Rocroi (1643): la batalla más allá del mito, según Enrique Martínez Ruiz

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Resumen

En la quinta conferencia del ciclo Batallas de la Era de los Tercios, celebrada en la Fundación Juan March, el catedrático emérito de Historia Moderna de la Universidad Complutense Enrique Martínez Ruiz se propone revisar la batalla de Rocroi (1643). Su punto de partida es que se trata de un episodio muy controvertido, rodeado de distorsiones y exageraciones. En su opinión, se ha convertido en la prueba de las carencias españolas y en el supuesto origen de la decadencia de la Monarquía Hispánica. Su propósito declarado es exponer los datos para que el público pueda "sacar sus propias conclusiones" y valorar la batalla "en sus justos términos". Su tesis, que desarrolla a lo largo de la charla, es que Rocroi tuvo una incidencia militar prácticamente nula y que su fama se debe sobre todo a la propaganda francesa.

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Una historia contada por los rivales

El conferenciante enmarca Rocroi en un fenómeno que, según él, afecta a muchos episodios de la historia de España: han sido tergiversados, confundidos u ocultados por los enemigos de la Monarquía Hispánica. Esos rivales, sostiene, trataban de rebajar la importancia de una monarquía con un despliegue "auténticamente mundial" y, a la vez, de magnificar su propia posición. A su juicio, la comparación era imposible por la enorme desproporción entre el despliegue español y el de las demás potencias.

En el caso de Rocroi, los franceses difundieron la imagen de una España eclipsada por la Francia de Luis XIV, y los ingleses y los holandeses la mantuvieron. Martínez Ruiz señala un factor añadido: se ha responsabilizado de la decadencia a los jefes militares españoles, presentados como incompetentes e incapaces de rivalizar con sus homólogos europeos. "Así nos lo contaron desde el siglo XIX y así nos lo hemos creído nosotros", afirma, y lamenta que nunca se haya revisado ese relato.

1635: la declaración de guerra francesa, sobrevalorada

El primer punto que revisa es la declaración de guerra de Francia en 1635. Muchos relatos le atribuyen una importancia excepcional, incluso determinante. El ponente reconoce que complicaba mucho la situación, porque sumaba un nuevo beligerante y multiplicaba los frentes. Recorre esos frentes con ayuda de un mapa. En el norte seguía abierto el de los Países Bajos españoles frente a las provincias sublevadas. Más al sur se añadía la frontera entre los Países Bajos españoles y Francia, y Francia atacaría además territorios del Imperio aliados de España. En los Pirineos se abría un frente nuevo, concentrado en los dos extremos de la cordillera, junto al Mediterráneo y junto al Cantábrico, porque por allí la penetración hacia el sur era más fácil.

En Lombardía, Francia logró un éxito importante ese mismo año al ocupar el valle de la Valtellina. Era un paso alpino clave del llamado Camino Español, la ruta que comunicaba las posesiones italianas con los Países Bajos. Además, según el ponente, Richelieu firmó con Suecia el tratado de Wismar, por el que Francia aumentaba sus subvenciones para que los suecos continuaran la guerra de los Treinta Años en el noreste del Sacro Imperio. Sobre el papel, la situación de la Monarquía parecía comprometida.

1635-1640: años de esperanza para la Monarquía Hispánica

Sin embargo, Martínez Ruiz sostiene que los años siguientes fueron claramente favorables a los ejércitos de Felipe IV. Se apoya en dos especialistas. Según el historiador italiano Davide Maffi, de la Universidad de Pavía, entre 1635 y 1639 hubo "grandes esperanzas" para la monarquía española. El británico David Parrott, por su parte, ha señalado que Francia no estaba bien preparada para enfrentarse con éxito a España. El ejército francés "modélico" y modernizado que describe la historiografía francesa, sobre todo la del siglo XIX, "no aparece" en esas campañas, afirma el ponente.

Para sostenerlo, enumera los hechos del periodo. En 1635 fracasó la penetración franco-holandesa en los Países Bajos españoles. En la retirada, los franceses saquearon ferozmente Tirlemont, lo que les valió la animadversión de sus propios aliados holandeses. Al año siguiente, los holandeses sufrieron una gran derrota en Kallo, una de las pocas batallas campales de la guerra de los Ochenta Años.

Dedica especial atención al cardenal-infante don Fernando, a quien muestra en el retrato de Rubens. Felipe IV lo envió como gobernador a los Países Bajos. En su camino desde Italia, en 1634, derrotó "en toda línea" a los suecos en Nördlingen, victoria que también plasmó Rubens. Después de la declaración de guerra francesa, invadió Francia con 18.000 hombres sin que los franceses pudieran detenerlo y llegó a conquistar Corbie, en Picardía. Allí tuvo que detenerse porque le faltaba una línea de abastecimiento y temía quedar aislado. Aun así, según el ponente, la invasión sembró el pánico en París, que temía la llegada de las tropas españolas, y el rey Luis XIII tuvo que reunir tropas de distintos puntos de Francia para frenar su avance. Dos años después, en Saint-Omer, los franceses volvieron a ser derrotados.

En Italia, la campaña francesa de 1635-1636 para conquistar el Milanesado terminó en fiasco. En la Valtellina, una sublevación de los católicos expulsó a los franceses. En los Pirineos, los franceses tomaron la fortaleza de Salses, pero el virrey de Cataluña, el conde de Santa Coloma, los desalojó poco después. En el otro extremo de la cordillera sufrieron un gran descalabro al intentar conquistar Fuenterrabía.

El ponente lamenta que nadie haya elogiado que la Monarquía se enfrentara, y venciera, a los tres ejércitos más alabados del siglo XVII: el francés, el holandés y el sueco. Recuerda que los Nassau (Mauricio y sus primos Luis y Juan), creadores del nuevo ejército holandés, no lograron ninguna victoria, y que Mauricio murió poco después de la rendición de Breda. Gustavo Adolfo, creador del nuevo ejército sueco, se apuntó éxitos importantes en Alemania, pero no el éxito rotundo que se le atribuye. Tras su muerte, los suecos fueron derrotados en Nördlingen.

1640, el verdadero año clave

¿Qué ocurrió para que ese ejército victorioso pareciera "desfondarse"? Para Martínez Ruiz, la respuesta está en las sublevaciones de Cataluña y Portugal de 1640. Con la catalana, el frente se desplazó, al menos teóricamente, de los Pirineos al valle del Ebro: "la guerra ya la tenemos en casa", algo que hasta entonces no había ocurrido. Con la portuguesa se activó toda la frontera, sobre todo en dos zonas de fácil comunicación entre ambos reinos, Badajoz y Ciudad Rodrigo, que el ponente señala como los escenarios principales del conflicto posterior.

Por eso considera que el año decisivo no es 1635, "ni muchísimo menos", sino 1640. Entre 1640 y 1646 la Monarquía atravesó grandes dificultades. En Flandes tuvo que ceder la iniciativa a franceses y holandeses, porque debía movilizar muchos recursos para los nuevos frentes. A esto se sumó la muerte del cardenal-infante en 1641. Le sucedió como gobernador don Francisco de Melo, el protagonista español de Rocroi.

El debate sobre la incompetencia de los mandos

Antes de narrar la batalla, el ponente aborda la tesis de la incompetencia de los mandos españoles. Toma como ejemplo a Fernando González de León, autor de The Road to Rocroi (2009), una ampliación de su tesis doctoral de 1992. Para Martínez Ruiz, ese libro es "la mejor demostración" de las inexactitudes y los apriorismos que aún pesan sobre la valoración de los militares españoles del siglo XVII.

Contrapone esa obra con la explicación clásica de la pérdida de la supremacía española en los Países Bajos, que atribuía el declive a tres factores. El primero, la crisis económica del siglo XVII, que golpeó más al sur que al norte. El segundo, la ruina de las finanzas por las sucesivas bancarrotas. El tercero, la crisis demográfica, con epidemias brutales, especialmente la de mediados de siglo; según el ponente, a finales del siglo XVII había menos españoles que a finales del XVI. González de León se aparta de esa explicación y culpa a unos mandos inferiores a los enemigos, fruto de una selección aristocrática que habría perjudicado la organización del ejército. Martínez Ruiz afirma que esta visión ha sido muy criticada por sus inexactitudes y por falta de investigación.

La tesis ha sido renovada recientemente por Geoffrey Parker. Según él, la meritocracia empezó a desmoronarse durante el largo gobierno del archiduque Alberto en Flandes. Lo peor habría ocurrido en la caballería: a medida que crecían los contingentes, sus mandos se entregaban a aristócratas que preferían servir a caballo. Parker exceptúa a Ambrosio Spínola.

El contrapunto, para el ponente, está en los hechos: España se mantuvo en los Países Bajos hasta bien entrado el siglo XVIII, entre 70 y 80 años más, luchando contra Luis XIV y contra los sublevados. "Esos mandos pues no serían tan malos", concluye. Admite, eso sí, que hubo ascensos sin la preparación adecuada, y cita precisamente a Melo, conde de Assumar. Era un diplomático portugués que en 1640 permaneció fiel a Felipe IV y que en 1641 fue nombrado gobernador y jefe del ejército de Flandes con solo dos campañas de experiencia militar. El ponente considera esa experiencia totalmente insuficiente para un cargo de tal responsabilidad.

Honnecourt (1642): la victoria olvidada de Melo

Cuando los franceses, aprovechando la sublevación catalana, tomaron Perpiñán y ocuparon el Rosellón, Felipe IV ordenó a Melo una maniobra de diversión: atacar el norte de Francia desde los Países Bajos. Melo tomó Lens, que se rindió en dos días, y luego La Bassée, que resistió algo menos de dos semanas. Tras esa rendición, el ejército francés que acudía a socorrerla renunció a combatir y se dividió. El conde de Harcourt, con 17.000 hombres, se retiró hacia el oeste, y el mariscal de Guiche, con 10.000, hacia el este. Melo se interpuso para impedir que se reunieran y persiguió al más débil.

A unos 12 kilómetros de Le Catelet, Guiche le presentó batalla junto a la abadía de Honnecourt, con el río Escalda y un puente a su espalda. Con un croquis, el ponente explica algunos errores franceses. Guiche confió la defensa de un bosque a sus tropas más bisoñas, pensando que era una buena posición defensiva, sin tener en cuenta que había sido muy clareado para obtener madera para los establos de la caballería. La artillería española, situada en una altura, pudo batir tanto el bosque como las trincheras de la infantería francesa. Bajo ese bombardeo, los franceses perdieron su artillería, la caballería cedió y la retirada, al principio ordenada, se convirtió en desbandada. Guiche estuvo a punto de caer prisionero.

El río se convirtió en una "trampa mortal": el puente no daba abasto, muchos soldados cayeron al agua y se ahogaron, y la caballería persiguió a los demás. Según las cifras que ofrece el ponente, murieron 3.200 franceses y fueron capturados 3.400, unos 400 de ellos oficiales. Melo se hizo con 500 carros, toda la artillería y las banderas. Guiche, según se cuenta, llegó dos días después a San Quintín y se reunió allí con unos 16 hombres de los 10.000 con que había empezado.

¿Debió Melo avanzar sobre Francia?

A partir de aquí, advierte el ponente, los relatos divergen, porque se valoran de forma distinta los hechos y las decisiones de los protagonistas. Insiste en que el resultado de una batalla no puede extrapolarse a toda la campaña: es el final de la campaña el que marca el éxito o el fracaso. Dice que se limitará a lo que consta con certeza.

A Melo se le reprochó no haber explotado la victoria. Para Martínez Ruiz, el reproche es injusto. Tras la batalla le llegaron noticias de tres amenazas: los holandeses movilizaban muchos efectivos en la frontera de los Países Bajos, un ejército francés que operaba en el arzobispado de Colonia parecía regresar hacia Francia, y el contingente de Harcourt podía volver para atacarle. Melo tuvo que dividir sus fuerzas en tres cuerpos y se quedó sin efectivos suficientes para adentrarse en Francia.

La aproximación a Rocroi

En la primavera de 1643, Melo volvió a entrar en Francia con el mismo objetivo: aliviar la presión francesa sobre Cataluña. Según el ponente, no tenía instrucciones concretas y eligió Rocroi, una plaza fuerte que podía servirle de base si había que continuar hacia París. Pensaba que no resistiría mucho un asedio. París, sin embargo, se movilizó y puso un ejército a las órdenes del duque de Enghien, de 22 años. Su nombramiento, según el ponente, sentó muy mal entre los militares franceses, que lo consideraban un joven sin experiencia para mandar 17.000 infantes y entre 6.000 y 8.000 jinetes. Melo tenía una fuerza similar y esperaba refuerzos desde Luxemburgo, al mando de Jean de Beck: unos 1.000 jinetes y 3.000 infantes.

El ponente muestra dos imágenes de Rocroi: una como la verían los hombres de Melo y otra de la plaza actual, con las fortificaciones que introdujo después Vauban. Subraya un error decisivo. Melo no tomó precauciones, entre otras cosas porque carecía de un buen tren de zapadores, y dejó sin guarnición un pequeño desfiladero que daba acceso a la llanura situada ante la plaza, un gran claro en el bosque. Enghien lo cruzó sin problemas y desplegó su ejército en el valle. Melo quedó entre la plaza que quería sitiar, a su espalda, y el ejército francés, delante.

Melo encargó el despliegue de las tropas al conde de Fontaine, que las dispuso de forma parecida a la francesa. Fontaine tenía 72 años, una edad muy avanzada para la época, y más de 50 años de servicio. Sufría un brutal ataque de gota y tenía que ser trasladado en una silla por cuatro hombres. El ponente lo describe como un militar experto que acabaría siendo víctima de la improvisación de las horas siguientes.

El desarrollo de la batalla: 18 y 19 de mayo

La batalla comenzó la tarde del 18 de mayo con un cañoneo en el que, según el ponente, los franceses llevaron la peor parte. La noche suspendió las operaciones. Muy temprano el 19, un explorador informó a Enghien de que los refuerzos de Beck estaban a menos de 20 kilómetros. Sus colaboradores le aconsejaban no librar una batalla formal, porque el resultado les parecía muy incierto. Pero Enghien temía que, con los refuerzos, la derrota francesa fuera previsible, así que decidió atacar por ambos flancos.

Ambos ejércitos tenían la artillería delante de la infantería. Los primeros ataques de la caballería francesa fueron rechazados: por la izquierda, por las tropas de Alburquerque, y por la derecha, por la caballería alsaciana de Isenburg, que contraatacó con dureza. Pusieron en fuga a la caballería francesa, se apoderaron de algunos cañones y provocaron la retirada desordenada de la infantería enemiga. Creyéndose vencedores, lanzaron los sombreros al aire, y los alsacianos desmontaron para saquear el campamento enemigo.

Para el ponente, ese fue el momento crucial. Melo debió ordenar a la infantería que avanzara y cargara contra lo que quedaba del ejército francés, pero la infantería española no se movió. Eso dio tiempo a Enghien para reorganizar su caballería y su infantería y volver al ataque. Los franceses sorprendieron a los alsacianos en pleno saqueo y "los masacraron literalmente". Después avanzaron por el centro y cargaron contra la infantería española, desbordada por la derecha. Con esa "hábil maniobra" de Enghien, los tercios españoles quedaron aislados. Los tercios italianos se agruparon y se retiraron en orden. Melo, que se había unido a ellos, dio la situación por perdida y se retiró con ellos. En el campo quedaron solo los cinco tercios españoles, agrupados en el centro.

Propaganda en imágenes

Martínez Ruiz muestra varias representaciones de la derrota. Dos se refieren a la muerte de Fontaine: una en plena batalla y otra, idealizada, en la que Enghien recorre victorioso el campo y ve la silla en la que era transportado el jefe español. El ponente subraya que la propaganda francesa exageró "hasta el límite" y que muchas ilustraciones son ficticias. Como ejemplo, presenta una "falsificación flagrante": un grabado en el que Enghien y su plana mayor persiguen a Melo. Según el ponente, esa escena nunca ocurrió, porque Enghien nunca estuvo en condiciones de alcanzar a Melo.

La resistencia del cuadro y la capitulación

Los tercios españoles formaron en cuadro, una formación defensiva habitual. El ponente considera que la escena de la película Alatriste refleja bastante bien la realidad. Enghien lanzó su caballería contra el cuadro y fue rechazada en la primera carga. En la segunda, las filas españolas se abrieron, sacaron cañones a primera línea y sus disparos desbarataron la carga. Enghien concentró entonces su artillería para batir el cuadro. Durante el bombardeo, tres de los cinco tercios quedaron destrozados y los supervivientes se reagruparon en dos. Siguieron resistiendo con la esperanza de que llegaran los refuerzos.

Enghien calculó que acabar con esa resistencia le exigiría más artillería, más tiempo y muchas bajas, así que ofreció la rendición según el procedimiento de los asedios: un emisario acompañado de un trompeta que anunciaba la apertura de negociaciones. El tercio de Garcíez aceptó las condiciones: sería repatriado a Fuenterrabía con sus armas y banderas. El otro, el del duque de Alburquerque, que tenía tres heridas y había perdido la nariz en el combate, decidió seguir resistiendo. Cuando comprobaron que la mayoría de los oficiales habían muerto, que casi todos estaban heridos y que ya solo les quedaban las picas, porque habían agotado la munición, aceptaron la capitulación. Esta vez solo se les respetaron la vida y las pertenencias, y tuvieron que entregar armas y banderas.

Según el ponente, esa resistencia quedó grabada en la memoria de Enghien y de los franceses. Lo ilustra con la oración fúnebre que pronunció Bossuet, el gran predicador de Luis XIV, al morir el duque unos 40 años después: "Quedaba esa temible infantería del ejército de España, cuyos grandes batallones cerrados, semejantes a torres, pero torres capaces de cerrar sus brechas, permanecían inconmovibles en medio de la derrota y abrían fuego en todas direcciones". Cierra este apartado con dos imágenes de esa resistencia: una de época y el cuadro de Ferrer-Dalmau.

Las cifras de la derrota

Según el ponente, las bajas españolas se conocen bien porque se recogieron en una relación en el momento de la capitulación. Los tercios tuvieron 1.000 muertos y 2.000 heridos. Las bajas totales españolas fueron 7.300, con 3.825 prisioneros. Se perdieron la impedimenta, los carros, las banderas y 40.000 escudos que llevaba el pagador para las tropas. Los franceses declararon al principio unos 2.000 heridos y otros tantos muertos, pero sin contar las víctimas de los primeros choques. Por eso, según el ponente, se calcula que sus bajas rondaron las 6.000 o 7.000, muy parecidas a las españolas. La diferencia estuvo en el número de prisioneros.

Por qué se celebró tanto la victoria

Martínez Ruiz explica que la victoria fue "muy cacareada" por dos motivos. El primero, que era la primera vez que se derrotaba a los tercios en campo abierto, cuando hasta entonces las victorias españolas se sucedían una tras otra. El segundo, que coincidió con la muerte de Luis XIII. Enghien había impedido que se comunicara a sus hombres para evitar efectos psicológicos negativos, y tras la victoria la noticia se difundió acompañada de la idea de un buen augurio: el nuevo reinado de Luis XIV, un niño de seis años bajo la regencia de su madre, empezaba con un triunfo sobre un enemigo al que hasta entonces no se había logrado vencer.

Las consecuencias: una batalla sin efectos estratégicos

La campaña continuó y los franceses se apuntaron algunos éxitos. Pero, según el ponente, al terminarla su ejército estaba prácticamente diezmado por las enfermedades, las penalidades, las bajas y la deserción. En cambio, seis o siete meses después de la derrota, el ejército de Flandes contaba, según sus datos, con 13.000 oficiales y 65.000 soldados, unos 77.000 efectivos en total, de los que 6.000 eran españoles. De ahí concluye que Rocroi no fue "la tumba de los tercios": estos siguieron siendo unidades distinguidas del ejército hasta principios del siglo XVIII, cuando Felipe V los disolvió y los sustituyó por regimientos.

Con estos datos, el ponente sostiene que la incidencia de Rocroi en las operaciones militares fue "prácticamente nula". No produjo cambios estratégicos ni tácticos, y los ejércitos franceses no obtuvieron las ventajas propias de una campaña triunfal: sus éxitos fueron limitados y se perdieron en movimientos de poca importancia. Por eso considera que la propaganda francesa magnificó unos resultados que no se correspondían con la realidad.

Para cerrar, en lugar de formular su propia valoración, que dice que el público ya puede imaginar, cita a Peter Wilson, autor de una voluminosa monografía sobre la guerra de los Treinta Años: Rocroi debe su lugar en la historia militar exclusivamente a la propaganda francesa, y sin esa mitificación habría sido sencillamente una más de las muchas batallas nada decisivas de la historia militar.