Miquel Roca Bennasar: una psiquiatría que trabaja con síntomas, no con signos

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Resumen

¿Por qué la psiquiatría sigue siendo, según sus propios practicantes, un pariente pobre dentro de la medicina? ¿Hablamos hoy más de las enfermedades mentales porque hay más o porque por fin se nombran? ¿Qué papel les queda a Montaigne, a Dostoievski o a la Anatomía de la melancolía en la formación de un psiquiatra moderno? Sobre estas preguntas conversó el psiquiatra mallorquín Miquel Roca Bennasar con Ramón González Férriz en la serie "Memorias de la Fundación" de la Fundación Juan March.

32 min de lectura

Roca nació en Palma en 1953. Es catedrático emérito de psiquiatría en la Universitat de les Illes Balears y se doctoró en psicología con una tesis titulada Un sistema experto para el diagnóstico de los trastornos obsesivo-compulsivos. Ha sido profesor visitante en varias universidades estadounidenses, coordinador del área de neurociencia en el instituto universitario de investigación en ciencias de la salud de Palma, y ha publicado más de diez libros sobre psicopatología y psicofarmacología. Sigue atendiendo pacientes. A lo largo de la conversación defendió una posición constante: la psiquiatría ha mejorado mucho, pero su problema conceptual de fondo sigue sin resolver, y esa limitación obliga a la humildad, a la observación fina y a desconfiar de las explicaciones fáciles.

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Una beca a los trece años

González Férriz subrayó que el caso de Roca era distinto al de otros invitados de la serie. Casi todos habían recibido la beca de la March siendo adultos, para un doctorado, una novela o una sinfonía. Roca la recibió en 1967 para cursar quinto de bachillerato. Tenía 13 años. La fundación, cuyo fundador era mallorquín, tenía un programa para ayudar a jóvenes de la isla con talento para los estudios.

Roca dijo fiarse más de los archivos de la fundación que de su memoria. Recordó a Juan March como natural de Santa Margalida, un pueblo del norte de Mallorca, y explicó que por eso la institución siempre ha tenido una dedicación especial a Baleares. Guardaba un recuerdo vago de acudir varias veces con su madre a la sede de Palma, hoy un palacio del siglo XVII en el centro de la ciudad, llevando todas las notas. Para mantener la beca hacían falta muy buenas calificaciones, algo que describió como complicado durante esos tres años. Sobre si era buen estudiante, respondió con ironía: "Un poquito buen estudiante debía ser, pero tampoco no mucho".

La beca le permitió estudiar en el colegio La Salle de Palma. Sus padres pensaban que un colegio privado daría mejor enseñanza, y además vivían cerca. Roca reconoció que quizá no habría hecho una carrera sin esa oportunidad, y al cierre de la charla insistió en ello: si la fundación no hubiera hecho lo que hacía, estaba seguro de que no estaría allí.

Entre la medicina y el periodismo

A principios de los setenta Roca se trasladó a Barcelona y empezó dos carreras a la vez: medicina en la Universidad de Barcelona y ciencias de la información en la Autónoma. Durante tres años dudó por cuál seguir. Al preguntarle si eligió medicina por vocación, por tradición familiar o por cálculo profesional, se apuntó a esta última opción. Acabó en medicina probablemente porque le ofrecía más seguridad, y porque así lo veían también quienes le rodeaban.

Esa duda entre ciencias y letras explica, según él, que dentro de la medicina tuviera claro desde pronto que se dedicaría a la psiquiatría. Nunca pensó en ser urólogo o endocrino. Admitió que es una pregunta que se ha hecho muchas veces sin poder contestarla del todo. Su explicación es que la psiquiatría le parecía el punto de fusión de esa disyuntiva, el lugar de las "humanidades médicas".

Sobre la universidad del final del franquismo, Roca dijo defender que hoy todo es mucho mejor que antes. Aun así, comparándola con lo que vive ahora como profesor en una facultad de medicina recién creada en Baleares, percibe que entonces la vida universitaria era mucho más viva. Había mucha más interacción entre estudiantes de distintas carreras, algo que en su universidad actual no encuentra. El trasfondo político, añadió, "lo contaminaba todo o al revés que lo ayudaba en todo".

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El mal encaje de la psiquiatría en la medicina

González Férriz recordó que Roca había escrito sobre el encaje peculiar de la psiquiatría dentro de la medicina. Roca lo confirmó con rotundidad: "muy mal encaje". Recordó que hasta hace veintitantos años la psiquiatría estaba separada físicamente de la medicina, en hospitales psiquiátricos propios. Eso solo cambió cuando empezaron a crearse unidades de psiquiatría en los hospitales generales.

El entorno intelectual de su formación estaba marcado por modelos muy distintos de acercarse a la enfermedad mental. El psicoanálisis tuvo una incidencia "espectacular" entre la intelectualidad y, según Roca, sigue impregnando hoy los catálogos de exposiciones y la lectura de obras de arte, novelas y películas. Sin embargo, sostuvo que el psicoanálisis, "con todo lo bien que escribía el señor Freud", tiene hoy prácticamente ninguna aplicación en el tratamiento de las enfermedades psiquiátricas. Precisó que hablaba de enfermedades, y que otra cosa es que pueda servir para otros problemas emocionales.

Cuando su generación llegó a la psiquiatría existía además el movimiento de la antipsiquiatría. Negaba la enfermedad mental y proponía derribar los psiquiátricos. Roca concedió que esos hospitales eran muy mejorables en muchísimos sentidos. Aun así, los describió como la respuesta que tuvo la sociedad en un momento dado a problemas para los que no encontraba solución. Cuando González Férriz mencionó a Foucault, Roca recordó que había que leerlo "para estar ahí", junto a Freud, y coincidió en que sus conocimientos médicos eran "discutibles". Añadió que algo parecido ocurre ahora con algún filósofo reciente que entra en el terreno de la depresión.

Para él es inevitable que la enfermedad mental reciba miradas externas desde muchas disciplinas. Pero delante de un paciente hay que tomar una decisión, a veces con gran urgencia, y los modelos teóricos que uno ha podido analizar "no sirven para una decisión clínica en un servicio de urgencias".

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Del manicomio a la unidad hospitalaria

González Férriz, que nació a finales de los setenta en Barcelona, recordó que en su infancia el nombre de Sant Boi, sede del gran psiquiátrico de la ciudad, aún tenía resonancias casi represivas, igual que los electroshocks. Roca describió los hospitales psiquiátricos de entonces como un totum revolutum. Convivían pacientes con demencia, personas con lo que hoy se llamaría discapacidad intelectual y enfermos mentales en sentido estricto, sobre todo con esquizofrenia. Hasta que llegó la psicofarmacología, todo era "extraordinariamente confuso".

Al terminar la carrera estuvo a punto de quedarse en el Hospital Clínic de Barcelona, pero volvió a Mallorca: "la isla tira mucho". Allí fue a trabajar al hospital psiquiátrico, que tenía casi mil camas y muchos pacientes ingresados desde hacía muchísimos años. Contó que llegó con la idea de que una observación más directa y una atención diaria mejor cambiarían el pronóstico de los enfermos, y que se dio de bruces con lo complicado que era todo. Mencionó los tratamientos antiguos, como los abscesos de trementina o las curas de insulina, que calificó de muy agresivos. De la terapia electroconvulsiva dijo que sigue vigente y tiene indicaciones, pero hoy se aplica de forma muy pautada, con anestesista y en servicios específicos.

En esa etapa previa a los fármacos surgió en Alemania, Francia y también en España la psicopatología, la disciplina de describir y entender el síntoma. Roca considera que las descripciones del siglo XIX y de finales de ese siglo eran muy buenas, y que hoy esa "finura de exploración" se ha perdido y está muy olvidada. Lo atribuye a que los pacientes pasan por un hospital general, se les trata y vuelven a casa.

Roca calificó de impecable, como modelo, el sistema de unidades en hospitales generales. En fase aguda, el enfermo ingresa en una unidad concreta, igual que con cualquier otra enfermedad. A las dos o tres semanas, ya estabilizado, vuelve a la familia y a la comunidad. El problema, dijo, es que la familia y la comunidad son hoy dos instituciones en crisis. Puso un ejemplo: un paciente ingresado una semana cuyos dos amigos, con los que convive, han intentado meterle cocaína en el hospital. "¿Cómo le vas a devolver?" a ese único entorno que tiene. La complejidad de los modelos asistenciales, concluyó, ha hecho muy difíciles las respuestas unitarias y ha dejado a la psiquiatría en un marco conceptual muy complicado.

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Explorar el hígado con los ojos cerrados

Aquí Roca expuso lo que llamó "el núcleo y la clave" de la situación de la psiquiatría. En medicina, el lenguaje de la enfermedad son los síntomas, y el gran avance médico ha consistido en convertirlos en signos objetivables: una analítica de sangre, una prueba de neuroimagen, una radiografía, una ecografía, un electrocardiograma. En psiquiatría no hay signos. "Nos hemos quedado todavía en los síntomas". El psiquiatra solo cuenta con la entrevista clínica.

Para ilustrarlo citó a un colega inglés, autor de un libro sobre los síntomas mentales que Roca calificó de magnífico. Según ese autor, un psiquiatra explora como lo haría un internista o un médico de atención primaria que quisiera saber si un paciente tiene el hígado aumentado de tamaño pero debiera hacerlo con los ojos cerrados y las manos atadas a la espalda, confiando únicamente en lo que el paciente le dice mientras se va tocando el hígado. Por eso, dijo Roca, la psiquiatría arrastra un déficit conceptual respecto al avance de otras áreas médicas.

González Férriz preguntó si la búsqueda de bases neurológicas o biológicas para las enfermedades mentales es ya una realidad. Roca respondió que todavía se está explorando. Sirve en líneas de investigación, pero no ha llegado a la consulta diaria. Mencionó que hay áreas prometedoras, aunque no las desarrolló en ese momento.

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Normalidad, narrativa y factores de riesgo

La falta de signos tiene una consecuencia directa: los límites entre normalidad y anormalidad son muy difusos. Roca se preguntó cómo se decide cuándo tratar si no hay ninguna determinación objetiva que marque la frontera entre lo patológico y lo que no lo es. Lo ideal sería poder recorrer el camino de la fisiología a la patología, comparando a un sujeto sano de control con uno enfermo, pero la psiquiatría trabaja sin esa referencia.

De ahí el contraste que ve en la facultad de medicina. Los médicos están formados para arreglar problemas biológicos, no para escuchar biografías. A muchos colegas de otras especialidades les molesta que un paciente les cuente su vida y quieren ir al grano: la pierna rota, el tendón, el oído. El psiquiatra tiene que hacer exactamente lo contrario. Tiene que escuchar síntomas, darles sentido, construir una narrativa y buscar un diagnóstico que siempre será aproximado. Existen depresiones, esquizofrenias, trastornos bipolares u obsesivo-compulsivos porque las raíces de los conjuntos de síntomas se pueden establecer. Pero cada enfermo los expresa de un modo propio y con un significado distinto dentro de su historia.

Por eso, explicó, hoy se habla más de factores de riesgo que de causalidad. Roca criticó la tendencia a decir que alguien "está deprimido por esto". A su juicio, la depresión y las demás enfermedades mentales son a la vez un conjunto de problemas biológicos, psicológicos y sociales. En una enfermedad y en un momento determinado puede pesar más un factor u otro, y eso puede cambiar en el mismo enfermo a lo largo de su vida.

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Psiquiatra y psicólogo

González Férriz le pidió que explicara la diferencia práctica entre psiquiatría y psicología. Roca mencionó que la Asociación Española de Psiquiatría había planteado hacía pocos días un decálogo de preocupaciones cuyo primer punto era precisamente esa distinción.

El psiquiatra es primero médico: seis años de carrera y cuatro o cinco de especialización. Por eso, sostuvo, es quien puede diferenciar ante un paciente si hay una enfermedad psiquiátrica, neurológica, endocrina o digestiva. Aludió de pasada a lo mucho que se habla ahora del intestino como "segundo cerebro". En su opinión, el diagnóstico inicial de una enfermedad mental grave debería hacerlo siempre el psiquiatra, porque tiene la capacidad de hacer el diagnóstico diferencial con el resto de enfermedades médicas. También es el único que puede manejar psicofármacos.

La psicología clínica es otra disciplina: cuatro años de grado y luego la formación como PIR (psicólogo interno residente), equivalente al MIR. Roca describió una concepción moderna en la que ambos trabajan conjuntamente y en la que el tratamiento se va unificando. En unos momentos lo prioritario es el fármaco y en otros una técnica psicoterapéutica, algo que, dijo, "lo hacen muy bien los psicólogos".

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Pittsburgh: "Cash or credit card?"

En los años noventa Roca fue a Pittsburgh, Pensilvania, a un hospital psiquiátrico privado dependiente de la universidad. Contó una anécdota de sus primeros días. Tuvo una conjuntivitis y, acostumbrado a los hospitales españoles, preguntó si podía ir al servicio de oftalmología. Le indicaron un pasillo subterráneo. Llegó con su bata y sus credenciales, se presentó en el mostrador y la administrativa le preguntó: "Cash or credit card?". Cuando explicó que era médico, la respuesta fue la misma: "Ya veo que eres médico. Cash or credit card?". Solo por eso, dijo, entendió que las cosas eran sustancialmente diferentes.

Lo que más le impresionó fue que allí todas las unidades de psiquiatría estaban ya en hospitales generales, el cambio que en España se estaba haciendo en esos años. Le atraía también lo que entonces, de forma rudimentaria, ya se llamaba inteligencia artificial. Allí inició su tesis, que terminó en España: un sistema experto para diagnosticar el trastorno obsesivo-compulsivo. Según se le iban dando datos, la computadora iba proponiendo un diagnóstico. Roca lo calificó de "absolutamente rudimentario" visto hoy.

Destacó sobre todo la diferencia en investigación. Describió los hospitales universitarios estadounidenses como muy peculiares: a veces parecían hospitales "casi de experimentación humana", con ensayos e intentos de modificar cosas continuamente. Añadió que en aquel momento eso planteaba a veces problemas éticos. Ya trabajaban con inteligencia artificial y robots, e intentaban aplicarlos también a la psiquiatría. "Era otro mundo".

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¿Hay más trastornos o hablamos más de ellos?

La respuesta corta de Roca fue que siempre han existido y ahora se habla más de ellos. La larga es que antes las enfermedades mentales formaban un cajón de sastre enorme. La esquizofrenia se llamaba demencia precoz porque se parecía a las demencias pero aparecía en gente joven. Con todas las limitaciones de trabajar solo con síntomas, la clarificación y categorización de las enfermedades ha mejorado.

También el tratamiento ha avanzado, según Roca. Los fármacos actuales son "muchísimo más seguros" que antes, aunque probablemente no más eficaces. Algunos son más específicos, y cree que habrá que pensar en fármacos dirigidos a síntomas concretos como la apatía o la anhedonia. Señaló una idea que considera importante: los síntomas psiquiátricos resultan ser más específicos de lo que se pensaba. La apatía de un paciente depresivo no es igual que la de un paciente con esquizofrenia, y distinguir bien los síntomas dentro de cuadros generales es un avance real.

Con las psicoterapias ocurre algo parecido. Según Roca, en internet pueden encontrarse unas 250, pero solo media docena tienen evidencia detrás, y es muy importante que la gente sepa diferenciarlas. Recordó una frase de Mark Twain que leyó de joven: hay que tener cuidado con los libros de medicina porque uno puede morir de una errata. Si eso valía para los libros, dijo, hay que pensar en la cantidad de erratas que circulan hoy en internet y en las redes sociales sobre las enfermedades, y en la gente que las sigue sin ningún reparo.

Aun así, valoró como excelente que hoy se hable de enfermedad mental. Recordó que en el pueblo de su madre, en Mallorca, los enfermos mentales y las personas con discapacidad intelectual estaban escondidas, "francamente encerradas". "Solo por eso ha merecido la pena el cambio". Su balance fue que la psiquiatría ha cambiado sustancialmente pero le queda mucho camino, porque se mueve "sin red protectora de signos". Y añadió: "Nos equivocamos poco. Nos podríamos equivocar mucho más con los pocos datos que tenemos".

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Contra la medicalización de la vida cotidiana

González Férriz planteó que la psiquiatría es un terreno "goloso" para quienes saben poco de ella: filósofos de éxito, políticos o autores de autoayuda que sitúan el origen de la depresión en las condiciones sociales, la tecnología o el capitalismo. Preguntó si el entorno influye tanto o si la depresión es intrínseca al ser humano.

Roca reconoció que se estaba tocando "el punto clave" del momento actual. Las propias sociedades científicas, dijo, han invitado a personas famosas que han padecido una enfermedad mental para que hablen de ello. Se preguntó si no se ha llegado a una "hipertrofia" de famosos hablando del tema, con el mismo riesgo del exceso de información que le comentan sus amigos periodistas.

Distinguió con claridad dos cosas. Una depresión es una enfermedad grave, con impacto individual, emocional, social, familiar y laboral. Las reacciones emocionales ante la pérdida de un empleo o un duelo, en cambio, "los tenemos todos y continuamente". Para hablar de depresión hacen falta síntomas mantenidos en el tiempo y un impacto concreto. Que alguien sufra una pérdida afectiva y vaya de inmediato al médico de primaria, al psicólogo o al psiquiatra le parece "un disparate", aunque admitió que otros modelos pueden defenderlo. Psicologizar, medicalizar o psiquiatrizar los problemas de la vida cotidiana es para él "un gravísimo error".

También criticó la evolución del vocabulario. Primero se hablaba de enfermedades mentales, luego de salud mental, y observó que nadie habla de "salud intestinal". Ahora se ha pasado al "bienestar emocional", un terreno que le parece aún más confuso y delicado porque es indefinible. El bienestar emocional de cualquiera no es el mismo mañana, dentro de quince días o dentro de quince años. En un sistema sanitario público de acceso universal, sostuvo, hay que fijar qué se trata y qué no. La banalización ha convertido síntomas depresivos, ansiosos o adaptativos en enfermedades que supuestamente necesitan tratamiento, y las redes sociales lo están impregnando todo. Su diagnóstico fue que estamos en un momento de riesgo: la demanda puede ser exagerada, y ya lo está siendo, y a veces los problemas menores colapsan la atención a enfermos mentales que la necesitan mucho más.

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Antidepresivos, benzodiacepinas y fentanilo

Sobre la idea de que España consume demasiados ansiolíticos y antidepresivos, Roca pidió prudencia con las cifras. Estos fármacos son muy "ubicuos". Los antidepresivos se usan mucho para el dolor, y alguien ha propuesto cambiarles el nombre por eso. Las benzodiacepinas son también relajantes musculares y se recetan, por ejemplo, para contracturas. Se prescriben en atención primaria, medicina interna o reumatología, no solo en psiquiatría. Mencionó también que un medicamento para la diabetes que la gente usa para adelgazar se está estudiando porque quizá tenga acción antidepresiva.

Admitió que el médico de primaria, e incluso el psiquiatra, puede estar sometido a la presión de convertir problemas cotidianos en enfermedades, y que eso puede llevar a alguna prescripción fuera de indicación. Las benzodiacepinas se recomiendan para periodos cortos, pero a muchos pacientes les cuesta dejarlas porque les ayudan a dormir o a controlar cierta ansiedad. Reconoció que el consumo de antidepresivos y benzodiacepinas ha aumentado en los últimos años, "probablemente por todas estas razones".

González Férriz sacó el caso del fentanilo en Estados Unidos: se empieza por un dolor físico y se acaba usando contra "el dolor que supone vivir". Roca lo suscribió "sin ninguna duda". Contó que solía ir casi cada año al congreso de la Asociación Americana de Psiquiatría y que lo que se veía por el fentanilo en las calles de San Francisco "te ponía los pelos de punta", incluso tras años de oficio. Explicó que en Estados Unidos muchas personas sin hogar, muchas de ellas con enfermedad mental y consumo de sustancias, bajan en invierno a las ciudades del sur. Le pareció una buena idea para que no mueran de frío, pero muchas se quedan allí. Pasear por ciertas zonas de San Francisco le resultó "demoledor". En España, añadió, afortunadamente eso no va a pasar porque la sustancia está muy controlada.

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La literatura como herramienta clínica

González Férriz había visto que Roca dio una conferencia titulada "Hacia una anatomía de la melancolía" y reconoció enseguida la alusión a Robert Burton. Roca respondió con una anécdota familiar. Su mujer es sobrina del escritor José Manuel Caballero Bonald, que decía que, entre dos médicos, prefería que le atendiera el que supiera quién es Chéjov y lo hubiera leído.

Más allá de la broma, Roca sostuvo que la psiquiatría se aprende con los pacientes, con los libros y artículos científicos y con la literatura. Considera probable que en Dostoievski haya un estudio excelente de psicopatología que no está en otros textos. Recordó que Borges decía que Anatomía de la melancolía era el título más bonito jamás puesto a un libro. Las descripciones clásicas y la psicología de los personajes, dijo, ayudan mucho a entender al ser humano y la vivencia de la enfermedad.

Su argumento es que la enfermedad mental nunca aparece en un individuo "en blanco". Una parte muy importante de las enfermedades mentales empieza antes de los 35 años, dato que calificó de "muy potente y muy delicado". Ocurren sobre una personalidad ya formada, con una infancia, una adolescencia y unas vivencias concretas, y para entender todo eso la literatura ayuda mucho. De ahí la frase que dio título a la sesión: los psiquiatras modernos deberían leer psicopatología y mucha literatura clásica. "No sé si lo hacen, pero espero que sí".

Roca coincidió en que las primeras descripciones de la melancolía estaban en la literatura porque no podían estar en otro sitio, y que la observación de algunos autores clásicos es "maravillosa". También elogió a los psiquiatras franceses y alemanes del pasado. Trabajaban en hospitales que eran prácticamente asilos, se dedicaban a observar, analizar y escribir, y lo hacían sin medicación de por medio. Hoy el delirio de un paciente con esquizofrenia se corta con fármacos. Antes "el delirio fluía", y el observador podía verlo, analizarlo y comentarlo.

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¿Un punto de locura favorece la creatividad?

A la pregunta sobre el tópico cultural que asocia locura y creatividad, Roca contestó que en general la enfermedad mental grave "no es creativa, al contrario": altera la creatividad e incluso la destruye. Admitió que en algún momento concreto, quizá al inicio de la enfermedad, pueda favorecer algo en la pintura o la música. Pero el trabajo constante que exige una creación literaria, musical o artística no es compatible con una enfermedad mental grave. Volvió a distinguir entre pequeños síntomas emocionales y enfermedad, y dijo que se trata de un mito que conviene destruir.

Aplicó el mismo razonamiento a las sustancias tóxicas: quizá estimulen la creatividad en un momento puntual, pero no a medio y largo plazo. Mencionó que los psicodélicos vuelven a estudiarse como posible tratamiento para enfermedades mentales, con ensayos clínicos ya muy avanzados que quizá arrojen luz en un futuro cercano. Subrayó que todavía están en fase de investigación y sin resultados concretos.

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Montaigne frente a la autoayuda

González Férriz propuso ver a Montaigne como un antecedente sofisticado de la autoayuda, con la diferencia de su ironía y de no tomarse demasiado en serio a sí mismo ni siquiera ante la muerte. Roca lo describió como un personaje fascinante al que "hay que volver cada medio año". Recordó que fue alcalde de Burdeos y que, como todos los políticos, siempre quería dejarlo pero nunca lo dejaba. Contó que visitó su torre con cierto escepticismo y la encontró "un poco cutre, pero encantadora", algo nyigui-nyogui, como se dice en catalán. Aun así, le resultó conmovedor ver los peldaños, la ventana y los viñedos.

Explicó lo que le atrae de Montaigne a partir de una idea que le transmitió un colega que pasó años en Oxford: allí los profesores querían saber de un alumno "qué sabe y cómo lo sabe". Montaigne responde a esa segunda pregunta, porque va citando de dónde saca cada conclusión. Para Roca es el gran tratado de observación de las pasiones y del alma humana en el sentido más ambicioso. Como ejemplo de sus distinciones citó la idea de que se puede fingir el amor pero no el odio. Cree que debería ser lectura obligatoria en las escuelas y, sobre todo, en las de psiquiatría. Situó en los moralistas franceses la raíz de la psicología más moderna. Como la psiquiatría sigue sin signos y depende solo de los síntomas, dijo, muchos de esos síntomas están ya descritos en Montaigne y en los moralistas, y son "un excelente punto de partida".

Frente a eso, los libros de autoayuda actuales le parecen "muy perniciosos", aunque tengan un éxito descomunal. Añadió que sus autores, a veces psiquiatras o psicólogos, tienen todo el derecho a ganar dinero con ellos, y bromeó con que quizá deberían haberlos imitado. Leídos después de los clásicos o de la psicopatología clásica, esos libros son para él "manuales de obviedades y vaguedades". Contó el caso de una colega psiquiatra, muy bien formada y con mucha influencia en redes. Cuando publica las conclusiones de un estudio potente recién aparecido en una revista científica, obtiene unos 150 "me gusta". Cuando publica una frase "de taza de desayuno", del tipo "Mira el cielo y conquistarás las estrellas", consigue 150.000 enseguida.

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La humildad ante la causalidad y el caso del suicidio

González Férriz señaló algo que ha observado en estas conversaciones: quien más sabe de algo suele ser más humilde sobre sus causas. En cambio, la autoayuda, y a veces los medios, establecen causalidades con una claridad sospechosa, como al buscar "la causa" de un suicidio. Roca lo conectó con la ausencia de signos. A menudo, al hablar con el entorno de un paciente, recibe cinco versiones distintas de por qué esa persona se ha deprimido.

Sobre el suicidio fue especialmente cuidadoso. Puede ser una complicación de enfermedades mentales, pero no siempre lo es. Es una conducta extraordinariamente compleja en la que intervienen variables biológicas, psicológicas y sociales, y reducirla a una sola es "un error monumental" que se comete en las redes, en la literatura y en los medios. Contó que escribió con un periodista el capítulo sobre el tratamiento mediático del suicidio en un libro blanco sobre el tema.

Explicó que en el periodismo había una idea, pactada según él con el ámbito médico, de que hablar del suicidio incita a más suicidios y de que lo responsable era callar. Roca dijo no saber si eso es cierto. Mencionó los dos efectos estudiados, el Werther y el Papageno, que toman nombre de un personaje literario y otro musical: uno apunta a la imitación y el otro a un posible efecto protector. La Organización Mundial de la Salud y las sociedades científicas elaboraron una especie de decálogo. Se puede y se debe hablar de suicidio, pero sin detallar el método, sin atribuirlo a ninguna causa concreta y sin tono sensacionalista.

Desde su sociedad científica se reunieron con responsables de sanidad de muchos periódicos, radios y televisiones, y llegaban a acuerdos. Pero luego, dijo, "probablemente iba el becario", y González Férriz añadió entre risas que también el director. Roca dejó la cuestión abierta. Hay que hablar del suicidio con ciertas contenciones, y a veces es muy difícil. Mencionó los programas de debate de televisión donde se comentan casos, que le obligan a apagar el aparato. Con las redes sociales, considera que controlar todo eso es "poner puertas al mar". Es probable que hablar induzca a algunas personas y proteja a otras.

Gestión y divulgación

González Férriz situó a Roca en la tradición del médico con presencia pública: asociaciones profesionales, gestión universitaria, artículos de prensa. Roca explicó que su papel de gestor vino de una anomalía. Hasta hace ocho años Baleares no tenía facultad de medicina, pese a tener excelentes hospitales. Comparó el caso con La Rioja, que según él era la otra comunidad sin facultad. Los rectores le pidieron que ayudara a montarla. "No se lo deseo a nadie y no lo volvería a hacer", dijo, aunque se hizo.

Defendió que los profesionales universitarios deben volcar su conocimiento en la sociedad, porque la divulgación forma parte de la ciencia. Y, sobre todo, porque si no la hacen ellos la harán otros. Contó que a veces un periodista mallorquín le pide que defina el "síndrome navideño" o el "síndrome posvacacional". Él responde que es una tontería y declina, y a la mañana siguiente lee en el periódico "unas tonterías muy gordas" dichas por otro. Por eso cree que hay que intervenir, aunque sea diciéndolo con suavidad para que el periodista pueda seguir informando.

Añadió una defensa de la gestión como experiencia formativa: gestionar "te vacuna contra decir tonterías contra los gestores". Mover estructuras universitarias, hospitalarias o sanitarias es muy difícil, y desde la butaca de casa todo parece sencillo. Puso como ejemplo que la justicia juzgue siete años después si un acto médico estuvo bien, cuando había que estar en urgencias a las cinco de la mañana con cuatro pacientes graves. Dijo que no ve diferencia en esto entre el sistema público y el privado. Si todos fuéramos jefes unos días, bromeó, sería muy útil, "y esto sería salud mental probablemente".

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Tres pilares para el futuro

Al preguntarle hacia dónde va la disciplina, Roca dijo que la psiquiatría será potente si logra juntar tres cosas.

La primera es la investigación. Mencionó la biología molecular y la genética como campos que abren posibilidades importantes, y también el análisis de grandes series de datos. Cree que el big data puede ser útil para recoger información de pacientes que quieran participar y usarla en el futuro.

La segunda es seguir cultivando la psicopatología en su sentido más fino: analizar los síntomas, describirlos bien, "mimándolos", desde una postura "casi clásica" y huyendo de los recursos fáciles. Esto se enlaza con su pronóstico más sobrio: no cree que en los próximos años vaya a haber ningún signo de la enfermedad mental. "La ciencia ya no avanza por ocurrencias, avanza por ideas", y las ideas se mueven con mucha dificultad en este campo.

La tercera es lo que llamó psiquiatría de valores: cómo tratar, cuidar y acompañar la enfermedad mental en la familia y en las pequeñas comunidades. Observó que muchas personas con opiniones "bastante esotéricas" sobre la enfermedad mental cambian radicalmente cuando tienen al lado a un hijo o una hija con una enfermedad grave, y se dan cuenta de que requiere otro abordaje. Coincidió con González Férriz en que este tercer pilar tiene una parte importante de divulgación, y en que es difícil.

Roca cerró sin conclusiones triunfales. Dudó de que lo dicho sirviera de algo, atribuyó el mérito de su trayectoria a la fundación más que a sí mismo, "empatados 50-50" como mucho, y recordó a un profesor suyo según el cual los profesores universitarios no tienen facilidad de palabra, sino dificultad para el silencio.