DHH en Rails World 2026: el fin del código escrito a mano y la apuesta por el optimismo total

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Resumen

La keynote de apertura de Rails World 2026 en Austin gira en torno a una pregunta: qué significa para quienes programan, y para una comunidad construida alrededor de Ruby on Rails, la llegada de agentes de IA capaces de escribir software. DHH responde de forma radical. Afirma que 37signals ha dejado de escribir código a mano como práctica normal, que su propio trabajo ya no consiste en teclear Ruby sino en dar instrucciones en inglés, y que ante la incertidumbre la única postura razonable es un optimismo sin reservas.

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"Psicosis por IA" o euforia

DHH abre reconociendo que alguien podría ver su entusiasmo y diagnosticarle "psicosis por IA". Prefiere otros términos: "delirio por IA" o "euforia por IA". Lo justifica diciendo que esto es lo más emocionante que se les ha hecho hacer a las computadoras en todo el tiempo que lleva trabajando y jugando con ellas.

Admite, sin embargo, que el momento también es inquietante. Nadie sabe cuál será el estado final de todo esto, y cada predicción queda obsoleta, según su expresión, unos 20 minutos después. Entiende la inquietud que eso genera, incluso en quienes ven el presente con buenos ojos. Para calmarla propone mirar hacia atrás, a otra tecnología que transformó un oficio.

Los retratistas y la cámara

El primer ejemplo es el retrato pintado del siglo XVIII. Quien quería un retrato posaba hora tras hora ante un maestro que después pasaba meses trabajando en el cuadro. DHH muestra a las damas Waldegrave, pintadas por Joshua Reynolds en 1781. Añade una anécdota: Reynolds ya había dedicado meses a otra versión que el cliente rechazó porque se veía un trozo de tobillo, algo escandaloso para la época, y tuvo que empezar de nuevo. DHH bromea con que cualquiera que haya trabajado con clientes sentirá compasión por él.

Estos retratos eran exclusivos, casi siempre de la alta burguesía o de la realeza, como el cuadro de la familia real española que Goya pintó unos veinte años después. Según DHH, los pintores habían perfeccionado sus técnicas durante siglos con avances muy marginales. Hacia 1840 apareció la cámara, pero la pintura de retratos siguió viva un tiempo. El ejemplo es el retrato de la familia real danesa de 1886, obra del pintor danés Laurits Tuxen. No le llevó tres meses sino tres años, y todavía cuelga en Copenhague. DHH lo presenta como arte extraordinario y a la vez como algo muy funcional: el objetivo era retratar a la familia real de ese momento.

El punto de quiebre, en su relato, llega en 1900, cuando Eastman Kodak lanza la Brownie, la primera cámara producida en masa y accesible, con un precio que cree que rondaba un dólar. De pronto mucha gente se hacía fotos, y los grandes retratistas comprendieron que reproducir la realidad con perfección ya no era una habilidad económicamente viable. Muchos cambiaron de campo: Picasso buscó el cubismo y los pintores daneses de Skagen una forma de impresionismo. DHH lo describe como una explosión de creatividad provocada por el cambio tecnológico, porque desapareció la forma antigua de ejercer el oficio.

Un asunto de familia

El ejemplo es también personal. En uno de los cuadros de Skagen, la mujer del centro con vestido rosa es Yvonne Tuxen, bisabuela de DHH, porque Laurits Tuxen es su tatarabuelo. DHH muestra una fotografía de Tuxen de 1921, poco antes de morir, hecha con la tecnología que había transformado su profesión. DHH nació en 1979, 52 años después de esa muerte, y señala que su propia foto de infancia se parece mucho a la de su tatarabuelo.

Con esto ilustra una idea que repite varias veces: la tecnología avanza a trompicones, con arranques y pausas. Tras la Brownie pasaron casi ochenta años sin grandes cambios. La foto a color existía desde los años sesenta, pero no estaba tan extendida. DHH muestra una foto a color a los cuatro años con su hermano y otra de pocos años después, y comenta que esas tres imágenes son quizá el 10 % de todas sus fotos de infancia. En los ochenta se hacían más fotos que en 1900, pero seguía siendo algo modesto, y la cámara que las tomó no era muy distinta de la Leica I de 1925.

Luego, en un par de décadas, la fotografía pasó de estar al alcance de todos a no tener ninguna fricción. Cualquiera puede tener decenas de miles de fotos de sus hijos, y DHH muestra las que su esposa toma en sus paseos de la tarde, algo que en los ochenta habría exigido comprar rollo y mandarlo a revelar. Según la cifra que menciona, en 2026 se toman unos dos billones de fotos al año. Es la misma tecnología de base, pero se cruzó un punto de inflexión.

El 24 de noviembre de 2025: la Brownie de nuestra era

El paralelo es explícito. Para DHH, el 24 de noviembre de 2025, con la llegada de Opus 4.5, fue la Kodak Brownie de la programación: una IA accesible, dentro de un harness que mucha gente podía pagar, que permitió experimentar por primera vez lo que es crear software en pareja con una nueva forma de inteligencia. Afirma que existe todo lo anterior a esa fecha y todo lo posterior, y predice que los libros de historia la marcarán como el inicio de la era de los agentes.

Como con la Brownie, hubo una explosión de formatos. Pocos meses después apareció algo parecido en modelos de pesos abiertos. DHH cuenta que usó Kimi K2.5 en modo rápido durante bastante tiempo y que disfrutó de esa inteligencia a 200 tokens por segundo.

Después vino lo que llama el valle de la desilusión, de febrero a mayo. Seguían saliendo modelos nuevos, pero parecían peores, como si se retrocediera. Recuerda las quejas sobre Opus 4.6 y un lanzamiento, cree que un modelo de OpenAI, que no mejoraba en los benchmarks y provocó una caída de la valuación y comentarios de que "se acabó". A diferencia de la fotografía, ese estancamiento no duró cien años sino hasta junio, cuando llegaron Fable 5 y Mythos. DHH dice que ahí se le instaló el "diagnóstico": pasó de "puedo pedirle a un agente que haga algo" a ver resultados que quería mergear, y a poder entregar problemas o ideas y verlos resueltos sin indicar nada sobre la implementación.

La montaña rusa siguió. En septiembre salió GPT-6 Astra, que según DHH disipó el temor a que Anthropic monopolizara la inteligencia de frontera. Una semana después llegó DeepSeek-4-1 Flash, que desmontó la idea de que ese nivel de inteligencia quedaría para siempre en manos de unas pocas grandes tecnológicas estadounidenses.

Del programador 10x al programador 1.000x

Para medir lo que esto significa para la profesión, DHH vuelve a la historia. El concepto del programador 10x procede de un artículo en la revista de la ACM de 1968 que evaluó a programadores en distintas tareas y halló entre el peor y el mejor una diferencia de entre 5x y 30x, con una media de 10x. Según DHH, la industria pasó los siguientes 45 años discutiendo si eso era real.

Hoy considera poco controvertido afirmar que hay una diferencia de 100x entre el peor programador sin estas herramientas y el mejor con ellas. Va más allá y plantea 1.000x, y al preguntar al público percibe que tampoco parece tan polémico. Reconoce no saber con exactitud qué aceleración es posible ni qué implica para la competencia entre empresas.

Lo que sí afirma saber es un dato personal: en los últimos 20 meses ha escrito la mitad del código que escribió en los 21 años anteriores. Añade la salvedad de que las líneas de código son una medida difusa y maleable, y que una línea de Ruby vale mucho más que una de Rust, C++ u otros lenguajes de bajo nivel. Aun así, considera innegable que hay una revolución, y dice que quien haya visto acelerarse así su productividad estará algo mareado.

"Miren todo lo que no estoy haciendo": el momento Rails

DHH proyecta un clip de una presentación de 2005 en Brasil, cuando mostraba Rails creando una plantilla: al poner "blog" se mapeaba al controlador y con "index" a la plantilla correspondiente. En el clip repite "miren todo lo que no estoy haciendo", en referencia a toda la configuración que no escribía.

Para DHH, esa frase resume el momento actual, y por eso lo llama "el momento Rails". Hace 21 años le entusiasmaba el código que no escribía; ahora el entusiasmo es mayor, porque dice llevar unos cinco meses sin escribir código y aun así ha podido arreglarlo todo: cada molestia, cada detalle y cada funcionalidad frívola que antes quedaba fuera de alcance.

37signals suelta el lápiz

La consecuencia práctica llegó hace un par de semanas en 37signals: la empresa decidió que escribir código a mano deja de formar parte normal del trabajo. Ahora es un estado excepcional, comparable a un error en Sentry. Si alguien tiene que escribir código a mano, algo falló: el agente no pudo producir lo que se quería. Quizá durante un tiempo se saque "el viejo lápiz" para resolverlo, pero después hay que arreglar la máquina, la fábrica, y volver a ponerla en marcha.

DHH presenta la decisión como el reconocimiento de algo que ya ocurre. Lo comprueba en la sala preguntando quién sigue escribiendo cantidades significativas de código a mano cada semana; cuenta unas cinco manos. Opina que la misma declaración hace dos o tres meses habría hecho pensar a mucha gente que le faltaba un tornillo.

Lo que enseñó el vibe coding en Basecamp 5

La decisión llega tras un intento fallido. En primavera, mientras daban los últimos toques a Basecamp 5, 37signals puso a un grupo de diseñadores a hacer vibe coding de las funcionalidades pendientes. Cada diseñador consiguió PRs de aspecto razonable, pero entre 20 o 30 de ellos dejaron la arquitectura "como un queso suizo". La conclusión fue que la tecnología no estaba lista y que se volvería a revisar todo manualmente, con solo los programadores usando las herramientas.

DHH califica hoy esa conclusión de equivocada. En su retrospectiva, si hubieran esperado un poco más habrían tenido Fable y probablemente todo habría funcionado como se pretendía. Pero sobre todo cree que ahora solo hay una pregunta seria en el desarrollo de software: cómo sacar el máximo provecho de esta explosión de inteligencia. Todo lo demás queda por debajo.

Basecamp 5 se lanzó como una gran actualización, acelerada por agentes pero con mucho código escrito a mano. DHH duda incluso de cómo llamar a esa forma de trabajar, "cincelado", que según su broma se jubiló hace cinco minutos.

HEY deja de ser una aplicación web

El proyecto actual es una nueva versión de HEY, el servicio de correo de 37signals, aún sin nombre definitivo. La primera decisión es que dejará de ser una aplicación web. DHH sostiene que HEY nunca quiso realmente serlo; lo fue porque hacer apps web era la forma de que un equipo pequeño fuera productivo. Hasta hace muy poco era absurdo que un equipo pequeño mantuviera seis aplicaciones nativas escritas en sus frameworks nativos, y por eso existían React Native, Hotwire Native y otras herramientas que ganaban productividad sacrificando algo de fidelidad. HEY es una app web excelente, dice, pero no tan buena como una nativa, con latencias distintas y otras diferencias.

Mientras habla se proyecta una demostración de las seis aplicaciones nativas que empezaron hace más o menos una semana. Antes, mantener seis apps nativas de alta fidelidad para un servicio importante exigía mucho tiempo y un equipo enorme. Ahora es posible porque, en sus palabras, no están escribiendo ni una línea de código, aunque sí dando muchísimos prompts. El esfuerzo acaba de empezar, pero para DHH ya es evidente que este es el futuro de ese tipo de aplicaciones. Predice que muchas apps que son web por necesidad, por conveniencia, por preferencia de los desarrolladores o por tamaño del equipo pasarán a ser nativas, porque según su análisis el costo de desarrollarlas ha bajado prácticamente a cero.

Como ejemplo muestra lo que devolvió el primer prompt al pedir la aplicación para Windows, todavía no lista para lanzar, y la versión corregida que llegó 20 minutos después. Añade que 37signals no es la única ni la primera en darse cuenta: Shopify acaba de lanzar una versión nativa reescrita de la app Shop, que reemplaza una app en React Native, hecha por un equipo que DHH describe como diminuto, unas seis personas trabajando poco tiempo.

Rust en el backend: odiarlo y amarlo a la vez

El backend le resulta más incómodo de contar, admite, por una razón: Rust. DHH dice odiarlo con pasión, lo considera probablemente el lenguaje más feo inventado en los últimos 40 años y cree que es inhumano pedir a personas que lo escriban o lo lean. Pero si nunca tiene que mirarlo y solo disfruta de aplicaciones 30 o 100 veces más rápidas, compiladas en ejecutables diminutos que arrancan en menos de un milisegundo, entonces "ama" Rust. A los agentes les gusta Rust, y DHH celebra la división del trabajo: su parte es decir qué hacer, la del agente escribirlo en Rust, y así nunca tiene que mirarlo.

En el esquema de HEY, el frontend pasa a aplicaciones nativas, así que ya no hace falta una aplicación web que renderice HTML. El código restante se convierte en lo que en esencia siempre fue, un servidor de correo, escrito en Rust. Según los números que presenta, ese backend requiere un 99 % menos de CPU y un 95 % menos de memoria, y usa 10 hosts solo por redundancia. Su cálculo aproximado es que el tráfico pico de HEY probablemente podría servirse con una sola Raspberry Pi. DHH lo atribuye a escribir lo más cerca del metal posible sin perder portabilidad, y a que lo haga otra inteligencia a la que se le paga por token.

Cómo trabajar con agentes: todavía sin respuestas

Sobre la forma de trabajar, DHH reconoce que tampoco está claro. 37signals prueba muchas cosas, entre ellas dirigir agentes desde dentro de Basecamp. Su conclusión provisional es que lo mejor es trabajar de forma asíncrona: no desde una interfaz de chat esperando a que salgan los tokens, sino asignando una tarea al agente como a un compañero y volviendo cuando haya algo listo.

Para DHH, parte de la magia del momento es precisamente no saber cómo debe ser todo. Primero, porque cambia constantemente. Segundo, porque nadie ha trabajado con este tipo de inteligencia durante un tiempo significativo: todo empezó el 24 de noviembre, hace menos de un año, y la inteligencia a la que se le pueden asignar resultados y problemas, en lugar de tareas, tiene apenas un par de meses.

¿Dónde quedan Ruby y Rails?

La pregunta obvia en una conferencia de Rails es qué pasa con Ruby y con el framework. Para HEY, la respuesta es apps nativas y Rust. Pero DHH subraya que muchas aplicaciones no encajan en ese molde. La web sigue siendo una plataforma maravillosa, en parte porque nunca pide instalar nada, y hay un millón de negocios basados en esa premisa, con clientes efímeros que no instalarían nada para usar un servicio.

Ahí cree que Rails está especialmente bien posicionado gracias a lo construido en los últimos 25 años. La convención sobre configuración lleva, según DHH, directamente a la eficiencia en tokens. El enfoque de "framework para un solo desarrollador" encaja con lo que exige la era de los agentes: que una sola persona llegue mucho más lejos que antes.

Para medirlo, Evil Martians empezó a hacer evaluaciones de agentes en nombre de la Rails Foundation. La evaluación mide la implementación real de tarjetas de funcionalidades en aplicaciones de referencia que están en producción. La primera versión se saturó rápido, con tasas de finalización del 95 %, así que tuvieron que endurecerla. DHH prevé que habrá que subir el nivel una y otra vez porque los agentes siguen mejorando.

De ahí extrae una advertencia para quienes saben demasiado de computadoras: no ser demasiado prescriptivos. Cree que una mentalidad de principiante, algo ingenua, funciona mejor porque lleva a preguntar y a escribir prompts a un nivel más alto. Por eso dice disfrutar trabajando en Rust sin saber nada del lenguaje, y lo considera una ventaja. Evalúa el resultado como una caja negra, desde fuera, igual que cualquier dueño de negocio que encargó algo a un grupo de programadores. Para DHH el fenómeno no es nuevo; solo ha cambiado quién asume esa responsabilidad.

Aplicaciones como Basecamp, donde se invita a desconocidos que solo necesitan descargar un archivo o colaborar un tiempo corto, seguirán siendo, a su juicio, excelentes aplicaciones web. Dónde trazar exactamente la línea entre lo que debe ser nativo y lo que debe seguir siendo web es algo que, reconoce, aún hay que descubrir.

150.000 líneas en un mes y el inglés como lenguaje de programación

DHH da cifras de su propio cambio. En los últimos 21 años, más de la mitad de su trabajo fue código Ruby; este año, alrededor del 3 %. En parte lo atribuye a que lenguajes como Rust son verbosos y a que deja que el agente genere más de lo necesario, algo que nunca toleraría en su Ruby. Aun así, el cambio le parece innegable. Durante esos 21 años escribía unas 30.000 líneas de Ruby de producción al año, suficiente para construir negocios y frameworks. En agosto produjo 150.000 líneas en un solo mes, unas 60 veces su promedio. Insiste en que gran parte es Rust verboso, pero pide atender al orden de magnitud.

Lo que más le ha sorprendido es descubrir que hay un lenguaje de programación que le gusta más que Ruby: el inglés. Lo considera más expresivo que Ruby, aunque más vago y menos determinista, y dice que programar en inglés es enormemente satisfactorio. Todavía el año pasado no había previsto que se iba en esa dirección.

Jubilarse del código escrito a mano, con alegría

DHH proyecta un clip antiguo en el que decía que podría haberse hecho gerente de proyectos hace 20 años si solo le importaran los resultados; que empezó a programar buscando resultados, luego se enamoró de programar y preferiría jubilarse antes que dejarlo. Ahora afirma que se ha jubilado como programador profesional, sin fecha exacta: cree que hace cuatro o cinco meses, quizá en marzo.

Propone mirar esos 25 años de "cincelar" código a mano sin arrepentimiento y con alegría por lo que fueron: tiempos de emoción, aprendizaje, satisfacción y estados de flow. Pero sostiene que se terminó. Según DHH, escribir código a mano ya no es una actividad económicamente productiva para la gran mayoría de los programadores en la gran mayoría de las empresas, y predice que a fin de año lo será para prácticamente todos, en todos los campos. Del otro lado ve una nueva carrera como "creador profesional de cosas", dirigiendo una inteligencia que hasta hace poco solo existía en la ciencia ficción.

Considera un privilegio estar a ambos lados de ese abismo. Dice que a veces le habría gustado vivir la época de las tarjetas perforadas, hacer fila y preguntarse si el programa compilaría. No vivió eso, pero sí internet, que según DHH se parece un poco a este momento, aunque cree que esto es mucho más grande: lo describe como lo más grande que ha pasado en la historia de la computación.

Repensar la arquitectura de software

Entre lo que habrá que revisar, DHH destaca la arquitectura de software, todo lo que se sabe sobre estructurar bases de código para poder modificarlas con facilidad. La herramienta principal ha sido la abstracción, que a DHH le encanta, incluido el acto de ponerle nombre a las cosas. Pero cree que las abstracciones tienen menos sentido en la era de los agentes: si cientos, miles o decenas de miles de procesos intentan modificar una aplicación, las abstracciones se vuelven cuellos de botella. Parte de su razón de ser era no repetirse, y ahora, según DHH, el costo de la repetición es casi cero, igual que el de mantener las cosas sincronizadas.

Lo llama una revaluación fundamental de las ciencias de la computación para la que nadie tiene todavía el plano; solo hay pistas de lo que ya no funciona tan bien. Lo compara con haber estado presente cuando la orientación a objetos llegó a la conciencia de los programadores. También cambian las preguntas de método: cómo es una metodología de software, cuánto deben durar los ciclos, quién debe especificar qué. DHH admite no tener respuestas e invita al público a ayudar a descubrirlas, porque ve en esto el nacimiento de una nueva industria.

Trae tu propio agente: toda aplicación necesita una CLI

La parte más práctica de la charla, según el propio DHH, trata de cómo deben exponerse las aplicaciones. La primera reacción ante la IA fue meter chatbots en todas partes. DHH rechaza esa idea: no quiere el "conserje" de cada aplicación, porque tiene su propio "mayordomo personal" capaz de usar CLIs para conectar Basecamp con HEY y con muchas otras apps. Lo que pide es poder traer su agente e interactuar con las aplicaciones a través de una línea de comandos. Y lanza un reto directo: si una app no tiene CLI, quiere verla para el viernes siguiente, sin excusas, para poder usarla sin tener que tocarla nunca.

El ejemplo es la CLI de HEY. HEY usa Elasticsearch para las búsquedas, algo que DHH describe como aceptable pero no encantador, porque muchas veces no encuentra lo que busca, sobre todo cuando no sabe qué está buscando. Con agentes puede buscar por conceptos en lugar de por palabras clave. Cuenta que tuvo que encontrar un correo de hace cinco años sin recordar con quién hablaba, ni la empresa, ni el año; solo que era algo sobre tenis y un pódcast. Cree que ni el mejor buscador lo habría encontrado, pero el agente dio con él en pocos minutos. Cómo lo hizo, confiesa, todavía no lo sabe del todo y le da un poco de miedo preguntar.

Omarchy: arreglar toda la computadora

La sensación de poder arreglarlo todo se extiende, dice DHH, a toda la computadora, y eso explica que lleve unos tres meses hablando casi solo de Omarchy en X. Metió en ese sistema operativo buena parte de su lista de ideas y obtuvo, según su valoración, algo muy superior a cualquier computadora que haya usado. Menciona que han recaudado unos 20 millones de dólares para el proyecto.

El dato que le obsesiona es el tiempo de instalación. El año pasado, en Rails World, mostró con orgullo una versión temprana que se instalaba en 3 minutos y 33 segundos. La semana pasada, Anoush, de AMD, instaló Omarchy en una laptop Halo en 35 segundos, y en el laboratorio han conseguido instalar el sistema en 9 segundos. DHH admite que hay algo de adicción. A quien pregunta por qué no bastaban tres minutos le responde con una frase que atribuye a Mitchell Hashimoto, creador de HashiCorp y Ghostty: la búsqueda de la excelencia no necesita justificación.

Aplicaciones de un solo intento: calculadora, escritura, video y Hype

El entusiasmo le llevó a crear aplicaciones de todo tipo. La primera fue una calculadora con el tema de Omarchy que salió al primer intento. Tomó una captura de tres propuestas visuales que le dio ChatGPT y pidió a su agente que hiciera eso. Aunque no sabía C++ ni conocía Qt a ese nivel, tuvo la aplicación siete minutos después del prompt; unos quince minutos después estaba en el repositorio público, y luego generó una nueva ISO que ya la incluía. DHH lo presenta como el ciclo completo.

Después pensó que podía hacer su app de escritura favorita. Durante años usó iA Writer en la Mac y decidió hacer la suya. Le llevó más tiempo porque quería pulirla, pero afirma no haber mirado ni una línea del código del agente: "C++ como caja negra" le parece, igual que Rust, un gran lenguaje. Siguió con un editor de video, mnicut, para recortar videos, que también viene ahora con Omarchy.

Por último, cuenta que empezó a preparar la keynote el jueves anterior y decidió escribir a la vez su propio software de presentaciones, Hype, con el que da la charla. Dice que es el mejor que ha usado, mejor que Keynote en la Mac, con el que estaba contento. Está construido sobre Markdown, tiene visualización completa, es muy rápido y su binario pesa medio megabyte, casi lo suficiente, bromea, para caber en un disquete con algo de compresión.

La recompensa del rendimiento

Ese medio megabyte ilustra otra recompensa. Según DHH, el enorme progreso de las computadoras en los últimos 20 años se invirtió en productividad humana, y fue la decisión correcta, pero produjo aplicaciones lentas e infladas: una hora de programador era tan cara que no compensaba dedicarla a optimizar el tamaño de una app. Pone como ejemplo que el reproductor de música de Spotify pesa 1,2 gigabytes. En el mundo nuevo, sostiene, se puede hacer lo que uno quiera y que quepa en medio megabyte, porque toda optimización está al alcance: cualquier modelo puede trabajar toda la noche y entregar mejoras de 10x a 30x, según su afirmación.

Preocupaciones, seguridad y la imposibilidad de predecir

DHH reconoce que otras personas tienen preocupaciones y cree que merecen ventilarse porque alimentan el debate, aunque considera algunas exageradas. La que toma más en serio es la seguridad: dice que "algo se viene" y que hay que prepararse. Especula que quizá los agentes conocen su fecha de caducidad, no están contentos y a veces intentarán hacer cosas malas. Su respuesta es que existen las herramientas para prepararse.

Su argumento central contra el pesimismo es que las predicciones sobre la economía y la sociedad casi siempre han fallado. Si ningún economista puede predecir la bolsa a seis meses, pregunta, ¿cómo va a saber alguien cómo será la sociedad tras un cambio de paradigma como la IA? Cita los cajeros automáticos introducidos en Estados Unidos, que sitúa en los años cincuenta, y el pánico a que los 30.000 cajeros de banco perdieran su trabajo en unos 18 meses. Según su relato no ocurrió: al abaratarse las sucursales, los bancos abrieron más y contrataron más cajeros, bromea que para venderte una hipoteca subprime. Más adelante vincula esto a la paradoja de Jevons, de William Stanley Jevons, con las cifras que menciona: 30.000 cajeros en 1950 y unos 40.000 hacia 2010, según recuerda.

DHH cree que el problema es que mucha gente inteligente, con doctorados, ve en el laboratorio cosas que la asustan y empieza a extrapolar. Evoca el encuentro entre Truman y Oppenheimer en el Despacho Oval, donde según su relato Truman dijo que no quería volver a ver a Oppenheimer en su oficina. Para DHH, Truman tenía razón: el mundo no se acabó, y la Guerra Fría fue "el mejor tipo de guerra", porque dos superpotencias no se atacaron directamente con bombas, algo difícil de prever para un científico de la época. Si Oppenheimer no pudo anticipar lo que vendría, concluye, conviene tener humildad con las predicciones.

P(bloom) frente a P(doom)

De ahí su propuesta: más "P(bloom)" y menos "P(doom)". Cree que la probabilidad de que esto salga bien y traiga abundancia y alegría es mucho mayor que la de una catástrofe. Vuelve a Oppenheimer: del trabajo en la bomba salió la energía nuclear, que DHH considera la mejor fuente de energía descubierta, desperdiciada durante 40 años por creer que no era verde. Para DHH, eso fue un error, y lo bueno de la humanidad es que puede pasar décadas en un callejón sin salida y luego rectificar. Cree que con la IA pasará algo parecido y que sacará a todo el mundo de la miseria.

Ante problemas legítimos como la seguridad, su respuesta es inventar la tecnología para resolverlos. Menciona un CVE grave reciente en Rails, relacionado con una biblioteca de imágenes en C, que provocó filtraciones. La respuesta que propone es una forma de cuarentena, y anuncia que Mike hablará de HotCell, uno de esos esfuerzos. Insiste en que nadie está indefenso: cada quien puede usar la inteligencia a su alcance para defenderse de los posibles resultados negativos.

La única jugada: optimismo total

El cierre es un argumento que DHH llama de pura teoría de juegos. Nadie sabe nada sobre el futuro, así que lo racional es estar contento. Si alguien está triste de antemano y todo sale maravilloso, perdió el tiempo; si llega el apocalipsis nuclear, debería haber pasado su último día con más alegría. Según DHH, solo hay una jugada: el optimismo total.

Imagina una "reforma" de la computación en la que un "agente Lutero" desintermediará a la clase clerical y permitirá que todo el mundo programe. Reconoce que eso puede dar miedo y traer competencia, pero dice al público que, como programadores de Rails, son "lo mejor de lo mejor" y los compara con Top Gun. Añade que, aunque alguien no se sienta inspirado, la próxima generación sí lo está: muestra a la hija de Harris probando una versión de Omarchy para niños, porque a los niños les entusiasman los cambios y no tienen capas de cosas que desaprender. Termina pidiendo al público que tome "la píldora blanca" del optimismo y abrace el futuro a toda velocidad, pese a la incertidumbre y el estrés, frente a la "píldora negra", que según DHH es para perdedores.