, de esos 135.000 ducados, 50.000, algo más de un tercio, se destinaron a conformar propiamente el ajuar de doña Juana, porque doña Juana no va a llevar dote, va a llevar ajuar. La dote es lo que llevaba la esposa a ese matrimonio, ¿no? ¿Por qué no lleva dote? Pues porque se llega al acuerdo de que, como va a venir Margarita en la misma armada que lleva a Juana, pues tampoco traerá dote. Entonces, únicamente lo que llevan es el ajuar.
50.000 ducados, 17 millones y medio de maravedís, se destinaron a conformar este ajuar. No es de extrañar que, cuando llegó allí, pues los cronistas dijeran que nunca habían visto a nadie tan rico, ni muchísimo menos, ¿no? Pues claro, hablamos de la corte de Borgoña como algo extraordinario, pero aquello era un ducado; donde realmente había poder era aquí, ¿eh? O sea, no lo olvidemos. Pero bueno, también la historia tiene sus cosas.
Había todo tipo de objetos, pero fundamentalmente, ¿qué es lo que había? Oro, plata, pedrería, todo tipo de perlas y de piedras preciosas, diamantes, zafiros, rubíes, todo lo que ustedes quieran, ¿no? Es lo que había. Y todo esto se tuvo que hacer en 6 meses, lo cual es la causa de que no se hiciesen tapices. En aquellos momentos un tapiz estaba mucho más valorado que una pintura, pero muchísimo más, ¿no? Pero no se hicieron tapices por la sencilla razón de que un tapiz no se hace en tres o cuatro meses. Eso es imposible, ¿no? Entonces, sabemos que llevó tapices, lo sabemos indirectamente, que se los regaló su madre, porque Isabel llegó a tener una colección de más de 300 tapices, el fondo germen de todo lo que va a venir después en la colección de tapices de Patrimonio Nacional, que es la colección de tapices más importante del mundo, la que tenemos aquí.
Pues bien, llevó todo esto y algunas cosas llaman la atención. Vamos, tampoco quiero aburrirles a ustedes, pero simplemente en ricas telas, brocados, damascos, sedas, terciopelos de todo tipo, pues se gastaron 3.635.920 maravedís. Vamos, eso es lo que se gastaron. Una barbaridad. Ustedes piensen que un trabajador normal, lo que se llamaba un ganapán, alguien que pues bueno, no tenía oficio, que trabajaba a
lo que le saliera, podía ganar del orden de un real diario, un real diario. Eso son 34 maravedíes. Fíjense ustedes cuando estamos hablando de millones solamente en telas. Por poner otro ejemplo, una vara, una vara son como 80 cm aproximadamente, una vara de brocado podía llegar a costar 10.000 maravedíes. 34 el señor que trabajaba todos los días por un día de trabajo, y el día que no trabajaba no cobraba. Y con una vara de brocado no podías hacer un hábito. Entonces a los vestidos, los vestidos se llamaban hábitos, ¿no? Cuando era un vestido, algo realmente importante, un hábito. Con eso era imposible. Hacían falta unas cuantas varas, para que vean ustedes cómo se las gastaban en aquellos momentos.
Otro dato, el pintor de Isabel la Católica, Juan de Flandes, tenía un sueldo de 20.000 maravedíes al año, cuando una vara de brocado costaba 10.000. Eso era la riqueza, esa magnificencia que eran capaces de mostrar en aquellos momentos.
Al frente de la expedición fue el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez, pero Isabel supervisó absolutamente todo. Que sepamos, nadie preguntó a Juana si quería casarse, nadie le preguntó qué quería llevar. Esto se lo hacían y ya está. No había más que decir. Así que eso es lo que ocurrió.
Los cronistas difieren un poco en el número de barcos que salieron. Parece que en torno a 120 barcos salieron de Laredo. 120 barcos. Porque además Isabel retrasó la salida de la flota de la lana, que es la que llevaba lana a los Países Bajos y luego se traía esa lana manufacturada; la retrasó para que fuesen todos juntos y que aquello fuese imponente, ¿no? Y asustase pues a los franceses, porque tenían que pasar frente a sus costas, a los ingleses, tenían que pasar junto a sus costas, y también a piratas de toda índole, ¿no? Pues fueron unos 120 barcos. El viento fue favorable el día 22 de agosto de 1496 y ese día salieron de Laredo con dirección a los Países Bajos.
Aquí tienen dos mapas. El de la derecha, el que está coloreado, es más o menos como eran los Países Bajos hacia el año 1500, ¿no? Y aquí tenemos en rojo, en esta parte, lo que eran islas, pequeñas islas que hoy, gracias al esfuerzo de los holandeses, han conseguido unir al continente con sus famosos pólderes. Esto era la isla de Walcheren, era una isla, y ahí está una localidad que es Middelburg, y más abajo aquí pueden ver Flesinga, Vlissingen. Ahí es donde llegaron los barcos y de ahí es donde salían los barcos.
Pues ahí va a llegar Juana, pero cuando llega, el día 8 de septiembre, ni está su esposo, ni está nadie de la familia para recibirla. Absolutamente nada. Tanto su cuñada Margarita, Margarita de Austria, como la viuda de Carlos el Temerario, conocida como Madame la Grande, que era una especie de abuela sin serlo, puesto que no era realmente la abuela de Felipe y de Margarita. Pero Madame la Grande, la última esposa de Carlos el Temerario, llegó con Margarita de Austria, pero tardaron unos cuantos días en aparecer.
Juana se va a dirigir desde ahí hacia Amberes y va a hacer lo que se conoce en Francia como una joyeuse entrée, una entrada gloriosa. Esto era bastante habitual. Se entraba en las ciudades con toda la parafernalia. Cuando entraba el príncipe, el señor tenía que jurar los beneficios y los privilegios de ese lugar, de esa ciudad, y a su vez la ciudad le entregaba la llave diciendo: «Somos tus súbditos». No, aquí Juana entró sin nadie, ella sola, como podemos ver en esta imagen, esta miniatura; al fondo parece que es la torre de la catedral, la torre de la catedral de Amberes, esto que tenemos aquí lleno de antorchas. Y ahí tendríamos a Juana. No busquen tampoco su efigie verdadera, ni muchísimo menos.
Hasta el 17 de octubre, mes y medio después, no aparece Felipe. ¿Por qué? Pues porque Felipe estaba muy poco interesado en este matrimonio. De hecho, parece ser que se enfrenta con su padre, que fue quien lo concertó, con Maximiliano I de Austria, y él estaba solucionando otros problemas en Alemania. No le preocupó que llegase su esposa. Llegó, pues muy bien, que se aloje y arreglado. El 17 de octubre va a llegar a una ciudad, una pequeña ciudad... Este es Felipe el Hermoso, como pueden ver ustedes, muy hermoso. Claro, con el brocado que lleva, el collar del Toisón de Oro, el gorro. Bueno, claro que era hermoso.
Pues va a llegar a una pequeña localidad al norte de Bruselas o al sur de Amberes, como quieran, que se llama Lier. Y aquí se va a llevar a cabo la boda. Comienza la leyenda: se ven, se enamoran perdidamente y deciden que se casan allí mismo y que ya no hay más que hablar. Vamos a ver por qué se casan en Lier. Pues porque Felipe el Hermoso no quería utilizar ninguna de las grandes ciudades de sus dominios, porque aquello era hacer de menos a otra. Si se va a Bruselas, Amberes dice: «¿A mí qué pasa?». Pero si se va a Amberes, lo dice Bruselas, pero lo dice Gante y lo dice Brujas también, ¿no? Así, utilizando una ciudad sin demasiada importancia a mitad de camino entre Bruselas y Amberes, pues parece que pasa más desapercibido.
Esta es la iglesia donde se casaron, la torre, la iglesia de San Gumaro, Gummarus, que es donde se van a casar. Se dice que buscaron un párroco para que los casase inmediatamente. Mentira. Los tenía que haber casado el obispo de Jaén. El obispo de Jaén no los puede casar porque se ha muerto unos días antes. No se puede. Se murieron muchísimos españoles. Salieron de aquí en agosto, acostumbrados al clima. Llegan allí, todo el día lloviendo, con frío. Bueno, estaban encogidos, ¿no? Y murieron muchos. De hecho, doña Juana cayó enferma, cayó enferma, y no debía ser una cosa baladí, porque se pagaron al médico 18.750 maravedíes y 4.500 más al boticario. O sea, que estuvo enferma. Ahora, la naturaleza de esta mujer, como iremos viendo entre hoy y el próximo día, era de piedra.
Bien, los casó al final el que era entonces obispo de Astorga, que después sería un personaje muy importante, Diego Ramírez de Villaescusa, un personaje muy importante en aquellos años.
Aquí tenemos a doña Juana a la derecha y a la izquierda a su cuñada Margarita, para que vean que los retratos son de aquella manera. Son retratos que se repiten. Si parece la misma, hombre. Alguna relación tenían, compartían un tatarabuelo, en fin. O sea, era como se presentaban en aquellos momentos estas personas. Como pueden ver, el atuendo es el mismo en ambos casos, hasta los colores, todo, absolutamente todo, ¿no? El escote, todo, la postura de las manos, todo. O sea, es lo mismo. Bueno, pues esta es la cuñada que será la esposa del príncipe don Juan.
Tampoco había demasiados retratos. Estos retratos se hacían, no se exponían. Estos retratos se guardaban en cajas. ¿Y para qué servían estos retratos? Pues para enviarlos a las diferentes cortes. Entonces, cuando llegó esto a la corte de Felipe el Hermoso, dijeron: «Ah, qué mujer tan guapa». Sabían de sobra que no era así. Digamos que podía ser más guapa. Desde luego, tampoco piensen que en el anterior Felipe el Hermoso era así, ¿eh? Vamos, ni pensarlo, o sea, no era como se le presentaba. Entonces, hay una nota muy curiosa, quizá les contó el otro día mi colega Isabel del Val: cuando a Isabel la quieren casar con el duque de Guyena y dicen que es un hombre muy apuesto, etcétera, etcétera, era un desastre. El hombre estaba realmente retorcido, ¿no? O sea, era un personaje que estaba en unas condiciones físicas, bueno, fatal, podríamos decir, y no entro en más detalles, ¿no? Bueno, y decían que era muy apuesto. Pues sí, lo sería. Bien.
Tampoco parece que hubiese tanto amor, por otra cuestión, digamos, mucho más baladí. Se encuentran en octubre; hasta 2 años después Juana no tiene la primera hija, que es esta que tenemos aquí. O sea, lo más probable es que se casaran, probablemente se consumó el matrimonio porque era contios yón y Felipe iría a hacer lo que fuera, ¿no? O sea, pero qué amor. Vamos a ver qué es esto, ¿no? Bueno, lo cierto es que Leonor, la hija mayor de Juana, no nace hasta finales de 1498, 2 años después. Leonor, esta mujer aquí retratada, bueno, os puede parecer una mujer pues con una cierta belleza; algunos años después la cosa ya cambia, ¿verdad? Porque, en fin, este retrato que lo hace Antonio Moro, bueno, es una copia, pero de Antonio Moro, pues francamente es para asustar un poco, ¿verdad? Bueno, pues en los retratos aquí ya sí que hay más intención. Ya se están haciendo estos retratos, digamos, teniendo presente al modelo. Los anteriores eran simplemente, como digo, puramente representativos.
Bien, está su segundo hijo, que nace en 1500, Carlos, Carlos I en España, Carlos V como emperador, retratado hacia 1516, y se encuentra actualmente en Bourg-en-Bresse, porque en Bourg-en-Bresse es donde está enterrada Margarita de Austria.
Bien, ¿dónde vivía Juana? Pues en estos momentos no había un palacio en los Países Bajos, probablemente por esa necesidad de dar a todas las ciudades también la primacía que exigían de una u otra manera. Los duques de Borgoña... Borgoña no está en los Países Bajos, Borgoña está al este de Francia. Y pronto habían abandonado Dijon, que es la capital de Borgoña, y se habían trasladado a vivir a Flandes o Brabante. Brabante era un ducado, pero Flandes tenía menos categoría porque es un condado. El condado de Flandes, ¿no? Es más ducado que condado, pero es donde vivían. Aquí tenemos el palacio de Coudenberg. Todos los que hayan estado en Bruselas, que seguro que muchos de ustedes han estado, cuando les diga que la traducción de Coudenberg es el palacio del monte frío, dirán: frío puede que haga, pero lo del monte no sé dónde está. Bueno, pues la parte más alta de Bruselas, que debe tener 100 m de diferencia con la Grand Place. Y este era el palacio. Esto se arrasó en una de las incursiones francesas. Arrasaron el palacio. Lo que tienen ahí al fondo, para que se sitúen, esto es la Grand Place, lo que tienen ahí. Aquí estaría detrás de la catedral de Santa Gúdula, y esto quedó totalmente arrasado. Pero vean cómo eran los edificios principales. Son edificios altos que tienen dos plantas principales. La planta de abajo es la que ocupa el príncipe, la planta de abajo. La planta de arriba... bueno, el príncipe, en este caso el duque; la planta de arriba, pues la duquesa es la que la ocupaba, ¿no? De manera que estas dos plantas estaban unidas por un solo lugar mediante una escalera, una escalera bastante angosta que tenía llave. Solo se abría la llave desde la planta del príncipe; la podía abrir él y subía a visitar a su esposa cuando lo consideraba. Ya verán por qué esto tiene interés. Estos palacios eran todo lujo, ¿eh? Tenían cosas que hoy nos parecen normales, pero que entonces eran absolutamente extrañas. Tenían agua, agua corriente, agua corriente y agua caliente mediante un sistema que todavía en algún pueblo quizá ustedes conozcan o tengan noticia de ellos, las famosas glorias, ¿no? Que lo que hacían era pues quemar paja o madera, y hoy día son los llamados suelos radiantes; funcionaría igual, ¿no? Solo que de una manera más primitiva. Pues tenían eso. Este palacio es el de Bruselas.
Este otro que les pongo aquí, este ya no queda. Bueno, esto es una maqueta. Queda de verdad media puerta. Es el palacio del Prinsenhof. Hof es corte, la corte de los príncipes, el palacio de los príncipes en Gante; es la maqueta. El resto, pues no queda nada. Y un tercero también había en Brujas, este tercero. Bueno, y también hay en Lille y en Dijon, que ya estaba, no se utilizaba, pero bueno, voy a parar aquí, ¿no? Este es el de Brujas; no queda tampoco prácticamente nada, ¿no? Alguna nota arqueológica, que sabemos que estaba ahí, o sea, que no hay nada más.
Bien, estando aquí van a empezar a aflorar los problemas. La flota que llevó a Juana a los Países Bajos regresó en 1497 con Margarita de Austria. Hay que decir que ya esta flota, al llegar, algunos de los barcos entraron en los bancos de arena. Bueno, hubo naufragio, se pudo salvar lo que se pudo salvar, algunas cosas se perdieron, ¿no? Pero bueno, esa flota regresa al año siguiente, porque en invierno no viajaban, era muy peligroso, y cuando se viajó, ya verán ustedes lo que pasó, pero eso lo dejamos para el jueves. Pues trae a Margarita de Austria.
Se van a conocer el príncipe don Juan y Margarita. Hay una primera boda que se hace pues para que puedan estar juntos. Después se van a casar en la catedral de Burgos, y la princesa Margarita de Austria se queda embarazada. Se queda embarazada. Pero mira tú por dónde, muy pronto, el 4 de octubre de 1497, el príncipe, que era un personaje enfermizo que continuamente tenía fiebres, lo que llamaban las tercianas, que eran cada tres días, una fiebre que tenía acceso cada 3 días, bueno, pues va a fallecer en Salamanca. Terrible. Ha muerto el heredero. Esto era una noticia terrible, ¿no? Terrible. Pero dentro de que eso era terrible, su esposa está embarazada. Si esa criatura nace, pues es quien ostentará la herencia. ¿Será el nuevo príncipe o princesa? No lo sabían, claro está, ¿no? Pero muchas veces se ha dicho que el niño nació muerto. No, fue un aborto. El niño no llegó a convertirse en una criatura. Fue un aborto. La princesa abortó y, bueno, pues ya no tenemos.
¿Quién es ahora el heredero? Pues la que en su momento fue princesa, la hermana mayor de Juana, Isabel, que se casa con el rey de Portugal, con Manuel I, y por lo tanto reina por matrimonio; también va a ser princesa en España, y de ahí que se la conozca como la reina princesa o la princesa reina, como quieran, Isabel. O sea, por esa razón se convierte en este momento.
Aquí los Reyes Católicos empiezan a tener ya problemas. Ven que Juana se acerca a ser posiblemente heredera y van a enviar a un dominico, fray Tomás de Matienzo, superior del convento de Santa Cruz en Segovia. Lo van a enviar a Flandes, bueno, Flandes o Brabante; decimos Flandes de una manera impropia, ¿no? Porque claro, no puede uno estar diciendo Flandes, Brabante, en fin, Tirol, que llega un momento en el que, bueno, Flandes, dicho así de una manera generalizada. Lo van a enviar allí a que se entreviste con Juana. A Juana no le gusta absolutamente nada, porque considera que le han enviado pues una especie de inquisidor, ¿no? Además era dominico, no digamos nada, ¿no? Y va a llegar en agosto de 1498, cuando el problema se convierte en problemón, y perdónenme la expresión.
La princesa, la reina princesa Isabel, está embarazada. Está en Zaragoza a la espera de que las Cortes de Aragón la reconozcan como princesa a ella y a su esposo, el rey Manuel I de Portugal. Están los dos allí. Se pone de parto, y ese parto va a ser tremendo, porque va a fallecer con motivo del parto. Como hubiese una hemorragia, aquello no lo paraba nadie. O sea, eso estaba claro, ¿no? Y además la prioridad era siempre salvar al niño, siempre al neonato, ¿no? Entonces muere a los dos días, sin posibilidad de salvarla. Pero tenemos un niño, ha nacido un niño, el príncipe don Miguel. Entonces, bueno, los Reyes Católicos toman al niño, no dejan que se lo lleve su padre, el rey Manuel I de Portugal, lo toman con ellos y lo llevan a todos los sitios, protegiéndolo hasta más no poder.
Pero antes de eso, hay algo que quiero que vean. A ver, ¿qué piden ustedes? Antes de casarse, en 1495, la Reina Católica escribe esto, lo escribe en Alfaro en el mes de noviembre de 1495. Yendo muy rápido: «La reina. Lo que vos, Diego de Vargas, continuo de mi casa, habéis de facer en el cargo que por mi mandado tenéis de mis damas, que están con la infanta doña Joana, mi muy cara y muy amada hija, es lo siguiente. Habéis de estar continuamente en el aposentamiento de dicha infanta, mi fija, donde estovieren las dichas mis damas, e mirar por ellas e tener cargo de la guarda de ellas, para que ningunas ni algunas personas de mi casa e corte ni de fuera de ella no entren ni estén donde estuvieren las dichas mis damas sin mi licencia e mandado; y cuando sus padres o hermanos», que eran los que podían entrar, «o otras algunas personas quisieren hablar con ellas o
con alguna de ellas, habéislo de facer saber a mí para que con mi mandado y licencia les fablen e no de otra manera. Y habéis de facer que los porteros que tuvieren a cargo de la puerta estén de fuera a la guarda e no entren dentro donde estuvieren las dichas damas, ni dejen entrar a otros algunos, aunque sean criados de la casa o otros cualquiera hombres de cámara, excepto Mójica. Mójica era el tesorero. Cuando fuere llamar para servir a la infante e que los dichos porteros —esto no tiene desperdicio, lo que he puesto en negrita subrayado— no lleven fablas, hablas, no lleven dimes y diretes, ni mensajes algunos de ninguna persona, ni entren dentro a decir cosa alguna, sino cuando les fuere mandado. Está roto el documento. Pero vamos, es una palabra, no sabemos qué dice. Que me hagáis saber a mí para que yo lo mandare remediar e castigar.
¿Qué estaba pasando en 1495? No conocía a Felipe. Aún no se había llegado al acuerdo matrimonial y sin embargo su madre ya está tremendamente preocupada por lo que ocurre en el entorno de Juana.
Bien, el príncipe don Miguel de la Paz no llega a 2 años de vida. Fallece, fallece, pues porque la gente se moría y no sabían por qué se moría.
Esto es los sepulcros de los Reyes Católicos y Felipe y Juana, Reyes Católicos a la izquierda, Felipe y Juana a la derecha, en la Capilla Real de Granada. Pongo esto para ubicarnos porque la siguiente imagen nos muestra lo que está ahí debajo. Si ustedes han ido a Granada, pues quizás hayan bajado a la cripta, ¿no? Hay quien opina que las criptas pues son un poco, madre mía, yo bajo. Bueno, pues ahí lo que están son cinco féretros. Los dos en el centro son los de los Reyes Católicos. Los que están a derecha, izquierda, al fondo son los de Felipe y Juana. Y aquí hay un féretro ahí a la derecha que no sé si pueden ver ustedes, una M, una M que hay aquí, príncipe Miguel, o sea, el niño de 2 años que falleció siendo muy niño.
En este momento, 1502, Juana se convierte en princesa heredera de Castilla y de Aragón. Y esto va a ser un problema tremendamente, tremendamente serio, ¿no? Los Reyes Católicos quieren que Juana y su esposo, en tanto que su legítimo esposo, vengan a España a ser reconocidos reyes. Primero los tienen que reconocer. Las Cortes de Castilla lo harán en Toledo. Después las Cortes de Aragón lo harán en Zaragoza.
Pues bien, el viaje. Felipe de repente ve que le ha tocado la lotería porque, vamos, Carlos el Temerario perdió la vida, su bisabuelo perdió la vida luchando contra los suizos porque él quería ser rey y el emperador Federico III no le concedió ese privilegio, nunca fue rey, y él de repente ve que puede ser rey, que puede ser rey, ¿no?
Bueno, aquí tienen una de las poquísimas firmas que conservamos de Juana siendo princesa. Firma «Yo la princesa». Yo, la princesa. Bueno, esta pareja que no parece que esté muy bien avenida, de repente: caray, ahora voy a ser rey. Como digo, ¿no?
Bueno, pero hay un problema: no puede ir a España rápidamente porque Juana está embarazada de su tercer hijo. Este díptico, desaparecido hace algunos años de una forma que nadie sabe cómo, pero el caso es que está desaparecido, muestra en una de las tablas, aquí a la izquierda, a Carlos y a su hermano Fernando. Fíjense que es el mismo retrato, ¿eh? O sea, para que vean hasta cómo se identificaban. Y a la derecha las cuatro hijas, que son todas iguales, que las va haciendo un poco más pequeñas, ¿no? Leonor, que es la mayor, nacida en 1498, e Isabel, que es la que va a nacer en 1501. 1501, ¿no? Después está María, María de Hungría, que va a nacer en 1505. Y por último, Catalina, que nace en 1507. Alguien avezado habrá dicho: «Ahí pone 1506». Ya lo sé, pero es que el año no comenzaba el día 1 de enero, ¿eh? Normalmente comenzaban los años o bien el día 1 de marzo o bien el 25 de marzo, que era el momento de la Anunciación. Por eso se lo digo.
Bien, pues está embarazada y no pueden comenzar. Pero además hay otro problema, y es que Felipe no tiene dinero; entonces tiene que reunir a las cortes de sus territorios y pedir dinero para llegar como tiene que llegar. Su esposa había llegado a los Países Bajos con una flota extraordinaria, con todo el dinero, con todo lo que ustedes quieran, y de repente, pues él cómo va a venir siendo poco menos que un pobre hombre. No tiene dinero y entonces va a conseguir que le den dinero. Realmente no fue mucho lo que consiguió, pero bueno, al final él viene.
Además, él quiere venir porque está convencido de que es él el que tiene que ser rey por la ley sálica. Flandes era un condado de Francia y, como allí rige la ley sálica, la mujer no puede ostentar el poder. Entonces, pasaría lo de Francisco I, el rey que estuvo aquí encerrado en Madrid después de la batalla de Pavía. A él no le corresponde ser rey. Y sin embargo, ¿por qué lo es? Porque se casa con Claudia, con la hija de Luis XII y de Ana de Bretaña. Y por ese matrimonio él se convierte en rey, porque él no tenía que haberlo sido. Bueno, su padre exactamente igual; no, el padre no, su suegro, Luis XII, exactamente lo mismo, tampoco le correspondía y también fue por matrimonio.
Bien, pero como está embarazada no pueden viajar. Además, y empieza el primer desencuentro con los Reyes Católicos, él decide venir por tierra, es decir, atravesar Francia y prestar pues el homenaje debido a su señor, que es el rey de Francia, Luis XII. Bueno, empiezan, como digo, los problemas.
Van a llegar a Blois, y el castillo de Blois tiene dos partes muy diferenciadas. La de la izquierda es la de Francisco I, que será después. La de la derecha es la que levanta Luis XII, que es el rey anterior. Y aquí se van a entrevistar con Luis XII, con Ana de Bretaña. Y parece que Ana de Bretaña dio unas monedas a Juana para que hiciese una ofrenda y que Juana las rechazó porque aquello era como humillarla, puesto que ella no era simplemente una condesa. Ahora ya era una princesa, la princesa española, ¿no? Y lo rechazó. Pero también dicen las crónicas que Felipe por tres veces se arrodilló ante el rey, rindiendo, bueno, pues ese homenaje que tenía que hacer a su señor.
Salen muchas damas, siete ya sean españolas. Esto hay que decirlo porque a veces se plantea: pobre Juana, fue allí, estaba sola en aquel país. Llevó una corte de españoles y españolas considerable, o sea, que de sola nada, de sola nada. Hombre, no, ya sé que no sería igual que vivir en la corte de sus padres, pero tampoco estaba totalmente aislada o algo así.
Aquí se llega a un acuerdo por el cual Carlos, el futuro Carlos V, se va a casar con Claudia, que se casó con el archienemigo de Carlos, que fue Francisco I. Bueno, todos estos acuerdos, los matrimonios, pues se hacían y se deshacían con gran facilidad. Y aunque estuviesen más que consumados, pues se podían deshacer, y de ahí que Enrique VIII dijese: «¿Qué pasa? ¿Que a mí no me lo quieren deshacer cuando están deshaciendo todos?», ¿no? Pero bueno, eso es otra historia.
España. Se lo toman con tranquilidad: han salido a finales de 1501 y no van a entrar en España hasta 1502, al comenzar 1502. Van a bajar desde Roncesvalles, llegan a Burgos. Esta es una fotografía antigua de la Casa del Cordón, que fue muy modificada y muy inventada por Vicente Lampérez al comenzar el siglo XX, pero esta fotografía es de antes de su intervención.
Por todos los sitios que van son recibidos con toda la parafernalia. Hay espectáculos, comidas, cenas, todo tipo de eventos. Los reyes entran bajo palio en Burgos, que conocemos muy bien porque hay un cronista, Antoine de Lalaing, un cronista que nos va contando lo que ocurre, y entró bajo palio. Salen las autoridades más allá de la muralla para entregarle las llaves a cambio de que él jure los privilegios de la ciudad, mantenerlos, etcétera, ¿no? Bueno, esto era bastante normal. Las calles se engalanaban con tapices. Y bueno, después de ese gran recibimiento, pues va a haber de todo. Va a haber juegos de cañas. Estos son los juegos de cañas. Los juegos de cañas pueden parecernos una cosa, un juego. Esto tenía poco de juego. Esas cañas son de madera, es verdad, pero estaban sumamente afiladas y los accidentes eran continuos. Había corridas de toros, por llamarlo de alguna manera. El toro se defendía como podía y el resto, pues fíjense ustedes lo que hacen ahí. El toro se ha llevado uno por delante, pero al mismo tiempo le han clavado todas las lanzas que han podido, ¿no? Pero bueno, esto les encantaba; es un mundo bastante violento, las cosas como son, y les encantaba todo esto. Y en un sitio, en otros sitios, en una ciudad grande como el caso de Burgos, pues se hacía este tipo de juegos, ¿no?
Llegaron a Valladolid. Quien esté familiarizado con Valladolid, si recuerda dónde está situado el teatro Calderón, el principal teatro de Valladolid, ahí estaba el Palacio del Almirante, del que hizo este dibujo Valentín Carderera, allá en el año 1836. Aquí dieron una cena. La cena la daba primero, en este caso, el almirante, dio una cena, y después Felipe el Hermoso da otra cena, lo mismo, ¿no?
Y aquí pues ya tuvo un mal presagio, porque se ponían absolutamente todas las cosas que llevaban, y no os puede parecer esto... Imagínense ustedes que van a cenar a una casa donde sea y a la entrada les han puesto ahí en la mesa, en el aparador, los relojes de oro, la vajilla. Bueno, bueno, dirían: ¿esto qué es? Esto es de un mal gusto tremendo, ¿no? Pues entonces esto no era de ningún mal gusto, ni muchísimo menos. Esta es una de las miniaturas de Las muy ricas horas del duque Jean de Berry. Y ahí tenemos al duque con todos sus sirvientes y sus invitados vestidos de una manera riquísima. Yo no sé este hombre cómo podría comer con todo lo que lleva encima, pero bueno, ahí estaba, ¿no? Al fondo, ¿qué es lo que había? Tapices maravillosos. Y fíjense, encima de esta mesa está la vajilla, vajilla que normalmente era de plata sobredorada. O sea, mostrar eso no se le ocurre a nadie que tenga la cabeza medianamente bien en la actualidad, ¿no? Pero entonces se hacía así, ¿no? Esto era, bueno, pues se muestra todo.
Y le robaron un arca, un cofre un poquito más grande —cofre o arca se dice indistintamente—. No era un cofre pequeñito, pero tampoco era un arca muy grande, lleno de joyas de oro que, afortunadamente, después de un interrogatorio sometiendo al tercer grado —se pueden imaginar cómo preguntaban, entonces primero le decían los derechos que tenía y cosas así, ya ve—, bueno, apareció, apareció. Pero bueno, esto es lo que hay.
Bien, van a llegar a Toledo. En España Felipe no empezó con buena suerte; no solamente le robaron eso, sino que llega a Toledo y, poco antes de llegar a Toledo, cae enfermo de sarampión en Olías y tiene que permanecer allí unos días hasta que se mejora, con lo cual no puede llegar a Toledo de momento. Se va a acercar el Católico. En fin, y al final las Cortes de Castilla, reunidas en Toledo, van a declarar que son los herederos. Se los jura herederos. En España no se corona, ¿eh?, no va a haber coronación; se va a jurar rey. Pero el acto de la coronación, de poner la corona encima, en España no se hace.
Van a ser recibidos en la casa de los marqueses de Moya. Y esto ha llevado a pensar que los Reyes Católicos eran poco menos que pobres. Bueno, a ver, este es un tapiz de los que tenía Isabel la Católica, que afortunadamente se conserva en el Museo de los Tapices de La Seo, en Zaragoza. Este tapiz se tasó en 150.000 maravedís, pequeño tamaño para lo que eran los tapices. Perteneció a la reina, se lo regaló el condestable, y nada más morir se hizo con él Fernando el Católico; lo compró en la almoneda de su esposa. Tenía más de 300. Nadie tenía 300. Ningún rey ni príncipe en Europa tenía 300 tapices. Los tenía la reina, ¿no? La reina Isabel, ¿no?
También es cierto, y lo dicen las crónicas, que vestían de negro los reyes, ¿no? Y se ha pensado que es que no tenían para otra cosa. A ver, primero acababan de recibir la noticia de que había muerto Arturo, príncipe de Gales, el esposo de su hija menor, Catalina. Esto ya era una razón para estar de luto, pero no es que estuviesen solo de luto. Miren ustedes al poderosísimo rey Felipe II y vean cómo está vestido de negro. Había muchos nobles que podían pagarse cadenas de oro, podían pagarse trajes de terciopelos, damascos; había unos cuantos que podían hacerlo, pero el único que se diferenciaba de todos ellos vistiendo... esto no es un paño cualquiera, esto son unas sedas carísimas, ¿no? Se vestían de negro los reyes en España, ¿no? O sea, que eso no es en absoluto algo que nos indique que aquellas personas tenían problemas económicos, ni muchísimo menos.
La misma doña Juana va a adquirir en Toledo unos tapices, cuatro de esta serie, que son los llamados paños de oro. Hoy pertenecen a Patrimonio Nacional y alguno de ellos está expuesto en la Galería de las Colecciones Reales. O estos otros dos, que son la vida de la Virgen. A los anteriores se les conoce como paños de oro por la cantidad de hilo de oro que tienen. Este otro no, es seda y lana, no tiene oro. Los va a comprar y sabemos que pagó por ellos 2500 libras, que es algo así como medio millón de maravedís.
Se trasladan desde Toledo, una vez reconocidos príncipes herederos, a Aragón, donde va a ocurrir lo mismo. Y en ese momento Felipe el Hermoso, que está viendo cómo algunos de los miembros de su camarilla se van muriendo de manera rara, decide poner pies en polvorosa y volver otra vez hacia sus territorios. No tenía mucha prisa en llegar allí, porque se va a entretener con su cuñado bastante tiempo en Saboya. Lo que quería era marcharse de aquí, donde no veía la cosa muy clara.
Juana dice que se va con él, pero Juana está embarazada de su cuarto hijo, Fernando, el futuro emperador Fernando I de Habsburgo. Está embarazada. Nace en Alcalá de Henares, muy cerca de aquí. Y los Reyes Católicos dicen que de ahí no se mueve, que tiene que dar a luz. Ella aguanta más o menos bien hasta que decide que ya, bueno, ya ha tenido a la criatura y que se va. E Isabel la Católica: de aquí no te mueves. Y empieza una verdadera lucha entre madre e hija para evitar que se fuera, porque hace conatos, manda que se preparen para salir.
Isabel la Católica va a llevar a su hija —este es el otro tapiz de ellos—, va a llevar a su hija Fernando a Medina del Campo. La va a encerrar, podríamos decir, en el castillo de la Mota. En Medina del Campo había un palacio, que es donde muere Isabel la Católica, pero no la mete en el palacio, que es un sitio fácil, digamos, de salir, sino en el castillo. Y pone al frente al todopoderoso obispo Juan Rodríguez de Fonseca, que desde el segundo viaje de Colón se puso al frente de la Casa de Contratación, con lo cual no es que fuese rico, es que era riquísimo.
El obispo, que era un hombre de una familia de obispos y desde luego muy poco pusilánime, ve en un momento que no puede con doña Juana. Doña Juana quiere marcharse, él dice que no, y ella se queda en el puesto de guardia. A veces se ha dicho que desnuda; no, no estuvo desnuda, pero estuvo mal vestida, mal vestida para lo que era como debería estar una princesa, ¿no? Bueno, ahí estuvo. Y el obispo ve que le supera, que no puede, y manda un mensaje a la reina, que está ya muy enferma. Isabel la Católica, los famosos zaratanes, el cáncer de mama, va a morir poco después; estaba ya muy enferma en Segovia.
Isabel la Católica manda al arzobispo Cisneros, arzobispo de Toledo; tampoco puede con doña Juana, y el personaje no era precisamente alguien de poca enjundia, ¿no? Y al final, y al final, va a tener que ir la misma reina, cabalgar desde Segovia hasta Medina. Se entrevistará con su hija. De ahí se irá al palacio, lo que llaman hoy el Palacio Real Testamentario, y es donde va a fallecer pocos meses después.
Pues bien, la conversación que tuvieron debió de ser terrible. Y la conocemos, y la conocemos porque Isabel la Católica se la contó a su embajador en Flandes, a Gutierre Gómez de Fuensalida. Miren, veamos lo que dice.
Entonces ella me habló tan reciamente palabras de tanto desacatamiento. Era la reina, era su madre, pero era la reina. Y esto no hay que olvidarlo, ¿eh? Y tan fuera de lo que la hija debe decir a su madre también como hija, o sea, como reina, como hija, que si yo no viera la disposición que en ella estaba, yo no se la sufriera en ninguna manera.
Esto es lo que le traslada la reina a Gutierre Gómez de Fuensalida, que lo fue copiando todo y está publicado, se conoce hace mucho tiempo. Jerónimo de Zurita, un historiador muy bien informado y aragonés y historiador de Fernando el Católico, dice lo siguiente: "Por esta ocasión se descubrió entonces más la indisposición y demencia de la princesa, que no era antes tan pública como lo fue de allí en adelante". O sea, en petit comité se sabía que la princesa pues tenía, digamos, problemas serios, ¿no? Ahora se empieza a conocer por parte de todos cómo está aquello, ¿no?
Tanto insiste y ya su madre no puede más, que dice: "Mira, vete". Yo creo que dijo: "Mira, vete y no vuelvas" o algo por el estilo. Hombre, tenía que decirlo como una reina que era, ¿no? Pero en fin, en el fondo fue eso lo que debió pensar. Y va a salir con destino a Flandes. Ahora va a volver otra vez igual que cuando marchó, por barco, ¿no? Tardan porque los vientos no son favorables.
Al final, cuando llega a Flandes, ya es comienzos de 1504 y resulta que no está su marido, que se ha marchado. Monta en cólera, como nos podríamos imaginar, ¿no? Y monta tanto en cólera que empieza a atacar a las damas de compañía pensando que son amantes de Felipe, que probablemente lo eran.
Que sepamos, Felipe el Hermoso no tuvo hijos bastardos, pero a su bisabuelo, exactamente, Felipe el Bueno, se le contabilizan, creo que no llega a 20, 19 o 20 bastardos. Y aquello no era algo que estuviese mal visto ni que aquellas personas tuviesen rechazo social. Uno de esos hijos es el Gran Bastardo de Borgoña, se le conoce así, y era un personaje principalísimo en la corte de Felipe el Hermoso, el Gran Bastardo de Borgoña, ¿no?
Pues bien, otro cronista, un italiano, Pietro Martire d'Anghiera, pero en España Pedro Mártir de Anglería, dice lo siguiente: "Con el corazón lleno de rabia, vomitando ya más el rostro, rechinando los dientes, la emprendió a golpes contra una de las damas, que sospechaba que era la amante, y ordenó que le cortaran al rape el rubio cabello que tanto le agradaba a Felipe". Con el atizador de la chimenea se lió a dar golpes a diestro y a siniestro a unos y a otros. Aquello era imparable.
Tanto fue así... bueno, una anécdota. Hay un momento que Felipe va de caza y se cae o tiene un accidente del tipo que sea y regresa cojeando, malherido. Entonces lo llevan a sus aposentos. Entonces ella sabe que está ahí abajo, entonces quiere que suba a sus aposentos. El otro estaba bueno como para ir de juerga, ¿no? Y entonces ya se pasa la noche, no se sabe muy bien si fue con el atizador de la chimenea o con otro objeto contundente, dando golpes en el techo para no dejarle al otro dormir. Estas son las cosas que hacía, pero ya veremos que hacía cosas mucho peores que esas, ¿eh?
Bien, después de todo esto, Felipe, que está asustado, hace la mayor tontería que se le puede ocurrir. Recoge todas estas andanzas de su esposa, prepara un dossier y lo envía a los Reyes Católicos. ¿Para qué quieres más? A los Reyes Católicos no les descubre nada. Ya sabían la salud mental de su hija, pero a Fernando le va a venir de bien, como veremos dentro de 48 horas, pero ahora no.
Bien. Las crónicas cuentan de todo, que no se lavaba o que se lavaba continuamente y se lavaba el pelo todos los días. Aquello era una barbaridad entonces, lavarse el pelo todos los días. La gente no se lavaba el pelo, ¿no? Estas eran unas extravagancias que, como digo, Felipe envió a España.
Mientras tanto, la reina Isabel se moría. El 12 de octubre de 1504 otorga testamento. No va a morir hasta el 26 de diciembre, pero el 12 de octubre de 1504 ya otorga testamento. Y este testamento, cualquiera que sepa un poco de leyes se da cuenta que este testamento es la caja de Pandora, porque lo que nos va a decir en el testamento va a ser terrible.
Esa línea que tenéis subrayada un poco más arriba, un poco más abajo, lo que está subrayado lo tengo aquí en negrita. Dice: "Al tiempo que nuestro Señor de esta vida presente me llevare, la dicha princesa, mi hija, no esté en mis reinos", o sea, si no está, "o después que a ellos viniere en algún tiempo haya de ir e estar fuera de ellos", o esto lo terrible, "o estando en ellos no quisiere o no pudiere", hecho un lazo en color rojo, "o no podiere", está escrito, sobreescrito, ¿no?
Vamos, pues esto es causa de impugnación. Si alguno de ustedes se dedican a esto, son abogados, sabrán que con esto vamos, muerto quien sea, ¿no? "No quisiere o no pudiere entender en la gobernación de ellos". Continúa: "En cualquiera de los dichos casos, el rey, mi señor, tenga la gobernación y administración de ellos por la dicha princesa, mi hija".
Esto es de una ambigüedad... ¿Quién tiene aquí el derecho? El derecho sucesorio es Juana. El testamento dice que Juana es su heredera y su marido en tanto que su legítimo esposo. Pero después dice que si no vienen, si están fuera o si ella, no habla del esposo, o si ella no puede entender, que sea su esposo, en este caso Fernando, perdón por la redundancia de esposo.
Había una reina en 1504, pero nunca hubo alguien que gobernara. Y eso fue un problema tremendo, tremendo para Castilla, que pudo haber acarreado una guerra civil, porque, como veremos el próximo día, Fernando quiere mantener la gobernación de Castilla, Felipe quiere ser rey de Castilla, nadie se va a preocupar de Juana y esto pudo haber sido, como digo, terrible. Aquí lo dejamos. Muchas gracias.
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