Rocroi (1643): la batalla más allá del mito, según Enrique Martínez Ruiz
Fundación Juan MarchEn la quinta conferencia del ciclo Batallas de la Era de los Tercios, celebrada en la Fundación Juan March, el catedrático emérito de Historia Moderna de la Universidad Complutense Enrique Martínez Ruiz se propone revisar la batalla de Rocroi (1643). Su punto de partida es que se trata de un episodio muy controvertido, rodeado de distorsiones y exageraciones. En su opinión, se ha convertido en la prueba de las carencias españolas y en el supuesto origen de la decadencia de la Monarquía Hispánica. Su propósito declarado es exponer los datos para que el público pueda "sacar sus propias conclusiones" y valorar la batalla "en sus justos términos". Su tesis, que desarrolla a lo largo de la charla, es que Rocroi tuvo una incidencia militar prácticamente nula y que su fama se debe sobre todo a la propaganda francesa.
Una historia contada por los rivales
El conferenciante enmarca Rocroi en un fenómeno que, según él, afecta a muchos episodios de la historia de España: han sido tergiversados, confundidos u ocultados por los enemigos de la Monarquía Hispánica. Esos rivales, sostiene, trataban de rebajar la importancia de una monarquía con un despliegue "auténticamente mundial" y, a la vez, de magnificar su propia posición. A su juicio, la comparación era imposible por la enorme desproporción entre el despliegue español y el de las demás potencias.
En el caso de Rocroi, los franceses difundieron la imagen de una España eclipsada por la Francia de Luis XIV, y los ingleses y los holandeses la mantuvieron. Martínez Ruiz señala un factor añadido: se ha responsabilizado de la decadencia a los jefes militares españoles, presentados como incompetentes e incapaces de rivalizar con sus homólogos europeos. "Así nos lo contaron desde el siglo XIX y así nos lo hemos creído nosotros", afirma, y lamenta que nunca se haya revisado ese relato.
1635: la declaración de guerra francesa, sobrevalorada
El primer punto que revisa es la declaración de guerra de Francia en 1635. Muchos relatos le atribuyen una importancia excepcional, incluso determinante. El ponente reconoce que complicaba mucho la situación, porque sumaba un nuevo beligerante y multiplicaba los frentes. Recorre esos frentes con ayuda de un mapa. En el norte seguía abierto el de los Países Bajos españoles frente a las provincias sublevadas. Más al sur se añadía la frontera entre los Países Bajos españoles y Francia, y Francia atacaría además territorios del Imperio aliados de España. En los Pirineos se abría un frente nuevo, concentrado en los dos extremos de la cordillera, junto al Mediterráneo y junto al Cantábrico, porque por allí la penetración hacia el sur era más fácil.
En Lombardía, Francia logró un éxito importante ese mismo año al ocupar el valle de la Valtellina. Era un paso alpino clave del llamado Camino Español, la ruta que comunicaba las posesiones italianas con los Países Bajos. Además, según el ponente, Richelieu firmó con Suecia el tratado de Wismar, por el que Francia aumentaba sus subvenciones para que los suecos continuaran la guerra de los Treinta Años en el noreste del Sacro Imperio. Sobre el papel, la situación de la Monarquía parecía comprometida.
1635-1640: años de esperanza para la Monarquía Hispánica
Sin embargo, Martínez Ruiz sostiene que los años siguientes fueron claramente favorables a los ejércitos de Felipe IV. Se apoya en dos especialistas. Según el historiador italiano Davide Maffi, de la Universidad de Pavía, entre 1635 y 1639 hubo "grandes esperanzas" para la monarquía española. El británico David Parrott, por su parte, ha señalado que Francia no estaba bien preparada para enfrentarse con éxito a España. El ejército francés "modélico" y modernizado que describe la historiografía francesa, sobre todo la del siglo XIX, "no aparece" en esas campañas, afirma el ponente.
Para sostenerlo, enumera los hechos del periodo. En 1635 fracasó la penetración franco-holandesa en los Países Bajos españoles. En la retirada, los franceses saquearon ferozmente Tirlemont, lo que les valió la animadversión de sus propios aliados holandeses. Al año siguiente, los holandeses sufrieron una gran derrota en Kallo, una de las pocas batallas campales de la guerra de los Ochenta Años.
Dedica especial atención al cardenal-infante don Fernando, a quien muestra en el retrato de Rubens. Felipe IV lo envió como gobernador a los Países Bajos. En su camino desde Italia, en 1634, derrotó "en toda línea" a los suecos en Nördlingen, victoria que también plasmó Rubens. Después de la declaración de guerra francesa, invadió Francia con 18.000 hombres sin que los franceses pudieran detenerlo y llegó a conquistar Corbie, en Picardía. Allí tuvo que detenerse porque le faltaba una línea de abastecimiento y temía quedar aislado. Aun así, según el ponente, la invasión sembró el pánico en París, que temía la llegada de las tropas españolas, y el rey Luis XIII tuvo que reunir tropas de distintos puntos de Francia para frenar su avance. Dos años después, en Saint-Omer, los franceses volvieron a ser derrotados.
En Italia, la campaña francesa de 1635-1636 para conquistar el Milanesado terminó en fiasco. En la Valtellina, una sublevación de los católicos expulsó a los franceses. En los Pirineos, los franceses tomaron la fortaleza de Salses, pero el virrey de Cataluña, el conde de Santa Coloma, los desalojó poco después. En el otro extremo de la cordillera sufrieron un gran descalabro al intentar conquistar Fuenterrabía.
El ponente lamenta que nadie haya elogiado que la Monarquía se enfrentara, y venciera, a los tres ejércitos más alabados del siglo XVII: el francés, el holandés y el sueco. Recuerda que los Nassau (Mauricio y sus primos Luis y Juan), creadores del nuevo ejército holandés, no lograron ninguna victoria, y que Mauricio murió poco después de la rendición de Breda. Gustavo Adolfo, creador del nuevo ejército sueco, se apuntó éxitos importantes en Alemania, pero no el éxito rotundo que se le atribuye. Tras su muerte, los suecos fueron derrotados en Nördlingen.
1640, el verdadero año clave
¿Qué ocurrió para que ese ejército victorioso pareciera "desfondarse"? Para Martínez Ruiz, la respuesta está en las sublevaciones de Cataluña y Portugal de 1640. Con la catalana, el frente se desplazó, al menos teóricamente, de los Pirineos al valle del Ebro: "la guerra ya la tenemos en casa", algo que hasta entonces no había ocurrido. Con la portuguesa se activó toda la frontera, sobre todo en dos zonas de fácil comunicación entre ambos reinos, Badajoz y Ciudad Rodrigo, que el ponente señala como los escenarios principales del conflicto posterior.
Por eso considera que el año decisivo no es 1635, "ni muchísimo menos", sino 1640. Entre 1640 y 1646 la Monarquía atravesó grandes dificultades. En Flandes tuvo que ceder la iniciativa a franceses y holandeses, porque debía movilizar muchos recursos para los nuevos frentes. A esto se sumó la muerte del cardenal-infante en 1641. Le sucedió como gobernador don Francisco de Melo, el protagonista español de Rocroi.
El debate sobre la incompetencia de los mandos
Antes de narrar la batalla, el ponente aborda la tesis de la incompetencia de los mandos españoles. Toma como ejemplo a Fernando González de León, autor de The Road to Rocroi (2009), una ampliación de su tesis doctoral de 1992. Para Martínez Ruiz, ese libro es "la mejor demostración" de las inexactitudes y los apriorismos que aún pesan sobre la valoración de los militares españoles del siglo XVII.
Contrapone esa obra con la explicación clásica de la pérdida de la supremacía española en los Países Bajos, que atribuía el declive a tres factores. El primero, la crisis económica del siglo XVII, que golpeó más al sur que al norte. El segundo, la ruina de las finanzas por las sucesivas bancarrotas. El tercero, la crisis demográfica, con epidemias brutales, especialmente la de mediados de siglo; según el ponente, a finales del siglo XVII había menos españoles que a finales del XVI. González de León se aparta de esa explicación y culpa a unos mandos inferiores a los enemigos, fruto de una selección aristocrática que habría perjudicado la organización del ejército. Martínez Ruiz afirma que esta visión ha sido muy criticada por sus inexactitudes y por falta de investigación.
La tesis ha sido renovada recientemente por Geoffrey Parker. Según él, la meritocracia empezó a desmoronarse durante el largo gobierno del archiduque Alberto en Flandes. Lo peor habría ocurrido en la caballería: a medida que crecían los contingentes, sus mandos se entregaban a aristócratas que preferían servir a caballo. Parker exceptúa a Ambrosio Spínola.
El contrapunto, para el ponente, está en los hechos: España se mantuvo en los Países Bajos hasta bien entrado el siglo XVIII, entre 70 y 80 años más, luchando contra Luis XIV y contra los sublevados. "Esos mandos pues no serían tan malos", concluye. Admite, eso sí, que hubo ascensos sin la preparación adecuada, y cita precisamente a Melo, conde de Assumar. Era un diplomático portugués que en 1640 permaneció fiel a Felipe IV y que en 1641 fue nombrado gobernador y jefe del ejército de Flandes con solo dos campañas de experiencia militar. El ponente considera esa experiencia totalmente insuficiente para un cargo de tal responsabilidad.
Honnecourt (1642): la victoria olvidada de Melo
Cuando los franceses, aprovechando la sublevación catalana, tomaron Perpiñán y ocuparon el Rosellón, Felipe IV ordenó a Melo una maniobra de diversión: atacar el norte de Francia desde los Países Bajos. Melo tomó Lens, que se rindió en dos días, y luego La Bassée, que resistió algo menos de dos semanas. Tras esa rendición, el ejército francés que acudía a socorrerla renunció a combatir y se dividió. El conde de Harcourt, con 17.000 hombres, se retiró hacia el oeste, y el mariscal de Guiche, con 10.000, hacia el este. Melo se interpuso para impedir que se reunieran y persiguió al más débil.
A unos 12 kilómetros de Le Catelet, Guiche le presentó batalla junto a la abadía de Honnecourt, con el río Escalda y un puente a su espalda. Con un croquis, el ponente explica algunos errores franceses. Guiche confió la defensa de un bosque a sus tropas más bisoñas, pensando que era una buena posición defensiva, sin tener en cuenta que había sido muy clareado para obtener madera para los establos de la caballería. La artillería española, situada en una altura, pudo batir tanto el bosque como las trincheras de la infantería francesa. Bajo ese bombardeo, los franceses perdieron su artillería, la caballería cedió y la retirada, al principio ordenada, se convirtió en desbandada. Guiche estuvo a punto de caer prisionero.
El río se convirtió en una "trampa mortal": el puente no daba abasto, muchos soldados cayeron al agua y se ahogaron, y la caballería persiguió a los demás. Según las cifras que ofrece el ponente, murieron 3.200 franceses y fueron capturados 3.400, unos 400 de ellos oficiales. Melo se hizo con 500 carros, toda la artillería y las banderas. Guiche, según se cuenta, llegó dos días después a San Quintín y se reunió allí con unos 16 hombres de los 10.000 con que había empezado.
¿Debió Melo avanzar sobre Francia?
A partir de aquí, advierte el ponente, los relatos divergen, porque se valoran de forma distinta los hechos y las decisiones de los protagonistas. Insiste en que el resultado de una batalla no puede extrapolarse a toda la campaña: es el final de la campaña el que marca el éxito o el fracaso. Dice que se limitará a lo que consta con certeza.
A Melo se le reprochó no haber explotado la victoria. Para Martínez Ruiz, el reproche es injusto. Tras la batalla le llegaron noticias de tres amenazas: los holandeses movilizaban muchos efectivos en la frontera de los Países Bajos, un ejército francés que operaba en el arzobispado de Colonia parecía regresar hacia Francia, y el contingente de Harcourt podía volver para atacarle. Melo tuvo que dividir sus fuerzas en tres cuerpos y se quedó sin efectivos suficientes para adentrarse en Francia.
La aproximación a Rocroi
En la primavera de 1643, Melo volvió a entrar en Francia con el mismo objetivo: aliviar la presión francesa sobre Cataluña. Según el ponente, no tenía instrucciones concretas y eligió Rocroi, una plaza fuerte que podía servirle de base si había que continuar hacia París. Pensaba que no resistiría mucho un asedio. París, sin embargo, se movilizó y puso un ejército a las órdenes del duque de Enghien, de 22 años. Su nombramiento, según el ponente, sentó muy mal entre los militares franceses, que lo consideraban un joven sin experiencia para mandar 17.000 infantes y entre 6.000 y 8.000 jinetes. Melo tenía una fuerza similar y esperaba refuerzos desde Luxemburgo, al mando de Jean de Beck: unos 1.000 jinetes y 3.000 infantes.
El ponente muestra dos imágenes de Rocroi: una como la verían los hombres de Melo y otra de la plaza actual, con las fortificaciones que introdujo después Vauban. Subraya un error decisivo. Melo no tomó precauciones, entre otras cosas porque carecía de un buen tren de zapadores, y dejó sin guarnición un pequeño desfiladero que daba acceso a la llanura situada ante la plaza, un gran claro en el bosque. Enghien lo cruzó sin problemas y desplegó su ejército en el valle. Melo quedó entre la plaza que quería sitiar, a su espalda, y el ejército francés, delante.
Melo encargó el despliegue de las tropas al conde de Fontaine, que las dispuso de forma parecida a la francesa. Fontaine tenía 72 años, una edad muy avanzada para la época, y más de 50 años de servicio. Sufría un brutal ataque de gota y tenía que ser trasladado en una silla por cuatro hombres. El ponente lo describe como un militar experto que acabaría siendo víctima de la improvisación de las horas siguientes.
El desarrollo de la batalla: 18 y 19 de mayo
La batalla comenzó la tarde del 18 de mayo con un cañoneo en el que, según el ponente, los franceses llevaron la peor parte. La noche suspendió las operaciones. Muy temprano el 19, un explorador informó a Enghien de que los refuerzos de Beck estaban a menos de 20 kilómetros. Sus colaboradores le aconsejaban no librar una batalla formal, porque el resultado les parecía muy incierto. Pero Enghien temía que, con los refuerzos, la derrota francesa fuera previsible, así que decidió atacar por ambos flancos.
Ambos ejércitos tenían la artillería delante de la infantería. Los primeros ataques de la caballería francesa fueron rechazados: por la izquierda, por las tropas de Alburquerque, y por la derecha, por la caballería alsaciana de Isenburg, que contraatacó con dureza. Pusieron en fuga a la caballería francesa, se apoderaron de algunos cañones y provocaron la retirada desordenada de la infantería enemiga. Creyéndose vencedores, lanzaron los sombreros al aire, y los alsacianos desmontaron para saquear el campamento enemigo.
Para el ponente, ese fue el momento crucial. Melo debió ordenar a la infantería que avanzara y cargara contra lo que quedaba del ejército francés, pero la infantería española no se movió. Eso dio tiempo a Enghien para reorganizar su caballería y su infantería y volver al ataque. Los franceses sorprendieron a los alsacianos en pleno saqueo y "los masacraron literalmente". Después avanzaron por el centro y cargaron contra la infantería española, desbordada por la derecha. Con esa "hábil maniobra" de Enghien, los tercios españoles quedaron aislados. Los tercios italianos se agruparon y se retiraron en orden. Melo, que se había unido a ellos, dio la situación por perdida y se retiró con ellos. En el campo quedaron solo los cinco tercios españoles, agrupados en el centro.
Propaganda en imágenes
Martínez Ruiz muestra varias representaciones de la derrota. Dos se refieren a la muerte de Fontaine: una en plena batalla y otra, idealizada, en la que Enghien recorre victorioso el campo y ve la silla en la que era transportado el jefe español. El ponente subraya que la propaganda francesa exageró "hasta el límite" y que muchas ilustraciones son ficticias. Como ejemplo, presenta una "falsificación flagrante": un grabado en el que Enghien y su plana mayor persiguen a Melo. Según el ponente, esa escena nunca ocurrió, porque Enghien nunca estuvo en condiciones de alcanzar a Melo.
La resistencia del cuadro y la capitulación
Los tercios españoles formaron en cuadro, una formación defensiva habitual. El ponente considera que la escena de la película Alatriste refleja bastante bien la realidad. Enghien lanzó su caballería contra el cuadro y fue rechazada en la primera carga. En la segunda, las filas españolas se abrieron, sacaron cañones a primera línea y sus disparos desbarataron la carga. Enghien concentró entonces su artillería para batir el cuadro. Durante el bombardeo, tres de los cinco tercios quedaron destrozados y los supervivientes se reagruparon en dos. Siguieron resistiendo con la esperanza de que llegaran los refuerzos.
Enghien calculó que acabar con esa resistencia le exigiría más artillería, más tiempo y muchas bajas, así que ofreció la rendición según el procedimiento de los asedios: un emisario acompañado de un trompeta que anunciaba la apertura de negociaciones. El tercio de Garcíez aceptó las condiciones: sería repatriado a Fuenterrabía con sus armas y banderas. El otro, el del duque de Alburquerque, que tenía tres heridas y había perdido la nariz en el combate, decidió seguir resistiendo. Cuando comprobaron que la mayoría de los oficiales habían muerto, que casi todos estaban heridos y que ya solo les quedaban las picas, porque habían agotado la munición, aceptaron la capitulación. Esta vez solo se les respetaron la vida y las pertenencias, y tuvieron que entregar armas y banderas.
Según el ponente, esa resistencia quedó grabada en la memoria de Enghien y de los franceses. Lo ilustra con la oración fúnebre que pronunció Bossuet, el gran predicador de Luis XIV, al morir el duque unos 40 años después: "Quedaba esa temible infantería del ejército de España, cuyos grandes batallones cerrados, semejantes a torres, pero torres capaces de cerrar sus brechas, permanecían inconmovibles en medio de la derrota y abrían fuego en todas direcciones". Cierra este apartado con dos imágenes de esa resistencia: una de época y el cuadro de Ferrer-Dalmau.
Las cifras de la derrota
Según el ponente, las bajas españolas se conocen bien porque se recogieron en una relación en el momento de la capitulación. Los tercios tuvieron 1.000 muertos y 2.000 heridos. Las bajas totales españolas fueron 7.300, con 3.825 prisioneros. Se perdieron la impedimenta, los carros, las banderas y 40.000 escudos que llevaba el pagador para las tropas. Los franceses declararon al principio unos 2.000 heridos y otros tantos muertos, pero sin contar las víctimas de los primeros choques. Por eso, según el ponente, se calcula que sus bajas rondaron las 6.000 o 7.000, muy parecidas a las españolas. La diferencia estuvo en el número de prisioneros.
Por qué se celebró tanto la victoria
Martínez Ruiz explica que la victoria fue "muy cacareada" por dos motivos. El primero, que era la primera vez que se derrotaba a los tercios en campo abierto, cuando hasta entonces las victorias españolas se sucedían una tras otra. El segundo, que coincidió con la muerte de Luis XIII. Enghien había impedido que se comunicara a sus hombres para evitar efectos psicológicos negativos, y tras la victoria la noticia se difundió acompañada de la idea de un buen augurio: el nuevo reinado de Luis XIV, un niño de seis años bajo la regencia de su madre, empezaba con un triunfo sobre un enemigo al que hasta entonces no se había logrado vencer.
Las consecuencias: una batalla sin efectos estratégicos
La campaña continuó y los franceses se apuntaron algunos éxitos. Pero, según el ponente, al terminarla su ejército estaba prácticamente diezmado por las enfermedades, las penalidades, las bajas y la deserción. En cambio, seis o siete meses después de la derrota, el ejército de Flandes contaba, según sus datos, con 13.000 oficiales y 65.000 soldados, unos 77.000 efectivos en total, de los que 6.000 eran españoles. De ahí concluye que Rocroi no fue "la tumba de los tercios": estos siguieron siendo unidades distinguidas del ejército hasta principios del siglo XVIII, cuando Felipe V los disolvió y los sustituyó por regimientos.
Con estos datos, el ponente sostiene que la incidencia de Rocroi en las operaciones militares fue "prácticamente nula". No produjo cambios estratégicos ni tácticos, y los ejércitos franceses no obtuvieron las ventajas propias de una campaña triunfal: sus éxitos fueron limitados y se perdieron en movimientos de poca importancia. Por eso considera que la propaganda francesa magnificó unos resultados que no se correspondían con la realidad.
Para cerrar, en lugar de formular su propia valoración, que dice que el público ya puede imaginar, cita a Peter Wilson, autor de una voluminosa monografía sobre la guerra de los Treinta Años: Rocroi debe su lugar en la historia militar exclusivamente a la propaganda francesa, y sin esa mitificación habría sido sencillamente una más de las muchas batallas nada decisivas de la historia militar.
Y es un tema bastante controvertido porque ha sido objeto de una serie de distorsiones y de exageraciones y de matices que han confundido bastante la realidad de lo que pasó realmente en Rocroi. Y es que con esta batalla sucede lo que ha sucedido con muchos de los episodios de la historia de España, que han sido tergiversados, confundidos, ocultados en muchas ocasiones por los enemigos y rivales de la monarquía hispánica, tratando por un lado de disminuir la significación que en aquellos momentos había alcanzado la monarquía hispánica con un despliegue auténticamente mundial.
Eso querían ocultarlo, disminuirlo o por lo menos matizarlo a la baja siempre. Y por el contrario, lo que trataban también era de magnificar la posición que tenían sus enemigos en ese momento en el mundo. Pero la verdad es que la comparación era absolutamente imposible por la desproporción que existía entre el despliegue español y el despliegue, si podemos llamarlo así, de las otras potencias.
Bueno, pues con Rocroi ha sucedido una cosa como la que acabo de señalar. Se ha convertido la batalla en uno de los episodios con los que se quiere demostrar las carencias españolas, como si la batalla fuera ya el origen del declinar de la monarquía hispánica: una España que quedaba oscurecida por el relumbrar de Francia, de la Francia de Luis XIV, algo que los franceses difundieron a los cuatro vientos y que los ingleses y los holandeses, sobre todo, pues también continuaron sosteniendo en esa línea lo sucedido en Rocroi.
Sin embargo, en el caso de la batalla hay un factor añadido, y es que se responsabiliza de la decadencia española, como si la decadencia empezara justamente con esa batalla, se responsabiliza a los jefes militares españoles, de los que se dice que son auténticos incompetentes, que no pueden competir en solvencia profesional con sus rivales europeos y que justamente por esa incapacidad pues se produce ese resultado negativo de la derrota y la decadencia española.
Pues así nos lo contaron desde el siglo XIX y así nos lo hemos creído nosotros. Y en ningún momento se nos ocurrió tratar de revisar ese episodio, falto de una revisión como tantos otros de nuestra historia. Y yo lo que me propongo esta tarde ante ustedes, pues es hacer esa revisión con idea de tratar de cifrar en sus justos términos la realidad, es decir, lo sucedido entonces, y que a través de los datos que yo les pueda dar, pues que estén ustedes en condiciones de sacar sus propias conclusiones y ponderar esta batalla en sus justos términos.
Y voy a empezar por referirme a la declaración de guerra de Francia, una declaración que se produce en 1635 y en muchos relatos se le ha dado una importancia excepcional, excesiva, hasta determinante en muchos aspectos, sobre todo en los acontecimientos que se van a desarrollar en los años siguientes. Y sin embargo, cuando esos años los vemos con calma y reparamos en los hechos que suceden, pues nos vamos a encontrar con que son años en los que hay más sombras que luces para Francia, a pesar de que se presenta todo lo contrario.
Es cierto que la declaración de guerra pues complicaba bastante las cosas para la monarquía, porque es que significaba que entrara un nuevo beligerante contra ella y que se ampliaran sensiblemente los frentes en los que en ese momento estaba luchando la monarquía hispánica. Tenemos en el norte de los Países Bajos un frente aquí, entre lo que son los Países Bajos españoles y Holanda y las provincias que se han sublevado. Hay un frente en esa línea que es claramente perceptible en este punto. A ese frente se le añade más al sur otro que se desarrolla en la frontera entre los Países Bajos españoles y Francia. Además, Francia va a atacar algunos de los territorios europeos que son del imperio y que son, por tanto, aliados de España.
Por otro lado, en el sur de Francia y en el norte de España, en lo que es la frontera pirenaica, pues también se va a abrir un frente que antes no existía y que va a polarizarse sobre todo en los dos extremos, cerca del Mediterráneo y cerca del Cantábrico, en el Atlántico, porque son las zonas en donde la penetración hacia el sur, es decir, hacia España, es más fácil.
Y por si fuera poco también nos vamos a encontrar con otro frente en el de Lombardía, en donde Francia va a apuntarse un éxito importante porque en ese año en que declara la guerra va a conseguir ocupar el valle de la Valtelina. Es un valle en los Alpes que constituía uno de los mejores pasos hacia el norte de Europa. Constituía un paso fundamental en lo que era el camino español, el denominado Camino Español, que era el que marcaba las comunicaciones entre las posesiones españolas italianas y los Países Bajos.
Y además Richelieu, el todopoderoso ministro y valido francés, va a llegar a un acuerdo con Gustavo Adolfo de Suecia, el rey sueco. Firman un tratado, el tratado de Wismar, por el que Francia incrementaba las subvenciones y las ayudas que le daba a Suecia para que pudiera continuar la guerra en el centro de Europa, la guerra de los Treinta Años. De manera que se reactiva un frente, que es el que Suecia va a mantener abierto en los territorios del noreste del Sacro Imperio Romano Germánico.
Tal y como se planteaba la dinámica internacional en función de esa declaración de guerra de Francia a la monarquía hispánica, pues la situación parecía comprometida. Sin embargo, los años siguientes a 1635, a la declaración de guerra, esos años fueron claramente favorables a los ejércitos de nuestro rey Felipe IV. Y eso lo han puesto de relieve bastantes especialistas. Por ejemplo, Davide Maffi, un historiador italiano de la Universidad de Pavía, dijo que los años de 1635 a 1639 fueron unos años de grandes esperanzas para la monarquía española.
Y un inglés, David Parrott, ha señalado que Francia no estaba bien preparada en esos momentos para enfrentarse con posibilidades de éxito a la monarquía española, y habla de forma muy distinta, al referirse a la monarquía hispánica, de esos factores negativos que la historiografía francesa atribuye a la monarquía española.
Y sin embargo vemos que ese ejército francés bien preparado, modélico, muy modernizado de que habla la historiografía francesa, sobre todo la del siglo XIX, ese ejército no aparece en las campañas que se van a desarrollar en esos años, porque la realidad de los hechos es incuestionable. Entre 1635 y 1640, los esfuerzos españoles, económicos y de movilización de hombres, fueron realmente ingentes, extraordinarios, muy cuantiosos. De manera que las ofensivas francoholandesas apenas sí lograron nada porque se estrellaban con las unidades españolas.
Y además los franceses cosecharon un soberbio fracaso en 1635, cuando intentaron la penetración en los Países Bajos españoles: fueron rechazados y se ganaron pues la animadversión de los mismos holandeses, porque en la retirada los franceses sometieron a la ciudad de Tirlemont a un feroz saqueo. Y al año siguiente los mismos holandeses van a ser derrotados en la batalla de Kallo. Esta es una de las pocas batallas campales que hubo durante la guerra de los Ochenta Años y aquí los holandeses recibieron un soberano correctivo y una gran derrota.
Y luego tenemos a un personaje realmente singular y extraordinario. Es este personaje que está aquí retratado por Rubens, el cardenal infante don Fernando. Se puso al frente de los ejércitos españoles. Fue destinado por Felipe IV a los Países Bajos como gobernador o capitán general. Y antes de llegar a los Países Bajos, con el ejército con el que subía desde Italia, se enfrentó a los suecos en la batalla de Nördlingen y ahí los suecos fueron derrotados en toda línea por el cardenal infante. El éxito de la batalla pues fue reflejado, como ven en el cuadro, por Rubens.
Pero es que esto ocurría en 1634. Dos años después, un año después de la declaración de la guerra por Francia, el cardenal infante invadió Francia con 18.000 hombres sin que los franceses fueran capaces de detenerlo. Llegó hasta conquistar Corbie, en Picardía, y allí se tuvo que detener porque le faltó una línea de abastecimiento y no pudo seguir progresando por temor a quedar aislado. Pero la invasión que protagoniza con sus hombres sembró el pánico en París. Temían los franceses que las tropas españolas pudieran llegar a París. Luis XIII, el rey, tuvo que empezar a reunir tropas de distintos lugares de Francia y enviarlas hacia la zona de Corbie para tratar de impedir que la progresión del infante don Fernando siguiera adelante.
Y dos años después, en Saint-Omer, los franceses vuelven a ser derrotados en toda línea por las tropas españolas.
En Italia, ese es uno de los frentes de los que hablábamos, el frente de Lombardía, en Italia las cosas tampoco iban bien para Francia. La campaña que pretendían los franceses desarrollar en el Milanesado para conquistarlo, pues acabó en un soberano fracaso. La campaña de 1635 y 1636 fue un fiasco porque las tropas españolas destacadas en el Milanesado la rechazaron. Además, en la Valtelina, ese valle que habían ocupado los franceses con la idea de cortar la comunicación española entre Italia y los Países Bajos, en la Valtelina se produjo una sublevación de los católicos y expulsaron también de allí a los franceses.
En la guerra pirenaica, aquí en la península, ya intentaron los franceses penetrar por los dos lados de los Pirineos. En la zona del Mediterráneo, pues se apoderaron de la fortaleza de Salses, pero van a ser desalojados al poco tiempo por el virrey, el conde de Santa Coloma, el virrey de Cataluña. Y también cuando intentan conquistar Fuenterrabía, en el otro extremo de la cordillera, pues van a sufrir un gran descalabro por las tropas españolas.
En definitiva, como vemos, desde 1635 hasta 1640, ese ejército francés modélico, bien preparado, disciplinado, ese ejército del que nos habla con unos términos muy elogiosos la historiografía francesa, en estos años no aparece por ningún lado. En todos los frentes en donde interviene está cosechando derrotas o por lo menos no consigue los triunfos que esperaba, ni muchísimo menos.
Y frente a esta realidad pues no ha merecido ninguna consideración laudatoria. No se ha alabado el que la monarquía española se enfrente a los tres ejércitos que más han sido alabados a lo largo del siglo XVII y durante la guerra de los Treinta Años, como son el ejército francés, el ejército holandés y el ejército sueco. La monarquía se enfrenta a los tres y a los tres los derrota.
Se ha ponderado mucho las excelencias de los Nassau, los príncipes de Nassau, Mauricio y luego sus primos Luis y Juan, que son los creadores del nuevo ejército holandés. No logran obtener ninguna victoria y poco después de la rendición de Breda muere Mauricio, el más importante de ellos. También se ha ponderado mucho la figura de Gustavo Adolfo de Suecia, el creador del nuevo ejército sueco. Bueno, pues fue derrotado en Nördlingen cuando ya había muerto Gustavo Adolfo, que tampoco consiguió el éxito rotundo que se pretendía, aunque sí se apuntó algunos éxitos importantes en Alemania.
En 1640 se va a producir un giro que hace que ese ejército que está venciendo al ejército francés, que ha vencido al sueco, que ha vencido al holandés, que ese ejército parece como si perdiera algunos de sus resortes y que la situación cambiara. ¿Qué pasa en 1640 para que la monarquía hispánica parezca desfondarse? Pues desde mi punto de vista, en ese año se produce la sublevación catalana y la sublevación portuguesa. Y eso significa la apertura de nuevos frentes para la monarquía, aparte de los que ya tenía abiertos.
Pues en el caso de la sublevación catalana, el frente parece desplazarse, por lo menos teóricamente, desde los Pirineos hasta el valle del Ebro, con lo cual, pues la guerra ya la tenemos en casa, algo que hasta ese momento no se había producido. Y por otro lado, en el caso de la sublevación portuguesa, todo lo que es la frontera va a dinamizarse como consecuencia del estado de guerra que se genera. Y hay dos zonas, que son las dos zonas que están marcadas en el mapa con las flechas, dos zonas que son los escenarios principales por donde va a discurrir el conflicto en el futuro. Una es la zona de Badajoz, que es uno de los espacios por donde más fácilmente se comunican los dos reinos. Y el otro espacio es al norte, por Ciudad Rodrigo, que también es una de las zonas en donde la comunicación entre los dos países, entre las dos monarquías, era más fácil.
Por esto, por lo que supone la nueva apertura de estos frentes y por las consecuencias que esa apertura va a tener, es por lo que desde mi punto de vista el año clave no es 1635, ni muchísimo menos, el año de la declaración de guerra de Francia. El año importante, el año clave en el desarrollo de la guerra es precisamente 1640, que es el momento en que se producen esas dos sublevaciones y cuando se vuelven a magnificar los frentes que tiene que asumir la monarquía hispánica.
Y desde 1640 hasta 1646 se van a desarrollar unos años que tienen grandes dificultades para la monarquía hispánica. En Flandes van a tener que dejar los ejércitos españoles la iniciativa a los franceses y a los holandeses por la cantidad de recursos militares que hay que movilizar para atender a estos nuevos frentes y para atender a la guerra en casa, que hasta ese momento no la habíamos tenido. Además, en 1641 muere el cardenal infante y le va a suceder como gobernador don Francisco de Melo, un portugués al servicio de Felipe IV, que será quien dirija el ejército de la monarquía hispánica en Rocroi.
Y de esta manera nos aparece en primer plano un personaje con el que nos vamos a tener que mover el resto de la tarde, como consecuencia de que va a ser el máximo protagonista por parte española de lo que sucede en Rocroi. Por eso quizás también ahora sea el momento de hablar, aunque sea una cosa breve, de la otra cuestión que señala la historiografía extranjera y a la que me refería hace un momento cuando empezaba a hablar, y es la incompetencia de los mandos militares españoles, a los que se les considera incapaces de competir con los mandos militares extranjeros, unos mandos extranjeros mucho más preparados, mucho más eficaces. Por eso esos mandos extranjeros son capaces de derrotar a los nuestros e imponerse en el campo de batalla.
Se recuerdan pues esas excelencias de estos personajes que les citaba hace un momento, los Nassau, Gustavo Adolfo, en fin, y de los nuestros es mejor no hablar. Lo que escribió hace unos años Fernando González de León, escribió en el 2009 un libro, «En el camino de Rocroi» se titula el libro. Era una especie de ampliación de su tesis doctoral, que había leído en el año 92, en 1992. Pues lo que escribe este personaje es la mejor demostración de las inexactitudes y los apriorismos recientes que imperan todavía en la ponderación, en la valoración de lo que supuso el elenco militar español del siglo XVII, y que supone una visión completamente distinta de lo que venía siendo la interpretación clásica de la pérdida española de la supremacía en los Países Bajos.
La explicación clásica dice que esa pérdida de la supremacía española se produjo como consecuencia de la coyuntura económica, el cambio de la coyuntura económica. El siglo XVII es un siglo de crisis económica y España la soporta de una manera muy directa. Incidió más en el sur que en el norte. También se explica por la ruina de las finanzas estatales como consecuencia de las bancarrotas, que van minando los recursos y la capacidad de gestión de la monarquía. Y por supuesto por la crisis demográfica. Las epidemias son brutales; la de mediados de siglo es tremenda, y a lo largo del siglo XVII la demografía española no aumenta, al contrario, experimenta un ligero retroceso. A finales del siglo XVII había menos españoles que a finales del siglo XVI. No se había progresado en nada. Bueno, pues la explicación
que utiliza este historiador que les citaba, pues dista mucho de esta versión clásica. Él atribuye la decadencia, la derrota, esa pérdida de la supremacía, a que los mandos militares españoles están muy por debajo de los mandos militares enemigos, que además de su incapacidad profesional, pues se produce una mala selección en los mandos; es una selección aristocrática que no reporta ningún beneficio a lo que es la estructura militar, a los cuadros de la estructura militar. Al contrario, lo que hace es provocar ciertos desencantos y además el que tuviera unas nefastas repercusiones en lo que era la organización del ejército. Y precisamente esa mala selección, esa incapacidad es lo que lleva a la monarquía al desastre.
Esta visión pues ha sido muy criticada por las inexactitudes que tiene y por las carencias de investigación para llegar a este tipo de conclusiones. Pero sin embargo, esta visión ha sido renovada recientemente por Geoffrey Parker, que dice que la meritocracia, es decir, el que se ascendiera por méritos, el que se tuviera en cuenta la valía personal para la ascensión dentro de los cuadros militares, la meritocracia en definitiva, empezó a desmoronarse durante el largo mandato del archiduque Alberto en Flandes. Dice que lo peor ocurrió en la caballería, en donde a medida que se incrementaban los contingentes, los mandos de las unidades se los daban a aristócratas que preferían servir a caballo en lugar de a pie. Y es cierto que Parker salva a Ambrosio Spínola, considera que es la gran excepción que se produce en el panorama militar español en esos momentos.
Bueno, pues quizás el contrapunto a esta tesis está pues en la realidad de los hechos, porque a pesar de esa incapacidad que se le atribuye a nuestros mandos militares, lo cierto es que España se mantiene en los Países Bajos hasta bien iniciado el siglo XVII, 70 u 80 años. Después de la situación esta que se está señalando, España seguía todavía en Flandes. Entonces, esos mandos pues no serían tan malos como parece cuando fueron capaces de mantener la presencia española luchando contra Luis XIV y contra los sublevados.
Es cierto que hubo casos de ascenso militar sin la preparación adecuada y uno de esos casos es precisamente este, don Francisco de Melo, el conde de Assumar. Les decía hace un momento que era un diplomático portugués que cuando se produjo la sublevación de Portugal, esa de 1640, él prefirió mantenerse al servicio de Felipe IV y siguió sirviendo a la monarquía hasta que en 1641, cuando muere el cardenal infante don Fernando, a él se le nombra gobernador de Flandes y jefe del ejército que estaba destacado en aquellos territorios. Y ese nombramiento lo recibe cuando solamente tenía dos campañas de experiencia militar, totalmente insuficiente para asumir un cargo de la responsabilidad militar como era la gobernación de los Países Bajos. Pues este hombre será el que dirija al ejército español en la batalla de Rocroi.
En Cataluña, los franceses, aprovechando la sublevación, conquistaron Perpiñán y ocuparon el Rosellón. Cuando Felipe IV comprobó la penetración de los franceses en esa zona, le ordenó a Melo que organizara un ejército que actuara como una especie de maniobra de diversión y que atacara por el norte de Francia, penetrando desde los Países Bajos españoles.
Y Melo reunió un ejército. Con ese ejército se dirigió en territorio francés primero hacia Lens, una ciudad fortificada que se rindió en dos días, y una vez que se rindió Lens, entonces se dirigió contra La Bassée, que es otra plaza, otra fortificación que estaba relativamente cerca de Lens. Cercó La Bassée, la nueva ciudad cercada se rindió en poco menos de dos semanas y su rendición hizo que el ejército francés que se encaminaba hacia la ciudad para rechazar a los españoles y liberarla no se decidiera a trabar la batalla. De forma que el duque de Harcourt por un lado y el mariscal de Guiche por otro, cuando se enteraron de que La Bassée se había rendido, no se decidieron a atacar y decidieron retirarse. Harcourt se retiró hacia el oeste buscando las playas de Bretaña, mientras que Guiche se retiró hacia el este adentrándose en la campiña francesa.
Al ver esos movimientos de los franceses, Melo situó su ejército de forma que no pudieran volver a unirse esos dos contingentes franceses y decidió perseguir y atacar al que en esos momentos era más débil, porque Harcourt tenía 17.000 hombres, mientras que Guiche solamente tenía 10.000. En la retirada de Guiche, cuando estaba a 12 km de la plaza hacia la que se dirigía, que era Le Catelet, pues decidió presentarle batalla al ejército español, de manera que estableció sus tropas entre la abadía de Honnecourt, la ven en el extremo de la derecha de ese croquis, y a espaldas de esa abadía y de las posiciones francesas estaba el río Escalda y había un puente que le permitía vadear la corriente y poder pasar al otro lado.
Bueno, allí se presentó el ejército de Melo y la distribución que están viendo ahí en el croquis de la batalla pues es bastante precisa. Hay algunas cuestiones en esa distribución que conviene señalar. Por lo pronto, esta zona la protegió Guiche colocando las tropas más bisoñas que tenía, las menos experimentadas. Consideraba que ese reducto boscoso podía ser una buena posición defensiva. No tuvo en cuenta que ese bosque había sido muy clareado porque se habían cortado muchísimos árboles para utilizarlos para establos de la caballería. También situó su infantería en lo que iba a ser el choque o la línea que iba a chocar primero con las tropas españolas. Como ven, las tropas españolas son las rojas, mientras que las francesas son las azules.
Y la artillería española, situada en una altura del terreno, pues estaba en condiciones de poder batir por encima de las posiciones españolas, poder batir tanto el bosque, que en un momento inicial se convirtió también en un punto de referencia para la caballería, como las trincheras que había levantado la infantería en lo que pensaba que iba a ser la línea de choque con los españoles. Aquí estaba la artillería francesa que, como consecuencia del bombardeo constante de la artillería española y los ataques que van a sufrir, la pierden, y la infantería francesa se desmorona al ver que tampoco la caballería podía resistir. Había sufrido un castigo muy duro por la artillería y empezó a retirarse, y lo que empezó como una retirada más o menos controlada acabó en una retirada sin control de ningún tipo, completamente desorganizada y abandonando el campo. Guiche estuvo a punto de caer prisionero. Las bajas francesas fueron muy estrepitosas.
Aquí tenemos una imagen de la batalla en donde se ve más o menos la distribución que acabábamos de ver en el croquis. Aquí tenemos la posición española en una especie de arco frente a los franceses, que estaban en esta otra, apoyados en lo que era la abadía y con el río a su espalda. Bueno, pues el río se convirtió en una trampa mortal, porque muchos de ellos, cuando trataban de pasar por el puente, no había cabida para la afluencia. Muchos cayeron al agua, murieron ahogados, otros fueron perseguidos por la caballería y el desastre fue completo.
Se calcula que murieron 3200 franceses y que quedaron prisioneros 3400, una cifra, como ven, altísima. De esos 3400, 400 prácticamente eran oficiales. Y el botín que consiguió el ejército de Melo en esta ocasión pues fue muy cuantioso, porque consiguieron 500 carros con toda la impedimenta que llevaba Guiche y además de eso pues toda la artillería, las banderas, en fin, todos los recursos del ejército. Parece que Guiche, dos días después de la batalla, cuando llegó a la ciudad de San Quintín y permaneció allí unas jornadas, pues se reunió con unos 16 hombres de los 10.000 que llevaba al comienzo de la batalla. De manera que ese fue el balance para los franceses de la batalla de Honnecourt: una pérdida sustantiva y 16 supervivientes.
Y a partir de aquí es donde comienzan las diferencias en el relato de la continuación de la campaña, porque no se puede utilizar el resultado de una batalla para extrapolarlo al conjunto de la campaña. Es el final de la campaña el que marca el éxito o el fracaso. Pues a partir de aquí, de esta batalla, comienzan las diferencias en el relato de las siguientes operaciones. Esas diferencias en unos casos se deben a que se hacen apreciaciones distintas de los hechos que se van sucediendo. También se deben a que se hacen valoraciones diferentes de las decisiones que toman los principales personajes. Yo lo que voy a hacer va a ser sencillamente relatarles aquellas cuestiones de las que realmente hay certeza fidedigna, en donde no cabe ni la opinión ni la tergiversación, sino tal y como nos consta que discurrieron los hechos, y eso ha provocado evidentemente una revisión de todo lo que sucede a continuación.
Y lo primero que se hizo fue reprocharle a Melo que no se moviera, que no actuara después de la batalla. Y en este caso, pues la verdad es que esos reproches no los merece, porque se encontró con una situación bastante complicada. Después del éxito de la batalla, le llegan noticias de que en la frontera con los Países Bajos los holandeses están movilizando gran cantidad de efectivos. Entonces tiene que destinar una parte de sus fuerzas al control que pueda originarse en la zona a raíz de los movimientos que puedan tomar los holandeses. También le llegan noticias de que en el arzobispado de Colonia, en Alemania, hay un ejército francés que está actuando y que parece que va a volver hacia Francia al tener noticias de lo ocurrido en Honnecourt, de manera que otra parte de sus efectivos tiene que destinarlos a controlar esos movimientos de los franceses en previsión de posibles complicaciones futuras. Y tampoco puede perder de vista el otro contingente francés, el de Harcourt, por temor a que efectivamente vuelva y le ataque. De manera que Melo tiene que dividir sus fuerzas en tres cuerpos de ejército distintos y eso le dejaba sin efectivos suficientes para poder penetrar en Francia y continuar la penetración en Francia. Por eso estas imputaciones que se le han hecho pues no las merece realmente.
Y poco después va a tener que volver Melo, al año siguiente, en la primavera de 1643, va a tener que volver a penetrar en Francia por la misma razón, para distraer a los franceses de la presión que estaban desarrollando en Cataluña. Y en esta ocasión no tenía unas instrucciones concretas y él se va a dirigir a Rocroi, una plaza fortificada que pensaba que podía ser una base de operaciones buena si hubiera que continuar la penetración en Francia hacia París. Ahí se va a encontrar con una plaza fuerte. Él piensa que no iba a soportar un asedio durante mucho tiempo, pero lo cierto es que en cuanto él penetra en Francia nuevamente, París se moviliza, prepara un ejército que pone a las órdenes de este personaje, del duque de Enghien.
Era un muchacho joven de 22 años. Su designación sentó muy mal en la clase militar francesa porque consideraban que era un joven sin experiencia ninguna y que no tenía capacidad para dirigir un contingente que estaba compuesto por 17.000 hombres de a pie, 17.000 infantes, y por un número de caballería entre los 6000 y los 8000. Melo tenía un número de soldados similar al del francés, pero esperaba unos refuerzos de Luxemburgo, que se los llevaría Jean de Beck, que iba a ser un refuerzo de unos 1000 hombres a caballo y 3000 a pie, y él consideró que estaba en condiciones de poder enfrentar el asedio y la conquista de la plaza de Rocroi.
Ahí tienen dos imágenes. La de la izquierda pues es la imagen tal y como vería el ejército de Melo la plaza que se disponían a asaltar y a conquistar. La imagen de la derecha es la imagen actual de Rocroi, en donde están las innovaciones defensivas que introdujo Vauban, el gran arquitecto militar de Luis XIV, y que la convirtieron pues en esa plaza fortificada, amurallada, que es actualmente.
Cuando se aproximó a Rocroi, Melo no tomó precauciones, no tenía además un tren bueno de zapadores y no tomó precauciones, por lo que dejó sin proteger y sin guarnecer un pequeño desfiladero que, una vez que se pasaba, pues se desembocaba en la llanura que había delante de la plaza de Rocroi, en un claro bastante grande del bosque que circundaba toda la zona. Pues bien, Enghien pudo entrar en ese claro del bosque porque pudo atravesar el desfiladero sin ningún problema al no estar protegido y distribuyó su ejército en el valle. De forma que Melo se encontró a su espalda la plaza que quería cercar y por delante al ejército francés.
Bueno, este pues es uno de los cuadros de la batalla. Estamos viendo a Enghien aquí en primer término, en caballo blanco, vestido de azul. Está recibiendo informes de lo que sucede en el valle, en ese valle que es donde se van a situar los dos contingentes, el francés y el español. Melo decidió que el conde de Fontaine debería ser el que distribuyera las tropas españolas en la batalla. Y Fontaine lo que hizo fue darle una disposición parecida a la que había establecido el duque de Enghien de sus tropas. Como ven en la imagen, este conde no estaba para muchas bromas y tenía un brutal ataque de gota que le impedía moverse y tenía que ser trasladado en esa silla, llevado por cuatro de sus hombres. Además tenía 72 años; para la época era una edad bastante avanzada, pero era un militar experto porque tenía más de 50 años de servicio, pero va a ser objeto y va a ser víctima de la improvisación que se va a producir en los momentos siguientes.
Al principio, la batalla empieza el 18 de mayo por la tarde con un cañoneo entre las dos fuerzas. Los franceses en este caso llevaron la peor parte y cuando llega la noche pues las operaciones se suspenden. Pero empezaron al día siguiente, el 19, muy de mañana, porque llegó un explorador francés y le dijo a Enghien que los refuerzos españoles, los de Beck, los que iban desde Luxemburgo, estaban a menos de 20 km de la zona donde se encontraban los dos ejércitos. Los colaboradores de Enghien le aconsejaban que no trabara una batalla abierta y formal con las tropas españolas porque pensaban que su resultado iba a ser muy aleatorio. Pero sin embargo, Enghien, por temor a que llegaran esos refuerzos y que entonces el resultado de la batalla sí sería previsible, adverso para las tropas francesas, decidió atacar y lo hizo por los dos flancos.
Las tropas francesas son las azules, nosotros somos los rojos. Tenemos la artillería en la línea frontal de la infantería, en una disposición similar a la que tienen también los franceses, en donde la artillería la tienen delante de la infantería nosotros y también ellos. Bueno, pues los ataques iniciales de los franceses se producen por los lados, por la caballería, pero la caballería va a ser rechazada tanto a la izquierda por las tropas de Alburquerque como por la derecha por las tropas alsacianas de Isenburg, que producen un ataque muy directo, muy duro. Ponen en fuga a la caballería francesa, se apoderan de algunas de las piezas de artillería y la infantería francesa se retira desordenadamente de sus posiciones. Y cuando ven que se retiran las tropas españolas, piensan que han conseguido la victoria, lanzan sus sombreros al aire en señal de victoria y la caballería alsaciana desmonta y se dedica a saquear el campamento enemigo.
Y ese es el momento crucial de la batalla. Melo tenía que haberle ordenado a la infantería que hubiera avanzado y que hubiera cargado con lo que quedaba de la estructura del ejército francés. Pero sin embargo, la infantería española no se movió y eso le dio tiempo a Enghien a organizar la caballería y la infantería y ponerlas en disposición de
volver nuevamente al ataque, que fue lo que hicieron. Y entonces se encontraron en el inicio de ese segundo ataque a esos alsacianos desmontados en pleno saqueo. Los masacraron literalmente, con lo que la caballería pudo seguir hacia delante por la parte central. Y eso les lleva a cargar directamente contra la infantería española, que se ve desbordada por la derecha, por una parte de la caballería.
Los tercios españoles, por esa hábil maniobra de Enghien, se ven aislados del resto de la fuerza. Los tercios italianos se agrupan y empiezan una retirada ordenada. Melo, que se había unido a ellos al ver la recuperación de los ataques franceses, considera que la situación está perdida y, al tiempo que se retiran los tercios italianos, Melo se retira con ellos, y llega un momento en que en el lugar de la batalla solamente quedan los 5 tercios españoles.
Se agrupan en el centro. Están viendo el resultado de la batalla. Hay muchas imágenes de la derrota de Rocroi. Yo he seleccionado estas dos, que se refieren a la muerte de Fontaine. Una es en plena batalla y la otra es una idealización del final de la batalla, en donde Enghien, victorioso y a caballo, recorre el campo de batalla y ve la silla en donde era transportado el jefe español, y su muerte.
El resultado de la batalla fue realmente demoledor para el ejército español. En esa derrota, la propaganda francesa exageró hasta el límite. Y entre esas ilustraciones que se hicieron de la victoria, hay muchas que son completamente ficticias. Esta, por ejemplo, es una de las que yo he seleccionado porque es realmente una falsificación flagrante. Esa escena no se produjo nunca. Tenemos en el centro de la imagen a Enghien, que está persiguiendo al general español, a Melo, que está a la derecha, en primer término, en el ángulo inferior de la imagen. Este es Melo, este es Enghien y estos son los caballeros de su plana mayor. Bueno, pues esta imagen no se produjo nunca; en general, nunca estuvo en condiciones de poder alcanzar a Melo.
Como decía, después de la retirada, los tercios españoles formaron el cuadro, que era una de las formaciones defensivas habituales en la táctica militar. Y esta imagen, que pertenece a la película de Alatriste, los que la hayan visto la recordarán fácilmente, responde bastante bien a la realidad.
Bueno, pues Enghien lanzó contra esa formación a la caballería francesa, que fue rechazada en la primera carga que hicieron y en la segunda, porque las filas de los españoles se abrieron, sacaron los cañones a la primera fila y los disparos de esos cañones desbarataron por completo las cargas de la caballería francesa.
Entonces, Enghien decidió que había que batir ese reducto por medio de la artillería. Así que concentró la artillería francesa y empezó a bombardear a la formación española. En el transcurso del bombardeo, los españoles se dieron cuenta de que de los cinco tercios, tres habían quedado completamente destrozados. Así que se reunieron en dos y continuaron la resistencia sin aceptar que prácticamente la batalla estaba decidida. En el fondo esperaban que la llegada de los refuerzos permitiera recuperar un poco la situación.
Enghien pensó que para batir lo que quedaba de la resistencia española necesitaba más artillería, iba a necesitar más tiempo y le iba a costar muchos hombres. Entonces le ofreció una posibilidad de rendirse y lo hizo como se hacía cuando se había asediado una ciudad y se le pedía que se entregara. Es decir, iba un emisario acompañado de un trompeta. El de la trompeta era el que, al aproximarse a la ciudad, en este caso al cuadro español, hacía sonar el instrumento que llevaba, anunciando que se abría una negociación.
Bueno, pues de los dos tercios que sobrevivían, el de Garcíez sí aceptó las condiciones ofrecidas, que eran el ser repatriados a Fuenterrabía y que llevarían sus banderas y sus armas. Pero el otro, el del duque de Alburquerque, que tenía tres heridas y, entre otras, ya no tenía la nariz, la había perdido en el combate, ese decidió aguantar en una última capacidad de resistencia, pero fue inútil. Y cuando se convencieron de que la mayoría de los oficiales estaban muertos, la mayoría de ellos heridos, no tenían ya más armas que las picas porque habían agotado las municiones de las armas de fuego, entonces sí aceptaron la capitulación, no en las mismas condiciones que sus compatriotas. A estos lo único que se les respetó fueron su vida y sus pertenencias, pero tuvieron que entregar las armas y las banderas.
Bueno, pues así acababa la batalla de Rocroi, y esa resistencia de las fuerzas españolas permaneció indeleble en la mente de Enghien y en la mente de los franceses. Porque cuando el duque murió, 40 años después, Bossuet, el gran orador francés, el gran predicador de Luis XIV, hizo el responso en el funeral y dijo: "Quedaba esa temible infantería del ejército de España, cuyos grandes batallones cerrados, semejantes a torres, pero torres capaces de cerrar sus brechas, permanecían inconmovibles en medio de la derrota y abrían fuego en todas direcciones".
Bueno, pues esa resistencia ha sido testimoniada largamente desde entonces y hasta nuestros días. Yo he seleccionado también dos de esas imágenes. La de la izquierda, más bien de época, está apuntando más o menos al cuadro, y la de la derecha, me imagino que muchos de ustedes conocerán el cuadro, es el de Ferrer-Dalmau, que tiene como tema precisamente la resistencia de los españoles en aquellos momentos.
Las bajas del ejército español se conocen perfectamente porque fueron reflejadas en una relación en el momento de la capitulación, de la rendición. Los tercios tuvieron 1.000 muertos y 2.000 heridos, pero las bajas totales de las tropas españolas fueron 7.300 y quedaron prisioneros 3.825. Se perdió toda la impedimenta, los carros, las banderas y hasta 40.000 escudos que llevaba el pagador para pagar a las tropas.
Los franceses declararon al principio que habían tenido 2.000 heridos y otros tantos muertos, pero no habían contabilizado las víctimas que se produjeron al principio. Por eso se calcula que los franceses tuvieron también unas bajas en torno a los 6.000 o 7.000 hombres. Como ven, unas bajas muy parecidas a las españolas. La diferencia está en el número de prisioneros que hicieron de las tropas españolas.
La victoria fue muy cacareada por los franceses porque se encontraban con que hasta ese momento las victorias españolas se contaban habitualmente, se sucedían una tras otra, y esto constituía una gran novedad. Era la primera vez que a campo abierto se derrotaba a los tercios españoles. Y fue muy cacareada porque por esos días murió Luis XIII. Enghien se negó a que se les comunicara a sus hombres la muerte del rey porque podía tener unos efectos psicológicos contrarios. Y cuando se produjo la victoria, entonces sí se comunicó la muerte del rey y se dijo que esta victoria venía a ser como una especie de buen augurio del nuevo panorama que se presentaba en la monarquía francesa, porque el heredero era Luis XIV, un niño de 6 años, y entonces la regente, su madre, María Teresa, tendría que asumir la dirección de la monarquía. Esa nueva forma de la monarquía se abría con unas perspectivas estupendas porque se abría con una victoria que se obtenía sobre un enemigo que hasta ese momento no se había logrado vencer.
La campaña continúa, los franceses se apuntan algunos éxitos, pero cuando esa campaña acaba, el ejército francés está prácticamente diezmado, diezmado por las enfermedades, las penalidades, las bajas, la deserción. Y en cambio, en el bando español, unos seis o 7 meses después de la derrota, el ejército de Flandes ya contaba con 13.000 oficiales y 65.000 soldados. En total, 77.000 efectivos. Y de esos 77.000 efectivos, 6.000 eran españoles.
De manera que Rocroi no fue la tumba de los tercios, como señalan en muchos sitios. Los tercios continuaron con una salud militar muy sana, muy potente, y pudieron mantenerse en activo y funcionando como unidades distinguidas del ejército al servicio de la Monarquía Hispánica hasta el siglo XVIII. A principios del siglo, Felipe V decidió disolverlos y sustituirlos por regimientos.
En consecuencia, si nos atenemos a estos datos, veremos que la incidencia de Rocroi en las operaciones militares fue prácticamente nula. No se produjo ningún cambio estratégico ni táctico después de la victoria. Los ejércitos franceses no consiguieron ninguna de esas ventajas que podían haber caracterizado una campaña victoriosa y triunfal, porque al final se pierden en una serie de movimientos de poca importancia y los éxitos que obtienen son más bien limitados. Por eso es por lo que la propaganda francesa ha magnificado unos resultados que no se corresponden con la realidad.
Yo podría terminar de muchas maneras lo que puede ser la valoración que yo tengo de la batalla de Rocroi, aunque después de lo que me llevan oído se lo pueden imaginar fácilmente. Pero voy a cerrar con una frase de uno de los historiadores, Peter Wilson, de los historiadores más importantes de la guerra de los Treinta Años. Tiene una monografía muy voluminosa dedicada a la guerra y en esa monografía escribe: "Rocroi debe su lugar en la historia militar exclusivamente a la propaganda francesa". Si no es por esa mitificación propagandística, Rocroi hubiera sido sencillamente una de esas muchas batallas nada decisivas en la historia militar. Y por mi parte, nada más. Muchísimas gracias por su atención.
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