Juana I antes de reinar: de infanta a archiduquesa y princesa heredera

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Resumen

En la primera de dos conferencias dedicadas a Juana I, el catedrático Miguel Ángel Zalama recorre la etapa de su vida anterior al trono: desde su nacimiento como infanta, sin opciones reales de heredar, hasta su matrimonio en los Países Bajos y su conversión en princesa heredera de Castilla y Aragón. Zalama parte de una distinción que recorrerá todo el ciclo. Juana fue reina de Castilla desde la muerte de su madre en 1504 y reina de Aragón desde la de su padre en enero de 1516, y lo siguió siendo hasta su muerte, el Jueves Santo de 1555. Sin embargo, reinar y gobernar fueron en su caso cosas totalmente separadas.

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Una reina borrada por la leyenda y por el olvido

Zalama sostiene que la historiografía ha tratado a Juana de dos maneras igualmente dañinas: rodeándola de leyenda u olvidándola. Confiesa que no sabe cuál de las dos es peor, porque ambas han sido nefastas para conocer a una mujer que fue reina de Castilla durante 51 años y de Aragón durante casi 40.

Para ilustrar el olvido muestra la tapa de una cajita conservada en Bruselas con cuatro miembros de la casa de Austria: Maximiliano, Felipe el Hermoso, Carlos V y Felipe II. Juana no aparece. Según Zalama, en el imaginario común se pasa directamente de Isabel y Fernando a Carlos I, como si ella no hubiera existido. Y no solo existió: fue jurada por las Cortes de Castilla y, posteriormente, por las de Aragón.

Aclara también cuestiones de titulatura. En España, la hija mayor del rey es princesa y la segunda es infanta. En la documentación de la época incluso el príncipe aparece a menudo como infante. Los reyes recibían el tratamiento de alteza, y el de majestad no se generalizó hasta la llegada de Carlos.

Una infanta lejos de la sucesión y su educación

Juana nació el 6 de noviembre de 1479, tercera hija de los Reyes Católicos. La sucesión seguía la primogenitura con preferencia del varón. Por delante tenía a su hermana Isabel, nacida en 1470, y a su hermano Juan, nacido en 1478, que pronto sería el príncipe heredero. Al nacer, por tanto, Juana no contaba para la sucesión.

Juana se educó separada de su hermano, como era norma entre varones y mujeres, y más aún tratándose del heredero. Aun así, Zalama considera que recibió una educación importante para la época, pensada para una joven destinada a casarse con un príncipe extranjero o con un noble del reino. Aprendió a danzar y a tocar algún instrumento; con humor, el conferenciante dice que probablemente aquello «sonaba a lata». Aprendió latín, y su maestra fue Beatriz Galindo, la Latina, algo que el propio Zalama documentó hace años. Las lecturas de referencia eran obras como el Jardín de las nobles doncellas de fray Martín de Córdoba, escrito para su madre cuando esta era princesa, o El carro de las donas del franciscano Eiximenis, libro que Juana llevó consigo a Tordesillas al ingresar allí en 1509.

Las hijas vivían con su madre y dormían en su misma habitación. Zalama lo explica por el decoro y el honor: se evitaban con un cuidado extraordinario las habladurías y los malentendidos.

Los retratos no muestran a las personas

El conferenciante insiste varias veces en que los retratos de la época no pretendían mostrar la individualidad del retratado, sino su rango. En una imagen de Fernando e Isabel con sus hijos Juan e Isabel, estos aparecen diminutos, no solo por su edad sino por su jerarquía. Según Zalama, los reyes no se habrían reconocido en esa imagen, y nosotros tampoco los reconoceríamos si los tuviéramos delante. Lo mismo vale para los retratos de Juana atribuidos a Juan de Flandes. Zalama cree que Juana no era así y anuncia que más adelante aparecerán otros retratos suyos que no se parecen en nada a este.

Más adelante lo demuestra comparando a Juana con su cuñada Margarita de Austria. Ambos retratos son prácticamente idénticos en atuendo, colores, escote y posición de las manos. Zalama bromea con que algún parentesco tenían, puesto que compartían un tatarabuelo. Explica que estos retratos no se exponían: se guardaban en cajas y servían para enviarlos a otras cortes. Cuando uno de ellos llegaba, todos exclamaban qué mujer tan guapa, aunque sabían perfectamente que la realidad podía ser otra. Recuerda una anécdota que, cree, contó su colega Isabel del Val en una sesión anterior: cuando se quiso casar a Isabel la Católica con el duque de Guyena, se le describió como muy apuesto, y según Zalama estaba físicamente en muy malas condiciones.

Cinco intentos de boda: las hijas como piezas de ajedrez

Los Reyes Católicos tenían un hijo destinado a heredar y cuatro hijas que, en palabras de Zalama, eran piezas de un tablero de ajedrez que se trataba de «colocar» en distintas cortes para conseguir alianzas e influencia. El conferenciante repasa los intentos de casar a Juana:

  1. Con tres años se la quiso comprometer con el príncipe portugués, nieto de Alfonso V. Los portugueses prefirieron a su hermana mayor, Isabel, porque veían a Juana muy lejos de la sucesión. El príncipe murió y el proyecto se rompió.
  2. Después se pensó en el duque de Bretaña, Francisco II, que solo tenía una hija. Como en Francia regía la ley sálica, que permite a la mujer transmitir el poder pero no ejercerlo, el duque quería un heredero varón. Era 44 años mayor que Juana, que tenía entonces unos nueve. Murió a los pocos meses.
  3. En marzo de 1489 se planteó el matrimonio con Jacobo IV de Escocia. Zalama dice que no se sabe bien qué ocurrió, pero no hubo boda.
  4. Se intentó con Carlos VIII de Francia. Este estaba comprometido por tratado con Margarita de Austria, que había sido enviada a crecer al castillo de Amboise. Carlos VIII rompió ese compromiso y devolvió a la niña a su padre para casarse con Ana de Bretaña, hija del duque Francisco, e incorporar así Bretaña a la corona. Tampoco se casó con Juana, porque consideró a Ana mejor partido.

Zalama subraya la ironía de todo esto de cara a la leyenda romántica: el amor «sale por todos los sitios». Estas negociaciones, dice, eran un intercambio de cromos regido por intereses de todo tipo. El quinto intento, la doble boda con la casa de Austria, fue el definitivo.

La doble boda y el mito del «Hermoso»

A finales de 1495 se logró lo que parecía imposible: un doble acuerdo por el que Juana se casaría con Felipe, archiduque de Austria y duque de Borgoña, y la hermana de este, Margarita de Austria, con el príncipe don Juan. Las capitulaciones se conservan en el Archivo General de Simancas, y hay otro juego en el Palacio de Liria, de la casa de Alba. Quien llevó adelante la negociación fue el noble Francisco de Rojas, cuyo escudo aparece en el documento. El acuerdo se sancionó a comienzos de enero de 1496, y el matrimonio se celebró por poderes, pues los novios no se conocían. Ya era un matrimonio válido. Faltaban la ceremonia propiamente dicha y las velaciones. Desde ese momento, Juana, sin dejar de ser infanta, pasaba a ser archiduquesa.

Zalama desmonta el sobrenombre de Felipe. Varios reyes de Francia fueron llamados «el Hermoso», e incluso un cuñado de Felipe, el duque de Saboya. Según él, «hermoso» no aludía a una belleza extraordinaria: significaba ser príncipe, comer todos los días, vestir bien, montar a caballo, tener sirvientes y llevar oro. Añade que se sabe que Felipe tenía la dentadura en condiciones lamentables y que cojeaba desde una caída del caballo, cojera que arrastró hasta su muerte. Los dos retratos de la pareja conservados en Viena, señala, no forman un díptico propiamente dicho, porque ambos miran en la misma dirección y no se miran entre sí.

La magnificencia de Isabel: la armada y el ajuar

Isabel se encargó personalmente de que su hija partiera con una magnificencia extraordinaria. Zalama precisa que la magnificencia se confunde hoy con la ostentación, y que el propio diccionario las confunde. En la época, en cambio, se entendía según la Ética a Nicómaco de Aristóteles: gastar a manos llenas era una virtud, de modo que quien gastaba mucho porque tenía mucho era además virtuoso. Hoy puede parecer cínico, reconoce, pero así se pensaba.

Para organizar la armada, que saldría de Laredo, la reina llegó a consultar a Cristóbal Colón. Entre el ajuar y la flota se gastaron 135.000 ducados, que Zalama equipara a unos 50 millones de maravedís. Para dar una escala, recuerda que en esos mismos años todo el crucero de la catedral de Palencia, con toda su cantería, costó un millón de maravedís. Con estos datos rebate la imagen de una Isabel austera o casi tacaña.

Juana no llevó dote, porque Margarita tampoco la llevaría. Se acordó así al viajar Margarita en la misma armada de regreso. Solo llevó ajuar, al que se destinaron 50.000 ducados, algo más de un tercio del total. Zalama cifra esa cantidad en unos 17,5 millones de maravedís. Había sobre todo oro, plata, perlas y piedras preciosas: diamantes, zafiros y rubíes. Los cronistas de los Países Bajos decían que nunca habían visto a nadie tan rico. Zalama aprovecha para matizar que se suele hablar de la corte de Borgoña como algo extraordinario, pero que el verdadero poder estaba en Castilla.

Todo se preparó en seis meses, y por eso no se encargaron tapices, que entonces se valoraban mucho más que las pinturas y no podían tejerse en tan poco tiempo. Se sabe indirectamente que Juana llevó tapices regalados por su madre, que llegó a reunir más de 300. Según Zalama, esa colección fue el germen de la de Patrimonio Nacional, la más importante del mundo.

Solo en telas ricas (brocados, damascos, sedas y terciopelos) se gastaron 3.635.920 maravedís. El conferenciante ofrece varias comparaciones. Un ganapán, un trabajador sin oficio, podía ganar un real diario, es decir, 34 maravedís, y nada los días que no trabajaba. Una vara de brocado, unos 80 centímetros, podía costar 10.000 maravedís, y hacían falta varias para confeccionar un «hábito», como se llamaba a un vestido importante. El pintor de la reina, Juan de Flandes, cobraba 20.000 maravedís al año, el precio de dos varas de brocado.

Al frente de la expedición iba el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez, aunque Isabel lo supervisó todo. Zalama remarca que, que se sepa, nadie preguntó a Juana si quería casarse ni qué quería llevar. Los cronistas no coinciden en el número de barcos, pero parece que fueron unos 120. Isabel retrasó la salida de la flota de la lana, que llevaba lana a los Países Bajos, para que navegaran juntas y el conjunto resultara imponente ante los franceses, los ingleses y los piratas. Con viento favorable, la armada zarpó de Laredo el 22 de agosto de 1496.

Una llegada sin nadie que la recibiera

La flota arribó a Flesinga, en la entonces isla de Walcheren, cerca de Middelburg. Zalama explica con mapas que aquellas islas quedaron unidas al continente gracias a los pólderes holandeses. Juana llegó el 8 de septiembre y no había nadie para recibirla: ni su esposo ni ningún miembro de la familia. Su cuñada Margarita y Margarita de York, viuda de Carlos el Temerario, conocida como Madame la Grande, tardaron varios días en aparecer. Zalama la describe como una especie de abuela sin serlo realmente.

Desde allí, Juana se dirigió a Amberes e hizo lo que en francés se conoce como una joyeuse entrée, una entrada gloriosa. Era un ritual habitual: el señor juraba los privilegios de la ciudad y esta le entregaba las llaves en señal de sujeción. Juana entró sola. Zalama muestra una miniatura con lo que parece ser la torre de la catedral de Amberes, llena de antorchas, y advierte de nuevo que no se busque en ella la verdadera efigie de Juana.

Felipe no apareció hasta el 17 de octubre, mes y medio después. Según Zalama, estaba muy poco interesado en el matrimonio, que había concertado su padre, Maximiliano. Parece incluso que se enfrentó con él por ello, y en ese momento se ocupaba de otros asuntos en Alemania. Que su esposa hubiera llegado bien y estuviera alojada le bastaba.

Lier: la boda y la desmitificación del flechazo

La boda se celebró en Lier, pequeña localidad entre Bruselas y Amberes, en la iglesia de San Gumaro. La leyenda cuenta que se vieron, se enamoraron perdidamente y decidieron casarse en el acto buscando a un párroco. Zalama lo califica de mentira. Felipe eligió Lier porque no quería favorecer a ninguna de sus grandes ciudades: casarse en Bruselas ofendería a Amberes, y hacerlo en Amberes ofendería a Bruselas, a Gante y a Brujas. Una ciudad menor a medio camino pasaba más desapercibida.

Debía casarlos el obispo de Jaén, pero había muerto unos días antes. Según Zalama, murieron muchos españoles, que habían salido en agosto y se encontraron con lluvia y frío constantes. La propia Juana enfermó, y no debió de ser cosa menor, porque se pagaron 18.750 maravedís al médico y 4.500 al boticario. Aun así, el conferenciante adelanta que la naturaleza de esta mujer «era de piedra». Finalmente los casó el obispo de Astorga, Diego Ramírez de Villaescusa, que llegaría a ser un personaje muy importante.

Como argumento adicional contra la idea del amor apasionado, Zalama señala que la primera hija, Leonor, no nació hasta finales de 1498, dos años después del encuentro. Admite que probablemente el matrimonio se consumó, pero pregunta retóricamente de qué amor se habla. Muestra dos retratos de Leonor: uno juvenil y otro posterior, copia de Antonio Moro, que califica de casi aterrador. Dice que en esa época ya se retrataba teniendo presente al modelo. El segundo hijo, Carlos, nació en 1500. Zalama muestra un retrato suyo de hacia 1516 conservado en Brou, en Bourg-en-Bresse, donde está enterrada Margarita de Austria.

Los palacios de los duques de Borgoña

Los duques de Borgoña habían abandonado pronto Dijon, capital de Borgoña, en el este de Francia, para residir en Flandes y Brabante. Zalama precisa que Brabante era un ducado y Flandes un condado, de menor categoría, aunque se suele decir «Flandes» de forma genérica. No había un único palacio. Él lo atribuye probablemente a la necesidad de satisfacer la primacía que reclamaba cada ciudad.

En Bruselas estaba el palacio de Coudenberg, cuyo nombre traduce como «monte frío». Bromea con que frío puede que haga, pero el monte es la parte alta de la ciudad, unos 100 metros por encima de la Grand Place. Según explica, el palacio quedó arrasado en una incursión francesa. Estos palacios tenían dos plantas principales: la inferior era la del duque y la superior la de la duquesa. Solo las comunicaba una escalera angosta cerrada con llave, que únicamente podía abrirse desde la planta del príncipe. Él subía a ver a su esposa cuando lo consideraba oportuno. Zalama avisa de que este detalle tendrá su importancia. Los palacios eran lujosos y disponían de agua corriente y agua caliente, además de calefacción mediante un sistema semejante a las «glorias» de algunos pueblos, precursor de los suelos radiantes. Menciona también el Prinsenhof de Gante, del que solo queda media puerta y se conoce por una maqueta, y los de Brujas, Lille y Dijon, de los que apenas quedan restos.

Una cadena de muertes: Juan, Isabel y Miguel

La flota regresó en 1497 con Margarita de Austria. Ya a la ida algunos barcos habían encallado en bancos de arena y se perdieron objetos. Juan y Margarita se casaron, con una ceremonia final en la catedral de Burgos, y ella quedó embarazada. El 4 de octubre de 1497 el príncipe, enfermizo y aquejado de fiebres tercianas, murió en Salamanca. Quedaba la esperanza del hijo que esperaba Margarita. Zalama corrige una versión habitual: no fue un niño nacido muerto, sino un aborto.

La heredera pasó a ser la hermana mayor, Isabel, casada con Manuel I de Portugal. Por eso se la conoce como la «reina princesa» o «princesa reina». Según Zalama, los Reyes Católicos empezaron a ver entonces que Juana se acercaba a la herencia y enviaron a Flandes al dominico fray Tomás de Matienzo, superior del convento de Santa Cruz de Segovia, para entrevistarse con ella. A Juana no le gustó nada, porque lo vio como una especie de inquisidor.

En agosto de 1498 el problema se convirtió, en palabras del conferenciante, en «problemón». Isabel estaba en Zaragoza con Manuel I, a la espera de que las Cortes de Aragón los reconocieran como herederos, y murió a consecuencia del parto. Zalama explica que ante una hemorragia no había remedio y que la prioridad era siempre salvar al recién nacido. Nació el príncipe Miguel, a quien los Reyes Católicos se quedaron sin dejar que su padre se lo llevara a Portugal y protegieron al máximo. Miguel no llegó a cumplir dos años. Zalama muestra la cripta de la Capilla Real de Granada, donde se ven cinco féretros: los de los Reyes Católicos en el centro, los de Felipe y Juana y uno marcado con una «M», el del príncipe Miguel.

Una instrucción de 1495 que revela preocupación temprana

Antes de seguir, Zalama lee un documento que considera revelador. Isabel lo dictó en Alfaro en noviembre de 1495, cuando aún no se había cerrado el acuerdo matrimonial y Juana no conocía a Felipe. Es una instrucción a Diego de Vargas, encargado de las damas que servían a la infanta. Le ordena estar continuamente en el aposento de Juana y guardar a las damas. Nadie de la casa o de fuera podía entrar sin licencia de la reina, e incluso padres y hermanos de las damas necesitaban su permiso para hablar con ellas. Los porteros debían quedarse fuera, sin dejar entrar a nadie salvo al tesorero Mojica cuando fuera llamado para servir a la infanta. Además, no podían llevar «fablas» ni mensajes de nadie. Cualquier cosa debía comunicarse a la reina para que ella la mandase «remediar e castigar».

Zalama se pregunta qué estaba pasando en 1495. Su conclusión es que, antes incluso del matrimonio, la madre ya estaba tremendamente preocupada por lo que ocurría en el entorno de Juana.

1502: princesa heredera y el viaje a España

Con la muerte de Miguel, Juana se convirtió en princesa heredera de Castilla y Aragón. Los Reyes Católicos querían que viniera con su esposo, «en tanto que su legítimo esposo», para ser reconocidos por las Cortes de Castilla en Toledo y por las de Aragón en Zaragoza. Para Felipe fue como si le tocara la lotería. Zalama recuerda que Carlos el Temerario, de quien descendía Felipe, murió luchando contra los suizos sin haber logrado ser rey, porque el emperador Federico III no le concedió ese título. Felipe veía ahora la oportunidad de serlo. Zalama muestra una de las poquísimas firmas de Juana como princesa: «Yo la princesa».

La partida se retrasó por dos motivos. Juana estaba embarazada de su tercera hija, Isabel. Zalama muestra un díptico desaparecido hace años en circunstancias desconocidas, en el que Carlos y Fernando aparecen con el mismo rostro y las cuatro hijas (Leonor, Isabel, María, futura reina de Hungría, y Catalina) son iguales pero cada vez más pequeñas. Explica que en la tabla figura 1506 para Catalina, nacida en 1507, porque el año no empezaba el 1 de enero, sino el 1 o el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación. El segundo motivo era que Felipe no tenía dinero. Tuvo que pedirlo a las asambleas de sus territorios para no presentarse como «poco menos que un pobre hombre» después de la llegada espectacular de su esposa. Según Zalama, consiguió poco, pero al final vino.

Zalama sostiene que Felipe estaba convencido de que el rey debía ser él, por la ley sálica. Pone ejemplos franceses: Francisco I no habría debido reinar y lo hizo por casarse con Claudia, hija de Luis XII y Ana de Bretaña, y lo mismo ocurrió con Luis XII, que también llegó al trono por matrimonio.

Por Francia: el primer desencuentro

Primer choque con los Reyes Católicos: Felipe decidió viajar por tierra a través de Francia para rendir homenaje a su señor, el rey de Francia, puesto que Flandes era un condado vinculado a la corona francesa. En Blois se entrevistaron con Luis XII y Ana de Bretaña. Según las crónicas, Ana dio unas monedas a Juana para que hiciera una ofrenda, y Juana las rechazó porque aceptarlas era humillante: ya no era una simple condesa, sino la princesa de España. Felipe, en cambio, se arrodilló tres veces ante el rey.

Zalama aprovecha para matizar otro tópico, el de la «pobre Juana» sola en un país extraño. Juana llevó consigo una corte considerable de españoles y españolas. No sería igual que vivir con sus padres, dice, pero de sola, nada. En Blois se acordó además que el futuro Carlos V se casaría con Claudia, que acabaría casándose con su archienemigo Francisco I. Los compromisos se hacían y deshacían con facilidad, comenta Zalama, y bromea con que por eso Enrique VIII se preguntaría por qué a él no le deshacían el suyo.

Fiestas, robos y el falso mito de unos reyes pobres

Salieron a finales de 1501 y no entraron en España hasta comienzos de 1502, por Roncesvalles. En Burgos se alojaron en la Casa del Cordón, que Zalama muestra en una fotografía anterior a la muy inventiva restauración de Vicente Lampérez a comienzos del siglo XX. El cronista Antoine de Lalaing relata los recibimientos: entrada bajo palio, entrega de llaves a cambio del juramento de los privilegios, calles engalanadas con tapices. Hubo juegos de cañas, que según Zalama tenían poco de juego porque las cañas estaban muy afiladas y los accidentes eran continuos, y corridas de toros en las que el animal «se defendía como podía». Era, dice, un mundo bastante violento al que le encantaba todo esto.

En Valladolid, en el palacio del Almirante, donde hoy está el teatro Calderón y que conocemos por un dibujo de Valentín Carderera de 1836, hubo cenas ofrecidas por el almirante y por Felipe. Zalama explica que entonces se exhibían en aparadores las vajillas de plata sobredorada, algo que hoy parecería de pésimo gusto, y lo ilustra con una miniatura de las Muy ricas horas del duque de Berry. En Valladolid le robaron a Felipe un arca de joyas de oro. Apareció tras un interrogatorio que Zalama compara irónicamente con el «tercer grado».

La mala suerte siguió: antes de llegar a Toledo, Felipe cayó enfermo de sarampión en Olías y tuvo que detenerse. Finalmente las Cortes de Castilla, reunidas en Toledo, juraron a la pareja como herederos. Zalama subraya que en España no hay coronación: el rey se jura.

En Toledo se alojaron en casa de los marqueses de Moya, y las crónicas cuentan que los reyes vestían de negro. Según Zalama, de ambos datos se ha deducido que los Reyes Católicos eran poco menos que pobres, y lo rechaza. Muestra un tapiz de Isabel conservado en el Museo de Tapices de La Seo de Zaragoza, regalo del condestable y tasado en 150.000 maravedís pese a su pequeño tamaño, que Fernando adquirió en la almoneda de su esposa. Nadie en Europa tenía 300 tapices, recuerda. En cuanto al negro, acababa de llegar la noticia de la muerte de Arturo, príncipe de Gales y esposo de Catalina, la hija menor. Pero además, señala, los reyes en España vestían de negro con sedas carísimas precisamente para distinguirse de los nobles cargados de oro y terciopelo, como muestra el retrato de Felipe II. La propia Juana compró en Toledo cuatro de los llamados «paños de oro», hoy en Patrimonio Nacional, y otros de la Vida de la Virgen, de seda y lana, por 2.500 libras, unos 500.000 maravedís.

La Mota: el choque entre madre e hija

Tras la jura en Aragón, Felipe, que veía morir de forma extraña a miembros de su camarilla, decidió marcharse. Según Zalama, no tenía prisa por llegar a sus estados, pues se entretuvo largo tiempo en Saboya con su hermana. Lo que quería era irse de un lugar donde no veía las cosas claras. Juana quiso acompañarlo, pero estaba embarazada de Fernando, futuro emperador Fernando I, que nació en Alcalá de Henares. Los Reyes Católicos se negaron a que se moviera hasta dar a luz.

Tras el parto comenzó una verdadera lucha entre madre e hija. Juana ordenaba preparativos para partir, e Isabel la llevó a Medina del Campo. No la instaló en el palacio, del que era fácil salir, sino en el castillo de la Mota, al cuidado del obispo Juan Rodríguez de Fonseca, que dirigía la Casa de Contratación y era, según Zalama, riquísimo y nada pusilánime. Fonseca no pudo con ella: Juana se negó a moverse del cuerpo de guardia y permaneció allí. Zalama aclara que no estuvo desnuda, como a veces se ha dicho, sino mal vestida para una princesa. Isabel, ya muy enferma en Segovia, envió al arzobispo Cisneros, que tampoco pudo. Al final tuvo que cabalgar la propia reina hasta Medina.

La conversación debió de ser terrible, y se conoce porque Isabel se la contó a su embajador en Flandes, Gutierre Gómez de Fuensalida. La reina escribe que su hija le habló «tan reciamente palabras de tanto desacatamiento y tan fuera de lo que hija debe decir a su madre» que, si no hubiera visto la disposición en que estaba, no se lo habría consentido de ninguna manera. Zalama insiste en que se trataba de su madre, pero también de la reina. Cita después a Jerónimo Zurita, historiador aragonés muy bien informado, según el cual en esa ocasión se descubrió más la indisposición y demencia de la princesa, que antes no era tan pública. Zalama lo interpreta así: en petit comité se sabía que Juana tenía problemas serios, y a partir de entonces se supo públicamente. Finalmente Isabel la dejó ir. Zalama imagina, advirtiendo que es su suposición, que en el fondo pensó algo como «vete y no vuelvas».

De vuelta en Flandes: celos, violencia y el dossier de Felipe

Juana regresó por mar, retrasada por vientos desfavorables, y llegó a comienzos de 1504. Felipe no estaba. Juana montó en cólera y atacó a las damas de compañía, a quienes creía amantes de su marido. Zalama añade que probablemente lo eran. Que se sepa, Felipe no tuvo bastardos, pero a su bisabuelo Felipe el Bueno se le cuentan 19 o 20. Tener bastardos no estaba mal visto ni provocaba rechazo social: el llamado Gran Bastardo de Borgoña era un personaje principal en la corte de Felipe el Hermoso.

Zalama lee el relato de Pedro Mártir de Anglería: con el corazón lleno de rabia, rechinando los dientes, Juana la emprendió a golpes contra la dama sospechosa y ordenó cortarle al rape el cabello rubio que tanto agradaba a Felipe. Con el atizador de la chimenea golpeó a diestro y siniestro. Añade una anécdota. Felipe volvió de caza cojeando tras un accidente y se retiró a sus aposentos de la planta baja, la de la escalera con llave. Juana quería que subiera y pasó la noche golpeando el techo, no se sabe si con el atizador u otro objeto, para no dejarle dormir. Zalama advierte que en la siguiente sesión se verán cosas mucho peores.

Felipe, asustado, hizo según Zalama «la mayor tontería»: reunió todas estas andanzas en un dossier y se lo envió a los Reyes Católicos. A ellos no les descubría nada, porque ya conocían la salud mental de su hija, pero a Fernando le vendría muy bien más adelante. Las crónicas cuentan de todo: que no se lavaba, o que se lavaba continuamente e incluso el pelo todos los días, lo que entonces se consideraba una extravagancia.

El testamento de Isabel: una caja de Pandora

Isabel otorgó testamento el 12 de octubre de 1504, semanas antes de morir, a finales de ese mismo año. Zalama lo describe como una caja de Pandora. Juana era la heredera, con su marido «en tanto que su legítimo esposo». Pero el testamento añadía que si al morir la reina la princesa no estuviera en sus reinos, o tuviera que salir de ellos después de venir, o, estando en ellos, «no quisiere o no pudiere» entender en la gobernación, el rey Fernando gobernaría y administraría en su nombre. Zalama muestra que en el original «o no pudiere» está sobrescrito, añadido, y advierte que para cualquier abogado eso sería causa de impugnación.

La ambigüedad era enorme: la heredera era Juana, el testamento no hablaba de Felipe en esos supuestos y dejaba la gobernación a Fernando. Zalama lo resume así: desde 1504 hubo una reina, pero nunca hubo alguien que gobernara. Fernando quería mantener la gobernación de Castilla, Felipe quería ser rey de Castilla y nadie se preocupó de Juana. Según el conferenciante, aquel conflicto pudo haber desembocado en una guerra civil. Con esa pregunta abierta cierra la sesión y deja para la siguiente conferencia lo que ocurrió después.